lunes, 29 de junio de 2009

Las valijas olvidadas


A veces hay extrañas maletas que se extravían. Maletas que contienen útiles cotidianos, prendas, recuerdos, cartas, documentos, incluso tal vez la memoria de un amor. A veces hay maletas que no parecen maletas. Formas incomprensibles como ignorado es lo que trasladan en su útero. Valijas misteriosas, contenedores de apariencia frágil, insólitas cajas cuya capacidad resulta indescifrable. Estructuras endebles que desafían los vacíos. Bártulos raros cuya procedencia es un enigma. Cuyo secreto permanece bajo llave, sin que haya mano ajena que ose abrirla. Mas, ¿qué mano tiene carta para destapar legítimamente su arcano fondo? Y entonces la maleta permanece postergada, luego encubierta, más tarde olvidada, finalmente desconocida. Y en ese tránsito hacia la probable inexistencia, perdida su identidad en algún oscuro rincón de almacén, lo que lleva en su interior no se diluye. Solamente espera. Tal vez, la vida misma.

domingo, 28 de junio de 2009

De trampantojos

trampantojo.
(De trampa ante ojo).

1. m. coloq. Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es.

Esta definición, probablemente bastante desconocida, que da la RAE, sobre un término, seguramente bastante ignorado hoy día, siempre me entusiasmó por sus variantes conceptuales. Miento. Lo primero que me gusta es el vocablo. Exige un esfuerzo especial para pronunciarlo. Y emite un sonido moderado de percusión. Más. Grandilocuencia. Más. Expectación. Más todavía. Esta palabra acontece en una fusión. ¿No es maravillosa la capacidad de la lengua castellana para fundir y refundir palabras? Lo siento, lo reconozco, lo confieso. Pero no mea culpa. Sin hacer de menos a ningún idioma, pero me siento un entusiasta de la lengua castellana. Inseguro a veces, no siempre fiel, pero por ignorancia no por mala voluntad. Iba a decir que incluso un patriota, pero ¿puede y debe uno ser un patriota de la lengua propia? ¿O acaso una matriota, puesto que la lengua es madre, aunque la palabreja no se admita? Acaso, aunque sin banderas ordinarias ni de colores políticos ni doctrinarios,por favor. O en todo caso, con los colores de las letras, que de por sí ya son iluminadores, representativos y permisivos. No hago colonialismo alguno de este afán por utilizar la lengua. Sé que incluso la traiciono, pues me gusta jugar demasiado con ella y digo barbaridades que no gustarían a los doctores de la RAE. Pero reconozco que la capacidad de síntesis, de ahorro lingüístico, de matiz que nos proporciona la lengua castellana es un tesoro. Y algunos la ignoran. Ahí tenemos la letra ñ como un nuevo grafismo que en su tiempo revolucionó el alfabeto. Por no remontarnos más atrás. Por esa misma razón, me enrabieta ver cómo se usan giros innecesarios y redundantes tales como al día de hoy cuando con decir hoy ya es suficiente.


Salvado este desahogo particular, vuelvo al trampantojo. ¿Quién no se ha fijado alguna vez en esas fachadas de edificios donde se simulan ventanas inexistentes? ¿Quién no ha visto un gran telón cubriendo una fachada en obras representando los balcones o la portada artística que se está limpiando detrás? Un paseo por nuestras ciudades descubre siempre un trampantojo fijo, sobre todo en edificios antiguos, y alguna variante de trampantojos provisionales que desaparecerán tan pronto el objeto de ocultamiento quede listo para su visión definitiva. Los trampantojos integrados en las fachadas o medianerías de las casas van desapareciendo a medida que el edificio se hace viejo y se especula con él. Los trampantojos circunstanciales y en tela seguirán existiendo, pero nada que ver con el carácter firme de los tradicionales. Podríamos decir incluso que trampantojo trampantojo sólo existe uno: el integrado. Ése es el que verdaderamente engaña al ojo. Al que el ojo cuesta reconocer como elemento falso. De los trampantojos provisionales se advierte enseguida que no son sino una decoración, un telón teatral que obra como apaño para dulcificar un hueco o una fachada huérfana.


Por extensión, la palabra trampantojo podría utilizarse para otras actitudes o comportamientos que no son de edificios de arquitectura. Son aquellos que cada vez tienen más aceptación entre los deteriorados edificios humanos, bien por sus quiebras físicas o de autoestima o de desentendimiento. La cirugía estética de los cuerpos, la publicidad, la demagogia de los políticos, los sucedáneos del amor, las reductoras doctrinas eclesiásticas...Todo ello, ¿para qué? Se pretende que para afrontar las deficiencias propias de cada individuo o estamento. Pero, de hecho, no son sino un rasgo de ocultación, por interés económico o de influencia o de desafección. Cuesta mirar la vida en directo y de frente. Yo me quedo con la trampa que engaña a mi ojo de verdad. Cualquier parecido con la realidad puede o no ser coincidencia. Las cosas no son lo que parecen, jamás. Están en otro plano, siempre. Pero, ¿si yo fuera Magritte diría aquello de c’est n’est pas un trampantojo?

sábado, 27 de junio de 2009

Pensamiento


Parece que llegaras
desde lejano lugar

que en una vuelta de la senda
te hubieses detenido
cansada
de tanto tedio y de tantas sombras

a esperarme



(Composición de Mariza Tahro)

miércoles, 24 de junio de 2009

La sombra de las letras



...era una sombra anónima de las letras, y quien le conociera diría que probablemente fuese él y que, aunque el lenguaje se manifestara oscuro y denso como su sombra, proyectaba no obstante, desde abismos donde nadie se había asomado jamás, el hombre atormentado que llevaba dentro, y esa penumbra enigmática no se afirmaba por el simple hecho de unos ejercicios de lectura que desvelaban sus horas de reposo, ni se mostraba en la ocasión tentadora de identificar ante los demás sus escritos, que él rechazaba por reflejo, sino que daba en sumergirse en la tradición más antigua, donde los nombres desaparecen, donde se ignora qué texto lo escribió quién, donde solamente se reconoce a los viejos recitadores, o bien ha perdurado la incierta transmisión que tenía lugar en los hogares, insólito espacio donde los relatos se habilitaban, donde los argumentos crecían según la imaginación o el deseo de quienes auspiciaban a que las historias llegasen un poco más lejos, y a él le parecía proceder de aquella tradición, nunca aclarada, nunca revelada, como si siempre se hubiera mantenido prendida aquella fragua de pasión de las letras invisibles, donde los golpes sobre el yunque repetían sonidos análogos y en ocasiones confusos, si bien el destello de la fricción de las palabras podía salpicar también con nuevas luces los oídos atentos, sobresaltar vigilancias enervadas, agitar desenlaces aplazados, revolver nombres y lugares, y en esa reelaboración donde no siempre el metal más duro es el que pervive, y donde la aleación más dúctil puede instalar un lenguaje nuevo, él molduraba los significados para extraer la sustancia, y tejía extrañas connivencias y tramas, para seguir agazapado al socaire de los elementos que trataban de condicionar su mente quimérica, de apaciguar su bestiario, de interceptar los pasos o impedir sus exploraciones más afanadas, y aquella sombra que se levantaba por las mañanas sin haber reposado lo suficiente, contemplaba ajeno su rostro desastrado, pulsaba contra el espejo su denso y podrido aliento al alcohol de las horas largas y borrosas, mientras sujetaba con una mano el ardor de la boca del estómago, mientras esgrimía un rictus de malestar que sólo deseaba ser curado con más veneno, y entonces, en aquella decadencia inconsciente, en aquella euforia donde flotaba sin controlar ya sus expresiones ni su argumentario, volvía a pensar en textos sinuosos, simplemente porque creía que su cerebro era depositario de las esencias de la tradición oral, y que no era preciso mayor depuración sino la que el eco de los días casuales aportaran a la andadura de los hombres...


(Fotografía de Dieter Appelt)

martes, 23 de junio de 2009

Solsticio



El solsticio nos cubre
haciendo de la noche serena
un conjuro.
Sin gestos advertidos, sin rituales.
Entregados al cómplice silencio
del asombro.
Pulso en que la luz gana
efímeramente
a la oscuridad.
Dimensión que invoca
los misterios.
Callados pasos
al encuentro de la vida
deseada.



(Cuadro de Frantisek Kupka)

sábado, 20 de junio de 2009

El lector


Tal vez no esté perdida toda esperanza. Lo infrecuente no es lo inexistente. Dejándose atizar por un sol compasivo, el niño ha tomado el banco. Tal vez se fuga tras un misterio, una indagación, una curiosidad. En definitiva, en pos de una irresistible atracción cuyas claves permanecen reservadas tanto a él como a cada lector. Haciendo un corte de mangas al desasosegante estrés infantil, que abunda, el chaval campa a sus anchas. Puede tratarse de una lectura pasajera, de espera, de reencuentro consigo mismo. Probablemente sea efímera. Mas acaso lo efímero se repita más veces al cabo del día, pasando los días. Entonces ya es frecuencia. Si el soporte cambiara, la reflexión ¿sería la misma? ¿Es el libro la seña de identidad para la elaboración del pensamiento profundo? ¿O va quedando desplazado? ¿Es la matriz donde se funden todas las figuras que nos rondan? ¿El crisol de todas las influencias? Son preguntas de mayores cuyas respuestas siempre son relativas y dudosas. Los desafíos del futuro tendrán que ser arrostrados, sin temor, pero también sin claudicación. A los que nos gusta leer, nos gusta el verbum impreso. La quintaesencia, lo aparentemente frágil pero lleno de vigor. Aunque nunca compremos bestsellers. El niño ni se enteró del paso del fotógrafo accidental que pateaba las calles de su ciudad esta mañana.

Dios como excusa


¿Qué otra cosa puede ser Dios, ese concepto ambiguo que igual sirve para un roto que un descosido en las tres religiones del Libro? Pues una sublime excusa. La excusa del poder de los clérigos y de las fuerzas que se adhieren a ellos. Tanto en el mundo cristiano como en el judío y en el musulmán, el Dios monoteísta es la coartada. Sólo les diferencia a los tres Dioses una etimología. Y después, sus matices. Ni siquiera hay una moral diferente. La moral es del mismo talante: reside en la fiscalización y ordenamiento de las conductas de los individuos, sin margen para su libertad personal ni para su realización. Los clérigos son históricamente los agentes de conducción, los vigilantes de las conciencias, los castradores de la creatividad. Una moral sólo matizada por los eventos de la historia, que pueden haberla flexibilizado más en unas zonas del mundo que en otras. Dios, además de pretexto, es sobre todo el dominio. En su nombre se azuza a que los hombres entren en guerra, a que los siervos no se liberen, a que la libertad sea un pecado, que el hombre no se construya nuevo.


Ciertamente, hay muchos más clérigos que los de las religiones del Libro. Las castas en el Egipto milenario pugnaban con el Faraón o se proveían de él. En las sociedades democráticas, hay clérigos laicos también, indudablemente. Pero al menos hay reglas del juego que permiten a los ciudadanos libres tratar de contenerlos.

Estas reflexiones radicales me vienen al magín mientras leo noticias de los últimos acontecimientos en Irán. Sucesos sobre los que nos iremos informando próximamente. La pugna entre dos conceptos de sociedad, la basada en la excusa teocrática y la fundamentada en el concepto de civilidad y de democracia modernas. Casi nada. Por supuesto, las ambiciones políticas y militares, las maneras de conducir por parte de los ayatolás del poder la economía y la política de un país de vasta y rica cultura como es Irán y la búsqueda a cualquier precio y arriesgadamente de un lugar en la hegemonía de la zona, son el mar de fondo de la gran coartada de Alá en aquella tierra.

En solidaridad con todos los que estos días luchan en Irán contra el golpe de estado totalitario de los ayatolás gobernantes, ejecutado a través de la falsificación de los resultados electorales y de un control férreo del ejército, invoco el poder del individuo y de su libertad, frente a lo tribal y religioso.

Dice el poeta persa Omar Jayyam:

Si es la naturaleza obra del hacedor,
¿por qué se permitió en ella excesos y defectos?
Si resultaba hermosa, ¿por qué, pues, destruirla?
Si hay rostros poco hermosos, ¿de quién será la culpa?

viernes, 19 de junio de 2009

Inquisición


Dime que cuando callas, no eres ausencia.
Dime que cuando suspiras, no eres nostalgia.
Dime que cuando no miras, no es que estés ciega.
Dime que cuando rozas, no eres el viento.
Dime que cuando agarras, no es que te hundas.
Dime que cuando gimes, no es el dolor.
Dime que cuando ardes, no es el infierno.
Dime que cuando gritas, no son tus miedos.
Dime que cuando caes, nadie te vence.
Dime que cuando irrumpes, nadie te fuerza.
Dime que cuando sueñas, yo no te sueño.


(Trabajo del fotógrafo inglés Alvin Booth)

miércoles, 17 de junio de 2009

Tao de la desnudez



¿Te provees
o eliminas lo accesorio?

No siempre despojarte
permite que veas mejor
tu intimidad.

No siempre revestirte
aumenta el conocimiento
de ti mismo.

Difícil espiral
la danza de la desnudez
de las palabras.


(Fotografia de Elizabeth Opalenik)

sábado, 13 de junio de 2009

Lo imprevisto



Pero al amanecer
todo era brisa

lo imprevisto

un paisaje abierto

y las venas hablaban
y la piel se extendía
y el aroma era un velo
y la mirada una llama

convergente

viernes, 12 de junio de 2009

El asombro


A veces el asombro se aproxima
encarnado en los elementos

otras el asombro se ofrece
en bandeja de fortuna

pero sólo una vez llega
como una convulsión

siente el asombro
apoderándose de ti

no habías descubierto
que fluía por tu sangre agitada
desde el principio de los tiempos

sin reconocerte hasta ahora en él



(Foto de Eikoh Hosoe)

miércoles, 10 de junio de 2009

Diálogo transparente



Un diálogo subterráneo. Hay dos figuras, dos representaciones, dos referencias. Una se contempla en la otra. Un tanteo, tal vez un pulso. Más allá de si una es de carne y hueso y de si la otra es un mero maniquí, ambas hablan, se confidencian. Una trata de persuadir a la otra. Una mano en su cadera le dota de materia personalizada al muñeco. Más, esgrime la otra mano en una gestualización inequívoca.Y convergen en un punto dual, acaso complementario, donde la atracción mutua queda fuera de duda. Un contacto donde el muro transparente juega doble papel. Atracción y rechazo. Resolución e indecisión. Aceptación y desengaño. Obviamente, la mujer rubia de este lado del escaparate puede vivir sin aceptar la oferta. Pero el maniquí es orgulloso y tenaz, no ceja en lanzarle tentaciones. Tras la prenda se agazapa un pasado, se revive una época, se actualiza una moda. No sé si todo vuelve ni si hay nada nuevo bajo el sol. Como desde una hornacina de culto, el modelo sin rostro guiña a la mujer joven. Intenta traducir su mirada. Susurros que tan solo los interesados en el coloquio pueden captar. Al fin y al cabo es su objetivo. Tal vez su seducción. Pero ¿y si el seducido es precisamente ese modelo opaco y sin rostro del interior? Puede que lo que persiga sea adoptar la personalidad de la mujer de calle. Salir de su aislamiento. Desvestirse de la obligación. Y sentir con viveza y calidez lo que no siente en el interior del comercio. Ser como la joven que le observa. El maniquí se esfuerza por exhibir su percha excesivamente rígida. La hechura, la entalladura, la caída, el diseño, la terminación, todo resulta que ni a medida. Una medida fría, inmóvil. No siente la gracia ni el tacto ni el movimiento que la mujer puede aportar a la prenda. Ésa es su esclavitud. No pasar de ser un mero soporte, dependiente de la mirada exterior. Extraordinarios los vínculos, efímeros a veces, entre los viandantes y las figuras inertes. Las calles están repletas de intercambios secretos entre las figuras pasivas de los escaparates y las vidas cálidas de las aceras.

domingo, 7 de junio de 2009

La barbarie de los otros y la barbarie de los nuestros


Como respuesta no respondida a Stalker, transcribo este texto hallado recientemente en la revista virtual DDOOSS de la Asociación de Amigos del Arte y de la Cultura DDOOSS, de Valladolid. Su autor es Francisco Fernández Buey, catedrático de Filosofía del Derecho, Moral y Política, en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Enseña Historia de las Ideas y Filosofía Política desde 1.994. Y además es amigo. Este texto es la primera parte del artículo “Las nuevas cruzadas de los niños”. Se puede leer entero en http://www.ddooss.org/


“Muchos libros se han escrito criticando la barbarie de los otros cuando bombardean nuestras ciudades, las ciudades de nuestros padres y de nuestros hijos. Y otros muchos también denunciando la barbaridad que representan las guerras en que eso ha ocurrido. En ellos se ha inspirado gran parte de la literatura anti-belicista o pacifista europea y norteamericana del siglo XX. Pero el espíritu crítico, anti-militarista y pacifista, parece decaer cuando hay que hablar del bombardeo, planificado por los nuestros, de ciudades en las que habita el enemigo, o sea, los padres, madres, hijos e hijas de los otros. En lo que llamamos Occidente la cantidad y calidad de los libros que denuncian, desde dentro, la brutalidad de los bombardeos de ciudades como Dresde, Tokio, Hiroshima o Bagdad, perpetrados en nombre de la Libertad y de la Democracia , no guardan relación con lo se ha escrito sobre las barbaridades de los ejércitos enemigos. Y no digamos con lo que se ha filmado en EE UU, particularmente con la segunda guerra mundial como fondo.

Todavía hoy cuando alguien escribe con rigor documental sobre los horrores del bombardeo de la ciudad de Dresde en 1945, o acerca de la brutal insensibilidad con que el Estado de Israel ha bombardeado ciudades palestinas, ha de hacer frente a una objeción recurrente: "Eso es hacer el juego al nazismo; eso es olvidarse de la barbarie que significó el Holocausto; eso es pacifismo mal entendido". En tales circunstancias se sobreentiende que el patriotismo o el aliancismo ha de estar por encima del anti-belicismo y que la conciencia política manda callar a la conciencia moral.




Y, sin embargo, no debería ser difícil darse cuenta de que si hay un pacifismo de verdad ese es el que empieza con la denuncia de las barbaridades que los nuestros perpetran contra las poblaciones civiles de los otros. El pacifismo de verdad suele ser precisamente aquello que quienes perpetran las matanzas de los padres y los hijos de nuestros supuestos enemigos llaman mal entendido. El otro pacifismo, el de la denuncia exclusiva de los horrores que causaron entre los nuestros los bombardeos del adversario en la guerra es pacifismo accidental o instrumental. Pues la sustancia del pacifismo, como se ha dicho tantas veces con razón, es precisamente no querer matar. Y, por extensión, claro está, no querer masacrar o aniquilar a los prójimos más débiles del otro bando por malvados que sean los dirigentes de las víctimas.

Si entender esto es relativamente fácil, actuar (o escribir) en consecuencia resulta difícil. Del dicho al hecho hay mucho trecho. Y resulta difícil no sólo porque los poderes dominantes han defendido siempre lo contrario sobre pacifismo y anti-belicismo, acogotando casi siempre a quienes disienten, que también, sino porque en circunstancias extremas --y los bombardeos de ciudades siempre lo son-- se pone en funcionamiento ese tremendo muelle psicológico ancestral que viene a decirnos, en el momento decisivo, que, tratándose de "enemigos" (aunque sea población civil), algo habrán hecho, y, como algo (malo) habrán hecho ellos, sus razones tendrán nuestros dirigentes para ordenar lo que han ordenado.


Si a la razón que, una vez puesto en funcionamiento el muelle psicológico ancestral, se les supone invariablemente a los dirigentes (políticos y militares) en tiempos de guerra se añade la instrumentalización, cada vez más patente, de las grandes palabras de nuestra tradición humanista (libertad, democracia, liberalismo, socialismo) el mal moral queda hecho y lo que sigue socialmente suele ser silencio. Por eso son pocos los que se atreven a levantar la voz contra la barbarie de aquellos a quienes consideramos los nuestros. Viene así a ser ley de aplicación general que el número de los que protestan contra las guerras que inician los nuestros sólo empieza a crecer cuando llegan, desde las ciudades que previamente bombardeamos, los cadáveres de nuestros hermanos y de nuestros hijos."

viernes, 5 de junio de 2009

Diario, de Hélène Berr



MACDUFF

¡Ah, horror, horror, horror! Ni corazón ni lengua pueden concebirte ni nombrarte.

MACBETH y LENNOX

¿Qué pasa?

MACDUFF

El estrago ya creó su obra maestra. El crimen más sacrílego ha irrumpido en el templo consagrado del Señor y le ha robado la vida al Santuario.

MACBETH

¿Cómo dices? ¿La vida?


Macbeth, de William Shakespeare, Acto II, Escena III.



Hubo un tiempo en que leí diversos libros sobre la Soah, es decir la persecución de los judíos por parte de los nazis. Me interesaban sobre manera lo escrito por los propios sufrientes. Primo Levi es de los relatadores más crudos, pues a su experiencia personal directa se suma las conclusiones éticas y existenciales sumamente agrias pero clarividentes que le acompañaron el resto de sus días. Pero precisamente por esa causa resulta de lo más impactante y preciso analíticamente hablando. Después del holocausto judío, las consideraciones sobre el precio de la vida y de la muerte, o sobre el amor y el odio, o sobre la guerra y la paz, o sobre la resignación y la esperanza, o sobre el arte y la literatura, no fueron ya jamás igual a como habían sido antes.

Nada fue igual después. Todo parecía haber sido puesto en entredicho tras el desvelamiento de la barbarie: la poesía, la literatura, el alegre saber y el gay vivir (por retomar la expresión de Nietzsche) Pues bien, llegó un momento en que, tras leer algunos libros testimonio, tuve que abandonar su lectura porque la brutalidad relatada era abrumadora y desesperanzadora. Mi posición cómoda de ciudadano del consumo no podía ya más. Pero no sólo la brutalidad de los opresores era demoledora, sino así mismo la ceguera de las sociedades, la competitividad de las naciones, la pasividad de los ciudadanos, la abyección de las doctrinas nacionalistas, la inacción dudosamente espiritual de los creyentes, la complicidad de las Iglesias y de sus episcopados, y el desgarrador y dividido mundo de la cultura, anclado en el estereotipo favorito de que cultura significaba ante todo élite y escaso compromiso con las necesidades sociales.




Si he parado estos días en la lectura del Diario de Helène Berr es porque en sus letras y en la mano que las guía veo cundir una llama diferente. Una mujer de 22 años que comenzó a escribir un diario en abril de 1942, en plena ocupación de Francia por la Alemania nazi. Una mujer que leía con placer, avidez y reflexión una literatura abundante y riquísima (Carroll, Conrad, Lawrence Sterne, Rilke, Melville, Ibsen, Keats, Tolstoi, Dostoievski, Thomas Hardy y Shakespeare están entre sus autores recurrentes) Una mujer que disfruta de sus estudios de filología anglosajona, de la música, de la ciudad cosmopolita y confiada en la que vive (París), de las escapadas al campo, de las compañías y lances con los chicos, pero cuyas parcelas de goce van siendo cubiertas por una sombra onerosa que le angustia poco a poco, mas no la determina a huir. Helène Berr sufre lentamente la ocupación de Francia y hace de su Diario un testimonio secreto, dirigido a su novio Jean Morawiecki, que se había pasado a la zona de la Francia Libre de De Gaulle. Sufre así mismo la división paulatina de su familia, algunos de cuyos familiares deciden marcharse del país.

De familia judía acomodada (su padre era director de una industria química) arraigada por más de doscientos años en Francia, su condición culta, burguesa y patriótica no fue garante de salvación. Como para tantos otros compatriotas. Pronto comprueba cómo los alemanes van tomando medidas contra las propiedades de los judíos y ella acusa una mentalización sensible sobre la situación que va generándose, y lo comenta con sus amigos, donde contrastan los puntos de vista, y donde materializa una ética ya definida e inquebrantable.

"...Sparkenbroke me decía: los alemanes van a ganar la guerra. Le he dicho: ¡No!. Pero no sabía qué otra cosa decir. Sentía mi cobardía, la de no defender ya ante él mis creencias; entonces he reaccionado y exclamo: ¿Pero qué será de nosotros si ganan los alemanes? Él hace un gesto evasivo: ¡Bah!, no cambiará nada -yo sabía de antemano que él me respondería esto- Siempre existirán el sol y el agua...Yo estaba tanto más irritada porque en el fondo de mi misma, en aquel instante, sentía también delante de la belleza, la vacuidad suprema de todas estas discusiones. Y sin embargo sabía que cedía a un hechizo maligno, renegaba de mi misma, sabía que me reprocharía esta cobardía. Me sentí obligada a decir: ¡Pero no a todo el mundo le dejan disfrutar del sol y el agua! Por suerte, esta frase me ha salvado, no quería ser cobarde."




Helène Berr se entrega también al cuidado de niños de familias deportadas. La persecución que les obliga a llevar la estrella de David prendida en sus vestidos, las leyes que les restan derechos cívicos y las deportaciones paulatinas le hace vivir intensamente el dolor ajeno como propio, y a cuestionarse sus aspiraciones de felicidad.

“Cuantos más afectos tienes, más personas que dependen de ti porque las quieres, o simplemente porque las conoces, más se multiplica el dolor. Sufrir uno mismo no es nada, nunca emitiría yo una queja a propósito de mí, porque todo sufrimiento personal, por el momento es una victoria que lograr sobre mí misma. Pero qué angustia por los demás, por los allegados y por los otros.

Comprendo el tormento de mamá, su dolor se duplica, se multiplica por el número de vidas que dependen de ella. Una salud y una alegría sin mezcla sólo son posibles para el egoísta. El hombre que piensa mucho en sus semejantes nunca puede estar alegre.

Keats, Carta a Bailey.”

Como una premonición, Helène Berr reflexiona sobre los límites de una vida que había sido cómoda y alegre hasta entonces. Y sus consideraciones rezuman una actitud -¿podría llamarse incluso espiritualidad?- limpia, alejada de la fe rígida pero claudicante, simplemente inspirada por la angustia y las dificultades que se van cerniendo sobre la vida de ella y de su familia. Pero de esas reflexiones, Helène saca una fuerza que la mantiene frente a la adversidad.

“¿Habrá muchas personas que hayan sido conscientes a los 22 años de que podían perder de golpe todas las posibilidades que sentían en ellas -y no experimento la menor timidez al decir que yo dentro de mí las noto inmensas, puesto que las considero como un don que he recibido, y no como una propiedad-, de que podrían arrebatarles todo y no rebelarse?”




Víctima de la barbarie, Hélène y sus padres fueron deportados a diferentes campos de exterminio, donde perdieron la vida. Pienso en el golpe terrible sobre todas y cada una de las vidas humanas, propiciadas por la ambición y el racismo. Pienso especialmente en aquellos seres cuya habilidad, ejercitación o genio les hacía especiales y que hubieran dado al mundo nuevos frutos de creatividad y cultura pacíficas, de no haber sido masacrados por los energúmenos de la esvástica. Pienso, por ejemplo, en Bruno Schulz, el pintor y escritor polaco que pagó con su vida no sólo el fanatismo del Estado expansionista alemán, sino que fue moneda de cambio de un ajuste de cuentas entre dos oficiales nazis esclavistas. La degradación no tuvo límite, y algunos quieren todavía olvidar, cuando no negar lo que existió. En este sentido, el Diario de Hélène Berr es un tesoro rescatado que puede interesar en mayor o menor grado, pero que pergeña una personalidad inquisitiva, librepensadora, disectiva y crítica con la sociedad de su tiempo. Un tiempo que culminó su maléfica obra con las portentosas palabras premonitorias de Macduff..horror, horror, horror.

miércoles, 3 de junio de 2009

Indigerible


Días en que la saliva
sabe amarga

o una costra
hendiendo la garganta

cuando no se asimila la vida

ese atroz alimento
no siempre digerible.


(Imagen de Ralph Gibson)


domingo, 31 de mayo de 2009

Sobrevuelo


Día y noche
en la fronda

la agitación de los fantasmas
no quiebra el silencio

el deseo serpentea

las voces nacen tenues
fundiendo los gemidos

disolución


(Eikoh Hosoe, foto)

sábado, 30 de mayo de 2009

Las esferas furtivas


Al fin y al cabo vivimos dentro de una esfera, ¿no? La Tierra, o eso dicen. Pero dentro de esta esfera achatada e imperfecta, ¿no hay sino otras esferas que salpican, saltan unas sobre otras o se engullen o se ignoran haciendo caso omiso a los tiempos y a los espacios?

Esferas que ascienden en espiral y esferas que caen en vértigo. Esferas que flotan como si fueran ajenas a la ley de la gravedad y esferas que no levantan vuelo jamás. Esferas que revientan y esferas que se nutren. Esferas ostentosas y esferas humildes. Esferas que buscan la luz continuamente y esferas que no salen de las oscuridades jamás, ni lo pretenden.

Se me ocurren dos tipos opuestos de esferas.

Una burbuja, por ejemplo. Vivir como si no se viviera. A la defensiva, pretendiendo permanecer incontaminado, sin que roce la malicia, ni la adversidad, ni la responsabilidad, ni las ganas de prospectar. Misión imposible. Tal vez una de las mayores ficciones que el humano puede pretender. Desde una burbuja uno no se siente, ni se comprueba, ni se fortalece. Vivir alejándose permanentemente, sin encarar cuanto va aconteciendo en torno a uno, conlleva la negación. Pero también la burbuja puede representar esa belleza abstracta que todos nos gustaría que nos abdujera, y eso es lo que nos atrapa, una actitud abstracta que choca con la vida cotidiana, pero en la que, en ocasiones, nos refugiamos obcecadamente. No siempre las burbujas son transparentes. Tras esta apariencia con frecuencia se abigarra la ensoñación, pero también la indefensión y el escape.

Una canica, por ejemplo. El eterno rodar. Ni siquiera su inactividad implica parálisis. Al ligero contacto de otra canica la primera se activa. La parada de una canica es momentánea. Las canicas son impuras, en sus roces se desgastan, pero la energía que una descarga contra la otra activa a su vez la de ésta. Nunca se sabe dónde reside la fuerza de una canica. Tal vez sólo en la propia acción de unas sobre otras. Su apariencia opaca oculta otras visibilidades que sólamente cada una conoce.

Burbujas o canicas, todos somos furtivos: furtivos huidizos unos, furtivos transgresores otros. ¿Dónde nos hallamos cada uno? ¿En la burbuja o en la canica? ¿O pasamos a lo largo de la vida de un planeta a otro inadvertidamente?



De burbujas y sus metáforas, las mujeres del grupo LA FURTIVA, de Castellón, saben lo suyo. Lo exploran, lo materializan, lo ritualizan con su danza. Definen su espectáculo como una propuesta poético-teatral, ejercitan el mundo de las esferas con una capacidad metafórica que nos dejó deslumbrados a los espectadores callejeros. Su ritmo de danza, apoyado en una selección musical potente y bien llevada, lo ejecutan con una conjunción deslumbrante. Fue un espectáculo cautivador. Así definen ellas el significado de la burbuja:

“La burbuja puede ser todas las cosas que queramos, incluso puede ser nada. La nada también es belleza en movimiento, pero también es la idealización del espacio, la opresión de lo propio y limitado del espacio. La burbuja es un espacio lleno de enigmas que encuentra sentido cuando el movimiento de los cuerpos inicia una danza ritual que, no sabemos por qué, nos cautiva y nos seduce. Pero ¡no es suficiente! Necesitamos encontrar el enigma que se esconde dentro de la belleza plástica de la danza. Porque la danza en si misma es enigmática como el fuego. Y ese debe ser el camino. Encontrar el fuego en la danza.”


viernes, 29 de mayo de 2009

Descripción del desierto


He aquí una somera descripción del desierto. Cielo y tierra fundiéndose en un plano opaco y mortecino. La materia original, descompuesta por el ataque de los elementos. ¿Qué hubo antes de ella misma? ¿Agua, roca, fronda, gases, fuego? Ahora, en un intento postrero de resistencia aflora la apariencia de unos leves arbustos, como si su debilidad pudiera detener el arrasamiento. Acaso se nutren de la devastación. ¿O son lejanos e impotentes testigos residuales que han permanecido por azar? ¿Se trata de una mera caída accidental, la sombra de una especie distraída por el aire? Debería saber la mano que empuña la pluma que no se puede escribir sobre el aire, porque las letras caen al instante. Sin dar tiempo a que se fragüen. Ni sobre las cenizas, porque las letras se convierten en pavesas. Entonces, ¿de qué pretende escribir la mano que apunta con la pluma hacia la sequedad y el vacío? Los textos, si han existido, han ido desapareciendo. El sol y el viento seco y parado de la calima los han fundido, sin que queden demasiadas huellas entre los bienes de las especies supervivientes. Siempre hay especies supervivientes. Especies aprovechadas. Especies vigilantes al asalto del territorio que las haga crecer. Algunas se alzarán sobre las demás, en el largo transcurso de los silencios y de la violencia repentina de las explosiones. Las especies supervivientes están ocupadas en reconstruirse. Buscan alimento, agua y guarida. Buscan conocimiento, deseo y protección. ¿Qué puede trazar sobre un paisaje borroso la mano que simula que escribe? Busca simular. Erigir una quimera. Inventar un sueño. La representación por sí misma es lo que importa. El texto siempre es una mirada que se retrotrae. Que se justifica, aunque no siempre clarifique. A veces el texto es circular, otras lineal, otra veces extremadamente abierto. ¿No recuerda eso acaso la esencia misma del paisaje? El escribiente escribe sobre la destrucción del paisaje. Esa acumulación de detritus que yace en el fondo de él mismo. Ese muladar de experiencias rotas. Ese sumidero de desencantos. Escribe de las ventoleras que desplazan de la vida antiguas aspiraciones. De la ruina de la generosidad y de la abolición de la calma. De la negación de la carne y de los estragos del amor. De cómo las letras se agotan en recurrencias y monotonías. De cómo las miradas se vuelven turbias y los labios no pronuncian. Una simple y áspera descripción del desierto, digo.



(Fotografía de Ralph Gibson)


miércoles, 27 de mayo de 2009

Prevención



Que las palabras malditas
no te hieran
y si hacen sangre

cubre la herida con silencio

que nada la salpique
ni la roce
ni la ahonde


(Fotografía de Imogen Cunningham)

martes, 26 de mayo de 2009

Espera


Deplora la mediación de las palabras

Ese trazo efímero
de sílabas que se pierden
unas a otras

espectros del pasado
inmediato

en su último sonido
se agazapa ya el olvido
y la imprecisa herida

(las palabras agitan la daga
sin calibrar el objetivo de su ataque)

es el silencio
el lenguaje a aprender
en estos días
en que el alma sólo desea oírse

la ausencia

esta hora de esperar
y ser esperados



(Ralph Gibson fotografió)


La mano súbita


El advenimiento de una mano. No llama. No pide permiso. No espera a que se la responda. Entra y empuja la puerta. Y súbitamente, comienza su búsqueda. Cuando se entra a una estancia, la emisaria del cuerpo busca. Toca, palpa, sitúa, separa, desclasifica. Al mero tacto, los objetos inmóviles pueden despertar. Según sea la mano que los prospecte. Los objetos primero se estremecen, luego se inquietan, por último se desasosiegan. Se saben sorteados por la mano. Tal vez en disputa unos con otros. Un tanteo, los dados al aire. ¿Cuál de ellos será el elegido? La mano maniobra en la oscuridad. La mano se deja guiar por las filtraciones escasas de luz. La mano se arriesga porque ante lo que persigue no duda. El espacio interior se amplía ante la presencia de la visitante. Se deja, se entrega, se despoja. Pronto podría convertirse en un objeto más. Allí adentro, donde yacen las manos muertas. Pero ésta es una mano que respira. Una mano menuda, que roza las superficies del aire.


(Fotografía de Ralph Gibson)

domingo, 24 de mayo de 2009

Sosegada gravidez


Vértice de úteros
perspectiva de entrañas
sacras
todo raíz todo espuma
gestación de días y de tierra
placentera acidez
para mi boca
sedienta.


(Majuelos de la Ribera del Duero)

sábado, 23 de mayo de 2009

Asomándose



Y de pronto, en esta noche estalla diagonal y certera una memoria dentro del hombre, y una mano le alcanza y le señala, y esta composición de 1978 de Lluis Llach despliega en su mente otro tiempo, otro lugar, otra ilusión...


El meu amic el mar
té la calma d'un déu adormit,
quan la meva nau busca recer
a l'illa del seu pit.
El meu amic el mar
té el coratge d'un déu exaltat,
i quan s'omple d'aire el meu velam
seguim un joc incert.

I, tanmateix, potser
el gep de l'onada acabarà
amb tot el meu somni desitjós
d'anar a aquell port d'atzars.
El meu amic el mar
és l'immens bressol de tots els blaus,
i en el seu va-i-vé de so i color
aprenc el poc que tinc.
És per això que mai
no em podré allunyar del seu batec,
i fidel viuré amarinat
fins acabat el vent.


(Mi amigo el mar
posee la calma de un dios adormecido
cuando la nave busca refugio
en la isla de su pecho.

Mi amigo el mar
tiene el coraje de un dios exaltado
y cuando mis velas se llenan de aire
seguimos un juego incierto.

Y sin embargo, quizá
la carga de la ola acabará
con mi entero sueño deseoso
de alcanzar aquel puerto de azares.

Mi amigo el mar
es la inmensa cuna de todos los azules
y en su vaivén de sonido y color
aprendo lo poco que tengo.

Y así, nunca
podré alejarme de su latido
y viviré fielmente marinado
hasta que acabe el viento.)

viernes, 22 de mayo de 2009

Entre el quiero y el debo



Subido al páramo o descendido a las recónditas oquedades de la tierra, el hombre se reconviene en el aislamiento. Todo lo que pasa por su mente, aquello realizado y aquello otro pendiente y lo de más allá apenas intuído, todo, se transfigura en una sola imagen: él mismo. Y al explorar recuerdos, y al tantear posibilidades, y al repasar cuentas pendientes de su largo rosario de insatisfacciones, se pregunta si valió más lo que hizo que lo que no hizo. Sumirse en devaneos sobre la inexistencia es harto ridículo, puesto que no es consistente. Pero mientras su vida, mermada o imprecisa, le proporcione sensaciones no puede por menos que seguir aspirando a conquistar la frontera de lo que aún no es tangible. Éste es el momento de considerar la conciencia de las cosas. Y tasar la propia capacidad personal. Palpar lo que se intuye delicioso y apenas se ha catado. Escudriñar sobre lo que realmente tiene significado para un vivir con sentido. Derivar desde lo prescindible hasta lo necesario en todo aquello que hace gastar en balde energías y que pueden ser reconducibles hacia mejores destinos. Desocupar la estancia del Ser de lo superfluo y llenar la vaciedad de los espacios no descubiertos. Algo le sugiere aquella cita de Chantal Maillard, en su enjundiosa obra Filosofía en los días críticos:

Lo importante. Debo hallar lo importante y debo hallarlo pronto. De nada me servirá haberlo hallado en los últimos momentos. Debo hallarlo con tiempo suficiente para saber que lo que hago es lo que quiero hacer, para hacer uso de mi voluntad extraviada casi siempre en las mil formas del "debo". Quiero poder decir "quiero" y que mi voz suene fuerte ahogando el último "debo" como un alud al eco que desciende la ladera. Quiero llenar de nieve las viejas huellas, los pasos que tenían un destino, una meta, y aquello que no tenían ninguno. Debo hallar lo importante, y lo importante es lo que quiero.



(Fotografía de Leonard Nimoy)

jueves, 21 de mayo de 2009

La parada


Es en este paisaje de apariencia desolada en el que me detengo y me interrogo. Es desde esta visión callada y desnuda desde la que contemplo el mundo. Que es tanto como decir que recorro el perímetro de mi mismo. Aquí el aire erosiona mi piel. Aquí la lluvia forma el lodo que demora mi caminar. Aquí el sol cae implacable y agota mis músculos. Aquí la oscuridad de la noche me enajena, a merced del gélido abandono de sus horas. Todo lo que ha acontecido en mi territorio hasta llegar a este lugar es agua corrida pero vívida, jamás putrefacta, jamás en vano. El agua primigenia derivó en una inerte acuosidad y luego se transformó en corriente. Unas veces, calma; las más, agitada; en ocasiones, oscura. No es el agua y todos sus afluentes y océanos en los que he ido desembocado lo que ahora me parece insuficiente. Es mi sed inextinguible, de la cual moriré. Es la perplejidad de quien desea más cuanto menos tiempo se le dispone. Es la insatisfacción por no llegar, por tener la sensación de que nada basta. Todo aquello que ahora me caracteriza y me dota de una forma de ser inequívoca se hizo desde los primeros sollozos. Nada se ha detenido, nada ha sido más determinante que nada. La memoria no cesa, pero el sentido se agrieta con la presión de los años. Me siento a mirar lo que queda de mi. Alejado de la fe inservible a los hombres y a los dioses que bosquejaron a su imagen y parecido, sólo sé rascar la tierra, arañar las piedras, frotar los guijarros entre mis dedos expósitos. Estos dedos que hollaron la piel oculta de las mujeres se muestran ahora torpes. Esta boca que fue alimentada por los besos de su carne y de su pasión se siente ahora resquebrajada y hambrienta. Permanezco inmóvil, pero no inmutable. Dentro de mi aún se agita un magma. Éste es el tiempo. Ésta es la ocasión. Me paro, pero no ceso. No renuncio.


(Acompaña fotografía del colombiano Leo Matiz)

miércoles, 20 de mayo de 2009

El páramo



Al amanecer he subido al páramo. No encuentro a nadie de camino. Aún no se han iniciado las tareas del día. Alcanzo la cima y miro en todos los sentidos. Lo recorro y me paro. Giro lentamente sobre mis alpargatas. En cada posición me acaricia el aire, escaso, variable, contradictorio. Nada se mueve. Ni siquiera mi camisa. Contemplo un único horizonte. Todo está apaciguado, como si el mundo se abriera allí mismo y allí se terminara. El trazado de las sendas indica por dónde ir a un lugar o a otro. Pero desde aquí arriba, con ser la elevación más importante de la comarca, no se divisa ninguna aldea, ni se otean transhumantes, ni se advierten viajeros. La fragilidad está ausente. Si lo inmutable existe, se halla aquí. Los accidentes del terreno son suaves. Leves ondulaciones, algunas alfombras de brezo. Poco queda de ser arrasado por las energías milenarias. Y poco puede crecer ya. La exuberancia de la naturaleza pereció hace tiempo. A veces me parece que incluso sueño esto mismo que veo. Que madrugo, camino y miro las tierras. Que me dejo vencer por una insoportable pasividad. Y que después me levanto cansado, dispuesto a acostarme nuevamente, a postergar los trabajos. Como si la jornada hubiera ido para atrás en vez de avanzar. Si no fuera por esos ladridos lejanos de perros y por el rocío que humedece mis pies pensaría que no hay tal lugar. Que sigo en el sueño. Son las sensaciones las que me hablan. No me cabe duda de que es el mejor momento del día para ejercitar la vista. No sólo hacia la distancia exterior sino hacia la vertical. La que circula dentro de mi suscitando vibraciones, volviéndome espectante. Nada hiere. Es como si la claridad emanara desde lo más recóndito de mi cuerpo e invadiera el entorno. Cuando llevo un buen trecho andado me siento en alguno de los pedregales que abundan sobre la superficie del páramo. La luz tiene poca densidad. La caliza está agujereada por la erosión. Me agrada que aquí arriba no lleguen los hombres. Nada tienen que contarme a estas alturas los hombres. Nada quiero escuchar de ellos, esos seres que sólo saben relatar una y mil veces lo ya sabido. Que han renunciado a la imaginación, que claudican en su mediocridad, que no aspiran sino a dejar que las horas transcurran como una sentencia.


(Fotografía de Ralph Gibson)

martes, 19 de mayo de 2009

lunes, 18 de mayo de 2009

La necesaria condición


La solitude est une condition necessaire de la libertè.

Magnus Laeterman escribió antes de desaparecer de su país y de borrar toda huella de su presencia en este mundo..."Deseaba la soledad para no tener que dar explicaciones de sus actos y, sobre todo, de sus inhibiciones. La relación con los otros animales humanos le proporcionaba recursos, pero le privaba de encontrarse en libertad con el ser que llevaba dentro, cada vez menos reconocible. El homo faber le hastiaba porque se había convertido en hombre fundamentalmente productivo. Y el lado lúdico era subsidiario del anterior. Algunos le echaban en cara su desdén y le decían que debería sentirse incondicionalmente agradecido por pertenecer a la tribu. Y manifestarlo. La vida social ponía a su disposición medidas, pesas, instrumentos y tablas para valorar las dimensiones y las perspectivas. Y le daba una relativa seguridad. Pero nunca la satisfacción. Sólo él sabía que es en la soledad donde se percibe el tamaño y el alcance de las cosas".


(Atravesando el rostro de Gao Xingjian en el video de Robert Wilson, la frase se desvanece lentamente. El rostro encogido y reconcentrado del escritor chino va cambiando hasta despertar calmo y relajado. Es el ciclo de introversión y renacimiento, preciso para sentirse a sí mismo)

domingo, 17 de mayo de 2009

Dilema in love


Entregarse, ¿es un acto de generosidad o de egoísmo? Los amantes se engañan, pero aceptan el dilema. Es la única manera de salvar la necesidad. Sólo si ésta se satisface se asume la actitud. Ambos se consideran desprendidos. Y ambos se corresponden como si fueran espíritus puros. Cuando la necesidad deja de ser satisfecha entre ellos, viene el reproche. Sólo se miran mutuamente como egoístas. A partir de ese momento se rechazan arrojándose el uno al otro a las tinieblas exteriores. Y por último, al olvido, que es el peor infierno. Aunque dé resultado en esta vida.


(Foto de Nan Goldin)

sábado, 16 de mayo de 2009

Castilla del Pino y nosotros


En realidad, utilizo la excusa de tu muerte para recordarnos a nosotros, es decir, a Trini, Chelo, Jaime, Carmen, María Ángeles, Dori, Julio, Jesús, Elena y María, y a alguno más cuyo nombre no recuerdo o no supe nunca. Aquellas mañanas dominicales en que un grupo de chicos y chicas más obreros que estudiantes (sic) nos encontrábamos en unos locales parroquiales prestados para hablar de lo humano que ya no de lo divino. De lo social, que no ya de lo individual (esto vino intensamente más tarde) De lo épico, porque lo lírico nos parecía una ceguera. Y aquella tarea línea a línea de desentrañar entre todos lo que escribiste en tu opúsculo La alienación de la mujer, casi un libro de texto para unos voluntarios que fermentábamos de ideas, voluntad y acción. O el otro, Sexualidad y represión, que nos costó más acometer y lo dejamos medio abandonado. O tus artículos en la revista Triunfo, tan esperados como todo lo innovador y resurgente. Y luego aquel colofón en el que te conocimos más de cerca: ibas a dar y no te dejaron una conferencia en que, como todo en aquellos lejanos tiempos, no estaba nada bien visto y sí muy prohibido. Y cómo a pesar de ello, y de los temas que nos hacían vibrar con su acicate y tu presencia, nos hablaste también de Córdoba, de sus patios de primavera, del flamenco en privado en casas de amigos, de las nuevas ideas revolucionarias de la psiquiatría, de tu optimismo por el cambio en España. Muchos podemos decir que antes que a Marx leímos y comentamos a Castilla del Pino. Desgraciadamente, a Marx nunca lo leímos mucho y escasamente lo entendimos, pero ésta es otra historia. Afortunadamente, te estaremos siempre agradecidos porque una pequeña parte de tu obra nos juntó, creando fuertes lazos cómplices y de amistad solidaria, a jóvenes y anónimos rebeldes de una ciudad provinciana.

jueves, 14 de mayo de 2009

La mano febril



Tiéndela

no hay motivos para no dejarse tentar
por el paraíso

entrelázala

asirás al menos
el último calor de la noche

sujétala

¿lees en esa palma
los designios que se te reservan?

ahora date la vuelta
y reposa

estás demasiado febril
para hallar respuestas adecuadas
en tu carne


(Ralph Gibson es el autor de la foto)

miércoles, 13 de mayo de 2009

Daímon



"El carácter del hombre es su destino".


Es uno de los Fragmentos de Heráclito de Éfeso, también llamado el Oscuro. Los fragmentos son unos textos intrigantes, pero también clarividentes. Ante ellos te paras, los lees en estado puro, te olvidas de las manipulaciones que aristotélicos, estoicos y cristianos hicieron de los mismos, y después comienzas a moverte de otra manera. Tu pensamiento ya no es idéntico. Es como si lo vivieras más en presente. Sugiere interpretaciones. A mi me ha resultado apasionante este fragmento. ¿Qué os sugiere a vosotros?


(La fotografía está realizada por Ralph Gibson)

martes, 12 de mayo de 2009

Salomé (un sueño)



El hombre ha tenido un sueño insólito. Ha soñado con una niña que exhibía su cabeza sobre una bandeja de plata. Cuando se acercaba a ella para comprobar el efecto de verla separada del tronco, la cabeza se iba reduciendo hasta convertirse en una pieza frutal. Al alzar la vista del plato mira a la púber. Está allí delante, insegura y oferente. La mirada de la niña no puede evitar el temor y su gesto es receloso. Tómala, le dice. Pero el hombre no se fía de la niña. Ambos desconfían. El hombre detecta manchas de sangre sobre la bandeja. ¿Dónde está la cabeza?, pregunta. Pero la niña se extraña. ¿Qué cabeza? Aquí no hay ninguna cabeza, hay una pera. Y el hombre: Pero, ¿y ese reguero de sangre? ¿De dónde sale? La adolescente está calma: Yo no veo ningún reguero de sangre. Acércate, mira. Y la niña pasa dos dedos por la superficie bruñida del enorme plato y se los muestra. ¿Ves? El plato está limpio. Puedes coger sin miedo la fruta, está madura. Y es tan sabrosa... Él la contempla absorto, sin dar crédito a la revelación. Pero algo hay en esa frontera de la infancia que hace dudar y a la vez provoca que se la tienda la mano. El hombre comprueba de nuevo. El metal de la base circular está inmaculado. Por un instante, le tienta tomar la pera, pero él no se ha levantado de lo más profundo de su sueño solamente para probar una fruta. Al ir a tocarla se detiene. No quiero esta pera. Mi cabeza estaba ahí. ¿Qué has hecho con ella? En los ojos de la niña brilla una perplejidad insultante. No estoy aquí para robar nada. Estoy para dar. Además, la cabeza la llevas puesta. ¿Qué más quieres? Entonces el hombre se palpa el pecho, sube su mano al cuello, se acaricia la barbilla, se frota los cabellos. Se cerciora de que no ha perdido su magnífica testa. Por otra parte, ¿qué le hace pensar que hubiera sufrido un degollamiento? Cuesta rechazar la incitación de la niña, envuelta en el destello inocente y débil de sus pupilas. Trata de ser conciliador. Acaso se rinde. Bien, quiero creerte. Y para demostrártelo, cogeré la pera que me ofreces. La pieza tiene una forma grácil y hermosa, sus colores son los propios de la estación, incluso emite un ligero aroma que provoca la secreción de saliva en su boca. Al rozarla con las yemas de sus dedos el hombre ve sorprendido que la pera crece, que su contorno se altera. Da un salto hacia atrás, mientras la adolescente le atraviesa con una sonrisa imperceptible pero irónica. El filo apenas dibujado de su boca se abre a medida que crece la admiración del hombre. Abre al máximo la palma de su mano para abarcar aquel volumen desmesurado. Su textura es fría, la tonalidad se ha vuelto más azulada, no percibe suavidad en la piel, sino que una áspera rugosidad repele a la aspereza de sus dedos. Bajo aquella masa se expande un hilillo negruzco, casi seco. Y de pronto la ve claramente. Su hermosa cabeza desgarrada se ofrece de nuevo sobre la bandeja, mientras la niña entreabre divertida sus comisuras. Su mirada burlona desarma al hombre. ¿Por qué dudas?, le increpa. Nunca te ofrecerán otra igual. Ninguna estará dispuesta como yo a entregarte el manjar que te estás perdiendo. Envuelto en una red de cansancio y de pesadumbre, el hombre desconoce cómo salir del sueño. No sabe qué le azora más. Si el frío tajo invisible sobre su cuello o no haber catado la fruta servida por la doncella.



(Fotografía de Katia Chauseva)

domingo, 10 de mayo de 2009

Fotogramas



“El pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de otra manera”

L.P. Hartley, El mensajero.


Tuvo siempre esa sensación. Nada de lo que dejó atrás le era extraño. Pero a pesar de todo se sentía extrañado. No era posible volver. No porque lo deseara, sino porque hubiera querido corregir. Pero no se vive en la corrección, sino en la improvisación. La vida consiste en únicos asaltos. Un instante al que sucede otro y a éste otro y así hasta el olvido. Pero cada momento es un asalto, irrepetible. Si se intenta aplicar una lección aprendida, ¿hasta qué punto vale para resolver la siguiente pelea? Se pregunta si es posible reconocerse en el pasado. Cree que sí, porque no se piensa el pasado, sino que más bien se siente. Al rescatar imágenes lo revive, acaso no muy fielmente. Y tal vez lo adultera, inconscientemente o a propósito. Pero al sentirlas se vincula. No es el pensamiento, sino las emotivas sensaciones las que rescatan al hombre de aquel país, la que le permiten atravesar cada frontera cotidiana. Ciertamente, hay referencias, lejanos ecos, oscurecidos cuadros y fotografías. Cuando se ejercita la memoria de aquellos territorios extrañados se hace por secuencias aisladas unas de otras. Como aquellos fotogramas de películas que en la infancia corrían en manos de los chicos, producto de mil y un cortes de los vetustos cacharros de proyección de los cines. No se veía la película en cada fotograma, pero se vivía la escena, se tocaba la imagen, se proyectaba lo imaginario. Vemos así nuestra vida pasada como esos trozos de celuloide, amputados, separados del resto del film, contrapuestos a la luz para rescatar más visión. Volvemos a registrar las escenas, como los cuadros en blanco y negro de un tablero de ajedrez que se ha ido jugando por inercia y con riesgo. Escenas impregnadas de olores, impactos, sentimientos, sugerencias, excitaciones. Y nos convulsionan. Sin tener el argumento elaborado y, menos aún, comprendido, aceptamos reencontrarnos con lo que nos afectó y lo que nos entusiasmó, con lo que nos generó rechazo y lo que nos atrajo. Hasta qué punto quedan residuos en nuestro subconsciente o forman parte de los pilares de nuestra personalidad es un enigma. Lo enigmático reside siempre en lo extranjero. Nos hemos ido desposeyendo de situaciones, de tiempos y de rostros. Pero estamos hechos de todo eso, concentrados en una argamasa impura pero sólida, más de lo que pensamos. A prueba de piqueta de los asaltos inusitados de los años maduros. Francamente, la ironía del escritor Hartley le parece al hombre una buena observación.


(Fotografía de Leo Matiz)


Apacíguame



Esta incesante tormenta
donde cada rayo que me toca
me hace crecer

donde la lluvia generosa me empapa
hasta hacerme tierra
y su fecundidad

busco vanamente en ella
mi apaciguamiento

sé que debo ahogar los gemidos
que comparto con el viento
para aplacar la lacerante violencia
de mi carne

antes de que me destruya


(Fotografía del griego Stelios Tsagris)