sábado, 31 de mayo de 2008

Cúpula de vida



Minarete de cristal. Alminar de hielo. Prisma de los mil dedos. Macla de las mil caras. Cúpula que has preservado durante años el vino más generoso. El moscatel más excelso se deslizó por la garganta transparente cuando tú lo permitiste. El jerez más arrebatador se derramó en el silencio de la ceremonia más entusiasta. No has escatimado ofrendas. No has cejado en tu presidencia protectora. No has hecho dudar a la mano dadivosa y fraterna que ha inclinado la delicada arquitectura de vidrio, hasta llenar las copas. Has presidido un cuello esbelto, entregándote a un encaje voluptuoso. Has besado su transcurso húmedo. Has coronado un cuerpo frágil, vitral transparente de los artesanos más imaginativos. Las libaciones que se efectuaron en nombre de la eterna salud y de la cordialidad iluminaron los rostros y rebajaron las penas de los invitados. Olías a la entidad que resguardabas. A tu orilla, labios masculinos trasegaron sensuales sabores. En tu borde, bocas de mujer cataron disimuladamente el placer alternativo. Tras los encuentros, en pago dejaste la satisfacción de la maestra de ceremonias. El niño jugaba contigo cuando la vasija estaba vacía. Se dejaba contagiar por su exuberante geometría convexa. Al recogerte en su puño ¿medía el mundo? Al acariciar tu cúpula celestial, ¿qué cielo acariciaba? Al recorrer con sus dedos resbaladizos el talle del recipiente, ¿qué cuerpo vinculaba a su cuerpo? Hoy te reclama un signo que sacie su sed. Un tacto que contenga su nervio. Un aroma que le envuelva y le salve. Bóveda de lluvia: los arquitectos mongoles envidiarían tus curvaturas. Proyección simbólica que acogía la noche y el día en sus arcos convergentes. Hoy duermes el sueño de la distancia. Pero no el olvido. Bendita sea tu santa luz.

jueves, 29 de mayo de 2008

Travesía


Amanece pronto, o tal vez no es de día todavía, pero yo amanezco. En la oscuridad te veo, veo las líneas finísimas de tus ojos ovalados, la marcación paralela de tus cejas negras, veo los ángulos donde se diluyen tus párpados, veo brillar tus pupilas dulces y me distraigo en ellas. Miro tu cabellera traviesa, tu nuca de seda, tu boca eginética, tu cuerpo fronterizo. Te contemplo como a una koré primitiva que los talleres griegos crearan para hacerla llegar carne y lluvia hasta mis días. Atraviesas la oscuridad hasta mi noche, percibo unos dedos alargados que se desenvuelven precisos y lúdicos sobre el contorno de mis labios, que los afinan, que los alzan hábilmente, dedos que peinan mis cabellos largos y alisan mi barba salvaje, que trazan con sus uñas dibujos de arena sobre el vello de mi pecho. Siento una boca que se acerca sin prisa hasta mis labios, una boca que los mece, una boca que les habla, y a la que mis labios escuchan desvanecidos, y mis labios enmudecen, y mis labios apuntan los susurros que esa boca que cabalga lenta sobre mi boca hace trotar. Advierto el enigma de dos bocas buscándose a través de la oscuridad, la calidez de dos sonrisas compensando la soledad, la arquitectura de cuatro labios restaurando la ausencia. Siento entonces tu cuerpo frágil dejándose caer sobre mi torso que tirita, un temblor que me conmueve, el roce de tus frutos exquisitos al alcance de mi tacto, a prueba de mi gusto. Permanezco inmóvil como si yo fuera la tierra, oferente como si formara parte del limo que hubo siempre en ti, calma aparente y a la vez profundamente sísmica. Palpo la sustancia nutriente de tu aposentamiento sobre mi sangre, tu silencio derramándose sobre los años olvidados, tu despliegue envolvente que a su lado hace mísera cualquier palabra. Tocas mi raíz, siento que hurgas en la raíz, que te adentras en ella, que la afirmas, que la invocas en medio de una inmersión purificadora. Y es en ese momento cuando tu sombra se evapora, y tu sombra se diluye en la luz, y tu luz absorbe la mía. Y es en ese instante cuando se escucha el fragor de dos ímpetus que se rasgan, ajenos al alba.

(Fotografía de Katia Chausheva)





miércoles, 28 de mayo de 2008

Las tinieblas del corazón


Existe otro universo, el del corazón del hombre,
del que nada sabemos, y no nos atrevemos a explorarlo.

Una gris y extraña distancia separa
nuestra pálida mente, aún más, del palpitante continente
del corazón humano.

No ha habido pioneros que hayan desembarcado en sus costas
y ningún hombre o mujer conoce
su misterioso centro,
cuando, más oscuros aún que el Congo o el Amazonas,
fluyen del corazón los ríos de la plenitud, el deseo y la ansiedad.


David Herbert Lawrence, Últimos poemas y pensamientos (Edición póstuma, 1932)


martes, 27 de mayo de 2008

Sueñas... (Franz Marc vela)




Sueñas, y lo haces intensamente. Sueñas con caminos de polvo y grava, sueñas con riberas de fronda, sueñas con altozanos, sueñas con ruinas que te hablan, sueñas con los habitantes invisibles de las ciudades inexistentes, sueñas con caras que te sonríen, sueñas con pómulos que te desprecian, sueñas con gestos adustos, sueñas con niños que trepan a una tapia, sueñas con las andanzas iniciáticas de aquellos chicos, sueñas con manzanos, sueñas con la niebla, sueñas con la aparición de la sorpresa tras la niebla, sueñas con las tardes agostadas de la calima, sueñas con la arena húmeda y fría de la playa en invierno, sueñas con carreras donde no hay meta alguna, sueñas con tus carreras de fondo solitarias, sueñas con los montes que subes y dejas atrás y los que aún tienes por delante, sueñas con el hombre que camina deprisa con bastón, sueñas con las fresas salvajes de la orilla de las sendas, sueñas con rostros de mármol, sueñas con estatuas incompletas, sueñas con el amanecer desde el buque que te lleva a Estambul, sueñas con las trilladoras que clausuraban la siega de agosto, sueñas con aceñas abandonadas, sueñas con la niña de los zapatos de charol, sueñas con un pozo cuyo fondo se ve, sueñas con el sonido de traqueteo de tren llegando desde la lejanía, aproximándose, poniéndose a tus pies, trasladándote al paisaje diferente, sueñas con sus pitidos prolongados arrebatando la espera de los viajeros en la estación, sueñas con la muerta que encontraron una mañana de verano entre las vías, sueñas con volcanes, sueñas con Pompeya, sueñas con el perro que no pudo soltarse a tiempo cuando llegó la lava, sueñas con silencios, sueñas con unas manos que te sujetan la mano, sueñas con las ojivas de una gruta, sueñas con las estalactitas de una catedral, sueñas con la oquedad profunda del eremita del desierto, sueñas con el duque de Bomarzo, sueñas con los monstruos del Sacro Bosco, sueñas con la guerra de los mundos, sueñas con la tintorería de la ciudad de provincias, sueñas con la historia de la mujer que recibe al marido que vuelve de la guerra y no es reconocida por él, sueñas con tus refugios bajo la higuera, sueñas con libros de aventuras sin final, sueñas con Dick Turpin, sueñas con el transiberiano que atraviesa la taiga, sueñas con algún olvidado rojo emblema del valor, sueñas con la mano negra, sueñas con incienso, sueñas con la salvación: la impuesta y la otra, la elegida, sueñas por fin con la salvación de la memoria, ya que no de la carne ni del alma, sueñas, sueñas con tipografías que se erigen unas a otras y luego se descabalgan, sueñas con el manantial donde bebías el agua más pura, sueñas que ves unos ojos en el fondo del manantial que no son tus ojos pero que te seducen, sueñas con fotomontajes adolescentes, sueñas con las recitaciones de Rubén Darío, sueñas con besos que alguna vez horadaron tu alma, sueñas con mosaicos de animales salvajes, sueñas con el viento rompiente sobre los acantilados, sueñas con la mesa de mármol del café, sueñas con los cafés de tertulias fenecidas, sueñas con tus aprendizajes de café, sueñas con tus desencuentros del café, sueñas con las horas perdidas entre el misterio y la curiosidad, sueñas con tu muerte o mejor dicho con la forma de tu muerte, sueñas con tu origen impreciso en el recuerdo, sueñas con la perplejidad de cada anochecer que te desnuda, sueñas con la perplejidad encarnada en el espíritu que se abre cada mañana dentro de ti, sueñas con sombras que se pierden en callejones tristes, sueñas con una espuela de plata, sueñas con arroyos, sueñas con las piedras dispuestas irregular y arriesgadamente por la que atraviesas feliz y ágilmente la corriente, sueñas con que arrojas guijarros a los remansos, sueñas con los círculos múltiples que trazan, sueñas con la dispersión de sus ondas a lo largo de tu vida, sueñas con ojos ovalados, sueñas con la lluvia que atraviesa tus ojos, sueñas con retinas que se resisten al olvido, sueñas con la ira de los justos, sueñas con la debilidad de los coléricos pues ya fue dicho que de ellos no será jamás reino alguno, sueñas con manos de barro, sueñas con la calidez del barro, sueñas con el Golem, sueñas con sus arrebatos justicieros, sueñas con el aroma del jazmín, sueñas con la hiedra que crece en cada aurora, sueñas con canciones antiguas que se desparraman sobre la debilidad de la memoria, sueñas con la evasión de ti mismo, sueñas con el furor de tus ingles, sueñas con la saliva que se enreda dentro de tu boca, sueñas con la sangre no deseada, sueñas con la muerte dulce...sueñas y te remueves y suspiras y gimes y la inquietud de tu sueño te arroja sobre un abismo renovador e inquietante...


Al despertar, los caballos azules y rojos seguían allí y los leones aún coreaban tu desvencijado sueño.



(Pintura de Zademack y El sueño, de Franz Marc)

domingo, 25 de mayo de 2008

Mística Vs. Misterio






1. Coplas de San Juan de la Cruz



Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

1.

Yo no supe dónde entraba,
pero cuando allí me vi
sin saber dónde me estaba
grandes cosas entendí
no diré lo que sentí
que me quedé no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.

2.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta
en profunda soledad
entendida vía recta
era cosa tan secreta
que me quedé balbuciendo
toda ciencia trascendiendo.

3.

Estaba tan embebido
tan absorto y ajenado
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo
toda ciencia trascendiendo.

4.

El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece
y su ciencia tanto crece
que se queda no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.

5.

Cuanto más alto se sube
tanto menos se entendía
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.

6.

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer
que no llega su saber
a no entender entendiendo
toda ciencia trascendiendo.

7.

Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo
irá siempre trascendiendo.

8.

Y si lo queréis oír
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo
toda ciencia trascendiendo.





2. La mística según André Compte-Sponville


Mística. La etimología relaciona las palabras con los misterios. Pero los místicos, en todas las religiones, nos hablan más bien de una especie de evidencia. Hay que creerles a ellos, y no al pasado de la lengua y de la superstición. El místico es quien ve la verdad cara a cara: no se encuentra ya separado de lo real por el discurso (es lo que llamo el silencio), ni por la carencia (es lo que llamo la plenitud), ni por el tiempo (es lo que llamo la eternidad), ni, en fin, por sí mismo (es lo que llamo la simplicidad: el anatta de los budistas). Dios mismo ha dejado de faltarle. Realiza la experiencia del absoluto, aquí y ahora. Tal absoluto ¿acaso es todavía un Dios? Varios místicos, especialmente en Oriente, contestaron que no. De donde un “misticismo puro”, como decía el padre Henri de Lubac, que es “la forma más profunda del ateísmo” (La mystique et les mystiques, A.Ravier y otros, “Prefacio”). Éstos no creen en nada: la experiencia les basta.

Este misticismo, que es el máximo de evidencia, es por eso lo contrario de la religión, que es el máximo de misterio.





sábado, 24 de mayo de 2008

El muro


Podría decirse que estás ante un muro. No hay reflejo, te basta la luz de la mesita para creer que ves. Pero te opones también a ella. Te resistes a considerar tu propia transparencia. Al menos esa forma reverberante que te resulta confusa. El espejo es un testigo ausente. La celosía de tus dedos te aíslan de una comprobación que no te parece necesaria. No la deseas. Todo lo que tienes que ver está dentro de ti. El objeto exterior no te sirve. La refracción te hace desconfiar. El fondo de la caverna es inútil. La proyección no aprecia tu dimensión íntima. Por eso huyes de ella. Te basta un gesto. Te ubicas ante el espejo y a la vez lo ignoras. Al dividir la estancia de tu vida de la que otros esperan de ti en realidad la preservas. ¿Crees que todo acaba en lo que no se entiende a primera vista? Tu vida se enciende de nuevo donde no veías anteriormente. Sólo la oscuridad nos hace anhelar la luz. El fin de un argumento no es el fin de quien lo genera. Una historia que acaba semienta otra que comienza. ¿Por qué nos aterran tanto los límites siempre relativos de nuestras propias experiencias? Tu negación es también tu afirmación. Tienes claro que preguntar al espejo carece de sentido. Podrías girar trescientos sesenta grados dentro de ti y percibir la visión que te esclarecerá. ¿Para qué seguir manteniendo la distancia ocular cuya medida es siempre aparente y equívoca? No escapas de ti misma, huyes en realidad de las dobleces que pueden hacerte quebrar. De aquello que es confuso porque no se contempla bajo el imperativo de la claridad. No escondes tu rostro entre las manos, más bien lees en ellas. Su postura es una enunciación protectora. Separa la frialdad de lo opaco de lo que empiezas a comprender lentamente. Aísla lo baldío de lo que empieza a adquirir sentido en ti. Ni por asomo te planteas flaquear simplemente por una situación de desconcierto. Sólo que prefieres ignorar la visión que podría devolverte el espejo adulterada. Te miras en tus manos, tu mejor espejo. Pero ¿resistirás la tentación de entreabrir los dedos?



(Foto de Nan Goldin)

jueves, 22 de mayo de 2008

Orígenes


El origen de la cuchara estuvo en una guerra. Nunca supo descifrar las letras grabadas en el mango. Una caligrafía de lujo para un útil exquisito. La cuchara estaba abollada, algo desgastada, pero conservaba una línea fiel y una concavidad generosa. El material debía ser purísimo, porque ni los restos de comida ni los estropajos hicieron mella en su esencia. La debió hallar en alguna de las incursiones en territorio enemigo. Pero él no era de los depredadores, de los que iban a por el botín. Tal vez fue la necesidad, tal vez la admiración por el objeto, acaso un recuerdo cuyo significado de tránsito se escapa. Él debió tomarla de una casa cuyos moradores habían desaparecido y la premió con el uso cotidiano hasta casi el fin de sus días. Cuántas madrugadas de sopas de ajo. Cuántas comidas entre pluriempleos. Cuántas cenas ante noches inertes. Nunca alardeó de haber cogido bienes de nadie. Eso le honró siempre. Las guerras son descaradas. Se prestan a la ley del inmediatamente más fuerte, del ocasional, del que llega antes. Las guerras demuelen los códigos de conducta, las leyes, las reglas del juego de las convivencias. Los territorios cambian de propiedad, las propiedades cambian de dueño, los amos cambian de camisa. Lo edificado se derrumba, lo cultivado se extingue, la vida se mata. Obviedades así. Salvajismo. Sólo salvado en una mínima parte por los rasgos del azar o de la bondad innata de los hombres que no se dejan cambiar. Por qué utilizó el hombre en cada comida la cuchara de la guerra es un misterio. Acaso le parecía bella. Tal vez hizo un juramento y lo mantuvo, otorgando un gesto simbólico al uso. Puede incluso que su mano se hiciera de tal manera a la holgura de la cuchara que no se sentía cómodo con otro modelo de cubierto. Una simbiosis persistente a lo largo del tiempo. Un pequeño cetro de progenitor. Del fondo de la cazoleta surgía un brillo donde se contemplaba la necesidad de los hombres. Donde se intuían los cambios de fortuna, las jugadas del destino, las traiciones de los esfuerzos. En contadas ocasiones tenía el hombre una debilidad fugaz y se preguntaba quién podría haber sido el poseedor anterior de la cuchara. Nunca dio muchos detalles. Hablaba de casas deshabitadas, de estancias abandonadas de repente, de objetos fantasmagóricos esperando retornos que no se producirían jamás. Las ruinas acomodan siempre los medios materiales, por muy insignificantes que sean, con la nada. Al hombre la guerra le rompió también. No fue de los que más perdieron. Ganó la reconciliación con su propia naturaleza: la capacidad de resistir y la suerte de sobrevivir. La cuchara, ya digo, habló siempre a su favor como testigo.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Femme bleu


Al regresar, la noche se la encuentra aletargada en el azul. Allí ella descansa, se aloja en ensoñaciones, se transmuta. Allí acaso revive o vive lo que no puede vivir de otra manera. La noche la observa, se sienta a contemplarla. Sobre el azul hay un vuelo diferente. Un abandono, una flotación. Todo se muestra revuelto, la ropa, la cabellera, el cuerpo. Los dedos aparentan inmovilidad, pero componen los trazos de alguna canción. Ni siquiera se ha quitado el carmín de los labios. Cansancio u olvido de sí misma, la mujer salida de un ciclo picasiano duerme. Pero en esa inmersión se sabe poseída. Sueña con un nombre que hechiza la oscuridad. Sueña con una voz envolvente que le gravita dentro. Sueña con un cuerpo que se le acerca tanteándola. Sueña con otra acepción de la vida, cuyo lenguaje apenas se esboza todavía. El azul la ampara. Siente unos pasos cautos y se gira adormilada hacia ellos. Oye unas palabras lentas y suaves y se conmueve. Nota la proximidad de una sombra cálida y se estremece. Percibe el roce de unas manos y vibra. Un ligero aroma acaricia la proximidad de su almohada y ella se impregna. El rojo de sus labios advierte la cercanía de una humedad ingrávida y repara en que emana de otros labios. Algo tira con levedad, pero con firmeza, de ella y le propone partir. Pero no ha despertado todavía. La noche lo ve todo y calla. La noche se abre al desconocido y vela las percepciones de la durmiente. No hay una frontera clara que delimite su sueño. Cuando despierte, se sentirá rasgada. Después, se pondrá a andar.



(Katia Chausheva azulea a la mujer durmiente)

lunes, 19 de mayo de 2008

La crisma


Debiste de pensártelo dos veces antes de dudar. El espejo es silencio pero también un gran interlocutor. Escucha y calla. Pero habla y responde también. En ocasiones vocifera. Depende de lo que quieras hacer de él. ¿Que se muestra como un testigo de cargo de tus acciones? Le tomas el testimonio y te refuerzas. ¿Que te lo imaginas como un psiquiatra? Bien, te pones delante y te dejas analizar. ¿Que lo necesitas como confesor? Te postras y le cuentas tus pecados. ¿Que te sientes ante él como ante un paisaje? Te cruzas de brazos y observas el horizonte. ¿Qué lo consideras el oráculo? Plántate allí, haz cola y pregunta, sin olvidar los dobles o triples sentidos de las respuestas que te devuelva. ¿Que lo ves como el tornasol que va a mejorarte la imagen ante ti misma? Pues quédate fija, enajénate y que acontezca ese brillo que esperas que destelle. Pero, ¿dónde miras realmente? ¿Más allá del espejo, tal vez? ¿En tiempo pasado, en ausencia, en parálisis? ¿Y en qué términos te observas? ¿En sospecha, en perplejidad. en abulia? ¿Qué esperanzas te hace concebir? ¿Las apuestas por la transfiguración, el cálculo de posibilidades aún vivas, el desafío de lo cambiante? O acaso no quieres sino permanecer solamente a este lado, tentando la suerte y los guiños impenetrables de tu rostro. No desconoces que no siempre contemplarse ante el espejo es un hecho de afirmación sincera. Más bien al revés. Pero tantas veces te ha bastado con que sea de apariencia. Ahora dudas. Observas el contorno con incredulidad. Enarcas las cejas escéptica y sombría. Dudas de que haya un verdadero poder de comprobación ante el espejo. Vuelas sobre ese viento que arrecia entre la tensión controlada y la relajación forzosa, a punto como estás de mandarlo todo al infierno. Te debates en ese instante patético en que te acucia tu propio abandono. Te sorprendes en tu enmudecimiento. No sabes si tendrás fuerza para echar al espejo un último pulso digno. Te tienta alzarte y romperle la crisma. ¿Matarás al espejo?

domingo, 18 de mayo de 2008

Un poema, el azar

A veces, a uno le llegan sorpresas. ¿Qué es, si no, el hecho de vivir? Llamo sorpresa no necesariamente a lo inesperado -este concepto es pura y efímera derivación- sino a aquello que produce destello dentro de uno. Es decir, cuántas veces un texto o la opinión oral de otro con el que te encuentras por la calle, se afirma dentro de ti. Es como si interpretase por casualidad, por coincidencia sumergida, aquello que tú pruebas y compruebas pero no has traducido aún en argumento. Verdaderamente, el tema es particular. Esas palabras, sean cuales sean su forma, sólo llegan a ti, sólo tú te das por enterado, sólo a ti te interpretan a través de un cruce de vidas ocultas y desconocidas, que seguirán su curso y se perderán tal vez, pero te harán sentir menos solitario. Una película, una parrafada de una novela, una escena de película, una respuesta de entrevista periodística, la frase fugaz de un conocido...Cuántas expresiones caídas como un rayo sobre nuestra testuz nos iluminan, si no nos queman...De pronto uno halla un poema de José Mateos (una Palabra llegada también a la vida de uno por azar, con un rictus de ternura), y como en un espejo, la descripción es su carne, su llanto, su piel, su origen, su desafío y su arquitectura básica, esa dovela magnífica que sujeta las demás dovelas del arco de su vida...


Todo te aislaba, todo te oprimía.
Nada te parecía limpio y digno
de ese gran sueño de cambiar el mundo,
de ese eterno ideal de vivir libres
y llegar todos juntos a esa isla
que no existe descrita en ningún mapa,
entrevista de pronto en un relámpago.

Disgusto de tus padres, en el mismo
cuarto de tu niñez, junto a la lámpara,
te pasabas las noches siempre solo,
atesorando dudas y escribiendo
este poco aire que te expresa.
con palabras oscuras de tan claras
te asombró una verdad por ti extraída
de no sabes qué intacto fondo ambiguo,
y desde entonces, todo son palabras:

Palabra viva un cuerpo, un rito, un acto;
palabra oculta un nido entre la hiedra;
palabra delicada el mar, la tarde
y ese avión entre médanos de nubes;
palabra triste el rostro sonriente
que guarda en su interior la calavera;
palabra sabia y submarina el sueño
(para poder vivir sano y en calma
te tienes que borrar todas las noches)

La palabra que exilia y la que hospeda,
la que celebra y la que escupe sangre,
la palabra creadora del silencio,
la primordial, la ausente, la extinguida,
la palabra-promesa, la palabra
que esperas quieto hasta que allá, en lo alto,
adquiere en la veleta nombre el viento.



miércoles, 14 de mayo de 2008

La busca


El río arrastra mi mirada
¿qué lleva más allá de mis ojos?
Un rumor agitado.
Un caudal que corre
y crece
perdiéndose gozoso en la fronda.
La algarabía de los remolinos
desafiantes.
La agitación de la corriente
que captura la luz
hasta horadar con ella la tierra sumergida.
Un tibio silencio.
Una visión de calma
aparente.
Los signos
de un abecedario de lluvia.

martes, 13 de mayo de 2008

Berlín, 1933 (Farsa en un acto)



No, en el principio inexistente o al menos impreciso, no fueron los libros. Ni las palabras. Éstas no existen desde siempre. Como todo. Ya lo he dicho otras veces. Acaso antes, en ese lento y complejo devenir de lo que ha llegado a denominarse humanidad por los humanos actuales, fueron los gruñidos, las actitudes, los nerviosismos, las miradas severas o solícitas, los apartamientos o aproximaciones, las sensibilidades toscas o timoratas, acaso el simple ir haciendo...Habría tiempos donde lo útil directo y lo observante y el simple abandono tendrían una frontera precisa, tal vez como ahora. Y a la vez ocupante de la otra, transversal, transgresora. Pero las palabras, ah, las palabras. No se sabe bien si nacidas de la función, de la relación, de la contemplación o de todo un poco, son una manifestación muy reciente. Más reciente todavía ese intento por atraparlas y de que no se quedaran en lo etéreo o en la simple tradición oral, que decimos ahora, y que se materializó en soportes. Tablillas, paredes, pergaminos, libros...Estoy seguro que en la carencia o privación de los soportes anteriores, hasta las arenas de las playas, el humus húmedo de ciertos terrenos, las paredes calizas o la mano de un hombre fueron también soportes efímeros. Los siguen siendo; yo me sigo asombrando de las frases que me encuentro por los muros de las ciudades, me asomo discreto a la servilleta de papel de un solitario en espera dentro de un café, o corro a la orilla del mar cuando un grupo de chicos se van tras escribir algún nombre, algún deseo...Los libros: aunque ya superados técnicamente por la revolución informática, permanecen ahí, y han conformado extraordinariamente los últimos siglos. Especialmente, el siglo XX.




Estos días, de una manera más o menos extensiva, se ha comentado en la prensa que hace setenta y cinco años (ya se sabe, la manía y el tópico por hablar de los acontecimientos históricos en las cifras redondas) tuvo lugar la pretendida purificadora quema de libros por parte de los nazis. Sí, el 10 de mayo de 1933, en lo que es hoy la Bebelplatzt de Berlín, entonces Plaza de la Ópera, tuvo lugar la representación. Porque aquello revestía todas las características de un montaje teatral de baja entidad: una farsa, un escenario, unos figurantes, un mal acompañamiento musical, una pésima dirección, unos protagonistas chabacanos, un vulgar tema y un más ordinario argumento. ¿Tan baja había caído la elevada cultura alemana heredada de la Aufkärung y de la modernidad del Estado unitario formado en el siglo diecinueve? ¿O precisamente porque se manifestaban los rasgos más extremos que los nacionalismos muestran cuando no consiguen todos sus objetivos de poder y hegemonía en los tiempos anteriores? Preguntas para una búsqueda. Con aquella quema de cierto tipo de escritura de pensamiento y literaria se pretendía convertir en símbolo el afianzamiento del pensamiento único, sólo posible a través de la persecución del pensamiento y de la expresión de los demás, dejémonos de rodeos. Un símbolo imbécil, pero admonitorio de las quemas más terribles que iban a llegar después. Ya el poeta alemán Heine dijo en 1820 que “donde se queman libros se acaban quemando hombres.” Y no era nuevo en la Humanidad, no. Se suele citar la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, pero aquello queda muy lejos en geografía y tiempo histórico. En 1502 ya hubo quema de libros árabes en la España del nuevo Estado unitario. Y sólo era la antesala de uno de los instrumentos más terribles que la cultura occidental y cristiana ha inventado: la Inquisición, que siguió con sus prácticas de requisiciones y quemas librarias, materializadas consecuentemente en la quema de ese libro irrecuperable que es un simple ser humano. Pero yo no quería hablar de todo. Quería recordar los setenta y cinco años de aquél día fatídico nazi. Sin embargo los libros, señores y señoras, se recuperan. Los sufrientes humanos exterminados fueron el verdadero símbolo de la extinción real. Hay un cinismo muy mecanicista extendido por ahí que, para justificar los avatares de la destrucción y la muerte por parte de unos humanos con poder sobre otros, dice que la biología humana también se reproduce en su cinta de Moebius. Pero mire, si usted, usted en persona física y no usted en abstracción semántica, deja de reír, de emocionarse, de amar, de admirar y de comprobar porque le eliminan físicamente, es usted quien lo deja todo muy a su pesar y sin su permiso. No la abstracta humanidad. Y ahí, por favor, no olvidemos nunca el valor de lo verdaderamente irrecuperable y esencial.

domingo, 11 de mayo de 2008

Palabras desnudas



Leo a Elias Canetti en El suplicio de las moscas...

Hay cierta tristeza en las palabras desnudas, pero yo no soy sastre, y antes que probarles un traje prefiero seguir triste.



(Sobre un montaje de Francesca Woodman)






jueves, 8 de mayo de 2008

Doble llama



Dice Octavio Paz en su sugerente obra La llama doble...

"La relación de la poesía con el lenguaje es semejante a la del erotismo con la sexualidad. También en el poema -cristalización verbal- el lenguaje se desvía de su fin natural: la comunicación. La disposición lineal es una característica básica del lenguaje; las palabras se enlazan una tras otra de modo que el habla puede compararse a una vena de agua corriendo. En el poema, la linealidad se tuerce, vuelve sobre sus pasos, serpea: la línea recta cesa de ser el arquetipo a favor del círculo y la espiral. Hay un momento en que el lenguaje deja de deslizarse y, por decirlo así, se levanta y se mece sobre el vacío; hay otro en el que cesa de fluir y se transforma en un sólido transparente -cubo, esfera, obelisco- plantado en el centro de la página. Los significados se congelan o se dispersan; de una u otra manera, se niegan. La palabras no dicen la misma cosa que en la prosa; el poema no aspira ya a decir sino a ser. La poesía pone entre paréntesis a la comunicación como el erotismo a la reproducción."


...Y tú te mueves en torno a tus sombras, te permites abrazar por apariciones que se desplazan sigilosas, te dejas abrasar por quemaduras cuya huella no sabes aún valorar, estás lejos de pensar en heridas abiertas y mucho menos en cicatrices, sólo te doblegas ante el fogonazo que te ha imantado, la caída lateral y portentosa de la luz que se estrella contra tus obscuridades, te contorneas mientras manos ajenas maniobran, esas manos que hablan que ofrecen que conducen que te trenzan, sujetas tu desnudez para no hacerla estallar antes del instante preciso, mientras te sumerges en ti misma presientes que la otra mujer que llevas dentro se desvanece, te has salido del renglón, has sobrepasado los márgenes, la página se te queda pequeña para la expresión que bulle y reclama estruendosamente dentro de ti, el espejo te ha abandonado, proyecta sobre tu desposesión admitida los rasguños del primer roce, las demás aproximaciones se difuminan entre claroscuros donde crecen las algas del silencio, vibras en la partición que te sume en el deseo, te sientes derribándote, es entonces cuando escuchas voces que te hablan y no sabes ya si llegan desde lo profundo de ti o si son ecos antiguos que se escurren por las estancias de la vida, amagas una resistencia que no es sino entrega pausada pero incondicional, y no obstante te sabes firme,te afirmas en que la rendición es tu poder, el precio por rescatarte a ti misma de los días acabados...



(Connie Imboden es la autora del montaje fotográfico)

miércoles, 7 de mayo de 2008

Reconocerse


Ellos son el rostro de la estación. Habrá otros rostros, otras composturas, otras sonrisas. Pero ellos hacen menos catastrófica la vida desde una ventana. ¿Se han dado cuenta de la escasez de plantas y flores que hay hoy día, parvedad que hace más solitarios y ausentes los balcones y miradores de las ciudades? Tal vez son un paradigma de la vida de los pobladores. De puertas adentro, la abulia, el desinterés, el silencio o simplemente el dejarse llevar rige la existencia de sus habitantes. ¿A quién sonríen, por lo tanto, los geranios? ¿A los paseantes, a los transeúntes, a los aventureros, a los que se inician? Su modesta exhibición, ¿es una apariencia, una imagen, el disimulo? ¿Es la encarnación de una vida que los de dentro no saben llevar ya? ¿Es la translación de lo deseado pero no conseguido? ¿Es la delegación en otras especies de aquellas manifestaciones que a los humanos nos quiebran? Con su presencia, las ventanas se abren más, la sangre es savia, y la savia es hermosura. ¿Un pequeño espacio estético frente a la carencia y al ceño de la vida cotidiana? Siempre que paseo, escudriño las fachadas de los edificios, busco las diferencias, anoto cualquier toque revelador o asombroso. Es una vieja afición mía, sea leer los rótulos, contar los vanos o fijarme en las geometrías. Pero de entre toda esa parafernalia de arquitectura últimamente me entusiasmo sobre todo con el hallazgo de las plantas, de las flores, de los ramajes. La arquitectura llegó un día, vio y venció. Por lo siglos de los siglos, hasta que la incuria les gane el pulso. No representan la vida interior. Por el contrario, las jardineras, las macetas o los tapices de trepadoras manifiestan la vitalidad modesta de los que habitan las estancias de las casas. Cuando contemplo a un hombre o a una mujer regando sus plantas, desechando lo podrido o entablando un diálogo amoroso con su pequeño jardín, me reconozco en la vida. Una prolongación de la posibilidad. Una muestra de la renovación. Un entusiasmo por lo pequeño.


lunes, 5 de mayo de 2008

Leda, la imprudente



No te acerques al ave. Te concedes a su aparente docilidad, a su aproximación, a su sosiego. Pero ella simula. Te ve esbelta. Busca tu gracilidad y a ti te seduce su entrega. Ha abandonado la compañía de otras aves y se siente deslumbrada por la sedosidad de tu vestido. Tal vez por la arquitectura en construcción, y que ocultas recatadamente. Hay una atracción afín entre tu cuerpo delicado y su cuello deslumbrante. Se diría que se buscan. Al acercar tu mano y otorgarle una caricia has abandonado tu propio cuerpo. Lo relajas, lo desprovees, lo ofreces. Tu mano cae suavemente hacia atrás como el esbozo de una estatua que se cincela. El cisne distrae tu seguridad y se deja hacer. No te arrimes tanto. Ambos os habéis conferido una confianza, pero la intención es desigual. El anátido es una transfiguración y tú no lo sabes aún. Crees que aún formáis parte de un Jardín de las Delicias deseable. Donde todo se dispone, donde todo tienta, donde todo se prueba sin límite alguno. Donde las especies se entienden y la monstruosidad no se ha manifestado. Donde los territorios son habitados sin conflicto y las obligaciones no se evidencian. Y juegas con el animal que, en tu capricho obsesivo, consideras dominado, accesible, sencillo. Sientes que el cisne picotea levemente tu mano, que se acopla a tu vientre, que huele la esencia recóndita de tu feminidad, que te busca. Pero lo interpretas como sumisión, como afecto, como reconocimiento. De pronto, el cuerpo del ave se torna robusto, sus alas se despliegan y se abaten sobre ti, su cuello te acomete y te rodea, su pico profundo y dúctil horada tus ingles. Apenas tienes tiempo para reaccionar. Su proceder te ha hechizado y ahora te rindes. Sólo le perteneces a él y a su destino. Y mira que te lo advertí, Leda.


(Lo representó Francesca Woodman)

sábado, 3 de mayo de 2008

Adjetivo demostrativo



Ese instante veraz
en que la luz no es blanca

Esa quietud sonora
donde el silencio es turbio

Esa ígnea palabra
desdoblada en llama

Ese ruido mortal
con que los cuerpos sangran
dulcemente

Ese vuelo apartado
la mirada ya ajena
disolviéndose



(a Niké Moritz)


(acompaña fotografía de Mona Kuhn)

jueves, 1 de mayo de 2008

Nuevas (viejas) preguntas



¿Hacia dónde vuelan las palabras? ¿Hasta dónde descienden? ¿Por dónde se expanden? ¿Qué recorridos transitan? ¿Qué silencios perturban? ¿Qué necedades enmudecen? ¿A través de qué esporas se difunden? ¿Por qué ventanas penetran en los domicilios de la conciencia? ¿Tienen oxígeno las palabras? ¿Tienen naturaleza las palabras? ¿Son sólo disfraces? ¿O simplemente se justifican como representación? ¿Son bumerán que dan en la pieza? ¿O retornan sin caza? ¿Se pierden las palabras desde el momento en que arrancan? ¿O se extravían por la excursión intrincada de los días? ¿Avanzan presuntamente rectilíneas? ¿O caminan sinuosas, laterales, torticeras? ¿Se agotan o se renuevan? ¿Se inventan o se repiten? ¿Son las mismas tras el viaje? ¿Qué descubren las palabras? ¿Qué rasgan? ¿Qué atraen? ¿Qué repulsan? ¿Qué adoran? ¿Qué desprecian? ¿Alimentan las palabras o purgan? ¿Qué arquitecturas erigen las palabras? ¿Poblados de adobe, cardos y decumanos, aglomeraciones de cemento, filigranas de ladrillo, palacios de cristal y titanio? ¿O importa tan sólo cómo se habitan las palabras? ¿Proporcionan calor, intimidad, respaldo? ¿O expulsan? ¿Distancian o aproximan? ¿Zanjan el intento de acercamiento o vinculan lo alejado? ¿Desmerecen las bocas que las emiten, las teclas que las pulsan, las miradas que las diseñan, las intenciones que las fraguan? ¿Llegan a ser alguna vez algo las palabras? ¿Dan vida o la quitan? ¿Elevan o sepultan? ¿Condenan o salvan? ¿De qué color es la llama de las palabras? ¿Nos prende la llama doble de las palabras? ¿Nos dan de beber? ¿Qué manos nos ofrecen beber de las palabras? ¿Están hechas de metal o de polvo? ¿Vale más una palabra como escudo o pueden más las palabras como partículas? ¿Sangran las palabras? ¿Fecundan o se derraman? ¿Paren cuerpos o sólo voluntades? ¿Tienen larga mano las palabras? ¿Se proyectan más allá de memoria o son otras las que la recuperan? ¿Transgreden o se muestran acólitas? ¿Revuelven, incentivan, rajan? ¿Se manifiestan purulentas, febriles, catárticas? ¿Somos dueños de las palabras? ¿Nos poseen, nos retoman, nos erigen, nos esclavizan? ¿Son las venas de la necesidad?

Preguntas de un maniático ante el acecho de las palabras.


miércoles, 30 de abril de 2008

Carencia


Amigo DM, el destino pone muertos todos los días de nuestra vida a nuestro lado, unas veces los vemos, otras los vemos y hacemos como que no, otras no aceptamos que están muertos, en fin, no es la muerte lo aflictivo, sino la demencia que anticipa gratuitamente la muerte de los hombres, ese trapasar el borde de cualquier límite físico, la necedad de no palpar nuestras posibilidades, el silencio de las cobardías, la enajenación abyecta de nuestros abandonos e ignorancias, el miedo a dar los pasos que cambien nuestras abulias, la renuncia a nuestra propia resistencia, acaso todo se vuelve más líquido con la muerte de un hombre, todo más inseguro, la muerte es la incapacidad, la propia y la ajena, la individual y la tribal, la de las religiones y la de los Estados, y siempre preguntando como aquel viejo film...mort où est ta victoire?, sin saber muy bien si la victoria o la derrota forman parte de la vida de los hombres o de su ficción épica o si sólo es la ensoñación del azar que nos produce, pero más allá del accidente ¿de qué nos habla la muerte?, la muerte nos habla de la sorpresa, de la luz perdida, de la palabra ausente, de la disolución de la memoria, y luego la muerte ya no nos habla, la muerte nos ignora, la muerte nos desprecia, es nuestra ignorancia definitiva, la indefensión por excelencia, la privación del sueño, pero ¿quién dijo que era el retorno y a dónde?, nada retorna, nadie vuelve ni siquiera al primer instante de la fecundación originaria, porque no hay repetición de la jugada entre las ondas del fluir, no hay realidad en los conceptos sacros de la abstracción, ese punto en que dejamos de significar, y esta vez el azar nos ha ofrecido tu sacrificio, y exalta a nuestros ojos tu propia visión, mientras escuchas en tu plenitud de la carencia aquellos versos de tu estimado Octavio Paz...

Me vi al cerrar los ojos
Espacio, espacio
Donde estoy y no estoy.


(Ah, mil gracias por aquel libro fabuloso que me trajiste de Méjico sobre la obra del grabador José Guadalupe Posada, y ¿sabes?, su juego de la oca lo tengo enmarcado definitivamente, pero ¿por qué tuviste que echar mal los dados y caer en el pozo?)

lunes, 28 de abril de 2008

Conjuraciones


Ocurre que hay días en que las sombras y las luces se conjuran. Los ojos de los hombres son opacos cuando sólo miran por sí mismos. Los ojos de los hombres no se ponen en la mirada del árbol ni en la de la nube ni en la del suelo. Los ojos de los hombres se creen los únicos ojos de la inmensa mirada que es el mundo. Por eso su mirada, casi siempre, es triste. Porque es inaprensible respecto a la luz. Porque es insaciable con el deseo. Porque es inapetente con la bondad. Es verdad que hay niños, una especie a extinguirse en su apresuramiento por dejar de serlo, que pueden ver lo que luego no verán. Es cierto que hay soñadores, que siempre imaginan, aunque perecen en sus recreaciones ideales. Y que también hay bufones que, al reírse de las miradas hieráticas de los hombres, intentan ver la representación de otra manera. Y hasta hay pequeños pasos por la abstracción que a uno se le brinda en cualquier instante, si sabe escuchar un rumor, percibir una brisa o capturar un beso entre la muchedumbre. De ahí las conjuras de los cielos, las de los movimientos imperceptibles de la arboleda, las del desplazamiento perpetuo del polvo de los caminos, las del flujo imparable de los arroyos, las del caminar de los insectos. Conjuras para mirar la vida de otra forma. Para mirarla, oigan, para mirarla.

domingo, 27 de abril de 2008

...incluso la levedad


La tosquedad del viejo llamador abandonado a su suerte queda atrás. Incuria, desuso, postergación. Pero ¿es otra cosa esta mano de bronce abrillantada? Sorprende su coquetería, su donaire, el estilo refinado...Una mano solícita de ida y vuelta, surgiendo de la puerta para retornar delicadamente a ella...unos dedos afinados, una palma alargada y elegante que dan ganas de besar, la insinuación de una muñeca emergiendo de su correspondiente manga de seda...Demasiada sofisticación para ser real su cometido. ¿Quién osaría alzar bruscamente esa mano y golpearla con contundencia sobre la puerta? Los rayos del sol revisten de pedrería sus falanges. Y sin embargo hay algo de melancolía y abandono en esa manera afectada de sujetar la bola, los dedos ejercitando una flotación desairada, encarnando el vuelo de una entrega presta al primer visitante. ¿No dan ganas de tomar la mano y acariciarla? ¿De entreabrir sus dedos, de sentirlos entre los dedos del humano y dejarse aprisionar por la frialdad del metal? Tanto amaneramiento despista al visitante. ¿Se habrá concebido precisamente para eso, para distraer, para bajar los humos, para mantener las diferencias? ¿Pretende dar una imagen de lo que espera tras la puerta noble? Pero su función ¿es distinta a la del llamador humilde? Esta representación aristocrática, ¿posee más nobleza que el anterior, sólo porque se la ha rescatado de una rehabilitación integral del edificio? Un triunfo de la apariencia. Mas el llamador femenino se sabe ausente. Y la ausencia pesa onerosamente ¿Vanidad de vanidades...?

viernes, 25 de abril de 2008

Todo pesa...





Pesa. Pesa el silencio. La casa desalojada. Desolada. Pesa la utilidad inútil. Pesan las huellas ausentes sobre la mano de bronce. Pesa el puño que sujeta a duras penas la bola que mece. Pesa la caricia marchita. Pesa la llamada. Una, dos, tres veces repetida. Pesa la falta de respuesta. Pesan los pasos que no llegan hasta el zaguán y entreabren el portalón. Pesan los avisos, las alarmas, las llegadas urgentes disueltas en la niebla del tiempo. Pesa la inexacta memoria que nadie reivindica. Pesan las noticias disueltas. Pesa el fratricidio de los herederos. Pesa la madera desgastada, carcomida, incolora. Pesan los clavos cubiertos de verdín. Pesan las ventanas ahuecadas que dejan entrever el vacío. Pesa la piedra resistente, el ladrillo que teje la fachada. Pesan las paredes cuyos monólogos permanecen incrustados en la cal. Pesan las confidencias de los muertos. Pesa la traición de los vivos. Pesan las tarimas levantadas. Pesan las escaleras quebradizas. Pesan las vigas que esperan el fin del mundo. Pesa la techumbre que cede a todas las incurias. Pesa el viento de la calle. Pesa el espectro de lo inexistente. Pesa la luz que se repartiría de igual forma sin llamador, ni casa, ni historia, ni aldea. Pesa el alma derrotada. Pesa la esperanza del transeúnte. Una, dos, tres veces. Cuatro incluso. Un sonido profundo que no despierta lo desposeído.

martes, 22 de abril de 2008

La nada





Tal vez fuera efecto de la luz, o de que su mente no estaba todo lo despierta que debiera, pero no se vio reflejado en el espejo. Al entrar en el ascensor se miró de arriba abajo, y en un rictus agrio de desenfado que tuvo consigo mismo se le ocurrió si no podría ser que se hubiera quedado su cuerpo sin entrar. Incluso palpó su abrigo, se atusó la barba con cierta indolencia y echó sus cabellos hacia atrás, en un afán por elevar una imagen que no acaba de hallar proyectada al fondo de la cabina. Estiró su cuerpo de forma muy erguida, incluso más de la talla habitual, como si unos centímetros de más o de menos le supusieran una revelación. Hizo lo posible por sonreír, a pesar de que el talante de aquella madrugada no invitaba a una relajación facial espontánea y sincera. Pero nada de todo aquello funcionó. Siguió sin contemplarse, y él sabía que sin la justa medida especular su existencia quedaba en serias dudas. Gesticuló con sus pómulos, movió las cejas, impulsó un ejercicio de hombros nervioso, bostezó incluso de manera exagerada y ruidosa. Ninguna de aquellas actitudes le permitieron reconocerse. Sospechó que la luz estaba tan mal orientada o que los grados de luminosidad eran tan escasos que buscó la manera de llegar hasta el fluorescente para corregir el defecto. Alcanzó de puntillas la obtusa lámpara, la zarandeó, dio algunos golpecitos en los extremos de sus puntos de fijación. Pero no por ello adquiría más claridad. Al hacer el ademán de volverse a mirar en el espejo pensó si se habría puesto las gafas. Hay despertares olvidadizos o a los que cuesta responder con el orden mecánico habitual. Tanteó con torpeza sus sienes, en busca de las patillas de las gafas. Puede ser que no las haya limpiado, pensó. Las tomó con agitación entre sus manos y miró al trasluz. Las lentes apenas contenían ciertas huellas del movimiento de sus cejas, y no le pareció suficiente motivo para impedirle la visión. Intuyó que podría ser un problema de perspectiva. La caja del ascensor no era amplia y no se creaba suficiente campo para percibirse, argumentó para sí. Pero entonces, ¿por qué otros días no había tenido problemas teniendo en cuenta que él no podría haber mermado de la noche a la mañana? Pero este oscuro pensamiento le turbó. ¿Y si una inexplicable jugarreta de la naturaleza le había devuelto a un estado inapercibido? Había leído algunas cosas sobre factores repentinos que alteran los cuerpos, incluso barajó la posibilidad de que algún extraño proceso interior le hubiera tornado invisible. Cuando no se tiene claro ni el lugar ni el tiempo uno imagina sucesos cuya comprobación no está en su mano, caviló. Volvió a contemplarse nuevamente de abajo a arriba, giró su cabeza para intentar verse la espalda, alzó sus piernas en una dinámica de pedaleo de bicicleta, movió los pies en un vaivén alterno a un lado y otro, se saludó estúpidamente con las manos, agitó los codos mientras adquiría tintes simiescos, buscando calibrar con todo este tipo de movimientos ridículos la confirmación de su permanencia física. Pero el espejo le siguió negando. Según iba bajando el ascensor fue desechando lentamente sus sospechas, sus temores, sus manías, como si a medida que se acercara a la planta baja estuviera descendiendo de una nube de pesadilla. Respiró con más calma, percibía la seguridad de quien va a pisar suelo firme de un momento a otro. Sentirse colgado del vacío podría haberle alterado el curso de la circulación del cerebro, con la consiguiente sensación de irrealidad que lleva consigo, presintió. La idea de que tendría más oportunidades de verse en otro espejo, una vez hubiera salido del ascensor, le devolvió la confianza. Pero enseguida volvió a sentirse inseguro cuando trató de recordar cómo se había visto al levantarse ante el espejo del baño, y sin embargo esa memoria tan próxima le traicionaba. Bah, es un acto tan ordinario, tan repetitivo, tan de verse cara a cara con un conocido, se dijo, que seguramente me he mirado pero no consigo acordarme. Pasa con todos los actos mecánicos que abundan a lo largo de una jornada. Sin embargo, le incomodó pensar de esta manera. Porque si él valoraba algo de manera muy consecuente, era precisamente su posicionamiento severo, firme, escudriñador que manifestaba todas las mañanas al lavarse la cara. O dicho de otra manera, ese tuteo íntimo que le hacía observarse con diferencia de un día a otro. Ese rastreo de las arrugas que se iban consolidando, de los párpados caídos, de una mirada extraviada, del encogimiento de los músculos donde terminaba la nariz, del incremento de la zona de canosidad que no parecía existir el día anterior. El rostro se le brindaba cada mañana para su propio ejercicio narcisista y también crítico. Y con arreglo a aquella inspección rápida pero sumaria y exigente, decidía en breves instantes con qué máscara revestirse para el cortejo de obligaciones y quehaceres donde se iba a sumergir. Escondió tras un gesto falsamente risueño el dolor que le causaba no poder afirmar su físico en una imagen. Se sentía ansioso por llegar a la calle y deslizarse junto a los escaparates y, con el disimulo de quien pretende observar las mercancía expuestas, tratar de comprobarse. Pero la ciudad que aún no amanece mantiene las luces tibias, los escaparates permanecen ausentes y los vehículos pasan demasiado fugaces para retener siquiera el hálito de un viandante. Sólo los charcos formados por la noche de lluvia se le ofrecían tentadoramente.


(Fotografía que acompaña: Jorge Molder)

domingo, 20 de abril de 2008

Ablución final


Al ascender por las calles de la ciudad alta, la lluvia arreció. Bajo un aguacero opaco e implacable, siguió caminando sin buscar refugio alguno. Las aceras, desiertas. Los comercios se mostraban desposeídos, manifestando una tristeza huidiza. Cruzó la amplia calzada que conduce al antiguo foro. Las robustas lajas de piedra del pavimento, desgastadas por los siglos, formaban oquedades entre las cuales se hundían sus pies. Sorteó sin prisa algunos automóviles morosos que salpicaban inclementes. La caída oblicua de aquellas ráfagas impetuosas impregnó su pelvis. No tardó en calarse. El agua alisaba sus cabellos hasta pegarlos al rostro, a la nuca. La ropa se encogía sobre el cuerpo y empezó a pesarle. Notaba las piernas densas. Advirtió el goteo sobre su boca, y lo agradeció. La curiosidad le podía. Sorbió los hilillos que escurrían a través de sus cejas, de su nariz, hasta resbalar por la comisura de sus labios. La húmeda frescura le causó cierta sensación placentera. Sacó la lengua y rebañó la frágil carnosidad de su boca. Este gesto le trasladó repentinamente a la infancia, cuando se situaba en la vertical de las gárgolas del Duomo con la boca abierta. En otras circunstancias hubiera corrido para salvar la llovizna. Hoy necesitaba este gesto de desnudez. Una decisión improvisada, críptica, pero asumida. Subió por el viejo corso, dejando a un lado las ruinas imperiales, refulgentes como en los mejores tiempos de magnificencia. De algunas paredes sobresalían canalones cuyo estado deficiente hacía temeroso no apartarse. Oteó algunas imágenes apagadas tras los ventanales de las fachadas, escasamente translúcidos. No le importó lo que nadie pudiera pensar de su actitud y, seguramente, tampoco le reconocerían. Al llegar a la gran escalinata del Ducale se apoyó en la baranda de mármol y descansó. Luego subió lentamente, como una vestal que retorna tras una fuga loca de la que se hubiese arrepentido. Pero ella no regresaba. Ella se disponía a partir y el agua era una señal. Tal vez fue una casualidad elegir esa especie de ablución como un símbolo exclusivamente pensada para sí. Al alcanzar el mirador del Belvedere, respiró profundamente, se irguió, movió sus muñecas mientras se agitaba el komboloi de avellano que le trenzaba, y representó una ceremonia extraña de sumisión. Luego, volvió a beber el agua que descendía chorreando hacia sus senos y contempló la ciudad por última vez. Su destino de estatua se había cumplido.

viernes, 18 de abril de 2008

Capturas


Mi abuelo me llevaba de niño a contar nubes. Los dos subíamos a un cerro que limitaba la ciudad y él me decía: Mira cuántas nubes hay y a qué velocidad pasan. Tú empieza a contar por aquel lado y yo desde este otro. Entonces, ambos nos separábamos dándonos la espalda como en un duelo de buscadores y empezábamos a contar las nubes. Como habíamos comenzando desde el extremo íbamos retrocediendo hacia el punto de origen, donde teníamos que converger. Según efectuábamos el cálculo su corpachón y mi inconsistencia se aproximaban. A medida que nos íbamos rozando ambos girábamos los cuerpos hasta encontrarnos de frente. A punto de acabar el atropellado recuento celeste nos dábamos de bruces. Tan excitado el uno como el otro y, entre risas, nos peleábamos por la última nube. Ésa es mía, decía mi abuelo eufórico. No me la quites. Y yo, impelido por una extraña clemencia, cedía. He contado setenta, afirmaba, ¿y tú? Él siempre contaba más nubes que yo. No sé cómo se las arreglaba, pero su agilidad o su truco era premiado con la captura de un mayor número de ejemplares de nubes. Una fría mañana de noviembre mesetario, mi abuelo, respirando desde una cama con dificultad y desaliento, dijo a una de mis tías que me avisara de que no podía ir conmigo a contar nubes. Que lo hiciera yo por los dos. Desde entonces cada vez que subo al cerro y quiero contarlas todas, me pierdo. Y bajo con las manos vacías.

miércoles, 16 de abril de 2008

Destino



Leyendo a Jorge Luis Borges...

Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es decir, que me sucederían muchas cosas malas y algunas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras, sobre todo las cosas malas, ya que la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin.

¿Tiene sentido distinguir entre realidad e irrealidad en un mundo totalmente alterado? ¿No son sofismas este tipo de divagaciones abstractas que algunos aún esgrimen? Borges lo deja claro. Las palabras son testigos. Exorcismos de nuestras condenas. Manifestaciones de nuestras infelicidades. Transustanciación de nuestras actitudes. ¿No nos pasa a muchos que desde la infancia vivimos el cine o la literatura como la representación de nuestra vida? ¿En qué momento se fundieron las imágenes del fondo de la cueva con nuestros instintos? ¿En qué punto sorteamos las obligaciones convencionales desplegando los Yo que llevamos de recambio? ¿En qué estación del camino decidimos manipular las agujas de las vías? Cualquier cosa menos aceptar la caída irredenta. La desnudez no es vacío ni desposesión, es manifestación del resurgir. Pero sin representación paralela, no renaces.

lunes, 14 de abril de 2008

El otro mundo


En algún lugar, la mirada sobre el mar es de ida y vuelta. Por allí partieron los héroes, los aventureros, los fugados, los exiliados, los esclavos, los perdidos, los pescadores sin vuelta...Hay gente que se acerca a las playas o a los malecones a asomarse a la ida imaginada o a figurarse el retorno que no es. La vista no alcanza a superar el giro de la redondez de la Tierra. Ni logra descifrar un mundo que sólo habla para sí mismo. Las olas encrespadas, el litoral erosionado, el vaivén de la línea infinita que se alza y decae, la humedad que cierra el cielo y la tierra, el cromatismo alterno, el uniforme olor salino...son argumentos que escapan a la comprensión de los condenados de este lado. Los visitantes de la orilla celebran el ceremonial de la mirada queda. Escuchan rumores, se sazonan en sus tristezas, callan, sueñan, se abstraen. ¿Cuántos Ulises forzados llegaron a alguna isla, cuántos embarrancaron, cuántos copularon con las sirenas, cuántos fueron despedazados por los listrígones, cuántos fueron cautivados temporalmente por las Calipsos a lo largo de los siglos? El otro mundo no es la costa lejana, la que se supone que emerge más allá de las aguas. El otro mundo es ése, el oceánico, donde el habitante humano es o viajero o náufrago o cadáver. Donde no cabe nadie si no está en tránsito. Donde nada tiene significado sino en la deriva. La mujer y los hombres establecen un día más un diálogo mudo y, después, de dan la media vuelta.

(Leopoldo Pomés fotografió la escena)

Lo profundo



Lo profundo es el aire.

Jorge Guillén

sábado, 12 de abril de 2008

La orfandad de las doncellas


Malherido, resiste. Y el héroe que se postula canta ya la victoria. Asterión se arrastra con el dardo profundo en sus entrañas. Han sido liberadas las doncellas y la nave se aleja del laberinto. El mito debería acabar aquí. Pero ellas se asoman a cubierta. Lanzan ayes al contemplar los estertores de su antiguo carcelero. Le llaman con angustia, le compadecen, le reclaman, lloran con acritud. Teseo, desde el timón, se desespera al contemplar su obra demediada. Ha vencido al monstruo, pero no cuenta con el apoyo de las vírgenes. Demasiado tiempo han pasado en el reducto de la bestia, piensa, y no han visto nunca otro país. Teseo cree que es la ausencia del laberinto lo que las confunde. La falta de horizontes, el desconocimiento de otros paisajes, la privación de los aprendizajes. Él ha llegado hasta la ciudad de los sacrificios, precisamente para que ellas descubran el mundo de las posibilidades. Eso es lo que las dice. Para ello ha realizado un viaje arriesgado y cumplido una misión difícil. El rescate ha sido doble: ha sacado a las jóvenes de la cautividad y, por otra parte, ha eliminado al agente del sometimiento. Deberían agradecérselo, cree. Pero ellas, lejos de dejarse convencer por el razonamiento del héroe, siguen invocando a la fiera. Minotauro, padre, no sufras, le gritan. Esposo, no nos dejes, braman. Amante, no nos traiciones, se desgañitan. Hacedor, no nos abandones a la privación de lo ignoto, vociferan. Asterión escucha acongojado los lamentos de las doncellas. Es amarga la separación, mucho más dura que la propia muerte, se repite a sí mismo. Pero en la caída final, baboseante de sangre y desesperado por los dolores, el Gran Híbrido encuentra alivio en esas hijas que le recuerdan, en esas esposas que le retienen, en esas amantes que le desean, en esas obras que él ha recreado. Pero los dioses también saben ser clementes y equitativos, y manifestarse a través de la naturaleza de las cosas. El mar ha escuchado las lamentaciones de las doncellas y sale en su ayuda. Conviene con los vientos en que la nave no avance. Expande su manto azulado sobre Minotauro para ocultar su sangría y que muera en paz. El segundo mito debería terminar en este instante. Pero Teseo, sintiéndose herido en su amor propio y cuestionado en su altísimo cometido, se enfurece. Mas nada puede hacer ya. Los elementos no están de su lado. Las mujeres le han dado las espalda definitivamente por su fiereza y su capacidad manifiesta de engaño. La nave está enteramente en manos de ellas. Junto con las aguas y los vientos pueden decidir el futuro del tercer mito.



(Minotauro, según Picasso)


viernes, 11 de abril de 2008

Búsqueda



No. No la hay. La buscas tenazmente. Con perseverancia. Incluso con desesperación. Tu insistencia te lleva en ocasiones a tomarla por lo que no es. Has abierto muebles, registrado bolsillos, mirado en escarpias, volcado cuencos y tanteado estantes. Pero no la encuentras. Y sin embargo, se te ofrece. No te engañes. No suele existir sobre una superficie virgen. Las llaves no se buscan entre lo no habitado. Lo no habitado son espacios abiertos, sin dimensiones, sin límites. Tal vez pendientes de existir. Es cierto que a veces se nos ofrecen como tales lo que son sólo estancias desocupadas. O encaladas nuevamente. Y tras sus blancores aparentes se ocultan viejas capas, olvidados dibujos, diluidas coloraciones, repudiados esgrafiados que carecerían hoy de sentido. Pero, ¿existen los espacios absolutamente ilimitados? Has ascendido a amplias parameras, caminado por la taiga más húmeda, atravesado praderas fértiles y derivado por desiertos suspirando con ansiedad el advenimiento de un oasis. Creiste que el fin del mundo -y su origen- estaba allí mismo y, como tal, te parecía que era concluyente su dispersión hacia todos los puntos cardinales. Nada más lejos de tu imaginación el pensar que aquellas infinidades pudieran ser cerradas en algún extremo no alcanzable por los sentidos. Ni sospechaste nunca que un resorte pudiera clausurar tus sueños. Y luego has sabido que en el cuerpo natural del planeta también lo hay. En algún punto, las estribaciones de una cadena montañosa zanjaban tu error. Y los compartimentos estancos se abrían abruptos y dificultosos para tu caminar. Tal vez fue en ese momento cuando recordaste que los artefactos mecánicos existen. Aunque sean tan sencillos como una llave. Que abren y cierran espacios y, por lo tanto, indagaciones. Y por lo tanto, hallazgos. Sospechas que tu propia identificación se despliega entre paredes donde, como mucho, se descubren vanos cubiertos con puertas que conducen a otras dependencias y éstas a otras. ¿Hay fin en la persecución de la búsqueda?, te preguntas. Y mientras, contemplas su simulación. La objetivación de un símbolo. No la encuentras. Se te fija la idea de que abrir es interpretar. Te obsesionas con que si no interpretas, si no sabes, si no conoces, no revelas el pasado. Y con que, tal vez, no podrás transitar el futuro. ¿O no es tu caso? No la encuentras. Sólo la hallan los que clausuran con facilidad los portones de la insignificancia. Pero tú no eres de esos, no eres de los que cierran, sino que dejas siempre esa corriente que se comunica a través de ti, de un lugar al otro del mundo. Podría decirse entonces que no la necesitas, que no tiene sentido plantearse su registro. Mas como espectro, sigue apareciendo en tus ensoñaciones.

(La llave la puso el fotógrafo Nimoy)

lunes, 7 de abril de 2008

El sueño de Calipso


Al alzarte desde la vorágine del sueño, te viste de pronto bañada por el sol. El oleaje te fue llevando de una costa a otra de tu isla. No advertías las huellas salvajes que el follaje iba ocultando al borde de tus pasos. No captabas tampoco los susurros de los habitantes que moraban agazapados entre las grietas de la tierra. Ni siquiera alcanzabas a ver sus sombras de trapecistas tímidos sorteando sendas escarpadas y veredas de ríos atrapadas por los juncales. Sus movimientos era imperceptibles; sus observaciones, atentas; su admiración, contenida. Al echarte a secar sobre la arena, la sal te fue vistiendo con la túnica sagrada de la esbeltez. Desde tu apacible abandono mirabas distraída las oquedades de las laderas, sin notar que sobre tu piel permanecían fijos los ojos ausentes de los polifemos vencidos. Llegaba hasta ti la sonora cadencia de la lluvia que ascendía desde el mar rasgando el acantilado. Poco a poco, aquel tono delicado fue volviéndose más desgarrador mientras inundaba los pliegues de sus verticales. Amparándose en los vértices que la confluencia del sol con los abismos de la isla trazaban, con el fin de protegerte, la espuma tejía un encaje de plata sobre tu boca. El viento te sacudía compasivamente al principio, celoso después, y hacía de tu crin soberbia un desafío al tremolar de la floresta que te rodeaba. Te despojaba de las memorias más antiguas, tornándolas inexistentes, invitándote a una nueva vida, tentándote con una nueva ensoñación. Los cantos de las aves atemperaban los lamentos de los seres que no perdían de vista tu exhibición de placidez. Tú les ignorabas y ellos dejaron que te manifestaras en tu plenitud. Sentiste sed. No tardaste en hallar hendiduras a los pies de las rocas, donde el agua remansaba y se podía absorber. Entraba calma a través de tu garganta y te procuraba un bienestar que antes no habías probado. Y sin embargo te parecía que ya habías estado acostumbrada a su ligereza. La isla toda estaba a tu alcance. Se desplegaba ante la suavidad de tus pisadas y te reconocía. Con movimientos lentos retabas las leyes de aquel reino ignoto en el que empezabas a sentirte bien. No te dejabas afectar ni por sibilinas visiones, ni por ruidos inciertos, ni por matices cambiantes de un cielo que no contabilizaba en tiempo. Fue al atardecer cuando empezaste a sentirte hojarasca. Lejanos vientos llegaron a través de los espacios menos angostos entre islas y desplazaron la calidez anterior. Tu cuerpo perdió de pronto su materia animal y se nutrió de aquellos aires agitados y fríos que anunciaban la noche. Abrazaste tus dimensiones en un intento de mantenerte incólume y protegida frente al cambio advenedizo. Algo provocó en ti una deriva que te alarmó. Al rozar con tus dedos las partes más turgentes de tu cuerpo percibiste que acariciaban filamentos, que tus cabellos se transformaban en enredaderas, que tus extremidades se fundían con los ramajes de los caminos y que tu pecho emitía un aroma a plantas nocturnas. Toda tú envuelta en fronda, supiste que la noche iba a ser tuya.
(Katia Chausheva, foto)

sábado, 5 de abril de 2008

Sherezade ausente


¿Quién dijo que el principio fue el desierto? El origen fue fértil, y los dos ríos transcurrían trazando un círculo amplio que se fue ovalando. Y en esa geometría de humedad y espacio, las vidas fueron creciendo y engendraron otras vidas. Y las formas se multiplicaron, en función de la necesidad. Los hombre comieron de la tierra. Y los campos germinaron y las cosechas fueron recolectadas. Los seres se protegieron del cielo. Y los cubículos se adaptaron a los usos y a la subsistencia. Los habitantes necesitaron transcurrir. Y surgió el diseño de las urbes. Y las líneas invisibles entre unas ciudades y otras desbordaron oasis, atravesaron praderas y acariciaron riberas fecundas. Los materiales del suelo hablaron, y los hombres los interpretaron con tesón y con ocurrencia. El barro se elevó hasta cubrir los goces y los llantos. Luego se revistió de cristal hasta revestir los palacios. Las canteras parieron para exultar los hombres dioses, pues sin la materia que los representase no podrían existir. Se trajeron basaltos lejanos para urdir en ellos las leyes más exactas de su tiempo, que regularan vidas y justificaran privilegios. Aun el limo más sensible se hizo cuajar para hornear la fragua de las palabras. Y los pictogramas de la cuña invadieron la tierra desde donde fueron engendrados. Y el misterio del alfabeto rasgó el pensamiento de las vecindades y se desperdigó y se transfiguró por apartadas extensiones. Hubo muchas caídas después, nuevos ascensos de dominios, y luego el extravío. El ajuar de las vidas acabó simplemente elevando los terrenos con la acumulación de detritus y de polvo. El tiempo hizo el resto. Desgaste, ocultación, silencio, olvido. Mucho después, no se sabe bien si por el viento, el azar o el renacimiento de otros hombres volvió a ser habitada pujante la tierra efectiva. Su emblema se llamó Bagdad. La ciudad se contemplaba en el Tigris y éste corría sin temor hacia su hermano, en pos de una fusión incestuosa hacia el mar. Eso sucedió hace mucho, mucho tiempo. O tal vez fue una creación de la literatura y Sherezade lo discurrió para preservar su vida. Por cierto, ¿dónde está hoy Sherezade para asegurar el presente?

(Postal de Bagdad de los años 60 del siglo veinte)

jueves, 3 de abril de 2008

La muerte de su muerte


Con cada puñalada, a él se le desprendía un trozo de la carne. Al principio los músculos, ostentosos y fieros, se trenzaban para mostrarse al borde de su explosión. Después, las venas se le remarcaron formando con aquella hinchazón una seña de identidad estéril y patética. Más tarde, el cabello se iba escapando de su cráneo desgarrándose en mechones huérfanos. Los pectorales se descompusieron como un prisma cuyas caras transparentes ya no podrían observarse a ningún trasluz. Sus hombros perdieron la altivez y el efecto de percha. Su tronco fue agujereándose desmedidamente con la velocidad y la virulencia con que él mismo acometía a su víctima. Las manos dudaban en sujetar el largo cuchillo, a medida que se cuarteaban y perdían su envés. No vio ya el ombligo y eso le turbó. El vaho de su respiración extremadamente agitada dejó de elevarse. La saliva espumeante le bloqueó la garganta. Sintió una amputación dolorosa y desmedida en su pelvis, y ahí acabó de extraviar la palabra. No pudo mirar su pérdida infame, porque los ojos le caían hacia el abismo negro a través de las cavernas siniestras desde las que había contemplado antes con odio a su mujer. Un ay postrero le mató cuando mataba.



(Connie Imboden presta la fotografía)

martes, 1 de abril de 2008

El sonido del mar


Viña do sul ou dum verso de Homero.
Como dormir, depois de ter ouvido
O mar o mar o mar na sua boca?


(Venía del sur o de un verso de Homero.
¿Cómo dormir, después de haber oído
el mar el mar el mar en su boca?)

Eugénio de Andrade, El otro nombre de la tierra.


(Fotografía de Katia Chausheva)


domingo, 30 de marzo de 2008

Laberinto (lenguaje)



Laberinto

El lenguaje, creedme, es discordia
en la que un término nos otorga otro distinto.
Deseo y duda viven continuamente
en discrepancia, donde la palabra
hace burla de lo que ama.
¿Qué es lo que hace germinar? ¿Muerte y nacimiento a un tiempo?
Permanezco en su seno y nada he perpetrado.
¿Cómo llegué a ese mágico lugar?
Es la palabra tamiz que criba el mundo.


Der Irrgarten, Karl Kraus.

viernes, 28 de marzo de 2008

Minotauro



Minotauro, Minotauro. Eres todo fortaleza, pero ya es sabido que la bestia cae derribada con frecuencia ante la apacibilidad de la durmiente. Aparentas fiereza durante las horas diurnas y en la vigilia constante que despliegas ante los intrusos. Mas te vuelves tierno cuando la noche acecha. Conoces mejor que nadie el recorrido del laberinto, aunque a veces te sientes perdido dentro de él, porque en la costumbre está la trampa. No hay una configuración fija, inalterable, eterna. Cada día se modifican las calles, se enervan las alturas, se trazan las travesías, nacen espontáneos los callejones sin salida. Tal vez incluso se amplía el perímetro de sus murallas y de sus recovecos. Y cada jornada tienes siempre algo que aprender de su expansión. Es tu hábitat. Pero no por crecer hallas más libertad de movimientos en su áspero seno. Cierto que te llegan aromas de otro mundo. El viento que se cuela en el laberinto huele unos días a mar, otros a trigo, otros a foro donde se exhibe el labris, otros a barrio donde bulle el gentío. Cierto que traspasan los muros de tu bosque cerrado los sonidos del más allá. El aire puede transportarte canciones de juegos infantiles, súplicas de madres, llantos de amantes robados, baladas de pastores que otean los paisajes abiertos que tú añoras tanto desde que te fueron privados, cantos guerreros de ejércitos que podrán imponerse a sus vecinos pero que no han podido todavía contigo. Cierto que iluminan tu cielo el tránsito juguetón de las nubes, el raso azul del cielo, el ardor implacable del sol, el apaciguador tejido de las estrellas. De alguna manera te recompensan de tu destino desdichado. En ocasiones te preguntas cómo será todo ese territorio que está al otro lado de tu condena. Sientes su atracción. Sientes una llamada poderosa que, sin embargo, no puedes seguir. En el fondo, no quieres salir de tu inmensa cella. ¿Sabrías estar fuera de tu cubículo de sangre y semen? Probablemente tratarías de convertir en un dédalo inmenso todos los territorios que conquistases. Porque no tienes otra referencia. Porque has olvidado otra vida posible, aquella que anteriormente te fue negada. No pretendes liberarte de tu misma condición. Pero no puedes traspasar las almenas ni atravesar las puertas que no se han construido. Por ello tratas de adecuar tu espacio con la simulación de una vida que no es. Haces frente a los competidores que juegan a héroes, pero acoges a las doncellas con la delicadeza y el respeto que corresponde a tu nobleza. Nada obtienes de ellas sin que ellas te lo concedan. Si con los infiltrados armados, que pretenden asesinarte a traición, te muestras inclemente y fiero, con las jóvenes entregadas por los reyes cobardes adoptas una actitud comprensiva. Ellos, que vienen a traer tu muerte, no se merecen la piedad. Ellas, que llegan para aplacar tu deseo, deben ser ensalzadas y es tu deber salvaguardar su existencia. Te burlas del martirio estéril de los jóvenes varones que han accedido a tus dominios. Pero admiras la profundidad del sueño al que la mujer, agotada por el miedo o la confusión, se deja vencer. Esa caricia en ciernes obra como un punto de contrición. ¿No es ése el resquicio de salvación que les queda siempre a los Minotauros?



(Grabado de Picasso, pertenece a la Suite Vollard)