sábado, 29 de noviembre de 2008

Conclusiones (Memphis, I)



...he llegado a la conclusión de que debo escribir menos, tal vez leer menos, tal vez beber menos, tal vez mostrarme menos huraño con otras personas, tal vez hacer que vengan con menos frecuencia a casa algunas mujeres que me destrozan, tal vez tener menos fantasías que agotan mi cuerpo, ya sé que esto suena a un haz de proposiciones de la enmienda como aquellas que nos inculcaban en los tiempos de la inocencia, y por lo tanto proposiciones que no se cumplen jamás, pero tengo que decírmelo, esa duda me ahoga, y me lo repito para quedarme más a gusto, aunque sea inútil, debería quitarme algunas manías, suavizar algunos vicios, rebajar ciertas desmesuras, lo sé, pero no puedo orientarme de otra forma, no sé vivir de otra manera, hace tiempo que vivo en el límite de todo, me he liberado de algunas ataduras externas pero en contrapartida me he amarrado a la parte más oscura de mi mismo aun a riesgo de no saber o no poder deshacer sus nudos, me siento siempre agotado, mis ritmos no tienen que ver nada con los del resto del mundo, día y noche son términos que carecen de sentido explícito para mi, creo que al fin y al cabo las noches están hechas para ser recorridas como el día, yo no tengo horas, me da igual dormir de día que de noche, y ya que por la noche me resulta difícil hacerlo sé que en algún momento tengo que caer rendido, aunque sea durante tres o cuatro horas, y no es fácil dormir durante el día, demasiados ruidos por todas partes, sirenas que atraviesan los callejones, gritos que escalan por las fachadas interiores de las casas, el cuerpo se altera aunque se encuentre inmerso en mundos ajenos, el cerebro lo siente todo, se empapa de todo aunque permanezca ausente, y se inquieta y se irrita en su desasosiego, hay tanto ajetreo en el edificio y en la calle, y el taller de los caldereros que hay en los bajos del edificio no para de martirizar con sus golpes, cuesta mantener un sueño profundo durante varias horas, si bien ese cansancio extremo se impone y es como si al caer en el sueño no fuera a levantarme de nuevo, pero el reposo siempre acaba quebrando antes de cumplir su ciclo mínimo, y así resulta que no puede llamarse descanso, y mis despertares son malhumorados, no me quito de encima fácilmente la debilidad que arrastro, por eso bebo y me sobrecargo de café y zampo los estimulantes que caen en mis manos y me sumerjo en lecturas que alivian mi abatimiento, aun cuando estar concentrado en ellas me agote, vigilia y sosiego echan pulsos improvisadamente, duermo por lo tanto a trompicones, reparto el sueño como reparto mi ebriedad o mi ira o mis miserias sexuales, trampeando con el vacío del tiempo, Mathew me lo dice con frecuencia, no debieras vivir tan desordenadamente, eso me dice, pero a mi me suena a monserga de predicador, yo vivo en mi orden, ¿qué es eso de vida desordenada?, ¿ordenada o desordenada para quién?, no le contesto airado porque sé que le mueve una intención sincera y bondadosa, y porque bastante tiene con aguantarme como vecino de puerta y como amigo que soporta mis desatinos, nunca estaré suficientemente agradecido por su bondad cuando me recoge hecho una piltrafa en las noches más solitarias, pero que nadie olvide que el vecindario está repleto de empeños compasivos que se entrometen en la vida de los demás, a los que no mueve el cuidado sincero del desgraciado, sino el funcionamiento aséptico de las cosas, y es que no me han gustado nunca las maneras que algunos han tenido de dirigirse a mi, sólo porque uno tiene mal aspecto social, digamos, o tal vez mi compostura es dudosamente estética para el gusto de los que se obsesionan con los preceptos, y como a uno les sucede a muchos otros, y a los que vivimos en el extremo, aunque no nos metamos con nadie, no se nos ve con buenos ojos, así que prefiero no pensar en que harán las almas benefactoras el día en que no me controle y les mande al infierno de malos modos o cuando comprueben que uno no corrige, porque uno no tiene la menor intención de corregir, ya que no soy proclive a hacer vida de sumiso insecto laborioso ni de honesto pagador de impuestos, ¿o es que ellos se piensan que son mejores por el hecho de figurar en una nómina y de doblegar su cerviz ante el fisco?, no me cabe duda de que es la normalidad lo que apacigua y hermana a la grey, aun cuando interiormente les devore saber cómo son considerados unos respecto a otros, aunque sepan de las diferencias enormes de sus salarios y de sus posibilidades de vivir y de sus reconocimientos, pero es propio de esa masa amorfa sufrir para adentro, y sin embargo dan su aquiescencia ante las instancias superiores, que son las que generan sus desigualdades, a mi me repugnan sobre manera, y en cambio ese desprecio por ellos lo perciben ellos como si fuera mi situación la culpable, como si fuera el complejo de inferioridad motivado por mi vida orientada en otra dirección la causa de mi malestar, y yo no digo que no tenga algo de complejo y de insatisfacción, puesto que es difícil vivir entre la manada si no exhibes una fuerza que ella entienda como tal, por eso siempre estás en desventaja, no te hallas en su terreno, donde podrías mostrar armas y tácticas que ellos temerían y les obligarían a respetarte, al situarte en una marginalidad no reconocida ese vecindario te compadece, y te desprecia con facilidad, y se siente superior a ti, si bien ellos no son sino la hez de ese recipiente maloliente que está lleno de sometidos, de cuantos se venden al mejor pagador, de desairados, de los que se sienten fracasados porque se propusieron objetivos que jamás podrían alcanzar, no es mi caso, podría serlo, entre su situación física, digamos, y la mía no hay mucha diferencia, sólo que yo elijo vivir fuera de sus normas y no les pido tampoco que me mantengan, Mathew me comprende pero me vapulea a consejos, nunca podrás ser un fuera del sistema, me dice, acabarás pasando por todo como todos, salvo que decidas morirte aquí mismo, en cualquier momento, pero eso sería reconocer que eres un perdedor de verdad, me lo dice con aplomo y con bastante calma, en parte para que no me irrite y en parte para que reflexione, aunque no me descubre nada, me trata como un adolescente, y yo lo entiendo, él me lleva bastantes años, sabe de batallas perdidas, de renuncias, de expulsiones, de desamores, nada podría enseñarle yo que no haya probado él de la sustancia de la vida, y no acepta que me acurruque en los rincones del abandono, él desearía de mi que corrigiera el rumbo de la barca, una navegación que para él se fue a pique hace tiempo, pero cuya apariencia de mantenerse a flote la lleva con dignidad, controladamente, no me gustaría ser desleal con Mathew, no podría serlo, pero hay días que su presencia la percibo como presión, acaso porque tengo la sensación de que en él se proyecta en realidad mi imagen, y sí, me siento salvado por su honesta complicidad, haga lo que haga me acepta y si es necesario me defiende ante terceros, si no hubiera sido por su presencia próxima mi ruptura con Bárbara la hubiera llevado peor, y ya es bastante sufriente mi situación como para no reconocer lo mucho que debo a Mathew, las noches de desahogo, las lágrimas vertidas, mis enfados desquiciantes, los recursos que hieren el cuerpo, Bárbara no hubiera sido capaz de apreciar este auxilio desinteresado, me sorprendo pronunciando Bárbara, hacía semanas que no pronunciaba este nombre que me confunde, que inmediatamente me exige colgar apelativos contradictorios, Bárbara delicada, Bárbara despiadada, Bárbara dulce, Bárbara desapacible, Bárbara comprensiva, Bárbara exigente, la lista podría ser larga, pero debo dar marcha atrás, hacer como si no he mencionado a nadie, como si nadie existiera en mi vida, porque nadie existe desde que...


(Fotografía del checo Martín Stranka)

El extravío de la palabra


A muchos no les gusta el tema. ¿Por miedo? ¿Por mala o temerosa conciencia? ¿Por déficit de pensamiento y razón? Yo sólo me hago preguntas. Por ejemplo: pozos, simas, cunetas, laderas, hoyos, lagunas, cementerios...¿son palabras poéticas? ¿Qué lírica poblaba aquella barbarie? ¿La épica se disfrazaba de lírica o viceversa? ¿O la poesía, y en general la literatura, habían huido del regazo de los hombres? Entonces, ya lo entiendo. Los dioses -siempre tan caprichosos, crueles e injustos ellos- abandonaron a los humanos a su suerte, simplemente privándoles del poder sincero y liberador de la palabra. La memoria no es revancha. La memoria es poner las cosas en su sitio, sea del color que sean. La memoria no es llanto, es la alegría de quien recupera la cordura, aunque sea a través de sus nietos. La memoria no es matraca, es ética. Dejemos de ser tan cicateros, tan ambiguos y tan maniqueos. No se pide tanto. O sí, se pide todo: tenerlo claro, sacar conclusiones, instaurar de una santa vez el reino del Derecho y de la Lógica. Y todo para evitar repeticiones. Para entendernos mejor. Para tener garantías fuertes de convivencia. ¿Perdón? ¿Olvido? Estas palabras ya no son la clave. Claridad es el término. Reconocimiento de los hechos. Compasión por lo irreparable y sobre todo piedad por lo que puede evitarse a tiempo. Reflexión, tolerancia, vertebración. No hay palabra nueva alguna entre las que he citado. Viejos conceptos que o se revalorizan o perdemos todos de nuevo. Y si extraviamos el significado, mejor, el sentido, de las palabras, díganme, ¿para qué sirve la literatura?



(Fotografías extraídas de los periódicos sobre el pozo de Arucas, en Gran Canaria, y el cementerio de San Rafael, en Málaga. Los esqueletos no son parte de ningún parque temático, se lo prometo)


miércoles, 26 de noviembre de 2008

El hombre de Kraus



" El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero una caña que piensa. No hace falta que el universo entero se arme para que lo aplaste: un vapor, una gota de agua, bastan para matarlo. Pero cuando el universo le aplaste, el hombre seguirá siendo más noble que lo que le mata, porque sabe que va a morir, y la ventaja que tiene el universo sobre él; el universo no sabe nada "

Karl Kraus.

(Para Niké Moritz, cuyo ojo mira en profundidad y sin embargo cree que no entiende nada)


martes, 25 de noviembre de 2008

Las piedras


..echas mano de todas las piedras que has ido encontrando por el camino, incluso las que tu riñón o tu vejiga han fabricado a lo largo de años de grasas y sedentarismo, el mundo está lleno de piedras, jamás podrás decir de otro objeto que abunde tanto en este mundo, a excepción de los plásticos, naturalmente, siempre te topaste con las piedras desde que recuerdas, las hallaste por doquier, en la calle, en las laderas, en los caminos, hilvanadas en el suelo del zaguán de entrada a la venta, tropezabas con ellas, se te metían las más chiquitas en el zapato, os tirabais los chicos las más gordas, lanzabas los guijarros planos sobre la superficie del arroyo, que lo sorteaban limpiamente y llegaban intactas a la otra orilla, coleccionaste piedras, piedras de la sierra, de los acantilados, de las minas abandonadas, tu vida ha estado señalada por las piedras, recuerda aquella diminuta que formaba un complejo poliedro de aristas cortantes que te desgarraron los uréteres en su lenta y desmesurada huída, para tu fortuna, del hogar donde se formaron, allá en lo más íntimo del riñón derecho, tu padre mismo preservó en un frasco durante años una piña de piedras redondeadas que casaban como los sillares de las paredes cuzqueñas y que le habían extirpado de la vesícula, piensas con frecuencia en que nuestra condición mineral nos vincula con la orografía exterior, acaso será por eso que te reclama tanto las piedras, las piedras que son como desmenuzamientos del pasado, pero también te reclaman las piedras sobre piedras, es decir, los edificios, las cuevas, las iglesias rupestres, ya sabes que la arquitectura de los siglos pasados consagró el himno a la piedra transformándola en símbolos, o acaso fue al revés, acaso los símbolos tuvieron necesidad de encarnarse en la roca tallada, en los sillares labrados, en las columnas papiriformes, pero tus piedras son más elementales, son las que te sigues encontrando en tu recorrido diario, y que de tanto trasladarlas en tu regazo llegas a creer que son parte de tu constitución, y que tus órganos, el bazo, el intestino, el hígado, el corazón, se van convirtiendo en una fosilización que te resulta pesada, y te encorvas, vas por la calle y te encorvas, te ladeas, quiebras a veces, tienes que respirar profundamente para mantenerte erguido, porque te das cuenta de que las piedras no emergen sino de tus pensamientos, de todo ese naufragio de inconsistencias, dudas e indecisiones que se fraguan en tu mente, son como una cantera de donde pueden saltar por derrumbe o como lascas que la acción de tus contradicciones provocarán que se desplomen, cargas con las piedras porque, en tu narcisismo atroz, piensas que no puedes dejarlas tiradas por ahí, sin darte cuenta de que la piedra desprendida de tu experiencia ya se ha perdido, que las piedras que vas dejando caer no son recuperables en absoluto, ni tienen valor, ni podrás rehacer nada con ellas, ni siquiera serán recogidas por otros caminantes, nadie se para a considerar de dónde proceden las piedras que invaden los caminos, se las ignora, se las aparta, se las acumula en montones alejados de las orillas, sólo te consuela que el esfuerzo por trasladar las últimas piedras va dejando al descubierto tu desnudez, allí donde debes mirarte para preservar la voluntad que aún late en tu cuerpo, donde debes reagrupar fuerzas para proceder a nuevas iniciativas por las que debes considerarte aún vivo, donde te resistes a perecer como un Sísifo insalvable en manos de la abulia y la resignación...

(Fotografía de Misha Gordin)


lunes, 24 de noviembre de 2008

Habla Katsushika Hokusai

Color del texto
“Desde que tenía seis años me invadió la manía por dibujar las formas de las cosas. Cuando llegué a los cincuenta, ya había publicado infinidad de diseños, pero todo lo que he producido antes de llegar a los setenta años no merece la pena tenerse en cuenta. A la edad de setenta y cinco años he aprendido por fin un poco acerca de la estructura real de la naturaleza, de los animales, las plantas y los árboles, los pájaros, los peces y los insectos. En consecuencia, cuando llegue a los ochenta, previsiblemente habré hecho aún más progresos. A los noventa penetraré en el misterio de las cosas; y a los cien ya habré alcanzado sin duda una fase maravillosa y, cuando cumpla los ciento diez, todo lo que haga -ya sea una línea o un punto- estará vivo. Les ruego a los que vivan mientras yo siga ahí que comprueben si cumplo mi palabra. Escrito a la edad de setenta y cinco años por mí -anteriormente conocido como Hokusai-, hoy llamado Gwakio-rojin, “el viejo loco por la pintura”.




domingo, 23 de noviembre de 2008

Mano de lluvia


...y el pájaro incandescente restalla en la mano con los colores del mar y de la tierra, y se adivinan las espumas de los oleajes y se advierte el fulgor de las lavas que brotan de las ubres del planeta, y el pájaro trae aromas de lejanos salitres, deposita el polvo de los terrenos yermos, aventa las cenizas de las aves muertas, despliega los pasos que se perdieron por las sendas de los continentes, deja caer los gritos y las risas y los llantos que escuchó al atravesar cada calle y cada patio y cada alféizar de ventana de alcoba, arrastra el eco de los silencios que recogió entre los hombres que habitan las ciudades y los campos, y al tacto del ave que no cesa en sus ofrendas los dedos se encienden más y más, y sus yemas se iluminan, y se impregnan de cada una de las sustancias que el vuelo del ave le ha proporcionado, y a través de cada partícula de esas materias la mano se abre, crece, se extiende, la mano adquiere una energía insospechada, el pájaro picotea en la mano generosa, bebe en ella las gotas renovadas de rocío, cata en ella la esencia nueva del alimento que conjure la muerte, rescata de la afasia su voz firme, y al hacerlo la ave procura curar sus heridas, reorientarse, fijarse en un punto en que la supervivencia no sea sólo vuelo inerte, y en esa transustanciación no se sabe bien quién se nutre de quién, tal vez ambos, mano y pájaro, se alimenten mutuamente, porque ése es el destino del vuelo de las aves, porque esa es la súplica de los hombres que no renuncian...

jueves, 20 de noviembre de 2008

Pájaro de fuego



...no lo suelta...lo ha hallado malherido entre las hojas del otoño, y su mano le aporta calor, y su boca pone saliva sobre sus alas maltrechas, y sus dedos pulsan el lomo de su cuerpecito, y sus palabras tenues pretenden la calma, y el pájaro revive, la ave es bella, sus colores refulgen, la pátina de su plumaje emite destellos diferentes en cada luz del día, su mirada hipnotiza, su urdimbre es aterciopelada, su canto se muestra cadencioso, su figura airosa, la mano se abre toda a su fragilidad, trata de concederle sosiego, de inocularle confianza, la mano rebaja su melancolía, la mano le sugiere esperanza, la mano es menuda pero posee una intensidad acariciadora, en ella cabe un pájaro descendido del paraíso, en ella se genera un haz de luces que se proyecta sobre los sentidos, en ella se columpia el pájaro en su contento, en ella la ave amortigua su desorientación, en ella el pájaro se duerme, la mano, mientras, recibe el tesoro ígneo que el alma del pájaro porta, una calidez que vincula a sus cuerpos, la mano necesita el pájaro de fuego...

miércoles, 19 de noviembre de 2008

No cesa



Ella tuvo que citarlo para que él se propusiera adentrarse en sus letras. Naufragaba el hombre como fruta ácida sobre un océano de confusión. Y ella tuvo la ocurrencia de citarlo entre sus preferidos. Habiendo oído él hablar del poeta y de su obra, tuvo sin embargo que venir aquella pasajera a descubrírselo. Habiendo estado más cerca siempre de él que de ella, él apenas le había hincado el diente a aquel don oculto. ¿Por qué a veces la proximidad pasa desapercibida? Y los primeros versos eran tan contundentes:

“Siempre la claridad viene del cielo;
es un don; no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de las sombras”


Él tuvo que leer aquella portentosa manifestación de la naturaleza. Esta vez las palabras no son tales. Son los elementos, el acontecer, la aparición y la pérdida. Lo que tiene lugar, lo que surge desde dentro de la tierra y desde lo más oscuro de los cuerpos. La claridad lo ocupa todo, todo lo amasa, todo lo dispone...¡y cuánto nos gusta habitar entre tinieblas! ¿No advertimos la luz lo suficiente? ¿No retenemos el gran milagro de cada día antes de que la ceguera nos prive de la visión irrenunciable? ¿Hay algo más que turba nuestras horas y se revela cómplice de la luz para una vida llevadera?

“Así el deseo. Como el alba, clara
desde la cima y cuando se detiene
tocando con sus luces lo concreto
recién oscura, aunque instantáneamente.
Después abre ruidosos palomares
y ya es un día más. ¡Oh, las rehenes
palomas de la noche conteniendo
sus impulsos altísimos! Y siempre
como el deseo, como mi deseo."

Y desde entonces no cesa de leer a Claudio Rodríguez, porque allí en sus poemas hay mucho trigo del que nutrirse, porque ahora él se alimenta de las sustancias que el cielo le provea con tinta de palabras. Como fruto ácido se desenvuelve atónito y perplejo. Son las encrucijadas de la vida, porque, como en el mismo poema, él se repite:

“Oh, la estrella de oculta amanecida
traspasándome al fin, ya más cercana.
Que cuando caiga muera o no, qué importa.
Qué importa si ahora estoy en el camino”.

(Pintura de Kuzmá Petrov-Vodkin)

martes, 18 de noviembre de 2008

Ajeno, de Claudio Rodríguez



Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Oh, Gott!

"El insomnio te hiere. Transcurren las horas lentas y agitadas. No sabes cómo estar. Si con la luz apagada, te acosan fantasmas. Si tratas de leer, no te concentras. Si te levantas y paseas por la habitación, te cansas. Si permaneces en la cama, no dejas de dar vueltas y no hay posición que te calme. De vez en cuando, en uno de esos giros intranquilos sobre el eje de tu cuerpo, tienes un instante atroz en que aflora en ti la parte más lejana, supersticiosa y profunda, la que ya creías superada. Un suspiro emerge de lo más recóndito y brota de tus labios de forma refleja la palabra mágica: Oh, Gott! La pronuncias como una síntesis de tu desasosiego. Como un pandemonium que conjure tu estado fatigado. Hasta la repites. Oh, mein Gott! ¿Dios como desasosiego? ¿Por qué no?

De niño invocabas la palabra totémica -¿o habría que decir también tabú?- por excelencia y le dabas ese tono protector, consolador, salvífico. Era una imagen etérea de la cual esperabas que se encarnara en Poder sobre los poderes y viniera a echarte una mano en tus complejos, en tus dudas y en tus infortunios. Mas como éstos no fueran tan graves ni irremediables como te parecía -otro asunto es cómo te obsesionaban, cómo te hacían sentir apurado cuando no desgraciado, cómo temías la reacción de la autoridad familiar si no los resolvías- de ordinario resultaba que los motivos de tus angustias tenían fácil solución. Y aunque casi nunca llegaba la sangre al río, sin embargo de ahí deducías el poder taumatúrgico y benefactor de Dios. ¿De Dios? De la palabra Dios, del inoculado concepto abstracto y febril denominado Dios. Te lo habían repetido tantas veces desde la cuna. Ya venías oyendo el vocablo antes de disponer de una mínima capacidad de encontrar identidad entre objetos y conceptos. Gott era un término en boca de todos, desde las matronas hasta los carreteros, ya fuera para invocar las satisfacciones o para exorcizar los sufrimientos.

Hoy ese Oh, Gott! no te lleva a concederle ni tiempo ni crédito, pero no puedes evitar sorpresa por el destello. Meditas en las palabras que empezaron a entrar hasta tus vísceras desde el primer vagido. Y que siguen infiltrándose en tu carne madura. Ellas te desasosiegan tanto como el Oh, Gott! Adviertes que si los creyentes irredentos lo supieran podrían ver en ello un triunfo de los sobrenatural. Pero a ti tal observación de los fanáticos no te interesa. Hay también fanáticos de la literatura que pretenden imponerse con sus palabras de apariencia de acero, pero de textura frágil. Te preocupa la oscuridad de las palabras. Mas, ¿de verdad crees que hay palabras oscuras? No. Lo que te causa inquietud y pavor son las intenciones oscuras. La utilización maniquea y traidora de las palabras. La mezquindad de quienes reprimen los sentimientos y no saben traducirlos en la belleza de la honestidad. Ahí reside la oscuridad y la confusión, que fomentan la falta de entendimiento entre los hombres.”

(Carl Maria Träume, de su obra desaparecida titulada "Die Dunkelheit der Wörter. Tagebuch eines Mannes unruhig, traducido como La oscuridad de las palabras. Diario de un hombre intranquilo")

domingo, 16 de noviembre de 2008

El color



Te adentras en el bosque porque no te crees sus colores. Quieres registrarlos y palparlos. Quieres olerlos y preservarlos. Y uno de ellos te da de plano y te toma. Te dejas, te abandonas.



Está por todas partes. Cae del cielo, sube desde la capa de humus bajo tus pies, tapa las huellas, colorea las sonrisas. Es su gran momento efímero. Todos tenemos nuestro gran momento efímero. Aunque no se note.



Como si volaran tus pisadas. Imperceptibles. El suelo ha desaparecido. Una nueva geometría. Textura y forma del ocaso. ¡Y sin embargo parece tan nuevo!



El color va ascendiendo. Oculta las raíces, la base de los árboles, tus pies, los gritos de los niños. Pronto llegará hasta...ni se sabe. Ascensión que todo lo ocupa y lo tiñe.



El piélago te moja. Te lame las rodillas, te acaricia los muslos, te atrae. Atractiva su mirada narcisa. No te apartas. Acabará engulléndote.


Queda el diálogo solitario. El color permanecerá por la noche y sólo lo disfrutarán los bancos de hoja perenne. Pronto ellos serán también atrapados. Su apacibilidad no es garantía de supervivencia.


Juegos al trasluz. Los guiños del crepúsculo sobre el color. Éste absorberá toda la luz posible para sobrevivir en la oscuridad.


Resuenan aquellos versos de Georg Trakl, de su poema Sebastián en sueños...


Qué otoño más suave. Bajo los árboles altos quedos resuenan nuestros pasos
por el viejo parque. Qué serio el rostro del jacinto del atardecer.


El manantial azul está a tus pies, misterioso el silencio rojo de tu boca
que oscurece el sueño ligero del follaje, el oro apagado de unos ruinosos girasoles.

Cargados de adormidera están tus párpados y sueñan silenciosos en mi frente.

Suaves campanas tiemblan en el pecho. Una nube azul,
tu rostro, va cayendo sobre mí, en el crepúsculo.

Parada


Las letras no pueden esperar. El mecanismo se muestra expectante. Tus manos se ausentan. No pueden esperar las letras porque por naturaleza son hijas del caos. Como tú. Como tus sentimientos. ¿Pueden detenerse tus sentimientos? ¿Alguna vez obedecieron órdenes ajenas que pretendían que fueran sometidos? ¿Alguna vez te exigieron que los domeñaras? Claro que sí, pero no les hiciste caso a los autoritarios de turno; aparentaste, nada más. Cuando tus sentimientos se rasgaron -y desde entonces no han parado de desgarrarse- buscaron enfebrecidamente la complicidad de las letras. ¿Para complementarse o para distanciarse? ¿Para compensar lo que ellos no obtenían por sí mismos? ¿O acaso fueron los progenitores de esta insolente encrucijada de vocablos e hilaciones sintácticas que ni tú sabes a dónde te llevan? No te engañes. Los sentimientos jamás han existido en estado puro. Como mucho tienen un punto fugaz de revelación que no atrapas. Un instante inadvertido, que cae como rayo sobre el territorio del hombre. Su carta de naturaleza está en que se hallan abocados sine die a ser representados por las palabras. Sentimos con nuestra pronunciación más íntima, pronunciamos los sentimientos. Por eso sabes que lo que quieres decir no puede esperar. Pero si esperase, si nunca más emitieras palabra alguna, si renunciaras a explorar, si te olvidaras de tus aflicciones y de tus impedimentos, si abortaras tus tentaciones, si tragaras saliva y detuvieras tu caos, ¿dejaría de amanecer? (Preguntas de un disoluto ante una máquina de escribir)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Pulsaciones



¿Los dedos buscan las letras o las letras salen al encuentro de los dedos? ¿Quién podría decir lo que sucede realmente cuando te pones a escribir? ¿Son las palabras las que emergen o la intención persigue las palabras? ¿Hay algo concreto y definido cuando te pones ante la máquina o la máquina incentiva la imaginación? ¿Quién actúa tomando la iniciativa? ¿Los estímulos de tu interior o el movimiento de tus dedos? Tal vez no hay diferencias, sino coordinaciones. Esa extraña y velada red de intuiciones, sugerencias, ideas y obsesiones se entrecruzan tejiéndose hasta la revelación si es posible. ¿Hay algo más? El enigma, tal vez. Ese desconocerte, ese desproveerte, ese necesitarte. ¿Tienen las letras autonomía propia? No me cabe duda. Una a te puede iniciar, una o te puede preservar, una u acaso te proyecte...¿O el orden es otro? Signos juguetones que fueron cayendo en tu vida como espíritus puros, hasta que las consonantes las tomaron y decidieron llevarlas al crisol y parir la palabra. Y siguieron siendo signos. Pero las palabras, edificadas con los ladrillos y lo sillares de vocales y consonantes, no son todo el edificio. Al dar a las teclas, miras la letra. La fijas, la piensas, la deseas. Tus dedos tienen tal sensibilidad táctil que reconocen el valor de cada letra. Se mueven ágiles, en ocasiones equívocamente, o se dan una por otra. Y de pronto tu dedo no avanza. Tu pulsación por un momento en el aire. Tu dedo permanece sobre una consonante que no quiere completar la palabra. No porque dude, sino porque le parece enorme y acaso no sabe nombrarla correctamente. Porque la siente, porque le significa, porque le prolonga, porque le incentiva, porque le estremece. Las letras están provistas de sentimiento y los dedos lo captan. Algunas están pertrechadas de tal carácter que se paren a sí mismas. Los dedos, tan firmes y sin embargo tan frágiles cuando pulsan las letras. Y la palabra se queda a resguardo, esperando, pensándose de nuevo. Puede decir tanto. Y lo que intuye es tan inevitable...

jueves, 13 de noviembre de 2008

Al fondo


Has debido caer por algún agujero donde no te sabes, donde no te tocas, donde no te miras, donde ya no exclamas, donde no sonríes, donde no acaricias, donde no te sientes, donde no imaginas, donde ya no gimes, donde no susurras, donde no conversas, donde no te ensanchas, donde no suspiras, donde te ensombreces, donde no recuerdas, donde te reniegas, donde te decreces, donde estás ausente, donde te sometes, donde te conformas, donde no transitas, donde no te muestras, donde no te vales, donde te escabulles, donde no te elevas, donde no rescatas, donde te limitas, donde te oscureces, donde te marginas, donde no hay verdades, donde no te piensas, donde te lamentas, donde no respiras, donde no te escuchas, donde hay voces huecas, donde ya te vences, donde no te alumbras, donde te dispersas, donde no te acoges, donde te desgarras, donde te traicionas, donde no te buscas, donde no te palpas, donde no te cubres, donde no te lames, donde no te curas, donde hay besos rotos, donde desconoces, donde desesperas, donde te reduces, donde no te pruebas, donde te lastimas, donde ya no lloras, donde no te calmas, donde te extravías, donde no te hallas, donde no descubres, donde no te atrapas, donde te rehuyes, donde ya te ignoras, donde estás ya seco, donde te sumerges, donde te emponzoñas, donde ya no sueñas, donde no te duermes, donde no despiertas, donde no derribas, donde no edificas, donde no te abres, donde no compartes, donde estás sediento, donde no te agarras, donde te soslayas, donde no hay salidas, donde no te quieres, donde te has rendido, donde no te salvas...

(Composición pictórica de M. Boix)

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El futuro...

El futuro es desierto
y el futuro ha empezado


(leído en una obra del poeta Juan Vicente Piqueras)

sábado, 8 de noviembre de 2008

Las visiones del caminante (Monogatari, 19)


Mas desde aquella parada bajo el cañizo lo veía todo. No sólo la visión adivina del obscuro valle de Tanarai, sino las cimas más lejanas y las costas más agrestes. Cerraba los ojos y los mares orientales se batían en mi presencia, y me llegaba el rumor de su ferocidad y el embate de las olas contra los acantilados que resistían, a pesar del riesgo de su propio desgaste, y los empellones contra las naves de mercaderes que desafiaban su destino. Y me era dada la contemplación abierta de los valles de la soja y de los humedales de arroz, y los trabajos y jornadas de los habitantes de las aldeas primitivas. Y penetraba con mi retina malherida entre los frondosos bosques de bambú, erectos como lanzas guerreras, cerrados como caballería del shogun, que apenas se dejaban herir por esbozos de ligeros rayos del sol. Y simulando el vuelo de los gavilanes alcancé las cimas de nieve de los montes santos, y sobrevolé el corazón de los volcanes durmientes, cuyo fuego se renovaba en sus recónditas entrañas, y al anochecer descendí sobre el alma de las ciudades que se sumergían en los sueños, muchos de cuyos habitantes se entregaban a la diversión o al repaso de las tareas y las cuentas del día. Y envuelto en el aspecto del viajero que lo mira todo, entré en los hogares honorables y me recosté sobre los tatamis cálidos, me emborraché con sake en las tabernas portuarias y me deslicé tras las puertas de las mórbidas casas de placer de las afueras. Y empeñado como me veía en la exigencia de la meditación me dejé llevar por el silencio de los santuarios y escuché respetuoso los cánticos de sus profesos, siquiera para probar si la dimensión de mi alma individual era inferior a aquellos que hacían de su existencia un apartado reconocido y vitalicio. Todo consistió en cerrar los ojos. Mi vida era simplemente el espacio reducido bajo el bambú protector. Mi sentido estaba en la concentración de mi humilde cuerpo. Mi estímulo consistía en detener la ansiedad de la búsqueda. Las preguntas bien podrían replantearse; las respuestas bien podrían ser flexibles; la mirada bien podría ir más allá de lo que aparentemente se ve; lo que se desea saber acaso podría ser un arañazo al magma de ese conocimiento secreto de la vida cuya línea divisoria nunca significa alejamiento, sino acaso nueva aproximación. No sentía hambre ni frío ni humedad ni deseo. El haiku habló por mi y se perdió entre todos los paisajes...

Bambú te meces
flexible, consistente.
Afianzas tu ser.


(A Par49, cuyo sentido fotográfico de la percepción de las cosas bien merece ser acompañado por la mirada del pintor japonés Katsushika Hokusai)

jueves, 6 de noviembre de 2008

...contra la costa



Y el ojo de la escrutadora estaba allí, a una distancia no excesivamente lejana, y yo sentía su mirada agrandándome, ¿o tal vez me empequeñecía?, y con su retina incisiva leía todo lo recóndito que habitaba en mi: mi procedencia, mi crecimiento, mis intenciones, mis compromisos, mis energías, mis inseguridades, mis fuerzas latentes y mis fantasías ocultas, y desde su atalaya no dejaba de prospectar los movimientos que yo me procuraba para salvarnos del ataque de los elementos, ella no paraba de observarme y de medir mis recursos, pulsaba las energías y las habilidades que yo desataba, tomaba nota de la dimensión de la embarcación y de su capacidad para resistir la fuerza de la tormenta, cotejaba escrupulosamente mi posición, calculaba la distancia entre nosotros y la tierra firme y el riesgo amenazante de los farallones hacia los que la nave se dirigía de forma ineluctable, tanta pasividad por su parte desde aquella altura me estremecía, pues ella se mostraba allí imperturbable mientras el oleaje caprichoso y severo debilitaba las energías de mis hombres y las mías propias, yo trataba de ignorarla, era inclemente aquella prospección sin piedad sobre los que padecíamos la furia del viento y del agua, y yo quería evitar como fuera su control, porque desconocía los móviles que perseguía, intentando no mirar siquiera hacia su posición, mas era ella la que se mantenía superior, era ella quien manifestaba un dominio todopoderoso, actuando sigilosa, prudente, distante, y mientras mi cuerpo se empapaba del salitre y de las aguas frías del océano, mientras las piernas y los brazos me dolían hasta la extenuación, mientras acusaba la merma de mis propias fuerzas como si se tratase de un cuchillo que se hendía en mi costado, desgarrándome cada pedazo de la carne, sometidas mis energías a un esfuerzo desmesurado y agónico, no podía dejar de pensar dónde se agazapaba realmente el peligro, ¿entre el arrebato huracanado o en tierra adentro?, y si ella pretendía algo contra mi ¿a qué esperaba?, ¿a que le hiciera el trabajo la galerna?, tal vez nos tomara por la avanzadilla de alguna flota poderosa, o acaso por un puñado de salteadores de pueblos costeros, ella se elevaba enhiesta allá arriba invocando el desencadenamiento de todas las energías contra nosotros, como si fuera una sibila haciendo de intermediaria entre los dioses y los hombres, sin desvelarnos los secretos de lo encomendado, sin interpretarnos nuestro destino, porque acaso ella era la ejecutante de ese fatum desconsolador, nuestro verdugo, la espada de Némesis, la guardiana de todas las cellas de los templos vestales que garantizaría a sangre y fuego si fuera preciso la integridad del santuario, y, sin embargo, algo irradiaba en lo alto de su cabeza que me transmitía esperanza, o acaso fuera la situación extrema que me doblegaba la que me hacía buscar cualquier tipo de salvación, a cualquier precio, incluso arriesgando que aquello que me deparara la costa fuera tan infame como esto, mas el hombre vive al día y se hunde y se renueva en cada jornada onerosa, y sus esfuerzos y sus sufrimientos y sus quiebras sólo se sienten y se valoran a pie mismo del dolor, en el preciso momento en que hacen mella sobre uno, y se está dispuesto a pactar cualquier futuro con las criaturas del Averno con tal de alzarse sobre la destrucción que se avecina

Lares de los libros


...o de cómo dos figuras indonesias representando a humildes campesinos ejecutan celosamente el rol de protectoras del hogar de los libros...

martes, 4 de noviembre de 2008

Suelo



Hoy no te apetecía sentarte frente a la mesa, ni leer, ni escribir, ni hacer recados, ni repasar temas pendientes, ni hablar con nadie, ni ponerte a tareas domésticas, ni echarte a la cama a horas inusuales, no te apetecía estar de ninguna de esas maneras, preferías ser de otra forma, y entonces decides sentarte en el suelo, podrías haberte sentado sobre el parquet directamente, es una madera de roble amable, cálida, el tacto que perciben los pies es agradable, y como habías dado la calefacción sentías que subía por tu cuerpo una temperatura animosa, pero optaste por sentarte sobre la alfombra, apoyando tu espalda en un sofá sobre el que a veces te echas a dormir a horas también atípicas, pero sobre todo porque algo que gira entre las neuronas y tu estado de ánimo te pide desconectar, y entonces conjuras el malhumor o el desconcierto con un sueño pasajero, un sueño que no sueles proponerte pero que llega como ángel salvador, eso pasa algunos días, hoy has estado sentado un buen rato sobre la alfombra de rayas de colores que te recuerda a un cuadro de Malevich, te habías desprovisto de la ropa de calle, te habías descalzado, te sentías más cómodo con los pantalones de algodón que pegan más para el verano pero que, en casa y con ese clima te hacía sentirte más ligero, te desabrochaste la camisa blanca cuyo cuello por su parte interior empieza a ennegrecerse por efecto del roce, acariciaste los dedos de tus pies desnudos o tal vez los masajeabas, y permaneciste inclinado sobre tus pensamientos fugaces, de vez en cuando arqueabas tu cuerpo sujetando tus rodillas, las abrazabas, disponías tu postura a lo turco, había silencio en el piso y no quisiste siquiera interrumpirlo con la música de tus discos, echaste las manos hacia atrás, tomando la cabeza por la nuca, sujetándola, produciendo un vaivén que cimbreaba divertidamente tu torso, y de pronto te veías en un tiempo olvidado, en el piso de la vieja casa de la vuelta, donde nadie te hacía desistir de sentarte en los rincones, ni de estar tirado por la tarima, boca arriba, contemplando el cielo raso pintado de ámbar o de celeste azul, entonces necesitabas tocar el suelo continuamente, con todas las partes de tu cuerpo, sentirte vinculado al origen, los hombres eran demasiado altos para tu comprensión y lo que decían no te interesaba, ni siquiera te apetecía soportar las órdenes de tu padre, aunque disimularas y representaras tan bien la comedia de la sumisión y el acatamiento, que no resultaba, por otra parte, de gran esfuerzo puesto que el carácter severo de tu padre obraba como un mecanismo de contención de ti mismo, tú te refugiabas entonces en lo más palpable, lo más liso, lo más firme, cada tabla de la tarima con sus nudos y sus tonos de color alterados te parecían un mundo misterioso pero al cual comprendías, sobre el cual eras alguien, y aquella ductilidad del piso te perdía, no en vano tu aprendizaje del tacto estuvo entre los pechos de tu madre y el suelo bajo tus pies, bajo tus costillas, bajo tu columna, y hoy lo recordabas, aunque la alfombra fuera una interferencia o acaso una intermediaria, la fuerza del tejido requiere otro tacto desde tus palmas avariciosas, y así acabaste, jugando con las líneas rojas, azules, negras, amarillas, moradas, líneas paralelas, campos de roturación sobre los cuales tu vista se alargaba, ocupando el espacio de tu desgana

lunes, 3 de noviembre de 2008

Parada (Monogatari, 18)


Caminar por Tanarai es como si uno se dirigiera a ninguna parte. Como si las proyecciones geográficas hubieran volado. Si preguntas por el mar a algún personaje con el que te hayas encontrado te indica en una dirección. Si le preguntas a otro puede señalarte la contraria. Si hablas con un tercero, no sabe. Abandoné el lugar misterioso de Fuji Tanaka deseando suerte al pastor. A diferencia de aquel viajero que le regaló el shamisen, yo sólo invoqué el favor del azar. Tampoco soy hombre de dar consejos. Siempre me ha parecido que no es útil, y que cada uno debe descubrir con su agudeza y observación lo que le depara la vida. El chico no sabía leer, por lo que obsequiarle con uno de los libros que me acompañan hubiera sido un gesto baldío. Mas luego me arrepentí de no haberlo hecho. ¿Y si algún día aprende? Siempre podría disponer de él. ¿Y si lo conserva como un talismán? No creo en el fetiche del simple objeto. ¿Y si se lo da a otro caminante cuyo contenido le va a ser útil o simplemente agradecido? Difícil adivinarlo. La fuerza de los libros es más intensa que la de las palabras, siquiera porque perduran más. El destino de un texto es una larga mano, imprevisible, de ida y vuelta. Puede que hoy no entendamos lo que leemos, pero dentro de unos años puede iluminar. Es verdad que hay palabras, emitidas por la boca de otras personas, que calan a la primera y que se sedimentan en el alma del individuo, no voy a negarlo; palabras que nunca se olvidan. Es verdad que hay narraciones que se nos han ido transmitiendo de generación en generación en las frías noches de invierno, al borde del hogar, o en los agradables atardeceres de verano, al pie de los bambúes. De aquellos cuentos nos han llegado hoy estas otras maneras de relatarlos, a través de escribientes que se han esforzado. Sin embargo en un libro hay tantas palabras que se dispersan en tantas direcciones. Tantos sentidos, tantas posibilidades de interpretar, tanto dicho y no dicho que puede ser completado por el lector. A veces me pregunto si la genialidad de un texto no está tanto en lo que dice como en lo que incita a ser comprendido, en lo que nos sugiere. ¿Saben más los que han escrito los libros? Acaso simplemente se han anticipado a los lectores en percibir la vida, y nos la cuentan. No soy de los que tienen fe ciega en cada palabra y en cada argumento de lo que se lee. La palabra es débilmente humana. Por lo tanto, puede ser aceptable o discordante, o bien etérea o bien tangible. Esa palabra no vale si no se somete a la interpelación del que lee. En mi experiencia de caminante sin claro retorno, vivo la lectura con el entusiasmo de las nuevas exploraciones. Para mi es un alimento que tengo que digerir y absorber. Mi nutrición con ella dará la medida del valor de lo escrito. Hay quien busca curación en la palabra escrita, quien la adopta como vínculo religioso, quien se deja acariciar superficialmente, quien exige más, quien se conforma con el placer que obtiene, quien la complementa en su imaginación. Son distintas posiciones, variadas posibilidades, ¡y todo es válido!. A mi me ha gustado ser de estos últimos. Nunca he considerado los textos como algo cerrado, ni los más herméticos lo son tanto como parecen, y resulta que, con frecuencia, son los más abiertos para ciertos espíritus inquisitivos y rebeldes. Es como si hubiera una subterránea relación dentro de mi entre lo que vivo y lo que leo; incluso han llegado momentos en que no sabía con seguridad si vivía lo real o lo que emergía de la ficción. Con estos pensamientos redundantes me fui alejando de la ciudad enigmática, de la que nunca se ha sabido si fue o no fue tal ciudad. Después de andar media jornada consideré que hay ocasiones en que el caminante debe parar sin más. ¿Qué importancia podía tener para mi saber dónde caía el mar o dónde la montaña? ¿Acaso me había propuesto salir de aquel valle? Se supone que el viajero debe trazar una ruta y seguirla indefectiblemente hasta dar con el objetivo propuesto. Así era antes de entrar en Tanarai, mas ahora mis referencias eran otras. Ni siquiera pensé en que me iba a cruzar con tantos personajes, si bien todos ellos resultan seres marginales, desahuciados o apartados de su origen y de su destino. ¿Tal vez yo me voy convirtiendo en uno más de ellos? ¿Es ése el secreto del valle? Un lugar donde llegan los que ya no quieren descubrir más, los que no pretenden probar de nuevo, los que se han dado por vencidos ante los retos o las apetencias, los que viven de nostalgias insalvables e incluso los que no han tenido otra oportunidad de saber qué es lo diferente. Una pequeña elevación del terreno, desde la que se contemplaba con cierta perspectiva la parte más hundida de Tanarai, me dio la idea de acampar sin mayores pretensiones. A lo lejos, asomaban las cumbres albinas de Hokusai Yama. Demasiado evanescentes. Necesitaba detenerme; sin tiempo, sin urgencias. Corté varias cañas de bambú, las uní, las recubrí con hojas grandes hasta formar un sencillo cobertizo, y me senté debajo. Permanecí allí impasible, mirando el entorno, el sol asomando entre nimbos, las abejas capturando el néctar de multitud de plantas, las aves cayendo en picado sobre las simientes salvajes.

Parar y sentir
la calma del planeta,
soy pero no soy.

(Pintura de Hoku)

domingo, 2 de noviembre de 2008

E la nave va


Estaba allí, de pie, a estribor, oteando el atardecer que se iba consolidando poco a poco, su imagen permanecía en la penumbra, el destello de la llamarada de su boca llegaba hasta mis sentidos, y tanto si aquella facción horizontal se tratara de una letra recién incorporada al alfabeto como si desde su labio superior se tensara un arco de amazona, aquella encarnadura rosada emitía una señal nueva, aún indescifrable, y ponía un punto de luz acogedor en la anochecida en ciernes, y la armonía de aquel perfil pasivo pero seguro me deslumbraba, no podía apartar mi vista de su gesto altivo, apenas intuido, siquiera vislumbrado, y no sé qué paisaje escudriñaba ella, no sé qué equilibrio la mantenía firme en medio del embate cada vez más agitado del oleaje, no sé por qué esa actitud perseverante y calma, y mientras, la espuma del mar la salpicaba y de rebote me salpicaba, el olor a salitre impregnaba mi olfato, humedecía mis labios, entreabría mi boca, y a cada golpe de aire que agitaba nuestros cabellos me llegaba una ola de aroma diferente, ni salado ni dulce, ni acre ni suave, una fragancia que procediera de un mundo submarino o tramontano que yo no había conocido jamás, que no había probado anteriormente en navegación alguna, y sabía que Ítaca estaba ya lejos, nada me reclamaba regresar a ella, al menos no por la misma ruta, ni con los mismos nautas, y por más que la leyenda pregonara el retorno al origen yo no pensaba en la Ítaca que quedaba atrás, sino en la nueva que debía abrazarme tras la travesía, y en aquella figura solitaria y enhiesta empecé a vislumbrar el signo de una antorcha, la noche iba precipitándose en torno a mi, pero ella parecía no temerla, como si la oscuridad fuera su aliada y estuviera en aquel punto con objeto de alumbrar mis movimientos y mis trabajos para garantizar la supervivencia de la nave...

sábado, 1 de noviembre de 2008

Inmovilidad




No vas a parte alguna, ni siquiera tocarás el suelo, y el cielo queda fuera de ti, te han cortado las alas de mensajero con que llevabas y traías para ti mismo las noticias de tus descubrimientos, sólo eres una flotación pesada, inerme, te ves atado a la nada por una mordaza del movimiento, tus tobillos anclados al enigma, sin visión, sin cuerpo, desprovisto de una figura que justifique unas extremidades cuyos dedos se abren a palabras mudas, cuyas uñas se expanden para arañar partículas de tierra firme donde quisieras reposar, donde tener conciencia de ubicación, se te niega el lugar, se te priva de las posibilidades de unos pasos que han quedado mancos acaso para siempre, amarrado por una banda nívea de la que sólo crecen nudos, como las verrugas del tronco de un árbol veterano, de qué son cada uno de esos nudos, te cuestionas, de una herida, de una defección, de un desgarro, de una costra, de una traición, interrogaciones átonas cuyo trenzado se concatena ocupando gran parte del paño cano, aún hay una pequeña porción de trapo esperando estérilmente que se liguen nuevos nudos, estás colgado en algún lado vano, tú que hablabas de encrucijadas no previste la más dudosa de todas las perplejidades, la desaparición de las sendas, y ahora por dónde irás si no puedes ya ir, si no sabes ya tomar una dirección, no pienses que la ley de la gravedad vaya a quebrar sólo para ti, sólo para acogerte en otra dimensión, y cualquier tentativa sería ilusoria, el impulso desafía su inexorable destino, pero no tienes el poder de hacerlo perdurable, si saltas tan paralizado como te encuentras caerás al pozo o al barranco, ni lo intentes, si al menos comprendieras lo que esconde el lenguaje de cada nudo, si dejaras de mirar la atadura estéticamente morbosa de cada uno de ellos, si advirtieras la disposición declinada de tus pies, que no consigna de ti más que un pasado incorregible, pero tal vez careces ya de la agudeza de la percepción, aquella que te hacía gozar y sentir y desear y compartir, y maldito como te sientes, gritas salvajemente, desesperadamente, a tu manera aquello del ilustrado filósofo moribundo: oh vide, où est ta victoire?


(La composición es de Darío Villalba)

viernes, 31 de octubre de 2008

Los signos de la nada


Y oyes que tus manos son dos preguntas
que tratan de coger algo
incorpóreo
innombrable
en el vacío.
Dos signos que caen
por su propia gravedad, inertes,
con expresión perdida.
Y cuando crees que te apoderas de ese algo
incierto
que habita en el espacio despoblado,
¿qué estás catando con la dúctil fragilidad
de tu tacto?
Nada palpas
sino el aire, el silencio,
la soledad,
el abandono que te remite al origen.
Trasegando tu sombra
te aligeras de las circunstancias:
no te interesa ya dónde te ubicas.
Acaricias esa nada
frutal y ácida,
esa carencia que rompe en balbuceos
nuevamente,
y vuelta otra vez a tejer el hilo
de la nada.
Tanta ausencia
conduce tus pasos a las estancias
donde se fraguan los paisajes albos.
Un día despertarás
privado del sentido.
No advertirás la luz de hielo
que se filtra por la persiana de tu cuarto,
mas no sentirás frío alguno.
La nada no es gélida,
la privación humedecerá
en un gesto contrito de piedad
tus labios entreabiertos,
siempre rasgados por la sed.
La nada te acunará,
conjugará el retorno imposible,
cual cántico de escolares:
no soy
no eres
no es.
Una voz, ¿un eco?
susurrará desde el desierto:
no serás.
Sólo la nada.

(Dedicado a Stalker, a Ana, a Clara Janés y a Chantal Maillard, para que no se sientan solos en ese tanteo de la nada)

jueves, 30 de octubre de 2008

Leçons de la vie



René François Ghislain Magritte es absolutamente sublime.

¿Cómo creéis que titula estos cuadros? Los titula La perspectiva amorosa. ¿No es clarividente? Ya se sabe que el surrealismo ahonda donde la racionalidad no llega.

Por lo demás...

La irreal visibilidad



"Lo visible no existe en ninguna parte. No sabemos de ningún reino de lo visible que mantenga por sí mismo el dominio de su soberanía. Tal vez la realidad, tantas veces confundida con lo visible, exista de forma autónoma, aunque este ha sido siempre un tema muy controvertido. Lo visible no es más que el conjunto de imágenes que el ojo crea al mirar. La realidad se hace visible al ser percibida. Y una vez atrapada, tal vez no pueda renunciar jamás a esa forma de existencia que adquiere en la conciencia de aquel que ha reparado en ella. Lo visible puede permanecer alternativamente iluminado u oculto, pero una vez aprehendido forma parte sustancial de nuestro medio de vida. Lo visible es un invento. Sin duda, uno de los inventos más formidables de los humanos. De ahí el afán por multiplicar los instrumentos de visión y ensanchar así, sus límites."


(Eulàlia Bosch, El presente está solo, prólogo al libro Modos de ver, de John Berger, editado por Gustavo Gili)

(Magritte es el autor del cuadro)




miércoles, 29 de octubre de 2008

Lo efímero (Monogatari, 17)


El pastor se ofrece generosamente a mostrarme las ruinas. Algunas de ellas apenas se adivinan, devoradas por lianas, raíces y grandes ramas que se incrustan en las piedras. La parte de la edificación construida con material de barro se ha ido descomponiendo, y de la madera de sus vigas y suelos no queda sino pequeños rastros negros adheridos a la piedra, efectos tal vez de un incendio. Las estancias más importantes se reconocen por los sillares cuadrangulares que permanecen como basamento de los muros. En algunas de ellas se advierten grabados geométricos, mallas que tejen el universo, dragones que agitan sus cabezas bicéfalas, flores que emanan desde un punto central hasta divergir en todas las direcciones. Interpretar estos grabados a la luz de nuestro entendimiento no es fácil. No obstante, el pastor, en su tedio, ve configuraciones que le divierten. Resuelve los enigmas a su antojo. La vegetación es tan abundante que cuesta comprender la disposición de lo que fue el antiguo santuario de Fuji Tanaka. Se percibe una fragancia que proviene de variedades de flores y plantas que no había visto jamás y para las cuales el adolescente se ha inventado nombres según le sugieran las formas o las asociaciones de su mente o de sus sueños: ojos de gato, cabellos dorados, flor de la vida, tierna pastora... El joven relata lo visible y lo invisible a su manera, lo mezcla y lo funde al albur de su capricho, ubicando ámbitos y espacios según su ocurrencia, la dimensión o el estado de las ruinas. Es evidente que el chico dispone de todo el tiempo del universo para mirar y para inventarse otras miradas que para sí mismo resultan acertadas e ingeniosas. No está claro que todo aquel solar derrumbado y absorbido por la naturaleza sea lo que queda de Fuji Tanaka. Algunos viajeros dados a consignar los temas del pasado dudan incluso de su existencia. Una minoría de gente letrada que mencionó la ciudad perdida en sus crónicas se muestra incrédula y llega a considerar un mito su existencia. De Fuji Tanaka se decía que era un santuario donde ingresaban niñas de la región para iniciarlas en el arte de la sexualidad sagrada. Según la leyenda, el objeto era ofrendarse con su cuerpo y sus cuidados al culto a la divinidad antigua que se veneraba por estas tierras, mucho antes de que las nuevas creencias procedentes del continente llegaran hasta las islas. Cuando le hablo al pastor de esta leyenda, se ensimisma y permanece serio. No entiende por qué las niñas tendrían que ser sometidas a algo tan esclavo y confuso para toda su vida, aunque no les faltase de nada. Es como si sospechara, él, que es un niño poco ilustrado pero que se halla marcado por la dureza de la vida y de sus elementos, que esa especie de recolección de mujeres jóvenes fuera una excusa para otros fines. No quise en ese momento abundar en más detalles, así que me dejé llevar por el recorrido a través del recinto asilvestrado. La dimensión de las ruinas es también el reflejo de la dimensión de lo construido. No sólo es la huella de lo desaparecido, sino de alguna manera la herencia permanente, la ratificación de una obra hecha para durar una eternidad que nunca es tal. A veces el viajero se pregunta si las ruinas pueden ser más hermosas que la edificación inicial. Nunca sabremos cómo refulgieron las edificaciones levantadas, aunque se hayan conservado planos, grabados o recuerdos de caminantes. No siempre lo visible es lo real. No siempre la percepción es compartida. No siempre lo soñado es lo tangible. Tenemos los testimonios de los cronistas, los rollos de pintura que tratan de conservar representaciones lejanas, y muchos comentarios escritos en documentos comerciales o en licencias. Aunque el viajero, cuando se da de bruces con los lugares abandonados, siempre se pregunta cómo aconteció su ocaso. Fácil es resumir una vida transitoria en tópicos, concluir en las consabidas frases de consolación. La vejez, el paso del tiempo, el abandono, la desidia de sus ciudadanos, las invasiones, los desplazamientos de la tierra, los terremotos. Claro que todo esto son factores. Pero siempre hay una duda. ¿Se perdieron conscientemente las ciudades? ¿Se dejaron perder? ¿Sucumbieron por negligencia de sus moradores? ¿Fueron los invasores más fuertes que los poderes que gobernaban las ciudades? Ciertamente hay urbes que han sobrevivido unas sobre otras, unas dentro de otras a lo largo de siglos. Ciudades que se desconocen pero que se entrañan a varios palmos sobre y bajo tierra. Ciudades que conviven entre el anonimato del pasado y el fragor del día a día. El viajero mira lo que queda, y lo que permanece, aun mermado, aun derruido, resulta ser siempre la huella de lo grande. Los santuarios, los palacios, los edificios de gobierno. Es verdad que sin ellos poco sabríamos de las culturas del pasado. Pero uno medita que eso no podía ser toda la vida de una ciudad o de una comarca, y que la gente sencilla tendría que vivir de otras maneras más borradas todavía. Que más allá de los símbolos sagrados, y del poder, y de la administración de los pueblos había una vida visible y numerosa pero sobre la que se sabe menos. Cuando el caminante da con estas ciudades de ruina que fueron grandes la atmósfera casi le hace creer que los pobladores no las habitaron jamás. Como si sus chozas y sus herramientas y sus caminos fueran lo más imperdurable de lo efimero. Como si a la señal de silencio se disolvieran ambiciones, fracasos y resignaciones. Huellas de lo imperceptible. Y el haiku deja su eco...

Lo grande finge
lo humilde no habla
todo es mudez.

(Pintura de Kame Tokei)

martes, 28 de octubre de 2008

Disparos


Los impactos se han sucedido, una retina ha llegado hasta la otra, ambas han ocultado el territorio amable y hostil del pensamiento, uno ha agredido al otro con la pretensión de modificar el curso de la naturaleza que tendía a desviarse, el otro se ha dejado corregir para seguir manteniendo incólume su capacidad de visión, hay fotografías del exterior, hay calcografías del alma, hay imágenes de las emociones, el mundo visual nunca es lo que parece, ni los fotógrafos son meros actores testimoniales, ni puros técnicos de dejar constancia de momentos o hechos, lo importante es el ojo, el de quien está ahí, se trate del que detecta y ejecuta, se trate del ojo percibido, el ojo que aparenta, el ojo que ve y no siempre ve, el ojo que calibra, el ojo que no acierta en su apreciación de los objetos, el ojo que clarifica, los disparos han ido uno tras otro, fogonazos de reconstrucción, la naturaleza del ojo con sus múltiples caras...

(Fotografía de Feininger)

lunes, 27 de octubre de 2008

Intervención


Sabes que te van a meter los dedos en los ojos, no sabes de qué manera, no sabes en qué dirección, no sabes si te los van a sacar o van a atrapar tu última mirada, no sabes qué agujeros negros buscarán, ignoras si tras esas oquedades asomarán puros o impíos, ¿echarán a suertes las lagunas vacuas que encuentren allí?, temes que allanen el túnel de tu profundidad, esa especie de territorio en las antípodas que conecta lo tangible que hay fuera de ti con la interpretación que tiene lugar en lo más recóndito de tu cerebro, tocarte es intervenirte, una búsqueda pero acaso una intromisión, aunque les des permiso sentirás unos dedos que deslumbrarán tu serenidad al otro lado de la factoría de tu visión, y tratarás de echar la barrera para que no penetre nadie en tu imaginación, en tu fantasía, en tus deseos, en tu memoria, en tu recreación de cada imagen, ¿temes por la imagen?, ¿temes que esos dedos arranquen las últimas contemplaciones maravillosas, que rasguen las que empezaban a habitar en ti?, ¿temes que perturben las ensoñaciones donde tanto papel juegan tus ojos?, ¿te da miedo que se diluyan las asociaciones caprichosas que han tendido puentes en tu vida últimamente?, sospechas que no es sólo azar, empiezas a creer que nada de esto es casual, pero tampoco crees en los planes premeditados, nadie ha logrado hacer cundir en ti sus planes premeditados, ni tu padre, ni tus nefastos educadores, ni tus amigos, ni tus viejos compañeros de utopías rendidas, ni el dios ad hoc ni sus ángeles ni sus arcángeles ni los demonios que jamás te conducirán al infierno porque les harás un quiebro y los dejarás en la estacada, nadie de los que se han erigido en torno tuyo como protectores han logrado afianzar su poder sobre ti, aunque de alguna manera lo han hecho todos dejando poco o mucho de sí, ¿quién escapa a cada paso que resuena a nuestro lado?, ¿quién ignora la huella que en algún instante ha marcado para siempre parte de nuestra existencia?, ¿quién puede desproveerse de sombras que no son sólo la proyección inerte de uno mismo?, lo saben tus ojos, lo saben lo que hay detrás de tu mirada, lo sabe esa abstracción tristona en que te pierdes, o incluso lo sabe esa turbiedad cuando te encorajinas, todos ellos quisieron a su manera meter sus dedos en tus ojos, tu les dejaste, creíste en ellos para que te poblaran y se llenaran de ti, pero siempre necesitaste rescatar tu vacío para sentirte el Bautista que llenará inagotable y sin solución los hoyos de la playa, y ahora van a querer sacarte la luz más antigua, ¿te imaginas caminando por el pasadizo hueco de tu retina?, ahora lo va a hacer un neófito de ti, aunque se crea un experimentado de la técnica, lo va a hacer como un fontanero, y tú te ríes, te ríes porque no eres ni el desagüe ni el canalón ni la bajante, aunque a veces te atasques en el transcurso de lo que te recorre, aunque a veces huela la fecalidad de tus miserias, aunque a veces se rompa la conexión entre tu deseo y tu realidad, y te vas a dejar, has decidido en un impulso de sensatez, ¿y por qué no también de temor?, tomar la opción de que te metan los dedos y rasguen el fanal de tu mente, y Zeus bajará con sus rayos para salvarte o para condenarte, en cualquier caso te profanará, serás suyo durante el tiempo de su ira, mas ¿será después más segura la visión de ti mismo?,

domingo, 26 de octubre de 2008

La canción (Monogatari, 16)




Cuesta descubrir entre los frutos del suelo que lo invaden todo la obra malherida de los hombres. Según me aproximo a las ruinas de la ciudad que fue, el camino va mostrando sus huellas soterradas. Trazados ocultos, piedras talladas por la mano artesana, basamentos, algunos muros de adobe, van destacando entre la floresta. Los árboles despliegan sus brazos venosos sobre el último templo antiguo.

Escucho la voz tenue de unos cánticos, casi apagados por un laúd débilmente tocado. Un pastor púber cuida un pequeño rebaño de cabras. ¿Recita o canturrea?

...la luna arriba, la tierra abajo,
el sol atraviesa el espacio
que no es ni de la una ni de la otra,

lo ocupa, se pasea y se va,
regalando a los animales, a la vegetación y a los hombres
el calor, la visión y el alimento,

su aparición no es duradera, su fuga
no es para siempre,
no duda de su poder ni de su extensión,
porque sabe que ni va ni viene,

él se burla si un día no se muestra,
se ríe si nos abruma con su coraje,
y al final del día se avergüenza de ser tan juguetón,

porque sabe que nosotros somos el eterno viaje
al regreso de nuestras ilusiones agotadas,
la noche arriba, el llanto abajo...

El pastor no se sorprendió de mi llegada. Otros hombres han venido hasta aquí. Algunos creyendo que la ciudad existía todavía. Yo les muestro las ruinas y les hablo de su pasado. Así me entretengo. Como me sorprendiera su recitación, le pregunté cómo conocía ese texto del sabio Kiru Muruyaba. Pero él no sabía ni quién era ese sabio ni qué significaba exactamente el poema. Me lo enseñó otro viajero que pasó por aquí. Lo cantábamos juntos mientras él hacía sonar un instrumento que llamó shamisen. Me gustaba cómo lo tocaba y las palabras sonaban de una manera muy divertida al acompañarlas con la música, así que acabé aprendiendo la canción. Él me enseñó también a tocar el instrumento. Un día dijo que se sentía tan viejo que no tenía sentido seguir cantando por los caminos y que quería marcharse para siempre. Y me dejó el shasimen que aquí ves. Verdaderamente sorprendente es este valle, pensé. Parece inexistente, no se encuentra en los mapas, casi nadie sabe de él, pero en Tanarai voy encontrando a todos los personajes de la vida. ¿Seré yo uno de ellos, destinado a no salir nunca del valle de la oscuridad, del silencio y de la soledad?


Puro asombro
el valle son mis pasos.
No miro atrás.

sábado, 25 de octubre de 2008

Indefiniciones visuales



Ojo que se desvía, ojo que atraviesa, ojo que descarrila, ojo que mira con mal ojo, ojo que habla, ojo que silencia, ojo que representa, ojo que hace temer, ojo que aturde, ojo que mira hacia dentro del ojo, ojo que echa un pulso con fantasmas, ojo que se cierra para sí mismo, ojo de ave rapaz, ojo de hiena, ojo malévolo, ojo de mar, ojo en el desierto, ojo que se rompe en los acantilados, ojo que desbroza a otro ojo, ojo crucificado, ojo entre las nubes, ojo de la inseguridad, ojo de la traición, ojo de la orfandad, ojo débil, ojo del desatino, ojo del resentimiento, ojo de la vanidad, ojo que oculta, ojo de la repulsión, ojo imán, ojo rechazo, ojo que pierde al que lo mira, ojo desafiante, ojo bumerán, ojo sin piedad, ojo destructor, ojo de la esfinge, ojo del instante fugaz, ojo de la impiedad, ojo de la perduración, ojo de la bilis, ojo tramposo, ojo de la expulsión interior, ojo que se aborrece a sí mismo, ojo que se disuelve en sus miedos, ojo de fuegos de artificio, ojo del desamor, ojo inescrutable, ojo esclarecedor, ojo que se desvanece, ojo de la perdición, ojo de la máscara...¿pero es el ojo o es la mirada?

Mirada (definiciones imprecisas): Esa íntima aproximación. Esa extrema huída. Ese feroz ataque del ojo. Ese entrañable acogimiento del ojo. Esa salida. Ese cerramiento. Esa inercia. Esa prospección. Esa resistencia. Esa conquista. Esa expresión. Esa introversión. Ese fuego. Esa extinción. Esa alegría. Esa desolación. Esa curiosidad. Ese desinterés. Ese puente. Ese abismo. Esa visión. Esa nebulosa. Esa luz. Esa oscuridad.

Sigan ustedes...

jueves, 23 de octubre de 2008

La fiel (Monogatari, 15)



Era como si las ramas se movieran, pero no era por el viento. Como si las nubes oscurecieran el cielo para inmediatamente después destaparlo, pero tampoco era el celaje. Como sombras chinescas que generaran mil rostros sobre el talud de la montaña, pero cuyas manos ocultas no las mueve nadie. Y llegaban extraños sonidos que se filtraban desde las copas de los árboles hasta aderezarse con el barro del camino. Siseo de sedas arrastrándose, agitaciones de colores, vuelos y caídas desplegándose sobre la cabeza del viajero. Había pasado la noche protegiéndome de la lluvia bajo el saliente de una roca. Llevaba despierto desde antes del alba, cuya ceremonia presencié atónito y encantado un día más. Nunca se cansa uno de contemplar el fino trazo luminoso que lejos, en algún lugar desconocido de más allá de los mares orientales, se va pergeñando tenue al principio, montaraz después, afirmado más tarde.

Ligera raya
salpicando de luces
pares el día.

La abundancia de hierba y la hojarasca depositada sobre ella formaba un tapiz contrastado de tonos y texturas. Y fue ahí donde la danza hecha figura se manifestó. Y una sombra aparecida de pronto se dejó caer, se dejó sentir, se movió sin ruidos ni palabras ni aspavientos. Fue puro aroma. Dijo llamarse Kita Dako. Y que su misión era entretener a los viandantes que se habían aventurado a extraviarse en aquel bosque. Porque no otra cosa era caminar por el bosque sino pérdida, silencio, soledad. Eso dijo. Ella misma había llegado allí procedente de la ciudad sagrada de Karan. Yo nunca había oído nombrar tal ciudad y desconocía que en el paisaje sagrado de ciudades y templos hubiera algún lugar con tal nombre. Pero uno nunca conoce demasiado y tiene que creer a los personajes con los que se encuentra en las sendas. O al menos escucharles. Kita Dako dijo que había empezado muy joven en la representación. Cuando apenas tenía claro si su capacidad mímica y sus facultades para producir burla y su agilidad para moverse eran algo más. Aunque ella siempre creyó, eso dijo, que lo suyo era arte. Y que se manifestaba, y que ponía en marcha un mundo para que trascendiera el propio, y que disfrutaba en él. Era como desdoblarme, afirmó, como sentirme dos veces mujer, dos veces huída, dos veces Kita Dako. ¿Por qué huída? Porque a diferencia de otras principiantes que aceptaban de buen grado la solicitud y las propuestas lascivas de los hombres ella se negaba. Ella se depositaba entera en el arte, aunque al principio el estilo fuera burdo, poco elaborado y se la identificase con el papel de las demás mujeres. Lo fácil era improvisar, abandonarse al griterío o a los aplausos de los hombres, entregarse después a ellos. Kabuki, como lo llamaron más tarde, era todo el sentido de mi misma, eso dijo. Y dijo más, dijo que se mantuvo fiel a él. Que profundizó en cuanto percibía necesario. Que inventó maneras de deslizarse, que ejercitó sus extremidades para poder realizar mejor los saltos, que ensayó continuamente formas de gesticulación. No fue comprendida por sus propias compañeras, ni los hombres le trataron bien debido al desdén que manifestó hacia ellos, incluso difundieron bulos sobre ella en lo tocante a su identidad sexual. Kita Dako calla y toma posesión del espacio, alza los brazos, gira la cabeza a un lado y otro lentamente, luego la cimbrea, se desplaza sobre sus pies con una carrerilla que va produciendo sonidos de cascabel sobre las hojas muertas. No están allí, pero escucho los tambores que hacen coro, el sanshin dulce y armónico que lleva y trae los paisajes olvidados. No suenan, y sin embargo llegan hasta mi. Mientras, Kita Dako se embriaga en sus propios vapores. Y me empuja a la representación.

Mujer de danza,
bailas para viajeros
y los arrastras.



(Pintura de Torii Kiyomitsu)

martes, 21 de octubre de 2008

Meditación (Monogatari, 14)



Empecé a sospechar que el valle de Tanarai no estaba tan deshabitado como el orate dijera. Que acaso lo ocupasen personajes extraviados. Gentes que no sabían qué tipo de frontera inadvertida traspasaban. Espíritus ancestrales que habían equivocado su marcha y en su vuelo confuso se dejaban caer inertes sobre la apariencia inhóspita de la tierra. Cada paso era un paso desprovisto de memoria. Avanzaba expectante, no carente ya de cierta alarma. Mas deseaba nuevas sorpresas, y el riesgo era una incierta posibilidad de cuya gravitación no quería ser consciente. Durante un tramo bordeé un arroyo cuyas aguas aparentaban calma, pero su curso era frenado por piedras caídas desde la altura del monte y por ramajes desprendidos tras los aguaceros intensos. Más adelante el río se ampliaba y la corriente se precipitaba envuelta en un vértigo fragoroso. Tanta tibieza en el ambiente invitaba a la abstracción, que no al recuerdo. Mi viaje no pretendía airear vivencias pretéritas ni consolarme en antiguas seguridades que hoy apenas significaban nada para mi. Todo estaba allí. El presente era tránsito, pura percepción de vivir el instante, algo que perdería inmediatamente después. Y ese sentido del momento me poseía. Abrir mis oídos a la mezcla de sonidos, aguzar la mirada entre luces y sombras, palpar los elementos naturales, percibir las fragancias agitadas por el viento, todo me parecía que fuera la intensidad deseada. Atisbé un puentecillo rudimentario que unía las dos orillas del río por una de sus zonas más angostas. Era frágil y su suelo se mostraba resbaladizo. No transmitía firmeza, pero cumplía su función. Atravesarlo era como deslizarse a favor de la corriente, cambiar la orientación, sentir la agitación bravía de las aguas. Y esa sensación de que el instante era extremadamente dinámico, que nada de lo que asemejaba ser estable lo era realmente, me hacía pensar. Que los ignorados elementos que desplegaba la naturaleza fueran de ordinario ignorados por los hombres me producía entonces una verdadera indignación. Allí estaba la razón de ser del tiempo y de la existencia. No en las cortes de los mikados, ni entre los funcionarios, ni en las manos de los mercaderes, ni en las armaduras de los guerreros, ni en el albor de los kimonos de los monjes. Y una íntima satisfacción me colocó en el centro de mi mismo. Todo cuanto me rodeaba explicaba mi razón de existir y otorgaba conciencia a mi ser. No era quietud lo que notaba, puesto que el hallazgo me desasosegaba. Pero las visiones del alma se producen precisamente a través del arrebato. Sólo éste nos hace gozar, y vincula nuestra pequeñez con el don de la inmensidad.