"Ya nunca más por mares navegables,
subiendo muy alegre desde el fondo,
alzaré mi cabeza".
Ánite de Tegea
subiendo muy alegre desde el fondo,
alzaré mi cabeza".
Ánite de Tegea
Entre euforia y cánticos roncos parten los remeros hacia tierras interiores. ¿Qué tienen los territorios desconocidos que hacen temer pero a su vez atraen con intensidad? Han cambiado el monótono y acompasado ritmo de sus brazos por el ejercicio caminante al que no estaban acostumbrados. El clima es más templado que el del mar y el sol les hace concebir esperanzas. Comentan entre sí: de vernos en este trote nadie nos reconocería en nuestra patria; y con estas pintas pensarían que somos unos extraños. ¿Acabaremos siéndolo? Uno de ellos, el más joven, va quedando rezagado. No es la marcha de los demás la que le obliga a demorarse, pues es más vigoroso que el resto. Mira con frecuencia hacia el templo abandonado, se refriega las manos con las plantas olorosas que va pisando. Eh, Naxos, vamos, no te quedes atrás, que la adivina no va a resolver tu futuro, le grita uno de los compañeros más avispados. Seguid, les contesta, ya os alcanzaré, mi paso es más ágil que el vuestro. Pero se distancia poco a poco, cada vez más. Cuando el grupo ha subido a un leve promontorio sospechan de su actitud. Se detienen. ¿No quieres venir con nosotros?, le increpan. He pensado que aunque todo esto se encuentra devastado también de las ruinas se puede erigir una nueva ciudad. Los hombres se ríen pero se muestran duros con él. No sabes de trabajos de cultivo de la tierra y menos de edificaciones, ¿a qué viene esa obcecación? La respuesta de un joven siempre es rápida, no contempla jamás el error. Ya aprenderé, tengo los años justos para aprender y soportar. Es también un desafío si lo comparo con lo que he hecho hasta ahora. Los remeros aprecian el valor del muchacho, pero se impacientan. ¿No querrás volver con Odiseo?, le espeta uno de los más sarcásticos. ¿No te tentará ir a salvarlo, allí donde se encuentre, si es que Neptuno no la hecho un hueco en sus reinos? Otro va más lejos: ¿acaso piensas fabricar tú solo una nave para intentarlo? Naxos tiene que tragar las risas y los comentarios; prudentemente calla. Les tiene afecto, ha sido mucho y rico el tiempo compartido de aventuras y dificultades y, aunque sus compañeros le aportan seguridad, desea probar suerte por sí mismo. Es un riesgo de mi bisoñez, duda, pero hay algo en este lugar enigmático que me retiene. ¿No será acaso uno de los rostros del destino que solo me reclama a mí? Los hombres interrumpen su pensamiento. Allá tú, si lo piensas mejor siempre podrás alcanzarnos mas, eso sí, decídete pronto, de lo contrario tendrás que sortear lo desconocido, pues no sabemos qué camino elegiremos. Pero una fuerza desconcertante le ha atrapado. Debo buscar de nuevo a la adivina, se dice a sí mismo con decisión. Su voz la delataba joven y sus opiniones me parecían sabias. Intuyo que tras su aparente dureza se oculta una mujer que ni pertenece a los dioses ni se presta a hacer concesiones fáciles a los humanos que no se lo merecen. ¿Por qué me iba a negar ella una cierta clase de seguridad, aunque sea de otro calibre diferente a la de mis compañeros?
(Fotografía de Ata Kandó)






























