lunes, 29 de octubre de 2018

Naxos. El rezagado















"Ya nunca más por mares navegables,
subiendo muy alegre desde el fondo,
alzaré mi cabeza".

Ánite de Tegea


Entre euforia y cánticos roncos parten los remeros hacia tierras interiores. ¿Qué tienen los territorios desconocidos que hacen temer pero a su vez atraen con intensidad? Han cambiado el monótono y acompasado ritmo de sus brazos por el ejercicio caminante al que no estaban acostumbrados. El clima es más templado que el del mar y el sol les hace concebir esperanzas. Comentan entre sí: de vernos en este trote nadie nos reconocería en nuestra patria; y con estas pintas pensarían que somos unos extraños. ¿Acabaremos siéndolo? Uno de ellos, el más joven, va quedando rezagado. No es la marcha de los demás la que le obliga a demorarse, pues es más vigoroso que el resto. Mira con frecuencia hacia el templo abandonado, se refriega las manos con las plantas olorosas que va pisando. Eh, Naxos, vamos, no te quedes atrás, que la adivina no va a resolver tu futuro, le grita uno de los compañeros más avispados. Seguid, les contesta, ya os alcanzaré, mi paso es más ágil que el vuestro. Pero se distancia poco a poco, cada vez más. Cuando el grupo ha subido a un leve promontorio sospechan de su actitud. Se detienen. ¿No quieres venir con nosotros?, le increpan. He pensado que aunque todo esto se encuentra devastado también de las ruinas se puede erigir una nueva ciudad. Los hombres se ríen pero se muestran duros con él. No sabes de trabajos de cultivo de la tierra y menos de edificaciones, ¿a qué viene esa obcecación? La respuesta de un joven siempre es rápida, no contempla jamás el error. Ya aprenderé, tengo los años justos para aprender y soportar. Es también un desafío si lo comparo con lo que he hecho hasta ahora. Los remeros aprecian el valor del muchacho, pero se impacientan. ¿No querrás volver con Odiseo?, le espeta uno de los más sarcásticos. ¿No te tentará ir a salvarlo, allí donde se encuentre, si es que Neptuno no la hecho un hueco en sus reinos? Otro va más lejos: ¿acaso piensas fabricar tú solo una nave para intentarlo? Naxos tiene que tragar las risas y los comentarios; prudentemente calla. Les tiene afecto, ha sido mucho y rico el tiempo compartido de aventuras y dificultades y, aunque sus compañeros le aportan seguridad, desea probar suerte por sí mismo. Es un riesgo de mi bisoñez, duda, pero hay algo en este lugar enigmático que me retiene. ¿No será acaso uno de los rostros del destino que solo me reclama a mí? Los hombres interrumpen su pensamiento. Allá tú, si lo piensas mejor siempre podrás alcanzarnos mas, eso sí, decídete pronto, de lo contrario tendrás que sortear lo desconocido, pues no sabemos qué camino elegiremos. Pero una fuerza desconcertante le ha atrapado. Debo buscar de nuevo a la adivina, se dice a sí mismo con decisión. Su voz la delataba joven y sus opiniones me parecían sabias. Intuyo que tras su aparente dureza se oculta una mujer que ni pertenece a los dioses ni se presta a hacer concesiones fáciles a los humanos que no se lo merecen. ¿Por qué me iba a negar ella una cierta clase de seguridad, aunque sea de otro calibre diferente a la de mis compañeros?




(Fotografía de Ata Kandó)





miércoles, 24 de octubre de 2018

¿El destino llama a la puerta?




No sé si el destino llama a nuestra puerta, dixit Beethoven, o somos nosotros los suplicantes al destino. Es una cuestión que aún no se ha dilucidado. El destino es un concepto un tanto maleable. Uno va y se muere de pronto y la gente dice: estaba destinado. O tenía su día. O se lo estaba buscando desde hace tiempo. ¡Era su destino!, claman las aves del Averno con sumo alborozo. ¡Era su destino!, sentencia la cohorte de vecinos y familiares. ¡Era su destino!, se santiguan los profetas del miedo. Y los viejos, no siempre rancios, ecos de la magia primitiva y su secuela de creencias confusas ante la impotencia humana se desuellan obturando los inocentes oídos de los supervivientes, oscureciendo al paisaje de la alegría vital, renunciando al impulso humano de enfrentarse cada día con uno mismo. Un hombre, constante peregrino ahíto de búsqueda, se dirige a la mansión donde espera recuperar su armonía. La enorme puerta está cerrada a cal y canto. Una pesada aldaba se presta a ser movilizada para que el viajero franquee la entrada. Pero...


https://ehchiton.blogspot.com/2018/10/la-aldaba-y-el-destino.html




lunes, 22 de octubre de 2018

Naxos. La rendición ante la sibila



"Navega con el rumbo que te dé la corriente.
Navega con el rumbo que el destino te dé".


Eurípides, Las troyanas.




Entonces los adustos marineros, hombres vigorosos del remo pero también lo suficientemente  avezados en armas cuando era necesario, se postraron con vergüenza a los pies de la sibila. Esta contempló aquella extraña capitulación con desagrado. Dinos, adivina, qué nos espera si nos adentramos en estos territorios, pues la marcha atrás es imposible, dijo uno. Dinos, clamó otro, si saldrán a nuestro paso nuevas clases de monstruos como los que encontramos en la navegación. Oh, sí, señora, dinos si también acosan por estas latitudes los céfiros o las tormentas que nos puedan causar zozobra, lamentó un remero cuya fortaleza física aparentaba no temer a nada. Y la queja y la solicitud de auxilio se mezclaron y multiplicaron ante la mujer del oráculo. Dinos si habrá entre nuevas gentes otra vida para nosotros, pues somos tan limitados de conocimientos como de oficios. Dinos si los pobladores de estas tierras son hostiles, si los hombres son celosos y las mujeres se ven impedidas por ellos a ofrecerse al amor. Dinos si gobiernan reyes y potentados que esclavizan a los extranjeros. La sibila puso voz de trueno. Ellos callaron al instante. ¿Tan desesperados estáis que habéis perdido vuestra dignidad? Me estáis suplicando como si yo fuera una diosa. ¿Tan mala conciencia de haber abandonado a vuestro jefe os persigue que no sabéis enderezar vuestra desorientación? No ha habido hombre alguno al que le hayan dado la dirección correcta del camino. Pero quien más o quien menos se ha puesto en marcha y ha explorado no solo los espacios sino también el destino. Vosotros y las gentes de vuestros pueblos, ¿para qué alzasteis templos a toda clase de divinidades? Tanto presumir en otros días de invocar encarnaciones y magias que jamás os condujeron a ninguna parte, ¿y ahora os halláis en esta orfandad? Navegantes sin océano. Sed conscientes de vuestra desnudez. Ha llegado el tiempo en que los dioses os han dado la espalda y os ponen a prueba. Ellos os ignoran y yo no soy intermediaria de sus poderes y apenas logro interpretar el azar. Poneros en marcha y olvidad el remo y el timón. Vuestros brazos son capaces de ejercitar otros movimientos, vuestras mentes pueden afrontar nuevos rumbos, vuestra tenacidad os llevará lejos sin permanecéis unidos. Sobreviviréis. Los remeros se miraron entre sí, se incorporaron con lento alborozo, otearon con curiosidad el ras de las colinas. La adivina, mientras, se había extraviado entre las ruinas de aquel lugar que otrora fuera sagrado.




(Fotografía de Ata Kandó)



sábado, 20 de octubre de 2018

Una tarde de otoño en el vasto dominio de Vicente Aleixandre





Pasar la tarde leyendo otra vez -cuánto tiempo transcurrido desde la última y olvidada lectura- el poemario En un vasto dominio. Lejos queda esta extraordinaria manera de escribir, esa sintaxis que se construye nueva en cada palabra, esa poesía ignorada por las nuevas generaciones, esas descripciones de personajes, tareas, días y paisajes de otra España. Y sin embargo qué placer la lectura en una tarde de otoño, ajeno a la apertura de los centros comerciales y al tráfago callejero, de la cadenciosa poesía de Vicente Aleixandre. Tal su Sol duro:



Sol duro


   Ventana, agujero pobre.
Piedra ocre.

   En el campo está el cubil.
Aguas mil.

   O sol duro, abrasador:
un león.

   Se come los rostros finos
de estos niños.

   En el niño está el abuelo
ya muriendo,

   cuando pasa por la plaza
solitaria

   con el sol sobre los hombros
pesarosos:

   Carbones casi vencidos,
estos niños.

   Secos como su mirada
que arde y chasca,

   cuando extienden una mano,
en el verano.

   O cuando cargan la paja
que arde blanca.

   Todo su cuerpo está ardiendo,
breve y seco.

   Casi de lejos se ve
hoy su arder.



            *

   ¿La noche un cuerpo cobija?
Lo que duerme y aún respira
es ceniza.





(Fotografía de Carlos Saura)




viernes, 19 de octubre de 2018

Aforismo de una gran broma




Si digo: estamos asistiendo a la quiebra de nuestras instituciones, ¿yerro? Si las instituciones entran en colisión con la ciudadanía y se doblegan ante el sistema y sus representantes fundamentales, la Banca, por ejemplo, ¿voy equivocado? Intuyo que no solo la Historia es una fenomenal mentira, sino que la vida cotidiana se confirma como una vana y dolorosa, quién sabe si no sangrienta incluso, ilusión. Ni el esfuerzo, ni el riesgo, ni el precio que pagamos por vivir con dignidad queda a salvo. Se lo van a llevar todo. Todo.

NB. Si alguien no entiende de qué hablo, que siga las últimas noticias de hoy.





miércoles, 17 de octubre de 2018

Naxos. Habla la adivina





















"La proa de tu vida no la enfiles
en contra de las crestas de las olas
tú que navegas en medio de azares".

Eurípides. Las troyanas.



La adivina dejó que los hombres se acercaran. No los temía. Estaba acostumbrada a recibir en su oráculo a todo tipo de personajes, desde los más excelsos a los humildes e incluso a los depravados. No daba un paso atrás ante la presencia de guerreros deteriorados por sus heridas ni ante príncipes ostentosos ni ante enfermos o seres condenados al infortunio. Todos buscaban si no una salvación al menos la luz que les proporcionara la senda adecuada para superar su confusión o sus desdichas.  No ponía precio a las consultas. Solo pedía a cambio que quienes recurrieran a ella fueran sinceros y no ocultaran detalles de los problemas que acechaban sus vidas. Pero sus consejos no eran livianos. Más bien se mostraba exigente y a veces cruel. ¿Venís para que os enseñe el camino que debéis tomar en vuestras vidas?, les dijo a los remeros con acritud. Vosotros, que os pusisteis en marcha siguiendo a un hombre que os prometía no solo una tierra o unas ganancias sino sobre todo el futuro, llegáis hasta mí confusos y rendidos. Al abandonar a vuestro jefe y al dejaros tentar por el deseo perdisteis vuestra referencia. Yo os entiendo. ¿Qué harían los mortales si no soñasen? ¿Qué sería de ellos si no anhelasen traspasar el territorio de la sumisión y de la muerte en vida aspirando a otros mundos menos dolorosos y más gratificantes? ¿Por qué existen la música y los cantos y los oficios que crean lo que no fue nunca creado más que para hacer llevadera la marcha por los ásperos desiertos? Aquellos hombres rudos y extraviados la entendían a medias. Querían respuestas concretas, que la pitonisa les dijera lo que tenían que hacer y les garantizara que obrarían con acierto. Ellos argumentaron. Solo somos modestos navegantes, oscuros remeros que no hemos hemos conocido más que el mar y el sueño. Y entre ambos territorios lo que hemos recibido han sido penurias, necesidades insatisfechas y dolores que no siempre se han curado. Los que hemos tenido alguna vez familia apenas la conocemos. Salvo alguno de nosotros nadie sabemos de abecedarios ni de leyes ni de comodidades ni de las cortesías que gastan los pudientes. No queremos vivir más en ese vacío que va del mar al deseo. La mujer del oráculo, impertérrita y en la distancia, así les habló a los hombres desde el basamento quebrado de aquellas ruinas: No seáis ingenuos. Las sirenas os abandonaron por vuestra credulidad y yo no soy como ellas. No os garantizo ni placeres ni seguridades ni reinos donde asentar vuestras vidas maduras. Pero si queréis comentarme con más amplitud vuestras aventuras tal vez consigáis ver vosotros mismos la salida al laberinto en que estáis atrapados.




(Fotografía de Ata Kandó)

lunes, 15 de octubre de 2018

Naxos. Los navegantes abandonados a su suerte





















"Traje mi vida hasta aquí
Incisión amarga en la arena que se borrará".


Odysseas Elytis, Orientaciones.



Junto un instante antes de que los compañeros de Odiseo hubieron pisado tierra firme las sirenas desaparecieron. Cierto es que ellas habían sido guías complacientes cuyas sonrisas y cánticos hicieron concebir a los hombres la ilusión de que se les concedía un paraíso. Pero una vez aquellos navegantes curtidos y ajados se vieron en tierra desconocida, desprovistos de alimentos, herramientas y armas, cayeron en la cuenta de que todo pudo haber sido una ensoñación. Aquí habrá también pitonisas que nos pueden predecir el porvenir, vayamos a buscar a alguna, se dijeron. Atravesaron campos yermos y dejaron de lado ciudades abandonadas y templos destruidos. Aquello les alarmó. En este territorio, comentaron, también ha habido guerras y si todo está devastado quiere decir que los que habitan estas tierras son tan humanos y feroces como nosotros. ¿A dónde hemos venido a parar? ¿Ha sido un viaje de búsqueda o un retorno cobarde y forzado, inducidos por aquellas fantasías en forma de atractivas mujeres poetas? El mar iba quedando atrás, la costa parecía haber desaparecido y cundió entre ellos la alarma. Si no tenemos el océano a nuestro alcance, ¿qué será de nosotros? No somos pobladores de tierras hondas, no entendemos de montañas ni de valles, accidentes estos de los que solo habíamos sabido su existencia por viajeros de fortuna. ¿Qué nos encontraremos a medida que avancemos por estas soledades? No obstante la angustia que invadió a aquellos aventureros ninguno echó en falta al jefe que les había prometido llegar a la ciudad anhelada. Más bien se resignaron con audacia. Si hemos perdido no solo la referencia del mar sino también la nave, debemos probar suerte o morir de inanición. Busquemos cuanto antes a la adivina para que nos oriente. Divisaron los restos de una edificación antigua, pero temieron acercarse a ella, pues si había estado dedicada a algún dios solo cabía esperar una maldición. Siempre podremos explicar a los dioses lo que nos ha sucedido, sugirió un remero joven. Pero todos le miraron con muecas irónicas, presintiendo que su bisoñez no sabía aún nada sobre las venganzas y condenas a que someten los dioses a los humanos, y sobre todo a los seres más ínfimos. ¿Y si hacemos una pequeña ceremonia de invocación que honre a los dioses que otros han debido deshonrar destruyendo sus templos?, dijo un hombre más culto. Pero los remeros se miraron escépticos entre sí, comentando: ¿desde cuándo nos ha interesado a nosotros, eternos réprobos, el mundo de las divinidades? Tal vez se lo tomen como un sacrilegio. Entonces, bajo el arquitrabado semi desmochado, percibieron el aura de una figura alba, severa, firme entre su ajustado chitón. 




(Fotografía de Ata Kandó)


sábado, 13 de octubre de 2018

Rincones. El huracán anunciado














Esperando al huracán. He metido los tiestos, subido el toldo, cerrado las ventanas. He colocado cerca la linterna de batería, un anorak y las botas altas de lluvia. He bajado al garaje a asegurarme que está bien cerrado y que mi Buick Wildcat del 65 se encuentra a salvo. He realizado una llamada a dos o tres personas que me significan mucho, para tantear su estado y saber si estaban advertidas y prevenidas, aunque todas me han dicho que mi llamada les sonaba a despedida (he tenido que disculparme, simplemente desmintiendo, es decir, mintiendo) En la mesilla un transistor que funciona de mala gana, de tanto cambiar el dial constantemente, el móvil y una botella de agua. Los noticiarios de tv se alargan dando máxima prioridad al acontecimiento. La primera vez que un huracán invade Europa, oigo. Debe ser parte del marketing que promociona las noticias meteorológicas. Así que desconecto el aparato. Dentro de un rato me meteré en la cama y me cubriré al máximo con el edredón. ¿Deberé antes echar un trago de Becherovka que tengo a medias en la repisa de los libros? ¿Qué se anuncia realmente? ¿De qué me libraré?

(Todo es alarma. Los mediáticos se han lanzado a la caza y captura del fenómeno. Todo son recomendaciones: no se acerquen a la costa, no salgan de sus casas, desalojen los objetos que tengan en el exterior, sujeten fuerte el volante si van por carretera. Diríase que una fiebre cívico obsesiva se ha desatado entre los mediáticos en busca de una nueva polarización de la audiencia. Ah, si Orson Welles estuviera aquí. Convertiría en otra guerra de los mundos aprovechando el tirón de la aprensión colectiva. “Señoras y señores, interrumpimos nuestro programa de música de baile para ofrecerles un boletín oficial de la Agencia Intercontinental...” No se le echa en falta. La gente prefiere hoy la realidad fingida, que no la ficción de la realidad. Pues se me acaba de ocurrir: como vea que ese viento anunciado de ciento veinte por hora me despierta a las tres encenderé el ordenador y escucharé desde la cama el programa radiofónico íntegro del 30 de octubre de 1938 de La guerra de los mundos. Dejándome llevar por el profesor Pierson prefiero soñar con la invasión extraterrestre. Es más fácil de aceptar que admitir que los hombres hemos alterado el clima con todas sus consecuencias)




viernes, 12 de octubre de 2018

Rincones. Ausente
















Hay días en que conviene estar ausente. Tal actitud, tantas veces necesaria y saludable, no debe evitar estar muy presente en el territorio íntimo de uno mismo. Que nadie penetre el perímetro amurallado con el que el cuerpo -pensamiento, voluntad, deseo- sabe protegerse de los cainitas. Al fin y al cabo, la mañana siguiente amanecerá y, por lo tanto, será otro día. Aunque la hueste inmunda del cainismo siga acampada, esperando nuevas oportunidades de perturbar la paz del hombre.




jueves, 11 de octubre de 2018

El maltratador de libros





Saco de la biblioteca pública un libro raro y además creo que agotado. En su día se me pasó hacerme con él y ahora puede interesarme. En la ficha de la biblioteca dice que solamente se ha prestado una vez, hace veintiséis años. Pero el ávido, se le supone, lector de aquel momento también era un maltratador de libros. Infinidad de páginas están con subrayados, anotaciones, llaves, asteriscos, cruces, paréntesis y otros símbolos de quien piensa que puede rasgar la ropa de otros como si fuera la propia. Me ha hecho pensar en la cantidad de signos de lenguaje que el ser humano ha puesto en práctica a la par del alfabeto al uso. Sin embargo me cuesta superar la repugnancia a leer un libro lleno de indicaciones, como si el bárbaro quisiera condicionar la lectura del siguiente lector a sus subrayados. ¿Es la sucesión de páginas con indicaciones lo que rechazo, siquiera por razones estéticas, o que alguien anterior pretenda dirigir subrepticiamente mi lectura? Ni una cosa ni otra soporto, así que he decidido devolver el libro, preguntar por la responsable de la biblioteca y decirle textualmente: yo no leo libros en condición de marranería. A la vez que pienso enseñarle el estado de las páginas. No sé si añadir: ustedes deberían preocuparse por comprobar que los libros son devueltos en buen estado, por dentro y por fuera, pero me arriesgo a una mala contestación, que ya me la sé. En fin, solo me queda acudir a otra biblioteca a ver si tienen la obra o si por una casualidad en alguna librería les queda alguno en stock a buen precio. Conclusión: Repugnancia, sea cosa de un orate, de un profesor chulesco o de un maníaco moralista, los maltratadores cunden hasta con la letra impresa.   


martes, 9 de octubre de 2018

Naxos. Dicen las sirenas




"Desde la alta popa
se arrojaban al mar".

Hiponacte


¿Que nosotras nos los llevamos? Y qué. Bien saben los dioses que gobiernan oscuramente el mundo de los hombres que nuestro destino es festejar la ruta de los navegantes. ¿Qué otra celebración puede aligerar el esfuerzo de los esclavos de la mar sino la música y el canto que compiten con el fiero rugido del océano? Pero ellos, tripulantes exhaustos y descarnados por las inclemencias, ¿cómo podrían resistirse a la esperanza que brinda la poesía? La leyenda nos acusa de haberlos raptado, mas ¿no lo quisieron ellos mismos? Aquellos hombres rudos y marginados ¿no esperaban acaso alguna clase de salvación que hiciera del día a día una costa si no feliz al menos llevadera? Fue el ansia de lírica que soterraba en lo más hondo de sus corazones lo que les llevó a desprenderse de los remos. Hasta el siervo más dócil o el mortal más curtido y depravado guarda en algún lugar de su voluntad el anhelo de una vida rescatada. ¿Para qué remar movimiento tras movimiento sino para caer muerto en cualquier instante sobre la misma bancada donde los cuerpos se van deshaciendo poco a poco? Ellos mismos nos lo contaron. Preferimos el riesgo de los dulces cantos que nos atrapan que el monótono y desolador ritmo del oleaje sin fin, decían. Y decían también: otros hombres nos marcaron con el hierro de una condición cruel, a imagen y semejanza del sol desollador y de las olas bravías. Padecíamos infinitas calamidades y penurias, y para una oportunidad que nos brindaron las criaturas de las profundidades, ¿cómo íbamos a dar la espalda a la fortuna? Las hijas del Océano no somos monstruos ni empujamos a los hombres hastiados hacia los abismos. Ninguno de cuantos huyeron de la nave se arrepintió, mas que nadie nos pregunte ahora qué fue de ellos, dónde habitan y qué clase de existencia llevan. Pues el placer y la felicidad no es un mundo a  revelar, y su descripción nos está prohibida.




(Fotografía de Ata Kandó)

lunes, 8 de octubre de 2018

Naxos. Odiseo a la deriva
















"El fragor de la mar
morada y removida en torno a mí,
anclado me retiene".

Simónides, Efecto del fragor.



A estas alturas de su desdicha desearía no ser como había sido, haber probado de lo que quedó al margen, tocar lo que no alcanzó, le gustaría no haber transcurrido por caminos que fueron callejones sin salida, calles cortadas que obligaron a retroceder sobre sus pasos, y en este sentido piensa si su pensamiento habría sido diferente, menos rebelde y más condescendiente en el justo tiempo en que uno fue y otro pudo haber sido, piensa así vagamente, a contrapelo, en choque con los hechos que llegaron a suceder y que no admiten cambio, mientras el oleaje le exaspera, pero es tarde, fue tarde incluso al momento siguiente de tomar decisiones, de elegir una dirección, de decidirse por una meta que hasta entonces no se contemplaba para él, de pactar los acompañantes, de disponer los pertrechos y el aprovisionamiento, es tarde desde que la nave puso rumbo a experimentaciones deseadas cuya seguridad siempre es incierta, no cabía sino intentarlo a pesar de que ya preveía desde el principio que el futuro era una ilusión, un espejismo donde proyectar sus deseos confusos pero enardecedores, le habían hablado de riesgos cuyas denominaciones no aceptaba, desfiguraba el sentido de las leyendas y de los vaticinios para que se adecuasen a sus pretensiones,  necesitaba palpar la materia misma del peligro, lo que no se podía dimensionar más que acometiendo la travesía, por mucho que algunas descripciones de esta fueran o intentaran ser precisas le resultaba improbable valorar el alcance de cuanto iba a sobrevenirle, pero a medida que los días y las noches se apoderaban de él y de sus compañeros se veía más limitado para medir sus fuerzas en la accidentada progresión de la nave, incluso aunque le hubieran advertido de en qué parte del océano iban a aparecer los monstruos o a qué latitud se iban a mostrar seductores personajes fantásticos o en qué costa de proximidad iba a recibir acogida amable donde se le ofrecería detenerse para siempre, la duda sobre si había acertado le acompañaría, era su sino, y ahora allí, enmaromado a su soledad en una nave perdida, mientras arreciaban inclementes tormentas, herido por el sol, carcomido por la salinidad maligna, la piel ulcerándose a través de todo su cuerpo, y la intensa luz negándole la mirada, siente la acometida del arrepentimiento, envidia la suerte de quienes le han traicionado, le urge blasfemar contra la imaginaria patria que había concebido en sus ambiciones, ya no es el héroe que alguna vez soñó, a cada instante deja de ser el que fue, la otredad se impone, y piensa en medio del marasmo si a un héroe puede aún sucederle otro, y piensa si tendrá otra oportunidad al solicitar el auxilio de aquellas fuerzas en las que no cree, pues recibir su ayuda sería rebajar su rango, dónde está la virtud por la que antaño me reconocían, clama en su furia de hombre perdido, a punto de perecimiento. 




(Imagen de Ata Kandó)


viernes, 5 de octubre de 2018

Rincones. Futurismo











Los días transcurren y nos ignoran.  Llenar nuestra existencia de quehaceres parece ser el más elevado objetivo que nos proponemos. ¿Distinguir las acciones necesarias de las superfluas, dices? Hemos llegado a un punto en que todo lo consideramos necesario. Incluso aquello de lo que podríamos prescindir nos agita y nos sobrecargamos de angustia si no le hacemos hueco y lo satisfacemos. Mientras el Tiempo nos mira de reojo, irónico y compasivo, se teje en torno a nuestras vidas una oscura red. Cuando se haya confeccionado su opacidad nos privará de todo. No es que entonces no podamos expresarnos (lo haremos como quieran quienes echaron la red) sino que tampoco podremos pensar siquiera con y para nuestra propia conciencia. Será una extensa, general y urdida malla que rebajará nuestra tradicional condición humana. Seremos todos estúpidamente dóciles por imposición.



miércoles, 3 de octubre de 2018

Rincones. Lo efímero, entre el estilo de Karl Philipp Moritz y el de Bertolt Brecht






















Lo que hay hoy no lo hubo ayer y no lo habrá mañana.
(Parece obvio pero muchos piensan que todo ha sido y es eterno)

La gente dice:  siempre ha existido tal cosa.
Yo digo a la gente: ¿siempre has estado tú?

Durante todo el tiempo del planeta han caído rayos o ha habido temblores.
¿Cuántos han destruído tu casa?
O bien: qué suerte que alguno de ellos nunca haya quebrado tu propiedad o tu vida.

¿Han estado siempre las rocas donde las ves ahora?
La forma y el tamaño de las montañas ¿no han variado ni un milímetro?
¿Estos son aquellos ríos inimaginables de antaño?
La vega fértil y generosa que contemplas, ¿proporcionó antes los frutos que hoy se recolectan?
Y el desierto que conoces, ¿nació ya acaso como arenal inmenso o pedregosa extensión?

Tal pudiera parecer que la ciudad presente hubiera sido fundada desde el principio de la Historia,
pero, ¿cuántas ciudades anteriores están desaparecidas bajo el suelo que pisas?

Improbable cálculo: ¿suman más los muertos de todo el largo pasado o los vivos del presente?
(Tampoco serviría para nada tal operación matemática salvo para satisfacer la morbosidad)

¿Ha habido siempre opulencia? ¿Ha habido siempre penuria?
Lo que antes fue yermo hoy es fecundo. Antiguos florecimientos apenas se reconocen hoy en sus ruinas.

La salud de la que gozas, ¿la disfrutaron nuestros antepasados? ¿Por cuántos años?
(Sugerencia: procura por ella mientras puedes, ya que también tiene fecha de caducidad)

Si algo caracteriza a la vida y sus manifestaciones es su condición pasajera.
Si para algo sirve la conciencia de lo efímero es para obligarnos a saber más.
Si saber más tiene un fin útil es el entendimiento entre los humanos.
Entonces, ¿qué sobrevive? ¿El bien, el mal? ¿Las grandes obras, las grandes ideas?
Acaso simplemente la capacidad de superación.
Pero esta, ay, también es muy selectiva y, sobre todo, perdurable y pasajera.




(Ilustración de Wolf Elbruch)


martes, 2 de octubre de 2018

¿A dónde va la nave de los necios que acaba siendo la de los locos?





"Apreteu, i feu bé d'apretar", frase del día de un flojo timonel.

"Remad, remad, malditos", grito tradicional del arreador a los condenados a galeras.

Me quedo mirando con atención el grabado en madera representando a la navis stultifera, tema del libro de Sebastian Brant. Lo explica por sí mismo tan bien...

Con tan desastrosa tripulación, y auspiciados por vientos violentos, ¿se da cuenta el pasaje hacia dónde va? Y lo que es más duro: ¿A dónde nos llevan a todos?

Desgraciadamente hay otras naves por el océano hispano que tampoco andan más cuerdas. El choque podría ser brutal. Conmigo, que no cuenten. Lo malo es que nos enredarán a todos.



(Alberto Durero grabó)


lunes, 1 de octubre de 2018

Miscelánea de exaltaciones y exultaciones del uno de octubre





Una vez, cuando el niño se hizo muy mayor, encontró en un mercadillo de su ciudad varios calendarios de pared de años diferentes. Tenían todas las hojas de los meses. Le hicieron recordar los viejos tiempos.

La sencillez de aquellos calendarios de pared manifestaba la modestia general de medios en el comercio o la industria. Solo una lámina acartonada que reproducía alguna gesta de conquistadores o tal santo obrando un milagro. Del cartoncillo pendía grapado el fascículo de los meses.

En el hogar del niño nunca se guardaron calendarios enteros, ni siquiera la última hoja. En aquellas décadas de la España casposa, pobre y callada (se puede invertir el orden de los adjetivos, como en el juego de trileros, y se llegaría al mismo punto) el calendario se quitaba de la pared por San Silvestre y directo al fogón. Otro año que ha caído, decía el padre del niño, y que tengamos salud para el nuevo.

Las clases del colegio comenzaban en octubre. Durante muchos años no empezaron el día uno, como sería de lógica académica, sino el día dos. El 1 de octubre era la Fiesta del Caudillo (sic, amplíen la foto y comprueben) Los del parte de Radio Nacional, después de sonar los acordes de la Generala adaptada,  también lo llamaban la Exaltación del Caudillo. No había manera de que el niño entendiera qué significaba aquello de la exaltación, se pasó parte de su infancia sin entenderlo; qué suerte.

Hasta que un profesor de formación del espíritu nacional, que había sido excombatiente de algo, nos explicó a los niños que la exaltación era como una gloria que lleva consigo el reconocimiento de una persona por algo muy notable realizado y etcétera. Que en premio a sus hazañas había sido nombrado Jefe del Estado y etcétera. Entonces nos recordó por milésima vez más la gesta de aquel gran hombre que nos salvó a todos de los peligros y etcétera, por lo que los españoles debíamos estar eternamente agradecidos al Caudillo. Párense los etcéteras. Firmes.

Los niños de entonces estábamos muy agradecidos de no tener clase el primer día de octubre. La tensión de los días anteriores ante el inmediato comienzo de las clases, aquello de comprar libros y cuadernos, forrarlos,  disponer el plumier, preparar el guardapolvos, pensar en que íbamos a estrenar aula, el reencuentro con los amigos y la expectación por los nuevos, todo eso nos tenía en guardia nerviosa. Ya se sabe que el primer día es el primer día. Así que la fecha era providencial, de tal modo que el primer día resultaba ser el segundo. Cosas de las matemáticas españolas.

El día exaltante resultaba, pues, ser exultante. Y gozoso. Pendientes de que el padre o la madre pasase revista a los preparativos, naturalmente. Y dieran instrucciones severas.

De tal modo que al día siguiente nos parecía que íbamos más relajados para formar filas, cantar los himnos de rigor, rezar las oraciones, recitar los ríos, salir a la pizarra y decir sí a todo.

Entonces es cuando el niño junto con otros niños entró en la clandestinidad. Un estado más propio de la infancia de lo que nos imaginamos. Empezar a decir no a ciertas cosas. Y crear espacios donde el mandato o la prohibición se saltasen. Para ello había que ser muy clandestino. Si uno piensa en lo importante que fue la educación a la contra, la que emergía de comentarios entre chicos, por ejemplo, o en la aceptación de alguna propuesta aventurera, llega a la conclusión de que llevábamos dentro una capacidad innata de rebeldía. Timorata y excesivamente prudente, unas veces. Reactiva y repentina en otras ocasiones. Pero había que preservarla y mostrarla solamente en determinadas ocasiones. El miedo a la plural autoridad -la familia, la religión, el colegio-  era un hecho abrumador. Y el castigo amenazante, la consecuencia de descuidarse y bajar la guardia.

Creo que fue entonces cuando el niño empezó a darse cuenta de cuánto les gustaba a los mayores celebrar aniversarios, conmemorar acontecimientos y cumplir ritos. ¿En eso consistía el año? ¿En eso sigue consistiendo?

Fin de la miscelánea.



jueves, 27 de septiembre de 2018

Naxos. Habla Odiseo

















Las sirenas se sintieron despechadas cuando me hice atar al palo mayor. Revoloteaban locas en torno a la nave. Los demás tripulantes, siguiendo mi ejemplo, buscaron la manera de no sucumbir a los ofrecimientos y tretas de las ágiles nadadoras. Ante la decisión de mis hombres ellas se encabritaron más y pidieron apoyo a los céfiros. Todos temimos que pudiéramos perecer en aquella improvisada galerna, impedidos como estábamos para controlar el timón y los aparejos. Los hombres más rudos, enmaromados a los remos, se veían impotentes para maniobrar y enderezar alguna clase de rumbo que nos permitiera escapar de aquel vórtice. La constante bofetada de océano que sacudía mi cuerpo me imposibilitaba de emitir orden alguna y, lo que era peor, de pensar con serenidad. Mi objetivo era simple. Resistir y salvar a la tripulación.  Un único destino sellaba nuestras vidas. O nos salvábamos todos o perecíamos sin dejar rastro de nuestra miserable condición. En pleno abandono, agitados por la furia y las proposiciones de aquellos seres fantásticos, perturbados por el cansancio y el incontenible deseo que hace enfermar a los navegantes que llevan tiempo sin pisar puerto, tentado estuve a ceder y renunciar a la aventura. No pedí ayuda alguna a los dioses, que poco habían hecho hasta entonces por privarnos de dificultades. En aquella situación miserable y de práctica derrota me di cuenta que todo dependía de aguantar y resistir los embates de sirenas, vientos y tormentas. Que, si bien el azar se había portado con nosotros de manera alterna y contradictoria, era nuestra inflexible determinación la que podía inclinar la situación a nuestro favor. Entonces oí la voz firme, no carente de melodía, de la que parecía dirigir el coro de sirenas. Odiseo, tú y tus hombres os perdéis las compensaciones que están en nuestra mano proporcionaros, dijo. Nada habéis conocido antes de tanto cuanto podéis obtener de nosotras. Vuestra obstinación os perderá, pues no sabéis si más allá llegaréis a tocar costa. Esta es vuestra oportunidad y, por lo tanto, la verdadera meta. Los hombres escucharon también el contundente argumento y se miraron unos a otros, interrogándose. Yo temí que se rebelasen y se entregaran sin mi consentimiento a las propuestas. Con suma astucia las tentadoras sirenas habían hecho cesar los vientos y rebajar el oleaje, la claridad se apoderó del día, y una dulce calma chicha cautivó a la tripulación, que interpretó todo aquello como un signo de que debían entregarse. Quise elevar la voz, pero no obstante la tenacidad que todos saben que es tan definitoria de mi personalidad, no pude emitir palabra alguna. No porque mi garganta estuviera afectada, sino porque la duda me paralizaba. La suerte estaba echada. Nadie vino a desatarme. La nave vacía y yo nos miramos con repugnancia. Aquí sigo al pairo, esperando que otros navegantes me encuentren. Y, si soy sincero, y a pesar de mi vergüenza, no tengo ánimo de perecer pues sé que un gesto épico, aunque otros me recordasen con fervor pero inútilmente, no podría jamás devolverme la vida.




(Fotografía de Silvia Grav)


miércoles, 26 de septiembre de 2018

Rincones. Fidelidad



En la regresión a la que te ves abocado la sombra es más fiel al hombre que tú. Te es consecuente, te proporciona un indisimulado bienestar. Sin duda prefieres el reflejo en la pared al que percibes en el espejo. Perfiles y fondos indefinidos te hablan del que fuiste y te hacen seguir siendo. ¿Ves cómo al final lo abstracto te interpreta mejor que la precisión aparente de tus rasgos visibles, cuyo ajamiento tanto temes? Empiezas a entender lo que es la imagen de la vaguedad imperante. Despójate del rostro, vacíate del cuerpo, desvirtúa tu nombre. Que tus ojos no miren más que lo que fuiste, siempre abundante sombra; perecedera carne ahíta de nostalgia, hasta que se disuelva en ceniza. 



(Imagen de Michal Macku)


lunes, 24 de septiembre de 2018

Rincones. Aullidos

















"Dejadme con las cosas
Fundadas en el silencio".


Sophia de Mello Breyner Andersen, Instante, de Libro sexto.



Te desmarcas del griterío. Allá van todos en la misma dirección. Pero aunque unos y otros marcharan en sentidos opuestos te molestaría el ensordecedor y clamoroso aullido grotesco. ¿Cuál es la diferencia entre proferir voces ininteligibles dirigidas hacia un lado o voces que se enfrentan, igual de incomprensibles, procedentes de lados distintos? Las voces que no son interpretadas, sea cual sea el punto hacia el que se invoquen, llevan sangre en su punto de hervor, dispuesta a rebasar el contenedor de emociones. ¿Por qué no revisar entonces la sustancia de las voces, pelar las palabras que se emiten y desnudarlas de falsos significados? Es difícil soportar el apartamiento, pero necesario. Más cuando desde tantos rincones se concita a la grey a sustituir al individuo. Pero tú pugnas por desligarte del griterío. No estás por dar un talón en blanco a ningún profeta, a ningún iluminado, a ningún mindundi que se apropia de tu nombre y habla en tu nombre.




(Fotografía de Michal Macku)


domingo, 23 de septiembre de 2018

Rincones. Reclamación de la asimetría

















Es el movimiento lo que me hace parecer simétrico, pensé esta mañana cuando la luz del día me hizo emerger de la pared. Si permanezco quieto mi cuerpo se hace dos y en cascada cada órgano adquiere dos posiciones, dos medidas, dos volúmenes, dos desigualdades. Pero estas no son nunca dos desentendimientos. Lo asimétrico es cómplice, se aviene una diferencia con la otra en mí. Lo asimétrico, además, me divierte. Todo se multiplica hasta lo grotesco. Soy sombra, efecto de la irregularidad. Procedo de ella, me muevo a lo largo de las horas en ella, me refugio ante el desatino en ella, me acojo en el dulce regazo de su umbría cuando el cansancio me vence. Un pulso inevitable frente a la sombra que me da forma y caracterización es el movimiento. Inverosímil ejercicio donde se disuelven las partes de mi cuerpo y se hacen menos perceptibles a mi mirada. De hecho mi propio movimiento, impulsado desde dentro de mí o desde fuera de mí, me transforma. No me hace ni mejor ni peor, ni más sabio ni más torpe, ni más generoso ni más egoísta, ni más comprensivo ni más déspota. Es sorprendente cómo esa condición etérea del movimiento paraliza los cuerpos que hay en mí, los aísla de la madre sombra, bloquea su diálogo. Busca armonía imposible sin mi consentimiento. No me reconocería en la armonía, un término excesivamente espiritual, digamos, para mi comprensión sencilla de las cosas complejas. Cuando el movimiento me agita me paralizo. Dejo de pensar, me ausento de sentir, traiciono la conciencia, bloqueo la imaginación. O soy yo o soy movimiento, me dice una voz imaginaria que a veces escucho inoportunamente. Porque el movimiento es un tránsito que nos acompaña y no se estabiliza nunca. No sabe de las geometrías de los cuerpos disímiles. Su propiedad es poner en cuestión permanente la aparente seguridad de nuestras estructuras. El sueño es movimiento total. Cuando me incorporo sobre la cama y el cuerpo proyectado por la sombra empieza a tomar carta de naturaleza de un nuevo día sé que he ganado una porción de tiempo al movimiento, le he hurtado su capacidad dinámica para materializarlo en una imagen. Eso que suele llamarse individuo, que se adjudica un nombre, que contabiliza una edad, que afirma contradictoriamente una condición, etcétera. Mil maneras desiguales de ocupar el espacio estrecho entre mis firmes y garantizadas asimetrías. Al fin y al cabo la sombra, el hombre.   




(Fotografía de Michal Macku)


viernes, 21 de septiembre de 2018

Rincones. Mis cabezas, a contemplación














Una vez me hice hacer unas radiografías especiales, que no se llaman así, su nombre es más complejo y adecuado a técnicas ultramodernas. Mi intención original no era intentar saber lo que había dentro de mi cabeza, sino que perseguía simplemente la contemplación. Las tengo enmarcadas frente a mi cama. Nada de crucificados ni de profetas latinoamericanos demodés, me dije, nada de fotografía de los padres, y no os sintáis traicionados, añadí, ni siquiera aquella reproducción de El sueño del Franz Marc, que ya la tenía muy vista. Lo que necesitas, dijo un día una cabeza a la otra de las dos que alterno, es contemplar por las noches tu secreto perfil hasta caer redondo. Pero no tardando mucho caí en la cuenta de que al mirar no buscaba la relajación ni el posterior estado meditativo que te excluye en teoría del mundo, solo en teoría, sino percibir efluvios de esas zonas recónditas que al emerger desde sus profundidades ignotas puedan hablarme de mí más que la clásica fotografía exterior o, mejor dicho, aparente. Al fin y al cabo creo que he acabado cansado de mirarme a través de un espejo tan mentiroso como el del retrete, para adecuarme al ritual cotidiano de salir a la calle. Y más agotado aún de que la gente crea reconocerme por el aspecto que la piel, el cabello, la barba, los labios entreabiertos, mis ojos tristes o mis muecas van emitiendo día tras día al transeúnte cotidiano. Entiendo que unos y otros con quienes nos cruzamos y frecuentamos, incluso íntimamente, no tengan otra faceta de uno a la que aferrarse sino la de mi disfraz carnal. Por supuesto, mi sentido del pudor se resiste a mostrar mi calavera de segundo plano y no digamos el coqueto cerebro cuya polilobulación tiene enamorado a las dos testas que me acompañan. No me basta. La formación ósea sigue siendo apariencia; el cráneo no conoce otra misión que la de escudo protector de otros órganos; los lóbulos occipitales, frontales, parietales o temporales son hermosos y si fueran visibles desde fuera las personas nos enamoraríamos unas de otras por la esbeltez de su exquisita disposición o por la variedad del ajustado encaje o por la textura suave y sensible que nos ofrecen. No me basta. Por esa razón mi mirada nocturna, antes de combinar las posiciones de decúbito o la fetal, tiene que prospectar en el dibujo de esas líneas concéntricas que la tomografía me proporciona. Noche tras noche hago el seguimiento visual de las líneas, me introduzco por recovecos desconocidos, me detengo donde advierto una ruptura. Busco señales, razones, respuestas. Hay un inconveniente. Que la vista no me dota de suficiente agudeza como para no perderme en el recorrido. De tal modo que con frecuencia me extravío y tengo que comenzar desde el principio. ¿Que hay algo de viaje laberíntico en mi obsesiva intención? Sin duda. Pero no veo otro modo de conocer mi interior dual, ni de apaciguar la curiosidad de mis dos cabezas, ni de saciar mi multiplicada sed por aprehender los motivos por los que alienta dentro de mí la necesidad de combatir el tedio vital. Eso sí, al amanecer ignoro esos fotogramas cuyo tiempo y espacio van quedando obsoletos a medida que transcurren mis días.




(Imagen de Michal Macku)

  

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Rincones. El día que paso por delante de mí mismo





















"Decían que el día que un hombre pasase corriendo delante de sí mismo, aquel día aquel hombre lo tendría todo ganado o casi todo, que ya es mucho".

Mercè Rodoreda, La muerte y la primavera.


No ha sido solo en sueños cuando he visto que pasaba yo mismo delante de mí. También ha sucedido en una abstracción cualquiera, uno de esos ratos en que me quedo absorto, como ido, cuando alguien se dirige a mí y no me entero, cuando pierdo el autobús que estaba esperando, o una de esas circunstancias en que por ejemplo estoy tomando el café y tiro el café porque hay una fuerza oculta que se está despegando de mí y me empuja. Y no solo es una fuerza, no se trata solamente de un impulso, sino que por un instante veo con claridad que mi propia imagen me desborda, y entonces me veo a ras de perfil, tomándome la delantera, agitando mi cabello, alargando pausadamente una pierna y un brazo, pero sin marcialidad alguna, y luego acabo de pasar y me veo por detrás, sorprendiéndome de que la espalda vaya menos recta, y me transmito a mí mismo un aire desgarbado que nunca había tenido antes. No hay truco, ni proposición, ni me he preparado para el ejercicio. Lo más interesante es cuando paso por delante de mí y hago una mueca, que a veces percibo como burla, y no me molesta sino que más bien pienso: soy capaz de todo conmigo mismo. Hay veces que me reconozco a duras penas con ese otro que soy yo, hay veces que no le siento diferente y no me perturbo, y es chocante cuando en alguna ocasión me pongo delante de mí, me vuelvo hacia mí y me digo: ahí te quedas. Y entonces es cuando se difumina el flash. Y me alarmo por haber perdido el autobús o pido perdón al camarero por tirar el café o saludo con retraso al conocido que tan atento él como yo despistado ya se estaba alejando. Pero pasar delante de ti mismo no es sobrepasar. Uno no se sobrepasa a sí mismo salvo que quiera tomarse la vida como competición. Y si no lo has hecho antes no tiene ahora ningún sentido que intentes demostrar que eres más citius, más altius, más fortius cuando precisamente se te hacen sugerencias de oscuras resignaciones y nada te invita a correr ya ni contra nadie ni a pesar de nadie ni más allá de nadie.   




(Fotografía: Michal Macku)

lunes, 17 de septiembre de 2018

Rincones. Al fin solos, mientras varios milenios nos contemplan





















¿Recuerdas, mi señora, cuando te decía que te reconocería más allá de la muerte? He aquí el instante en que te descubres y una vez más me descubro. Me basta tu desnudez desprovista y esbelta, dotada de una pose de eterno retorno al origen, para recrear desde mi recuerdo tu hermosa desnudez vital. Con mi osamenta no han dado todavía, acaso la tierra sublime me haya precipitado aún más en lo hondo de sus entrañas, junto a otros desdichados, ignorados a causa de la dispar fortuna y de la inapelable condición. Tal vez la tierra considera que lo que quede de mi cuerpo no es digno de manifestarse y su castigo es hacerme permanecer en la oscura región de los sin nombre. Y, sin embargo, bendito el suelo que nos dio sus frutos y que nos acoge en su fecundo seno. ¿O es el papel que jugamos en vida lo que aún nos persigue en este sueño irreversible y marca todavía las diferencias? Soy ahora, como entonces, un don nadie. Tú la dama deseada por muchos pero selecta hasta el extremo de no atenerte en tu elección a los desposorios designados para tu clase. Yo, el servidor fiel que gozó de tus reconocimientos íntimos, aunque a los ojos de cuantos te rodeaban no fuera más que un fámulo discreto y cumplidor. Fui tu vasallo por partida doble. Una, en la prestación de atenciones a tu casa. Otra, por mi rendición a los reclamos que me llegaban de ti. Pero esta circunstancia, ¿no te exponía a su vez a rendirte tú misma a las imprudentes sugerencias que mi insistente mirada, mi conversación fluida o el esmero en el ejercicio de mi trabajo iban calando en tu inexperiencia? Corrimos riesgos ambos. Pienso ahora en nuestros encuentros subrepticios, cuando el entusiasmo superaba al temor de romper las reglas y saltarnos los cometidos que marcaban a cada cual inflexiblemente. Haber sido descubiertos te hubiera costado que te cercenaran la libertad; a mí, sin duda, la muerte. ¿O fue esa la razón por la que yo estoy fuera del mundo de los vivos mucho antes que tú? Mi pensamiento se solaza ahora en la memoria de los tiempos felices. Mi espera nerviosa y vigilante al caer la tarde junto  los álamos de la alberca. Tu salida disfrazada, atravesando la luz crepuscular de los callejones. Qué valor tenías, prescindiendo de la protección de algún confidente, afirmándote de ese modo en la prudencia. ¿Te bastaba saber que yo te esperaba para sentirte segura y firme en la arrojada decisión? Pero si nuestra mutua atracción fue fértil y placentera, ¿qué futuro podía tener más allá de los instantes clandestinos? ¿Devolverías al destino las joyas con las que te adornaban en los ceremoniales a cambio de habernos consagrado a nosotros mismos bajo otras circunstancias más admitidas? Era imposible otra situación. Ninguno de los dos podíamos escapar a la naturaleza de las cosas que nos hacían estar donde estábamos. Salvo que nos hubiéramos arriesgado a perderlo todo. Te reconozco más allá de los milenios. Muchos de los actuales vivos se preguntarán qué mujer habría tras el esqueleto mecido por la tierra. No voy a decir nada ni a traicionar nuestros sueños, señora mía. Además, desde los estratos donde me oculto no puede llegar mi voz.



(Fotografía de Sara Genicio aparecida en El País. Reproduce los restos de una dama importante hallados en el yacimiento prehistórico de Humanejos, Parla)


domingo, 16 de septiembre de 2018

Lobos de purpurado




Muy oportuno El Roto en la edición de hoy de El País. Lo veo como una primera parte. Sugiero que la segunda entrega de este genial pensador de la realidad histórica, y más en concreto hispánica, que es El Roto, se centre en Los lobos con piel de oveja de la Iglesia, que son más manada, dan el pego y pasan (o quieren pasar) inadvertidos. Más adelante podrían venir otros lobos: de la política, de las finanzas, de las instituciones, de los negocios...Ah, pero ¿qué culpa tienen los lobos de que les adjudiquemos propiedades y vicios humanos abusando de su santo nombre? Larga la tradición española de los prejuicios, segregaciones, tópicos y sambenitos. No solo española, miren Hobbes qué desacertado anduvo con aquello de el hombre es un lobo para y consigo mismo.  Algún día los lobos también se quejarán de que les tildemos de mala fama cuando queremos hablar de las perversas conductas humanas. Y exigirán que se borren del Diccionario de la Real Academia las connotaciones estrictamente fieras de los humanos que se les ha colgado a ellos. 



viernes, 14 de septiembre de 2018

Rincones. ¿Desintoxicarnos intoxicándonos? ¿O el desierto?




Comentario entre íntimos, digo: hemos pasado de ser marcados por la religión a ser marcados por la política. Es que una nos llevó a la otra, me responden. (Aquí se debe aclarar que no nos referimos a la política profesional, a lo de vivir del cargo, que se lleva ahora, sino a aquello otro de la conciencia política o social, etc., que daba más disgustos que compensaciones) ¿Cuestión de fe, luego una sola línea mental producto de la ideología idealista que todo lo impregna, para beneficios de otros?, insisto. Sin duda, me comenta mi interlocutora. Pero lo curioso es que creímos liberarnos de la nefasta influencia católica para reproducir el esquema con la supuesta libre conciencia política. De ahí que la primera crisis y rechazo, allá por la adolescencia asentada, haya trasuntado en la crisis más reciente con evidente hastío por la situación del momento, me responden. De intoxicación en intoxicación, vamos, matizo. Más bien un viaje de las intoxicaciones al desengaño, y ojalá sea así porque al menos el desengaño permite libertad de pensamiento, matiza ella. Ah, ¿que ya no podemos siquiera aplicar la receta de la mora que quita la mancha de mora?, se me ocurre. Por supuesto, siempre podemos desintoxicarnos intoxicándonos de nuevo, pero ¿no volverá a ser lo mismo? Y lo mismo es tan cansino. Y además a estas alturas de la película en la que actuamos es tan arriesgado...Siempre quedará el desierto, le digo; me han contado que en la casa de un anacoreta de Turín había una pintada en la pared que decía: quien va al desierto no es un desertor. ¿Probamos? Yo, leo y escribo, dice ella, es la manera de apartarme pero no desertar. Voy a probar, respondo, pero mientras te invito a Vivaldi.







(Fotografía de Saul Leiter)


jueves, 13 de septiembre de 2018

Rincones. Impulso nocturno















Los cuerpos se desordenan por la noche. La mente se torna caos. Los pensamientos se rebelan. Los deseos se confunden. La carne se extravía. Respiramos nuestro aliento. El sueño, una criatura incontrolable. Dicen que eso permite reorganizarnos y volver a tomar impulso al día siguiente. ¿Cuál de las dos partes en que nos dividimos somos mientras dormimos? ¿Qué zona se habrá impuesto al despertar? Leves brotes de luz. Hay un punto, acaso un instante, en que espacio y tiempo son lo mismo. No alcanzamos a ver con claridad. ¿Permanece el mismo carácter, sexo, corporeidad, habla, conciencia, circunstancias del día y el hombre anterior? Apariencia. Seguimos siendo lo que soñamos.



(Kazemir Malévich de nuevo)

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Rincones. Impulso mañanero

















Saber sobre los desatinos que cometen los hombres es llorar. Más frecuentes, con más vertiginosidad, más peligrosos. Cada vez tardo menos en leer los titulares de la prensa por la mañana. Unos hacen religión de la política (sin dejar de hacer su política interesada) Otros hacen política de la religión (esta siempre fue secundaria) Otros más crean  a su imagen y semejanza nuevas religiones y cultos a su personalidad. Y unos y otros se alían con los diablos que siempre acaban llevándose el alma de los inocentes (estos son los primeros que se llevan por delante y en abundancia) Y todos, los unos y los otros, los de más acá y los de más allá, manipulando a las masas, y las masas, ay torpes, dejándose querer neciamente por los más maquiavélicos y siniestros. Cada vez tardo menos en pasar las páginas del cotidiano. Nunca hubo orden, solo descomposición.




(Cuadro de Kazemir Malévich)


lunes, 10 de septiembre de 2018

Rincones. Contrarios




Toda construcción de mano humana lleva implícito su propio derribo. ¿Qué permanece tras el derrumbe? ¿Qué sobrevive al abandono humano? Como mucho una materia anterior a ser alterada por la cultura, que a su vez crecerá generando desierto. Tal vez la flecha del Tiempo esté operando siempre en sentido inverso a nuestra pretendida obsesión por llegar más allá. Medimos equivocadamente nuestro destino, ignorantes de que el universo -tan desconocido- es el que impulsa también nuestras limitadas leyes.





viernes, 7 de septiembre de 2018

Rincones. Persecución de los orígenes














Sueño que todo permanece extrañamente quieto a mi alrededor. Que llamo a personas y no responden. Que las busco y no se muestran. Que ando por un camino y el paisaje está borroso o ha desaparecido del todo. Que me expongo al aire y al sol y no me llega un soplo ni siento calor en mi piel. Cuando estoy a punto de pensar lo peor me miro y compruebo que tampoco yo me muevo. Me alarmo, pero soy incapaz de gritar, de dar un paso, de agitarme por la emoción. Entonces una voz, que rompe tanta monotonía siniestra, sentencia. No sueñes más, ni te angusties, dice. Aún eres limo del suelo de la caverna y no tienes suficiente sustancia para dotarte de pensamiento. Solo supe responder con convulsiones; hasta que abrí los ojos.   


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Rincones. Tiempo de ciruelas (por ejemplo)




















Solo el niño sabe reproducir con fidelidad la historia del antepasado del humano.

Te ves de pronto trepando a un árbol, cruzando de una rama a otra, te arañas las piernas, se golpean tus codos. Chillas con los otros chicos que lo intentan contigo, en el mismo árbol o en uno próximo. La satisfacción por conseguir la altura y permanecer en ella no va a tener parangón en el futuro. Estás allá arriba por tu propia osadía. Tu cuerpo no tiene gran envergadura pero la naturaleza te ha dotado de la proporción suficiente para realizar el esfuerzo. También de una capacidad de energía que nadie diría de verte parado. Subir a coger los frutos es una excusa. El primate que llevas dentro te pedía que fueras fiel a tus lejanos antecesores. 

Nadie te ha explicado, cómo van a saberlo, qué es un recolector primitivo. En unas semanas tú y los tuyos os habréis subido a manzanos, a nogales, a ciruelos, a higueras. Todo va estando a punto. Algunas veces no respetáis el plazo, es tanta la impaciencia. No importa que en algunos casos la fruta esté al alcance. Eso no motiva lo suficiente. El instinto os pide poneros a prueba. Catar el empuje de superaros. Probar qué se siente en lo alto. Entre el ramaje, en unos árboles más denso, en otros más despejado. Sentir. Sientes percepciones diferentes, aunque solo sean pocos metros los que te separen del suelo. El aire corre de otro modo, los olores te rozan, los sonidos se multiplican. Sujetas las ramas y te parece que ellas y tus manos se han entendido desde siempre.

Nadie te ha contado todavía que lo que tú haces lo hacían hace miles de años otros individuos como tú, que llevaban camino de ser uno más de los tuyos, y que necesitaban alimentarse para sobrevivir con lo silvestre. ¿Por qué te entran unas ganas tan intensas de quedarte subido allí? A la relativa incomodidad de la adaptación se impone un extraño placer que no es de dominio. No dominas nada. Es el árbol el que te domina a ti. Tu flexibilidad sortea el abigarramiento de la enramada. El árbol te devuelve su amable condescendencia. ¿Cómo te verá él a ti? Árbol cómplice. Árbol lúdico. Árbol que participa de vuestras risas y griteríos aunque no os deis cuenta.

Pero sobre todo te aturde, y esto lo notas por un nerviosismo axial que te sube desde la planta de los pies hasta la cabeza, sobre todo te admira la mirada que se puede llegar a tener desde un árbol. Por un rato no eres el niño que camina erguido o que al andar no alcanza a ver lo que le rodea porque muchos elementos del paisaje se lo ocultan. Desde aquí, no. Esto es una dimensión inhabitual, y te pide el cuerpo disfrutar de ella. Pero esa dimensión te permite en ciertos casos ocultarte. De pronto te has callado. Los otros se han ido, pensando que tú te has ido. No haces ruido y te camuflas en el corazón de la higuera frondosa. Va a caer la noche. ¿Saldrán a buscarte los adultos de la tribu?

Allá arriba, allá detrás, no hay ya Tiempo. Sueñas con que el valle se ofrece fértil y que animales fieros amenazan el entorno. 



domingo, 2 de septiembre de 2018

Rincones. Monólogo del orate

















Una voz: bien podría decirse que has vivido lo soñado. También lo que nunca llegaste a sospechar que vivirías. La misma voz, insistiendo: tal vez ahora los sueños te devuelvan realidades oscuramente vividas. El orate responde: pero la pérdida acecha, siempre la pérdida. ¿Cuánto ha durado cada espacio que hemos ocupado, cada conocimiento que nos hemos esforzado en retener, cada afecto que nos hacía tocar el cielo, cada vigor corporal que nos invitaba a considerarnos eternos, cada mirada con la que descubríamos los días? Las pérdidas, siempre las pérdidas. ¿Es que no hay otro modo de conciencia más claro y sincero? Aquella voz de nuevo, socarrona, alejándose: no te quejes, puesto que eres rico en posesiones imaginativas, y admite que no hay mayor riqueza que ser propietario y administrador de tus pérdidas.



(Pieter Bruegel, grabado)


viernes, 31 de agosto de 2018

Rincones. Enigmas





















Los días que sobrevivió mi madre al ictus, con secuelas profundas e irreversibles, los pasó abstraída, confusa, abatida. Desde su silla de ruedas jugaba con las puertas correderas del armario; las abría y las cerraba con energía. Me parecía que incluso con cierto descaro. Al filo del golpeo pronunciaba a veces una frase enigmática. No he sido buena, decía. Y repetía: no he sido buena. Resultaba inconcebible que aquella mujer casi nonagenaria, de quien nunca cabía dudar sobre la generosa docilidad y confiada ternura manifestadas a lo largo de su vida, pudiera insistir lapidariamente en aquel motivo hiriente, misterioso.

No le pregunté qué quería decir. Tampoco en aquellos momentos quise pensar demasiado en el oscuro comentario. Para qué echar más leña al fuego de su situación irreparable. Fue mucho más tarde, cuando los días pasaron y nos dejó, cuando comencé a dar vueltas a lo que pudo haber sido un lapsus de su conciencia alterada o la salida incontenible de algo que ella masculló siempre. Me lo guardé para mí. ¿Para qué trasladárselo a su marido?

En ocasiones pienso que se pudo tratar de una premonición anticipada. ¿Sobre mí mismo? Hay palabras y sumas de palabras que se registran en nuestra capacidad de escucha y nos acompañan durante años. Y así, de pronto, en la ficción, que no conoce límites ni exigencias, me veo a mí mismo llegando al estertor final, sin dibujar con  precisión sus matices, repitiendo algo parecido a lo que martilleaba mi madre. Pero no por ello consigo ser mejor, ni sé muy bien de qué se trata eso de ser mejor. ¿Mejor que quién, que qué, sobre qué referencias de un mundo tan impuro como hipócrita? ¿Dónde la medida del bien y del mal acerca de la relación que hemos mantenido con tantas personas, ajenas, próximas o íntimas? 

Cuando me acecha esa figuración escucho dentro de mí una carcajada. ¿Puedo permitir, me digo, ceder al tan repugnante como perverso complejo de culpa? ¿Cuánto en la vida hay de auto castración? ¿Por qué son tan sinuosos los pasos del miedo sobre los que cada cual se afirma como hombre maduro?  ¿Cómo juega a los dados con nosotros la inseguridad? Entonces imagino que acaso un lejano día de mis orígenes alguien mefistofélico, atravesando sin permiso el umbral de mis padres, pudo prescribir tal estigma con un signum sobre mi frente. Al sospecharlo el turbulento orate que me acompaña con idéntica faz se revuelve aturdido entre mis vísceras.



(Fotografía de Eve Arnold)


miércoles, 29 de agosto de 2018

Rincones


















Hace calor. También aire. No son incompatibles. Si abro las ventanas se golpean. Pero me gusta observar cómo los elementos naturales juegan con los que hemos inventado los humanos. Escribo. Mejor dicho, trato de escribir. Articulo frases y corrijo las palabras buscando la precisión. Pero suelo traicionar la exactitud para dejarme llevar por la divagación. ¿No podría armonizarlas? Imagino un tanto alocadamente y me siento más libre si divago con imprecisión. ¿Qué clase de libertad es esa? Por supuesto, la instintiva, la animal que cualquier que intenta escribir lleva dentro. Luego releo las líneas que he trazado, que no son como las geométricas, aunque bien pensado ¿no hay acaso una geometría de la expresión? Todo es cuestión de observar. Lo escrito tiene volumen y formas como los cuerpos que nos rodean. Tal vez sea la sintaxis esa geometría especial con la que uno pergeña y tacha una y mil veces. ¿Cuántas veces soy infiel a la sintaxis? Prefiero no saberlo, no me gusta sentirme excesivamente constreñido. ¿O llamo constricción a mi inclinación al desorden, a mi rechazo implícito a las normas de la disciplina? Para justificarme me digo: se pueden decir las cosas de tantas maneras. Sigo intentándolo. Tanta vagarosidad de la que hago gala me dispersa. ¿Es en esa dispersión donde encuentro mi razón de ser? ¿O más bien, por el contrario, me alejo de mí mismo? Cuesta rehuir la presión de las fuerzas centrífugas y centrípetas, principio físico. Continuo. Pero el aire que entra por la ventana me produce un carraspeo, no obstante apenas aligerar el clima que hace en mi habitación. Percibo el olor del papel de los libros, la ropa que he sacado de la lavadora y aún no está seca, el olor que emite mi piel a medida que ejercito mis nervios barajando sugerencias para el texto. Suelo oler mi piel, extender mi camisa a la altura del pecho, apretar mis axilas, frotar mis cabellos. ¿Qué señas de identidad no están registradas en los olores que el cuerpo desprende? Además encuentro satisfacción en el ejercicio de olerme. Parece algo pasajero e insignificante pero al hacerlo evoco otra edad, reconstruyo otro espacio; tal vez sea la manera de reconocerme a medida que mi caracterización carnal ha ido cambiando. Combate iluso contra el ajamiento, tal vez.  Me consuelo ante el pensamiento que me hace temblar. Somos sobre todo Tiempo, me digo. Si el humano, supongo que todas las demás especies, es algo definido es el hecho de su temporalidad. Me gusta además tener conciencia de la temporalidad, lo cual es arriesgado. Sufres por lo perdido y por lo anhelado que nunca acabas de lograr. En el proceso, vives un tiempo menos pensado y escasamente decidido. No construimos el Tiempo. O adviertes o no adviertes que estás en él, pero te da igual porque no puedes escapar. Al escribir, al intentar escribir, mientras habito uno de los rincones del Tiempo sujeto de alguna manera al Tiempo y este, dadivosamente, me devuelve sus aromas.




(Ilustración de Robert Crumb)