sábado, 30 de septiembre de 2023

No respetan nada y si pudieran lo borrarían todo

 


No sé si es la mala conciencia que arrastran algunos, o que no creen en absoluto en la Democracia y la libertad de expresión, pero estos son algunos de los efectos con olor a odio que cunden por estas tierras castellanas. De mano de quienes siempre están quejándose demagógicamente de una España suya que dicen que se (les) rompe (porque no logran que sea suya del todo como hace décadas) 

Lo siento por Manolo Sierra, por los reivindicadores de la memoria histórica, o simplemente por cualquier ciudadano con mentalidad sinceramente democrática. Lo siento por las nuevas generaciones que van a estar condenadas a escuchar el discurso de falseamiento de la historia una vez más. En esta ocasión le ha tocado el turno a un mural de Manolo en el pueblo de Castroñuno (no llega a mil habitantes) En esta población había gobernado la izquierda muchos años. Pero tras las últimas elecciones municipales cambiaron las tornas. Lo primero que ha hecho el nuevo alcalde de la derecha es borrar el mural. ¿Por qué les suscita tanta repulsión que se reivindique la memoria de quienes aún permanecen en cunetas y páramos? ¿No superan algunos la verdad sobre 1936/1939 y la dictadura? Se ve que no gustan de que los muertos salgan de cunetas y páramos. Porque los muertos hablan siempre. Y cuando hablan cuentan.

En las viejas tierras de la Castilla profunda la libertad de expresión y las demás libertades corren alto riesgo. Se empieza borrando murales incómodos -o censurando conciertos o autores- y ve a saber cómo desearían acabar. Léase:


https://elpais.com/cultura/2023-09-27/el-nuevo-ayuntamiento-del-pp-borra-un-mural-republicano-de-manuel-sierra-en-un-pueblo-de-valladolid.html

https://www.eldiario.es/castilla-y-leon/sociedad/borran-mural-homenaje-victimas-franquismo-artista-manuel-sierra-castronuno-valladolid_1_10545268.html


miércoles, 27 de septiembre de 2023

Ariadna desde el laberinto grotesco

 



"El país que había perdido su alma estaba sentado con las manos vacías cerca del puerto y, cuando yo llegué, miraba con tristeza las aguas muertas. Pronto seré como ellas. Ya lo ves, no expreso nada, nada auténticamente mío. Pronto seré como estas aguas, un espejo indiferente, exclamó".

De Ariadna en el laberinto grotesco, de Salvador Espriu.


Vivías desde siempre en el laberinto y te preguntabas: ¿hay salida? Era la pregunta inocente, casi refleja. Infantil. Porque aunque te gustaba recorrer sus calles, sumergirte en los pasadizos y asomarte a las amplias galerías -el laberinto no es una geometría oscura y menos lineal- tenías la sensación de estar yendo y volviendo. Cada paso adelante sugería uno dado anteriormente. Al principio cada descubrimiento se te mostraba como una puerta abierta por donde podías escapar. Pero una vez que incorporabas lo nuevo a tu acervo tendías a resguardarte, con tu novedoso tesoro, porque el exterior, aun siendo atractivo y tender a dejarte llevar por él, solo lo observabas con temor y con incertidumbre. El laberinto te ofrecía seguridad y si había monstruos dentro de él los tomabas como propios. Si se presentaban aguerridos libertadores los recibías con la ingenuidad propia de quien confunde deseos con posibilidades, pero o se sometían al hábitat indestructible o se destrozaban entre sí, pues el guerrero solo es carne de otro guerrero y pocas veces hacedor de paz. Si a veces confiabas en la aparición de una Ariadna, que acaso solo anidaba dentro de ti, te deslizabas tras sus encantos, que no dejaban de ser ficción imaginativa tuya. Porque, ¿se reveló alguna vez como real la intuida presencia de una Ariadna? Probablemente más de una, o varias. O muchas. Todas las que cabían en tu afán de búsqueda y alguna que otra que se personificaba y acompañaba tus recorridos arriesgados. Allí fuera hay otro país, decíais en aquel corro de Ariadnas, guerreros, monstruos y tú mismo, cuando os arrimabais a la balconada donde el horizonte adquiría formas verbales y revelaba ansias corporales. Pero el otro país era también parte del laberinto, porque el horizonte no era territorio ajeno, sino reflejo del que habitabais.  


Si te interesan las citas comentadas de Ariadna de Asterión pásate por

https://ellaberintogrotesco.blogspot.com/



*Ilustración de Balbi López Santos.

lunes, 25 de septiembre de 2023

Las del puño, o cuando la mano se ajusta a los signos de los tiempos

 




Cuando yo era niño me dijeron que no se me ocurriera jamás levantar el puño. No supe la razón, pero sumiso como yo era, acaté el mandato, no sé ahora si paternal, magistral, clerical o del funesto partido único. Sería cosa de todos. Tampoco entonces se me habría ocurrido, nadie me enseñaba a intentarlo. Qué pena, pienso ahora, que se reprimiese una actitud que el bebé esgrime por necesidad y sin vergüenza. Me llamaba la atención entonces, por el contrario, eso sí, que algunos levantasen con energía desmesurada la palma de la mano en dirección oblicua. No era frecuente ni cotidiano, solo en determinados ámbitos y circunstancias. Preciso: eso en mis tiempos; en los anteriores debió estar a la orden del día. 

Años después ya fui sabiendo del simbolismo de ambas posiciones de la mano que sobre todo hacían ejercicio de las propiedades de su maravillosa anatomía. En ambos casos el puño hacia o contra el cielo y la mano extendida a medio camino entre el cielo y el infierno -lo oblicuo siempre es tan dual e impreciso, al menos hasta que se define por otra trayectoria- se pretendían Poder, si bien en aquel país de cementerios osar por el puño definía al hundido, al resistente, al que basaba su humilde pretensión de Poder en el agrupamiento, siempre perseguido, de los proletarios. Mala cosa, pues, levantar el puño aunque hubiera infinidad de motivos. 

Poco a poco del mapa político fue desapareciendo la mano larga y atreviéndose, con alto coste, el puño en alto. Aunque esta exhibición solo se decidía grupalmente, a ver quién era el majo que lo hacía por su cuenta por la calle. Impensable. Levantar en puño en una huelga era anhelar un poder en potencia, una entelequia probablemente como tantas otras. Ya se encargó la revolución -¿demediada, traicionada, utópica...?- de la soviética Unión de demostrar que a un Estado sustituye otro Estado cuyo poder siempre queda en manos de élites.

La sorpresa para muchos nativos de aquí fue cuando empezamos a saber de otros que levantan el puño allende el océano. Los negros. ¿Se acuerdan de aquello del black power? Vaya, dijeron algunos por estos lares, esto del puño tiene un carácter más religioso y universal de lo que nos pensamos. Y los negros maltratados de toda la vida y los que se revolvieron contra la guerra de Vietnam, allá en el país de los ricos -es un decir- de los USA, lo levantaban con el orgullo de quien adquiere fuerza y cree que se va a comer, esta vez sí, el mundo para siempre.

Con el tiempo, uno empezó a distinguir entre alzar el puño de rabia, gesto de una lucha, en una situación y contexto de conflicto, y levantarlo convencionalmente en una procesión organizada festivamente y respaldando a siglas. Con todos mis respetos a la expresión de cada cual.

Y entonces llegaron ellas. Las triunfadoras de una competición, pero doblegadas a unas estructuras de empresa deportiva que las tenía por debajo, para no variar. Porque el deporte negocio del fútbol siempre fue de hombres macho hasta en las cúpulas de sus negocios, equipos y federaciones. Y en las gradas, mayormente. Llevaba cuatro días como quien dice esto del fútbol femenino y hay que ver cómo han espabilado estas mujeres en tan poco tiempo, debieron pensar los tuteladores federativos. La historia es presente -algunos dirán que por lo tanto no es historia- pero quiero decir que la narración está en marcha sin estar claro del todo qué desarrollo argumental tendrá y mucho menos si habrá final o permanecerá abierto. De momento ellas, las jugadoras, las futbolistas -miren que futbolista siempre me pareció femenino por mor de la vocal a, solo traicionado por el artículo masculino- además de ganar una competición mundial han plantado sus reales y sin vergüenzas ni complejos han levantado el puño. Ojalá se cumpla el lema de la pancarta. ¿Se habrá acabado del todo, no solo en este ámbito sino en todos? Poco a poco, esperemos.



viernes, 22 de septiembre de 2023

Nunca se va el pasado del todo

 



"Ese vuelo apartado
la mirada ya ajena
disolviéndose"

Del poema Adjetivo demostrativo, de Ariadna de Asterión.


Fue el instante después. ¿Después de qué? Ese instante se llama alejamiento. 

La grávida se vuelve una vez más y observa la espalda del hombre, menos erguida y firme que hace años, cuando lo amó. Aquello, ¿solo fue una iniciación pasajera porque las circunstancias no permitían asentar nada más? ¿Experiencias de juventud? ¿Hacer lo que hacían todos? Pero lo nuestro cuajó y hasta cierto punto duró, se dice en su debate repentino. Una apenas recordaría lo efímero. Maldito encuentro, se irrita. Y encima, ¿por qué he tenido que vincularle al despedirme? ¿A cuenta de qué se me ha ocurrido sugerirle si iría a ver a mi hijo cuando naciera? 

Le asaltan recuerdos que había soterrado y ahora le parece un desatino hurgar en ellos. Para apaciguarlos pone la mano con parsimonia protectora en la expresión de su preñez. Acaricia despacio aquel hábitat de vida. Imagina al individuo que se va haciendo allí dentro y suspira. Solo desea concentrarse en su estado actual. Conjurar con él toda frustración. Desdeñar pensamientos inútiles, del tipo: si yo hubiera seguido con...No puede ser que un encuentro haga reverdecer mi pasado, se tortura con levedad. Salvo que...Se queda pensando. Y ella misma se responde. Salvo que una situación que quedó abierta pero que tuvo significado siga alentando una morbosa curiosidad. Cuando no un oscuro deseo latente. Es lo que algunos llaman cierre en falso. ¿Cuántos cierres en falso no hay a lo largo de la vida en nuestros comportamientos? 

La mujer se detiene ante un escaparate. Se contempla con orgullo. Exultante en su coquetería merecida. Hace resaltar su vientre creciente para que la imagen le devuelva una realidad que desea completa y, si es posible, feliz. Ya no cabe en mi momento actual el hombre. Y menos ese hombre -está a punto de corregirse y decir este hombre- con que la casualidad me ha cruzado. Mi hombre ahora mismo es el que hago. ¿Por qué le atosigan los rescoldos de una hoguera extinta? ¿Por qué la memoria busca resquicios y subterfugios para desbaratar una realidad inapelable? 

Se tortura con las últimas palabras, que creía olvidadas, y que reviven misteriosamente, de aquella separación dolorosa y antigua. Cuando ella, yo, se dice, me levanté áspera y con urgencia diciendo que iba a perder el último suburbano. Y él: ¿No puedes quedarte siquiera por esta noche? Ya sabes que no, le repliqué con soberbia. Pero tu lugar está aquí, porque yo soy tu lugar, trató él de imponerse o de proporcionarme al menos una esperanza. Huí, lo reconozco, tal vez sin calibrar que aquello no había terminado en una discusión más. Que concluía más bien con todas las discusiones.

Continúa observándose ostentosa en el reflejo del escaparate. Se sonríe a sí misma, ahuyentando cualquier atisbo de amargura que no debería ya caber. Decide premiar su ánimo, aprobar su decisión. Tú eres ahora mi hombre, le  habla con una palmadita al feto que está construyendo en sus entrañas.





*Fotografía de René Groebli.

martes, 19 de septiembre de 2023

Paisaje tras la ceremonia

 



"Hace ya algunas horas que está aquí.
Partes de su cuerpo, no las más íntimas
pero partes de su cuerpo, se han esparcido
y repartido por cuatro o veinte esquinas
de esta habitación. Y ahora vivo
dentro de lo que amo".

Del poema Útero, de Gabriel Ferrater en su poemario Las mujeres y los días




Él duerme, yo velo. Él se agota en el esfuerzo, yo me recompongo. A él se le impone el desgaste. Yo me nutro de su cansancio. Ni vencedores ni vencidos. Ni sometedores ni sometidos. Ni fantasmas ni ataduras. Fue el instante y yo lo tomé. Él exudora inconsciente en esa mezcla de sudores y jugos que le explican como hombre y le abandonan a una orfandad que yo debo sujetar. Porque todo hombre es un desvalido que no es consciente de su estado. Yo me conformo con verle apaciguado y sin huida. No, este hombre no es como los demás. No, tampoco se ha tratado de repartirnos los roles. A estas alturas una distingue de sobra qué persigue cada cual. Busco la coincidencia, no utilizo a nadie. Asiento la libertad de mi placer, que hoy ha sido convergente con el suyo. Él sonríe bajo sus párpados caídos. No puede evitar esos labios aún suplicantes, diría que sedientos. Incluso al moverlos ligeramente debe creer que aún prosigue en su entrega. Quiero observarlo, no por curiosidad, que ya he constatado con otros, sino porque no me ha amado como si fuera una conquista. Su lasitud es parte de la ofrenda que ha realizado para mí. No es casual que sus manos aún palpen mi espalda, o que  sus piernas no se hayan desenredado del todo de las mías. Al contemplar su modorra me reconcilio con el hombre. Conjuro las malas experiencias. Repongo el infortunio de haberme sentido sometida, si no obligada, en determinadas ocasiones. Cuando una condescendía, y aún no sé por qué, sin haber querido. Cuando una se levantaba a la ducha, huyendo y buscando una purificación, mientras el hombre que se había desahogado a su costa caía en una reposición puramente animal. Con este hombre, por el contrario, he bailado ritmos nuevos, donde los sentidos y las emociones han ido de la mano. No es un hombre más, solo en apariencia y acaso ante ojos ajenos. No ante mí. Él se sabe a prueba. Yo me sé a prueba, como si fuera la iniciación de dos púberes ante el papel en blanco del amor. Hemos desafiado aprendizajes mediocres y comportamientos convencionales, que es tanto como decir haber mitigado ahora viejas insatisfacciones. Haber llegado hasta aquí desentraña incógnitas perseguidas desde siempre. Vivo el instante, intento que persista. De pronto balbucea algo en sueños y sus labios dibujan el perfil amable de la sonrisa, acaso el del agradecimiento. Yo le tomo la mano por si llega hasta sus sueños. Está calmado y en estos momentos en que los dos nos reponemos la partitura de nuestra música permanece abierta. Hay una ejecución pendiente. Tal vez la buena composición, la creativa y que nos hace volar, nunca se cierra del todo. Solo se amolda y se recrea conforme se orienten los sentimientos y los significados. Yo me busco. Él se deja encontrar.





*Fotografía de René Groebli.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Desplazamientos

 



La mujer durmiente tal vez soñaba lo vivido. O vivía lo imaginado. Acaso ensayaba subconsciente lo que hubiese deseado y no tuvo. O bien quería prolongar lo tenido pero que una vez desapareció. Los sueños son justicieros. Devuelven posesiones y compensan carencias. Reviven goces pero pueden resucitar fantasmas. Estimulan anhelos íntimos y acogen rechazos. El traqueteo del tren incentivaba ritmos que ella traducía desde la fuga somnolienta. ¿A dónde pretendía ir? ¿A una vida rutinaria y sin compensaciones? La duermevela es traidora e inestable. Recurre tan pronto a pensamientos como bucea en las fantasías. Aquellas propuestas del hombre en el baile, ¿hasta dónde alcanzaban? Fundían sensibilidades. Traspasaban desconfianzas. Aproximaban apetencias. ¿Por qué no se había decidido a viajar al firmamento en el preciso momento en que la noche lo propiciaba y él, respetuoso y delicado, le brindaba una contemplación menos metafísica pero más satisfactoria seguramente que la del parterre? En aquel jardín ambos habían observado el universo exterior mientras paralelamente trataban de tantear el más próximo. Sus personalidades, sus emociones, sus apetencias. Pero los instantes o se toman según llegan o se extravían, sin garantías de una nueva oportunidad. El cabeceo de la mujer seguía a un ritmo onírico que no podía controlar, pero que era suyo. Y en aquella convulsión, que le hacía sentir pero no estabilizar, percibía la intensa llegada no solo de aquel hombre enigmático que había bailado con ella, tan desconocido aún, sino el azoramiento producido por antiguos rostros casi olvidados, cuerpos que la habían elevado o personajes que la perjudicaron. En un cruce de vías se sobresaltó. Alarmada por el despertar brusco las escenas soñadas la golpearon a la par que se rompían. Percibió emociones contradictorias. Miedos agudos, temores confusos, estímulos apasionados, urgencias que la cargaban de ansiedad. Peleaba consigo misma. ¿A qué origen pretendía retornar en una huida que la frustraba? Se espabiló y a punto estuvo de levantarse airada y tirar del freno de emergencia. En la primera estación me bajo, chilló. El viajero que tenía enfrente la miró sorprendido. ¿Qué traviesos son los sueños a veces, verdad?, arriesgó con cortesía.



* Fotografía de René Groebli.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Grávida

 



Pasó a mi lado. Acababa de dejar en la estación a mi bailarina del azar. Al principio no la reconocí. Fue ella la que detuvo sus pasos. Oh, eres tú, dije. Me costaba pronunciar su nombre. Yo y no solo yo, dijo descubriendo lenta y teatralmente su chaquetón. Al ver su gravidez no sabía si contestar ¿y esto?, pero sonaría vulgar y despersonalizado, algo así como la exigencia de una explicación que no tenía por qué darme. Opté por algo convencional. ¿Te falta mucho? Luces espléndida. Acaso lo dije a la inversa, y puede que fuera muy estereotipado pero ella no iba a rechazar mi impresión. Ganas me entraron de saber con quién o de quién iba a ser parte aquella obra que a tenor de su redondez se intuía tan hermosa. Reprimí la curiosidad que, en todo caso, hubiera sido malsana. Además de irrespetuosa e impertinente. Un mes, aclaró, si no hay dificultades imprevistas, que espero que no las haya, y suspiró. Yo tartamudeé ligeramente. ¿Lo deseabas? Fue categórica. Lo deseaba, sí, ha sido buscado. Intensamente buscado, tanto que el padre no ha pasado de ser la ráfaga de una noche. No sé qué rostro pondría yo o qué quiso ver en él. Tal vez la pista del asombro. O de la contrariedad. Como un golpe a mi antigua soberbia fue taxativa. En realidad lo hubiera querido ya cuando tú y yo estuvimos juntos hace dos décadas largas, me soltó mirándome a los ojos con una mirada de veinte años atrás, pero que ahora sonaba a desquite. Por un instante permanecí petrificado. Hace dos décadas. La frase resonó en mi archivo despreocupado de la memoria. Y pensé en qué hacía uno entonces. O qué hicimos ambos, nosotros que no vivíamos el mundo si no lo participábamos con una intensidad inusitada. Que queríamos prolongar una juventud despreocupada y soñadora. Sé que irá todo bien, te lo mereces, acorté el encuentro. Volvió a fijar su mirada en la mía. El silencio que se asentó en ese momento entre los dos me pareció espantoso, preñado de tormenta. Creo que a ella le faltaba decir: si tú aún quisieras, aunque el hijo no sea tuyo... Y yo, presuntuoso de mí, a punto estaba de ceder a una emoción que me obstinaba en reprimir. Pero ¿puede y debe uno sucumbir a los mejores tiempos del pasado, cuando ya son inexistentes? No sé si cometí el error de acariciar un instante su mejilla. Como si nada hubiera quebrado entre ella y yo hacía siglos. Ella sonrió agradecida, esbozando un rictus de cierta aflicción. Cuando ya partía cada uno para su destino se volvió. ¿Irás a verlo?, alzó la voz tímidamente.



*Fotografía de Isa Marcelli

lunes, 11 de septiembre de 2023

Fuga en la noche

 



"...como ríos secretos de la noche
que habitan la piel de otros cuerpos"

Del poema Solo entonces el cielo, Victoria Díaz



Usted sabe que aquí no podemos proseguir ni un minuto más, estimado amigo. ¿Quiere decir que un baile que merezca la pena hay que ejecutarlo como ejercicio de libre invención, señora mía? ¿Y en un espacio más desenfadado? Esa es mi impresión, señor desconocido. Continuar en este salón, además de asfixiante sería perder el tiempo. Bien debe saber que dos bailarines no deben verse nunca abocados a desaprovechar la ocasión. Y no me cabe duda de que ninguno de los dos somos convencionales. ¿Quiere decir que mejor dejarnos llevar por una danza menos artificiosa y acompañarla con una música secreta? Salgamos a un espacio más libre, pues. La noche es fresca, pero clara. ¿A quién no le inspira una noche apacible en que se diluyen las obligaciones? Y este firmamento bien vale una contemplación que otros se empeñan en rechazar. El hombre, decidido, no ha esperado respuesta y ha tomado la dirección de salida. ¿No pensaría usted dejarme sola, a merced de esos ebrios de mirada turbia?, le detiene ella.  Yo no pienso, no obligo. Si es atrevida preferirá arriesgar una diversión donde se encuentre a gusto. La partida comienza. Podemos intentarlo, si me garantiza...No garantizo lo que usted no quiera, señora. Además usted se pregunta qué propongo. Pregunta vana porque a su vez usted tiene en su cabeza la misma proposición. ¿Qué le parece si...? Los dos se detienen en el parterre, apoyan sus manos en la baranda. El cielo está salpicado de planetas, dice él. Unos se ven, otros hacen guiños. Todos ocultan. Pero nunca defraudan. ¿No ocurre como con el baile de aquellos que se encuentran por azar? Ante este paisaje, tan fantástico como sobrecogedor, uno no se aburre nunca y a poco que distingas la ubicación de las estrellas más próximas te sientes compensado. Le intuyo decepcionado, amigo mío. ¿Por lo que hemos dejado dentro? ¿Por ese escaparate donde ambos hemos sido objeto de comidilla? ¿Con toda esa turba lasciva que la ha desnudado y que a mí me ha envidiado? En absoluto. Simplemente no me entusiasma. Aunque mi experiencia de esta noche es diferente. Nadie lo diría, se muestra irónica la mujer. ¿Usted cree? Parece entonces que usted pretende comparar...¿El universo que se oculta tras otros universos? ¿Con dos meras partículas de otras partículas como nosotros? Sería tan presuntuoso de mi parte...Mas estamos aquí ambos, recién nos hemos conocido, ¿o habría que decir mejor coincidido?, y usted sigue esperando una propuesta determinante por mi parte que acerque algo del firmamento a nuestros sentidos. ¿Oye el rumor de esa corriente de agua próxima que refresca el pensamiento e incentiva el saludable deseo? ¿No le recuerda que las vidas siempre se mueven al borde de ríos? ¿Quiere decir que...?  Quiero decir que...




* Fotografía de Vee Speers

sábado, 9 de septiembre de 2023

La mujer de la tierra

 


Una vez yo nací de una mujer de la tierra. Escuché el mundo desde su vientre cálido y mi salida fue abrupta. Si lloré en aquel instante fue por aquello que otros humanos llaman instinto y acá en mi tribu denominamos desarraigo. Llorar por abandonar una rara, pero apacible, condición oculta, y destinado a afrontar la luz de un mundo visible diferente y no siempre claro. Y sumamente agitado. Al nacer me aferré tanto a aquella hembra que solo sabía nutrirme de ella. Bebía y comía de su exuberancia frutal. Me calentaba entre los firmes vericuetos de su cuerpo. La protección me llegaba enredándome entre las lianas de sus extremidades. Los cuidados de mi organismo eran reflejo del esmero higiénico del suyo. Su pìel me aportaba sensaciones que se renovaban. Sus caricias desarrollaban lenguajes primigenios que me hablaban con los tactos del placer y del apaciguamiento. Ella sabía estimular mis risas y calmaba mis llantos. Y lentamente se procuraban en mí profundas emociones inclasificables, porque todo era único y procedía del mismo origen. Porque entre ambos no había división. Si algún adulto me la disputaba, yo me interponía. Fui intuyendo que ella precisaba también del hombre de la tierra y, aun odiando a este, aprendí a disimular, que es una de las formas primitivas de la mentira. Mas la mujer siempre volvía a mí. Yo no renunciaba a la dependencia hacia ella, buscando de esa manera que permaneciera una mutua sujeción. Yo que la motivaba. Ella que se mantenía, sin retroceder, para que yo avanzara. Yo que la consideraba pertenencia. Ella que aceptaba someterse a servidumbre conmigo. No sé en qué momento quebró el vínculo, acaso solo parcialmente. Supongo que de mí la tribu exigía una actitud acorde a los roles. Tal vez ella sabía lo que nos esperaba a ambos, pero jamás vi que se sumergiera en la resignación. Siguió apoyándome. Porque antes habíamos generado nuestra propia religión impenetrable. Los dos nos adaptábamos sin invadir espacios propios. No quiero olvidar, no olvido. El hombre de edad nunca prescinde de la mujer de la tierra. En sus carencias la evoca. En sus desgracias la invoca. En su estertor la exige (otra vez el niño llorón) una salvación imposible. Ella a cambio no le niega este postrer consuelo. 



(Dedicado de nuevo a los territorios ignotos de América)


* En la fotografía Kanamashi Yawanawá, por Sebastiao Salgado.

jueves, 7 de septiembre de 2023

La danza del fuego

 



La está mirando fijamente mientras habla, pero ella desvía los ojos hacia el aura que percibe en el contorno de su cuerpo. El hombre lo advierte y le divierte. Se lo hace saber. ¿Por qué no me mira de frente? ¿Le recuerdo a alguien o no se fía de mí? ¿Teme la incandescencia de mi aspecto fatigado? ¿Le decepciona la imagen que mi astenia dibuja? ¿Esperaba que mi vigor interior fuera correspondido por una apariencia acorde? ¿Imaginaba que el ritmo que impongo hiciera crecer un canon apolíneo? ¿Qué teme descubrir en mí? Y sin embargo usted sigue mis pasos, se deja llevar absorta, se abandona a una letra no escrita. Nada hay preestablecido en mi conducta. No repito nunca el pasado. No doy por aprendido del todo lo experimentado. Aunque dé la impresión de que me deslizo sobre el viento en realidad no me muevo tanto. Solo espero. Usted, como yo, atiende a la ejecución de una cadencia, pero los sonidos no permanecen nunca con su misma entonación, ni los movimientos se asientan, ni los tiempos quedan definidos y ajustados. Observe que no soy una mirada, sino  que soy sobre todo la palabra. Quédese inmóvil pero no inactiva, siguiendo el curso de una voz y deleitándose con la contemplación. Entiendo que usted es una mujer avisada ante la llegada de un hombre. Y que se reconoce muy avezada a la hora de sentir la llamada de la pasión. Mas, ¿acaso una nueva llamada se parece a la anterior? Déjese fluir. El paisaje despeja su frondosidad. La partitura no está escrita. Los sonidos son ancestrales. Los movimientos, primitivos. Los rituales, tribales. Los gestos, invocaciones. No tema la danza del fuego. 




*Fotografía de Sally Mann

lunes, 4 de septiembre de 2023

El elegido


 
¿Por qué me ha elegido?, susurró a su oído. ¿Tiene eso alguna importancia?, musitó ella,  obviando el fragor de la orquesta. Le he escogido y ya está. ¿Cree que este baile es nuestro baile?, preguntó muy quedo el hombre. ¿Por qué no? Los bailes son lo que tienen. Su ritmo los convierte en una impecable presencia. Se ven empezar pero no terminan cuando parece que lo hacen. Incluso después de acabarse uno lleva en la mente la música y también su cadencia. Yo no hablaba del baile. Yo tampoco. Y sin embargo ¿qué otra cosa hacemos los humanos sino saltar, danzar, sujetarnos y disolvernos, y volver una y otra vez sobre nuestros pasos? Para mí sus pasos son tan nuevos como los míos, apuntó la acompañante. ¿Sabe por qué? Porque son diferentes. Y para mí también, no me veo el bailarín de siempre ni usted se presta a seguir ordenadamente mis movimientos, y el hombre mientras hablaba hizo un quiebro. La mujer se apretó sin remilgos al cuerpo nuevo. He bailado con muchos, y aunque no todos sabían conducirse conmigo yo dejaba que fluyera su iniciativa. Bailar con otros cuerpos no era ni mejor ni peor que este baile de ahora. Pero este, este...no sé lo que tiene. Intente precisarlo, sugirió él. La mujer acopló con firmeza el brazo a la espalda del hombre. Es, ¿cómo decirlo?, el que se adecua al instante. El hombre se siente instalado con comodidad en aquella aparición que le ha sacado a bailar. Necesitaba aquellas palabras tan libres como sinceras. Precisaba ser acogido. El instante que merece la pena, dice, ¿no es aquel que proporciona a la par serenidad y disfrute como una armonía improvisada? ¿No es el que otorga seguridad a los que han aceptado el juego recóndito? Ella le mira con desafiante ternura. ¿Ha pensado que acaso a una le apetece a veces ir más allá de la calma para procurar un goce que puede resultar implacable? Lo he pensado, responde el hombre, pero usted marca el paso. 




*Fotografía de René Groebli

sábado, 2 de septiembre de 2023

El cuerpo del amor

 


No te rindas a ti mismo. Tampoco te resistas a mí. Aquí no habrá ni vencedores ni vencidos. Ambos tenemos que ofrecer al otro el valor del cuerpo. Valga el intercambio. A ninguno de los dos nos enseñaron tal valor y menos la manera de afrontar lo que dentro iba reclamando. ¿Hemos aprendido de manera contradictoria? Las contradicciones son maestras permanentes. Apenas superamos una cuando otra agazapada nos asalta. Error, defecto, imprudencia, indecisión, riesgo, incertidumbre...Cuántas caras utilizan las contradicciones. Pero solo hay una verdad. Nuestros cuerpos. Tú te muestras, yo me enseño. El punto de partida va a convertirse en el destino. Origen y fin se revelan como complementarios. ¿Quiere decir que convergen o solo se prestan? Somos coincidentes: también un préstamo, una intercesión mutua. ¿Sin sublimar? El encuentro de los cuerpos conlleva una cierta sublimación. Pero no es la posesión definitiva del tiempo, es disposición circunscrita al límite. Es la adaptación a un ámbito generado por el azar. El cuerpo sabe. Reclama, recrea. Es hábitat donde participamos. Sin él no hay ni respiración ni afectos ni ideas ni emociones. Ni un nombre detrás. Ni ese personaje de la obra con una duración llamada vida, aleatoria pero ineludible, que se empeña en su rol. Cuando vienes aquí yo estoy yendo ahí. De explorar el cuerpo se pasa a ocuparlo. De sentir el cuerpo se va a rozar la evanescencia. Tú lo tomas. Yo lo acepto. ¿Cuántas derivas en esta navegación? Yo las nombro a voleo. Adopción, arrebato, aprehensión, disolución. No me resisto. No me rindo.



*Fotografía de Taichi Gondaira

jueves, 31 de agosto de 2023

Aquellos días de Coyoacán

 



"Has vivido lo bastante para ver cómo todos aquellos que querían librarse de la estrangulación del pensamiento, de la estrechez de la uniformidad, eran aplastados y triturados. Has tenido que ver cómo todos tus compañeros se hundían. ¡Y sin embargo conservas tu optimismo!"

Personaje Diego Rivera en la obra de teatro Trotsky en el exilio, de Peter Weiss.



Los tiempos eran muy convulsos, Ilya. Además no es un suceso de ayer precisamente. ¿Cuánto tiempo hace de eso? Da lo mismo. Desde entonces el mundo ha dado infinidad de vueltas y de aquella etapa ya no queda nadie. Tú y yo somos como si no fuéramos nadie, no computamos, que dicen ahora los modernos. Si no fuese por las hemerotecas y los documentales el rastro se habría borrado definitivamente. Aunque tampoco es del todo cierto. Ambos volvemos renqueando a aquella casita de Río Churubusco donde habíamos estado unos días antes del aciago acontecimiento. ¿O fue la víspera? Le dicen museo ahora, nos reciben como turistas y nosotros callamos lo que sabemos. 

Me cuesta recordar, Ilya, ya ves que no estamos para caminatas y poco para los largos recorridos de la memoria. Si no hubiera tenido lugar entonces el infortunado suceso habría devenido más tarde. La mano extensa de los dictadores no encuentra límite. Y las políticas que quieren ser dominadoras suelen tener recorridos sin medida y desbocados. Fue la de aquel nefasto oportunista del Kremlin pero puede ser la del sátrapa de Teherán o la de un nuevo caudillo demagógico de nuestra América o del nuevo zar de la actualidad. La historia también es la de una relación sucesiva de déspotas sanguinarios. Es una constante histórica la persecución de los disidentes, dentro y fuera de las fronteras de un país. Ilya, tenemos demasiados años para lamentarnos y prefiero quedarme con los gratos recuerdos. 

Quién no cometió errores en su momento. Quién no optó por unas ideas utópicas y respondió con unas estrategias baldías. Quién no se dejó llevar por principios que se pretendían morales y acababan siendo venales. Sé, Ilya, que te preguntas lo mismo que yo. ¿Fuimos extremadamente incautos? ¿No supimos ni prever ni valorar los riesgos? ¿En tanta euforia nos bañamos que nos fiamos en exceso de algunos colaboradores? ¿Pensamos que no llegaría aquí la mano implacable de la brutalidad? La presencia mítica, y aún reciente, de lo sucedido en España nos cegaba, en aquel afán por no terminar en la depresión. ¿Cómo íbamos a sospechar que precisamente un español, el que menos derecho y en apariencia razones tenía para cometer el acto ominoso, iba a ser la mano ejecutora? 

Lamento que la fotografía amable que me envías, y no quisiera que esta fuera la última vez de nuestro intercambio epistolar, me conduzca a reflexiones amargas, pues ya estamos de sobra curados de espanto. Esa foto no se merece sino una evocación alegre y conmovedora. Siento también que mis observaciones hayan obviado a aquellas chavas con las que compartimos camaradería, entusiasmos y amores. ¿Debería inquirirte acerca de si sabes cómo les ha ido a ellas? No dejo de preguntarme si el olvido es una puerta que se cierra necesariamente. Si tú aún mantienes vivo un ápice de recuerdos de aquella época, trata de evocar lo que puedas como un acto de reconciliación con la vida. Antes de que nos echen.





martes, 29 de agosto de 2023

Inscripción de un poema

 



Maestro Kitagawa, recíteme el poema que ha dibujado en mi piel. La escritura se extendía vertical a lo largo del cuerpo de la mujer. El maestro limpió el pincel con lentitud y lo depositó sobre el soporte de loza. Envolvió el taco de tinta que no había diluido y se frotó con un paño las manos. Yo no he escrito nada que no trajera tu naturaleza original, sonó su voz paciente. Maestro Kitagawa, pero no nací con escritura alguna. El pintor contempló el texto de un extremo a otro. Verdad es que nadie nace sino con su propio lienzo en blanco. Mas el curso del tiempo se encarga de desarrollar los signos y componer las sílabas que emerjan de su propia piel. ¿Acaso sabe el tiempo cómo hacernos crecer, maestro? Él agitó la cabeza, ondeando la coleta que le adorna. Sabe dotarnos de emociones que apuntalan los sentimientos. Maestro Kitagawa, no se ofenda, pero otras mujeres lucen pinturas flotantes, y dicen que han salido también de su mano. Sonrió el hombre. La caligrafía que te recorre es también imagen y además palabra. ¿Qué queja puedes tener, si te he reflejado más completa? Maestro Kitagawa, no debe dejarme con la intriga del significado del poema. Kitagawa la condujo entonces frente a un espejo. Ve girando, la dijo, y recita tú lo que lees ahí. Si yo hablara profanaría el santuario del dibujo y, lo que sería peor, desvirtuaría el sentido del poema. Porque tú eres su propia autora y espera tu voz.





* Fotografía de Taichi Gondaira.
 

domingo, 27 de agosto de 2023

Tactos

 


No corre aire alguno que haga sonar la seda de tu vestido. Ni roces, ni vibración, ni movimiento. Esperas mis órdenes, te lo han enseñado. Pero yo tampoco me muevo. Mis manos asoman por la cuadratura de las mangas reposando sobre los muslos. Permanezco atento a una señal tuya, aunque digan que a mí no me corresponde reaccionar. Me sabes aquí, como cada día, al tiempo marcado para la ceremonia. Ni tu kimono ni el mío romperán su rigidez ni saltarán por encima de sus geometrías antes de la hora secreta. Cuando las luces del día se han extinguido y la penumbra confunde nuestras miradas. Cuando el silencio se afianza más. Solo entonces el tacto enciende los lentos ejercicios de desatar mutuamente el obi, que liberará espaciadamente a nuestros cuerpos de la vestimenta ritual. Lo que está por venir será celebración. Y a través de ella ambos nos profesaremos un culto mutuo donde confluyamos en la fe de los sentidos. Cuando dejamos de lado lo estéril y baldío. Cuando desechamos lo sobrante para acceder a la posesión más pura. Cuando hacemos agitar el único viento que merezca tal nombre.





 * Fotografía de Taichi Gondaira.

jueves, 24 de agosto de 2023

Cintéotl en mis manos

 


No ponga esa cara, profesor. Es auténtica, yo no podría engañar a un especialista de Yale. 

El anticuario se mostraba cercano conmigo. No pongo en duda su criterio, le respondí, pero necesito, digamos, ciertas comprobaciones. Por supuesto, llévesela, investigue, pero no se tome un tiempo excesivo. Hay compradores menos sabios que usted -y ahí me molestó un poco su adulación- que estarían orgullosos de hacerse con la estatuilla. Me pareció oportuno imponerme. Nunca me ha gustado que me presionen y menos que me extorsionen. Para nuestros fondos arqueológicos tiene un valor, pero no la vemos imprescindible, le interrumpí  en una especie de regateo. Usted y yo, amigo Juárez, nos entendemos desde hace años. No perdamos los papeles, ¿le parece? 

El anticuario reculó, expandió una sonrisa correctora, y al extender las manos buscando una afabilidad conmigo que él mismo había puesto en riesgo, no pudo evitar sonrojarse. Sí, naturalmente, dijo atropellándose, usted y yo, profesor, formamos un gran equipo. Busqué salvar la situación un tanto brusca. Usted, Juárez, se habrá informado con amplitud del mito que rodea el significado de esta escultura, ¿no es cierto? Puso cara de no querer ser examinado. Supongo que responderá a la mitología admitida, replicó. ¿Qué tiene esta que la diferencie de otras? Trató de tirarme de la lengua pero yo reaccioné enigmático. En ello estamos en mi departamento de culturas de Mesoamérica. Creemos que hay una intención oculta en la figura, pero para nosotros es importante certificar la época y el material de la que está compuesta. 

Juárez adoptó una actitud expectante. No, yo no me había precipitado por error o por emoción, lancé la caña simplemente. Ah, ¿no es solo de barro cocido?, saltó provocador o herido por mi provocación. No lo sabemos, dije. Si hay algo en ella que le califica como extraordinaria quiere decir que también la narración de los mitos puede tener otra deriva. O, digámoslo de otro modo, otra intención. Y donde hay intención hay culto, cuando no advocación. Es algo que los hombres han instaurado, temerosos de las fuerzas de la naturaleza o de la potencia de otros hombres, desde tiempos primitivos.

Al anticuario se le precipitó el sudor. Quise frenar su nerviosismo y poner terreno neutral entre ambos. No me diga, insistió Juárez, que no se trata de un dios o una diosa del maíz, como otras imágenes que abundan. No he dicho eso, sería inapropiado por mi parte aseverar lo que aún no conocemos a fondo. Y los elementos formales no van a la contra, lo puede usted ver claramente. Pero imagine que hubiera un material recóndito, mezclado con el barro, y que los autores hubieran pretendido con ello una representación novedosa, incluso herética. Algo así como si hubiera existido una mano clandestina e iniciática detrás, y en ese caso quién sabe si no nos pondríamos en la pista de una secta que pretendía trastocar el sentido tradicional de los dioses admitidos. 

Juárez me miró con incredulidad. Este gringo está tratando de envolverme, debió pensar. Observé en él una sonrisa que le traicionaba. ¿Sabría algo que no sabía yo? Oh, sería asombroso que estuviéramos ante un panteón ampliado, dijo haciendo alarde de conocimiento. Y mire que ya hay infinidad de dioses pululando en las culturas que nos precedieron. Sería algo extraordinario, rebajó la voz mientras se acariciaba su afilada perilla troskista. Continuó ilustrándome a su manera. Hasta ahora, aunque existen varias lecturas relacionadas con esta divinidad, no se ha puesto en cuestión su papel. Honraba a la fértil naturaleza que otorgó el milagro agrario en estas tierras. Todos los relatos van en esa dirección. ¿Qué podría alterar la tradición oral, profesor?

Tuve que dar marcha atrás. Si él sabía algo mi trampa no había funcionado. No tengo respuestas concluyentes, dije procurando dar por finalizada una conversación comprometida. Pero imagine de nuevo, y ahí no podía permitir que Juárez se me impusiera, que hubiera una versión oculta en que la serpiente se hizo aliada de los hombres para poner en sus manos el poder del cultivo, que es tanto como decir el acceso a la alimentación, sin necesidad de que dios o diosa alguna intermediara. Y que un pacto del animal sibilino y del mortal inteligente y hacedor les elevara a su vez a la condición de una deidad de las sombras. ¿Un nuevo ser híbrido?, osó todavía Juárez.

Buena jornada, me despedí, tendrá mis prontas noticias. Y gracias por el préstamo, me mostré cordial mientras envolvía la figurilla en una cajita de poliespan. No sé si tragaría mi arriesgada retórica o a su vez le habría confirmado alguna de sus sospechas. Este anticuario, pensé, tiene en su haber que va más allá de pertenecer a la masonería.




(Dedicado a América)


lunes, 21 de agosto de 2023

Abatimiento

 



"Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que solo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad."

Milan Kundera, La inmortalidad.


Dando tumbos el hombre anduvo unos pasos y contempló el umbroso vacío de su habitación. ¿Había estado con él alguien allí? Le recorria un sudor inhabitual y su cuerpo olía a aromas diferentes. En su mente se agitaban conversaciones pero también bullían silencios. Si hubo algo, se preguntó, ¿qué fue primero, el coloquio o el lenguaje silente y reservado? Se contempló en su vacilante abandono, advirtiendo marcas amoratadas en la espalda. Una ráfaga de temblor en los muslos le sacudió. Ducharme me vendrá bien, pensó titubeando, pero ¿debo o, mejor dicho, quiero? Se sentía complacido por mantener un calor que revolvía su piel. Acarició la reseca humedad de su abdomen. Aquel vello pegajoso contenía rastros que no eran suyos. Olfateó sus hombros y sus axilas, persiguiendo como un perro la señal del deseo. Luego hizo un movimiento rápido y desde toda la extensión de su cuerpo le llegaron aromas indistinguibles. Ni siquiera el suyo propio le era familiar. Pero no los rechazó. Más bien, sentado al borde de la cama, buscó el deleite y una inevitable desazón le dejó convulso. No soy el mismo de siempre, algo ha pasado esta noche, sea en forma de sueño o de un rapto cuyo rostro no se hace presente. Allí, frente al espejo del armario ropero, estiró hacia atrás los cabellos comprobando con asombro una cierta turbiedad en su mirada. No era el cansancio de unos ojos producido por el sueño que se demora, sino el deslustre de quien no ha cesado de contemplar con ansiedad una espera ajena. O la del hombre desenfrenado que quiere cubrir su desamparo con un encuentro ocasional. No había nadie más allí, pero no tenía conciencia clara de haberse encontrado solo. Palpó las sábanas arrebujadas, que le arañaron los dedos como si se tratasen de un prisma roto. Al acariciar los innumerables y desordenados pliegues le pareció estar recorriendo una piel interminable y caliginosa. En el espesor del jergón creyó revitalizar un cuerpo de mujer al que no ponía forma nítida pero que sus sentidos despiertos lo dotaban de sustancia. Estuvo esta noche aquí, tuvo el reflejo. Pero la memoria no le acompañó, como si estuviera disociada de las emociones que iban destacando abruptas en él. Ardía en su desnudez solitaria y desaseada, y el temor a la menesterosidad, él, que se tenía por intenso y dadivoso, le invadió. Emitió un grito salvaje, incontrolable, y hundió el rostro en la humedad de la cama. Respiró la fragancia impura y se desgarró.  




* Fotografía de René Groebli.

sábado, 19 de agosto de 2023

Federico, Federico, siempre estás tan vivo

 


Hubo una vez un mago de las palabras que encandilaba a niños y adultos con su prestidigitación. En lugar del embuste agrio que vendían los mercaderes de humo él ofrecía fantasía reconfortante. No la abstracta, sino la que latía tras la vida común. La que ungía incluso al más humilde de los siervos. La fantasía que se revelaba purificadora y la que hacía arder la sed ansiosa de los abandonados del destino. Aquel guiñol para niños hacía soñar a los infantes. Aquella conjunción de los astros amorosos llevaba serenidad a las pasiones. Aquel teatro de la vida tradicional reivindicaba la posibilidad de la vida dichosa o al menos soportable frente a la oprobiosa condición esclava de esta. Fue un mago de las ensoñaciones. Y  él estaba allí, tras cada niño, tras cada mujer marcada, tras cada ser hundido en un fatum que parecía inexorable. Federico, todo vida. Todo juego. Está tan vivo. 


Celebremos al poeta y al hombre sensible. Cojo al azar un poema de Federico García Lorca, aparece en su Poeta en Nueva York (1929-1930)


  Asesinado por el cielo,

entre las formas que van hacia la sierpe

y las formas que buscan el cristal,

dejaré caer mis cabellos.

  Con el árbol de muñones que no canta

y el niño con el blanco rostro de huevo.

  Con los animalitos de cabeza rota

y el agua harapienta de los pies secos.

  Con todo lo que tiene cansancio sordomudo

y mariposa ahogada en el tintero.

  Tropezando con mi rostro distinto de cada día.

¡Asesinado por el cielo!


* A los 87 años del asesinato alevoso de Federico García Lorca en Granada.

jueves, 17 de agosto de 2023

Brote

 


¿En qué momento brotó la mujer soñada? Las miradas libidinosas la querrían turbada. Miradas que solamente buscaban apropiarse de la belleza. Pero la belleza se resiste a ser poseída. Se ofrece como referencia para que cada mortal busque la propia, la que lleva dentro. No hay una forma única, dice la que sale del humedal. No hay un estereotipo ni una categoría, sino una percepción que siendo propia se alimenta de la pluralidad. Todos los sueños sobre la belleza están contenidos en esta ensoñación que llamamos vida. Alejaos, dice, de aquellos que destrozan las imágenes de la hermosura, porque en su negación conllevan el menosprecio de sí mismos. Esos son los que imposibilitan el disfrute y no reconocen otro goce que la lascivia desatada. Ellos son los belicosos que solo traen desgracias en su proximidad y justifican agresivos el mundo del no. Acercaos, dice, cuantos hacéis conducta de la sensibilidad. Los que fluis en la serenidad sin renunciar a la pasión. Los que os encarnáis en el cauce del reconocimiento de otros mortales sin ceder a la deriva de la defección. Allá donde brota la mujer soñada hay una fontana inédita para saciaros, que es tanto como decir para vuestra recuperación.



* Fotografía de Eric Kellerman.

lunes, 14 de agosto de 2023

Velada presencia


 

Fue como una presencia velada. Al principio creyó que se trataba del viento. Le pareció que le rodeaba un movimiento impetuoso. Imaginó una desastrosa ventolera y se levantó para cerrar cualquier ventana y evitar así que los papeles se extendieran desordenados por el piso. O que la impetuosidad de aquel fenómeno imprevisto derramara la copa de vino que solía situar sobre la mesa, entre los libros de consulta. Nada temo más, se dijo, que las manchas de vino sobre el papel. 

No era bebedor de serie, sino escogido. El gusto impersonal de la adicción no le suponía una tentación irrefrenable. Bebía a sorbos, combinándolos al escribir con la elección de las palabras. Como un ritual, más que como una práctica común, paraba con frecuencia el tecleo para sujetar el tallo de la copa y sorber delicadamente. Entre un ejercicio y otro pensaba. O se abstraía, que consideraba una forma diferente de ceder al pensamiento. Pero ante aquella sacudida repentina se había levantado con brusquedad con el fin de detener el presunto caos en ciernes. 

Para su asombro no había nada abierto en aquella habitación extensa. La recorrió a grandes zancadas, buscando la procedencia de una corriente, sin encontrar siquiera una rendija que explicara la sensación percibida. 

Al volver a la mesa observó, alterado y molesto, que unas gotas oscuras se extendían sobre los pliegos escritos a máquina que había ido acumulando a su izquierda, ensuciándolos. Imposible, pensó repasando sus movimientos. Nunca llevo la copa al otro lado. Nunca bebo con nerviosismo ni agito mi mano para que revolotee el vino contra el cristal. Levantó los primeros pliegos y las gotas seguían calando los de más abajo. Se sintió confuso, ridículo. Estoy solo, nadie puede haber movido los papeles mientras he recorrido la habitación, se contrarió dejándose caer con abatimiento en la silla. La botella sigue en su sitio, mi copa permanece fiel a mi derecha, en la mesa no se advierte movimiento alguno. Ni siquiera tengo dado hoy el ventilador de aspas que pende del techo. 

Su esfuerzo en racionalizar el máximo posible sobre la ubicación de los objetos y acerca de su propio comportamiento le estrangulaba. Una nueva y leve oleada de aire a su espalda, desplazándose en torno al cuerpo, le dejó perplejo. Giró la cabeza a un lado y otro. Observó la copa. El vino describía pequeñas ondas, mas el recipiente permanecía inmóvil. Hace un rato que no bebo ni escribo, advirtió con sobresalto. ¿Estoy aquí escribiendo como todas las mañanas o sueño que lo estoy haciendo? Tuvo la sensación de que su amplia camisa de lino blanco era rozada por un elemento invisible cuya procedencia no acertaba a adivinar. 

Hizo todo lo posible por permanecer sereno mas en alerta. Si había aire no se manifestaba. Los papeles, quietos. La pluma de ave antigua que le habían traído de Florencia no movía ni uno solo de sus filamentos. Las hojas del ficus joven se mostraban pasivas. Solo la camisa se le pegaba a la piel. Creyó que una mano oculta presionaba su cintura. Percibió la calidez de un aliento ajeno. Otra vez vuelven mis fantasmas, los recurrentes espectros que me atosigan salvajes, gruñó tratando de familiarizarse con el acontecimiento. No refrenó el impulso de reír, sabiendo además que la risa en solitario puede tomarse la libertad más extensa que es la de no ser reprimida. Entonces escuchó una voz casi velada. Tal vez estés soñando. No distingues ya entre lo que escribes y lo que vives. Y a veces se sueña con risas de complicidad; los sueños son tan traviesos, acarició su oído aquella pronunciación taciturna. 

El vino de la copa había mermado. Olió en su camisa un aroma que no era suyo. El bordado vertical lucía pequeñas lágrimas rojas.




* Fotografía de Eric Kellerman.

viernes, 11 de agosto de 2023

Mirando a los ídolos. Ah, los ídolos.

 


Dicen que aquellos humanos crearon los ídolos para que se parecieran a ellos. Pero los ídolos eran imperturbables. No tenían personalidad propia, si bien sus demiurgos les concedieron atributos superiores. ¿Tan frágiles como impotentes se sentían los humanos que fueron otorgando a aquellas representaciones propiedades y capacidades que ellos no poseían? ¿Proyectaban en las efigies las aspiraciones que no alcanzaban a realizar, los anhelos que no conseguían satisfacer y las obras que no estaban en sus manos levantar? 

Felices como se las tenían aquellos hombres no se daban cuenta de que poco a poco las figuras que generaban se iban apropiando de ellos. Tenían forma de imágenes pintadas, de figuras esculpidas, de edificios alzados, pero sobre todo la efigie más poderosa era la idea. Cada ídolo valía tanto en cuanto se traducía en una o varias ideas. Y las ideas se desdoblaban a su vez en poderes que reducían la visión de los hombres, limitaban su campo de acción y obligaban a un culto ciego ignorando reconocer la fuerza interior con que la propia naturaleza les había dotado. 

Los hombres fueron paulatinamente sustituidos por las ideas y los significados que se pretendían en los ídolos. De tal manera que muchos se comportaban más como reflejo de una idealización que como corresponsales -y corresponsables- de sus posibilidades y recursos. Así, durante milenios, los humanos capaces inicialmente de avanzar sin fin, no obstante tropezando y levantándose constantemente, pasando de la adversidad a una cierta gratificación y viceversa, cedían su papel al ídolo idea, al fetiche sustitutivo, al modelo envidiado. 

Y toda aquella parafernalia fue pasándoles factura. Hasta nuestros días. ¿Era inevitable tanta dejación humana? ¿Fueron siempre conscientes de sus limitaciones? ¿Se sentían obligados a crear personalidades que representasen  el logro de sus deseos? ¿Hasta qué punto los símbolos a los que pusieron rostro y cuerpo y ademanes de fuerza y de dominio les ayudó o frenó su impulso?




* Grabado de Pablo Picasso. Suite Vollard.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Tu primer pensamiento al despertar: átomo (Recordando Hiroshima y Nagasaki)


"Tu primer pensamiento al despertar ha de ser 'átomo'. Pues no has de comenzar el día con la ilusión de que aquello que te rodea es un mundo estable. Lo que te rodea es más bien lo que mañana mismo puede ser pasado, algo simplemente sido; y nosotros, tú y yo y nuestros semejantes, somos aún más efímeros que todos aquellos que hasta ayer mismo habían sido considerados como seres efímeros. Pues este nuestro carácter efímero no solo significa que somos seres mortales; ni que se nos pueda dar muerte. Esto también fue así en el pasado. Significa, más bien, que se nos puede matar totalmente, en tanto que 'humanidad'. Y 'humanidad' no solo significa la humanidad actual, aquella que se extiende por las regiones de nuestro mundo; sino también aquella que se extiende por las regiones de nuestro tiempo: si se da muerte a la humanidad actual, con ella desaparecerá también la que ha sido; y la futura. De ahí que el umbral ante el que nos hallamos lleve la inscripción 'Nada habrá sido'; y, una vez atravesado, se lee: 'El tiempò fue un episodio'. Pero el tiempo puede convertirse en un episodio situado no entre dos eternidades, como nuestros antepasados esperaban, sino entre dos nadas: entre la nada de lo que nadie recuerda que ha sido, como si no hubiese sido jamás; y la nada de lo que jamás será. Y puesto que no habrá nadie para distinguir entre estas dos nadas, estas acabarán convirtiéndose en una única nada. Esta es, pues, la forma absolutamente nueva, la forma apocalíptica, de la transitoriedad, comparada con la cual todo lo que hasta hoy se había llamado 'transitoriedad' se ha tornado una bagatela. Para que esto no pase por alto, tu primer pensamiento al despertar ha de ser 'átomo'" 


Günther Anders. Mandamientos de la era atómica.  Frankfürter Allgemeiner Zeitung, 13-7.1957. Recogido en el libro "Más allá de los límites de la conciencia. Correspondencia entre el piloto de Hiroshima Claude Eatherly y Günther Anders".

Encuentro el texto de Anders, por si se tiene interés en conocer, que lo tiene, en la siguiente web:


* En el 78 aniversario de los criminales bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki los días 6 y 9 de agosto, respectivamente, de 1945. 



El autor de la fotografía de Nagasaki devastada es de Yosuka Yamahata.


martes, 8 de agosto de 2023

Cuando aprendí a correr en bici a la sombra de Bahamontes

 


No es que se muera Bahamontes, sino que se va una parte de la infancia de una generación, la nuestra, que también va mermando. Por supuesto, también nos posicionábamos por Coppi, Poblet, Loroño, Anquetil, Poulidor...Las bicis eran más imperfectas y completas que actualmente, y el pedaleo y el esfuerzo contaban más que la máquina. ¿Cuándo años tenía yo cuando empecé a coger la bici? No sé, a veces me asalta la ilusión vana de que soy un individuo sin tiempo y tengo que vincular este a imágenes para situar los años.

Fue un verano navarro. En aquella bicicleta de niño habían aprendido los demás chicos de la familia. Como me superaban en edad y nadie la cogía, en lugar de tirarla la había dejado colgada de una viga de la bodega de la venta. Oxidada y casi oculta por las telarañas alguien sugirió que podría rescatarse para que yo aprendiera. Y se llevó al taller donde arreglaban de todo. Para mí había quedado nueva. No tenía cambio de piñones, con el riesgo añadido de que bajar a velocidad una cuesta podía procurarme un percance. Qué verano de la bici a todas horas, qué descubrimientos. Tal vez el más vital: ser consciente de tu capacidad de equilibrio y ritmo y, por supuesto, hallar una nueva sensación de diversión. Porque la niñez, no obstante interferida y perturbada por obligaciones de todos conocidas, estaba poblada por la filosofía lúdica que, acaso, es la que mejor explica una de las esencias del ser humano.

Y cómo no ir con el recuerdo a aquellos años en que acudíamos en masa a ver pasar la Vuelta por nuestra ciudad, en que la actividad escolar se interrumpía para que todos pudiéramos disfrutar del evento. O cuando la primera televisión comenzaba a emitir el Tour. Recuerdo un compañero, fan del ciclismo practicante, con el que compartía pupitre que venía a clase con L'Équipe y/o Le Miroir des sports. Ignoro cómo los conseguía pero con qué ilusión nos los mostraba a los del entorno. Y cómo no recordar las colecciones de cromos de ciclistas -¿han desaparecido hoy día ante el avasallamiento del negocio más que deporte del fútbol?- o aquellas chapas de refrescos que decorábamos con nuestros ciclistas favoritos, para con el empuje de los dedos corazón y pulgar echar unas carreras sobre el pavimento.

Bahamontes. Su nombre evoca viejas emociones. Que tu pedaleo sea ahora tranquilo.



*Fotografía de Roger Viollet, tomada de la web de la SER.

sábado, 5 de agosto de 2023

La durmiente


 

La cautiva duerme. Sueña que hay otro paisaje más allá de aquellos muros. El prisionero mira. Desea soñar como ella y sobre todo entrar en sus sueños. La mujer, en su letargo, se ve saltando con su cuerpo ágil, vibrando en una danza, se deja caer a la orilla de un arroyo, activa con sus manos una obra de arte. Tal vez, aunque borrosamente, conoce el amor. Al bruto, asombrado por aquel rostro apacible, le enerva no poder saber qué está viviendo ella en la oscuridad del silencio. Ignora que para la mujer, en aquel instante, lo que vive es luminoso. Le pediré que me cuente sus sueños, piensa con avidez. Amaga con ternura una caricia que apenas roza el rostro de la cautiva. Pero respeta el estado de bienaventurada postración. Le pediré que me lleve a sus sueños, se le ocurre con alborozo. Pero ¿y si en sus sueños no quiere que esté yo? ¿Y si el valor de los sueños, de cualquier sueño, es librarse de las ataduras y obligaciones del cautiverio cotidiano y ahí no desea reconocerme? Si yo pudiera soñar...se dice con pesadumbre. Si yo supiera hacer de los sueños la forma de rebelarme contra mi condición...Mino se desplaza hacia atrás y desde su rincón observa, intentando traducir las sonrisas de la durmiente. De pronto le invade la apacibilidad.



* Pablo Picasso, de la serie Suite Vollard. 

martes, 1 de agosto de 2023

El lazarillo del laberinto

 


Tanto vivir sin un horizonte que contemplar, la bestia se quedó ciega. El lazarillo le guiaba por los extensos corredores. De vez en cuando se paraban. Estamos ante un río caudaloso que recoge las corrientes que bajan de la montaña, le decía. La bestia sentía que sus pìes se calaban. Debe ser un curso poderoso que volverá feraz las tierras que baña, comentaba contenta. Volvían a detenerse en otro recodo. Y el niño le brindaba otra visión imaginaria. No sé si te habrás fatigado pero hemos subido a un monte desde donde se contempla la calma tanto de la cordillera como de los valles. La bestia, resoplando por el esfuerzo, se desahogaba. Cuánta belleza pones ante mi presencia, y su tono se advertía melancólico. Después de caminar un buen trecho el niño se paró en seco. ¿Oyes, Mino, la algarabía del ágora? El monstruo movía la cabeza a un lado y otro, tratando de situar los edificios y el trazado de las calles convergentes y el mercado animado donde se reunían gentes de otras urbes. Haces que me tenga, le dijo al lazarillo, por un comerciante más que intercambia mercaderías y también ideas y busque solazarse con uno de los jóvenes que trasladan la alegría sin nada a cambio. El lazarillo, incansable, le condujo por los vericuetos más intrincados del laberinto. La humedad salina impregna mi piel y mi vello, dijo de pronto la bestia. ¿Y este estruendo? Estamos al borde del océano, dijo muy quedo el niño. Lo que escuchas es la queja al unísono de todos los náufragos que se aventuraron a ir más allá de los límites del dédalo. El niño continuó llevándole de la mano hasta llegar a un espacio silencioso donde se olían los frutos más exquisitos. Disfruta de esta huerta que a la vez es jardín, le sugirió con dulzura. A ella llegan al atardecer las doncellas más hermosas y templan sus cítaras y declaman los versos más atrevidos que puedas imaginar. Mino, estupefacto, propuso. Esperemos aquí, pues, la hora del ocaso. Verás cómo sé distinguir los aromas más frutales que proporciona la tierra y la esencia que emana de la naturaleza de las vírgenes. 



* Grabado de Pablo Picasso.

sábado, 29 de julio de 2023

Salvador Espriu para tiempos revueltos

 



Si corres siempre adentro
de la noche de tu odio, 
caballo loco Sepharad, 
el látigo y la espada te han de gobernar. 

No puede escoger príncipe
quien vierte sangre, 
quien fue traidor o roba 
o quien no alzó 
poco a poco el templo 
de su trabajo. 
Con el fuego primero quemas 
la libertad. 

Acércate a mirarte
en este hielo, 
aprende el verdadero 
nombre de tu mal: 
en el rostro del ídolo 
te has contemplado. 


Salvador Espriu. La piel de toro (La pell de brau)



Mientras unos hombres siembran, otros recogen. Se dirá que no son dos ejercicios paralelos en el campo, pero en las relaciones humanas y éticas sí. Mientras unos tratan de procurar convivencia, otros echan cizaña por aquello tan desgarrador de cuanto peor mejor. Abruma e indigna la perversa intención, la pérfida voluntad y el deseo del mal para el otro. Esa visión del otro como opuesto, si no como enemigo, nos perjudica a todos. Pero algunos no quieren dar su brazo a torcer y hacen de sus pequeños poderes o de sus efímeras influencias cotidianas un imperio. No deberían ser tiempos de imposiciones ni sojuzgamientos. Se dirá que es propio de la condición humana. Pero esta también tiene el don de la superación, de la reconciliación y de la inteligencia. ¿Por qué no hacer uso de ese don?

Por eso me gusta tanto Salvador Espriu y me parece tan clarividente y actual este poema concreto. No solo recupera la memoria de experiencias pasadas (que cierta gente odia recordar) sino que advierte y, sobre todo,  propone. Debemos aprender el verdadero nombre de nuestro mal.



* Grabado de Pablo Picasso.

jueves, 27 de julio de 2023

Salsa va, porque la vida te da sorpresas

 



...Y las que nos dará. A la corta, a la media y a la larga. Lo hemos ido comprobando quienes vamos avanzando en edad, que acaso también en bastante dignidad y en menor medida gobierno, como decía aquella expresión autoritaria de nuestra infancia. La sorpresa duerme y se despierta con cada uno, pero también en los círculos familiares y de amistad. Hay sorpresas en el amor y sorpresas en el dinero. No puede faltar en los acontecimientos colectivos y en las circunstancias históricas. Y no se ausenta en los progresos de la técnica y en los retrocesos que sucesos de gravedad, los de siempre, los de los cuatro jinetes fatídicos, van cobrándose tributos en vidas, recursos y hábitats. Por si fuera poco la sorpresa estaba agazapada también tras los grandes cambios climáticos que auguran un revolcón a las formas de existencia. Pero ¿existe realmente la sorpresa? ¿O es algo subjetivo, tanto en el individuo como en la sociedad? Te pones a razonar a posteriori sobre lo que nos resultaba inesperado y nos ha caído (en suerte o en desgracia) y te das cuenta que era esperable. Y sin embargo la vida sigue dándonos sorpresas, se apelliden sustos, golpes, fortunas o desenlaces funestos.