(Escultura de Liliane Caumont)
Ayer, al escuchar en noticiarios que los pobladores del vasto territorio que va desde la región de los Grandes Lagos y Alaska hasta el Río Grande, más el archipiélago del Pacífico Norte, celebraban su ritual de Acción de Gracias, se me ocurrió que podíamos incentivar también la idea en España.
Se lo conté a Max. ¿Otro Halloween de importación que maldita la gana?, saltó mi amigo. Estás de guasa. Yo le repliqué que no pretendía importar nada que no fuera ya secular en los territorios que pisamos. O que, en todo caso, importaría una idea: la del agradecimiento, algo que parece que hemos perdido, y no sé si más con la pandemia. ¿Rescatando también la cena con pavos?, se me vino arriba Max. Eso es lo de menos, dije. Se lo podemos dejar de libre elección a cada uno de los territorios taifas, porque lo que importa es la intención. Max ya se acaba mosqueando conmigo. ¿Y cuál es la intención?
Pues mira. Si los de USA festejan la llegada del Mayflower nosotros que somos muy plurales desde la Antigüedad, con barco y sin barcos, podríamos tomar nota. No estaría mal que nos propusiéramos nombrar un día al año para celebrar la llegada sucesiva desde los primeros tiempos de la Humanidad de tantos humanos procedentes de lejanos territorios que fueron aportando caracteres físicos y poco a poco cultura. Y haciéndonos lo que somos. Miles de años nos contemplan, ¿no? Y así me refiero a recordar y honrar al Homo Erectus, al Homo Antecessor, al Neanderthal, al Sapiens, a los Celtas, a los Tartessos, a los Fenicios, a los Griegos, a los Cartagineses, a los Romanos, a los Germánicos o Bárbaros, a los Árabes...etcétera. Lo diré de otro modo: hemos tenido un montón de Mayflower, a pie y con remos. Bueno, matizo: esta tierra meridional ha acogido generosamente, hubiera individuos de la especie o no, a cuantos humanos llegaron buscando supervivencia. Ayer me pasé el día imaginando cómo podríamos celebrar las mezclas y aconteceres, y eso que soy reacio a fórmulas litúrgicas y de efemérides. Pero ya ves.
Max se ha quedado boquiabierto. Luego dice, apoyando su rostro barbudo en la palma de la mano: La verdad, y mira que me da rabia darte la razón alguna vez, es que motivos tenemos de sobra en este país para la Acción de Gracias plural. Pero somos tan desagradecidos que a nadie se le ha ocurrido. Claro que si prospera tu propuesta, ¿sabes lo que dirían los patriotas y los mediáticos? Sí, lo sé, le corto. Que estamos copiando a los americanos. Pues eso.
(Mosaico romano del Museo del Bardo, Túnez)
No es cosa de Nietzsche, no. Los medios periodísticos lo dicen hoy. El País dedica siete páginas, ¡siete!, a la muerte de un dios. Otros medios hablan de la muerte de un inmortal, de un héroe, de un genio, de un artífice. No hay palabras suficientes -debe ser la competición mediática por encumbrar a un individuo y llevarse a la audiencia o al lector como se lleva el gato al agua- para sublimar y elevar a alguna clase de Olimpo al personaje difunto. Joseph Campbell, exhaustivo y entregado estudioso durante toda su vida de los mitos y las creencias humanas lo entendería muy bien. Lo actualizaría. Los mitos de la Antigüedad perviven bajo otras formas, diría. Acaso arriesgara: en la medida en que los valores de una sociedad se modifican también mutan los significantes y los significados. Los humanos siguen generando mitos a la imagen y semejanza de sus insuficiencias o de sus carencias, que es tanto decir de sus necesidades. Dios, o cualquier demiurgo al uso, es una categoría humana, un status mental, una composición psicológica incluso. Bien, no es mi intención ahora meterme en cuestiones teológicas o cosmogónicas. Afortunadamente, además, la física y la química han avanzado mucho, es decir, la ciencia. Mi pregunta ante esa abundancia de páginas que hoy se marca el negocio mediático, y que no gastaré tiempo en leer más allá de un epígrafe que otro, y muy de pasada, pues hasta los titulares de la prensa me abruman hoy día, es: ¿Competirá en el mundo etéreo, metafísico y trascendental el fenecido personaje del día con otros transustanciados o de ficción que habían alcanzado la cima más alta de la imaginación humana? Mientras, tres días de luto en Argentina y toda Argentina llorando, dicen. ¿Toda? Y el mundo entero conmocionado, dicen. ¿Todo el mundo? Ay el culto y la fe en los dioses. Cuánto abandono y dejación de las cosas importantes de cada día, de cada colectividad y de cada individuo no producen. Y luego se quejan los humanos de que viene el tío Paco con la rebaja.
No me ven apenas, pero yo puedo verlas a ellas. Soy tan pequeña que no me prestan mucha atención. Tú juega, me dicen cuando trato de que me hagan caso. Ellas siguen a lo suyo. Pero yo las veo. No tienen conmigo muchas palabras. Las justas y ni una más. Vete a buscar a la niña de la casa de enfrente. Dale la lata a la vecinita. Ellas parlotean mucho entre sí. Yo las escucho. Aunque no entienda todo cuanto dicen. No se llevan mal, pero pasan de la complicidad tranquila a la disputa. Creen que no me entero. Hago porque no se enteren. Me aparto pero ando siempre cerca. No me ven porque la ventaja de ser una pequeñaja es que una puede esconderse en un rincón en penumbra o tenderse junto a la puerta corrediza. Me gusta abrir un poco la fusuma y ver los movimientos de mis hermanas mayores a través de la rendija. A veces me conformo con adivinar sus pasos o imaginar sus gestos. No sé por qué se empeñan en llevarse la contraria. Una, disimulando su inquietud porque no acaba de volver su amoroso guerrero. Otra obcecada en ver el mundo desde los relatos. No sé aún leer ni escribir. Cuando sepa querré leer sobre las aventuras que una de mis hermanas lee y acaso también escribir al guerrero que nunca acaba de llegar a verme. No tengo prisa.
Espiando a mis hermanas voy enterándome del mundo de los mayores. Con mi amiga y su hermano, que son casi de la misma edad, nos traemos confidencias. Ellos siempre me piden que les hable de lo que veo. Entonces yo les cuento eso y más, porque me gusta imaginar, y al final tengo la sensación de que les he estado contando otras historias diferentes de las que hay en casa. No sé si obro bien o no, pero los tres estamos tan entretenidos. El otro día al hermano de mi amiga le nombramos samurai. Incluso le vestimos con unos pliegos grandes de papel de arroz. Pero luego no supe seguir la historia y ellos tampoco porque nadie acertaba a saber en qué consistía eso de esperar a un guerrero y menos de que te ame un guerrero. Para no aburrirnos yo aproveché para mostrarles un libro de los que le traen a Aiko. Si se entera de que se lo he cogido sin permiso me la busco. Nos quedamos desconcertados por las ilustraciones que aparecían en el libro. Una vez oí que Aiko decía a Seijun que los grabados de algunos libros eran de un pintor importante de Edo que tenía varias mujeres. Pasamos las páginas deprisa y con nervios, tan pronto para adelante como para atrás. Cuántas risas y qué vergüenza. Luego los tres amigos pactamos secreto.
De algo parecido se habla en esta entrada de Chitón.
https://ehchiton.blogspot.com/2020/11/las-hermanas.html
(Grabado: Yama-uba y Kintaro, personajes mitológicos ilustrados por Kitagawa Utamaro)
"Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde".
Francisco Brines, Desde Bassai y el mar de Oliva.
Certificar la existencia a través de los olores, por ejemplo. Que no de las horas ni de los días ni de las estaciones. ¿Qué confirma lo vivido? ¿Un calendario o las sensaciones? La memoria, se dirá. Pero la memoria, ¿acaso está hecha de fechas cuya cronología se perdió? El recuerdo está alimentado de imágenes que los sentidos han resguardado con una sabiduría biológica en lo más impenetrable del corazón del hombre. Pero ¿cuántas de aquellas imágenes visuales u olfativas, entre otras, existieron más allá de nuestros sueños?
¿Felicitar solo a Francisco Brines por su Premio? Felicitar a Brines por su obra.
Conozco a Sei desde la escuela. Hacía años que no la veía porque me emplearon para servir a un señor en Kameido y no había vuelto al pueblo de origen. Al reencontrarme con ella se hace la despistada. ¿Eres el mismo de siempre o te he soñado?, me espeta de pronto. Ambos somos los que somos pero tal vez no los que fuimos, se me ocurre responder. Y Sei: es lo que tiene el mundo de los sueños, en donde una vez puedes ser tal y otra vez cual. Cuando añadí que lo bueno que tienen los sueños es que los personajes que conocimos se reencarnan como si no hubiera pasado el tiempo ella afirma, pero no obstante insiste: no sé si eso es bueno o es malo. También sucede con los que murieron, y ahí están vivos y más solícitos que nunca. Aprovecho: es de agradecer soñar con los muertos tan vivos, ¿no crees? Sei: y a ellos les gustará saberlo. ¿Les gustará?, corrijo. En los sueños los que se fueron lo agradecen todo, a mí me lo han dicho. Como la conozco la entiendo, sé que habla y no habla al pie de la letra. ¿Sigues llevando cuanto sueñas a lo que escribes? Sei echa para atrás la cabeza. Para que los sueños no acaben en la noche tengo que abrir el día a mi escritura. Cuéntame uno de los últimos, Sei, como hacías en la escuela. Puesto que has venido y me has reconocido, entonces te contaré uno dramático, ofreció ella.
Y el sueño aparece en Chitón, ver:
https://ehchiton.blogspot.com/2020/11/utamaro-sueno-de-la-escribiente.html
(Grabado de Kitagawa Utamaro)
Ella se dejó mirar. Al alejarse intuyó la mirada correcta, pero sutil e incisiva, del juez. Como cualquier mujer no dudaba de que al volverse de espaldas sería observada por la curiosidad insaciable del macho. Para qué evitarlo. Ser observada con algún tipo de interés, sin desdeñar el lascivo, la enorgullecía. ¿Cuánto tiempo hace que no me fijo si me miran con especial inclinación?, pensó. Se movió lentamente, haciendo que buscaba algo. Se quedó parada, como si de pronto dudara dónde encontrar aquello que buscaba. En el ejercicio de simulación enderezaba su cuerpo, adelantaba una pierna, expansionaba sus hombros, se ponía las manos en la cintura, expulsaba hacia atrás su cabellera zaína. Saboreó su propia coquetería, prolongando la escena. Luego hizo ademán de volverse hacia Ordóñez, simplemente para pillar su gesto y tantear su actitud. Pero se encontraba tan feliz en aquella interpretación que no deseaba concluir sus poses y supo que sobre todo quería dejarse admirar. ¿Puede ser admirada una persona por un mohín, una contorsión delicada, un silencio estudiado, unos zarandeos de sus pies sobre un espacio mínimo del suelo?, volvió a pensar con entusiasmo. Ser mirada es simplemente notar que es recorrida por unos ojos. Ser admirada es percibir algo más. Un tacto cercano, una palabra en ciernes, un signo que recorre el aire. No son solo los sentidos más obvios los que se exponen para trazar la distancia de los objetos. Es sobre todo la propiedad oculta con que una persona se siente afectada por otra. Las ideas se le acumularon de pronto, generando dentro de ella un discurso confuso. Y de pronto, Jacinta puso fin a su exhibición.
Juez, ¿no le ha parecido extraño el escrito que ha leído?, exclamó volviéndose de sopetón hacia él. Ordóñez pareció salir de un embobamiento. Es un texto raro, sí, farfulló. Cuidado que he leído en los procedimientos judiciales mensajes difíciles y retorcidos, en cuanto a la envergadura de lo que trataban, pero simples y claros a la hora de ser expresados. Pero este que me muestra no sé encajarlo. Será que no tiene encaje, dijo Jacinta. Yo diría que el que lo ha escrito navega entre sueños y deseos, arriesgó el hombre. Pues a mí se me ocurre que lo hace entre el delirio y la pasión, o acaso es lo mismo, pero mucho más intenso, precisó ella. A ambos les entró la risa a la vez. Ordóñez: Me convierte usted en crítico literario sin pretensiones por mi parte, naturalmente, pero me parece usted más aguda en su juicio. Jacinta hizo un gesto de quitar importancia a aquel calificativo. Luego se explicó. Entiendo poco de escritos, pero comprendo algunos. Incluso con los más difíciles, si tienen algo que decirme, me esfuerzo para captarlos de cabo a rabo, simplemente porque hay algo, la intuición tal vez, que me facilita la lectura. Otras veces pienso, subrayó, que yo me encuentro de algún modo dentro de lo que cuenta un relato y que, aunque no logre explicármelo, me vinculo de tal manera que no soy la misma una vez leído. Eso me recuerda, interrumpió amable el juez, la época en que me iniciaron en lecturas en aquella estancia de primera madurez en Europa. La mujer olvidada casi me extorsionaba, aunque de manera divertida. Me entrego a ti, decía jocosa, si te lees esto. Y me ofrecía una novela que ella aseveraba que era rompedora. Ya ve, Jacinta, uno leyó por amor. Por la satisfacción del amor, diría yo, exclamó la mujer cortándose. Jacinta se dio cuenta en ese instante que él podría interpretar como una indirecta el escrito que le había ofrecido.
Ordóñez lo advirtió y desvió la conversación para evitar tensiones. Parece que alguien de su entorno tiene afanes escribientes, ¿no cree? Alguien imaginativo que quiere dar rienda suelta a un escritor que llevaba dentro desde siempre pero al que había contenido. O tal vez un ser imaginativo que busca situaciones ficticias en su cerebro más recóndito para huir de un presente que no le satisface. Suele pasar. Y Ordóñez se dio cuenta entonces que le venían a la mente razonamientos que la mujer de París le había hecho, aquella mujer experimentada y comunicativa. Se lo dijo a Jacinta. No hablo por mí mismo, las circunstancias me han recordado otras ya olvidadas. Ya ve. En ocasiones hay segundas vueltas en la vida. De ahí que sufrir en exceso cuando se ha perdido una relación no sea saludable. Útil tampoco. Hay que evitar que los recuerdos se alcen como un muro. ¿Quiere decir que el muro negro ante el que nos encontramos cuando hay un padecimiento irremediable se puede derribar fácilmente?, le interrumpió ella. Ordóñez se encogió de hombros. Fácilmente no sé, eso depende de cada cual. En mi caso la facilidad vino de mano de mi retorno a Asunción. Pero a punto estuve de quedarme en tierra. Volviendo al texto que me ha dado a leer, y que aún estoy digiriendo. ¿Tiene más? Jacinta dudó en la respuesta. Optó por una salida salomónica. Hoy ya le he cansado bastante con el escrito y con lo que hemos hablado, pero buscaré otros. Tal vez otro día...Es curioso, musitó el juez. A nuestra edad hablar del tiempo que transcurre y de la sensación de perder que hemos sufrido parece ser una constante. Pero, ¿cuál es lo que más nos zahiere con obsesión? Acaso no haber hecho las cosas con sentido, no haber sabido nutrir la ilusión. Ya sé que parece que eso es propiedad de jóvenes o de quienes se inician en la madurez. Peor es perder la vida de repente, soltó Jacinta tratando de hallar consolación. Entonces es cuando todas las posibilidades se han venido abajo definitivamente. Ordóñez sonrió en corto. Por supuesto, afirmó sereno. Será que la pérdida más latente dentro de uno es lo que no se hace, lo que se anhela pero no se ha llegado a tener. Jacinta le percibió amargo. Tener siquiera algo a lo que aferrarnos es un tesoro, ¿verdad, juez? Lo triste es que incluso teniendo lo necesario, lo que nos da seguridad y calma, también nos parece poco. ¿Volvería usted a París?
(Fotografía de Isa Marcelli)
"A veces, inmerso en sus libros, le venía a la cabeza la conciencia de todo lo que no sabía, de todo lo que no había leído y la serenidad con la que trabajaba se hacía trizas cuando caía en la cuenta del poco tiempo que tenía en la vida para leer tantas cosas, para aprender todo lo que tenía que saber".
1. Podría ser un cuadro de Zurbarán. Luces y sombras componiendo un tenebrismo denso y dirigido a los pecadores y pecaminosos. Pero en la escena de esta película no hay un tenebrismo demoledor, angustioso, dramático. O solo la dosis justa, solo suavizada por el maestro y el discípulo. No representa tampoco las tensiones de un Barroco incipiente, respuesta del Trento reformador que ponía en orden a un sector del rebaño, pues el hasta entonces rebaño universal del representante de Dios en la Tierra había quebrado. El otro sector fue a pastar en otros prados, los del luteranismo y sus derivados. Esta imagen de un Zurbarán sin Zurbarán está situada un par de siglos antes, en una Europa también convulsionada, como ha sido toda su trayectoria, pero los personajes protagonistas de la novela de Eco, Fray Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk, mantienen el temple del destino que eligieron. La película ratifica el carácter de los personajes. Sabio y prudente el franciscano, frágil e iniciático el alumno. Turbulento el mundo monástico donde se desarrolla El nombre de la rosa, como si se estableciera un puente entre la época y sus conflictos y la vida interior de una ciudad de Dios. La talla de fray Guillermo ¿hubiera estado tan bien dibujada si el actor no hubiera sido Sean Connery? ¿Habría llegado la altura de esta interpretación a los espectadores si el papel lo hubiera encarnado otro intérprete? Son preguntas estériles. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que hay mucha gente que no tiene inconveniente en ver de manera recurrente el film. ¿Es la trama policíaca? ¿La ambientación? ¿La época reflejada? ¿El misterio que se respira en cada escena? ¿La interpretación de todos los que intervienen en la película? De todo un poco, o de todo mucho. Pero sobresaliendo, ese actor de raza que acaba de morir con noventa años. Que la nada le acoja. Pues el monje de la rosa medieval o el agente secreto o el amante de Marnie o el padre del arqueólogo o el intocable o el bandido de los bosques, entre tantos personajes, le resucitarán siempre entre nosotros.
2. Un posible diálogo que me invento en base a la imagen:
ADSO. ¿Por qué se vive entre tinieblas, maestro?
FRAY GUILLERMO. No te dejes engañar por el ámbito en que vivas, Adso. Además solo vive en tinieblas quien lo elige. Y tú no tienes edad para sucumbir, como todos estos, a una visión opaca y cerrada de la existencia. Ni siquiera para que pienses en ello.
ADSO. Es verdad que si no fuese por usted yo no sabría en qué dirección encaminarme.
FRAY GUILLERMO. Todos hemos pasado por el principio, y en cualquier momento hemos atravesado circunstancias confusas, pero el saber no viene desde fuera por las buenas sino que hay que elaborarlo dentro de uno, como hace el maestro cervecero del monasterio con la destilación.
ADSO. ¿Ni siquiera viene de arriba el saber?
FRAY GUILLERMO. Adso, eso tienes que descubrirlo tú con el poder del razonamiento que te proporciona la mente y con la actitud que mantengas con cuanto te rodea.
ADSO. Pero yo pensaba, maestro, que los hombres...
FRAY GUILLERMO. Los hombres son parte del paisaje, y en muchas ocasiones son más difíciles de acceder que una montaña y más capaces de engullir que el océano.
ADSO. ¿No debo, pues, confiar en ellos?
FRAY GUILLERMO. También de ti depende. De tu capacidad observadora, de cómo sepas llegar hasta su alma y sobre todo de que estés prevenido contra el mal que tantos de ellos ejecutan, y cuya norma de conducta no saben enderezar.
ADSO. Pero hay personas afables y sinceras, maestro, aunque algunas que yo las veía así no se portaron luego bien conmigo.
FRAY GUILLERMO. Si analizas la naturaleza en general verás que no hay seres más contradictorios y capaces de comportamientos opuestos, tanto benefactores cual dañinos, como los hombres. Llegará un día en que tu olfato, que se basará en la experiencia, te indicará sobre la dignidad o indignidad de cuantos vayas encontrándote por la vida. Y conforme a ello sabrás tratarlos.
ADSO. Pero eso sucederá solo con la gente más analfabeta y miserable, ¿no, maestro?
FRAY GUILLERMO. Ay, Adso, pasa con ellos, sin duda, pero en cuántos de esa condición no los hay más decentes, sabios y verdaderos que los que están encumbrados y pregonando que saben e imponiendo sus leyes.
ADSO. Entienda mis temores, maestro, y sepa que solo encuentro confortación en sus palabras. Pero, dígame, ¿siempre hay que pagar un precio por la vida?
FRAY GUILLERMO. La vida tiene mucho de transacción mercantil, y hasta qué punto que muchos solo saben hablar consigo mismos y con Dios poseídos de ese lenguaje. Pero la vida tiene que ser otra cosa.
ADSO. Cuanto me previene sobre los hombres lo agradezco, mas es para dar miedo, ¿no?
FRAY GUILLERMO. Por eso digo que vivir tiene que ser algo más y muy diferente. La Tierra es grande, de cerca y de lejos. No solo los territorios que no se acaban de alcanzar nunca sino la profundidades que hay en el cuerpo de los seres vivos deben ser objeto de nuestra atención. Y si es posible de nuestra dedicación.
ADSO. ¿Quiere con eso decir que hay que conocer todo lo posible? ¿Que tras todas las cosas y manifestaciones hay una explicación? ¿Que solo conocer nos salva?
FRAY GUILLERMO. Así es, Adso. Y fíjate bien: no para conquistar sino para comprender. Y comprender es encontrar sentido a la existencia.
Etcétera, pero no quiero aburrir.
(Fotograma de la película El nombre de la rosa, de Jean-Jacques Annaud, basada en la novela de Umberto Eco)
***
Y una interpretación del gran Pedro Iturralde (Falces, Navarra, 1929-Madrid, 2020), que también ha hecho mutis por el foro.
"Ay del que junto al río / no quiere llamarse sed".
Rosario Castellanos, El rescate del mundo.
Jacinta, soy un juez del montón, aunque en una población pequeña sea considerado una autoridad. ¿Sabe por qué?, y Ordóñez dudó si tutearla. Por no haber tirado por la borda la profesión a raíz de haber viajado a Europa. Debí haber aprovechado el viaje para interesarme más por la cultura y no tanto, o no solo, por el amor. Y mucho menos por el Derecho. Fíjese que aquella mujer que me enloqueció por sus atractivos, que no se limitaban a lo erótico, también influyó en mi a través de sus conocimientos. Jacinta recibió aquella confidencia como un reto. ¿Y qué le podría yo ofrecer a este hombre que tiene tanta sed o, mejor dicho, tantas clases de sed?, pensó. Mis conocimientos son reducidos y muy locales, mi práctica amorosa limitada e incluso agotada en la rutina, mis palabras escasas y no muy expresivas. ¿Acaso mi calor? ¿Un calor coloquial que nos abra a los dos con el desahogo de mutuas confesiones? Siga, Ordóñez, usted es un hombre de mundo aunque lleve recalado aquí muchos años. Usted llegó a vivir de verdad siquiera por un tiempo que seguramente sigue permaneciendo latente. Puede contarme con libertad, y quién sabe, y Jacinta sintió el latigazo del rubor, si a través de sus experiencias se despierta en mí algo que me saque de la rutina y el apagamiento. El juez esbozó una sonrisa. Como si entrara en su cerebro un oxígeno que no respiraba desde hacía tiempo. Tengo casi olvidado aquel viaje, dijo reprimiendo su verdadera intención de abrirse. La mujer le contempló con cierta decepción. Dicen que lo que se vive con intensidad, por muy lejano que quede, perdura y se convierte en refugio para siempre. ¿Quiere decir usted, Jacinta, que también lo ha comprobado? Jacinta se sintió pillada pero disimuló. No había prisa por los desahogos. Fue decidida. Desde que no da señales mi marido pienso menos en él y más en la mujer que vivió antes dentro de mí. ¿Le parece, Ordóñez, que cometo una traición? ¿Que soy una despegada? ¿Que al volver al pasado cometo un acto de infidelidad? El juez estuvo a punto de responder que él no había estado casado ni había mantenido una relación lo suficientemente larga con una mujer para saber opinar sobre esa clase de dudas. Desgraciadamente no soy testigo fiable para juzgar en privado este tipo de sentimientos, le dijo librándose de estar tentado a ejercer con su criterio ningún tipo de presión. Luego añadió: en ese sentido, es usted quien debe aportarme a mí. Tal vez así la entienda y comprenda en cierto modo las razones de que Pallarés se haya alejado un tiempo. Porque seguramente es lo que ha hecho. No desaparecer, salvo de un contacto inmediato, sino alejarse. Acaso necesitaba él también repensarse la vida, si me permite que lo diga así. Jacinta le miró tratando de valorar sus palabras. Llega un momento en que repensar la vida, como usted dice, puede ser útil para uno mismo, pero no sé si restaura vínculos. Salvo los de la costumbre y la monotonía. Pero ¿no es triste que toda tabla de salvación consista en dejarse llevar sin más, contando el paso fatigoso de los días? Ordóñez pensó que la mujer avanzaba, no sabía muy bien hacia dónde, tal vez hacia una búsqueda con la que en solitario no sabía dar. ¿O era mucho más sencillo? El juez observó la tranquilidad de Jacinta, admiró su manera de hablar prudente. Se sintió relajado. Se lo dijo con sencillez. Me siento a gusto, ¿sabe? Aquí y en este momento, como si ambos habitáramos un territorio neutral. ¿No es en esa clase de espacios donde los humanos son capaces de entenderse mejor? Ordóñez vertió a medias en el vaso de Jacinta. Este vino está elaborado con un merlot excelente. Me lo trajeron de Asunción no hace mucho. No, no piense que se trata de ningún soborno; simplemente el agradecimiento de un viejo amigo de la facultad con quien me reencontré. La vieja camaradería, como el gozoso amor perdido que no olvidamos del todo, procuran a veces sus satisfacciones. Jacinta alzó leve y significativamente el vaso, como si aquel instante fuese también para ella una de esas satisfacciones inesperadas que dan aliento o, quién sabe, si alguna clase de esperanzas.
Fotografía de Éric Marváz
¿Has visto cómo Rika y su amiga se esconden para ver a los hombres?, dice Koichi a su compañero Ryo cuando pasan por la senda que lleva a la aldea. Son unas curiosas de tomo y lomo, pero no lo hacen mal. Donde se colocan no las ve nadie, aunque resulta que esta vez las hemos cazado. Vamos a darlas un susto. No, déjalas, sujeta Ryo al otro. Que vayan aprendiendo. ¿No dicen que la base de todo conocimiento es mirar? Si miran llegarán a ver. Si ven, distinguirán y entonces estarán capacitadas para elegir. ¿No nos ha sucedido a nosotros lo mismo? Koichi, al que le hace gracia el argumento de su amigo, se retrae. Tienes razón. Ha sido la mirada la que nos ha despertado a todos. Y nunca es tarde para diferenciar los paisajes y medir las distancias. Total, ellas no se van a ir a ninguna parte y puede que algún día nos busquen a nosotros. Koichi y Ryo, recaderos del almacén del viejo señor Masaoka aceleran el paso. No saben si porque les están esperando con urgencia en la tienda o porque no quieren sucumbir a la tentación.
Sobre las curiosas escribe Chitón en este enlace:
https://ehchiton.blogspot.com/2020/10/las-mironas.html
Grabado de Katsushika Hokusai
La libertad de expresión siempre tuvo sus riesgos. Pensábamos que en la enseñanza un profesor que informara de la Historia a sus alumnos o expusiera criterios sobre las manifestaciones contrarias a la razón estaba a salvo. Pero los fanáticos -y las religiones han sido secularmente el medio ambiente donde el patógeno llamado intolerancia se cría- están ahí y no cesan en su violencia. Los del dogma islámico se han crecido dentro de la sociedad francesa. La penetración en la escuela es uno de los caminos para avanzar en la implantación de sus creencias. Buceando en las arenas movedizas de las redes sociales promueven el enfrentamiento con la sociedad laica y constitucional. Aprovechando precisamente los amplios márgenes que una democracia concede. Samuel Paty fue degollado por un joven a cuyo doctrinarismo parece ser que no es ajena parte de su familia y de la autoridad musulmana más cercana.
Siempre corrieron riesgos:
Los que indagaban en el universo y en la vida y difundían el conocimiento.
Los que promovían el análisis de los hechos históricos.
Los que generaban información y metodología crítica.
Los que alentaban el uso de la Razón y una comprensión abierta de los fenómenos del mundo.
Los que adoptaban y defendían actitudes éticas del libre pensamiento frente a los dogmas, el silencio o la pasividad.
Los que procuraban el bien colectivo y pugnaban por alcanzar, utópicos ellos, tal vez, una sociedad equilibrada y que facilitara satisfacción a las necesidades de todos los hombres.
Etcétera.
No pensemos que el fanatismo es solo propiedad de las corrientes islamistas más viscerales. En España lo hemos vivido de manera virulenta de mano del dogma nacionalista vasco y lo vemos agitándose en otras aguas nacionalistas, no solo periféricas como la catalana, sino en el nacionalismo extremista español. A veces son pequeños detalles, aunque simbólicos y expresivos. El Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, destruyendo hace unos días lápidas de personajes públicos demócratas de la historia del siglo XX. Cuando un organismo público decide tomar una decisión de esa clase es más preocupante. Mañana, ¿qué se les puede ocurrir? Esto viene a propósito de un artículo que he leído del reconocido historiador Ángel Viñas en su blog. Me ha proporcionado información y reflexión. Y una conclusión: ¿Quiénes son los que tratan de volver al pasado?
https://www.angelvinas.es/?p=2308
Sueño que mi cuerpo caía sobre sí mismo, y que en la caída reproducía otro cuerpo idéntico. Yo lo contemplaba. Él contemplaba el mío. Su identidad de volúmenes, sus rasgos curvilíneos exactos, el juego de sombras análogo que trazaban al revolverse en el espacio los confundía. Ninguno de ambos cuerpos sabía quién era el anterior. Se abigarraban en la noción de correspondencia, sin que se sintieran afectados por ese sentido de propiedad innato que poseen todos los cuerpos terrestres. Al atraerse y rechazarse, pues en aquel espacio no había gravedad sino flujo móvil en todas las direcciones, los cuerpos se rozaban tratando de evitarse, pero un golpe de azar los empujó a una colisión apenas perceptible. De ella se generó un tercer cuerpo, al principio impreciso, más tarde equivalente a los que estaban formados. El movimiento imparable, aliado con las dimensiones de los cuerpos, borraba cualquier origen y no daba lugar a que entre ellos se estableciera ninguna clase de diferencias. Somos cuerpos singulares, no moléculas, dijeron los tres al unísono con la alegría cantarina que proporciona la juventud y la belleza de los cuerpos. Pero escucharon una voz cavernosa, de ubicación indescifrable. Sois producto de la suma que nosotras contabilizamos. Vuestro baile en el vacío es el que hemos propiciado. Del mismo modo que hoy sois cuerpos podéis dejar de serlo si nos place. Si nosotras nos descomponemos volveréis a ser no ya invisibles sino inexistentes de nuevo. Pero la jactancia tan propia de la jovialidad de los cuerpos recién encarnados suele despreciar las palabras que no quieren ser oídas. Y se rebelan contra el ordenamiento de los espacios. Y desafían la imprecisión de los tiempos. Nuestro destino perseverante va a ser deambular por el ámbito de una eterna juventud, clamaron con musicalidad aquellos cuerpos flotantes e inefables. He soñado que soy tres cuerpos que se garantizaban el relevo entre sí. Tres cuerpos sin edad, sin desgaste, sin carencias, sin necesidades. Insólitos y confiados. Al despertar, encogido y tenso por los movimientos convulsos de la noche, traté de palpar mi cuerpo ordinario. Pero no lo encontré.
Fotografía de Pierre Boucher
La letra de la canción Sucia ciudad vieja:
Conocí a mi amor en la pared de la fábrica de gas
Al cruzarse el samurái y su pequeño pero aguerrido séquito con el joven pintor de los caminos se detuvieron. ¿Sabes quién soy?, preguntó aquel. El aspecto fiero del jefe no pareció inquietar al joven. Un señor de la guerra pero también de la paz. Un señor de lealtad al shogun pero también un amante del arte, contestó con tono sumiso Fumiyo. Déjate de lisonjas, se impuso el guerrero. ¿Cómo sabes que amo la belleza de la pintura? El artista no vaciló. Señor, si no te interesara la belleza no te habrías parado a ver mi trabajo. Hubieras pasado de largo a todo galope para impresionar a los aldeanos. El samurái rio. ¿Y si no hubiéramos parado y te hubiésemos cegado con la polvareda? Te reconocería igualmente como poderoso y me habría doblado a tu paso, pero me habrías proporcionado la satisfacción de poder dibujaros en la galopada y con polvareda. Eres listo, joven artista, dijo el guerrero. Tengo prisa y debo llegar a Edo lo antes posible. Pero ganas me dan de llevarte con nosotros. En la corte tendrás oportunidad de que tu arte prospere y seas conocido. El joven se sintió tentado. Señor, cuenta con mi agradecimiento, pero entre la ruta y la corte hay un tiempo y un espacio donde mi pintura puede crecer. ¿No crees que los más humildes también se merecen que se sepa de su vida? El samurái alzó la mano para indicar a su cortejo la reanudación de la marcha. Eres agudo y sabes lo que quieres, contestó al muchacho. Prosigue lo que te indique el instinto, aguza la mirada y haz lo que debas. Tal vez nos volvamos a encontrar.
En Chitón hay una historia relacionada.
https://ehchiton.blogspot.com/2020/10/pintar-los-oficios.html
Dibujo de Katsushika Hokusai
Aquella mañana bajé a desayunar al habitual café del Boulevard Saint-Michel, pues yo vivía entonces en una pensión de la Rue Saint-Severin, que queda al lado, y como cada jornada compré el diario en el quiosco de Jean-Pierre, hombre afable y diligente. Jean-Pierre Duclós había sido un antiguo boxeador de savate, ese boxeo francés en el que se usan puños y pies, ejercicio de cuyas competiciones había salido algo tocado del ala, no tanto por el esfuerzo en sí como porque se sentía un fracasado. Creo que me equivoqué de arte, me dijo una vez, pero se me pasó el tiempo de intentar otro. Jean-Pierre había engordado y prefería la tranquilidad de su oficio y las tertulias vespertinas. ¿Se ha enterado?, me dijo cuando le compré el Libé. Se ha muerto un monstruo del cine. Me quedé de piedra al contemplar la portada. El periódico lo calificaba de gigante, que es diferente a monstruo, pero que en nuestro acervo actual suele ser análogo para determinadas actitudes a reconocer y ensalzar. He visto todas sus películas, siguió comentando Jean-Pierre. Yo también, le repliqué, aunque en ambos casos era una manera de generalizar. ¿Te quedas con alguna de sus películas en especial?, le pregunté. Con la titulada Toque del diablo, pero que conste que todas me han gustado. Ya sé que la célebre por excelencia, la más citada, Ciudadano Kane, es una catedral del arte de la pantalla. De arte, de historia, de conductas humanas, de ideología, incluso, precisé yo. Y Pierre: sí, todo eso, pero las tramas oscuras con personajes oscuros me apasionan, y encima ese comienzo vertiginoso que hay en Toque del diablo, con la música perturbadora de Henry Mancini in crescendo coloca al espectador desde el minuto uno. Pobre del que entre tarde a la sesión, perderse el comienzo es quedarse sin una buena sustancia de la película. Añada el personaje grueso y enérgico que recrea Welles en un film en blanco y negro y el arte está servido. Me asombraba lo puesto que estaba Jean-Pierre en materia cinematográfica, así que aquella mañana nos sentíamos ambos con el sentimiento gravemente herido. De esto de morirse la gente importante del mundo lo vamos a ver cada vez más, dijo consolándose. Naturalmente también de los no tan importantes. La portada del Libé me parece de lo más acertada, un homenaje, dijo al despedirme. Cuando horas más tarde me encontré con el arqueólogo bagdadí al que había conocido unos días antes, y que daba un curso en Nanterre, le comenté el fallecimiento de Welles. Brindamos por el cineasta con un rico e intenso Calvados. Luego me confesó con su chapurreo de francés: He visto pocas películas de ese director, pero aprovecharé París para ponerme más al día en alguna cinemateca. Un tema lleva a otro dentro del laberinto de nuestros pensamientos. Y ahora recuerdo al entrañable y abierto amigo mesopotámico, de nariz deformada por el viento del desierto, con el que hablé de lo divino y lo humano con una libertad, una curiosidad y un ansia de saber que no he superado. Entonces yo era joven. Pero ese es otro capítulo.
A veces ciertas fechas desatan episodios del pasado. He sacado del cajón de los recuerdos de casa la portada del Libération del día siguiente a la muerte del gigante. Justo cuando mañana se cumplen treinta y cinco años. Ah, a la película favorita de Jean-Pierre Duclós se la conoce en España como Sed de mal.