viernes, 29 de julio de 2022

Frustración

 


Ahora eres tú quien te debes mirar a ti misma, si puedes y lo logras. ¿A cuántos hechizaste y destruiste con tus ojos homicidas?  Sé víctima de tu frustración para que comprendas, impelida por un instante de pavor que precede a tu muerte, lo que otros sintieron cuando los petrificabas. 

Di. ¿Qué experimentas en este instante letal en que la harpé del héroe venga a los desdichados? ¿Qué sensaciones te acometen cuando ni siquiera tienes un tiempo de redención? ¿Cuánto te aflige saber que ya no habrá pensamiento ni anhelo ni goce como los que tu turbia condición hicieron presa en ti? ¿Cómo interpretar el espanto que tu rostro sangra? Lacerada por la separación y la pérdida del resto del cuerpo los cabellos se te rebelan generando coléricas culebras. ¿Es el movimiento reptante e inquieto de la maraña ensortijada lo que te asusta? ¿Temes que tu antiguo rostro soberbio sea carcomido por las mensajeras del fin de tus días? ¿O es la memoria de tus actos funestos que no te perdona? De nada te vale ya el temor imprevisto al héroe que llegó para vengar a cuantos convertiste en roca. Su espada ha sido fatal, pero no menos que la mirada de acero con que sentenciabas a los más débiles. 

Pero yo te comprendo. Comprendo que también tú, única mortal entre tus hermanas, pagaras un precio por tu belleza. Comprendo que la frescura y el color de tus cabellos, tan exuberantes y altivos, desatasen los celos de la omnipotente diosa. Los dioses son coléricos y se muestran a veces tan mortales como los humanos. Ni siquiera ellos pueden admitir que un mortal posea tanta sabiduría o belleza o capacidad amatoria como las suyas. No admiten competidores, ni juegos entre humanos y dioses si no les son favorables, ni enseñanzas que les cuestionen dejándoles en entredicho si no en ridículo. Nunca estaré de acuerdo con que la diosa ejecutara tu condena haciendo de tu cabellera un nido de reptantes. Si antes otro dios soberano y oceánico te violó, como cuentan algunos, o al que te entregaste condescendiente y apasionada, como dicen otros, desatando bien tu propia ira, bien la ira de la diosa, también puedo entender tu posterior reacción. Pero, ¿por qué han pagado cuantos seducidos te han mirado con fijeza, atraídos por tu hermosura y por tus ojos indescifrables, tu afán vengativo? 

Volverás a habitar el inframundo, demediada eternamente y trastocado tu rostro en la imagen del horror que te produces tú misma. Yo siempre evité contemplarte de frente y ahora la sigo evitando porque el rostro del espanto también mata. Y no hay égida donde te reflejes que me dé total seguridad.  




* Medusa, por Michelangelo Merisi da Caravaggio.

martes, 26 de julio de 2022

Kafka está en todas partes, pregúntenselo si no a Sebastian Haffner

 


Si alguna vez había leído el cuento de Kafka Ante la ley no había visto en él más que una de las críticas que con claridad o veladamente hace el escritor de Praga al funcionamiento rígido de las sociedades, a la esclerosis de la administración y a sus sistemas de control y anulación del individuo. Pero repasando un tema espinoso de la historia contemporánea, el fracaso de la revolución alemana de 1918/1919 y el desarrollo de la República de Weimar hacia el abismo, me he topado con los estupendos textos de que el berlinés Sebastian Haffner -Alemania: Jekyll y Hyde. 1939, el nazismo visto desde dentro o el espléndido Historia de un alemán, además de La revolución alemana de 1918/1919- hace gala por su conocimiento sobre aquellos períodos turbios y turbulentos, antes de su exilio en 1938.

Es precisamente en su obra La revolución alemana de 1918/1919 donde el prólogo nos ofrece una interpretación peculiar del escrito de Kafka, que acaso no tiene que ver con la intención del checo, pero que Haffner saca su jugo adaptado a las circunstancias. Adjunto lo que Haffner escribe:


"Franz Kafka en su relato Vor dem Gesetz (Ante la ley) narra la historia de un hombre que solicita entrar a un implacable guardián y que pasa toda su vida esperando ante la puerta, siendo rechazado una y otra vez, pero sin perder la esperanza, intentando vanamente persuadirlo. Finalmente, en la hora de su muerte, el guardián le grita al oído que ya va perdiendo: Esta entrada estaba especialmente reservada para ti. Ahora me voy y la cierro.

La historia del Imperio (Reich) y de la socialdemocracia alemanes recuerda este relato kafkiano. Al surgir casi simultáneamente parecían estar hechos el uno para la otra: Bismarck trazó un marco estatal en el que podría desarrollarse la socialdemocracia y esta esperaba que algún día podría dotarlo de un verdadero contenido político de forma duradera. Si lo hubiese logrado, tal vez existiría hoy el Reich alemán.

Pero ya sabemos que no lo consiguió. El Reich cayó en las manos equivocadas y se hundió. La socialdemocracia, que desde el primer momento se sintió llamada a dirigirlo y que quizá hubiese podido salvarlo, nunca reunió en los 74 años de existencia del Imperio ni el valor ni el vigor suficientes para hacerse con él. Como el personaje del relato de Kafka, la socialdemocracia se había instalado cómodamente ante la puerta. Y también a ella la Historia le podía haber gritado al oído en 1945: Esta entrada estaba especialmente reservada para ti. Ahora me voy y la cierro

Pero al contrario que en la historia de Kafka, en esta hay un instante dramático en el que todo parece cambiar. En 1918, ante la derrota inminente, los guardianes del Reich abrieron a los propios dirigentes socialistas la puerta de entrada, cerrada durante tantos años, y los dejaron pasar voluntariamente a las antecámaras del poder, no sin segundas intenciones; y entonces las masas socialdemócratas se precipitaron hacia el interior, empujando a sus dirigentes y arrastrándoles hacia la última puerta, hasta el mismo poder. Tras medio siglo de espera, parecía que por fin la socialdemocracia alemana había alcanzado su objetivo.

Y entonces sucedió algo increíble. Sus líderes, que habían alcanzado a regañadientes el trono vacante conquistado por las masas socialdemócratas, movilizaron inmediatamente a los antiguos guardias de palacio, ahora sin señor, y mandaron echar de nuevo a sus seguidores. Un año después, los mismos líderes volvían a encontrarse fuera, ante la cerrada puerta, y para siempre.

La Revolución alemana de 1918 fue una revolución socialdemócrata sofocada por los dirigentes socialdemócratas: un suceso sin par en la Historia".


Esto lo escribió Sebastian Haffner en Berlín en enero de 1979. Se puede discutir lo que interpreta desde el punto de vista de la historia, pero no el uso metafórico de un texto de Kafka, que demuestra que Franz está por todas partes.





domingo, 24 de julio de 2022

Ante la ley. Cuento de Franz Kafka

 


Ante la ley 

Franz Kafka 




Ante las puertas de la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. 

El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar. 

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. 

La puerta que da a la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice: 

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera. 

El campesino no había previsto estas dificultades; la ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta. 

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice: 

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. 

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino. 

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable. 

-Todos se esfuerzan por llegar a la ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar? 

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: 

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla. 





* Óleo de José Hernández.






viernes, 22 de julio de 2022

Gravedad

 


¿Será ya esto la muerte, Karl? Pesa la vida presenciando pérdidas. Los días son onerosos cuando tienes la sensación de que los caminos se cierran. Pero ¿acaso podíamos elegir? No quisimos pasar por la puerta cuando podríamos haberlo hecho. Y cuando intentamos optar ya no se nos permitía acertar. ¿Qué cuenta el individuo ante la oleada de un tiempo que conduce a la masa hacia un mundo donde habita la sinrazón? Karl me decía que siempre hay que invocar la resistencia personal. Aunque dé la impresión de que es inservible. A pesar de que no sea reconocida por otros, sino más bien denigrada. Todos han elegido seguir como ciegos al hombre providencial. ¿Por qué la gente no despierta y deja de creer en la patraña de una providencia que no es tal? Encerrada en mi visión pesimista de la vida sé que no gusto a nadie. Te gustas a ti misma, no es poco, me decía Karl. Mis conciudadanos se entregaron hace tiempo como autómatas a las falsas promesas. Se confundieron de Prometeo y respaldaron uno que, lejos de romper sus cadenas sujetó sus vidas con dobles eslabones. ¿Tanto pueden influir las palabras que se venden como bellas y que miman los oídos de los que no saben o no quieren distinguir? Palabras que no valdrían más de no ser porque están respaldadas por fuerzas siniestras, la mano dura, el control social. ¿Será ya esto el perecer, Karl? Aún tengo que escuchar con frecuencia, a pesar de cuanto está sucediendo, que él o ellos, y lo dicen con entonación de letras mayúsculas, nos lo han dado todo. Si yo les replico que somos nosotros, cada paisano, cada alma, quienes hemos dado hasta el sacrificio vacilan, pero no acaban de reconocerlo. Pesa sobremanera la tozudez insana y despersonalizada de quienes se niegan a la vida. Grava la obscena ambición sobre nuestras cabezas. ¿Cómo acabaremos?



* Autorretrato de Käthe Kollwitz

miércoles, 20 de julio de 2022

En reconocimiento a José Antonio González, barrendero muerto al pie de una tarde de más de 40 grados

 


Un barrendero que cae muerto en pleno trabajo en una tarde de plomo  de cuarenta y pico grados ¿qué es? ¿Un héroe o un antihéroe? ¿En qué nómina de reconocimiento se inscriben los albañiles que mueren en una obra, los conductores profesionales que se estrellan, los brigadistas apagando un incendio o los barrenderos limpiando las calles? Por citar casos recientes. Siempre me ha ha hecho gracia aquella expresión: muerto en acto de servicio, que se aplicaba a  ciertos sectores de actividad pública en señal de reconocimiento formal. ¿Se aplica acaso a alguno de los anónimos caídos por la actividad cotidiana que beneficia a toda la sociedad? No lo sé. Pienso que el mejor reconocimiento es corregir lo que está mal. Los horarios, los medios de trabajo, la percepción salarial, la organización laboral, en definitiva. José Antonio González, sesenta años, caía muerto por un golpe de calor limpiando las calles. Otros, y pienso con especial ironía en autoridades y beneficiarios de la plusvalía generada por un empleado, estarían tan ricamente a la misma hora refrescándose en sus piscinas particulares. Ya digo: ironías de la historia cotidiana, la de los muertos anónimos en verdadero acto de servicio.



(Fotografía tomada de internet)

domingo, 17 de julio de 2022

Curiosidad

 





Ogni pensiero vola
(Cada pensamiento vuela)

Inscripción en la boca de Orco, Sacro Bosco de Bomarzo.


Acaso de haber conocido el florentino esta boca del Orco hubiera aplicado también a ella: perded toda esperanza los que aquí entráis. Pero aún faltaban tres siglos para que uno de los principales de los Orsini levantara su laberinto fantástico. Y las ideas habían evolucionado mucho en ese tiempo transcurrido. De ahí ese lema que hoy figura como recepción: Cada pensamiento vuela

Vuela la manera de pensar de cada época, pero también la asunción de pensar por parte del individuo. A pensamiento efímero, pensamiento nuevo. A cada pensamiento intrascendente, pensamiento consolidado. A pensamiento vencido, pensamiento conquistado. Son voces que resuenan en el interior de la arquitectura del hombre devenido en morada infernal. 

Una morada que es de este mundo. ¿Qué otra cosa son los infiernos sino las aflicciones, los desatinos y las pérdidas? Si algo te aflige, cierra la herida. Si persistes en el error, revisa sus causas. Si duelen las pérdidas y las carencias, compadécete a ti mismo por no comprender los límites de la naturaleza humana

Descenso a la intimidad. Solo los espíritus débiles pueden sentir temor o rechazo ante un retrato en piedra. Parece oírse una voz ajena que se acerca. No soy yo quien engullo, sino la curiosidad que los mortales sienten. No soy un desmesurado rostro, soy una estancia de paso. Quien advierta pavor pero no manifieste asombro se pierde lo interesante que hay detrás

Retrato en piedra de la entrada a las tinieblas. Pero la oscuridad no es un fin sino solamente un trayecto a través del cual buscamos a trancas y barrancas la luz. No temáis las entrañas tenebrosas, porque no son vuestro destino. No os rindáis a las pruebas que encontréis ahí dentro. No os dobleguéis ante los seres monstruosos que aparezcan, pues no pueden ser la excusa para el abandono. No cedáis a las propuestas tentadoras, pues os desviarán de vuestro propio objetivo de purificación

El rostro de la boca del Orco simula la fealdad. Como la que cada uno de nosotros lleva pegada a su piel. Porque, ¿acaso hay mayor fealdad que la ignorancia? Traspasa las fauces del monstruo. Es el horror de no entender nada lo que debe darte miedo. Es tu mente obnubilada por la persecución de bienes la que te priva del bien de la belleza interior. Es la oportunidad que se te brinda de ser curioso la que te redime del desasosiego que causan las turbulencias. Orco te habla. Variedad de voces. Tú debes responderte a ti mismo.




*Boca de Orcus en el Sacro Bosco de Bomarzo. Fotografía de Herbert List.


jueves, 14 de julio de 2022

Confusión

 


Lo peor estaba por llegar. Pero, ella tan joven, ¿cómo iba a imaginarlo, amigo Alesandrovich? No lo sé, tal vez hablasen de la situación con frecuencia en casa. O acusaran más las estrecheces y vieran las orejas al lobo. Pero vivían alejados. Las noticias corrían por todas partes, Petr Ivanov, y llegaban hasta lo más profundo de los bosques, no obstante el control de las autoridades. ¿Qué vería el pintor en aquella chica, amigo? Tal vez dos miradas. La de quien abandona el pasado de la inocencia y la de quien se empieza a encontrar recelosa ante un presente quebradizo. Y un futuro incierto, matizaría yo. No cabe concebir en alguien tan joven un gesto así, ¿no crees? Sí, lo creo, pero eran tiempos duros y una cosa es la versión que imponían los comisarios políticos por aquí y por allá y otra lo que creyeran o quisieran creer los herederos de los otrora mujiks. Naturalmente con sus consiguientes riesgos si no eran cautos y callados. Tiene un aire de contención confusa esta joven, Alesandrovich. Cuando uno recibe informaciones contrapuestas más que claridad lo que incuba es un desorden de pensamiento. Y además pienso que acaso habían purgado ya a algún miembro de su familia. Porque si era así lo que le vinieran contando desde el comité no le resultaría creíble. Hay que ser muy fuerte para desalojar el engaño, y eso solo es propiedad de algunos adultos que persiguen siempre la verdad en su fuero interno, mi estimado Ivanov. ¿No crees que tal vez esta joven ya estaba ejercitándose en una especie de resistencia emocional, Alesandrovich? Probablemente. Al contemplarla me pregunto si sobreviviría al futuro inmediato la chica del bosque. Yo me pregunto si nos haríamos la misma pregunta, sin un retrato delante, sobre millones de individuos anónimos que no sobrevivieron.





* Retrato del pintor ruso Kuzma Petrov-Vodkin, La chica en el bosque, 1938.


martes, 12 de julio de 2022

Una cita espléndida de Martinus von Biberach

 


No sé de dónde vengo, / soy quienquiera que sea. / Me muero, no sé cuándo, / me voy, no sé adónde, / me extraña estar tan contento.

Tal cita se le atribuye a un clérigo alemán de finales de la Edad Media, Martinus von Biberach. Dicen que si fue su epitafio. También parece que al reformista Martin Lutero tampoco le gustó, y le faltó tiempo para dar la vuelta a la estrofa corrigiéndola y volviéndola al redil. Vana pretensión. Como sin duda no gustaría a la Iglesia romana. A mí me parece que sintetiza espléndidamente un pensamiento nada equivocado ante la vida. El aparente y sano escepticismo no es negación de la experiencia vital. Ese final lo aclara todo. Creo que así nos vemos algunos.




(Fotografía de Juan Rulfo)


viernes, 8 de julio de 2022

Seguridad

 


Me han dicho que Denis también se ha hecho un retrato. Que no estaba convencido pero ha cedido a la verborrea y los consejos de algunos amigos. Algo nada frecuente en él. Dicen que se queja de que aparenta más joven, más risueño y de una pulcritud rayana en la ridiculez. Cuando le vea le aconsejaré que no se apure por ello. Que la gente no le va a recordar por el retrato, sino por su inmensa obra. O ve a saber si le recordarán, pues la ingratitud es un defecto humano.

Y de mí, ¿quién se va a acordar? Añádase un por qué, un cómo y un cuándo si se quiere. Soy de la opinión que muchas veces recordamos habitando un dónde. Vivimos pensando que las siguientes generaciones nos tendrán en su memoria y que de algún modo honrarán nuestro paso por la tierra, siquiera por haber sido progenitores. Aunque no estoy tan segura. Más allá del ansia por la herencia, ¿tendrán un huequito en su mente para nosotros? Por otra parte, si hablan a la ligera o con malicia cuando ya no viva me va a dar igual lo que digan. Los que me han conocido darán su parcial interpretación de la mujer. Los que no me hayan tratado incurrirán en repetir historias, y no digo ya tópicos, que nada me afectarán aunque sean imaginarias y desproporcionadas. Unos verán en mi actitud vital a la mujer seductora. Otros serán prudentes y me reconocerán como la mujer dialogante. Los estetas criticarán en mi retrato una pose de coquetería. Los divertidos contarán anécdotas sobre mis bromas. Los reaccionarios me señalarán confundiendo mi profundo uso de la libertad con lo que ellos llaman libertinaje. Moralina de celosos. Algunos más convencionales exagerarán mis dotes cultas. Aunque no faltarán quienes al verme con los dedos entre las páginas del libro comenten que no pasa de ser postureo. Los envidiosos, ¿y qué puede esperarse de ellos?, soltarán entonces habladurías varias sobre mí, deseosos de haber estado también bajo mi protección no solo afectiva sino material.

Han llegado a mis oídos algunas impresiones de quienes han pasado por mis salones. Unas de sincero respeto. Otras más bien morbosas, por ejemplo todas aquellas que más que impresiones son juicios de valor y se ceban en mis enamoramientos. Que si cuando estaba con Jean-Jacques ya me entregaba a Friedrich, que si lo intenté con el de Ferney e incluso que coqueteé con Denis o el Barón. Cito a estos por ser de los más conocidos. Jamás me han preocupado las impertinencias y las difamaciones o, diría más, nunca han podido conmigo. Una mujer que sabe ir siempre hacia adelante con claridad y firmeza no debe temer. ¿Que me gusta ser reconocida por aquellos que acojo y me frecuentan? Por supuesto, y a quién no. Tal vez el reconocimiento es la más sincera muestra de amor que pueden ofrecerse unos individuos a otros. En ese sentido valoro contenta lo que he dado y lo que he recibido. Todo ha tenido su interés, a pesar de diferencias, contrariedades y rupturas.

Pierre de Varennes, un amigo de provincias que apenas se exhibe por ambientes mundanos, ha dicho de mi postura en el cuadro que puedo dar satisfacción al criterio de todos. Que me van a interpretar con arreglo a la idea que se han hecho de mí al tratarme. Incluso, les caiga bien o me odien, me sentirán como una de las suyas. El sincero va a admirar mi prudencia. El ofendido se va a sentir a gusto al observarme rebajada de humos. El enamoradizo me va a tomar como rendida. El viajero, como una mujer dispuesta a las novedades. El despechado dirá que mi sonrisa es cínica. El culto querrá saber en qué página de qué libro he detenido mi lectura. De lo que opinarán mis criados, dice Pierre que mejor se lo calla.


 


* Louise d'Épinay, pastel de Jean-Étienne Liotard 

miércoles, 6 de julio de 2022

Peter Brook y su Mahabharata

 



"Todo había empezado con el joven indio que, durante los ensayos sobre nuestra función sobre el Vietnam, US, me había mencionado por primera vez la extraña palabra Mahabharata. La imagen que evocó me había venido obsesionando. Dos grandes ejércitos uno frente al otro, tensando las cuerdas del arco. En medio de ellos un príncipe, de pie, que pregunta: '¿Por qué tenemos que luchar?'

Una y otra vez, volví a aquella imagen. Un día hablé a Jean-Claude Carrière de la batalla, de las preguntas del guerrero. Quiso saber más y fuimos a llamar a Philippe Lavastine, el amigo erudito que había dedicado su vida a los estudios del sánscrito. Le pedimos que nos explicara la situación de los dos ejércitos, y quién era aquel príncipe y por qué pone en tela de juicio el significado de la guerra. Philippe empezó diciéndonos el nombre del príncipe: Arjuna. Después dijo que necesitábamos entender por qué su carro era conducido por Krishna, saberlo todo sobre los hermanos de Arjuna y sus primos, por qué estaban en conflicto y cómo habían nacido, y para ello teníamos que remontarnos a mucho tiempo antes de que fueran siquiera concebidos, a la creación del mundo. Oscureció y, cuando nos marchamos tarde por la noche, el minúsculo apartamento atestado de libros y papeles parecía relucir con la gran épica que acababa de empezar a desplegarse. Al día siguiente volvimos. Entonces una sesión sin aliento y asombrosa siguió a otra a medida que continuaba la historia, no en un orden lógico, sino como Philippe la recordaba, en toda su intrincada complejidad entrecruzada. Después, una noche, la historia había terminado. La habíamos recibido como lo hace un niño en la India, oralmente, de labios de un contador de historias. Al marcharnos en silencio, nos hallamos en la oscura, desierta calle de Saint André des Arts. Nos detuvimos. Supimos que compartíamos la misma decisión. No podíamos guardarnos para nosotros solos lo que habíamos oído. Teníamos que transmitírselo a otros a través de nuestro campo especial, el teatro".

Peter Brook. Hilos de tiempo. Editorial Siruela.


Peter Brook falleció el pasado 2 de julio a los 97 años. Entre tantas obras puso en escena su versión de Mahabharata. 







domingo, 3 de julio de 2022

Discrepancia

 


No me gusto. Yo no soy el de la pose. Discrepo. Mi amigo se empeñó en retratarme de andar por casa, pero una bata satén no la he usado jamás. Tampoco me reconozco en ese rostro en exceso saludable y despreocupado. No me veo con placidez rubicunda. Mis quehaceres me han tenido en vilo siempre. Las consecuencias de lo que he pensado y escrito, que no ha sido ni querido ser bien comprendido por ciertos portadores de las falsas verdades, han puesto a veces límites a mi libertad. Si no fuera por la satisfacción que me ha aportado el hacer avanzar mi proyecto compilatorio podría estar anímicamente peor. Y eso que ha podido irse al garete en más de una ocasión. También ha sido una compensación la ayuda y el interés de un número elevado de colaboradores. Y de los más íntimos, que tanto han aportado, qué podría decir. Que fue magnífica su proximidad, pero que, como en el amor, con algunos de ellos fue inevitable el conflicto o, si se quiere, el desentendimiento. Aunque puede que fuera a la inversa; tal vez algo recíproco. Los humanos somos propensos a acercarnos, siempre por necesidad, pero también nos resulta inevitable alejarnos, acaso por hastío. 

Mi amigo artista me sublima en exceso con sus pinceles. Se nota que a él mismo le pesa el estilo de trabajo que realizó en la corte de España. Flaco favor representarme como un escolar pomposo, que aparenta que escribe y que atiende con su mirada los pensamientos más idealizados. Yo, que tengo poco de idealista, que todo mi empeño es dar a conocer los avances del conocimiento humano y difundirlos para un buen uso del saber. Ese saber es el que puede abrir nuevos caminos que saquen a las gentes de la ignorancia. Que se convierta en herramienta para pensar por uno mismo y sirva para alejarse de las supercherías y por lo tanto de la esclavitud en que se ve sumergida la conciencia. 

Quienes vean mi retrato en el futuro pensarán de mí que fui un individuo apacible, risueño y disfrutando de toda clase de comodidades, no solo físicas sino sobre todo emocionales. Pero el padecimiento por las persecuciones de que he sido objeto dejan huella. La dificultades y endeudamientos de mi trabajo marcan y causan envejecimiento prematuro. Sin embargo hay algo en el retrato que me lleva a cierta condescendencia, haciendo que me reencuentre con un Denis auténtico detrás del Denis aparente. Y es esa actitud de movimiento casi imperceptible, más allá de la postura de un cuerpo y de la aparente felicidad de un rostro. Tal vez mi amigo el pintor no errase al captar, ¿cómo decirlo?, mi propio élan. Una actitud de progreso, de avance desde el pasado oscuro del que venimos todos al empeño por descubrir y consolidarnos en la luz. Es lo que más salvo de la obra. Esa leve alteración que huye de la rigidez. El dinamismo por ejercitar un ejercicio libre de las ideas. Y que recuerda que cuando uno piensa habla consigo mismo y, en mi caso, está a punto de hablar para los de más. Como si fuera a trasladar mi personal esfuerzo más allá del fin de mis días. Como un anhelo de continuidad. 




* Retrato de Denis Diderot, por Louis-Michel van Loo. 1767


jueves, 30 de junio de 2022

Bondad

 


El artista procura adaptarme un rostro de bondad. Pero soy toda pensamiento.

Pienso y recuerdo. Recuerdo y revivo. Revivo y me atrapa la ficción.

Lo imaginario levanta edificios efímeros. Moradas que, no obstante, acogen. Ámbitos donde los días son menos agraces.

¿Dónde se encontraba la materia de la que estoy hecha? ¿Qué sustancia tocó antes el artista con sus dedos? ¿Qué cuerpos y qué vidas insufló cuando yo no existía todavía?

Pienso más en la materia de la que procedo y en el proceso que me configura que en la intención final que va a ser expuesta a múltiples miradas. 

Los artífices quieren casar los elementos con las creencias. ¿Cuánto durará tal matrimonio? 

Oigo hablar entre ellos a los obreros que me dan forma en el taller. Están temerosos del resultado. Una diosa debe ser perfecta, dicen. No puede faltar ninguno de sus atributos, dicen. Cada detalle tiene que estar trabajado. Les escucho y me asombro de que quieran proyectarme más allá del espacio humano. Pero ellos siguen órdenes.

Por qué necesitan tanto los hombres libres como los hombres esclavos nuestras efigies no lo sé. Lo he comentado con los otros personajes imaginarios llamados también dioses y tampoco lo saben. Ninguno de ellos ha exigido adquirir caracteres aparentes humanos. Pero los mortales se empeñan en otorgar propiedades diversas por aquí y por allá, ora a sus divinidades ora a sus héroes. Tal vez a sus límites y a sus carencias.

Inclino mi rostro con actitud benévola hacia ese mundo conflictivo que habla de valores y de méritos, de ensañamientos épicos y de armonías perecederas, de prepotencias y de sojuzgamientos. ¿Interpretarán mi gesto por igual todos cuantos admiran con fervor mi presencia?

Pretendan lo que pretendan de mi representación definitiva, permaneceré inmutable. Imploren lo que imploren, callaré. Que busquen en mi rostro los rasgos que ellos ocultan de sí mismos.






* Perfil del rostro de la Victoria alada de Brescia.

lunes, 27 de junio de 2022

Plenitud

 


Toses, toses mucho, deberías vigilarte más, le aconseja afectuosamente el artista mientras extiende la virulencia del rojo sobre la paleta. Es parte de mí, dice la modelo ocasional entre risas ahogadas por la desesperanza. Has vivido al máximo, Anita. Ella suspira. Si la vida no fuese intensidad, ¿qué sería?, y le hace una mueca burlona. Tú recíbeme con la mirada como si me estuvieras atrapando con las manos. Además me siento cómoda en el rojo. Es como si la sangre abandonara mis venas, se deslizara por toda mi piel y me vistiera tomando el relevo del tul y de las gasas. Como si transformara la desnudez y sublimara cada protuberancia de mi cuerpo.

El pintor mantiene el pincel en el aire. Tú eres más artista que yo, Anita. Yo solo soy un mirón. Un observador detallista, es verdad, y ávido, que pretende que trasciendas en un lienzo. Anita se crece en sus posturas. No seas modesto, Otto. ¿Acaso no es tu mirada deseo? ¿No te abrasa la sangre caliente, el fuego de la seducción, el movimiento oscilante que te brindo? Otto ni afirma ni niega. Mi mirada es sentir a través de ti a la mujer que llevas dentro. No la tradicional ni la sumisa, sino la libertaria, la que extiende, incluso a costa de su salud y de su tiempo, las posibilidades que los cuerpos ofrecen, y a cuyas requisitorias salvajes no sabemos siempre responder adecuadamente. Cuando apetezca de tus frutos ya suplicaré que me dejes saborearlos.

Anita oscila su cuerpo. Canturrea y acompaña la composición con el leve movimiento de una danza. Otto, aunque un día yo no esté sé que siempre permaneceré viva para ti. Anita esboza una pose casi famélica. Me has conocido en infinidad de oficios y servidumbres. He sido dueña de mi cuerpo, pero también propietaria absurda de mi destrucción. Has oído de mí vituperaciones y me has defendido hasta la saciedad. No mejores en el retrato a la mujer que se consume poco a poco. La plenitud no es solo lo que se posee sino también aquello que jamás se tiene e incluso cuanto se ha perdido. La plenitud es la vida vivida y el anhelo por la no vivida o el desaliento por la extraviada. 

Otto licua en sangre carmesí aquel cuerpo depreciado. Ella se lo ha pedido.




* Anita Berber por Otto Dix.


domingo, 26 de junio de 2022

Zamora existe, a pesar de

 


Zamora existe. Diezmada la superficie de la Sierra de la Culebra, que tiene 70.000 hectáreas, de las cuales 30.800 han sido devastadas por el incendio de los últimos días. Pero existe. Existe a pesar de la quema. Y a pesar de la incompetencia de la Junta de Castilla y León, cuyo gobierno está en manos de PP y Vox. Con la quema las bases económicas de habitantes de muchos pueblos se han ido al garete. Han muerto animales en libertad, se han quemado colmenas, se ha deforestado una extensa zona. También se viene abajo una parte de las expectativas del turismo rural en la que tanta tinta ponen los gobernantes a la hora de la publicidad. El fuego existe, por supuesto y tendrá sus causas. Pero la gestión de control del mismo, a tenor de la denuncia de forestales, bomberos y vecinos afectados ha sido un desastre. Ni siquiera tuvo en cuenta la Junta las previsiones de la Agencia Estatal de Meteorología sobre el peligro extremo de incendio. Lo cual, según indica la prensa y denuncian afectados, llevó a una consideración inferior -riesgo medio en lugar de riesgo alto- y por lo tanto a reacción tardía, déficit de medios y limitado e insuficiente plan de combate de las llamas. Se les pregunta a las autoridades regionales y estas no saben ni contestan, porque saber da la impresión de que saben poco y además ni siquiera saben responder ni mantener el tipo ante las críticas. Eso si no echan la culpa a otros con intenciones partidistas, es decir, a los que se quejan y denuncian comportamientos deficientes. Es el déficit que ofrecen, en este asunto y en otros, los líderes de discutible monta -¿escasa, mediana?- que fueron votados y accedieron a la gobernación -pactos de por medio- en las últimas elecciones. Tomen nota para el futuro, pues, castellanos y leoneses, de lo que votan y a quiénes votan. Ni me consuela ni me resigno a admitir que esta es la comunidad de Castilla y León que tenemos y las autoridades que nos merecemos.











(La primera fotografía está tomada de Zamora News. Las fotografías de manifestaciones de ciudadanos de Zamora y provincia contra la Junta de Castilla y León están tomadas de El Norte de Castilla, NIUS y Zamora 24 horas. El mapa es de La Opinión de Zamora)


jueves, 23 de junio de 2022

Expectación

 


Sé que no me crees, Antonello. Pero estás poniendo la misma cara que en el cuadro de aquel hombre más joven que pintaste. Hasta Vasari se ha dado cuenta. Una cara mitad expectante mitad escéptica. 

Por supuesto, ya no tienes tan cuidado el rostro como hace unos años y avanzan algunas arrugas desordenadas si no salvajes. Probablemente porque te tomas la vida con más desapego y no corres como antes a aprender para que otros no te hagan sombra. Hoy la barba, a la que sigues poniendo límite, no se queda en leve sugerencia, ni el peinado a lo zucotto se te concede, ni los ojos muestran el orgullo de la viveza de entonces, ni el arco ciliar es tan moderado, ni el cuello estirado habla de un porte firme. Los años no han pasado en balde y tu cuerpo ya va teniendo alguna queja que otra, vapuleado como ha estado día tras día por tu exigente actividad. 

Que según te califico con estas observaciones estés haciendo lo posible por mantener aquel esbozo suave de tu rostro, que yo he conceptuado siempre de avispado, expectante y tierno, me place. Uno puede pasar por sucesivas pérdidas y deterioros, pero creo que si se ha tenido buena estampa en los años mejores de la vida, así llamábamos a la juventud, no lo olvides, la impronta no se pierde del todo. Tú, como preciso retratista, lo habrás percibido mejor que nadie, no solo en otros, sino en ti mismo. 

Y aquí, Antonello, llego yo tras dar contigo en esta patria en la que te refugias, dispuesto a que levantes acta de la verdad que mis facciones actuales exhiban. Un acta sin adulteraciones ni falsificaciones, una imagen más nítida y expresiva que la del espejo, donde las motas de azogue de mis años hablen con sinceridad. Me pongo a tu disposición para que un retrato de este mi tiempo de senectud compense nostalgias, reavive recuerdos y sirva de legado para mis descendientes. 




* Imagen. Retrato de un hombre, de Antonello da Messina (Mesina, 1430-Mesina, 1479) Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.


martes, 21 de junio de 2022

Hoy no como ayer (¿Solsticio?)

 


Por estas fechas entonces nos acuciaban dos hechos. Las vacaciones rompían aguas y el calor se ofrecía creciente. En el barrio había tensión sanjuanera y los chicos más lanzados recogían muebles viejos para la hoguera que se iba a prender en la confluencia de mi calle. 

Mi madre apuraba los últimos días del mes para preparar la maleta, sin prisa y sin pausa, con destino a la rústica ciudad del Norte. Era en esta urbe y durante los meses de verano cuando tenían lugar escenas más o menos semejantes a las de la película Cuenta conmigo. Cuando vi este filme de mayor con mi hija me sentía identificado no solo con el vestir de los actores sino con el tipo de muchachos, sus contexturas, sus modos de hablar y de comportarse, su capacidad de riesgo y aventura. Cada personaje de la película existía en la vida real de mis veranos, hasta podría indicar a cuál de ellos me parecía más físicamente. Para mí el camino del estío estaba despejado con sus calores y sus tormentas, sus rostros nuevos y los casi olvidados, la musicalidad del habla y el vocabulario peculiar de sus habitantes, los contrastes y lo inesperado, la empatía con los amigos que se perdían de año en año pero que se recuperaban a las pocas horas de llegar allí. Y las experiencias de otro mundo, semi rural semi urbano, con sus cosechas y sus fiestas, sus domingos anodinos y los sucesos inesperados y trágicos, las secuencias de ríos y de ferrocarril, las eras y las huertas, la lectura febril de los tebeos y de Marcial Lafuente Estefanía, los secretos de ciertos vecinos y los cuchicheos críticos, los ambientes de taberna y el paso de la vuelta ciclista. Etcétera. Incluso lo que se repetía cada año no era nunca igual. ¿O éramos nosotros los chicos, y yo en particular, quienes no éramos ya de un año a otro los mismos? Así que prolongar la niñez en la medida de lo posible se me imponía como capricho o acaso necesidad personal. Y el tiempo de adolescencia iba a ser más desabrido e iba a precisar más energía rupturista.  

En fin, a veces pienso que mi infancia de verano tuvo mucho de cinematográfica. Pero es al revés. Es el planeta de la imagen el que copia la vida y la recrea. O acaso un bumerán, que capta lo real, lo reelabora y lo devuelve como ficción que aceptamos cual realidad. Tantas décadas después, hoy no es como ayer. De entrada se supone que este 21 de junio es el solsticio, pero el termómetro próximo marca temprano diez grados. El aire sopla con ecos de estaciones más frías. El realismo fisiológico de la edad no le permite a uno ir de manga corta a las horas prontas. Quiero creer que llega el verano, cuando tras el mayo y el junio calurosos uno tiene la percepción de que el verano acaso ya ha pasado. Y Stonehenge y los cultos farisaicos no me convencen. Pero ¿significa eso que uno no puede seguir teniendo sus estíos a la carta? No. Lo que no quiero es que la publicidad, los usos y costumbres del personal, la dictadura del mundo de los negocios, lo que se lleva o lo que te incitan a adoptar (adoptar lleva consigo adaptar, una sola vocal producen un verbo algo así como madre e hija) le hagan a uno ni patético, ni impúdico, ni nostálgico, ni esdrújulo plano. Simplemente se trata de seguir viviendo.




(Imagen del filme Cuenta conmigo)

domingo, 19 de junio de 2022

Intimidad

 


Jan no se lo ha indicado. Agatha ha tomado la iniciativa. ¿Por qué te has movido?, inquiere el pintor. ¿No prefieres que haya girado hacia ti?, contesta interrogativa la mujer. No pensaba considerar el ángulo que me ofreces, replica él con tono molesto. 

Agatha le argumenta con dulzura. Para pintar como siempre ya tienes infinidad de modelos. Esos comerciantes y  letrados que te pagan bien aunque te regatean, o los arquitectos y funcionarios que no cesan de reclamar tus servicios para pasar a la posteridad. Ellos prefieren la convencional rigidez del retrato habitual. Se quieren altivos o severos o autoritarios. Pretenden impresionar. Pero yo quiero otra cosa, Jan. Una imagen donde la luz contraste con la oscuridad y se imponga a ella. Donde mi rostro te hable sobre todo a ti. Donde la mirada sea sencilla y a la vez condescendiente. Donde una cara no refleje un espíritu cerrado sino que transmita la emoción prudente y sincera de una mujer. 

Jan ha dejado descansar la paleta y, mientras, se mueve en torno a ella. La oscuridad no tiene apenas matices, dice. Pero la luz exige colores albos que distingan la expresión de un rostro lozano como el tuyo del adorno y el vestido. Deja que te contemple. Mantente en esa postura relajada. No eres ninguno de los personajes que pinto por encargo habitualmente. Y tu mirada, Agatha, ah, tu mirada, es ¿cómo diría yo? ¿Más cálida tal vez?, le interrumpe ella. ¿Un obsequio para la observación de tu genio? Jan se ha abstraído y habla desde otra dimensión. Espera que la mida, si es que la luz de unos ojos se puede medir.  




* Retrato de Agatha van Schoonhoven, obra de 1529 pintada por su marido Jan van Scorel (Schoorl, 1495- Utrecht, 1552) Galleria Doria Pamphili, Roma. 


viernes, 17 de junio de 2022

Maltrato

 



La belleza suscita envidia. La envidia genera impotencia. La impotencia deviene en ira. Los bárbaros no podían sostener la mirada de la afortunada. Ella no cedió a la falta de inteligencia de los bárbaros. Si no podemos someterla, dijeron estos, maltratemos la belleza ahí donde más le duela.  

Quebrado un rostro, la belleza, no obstante, sobrevivió.

(Post comentario. Los bárbaros destrozan pero a la larga suelen copiar los modelos que persiguieron. No pudieron rehacer jamás la destrucción, pero aunque pasaran siglos la imitación de aquello que no aceptaron en su día les descalificó para siempre. Muchos bárbaros desaparecieron, porque la violencia no genera hermosura. Mas no olvidemos que siempre hay nuevos bárbaros dispuestos a tomar el relevo)



(Cabeza de mujer del Museo Archeologico Nazionale di Taranto)

martes, 14 de junio de 2022

Celebremos la cosecha, Neil Young




Celebremos, Neil, que el tiempo es un cuento y la obra dura lo que dura. Pero ¿acaso el placer no es lo mismo? ¿O la curiosidad, o el asombro, o el acercamiento? Guiña un ojo a la vida, la transcurrida, la presente y la soñada. El placer o la aproximación o la perplejidad o el interés son descubrimientos tempranos que van exigiendo afinamiento a lo largo de los años. Hay que pulirlos, eliminar óxidos, verificar sus propiedades adaptadas al envejecimiento.  Yo casi no había crecido cuando lanzaste Harvest, pero cuando una composición es eterna los que llegamos más tarde la hicimos nuestra. 


(Yo la hice propia gracias a la chica de la barricada. No recuerdo su nombre, si es que lo supe. Aquella multitud estudiantil que cortaba la circulación ferroviaria no tenía más defensa que los que estaban delante o detrás. Se protegían unos a otros. Y el balasto de la vía. Pobre munición frente a los pertrechos de las mesnadas del régimen. A pesar de mantener a raya a los secuaces durante un tiempo largo tenía que acabar mal la aventura. Nos cogieron entre dos fuegos y la desbandada fue de órdago. Entre las piedras arrojadas al tuntún y los porrazos inclementes las brechas en la cabeza de muchos de nosotros fueron el pasaporte para ir directamente al trullo. Nunca he visto la agilidad juvenil tan disparada. Corrimos contra ellos y contra nosotros. El ¡tierra, trágame! de los tebeos estaba en la actitud de cada uno, pero ni por esas el suelo se hacía cargo de hacernos desaparecer. El azar, que tiene dos rostros, fue aliado de unos para la salvación y de otros para la mala fortuna. Hubo quienes tomaron el cauce de un pequeño río. Quienes se empeñaron en una carrera a campo a través. Quienes se bloquearon y no supieron reaccionar. En mi caso un portal y subir cinco pisos en un edificio sin ascensor. Vértigo. Allá arriba podía haberme esperado la trampa, pero estaba ella. Temblaba, se recogía nerviosa sobre su propio cuerpo, presa de una histeria que trataba de contener a duras penas. Ante mi presencia dudó, pero yo era uno de los suyos y lo advirtió enseguida. ¿También por mi espanto? Yo no había tenido tiempo de procesar el miedo. La huida era una reacción natural y protectora. No sabía siquiera si no habría caído en una encerrona, pero en una situación así no se proyecta el futuro inmediato porque ponerse a salvo era la exigencia del momento presente. Pensé en el pavor que traslucía la chica y me crecí. Era también el mío propio. En aquel instante ambos estábamos a la deriva y eso motivaba complicidad. Ella quería llorar abiertamente pero el miedo se lo impedía. No sé cómo se me ocurrió decirle aquello: si lloras me bebo tus lágrimas. Se relajó por un instante, y una risa corta y muda, pero balsámica, nos calmó. De esta salimos, le dije. Aún nos mantuvimos un buen rato allá arriba, junto al ático, atentos a ruidos, a pasos, a griterío. No debía haber allí vecinos o nos ignoraron. Esperando que el paso del tiempo hubiera eliminado también las cargas inclementes de la fuerza pública. Nos inquirimos sobre la facultad a la que pertenecíamos. Renegamos de la violencia de las cargas. Hablamos de música, ella sabía mucho más que yo. Fue cuando me dijo si había escuchado a Neil Young, que su hermano estaba muy enterado y que me podía dejar algún disco. Primero salimos de aquí y mañana me prestas el vinilo, le dije como si aquello fuera una charla de café. Y salimos, naturalmente. Algunos vecinos del barrio que iban con su utilitario al turno de tarde de las fábricas se nos ofrecieron para salvar el cerco. A, pero con las prisas y el nerviosismo no caímos en citarnos la chica y yo. Y aunque hubiésemos quedado, ¿qué iba a hacer yo con un disco si ni siquiera tenía tocadiscos? Así que siempre que escucho las canciones del intérprete de Toronto me viene a la mente la joven del desasosiego. ¿Pasaría por otra como aquella o peor? ¿Habría rehuido para siempre verse envuelta en una aventura análoga? Para qué hacer preguntas sobre los guiños que hace la vida a unos y otros. La vida es un guiño continuo. Celebremos, pues, la cosecha cincuenta años después, ¿verdad, Neil? Celebremos los años que nos queden para sembrar y recoger)










sábado, 11 de junio de 2022

Seymour y el zagal (Serie negra y 99)

 



Soy otro cuando me quito el traje. Cuando me alejo del cometido del ministerio y me olvido de los conflictos en ciernes. Aunque, tan implicado como estoy, ¿puedo abstraerme? Al menos lo intento. No soy tan insensible y manipulador como Lynn y otros me consideran. Hago mi trabajo, aunque cada día dudo más de mi trabajo. Pero mejor mantengo ocultos mis pensamientos. Aunque es cierto, soy otro cuando trato a los seres de este mundo como si pertenecieran al mío. No, qué falsedad, soy yo quien desciende al suyo. Pero ¿acaso lo hago para aproximarme? ¿Para comprenderlos y sentir sus necesidades en una mínima parte? Si me involucrara de verdad en la vida de aquellos de quienes nos aprovechamos sería un Seymour nuevo, probablemente para siempre.

Ayer hablé con el joven pastor al que llaman Mâlik, que presume de la amistad con la arqueóloga. Es fiel a sus amistades. Solo tuvo palabras de reconocimiento para ella. Intenté sonsacarle, pero era mudo. Eso me preocupó. ¿Se comportará así por sinceridad o porque la protege? Y si la protege, ¿lo hace por algún interés semejante al mío o porque la tiene sublimada? También un pastor nativo puede enamorarse de una extranjera. Las fantasías basadas en los deseos profundos están al alcance de cualquier mortal.

De pronto se lo solté, por si cambiaba de actitud. Mâlik, ¿sabes que Lynn es amiga mía desde hace tiempo? Esta revelación le noqueó. Su mirada preguntaba pero se contenía. Ni tengo secretos para ella ni ella los tiene para mí. Ambos queremos lo mejor para este país, que es tanto como decir para los que vivís en él. Tal vez no me creas, porque te han informado mal o porque no te fías de los extranjeros. Pero Lynn también es extranjera, ¿no? Mâlik cayó en la trampa. La mujer no es como otros extranjeros, saltó. La mujer se interesa por nuestro pasado, el más antiguo, porque dice que entendiendo aquello también se entiende lo que vivimos ahora. El pasado es diferente al presente o, si prefieres, lo que vivimos ahora no tiene que ver con lo que hace milenios sucedió, le argumenté. Mâlik se fue desatando. ¿Eso le parece? ¿No había pastores entonces y los sigue habiendo ahora? ¿No había gente que se enriquecía y hoy siguen viviendo a costa de otros? ¿No hay ahora invasores como los hubo en otras épocas? Por lo que me cuenta la señora arqueóloga, en el fondo pocas cosas han cambiado. Y la señora está bien enterada. Apreté el diálogo. ¿Tanto te ha contado del pasado la arqueóloga? ¿Y qué te ha dicho del presente? 

Entonces el pastor me miró reprimiendo sus palabras y sus gestos. Dio un pitido en dirección a sus perros para que enderezaran el movimiento del ganado. Luego me sorprendió. No creo que usted sepa tanto como ella, dijo. ¿Ah, sí?, me salió de lo profundo. Tal vez tenga razón este chico, pensé. Lynn sabe más aunque yo me mueva de aquí para allá intentando modificar lo que ella y las gentes de aquí conocen de sobra. El pastor permaneció esperando que yo le replicara. Me pareció hábil. Su lealtad con Lynn estaba fuera de duda. No se prestaba a traicionarla. Fui por otro lado. Veo que te gusta la arqueóloga, joven Mâlik. Es sabia, aún tiene buena edad, su piel es atractiva para vosotros, y seguramente te ha embaucado hasta su sonrisa y seducido su palabra. No se lo niego, señor, dijo. Pero me gustaría que nadie le hiciese daño. 

Sé que irá corriendo a contar a Lynn que ando por aquí. Pero no me importa. Ella siempre está cerca de mí.




(continuará; ¿continuará?)


(Autorretrato de Latif Al Ani)

jueves, 9 de junio de 2022

Adiós, Julito

 


Los chicos estábamos pendientes del invento de aquel chalado (así le llamaban algunos a un técnico ingenioso y entregado de mi vecindario de verano en el Norte) empeñado en captar imágenes de la RTF, a pesar de haber un Pirineo de por medio. 

En aquel tiempo, en la España casposa y siniestra, cualquier individuo que rompiera moldes era considerado un loco y, a veces, un peligroso. Simplemente, dedicarse a indagar por su cuenta en ciencia y técnica ya era objeto de burla. Es cosa de brujas, recuerdo que decía una tía mía cuando le contábamos los intentos del hombre por traer imágenes de la televisión extranjera, pero próxima. No recuerdo el nombre del chalado, que era un genio tratando de hacer funcionar una televisión en su taller de electrónica, en la capital provinciana y tradicionalista navarra que no había pasado aún de la radio. Los chicos nos arremolinábamos como tontos pero expectantes curiosos, y él a lo suyo, nos dejaba estar sin inmutarse, y en medio de una maraña de rayas y sonidos extraños a veces aparecían imágenes. Cosa de brujería.

Aquel mediodía las imágenes misteriosas fueron las del Tour. Si fue entonces cuando Julio Jiménez, ciclista abulense, coronó el Puy de Dôme no lo recuerdo, ni sé si lo supe en ese momento. Hoy leo que casi a sus noventa años, Julito ha perecido por accidente, encima por accidente. No lo podré comentar con mi tío de Ávila, con el que tantas veces hablé sobre Jiménez, al que conocía porque en Ávila en aquellos tiempos se conocían hasta los gatos. 

Pero hasta una muerte ajena puede traerle a uno recuerdos entrañables -ah, cómo nos persiguen los tiempos de niñez y juventud, tan poco entendidos entonces, tan echados en falta ahora- y nunca es tarde para ir más allá. 

Comprender lo que fue nuestro pasado histórico, del que solo nos han contado anécdotas pero poco explicado lo que había detrás, de una densidad importante. Nada menos que la idiosincrasia de un país.


   

martes, 7 de junio de 2022

El niño y los opuestos

 



Una vez el niño señalaba el cielo, pero miraba con exigencia al suelo. Yo estoy entre lo de abajo y lo de arriba, dijo para que le entendieran ambos espacios. (Debía estar aprendiendo los opuestos)

Tú eres mío, le respondió la tierra con reproche. Pisas lo que te sostiene.

Di que no, exclamó el cielo, perturbado por la competencia. Tú eres para mí, pues el futuro está en tu crecimiento.

La tierra se enojó. De eso nada, él crece aquí sobre mis pilares, que son los suyos.

Pero yo soy la metáfora de su ascensión vertical, apostó el cielo, que es de lo que lleva camino.

El niño, que en su ámbito imaginario dialogaba con los elementos, no sabía aún qué era crecer, y menos el futuro, y mucho menos una metáfora.

Reaccionó enérgico ante tanta visceralidad.

Tú cielo, baja aquí y sé como el suelo. Tú, tierra, sube para que te vea al otro lado. Esto dijo volviendo a esgrimir el dedo, sin darse cuenta, ¿o sí?, que aquel gesto era un signo biológico e inconsciente de poder. Pero él no sabía todavía qué era poder.

Entonces los opuestos coincidieron en el rechazo de lo que decía el niño. El cielo se volvió opaco, inexistente. La tierra se abrió y dejó al descubierto un inmenso hueco.

Mas el niño no se fio. Y siguió su juego, sin saber que era su aprendizaje. 

Yo estoy entre lo que viene de atrás y lo que me espera por delante, y esta vez el dedo tamborileó sobre el aire.

Desconcertados, la tierra repuso su manto y el cielo recuperó su éter. Va sabiendo los opuestos, dijo lo de arriba. Va entendiendo lo complementario, asintió lo de abajo. No le podemos perder.





sábado, 4 de junio de 2022

Fantasías del pastor (Serie negra, 98)

 



Mâlik habita un tiempo casi ausente cuando trasiega apaciblemente con las ovejas. Conoce el territorio al dedillo pero siempre busca nuevas interpretaciones. Detrás de cada risco o campo fértil que recorro hay otro paisaje, piensa para sí. No se ve a primera vista. Nadie lo ve porque la gente de paso es torpe para advertirlo. Se limita a lo que más resalta a sus ojos. Pero yo descubro cada día y cada noche algo nuevo. No es solo lo que la mirada me dice, sino los sonidos, las tinieblas, la temperatura alterna, los vientos cambiantes, los más ligeros rumores. Aunque duermo profundamente esta noche me he despertado bruscamente, sin saber por qué. Si era una ensoñación o un arrebato lo ignoro, pero se apropiaba de mí.

La noche olía a oasis. La tierra, silenciosa. La oscuridad se dejaba escudriñar. Llegaban bocanadas de aire con sabor a dátil. La sequedad protectora de las raíces se metía entre las uñas. Quien no ha pasado la noche al raso no sabe de la manifestación reveladora y traviesa de las sensaciones. Una luz emergió de pronto entre las palmeras, destellando quebradiza, refulgiendo caprichosa. Se aproximó. 

La luz tomaba la apariencia de una antorcha. Ondeaba por encima de mi cabeza y salía a mi encuentro, iluminándome. Pero yo, ¿veía con claridad los objetos de mi entorno o vislumbraba tan solo sombras dentro de mí? Una agitación extraña me impedía retornar al sueño. Un temblor latente convertía el ámbito familiar en un espacio confuso.

Aquella antorcha alocada ardía saltando de uno a otro de cada punto cardinal. Los reducía a uno único. No tenía más límite que su propia fuerza expansiva. Tan pronto flameaba desbordada como se recogía en el cogollo de la tea. No era ajena a todas las fuerzas flotantes que jugueteaban con ella. Pero tampoco parecía estar dispuesta a entregar toda su energía. Resistía y me buscaba. Se retorcía y me llamaba. Acariciaba mi cercanía pero respetaba el territorio.

No se me ocurrió ni por un instante que se tratara de la zarza ardiente. No me ordenaba sacrificio de ninguna clase ni me imponía acatar ley alguna ni decidía someterme a servidumbre. Detrás de ella no había una voz extraña. Era otra clase de voz cuya palabra no me reclamaba para una leva, ni me proponía nuevos dueños, ni me condenaba a otro destino que no fuese el que ya conocía.  Soy la voz que no tiene edad, dijo de pronto. ¿Cómo es eso?, respondí. Pero la voz me ignoró. Soy el fuego que no se extingue y que llevas dentro de ti, siguió diciendo como si me fuera transmitida una revelación.

La llama vigorosa hacía arder lo inmóvil. El más leve soplo de aire desviaba su trayectoria. Se proclamaba firme en su vuelo sin atender a límites. Tan pronto ascendía como venía a encontrarse conmigo. Bien se encrespaba enérgica o caía deprimida sobre el arenal. Si yo me apartaba, ella se desviaba como si fuera su espejo. Si yo me acercaba a su calor, ella tanteaba el mío. Supe de pronto que aquella antorcha era mi propia antorcha. La que yo alguna vez había encendido para caminar por la negrura de los días. La voz no me había engañado en su designación.

Entonces sospeché que si yo era el fuego también podía ser otros elementos y, sobre todo, la manera de contemplarme en ellos. La mirada en el agua, el reflejo en el espejo, la sombra en el muro, la memoria acechante, la llamada del firmamento, la sangre acumulada en mis ojos, el sudor que me identificaba, la saliva recurrente, la perdida identidad del semen, mi propia voz callada. El fugitivo humo de aquellas brasas en que se habían convertido mis deseos a través de los días y las noches.

¿Seré alguna vez ese anciano del que esta fantasía me estaba hablando?






(Fotografía de Latif Al Ani)

jueves, 2 de junio de 2022

Silva de amapolas (Serie negra, 97)

 


¿Le ha gustado la leyenda que le conté el otro día, señora? Me debe usted a cambio alguno de sus saberes. El zagal parece entusiasmado con el intercambio de historias. Quiere transmitir y a su vez recibir. Tienes un don especial para narrar lo que tus antepasados te contaron, le elogia Lynn. Mâlik se atropella: no se lo diga a nadie, pero me invento parte de los cuentos. Si usted me enseña algo ahora yo lo cocinaré a mi manera. ¿Sabe lo que pienso? Que aunque los relatos tengan un corazón desde los tiempos más antiguos se pueden enriquecer. Así que por un lado la gente escucha lo de siempre pero le parece a su vez algo nuevo. 

La arqueóloga se siente fascinada por aquel adolescente. ¿Te has dado cuenta de que habitas en dos mundos, Mâlik?, le dice. Eres el pastor que eres y a la vez eres el contador de historias, donde vives cuantas experiencias elijas vivir. Te voy a contar yo ahora una pequeña historia sobre amapolas que experimenté hace poco, y aún no sé si dormida o despierta. Los ojos de Mâlik destellaron entusiasmo. Lynn no esperó.


"La efímera me esperaba al borde del barranco. ¿Por qué tan alejada de las demás?, le pregunté.

¿Y tú?, respondió ella. ¿Acaso no te separas también de la grey? Un campo de humanos no es tan diferente al de nosotras las amapolas. 

Tienes razón, le concedí. También somos frágiles, aunque parezcamos más sólidos. Y nuestra textura de igual modo termina ajándose, nuestros colores palidecen y la verticalidad de la que nos sentíamos orgullosos va decayendo en una curva inevitable.

Me miró con una afectuosa insolencia. La diferencia consiste en que nosotras tenemos asumida nuestra precaria condición, de primavera en primavera, y los humanos, aunque estáis en una constante mutación, pensáis que no tendréis fin o que al menos este se distancia.

Anhelé tocar entonces sus pétalos con delicadeza, pero me detuve a medio camino. Simulé tomar el cáliz, insinuando ingerir su profunda y secreta esencia, que no nos es revelada. La intensa rojez de su estallido me deslumbraba. Imaginé que su fino tallo se escurría entre mis dedos. Toda ella se hallaba a merced del jugueteo del aire, como si se pretendiera su amante o su dueño. 

La ensoñación me hizo percibir el mensaje de la flor. Después permanecí contemplando el campo humano que me rodeaba".


El zagal le hubiera pedido más, pero solo se le ocurrió: esa historia tuvo que haberla vivido, señora. ¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí, que estoy acostumbrado a las amapolas rojas y también a las blancas?

 



(Fotografía de Liliana Inés González Soria)

lunes, 30 de mayo de 2022

El pasado como escenario cinematográfico (Serie negra, 96)

 



Anda por aquí tu amigo Seymour, dice Madox, el director de fotografía, a Lynn. No sé cómo se ha enterado de que estamos haciendo un reportaje de las ruinas, pero no te extrañe si aparece en cualquier momento. Lynn pone cara de disgusto. Seymour se entera de todo, es como si siguiera nuestros pasos. ¿Nuestros pasos? ¿No serán los tuyos?, le dice Madox. Puede que también, matiza la arqueóloga, pero no solamente por celos. O acaso ni siquiera por celos. Él siempre quiere estar informado. Nunca ve una actividad ajena en su punto justo, sino que piensa que detrás tiene que haber siempre otra intención. Ya sé que es muy propio de un diplomático, pero en el caso de Seymour es obsesivo. ¿Tal vez por la crisis internacional?, apostilla el director. En ese caso, más vale que nosotros permanezcamos al margen. Lynn niega con la cabeza. Nadie está al margen cuando el mundo está a punto de saltar por los aires. Ni siquiera los pastores y otros nativos, que han vivido en su mundo aséptico, permanecen hoy día seguros. Cualquier tensión de un rincón del planeta repercute en el que está más lejano. El precio a pagar será mayor o menor en función del interés que tenga para los poderes que compiten el espacio en disputa. O los objetivos recónditos que persiguen. Además, si lo piensas bien, Madox, estas mismas ruinas ya han pasado por decadencias, probablemente sucesivas. La pugna por territorios y hegemonías es tan antigua como las primeras civilizaciones. Que ahora alcancemos a ver la magnificencia de aquellos poderes que se consolidaron, sometiendo a otros a su vez, nos permite concluir que también ellos tuvieron su final. Cuando hablamos del pasado, ¿de qué hablamos realmente? ¿De las ilusiones que percibimos acerca de un mundo desaparecido? ¿De las imágenes de sus grandes y avanzadas obras? ¿De la herencia del sentido de una estética y una realización técnica que resultaron a la larga efímeros, por más siglos que durase? Nos complacemos en estas muestras que nos dan idea de su desarrollo material y, por lo tanto, de conocimientos. Han sobrevivido más o menos bien y las valoramos. ¿Nos debemos quedar ahí? ¿No conviene explorar la historia oculta de estas culturas, que poco a poco nos ofrecen datos para que interpretemos las extensiones y los límites de tal obra humana? No puedo por menos que comparar, dentro de una relativa ficción, aquellos milenarios tiempos con los que vivimos ahora. Es como si la naturaleza humana siguiera teniendo los mismos comportamientos. 

Sé que te gusta establecer analogías, Lynn, dice Seymour, que acaba de aparecer en medio del rodaje. Se muestra cordial pero severo. Del pasado hay que aprender, pero sin conocer los detalles del tiempo que vivimos no podríamos hilar para resolver las enrevesadas tramas en que nos vemos hoy envueltos. Seymour, no te creí tan interesado en el cine al servicio de la cultura, dice Lynn con ironía ante la presencia del diplomático. Seymour esboza una sonrisa muy inglesa. Yo tampoco pensé que estuvieras tan prendada de la vida cotidiana de la gente de estas regiones. Sé que hablas bastante con ellas. Seguro que podrías contarme mucho. Lynn presume un tour de force con el recién llegado. Estoy ahora a lo que estoy, le replica con desdén. 
 





(Fotografía de Latif Al-Ani, Babilonia)

viernes, 27 de mayo de 2022

Una leyenda ancestral (Serie negra, 95)

 





¿Quiere que le cuente una historia que he escuchado desde niño? El rostro de Lynn esbozó una mueca sonriente que el zagal interpretó como afirmación. 

En una aldea de la región de Ur había un pastor que tenía dos canes para vigilar el rebaño. A uno lo llamaba Demiurgo y a otro Diablo. Un amanecer faltó una oveja, y entonces el pastor increpó a Demiurgo, con el que tenía más confianza por su buen hacer. ¿Por qué no estabas al tanto de tu tarea y evitaste la pérdida? ¿Preferías dormir? Entonces Demiurgo mostró congoja, hundió su hocico culpable, y le prometió que no volvería a ocurrir. El otro perro, Diablo, fingió solidarizarse con su compañero pero se alegró del fracaso. 

Al cabo de unos días sucedió de nuevo que otra oveja desapareció del aprisco. El pastor se volvió a encolerizar con Demiurgo. ¿Dónde estabas que no evitaste que nos robaran otra oveja? ¿Qué confianza puedo tener contigo? Diablo observó la escena frotándose las patas contento del mal ajeno mientras ponía cara compungida. Aprovechó la circunstancia y le dijo con mala saña al pastor: si quiere, yo puedo hacer la labor de cuidar el hatajo mientras Demiurgo reposa. Demiurgo se puso en pie y, no obstante ser un animal prudente y amable, ladró con cierto encono a Diablo. Este se hizo valer. ¿Te he sacado de tus casillas? ¿No eres tú el can preferido de nuestro jefe desde el momento que te puso ese nombre tan bondadoso que llevas? ¿Acaso yo no puedo tener la opción de ser solicitado de igual a igual por mi amo? Demiurgo, que, de acuerdo a su nombre era un perro benefactor, rebajó el tono de su ira. Por mí no tengo inconveniente, le dijo a Diablo. Reconoceré mis fallos ante el amo y le propondré que te eleve de categoría vigilante. No tienes por qué ser menos que yo. 

Como resultado de la gestión, el pastor aceptó otorgar a Diablo el nuevo estatus protagonista a cambio de que le garantizase una segura protección del ganado. Diablo hizo todo lo posible por mostrarse atento celador. No dormía ni de día ni de noche, pues las vigilancias de un hatajo, se mueva o permanezca inactivo, exigen mantener los ojos bien abiertos. 

Pasaron algunas jornadas cuando una mañana el pastor observó que faltaban dos ovejas. Pero, ¿qué es esto? Me fallaba Demiurgo y ahora me falla Diablo en mayor medida. ¿Qué has estado haciendo? ¿Te dejaste vencer por el sueño?, gritó furioso el pastor a Diablo. Has resultado ser peor cuidador que Demiurgo. ¿Tampoco puedo confiar en ti? ¿Ninguno de los dos me da garantías de que este aprisco va a estar protegido por las noches? No entiendo qué ha podido ocurrir, replicó el can acusado. He permanecido alerta, recorriendo el perímetro y olisqueando los alrededores por si a alguna alimaña o a un ratero se le ocurría hacer de las suyas. Todo ha ido bien. No tengo explicación. 

El pastor, que era más perro viejo que sus perros, se rascó el cogote. Te doy otra oportunidad. Os la doy a los dos. Si me defraudáis me pensaré qué hacer con vosotros. Tal vez os quite vuestros nombres o simplemente a uno le ponga el del otro, y al revés. Pasaron días y días y parecía que la regañina había causado efecto. O bien la amenaza de remitir sus respectivos nombres les había hecho más responsables. El cuidado del ganado fue eficaz. La seguridad imperaba. 

La víspera del día de la oración el pastor, que se había levantado ufano y de buen humor, se dirigió al redil para dar comienzo a la rutina ordinaria. Pero el redil estaba abierto, se hallaba vacío y no había rastro alguno de los perros. Desesperado subió y bajó las lomas del entorno. Tomó el camino de la cañada. Descendió por el valle hacia el arroyo. No hubo pasto habitual que no registrara en busca del ganado. Sin huella alguna de este. Se dirigió a la aldea, y enloquecido preguntó a los vecinos a grandes alaridos si habían visto sus ovejas y sus perros. Nadie sabía nada. Insistió sobre si a otros les había ocurrido algo semejante en sus establos y gallineros. Pero nadie se quejó de hurtos o depredaciones. ¿Quiénes cuidaban tus ovejas?, le preguntó el representante del cheik en el pueblo. Unas veces Demiurgo, respondió. Y en otras ocasiones Diablo. Pues como el asunto sea entre el Demiurgo y el Diablo poco podemos hacer los pobres humanos, le contestó la autoridad. 

Entonces el pastor maldijo el día que puso tales nombres a sus bestias domésticas. Dicen que aún se escuchan al alba voces atormentadas que claman con ira los nombres fatídicos de los perros. 

Yo, señora Lynn, dijo Mâlik, no las he escuchado jamás. 






(Fotografía de Latif Al Ani)