jueves, 27 de septiembre de 2018

Naxos. Habla Odiseo

















Las sirenas se sintieron despechadas cuando me hice atar al palo mayor. Revoloteaban locas en torno a la nave. Los demás tripulantes, siguiendo mi ejemplo, buscaron la manera de no sucumbir a los ofrecimientos y tretas de las ágiles nadadoras. Ante la decisión de mis hombres ellas se encabritaron más y pidieron apoyo a los céfiros. Todos temimos que pudiéramos perecer en aquella improvisada galerna, impedidos como estábamos para controlar el timón y los aparejos. Los hombres más rudos, enmaromados a los remos, se veían impotentes para maniobrar y enderezar alguna clase de rumbo que nos permitiera escapar de aquel vórtice. La constante bofetada de océano que sacudía mi cuerpo me imposibilitaba de emitir orden alguna y, lo que era peor, de pensar con serenidad. Mi objetivo era simple. Resistir y salvar a la tripulación.  Un único destino sellaba nuestras vidas. O nos salvábamos todos o perecíamos sin dejar rastro de nuestra miserable condición. En pleno abandono, agitados por la furia y las proposiciones de aquellos seres fantásticos, perturbados por el cansancio y el incontenible deseo que hace enfermar a los navegantes que llevan tiempo sin pisar puerto, tentado estuve a ceder y renunciar a la aventura. No pedí ayuda alguna a los dioses, que poco habían hecho hasta entonces por privarnos de dificultades. En aquella situación miserable y de práctica derrota me di cuenta que todo dependía de aguantar y resistir los embates de sirenas, vientos y tormentas. Que, si bien el azar se había portado con nosotros de manera alterna y contradictoria, era nuestra inflexible determinación la que podía inclinar la situación a nuestro favor. Entonces oí la voz firme, no carente de melodía, de la que parecía dirigir el coro de sirenas. Odiseo, tú y tus hombres os perdéis las compensaciones que están en nuestra mano proporcionaros, dijo. Nada habéis conocido antes de tanto cuanto podéis obtener de nosotras. Vuestra obstinación os perderá, pues no sabéis si más allá llegaréis a tocar costa. Esta es vuestra oportunidad y, por lo tanto, la verdadera meta. Los hombres escucharon también el contundente argumento y se miraron unos a otros, interrogándose. Yo temí que se rebelasen y se entregaran sin mi consentimiento a las propuestas. Con suma astucia las tentadoras sirenas habían hecho cesar los vientos y rebajar el oleaje, la claridad se apoderó del día, y una dulce calma chicha cautivó a la tripulación, que interpretó todo aquello como un signo de que debían entregarse. Quise elevar la voz, pero no obstante la tenacidad que todos saben que es tan definitoria de mi personalidad, no pude emitir palabra alguna. No porque mi garganta estuviera afectada, sino porque la duda me paralizaba. La suerte estaba echada. Nadie vino a desatarme. La nave vacía y yo nos miramos con repugnancia. Aquí sigo al pairo, esperando que otros navegantes me encuentren. Y, si soy sincero, y a pesar de mi vergüenza, no tengo ánimo de perecer pues sé que un gesto épico, aunque otros me recordasen con fervor pero inútilmente, no podría jamás devolverme la vida.




(Fotografía de Silvia Grav)


miércoles, 26 de septiembre de 2018

Rincones. Fidelidad



En la regresión a la que te ves abocado la sombra es más fiel al hombre que tú. Te es consecuente, te proporciona un indisimulado bienestar. Sin duda prefieres el reflejo en la pared al que percibes en el espejo. Perfiles y fondos indefinidos te hablan del que fuiste y te hacen seguir siendo. ¿Ves cómo al final lo abstracto te interpreta mejor que la precisión aparente de tus rasgos visibles, cuyo ajamiento tanto temes? Empiezas a entender lo que es la imagen de la vaguedad imperante. Despójate del rostro, vacíate del cuerpo, desvirtúa tu nombre. Que tus ojos no miren más que lo que fuiste, siempre abundante sombra; perecedera carne ahíta de nostalgia, hasta que se disuelva en ceniza. 



(Imagen de Michal Macku)


lunes, 24 de septiembre de 2018

Rincones. Aullidos

















"Dejadme con las cosas
Fundadas en el silencio".


Sophia de Mello Breyner Andersen, Instante, de Libro sexto.



Te desmarcas del griterío. Allá van todos en la misma dirección. Pero aunque unos y otros marcharan en sentidos opuestos te molestaría el ensordecedor y clamoroso aullido grotesco. ¿Cuál es la diferencia entre proferir voces ininteligibles dirigidas hacia un lado o voces que se enfrentan, igual de incomprensibles, procedentes de lados distintos? Las voces que no son interpretadas, sea cual sea el punto hacia el que se invoquen, llevan sangre en su punto de hervor, dispuesta a rebasar el contenedor de emociones. ¿Por qué no revisar entonces la sustancia de las voces, pelar las palabras que se emiten y desnudarlas de falsos significados? Es difícil soportar el apartamiento, pero necesario. Más cuando desde tantos rincones se concita a la grey a sustituir al individuo. Pero tú pugnas por desligarte del griterío. No estás por dar un talón en blanco a ningún profeta, a ningún iluminado, a ningún mindundi que se apropia de tu nombre y habla en tu nombre.




(Fotografía de Michal Macku)


domingo, 23 de septiembre de 2018

Rincones. Reclamación de la asimetría

















Es el movimiento lo que me hace parecer simétrico, pensé esta mañana cuando la luz del día me hizo emerger de la pared. Si permanezco quieto mi cuerpo se hace dos y en cascada cada órgano adquiere dos posiciones, dos medidas, dos volúmenes, dos desigualdades. Pero estas no son nunca dos desentendimientos. Lo asimétrico es cómplice, se aviene una diferencia con la otra en mí. Lo asimétrico, además, me divierte. Todo se multiplica hasta lo grotesco. Soy sombra, efecto de la irregularidad. Procedo de ella, me muevo a lo largo de las horas en ella, me refugio ante el desatino en ella, me acojo en el dulce regazo de su umbría cuando el cansancio me vence. Un pulso inevitable frente a la sombra que me da forma y caracterización es el movimiento. Inverosímil ejercicio donde se disuelven las partes de mi cuerpo y se hacen menos perceptibles a mi mirada. De hecho mi propio movimiento, impulsado desde dentro de mí o desde fuera de mí, me transforma. No me hace ni mejor ni peor, ni más sabio ni más torpe, ni más generoso ni más egoísta, ni más comprensivo ni más déspota. Es sorprendente cómo esa condición etérea del movimiento paraliza los cuerpos que hay en mí, los aísla de la madre sombra, bloquea su diálogo. Busca armonía imposible sin mi consentimiento. No me reconocería en la armonía, un término excesivamente espiritual, digamos, para mi comprensión sencilla de las cosas complejas. Cuando el movimiento me agita me paralizo. Dejo de pensar, me ausento de sentir, traiciono la conciencia, bloqueo la imaginación. O soy yo o soy movimiento, me dice una voz imaginaria que a veces escucho inoportunamente. Porque el movimiento es un tránsito que nos acompaña y no se estabiliza nunca. No sabe de las geometrías de los cuerpos disímiles. Su propiedad es poner en cuestión permanente la aparente seguridad de nuestras estructuras. El sueño es movimiento total. Cuando me incorporo sobre la cama y el cuerpo proyectado por la sombra empieza a tomar carta de naturaleza de un nuevo día sé que he ganado una porción de tiempo al movimiento, le he hurtado su capacidad dinámica para materializarlo en una imagen. Eso que suele llamarse individuo, que se adjudica un nombre, que contabiliza una edad, que afirma contradictoriamente una condición, etcétera. Mil maneras desiguales de ocupar el espacio estrecho entre mis firmes y garantizadas asimetrías. Al fin y al cabo la sombra, el hombre.   




(Fotografía de Michal Macku)


viernes, 21 de septiembre de 2018

Rincones. Mis cabezas, a contemplación














Una vez me hice hacer unas radiografías especiales, que no se llaman así, su nombre es más complejo y adecuado a técnicas ultramodernas. Mi intención original no era intentar saber lo que había dentro de mi cabeza, sino que perseguía simplemente la contemplación. Las tengo enmarcadas frente a mi cama. Nada de crucificados ni de profetas latinoamericanos demodés, me dije, nada de fotografía de los padres, y no os sintáis traicionados, añadí, ni siquiera aquella reproducción de El sueño del Franz Marc, que ya la tenía muy vista. Lo que necesitas, dijo un día una cabeza a la otra de las dos que alterno, es contemplar por las noches tu secreto perfil hasta caer redondo. Pero no tardando mucho caí en la cuenta de que al mirar no buscaba la relajación ni el posterior estado meditativo que te excluye en teoría del mundo, solo en teoría, sino percibir efluvios de esas zonas recónditas que al emerger desde sus profundidades ignotas puedan hablarme de mí más que la clásica fotografía exterior o, mejor dicho, aparente. Al fin y al cabo creo que he acabado cansado de mirarme a través de un espejo tan mentiroso como el del retrete, para adecuarme al ritual cotidiano de salir a la calle. Y más agotado aún de que la gente crea reconocerme por el aspecto que la piel, el cabello, la barba, los labios entreabiertos, mis ojos tristes o mis muecas van emitiendo día tras día al transeúnte cotidiano. Entiendo que unos y otros con quienes nos cruzamos y frecuentamos, incluso íntimamente, no tengan otra faceta de uno a la que aferrarse sino la de mi disfraz carnal. Por supuesto, mi sentido del pudor se resiste a mostrar mi calavera de segundo plano y no digamos el coqueto cerebro cuya polilobulación tiene enamorado a las dos testas que me acompañan. No me basta. La formación ósea sigue siendo apariencia; el cráneo no conoce otra misión que la de escudo protector de otros órganos; los lóbulos occipitales, frontales, parietales o temporales son hermosos y si fueran visibles desde fuera las personas nos enamoraríamos unas de otras por la esbeltez de su exquisita disposición o por la variedad del ajustado encaje o por la textura suave y sensible que nos ofrecen. No me basta. Por esa razón mi mirada nocturna, antes de combinar las posiciones de decúbito o la fetal, tiene que prospectar en el dibujo de esas líneas concéntricas que la tomografía me proporciona. Noche tras noche hago el seguimiento visual de las líneas, me introduzco por recovecos desconocidos, me detengo donde advierto una ruptura. Busco señales, razones, respuestas. Hay un inconveniente. Que la vista no me dota de suficiente agudeza como para no perderme en el recorrido. De tal modo que con frecuencia me extravío y tengo que comenzar desde el principio. ¿Que hay algo de viaje laberíntico en mi obsesiva intención? Sin duda. Pero no veo otro modo de conocer mi interior dual, ni de apaciguar la curiosidad de mis dos cabezas, ni de saciar mi multiplicada sed por aprehender los motivos por los que alienta dentro de mí la necesidad de combatir el tedio vital. Eso sí, al amanecer ignoro esos fotogramas cuyo tiempo y espacio van quedando obsoletos a medida que transcurren mis días.




(Imagen de Michal Macku)

  

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Rincones. El día que paso por delante de mí mismo





















"Decían que el día que un hombre pasase corriendo delante de sí mismo, aquel día aquel hombre lo tendría todo ganado o casi todo, que ya es mucho".

Mercè Rodoreda, La muerte y la primavera.


No ha sido solo en sueños cuando he visto que pasaba yo mismo delante de mí. También ha sucedido en una abstracción cualquiera, uno de esos ratos en que me quedo absorto, como ido, cuando alguien se dirige a mí y no me entero, cuando pierdo el autobús que estaba esperando, o una de esas circunstancias en que por ejemplo estoy tomando el café y tiro el café porque hay una fuerza oculta que se está despegando de mí y me empuja. Y no solo es una fuerza, no se trata solamente de un impulso, sino que por un instante veo con claridad que mi propia imagen me desborda, y entonces me veo a ras de perfil, tomándome la delantera, agitando mi cabello, alargando pausadamente una pierna y un brazo, pero sin marcialidad alguna, y luego acabo de pasar y me veo por detrás, sorprendiéndome de que la espalda vaya menos recta, y me transmito a mí mismo un aire desgarbado que nunca había tenido antes. No hay truco, ni proposición, ni me he preparado para el ejercicio. Lo más interesante es cuando paso por delante de mí y hago una mueca, que a veces percibo como burla, y no me molesta sino que más bien pienso: soy capaz de todo conmigo mismo. Hay veces que me reconozco a duras penas con ese otro que soy yo, hay veces que no le siento diferente y no me perturbo, y es chocante cuando en alguna ocasión me pongo delante de mí, me vuelvo hacia mí y me digo: ahí te quedas. Y entonces es cuando se difumina el flash. Y me alarmo por haber perdido el autobús o pido perdón al camarero por tirar el café o saludo con retraso al conocido que tan atento él como yo despistado ya se estaba alejando. Pero pasar delante de ti mismo no es sobrepasar. Uno no se sobrepasa a sí mismo salvo que quiera tomarse la vida como competición. Y si no lo has hecho antes no tiene ahora ningún sentido que intentes demostrar que eres más citius, más altius, más fortius cuando precisamente se te hacen sugerencias de oscuras resignaciones y nada te invita a correr ya ni contra nadie ni a pesar de nadie ni más allá de nadie.   




(Fotografía: Michal Macku)

lunes, 17 de septiembre de 2018

Rincones. Al fin solos, mientras varios milenios nos contemplan





















¿Recuerdas, mi señora, cuando te decía que te reconocería más allá de la muerte? He aquí el instante en que te descubres y una vez más me descubro. Me basta tu desnudez desprovista y esbelta, dotada de una pose de eterno retorno al origen, para recrear desde mi recuerdo tu hermosa desnudez vital. Con mi osamenta no han dado todavía, acaso la tierra sublime me haya precipitado aún más en lo hondo de sus entrañas, junto a otros desdichados, ignorados a causa de la dispar fortuna y de la inapelable condición. Tal vez la tierra considera que lo que quede de mi cuerpo no es digno de manifestarse y su castigo es hacerme permanecer en la oscura región de los sin nombre. Y, sin embargo, bendito el suelo que nos dio sus frutos y que nos acoge en su fecundo seno. ¿O es el papel que jugamos en vida lo que aún nos persigue en este sueño irreversible y marca todavía las diferencias? Soy ahora, como entonces, un don nadie. Tú la dama deseada por muchos pero selecta hasta el extremo de no atenerte en tu elección a los desposorios designados para tu clase. Yo, el servidor fiel que gozó de tus reconocimientos íntimos, aunque a los ojos de cuantos te rodeaban no fuera más que un fámulo discreto y cumplidor. Fui tu vasallo por partida doble. Una, en la prestación de atenciones a tu casa. Otra, por mi rendición a los reclamos que me llegaban de ti. Pero esta circunstancia, ¿no te exponía a su vez a rendirte tú misma a las imprudentes sugerencias que mi insistente mirada, mi conversación fluida o el esmero en el ejercicio de mi trabajo iban calando en tu inexperiencia? Corrimos riesgos ambos. Pienso ahora en nuestros encuentros subrepticios, cuando el entusiasmo superaba al temor de romper las reglas y saltarnos los cometidos que marcaban a cada cual inflexiblemente. Haber sido descubiertos te hubiera costado que te cercenaran la libertad; a mí, sin duda, la muerte. ¿O fue esa la razón por la que yo estoy fuera del mundo de los vivos mucho antes que tú? Mi pensamiento se solaza ahora en la memoria de los tiempos felices. Mi espera nerviosa y vigilante al caer la tarde junto  los álamos de la alberca. Tu salida disfrazada, atravesando la luz crepuscular de los callejones. Qué valor tenías, prescindiendo de la protección de algún confidente, afirmándote de ese modo en la prudencia. ¿Te bastaba saber que yo te esperaba para sentirte segura y firme en la arrojada decisión? Pero si nuestra mutua atracción fue fértil y placentera, ¿qué futuro podía tener más allá de los instantes clandestinos? ¿Devolverías al destino las joyas con las que te adornaban en los ceremoniales a cambio de habernos consagrado a nosotros mismos bajo otras circunstancias más admitidas? Era imposible otra situación. Ninguno de los dos podíamos escapar a la naturaleza de las cosas que nos hacían estar donde estábamos. Salvo que nos hubiéramos arriesgado a perderlo todo. Te reconozco más allá de los milenios. Muchos de los actuales vivos se preguntarán qué mujer habría tras el esqueleto mecido por la tierra. No voy a decir nada ni a traicionar nuestros sueños, señora mía. Además, desde los estratos donde me oculto no puede llegar mi voz.



(Fotografía de Sara Genicio aparecida en El País. Reproduce los restos de una dama importante hallados en el yacimiento prehistórico de Humanejos, Parla)


domingo, 16 de septiembre de 2018

Lobos de purpurado




Muy oportuno El Roto en la edición de hoy de El País. Lo veo como una primera parte. Sugiero que la segunda entrega de este genial pensador de la realidad histórica, y más en concreto hispánica, que es El Roto, se centre en Los lobos con piel de oveja de la Iglesia, que son más manada, dan el pego y pasan (o quieren pasar) inadvertidos. Más adelante podrían venir otros lobos: de la política, de las finanzas, de las instituciones, de los negocios...Ah, pero ¿qué culpa tienen los lobos de que les adjudiquemos propiedades y vicios humanos abusando de su santo nombre? Larga la tradición española de los prejuicios, segregaciones, tópicos y sambenitos. No solo española, miren Hobbes qué desacertado anduvo con aquello de el hombre es un lobo para y consigo mismo.  Algún día los lobos también se quejarán de que les tildemos de mala fama cuando queremos hablar de las perversas conductas humanas. Y exigirán que se borren del Diccionario de la Real Academia las connotaciones estrictamente fieras de los humanos que se les ha colgado a ellos. 



viernes, 14 de septiembre de 2018

Rincones. ¿Desintoxicarnos intoxicándonos? ¿O el desierto?




Comentario entre íntimos, digo: hemos pasado de ser marcados por la religión a ser marcados por la política. Es que una nos llevó a la otra, me responden. (Aquí se debe aclarar que no nos referimos a la política profesional, a lo de vivir del cargo, que se lleva ahora, sino a aquello otro de la conciencia política o social, etc., que daba más disgustos que compensaciones) ¿Cuestión de fe, luego una sola línea mental producto de la ideología idealista que todo lo impregna, para beneficios de otros?, insisto. Sin duda, me comenta mi interlocutora. Pero lo curioso es que creímos liberarnos de la nefasta influencia católica para reproducir el esquema con la supuesta libre conciencia política. De ahí que la primera crisis y rechazo, allá por la adolescencia asentada, haya trasuntado en la crisis más reciente con evidente hastío por la situación del momento, me responden. De intoxicación en intoxicación, vamos, matizo. Más bien un viaje de las intoxicaciones al desengaño, y ojalá sea así porque al menos el desengaño permite libertad de pensamiento, matiza ella. Ah, ¿que ya no podemos siquiera aplicar la receta de la mora que quita la mancha de mora?, se me ocurre. Por supuesto, siempre podemos desintoxicarnos intoxicándonos de nuevo, pero ¿no volverá a ser lo mismo? Y lo mismo es tan cansino. Y además a estas alturas de la película en la que actuamos es tan arriesgado...Siempre quedará el desierto, le digo; me han contado que en la casa de un anacoreta de Turín había una pintada en la pared que decía: quien va al desierto no es un desertor. ¿Probamos? Yo, leo y escribo, dice ella, es la manera de apartarme pero no desertar. Voy a probar, respondo, pero mientras te invito a Vivaldi.







(Fotografía de Saul Leiter)


jueves, 13 de septiembre de 2018

Rincones. Impulso nocturno















Los cuerpos se desordenan por la noche. La mente se torna caos. Los pensamientos se rebelan. Los deseos se confunden. La carne se extravía. Respiramos nuestro aliento. El sueño, una criatura incontrolable. Dicen que eso permite reorganizarnos y volver a tomar impulso al día siguiente. ¿Cuál de las dos partes en que nos dividimos somos mientras dormimos? ¿Qué zona se habrá impuesto al despertar? Leves brotes de luz. Hay un punto, acaso un instante, en que espacio y tiempo son lo mismo. No alcanzamos a ver con claridad. ¿Permanece el mismo carácter, sexo, corporeidad, habla, conciencia, circunstancias del día y el hombre anterior? Apariencia. Seguimos siendo lo que soñamos.



(Kazemir Malévich de nuevo)

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Rincones. Impulso mañanero

















Saber sobre los desatinos que cometen los hombres es llorar. Más frecuentes, con más vertiginosidad, más peligrosos. Cada vez tardo menos en leer los titulares de la prensa por la mañana. Unos hacen religión de la política (sin dejar de hacer su política interesada) Otros hacen política de la religión (esta siempre fue secundaria) Otros más crean  a su imagen y semejanza nuevas religiones y cultos a su personalidad. Y unos y otros se alían con los diablos que siempre acaban llevándose el alma de los inocentes (estos son los primeros que se llevan por delante y en abundancia) Y todos, los unos y los otros, los de más acá y los de más allá, manipulando a las masas, y las masas, ay torpes, dejándose querer neciamente por los más maquiavélicos y siniestros. Cada vez tardo menos en pasar las páginas del cotidiano. Nunca hubo orden, solo descomposición.




(Cuadro de Kazemir Malévich)


lunes, 10 de septiembre de 2018

Rincones. Contrarios




Toda construcción de mano humana lleva implícito su propio derribo. ¿Qué permanece tras el derrumbe? ¿Qué sobrevive al abandono humano? Como mucho una materia anterior a ser alterada por la cultura, que a su vez crecerá generando desierto. Tal vez la flecha del Tiempo esté operando siempre en sentido inverso a nuestra pretendida obsesión por llegar más allá. Medimos equivocadamente nuestro destino, ignorantes de que el universo -tan desconocido- es el que impulsa también nuestras limitadas leyes.





viernes, 7 de septiembre de 2018

Rincones. Persecución de los orígenes














Sueño que todo permanece extrañamente quieto a mi alrededor. Que llamo a personas y no responden. Que las busco y no se muestran. Que ando por un camino y el paisaje está borroso o ha desaparecido del todo. Que me expongo al aire y al sol y no me llega un soplo ni siento calor en mi piel. Cuando estoy a punto de pensar lo peor me miro y compruebo que tampoco yo me muevo. Me alarmo, pero soy incapaz de gritar, de dar un paso, de agitarme por la emoción. Entonces una voz, que rompe tanta monotonía siniestra, sentencia. No sueñes más, ni te angusties, dice. Aún eres limo del suelo de la caverna y no tienes suficiente sustancia para dotarte de pensamiento. Solo supe responder con convulsiones; hasta que abrí los ojos.   


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Rincones. Tiempo de ciruelas (por ejemplo)




















Solo el niño sabe reproducir con fidelidad la historia del antepasado del humano.

Te ves de pronto trepando a un árbol, cruzando de una rama a otra, te arañas las piernas, se golpean tus codos. Chillas con los otros chicos que lo intentan contigo, en el mismo árbol o en uno próximo. La satisfacción por conseguir la altura y permanecer en ella no va a tener parangón en el futuro. Estás allá arriba por tu propia osadía. Tu cuerpo no tiene gran envergadura pero la naturaleza te ha dotado de la proporción suficiente para realizar el esfuerzo. También de una capacidad de energía que nadie diría de verte parado. Subir a coger los frutos es una excusa. El primate que llevas dentro te pedía que fueras fiel a tus lejanos antecesores. 

Nadie te ha explicado, cómo van a saberlo, qué es un recolector primitivo. En unas semanas tú y los tuyos os habréis subido a manzanos, a nogales, a ciruelos, a higueras. Todo va estando a punto. Algunas veces no respetáis el plazo, es tanta la impaciencia. No importa que en algunos casos la fruta esté al alcance. Eso no motiva lo suficiente. El instinto os pide poneros a prueba. Catar el empuje de superaros. Probar qué se siente en lo alto. Entre el ramaje, en unos árboles más denso, en otros más despejado. Sentir. Sientes percepciones diferentes, aunque solo sean pocos metros los que te separen del suelo. El aire corre de otro modo, los olores te rozan, los sonidos se multiplican. Sujetas las ramas y te parece que ellas y tus manos se han entendido desde siempre.

Nadie te ha contado todavía que lo que tú haces lo hacían hace miles de años otros individuos como tú, que llevaban camino de ser uno más de los tuyos, y que necesitaban alimentarse para sobrevivir con lo silvestre. ¿Por qué te entran unas ganas tan intensas de quedarte subido allí? A la relativa incomodidad de la adaptación se impone un extraño placer que no es de dominio. No dominas nada. Es el árbol el que te domina a ti. Tu flexibilidad sortea el abigarramiento de la enramada. El árbol te devuelve su amable condescendencia. ¿Cómo te verá él a ti? Árbol cómplice. Árbol lúdico. Árbol que participa de vuestras risas y griteríos aunque no os deis cuenta.

Pero sobre todo te aturde, y esto lo notas por un nerviosismo axial que te sube desde la planta de los pies hasta la cabeza, sobre todo te admira la mirada que se puede llegar a tener desde un árbol. Por un rato no eres el niño que camina erguido o que al andar no alcanza a ver lo que le rodea porque muchos elementos del paisaje se lo ocultan. Desde aquí, no. Esto es una dimensión inhabitual, y te pide el cuerpo disfrutar de ella. Pero esa dimensión te permite en ciertos casos ocultarte. De pronto te has callado. Los otros se han ido, pensando que tú te has ido. No haces ruido y te camuflas en el corazón de la higuera frondosa. Va a caer la noche. ¿Saldrán a buscarte los adultos de la tribu?

Allá arriba, allá detrás, no hay ya Tiempo. Sueñas con que el valle se ofrece fértil y que animales fieros amenazan el entorno. 



domingo, 2 de septiembre de 2018

Rincones. Monólogo del orate

















Una voz: bien podría decirse que has vivido lo soñado. También lo que nunca llegaste a sospechar que vivirías. La misma voz, insistiendo: tal vez ahora los sueños te devuelvan realidades oscuramente vividas. El orate responde: pero la pérdida acecha, siempre la pérdida. ¿Cuánto ha durado cada espacio que hemos ocupado, cada conocimiento que nos hemos esforzado en retener, cada afecto que nos hacía tocar el cielo, cada vigor corporal que nos invitaba a considerarnos eternos, cada mirada con la que descubríamos los días? Las pérdidas, siempre las pérdidas. ¿Es que no hay otro modo de conciencia más claro y sincero? Aquella voz de nuevo, socarrona, alejándose: no te quejes, puesto que eres rico en posesiones imaginativas, y admite que no hay mayor riqueza que ser propietario y administrador de tus pérdidas.



(Pieter Bruegel, grabado)


viernes, 31 de agosto de 2018

Rincones. Enigmas





















Los días que sobrevivió mi madre al ictus, con secuelas profundas e irreversibles, los pasó abstraída, confusa, abatida. Desde su silla de ruedas jugaba con las puertas correderas del armario; las abría y las cerraba con energía. Me parecía que incluso con cierto descaro. Al filo del golpeo pronunciaba a veces una frase enigmática. No he sido buena, decía. Y repetía: no he sido buena. Resultaba inconcebible que aquella mujer casi nonagenaria, de quien nunca cabía dudar sobre la generosa docilidad y confiada ternura manifestadas a lo largo de su vida, pudiera insistir lapidariamente en aquel motivo hiriente, misterioso.

No le pregunté qué quería decir. Tampoco en aquellos momentos quise pensar demasiado en el oscuro comentario. Para qué echar más leña al fuego de su situación irreparable. Fue mucho más tarde, cuando los días pasaron y nos dejó, cuando comencé a dar vueltas a lo que pudo haber sido un lapsus de su conciencia alterada o la salida incontenible de algo que ella masculló siempre. Me lo guardé para mí. ¿Para qué trasladárselo a su marido?

En ocasiones pienso que se pudo tratar de una premonición anticipada. ¿Sobre mí mismo? Hay palabras y sumas de palabras que se registran en nuestra capacidad de escucha y nos acompañan durante años. Y así, de pronto, en la ficción, que no conoce límites ni exigencias, me veo a mí mismo llegando al estertor final, sin dibujar con  precisión sus matices, repitiendo algo parecido a lo que martilleaba mi madre. Pero no por ello consigo ser mejor, ni sé muy bien de qué se trata eso de ser mejor. ¿Mejor que quién, que qué, sobre qué referencias de un mundo tan impuro como hipócrita? ¿Dónde la medida del bien y del mal acerca de la relación que hemos mantenido con tantas personas, ajenas, próximas o íntimas? 

Cuando me acecha esa figuración escucho dentro de mí una carcajada. ¿Puedo permitir, me digo, ceder al tan repugnante como perverso complejo de culpa? ¿Cuánto en la vida hay de auto castración? ¿Por qué son tan sinuosos los pasos del miedo sobre los que cada cual se afirma como hombre maduro?  ¿Cómo juega a los dados con nosotros la inseguridad? Entonces imagino que acaso un lejano día de mis orígenes alguien mefistofélico, atravesando sin permiso el umbral de mis padres, pudo prescribir tal estigma con un signum sobre mi frente. Al sospecharlo el turbulento orate que me acompaña con idéntica faz se revuelve aturdido entre mis vísceras.



(Fotografía de Eve Arnold)


miércoles, 29 de agosto de 2018

Rincones


















Hace calor. También aire. No son incompatibles. Si abro las ventanas se golpean. Pero me gusta observar cómo los elementos naturales juegan con los que hemos inventado los humanos. Escribo. Mejor dicho, trato de escribir. Articulo frases y corrijo las palabras buscando la precisión. Pero suelo traicionar la exactitud para dejarme llevar por la divagación. ¿No podría armonizarlas? Imagino un tanto alocadamente y me siento más libre si divago con imprecisión. ¿Qué clase de libertad es esa? Por supuesto, la instintiva, la animal que cualquier que intenta escribir lleva dentro. Luego releo las líneas que he trazado, que no son como las geométricas, aunque bien pensado ¿no hay acaso una geometría de la expresión? Todo es cuestión de observar. Lo escrito tiene volumen y formas como los cuerpos que nos rodean. Tal vez sea la sintaxis esa geometría especial con la que uno pergeña y tacha una y mil veces. ¿Cuántas veces soy infiel a la sintaxis? Prefiero no saberlo, no me gusta sentirme excesivamente constreñido. ¿O llamo constricción a mi inclinación al desorden, a mi rechazo implícito a las normas de la disciplina? Para justificarme me digo: se pueden decir las cosas de tantas maneras. Sigo intentándolo. Tanta vagarosidad de la que hago gala me dispersa. ¿Es en esa dispersión donde encuentro mi razón de ser? ¿O más bien, por el contrario, me alejo de mí mismo? Cuesta rehuir la presión de las fuerzas centrífugas y centrípetas, principio físico. Continuo. Pero el aire que entra por la ventana me produce un carraspeo, no obstante apenas aligerar el clima que hace en mi habitación. Percibo el olor del papel de los libros, la ropa que he sacado de la lavadora y aún no está seca, el olor que emite mi piel a medida que ejercito mis nervios barajando sugerencias para el texto. Suelo oler mi piel, extender mi camisa a la altura del pecho, apretar mis axilas, frotar mis cabellos. ¿Qué señas de identidad no están registradas en los olores que el cuerpo desprende? Además encuentro satisfacción en el ejercicio de olerme. Parece algo pasajero e insignificante pero al hacerlo evoco otra edad, reconstruyo otro espacio; tal vez sea la manera de reconocerme a medida que mi caracterización carnal ha ido cambiando. Combate iluso contra el ajamiento, tal vez.  Me consuelo ante el pensamiento que me hace temblar. Somos sobre todo Tiempo, me digo. Si el humano, supongo que todas las demás especies, es algo definido es el hecho de su temporalidad. Me gusta además tener conciencia de la temporalidad, lo cual es arriesgado. Sufres por lo perdido y por lo anhelado que nunca acabas de lograr. En el proceso, vives un tiempo menos pensado y escasamente decidido. No construimos el Tiempo. O adviertes o no adviertes que estás en él, pero te da igual porque no puedes escapar. Al escribir, al intentar escribir, mientras habito uno de los rincones del Tiempo sujeto de alguna manera al Tiempo y este, dadivosamente, me devuelve sus aromas.




(Ilustración de Robert Crumb)



lunes, 27 de agosto de 2018

De migraciones y mitos nacionales, según Hans Magnus Enzensberger





"Los clanes y las asociaciones de tribus existen desde que el hombre habita la Tierra. Las naciones, sin embargo, no aparecieron hasta hace unos doscientos años. La diferencia no resulta difícil de ver. Las etnias surgen casi de forma natural, ‘por sí mismas’. Las naciones, por el contrario, son entidades que no pueden subsistir sin una ideología específica. Esta base ideológica, junto con los respectivos rituales y emblemas (banderas, himnos), no surgió hasta el siglo XIX. Desde Europa y Norteamérica se fue extendiendo por todo el mundo.

Un país que pretenda convertirse en nación precisa de una identificación bien codificada (fuerzas armadas, aduana, policía, cuerpo diplomático) y múltiples medios jurídicos para delimitarse hacia fuera (soberanía, nacionalidad, pasaporte, etcétera) 

Muchas naciones, aunque ciertamente no todas, han conseguido hacer suyas unas formas de identificación más remotas. Se trata de una operación psicológica harto difícil. Por esta vía se pretende que sentimientos hondamente arraigados, que antaño animaban a determinadas entidades menores, actúen como movilizadores para la formación de los Estados modernos. Para conseguirlo, a menudo es preciso crear una leyenda histórica. En caso de necesidad se llega a falsificar el glorioso pasado de la etnia propia y se inventan nobles tradiciones. Ahora bien, la idea abstracta de nación solo ha adquirido carta de naturaleza allí donde el Estado ha sabido desarrollarse orgánicamente a partir de situaciones preexistentes. Cuanto más artificial su origen, más precario e histórico resulta el sentimiento nacional. Ello es aplicable tanto a las ‘Naciones unidas’ de Europa como a los nuevos Estados surgidos del sistema colonial, pero también a uniones forzadas tales como la URSS y Yugoslavia, que tienden a la desmembración o la guerra civil".

Hans Magnus Enzensberger, La gran migración.


Aunque el libro de Enzensberger se editó hace veintiséis años sigue de pleno vigor. Yo diría que incluso más vigoroso, vistas las circunstancias que vivimos en algunos países de Europa en los últimos tiempos en materia de llegada de miles de migrantes. No va, a pesar de haber tomado la cita de entrada, de naciones y mitos de nacionalidades, va fundamentalmente de ensayo sobre movimientos migratorios como constante de la humanidad. Pero va también de plantear los riesgos de la xenofobia, el racismo y el enfrentamiento en el seno de las sociedades. Va de miedo, miedo al de fuera y miedo a quedarse cada vez menos los que estaban antes dentro: de todos es sabido cómo se encuentra la situación demográfica actual en nuestro continente. Es un libro que invita a reflexionar y dejar de mirarnos al ombligo. El intercambio de mezclas y flujos migratorios que han configurado la población actual ha sido una característica de todos los países europeos, como lo ha sido Estados Unidos, aunque estos tengan otras características peculiares, visto el exterminio de las poblaciones indígenas. Es un libro, en fin, y aún estoy a medias de su lectura, que en capítulos cortos va poniendo el dedo en la llaga de las situaciones de desequilibrio y contrastes que acarrea cualquier situación migratoria. Dentro de ese contexto, que un capítulo hable de pasada pero con precisión sobre la constitución de las naciones y los mitos que se originan, y aún aspiran algunos a asentar, me ha parecido de una lucidez intachable. Al leerlo, ¿no se piensa enseguida en la intentona actual de una casta de políticos y visionarios de cierta región española, algunos de ellos corruptos, que están desequilibrando con sus prácticas y discursos obscenos y de posverdad las relaciones de convivencia no solo en el seno de la propia sociedad sino trasladando el desasosiego al resto del país? 




sábado, 25 de agosto de 2018

Id y comunicad por doquier




Cuando yo era niño el cuadro presidía la habitación grande. Aquel cuarto solamente se utilizaba para reuniones y celebraciones familiares varias. Pero como éramos muy numerosos, las hermanas de mi madre, los hermanos de mi padre, los hijos de unas y de otros, los hijos reconocidos de mujeres no reconocidas, los primeros nietos, el gran salón se ocupaba con frecuencia y sobradamente. Nadie faltaba, salvo fuerza mayor, a cualquier evento, desde el recibimiento de un nuevo miembro de la casa, pasando por la despedida de quien moría antes de tiempo o por longevo aburrimiento, hasta la celebración de los que decidían irse a vivir juntos. Por no citar aniversarios, éxitos y logros de las nuevas generaciones, o simples comidas imprevistas que ayudaran a pasar el trance de algún miembro en situación crítica por algún motivo.  A mi padre le parecía que aquel cuadro sintetizaba el espíritu de nuestra estirpe, de ahí que él siempre lo denominara como el cuadro de Id y comunicad. A veces lo explicaba a los visitantes que se quedaban atónitos ante la representación. Puesto que hemos llegado a esta vida, decía,  cada cual debe permanecer aprendiendo de los otros para en un momento dado salir al encuentro de más vida. Pero una vez que te has lanzado al mundo, precisaba, debes comunicar a los demás que, si bien la familia jugó un papel importante, cada cual debe tejer la urdimbre de nuevas relaciones, nuevos proyectos tangibles, nuevas ilusiones. Mi padre creía la mitad de la mitad de cuanto solía decir con aquel tono grave y firme, pero los visitantes asentían con perplejidad, sin duda, pero también con admiración y reconocimiento. El cuadro les parecía raro, pero la explicación de mi padre estaba dentro del orden de las cosas, lo cual ya era para ellos aceptable. Alguno de los que llegaban por primera vez a casa osaba insinuar que aquel cuadro, no sé, decía, la pose, el número de personajes, la disposición en torno a una mesa, le recordaba alguna estampa antigua, pero que todos los personajes, bueno, prácticamente todos, fueran mujeres le desconcertaba. Sí, te comprendo, solía responder mi padre, ya sabes que en el mundo de la imagen en general hay muchas similitudes y que de la misma manera que unas personas se nos asemejan a otras en el arte como en la literatura a veces se tiene la impresión de haber visto y leído anteriormente. Y respecto a que todas sean mujeres es absolutamente razonable, hay artistas que no salen de pintar hombres y nadie se ha quejado, y además en nuestra familia domina el género femenino generosamente, así que yo lo tengo por una cuenta pendiente saldada.  En cierta ocasión la joven y tierna novia fugaz de mi tío abuelo tuvo el valor de comentar que sin duda se trataba de una bella composición renacentista. El artista, dijo con aire de catedrática, ha colocado a los personajes en un abigarramiento que no entorpece la visión, y es asombroso que haya huido de los colores más definitorios de los pintores de aquella época y que sean sus escorzos y sus movimientos contenidos los que hablen por ellos. Mi padre, siempre tan benévolo, pero tapando con su bigote el rictus de una sonrisa malévola, la respondió: sí, tal vez, además pensemos que el Renacimiento es en realidad un fenómeno no solo estacional sino cíclico, y no tanto porque se repita con frecuencia como porque se está esperando permanentemente su llegada redentora de nuevo, aunque no parezca que tenga lugar. Fue más chusco lo que un día comentó una alta jerarquía de la confesión religiosa más seguida en el länder, que acertó a pasar por allí, Lo que no acabo de entender, dijo ladeando la cabeza con gesto incriminatorio hacia el cuadro, es el torso vuelto de lo que indudablemente es un hombre. ¿Significa algún tipo de rechazo, una expulsión, una traición acaso? ¿Es la censura de la carne, el apartamiento del pecado, la ocultación de la culpa? No quiero verme en la tesitura de pensar que sea el hombre de todas o el amante de una o el deseo escondido y turbio que no sabe dónde refugiarse, y ahí su obsesivo discurso moral le dejó claramente en entredicho. También lo he discurrido yo, respondió mi padre, pero ya sabe usted, mi querido señor purpurado, que en cualquier trabajo, en cualquier acontecimiento, en cualquier encuentro, en cualquier evocación, bien sea por defecto u omisión, los artistas hacen circular a las almas errantes que buscan su lugar a través de toda la eternidad. Y además de sobra conoce usted que cualquier alma errante no tiene sexo, y si alguna aún lo tiene con presteza lo intercambia, porque fue escrito que más allá de la materia finita solo cabe otro modo de probación y un grado sumo de contemplación, ¿ no le parece, eminencia?

Mi padre se giró hacia mí, que había presenciado, como se suele decir, la escena, y me hizo un guiño hábil que me dejó feliz.  




(Fotografía de Brigitte March Niedermair)

  

viernes, 24 de agosto de 2018

De amaneceres





Amanecer, ese fenómeno que siempre percibo como extremadamente vertiginoso. Si me preguntaran ¿dónde viste el amanecer más impactante? respondería sin dudar: desde el tren, por los campos yermos y pedregosos, entre llanos de pinares que se convertían en aledaños de sierra, en Castilla la más vieja. Ibas saliendo de la noche a golpe de traqueteo y, aun disfrutando del día que se iba iluminando, sabías también que aquel tiempo que te tocaba vivir seguía siendo oscuro. Y junto al mar, se me podría preguntar, ¿no has tenido análoga impresión?  No sé, en la costa la alborada me parece más estática, se subordina al ímpetu del oleaje de las grandes masas oceánicas que, pues conocen auroras y ocasos, se perturban en grado sumo seguramente. En su rumor ciego e incesante insisten en acercarse a ti, en apoderarse de ti. Y cuando habitaste durante un tiempo allá en el desierto, ¿cómo percibiste el rayar del día? Allá en el desierto había tan intensa luz como abrumadora negrura, y el vacío podía cambiar su geometría cada jornada, cada hora, cada golpe de simún, sin que tu vista apenas poseyera el amanecer. Yo estaba justo en la línea donde el cielo y la tierra se confunden, imaginándome a salvo del deseo y también del riesgo, o eso creía. Entonces, aun convencido de que estaba solo, alguien, que no sé de dónde apareció, se acercó delicadamente, se colocó a  mi lado y me dijo: dejadme ver amanecer con vos. De aquella contemplación quedaron unas huellas que se fueron extraviando por la curvatura del horizonte.


  

miércoles, 22 de agosto de 2018

Una vez estuve junto a la tumba de Kafka






Una vez estuve junto a la tumba de Kafka, de los Kafka, el Dr. Franz y sus padres Hermann y Julie, y creo que incluso de algunos más, un rectángulo de gravilla blanca presidido por un monolito, un prisma de granito o de caliza, no recuerdo, que es lápida, que es también geometría que brota de la tierra con múltiples caras y remata en un vértice que si lo sobrevoláramos nos parecería una estrella, y había una fotografía que no sé a dónde habrá ido a parar en la que se me podía ver, me la hicieron mis jóvenes acompañantes, con aire circunspecto, grave, de circunstancia que no era fingida no obstante la kipá que el discreto y amable guardián anciano me había colocado en la cabeza al llegar al cementerio, si bien yo estaba un poco encogido, algo desgarbado, ciertamente abrigado porque siendo verano hacía frío y lluvia en Praga y, aunque sentía emoción interior por estar allí, un lugar de peregrinaje de minorías, pues el cementerio nuevo judío no suele estar en las guías, y eso es bueno y provechoso para los que huimos de las guías cuando viajamos, en mi cara se me advierte cierto gesto tenso porque si mal no recuerdo mis jóvenes acompañantes no habían venido al cementerio de buena gana, lo habían hecho por condescender, por respetar mi obsesa devoción de visitar a un muerto del que solo había recibido vida hasta entonces, a través de sus obras, y me parece que en alguna ocasión ellos, mis jóvenes acompañantes, lo comentaron: a quién se le ocurre, dijeron, ir a visitar ciudades del extranjero y visitar cementerios, y más este en el que no había ningún otro visitante, lo cual agradecí, pero aquel no era un cementerio al uso, a nuestro uso quiero decir, sí al uso de la minoría judía que quede en la ciudad del Moldava, y precisamente esa visión de un cementerio que rompía con la imagen acostumbrada para nosotros de los cementerios ordinarios de los pueblos y ciudades españoles era lo que me cautivó, y fue entonces cuando también mis acompañantes comprendieron y cedieron al enfado y algo les caló de aquella especie de señorial ciudad de los muertos, una ciudad hecha para transmitir placidez, siendo el suelo una alfombra generosa y continua de hiedra, y los árboles, altos y frondosos, formaban los nervios de una bóveda umbrosa, avenidas o, mejor, sendas para pasear y abstraerse, y no, no solamente para meditar sobre lo de siempre y lo mensurable, sino sobre la atracción de la belleza al servicio y honra de los muertos, y así lo comenté con quienes venían conmigo, ya con otra disposición y más receptivos a lo que descubría la mirada y ellos, estos, entraron en la razón que subyace en todo lo oculto, aquello que aún no habíamos captado antes, y decían es verdad que esto, el cementerio, no carga con las connotaciones tristonas y melancólicas a las que nos tienen acostumbrados los cementerios tradicionales que hoy día, además, están sumamente hacinados, cementerios como parcelas de edificaciones, semejantes a líneas de apartamentos de costas o de barriadas de los cinturones industriales de las ciudades, cementerios divididos por clases y ausente de toda estética, donde las zonas de cipreses que aún perviven como herencia casi romántica se terminan pronto, es lo único, las lindes de cipreses y sus sepulcros ochocentistas, que un cementerio español transmite cierta belleza heredada del pasado, aunque no se quita el aire necrófago, carcomido por la religión y una visión pesimista de la vida, pues las cruces no han hecho otra cosa sino hacer más mediocre la perspectiva de la vida, un legado perverso y en modo alguno reconfortante, y aquella visita al cementerio nuevo judío de Praga se iba convirtiendo sobre la marcha en un espacio no solamente de observación, sino de debate, algo que todos no queríamos sino apenas apuntar, y dejar las conclusiones para cuando lo hubiéramos abandonado, para no perdernos la contemplación inmediata, el asombro por la fusión de los pequeños monumentos funerarios y la naturaleza, y así aquello nos parecía un parque, un espacio de esparcimiento y relajación, y naturalmente que allí imperaba también un grado determinado de competitividad, pero las tumbas tenían otro carácter, templetes de basaltos, dioritas, granitos verdosos que le dan un aspecto más noble, más estructurado, y si todos los cementerios son o suelen ser denominados ciudades de los muertos, este era como una ciudad para el recuerdo tras la vida con un empaque que hacía honor a la parte de la ciudad de Praga donde aún permanece la huella de un emporio burgués, modernista y culto, y alguien de los que me acompañaban dijo que el cementerio debe ser tal cual lo veíamos, un territorio para el reposo de los difuntos, una prolongación visual de la vida cómoda y agradable donde el visitante o los familiares de los muertos no establecieran ruptura con su vida ordinaria, como si fuera una invitación a pensar: el cementerio, tal como lo hemos creado y mantenemos, es la continuación del salto, pero con el descanso asegurado, aunque a mí esto de que los muertos reposen siempre me ha parecido una metáfora estúpida, después de todo los cementerios son imágenes simbólicas, donde obviamente se guardan o se dice que se guardan, o mejor dicho, se ocultan los despojos de los que alguna vez fueron cuerpos lustrosos y aparentes, pero en realidad aquí no descansa nadie, sino el paseante vivo, como nosotros, y entonces les dije a mis jóvenes acompañantes: con qué placer me quedaría aquí de vigilante o de enterrador o de hombre del mantenimiento, no porque me interesen los trabajos, sino por la apacibilidad que mi cuerpo percibe, si bien, recapacitando admití que Praga es muy fría, que la humedad se mete por todas partes, que los inviernos son largos, y al reflexionar así yo mismo destruía in situ aquella apetencia de formar parte viva del paisaje de muertos...




Ilustración de Robert Crumb


lunes, 20 de agosto de 2018

Adjetivos y sustantivos



Dedicada.
Delicada.
Desprendida.
Dispuesta.
Deleitosa.
Dedicación.
Delicadeza.
Desprendimiento.
Disposición.
Deleite.




sábado, 18 de agosto de 2018

Un clavel para el poeta




"Todo se ha roto en el mundo,
no queda más que el silencio".

Federico García Lorca, Poema de la soleá.





hoy traigo un clavel
y lo pongo sobre la dura tierra
desconocida
para que el poeta 
y todos los demás asesinados
inhalen su aroma




viernes, 17 de agosto de 2018

El complot mongol, de Rafael Bernal. Un complot más de los corruptos, pero no solo eso






"Quedaban muy pocos clientes. La cantina se preparaba a cerrar.

-- Tiene manchas de sangre en la ropa, mi Capi -dijo el Licenciado.

García destapó la botella de coñac y sirvió en un vaso.

--Antiguamente los abogados tenían siempre manchas de tinta en las manos y en la ropa. Gajes del oficio. Pero nosotros ya no usamos tinta. Usamos máquinas de escribir. Ustedes deberían buscar sistemas semejantes. Toda nuestra civilización tiende a que los hombres puedan conservar las manos limpias...Siquiera las manos".


Rafael Bernal, El complot mongol.



Tal vez en esta cita se condense la esencia de la novela ¿policiaca? ¿de intriga? ¿de historia? ¿de soledades y solitarios? de un escritor poco conocido en España pero del que dicen que revolucionó, si no inauguró, el género negro en México. Un relato vertiginoso que, no obstante el argot mejicano y en concreto del protagonista, embauca al lector español. Bernal sitúa a los personajes con pinceladas precisas y nada extensas, suficientes para que veamos dónde está cada personaje, qué papel cumple, qué va a dar de sí...salvo en el sorprendente rol del policía pistolero y matón en el que se centra la narración. Una narración que, cuando no dominan los diálogos, mezcla una breve voz en off narrativa con la voz personal del policía principal, Filiberto García. Este es el único que en un momento dado evoluciona hacia su propio interior, sin mayores alharacas, hacia un punto de contrición no de sus fechorías y durezas, pues de ellas no se arrepiente, sino por descubrir ese espacio de pureza mínimo que cada humano preserva, aun sin saberlo, en lo más profundo de sí mismo. Bernal no le da a descripciones superfluas, sino que con un determinado toque coloca a cada personaje en cada acción de modo que percibamos la trama del equívoco complot urdido, pero sobre todo dejando claro el trasfondo de una sociedad corrompida hasta la cúpula, como ya es sabido, donde se alían poder, tretas jurídicas y gatillo como en una simbiosis imprescindible para lograr los de arriba sus fines y provocar el sufrimiento, que les trae al pairo, de los ciudadanos de a pie.

Que el protagonista, sicario legal y cruel, pero efectivo para sus superiores -esa manera tan expeditiva de solucionar los casos criminales a base de balaceras y ejecuciones sumarias, sin mayores explicaciones, ha pringado durante décadas a las instituciones del orden y la justicia de ese país- nos caiga bien desde el principio, es un triunfo del novelista. No en vano múltiples películas de Hollywood nos presentan al policía matón que nos lleva de su parte, lo cual le hace pensar a uno en lo oscura y contradictoria que es el alma humana, por denominar con un término convencional a nuestra psiqué, ese planeta de emociones, afectos y racionalidades que nos componen y descomponen. Para que nos caiga bien requiere algunas características. Es bestia con los criminales y no entiende ni quiere entender de cumplir la legalidad, pero es tenaz en buscar la verdad del retorcido caso auspiciado por sus superiores como un complot mongol. En este sentido hay que interpretar la cita con que encabezo la entrada. Diálogo entre un abogado y un policía, roles tan característicos hoy día en nuestras sociedades en que se presume de manos limpias por parte de todos los estamentos, aunque los hilos que las muevan estén sucios hasta sus filamentos más profundos. Consejos de quienes han sabido avanzar a los que aún tienen que ponerse al día de sus prácticas investigadoras y ejecutoras.

Quien solo perciba El complot mongol como una novela para el verano, yerra. Fue un comentario reciente de un amigo que la había localizado en una librería de lance quien me la recomendó con alborozo. ¡Qué difícil es que en estos tiempos alguien te hable con placer y gozo de un libro! Ese amigo, al que no frecuento mucho, es un lector impenitente y no sé, me fié de su comentario sensorial. Cuando una narración es buena, es decir, está bien orientada, conducida, tramada, en fin, y, aunque no se explaye en múltiples y hondas reflexiones, se perciba en ella un mundo amplio a escala de cualquier clase social o región del planeta, ¿qué valor definitorio tiene el género en el que se la suele encasillar? ¿Para qué condicionarnos sobre si una novela está enmarcada por los mercaderes del Templo librario y editor como negra, histórica, política o amorosa, por citar algunos de los elementos convencionales con que enmarcan la literatura? Uno se da por satisfecho al terminar de leer un libro si su cuerpo ha quedado con una sensación de placidez. Ya saben, yo llamo cuerpo a esa reacción integral del ejercicio que la mente ejecuta cuando establece una relación entre texto y la vida vivida y pensada de uno mismo.




Nota. El autor, Rafael Bernal, nació en Ciudad de México en 1915 y murió en Berna en 1972. El libro de la editorial Libros del Asteroide lleva un prólogo de Yuri Herrera y un epílogo de Élmer Mendoza, que ayuda a aclararnos del todo una vez leída la novela.






(Ilustración de Ricardo Peláez)



miércoles, 15 de agosto de 2018

No hay tal Ítaca





"Y dime de verdad esto, para que me entere bien: ¿quién eres, de dónde, de qué gente? ¿Dónde tienes tu ciudad y tus padres? ¿Dónde está varada la nave rauda que te trajo a ti y a tus divinos compañeros?".

Odisea, Canto XXIV.



Ítaca es la tentativa; Ítaca es la aproximación; Ítaca es la centralidad; Ítaca es la dispersión; Ítaca es el retroceso; Ítaca es el avance; Ítaca es el recorrido; Ítaca es la parada; Ítaca es la intención; Ítaca es el riesgo; Ítaca son los seres aparecidos; Ítaca son los seres imaginarios; Ítaca es la memoria; Ítaca es la fantasía; Ítaca es el abrigo; Ítaca es la pérdida; Ítaca es la tentación; Ítaca es la caída; Ítaca es el rescate; Ítaca es el vencimiento; Ítaca es la voluntad; Ítaca es la resignación; Ítaca es el transcurso; Ítaca es la fugacidad; Ítaca son los olvidados; Ítaca son los protegidos; Ítaca es la resistencia; Ítaca es la dejación; Ítaca es la obsolescencia; Ítaca es la invención; Ítaca es el dolor; Ítaca es el alborozo; Ítaca es la agitación; Ítaca es el reposo; Ítaca es la bruma; Ítaca es la claridad. No hay una Ítaca única. Tal vez ni siquiera debió ser llamada de este modo la infatigable búsqueda que realiza de sí mismo el individuo. Nunca llegaremos a ninguna parte, salvo cuando estuvimos haciendo el recorrido. Después solo nos quedará sentarnos en el poyo a la puerta de casa, desde donde degustar los recuerdos. Esto dice Odiseo a Calipso, de cuya presencia él ni quiere ni sabe escapar.



(Ulises y Calipso, por Max Beckmann)


domingo, 12 de agosto de 2018

Dead Can Dance. Los muertos pueden bailar...con Góngora





El británico Brendan Perry y la australiana Lisa Gerrard formaron en 1981 el grupo Dead Can Dance. Permanecieron unidos hasta 1998, aunque en diversas ocasiones volvieron a reagruparse para realizar giras internacionales. No sabía que una de sus canciones está basada en una poesía célebre de Luis de Góngora, Da bienes Fortuna. Pienso que Góngora no haría ascos de la versión anglosajona, sino todo lo contrario. Y sobre el contenido de la poesía, que cada cual haga su reflexión. Es de actualidad cuatrocientos años después.


Da bienes Fortuna
que no están escritos:
cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

¡Cuán diversas sendas
Se suelen seguir
En el repartir
Honras y haciendas!
A unos da encomiendas,
A otros sambenitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

A veces despoja
De choza y apero
Al mayor cabrero,
Y a quien se le antoja;
La cabra más coja
Pare dos cabritos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

Porque en una aldea
Un pobre mancebo
Hurtó sólo un huevo,
Al sol bambolea,
Y otro se pasea
Con cien mil delitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.






Fortune presents gifts not according to the book
Fortune presents gifts not according to the book
When you expect whistles it's flutes
When you expect flutes it's whistles
What various paths are followed in distributing honours and possessions
She gives awards to some and penitent's cloaks to others
When you expect whistles it's flutes
When you expect flutes it's whistles
Sometimes she robs the chief goatherd of his cottage and goat pen
And to whomever she fancies the lamest goat has born two kids
When you expect whistles it's flutes
When you expect flutes it's whistles
Because in a village a poor lad has stolen one egg
He swings in the sun and another gets away with a thousand crimes
When you expect whistles it's flutes
When you expect flutes it's whistles







(La primera fotografía está sacada de Last.fm. La segunda, de Luxembourg Times)






sábado, 11 de agosto de 2018

Crónica de la pacífica devastación




"Ya no sabemos a quién debemos apreciar y respetar, y a quién no. En este sentido nos estamos comportando como bárbaros los unos con los otros. Sin embargo, ya seamos griegos o bárbaros, todos somos iguales, tal como se deduce de lo que, por naturaleza, es intrínseco del ser humano: todos respiramos por la boca y la nariz, y todos comemos con las manos".

Antifonte de Atenas, De la Verdad.


No creo que haya devastación pacífica, sino que todo acto destructivo, sea cual sea su intensidad, alcance y perversidad, se nutre del mal que portan los individuos, las sociedades o los instrumentos que estas fomentan para regularse y acaban desarticulándolas. Naturalmente, la palabra devastación trae inmediatamente las imágenes de las guerras que acaban con regiones o naciones enteras, es decir, sus ciudades, sus medios de transporte y comunicación o sus medios productivos. Y, en consecuencia, con miles o millones de vidas. Sebald ya habló largamente de ello en su obra sensible sobre lo acontecido en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Pero de la misma forma podría hablarse de conflictos regionales como los balcánicos, los de Yemen, el iraquí o el sirio y su área de influencia. Desgraciadamente, ejemplo próximos y recientes no faltan. Tampoco en pocas ocasiones podría dejar de mencionarse los desastres causados por los seísmos, las inundaciones, los huracanes o, de manera más sigilosa, la hambruna de la desertización. El grado y envergadura de las devastaciones, con su secuela de daño en vidas, hábitat y coste económico general, se escribe siempre con mayúsculas.

Hay destrucciones que no alcanzan sino una proyección menor, pero cuya iniciativa y realización revelan un alma sumamente negra en los individuos que se prestan a ello. El daño a pequeña escala, sea su forma considerada gamberrada, ataque parcial o simplemente divertimento hiriente, me hace pensar en la calaña de la que están hechos ciertos seres humanos, incapaces de traducir su parte ingeniosa u ocurrente en algo constructivo y estético. Ejemplos cunden todos los días, y si elijo dos más o menos próximos es porque me suscitan tanta indignación como horror. Tipos que son capaces de realizar ciertas fechorías de aparente pequeño volumen, ¿de qué no pueden ser capaces en sus relaciones con otros individuos, familiares o quien pase por la calle?

Viene a cuento, por una parte, de la aparición de una pintada que se pretende graciosa en una escultura románica de la catedral de Santiago, ubicada en una portada recientemente restaurada. ¿Qué concepto de civilidad se reserva para sí mismo el imbécil que dañó la estatua? ¿Qué garantías ofrecerá de que no lo intentará de nuevo o realizará una escalada? ¿En qué zona cero de la sociedad se ve ubicado tal bárbaro? Sería bueno saberlo. Por otro lado, hace dos o tres días se realizó en horario nocturno una llamada a Emergencias y Guardia Civil en un pueblo próximo a Valladolid, avisando de un accidente de carretera. Cuando los auxilios llegaron se encontraron en el arcén con un montaje anónimo en que una bicicleta rota y un maniquí aparentaban un accidente. Por lo demás, nada de nada. ¿No es una chufla retorcida? ¿No es jugar con el dolor de quienes hayan sufrido de verdad accidentes? ¿De qué van esos personajes oscuros y siniestros que se entretienen causando trastornos que pueden derivar en males mayores? Parecen agresiones menores, pero por el bien de la ciudadanía se deben investigar y dar con los idiotas desaprensivos que quieren celebrar el tedio de agosto de manera inicua.

El título de la entrada puede parecer desproporcionado con los ejemplos que cito, pero siempre me queda la intriga. Ese tipo de personajes que juegan a hacer el mal, traspasan los límites de la cordura, cometen trastornos invadiendo el bien público o la vida de otros individuos, ¿no tienen dentro de sí un germen de escalada de sus actos destructivos? Parecen muestras leves de limitada devastación lo que hacen, pero ¿a dónde llegarán? (Y miren que no me veo en el papel de moralista; solo que me revientan los actos de desprecio que cotidianamente se cometen) Antifonte tenía razón: todos somos iguales, es decir, potencialmente capaces del bien y del mal. Pero cuando se desproporciona la balanza, ¿qué cabe esperarnos?