"...Vivo como una sombra entre las otras sombras, todo pasa con pasos de algodón por el medio de las piedras de la fiebre".
Paul Nizan. Aden Arabia.
¿Alguna vez piensas en mí? ¿Sin sentir que yo te apremie? ¿Sin dejarte influir por mi presión? Mi sombra madruga hoy sarcástica. ¿Qué buscará? No pienso en ti, digo, no eres objeto de mis pensamientos y menos de mis anhelos, la respondo para zaherirla. Ni yo lo pretendo, me replica con desdén medido. Soy dadivosa. Me ofrezco, tanto para avisarte como para corregirte. Me creas o no, te protejo. Y no debes temer nunca mis planteamientos, en ocasiones desvaídos, o eso te parecerán a ti, pues solo lo hago para que te ayude a interpretarte a ti mismo. Y eso que a veces me hablas del tiempo que transcurre como si yo tuviese la culpa. Te quejas del flujo presuroso como nunca antes. Te sobrecoges porque se te escapan de las manos las posibilidades. Te perturbas ante la merma de las energías de las que siempre habías dispuesto. Entonces te cuento lo de la flecha del tiempo. Que unos arqueros la dispararon, ha ido recorriendo el aire, tú estás en algún momento impreciso, o que no sabes precisar, de su recorrido, hasta que llegue algún momento en que pierda su fuerza y caiga por la inercia del agotamiento. Pero lo importante, amigo mío, es ese vuelo. Pues el vuelo de la flecha está en ti mismo. No sé si la sombra es sabia o simplemente me sentencia a saber la verdad. Entonces me quedo imaginándome a mí mismo como una saeta voladora. Un dardo de colores, compuesto de retazos; un mosaico de vivencias mas también de experiencias truncadas; un silbido que ha atravesado los días en una sucesión vertiginosa que no se acaba uno de creer que pueda tener fin. Siempre tan moralista conmigo, sombra, le digo. No seas desagradecido, me corta. Estoy fuera de vuestro esquema de conductas y apremios, así que no me apliques calificativos que serán de vuestro mundo pero no del mío. ¿O no sabes todavía que en el mundo de las sombras lo que acaece no tiene vuestra corporeidad ni vuestro intelecto ni vuestros apetitos? Pienso entonces en los versos de un poeta abasí que decía que el mundo era como la sombra de una nube, que se disuelve en cuanto es anhelada por el hombre.
*Ferrán García Sevilla. Mosaico sobre tabla. 1988. Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo Español de Valladolid.

Ayyy, las sombras...¡Cuántos recuerdos!...incluso las hay malas.
ResponderEliminarTodo lo malas que quiera el personaje sombreado.
EliminarHay en el diálogo una tristeza serena, como si cada palabra fuese el eco de algo que ya se ha vivido demasiadas veces. La flecha del tiempo avanza, sí, pero aquí importa más el temblor del vuelo que la caída.
ResponderEliminarLo interpras bien. Sí, uno está todavía en ese temblor del vuelo, pero sin pretensión de aterrizar, aunque sepa que de pronto, ¡plash!
EliminarLo difícil, aunque deseable, es que la flecha del tiempo acabe acertando en la diana. Lo normal es que se extravíe.
ResponderEliminarSaludos.
¿Y cuál es la diana? Porque yo no lo tengo claro, o sí, pero si la diana es la que imagino no me cabe duda que acertará.
EliminarMi flecha ya va perdiendo fuerza, y a diferencia de lo que presagiaba cuando era más joven, no me duele. El otro día bajé a mi cala secreta; es prácticamente imposible llegar a ella si no se conoce el camino, y conociéndolo hace falta mucha fuerza en los tobillos (y en las manos de los dedos y de los pies para no resbalar). Me costó más que nunca, pero llegué; y estaba como siempre solitaria, soleada, con el agua transparente, y a media marea. Muy a lo lejos, algún personaje se preguntaba como diantres había conseguido yo llegar hasta ella. Me desnudé y me sumergí en el Cantábrico. El sol me secó. Y pensé de nuevo que quizá un día no pueda bajar hasta ella, que la flecha del tiempo no es demasiado gentil y que no entiende de romanticismos. Pero quizá lo que pierda en fuerza lo gane en maña. En todo caso, este sería un buen sitio para acoger mis cenizas, y entonces nada me apartaría de este lugar, y los turistas, desde la lejanía, ni siquiera me podrían ver.
ResponderEliminarLa cala secreta de cada cual es inaccesible para otros. La metafórica. Imprescindible, a medida de cada cual, deseable y ocupable por uno mismo. Ahí uno puede intentar controlar el flujo de las propias mareas, disfrutar del clima, ensoñar entre el oleaje y adivinar cómo suben las ondinas a complacer las horas. La otra cala, la geofísica...es hermosa, y aunque dudo de que haya cala sin masa, siempre hay estación del año en que se pueda gozar de ella antes de pensar en las propias cenizas.
EliminarFáckel:
ResponderEliminarsi el vuelo de la flecha es la vida, ¿cabe pensar que en nuestro nacimiento alguien la disparó con más o menos fuerza para que llegara más lejos?
Por otro lado, una reunión de sombras ¿no sería la oscuridad?
Salu2.
Habría que preguntar a los arqueros.
EliminarLas sombras interiores siempre buscan la luz.
A diferencia de la saeta, el tiempo en su trayecto no pierde velocidad. Se muestra inalterable en su ritmo, implacable en su destino.
ResponderEliminarEsa sensación de que adquiere aún más velocidad a nuestra edad...¿verdad? En ocasiones es desesperante. ¡Y los individuos aspiran, aspiramos, a llegar a viejos! Pregunta cartesiana: durar ¿es mejor o no?
EliminarTal como dice Ricard, el tiempo es inexorable en su ritmo, simplemente nos marca el paso, nosotros ya desfalleceremos.
ResponderEliminarLa flecha tiene su recorrido augurado en la fuerza del lanzador, en los contratiempos del camino, que harán su recorrido más o menos largo, una nube juguetona en vuelo bajo, esas plumas atravesadas, fuera de temporada, esas hojas otoñales en su caída, un corazón que queda partido...
El tiempo. siempre el tiempo marcandonos el fin inevitable hacia donde vamos. Pero el trayecto, el mientras tanto, eso quizás está menos determinado. Un abrazo
ResponderEliminarMe pregunto entonces en qué medida se siente uno arquero, flecha, recorrido y caída.Lo determinado puede ser roto por el golpe de azar.
ResponderEliminarAnder