Me miran a todas horas. Ingenuos ellos que creen que solo soy un lienzo. No me veo como lienzo, pero tampoco me veo como soy. Esto es una ficción pero a todo espectador le gusta observarme como aquel que existió una vez, por ejemplo. Un pintor se empeña en representar la realidad, o su concepto de realidad, y le da a los pinceles. Él mismo no se engaña porque sabe que tal vez la misma referencia ya es de entrada dudosa si no falsa. Un pintor toma sus referencias, un paisaje o un individuo o un acontecimiento épico o una narración mitológica y plasma su propia versión sobre un lienzo. Luego la posteridad lo toma como la verdadera representación de lo que hubo o no hubo, de quien fue o nunca existió. Pero el pintor siempre inventa, aunque en muchos casos haya proximidad fisonómica e incluso fisiognómica con un personaje, porque el modelo nunca es representado como es, sino como se le parece. Pero si no hay modelo, ay entonces, el pintor tiene todas consigo, el libre albedrío de contar la vida de alguien o de una ciudad o el desarrollo de una batalla como le place. La gente mira y admira, aunque sea una sospechosa admiración. La gente mira y no hace aprecio. Inclusive puede llegar a despreciar. Yo, desde mi pose falsa me entero de todo. Esas miradas individuales dicen mucho sobre quien las dirige. Las grupales son otra cosa, a mi modo de ver más deprimente. Parecen ser la suma de cada componente del grupo que escucha contar la historia del cuadro, mi historia o supuestamente la de mi época, qué sabrá el cicerone de mí, y asiente tontamente y pasa a otro cuadro. La mayoría no utiliza el tiempo para detenerse y mirar con el pensamiento, y no solo con los ojos. Mirar con el pensamiento es algo muy exigente. Es querer saber. Más, es querer comprender un poco al retratado o a lo expuesto con detalles más o menos comprensibles. Mirar es también, además de un acercamiento a lo que ve, dudar. Si un cuadro no suscita duda o escepticismo y se le toma a pies juntillas lo más probable es que se perciba una verdad fingida, inexacta. Claro que a muchos visitantes eso les da lo mismo. Porque el visitante quiere ver un cuadro como él supone en su fuero interno, aunque el cuadro diste de la mirada del visitante. Y así una mirada superficial va a ser olvidada. Unas características o unas fechas o una anécdota dibujadas en el cuadro van a ser postergadas. Y esa gente, cuando vuelva a su casa contará que estuvo en tal museo de tal ciudad y para de contar y se queda tan ancha, con la alevosía de querer demostrar no sé qué a sus vecinos. Porque la mayoría no habrá retenido casi nada, ni buscaba retener. Pero esa otra minoría que llega, esas otras individualidades que se aproximan a ti, y te miran con la mirada del pensamiento y algunos incluso con mirada emocional, hasta de afecto, esas escasas personas que te dedican un tiempo de diálogo, y yo les correspondo, saben de los latidos del cuadro, de mis propios latidos que revierten en ese observador escrutador y agudo. Y es esa confluencia de miradas, esa receptividad mutua que mantenemos cierto tipo de visitante, me haya buscado o le haya sorprendido mi aparición, y yo, la que nos hace sentirnos vivos. Él o ella viven desde su búsqueda incesante de las emociones en las imágenes de los museos. No les importa si la emoción se manifiesta con curiosidad, horror o afecto, pues todo les impresiona. ¿Y hay algo más interesante que dejarse impresionar con sinceridad? La impresión percibida es la puerta a querer saber más, a querer acercarse más a lo desconocido, a vivir en lo desconocido e incierto durante un rato más o menos prolongado. Y a mí, desde este cuadro en que parezco ser pero solo aparezco como el que no fui jamás, me llegan los sentidos con que me obsequian los que se han acercado afectivamente. Si los colores y los barnices no estuvieran sujetos tan firmemente, probablemente mi imagen se diluiría ante ciertas miradas y tantos pensamientos que no solo me inquieren sino que me aprecian. A veces fantaseo que me diluyo y que todos los colores de que me compongo, ¿no soy acaso una colección de colores?, y todas las líneas sinuosas que configuran mi forma, ¿no estoy perfilado precisamente por infinidad de trazos?, pasan al rostro del visitante que me contempla arrobado. Como si mi rostro quisiera ser sustituido o el del otro pretendiera hacerse con el mío. Y me interrogo sobre cuál de los dos será entonces más auténtico o más engañoso.
* Thomas Gainsborough. Retrato de Gainsborouh Dupont. 1770-1775. Tate Gallery, Londres. En depósito en The Frick Collection. Montreal.

El cuadro no es verdad ni mentira: es una sustitución. Toda imagen suplanta lo que nunca estuvo ahí. El espectador cree ver, pero solo confirma su propio engaño. La duda es el único gesto auténtico. Y aun esa autenticidad dura un instante, porque también ella se desvanece en cuanto se la mira demasiado.
ResponderEliminarYa lo dijo aquel: ceci n'est pas une pipe, ¿no?
EliminarEs curioso, a todos nos gusta que nos miren, sin embargo, a nadie le agrada que le observen.
ResponderEliminarBueno, sí, pero hay miradas que matan o tratan de radiografiarte, así que mejor mirar para otro lado. Como en tantas circunstancias de la vida.
EliminarEl chico del cuadro,realmente guapo,mira de reojo con gran " mosqueo".De qué, me pregunto,no es una postura normal,en los retratos de la nobleza.
ResponderEliminarSaludos
Este de la imagen no era noble. Era hijo del artista y también fue pintor, y acaso por eso había aprendido a su vez a mirar, al menos de otra manera. Ya ves lo esquivo que se muestra ante la espectadora de este lado del lienzo.
EliminarUna interpretación subjetiva de lo que el pintor ve. A veces el lado mejor. Otras, todo lo contrario. Estoy pensando en Goya y sus interpretaciones acerca de la familia real. Su lado más grotesco.
ResponderEliminarMe resultan especialmente inquietantes esos cuadros que te miran, vayas donde vayas, con ojos escrutadores que parecen decir: sé quién eres.
Saludos.
Ojo, que seguramente Goya era más realista en ese cuadro de la familia de Carlos IV que los demás pintores de cámara de cualquier época. Si los de la realeza hubieran considerado indigno el cuadro lo hubieran rechazado. Y Goya no solo tenía buen ojo para lo exterior sino para lo interior. Yo siempre sospecho y dudo ante los grandes retratos en que el retratado sale excelso y sublime. En fin, piensa en ello.
EliminarYo me he preguntado muchas veces cuánto de verdad y cuánto de mentira hay en un cuadro y parece que el texto va por ahí .
ResponderEliminarAnder
Es que yo me lo pregunto siempre. Cada vez, cuantos más años cumplo, más me pregunto pero sin ansiar respuestas. La vida es bufa siempre.
EliminarInteresante texto. Estamos acostumbrados a mirar las obras de arte como si fueran un testimonio real de un actores o hechos pasados. y seguramente es una recreación, hecha a capricho del que pagó en el encargo de hacer la obra.
ResponderEliminarTal como dices. En los retratos -y no solo en ellos también en relatos épicos o mítico- hay mucho de propaganda y todo de exhibición. Me refiero a los retratos de gente insigne (es un decir) Hay retratos de gente sencilla que los pintores han aplicado otro código de mirada.
EliminarDe niño me preguntaba si tendrían vida propia estos personajes de los cuadros. Un abrazo, Fackel
ResponderEliminarYo me lo sigo preguntando, G. Buen día y mejor mirar.
EliminarFa poc un amic em va dir que no creem, sinó que recreem. Amb això ja està tot dit. Entrar espontàniament en un quadre, amb el pensament, que dius tu, no tothom sap fer-ho. L'artista hauria de dir alguna cosa, l'espectador hauria d'escoltar alguna cosa.
ResponderEliminarNaturalmente que todo es recreación. La palabra creación está indebidamente situada en el diccionario (bueno, es que los diccionarios también tienen que recoger los términos indebidos, inexactos, imprecisos, etc.) Ah, las palabras equívocas puestas ahí para justificar doctrinas que no para explicar y razonar el universo.
EliminarEstoy de acuerdo con tu preciso comentario.
¿Cómo ser auténtico y un engaño al mismo tiempo?
ResponderEliminarSiendo, nada más.
Saludos,
J.
¿La autenticidad del engaño? Eso se da. Y muchos se lo creen. No entremos ahora en detalles, aunque es muy obvio. Saludos.
EliminarNo creo que sea tan así como señala la frase entrecomillada que pones en este texto. Ese término "falsificación" me fastidia; me predispone a mal pensar de todo acto creativo.
ResponderEliminarLeyendo a Bernard, que es un escritor sin términos medios, se le ama o se le odia, se percibe la ironía agria y muy crítica contra tirios y troyanos, más contra los propios, se puede entender algo mejor sus opiniones puestas en boca de personajes. ¿Opiniones propias del autor u opiniones que deja caer de la boca de otros para generar la polémica?
EliminarCasi todos los sinónimos de falsificación son de análoga dureza. No creo que haya quer pensar mal o en lo peor de todo acto creativo, pero ciertamente si uno revisa las "creaciones" se da cuenta de que no suelen ser tan nuevas, que hay bagaje detrás que las han permitido ser. Y al final las categorías sobre arte ¿quién las establece?
Contemporizo con tu último párrafo; y de manera plena con tu últma frase. Quizá se trata de una simple aversión a las frases sentenciosas. Gracias por responder.
EliminarTodos tenemos aversiones y en cuestiones de expresión se multiplican. Por ejemplo yo apenas aguanto no ya solo los discursos de los que emiten por ondas y digitales varios sino los tonos de voz, las cadencias, los remilgos verbales, las tonadillas homologadas.
EliminarSi se trata de retratos, siempre son mentirosos. Incluso los fotográficos.
ResponderEliminarEl comentarista anterior debe leer tu opinión, Nox. Que sabes de lo que hablas por mor de aquello a lo que te has dedicado.
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