"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





viernes, 22 de mayo de 2026

Tú me miras yo te miro

 




"Al fin y al cabo, todo original es ya en realidad, en sí, una falsificación, dijo, ya comprende lo que quiero decir".

Thomas Bernhard. Maestros antiguos. Alianza Editorial.


Me miran a todas horas. Ingenuos ellos que creen que solo soy un lienzo. No me veo como lienzo, pero tampoco me veo como soy. Esto es una ficción pero a todo espectador le gusta observarme como aquel que existió una vez, por ejemplo. Un pintor se empeña en representar la realidad, o su concepto de realidad, y le da a los pinceles. Él mismo no se engaña porque sabe que tal vez la misma referencia ya es de entrada dudosa si no falsa. Un pintor toma sus referencias, un paisaje o un individuo o un acontecimiento épico o una narración mitológica y plasma su propia versión sobre un lienzo. Luego la posteridad lo toma como la verdadera representación de lo que hubo o no hubo, de quien fue o nunca existió. Pero el pintor siempre inventa, aunque en muchos casos haya proximidad fisonómica e incluso fisiognómica con un personaje, porque el modelo nunca es representado como es, sino como se le parece. Pero si no hay modelo, ay entonces, el pintor tiene todas consigo, el libre albedrío de contar la vida de alguien o de una ciudad o el desarrollo de una batalla como le place. La gente mira y admira, aunque sea una sospechosa admiración. La gente mira y no hace aprecio. Inclusive puede llegar a despreciar. Yo, desde mi pose falsa me entero de todo. Esas miradas individuales dicen mucho sobre quien las dirige. Las grupales son otra cosa, a mi modo de ver más deprimente. Parecen ser la suma de cada componente del grupo que escucha contar la historia del cuadro, mi historia o supuestamente la de mi época, qué sabrá el cicerone de mí, y asiente tontamente y pasa a otro cuadro. La mayoría no utiliza el tiempo para detenerse y mirar con el pensamiento, y no solo con los ojos. Mirar con el pensamiento es algo muy exigente. Es querer saber. Más, es querer comprender un poco al retratado o a lo expuesto con detalles más o menos comprensibles. Mirar es también, además de un acercamiento a lo que ve, dudar. Si un cuadro no suscita duda o escepticismo y se le toma a pies juntillas lo más probable es que se perciba una verdad fingida, inexacta. Claro que a muchos visitantes eso les da lo mismo. Porque el visitante quiere ver un cuadro como él supone en su fuero interno, aunque el cuadro diste de la mirada del visitante. Y así una mirada superficial va a ser olvidada. Unas características o unas fechas o una anécdota dibujadas en el cuadro van a ser postergadas. Y esa gente, cuando vuelva a su casa contará que estuvo en tal museo de tal ciudad y para de contar y se queda tan ancha, con la alevosía de querer demostrar no sé qué a sus vecinos. Porque la mayoría no habrá retenido casi nada, ni buscaba retener. Pero esa otra minoría que llega, esas otras individualidades que se aproximan a ti, y te miran con la mirada del pensamiento y algunos incluso con mirada emocional, hasta de afecto, esas escasas personas que te dedican un tiempo de diálogo, y yo les correspondo, saben de los latidos del cuadro, de mis propios latidos que revierten en ese observador escrutador y agudo. Y es esa confluencia de miradas, esa receptividad mutua que mantenemos cierto tipo de visitante, me haya buscado o le haya sorprendido mi aparición, y yo, la que nos hace sentirnos vivos. Él o ella viven desde su búsqueda incesante de las emociones en las imágenes de los museos. No les importa si la emoción se manifiesta con curiosidad, horror o afecto, pues todo les impresiona. ¿Y hay algo más interesante que dejarse impresionar con sinceridad? La impresión percibida es la puerta a querer saber más, a querer acercarse más a lo desconocido, a vivir en lo desconocido e incierto durante un rato más o menos prolongado. Y a mí, desde este cuadro en que parezco ser pero solo aparezco como el que no fui jamás, me llegan los sentidos con que me obsequian los que se han acercado afectivamente. Si los colores y los barnices no estuvieran sujetos tan firmemente, probablemente mi imagen se diluiría ante ciertas miradas y tantos pensamientos que no solo me inquieren sino que me aprecian. A veces fantaseo que me diluyo y que todos los colores de que me compongo, ¿no soy acaso una colección de colores?, y todas las líneas sinuosas que configuran mi forma, ¿no estoy perfilado precisamente por infinidad de trazos?, pasan al rostro del visitante que me contempla arrobado. Como si mi rostro quisiera ser sustituido o el del otro pretendiera hacerse con el mío. Y me interrogo sobre cuál de los dos será entonces más auténtico o más engañoso.  



* Thomas Gainsborough. Retrato de Gainsborouh Dupont. 1770-1775. Tate Gallery, Londres. En depósito en The Frick Collection. Montreal.


6 comentarios:

  1. El cuadro no es verdad ni mentira: es una sustitución. Toda imagen suplanta lo que nunca estuvo ahí. El espectador cree ver, pero solo confirma su propio engaño. La duda es el único gesto auténtico. Y aun esa autenticidad dura un instante, porque también ella se desvanece en cuanto se la mira demasiado.

    ResponderEliminar
  2. Es curioso, a todos nos gusta que nos miren, sin embargo, a nadie le agrada que le observen.

    ResponderEliminar
  3. El chico del cuadro,realmente guapo,mira de reojo con gran " mosqueo".De qué, me pregunto,no es una postura normal,en los retratos de la nobleza.
    Saludos

    ResponderEliminar
  4. Una interpretación subjetiva de lo que el pintor ve. A veces el lado mejor. Otras, todo lo contrario. Estoy pensando en Goya y sus interpretaciones acerca de la familia real. Su lado más grotesco.
    Me resultan especialmente inquietantes esos cuadros que te miran, vayas donde vayas, con ojos escrutadores que parecen decir: sé quién eres.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  5. Yo me he preguntado muchas veces cuánto de verdad y cuánto de mentira hay en un cuadro y parece que el texto va por ahí .

    Ander

    ResponderEliminar
  6. Interesante texto. Estamos acostumbrados a mirar las obras de arte como si fueran un testimonio real de un actores o hechos pasados. y seguramente es una recreación, hecha a capricho del que pagó en el encargo de hacer la obra.

    ResponderEliminar