"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





miércoles, 22 de abril de 2026

Lúdicas transgresiones pubescentes

 




¿Recuerdas los primeros juegos prohibidos, Gerda? ¿Por qué transgredíamos? Gerda me sonríe con una timidez análoga a la de nuestros tiempos jóvenes. Aquella timidez tras la que se escudaba un deseo confuso y desconcertante. Los titubeos, yo te enseño, tú me enseñas. Las indecisiones, yo te toco, tú me tocas. Las preguntas vacilantes, eso qué es, y eso otro qué forma tiene. Tú qué sientes, a mí qué me escalofría. Los temores, refrenando aproximaciones, demorando la curiosidad. De no haber habido una tercera persona, y por cierto más osada que nosotros, Gerda, no habríamos descubierto las suertes diversas del juego. 

¿Fue aquella tercera persona, la visitante ocasional, la que introdujo el matiz transgresor? La niña invitada debía traer su bagaje con más curiosidad que experiencia. Ella no era de la ciudad, no conocía a otros niños, y por azares de familias llegó hasta nosotros. Compartimos entre los tres una especie de amistad expectante. Se dejaba llevar por los juegos ordinarios y convencionales, que no parecía que la estimulasen demasiado. En casi todo teníamos que tirar de ella para que se adaptase a nuestro ritmo. Reacia a veces, cedía después. Callada al principio, hablaba por los codos en cuanto se afianzó la confianza. Pero nuestras propuestas la fueron cautivando. ¿Recuerdas, Gerda, cuando cogíamos un libro de relatos e interpretábamos personajes entre los tres? Tú, un papel, ella otro y yo completando un rol más o acaso varios. Todo consistía, por mi parte, en poner distintas tonalidades de voz. De tal modo que aquel relato plural, que nunca terminaba porque íbamos haciendo correcciones e introduciendo matices expresivos a cada momento, y todo mediatizado por risas y emociones, se iba enriqueciendo y nos embargaba a los tres de una manera insólita. ¿Fue aquel intermediario llamado historia o cuento o simplemente narración lo que fue forjando una intimidad insospechada entre los tres? ¿Fue la identificación con los personajes, por otra parte inocentes, cuando no superficiales, lo que nos hizo ir más allá? ¿Estuvo en aquellas lecturas dramatizadas el salto al principio de una madurez que no teníamos en absoluto en nuestra vida real?

La invitada fue perdiendo poco a poco el complejo. Y de pronto tomó la iniciativa. No sé cómo ocurrió pero debió ser consciente de que si en muchos juegos iba a remolque en cambio en aquel teatro pasaba a primer plano. Se integraba con nosotros. Y si nosotros, Gerda, la habíamos introducido en nuestro mundo lúdico, ella quería aportar algo del suyo. Un mundo oscuro, y desconocido para ti y para mí hasta el momento, pero que ella había empezado a recorrer. La carta que se había reservado, tal vez inconscientemente, iba a jugar una partida completa, un pasatiempo aún desconocido para nosotros dos. 

Fue entonces, Gerda, cuando retomamos el viejo juego a dos del marido que volvía de la guerra que no reconocía a su esposa. Un ejercicio repetitivo, dramatúrgico, emocional, puramente trivial, pero que a nuestra invitada le cautivó. No tardó en participar del guion. Ella misma se entrometió y eso al principio nos molestó a ti y a mí. Rompía nuestro inocente juego secreto mientras introducía nuevos elementos que no hubiéramos pensado antes. Decidió convertirse en la otra esposa, la invisible, la desconocida, aun rompiendo la fascinación del encuentro tantas veces escenificado entre el soldado retornado y la esposa. Ella,  pletórica de una imaginación que había preservado recóndita, iba alterando la sustancia de las palabras, relegando cualquier conversación ficticia inocente, generando episodios nuevos que nosotros nunca habíamos contemplado, Gerda. Hasta dar el salto a la novedad. La visitante tomaba la iniciativa. Se ofrecía a darse de sí para enseñarnos. Arriesgaba su afán didáctico a costa de nuestras resistencias. Se abría para nosotros y recababa de nuestra parte una anhelada condescendencia.. 

No sé quién de los tres pasó el pestillo del cuarto por si venía el padre o la madre. Las tardes de verano, densas, de siesta obligada, en aquella circunstancia se convirtieron en la excusa, el campo abonado, el espacio preciso de la transgresión. Maestra y alumna se aleaban en nuestra amiga y tú y yo, Gerda, entramos al trapo, tímidos pero poseídos por algo más oculto que el simple instinto de la atracción por la novedad.





* Gerard Van Honthorst. Chica sonriente sosteniendo una imagen obscena. 1625. City Art Museum, St. Louis.

7 comentarios:

  1. Un cuadro para alegrarte la vida,cada vez que lo mires.La sonrisa pícara de la joven,. La luz que emana de sus pechos,el fondo oscuro para destacar. Lo más interesante en pleno Calvinismo,tanta alegría
    Saludos

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  2. una etapa extraña de la vida, un mundo por descubrir.. siempre que puedas alejarte de dogmas, obligaciones y doctrinas...

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  3. Un texto que respira memoria de ese instante en que el juego deja de ser juego y se vuelve revelación.

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  4. La narrativa y la sexualidad se dan la mano, el deseo no surge de la nada, se construye a través de la palabra y la imaginación... La transgresión no es solo física, sino mental: se necesita inventar una historia nueva para poder habitar una madurez que todavía les queda grande.

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    Respuestas
    1. A veces necesitamos la ficción para atrevernos con la realidad

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  5. Fackel:
    realmente tiene un mirada y una sonrisa muy picaronas...
    Cuando alguien sonríe así es porque está haciendo algo transgresor (o lo está pensando).
    Salu2.

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  6. Es muy difícil recordar esa época exploradora, sin esbozar una sonrisa de bobo.

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