
Araña, araña, rasga, clava tu defensa ungular, libera tu retráctil herramienta, gatuña contra la cal que exhibe nombres e imágenes, no lo hagas sólo por quebrar el espejismo, tu despliegue altivo y aparentemente perezoso al borde de las paredes habla de ti, pegado a los muros tratas de hallar seguridad, pero sabes que a su vez son tu límite, rasca el aire como si las sombras chinescas que proyectas te observaran de igual manera atónitas, porque en su pantalla hay algo más que personajes y situaciones, hay más que rostros y movimientos, hay caracteres, tonos de voz, órdenes que se emiten, desprecios, insolencias, incomprensiones, distancias que al acortarse hacen emerger temores sobre tu tiento, crees que con mover el cuerpo en una u otra dirección basta para representarte y superar a las otras sombras que te oprimen, pero la erección de tu pelaje, la proyección de tus pezuñas, tu elevación fisiognómica, tus orejas puntiagudas, tus ojos encendidos y en guardia, no pueden evitar que en el fondo del muro vuelvan a revivir antiguas acechanzas, porque lo que te obsesiona y te oprime no tiene cuerpo de hombre, pero sí alma de hombre, alma de espanto, de represión, de inaceptación, de insatisfacción, y ese alma que tiende pero no alcanza se encuentra atormentada, y pretendiendo quitarse la costra del miedo se vuelve tormento, y pretendiendo calmar la sed sin beber más seco se percibe, y todo se vuelve abstracto y difuso y tenebroso porque cuanto más se diluye la exigencia, cuanto más parado te quedas, cuanto más ansiedad reprimes, más contrito se manifiesta tu caminar, y la senda, sea de noche o de día, sigue permaneciendo oscurecida
(Alberto Martini, ilustración)













Sin embargo, siempre tuve muy claro que Calle Mayor es una de las mejores películas del cine español. Por su temática, por su fotografía de la negra, triste y machista sociedad española de la época franquista, por su interpretación, por su exposición socioetnológica de una ciudad de provincias. 























