"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez








lunes, 31 de diciembre de 2018

2019, que no se pierda del todo nuestro personal mundo. Con un poema de Francisco Brines




Magníficos deseos, palabras más o menos redichas, sonrisas y carcajadas sinceras o fingidas, apretones de manos y besos carrilleros a tutiplén, típico y tópico fin de año y comienzo del nuevo, etcétera. Oh, el valor del símbolo, la frontera tenue que nos hace tirar un calendario y colocar otro, la esperanza a borbotones o mirada de soslayo, salvo para el dolor que, a través de cualquiera de sus múltiples rostros, todo lo inhabilita. Que no sea el caso. Y si de cooperar a las buenas intenciones y a la esperanza mágica y primitiva de los humanos se trata pues os invito a leer un poema hermoso. Que va más allá de los mitos de la trascendencia al uso y se hace carne. Se titula El regreso del mundo, y lo escribió Francisco Brines hace muchos años.



Abrir los ojos, después de que la noche
recluyera los astros en su amplia cueva rasa,
y ver, tras del cristal,
ya visibles los pájaros
en el fanal aún pálido del sol,
moviéndose en las ramas.
Y cantos que hacen mía la bóveda del aire.
Y sentir que aún me late en el pecho
el corazón del niño aquel,
y amar, en la mañana, la vida que pasó,
y esta maga sorpresa
de amar aún el mundo en la mañana.
Y en el nombre del mar, que está lejano
y azul, siempre tendido
desde el remoto amanecer del mundo,
persignarme la frente, luego el pecho,
los delicados hombros que ahora rozo,
y besar, con los labios del niño rescatado,
este mundo tan viejo,
que hoy no alcanzo a saber
por qué, si el amor no se ha muerto,
me quiere abandonar.



sábado, 29 de diciembre de 2018

Naxos y el comerciante





















"Quien no espera no hallará lo inesperado, pues es recóndito e inaccesible".

Heráclito de Éfeso, Fragmentos.



Busco a Lemnos, el ceramista, dice un exótico comerciante que se ha acercado en una pequeña embarcación hasta el maltrecho espigón. La nave está fondeada en la proximidad, pues el deficiente estado del puerto aconseja prudencia. Naxos ayuda a varios obreros a subsanar los desperfectos. De ser un advenedizo ha pasado a dirigir el orden de las tareas, siempre bajo las directrices del anciano arquitecto Siros. Primero hay que limpiar el fondo, ha advertido este. Después, reponer las partes desmochadas. Por último, instalar los puntos de amarre que teníamos y si es posible renovarlos. Nos llevará tiempo, pero nada quedará como antes y debemos aprovechar la circunstancia de nuestra desgracia para mejorar las instalaciones. Para Naxos aquel espíritu superador de los supervivientes de la ciudad es un aprendizaje nuevo. Acostumbrado como ha estado durante mucho tiempo a afrontar los avatares marinos una y otra vez, repitiendo el suplicio que marca el camino de los hombres pero en un único paisaje que nunca llegaba a alcanzar una meta clara y segura, la vida terrestre le parece cambiante día a día. Han quedado pocos en esta urbe destruida, cavila, pero permanecen los buenos. ¿O son ahora mejores simplemente porque el esfuerzo y la conciencia de llevarlo a cabo es más contundente? Pensar de este modo, argumentado y prospector, también le sorprende. Le parece parte de esa novedad. Hacer y pensar, no importa el orden que sigan, van de la mano. Empiezo a entender que los hombres que generan destrucción carezcan del ejercicio de reflexionar y por lo tanto de idear. ¿Puede llamarse pensamiento a sus maquinaciones? ¿Aprenden más los mortales como víctimas que como verdugos? Me llamo Ténedos, interrumpe las conclusiones de Naxos el comerciante al poner pie en tierra. La región donde habito, si bien parte de mis años los paso viajando por unos confines u otros del océano, está al lado opuesto de vuestras islas. Hemos sabido de la calidad de la alfarería de Lemnos, mas no esperábamos encontrar tal devastación en esta ciudad. El taller de Lemnos ha sobrevivido en gran parte, le responde el joven. Le llevaré hasta allí. Dígame, ¿es conocida la obra del anciano y sus operarios en su lejano territorio? Ténedos, que es un comerciante avezado y dotado de buen trato, no tiene sino elogios. La cerámica que hacen aquí empieza a ser conocida, y yo quiero contribuir a que se difunda más. Naturalmente, le replica Naxos, para usted y otros comerciantes será también una fuente de ingresos importante. Mira, joven, le responde Ténedos con un temple medido, yo no recorro mares y visito costas por amor a la aventura. Tampoco me enriquezco como quien apenas arriesga y abusa de los que trabajan para él. Mi aventura es descubrir la belleza. Esa clase de belleza que puede instalarse en un hogar, compartir con amigos y opinar sobre las historias que lleva consigo. Me refiero a la cerámica cuyas decoraciones y formas son un ejemplo de cómo lo práctico y lo visual pueden convivir y proporcionarnos placer. He visto algunas piezas salidas del alfar de Lemnos. Pero sobre todo quiero conocer las manos que diseñan figuras tan avanzadas y relatan pequeñas anécdotas en las que un hombre se reconoce, en las que una mujer se eleva, en las que los gestos y comportamientos humanos más sinceros e íntimos serían envidiados por los dioses si estos vieran tal artesanía. Le llevaré hasta el taller, le contesta Naxos, quien pinta lo que usted elogia es una persona discreta. Alguien que solo sabe hacer su trabajo sin interferencias, con libertad. Naxos no quiere revelar más. ¿Por qué esa protección sobre Thera? Reprime su confusión. El comerciante solo quiere comerciar, no obstante sus bonitas palabras, se dice el joven. Pero Naxos no ignora que en los kylix se funden dos bellezas inseparablemente. 




(Fotografía de Ata Kandó)


martes, 25 de diciembre de 2018

Naxos. Soliloquio de la pintora de kylix
















"Yo no aguantaba el dolor de los hombres,
el muro de su sangre contra mi soledad".

José Florencio Martínez. Poema de la Hetaira enamorada de un centauro, de su libro Teseo no saldrá del laberinto.



Miro mis manos huesudas. No sé dónde empiezan los dedos o en qué momento se desliza el pincel. Dedos que tiemblan huérfanos cuando no trabajan los vientres de las copas. Miro lo que pinto. ¿Son dibujos imaginarios o fantasías que me proyectan? Miro mi cuerpo. En la curvatura de los kylix aparecen cuerpos y cualquiera de ellos podría ser el mío. El que no quisiera perder. El que quisiera mantener siempre ágil y diestro. ¿Será que de esa manera lo inmortalizo? Podría contestar a Naxos que yo soy tal cual él me oye o me observa. Sería ofrecerle la apariencia. Pero ni siquiera tengo claro si soy la voz que habla ni la luz que centellea cuando miro al remero. Soy el silencio cuando permanezco sola en el taller y dejo esta parte de la vida para dejarme llevar por los contornos en rojo o en negro que acaban pariendo escenas nuevas. Representaciones donde antes no me he visto, ocurrencias que pueden no ser comprendidas. Una pintora nunca sabe dónde está, y acaba perdiendo poco a poco la noción acerca de dónde viene. Cuando ilustraba en los cálices a personajes heroicos o a divinidades de las que se han contado infinidad de versiones todo era más evidente. El maestro me felicitaba por la tarea y los clientes elogiaban que cumpliera tan bien lo que ellos deseaban admirar. Ahora que pinto por libre el riesgo es enorme. ¿Debería reprimir mis impulsos creativos por ello? Viejos clientes pueden escandalizarse, otros llegarán deseosos de poseer vasos que rompan lo tradicional y alejen los temas repetidos. Y todos, lo reconozcan o no, se sentirán oscuramente atraídos por la decisión de lo que ofrezco. Me da igual que piensen: qué pintor tan audaz, sin duda solo un hombre es capaz de concedernos la gracia de contemplar esas ninfas. Tampoco me interesa saber que en muchos otros se precipite el interés, obviamente morboso, cuando descubran que tras mi firma hay una mujer. Los mercaderes están a la expectativa, pero no voy a admitir presiones. Me gusta ejecutar mi obra con lentitud y concentración. Cada copa pintada por mis manos es un lugar donde habito mientras dura la tarea. ¿Eso tiene un precio? Para mí solo es el ámbito del deleite. No sé si Naxos entenderá esto. Su mirada es respetuosa, su escucha atenta, su sonrisa benévola. Nadie diría, si no fuera por su constitución física y las huellas del océano y del sol sobre su cuerpo, que haya sido un nauta rudo y peleón. Si mi presencia le transforma, que agradezca al destino haber llegado aquí. Pero yo soy una pintora de cálices, no una mujer predispuesta al amor. Solo me siento cautiva de mis alucinaciones. Dispuesta a entregarme a los propios ensueños. Lista para dejar que me engendren los caprichos de las figuras que pergeño y los colores que los dotan de vigor. En cada figura o escena que nace de mis manos soy madre e hija. En la pulsión que vibra tras las imágenes soy amante y amada. Observo un deseo contenido en las preguntas de Naxos. ¿Cómo puede llegar a mí si no siente como yo siento?




(Fotografía de Ata Kandó)


lunes, 24 de diciembre de 2018

Le Rondeau des Indes Galantes y la antillana




Eh, entra Max atropelladamente, ¿sabes que mi amiga antillana me ha invitado hoy a café de su tierra? Entre taza y taza me ha revelado: estoy descubriendo la música vieja de ustedes. ¿Y eso?, le he preguntado. Ya ves, por las amistades cultas que va haciendo una. Y se puso a tararear una composición que no es una bagatela cualquiera. Luego le dio al play, me rozó los dedos y propuso: ¿la bailamos? Y yo: ¿esto se baila?

(Max no está para excesivos trotes pero no sabe decir no a una india galante. Y menos sobre una pieza tan animada)






(En la imagen, retrato del compositor Jean-Philippe Rameau, desconozco el autor)



viernes, 21 de diciembre de 2018

Naxos. La excursión






"De los soles tú viniste, de las auroras llegaste,
de los espejos y de la finura de las sedas".

Ahmad Shamlu, Jardín de espejos, del poemario Aire fresco.



Allá, en lo alto, el santuario. Abajo, la ciudad. Naxos se extasía. La destrucción ha herido seriamente algunas estructuras, pero no ha borrado la armonía del conjunto, comenta pausadamente. He participado a veces en el saqueo de una ciudad, algo que me resultaba repulsivo, pero jamás me paré a contemplar el horror. Ahora lo veo todo de otra manera, o me lo haces ver tú, confiesa con una mueca cómplice. Thera puntualiza: sobre una belleza anterior puede nacer una nueva, la referencia permanece y a la vez llegarán otras influencias que nos sorprenderán. Como sucede con lo que yo pinto en las vasijas. Me preguntaba: ¿por qué pintar siempre lo mismo? ¿Por qué no llevar a las mesas y a las celebraciones nuevos motivos que hagan valorar las obligaciones pero también los placeres de los humanos? ¿Quién me impide probar estilos más depurados que causen deleite a los ojos? La calamidad que hemos sufrido debe ser incentivo. Rehacernos de la devastación debe colmarse con nuevas ideas. Es una buena ocasión. También esas manos callosas se harán a los oficios de tierra, si tú quieres. Tus manos hacedoras se impondrán a las otras manos que intervinieron en tropelías o que cooperaron con quienes las cometían. Naxos intercambia miradas triangulares. El templo, la costa y la urbe, la joven. ¿En qué lado geométrico se encuentra él? ¿Acaso lleva camino de habitar ya todas sus perspectivas angulares? Hay un silencio expectante entre el hombre y la mujer.  Naxos lo rompe. He respetado siempre los santuarios, aunque tampoco me haya interesado demasiado por ellos; me parecían distantes, habitados por clanes diferentes a los míos, más pendientes de los dioses que de los humanos. Ahora que contemplo la herida causada en este recinto me pregunto: ¿de qué sirven los dioses si no se protegen a sí mismos? Acaso no quieran contemplarse en la estructura desnuda del edificio, mas los hombres que lo han erigido ¿deben lamentar la ruina o reaccionar? Thera le interrumpe con brío. Las gentes ven los templos como la aportación al contento y  la vanagloria de los dioses, pero ¿cuánto hacen estos por intermediar en los conflictos y las violencias de los mortales? Naxos se admira del valor de la mujer. Me enseñaron, dice, que nuestras disputas son la condena que nos ata al destino. Ah, ¿crees que tú te mereciste la de estar sujeto durante años al duro remo y a la vida de riesgo? Naxos se queda pensativo. No responde. Sigue admirándose por el entorno y solo tiene palabras para lo que ve y toca. Nunca antes me había fijado en la técnica empleada, ni había valorado los volúmenes que sortean la opacidad de otros templos más antiguos, ni me había apercibido de los órdenes y las medidas que pueden mantener estable un edificio antes del daño. ¿Me has traído aquí, Thera, para que vaya aprendiendo? Thera sonríe. Primero, Naxos, se aprende con la mirada. Después escuchando a los que saben. Al final razonando. Las obras grandes de verdad son las que incitan a la reflexión y a la evolución del mismo pensamiento, y no tanto la excusa o la obligación por las cuales se levantan. Nuestra mente es un hontanar, pero depende del razonamiento que el agua se disperse por doquier o se encauce para llenar una cisterna que acumule saber. Naxos se queda embobado por el argumento. Solo tiene palabras sencillas para los descubrimientos. Thera, este lugar es particularmente fastuoso, y la voz de Naxos revela una sensibilidad impensable en un remero al uso. El mar se contiene al borde del acantilado y lo respeta. Las aguas y la tierra echan entre sí un pulso que puede parecer juguetón, pero te aseguro que es bravío y cruento. Este promontorio desde el que se domina todo es un espejismo, y no obstante la apacibilidad que se nos transmite es real. Los que venimos de la zozobra y somos hijos del oleaje sabemos de sobra que nada es lo que parece. ¿También eres tú un espejismo, Thera? ¿Eres la artífice de las copas o una de las imágenes que recorren sus cuerpos lozanos?




(Fotografía de Ata Kandó)


miércoles, 19 de diciembre de 2018

Una más, víctima de los bestias. ¡Qué putada es ser mujer!




Una mujer muy cercana en mi vida concluye siempre cuando sale a relucir un crimen, una violación o un acoso sobre una mujer: qué putada es ser mujer.  Y añade: toda la vida desde niñas volviendo en grupo a casa, teniendo cuidado por la noche, desconfiando, soportando acosos varios. ¡Y eso no lo entienden muchos hombres todavía! No imaginan lo que es sentir aquello que es impensable que un hombre sienta y padezca. Y muchos no hacen esfuerzo por entenderlo. Añade: y encima la de desquiciados que hay en este mundo.

Ahora, una más, Laura, emigrante zamorana al Sur para ejercer de maestra, seguramente cargada de ilusión y seguridad, resulta víctima de ¿las bestias? ¡Los bestias! Y sin embargo, si algo ha conquistado la mujer en las últimas décadas, no obstante las dificultades, es la seguridad y la confianza de estar en primer plano, el valor de abrirse camino, la demostración de valerse por sí misma. Que estos logros no vayan para atrás por mucho monstruo que cunda. Por mucha institución y sociedad que no pasan de hacer demagogia. Por muchos hombres que aún miran para otro lado.



(Imagen tomada de La Sexta)


domingo, 16 de diciembre de 2018

Naxos en su noche desvelada





















"Será hora de pensar, no ya en tener navíos en medio de la mar
color de vino, sino en labrar los campos".

Hesíodo, Trabajos y días.



La calidez de la noche impide dormir a Naxos. Demasiadas experiencias, y todas nuevas en tan pocos días, reflexiona. Los compañeros en busca de otras vidas, la anciana que me acogió en su casa, los chicos del barrio, la joven de las flores, el alfarero y los demás obreros, la artista de los vasos...toda esta gente me ha hecho olvidar a la pitonisa. ¿Fue real o no aquel encuentro con ella? ¿Tan frágil y perdido me encontraba para obsesionarme con ella? ¿Hay dentro de mí todavía algo que me pida buscarla y consultar sobre mi futuro? Sin embargo apenas la recuerdo. Las gentes reales que hablan constructivamente y me han dado afecto suplen al personaje misterioso.  Si la pitonisa evocaba el destino abstracto e incierto, estas personas con las que convivo me hablan de lo que existe, sea cual sea su calidad, y sobre todo de cuanto es posible. Con estos supervivientes hablo como jamás había hablado con mis compañeros, me sincero con ellos y ellos conmigo, me enseñan no solo lo que hacen sino indirectamente me muestran mis carencias. Con Odiseo creíamos vivir la aventura y estar por encima de los demás humanos, percibir los peligros y caer en la soberbia cuando los superábamos. Pero ¿cuánto de vida con futuro había en aquel viaje sin fin? ¿Cuánto conocimiento que no se moviera en las olas sinuosas de los seres fantásticos, en la atractiva feminidad de las representaciones imaginarias o en la promesa de costas que nos llenarían de riquezas podía existir en la aventura marina? Es sorprendente cómo primero el periplo me hizo olvidar la patria de origen y de qué manera ahora las vivencias con estas personas de la ciudad arruinada hacen que poco a poco ignore la actividad anterior. ¿Qué vale más, el riesgo y el cambio constante, pero sin rumbo, o la estabilidad por muy modesta que sea? ¿Dónde descubro mejor lo que necesito y quiero hacer, entre hombres ebrios y malhumorados o escuchando a los humildes que saben tanto del mundo pero que son ignorados por las narraciones épicas? ¿Qué contaré algún día a mis hijos para que se reconozcan en mí, las vicisitudes del capricho de Odiseo y el tiempo perdido a través del océano o las enseñanzas y el calor de las gentes de los oficios y de la vida urbana? Mi carácter se va haciendo más abierto y receptivo. Las soledades no me oprimen como antes. Hallo nuevas apetencias en la actividad artesanal que he desconocido hasta ahora. El lenguaje de la pintora de quílices me cautiva. ¿Era acerca de esto sobre lo que yo quería saber de boca de la sibila? ¿O aquella mujer oscura y distante solo era la materia misma de la duda? Ah, si me quedo aquí, comprenderé que acaso ha sido una intermediaria casual entre formas de vida opuestas, una que he vivido y otra que se me ofrece en su quehacer tangible. ¿Aquel mensaje suyo de que tenía que decidir yo era un acicate para fijar mis pies en esta nueva tierra? De momento aquí estoy tocando el vientre de una humanidad antes desconocida pero que me integra y me retiene. ¿Merecerá la pena? 




(Fotografía de Ata Kandó)

sábado, 15 de diciembre de 2018

Aforismo lobuno





Ahora que has visto las orejas al lobo, dime ¿cómo las tenía?, pregunta. Puntiagudas, responde.
Y ¿cómo eran los colmillos? Afilados, sin duda.
Y ¿sus garras? Sigilosas pero progresivas.
Y ¿cómo miraban aquellos ojos? Fijamente, aunque acaso en esta ocasión con cierta miopía.
Entonces parlamenta con la bestia, si se deja, Pero no la des tregua.



(Ilustración de Víctor Mira)


domingo, 9 de diciembre de 2018

Naxos. Coloquio del remero y la pintora

















"Dicen unos que una tropa de jinetes, otros la infantería
y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra
oscura es lo más bello; mas yo digo
que es lo que una ama".


Safo de Mitilene



¿Has oído lo que dice de ti el maestro, Thera?, pregunta Naxos a la joven artista en el paseo, tras ceder la luz de la jornada. Yo diría que bien podría prescindir de sus deidades protectoras, pero no de ti. El maestro Lemnos exagera, responde la muchacha. Si no me hubiera proporcionado este trabajo tampoco habría afinado el estilo. Podría haber estado en otra parte, haciendo trabajos más burdos, ya lo sé. Naxos quiere saber más. Pero ya venías con tus conocimientos, es él quien debe agradecer que hayas caído en su taller y remozado su repertorio. Te deja hacer porque le gustan las formas fantásticas que aplicas y porque te sales de lo convencional. Además tal vez él vea unas posibilidades de renovar su negocio. Si las piezas que salen de tus manos son conocidas en otras costas vendrán más mercaderes a hacer nuevos pedidos. Lo que se hace en abundancia se repite y pierde interés, replica Thera. Yo quiero trabajar lo justo, lo que da satisfacción a la imaginación y a la habilidad. Sin presiones ni agobios ni temas obligados. Lo de siempre ya lo hacen otros. Mi actividad no se parece en nada a la que tú has tenido. ¿Qué creabas agitando los músculos sino un ritmo constante que te desgastaba? ¿Qué sueños podías llevar a efecto mientras sujetabas la vela con tus compañeros en plena acometida del océano? ¿Cuántas veces has visto el rostro complaciente de tu capitán? Y cuando llegabais a puerto, ¿qué compañía desinteresada se te ofrecía? Naxos se rasca su barba hirsuta, perplejo y desarmado ante la mujer. ¿Es la misma Thera que confecciona los vasos en medio de un silencio y de un ensimismamiento sagrados?, piensa. Thera teme haberle herido. Y sin embargo, continua, sin trabajos rudos y persistentes como el tuyo no sería posible que gentes de los territorios más extremos de estos mares se conocieran o intercambiaran sus saberes. ¿Tu patria está lejos, Thera?, pregunta Naxos.  Mi patria está donde pongo los pies, responde ella. Sin la conquista del barro por mis manos yo no sería ahora libre. Y soy libre no solo por lo aprendido sino por los sueños que puedo volcar en mis pinturas. ¿Por qué crees, Naxos, que quienes adquieren los vasos del alfar de Lemnos se sienten satisfechos? ¿No te lo ha dicho el maestro? Porque están cansados de los conflictos y trampas entre dioses, de los combates archisabidos entre héroes, de la belleza ficticia de los efebos y de la vanidad de las escenas de convites. Quieren otra visión, y si es irónica y divertida, mejor. Quieren que en las imágenes que salen de mis manos se sientan en cierto modo representados sus sueños, encarnados sus deseos y cuestionadas sus vidas estériles. Naxos calla, juega a hacer patinar piedras planas sobre la superficie de un pequeño arroyo que serpentea la ciudad. ¿Sabes cuál es mi anhelo ahora mismo?, dice a Thera. Meter las manos entre la arcilla, modelar con ella las formas más toscas, sentir que la tierra húmeda acaricia y cura la callosidad que me causó la madera del remo. ¿Quieres acaso ser de los míos?, le interpela la mujer. Ahora mismo no sé de quién soy, responde. Tal vez de la tierra que piso, como tú, tal vez del viento que me arrastrará antes o después a otra parte. Cuando se hurga en el barro, uno se convierte para siempre en barro, dice Thera.



(Fotografía de Ata Kandó)

sábado, 8 de diciembre de 2018

La última partida de canicas de Joseph Joffo





"La canica gira entre mis dedos en el fondo del bolsillo. Es mi preferida, nunca me separo de ella. Y lo bueno es que es la más fea de todas, no se parece en nada a las de ágata, o a las grandes canicas metálicas que suelo mirar en el escaparate de de la tienda del tío Ruben, en la esquina de la calle Ramey; es una canica de barro, con el barniz medio saltado. Por eso tiene asperezas en la superficie, y dibujos, parece el planisferio de la clase en pequeño.

Me gusta mucho, es bonito tener la Tierra en el bolsillo, las montañas, los mares, todo bien guardado

Soy un gigante, y llevo encima todos los planetas.

- Bueno, ¿tiras o qué?"


Joseph Joffo, Un saco de canicas.



Joseph Joffo echó anteayer su última partida de canicas, que seguramente era la de los recuerdos. Ahora, con canicas y todo, se ha convertido en un saco de átomos dispersos a través del vacío y de la nada. ¿Saltarines y deslizantes también como las canicas? Ochenta y siete años le han dado materia vital para mil y una partidas de la compleja vida que un judío, aún niño, padeció en su propia carne. La muerte de Joffo bien puede ser un motivo para releer su novela Un saco de canicas, o invitar a quien no la conozca a que la lea. La peripecia de la huída de los nazis, junto con su hermano, la cuenta Joffo de modo desenfadado y bondadoso en el libro desde la perspectiva de un niño de diez años. El relato de una infancia partida, alterada, hurtada sin duda, no oculta que siempre permanece el recurso infantil del juego, de la chanza, de las risas, de las trampas, del ingenio para afrontar la supervivencia y escapar del miedo. Donde ellos mismos, en su orfandad, eran alumnos y maestros de un aprendizaje autóctono. ¿Testimonio personal o lección de ética? ¿O un tratado de saber subsistir instintivamente? ¿O todo ello a la vez? En el epílogo del libro el Joseph Joffo adulto que dejó atrás hacía tiempo las vicisitudes de la persecución dice:

"...Mientras miro cómo duerme mi hijo, solo puedo desearle una cosa: que jamás conozca el tiempo del sufrimiento y el miedo como lo viví yo durante aquellos años. Pero, ¿por qué temer? Estas cosas no volverán a producirse más, nunca más".

Quiero entender estas palabras como una buenaventura. Como un deseo, más: como un conjuro. Ojalá se cumplan.



(En la fotografía, un Joseph Joffo adulto observa divertido cómo un grupo de niños echan una partida de canicas)






viernes, 7 de diciembre de 2018

Aforismo de nuestros días





Mientras algunos discuten sobre si son galgos o podencos, ellos ladran, enseñan su verdadera dentición y tiran a morder.



(Fotografía de Daido Moriyama)

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Naxos. La decoradora





















"...Ya solo pendientes
viven del propio faenar, de él esclavos, y solo a sí mismos
óyense todos en medio del sordo taller estruendoso;
aunque feroces trabajan, su brazo potente no ceja".


Friedrich Hölderlin, Der Archipelagus.




Para Naxos el alfar es también el asombro. El propio. El que le hace pensar en lo poco que ha vivido. O, mejor dicho, lo limitado que ha sido el conocimiento de sus años de navegante. Le cuesta entender los pasos que tienen que seguir en el taller para elaborar un vaso, y aquella complejidad le incita a observar con más agudeza. Se admira por la habilidad del artesano en el torno. La combinación de arcillas le parece un juego. La potencia de los hornos, algo propio de Hefesto. El cuidado escrupuloso en mantener la temperatura se le revela como una especialidad excelsa. Nadie para, pero nadie se agita. Tan diferente y alejada aquella concentrada actividad del ritmo fogoso y burdo que teníamos los remeros, dice. Son oficios que no tienen nada que ver, comenta Lemnos, pero que te admires ante nuestro trabajo y el resultado de lo que obtenemos dice mucho a favor de ti. Eres hombre de paz. Sabes mirar con inteligencia, preguntar delicadamente, insistir una explicación ante lo que no comprendes. Vas a ver algo que nunca habrás visto, y Lemnos le lleva a una zona del taller donde reina el silencio y el tiempo parece haberse detenido. Esta es Thera, y le presenta a una mujer joven inclinada sobre su propio regazo mientras dibuja en un quílice de formas elegantes. ¿Habías visto alguna vez trabajar a una mujer fuera de su ámbito? Thera es una mujer menuda, cuyas manos, a diferencia del resto de artesanos, que tienen doloridas las muñecas y los dedos agarrotados y torcidos, son frágiles y mañosas. Thera es de pocas palabras. Naxos contempla fijamente cómo ejecuta con un punzón agudo los perfiles de unos cuerpos desnudos sobre el vaso. El anciano comprende la actitud de sorpresa del joven. Le explica. Thera es de los discípulos más aventajados. Vino de un lejano territorio donde ya había desarrollado la pericia que puedes comprobar. Allí las mujeres son más consideradas que en nuestro país y pueden compartir trabajos y actividades con los hombres. Ella también llegó pacífica y encajó pronto entre nosotros. Nunca había visto dibujar de este modo, comenta Naxos. Aunque hay vasos decorados por todas partes, nunca había visto los motivos que esta mujer reproduce. Son ocurrencias suyas, matiza Lemnos. Y me parecen tan novedosas y bellas que no le voy a poner objeción alguna. De lo viejo tiene que surgir siempre lo nuevo, aunque parezca imposible. De la muerte, la vida. De lo agotado, lo pujante. Ella vino del mundo bárbaro, sus ideas no las conocíamos aquí, su técnica no la había visto yo en mi vida. ¿No merece la pena darla una oportunidad y de este modo dárnosla a nosotros? Si no reinventamos, moriremos, sin necesidad de que vengan guerreros de fuera a acabar con nosotros. Si no aceptamos visiones de otros mundos, el nuestro se pudrirá más de lo que está. Naxos le escucha, sin levantar los ojos del ejercicio manual de la muchacha. Luego asevera. Jamás había escuchado palabras tan convincentes como las suyas, Lemnos, y establece un puente de mirada entre Thera y el anciano. Habrás visto, le dice este, que por el alfar hay colgados varios rótulos invocatorios a los daemones para que protejan nuestro trabajo. Nunca habría pensado que la presencia de una pintora tan exquisita como Thera nos amparase tan bien como cualquiera de esas divinidades a las que solicitamos su mediación.




(Fotografía: detalle de la ánfora de Oltos, hacia 530 a.n.e.)

 

sábado, 1 de diciembre de 2018

Naxos. En el alfar del viejo Lemnos





















"Es él quien da     Forma a la Belleza;
completando la vida     con toque imperceptible
combinando percepciones,    combinando los días".

Konstantino Kavafis, He dado al Arte.





Ven, dame la mano, te llevaré hasta el alfar de Lemnos, donde el barro toma el relevo a la ceniza, y el arte se eleva por encima de la destrucción, dice la joven de las flores a Naxos. ¿De qué te sirve contemplar los restos de la ciudad que hubo cuando hay que imaginar la que levantemos de nuevo? Nunca había paseado a orillas de una muralla que no fuera la de mi ciudad, dice Naxos, ni había advertido vistas como esta desde un mirador, ni pude comparar lo semejantes que son todas las urbes cuando no las persigue el fuego y la desdicha. Te enseñaré la vida que el anciano Lemnos y sus discípulos son capaces de sacar de la entraña de la tierra, le propone la muchacha. El taller ha sobrevivido a la última invasión. Los agujeros taponados en los muros de aquella gruta han preservado las piezas más exquisitas. Montones de arcilla ocultan las vasijas terminadas y otras a medio fabricar. Los operarios reconstruyen los tornos partidos. El viejo Lemnos agradece su suerte. Uno de los asaltantes más crueles propuso cortarnos las manos a todos. Otro más sabio, si es que entre gente de esa calaña puede haber sabiduría, dijo que mejor hacernos cautivos y llevarnos a su país, pues allí carecían de artistas tan avezados. Se impuso la codicia del que mandaba, y eso nos salvó. Solo hemos venido a llevarnos tesoros que aumenten nuestras haciendas, impuso fiero aquel guerrero de mirada desorbitada. Esos invasores no entendían lo importante que es representar la belleza. Acaso vengan otros después, más informados, o bien lleguen en son de paz para enseñarnos técnicas que aún desconocemos. Ante los ojos de Naxos los alfareros desentierran cráteras, oinochoes, ánforas, kantharos. Las últimas producciones se han salvado, dice Lemnos, y tenemos que retomar un pedido de vasijas más delicadas. Conduce a Naxos a una zona del taller donde los materiales son más finos y las formas de las cerámicas resultan arriesgadas. El trabajo está repartido y mientras unos dan forma a los kylix o a los lekytos otros los introducen en el horno, y el propio Lemnos junto con dos de sus alumnos más aventajados procede a decorar las piezas. Esto es lo más delicado, dice el anciano. No solo por la técnica y el procedimiento, sino porque hay que cuidar muy bien el tema que se quiere reproducir. Hay quienes solicitan imágenes de combates entre héroes, otros encargan motivos de ejercicios físicos, los hay que desean disponer de una escena familiar, o autoridades que piden la descripción de una ceremonia, pero también quien lúdicamente opta por lo amatorio. Naxos, que tiene tantas historias en la cabeza sobre lo acontecido en su navegación, le sugiere. Si yo le narrara las aventuras que he padecido junto a Odiseo, ¿cree que podrían representarlas en alguna de estos vasos? Naturalmente, responde Lemnos. Tú podrías contar tus avatares y entre los más interesantes elegiríamos uno con suficiente fuerza como para dar idea de  lo que vivisteis. A cambio yo podría mostrarte cómo tus curtidas manos de remero y de hombre de armas tienen suficiente habilidad, y por lo tanto poder, para convertirte en un demiurgo de este oficio nuestro. Que los dioses no nos hayan escuchado, no vaya a ser que osen encelarse, concluye Lemnos. 




(Fotografía de Ata Kandó)