lunes, 31 de diciembre de 2018

2019, que no se pierda del todo nuestro personal mundo. Con un poema de Francisco Brines




Magníficos deseos, palabras más o menos redichas, sonrisas y carcajadas sinceras o fingidas, apretones de manos y besos carrilleros a tutiplén, típico y tópico fin de año y comienzo del nuevo, etcétera. Oh, el valor del símbolo, la frontera tenue que nos hace tirar un calendario y colocar otro, la esperanza a borbotones o mirada de soslayo, salvo para el dolor que, a través de cualquiera de sus múltiples rostros, todo lo inhabilita. Que no sea el caso. Y si de cooperar a las buenas intenciones y a la esperanza mágica y primitiva de los humanos se trata pues os invito a leer un poema hermoso. Que va más allá de los mitos de la trascendencia al uso y se hace carne. Se titula El regreso del mundo, y lo escribió Francisco Brines hace muchos años.



Abrir los ojos, después de que la noche
recluyera los astros en su amplia cueva rasa,
y ver, tras del cristal,
ya visibles los pájaros
en el fanal aún pálido del sol,
moviéndose en las ramas.
Y cantos que hacen mía la bóveda del aire.
Y sentir que aún me late en el pecho
el corazón del niño aquel,
y amar, en la mañana, la vida que pasó,
y esta maga sorpresa
de amar aún el mundo en la mañana.
Y en el nombre del mar, que está lejano
y azul, siempre tendido
desde el remoto amanecer del mundo,
persignarme la frente, luego el pecho,
los delicados hombros que ahora rozo,
y besar, con los labios del niño rescatado,
este mundo tan viejo,
que hoy no alcanzo a saber
por qué, si el amor no se ha muerto,
me quiere abandonar.



sábado, 29 de diciembre de 2018

Naxos y el comerciante





















"Quien no espera no hallará lo inesperado, pues es recóndito e inaccesible".

Heráclito de Éfeso, Fragmentos.



Busco a Lemnos, el ceramista, dice un exótico comerciante que se ha acercado en una pequeña embarcación hasta el maltrecho espigón. La nave está fondeada en la proximidad, pues el deficiente estado del puerto aconseja prudencia. Naxos ayuda a varios obreros a subsanar los desperfectos. De ser un advenedizo ha pasado a dirigir el orden de las tareas, siempre bajo las directrices del anciano arquitecto Siros. Primero hay que limpiar el fondo, ha advertido este. Después, reponer las partes desmochadas. Por último, instalar los puntos de amarre que teníamos y si es posible renovarlos. Nos llevará tiempo, pero nada quedará como antes y debemos aprovechar la circunstancia de nuestra desgracia para mejorar las instalaciones. Para Naxos aquel espíritu superador de los supervivientes de la ciudad es un aprendizaje nuevo. Acostumbrado como ha estado durante mucho tiempo a afrontar los avatares marinos una y otra vez, repitiendo el suplicio que marca el camino de los hombres pero en un único paisaje que nunca llegaba a alcanzar una meta clara y segura, la vida terrestre le parece cambiante día a día. Han quedado pocos en esta urbe destruida, cavila, pero permanecen los buenos. ¿O son ahora mejores simplemente porque el esfuerzo y la conciencia de llevarlo a cabo es más contundente? Pensar de este modo, argumentado y prospector, también le sorprende. Le parece parte de esa novedad. Hacer y pensar, no importa el orden que sigan, van de la mano. Empiezo a entender que los hombres que generan destrucción carezcan del ejercicio de reflexionar y por lo tanto de idear. ¿Puede llamarse pensamiento a sus maquinaciones? ¿Aprenden más los mortales como víctimas que como verdugos? Me llamo Ténedos, interrumpe las conclusiones de Naxos el comerciante al poner pie en tierra. La región donde habito, si bien parte de mis años los paso viajando por unos confines u otros del océano, está al lado opuesto de vuestras islas. Hemos sabido de la calidad de la alfarería de Lemnos, mas no esperábamos encontrar tal devastación en esta ciudad. El taller de Lemnos ha sobrevivido en gran parte, le responde el joven. Le llevaré hasta allí. Dígame, ¿es conocida la obra del anciano y sus operarios en su lejano territorio? Ténedos, que es un comerciante avezado y dotado de buen trato, no tiene sino elogios. La cerámica que hacen aquí empieza a ser conocida, y yo quiero contribuir a que se difunda más. Naturalmente, le replica Naxos, para usted y otros comerciantes será también una fuente de ingresos importante. Mira, joven, le responde Ténedos con un temple medido, yo no recorro mares y visito costas por amor a la aventura. Tampoco me enriquezco como quien apenas arriesga y abusa de los que trabajan para él. Mi aventura es descubrir la belleza. Esa clase de belleza que puede instalarse en un hogar, compartir con amigos y opinar sobre las historias que lleva consigo. Me refiero a la cerámica cuyas decoraciones y formas son un ejemplo de cómo lo práctico y lo visual pueden convivir y proporcionarnos placer. He visto algunas piezas salidas del alfar de Lemnos. Pero sobre todo quiero conocer las manos que diseñan figuras tan avanzadas y relatan pequeñas anécdotas en las que un hombre se reconoce, en las que una mujer se eleva, en las que los gestos y comportamientos humanos más sinceros e íntimos serían envidiados por los dioses si estos vieran tal artesanía. Le llevaré hasta el taller, le contesta Naxos, quien pinta lo que usted elogia es una persona discreta. Alguien que solo sabe hacer su trabajo sin interferencias, con libertad. Naxos no quiere revelar más. ¿Por qué esa protección sobre Thera? Reprime su confusión. El comerciante solo quiere comerciar, no obstante sus bonitas palabras, se dice el joven. Pero Naxos no ignora que en los kylix se funden dos bellezas inseparablemente. 




(Fotografía de Ata Kandó)


martes, 25 de diciembre de 2018

Naxos. Soliloquio de la pintora de kylix
















"Yo no aguantaba el dolor de los hombres,
el muro de su sangre contra mi soledad".

José Florencio Martínez. Poema de la Hetaira enamorada de un centauro, de su libro Teseo no saldrá del laberinto.



Miro mis manos huesudas. No sé dónde empiezan los dedos o en qué momento se desliza el pincel. Dedos que tiemblan huérfanos cuando no trabajan los vientres de las copas. Miro lo que pinto. ¿Son dibujos imaginarios o fantasías que me proyectan? Miro mi cuerpo. En la curvatura de los kylix aparecen cuerpos y cualquiera de ellos podría ser el mío. El que no quisiera perder. El que quisiera mantener siempre ágil y diestro. ¿Será que de esa manera lo inmortalizo? Podría contestar a Naxos que yo soy tal cual él me oye o me observa. Sería ofrecerle la apariencia. Pero ni siquiera tengo claro si soy la voz que habla ni la luz que centellea cuando miro al remero. Soy el silencio cuando permanezco sola en el taller y dejo esta parte de la vida para dejarme llevar por los contornos en rojo o en negro que acaban pariendo escenas nuevas. Representaciones donde antes no me he visto, ocurrencias que pueden no ser comprendidas. Una pintora nunca sabe dónde está, y acaba perdiendo poco a poco la noción acerca de dónde viene. Cuando ilustraba en los cálices a personajes heroicos o a divinidades de las que se han contado infinidad de versiones todo era más evidente. El maestro me felicitaba por la tarea y los clientes elogiaban que cumpliera tan bien lo que ellos deseaban admirar. Ahora que pinto por libre el riesgo es enorme. ¿Debería reprimir mis impulsos creativos por ello? Viejos clientes pueden escandalizarse, otros llegarán deseosos de poseer vasos que rompan lo tradicional y alejen los temas repetidos. Y todos, lo reconozcan o no, se sentirán oscuramente atraídos por la decisión de lo que ofrezco. Me da igual que piensen: qué pintor tan audaz, sin duda solo un hombre es capaz de concedernos la gracia de contemplar esas ninfas. Tampoco me interesa saber que en muchos otros se precipite el interés, obviamente morboso, cuando descubran que tras mi firma hay una mujer. Los mercaderes están a la expectativa, pero no voy a admitir presiones. Me gusta ejecutar mi obra con lentitud y concentración. Cada copa pintada por mis manos es un lugar donde habito mientras dura la tarea. ¿Eso tiene un precio? Para mí solo es el ámbito del deleite. No sé si Naxos entenderá esto. Su mirada es respetuosa, su escucha atenta, su sonrisa benévola. Nadie diría, si no fuera por su constitución física y las huellas del océano y del sol sobre su cuerpo, que haya sido un nauta rudo y peleón. Si mi presencia le transforma, que agradezca al destino haber llegado aquí. Pero yo soy una pintora de cálices, no una mujer predispuesta al amor. Solo me siento cautiva de mis alucinaciones. Dispuesta a entregarme a los propios ensueños. Lista para dejar que me engendren los caprichos de las figuras que pergeño y los colores que los dotan de vigor. En cada figura o escena que nace de mis manos soy madre e hija. En la pulsión que vibra tras las imágenes soy amante y amada. Observo un deseo contenido en las preguntas de Naxos. ¿Cómo puede llegar a mí si no siente como yo siento?




(Fotografía de Ata Kandó)


lunes, 24 de diciembre de 2018

Le Rondeau des Indes Galantes y la antillana




Eh, entra Max atropelladamente, ¿sabes que mi amiga antillana me ha invitado hoy a café de su tierra? Entre taza y taza me ha revelado: estoy descubriendo la música vieja de ustedes. ¿Y eso?, le he preguntado. Ya ves, por las amistades cultas que va haciendo una. Y se puso a tararear una composición que no es una bagatela cualquiera. Luego le dio al play, me rozó los dedos y propuso: ¿la bailamos? Y yo: ¿esto se baila?

(Max no está para excesivos trotes pero no sabe decir no a una india galante. Y menos sobre una pieza tan animada)






(En la imagen, retrato del compositor Jean-Philippe Rameau, desconozco el autor)



viernes, 21 de diciembre de 2018

Naxos. La excursión






"De los soles tú viniste, de las auroras llegaste,
de los espejos y de la finura de las sedas".

Ahmad Shamlu, Jardín de espejos, del poemario Aire fresco.



Allá, en lo alto, el santuario. Abajo, la ciudad. Naxos se extasía. La destrucción ha herido seriamente algunas estructuras, pero no ha borrado la armonía del conjunto, comenta pausadamente. He participado a veces en el saqueo de una ciudad, algo que me resultaba repulsivo, pero jamás me paré a contemplar el horror. Ahora lo veo todo de otra manera, o me lo haces ver tú, confiesa con una mueca cómplice. Thera puntualiza: sobre una belleza anterior puede nacer una nueva, la referencia permanece y a la vez llegarán otras influencias que nos sorprenderán. Como sucede con lo que yo pinto en las vasijas. Me preguntaba: ¿por qué pintar siempre lo mismo? ¿Por qué no llevar a las mesas y a las celebraciones nuevos motivos que hagan valorar las obligaciones pero también los placeres de los humanos? ¿Quién me impide probar estilos más depurados que causen deleite a los ojos? La calamidad que hemos sufrido debe ser incentivo. Rehacernos de la devastación debe colmarse con nuevas ideas. Es una buena ocasión. También esas manos callosas se harán a los oficios de tierra, si tú quieres. Tus manos hacedoras se impondrán a las otras manos que intervinieron en tropelías o que cooperaron con quienes las cometían. Naxos intercambia miradas triangulares. El templo, la costa y la urbe, la joven. ¿En qué lado geométrico se encuentra él? ¿Acaso lleva camino de habitar ya todas sus perspectivas angulares? Hay un silencio expectante entre el hombre y la mujer.  Naxos lo rompe. He respetado siempre los santuarios, aunque tampoco me haya interesado demasiado por ellos; me parecían distantes, habitados por clanes diferentes a los míos, más pendientes de los dioses que de los humanos. Ahora que contemplo la herida causada en este recinto me pregunto: ¿de qué sirven los dioses si no se protegen a sí mismos? Acaso no quieran contemplarse en la estructura desnuda del edificio, mas los hombres que lo han erigido ¿deben lamentar la ruina o reaccionar? Thera le interrumpe con brío. Las gentes ven los templos como la aportación al contento y  la vanagloria de los dioses, pero ¿cuánto hacen estos por intermediar en los conflictos y las violencias de los mortales? Naxos se admira del valor de la mujer. Me enseñaron, dice, que nuestras disputas son la condena que nos ata al destino. Ah, ¿crees que tú te mereciste la de estar sujeto durante años al duro remo y a la vida de riesgo? Naxos se queda pensativo. No responde. Sigue admirándose por el entorno y solo tiene palabras para lo que ve y toca. Nunca antes me había fijado en la técnica empleada, ni había valorado los volúmenes que sortean la opacidad de otros templos más antiguos, ni me había apercibido de los órdenes y las medidas que pueden mantener estable un edificio antes del daño. ¿Me has traído aquí, Thera, para que vaya aprendiendo? Thera sonríe. Primero, Naxos, se aprende con la mirada. Después escuchando a los que saben. Al final razonando. Las obras grandes de verdad son las que incitan a la reflexión y a la evolución del mismo pensamiento, y no tanto la excusa o la obligación por las cuales se levantan. Nuestra mente es un hontanar, pero depende del razonamiento que el agua se disperse por doquier o se encauce para llenar una cisterna que acumule saber. Naxos se queda embobado por el argumento. Solo tiene palabras sencillas para los descubrimientos. Thera, este lugar es particularmente fastuoso, y la voz de Naxos revela una sensibilidad impensable en un remero al uso. El mar se contiene al borde del acantilado y lo respeta. Las aguas y la tierra echan entre sí un pulso que puede parecer juguetón, pero te aseguro que es bravío y cruento. Este promontorio desde el que se domina todo es un espejismo, y no obstante la apacibilidad que se nos transmite es real. Los que venimos de la zozobra y somos hijos del oleaje sabemos de sobra que nada es lo que parece. ¿También eres tú un espejismo, Thera? ¿Eres la artífice de las copas o una de las imágenes que recorren sus cuerpos lozanos?




(Fotografía de Ata Kandó)


miércoles, 19 de diciembre de 2018

Una más, víctima de los bestias. ¡Qué putada es ser mujer!




Una mujer muy cercana en mi vida concluye siempre cuando sale a relucir un crimen, una violación o un acoso sobre una mujer: qué putada es ser mujer.  Y añade: toda la vida desde niñas volviendo en grupo a casa, teniendo cuidado por la noche, desconfiando, soportando acosos varios. ¡Y eso no lo entienden muchos hombres todavía! No imaginan lo que es sentir aquello que es impensable que un hombre sienta y padezca. Y muchos no hacen esfuerzo por entenderlo. Añade: y encima la de desquiciados que hay en este mundo.

Ahora, una más, Laura, emigrante zamorana al Sur para ejercer de maestra, seguramente cargada de ilusión y seguridad, resulta víctima de ¿las bestias? ¡Los bestias! Y sin embargo, si algo ha conquistado la mujer en las últimas décadas, no obstante las dificultades, es la seguridad y la confianza de estar en primer plano, el valor de abrirse camino, la demostración de valerse por sí misma. Que estos logros no vayan para atrás por mucho monstruo que cunda. Por mucha institución y sociedad que no pasan de hacer demagogia. Por muchos hombres que aún miran para otro lado.



(Imagen tomada de La Sexta)


domingo, 16 de diciembre de 2018

Naxos en su noche desvelada





















"Será hora de pensar, no ya en tener navíos en medio de la mar
color de vino, sino en labrar los campos".

Hesíodo, Trabajos y días.



La calidez de la noche impide dormir a Naxos. Demasiadas experiencias, y todas nuevas en tan pocos días, reflexiona. Los compañeros en busca de otras vidas, la anciana que me acogió en su casa, los chicos del barrio, la joven de las flores, el alfarero y los demás obreros, la artista de los vasos...toda esta gente me ha hecho olvidar a la pitonisa. ¿Fue real o no aquel encuentro con ella? ¿Tan frágil y perdido me encontraba para obsesionarme con ella? ¿Hay dentro de mí todavía algo que me pida buscarla y consultar sobre mi futuro? Sin embargo apenas la recuerdo. Las gentes reales que hablan constructivamente y me han dado afecto suplen al personaje misterioso.  Si la pitonisa evocaba el destino abstracto e incierto, estas personas con las que convivo me hablan de lo que existe, sea cual sea su calidad, y sobre todo de cuanto es posible. Con estos supervivientes hablo como jamás había hablado con mis compañeros, me sincero con ellos y ellos conmigo, me enseñan no solo lo que hacen sino indirectamente me muestran mis carencias. Con Odiseo creíamos vivir la aventura y estar por encima de los demás humanos, percibir los peligros y caer en la soberbia cuando los superábamos. Pero ¿cuánto de vida con futuro había en aquel viaje sin fin? ¿Cuánto conocimiento que no se moviera en las olas sinuosas de los seres fantásticos, en la atractiva feminidad de las representaciones imaginarias o en la promesa de costas que nos llenarían de riquezas podía existir en la aventura marina? Es sorprendente cómo primero el periplo me hizo olvidar la patria de origen y de qué manera ahora las vivencias con estas personas de la ciudad arruinada hacen que poco a poco ignore la actividad anterior. ¿Qué vale más, el riesgo y el cambio constante, pero sin rumbo, o la estabilidad por muy modesta que sea? ¿Dónde descubro mejor lo que necesito y quiero hacer, entre hombres ebrios y malhumorados o escuchando a los humildes que saben tanto del mundo pero que son ignorados por las narraciones épicas? ¿Qué contaré algún día a mis hijos para que se reconozcan en mí, las vicisitudes del capricho de Odiseo y el tiempo perdido a través del océano o las enseñanzas y el calor de las gentes de los oficios y de la vida urbana? Mi carácter se va haciendo más abierto y receptivo. Las soledades no me oprimen como antes. Hallo nuevas apetencias en la actividad artesanal que he desconocido hasta ahora. El lenguaje de la pintora de quílices me cautiva. ¿Era acerca de esto sobre lo que yo quería saber de boca de la sibila? ¿O aquella mujer oscura y distante solo era la materia misma de la duda? Ah, si me quedo aquí, comprenderé que acaso ha sido una intermediaria casual entre formas de vida opuestas, una que he vivido y otra que se me ofrece en su quehacer tangible. ¿Aquel mensaje suyo de que tenía que decidir yo era un acicate para fijar mis pies en esta nueva tierra? De momento aquí estoy tocando el vientre de una humanidad antes desconocida pero que me integra y me retiene. ¿Merecerá la pena? 




(Fotografía de Ata Kandó)

sábado, 15 de diciembre de 2018

Aforismo lobuno





Ahora que has visto las orejas al lobo, dime ¿cómo las tenía?, pregunta. Puntiagudas, responde.
Y ¿cómo eran los colmillos? Afilados, sin duda.
Y ¿sus garras? Sigilosas pero progresivas.
Y ¿cómo miraban aquellos ojos? Fijamente, aunque acaso en esta ocasión con cierta miopía.
Entonces parlamenta con la bestia, si se deja, Pero no la des tregua.



(Ilustración de Víctor Mira)


domingo, 9 de diciembre de 2018

Naxos. Coloquio del remero y la pintora

















"Dicen unos que una tropa de jinetes, otros la infantería
y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra
oscura es lo más bello; mas yo digo
que es lo que una ama".


Safo de Mitilene



¿Has oído lo que dice de ti el maestro, Thera?, pregunta Naxos a la joven artista en el paseo, tras ceder la luz de la jornada. Yo diría que bien podría prescindir de sus deidades protectoras, pero no de ti. El maestro Lemnos exagera, responde la muchacha. Si no me hubiera proporcionado este trabajo tampoco habría afinado el estilo. Podría haber estado en otra parte, haciendo trabajos más burdos, ya lo sé. Naxos quiere saber más. Pero ya venías con tus conocimientos, es él quien debe agradecer que hayas caído en su taller y remozado su repertorio. Te deja hacer porque le gustan las formas fantásticas que aplicas y porque te sales de lo convencional. Además tal vez él vea unas posibilidades de renovar su negocio. Si las piezas que salen de tus manos son conocidas en otras costas vendrán más mercaderes a hacer nuevos pedidos. Lo que se hace en abundancia se repite y pierde interés, replica Thera. Yo quiero trabajar lo justo, lo que da satisfacción a la imaginación y a la habilidad. Sin presiones ni agobios ni temas obligados. Lo de siempre ya lo hacen otros. Mi actividad no se parece en nada a la que tú has tenido. ¿Qué creabas agitando los músculos sino un ritmo constante que te desgastaba? ¿Qué sueños podías llevar a efecto mientras sujetabas la vela con tus compañeros en plena acometida del océano? ¿Cuántas veces has visto el rostro complaciente de tu capitán? Y cuando llegabais a puerto, ¿qué compañía desinteresada se te ofrecía? Naxos se rasca su barba hirsuta, perplejo y desarmado ante la mujer. ¿Es la misma Thera que confecciona los vasos en medio de un silencio y de un ensimismamiento sagrados?, piensa. Thera teme haberle herido. Y sin embargo, continua, sin trabajos rudos y persistentes como el tuyo no sería posible que gentes de los territorios más extremos de estos mares se conocieran o intercambiaran sus saberes. ¿Tu patria está lejos, Thera?, pregunta Naxos.  Mi patria está donde pongo los pies, responde ella. Sin la conquista del barro por mis manos yo no sería ahora libre. Y soy libre no solo por lo aprendido sino por los sueños que puedo volcar en mis pinturas. ¿Por qué crees, Naxos, que quienes adquieren los vasos del alfar de Lemnos se sienten satisfechos? ¿No te lo ha dicho el maestro? Porque están cansados de los conflictos y trampas entre dioses, de los combates archisabidos entre héroes, de la belleza ficticia de los efebos y de la vanidad de las escenas de convites. Quieren otra visión, y si es irónica y divertida, mejor. Quieren que en las imágenes que salen de mis manos se sientan en cierto modo representados sus sueños, encarnados sus deseos y cuestionadas sus vidas estériles. Naxos calla, juega a hacer patinar piedras planas sobre la superficie de un pequeño arroyo que serpentea la ciudad. ¿Sabes cuál es mi anhelo ahora mismo?, dice a Thera. Meter las manos entre la arcilla, modelar con ella las formas más toscas, sentir que la tierra húmeda acaricia y cura la callosidad que me causó la madera del remo. ¿Quieres acaso ser de los míos?, le interpela la mujer. Ahora mismo no sé de quién soy, responde. Tal vez de la tierra que piso, como tú, tal vez del viento que me arrastrará antes o después a otra parte. Cuando se hurga en el barro, uno se convierte para siempre en barro, dice Thera.



(Fotografía de Ata Kandó)

sábado, 8 de diciembre de 2018

La última partida de canicas de Joseph Joffo





"La canica gira entre mis dedos en el fondo del bolsillo. Es mi preferida, nunca me separo de ella. Y lo bueno es que es la más fea de todas, no se parece en nada a las de ágata, o a las grandes canicas metálicas que suelo mirar en el escaparate de de la tienda del tío Ruben, en la esquina de la calle Ramey; es una canica de barro, con el barniz medio saltado. Por eso tiene asperezas en la superficie, y dibujos, parece el planisferio de la clase en pequeño.

Me gusta mucho, es bonito tener la Tierra en el bolsillo, las montañas, los mares, todo bien guardado

Soy un gigante, y llevo encima todos los planetas.

- Bueno, ¿tiras o qué?"


Joseph Joffo, Un saco de canicas.



Joseph Joffo echó anteayer su última partida de canicas, que seguramente era la de los recuerdos. Ahora, con canicas y todo, se ha convertido en un saco de átomos dispersos a través del vacío y de la nada. ¿Saltarines y deslizantes también como las canicas? Ochenta y siete años le han dado materia vital para mil y una partidas de la compleja vida que un judío, aún niño, padeció en su propia carne. La muerte de Joffo bien puede ser un motivo para releer su novela Un saco de canicas, o invitar a quien no la conozca a que la lea. La peripecia de la huída de los nazis, junto con su hermano, la cuenta Joffo de modo desenfadado y bondadoso en el libro desde la perspectiva de un niño de diez años. El relato de una infancia partida, alterada, hurtada sin duda, no oculta que siempre permanece el recurso infantil del juego, de la chanza, de las risas, de las trampas, del ingenio para afrontar la supervivencia y escapar del miedo. Donde ellos mismos, en su orfandad, eran alumnos y maestros de un aprendizaje autóctono. ¿Testimonio personal o lección de ética? ¿O un tratado de saber subsistir instintivamente? ¿O todo ello a la vez? En el epílogo del libro el Joseph Joffo adulto que dejó atrás hacía tiempo las vicisitudes de la persecución dice:

"...Mientras miro cómo duerme mi hijo, solo puedo desearle una cosa: que jamás conozca el tiempo del sufrimiento y el miedo como lo viví yo durante aquellos años. Pero, ¿por qué temer? Estas cosas no volverán a producirse más, nunca más".

Quiero entender estas palabras como una buenaventura. Como un deseo, más: como un conjuro. Ojalá se cumplan.



(En la fotografía, un Joseph Joffo adulto observa divertido cómo un grupo de niños echan una partida de canicas)






viernes, 7 de diciembre de 2018

Aforismo de nuestros días





Mientras algunos discuten sobre si son galgos o podencos, ellos ladran, enseñan su verdadera dentición y tiran a morder.



(Fotografía de Daido Moriyama)

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Naxos. La decoradora





















"...Ya solo pendientes
viven del propio faenar, de él esclavos, y solo a sí mismos
óyense todos en medio del sordo taller estruendoso;
aunque feroces trabajan, su brazo potente no ceja".


Friedrich Hölderlin, Der Archipelagus.




Para Naxos el alfar es también el asombro. El propio. El que le hace pensar en lo poco que ha vivido. O, mejor dicho, lo limitado que ha sido el conocimiento de sus años de navegante. Le cuesta entender los pasos que tienen que seguir en el taller para elaborar un vaso, y aquella complejidad le incita a observar con más agudeza. Se admira por la habilidad del artesano en el torno. La combinación de arcillas le parece un juego. La potencia de los hornos, algo propio de Hefesto. El cuidado escrupuloso en mantener la temperatura se le revela como una especialidad excelsa. Nadie para, pero nadie se agita. Tan diferente y alejada aquella concentrada actividad del ritmo fogoso y burdo que teníamos los remeros, dice. Son oficios que no tienen nada que ver, comenta Lemnos, pero que te admires ante nuestro trabajo y el resultado de lo que obtenemos dice mucho a favor de ti. Eres hombre de paz. Sabes mirar con inteligencia, preguntar delicadamente, insistir una explicación ante lo que no comprendes. Vas a ver algo que nunca habrás visto, y Lemnos le lleva a una zona del taller donde reina el silencio y el tiempo parece haberse detenido. Esta es Thera, y le presenta a una mujer joven inclinada sobre su propio regazo mientras dibuja en un quílice de formas elegantes. ¿Habías visto alguna vez trabajar a una mujer fuera de su ámbito? Thera es una mujer menuda, cuyas manos, a diferencia del resto de artesanos, que tienen doloridas las muñecas y los dedos agarrotados y torcidos, son frágiles y mañosas. Thera es de pocas palabras. Naxos contempla fijamente cómo ejecuta con un punzón agudo los perfiles de unos cuerpos desnudos sobre el vaso. El anciano comprende la actitud de sorpresa del joven. Le explica. Thera es de los discípulos más aventajados. Vino de un lejano territorio donde ya había desarrollado la pericia que puedes comprobar. Allí las mujeres son más consideradas que en nuestro país y pueden compartir trabajos y actividades con los hombres. Ella también llegó pacífica y encajó pronto entre nosotros. Nunca había visto dibujar de este modo, comenta Naxos. Aunque hay vasos decorados por todas partes, nunca había visto los motivos que esta mujer reproduce. Son ocurrencias suyas, matiza Lemnos. Y me parecen tan novedosas y bellas que no le voy a poner objeción alguna. De lo viejo tiene que surgir siempre lo nuevo, aunque parezca imposible. De la muerte, la vida. De lo agotado, lo pujante. Ella vino del mundo bárbaro, sus ideas no las conocíamos aquí, su técnica no la había visto yo en mi vida. ¿No merece la pena darla una oportunidad y de este modo dárnosla a nosotros? Si no reinventamos, moriremos, sin necesidad de que vengan guerreros de fuera a acabar con nosotros. Si no aceptamos visiones de otros mundos, el nuestro se pudrirá más de lo que está. Naxos le escucha, sin levantar los ojos del ejercicio manual de la muchacha. Luego asevera. Jamás había escuchado palabras tan convincentes como las suyas, Lemnos, y establece un puente de mirada entre Thera y el anciano. Habrás visto, le dice este, que por el alfar hay colgados varios rótulos invocatorios a los daemones para que protejan nuestro trabajo. Nunca habría pensado que la presencia de una pintora tan exquisita como Thera nos amparase tan bien como cualquiera de esas divinidades a las que solicitamos su mediación.




(Fotografía: detalle de la ánfora de Oltos, hacia 530 a.n.e.)

 

sábado, 1 de diciembre de 2018

Naxos. En el alfar del viejo Lemnos





















"Es él quien da     Forma a la Belleza;
completando la vida     con toque imperceptible
combinando percepciones,    combinando los días".

Konstantino Kavafis, He dado al Arte.





Ven, dame la mano, te llevaré hasta el alfar de Lemnos, donde el barro toma el relevo a la ceniza, y el arte se eleva por encima de la destrucción, dice la joven de las flores a Naxos. ¿De qué te sirve contemplar los restos de la ciudad que hubo cuando hay que imaginar la que levantemos de nuevo? Nunca había paseado a orillas de una muralla que no fuera la de mi ciudad, dice Naxos, ni había advertido vistas como esta desde un mirador, ni pude comparar lo semejantes que son todas las urbes cuando no las persigue el fuego y la desdicha. Te enseñaré la vida que el anciano Lemnos y sus discípulos son capaces de sacar de la entraña de la tierra, le propone la muchacha. El taller ha sobrevivido a la última invasión. Los agujeros taponados en los muros de aquella gruta han preservado las piezas más exquisitas. Montones de arcilla ocultan las vasijas terminadas y otras a medio fabricar. Los operarios reconstruyen los tornos partidos. El viejo Lemnos agradece su suerte. Uno de los asaltantes más crueles propuso cortarnos las manos a todos. Otro más sabio, si es que entre gente de esa calaña puede haber sabiduría, dijo que mejor hacernos cautivos y llevarnos a su país, pues allí carecían de artistas tan avezados. Se impuso la codicia del que mandaba, y eso nos salvó. Solo hemos venido a llevarnos tesoros que aumenten nuestras haciendas, impuso fiero aquel guerrero de mirada desorbitada. Esos invasores no entendían lo importante que es representar la belleza. Acaso vengan otros después, más informados, o bien lleguen en son de paz para enseñarnos técnicas que aún desconocemos. Ante los ojos de Naxos los alfareros desentierran cráteras, oinochoes, ánforas, kantharos. Las últimas producciones se han salvado, dice Lemnos, y tenemos que retomar un pedido de vasijas más delicadas. Conduce a Naxos a una zona del taller donde los materiales son más finos y las formas de las cerámicas resultan arriesgadas. El trabajo está repartido y mientras unos dan forma a los kylix o a los lekytos otros los introducen en el horno, y el propio Lemnos junto con dos de sus alumnos más aventajados procede a decorar las piezas. Esto es lo más delicado, dice el anciano. No solo por la técnica y el procedimiento, sino porque hay que cuidar muy bien el tema que se quiere reproducir. Hay quienes solicitan imágenes de combates entre héroes, otros encargan motivos de ejercicios físicos, los hay que desean disponer de una escena familiar, o autoridades que piden la descripción de una ceremonia, pero también quien lúdicamente opta por lo amatorio. Naxos, que tiene tantas historias en la cabeza sobre lo acontecido en su navegación, le sugiere. Si yo le narrara las aventuras que he padecido junto a Odiseo, ¿cree que podrían representarlas en alguna de estos vasos? Naturalmente, responde Lemnos. Tú podrías contar tus avatares y entre los más interesantes elegiríamos uno con suficiente fuerza como para dar idea de  lo que vivisteis. A cambio yo podría mostrarte cómo tus curtidas manos de remero y de hombre de armas tienen suficiente habilidad, y por lo tanto poder, para convertirte en un demiurgo de este oficio nuestro. Que los dioses no nos hayan escuchado, no vaya a ser que osen encelarse, concluye Lemnos. 




(Fotografía de Ata Kandó)


jueves, 29 de noviembre de 2018

Revelaciones reveladoras de mi amigo Max




Yo de niño quería ser misionero, dice mi amigo Max, vuelto provisionalmente de su aislamiento. Ha dejado de leer los titulares del periódico para prepararme un café denso, que me sabe como nunca. Max tiene buena mano para bendecir el café, logrando un punto exquisito. ¿Le viene de su estancia en lejanos rincones del planeta? A punto estuve de irme para allá, continua, y suena a revelación. Quería salvar almas de negritos en el África profunda. Al fin y al cabo había dos clérigos en la familia paterna que andaban por aquellos lares, y cuando venían de visita comentaban sus peripecias con todo género de detalles. ¿Reales o inventados? Nunca lo supe con precisión, aunque más tarde pude deducir. Mi oído infantil tomaba sus descripciones, algo exageradas, por relatos poco menos que épicos. Que si los indígenas estaban deseando ser bautizados, que si todas aquellas gentes eran solícitas y generosas, que en su modestia de medios les llenaban de obsequios, que eran gentes muy dóciles, que habían destruido sus ídolos para hallar al verdadero Creador, que progresaban en la catequesis, que los niños eran riquísimos, que cascabas un huevo de avestruz sobre una piedra y al momento se freía, sin más, por efecto del intenso sol. Aquella mezcla de experiencias personales, paisajes bellísimos y entrega mutua entre nativos y misioneros me enardecía. De todo, todo, lo que más me estimulaba era ganar almas para la causa de la Verdad única, en la que en nuestra ensoñación infantil creíamos, y  nos obligaban a creer. Cuando me quedaba solo soñaba -ya había leído algo sobre Livingstone y Stanley- con el corazón amplio de aquel continente. ¿Qué podía saber un niño sino de la bondad, arrojo y dedicación de los inocentes misioneros? El mundo real, ah, era solamente ese. Que misioneros y agentes comerciales, políticos o militares solían ir de la mano fue algo de lo que me enteré ya de mayorcito. Aquella enraizada idea de que los nativos nos reclamaban -y es que me sentía tan vinculado a la pureza y justificación de la causa cristiana que pensaba de ese modo-  consolidaba en mi mente el anhelo por ir a redimirlos. Rezaba por ellos, en mis fantasías diseñaba pedagogía sobre ellos, husmeaba mapas muy genéricos sobre las vastas extensiones sub ecuatoriales, leía vidas de santos que se habían entregado a los paganos. Max detiene su narración. Aprovecho. Pero todo aquello, ¿cómo llegaste a superarlo? Una noche tuve una pesadilla, responde Max, en que los caníbales me comían. 




(Imagen: isla de Sentinel del Norte, en el archipiélago Andamán, Océano Índico)


lunes, 26 de noviembre de 2018

La estrategia del traidor y del héroe que nos dejó Bertolucci






De joven me intrigó la película de Bertolucci La estrategia de la araña. Hoy, décadas después de verla por primera vez, he vuelto a ella. Me ha seguido fascinando. Es lo que tiene cierto cine, cierto estilo, cierto autor. Va más allá de un guión -en este caso tan inspirado en el cuento Tema del traidor y del héroe, de Borges- para proporcionarnos un ambiente que hace presente el pasado, un encuadre y un movimiento de la cámara que nos concede nuestro tiempo reflexivo, unos tipos de personajes que son intrahistoria, unas interpretaciones bordadas. Y todo para acercarnos a la belleza barroca en medio de un desierto de ancianos. A las evocaciones propias de las leyendas. A la eterna polémica de si hay que remover lo pretérito. Por supuesto, me he obligado también a releer el cuento borgiano, una narración impecable y precisa en tres páginas. Tal vez quiero ver -no sé si en mi afán por sacar las cosas de quicio- una metáfora de la vida tal cual, donde todos jugamos el papel contradictorio de héroes y traidores en tantos aspectos. O simplemente con nosotros mismos. El antifascismo italiano en el film de Bertolucci o la resistencia decimonónica irlandesa en el relato de Borges son solo la excusa, nada baladí, por cierto, y dos territorios donde tiene lugar el desarrollo de una ingeniosa treta acerca de la apariencia y la realidad. Acerca de la mitificación de lo reconocido y del silencio de lo oculto.  Y como todo mito de héroes y malvados, no suele ser del gusto de las sociedades que lo rinden culto andar cuestionándolo. Hay otras películas -fue Bertolucci tan prolífico- que suenan más, que gustan más, que recaban más la atención de la masa espectadora. Sin desdeñar otra parte de su filmografía escojo Strategia del ragno para el leve homenaje al director que se fue hoy.







sábado, 24 de noviembre de 2018

Naxos. Obsequio





















"...flores de la roca, rostros
que llegaron cuando nadie hablaba y me hablaron
que me dejaron tocarlos tras el silencio
entre los pinos las adelfas y los sicómoros".

Yorgos Seferis, Cuaderno de ejercicios. Mythistórima



¿Para quién recoges flores?, pregunta Naxos a una joven. Alguien muy importante debe ser para que las arranques y no las dejes crecer. La presencia imprevista de Naxos la asusta, no así la admonición encubierta que recibe. Mira, extranjero, ¿acaso no sabes que si no se recogen a tiempo se marchitarán igualmente?, le responde ella con una dulzura que desarma al hombre. ¿No te han explicado nunca que las flores y las plantas crecen para que hagamos de ellas un objeto de ofrecimiento o bien para sanar nuestros males? Tanto tiempo navegando ¿te ha hecho olvidar acaso cómo es la vida en tierra firme? Además, ¿no hacías como yo cuando eras niño? Alguna chica habría a la que dedicaras la flor más bella. O ella a ti. Al fin y al cabo lo que una mujer o un hombre espera del otro cuando le ofrecen una flor no es solo su apariencia, sino sobre todo la intención. Naxos se queda admirado del desparpajo de la mujer. No sabe bien si en ese momento es su amor propio o la capacidad de razonamiento la que le lleva a seguir argumentando. ¿Quieres decir que una flor es un puente que se tiende entre dos personas? No solo entre dos personas, responde ella, sino entre una persona y la divinidad, entre alguien y el destino, entre uno y el anhelo. Él la provoca. Y tú, ahora, ¿para quién las recoges? ¿Para un dios o para lo que es visible? ¿Para un héroe caído o para un mortal que sobrevive? ¿Para un amor entregado o para una reparación por la pérdida? ¿O acaso para ti misma, buscando el deleite de su contemplación? Ay, forastero, cualquier excusa es útil, le mantiene el pulso la joven. Pues la intención que hay siempre detrás es el goce. El que nos llega por los sentidos, sea el aroma, su forma deslumbrante o la compensación que proporciona el obsequiar o ser obsequiado. Mira, compruébalo tú mismo. Naxos se siente azarado. Había olvidado ya a qué huele una flor y cómo es su textura, reconoce mientras sujeta con cuidado los tallos. Apenas recordaba su belleza. Respecto a ser objeto de un obsequio te diré que durante estos años solo he recibido el salitre del océano y el abrasamiento con que el sol y el viento herían mi piel. Estás con buena gente, dice la mujer. Aquí, entre nosotros, podrás recuperar no solo tus fuerzas físicas o compensarte de la soledad íntima en que te has sentido tanto tiempo, sino retomar aquel otro vigor que emana del sentimiento. ¿Crees, dice Naxos, que a la adivina también le gustarán estas flores? La muchacha rompe a reír. Naxos, tú toma lo que está al alcance, acepta la ofrenda que cualquiera ponga en tu presencia. La naturaleza es generosa y los pétalos se expandirán para ti desde las miradas, las palabras o las manos del donante que te aprecie.




(Fotografía de Ata Kandó)   


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Naxos. Habla el hombre que se busca





















"...yo fui el mundo en que anduve, y lo que vi
o sentí o escuché venía de mí mismo;
y me encontré a mí mismo más real, más extraño".

Wallace Stevens, Té en el palacio de Hoon.



Esto es lo que queda después de que una ciudad es asolada, reflexionó Naxos. Pero esta gente quiere sobrevivir. Necesita sobreponerse. Las ruinas acabarán sepultadas, los hombres y las mujeres pueden ser recuperados cuando todos estos adolescentes crezcan y tomen las riendas.  ¿Bastará el esfuerzo y el relevo de generaciones? ¿Qué deparará el azar a esta ciudad apagada? Si yo buscara la comodidad o al menos la atracción de urbes pujantes debería irme, como hicieron mis compañeros. ¿Qué me retiene aquí? Estas gentes me toman por un remero pacífico, sin embargo ignoran que también me prepararon para la ocupación de aldeas o puestos de vigilancia costeros. No tengo las manos manchadas con la sangre que vertieron mis jefes, pero he sido cómplice. He coreado sus triunfos mezquinos, me he aprovechado del botín, he ido relatando como gestas lo que solamente era pillaje. Pero en las horas de reposo me avergonzaba de no haber reaccionado contra mi sino. Ahora que compruebo las tropelías que otros, otros no muy diferentes a los nuestros, cometieron con esta población, pienso en aquellas noches en que me acechaba un oscuro bochorno, que me laceraba un arrepentimiento inútil, aunque no podía cambiar nada. ¿No podía cambiar nada? ¿No podía buscar otra manera de vivir? ¿No podía aprender de quienes practican oficios o artes constructivas? ¿No podía, en fin, poner tierra o mar de por medio? Pensamientos de esta clase me asaltaban en mi soledad. En la vorágine de aquella dependencia de los hombres de armas, de los aventureros, de quienes proclamaban que para proteger a nuestro pueblo había que impedir que otros pueblos nos hostigaran, el lado oscuro de mí se inflamaba y cedía a la institución más fuerte. Cuando Odiseo me ofreció partir con él me pareció que se abría una luz en mi negro desasosiego. Toda aventura implica también uso de fuerza, si es preciso, pero no se mostraba como objetivo la dominación y el sometimiento sobre otros. Pensé: este viaje con Odiseo va a ser diferente, aun sospechando que hay monstruos y manifestaciones no expresamente humanas que surgirían para entorpecer la ruta. ¿Estaría también Odiseo harto de disciplinas, acciones de castigo y sufrimiento de propios y ajenos? ¿Buscaba un destino distinto al de sus orígenes, esperando revelaciones o confiando en los dioses? Sin embargo, alguien como él, que había sido un guerrero nato, jamás se quita el estigma. Y dentro de sí se debatía el hombre feroz junto al hombre de ingenio, el personaje que nos exigía a todos y el que con su determinación nos salvaba llegado el momento de los peligros. ¿Soñaba Odiseo con su futuro y nos condicionaba a los demás, arrastrándonos a una suerte incierta? A medida que los días pasaban y la navegación se convertía en una condena, yo necesitaba desprenderme del ilusorio plan que él nos marcase. No veía mi futuro, ni con él ni con mis compañeros ni con aquellas aspiraciones vagas pero apasionadas que él metía en nuestras cabezas. Hoy aquí, entre esta gente, me dejo llevar. Con su sencillez hurgan en mis sentimientos, con su compasión aprovisionan mi recóndita fecundidad.  ¿Debo verme en mi honda desnudez, como recomendó la adivina, para reponerme del pasado?  




(Fotografía de Ata Kandó)


martes, 20 de noviembre de 2018

Una medalla para la Renault, el reconocimiento de los trabajadores y la sombra del detenido Ghosn




No soy dado a traer aquí cuestiones determinadas de política municipal, pero alguna que otra vez cedo porque hay algo que me enternece. A la vez que algo me indigna. La empresa de automóviles RENAULT, conocida en Valladolid como FASA, que lleva instalada desde la década de los cincuenta del siglo pasado, y que llegó a tener de plantilla quince o dieciséis mil trabajadores -los métodos productivos adoptados y la robotización diezmaron considerablemente su número en las últimas décadas y escandalosamente sus puestos fijos-, ha sido distinguida recientemente por el consistorio vallisoletano con la concesión de la Medalla de Oro de la Ciudad. Por cierto, a propuesta del PP. Uno de esos gestos simbólicos y siempre discutibles que todos los municipios suelen tener con determinados personajes o entes que se supone han sido decisivos o al menos importantes en una etapa histórica.

Hay mucho de ornato y adoración, como pasa con todos los premios y reconocimientos que a lo largo y ancho de este mundo se conceden para mayor pompa, honor y gloria humanoide. Pero siempre hay algo más detrás. FASA-RENAULT es la empresa que desde los 60 jugó el papel dinamizador por excelencia en Valladolid, como anteriormente, durante el siglo XIX y parte del XX, lo fueron los Ferrocarriles de la Compañía del Norte, denominada tras la Guerra Civil RENFE. ¿Quiere decir esto que todo ese papel y éxito solo  es debido al capital y al enfoque de mercado de la empresa? ¿Sólo han sido los modelos producidos, la propaganda derrochada y las demandas del mercado las que han proporcionado las ventas?  ¿Solo han supuesto los trabajadores una pieza en el engranaje productivo y un valor de uso permanente? ¿No se han debido también al esfuerzo del empleado las ganancias que ha obtenido la Renault? ¿No han contado las múltiples y constantes subvenciones que la Administración Pública les ha concedido, sobre todo cuando la empresa lloraba y se sentía disconforme con la presión de las huelgas y amenazaba con la deslocalización? Preguntas de un obrero ante el libro...de los hechos, que hubiera dicho Brecht actualizando el poema célebre.

Ahora que acaba de ser detenido en Japón Carlos Ghosn, presidente de la compañía (Renault-Nissan-Mitsubishi), bajo la acusación de fraude fiscal, el tema de la medalla otorgada por el consistorio vallisoletano adquiere un punto de reflexión a mayores. Pero eso lo dejo a cada cual.

Una concejala del grupo municipal Valladolid toma la palabra pronunció las siguientes palabras, matizando la posición de su grupo al respecto. Que no es sino el pensamiento de muchos ciudadanos y no digamos de cuántos trabajadores en activo y de los ex obreros de la factoría. Reconocer a una empresa o a sus directivos sin tener suficientemente en cuenta a los trabajadores que a lo largo de décadas han dejado su piel en los ritmos productivos de RENAULT es dar un título de vanidad a medias.






PD. No, no voy de precampaña electoral alguna. No estoy en ese mundo, que ya me cuesta bastante representarme a mí mismo ante mí mismo. Simplemente que me gusta aquello que se dice en castellano viejo ¿o ya viene desde el roman paladino?:  al pan, pan, y al vino, vino. Es decir: claridad, sensatez, verdad. Permitidme este paréntesis, mañana seguiré de nuevo los pasos del joven remero Naxos en busca de su mundo. Ya entonces también él sabía de lo que era estar en la cadena de montaje, perdón, de transporte, de una nave.




sábado, 17 de noviembre de 2018

Arte de tapiar, arte de descubrir




Una vez vi en Salamanca esta puerta de hoja pétrea. Si fuera uno correcto debería haber dicho condenada. Pero ¿y si la puerta dispone de un mecanismo oculto cuya clave para abrir está reservada a los iniciados de algún conciliábulo perdido en el tiempo? De puerta falsa, nada. Objétese, si se quiere, que no sigue los cánones de una puerta común, que a primera vista no lleva a ningún interior, o que sufrió el castigo por algún comportamiento herético. Puertas de esta guisa disparan nuestra imaginación, si no somos lineales. Sin embargo el arte después del arte proporciona ingeniosas salidas para que un contra uso no desmerezca a la vista. Y que además sugieran. En este caso el impulso de pararme fue porque me veía ante el lienzo de un edificio chimú, y ya sé que Perú queda lejos, pero también que el denostado y no bien comprendido proceso del descubrimiento y conquista españoles de lo que se dio en llamar América proporcionó ideas de vuelta. Así que en medio de mi ensoñación tuve que cerciorarme de que estaba en la secular, católica y trentina Salamanca, capaz de generar tanto ideas prácticas de la ciencia y el conocimiento como argumentos esotéricos y teológicos de cerrazón al pensamiento. ¿Era esta puerta un ejemplo de esto último o una muestra de rebeldía adoptando un modelo de allende los océanos? Los amantes de las rarezas, del esplendor de las ruinas o simplemente del atrevimiento contra natura -natura social sobre todo-  somos así. Echando mano del tópico que dice que nada se crea ni nada se destruye quienes nos perdemos en lo irregular, lo cóncavo, lo lateral y lo no aparente gozamos del descubrimiento callejero, por nimio que sea. Y nos da por ver cada cosa...con tal de no aceptar por las buenas las explicaciones que nos han dado siempre.




jueves, 15 de noviembre de 2018

Naxos. La integración




"Un remo y una casa cosida con cordajes,
de madera que protege del mar,
aquí me transportó, con brisas y a resguardo
de tormentas. Y no me quejo".


Esquilo. Suplicantes.



Al sentir que una ola golpeaba su rostro Naxos se incorporó impetuoso. La agilidad del salto asustó al grupo de jóvenes que le había estado observando durante el sueño, haciendo conjeturas sobre él. Dieron un paso atrás. Por un instante confuso, el que hace habitar al hombre en el vacío, sin saber si aún pertenece al sueño o es ya eternidad, Naxos temió estar sujeto a la trirreme. Incluso su cuerpo osciló al compás de unos brazos que trazaban el ademán del remo, provocando la risa de los curiosos. De pronto él rió también. El lenguaje de la risa no requiere de aprendizajes, no divide ni aleja, no enfrenta ni hacer estar en guardia. La risa abre unos hombres a otros. Pero la risa también cesa. Naxos miró en derredor. A corta distancia varios hombres lanzaban las redes de pesca. Unas mujeres transportaban agua en grandes vasijas de barro, mientras otras llevaban sobre su cerviz un hato de sarmiento seco. Una familia de hortelanos se dirigía hacia la parte de la ciudad que no había sido excesivamente dañada, para vender sus frutos y hortalizas. Naxos percibió en todo aquel movimiento unos signos de vida que le hicieron animarse. Mientras queden pobladores la ciudad existe, pensó. No es, pues, una ciudad condenada a morir. Suficiente garantía para que se reconstruya de nuevo. Se sorprendió de identificarse tan pronto con aquella urbe de la que desconocía el nombre. Luego volvió a su obsesión. Esta gente debe saber de la adivina, podrán informarme cómo dar con ella más allá de mis sueños. Pero la necesidad más elemental siempre se impone al pensamiento y los anhelos. Al caminar se sintió flojo, urgido de probar bocado, sediento por la exposición al sol y al esfuerzo de sus exploraciones. Hablaron a su espalda. Seas náufrago o desertor o extraviado viajero, no debes descuidar tu alimento, le dijo una anciana que observó su andar quebradizo. Mis años me han hecho observadora y me dicen que ni tú ni tus amigos llegasteis a esta costa para saquear o aprovecharos de nuestros jóvenes. Que los demás remeros se marcharan por su cuenta y tú hayas decidido quedarte aún dice más a tu favor. Esté o no tu sitio en esta ciudad maltratada mi deber es procurar tu bien inmediato. Acompáñame hasta mi casa, allí comerás y podrás entretenerte con los juegos de ingenio de mis hijos. ¿Era aquella sinceridad y el modesto ofrecimiento de la anciana lo que confería a Naxos una seguridad novedosa? ¿Se trataba de una visión deslumbrante que ofrecía paz y ayuda, y que sustituía la vida de forzado remero y eventual combatiente que había tenido hasta entonces? ¿Debo probar, se preguntó el joven, una vida con esta gente, haciendo lo que hacen, conduciéndome como se conducen, arropándome a ellos como ellos se apoyan en medio de la desgracia? Naxos sonrió a la anciana y se dejó llevar. Dejó de pensar en su objeto de seducción. La mujer de las profecías bien puede esperar, habló para sí sarcástico, casi traicionero. 




(Fotografía de Ata Kandó)


lunes, 12 de noviembre de 2018

Naxos. El sueño puro




















"He conversado en sueños
contigo, diosa de Chipre".

Safo de Mitilene



En la extensión del sueño que no cesaba, Naxos se dejó acoger por una placidez como jamás había tenido en su vida de remero. Entonces solo cabía despertar de improviso, desvelado por los gritos enfadados de Odiseo, zarandeado por su compañero más próximo, calado por un oleaje que se sublevaba peligrosamente. Alarmados todos los tripulantes por el bajío próximo al litoral, la angustia les arrancaba del sopor y el eventual descanso. En los sueños de navegante de Naxos las vidas sufridas y las imaginarias se mezclaban sin orden ni tregua. La penosidad y la insatisfacción destronaban de inmediato cualquier clase de idea o ficción que le compensase. Los despertares le malhumoraban. La repentina actividad frenética aceleraba su cuerpo y reducía su espíritu. Los anhelos que las ensoñaciones permitían aflorar se alejaban de continuo. El deseo, siempre encendido en un joven como él, mostraba su faz más huidiza hasta resultar doloroso y desconocido. El instinto solamente existía para vivir en una guardia atenazante y en un esfuerzo sin fin. El precio de la supervivencia. En cambio, inmerso en el sueño de la nueva tierra, se sintió familiar, protagonista, reforzado. ¿Hay algo que sea más propio del hombre que las sensaciones? ¿Existe algo más íntimo que el disfrute onírico de unas imágenes que se construyen sin riesgo? Bailaba sobre las aguas, era recibido por los supervivientes de la ciudad, las muchachas y los efebos se lo sorteaban. Todos querían escuchar sus aventuras, saber a dónde conducían los mares que él había recorrido, cómo eran y se manifestaban los habitantes de lejanas urbes, si estas se asemejaban a la que acababan de perder. O si su cuerpo, más allá de la apariencia, era tan incitante y cálido como el de los hombres a los que habían amado y que perecieron o fueron convertidos en cautivos tras la devastación. Pero incluso en sueños Naxos dirigía la vista hacia todas partes, buscando a la adivina que, en medio de la febrilidad placentera, se convertía en servidora del templo si no en la diosa misma. Imaginaba rituales donde la solicitud y la concesión entre aquella sacerdotisa y él se intercambiaban gozosamente. Los sueños edifican la parte de la vida que los mortales no han probado o han visto quebrar. Él, que apenas había oído hablar de cómo se había generado el mundo, ni de qué dioses habían creado los espacios terrestres y acuáticos, ni de los repartos de funciones que iba a tener cada divinidad, ni de los favores y condenas que les iban a enfrentar entre sí produciendo el auge de unos y la caída de otros, ni de los castigos ominosos a aquellos humanos que trataran de escalar por encima de sus destinos, se asombraba de las ocurrencias que emergían de lo más profundo del sueño. Jamás había acudido a rito alguno y el templo, como el mercado o la plaza de los debates públicos, era un recinto prohibido de cuyas servidoras se hablaba con misterio y respeto. Tales sueños, no demasiado alejados de la realidad, se hilaban y descosían en aquella playa donde Naxos reposaba. Podría decirse que incluso al otro lado de la frontera somnolienta se hacía más intensa y perentoria la búsqueda de la mujer de las profecías. 



(Fotografía de Ata Kandó)


domingo, 11 de noviembre de 2018

Aforismo del desaliento (recurso Max Estrella)





Como aquel de la viñeta de Mingote se encuentra uno ciertos días, cada vez más días. Buscando chiste que alivie, pero las páginas de la prensa no conceden tregua. Oh, no es el mensajero el culpable. Es a los emisores y a los receptores en la espiral de la incertidumbre a los que cabe señalar. Acaso haya que aplicar aquello que decía el esteta Max Estrella en Luces de bohemia: "La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas". ¿Intentar llegar más allá de la impotencia y los límites del quejido? No te dejan.




viernes, 9 de noviembre de 2018

Naxos. La aparición




















   "Pues la purpúrea espalda de la mar
me empujó hasta la tierra
   y en una angosta orilla yazgo inerte".

Ánite de Tegea.



¿Por qué me buscas?, susurra una voz con cierta displicencia. ¿No sabes acaso que me debo al destino?  Nadie que tenga claro su futuro acude a mí. Y tú, ya has elegido. ¿Crees que estoy para vigilar tus pasos? No creas que mi misión es prevenirte de los errores y auspiciar los aciertos. Ni para ti ni para ningún hombre, sea majestad, artesano o remero. Aunque todos recurran a mí para que les saque de la confusión de la que no se atreven por sí mismos a salir. Te buscaba sin saber por qué, responde Naxos. He tomado un lado del camino, el que me separa del pasado pero también de la aventura de mis compañeros que buscan el suyo como un solo hombre. Ya sé que debo descubrir con precaución la otra parte, la que debe hacerme crecer y por lo tanto conocer. Si te asalta ahora la duda, haberte quedado con ellos, le responde la voz. Naxos percibe que aquel tono, aunque manifiesta autoridad, no es de una persona anciana ni tan resentida con el mundo como quiere aparentar. La voz no cesa en sus amonestaciones. ¿O acaso se te ha ocurrido pensar que tu sitio está entre estos despojos de ciudad, por muy bello que sea el panorama desde la altura? No sé por qué me sujeta este lugar, dice él. Acaso porque disipa mis incertidumbres. O porque fuerzas menos racionales exigen de mi juventud satisfacciones instintivas, inmediatas. De entre el juego de luces una figura de mujer se ha aproximado al joven. La seguridad que uno encuentra en la sugestión no es siempre lo más aconsejable, le advierte con un gesto comprensivo que él agradece. Debes estar cansado de la vida que dejaste atrás y no quieres agitarte con nuevas aventuras que te agotarían más sin saber qué te pueden proporcionar. Tienes mucho caminar por delante. ¿Para qué correr? Además, ya he visto que no eres como los remeros que llegaron contigo. Ellos ya no quieren saber, quieren poseer. Pero la ambición les llevará por la senda equivocada antes o después. Protégete de esa provocación que el alma de todo humano oculta. ¿Eres aquella que yo busco?, pregunta Naxos a la discreta criatura. Eso te lo tienes que responder tú. Mientras te aclaras en la búsqueda me revelaré en la noche de tus sueños.




(Fotografía de Ata Kandó)


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Naxos. El pasado desde la altura





















"El caminante vagaba de los tilos hasta el borde
rocoso de las breñas y, buscando más allá del horizonte,
lanzaba su mirada al mar".

Francesc Cornadó, Der Wanderer, de Jardí ardent.




Cuánto tiempo hacía, se admira Naxos, que no contemplaba el mar desde una altura como esta. De niños subíamos a los farallones a despedir a los navegantes. Ellos, orgullosos y esperanzados, nos decían adiós con los remos. Muchos no volvieron nunca, nadie sabe si desaparecieron en la travesía o si llegaron a tierras lejanas. Todos hablaban de los riesgos, pero el mar atraía. No bastaba la pesca próxima, había que ir más allá para encontrar mercancías que avezados marinos nos mostraban ostentosamente al retornar. No se distinguía bien entonces qué tenían estos de comerciantes o de nautas, ni qué fue transformando a unos y otros en un nuevo oficio que a veces se triplicaba. Las ofertas de colaborar en hazañas guerreras de conquista estaban bien pagadas y hubo tantos que se dejaron tentar. Además los éxitos bélicos facilitaban también los negocios. Había quienes opinaban: el dinero abundante merece que se corran riesgos. Las tormentas, las naves enemigas, las enfermedades, los naufragios no arredraban a los vecinos que partieron. ¿Qué sabían ellos de las penurias hasta que las padecieron? El hombre solo entiende cuando sufre en su propia carne. E incluso sabiéndolo vuelve a las andadas porque la miseria mata más que las empresas inciertas. Sin embargo, ¿cuántos de los que partieron regresaron con riquezas que justificaran la aventura? También yo me dejé incitar por por el mar y por lo que contaban que había al otro lado del mar. Por qué me apunté a la travesía de Odiseo solo me lo explico por mi manera de ser ingenua. Odiseo no buscaba especiales bienes, ni famas que levantaran leyendas, ni hacer de su personalidad una imagen que deslumbrara. Toda su obstinación le llevaba a perseguir una tierra utópica, donde la gente viviera con más armonía y el amor, decía, no se acabara nunca. Los demás compañeros buscaban algo más que objetivos ideales y vagos. Seguramente les motivaba a ello la mejora de las familias que habían dejado atrás, o el hambre que habían padecido. O la ambición, que al más humilde y sensato de los mortales acaba despojando de la prudencia. Que Odiseo prometiera que íbamos a alcanzar una costa nueva y diferente de todas las costas conocidas a mí me sonaba muy bien. Hace unos meses, cuando embarqué, no exigía nada más. Yo buscaba la aventura por la aventura. ¿Qué otro fin puede proponerse un joven que aún no ha recorrido mundo? Pero mis compañeros acabaron hastiados de las veleidades de Odiseo, que rechazaba cuanto se le iba ofreciendo por la travesía, si bien hay que reconocerle su capacidad para deshacerse de los monstruos. Los monstruos más peligrosos no son los que aparecen físicamente ante nosotros, esgrimiendo fuerza o malas intenciones, sino los que ocupan nuestra mente y nos arrastran hasta las caídas más expuestas. ¿Por qué abandoné también al jefe y me sumé a la deslealtad de los demás? Tampoco yo comprendía muy bien la finalidad de Odiseo. Quiero aún disfrutar de un mundo dentro de este mundo. ¿Que he elegido una opción solitaria y condenada al fracaso? Sé que eso piensa el grupo que se ha adentrado en este país, pero ¿tienen acaso ellos más posibilidades de sobrevivir?

Cae la tarde y los pensamientos han dejado al joven extenuado. Baja de la ladera hasta la playa. Se acuesta sobre la arena. La luz del cielo se vuelve líquida y le parece ver en el mar lejanos planetas. Uno de ellos se aproxima, pero Naxos no se estremece. El agotamiento le vence. ¿Volverán por aquella costa las antiguas figuraciones que tentaron a Odiseo y a sus compañeros?





(Fotografía de Ata Kandó)


sábado, 3 de noviembre de 2018

Naxos. Tras la pitonisa




"Acuérdate de quienes olvidan la dirección del camino".

Heráclito.


Un hombre solo no es un hombre abandonado. Puede sumirse en el desconcierto, la incertidumbre, la indecisión. Puede equivocarse, pagar las consecuencias de una errada elección. Pero siempre tendrá una contrapartida: saber un poco más, aprender a distinguir, reintentar. Cualquier situación que elija, cualquier acontecimiento al que haga frente, independientemente del resultado,  le ratifica como individuo que se crece en sus dificultades y busca superarlas. Naturalmente, puede perecer a cada paso. Pero esa condición humana, esa herencia que como hijos del Universo nos limita y aflige, que puede otorgar al hombre un sentimiento de fragilidad también, le hace ser consciente de la fuerza relativa que ha transportado con él. No pesan tanto los bienes obtenidos como la satisfacción del camino andado. He vivido, dicen muchos hombres con rictus de satisfacción en el momento de la muerte. En ese instante inevitable en que la soledad sí que es también abandono. Naxos piensa en todo ello mientras mira en derredor, sabiendo que no cambiará de opinión y no irá en busca de sus compañeros. ¿Es su juventud, que no valora con suficiente conocimiento los peligros, lo que impone la aventura en solitario? Aun sin saber qué le espera quiere hallar a la adivina. ¿Para recibir consejo? Ha hecho un ovillo con sus pensamientos, no cesa de dar vueltas a su determinación. Siempre me habían dicho que las profetisas son mujeres mayores, transgresoras temidas, huidizas de la sociedad y a salvo del compromiso con los hombres, pero la que nos ha recibido, no obstante la distancia mantenida, tenía un perfil más jovial y una voz próxima. Hay algo en ella que me ha afectado y que antes no había percibido de nadie. Pero una adivina, ¿es acaso una mujer corriente? ¿Será su ascendencia de sabia respetada lo que me ha impresionado? Si la encuentro, ¿querrá recibirme o mantendrá esa especie de sacralidad con que se rodean las de su oficio? ¿O tal vez me evitará porque puede temer que yo sea como aquellos que destruyeron la ciudad, su ágora y sus templos? Naxos escala por la ladera, sobrepasa la altura de las ruinas y busca en las oquedades de la montaña que protege de los vientos del interior del territorio. No quiere herir el silencio, no pronuncia nombre alguno, no se mueve con aspavientos. La pitonisa no puede estar muy lejos, piensa, y se sienta a contemplar el océano de tonos brillantes mientras aguza el oído. Cadenciosos y nostálgicos le llegan los sonidos familiares que emite el oleaje dócil.  





(Fotografía de Ata Kandó)


miércoles, 31 de octubre de 2018

Modelo para armar




Lo llamo modelo para armar porque es lo que es, si bien todo modelo para armar también lo es para desarmar (Entiendan el juego: desarmar conciencias y armarlas de otra manera) Este confesionario antiguo me recuerda uno de aquellos desplegables de infancia que había que recortar y luego, siguiendo un perímetro determinado, alzar sus lados hasta formar el edificio. Porque un confesionario está pensado como una arquitectura. No voy a decir tanto como un templo dentro del templo, pero casi. No en vano muchos de ellos tenían forma de capilla o de ermita. Con la Contrarreforma trentina se impuso la idea de incidir en el complejo de culpa y someter los actos personales no conformes a la moral dominante (lo llamaron pecado) al juicio de un sacerdote, que jugaba el papel de medium o de árbitro, según se mire. Este se refugiaba en un modelo de cubículo desde donde se ejercía sobre el individuo un repaso o control de su conciencia y de sus actos a la carta. Atención personalizada, se llamaría hoy. Ahí es ná. Pero no quiero ni pretendo divagar sobre uno de los asuntos más enrevesados y turbios que han pervivido por siglos, con toda una secuela de consecuencias que no viene a cuento ahora describir. Al fin y al cabo lo que me apetecía era traer la imagen de este confesionario que hallé una vez en la visita a una iglesia de Salamanca, de cuyo nombre no logro acordarme. ¿A que es cuco el modelo armado? Esos aires del barroco colonial le conceden un aspecto lúdico, y acaso encaja en la etapa neobarroca que estamos viviendo, tal vez la más barroca y decadente estéticamente de todas. Disfruten de la visualización del hexágono, ¿o es un octógono? Doctores geómetras nos sabrán contestar. 


Este confesionario se lo dedico a Miquel, que sé que es un coleccionista de confesionarios.



lunes, 29 de octubre de 2018

Naxos. El rezagado















"Ya nunca más por mares navegables,
subiendo muy alegre desde el fondo,
alzaré mi cabeza".

Ánite de Tegea


Entre euforia y cánticos roncos parten los remeros hacia tierras interiores. ¿Qué tienen los territorios desconocidos que hacen temer pero a su vez atraen con intensidad? Han cambiado el monótono y acompasado ritmo de sus brazos por el ejercicio caminante al que no estaban acostumbrados. El clima es más templado que el del mar y el sol les hace concebir esperanzas. Comentan entre sí: de vernos en este trote nadie nos reconocería en nuestra patria; y con estas pintas pensarían que somos unos extraños. ¿Acabaremos siéndolo? Uno de ellos, el más joven, va quedando rezagado. No es la marcha de los demás la que le obliga a demorarse, pues es más vigoroso que el resto. Mira con frecuencia hacia el templo abandonado, se refriega las manos con las plantas olorosas que va pisando. Eh, Naxos, vamos, no te quedes atrás, que la adivina no va a resolver tu futuro, le grita uno de los compañeros más avispados. Seguid, les contesta, ya os alcanzaré, mi paso es más ágil que el vuestro. Pero se distancia poco a poco, cada vez más. Cuando el grupo ha subido a un leve promontorio sospechan de su actitud. Se detienen. ¿No quieres venir con nosotros?, le increpan. He pensado que aunque todo esto se encuentra devastado también de las ruinas se puede erigir una nueva ciudad. Los hombres se ríen pero se muestran duros con él. No sabes de trabajos de cultivo de la tierra y menos de edificaciones, ¿a qué viene esa obcecación? La respuesta de un joven siempre es rápida, no contempla jamás el error. Ya aprenderé, tengo los años justos para aprender y soportar. Es también un desafío si lo comparo con lo que he hecho hasta ahora. Los remeros aprecian el valor del muchacho, pero se impacientan. ¿No querrás volver con Odiseo?, le espeta uno de los más sarcásticos. ¿No te tentará ir a salvarlo, allí donde se encuentre, si es que Neptuno no la hecho un hueco en sus reinos? Otro va más lejos: ¿acaso piensas fabricar tú solo una nave para intentarlo? Naxos tiene que tragar las risas y los comentarios; prudentemente calla. Les tiene afecto, ha sido mucho y rico el tiempo compartido de aventuras y dificultades y, aunque sus compañeros le aportan seguridad, desea probar suerte por sí mismo. Es un riesgo de mi bisoñez, duda, pero hay algo en este lugar enigmático que me retiene. ¿No será acaso uno de los rostros del destino que solo me reclama a mí? Los hombres interrumpen su pensamiento. Allá tú, si lo piensas mejor siempre podrás alcanzarnos mas, eso sí, decídete pronto, de lo contrario tendrás que sortear lo desconocido, pues no sabemos qué camino elegiremos. Pero una fuerza desconcertante le ha atrapado. Debo buscar de nuevo a la adivina, se dice a sí mismo con decisión. Su voz la delataba joven y sus opiniones me parecían sabias. Intuyo que tras su aparente dureza se oculta una mujer que ni pertenece a los dioses ni se presta a hacer concesiones fáciles a los humanos que no se lo merecen. ¿Por qué me iba a negar ella una cierta clase de seguridad, aunque sea de otro calibre diferente a la de mis compañeros?




(Fotografía de Ata Kandó)