martes, 30 de junio de 2026

Resurrección o fin

 



Siempre eres nueva para mí. Se lo dijo con rotundidad. Como si nunca le hubiera expresado sus sentimientos. Como si tuviera necesidad de borrar la parte frustrada de su pasado. Había algo de ceniza latiendo en su memoria. Pero que en lugar de haber sido eliminada por el viento de los años se hubiera fosilizado en su interior. Ella, que sentía el aliento de sus palabras en la espalda, permaneció en silencio. Tu cuerpo sigue siendo el mismo, pero yo lo percibo como si fuese la primera vez que lo palpo, dijo el hombre. Ella se estremeció tratando de revelar la contradicción en que incurría su viejo amante. Eligió la contención. No ignoraba la capacidad de recorrido que habían tenido siempre las palabras de aquel hombre. Las había padecido todas en el pasado. Las había sentido todas y había sufrido las heridas infligidas por el arco con que había sido asaeteada por ellas. Por sus palabras y por la vehemente pasión a la que todo él se había entregado en un tiempo lejano. 

La mujer renunció a girarse mientras el hombre hablaba y elegía una sintaxis entrecortada y precisa con que penetrar en su fortín de resistencia. Palpitaba con inquietud la curiosidad en ella. Se tenía por segura para no repetir viejos errores, aunque ya había incurrido en la trampa de ceder al encuentro con él. La curiosidad es una larga y perenne compañía de los humanos que a veces conduce a riesgos impredecibles. Ella quería saber de él. Quería constatar si era el mismo que fue o si se trataba de un renacido. Necesitaba comprobar que en el contacto de aquel cuerpo masculino que tanto había conocido ella reaccionaba como en el pasado o apenas reaccionaba ya. Precisaba oír, no obstante su escepticismo, la vieja canción del amor para saber si sonaba de idéntica manera o si podía prescindir de ella para el futuro. Supuso que en los silencios del hombre que tenía a sus espaldas era contemplada con atención. Se interrogaba sobre si era deseada como quien ya estaba de vuelta de todo o bien comenzaba desde el principio a invocar el placer. Siendo los que ambos habían sido y con el bagaje de haberse encontrado en infinidad de ocasiones trataba de dilucidar si ahora se sospechaban diferentes, pues la pátina del tiempo oculta y desfigura los rasgos cuyo disfrute habían compartido en abundancia. 

El hombre entró en una especie de éxtasis verbal. No ha variado el olor de tu piel, dijo. La geometría de tu torso permanece como el ara de sacrificio que siempre fue para mí, sentenció. Tus humedades recrean las antiguas inmersiones en que nos gustaba naufragar hasta el agotamiento. El calor que emanas prende sobre mi cuerpo huérfano. La mujer escuchaba aquella retórica de la que anhelaba que hubiese sinceridad, y se debatía con firme renuencia. Pensó si no estaría siendo sometida a un ritual que precisaba de una liturgia tópica. Si no le estaría echando el hombre un pulso de expiación. Sin embargo no es que a ella no le apeteciera apoderarse de un brinco de aquel suplicante. Caer repentina y feroz sobre su acoso y pagarle con la misma moneda. Devolverle a los años de la furia y engullir su energía. Poner a prueba su aguante y llevarlo al límite de la rendición. Pero temía sobre todo el día después y le espantaba el peligro de repetir el fracaso. Ámame con el silencio total, espetó de pronto la mujer. Detén tu verbo. Roza solamente mis contornos. Aspira todos mis aromas. Bebe de mis sonrisas. Roba mi mirada. Interpreta mi voz callada desesperadamente perdida. Deslízate por mi memoria para entender la tuya. Obsérvame reservadamente y evita la perdición de un nuevo malogro. Te lo exige quien una vez se tuvo por vencida y más tarde se hundió en la desposesión. Intenta resucitar en mí la fe de la carne sacra y si lo logras me dejaré conducir a la inmolación aunque me duela el día después.



* Käthe Kollwitz. Desnudo femenino de espaldas sobre tela verde. Grabado. 1903. Kupferstichkabinett. Dresde. Alemania.


viernes, 26 de junio de 2026

Las horas vivas, las horas muertas

 



Cayo Tito Sulpicio se rascó la barbilla cuando le presentaron el invento que había encargado. Su envergadura le abrumó. Se movió en torno a aquella obra pulida, excepcional por su talla y por su ingenio. Pasó la mano por la suavidad del mármol como si del lomo de una caballería se tratara. Luego, distanciándose y aproximándose alternativamente varias veces, se sintió prendado de la pieza como un enamorado repentino. Buscó la perspectiva adecuada para comprender el pulso que aquel dispositivo echaba con el sol. No quiero saber los sextercios que tengo que pagar, dijo de pronto a su administrador. Es una obra única, por su presunta utilidad y por el alarde de belleza con que el griego la ha rematado. Irá en un lugar destacado del jardín de mi villa. 

Va a ser la admiración y no te digo la envidia de los demás cónsules, estimado Cayo, apostilló Marco Terencio que se encontraba de visita. Bien sabes que nunca me han afectado los sentimientos y las pasiones ajenas, amigo Marco. Yo no encargo los bienes para generar celos o suscitar rencores ocultos en los demás. Persigo la contemplación de la hermosura bien en objetos útiles o simplemente decorativos, pero que siempre susciten emoción. Aunque no tengan aplicación doméstica inmediata, lo bello siempre es un aliciente para sentirnos bien. 

Marco Terencio, polemista consentido y harto divertido, avanzó con prudencia el debate. Pero considerarás, Cayo, que si van unidos en un objeto la perfecta técnica destinada al uso con la beldad de su ejecución se redondea la obra. Lo considero y me place, atajó el cónsul. Pero los objetos, los encargue yo o me lleguen como obsequios, siempre me hablan. Y yo busco que lo hagan, más allá de su sentido aparente. Una simple cuchara está cargada de sentimiento. Puede ser rústica y a la vez ser bonita. Puede ser una obra de orfebre y transmitir frialdad y no gustarme. Un objeto, cualquier obra, más allá de su acabado o pretenciosidad, tiene que rebosar un sentir y ser capaz de aportar un significado profundo a nuestra alma. ¿Sabes, Marco, que guardo con cariño inexplicable la cuchara que mi padre llevó en todas sus incursiones guerreras? ¿Y que cuando como en soledad la utilizo porque percibo que me acerca y me vincula con seres queridos desaparecidos? 

Lo sé, terció Marco Terencio, y me parece digno de un ser agradecido. Mas en el caso de este monumental instrumento para seguir las horas y los días, ¿qué esperas de él? Cayo Tito Sulpicio miró abstraído a su invitado. Desvió la mirada hacia el monumental objeto que acababa de alegrarle la mañana. Permaneció callado unos instantes. Espero consuelo, dijo al fin. No he encargado el horologium solamente para saber las divisiones por las que avanza la luz del día o el tránsito perpetuo de las estaciones del año. Los cálculos de geometría que contiene no se limitan a su perspectiva astronómica. La concavidad de su esfera mediada no representa para mí únicamente la bóveda celeste. El gnomon, y qué sabios los griegos denominando guía a esa varilla de hierro que proyecta la sombra del gran astro, no es una mera batuta de la sinfonía universal. Aun aceptando la exactitud matemática del instrumento, y soy de los que piensan que la matemática aporta de por sí belleza, he querido también que su presencia me haga pensar en los días y las horas que en algún momento ya no disfrutaré. No es por lo tanto un artefacto que contabilice las horas vivas sino que también me invita al recuerdo de las horas desposeídas. Y cuando mi tiempo se agote, el horologium permanecerá, y seguirá jugando con sus cálculos a los dados con el sol.  



* Reloj solar de Baelo Claudia, Bolonia, Cádiz. Siglo I. Museo Arqueológico Nacional. Madrid. 

martes, 23 de junio de 2026

Puestos a rebuscar atrás

 


Si tuviera que rebuscar en mi pasado, ¿cuál sería la primera imagen de la que conservo recuerdo? ¿Una comida forzada por la madre? ¿Un paseo por la barca del lago del parque? ¿Una visita que me causaba distanciamiento y miedo? ¿El frescor del arroyo a cuya orilla nací? ¿Una voz paternal severa pero afectuosa? ¿El sabor del primer lapicero con el que tracé borratajos? Y si de pronto creo saber cuál es el primer recuerdo, ¿existió realmente aquello o es una ficción construida posteriormente por mi mente? Y entonces pienso en cuánto tiene la vida transcurrida de vida vivida y padecida o de existencia imaginada, si no soñada, e inatrapable. Pero, al fin y al cabo, puesto que lo imaginado y lo onírico son también vivencias que nos nutren y nos forman, desprovistas de nuestro control y transgrediendo la conciencia, ¿no es esa tan diversa y múltiple pluralidad lo que nos transforma día a día en una condición maravillosa, no obstante sus luces y sombras? No me gusta usar mucho el sustantivo maravilla o el adjetivo maravilloso porque caer en su repetición es desvirtuarlos, como poco, prostituirlos o anular su sentido si se va más allá. Además son términos que a fuerza de invocar tópica y frecuentemente reducen el contenido de aquello que realmente debe ser objeto de prodigio y consecuentemente de admiración. Pero este hombre que no recuerda con precisión el proceder de un hecho o conducta primigenios se esfuerza en ocasiones, caprichosamente, en horadar su pasado con una tuneladora limitada. No llegará nunca al origen. Y las proximidades al mismo apenas serán ráfagas pasajeras, que no podrá retener, pero que le llamarán la atención. Buscar claves del hoy sobre destellos de la memoria de un ayer disperso no suele acabar en una revelación efectiva. Todo esto se me iba ocurriendo a medida que contemplaba las innumerables formas de cerámica ática expuestas que los griegos elaboraron para contarnos sus vidas y sus sueños. Sus mitos geniales expresados con comportamientos humanos exquisitos. Las figuras negras sobre fondo rojo y las figuras rojas sobre fondo negro paridas por unas manos que imagino delicadas, precisas, imaginativas, virtuosas del detalle. ¿Manos y mentes de mujer o de hombre? ¿O de ambos? Al fin y al cabo, vidas tras las vidas. Cuentos tras los cuentos. Naturalezas transformadas sobre naturalezas más  primigenias.


*Copa ática -kylix- del Museo Arqueológico Nacional. Madrid.

viernes, 12 de junio de 2026

Piruetas

 



"Veni Creator Spiritus, Mentes tuorum visita, Imple superna gratia, Quae tu creasti, pectora". 

("Ven, Espíritu Creador, Frecuenta las almas de los tuyos, Llena de elevada gracia, Los corazones que has creado") 

Rabano Mauro o Rabanus Maurus Magnetius (776-856) Himno medieval Veni Creator Spiritus.


Fue aquel largo silencio lo que le habló. Aquel apartamiento de las labores cotidianas. La separación de otros individuos. La huida del tiempo. La congelación de su memoria. Ni siquiera aceptó la contemplación del paisaje. Sabía de otros que habían subido a una montaña, o se habían ubicado al borde de un acantilado, o de quien encontró refugio solitario en una cueva ancestral ignorando la huella de los que la habitaron milenios antes. En principio solo tenía en la mente una  imagen, que en realidad era palabra, que se correspondía con su situación. Silencio. Pronto se hizo acompañar de otra, también con su calidad de vocablo. Nada. Dos imágenes verbales difusas primero, precisas dentro de sus límites más tarde, que se complementaban. Una, como ámbito protector de su cuerpo y su existencia. Otra, como alcance de un deseable estado nuevo que alimentándose no obstante de su descomposición no por eso abandonaba en su totalidad la nostalgia del hombre pensante que había sido. El silencio le reconfortaba pero la nada le atraía arriesgadamente. Si no estoy muerto es que aún no he alcanzado la nada, se dijo un día. Ahí le salió de nuevo el hombre pensante. Si llego a la nada no tiene sentido el silencio, o bien adquiere todo su sentido, el de su condición definitiva e irrevocable. Cuanto anteriormente le había tentado ya no le acuciaba. Cuanto hacían otros hombres para justificarse ya no le atraía. Ninguna de tantas ficciones que la humanidad había ido generando a través del tiempo y sus culturas le significaban, aunque le complacía la estética que habían alcanzado para mantener y divulgar su invención. Había dejado atrás todo discurso que pretendiera explicar de una sola manera, o en una única dirección, el hecho de vivir y de afrontar la vida. Había dejado de lado todo tipo de personificación que otros habían diseñado y elevado a rango de divinidad. Había ignorado la supuesta y discutible bondad de una especie que solo era capaz  de sobrevivir enfrentada a sí misma, incluso del modo más taxativo y sangriento. De ahí que se viera tan urgido por habitar el silencio. De ahí que le atrajera de modo tan obsesivo la existencia de la nada. De ahí que no supiera encarnarse en un estado salvífico,  simplemente porque no existía. ¿Fue en ese estado de conciencia, o de privación de su conciencia, cuando imaginó un himno, una invocación, que le permitiera reencontrar los caminos de una resurrección de su ánimo? ¿Eran aquellas piruetas mentales el signo estimulante que le hablaba de una recreación en la belleza? Si sobrevivir es imaginar, se dijo a sí mismo, ni el silencio ni la nada me consuelan. Pero me dan la clave.        




* Heinrich Maria Davringhausen. El acróbata. 1920


lunes, 8 de junio de 2026

la underwood

 


...hoy me he puesto a escribir sin tener imagen alguna delante, ni he buscado ninguna para poner tras lo escrito. Ningún recuerdo, ninguna figura predeterminada, ni fotografía ni cuadro ni periódico. Hoy me pongo delante de la underwood y tecleo movido por la inercia. Voy a escribir desde la oscuridad, me digo. Como si no tuviera referencia alguna, ni siquiera buscando una idea preconcebida o que se haya añadido a mi bagaje de la vida. Tanto es así que caigo en que no sé tampoco de qué escribir. Es fantástico, aunque extraño, me digo, no saber de qué escribir. Por buscar comparaciones pienso en un pintor que mezclase aleatoriamente colores y diera pinceladas a diestro y siniestro sobre un lienzo sin tener claro, ni saber, ni buscar, qué quiere representar.  No por eso se queda quieto, y pringa una y otra vez el óleo sin premura alguna ni mayor interés de alcanzar con su conducta un fin. Pero incluso este pensamiento fugaz y comparativo lo deshecho enseguida, no vaya a ser que entonces caiga en la provocación de concretar una figuración, que es lo que pretendo no tener. Así que tecleo con vagancia, más bien con desdén, las letras, al tuntún, incluso estúpidamente, una veces formando palabras al uso a las que no concedo lectura, otras inventándolas. De pronto aporreo la máquina, no sé por qué ocurrencia, puede que como una forma de reducir la tentación de escribir sobre alguna imagen. Pronto me canso de caer en el vértigo del tecleo y voy sorteando con un solo dedo sobre una hache o una eme o una ka o de pronto un número. Un número con otro número forman ya una cifra y me espanto. Una cifra es también, y muy poderosamente, una imagen. Intento evitar los números y me entrego a signos de puntuación que, por sí mismos, no dicen nada. Pero crean dudas. Un signo de admiración o uno de interrogación, no digamos una diéresis vagabunda, no digamos el signo et, que transcribimos &, u otros más modernos. Evito los que representan el dólar o el euro, que por sí mismos no son solo una imagen sino un cosmos que tanto bien o tan gran mal causa entre los hombres. En fin, que no salgo de la tensión de la sorpresa. Y me sorprendo al ver que unas letras, signos al fin y al cabo, se vinculan a otras, como por encuentro casual, y se aparean generando desafinadas sintaxis. Ellas solas. Me escalofría que se haya producido una sintaxis por cuanto pueda contener imágenes por sí misma. Por lo tanto me resisto a buscar interpretación a esta conducta instintiva que me he propuesto, negando la sucesión de todo tipo de apariencias y formas que articulan situaciones, personas, sueños, todo ese cúmulo de información grabada que nuestro cerebro nos proporciona. O bien todo aquello que se ha ido sumando a lo largo de los tiempos en materia de representaciones, casi todas interesadas para difundir algo, casi todas dispuestas para condicionarnos, casi todas agitando emociones. ¿Nos hemos parado a pensar alguna vez en la intencionalidad de las imágenes? Las recibidas y las generadas por cada uno de nosotros, estas a su vez debiéndose a cuantas navegan sin cesar por la procelosa experiencia humana. Las que nos resbalaron por la piel o aquellas que pasaron vertiginosas por nuestro lado o peor aún, las que golpearon nuestro cuerpo, revolucionaron nuestra mente y complicaron nuestra existencia. Imágenes ahogadas, imágenes que nos turbaron, imágenes que nos obnubilaron, imágenes que se apropiaron de nuestras conciencias, y de las que tanta gente no logra deshacerse jamás. Esto de escribir sin idea previa ni intención última me convierte en una especie de demiurgo de la confusión. Aun viniendo de la oscuridad nos sentimos rendidos en ella. Quiero escribir desde la nada, se me ocurre de pronto. ¿Escribir desde la oscuridad?, interesante, me dice otra voz que se ha escuchado dentro de mí. Cuando me quiero dar cuenta he llenado un folio con el estilo de letra Typewriter, que me resulta tan querida, porque sigue siendo moderna aunque sea tan anciana. Esta Typewriter que a veces produce letras a distinto nivel, sea por el anquilosamiento del brazo de una tecla o por el cansancio que acumula la vetusta máquina. Y pienso que esa descolocación, esa subida de una vocal más alta que otra, por ejemplo, es lo que le da gracia al texto resultante, más allá del contenido del mismo. Así que cuando el folio ha sido ocupado por toda la retahíla de frases, palabras sueltas, vocablos indescifrables, letras dispersas y puntuaciones náufragas que lo han enturbiado, el folio se queda sin margen inferior y sale disparado. El rodillo no quiere saber más de él y pide descanso o bien colocar una nueva hoja, eso sí, limpia, en posición recta, bien ajustada, porque el rodillo, la cinta de tinta roja y negra y, en general todo el mecanismo de la underwood, no es que solo sean precisos, sino que exigen un trato adecuado para corresponder a una buena escritura. Aunque sea escritura de la oscuridad. Escritura que se niega a sí misma. Plasmado el texto que sea sobre la primera hoja, me entran ganas de repasarlo. Pero no lo hago. Puedo aceptar lo inconexo en la fugacidad de mi pensamiento desordenado, pero leer un reflejo del mismo sería como admitir ya una imagen que no deseo poseer. Coloco, pues, otro folio, giro el rodillo, lo ciño con meticulosidad, presto atención a que la vertical y la horizontal estén armonizadas, ajusto el margen cuidadoso y necesario. ¿Alguien ha pensado en la utilidad estética de los márgenes de una hoja? ¿En la belleza de que lo escrito mantenga una distancia de seguridad con el exterior del papel? Me dispongo por lo tanto a continuar con una supuesta página dos de una publicación sin imágenes que no narren un episodio, que no devaneen con una fantasía, que no se deshagan de ansiedad por un anhelo, que no bosquejen planes ni propuestas que conducirían al caos de lo imaginario. 

Los dedos han caído con pereza sobre el teclado. Página dos, digo, dialogo con la underwood. Pero los dedos no responden al cometido que se espera de ellos y se limitan a acariciar aleatoriamente, con parsimonia, concupiscentes, las letras de cada tecla.



viernes, 5 de junio de 2026

La arribada del extranjero

 



Una vez me sentí Bruno Ganz al desembarcar en la ciudad blanca. Entré en la fonda. Mi portugués es precario, solo chapurreo. El trato con otros marineros de tantas nacionalidades le hace a uno saber algo de todas las lenguas y a la vez de ninguna. Pero nos entendemos entre nosotros. Ante la mujer que atendía la taberna no hubo necesidad de muchas palabras. Usted querrá una habitación, dijo. Asentí. Aquí siempre hay sitio para gentes de la mar, siguió diciendo con una voz segura y a la vez dulce. Obrigado, repliqué. Tampoco le voy a preguntar cuántas noches, siguió ella tomando la iniciativa, lo cual me maravilló. El día que tenga que irse, se va. Mientras, haga descanso y comparta con nosotros la estancia. 

Estoy acostumbrado a tratos diferentes e incluso opuestos. Unos más huraños y otros más condescendientes. Unos más desconfiados y otros accesibles. Pero aquella fondista, con su cordial iniciativa, iba mucho más allá. Usted, dije con torpeza, es extremadamente amable. Sonrió, sin más. ¿Sabe?, continuó. Me parece justo facilitar las cosas a los que arriban. Muchos apenas saben comunicarse. Hay quien llega con timidez y quien entra como si fuera a tomar posesión de la fonda entera. Los hay presuntuosos y también prudentes. Los hay desaliñados y también quienes cuidan su presencia. Trato a todos afablemente pero pongo a cada cual en su sitio, si no saben estar correctos. 

Me dieron ganas de preguntarle cuál creía que era mi sitio. No hubo necesidad. A usted le he captado al entrar, dijo. Por su mirada atenta y receptiva, por sus pasos tranquilos e incluso por su porte nada zafio. Y esa sonrisa prudente pero que trae mundo con ella. Qué menos, dije. Creo que me sentiré bien en este hostal, dije. 

La mujer me guio por una escalera. Abrió una puerta y me mostró el cuarto. Estaba en penumbra pero olía a sábanas limpias. Tiró de la falleba y la ventana me ofreció un horizonte abierto donde dominaba el estuario, allá donde el límite entre este y el océano no existe. Le será de sobra conocido el paisaje, un paisaje como todos los que ofrecen panorama oceánico y, créame, es la mejor vista que tenemos. Pero esta es diferente, exclamé. No la recordaba de la última vez que pisé esta ciudad. Y, no es por llevarla la contraria, pero esta clase de paisaje también es diferente allí donde desembarque uno. ¿Sabe por qué? No por las grúas del fondo o por los muelles más o menos amplios o por el volumen de barcos, sino por la luz. La luz es parte del paisaje, y un amigo mío que vive y pinta en una isla lejana dice que la luz es realmente el paisaje. La luz condiciona todo lo demás, o mejor dicho, sabe crearlo todo.

Usted, de tantos puertos como conocerá, sabrá mirar como nadie, comentó la mujer. No crea, le aclaré, a veces ocurre que uno no tiene mirada, o no sabe tenerla, depende de los avatares que se haya encontrado en el recorrido. ¿Demasiada soledad en sus navegaciones?, arriesgó la mujer. La soledad es como la luz, si sabes manejarla te ilumina. Si no, andas a ciegas. Tampoco soy de los que llegan a una arribada y buscan las soluciones fáciles, como muchos otros. Mi alternativa es palpar las calles y escuchar a las gentes. Percibir los olores y sentir las brisas. Podría definirse un país por el viento pero también por los aromas que este traslada. Digamos, en fin, que me gusta sobreponer unos paisajes a otros. Complementarlos. Eso me llena y me tranquiliza si estoy inquieto o simplemente cansado. Ese es el verdadero lado del descubrimiento y no la navegación en sí misma.

La fondista me escuchaba con atención y parecía sentirse deudora de mis confidencias. Para mí, dijo entonces, el paisaje es también mi familia. Y cuando la familia merma o se desentiende, que de todo ha habido, el paisaje natural apacigua. Hace permanencia de lo que es ausencia. Y mire, hasta en los días de galerna allá a lo lejos encuentro belleza y, sobre todo, serenidad en su contemplación. Y en la mente retornan quienes nos abandonaron. Le dejo ahora deshaciendo su petate, y luego le diré los horarios de comidas. 

Aquel recibimiento lo percibí con asombro y no miento si digo que con cierta contradicción. Me aportaba seguridad y a la vez había algo en el trato de la mujer que despertaba en mí una recuperación de lo que estaba privado hacía tiempo. Rechacé la idea de aproximarme a fantasías, que no podía ni debía manifestar indiscretamente. Volví a justificarme. No puedo decirle cuántos días pasaré aquí, solté sin quitar la vista del exterior. Eso es cosa suya, no se preocupe, me interrumpió. Dese tiempo para pisar el suelo en lugar de las aguas. Sobreponga unos paisajes a otros. Busque su propia intimidad en todos ellos. Me pareció que ironizaba exageradamente cuando a continuación remató: acaso decida cambiar la constante movilidad del mercante por otra vida anclada pero no menos aventurada y desconocida. 

No recuerdo qué siguió haciendo Bruno Ganz en las escenas de la fonda o en el caminar por la ciudad blanca. Pero yo tenía la sensación de ver este arribar mío con nuevos ojos y con sensaciones frescas.



* Óleo de Gregorio Prieto. Marinero y mujer.

jueves, 4 de junio de 2026