...hoy me he puesto a escribir sin tener imagen alguna delante, ni he buscado ninguna para poner tras lo escrito. Ningún recuerdo, ninguna figura predeterminada, ni fotografía ni cuadro ni periódico. Hoy me pongo delante de la underwood y tecleo movido por la inercia. Voy a escribir desde la oscuridad, me digo. Como si no tuviera referencia alguna, ni siquiera buscando una idea preconcebida o que se haya añadido a mi bagaje de la vida. Tanto es así que caigo en que no sé tampoco de qué escribir. Es fantástico, aunque extraño, me digo, no saber de qué escribir. Por buscar comparaciones pienso en un pintor que mezclase aleatoriamente colores y diera pinceladas a diestro y siniestro sobre un lienzo sin tener claro, ni saber, ni buscar, qué quiere representar. No por eso se queda quieto, y pringa una y otra vez el óleo sin premura alguna ni mayor interés de alcanzar con su conducta un fin. Pero incluso este pensamiento fugaz y comparativo lo deshecho enseguida, no vaya a ser que entonces caiga en la provocación de concretar una figuración, que es lo que pretendo no tener. Así que tecleo con vagancia, más bien con desdén, las letras, al tuntún, incluso estúpidamente, una veces formando palabras al uso a las que no concedo lectura, otras inventándolas. De pronto aporreo la máquina, no sé por qué ocurrencia, puede que como una forma de reducir la tentación de escribir sobre alguna imagen. Pronto me canso de caer en el vértigo del tecleo y voy sorteando con un solo dedo sobre una hache o una eme o una ka o de pronto un número. Un número con otro número forman ya una cifra y me espanto. Una cifra es también, y muy poderosamente, una imagen. Intento evitar los números y me entrego a signos de puntuación que, por sí mismos, no dicen nada. Pero crean dudas. Un signo de admiración o uno de interrogación, no digamos una diéresis vagabunda, no digamos el signo et, que transcribimos &, u otros más modernos. Evito los que representan el dólar o el euro, que por sí mismos no son solo una imagen sino un cosmos que tanto bien o tan gran mal causa entre los hombres. En fin, que no salgo de la tensión de la sorpresa. Y me sorprendo al ver que unas letras, signos al fin y al cabo, se vinculan a otras, como por encuentro casual, y se aparean generando desafinadas sintaxis. Ellas solas. Me escalofría que se haya producido una sintaxis por cuanto pueda contener imágenes por sí misma. Por lo tanto me resisto a buscar interpretación a esta conducta instintiva que me he propuesto, negando la sucesión de todo tipo de apariencias y formas que articulan situaciones, personas, sueños, todo ese cúmulo de información grabada que nuestro cerebro nos proporciona. O bien todo aquello que se ha ido sumando a lo largo de los tiempos en materia de representaciones, casi todas interesadas para difundir algo, casi todas dispuestas para condicionarnos, casi todas agitando emociones. ¿Nos hemos parado a pensar alguna vez en la intencionalidad de las imágenes? Las recibidas y las generadas por cada uno de nosotros, estas a su vez debiéndose a cuantas navegan sin cesar por la procelosa experiencia humana. Las que nos resbalaron por la piel o aquellas que pasaron vertiginosas por nuestro lado o peor aún, las que golpearon nuestro cuerpo, revolucionaron nuestra mente y complicaron nuestra existencia. Imágenes ahogadas, imágenes que nos turbaron, imágenes que nos obnubilaron, imágenes que se apropiaron de nuestras conciencias, y de las que tanta gente no logra deshacerse jamás. Esto de escribir sin idea previa ni intención última me convierte en una especie de demiurgo de la confusión. Aun viniendo de la oscuridad nos sentimos rendidos en ella. Quiero escribir desde la nada, se me ocurre de pronto. ¿Escribir desde la oscuridad?, interesante, me dice otra voz que se ha escuchado dentro de mí. Cuando me quiero dar cuenta he llenado un folio con el estilo de letra Typewriter, que me resulta tan querida, porque sigue siendo moderna aunque sea tan anciana. Esta Typewriter que a veces produce letras a distinto nivel, sea por el anquilosamiento del brazo de una tecla o por el cansancio que acumula la vetusta máquina. Y pienso que esa descolocación, esa subida de una vocal más alta que otra, por ejemplo, es lo que le da gracia al texto resultante, más allá del contenido del mismo. Así que cuando el folio ha sido ocupado por toda la retahíla de frases, palabras sueltas, vocablos indescifrables, letras dispersas y puntuaciones náufragas que lo han enturbiado, el folio se queda sin margen inferior y sale disparado. El rodillo no quiere saber más de él y pide descanso o bien colocar una nueva hoja, eso sí, limpia, en posición recta, bien ajustada, porque el rodillo, la cinta de tinta roja y negra y, en general todo el mecanismo de la underwood, no es que solo sean precisos, sino que exigen un trato adecuado para corresponder a una buena escritura. Aunque sea escritura de la oscuridad. Escritura que se niega a sí misma. Plasmado el texto que sea sobre la primera hoja, me entran ganas de repasarlo. Pero no lo hago. Puedo aceptar lo inconexo en la fugacidad de mi pensamiento desordenado, pero leer un reflejo del mismo sería como admitir ya una imagen que no deseo poseer. Coloco, pues, otro folio, giro el rodillo, lo ciño con meticulosidad, presto atención a que la vertical y la horizontal estén armonizadas, ajusto el margen cuidadoso y necesario. ¿Alguien ha pensado en la utilidad estética de los márgenes de una hoja? ¿En la belleza de que lo escrito mantenga una distancia de seguridad con el exterior del papel? Me dispongo por lo tanto a continuar con una supuesta página dos de una publicación sin imágenes que no narren un episodio, que no devaneen con una fantasía, que no se deshagan de ansiedad por un anhelo, que no bosquejen planes ni propuestas que conducirían al caos de lo imaginario.
Los dedos han caído con pereza sobre el teclado. Página dos, digo, dialogo con la underwood. Pero los dedos no responden al cometido que se espera de ellos y se limitan a acariciar aleatoriamente, con parsimonia, concupiscentes, las letras de cada tecla.
Ocurre en muchas ocasiones. La mente se queda en blanco. ¿quizá hay exceso de información?, ¿quizá sea necesario parar?, no lo sé.
ResponderEliminarSaludos
Me estás tentando a despreciar los márgenes y poner algunos números aleatoriamente para darle un toque serio a los textos.
ResponderEliminar