Una vez me sentí Bruno Ganz al desembarcar en la ciudad blanca. Entré en la fonda. Mi portugués es precario, solo chapurreo. El trato con otros marineros de tantas nacionalidades le hace a uno saber algo de todas las lenguas y a la vez de ninguna. Pero nos entendemos entre nosotros. Ante la mujer que atendía la taberna no hubo necesidad de muchas palabras. Usted querrá una habitación, dijo. Asentí. Aquí siempre hay sitio para gentes de la mar, siguió diciendo con una voz segura y a la vez dulce. Obrigado, repliqué. Tampoco le voy a preguntar cuántas noches, siguió ella tomando la iniciativa, lo cual me maravilló. El día que tenga que irse, se va. Mientras, haga descanso y comparta con nosotros la estancia.
Estoy acostumbrado a tratos diferentes e incluso opuestos. Unos más huraños y otros más condescendientes. Unos más desconfiados y otros accesibles. Pero aquella fondista, con su cordial iniciativa, iba mucho más allá. Usted, dije con torpeza, es extremadamente amable. Sonrió, sin más. ¿Sabe?, continuó. Me parece justo facilitar las cosas a los que arriban. Muchos apenas saben comunicarse. Hay quien llega con timidez y quien entra como si fuera a tomar posesión de la fonda entera. Los hay presuntuosos y también prudentes. Los hay desaliñados y también quienes cuidan su presencia. Trato a todos afablemente pero pongo a cada cual en su sitio, si no saben estar correctos.
Me dieron ganas de preguntarle cuál creía que era mi sitio. No hubo necesidad. A usted le he captado al entrar, dijo. Por su mirada atenta y receptiva, por sus pasos tranquilos e incluso por su porte nada zafio. Y esa sonrisa prudente pero que trae mundo con ella. Qué menos, dije. Creo que me sentiré bien en este hostal, dije.
La mujer me guio por una escalera. Abrió una puerta y me mostró el cuarto. Estaba en penumbra pero olía a sábanas limpias. Tiró de la falleba y la ventana me ofreció un horizonte abierto donde dominaba el estuario, allá donde el límite entre este y el océano no existe. Le será de sobra conocido el paisaje, un paisaje como todos los que ofrecen panorama oceánico y, créame, es la mejor vista que tenemos. Pero esta es diferente, exclamé. No la recordaba de la última vez que pisé esta ciudad. Y, no es por llevarla la contraria, pero esta clase de paisaje también es diferente allí donde desembarque uno. ¿Sabe por qué? No por las grúas del fondo o por los muelles más o menos amplios o por el volumen de barcos, sino por la luz. La luz es parte del paisaje, y un amigo mío que vive y pinta en una isla lejana dice que la luz es realmente el paisaje. La luz condiciona todo lo demás, o mejor dicho, sabe crearlo todo.
Usted, de tantos puertos como conocerá, sabrá mirar como nadie, comentó la mujer. No crea, le aclaré, a veces ocurre que uno no tiene mirada, o no sabe tenerla, depende de los avatares que se haya encontrado en el recorrido. ¿Demasiada soledad en sus navegaciones?, arriesgó la mujer. La soledad es como la luz, si sabes manejarla te ilumina. Si no, andas a ciegas. Tampoco soy de los que llegan a una arribada y buscan las soluciones fáciles, como muchos otros. Mi alternativa es palpar las calles y escuchar a las gentes. Percibir los olores y sentir las brisas. Podría definirse un país por el viento pero también por los aromas que este traslada. Digamos, en fin, que me gusta sobreponer unos paisajes a otros. Complementarlos. Eso me llena y me tranquiliza si estoy inquieto o simplemente cansado. Ese es el verdadero lado del descubrimiento y no la navegación en sí misma.
La fondista me escuchaba con atención y parecía sentirse deudora de mis confidencias. Para mí, dijo entonces, el paisaje es también mi familia. Y cuando la familia merma o se desentiende, que de todo ha habido, el paisaje natural apacigua. Hace permanencia de lo que es ausencia. Y mire, hasta en los días de galerna allá a lo lejos encuentro belleza y, sobre todo, serenidad en su contemplación. Y en la mente retornan quienes nos abandonaron. Le dejo ahora deshaciendo su petate, y luego le diré los horarios de comidas.
Aquel recibimiento lo percibí con asombro y no miento si digo que con cierta contradicción. Me aportaba seguridad y a la vez había algo en el trato de la mujer que despertaba en mí una recuperación de lo que estaba privado hacía tiempo. Rechacé la idea de aproximarme a fantasías, que no podía ni debía manifestar indiscretamente. Volví a justificarme. No puedo decirle cuántos días pasaré aquí, solté sin quitar la vista del exterior. Eso es cosa suya, no se preocupe, me interrumpió. Dese tiempo para pisar el suelo en lugar de las aguas. Sobreponga unos paisajes a otros. Busque su propia intimidad en todos ellos. Me pareció que ironizaba exageradamente cuando a continuación remató: acaso decida cambiar la constante movilidad del mercante por otra vida anclada pero no menos aventurada y desconocida.
No recuerdo qué siguió haciendo Bruno Ganz en las escenas de la fonda o en el caminar por la ciudad blanca. Pero yo tenía la sensación de ver este arribar mío con nuevos ojos y con sensaciones frescas.
* Óleo de Gregorio Prieto. Marinero y mujer.
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Casi que me dan ganas de ir a pasar unos días en la fonda ante la amabilidad de la posadera. Aunque yo soy más de secano que una palmera sahariana.
ResponderEliminarDebajo del asfalto está la playa, decían.
EliminarNo se como deberia reaccionar uno ante el ofrecimiento explicito de una vida anclada aunque no monótona. El paisaje promete.
ResponderEliminarDepende de dónde fondee la nave,
EliminarEl único mar que hay en Valdepeñas es el de vino,se nota por la forma de levantar la mano el marinero
ResponderEliminarSaludos
Me has matao.
EliminarDiálogo sensato, cada cual sabe su lugar.
ResponderEliminarLa luz lo es todo para fotógrafos y pintores.