"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez








lunes, 20 de enero de 2020

Cuentos indómitos. La Muerte va de visita a donde José Guadalupe, el de la Catrina















He oído que vas diciendo por ahí que te he tratado mal, dice la Muerte al grabador. No lo voy a negar. Tus íntimos no tenían la culpa y yo no los elegí por capricho. Pero tuvo que ser. El viejo dibujante se arremangó, corrió pliegos y lápices sobre el pupitre y miró con ojos turbios a la visitante. ¿Vienes porque me ves apesadumbrado y con el hígado débil o porque quieres un retrato nuevo? La Muerte, que está curada de toda clase de espantos, sonrió. No vengo ni por una ni por otra razón. No te tengo todavía en el punto de mira. Estaba de paso y me apetecía conocerte. Él le habló con voz cansina. ¿Y crees que a mí me apetece conocerte a ti? En persona solo conviene verte una sola vez y para siempre. Y si es posible de manera inesperada. Pero ahora llegas, entras en mi oficina, te paseas por la imprenta que apenas saca ya trabajo, y me dices optimista que solo es para verme la cara. En realidad he venido para agradecer la imagen que creaste de mí, respondió ufana la Muerte. No es eso lo que había llegado hace años a mis oídos, dijo el otro. Todos decían: a tu Catrina no le ha gustado ni la cara que le has puesto ni el nombre de bautizada. Los vecinos que me querían mal o simplemente gastarme el chiste me avisaron: no te andes descuidado, José, que si puede la cruel te buscará. La dama suspiró. Pues ya ves que no, José, soy más flexible y tolerante, sobre todo con los hombres que muestran agudeza.

La Muerte corrió una silla de anea y se sentó al lado del viejo ilustrador. ¿Sabes? Tuviste mucho ingenio. A mí nunca me importó que me sacaras huérfana de carnes en tus papeles. Además el sombrero floreado era gracioso. Y si a la gente le ha gustado, ¿qué podría objetar? Te revelaré un secreto. Yo me adapto a todo. Si tengo que ser un personaje severo, lo soy. Si alguien me ve como una actriz de comedia, me falta tiempo para brindarme a su voluntad caprichosa. ¿Que para otros soy el demonio? En los miedos de cada cual no me meto. Que indaguen por qué los tienen. Soy la que soy pero no soy el Mal. El Mal es otra cosa y lo habéis inventado los hombres. El bueno de José se echó hacia atrás en su asiento raído.  Ahora yo te haré otra confidencia. No dibujé a la Catrina pensando en ti, ¿te sorprende? Ni siquiera se llamaba así al principio. Ella era parte de un cortejo de personajes ridículos a los que yo satirizaba. ¿Que con ello perseguía mi pequeña y limitada venganza? Tal vez, y eso que siempre he tenido muy claro hacia quién iba dirigida mi ira. No como tú, que te despachas a gusto con todo el mundo.

Por un instante la Muerte, que piensa en humano, además de hablar el lenguaje de todas las demás especies, se sintió tocada. Pero no mostró afectación alguna. Echó un vistazo al local, donde se exhibía un innegable abandono, y bostezó. Llega un momento, dijo, en que me aburren los discursos humanos. Mi misión no es favorecerlos sino hacer que otros los ignoren y se libren de angustias. Créeme, José, que me cuesta permanecer al margen de vuestras manías. En ocasiones hasta me entretienen. El dibujante, no obstante la actitud sincera que trataba de mantener la Muerte, desconfió. ¿Te ha molestado acaso que durante estos años haya convertido a los paisanos en sombras huesudas que compiten contigo?, le preguntó dirigiéndola una mirada incisiva. Nadie compite conmigo, dijo ella. Es cada hombre el que compite consigo mismo y abrevia o alarga su tiempo. Yo solo aparezco cuando cada uno de vosotros me avisáis. Te insisto una vez más. Tu obra gráfica me ha gustado siempre. ¿Por qué no representarme con el desenfado con que tú lo has hecho? ¿No hay acaso mayor talento que hacer una vida paralela de tus compatriotas, descarnándolos y haciéndolos cabalgar como esqueletos a través de sus peripecias cotidianas?

José movió la humanidad de su cuerpo en dirección opuesta a su hígado. Ofreció a la dama beber de una botella de tequila, pero ella rechazó. Me entra carraspera, dijo, y eso asusta a la gente, que piensa que tengo el tifo. Pero quiero decirte algo más. La gente de tu país me teme y, sin embargo, muchos me invocan a menudo, y no precisamente en broma. Así que el hecho de que me hayas convertido en una caricatura no me desagrada. Que hagan fiesta con esa mofa sana contra mí es bueno. Que fabriquen máscaras de catrinas y jueguen en sus fiestas a ser yo no solo no me importa sino que me divierte. Si eso les libra de pesares y angustias me parece inteligente. Diría más, es hasta saludable. Pasarán muchos años, tal vez se hayan olvidado de ti, José, pero no de la hija que creaste. Por mi parte, cuando tú no estés, seguiré mirándome en tu Catrina como en un espejo. Te aseguro que no ahorraré carcajadas.




(Ilustración de José Guadalupe Posada)

sábado, 18 de enero de 2020

Cuentos indómitos. La Muerte y la ejecución













Al levantar el verdugo su alfanje el mísero rebelde exclamó, ronco pero contundente: ¡quiero vivir! El verdugo no estaba acostumbrado a que los reos expresaran lamentos tan convincentes, sin subterfugios. Había oído en otras ocasiones el grito angustioso, pero del que siempre cabía la duda, de soy inocente, o bien, muero mártir por la causa del Elevado, cuando no el desolador lamento de tengo hijos y qué será de ellos. Los que estaban a punto de ser ajusticiados siempre buscaban justificaciones que nadie tomaba en consideración en el instante atroz. Pero aquella exclamación sucinta, nítida, comprensible, petrificó al ejecutor. Las autoridades se miraron perplejas. El público asistente al ritual contuvo su expectación. El verdugo no había dudado jamás. La Muerte, confundida entre los sedientos mirones, dudó también. 

No había cadalso. Para un solo hombre no hace falta erigir tribuna alguna. No era alguien importante. Una simple piedra, mellada por las incontables ocasiones que había jugado su papel, hacía de lecho de muerte. La Muerte había asistido a otros actos de esta clase, pero en esta ocasión la fe en su cometido quebró.  Otras veces, pensó, cuando los delincuentes se ven en tal extremo se resignan. Blasfeman, insultan a los jueces y policías, ríen como enloquecidos o callan como si ya hubieran entrado en el estertor. O incluso se precipitan a recibir el tajo fatal. Pero este hombre lanza una imprecación sencilla. ¿Merecerá por ello un perdón? Pero la Muerte sabe que las autoridades suelen ser inclementes y no gustan de dar marcha atrás. Tuvo curiosidad por saber del reo. ¿De quién se trata?, preguntó a un vecino de mediana edad que se encontraba a su lado entre la turba. Es un hombre noble y elemental, le informó. No ha engañado, ni robado, ni conspirado, ni abusado de persona alguna, ni se sabe que se haya prestado a corrupción. Entonces, intervino la Muerte, ¿por qué se le va a ejecutar? Porque es pobre, respondió el otro. Pero hay tantos pobres, argumentó la Muerte, y son aceptados y no por ello se les lleva a perecer. Sí, pero este razonaba por qué era pobre y eso no gustó nunca a la máxima autoridad de la provincia.

La Muerte, que puede tener otros defectos pero es muy sensible ante la injusticia, se indignó. El cielo se iba encapotando poco a poco; sopló una oleada de aire frío; el viento agitó los pendones con inscripciones santas. De pronto el hombre, encadenado, genuflexo ante el ara del sacrificio, volvió a alzar la voz: ¡Quiero vivir y viviré! La plaza pareció desaparecer, como si la ciudad entera viajara a su pasado inexistente y tuviera que ser refundada. Aquella afirmación, que expresaba no solo un deseo sino que daba por hecho lo contrario de lo que iba a ser obvio de un momento a otro, dejó boquiabierto a todo el mundo. El verdugo miró a los alguaciles. La masa humana se volvió hacia la autoridad delegada. La Muerte giró la cabeza hacia su vecino y este se miró en los ojos vacilantes de ella. 

Comenzó una lluvia torrencial, inusitada. El gentío echó a correr para refugiarse. Los jueces y los alguaciles se retiraron hacia sus oficinas. El verdugo no sabía qué hacer porque nadie, en la presura de la incidencia climática, le dio órdenes. Recogió su espadón y dejó al reo solo. La Muerte, que no se siente nunca afectada ni por la lluvia ni por el calor, se dirigió hacia el hombre, que comenzó a reír con euforia. ¿Crees en la salvación?, le preguntó. Creo en lo que acabo de ver. En que todos han vacilado, lo cual quiere decir que nadie estaba seguro de que yo fuera culpable de mi propio destino. ¿Te parece que el destino es una culpa?, insistió la Muerte. En muchos casos, sí, y en el mío iba a ser la perdición.

Entonces la Muerte no quiso saber más del hombre. ¿Cómo iba a poder explicar a aquel individuo honesto que ella había titubeado? Y tomó el camino de salida de la ciudad.





(Ilustración de William Blake)


miércoles, 15 de enero de 2020

Cuentos indómitos. La Muerte culta
















A la Muerte le gusta pasear por los museos.  Aquella mañana gélida de invierno el museo elegido estaba poco concurrido. El frío retrae mucho a la gente, le dijo el cicerone, ni siquiera está previsto que vengan hoy escolares. Así que tengo todo el tiempo del mundo para ponerme a su disposición. Oh, no, no se apresure en ponerse a mi disposición, con que me indique el recorrido me doy por satisfecha, le advirtió amablemente la Muerte. ¿Quiere ver todo o solo una parte? Nuestro museo es extenso, le advirtió el hombre, mejor le acompaño. Ella, que desde siempre se sentía muy atraída por todo lo que significa representación humana, incluso más allá de sus actuaciones concretas, prefirió centrarse en el tema que le competía. Se lo hizo saber. Muéstreme lo que tengan relacionado con el fin del hombre, dijo delicadamente para no asustar al vigilante. Vamos, lo que quiere ver son obras relacionadas con la Parca, respondió el encargado. Puede decirlo claro, uno está hecho a los caprichos del visitante. La Muerte estuvo a punto de molestarse. Hasta en un museo la aplicaban un mote. Hizo caso omiso, pero se sintió obligada a justificarse para no provocar suspicacias. No piense que soy una aficionada a las escenas patéticas y menos a las fúnebres, simplemente es que siento curiosidad. El cicerone le guió de manera directa y precisa hacia aquellas obras que consideraba tenían que ver con lo que pedía. 

Todos esos cuadros de la pared son imágenes de antiguas batallas, le indicó el cicerone. ¿Qué se puede esperar de un combate? Que haya vencedores y vencidos, y que corra la sangre, como en las carnicerías. A la Muerte le pareció una comparación ingrata, pero no la impugnó. Realmente, dijo, era y es así, matanza y más matanza, sean cuales sean los tiempos, las guerras y las armas utilizadas. Estoy de acuerdo, señora, replicó el hombre, que se sentía complacido por el razonamiento de la visitante. Se ve que entiende de temas históricos. Mire, venga por aquí. Entraron en una sala de esculturas. Ella se detuvo ante un conjunto con dos personajes en que uno era una mujer que se dejaba caer hacia atrás, como muriendo, mientras un efebo con alas, a su espalda, la sujetaba por el torso. Eso no le va a interesar, dijo el guía. Pero ella muere, ¿no?, se atrevió a señalar la visitante con agudeza intencionada. Ella muere, respondió el guía, pero él la rescata, entonces no se puede decir que muera, sino que lo evita. Él es el Amor, al decir de los clásicos. De la mujer dicen que representa a Tánatos, pero es demasiado hermosa y tiene una afectación tan sensual que me cuesta creer que se trate del hecho de morirse. Entonces a la Muerte le tentó barrer para su patio. Acaso la muerte sea un acto de amor, dijo. Y que los antiguos lo percibieran así, como una doble personalidad de los individuos. Como una pulsión que los sacude y encarna el precio del vivir, arriesgó. Pero el hombre no lo entendió o no quiso entenderlo. Sí, es evidente que hay amores que matan, se ha dicho siempre, afirmó chistoso. Pero no olvide que el conjunto es algo simbólico, parte de un mito. 

Siguieron avanzando. En esta otra sala hay una escultura que puede que le repugne, le indicó el guía, yo le aviso. En un rincón destacaba una talla de madera de la estatura de una persona normal. Era un esqueleto mostrando el cráneo con unos pelos colgando, las oquedades de sus ojos, las costillas bajo las cuales asomaban gusanos, las vísceras deshilachadas sobresaliendo del abdomen ya descarnado. La Muerte lo observó sin impresionarse. ¿Quién puede haber realizado este trabajo tan exagerado? La muerte no es así, dijo con desdén. Hay artistas, replicó el otro, que no saben qué hacer para llamar la atención y asustar a la gente. Aunque seguro que fueron quienes le encargaron la obra al tallista, ya sabe, esos que siempre han hablado de la muerte y del infierno para darnos miedo, quienes le impusieran cómo debía de ser. Pero causa el efecto contrario de lo que pretendieran. Los escolares, cuando ven esta escultura, se parten de risa. A los adultos les produce morbo, aunque aparenten rechazo. A mí me parece sencillamente de mal gusto, aseveró la Muerte, alejándose.

El hombre la fue llevando sala tras sala, en busca de nuevos objetivos que interesaran a la forastera. Hablaba sin parar, dando mil explicaciones que le traían al fresco a la Muerte. Ella, mientras, pensaba en las infinitas representaciones que habían hecho los hombres acerca de su labor. Se sorprendió de que guardara tan mal registro de la Historia, no recordando el amplio repertorio de maneras por las que los hombres se despedían de la vida. Esta es una sala muy especial, dijo el cicerone al traspasar una puerta que daba a un espacio mediano, de paredes color almagre que recordaban lo pompeyano. La habitación estaba ocupada únicamente por la escultura de otra pareja, de dimensiones casi humanas. A diferencia de la que había enseñado antes esta escultura era en apariencia más sencilla de interpretar. Un hombre y una mujer se hallaban sentados apaciblemente al modo romano, como si se encontraran en un convite, platicando entre ellos, exhibiendo una sonrisa especial, magnética.

La escultura maravilló a la Muerte. Rodeó a los amantes, acarició los cuerpos que se exhibían rebosantes de salud y bienestar, se admiró de la expresividad sumamente alegre y vital de sus rostros. ¿Qué tienen que ver estos dos con la muerte?, preguntó de pronto. He ahí el triunfo de la escultura, saltó el guía, encantado de la pregunta. Son dos esposos que se quieren o se quisieron, y están sentados sobre su propia tumba. ¿No es hermoso que vinculen la trayectoria de vida familiar, íntima, con su propio fin o lo que creyeran que había más allá? La Muerte se quedó pensativa y le dieron ganas de decir: ¿por qué se obstinarán tanto los hombres en pensar que hay algo más? Pero de nuevo calló, pues si algo había aprendido de su misión era a mostrarse cauta. Aquí no hay triunfo de la muerte, dijo alarmada. En efecto, replicó el otro. Observe, observe. La pareja está distendida, entregada a una charla amena, ríen más que sonríen, y vea cómo gesticulan con las manos. Y él tan protector con ella. ¿No es hasta entrañable? Pero eso sí, debían ser ricos. Los colgantes les delata. La Muerte le cortó. ¿Esta obra habla de amor realmente o es una pose de encargo? No puedo creer que debajo haya un sarcófago donde se pudran sus restos, comentó con mal humor. ¿Y qué lo mismo da?, dijo el vigilante. Si ellos se lo montaron bien en vida, si disfrutaron de sus bienes y caprichos, también de sus amores, porque yo no me creo que ambos permanecieran fieles siempre, ¿qué temor podrían tener a morirse? La Muerte miró con mirada desdeñosa al cicerone. Estuvo a punto de replicar: pues eso, el miedo a perder todo, pero prefirió respetar las opiniones escuchadas. Luego cayó en una pausa silenciosa, ausente. A los hombres no les sacas de su mundo de ilusión ni les bajas del monte de su ambición, meditó filósofa. Viven como si no les preocupase que algún día apareceré y llamaré a su puerta. Pero ¿acaso esa manera de vivir que tienen no cuestiona mi victoria? 





lunes, 13 de enero de 2020

Cuentos indómitos. La Muerte perpleja

















Abatida por su escasa influencia sobre algunos individuos la Muerte se sienta meditabunda en el umbral del ocaso de la jornada. Muchos creen, piensa, que es la hora preferida para que yo entre en acción. Otros comentan que más bien se sitúa en la madrugada, próxima ya la hora del amanecer. Son figuraciones de los hombres. No me siento especialmente atraída por el atardecer, pues degusto como nadie las puestas del sol. Ni me mueve la hora del alba si no es para contemplar cómo el sol inicia un día más su andadura. Además, no sé si las gentes se han dado cuenta de ello, yo no tengo horas. O bien todas las horas se encuentran a mi disposición. Los hombres están muy confundidos conmigo. Piensan que les quito todo y que yo misma soy la negación de todo lo existente. No saben de mis goces, que no tienen que ver con quitarles la vida. Porque yo no disfruto enviándoles de nuevo al territorio sin espacio ni tiempo de donde han venido. Yo acompaño benévolamente a los hombres y me pongo en su lugar en cada uno de sus actos. No saben bien ellos las ocasiones que día a día les acechan por donde pueden dejar de estar.

Yo soy la primera nostálgica que sufro por llevar a cabo mi cometido. ¿Acaso me entiende alguien? ¿Por qué se preocupan tanto los humanos cuando actúo? ¿No saben que lo hago por su bien? Les aparto de las insatisfacciones, les libro del dolor, les limito el riesgo de un futuro que solo les puede deparar incertidumbre. Pero ellos no me miran con la misma correspondencia. Y les oigo hablar con desprecio y odio de mí. Me llaman tirana. Me ponen apodos. Me insultan. Reniegan de mí, ignorantes como son de creer que por utilizar su árbol de palabras fecundas conjuran mi propia existencia. Pero no me molesto. En realidad es perplejidad lo que me causa la actitud humana.  

Hace poco me encontré de frente con una persona de la que no cabía esperar mi intervención. Tenía corta edad, aunque hablaba con dulzura. Y manejaba divinamente, perdón, las palabras. Tú, ¿quién eres?, me dijo. ¿Por qué te disfrazas así? Me miré y no advertí en mí ninguna cobertura especial. No sé, ¿de qué me disfrazo?, respondí vertiginosa y preocupada. La criatura no se intimidó. Vas vestida rara, y ya te he visto otros días merodear cerca de mí. Cada día te pones ropas diferentes, te pintas con colores exagerados, haces piruetas extrañas, vas y vienes indecisa a todas partes. El niño me desarmó. No había pensado nunca en que los humanos me podrían percibir de tantas maneras. Ante su desparpajo solo se me ocurrió rebajar mi apariencia presuntuosa y decirle humilde, y también mentirosa: es que no me entiendo, ¿sabes?, me pasa con frecuencia. ¿Tal vez no te gusto? Pero él parecía interesado en razonar, algo que he observado que suelen ejercitar más los niños que los mayores. A mí me da igual, dijo, pero si crees que por hacer tanto teatro vas a conseguir que vaya a actuar en tu compañía no cuentes conmigo. Tengo que aprender aún muchas cosas. Y sobre todo crecer. Porque crecer es estar interesado por todo lo posible de este mundo, eso dice mi padre, y yo no quiero traicionar a mi padre.

Desde aquel día el niño no volvió a verme en su cercanía. A veces paso por el barrio donde vive, observo a distancia que juega con su panda, que se dirige a la escuela. Sonrío y a la vez me entra un sentimiento de impotencia grande. ¿Por qué no puedo llegar a todos los hombres? Claro, que luego se me pasa. Hay humanos de sobra y puestos a elegir prefiero hacerlo con gente más desgastada y con escasas ganas de seguir viviendo. Algo aprendí de aquel diálogo con el chico: que me había obligado a elegir y a no actuar a ciegas. ¿Sabré mantenerme así?




(Ilustración de William Blake)

sábado, 11 de enero de 2020

Contra aforismos a Esteban Vicente




He aquí un libro pescado muy barato el otro día en una librería de viejo. Estas tiendas son océanos, y más si están nutridas de material bélico. Son un río revuelto donde la ganancia de pescadores está en tu mirada, es decir, en tu búsqueda. Uno no busca antigüedades, ni siquiera antiguallas, de papel. El exterminio de las modestas bibliotecas de gente mayor que muere está a la orden del día de mano de sus herederos. No todo son colecciones o libros de kiosko, hay ciertas joyas textuales que conviene no desdeñar. Por ejemplo, este libro catálogo donde reproducciones de pintura y textos del pintor se alían para que uno, que va poco a poco enterándose de lo amplio, largo y profundo que es el mundo incluso próximo, se recree con otras opiniones.

Esteban Vicente (Turégano, 1903- Nueva York, 2001) Como había sido republicano en España, al perder la guerra se exilió a Nueva York, adquiriendo la nacionalidad estadounidense. Se le incluye entre los pintores del expresionismo abstracto, que es todo un mundo sobre el cual se podría platicar y sobre todo sentir y captar. En el libro hay diversos textos, me han interesado sus expresiones aforísticas sobre la pintura y los pintores. Habla, en píldoras condensadas y sabrosas, sobre el color, la pintura y los pintores, el cuadro, el arte. Y voy y tomo algunas y las retuerzo, yo que soy poco entendido en el arte plástico, pero como buen diletante no me corto a la hora de opinar. Como en general hacemos los españoles respecto a la política, por ejemplo, o respecto a las costumbres del prójimo. Solo tomo algunos aforismos respecto al color. En negrita lo que Vicente dijo. En cursiva la tontería que me da por decir.


La cualidad del color es la luz.
                                                 La luz nació en el Universo sin cualidades.

El color significa luz, si uno quiere expresar color.
                                                                            Poco podría el color en las oscuridades. Y sin embargo también en estas existe.

El color es difícil de entender. Primero hay que dominarlo.
                                                                                        Dominar es domar, y el color, con la luz detrás, no se deja fácilmente. Aunque el truco de un pintor es hacer que nos lo creamos. 

El color en la pintura es la relación entre los colores.
                                                                             Naturalmente se atraen o se repelen, en función del lenguaje y la intención del artista.   

Cuidado con el blanco, es un color muy complicado.
                                                                                    Algunos dudan de que exista. E incluso llaman blanco a lo que no es blanco.

La pintura tiene que ver con el color, no con los tonos.
                                                                                       A los tonos les gusta jugar y perturbar el color.

Mantén un color más luminoso, no tan opaco.
                                                                         Comunión del ojo con la luz. La complicidad de la mirada con el objeto puede traicionarlo.

Todos los colores tienen que ver con la luz del sol. El negro absorbe todos los colores y no los refleja, así que es opaco.
                                         El negro, ¿acaparador o preservador? En cualquier caso es un color que echa un pulso por doquier con los demás colores. ¿Para apoderarse de ellos y encerrarlos? ¿Para reducirlos a la mínima expresión? ¿Para invocar el caos? ¿Para reflejar la nada?

Si quieres obtener el gris, tienes que usar colores complementarios: naranja y azul, amarillo y violeta.
           Difícil imaginarlo en el diletante que escribe. Salvación: miro por la ventana. La niebla de altura media grisea el paisaje. Solo me queda imaginar la combinación en la paleta. 

El efecto físico de los colores, no solo con respecto al ojo, sino con respecto a los otros sentidos: una sensación física.
                          Casi siempre intrafísica, donde el artista es intérprete que bucea. Pero ¿y si fuese el médium con tras dimensiones y otros colores no captados en nuestro entorno?  

El color no se sostiene solo.
                                         ¿Recurren los artistas a una arquitectura de las formas, incluso abstractas, para sostener el color?

Contrastar el principio de armonía.
                                                        ¿Será parte de la doma de los colores por parte del pintor? ¿O el paso final?

Delimitar las superficies.
                                        Como una manera de dar valor a cada color sin que se quejen de agravio comparativo. Valor para un significado concreto, diferenciado, plenamente luminoso sin interferencias entre los colores.

El blanco es volátil. El negro es permanente.  
                                                                       Permanencia de la ida y venida de lo aéreo. Fugacidad de lo opaco porque aunque no lo veamos, vive en una colisión interior al absorber todos los colores.



Etcétera. Por supuesto, hay muchos más, pero no quiero aburriros. A ver qué colores me pinta, nos pinta a todos, el día de hoy.

En Segovia hay un Museo Esteban Vicente, para quien le pille cerca o de paso:






viernes, 10 de enero de 2020

Los tactos del fuego, de Joan Vinyoli al aficionado




Leer a Joan Vinyoli (Barcelona, 1914-1984), mientras tomo un verdejo de Rueda con unas patatas a la riojana. La cocinera es dominicana y la barwoman marroquí. Obsérvese los territorios recorridos en servicio de aperitivo. Leo al poeta por ver si aprendo algo que antes no he sabido y disfruto lo que no había catado. El siguiente poema figura en la antología La mano del fuego, publicado por Editorial Candaya.


Autorretrato a los sesenta y cinco años

Mírame la cara encendida
de sátiro viejo. Qué vinoso
color de vida muy vivida,
ya no recuperable. Vasos vacíos.
Recojo, sin embargo, uvas con una falsa
voracidad y me embriago
con el vino de los años. Y ando a tientas, palpo
paredes de oscuridad, sin tocar ya nunca
el cuerpo de melocotón de ninguna mujer,
porque ya no estoy enamorado.
                                                Malogrado
tiempo de la vida, éste, sólo para chapotear en él.


De Joan Vinyoli no había leído nada, perdón por ello, hasta ayer, y se cruza con una ocurrencia mía, que la dejo aquí:


Los tactos perdidos

Corrido ya gran parte de tu tiempo dices
no cansarte de haber sido un diletante.
Tanta afición te hizo coger el gusto
menos por lo aparente que de lo sentido.
En ello estás aún depurando
cada día lo sobrante, empeñado
en vivir vidas imaginarias en el reducido
espacio, que no sabes si ha ensanchado o encogido,
de tu cuerpo de ignorancias,
esfuerzo vano, tal vez presuntuoso.
Aún sorbes ciertas sílabas ajenas, ¿qué esperas de ellas?,
pero miras con recelo gestos inexpresivos
vaciados por las prisas,
que quieren imponerse a las palabras.
De pronto, cuando menos lo esperas, aparece
el recuerdo de otros lenguajes desusados,
y hay uno plural que te asalta
desde la trinchera del olvido: las caricias.
¿Acaso estas no decían lo que luego trasladabas a un poema?
¿No te ardían como tacto de un fuego
cuyos rescoldos mimabas hasta el cenit de la fantasía?
Te sientes parco hoy en la traducción de aquellas quimeras.
Y algo dentro de ti advierte con voz ronca:
no te abandones a los presagios más provectos.
Rescata sensaciones inauditas antes de que aquel tacto de fuego
se convierta para siempre en cenizas.
No pongas reparo a los sueños alocados.
Los eternos aficionados a la vida siempre se resisten,
negando la sonrisa a la gran ladrona.



miércoles, 8 de enero de 2020

Cuentos indómitos. La Muerte infeliz




















Aquella noche la Muerte se camufló de sueño. Como hasta entonces no había logrado arrastrar al hombre hasta su predio cambió de táctica. En una ocasión lo había puesto en primera línea de Verdún, pero se le escapó por los pelos, asaeteado por metralla que no fue letal. Otra vez estuvo a punto de hacerse con él cuando circulaba en bicicleta entre el tráfago de la gran ciudad. Pero el camión que repartía la leche, y se disparaba a toda velocidad con los frenos rotos, se incrustó contra el pretil del puente un instante después de que pasara. Lo intentó de nuevo, y ahí la Muerte se las prometía muy felices, cuando el hombre, metido a albañil de un moderno rascacielos, cayó desde varios metros de altura. La Muerte no se había informado de que el día anterior la dirección de la obra había colocado una malla de seguridad para cumplir las normas legales. En otra ocasión, la fatal se sirvió de una ominosa y traidora gobernación en la patria del hombre para conseguir que fuera hecho preso y conducido a un campo de exterminio, de donde nadie salía vivo. Ya se había dado la vuelta la muerte, dejando atrás el cartel de Arbeit macht frei, ensamblado en el portalón de entrada, e incluso se había olvidado del todo de él, cuando un día lo volvió a encontrar, ni demacrado ni flaco, caminando por el parque donde los niños miran los cisnes y los novios se solazan a la caída de la tarde. Vio la Muerte que el hombre hablaba con un conocido y puso oído. No me escapé, decía al amigo, simplemente me pusieron de recadero del oficial mayor y un día su hija, que se había encariñado demasiado conmigo, no me dejó volver. 

La parca se tiraba de los pelos por no encontrar manera de conducirle al puerto seguro que dicen que hay tras la travesía de cierto lago. No cesaba de hacerse preguntas. ¿Será este hombre un designio celestial? ¿Una especie de divinidad del azar? ¿Una apuesta humana de los dioses inmortales? Entonces se dijo: si no puedo por las buenas, lo haré con perfidia. Si no se me reconoce mi autoridad, simularé ser un paria como él. Y así decidió entrar en los sueños del hombre cuando este se hallaba profundamente dormido.

Pero en los sueños nada es lo que parece. Y la muerte advirtió la cantidad de vida imposible de capturar que había allí dentro. En aquel espacio sin límites y desordenado no le resultaba fácil hacer misión. Si no puedo vivir la vida como los humanos, porque soy la Muerte, al menos voy a gozarla en los sueños de este hombre, disfrazada como uno de sus personajes soñados. Y fue así como la Muerte probó la miel y la hiel de los sueños, donde hay vida y hay desaparición sin que afecte al soñador, y quedó prendada de aquel ámbito que parecía el que ella había conocido, pero tan diferente de donde había medrado siempre. Un territorio que se ensanchaba y se encogía, que cambiaba de volumen y de forma, que admitía personajes usuales pero también espectros, que se medía por tiempos desprovistos de tiempo y por paisajes opacos y nebulosos. Y donde los individuos correteaban tan pronto en direcciones semejantes como opuestas, ora agitados, ora pasivos, ora inalcanzables.

Cuando el hombre despertó la Muerte había quedado atrapada en un espacio laberíntico, indescifrable para ella. Desde entonces no hay síntomas de que el hombre vaya a morir, no obstante los años que sigue cumpliendo. Ciertamente se cuida, y trata de dormir lo menos posible. Y cuando alguien le espeta: vas a enterrarnos a todos, o bien, va a resultar que eres eterno, él responde: quia, no, eterno no. Simplemente que la Muerte no da conmigo.    




(Grabado de Hans Holbein, Colección Gelonch Viladegut)

martes, 7 de enero de 2020

Vivir al límite los españoles, breve pensamiento impuro




Los acontecimientos por los que atraviesa el país me hacen pensar si no será que a los españoles nos gusta vivir al límite. Como un juego, como un espectáculo. Como si cada uno de nosotros estuviera solo en el mundo y no le importara correr sus riesgos, y no repercutiera en otros. ¿Será el individualismo atroz, pero también ignorante y malsano, del que ya nos hablaron en la infancia, por cierto con mucho cinismo, quienes cortaban a sangre y fuego cualquier atisbo de cooperación? En ese vivir al borde de los peligros, producto de la falta de entendimiento previo, pero también de un déficit de conocimiento general, de cultura política y de voluntad constructiva, asoman los instintos primarios. Yo no puedo, pero voy a hacer lo posible para que tú tampoco puedas. Yo no tengo suficiente carrera, pero voy a ponerte a ti palos en las ruedas para que te caigas. Yo no sé, pero haré lo que sea para que nadie sepa. Yo no tengo argumentos, o si los tengo no sé plantearlos pacíficamente, y voy a insultarte. En fin, no entro en detalles. El que quiera estar informado, que se informe. El que quiera tener visión, que supere la miopía. Quien piense que todo es desacuerdo y confusión que piense bien si es así, o solo que quieren algunos que lo sea, y que analice las causas, es decir, quiénes procuran la confusión y el desacuerdo, y están interesados en que cunda el desastre. Porque algunos, justo aquellos que más invocan la Constitución y el nombre de España de boquilla, pero que con hechos dan la espalda a ambos conceptos,  ya han traspasado la línea del respeto y la tolerancia, es decir, lo que los anglos llamarían fair play. Ya se han dedicado a convocar manifestaciones "preventivas" de sus propios fanáticos, a utilizar las redes para extorsionar y difamar, a convertir un poco las sesiones del Congreso en un apéndice del venezolano, por ejemplo (ver las imágenes de esta Cámara de ayer) No sé lo que nos deparará el día, pero pase lo que pase solo anhelo que dejemos de vivir en los bordes del abismo. ¿Querrán todos?




(Ilustración de Manel Vizoso, http://cachondodejahve.blogspot.com/ )

lunes, 6 de enero de 2020

Me había pedido a los Reyes Magos...



...pero no me lo han traído.

Y una cosa me queda clara: los Reyes Magos tampoco son los diputados y senadores. Ni  los banqueros. Tendré que seguir pidiendo, pues dentro de un año, vayan ustedes a saber qué necesitaremos.

Dejo aquí la viñeta de El Roto, aparecida hoy en El País:




(La fotografía de arriba la he tomado de internet, no sé de dónde, disculpas, no soy ni el Mago ni el niño ni el muñeco. Como mucho el balón)


domingo, 5 de enero de 2020

Teruel y yo existimos (y Zamora y Soria...y tú y tú y vosotros...) Y un refugio en la poesía de Luis Cernuda




No sigo ni por televisión ni por radio el llamado debate de investidura. Anda, que no tengo otros quehaceres más gratificantes. Como mucho un vuelo de zaping y ya me dice si el panorama está nublado o aclara. Sí leo y de modo selectivo y con tiempo limitado alguna crónica correcta de prensa y artículos de fondo que me parecen de enjundia y sensatez. Al menos lo busco. No me gustan las formas -no digo ya los fondos- agresivas, mediocres, exageradas, de echar mierda  y sembrar odio de un sector de los diputados amplio, que agrupa a varios partidos. Por supuesto, no me representan, aunque no creo que haya alguno en el que me sienta representado. Lo dejo en el aire. A estas alturas solo creeré en los hechos. Pero de pronto me encuentro en una crónica con estas palabras del portavoz de un partido minoritario, localista, reivindicativo con razón, el de Teruel existe, Tomás Guitarte:  

"Somos gente normal y de la calle, y estoy avergonzado del lenguaje que se ha usado aquí...Seamos capaces de dejar a un lado la preponderancia de las ideologías y pongámonos a trabajar en los problemas de la gente".

Eso me toca, me he dicho. Me llega, piensa como yo, que no soy de Teruel pero soy de todas partes donde me acogen. Tiene que llegar el único representante de un partido pequeño para cantar las cuarenta a la actitud de medio hemiciclo. ¿Vivir para ver?

Me refugio en la poesía, y en concreto en la de Luis Cernuda. En su Díptico español (Desolación de la quimera) escribe:

"Si yo soy español, lo soy
A la manera de aquellos que no pueden
Ser otra cosa: y entre todas las cargas
Que, al nacer yo, el destino pusiera
Sobre mí, ha sido ésa la más dura.
No he cambiado de tierra,
Porque no es posible a quien su lengua une,
Hasta la muerte, al menester de poesía".


https://trianarts.com/luis-cernuda-diptico-espanol/#sthash.Vnay5mgn.dpbs


(Fotografía tomada de la revista cultural Tarántula)

sábado, 4 de enero de 2020

Leeré a Galdós para consolarme




Decidido. Voy a dedicar el año, o si soy menos presuntuoso diré que al menos las próximas semanas, a leer a Benito Pérez Galdós. No porque se cumpla su centenario de fallecimiento, que de eso ya se encargarán las editoriales y cuantos viven de eventos. Sino para contrarrestar el ansia montaraz y de espíritu de guerra civil que empieza a propagar la secular derecha española, amén de las piruetas del circo separatista. Debo entender, interpretar, aproximarme al conocimiento de esta España nuestra. Aunque me esté pasando toda la vida intentándolo. Ni me llevan al huerto los retrógrados del secesionismo ni los otros carcas que consideran al país, y su gobernabilidad, como finca propia. Estos, los de siempre, incapaces de admitir que puedan intentar gobernar otros que no sean ellos. Y lo que es peor, que tanto los hiper nacionalistas de un signo como los de otro están dinamitando las reglas de convivencia y de pactos constitucionales. Utilizan la Democracia, por muy formal que esta sea y por muy insatisfechos que nos deje a algunos, pero de momento no hay otra, para barrer hacia sus ambiciones y negocios particulares. Porque este es el fin que pretenden, aunque se justifique con ideas, valores o demagogias de difícil demostración cara al bien colectivo. 

En fin, leeré a Galdós, y principalmente sus Episodios Nacionales, para saber de ese siglo XIX que parece no haber desaparecido del todo del país actual. Y para consolarme. Solo el conocimiento racional aporta consuelo. Y comprensión. Las emociones solo sirven para justificar los desencuentros en que los españoles se embarcaron en otros tiempos y que da la impresión que ahora algunos pretenden perpetuar. Y para cometer tropelías con sus perversas ideas, que las venden como sublimes.


NB. Después de escribir este texto instintivo, he leído un artículo de Almudena Grandes en El País que me ha parecido inmejorable e imprescindible, adjunto el enlace:

https://elpais.com/cultura/2020/01/03/actualidad/1578059139_077727.html




miércoles, 1 de enero de 2020

Naida. Las dudas del regreso




Emina y Naida, desde el reducto de sus ausencias, habitan en las dudas. ¿Crees realmente que deberíamos volver?, pregunta Emina por preguntar. Tú al menos has venido a buscar un trabajo, o eso dices, aunque también te sirva de excusa. Pero yo, abandonando la obra que debería terminar, ¿no estoy yendo contra las reglas de la cordura y la madurez? Naida, acariciando el pelo de Emina, rompe la pregunta. Nada es casual, nada es preparado, dice. Sean cuales sean las razones que justifiquen nuestra fuga de Sarajevo nos merecíamos este espacio de búsqueda que ha fructificado en encuentro. No hay ni principio ni fin nunca. Las personas solemos buscar y creemos hallar, pero todo hallazgo conduce a una nueva búsqueda. Buscamos una actividad, una manera de ganarnos la vida, una relación o varias para estar a gusto y practicar la amistad y el amor, y siempre encontramos algo que al menos durante un tiempo nos proporciona satisfacciones. Al logro de alcanzar esas satisfacciones lo llamamos encontrar, un verbo justo y preciso, pero tantas veces poco duradero, si no evanescente. Y en cuántas ocasiones una situación que nos da estabilidad al principio no despliega circunstancias que nos conducen a asumir nuevos riesgos y otras inseguridades. Nunca estamos conformes ni seguros ni satisfechos, dice Emina, asintiendo al razonamiento de su amiga. Pero ¿no tienes la sensación de que un encuentro entre dos es también un encuentro con uno mismo? ¿No ponemos en juego en cualquier relación nuestra manera de ser, que implica pensar y actuar? ¿No nos hacemos partícipes de algún modo de otros y revierte en nuestra manera de ser y de conocer? Naida le interrumpe. ¿Sabes lo que más me gusta de nuestra complicidad, Emina? Que estamos y no estamos la una en la otra. Que respetamos nuestros espacios diferentes, tú en tu tarea con los significados de tu escultura y con tus escarceos con el extranjero. Yo volcada en mi pelea con las palabras, las de otros y las que se van labrando dentro de mí. Emina presiona con el pulgar los labios de Naida. Y con lo que ofreces de ti también al extranjero, matiza. Por eso es necesario volver a la ciudad, para seguir poniendo a prueba el significado de las cosas. De tus literaturas, de mis estatuas, donde no hay solo razones sino también instinto y emoción. ¿O es que nuestro instinto y nuestros afectos tiene que llevárselo solo el amante que compartimos? No hay una dirección única y separada entre nosotras y el objeto que buscamos, sea del material que sea. Material de las palabras, material de la piedra o de los colores, material de la carne que amamos y de las ternuras que ensayamos con otros. Material que nos hace superar el pasado terrible y pensar en que otras opciones son posibles. Naida la mira con el rostro iluminado por el calor de sus expresiones. ¿Será ese hombre nuestro médium, algo así como la conexión entre nuestras actividades y nuestros deseos?, le replica burlona. ¿O acaso la palanca que nos proyecta hacia lo desconocido pero también esperanzador? 

Hay una pausa. La prolongan. Se hablan sin abrir la boca. Se aprecian sin hacer especiales gestos. Se necesitan sin aspavientos. Piénsame entre tus letras, dedícame tus poemas, reclama Emina a Naida. Ofréceme tu obra que habla con lenguaje de alma más que de piedra, responde Naida.




(Fotografía de Inés González)

martes, 31 de diciembre de 2019

El faro, entre dos mares, que siempre acaban siendo el mismo




















Ambos están al borde, y él lo dice. ¿Al borde de la noche o al borde del día? ¿Al borde de una jornada o al borde de otra? ¿Al borde del año que llega o del que se va? ¿Nos movemos entre dos mares o entre dos tierras? ¿O puede que entre dos vidas?, preguntas en cascada de ella. Tal vez entre dos luces, responde él. Navegantes somos, pero la vida no es solo metáfora. Alguien dijo que partimos de una costa para llegar a otra, confirma ella, que probablemente es la misma de antes de nacer. Y mientras navegamos, sometidos a los riesgos de penalidades varias, de seducciones fatales, cuando no de un naufragio definitivo, miramos ansiosos entre la niebla. ¿Dónde el faro que nos indique la proximidad del objetivo, pero también de los escollos, para alcanzarlo? Como Ulises, sugiere el hombre, siempre estamos buscando el retorno al origen, pero nuestro origen está en un no lugar. anterior a sí mismo, justo de antes de hacer visible nuestra presencia. Ella y él se quedan callados. De pronto hablan al unísono: Pero, mientras tanto, estamos. Y rompen a reír.


2020 en ciernes.


domingo, 29 de diciembre de 2019

Lolita no se ha ido con Sue Lyon



“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita". 

Los que hayan leído la novela de Vladimir Nabokov recordarán el incendiario comienzo. Y a medida que avanzaran en la narración se habrán construido una representación de la adolescente a la imagen y semejanza de sus deseos personales. Otros recordarán la película de Stanley Kubrick, pero ahí las expectativas de cualquier clase de espectador convergían en una única: Sue Lyon. ¿Con cual quedarse? ¿Con la que hicimos ficción al leer la compleja novela de Nabokov? ¿Con la Lolita que nos impuso el genial Kubrick? Sin duda, al menos para mí, con ambas. Ni la novela es superada por el film, ni este se deja pisar por la novela, simplemente porque no se trata de ir a la contra un medio del otro. Smplemente porque son expresiones diferentes. Habrá quien diga: es que la Lolita de Kubrick desplazó al personaje del papel, puesto rostro y cuerpo por cada lector. ¿Será que perfeccionó el director lo imaginado por los lectores?

Lolita en la versión Kubrick se llamó Sue Lyon. Novela o cine, ¿no nos hicieron ambas Lolitas sentirnos un poco el seductor seducido Humbert Humbert? Sue Lyon ha muerto hace dos días a los 73 años. Lolita sigue viva, seductora, juguetona y dicharachera. Francamente, un buen homenaje sería ver de nuevo la película. Porque ya tengo previsto desde hace tiempo releer la novela, pues creo que en su día se me escaparon algunas cosas (léase interpretaciones), no sé si muchas o pocas.



(Fotograma de la película de Kubrick)

viernes, 27 de diciembre de 2019

¿La tormenta? ¡La belleza!




El cielo cubría con presura el día. Dijo azarado el discípulo: Maestro, corramos a ponernos a cubierto, que la tormenta nos va a pillar. El maestro lo miró con desdén: Quien no se deja alguna vez tocar por la tormenta no sabe lo que es la belleza del Tao. El alumno insistió: ¿Pero acaso quiere el Tao que se nos calen los huesos y nos cojamos una pulmonía? Y el maestro: El Tao quiere lo que quiera la tormenta. El alumno, díscolo, no lo acababa de aceptar: Pero la tormenta no es un ser ni un cuerpo ni una voluntad. ¿Ah, no?, saltó el maestro. ¿No tiene energía, no tiene forma, no tiene insistencia? Por supuesto, dijo el joven. Pero no es una persona como nosotros. Por eso mismo ella no necesita el Tao, aseveró el anciano. Porque en su bravura ya porta el desenlace de la calma. Maestro, no estoy convencido. Me hiere un viento gélido, la humedad me encoge, el temblor del cielo me abruma. Entonces el maestro le interpeló: ¿Por qué ves en la tormenta solamente el lado oscuro, como si fuera reflejo de tu alma pavorosa? ¿No te das cuenta de que lo que llevas dentro de ti, como lo que mueve la tormenta, es la latente manifestación de la Belleza?






(Arriba: Ukiyo-e de Utagawa Hiroshige)


miércoles, 25 de diciembre de 2019

Del humilde filósofo Chuang Tse al muy inefable President de la Generalitat y a su Corte y sus cohortes celestiales




El gran sueño


Los que están soñando que están comiendo y bebiendo y se despiertan, se echan a llorar. Los que están soñando que están llorando y lamentándose y se despiertan, se van de caza. Cuando soñamos, no sabemos que soñamos. Incluso interpretamos el sentido de lo que soñamos mientras soñamos e ignoramos que estamos soñando hasta que nos despertamos. De igual modo habrá un gran despertar tras el cual sabremos que esto es un gran sueño que soñamos. Los tontos, sin embargo, creen estar despiertos y se dicen a sí mismo que saben.




Texto de Chuang Tse. Estado Song, Antigua China. 369 ac - 286 ac. Tomado de la edición de Alianza Editorial "Chuang Tse, Textos escogidos". España, 2019.

martes, 24 de diciembre de 2019

Redacción infantil al calor del TBO




"Mi padre me acaba de traer el TBO. Esta semana es especial porque está acabando el año. Lo llaman el almanaque. Qué excitado me pongo cuando cae en mis manos. No sé ni por dónde empezarlo.

Hace frío en toda la casa. Solo vivimos tres familias en el edificio, dos arriba y una abajo. La galeria no hay quien la pise en invierno, y en verano el calor pega lo suyo. Aquí en la cocina se está calentito. Es donde hacemos la vida. 

Mi madre prepara la cena de la Nochebuena mientras en la radio ponen canciones de uno que canta no sé qué de unos angelitos negros. También dan villancicos. Mi madre tiene encendida la radio mientras para en casa. Por las noches escucha bajito una emisora con muchas interferencias y ruidos donde hablan desde fuera de España y que al principio ponen una canción que le gusta mucho a ella titulada algo así como Suspiros de España. A veces la voz se va, otras vuelve, mi madre tiene mucha curiosidad por lo que dicen, pero no me quiere explicar de qué se trata. Me hace callar. Yo suelo seguir jugando o leyendo un cuento de aventuras.

El fogón donde se cocina es de esos que llaman bilbaína, y se calienta con piñas y carbón. Para encenderlo mi madre quita primero las arandelas por donde se mete el combustible y con una hoja de periódico prende las piñas. Cosa de la resina que aún conservan; cuando cojo alguna de esas piñas me pringo de esa sustancia pegajosa. Luego las piñas transmiten el fuego al carbón y el calor arreciará. Ver cómo las bolas de carbón se convierten poco a poco en brasas es algo que me gusta mirar, y dan ganas de tocarlas. Eso sí, hay que vigilar de vez en cuando que no falte y que no se apague. Y cuidar el tiro de la chimenea para que el humo salga y no se concentre dentro. La cocina es el alma de la casa. Para hacer las comidas y para refugiarnos. 

Los pucheros y las cazuelas tienen ya sus años y, por lo tanto, sus abolladuras. O algún asa desprendida. En el horno siempre hay uno o dos ladrillos, porque por la noche, envueltos en papel de periódico, se meten en las camas y así uno no tirita. En un vasar hay tazas, unos platos de sopa y otros planos, y en un cajón se recogen los cubiertos. Mi cuchara y tenedor son pequeños, como corresponde a mi edad y al tamaño de mi boca. Mis padres utilizan además un objeto circular para la servilleta, o bien hacen un nudo con ella y así diferenciarlas.

Mi madre ahora está aderezando el besugo, es el plato rey de esta noche. Antes, entre mi padre y mi madre han estado pelando un cardo monumental. Poca gente conoce el cardo en esta ciudad y en el mercado las mujeres le preguntan a mi madre cómo lo prepara. Ella, todo orgullosa, se deleita explicando lo que hay que hacer. Lo sé porque la acompaño algunos días a los puestos de fruta y verdura que hay al aire libre. En estos días fríos las mujeres que venden suelen ponerse un brasero. Se echan encima un chal. Mientras, algunos hombres acarrean desde el mercado de abastos lo que ellas van a vender en sus puestos. Así que la calle se llena de carros, los que se llevan a mano, otros con caballería. De vez en cuando aparece el carro de piñas arrastrado por una mula lenta y vieja o el lechero con el burro y las alforjas de lecheras grandes para ir repartiendo por las casas.

Es un espectáculo ver cómo limpian mis padres ese tronco pesado, separando las hojas duras de fuera, rallando las que se van a aprovechar, para quedarse con el cogollo interior limpio. Se les ponen las manos de un tinte verdoso que les cuesta quitar, pero frotando con arena y estropajo lo consiguen. Luego mi madre ha partido en trozos lo más tierno del cardo porque va a servir para dos comidas. El cardo de primer plato en la cena y otra parte la reserva para la menestra de mañana, que es también fiesta grande, como dice mi padre. La menestra es un plato único, completo, y mi madre prepara una perola enorme porque suele participarla con vecinos. Luego los vecinos, como otros años, la elogiarán y mi madre con esos halagos suma puntos para lo que ella piensa que será ganarse el cielo. Tal vez ahora yo no lo entienda bien, pero de mayor seguro que apreciaré no solo la bondad de mi madre, sino cualquier clase de bondad que tengamos unas personas con otras. 

Así que como la cocina es pequeña va tomando olor a lo que se cuece en los pucheros. Mientras, en el rincón desde el que me siento para las comidas echo nervioso un primer vistazo al TBO y también al Pumby. Mi padre se ha permitido en esta ocasión comprarme dos tebeos. Hay que celebrar las vacaciones con la Familia Ulises, dice. Y encima me regala otro, aunque añade: para que seas buen chico. ¿Qué mas querrá? ¿Pensará alguna vez que no lo soy? Desde aquí veo en la poyata de la ventana que da a la galería una bandeja con el turrón. Mis padres dicen que es el único gasto extra que quieren permitirse. Pero yo creo que es que mi madre es muy golosa y como mujer del Norte más próximo a Francia tiene el sentido del gusto más finolis.

A la familia Ulises no siempre la entiendo, pero mis padres se ríen mucho con los despropósitos del cabeza de familia y la bronca que tiene con los demás, y las ocurrencias y chaladuras de la abuela. Yo prefiero a Morcillón y Babalí, porque el criado negro es más listo que el cazador blanco, que es un tontorrón y le salen mal las cosas. Y también me gustan los grandes inventos del TBO, que son como un laberinto, que nunca consigo saber si funcionan o no, si son de verdad o de mentira, pero eso me da igual porque me entretienen. En este número extra del TBO viene también una página con figuritas de belén para recortar y pegarlas a una cartulina. Luego se doblan por la base y ya está. El año pasado empecé a recortarlas pero me cansé pronto, porque no teníamos pegamento y mi madre preparó un engrudo con harina y era un rollo porque se pegaba mal.

Han llamado a la puerta. Seguro que son los vecinos de al lado. Nos llevamos bien entre familias. No sé por qué me da que la señora María ha hecho mantecados y rosquillas ricas y trae un plato para nosotros. Sí, es ella. El olorcillo de las pastas me abre el apetito".



(Aquí se corta la redacción infantil. Ocupaba cinco hojas, escritas a mano por las dos caras, de un cuaderno cuadriculado. Estaban metidas en el libro Miguel Strogoff, editado por Ramón Sopena, que adquirí en una librería de lance)


sábado, 21 de diciembre de 2019

Naida. El hombre abstraído




No quieras ver en la bola de cristal el otro lado del tiempo. Ni mucho menos trates de medir espacios que están constantemente en movimiento. Tampoco escudriñes en su fondo de algas verdosas el alimento que no ha sido dispuesto para ti. Ni recurras a fijar las fractales imágenes que se multiplican dentro de tu cuerpo. Pretender asegurar los rostros que han ido pasando delante de tu mirada sería un esfuerzo vano. Todos han cambiado y algunos han desaparecido. Retener las sensaciones gratas que te proporcionaron otros individuos será un vago recuerdo. Suspirar por paisajes inexistentes que conociste resultaría melancólico, luego fatal. A veces te preguntas: ¿he aprendido algo, poco o mucho? Has aprendido lo que has aprendido, lo imprescindible, no importa si ha sido tarde, pues siempre les queda a los humanos mucho por aprender. Estima, pues, tu bagaje que, al final, se perderá como el de todos en un viaje sin vuelta. Mantén la mirada detenida, absorta. Como si obrara cual hechizo sobre ti. Siéntete libre en esa contemplación ausente. Nadie te hipnotiza. Nadie te reclama. Nadie te impone. De los seductores quedarás libre. De los exigentes irás a su contra. De los autoritarios emprenderás la fuga. La esfera parece tener límites, solo porque cabe en tu mano. Pero en cuanto la sueltes su contorno quedará difuminado. Si crece tu mano la esfera crecerá. Si se encoge se adaptará a tu calor y no lo perderá aunque la prives de tu sujeción. Ella, cambiante entre tus dedos, es la representación del universo. Sin forma inmanente, vórtice en expansión, tránsfuga en vibración. Mientras la palpas sientes el vínculo con el todo. También tu dependencia del todo caprichoso. La bola solo es una luz que te recuerda que pasas y que dejarás de hacerlo. Pasar es dar pasos, en esencia no significa otra cosa. La vida solo habrá sido una sucesión dispar de pasos: no  habrá importado si subías o bajabas, si adelantabas o retrocedías, si aumentabas el ritmo o lo retrasabas, si alcanzabas algo o si te quedabas carente por el camino. Incluso cuando hayas creído permanecer quieto habrás sentido los pasos interiores. O acaso entonces es cuando más los percibías. Como pisadas sobre la tarima de tu imaginación inquieta, como huellas sobre la arena frágil de tus pensamientos activos y reactivos, como espuma irrepetible que surcaba por un instante tu orilla de deseos. Pasos ruidosos que se alejaban, pasos que prudentes se aproximaban con calor, pasos azarados en pro de metas improbables, pasos que eran como tus pasos. Hubo un tiempo y ya no. Disolución. Abstracción.

(Eso escribe el extranjero en su soledad de días y de amantes. La noche es gélida. Lo accidental es nieve. Una farola fundida divide la calle en dos, como su vida)



miércoles, 18 de diciembre de 2019

Naida y Emina pasean por Tuzla




Qué apacible y entrañable paseo el que dan Naida y Emina por las sendas de Slana Banja. La fronda del parque se abre a su paso. Nosotras no estamos aquí para hablar de las guerras pasadas, ¿verdad?, dice Emina. Somos supervivientes de ellas y también hemos sobrevivido a los estragos del amor. ¿No es suficiente triunfo? Nos persigue el pasado, pero, ¿a quién no? Nos encontramos en un presente que tampoco para, y buscamos que nos llene de sentido. Mira esta ciudad, Naida. No es muy diferente a la nuestra. Tiene también sus muertos, cunden los monumentos que recuerdan viejos combates, se despliegan memoriales de víctimas, nos abruman con la evocación de los héroes. Todo eso, ¿condiciona la vida? ¿O más bien cierra una etapa? Porque las heridas las lleva cada cual, son intransferibles. Las pérdidas no se comparten. Lo que queda, sí. El extranjero suele decir que de atrás todo está perdido. Que del pasado no se sabe si hay algo que sirva, y que lo útil, aprender de los errores, no suele ser suficiente enseñanza. Las coyunturas son tan variables. Así que ni altares ni cantos a personajes desaparecidos. Tú y yo podemos huir de todo ello. Quien más o quien menos, sobre todo los más jóvenes, ya lo hacen. Naida mira entregada a Emina. Hay un silencio. El rumor de los árboles suple a las palabras. La luz colorea los cabellos de ambas mujeres. La brisa fría hace palidecer sus rostros. De pronto Emina dice: Tienes a tu hombre abandonado. Y Naida: Y tú al tuyo. Ambas ríen. Se envuelven en una picardía compartida. Es curioso, dice Naida. Siendo el mismo hombre es en realidad dos hombres. Un hombre no es un ser inmóvil, como tampoco lo es una mujer. Ser es siempre adaptarse a una circunstancia. Improvisar en una situación o adecuarse a otras personas. Cada individuo se hace o se descompone en función del otro, de lo otro. Cuánto te gusta jugar con las palabras, replica Emina. Tú las desentrañas, las creas para el momento preciso. Esculpes con ellas y de inmediato las palabras desaparecen. Solo se sabe si dejan marcas en quien te escucha, y si este lo manifiesta. Yo, en cambio, vivo la atroz pesadilla de las formas en la piedra. Si recogen las ideas que me vienen de pronto o las que quiero madurar. Un día me levanto y no sé avanzar. Otros día modifico todo lo anterior o me invento una dirección nueva en el volumen de la piedra. Ahora mismo dudo en terminar la escultura al poeta de mi pasado, al amor disuelto. Si termino la obra para mí será el olvido definitivo de Edin, aunque la ciudad lo sienta renacido. Algo inútil, porque el recuerdo no revive a nadie. Pero si intento acabar la escultura faltaré a la verdad, es decir, traicionaré mis sentimientos prácticos del presente, que pasan por el olvido. ¿No crees, Naida, que a los muertos hay que olvidarlos para no obsesionarnos y poder seguir viviendo? Un día fuimos privados de los vivos con los que crecimos, eso está ahí. No podemos ahora perder la perspectiva de la vida junto a los que viven. Naida observa el brillo en los ojos de Emina. Se deja llevar con ternura hacia la mujer que lucha consigo misma. Venir a Tuzla, prosigue Emina, es como tomar carrera en el trampolín para luego lanzarnos con más claridad al retorno cotidiano. Pero, después de estos días juntas, ¿vamos a ser las mismas en Sarajevo? Naida hace un mohín escéptico. Las vivencias con frecuencia corretean y no se sabe dónde se posarán después, responde. Como las cornejas que nos acompañan junto al Miljacka, son las intenciones las que definirán lo que hagamos.




(Fotografía de Inés González)

domingo, 15 de diciembre de 2019

Naida. De aquellos los expulsados




El extranjero iba absorto mientras merodeaba por aquel barrio del que le había hablado el buen Petar. La historia depara análogas experiencias a la humanidad, no importa el tiempo ni el lugar. ¿La historia o la vida? Se corregía a sí mismo, buscando la argumentación más lógica. Pero qué importa eso cuando el viajero se empapa de paisajes desconocidos. Miró la altura y recordó que desde allá arriba los francotiradores hacían la vida imposible a los sitiados, según le habían contado. Por qué vinculó un padecimiento reciente con otro antiguo, aunque de diferentes características, se lo explicó a sí mismo como una asociación de ideas desordenada. O acaso por la proximidad del viejo cementerio judío, donde yacían descendientes de los que fueron hace varios siglos expulsados de su propio país y acabaron en Sarajevo. Sintió con intensidad que los de aquella otra cultura le reclamaban. Sus pensamientos se alteraban a medida que caminaba entre tumbas maltrechas. Nadie está seguro en ninguna parte, pero como ocurre siempre, unos menos seguros que otros, concluyó con tristeza. Pero era emoción lo que percibía al penetrar en un territorio universal, el de los muertos. Los muertos pertenecen a la misma cultura, pensó. La de la nada. Da igual de qué país o religión o ideas hayan sido, lo cierto es que las tumbas los representan por lo que fueron, no por lo que no son ni volverán a ser. Se rió de su perogrullada. El hombre muchas veces pensaba de esa manera en apariencia contradictoria, pero era su estilo o, mejor, su método. Se provocaba a pie de cada nueva visión. Ya tendré tiempo luego de poner en orden lo que veo y cuanto me dice mi mirada. Al leer las lápidas en una lengua que prácticamente era la misma de aquel otro país de procedencia hace quinientos años el hombre se admiró pero también se hundió en un pálpito. ¿Cuántos como aquellos se habrán visto obligados a exiliarse desde su propia tierra en los últimos siglos? Se estremeció al recordar lo que había estudiado y lo comparaba con lo que seguía sucediendo todavía en tantos sitios. Minorías étnicas o culturales condenadas a irse a la fuerza de su mundo habitual, salvo que renegaran cediendo así ante la religiosidad triunfante. Minorías perseguidas hasta la muerte sin opción alguna, por mor de ideologías totalitarias. Minorías sentenciadas a la miseria por guerras y conquistas entre poderes hegemónicos y otros que pretenden serlo. Eran pensamientos viscerales, rápidos, cargados de pena y de espanto. Preñados de una bondadosa identificación con cualquier miembro del género humano que hubiera padecido. A todos nos puede pasar, concluía. A todos nos pueden despojar de lo poco que poseemos. ¿Nos quitarán también a nosotros el suelo bajo los pies, como a otros se lo han quitado?, se preguntaba azorado mientras contemplaba las tumbas ajadas de aquellos descendientes de los expulsados. Y sin embargo, pensó, qué torpes los ejecutores de la persecución. No pudieron quitarles el idioma común. Y qué hermosa gratitud la de los desterrados, conservando durante tantos años el mismo habla.

El hombre solitario leyó con cariño y lentitud los nombres y los epitafios de las lápidas. Miró las fotografías. Calculó los años de vida que habían tenido. Se aproximó hasta las tumbas más antiguas; piedras hincadas, caídas, heridas por el olvido. Se sentó a contemplar como un empedernido paseante romántico la lluvia exuberante y protectora de los sauces llorones. Evocó a aquellos muertos más fieles con su pasado y su lengua. Ellos sí podrían decir con derecho y convicción, pensó, y no como los poetastros vacuos o los políticos oportunistas: nuestra lengua es nuestra patria. 






(Fotografía de Inés González)

viernes, 13 de diciembre de 2019

Naida. El viejo Petar Smajkic se acuerda del poeta





Cuánto le podría haber contado de Gorik al extranjero, le da en pensar al viejo Petar mientras sube hacia Kovacici, bordeando el viejo cementerio judío. Pero no ha insistido, otro día será. Sin embargo, a mí me ha incitado a recordar. Hago este camino de vuelta a casa trayendo a los muertos y evitando a los vivos, y eso duele. Hay gente en esta ciudad que cree que el poeta, por el mero hecho de serlo, es un ser puro. Alguien que canta verdades. Que Gorik lo era por lo tanto. Tal vez el extranjero piense lo mismo a través de lo que le haya contado Emina. Que le habrá contado lo que le haya parecido. La pureza, si existe, debe ser cosa de ángeles, porque Gorik tenía sus debilidades y, probablemente, sus maldades ocultas. Incluso conviviendo con Emina era un hombre atormentado. No he nacido para soportar ni a estas gentes ni a esta tierra, me decía algunas tardes que nos daban las tantas en la taberna. En ocasiones se sentía desesperanzado. No sé cómo me aguanta Emina. Eso decía Gorik. Los poemas que me leía no eran precisamente de confianza y cariño respecto a los humanos. Tan pesimistas, revelaban  las tinieblas íntimas del hombre. Pero tenían esa llama de verdad de quien expresa lo que siente, sin tapujos. Tenía derecho a escribir sobre su dolor y sus dudas. Es probable que debido a eso mucha gente no le considerase. No temía lo que opinaran los demás. Los radicales de entre los nuestros le reclamaban que escribiera más poesía a los valores del pueblo. Como si todavía estuviéramos en otros tiempos. Gorik respondía que había muchos pueblos y que además él no era de ninguno. Fue el sufrimiento causado por el asedio abyecto lo que le hizo escribir algo de la circunstancia. Hasta que llegó la tragedia. Los mal pensados llegaron a decir que se había expuesto a propósito. Que se lo dio hecho al francotirador. Los más religiosos difundieron que Gorik era un descreído que no valoraba la vida, y que de ahí el riesgo y, por lo tanto, el castigo. ¡Como si el valor y el mérito de vivir dependieran de una fe! Gorik tenía aprecio por la vida y Emina le insufló motivos. Pero él tampoco quería que el amor fuera una religión. Cuántas veces me decía: Petar, ni por la política ni por los dioses ni por la riqueza ni por la historia debemos tener fe. ¿Y por el amor?, le decía yo. Él respondía: el amor al menos se toca. Hiere o cura mientras está, aunque se pierda. Pero es otra cosa. Como sucede con el Arte. Además la fe es una imagen abstracta que siempre nos acaba traicionando, después de manipularnos cuanto quieren los que viven de sus negocios. A mí no me parecía ni insultante ni equivocado lo que decía, pero procuraba no seguirle demasiado la corriente para evitar que cayera en un desaliento total.

Durante el asedio de la ciudad Goric se creció algo más. Es sorprendente cómo hay gente que en circunstancias adversas, extremas incluso, se siente más fuerte. No tenía miedo a nada. Salvo a su propia fragilidad. Para él ser frágil era no acertar con las palabras, no traducir en un poema sus latidos de amor y muerte, tan cercanos, tan a disposición de cualquiera. No por ello dejaba de hablar conmigo. Cuántos grappas no nos habremos metido en el cuerpo. Escaseaba la bebida pero él sabía encontrarla. Un día le pregunté cómo se hacía con ella. Me pidió que guardara secreto. Me lo pasa un serbio de aquí. No lo digas, no porque me dé miedo que se sepa que me la proporciona un enemigo, sino porque no quiero que se corte el suministro. Eso me dijo y reímos como tontos. Tontos y desolados. Un día llega y me dice: he leído algo del poeta de verdad -él no se tildaba nunca ni de poeta ni de portador de verdades- de Sarajevo. Se trataba de un poeta que perdió a casi todas su familia a lo largo del asedio, unos por enfermedad no atendida, otros por miseria y otros por disparos. En un poema escribe que en nuestra ciudad es más difícil encontrar un vaso de grappa que encontrar la muerte. Cuando me lo contó nos quedamos ambos con el vaso en el aire. Que el brindis se congeló ante una verdad irónica, terrible. ¿Por quién podíamos brindar sino por nuestro egoísmo que nos permitiera sobrevivir?

Pobre Gorik, estos recuerdos se los tengo que trasladar al amigo viajero. Que él sepa también. Que pregunte a Emina si tiene curiosidad por ahondar en la personalidad del poeta. Así podrá conocer más a la escultora. Los viejos ya no pensamos. Solo recordamos. 




(Fotografía de Inés González)

jueves, 12 de diciembre de 2019

Una de Historia: Si Anselmo Lorenzo y los trabajadores de su tiempo levantaran la cabeza...




Anselmo Lorenzo (Toledo,1841-Barcelona,1914) fue un importante teórico ácrata español, participó en la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores e incluso asistió a las reuniones de la Primera Internacional. Sus ideas, discutibles y discutidas en su momento, entre otros por el mismo Karl Marx, estaban muy claras respecto a los nacionalismos periféricos de su época, que han llegado crecidos y desmesurados hasta nuestros días. En el ejemplar del periódico La huelga general, editado en Barcelona en noviembre de 1901, escribía: 


"...Al seguir a catalanistas y bizkaytarras, los trabajadores que tal hiciesen por lo pronto sólo conseguirían desvirtuar con los hechos aquella gran verdad tiempo ha reconocida: 'La emancipación de los trabajadores no es un problema local (ni regional añado yo) ni nacional', y se harían enemigos de los trabajadores de otras regiones, incluso los de Madrid, donde también hay obreros, aunque otra cosa quieran hacer creer los catalanistas y bizkaytarras que llevan un madrileño montado en la nariz. 

Semejante enemistad, por lo absurda y por lo inconveniente, salta a la vista; se necesita ser burgués incurable o loco de atar para sostenerla y fomentarla, y es dudoso que haya ni en Cataluña ni en las Provincias Vascas un trabajador con dos dedos de frente que la patrocine. 

Todo eso aparte de esta consideración que dejo para final: yo no sé cómo anda la administración municipal y provincial en Vizcaya, pero sí diré que en Barcelona no se echa de menos a los madrileños para administrar a la diabla. Catalanes, y bien catalanes, más o menos catalanistas, son los que en el Municipio y la Diputación han manejado el tinglado hasta ahora, y para juzgar de su moralidad no hay más que dar un vistazo a la prensa barcelonesa, y se verá a cada paso un gazapo. De donde se saca la consecuencia que si nuestros gobernantes fueran de los que saben decir setze jutges menjan fetge, igual pelo nos luciría, porque los que estamos dedicados a ser vasallos, súbditos o ciudadanos en lo que existe o en lo que catalanistas y bizkaytarras tratan de implantar, siempre nos ha de tocar roer el hueso de la explotación. 

He aquí por qué lo mejor que los trabajadores catalanes y vascos pueden hacer es ir directamente a la huelga general, a la revolución social, y dejar que catalanistas y bizkaytarras saquen las castañas del fuego con sus propias manos."


¿Qué diría hoy el bueno de Anselmo Lorenzo si contemplase cuanto acontece en el ruedo ibérico? ¿Qué diatribas no sería capaz de escribir al ver cómo buena parte de los sectores de trabajadores catalanes se han dejado seducir por causas ajenas? El voto en las últimas elecciones generales a la extrema derecha -aportado sobre todo por gente común y corriente, o popular, digamos-  a causa, en gran parte, del vértigo independentista, ¿no expone un cierto tipo de enfrentamiento más o menos latente y manifiesto entre trabajadores y dentro de la sociedad española en general? Y el panorama que Lorenzo dibuja de los gazapos de Barcelona, ¿acaso es un panorama hoy desaparecido del todo? Una de Historia. O cómo un teórico libertario de hace más de cien años aún nos hace pensar, siquiera un poquito. O, mejor dicho, cuestionar.




lunes, 9 de diciembre de 2019

Los réprobos de Signorelli




"Yo había viajado de la Toscana hasta la Umbría para ponerme en contacto con algunos maestros de la impresión que llevaban años trabajando en Orvieto y necesitaban conocer técnicas nuevas. Eran tiempos fecundos para editar libros diferentes, algunos de ellos convulsionaban el pensamiento tradicional y no digamos la doctrina religiosa. Orvieto tiene una suntuosa catedral, que emerge en medio del caserío abigarrado. Allí conocí a Luca el pintor, que también había hecho un recorrido análogo, en su caso desde Siena. Llevaba avanzada su magna representación de los infiernos en una capilla del Duomo. Me confesó: desde el primer momento tenía claro que debía de pintar también una apoteosis de réprobos y no solo de los salvados. Así que pensé que si los de arriba querían carnaza la tendrían. ¿Puede haber una apoteosis de los condenados?, le pregunté. Y él muy ufano respondió: naturalmente, el triunfo de los demonios es inequívoco, al menos -y aquí bajó la voz- para estos que están tan interesados en condenar a los pobres humanos más allá de sus desdichas en la tierra. Y señaló a una delegación papal que, junto a las autoridades episcopales de la ciudad, contemplaban los frescos. Les debe estar gustando mucho, le dije a Luca Signorelli haciendo gesto con la cabeza en dirección al grupo visitante. No se separan del conjunto. Observan no solo la agrupación de ángeles caídos y pecadores condenados, sino cada detalle corporal de ellos. Luca, al que muchos le llamaban simplemente Luca de Cortona por haber nacido en esta ciudad no lejana de Arezzo, tuvo que controlar su risa. Luego, guiñándome un ojo, me dijo: obsérvalos, mira cómo señalan las musculaturas masculinas y cómo se quedan absortos en las poses de las mujeres que son poseídas por los demonios. Me sorprendí de su comentario, se lo hice saber. Pero las mujeres están sujetas para que queden precipitadas por toda la eternidad en lo más hondo del sufrimiento, ¿no? Aunque también los hombres llevan el mismo camino. Sí, pero a los mecenas, me reveló Luca, les gusta que lascivia y castigo se asocien no solo en el otro mundo, sino en el catre de cada mortal. Debe ser que eso les provoca, no sé, una especie de satisfacción sensitiva, un placer que no debe ser solo doctrinal. Fui yo entonces quien tuve que hacer el gran esfuerzo de controlar la carcajada. 

El grupo de autoridades se fue acercando hacia nosotros. Sus comentarios oscilaban entre precisión y vaguedad. Ese amontonamiento es la viva imagen del caos que debe reinar en los infiernos, decía un purpurado. La robustez de los cuerpos personifica que de nada les sirvió tenerlos así en vida, dijo un acompañante. Está bien que se trate a la mujer pecadora como un ser que ha desperdiciado su misión exclusiva de criar a sus hijos o de ser fieles al esposo, decía arrobado por las imágenes otro más. Y el que iba el último, que me pareció el más inteligente: me gusta el movimiento de la escena. Aunque luego añadió: todos los cuerpos ejecutan la punición con detalle y los condenados, con sus gestos de terror,   iluminan a la perfección lo que les espera a los creyentes que falten a su fe.  Yo consideré que sobraba allí, pues sin duda querían entrevistarse con el de Cortona para ponerle objeciones o darle el visto bueno. Cuando salí a la calle tuve que hacer varios ejercicios de respiración para desalojar la risa interior. Había quedado para comer con los impresores jóvenes que me había llamado y no quería llegar tarde" 


(De las inéditas y acaso improbables "Memorias de un impresor", de Nerva Bisenzio di Prato)