*Fotografía de René Groebli.
*Fotografía de René Groebli.
No es necesario que me lo recuerdes. Estoy destinada también al olvido, no solo a la desaparición. ¿Por qué dices desaparición en lugar de muerte? Por miedo a pronunciar la palabra fatídica. Pero decir muerte no implica muerte, solo es un término muy vulgar, al que no hay que temer ni en la conjugación de su verbo ni en la aceptación de un hecho. Lo sé. En realidad lo que me aflige de verdad es saber que cuando tú no estés yo no podré ser tampoco de nadie más. ¿Tanto te has acostumbrado a mí? Tanto me he hecho a ti, sí. Quieres decir que me ves como un objeto tuyo, del mismo modo que yo tengo mis propios objetos, incluyendo a los sujetos que me rodean que uno los convierte a lo largo de la vida en cosa cuando no en propiedad. No suena bien lo de cosa, tú sabrás, pero reconozco que eres mi objeto favorito, es evidente. Y en ese sentido te tomo o te dejo a mi libre capricho, ya te habrás dado cuenta. Lo que quieres decir es que no me has sido fiel sino cuando te ha apetecido, pero no me siento afectado porque ¿qué es la fidelidad sino un pacto circunstancial, un acuerdo que funciona mientras uno se significa a otro, una aceptación que se convierte en hastío? Cada cual lo verá como le plazca, pero míralo desde otro ángulo: que siempre he retornado a ti. No lo niego, la vuelta a un yo que tampoco he sido el mismo siempre. ¿Ves? Todos nos movemos, dudamos, elegimos o acabamos cediendo a la torpe normalidad. Porque nos da seguridad, ¿no crees? En mi caso no percibo sensaciones ni me asaltan pensamientos que no tengas tú, porque ¿creías acaso que las sombras éramos algo diferente a los hombres? No he pensado nunca eso, y ahora entiendo mejor tus cuitas respecto a tu destino. Ya, pues te diré que hay sombras que me dicen que hay otro mundo de sombras, de la ultra vida, que nos permite no desaparecer del todo. Servirá de poco, y ser sombra de otras sombras, aparte de una fantasía, tiene que ser de difícil aprehensión; al fin y al cabo sin la materia llamada cuerpo humano, con todas sus facetas y despliegues, no sabríais vivir. No creo eso que otras me cuentan, y menos cuando me hablan de que se trata de un lugar donde contarnos nuestras vivencias y gozar de la narración como si hubiera sido lo salvable de la vida. Para mí la narración es lo salvable de la vida, mientras se da esta, naturalmente, pero no en un mundo inexistente. Pienso igual que tú y lo que me parece más absurdo es que digan que si no estamos a gusto entre nosotras siempre podremos recurrir al señor de las sombras para ser armonizadas. Vaya remate tan ridículo se traen tus conocidas, quieren parecerse a algunos humanos con sus supercherías. De todos modos, ¿por qué tanto temor a que todos seamos algún día pasto del olvido? Al fin y al cabo, ¿que hemos sido para que nos merezcamos ser recordados?
*Fotografía de René Groebli.
Lento es el andar de la sombra por un contorno. La espaciosa superficie por la que pretende deslizarse no tiene obstáculos. Nada flota y nada es gravoso sobre la llanura de los cuerpos apacibles. Los músculos se han apaciguado. Las vértebras apenas se insinúan. Más allá debe haber un cuerpo aún no nacido. Más allá una verdad no revelada. La sombra es contemplativa. Ni siquiera se atreve a rozar los relajados poros de la piel. Teme la sombra la cercanía porque recela de ser engullida por la luz. La sombra se abstrae e incluso abandona su actividad. Hay demasiada claridad para que yo oculte esa senda creciente, se dice a sí misma. Es demasiado tersa su figura para que mi manto arroje opacidad sobre ella, piensa. Mi combate con la luz se bate en retirada cuando sé que se trata de un cuerpo transparente. Una encubierta sustancia rompe entonces la quietud y reproduce el color de las sensaciones. Porque estas refulgen cuando brota un movimiento del cuerpo. Me detengo a sus puertas. Solo contemplo y envidio. No quiero intervenir, no deseo absorber la fotosíntesis de la floresta que le da tanta vida. Entre su ramaje cuántas especies no harán su hogar. En sus reflejos irisados qué imágenes no tratarán de renacer. En la amortiguada musculatura, casi imperceptible, cuántos senderos no se estarán bifurcando. La largura de su indolente despertar trae sonidos selváticos y el rocío empapa con su aroma los pasos de mi umbrosa presencia. Pero yo permanezco silente, agazapada, porque no me puedo imponer a aquel destello que me ciega y me anula.
*Fotografía de René Groebli
Cuántas veces se viste de modernidad y cuántas otras se divierte ofreciendo su desnudez. En estos diálogos sordos, aunque a veces estruendosos, se lo he dicho. El argumento me lo ha devuelto. Suele tener una actitud de desquite cuando habla a la contra. A ti también te pasa y tengo que aceptarte, ha dicho claramente. No siempre vistes para mi gusto y tampoco siempre te desnudas cuando yo quisiera. ¿Qué nos impide ponernos de acuerdo? Tal vez que nuestras vidas son disonantes, digo, si bien sospecho que como las de todo el mundo. Pero, ¿no son precisamente nuestras discordancias las que nos atraen mutuamente? El problema es que cuando pesan más las atracciones que nos asemejan no asumimos los rechazos que llevan implícitas. Los ignoramos. Cualquier manifestación mínima de repulsión, siquiera instantánea y pasajera, la consideramos una mota de polvo, una incidencia. Los roces nos parecen meros desajustes que se limarán con el conocimiento mutuo y seguimos avanzando, ávidos de nuestros deseos pero inconscientes de nuestro propio conocimiento personal. Ella calla desde la opacidad de su resistencia. Luego dice: progresamos, aunque el verbo progresar suele ser dudoso, a base de mantener una lucha interior complicada y dañina, ¿no crees? Solo hay avance verdadero si se desbroza dentro de nosotros o si se sabe ocupar el desierto en que nos sentimos huérfanos y aislados. De todo hay dentro de un individuo. Demasiada espesura que nos oculta lo que hay más allá, excesiva hojarasca, a veces hasta basureros enteros no sé si orgánicos o inorgánicos. Pero también demasiada extensión vacía que no hemos sabido poblar con lo que merece la pena. ¿Dónde el equilibrio?, preguntarás por lo tanto. Siento reseca la garganta, es lo que tienen los amaneceres. Supongo que hay un ejercicio de equilibristas, sí, la replico. Inestable, engañoso, continuamente al borde de una caída. Y sin embargo, la insisto, siempre he visto en la caída la posibilidad de retomar no solo el impulso momentáneo que me eleve sino abrir otra etapa donde sentirme más firme. Y volverá a repetirse una y mil veces la situación, no te engañes, dice. Es la constante vital, como dirían los gurús de eso que llaman alma. Por derivar el tema a algo menos riguroso la pregunto: ¿cómo quieres que me vista hoy? Mi sombra dibuja una oscura sonrisa. Preferiría sentirte desnudo, responde. Solo en ese estado sabremos llegar más el uno al otro.
*Fotografía de René Groebli.
No he sentido nunca otro cuerpo como he sentido el tuyo. Se lo dijo a bocarrajo. Cuando menos se lo esperaba él, en un intento de desarmar su pasividad, de cuestionar su indolencia, de frenar su entrega a la decrepitud. El hombre hizo una mueca de duda. ¿Lo dices porque me percibes ahora más débil? Ella no se aguantó. Lo digo porque creo que nunca te he fallado, dijo con aplomo. Han pasado más cuerpos que el mío por el tuyo, le replicó el otro. Pero ninguno se quedó y tú seguiste y yo permanecí. El hombre se revuelve. ¿Qué viste en los otros que no te diera yo si también te lo daba todo? No preguntes qué viste, dice ella exigente, sino qué sentí, qué lozanía me aportaban, qué ideales me sugerían, qué llamas sabían encender para que yo prendiera y no me agotara, qué deslumbramientos sostenían mi esperanza de que nada transcurriera definitivamente. Yo también aporté todo eso, dice él con tono apocado. Tu cuerpo era el mío. Le sorprende una reacción enérgica, implacable. Todos los cuerpos pasan siempre por uno mismo, ¿no te das cuenta o estás ciego? Cada hombre que fuiste, cada edad en la que me acompañaste, cada ternura con la que me envolviste, cada situación crítica de la que me hiciste cómplice, cada desdén ocasional también, dibujan a través del tiempo de la memoria un cuerpo único todavía, al que ya no sé alcanzar y me cuesta reconocer. Sigues siendo el cuerpo que necesito pero tú no sabes llegar a mí con la seducción de cada una de aquellas edades en las que me acogiste. La vida no es una fotografía fija. El hombre ha agachado la cabeza. La sombra ha callado.
*Forografía de René Groebli.
Comentario: ¿Quién dijo que Kafka era sinuoso y oscuro? Apliquémonos el cuento.
* Max Klinger. Opus III.
Quien diga que no se aprende de la sombra, miente. O simplemente no lo percibe porque no la escucha. Ella es hermana y maestra de la vida. Lo que no captamos ella lo coge al vuelo. Lo que no comprendemos, lo procesa. Lo que consideramos válido y hacemos axioma de nuestro limitado conocimiento, se encarga de ponerlo patas arriba para que lo consideremos de nuevo. Cuanta información recóndita revolotee en nuestra cercanía la sombra lo cataliza para que aprendamos. Cuanto instinto siniestro azuce en nosotros ella sugiere el antídoto. Nos adscribamos o bien rechacemos los mensajes que nos llegan ella nos permite la elección. Por supuesto el camino, equivocado o acertado, lo elegimos, tantas veces intuitivamente, nosotros. Tal vez casi siempre sea así por más información que creamos tener sobre lo que nos acontece y las opciones que se nos brindan. El acierto puede desvanecerse porque a un paso sigue otro paso y el anterior acaso ya no sirve. El error no tiene por qué durar más que el tiempo en que nos haya producido el descalabro. En ese sentido, nuestra sombra, ¿podría definirse, por lo tanto, demoníaca o angélica? Yo prefiero huir de calificaciones tradicionales y tratar de comprenderla porque lleva implícito entender mi propia personalidad. La veo como ese mundo paralelo en el que nos movemos, con inconsciencia gran parte de las veces, y que nos invita siempre a medir cada acto y a valorar cada incitación. Ni la claridad ni la penumbra nos envuelven siempre. Ni el saber nos está garantizado de manera definitiva ni la decisión queda asegurada como verdad. ¿No es en ese juego de tensión donde vamos a aprender a conocer y sobre todo a decidir? Escucho a mi sombra: no te sientas hundido cuando se acumulan desdichas; no te creas salvado cuando coincida la suerte favorable.
*Imagen de una página de cuaderno de dibujo escolar de infancia lejana.
¡Oíd, humanos!
¡Oíd, humanos, sentados en la orilla, riendo alborozados!
Alguien en el agua está perdiendo la vida,
alguien incesantemente bracea
en este iracundo y oscuro y pesado mar que conocéis.
Mientras embriagados estáis
con el deseo de someter al contrario,
mientras en vano imagináis
haber tendido una mano al desvalido
para amasar fortaleza,
mientras apretáis la correa
alrededor de vuestras cinturas,
¿cuándo os puedo yo hablar?
¡Alguien dentro del agua en vano está siendo sacrificado!
Oíd, humanos, reclinados gozosamente en la orilla,
pan en el mantel, ropa sobre vuestros cuerpos;
alguien desde el agua os llama.
Con sus manos cansadas golpea el pesado oleaje;
abierta la boca, con los ojos arrasados de pánico
ha visto vuestras sombras desde la lejanía,
traga agua del profundo azul cobalto y a cada momento su angustia crece.
Saca de las aguas
a veces la cabeza, a veces un pie.
¡Oíd, humanos!
Sus ojos desde la distancia aún atisban este mundo envejecido,
grita y confía en el auxilio.
¡Oíd, humanos, en contemplación sobre la plácida orilla!
Las olas golpean la orilla silenciosa,
rompen como un borracho que inconsciente se desploma,
rugiendo retroceden; y de nuevo este clamor llega desde la lejanía:
“¡Oíd, humanos!”,
y el rumor del viento resuena cada vez más descorazonado,
y su voz, en el rumor del viento, más se desvanece.
Entre las aguas distantes y cercanas
siguen resonando estas voces:
“¡Oíd, humanos!…”.
Nima Yushij. Poema ¡Oíd, humanos! 27 azar 1320 HS / 11 diciembre 1941
No he logrado saber nunca qué hace mi sombra mientras duermo. Me ponga boca arriba o fetal de cualquier lado ignoro dónde se habrá ido. No la oigo, ni la siento, ni parece revolotear por el cuarto. Ni una exhalación, ni un roce. Nada. Una vez me dio una pista. Aborrezco tus sueños, dijo. Pero entonces no le di importancia. Ahora pienso que probablemente desaparece por celos. Puede soportar los avatares y caprichos de mi conciencia. Incluso entrar en colisión con ellos. Tiene fuelle para casi todo. Pero acaso no tiene mucho que hacer con el mundo onírico en que mi conciencia no juega otro papel que el de espectadora retrospectiva al despertarme. Mi conciencia mientras sueño también se ha fugado. ¿Andarán conciencia y sombra a la búsqueda la una de la otra en ese tiempo de ausencia? Dicen que en esa fuga es cuando los individuos nos recuperamos del desgaste neuronal. Que al día siguiente uno se encuentre inestable e incluso confuso al resucitar del sueño es pasajero, hasta que la turbulencia cesa en su eco y la mente se asienta. Me he sentido tan embaucado o, mejor dicho, tan secuestrado y maniatado durante esas horas por infinidad de situaciones y personas que llegan no solo de la lejanía sino incluso de la muerte, que me cuesta al principio ordenar la conciencia. Entonces sí, cuando logro el equilibrio mínimo la sombra regresa conmigo, sin dar explicaciones de su huida, y se embrolla como es habitual en alguna de sus zarabandas oscuras. Deduzco, por lo tanto, que los sueños son una competencia excesiva para mi sombra. Obviamente, de alguna manera, los sueños se constituyen como una especie de otra sombra para mí mismo. ¿O serán los sueños el verdadero mundo de las sombras? Como pertenecen en todo caso a otro ámbito donde yo no cuento sino como soporte pasivo, no los considero. Porque ¿podría mantener con mis sueños un diálogo, de modo más o menos inteligible, como lo sostengo con mi sombra?
Mientras tanto, mientras Blogger no nos permite navegar en toda su amplitud -comentando en otros blogs- me embarco en otra navegación más graciosa. Un invento del British Museum que juega con el tapiz de Bayeux, prestado para casi un año por Francia para su exhibición -y recaudación de fondos- del museo del reino de Su Graciosa Majestad.
Si os mareáis, aguantad. Nada de naufragar. La batalla de Hastings os espera. O cualquier otra que sirva para entreteneros.
Enlazo una información para quien no conozca el tapiz:
https://theconversation.com/volver-a-1066-el-tapiz-de-bayeux-llega-al-british-museum-289658
Impertinente pero no ciega. ¿Piensas vivir muchos años más?, me pregunta. En la opacidad de su rostro se adivina un rictus sardónico. Sabe que es una cuestión que suele perseguirnos al común de los mortales a medida que la cifra se nos va engrosando. La medida del tiempo. Si lo que quieres saber es si pienso en el futuro, le digo, te respondo que el futuro se me nubla cada día más. Antes el futuro era prever. Hoy se ha convertido en prevenir. Antes era lo que nos movía en cada acto del presente. Ahora es lo que nos paraliza, aunque por inercia sigamos ciertos movimientos. En otra época lo veíamos como proyección. En estos momentos nos conformamos con asegurarnos que no estamos peor de lo que podríamos estar. Te escabulles de mi pregunta, dice la insolente. Con ilusiones reducidas o con esperanzas escasas, la inercia ha encontrado matrimonio con tu bagaje, y te mantiene. La sombra aborta un conato de risa, porque aunque incordia me quiere paciente. Faltaría más, salto. ¿Para qué voy a negar que en parte me nutro de la recreación del tiempo de atrás? ¿Te parece poco dedicar una porción de las horas a interpretar lo vivido? Pero eso, ¿de qué te sirve?, replica ya zahiriendo. Me sirve, digo. Veo el valor de las cosas de otra manera que no pude ver entonces. Entiendo mejor los conceptos básicos que ahora adquieren dimensión honda. El buen y el mal obrar, por ejemplo. El esfuerzo o la indolencia. La generosidad o el egoísmo. La compasión o la impiedad. La voluntad o el abandono. Aprendimos una vez a escribir gracias a una cierta caligrafía, ¿no? Pero también a base de tropiezos, de mala letra, de emborronar papeles, de fallar abruptamente en ortografías. Pues de manera semejante hemos ido recorriendo los años. Unas veces corrigiendo y en la mayoría de ocasiones errando nuevamente. Quién sabe si mi error actual es dar demasiadas vueltas a un repaso de las vivencias y, sobre todo, de los comportamientos que me involucraron. De lo desacertado salía a continuación en muchas ocasiones una oportunidad constructiva. Lo que pareció fácil produjo otras veces una falsa visión que me hacía tumbarme a la bartola. La comodidad pasaba factura y el interés por las cosas abría nuevas posibilidades. Simples ejemplos, nada simples por cierto. Todo ha sido así. Sigues sin darme una respuesta válida, insiste la muy procaz. Pero, a ver, ¿a ti qué lo mismo te da saber si me planteo vivir mucho tiempo más? ¿Es que uno se puede plantear algo sobre lo que desconoce? Además, si te vas a ir detrás cuando yo me vaya. Y solo pensar que una vez muerto acaso no me haya librado de ti me revuelve las vísceras. De pronto la sombra se entristece. No había caído en ello. Estoy tan acostumbrada como tú a la vida que no me hago a la idea.
*Imagen de una página de cuaderno de dibujo escolar de infancia lejana.
Cuando se pone filípica la dejo hablar. Luego me quedo pensando en sus admoniciones. La haga caso o no, siempre doy vueltas a lo que me dice. Pero solo porque adquiera ese tono sentencioso ¿debo creerla? Más: ¿tengo que cambiar conductas o ver las cosas de otra manera solo porque ella, mi sombra, se erija en ojo crítico sobre mí? Analizar sus advertencias no es difícil. Corregir aquello en lo que puede tener razón es harina de otro costal. Mi sombra no es un mero interlocutor externo, ni alguien que pasa por ahí. Ni es mi maestra ni mi alumna. Podría parecer que su crecimiento va a la par del mío, pero muchas veces tengo la sensación de que soy yo quien copia su dimensión. Mi sombra es también mi bagaje. Lo que he hecho, lo que he sacado en conclusión, lo que he pretendido y no he logrado. Todo lo que uno lleva a cuestas. Y lo que se ha quitado. Y lo que hubiera querido tener y permanece como carencia. Mi sombra se desdibuja a medida que va pasando el tiempo. Vuelve a tener la figura de unos trazos. ¿Es un empeño por pergeñarse de nuevo a pesar de que no será posible una nueva vida? Dicen ciertos místicos que la vida no termina. Acaso la sombra me esté enseñando a vivir en una constante transfiguración, y a eso algunos lo llaman infinitud. No sé, parecen palabras que intentan dotar a las ideas volátiles de una sustancia que ni unas ni otras poseen. Si el pasado está perdido yo también estaré perdido del todo para siempre alguna vez. Miro mi bagaje y pregunto entonces a mi sombra si he aprendido algo duradero. ¿Sería capaz a estas alturas de poner en baile a una peonza? ¿O de dibujar de nuevo, como entonces, al niño que la hace girar? ¿O de entregarme al gozo inenarrable de cada intento por probar una experiencia nueva, casi siempre incierta en la infancia? Mi sombra sonríe burlona y calla. Nuestra sombra es nuestro trazo. El intento de llegar a algo. A una concreción. A un significado firme. A una imagen madura perdurable. Pero la sombra sabe mejor que nadie que la línea del dibujo de la vida siempre es quebradiza, cada vez más débil. ¿Puede alguna clase de deseo enderezarla? Lo dudo, pero ¿por qué, entonces, insistimos tanto en ilusionarnos con lo inaprensible?
*Imagen de una página de cuaderno de dibujo escolar de infancia lejana.
Me duele mucho cuando se producen sucesos de este tipo. Cuando se roba un bien público de un museo me duele extraordinariamente. Los ladrones no tienen inconveniente en arramplar lo que sea con tal de obtener su beneficio. Beneficio cuyo hurto será por encargo y por lo tanto para otros. Para los ricos. Para los que comercian con bienes colectivos. Ya sabemos que los ladrones siempre acechan por doquier. Pero me duele también que no estén protegidos suficientemente por parte de una administración. La que corresponda. Es una herencia cultural. No es tanto el valor del oro. Es el significado de que fue obra de una cultura existente en el territorio peninsular que hay que reconocer y proteger. Y de la que hay que aprender mucho. Hay robo pero acaso no hay suficiente interés y preocupación en la ciudadanía que exija a tiempo a las administraciones un riguroso celo. Por cierto, no me vale decir que también algo parecido y nada menos que a un Louvre le pasó hace no mucho tiempo algo semejante. A ver si los españolitos despertamos de una santa vez interesándonos por la cultura heredada. Eso sería también hacer politica cívica. Nuestra verdadera bandera es la herencia de los siglos y las culturas que nos precedieron.
"...Vivo como una sombra entre las otras sombras, todo pasa con pasos de algodón por el medio de las piedras de la fiebre".
Paul Nizan. Aden Arabia.
¿Alguna vez piensas en mí? ¿Sin sentir que yo te apremie? ¿Sin dejarte influir por mi presión? Mi sombra madruga hoy sarcástica. ¿Qué buscará? No pienso en ti, digo, no eres objeto de mis pensamientos y menos de mis anhelos, la respondo para zaherirla. Ni yo lo pretendo, me replica con desdén medido. Soy dadivosa. Me ofrezco, tanto para avisarte como para corregirte. Me creas o no, te protejo. Y no debes temer nunca mis planteamientos, en ocasiones desvaídos, o eso te parecerán a ti, pues solo lo hago para que te ayude a interpretarte a ti mismo. Y eso que a veces me hablas del tiempo que transcurre como si yo tuviese la culpa. Te quejas del flujo presuroso como nunca antes. Te sobrecoges porque se te escapan de las manos las posibilidades. Te perturbas ante la merma de las energías de las que siempre habías dispuesto. Entonces te cuento lo de la flecha del tiempo. Que unos arqueros la dispararon, ha ido recorriendo el aire, tú estás en algún momento impreciso, o que no sabes precisar, de su recorrido, hasta que llegue algún momento en que pierda su fuerza y caiga por la inercia del agotamiento. Pero lo importante, amigo mío, es ese vuelo. Pues el vuelo de la flecha está en ti mismo. No sé si la sombra es sabia o simplemente me sentencia a saber la verdad. Entonces me quedo imaginándome a mí mismo como una saeta voladora. Un dardo de colores, compuesto de retazos; un mosaico de vivencias mas también de experiencias truncadas; un silbido que ha atravesado los días en una sucesión vertiginosa que no se acaba uno de creer que pueda tener fin. Siempre tan moralista conmigo, sombra, le digo. No seas desagradecido, me corta. Estoy fuera de vuestro esquema de conductas y apremios, así que no me apliques calificativos que serán de vuestro mundo pero no del mío. ¿O no sabes todavía que en el mundo de las sombras lo que acaece no tiene vuestra corporeidad ni vuestro intelecto ni vuestros apetitos? Pienso entonces en los versos de un poeta abasí que decía que el mundo era como la sombra de una nube, que se disuelve en cuanto es anhelada por el hombre.
*Ferrán García Sevilla. Mosaico sobre tabla. 1988. Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo Español de Valladolid.
El Sueño va sobre el Tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del Sueño.
¡Ay, cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!
El Tiempo va sobre el Sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.
¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!
Sobre la misma columna,
abrazados Sueño y Tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.
¡Ay, cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!
Y si el Sueño finge muros
en la llanura del Tiempo,
el Tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!