"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





jueves, 20 de enero de 2022

Aquel mayo parisiense y sus flores (Serie negra, 65)

 


Pauline lo recordaba mucho tiempo después. La mejor manera de burlaros a los flics fue vestir de burguesita y pasar tranquilamente por delante de vuestras narices, le dice riendo a su amigo. Vosotros estabais en tensión, demasiado pendientes del grupo numeroso que cortaba la calle al otro lado. El antiguo sargento de la CRS Adrien Croyant lo rememoraba a su vez tomándose un café con Pauline. Te doy la razón, Pauline.  Salvo que el grupo  que chillaba no era solo grande sino verbalmente agresivo, de momento. Además los adoquines acumulados no presagiaban nada bueno. No era la Gran Muralla, sino solo un obstáculo de ciertas dimensiones, pero sabíamos de sobra que aquel arsenal podía ser utilizado en cualquier momento contra nosotros. Como así fue, le matiza ella, y ya vi cómo caíais más de uno. Porque reconoce que os tuvimos a raya, a pesar de esa actitud siniestra que ofrecíais, enfundados en aquellos uniformes oscuros, y que nos dejó de impresionar a medida que crecía nuestra euforia y nuestra protesta. Qué tiempos, ¿verdad?, se pone pensativo Adrien. Y tú muy de buena familia, protestando contra el sistema que os habría enriquecido, sin duda, pero a pesar del porte burgués no dudaste en sumarte a los alborotadores. ¿Venías con intención o te metiste en el lío sobre la marcha? Nosotros no entendíamos muy bien por qué los estudiantes hijos de papá se habían desmelenado de aquella manera. Política, nos decían los superiores. Entre los números que estábamos allí tratando de aguantar el chaparrón nos decíamos: si estamos más jodidos nosotros, de qué se quejarán estos. Pauline le matiza un poco lo sucedido. Solo una parte eran niños bien, muchos otros venían de familias obreras. Adrien, al que los años y el abandono del Cuerpo le han relajado, ve con serenidad la distancia. Puede ser, ¿pero sabes lo que creo? Que de todo aquello que parecía hacer tambalear al país queda escaso recuerdo. Para ti y para mí queda bastante recuerdo, interrumpe la mujer. Así es, y reconozco, volviendo al pasado, que cuando os dispersamos y te vi correr a duras penas con tus botas de tacón, peligrando tu carrera, pensé que serías presa fácil. Y fácil fui, ¿no?, le corta ella. Sí, pero azar a veces es sabio o al menos oportuno. Gracias a que corrí a atraparte no me golpeó un adoquín de los que llovían de todas partes. Que conste, además, que mis superiores tomaron después medidas conmigo por haber dejado la fila de control y órdenes y ponerme a cargar directamente como un flic sin rango alguno. A Pauline se le pone un temple tierno. Dime la verdad, ¿por qué corriste a por mí, que al fin y al cabo era inofensiva y no tras los que os tiraban de todo? ¿Solo porque te apetecía cazar lo fácil? ¿Te ponía mi estilo burgués, como tú denominas? ¿O acaso te tentó mi inocencia, a la que envidiabas, y te salió del alma una reacción irreprimible? Mira que deseo y odio pueden ir de la mano, Adrien. Pues no sé, creo que no llegué a perdonarte en aquel momento que pasaras delante de toda la fila de guardias, vacilándonos, como si no estuvieras en el asunto de los provocadores. Creo que me sentí traicionado por una idea que yo tenía del mundo y sobre todo de la mujer. Y que cuando echabas a correr era como si te sintieses culpable o al menos equivocada y yo estaba allí para castigarte ejemplarmente. Ambos se echan a reír. Mira, Adrien, yo sentí un pánico como nunca había sentido antes. A pesar de mis botas te esquivé y logré meterme en aquel portal de la recoleta calle Le Goff, no puedo olvidar el nombre, hasta el último piso. Nadie abría por miedo o no estarían los vecinos en su casa. Temblando de pavor me senté en el descansillo. Al poco subió un chico más joven del Liceo, nervioso y excitado. Quiso hacerse el hombre y consolarme, pero fui yo quien tuve que apaciguarle. Era un crío precioso, de primer curso, y no se merecía acabar mal la jornada, así que le sujeté fuerte y le tranquilicé como una madre. ¿Allí desarrollaste el instinto maternal?, se burla Adrien. Ella continua el repaso de la experiencia. Nuestro error fue pensar que habría pasado el temporal y decidimos bajar a la calle para escapar de la zona. Y allí estabas tú con la porra golpeándote rítmicamente la pierna. No sé si despistado o perdido del todo, pero aislado del resto de tus CRS. ¿Y si realmente te estaba esperando, jugándome el puesto?, salta el ex poli. Estaba cansado, no entendía lo que estaba pasando, y no compartía bien aquel escenario represivo. Las órdenes que teníamos eran extremadamente severas y aplicarlas suponía mucha dureza. Así que tenía que justificarme. Sabía que esta desafiando a los de arriba y cargándome mi trabajo. Pero tú fuiste una revelación y yo caí del caballo como aquel romano. Pauline se queda pensando, como si reconstruyera una vez más la escena. ¿Y por eso nos sujetaste a los dos al salir del portal? En realidad, a mí sola, porque con el chico fingiste que se te escapaba. Y allí contra la pared me cacheaste, eso sí, con respeto, nada tengo que objetar. Pero todo tu afán consistió en pedirme el carné. Luego tomaste nota de mis datos, el domicilio, el teléfono y me interrogaste brevemente. Para al final darme consejos paternales. Tendrás noticias mías, dijiste al marcharte. Yo, tonta de mí, lo tomé como amenaza. Así que los días siguientes apenas podía dormir. Cualquier ruido en el vecindario me hacía pensar que los secretas vendrían a por mí. Advertí a mis padres para que se prepararan para lo peor. Me hiciste pasar mucha angustia, Adrien. Oh, no era yo, era el sistema, y es que la parafernalia impresiona tanto, matiza él. Pauline le mira divertida. Eso está bien. O sea, que lo nuestro ha sido hijo del sistema. Que nuestra relación posterior vino de aquello, así en abstracto. Es que los caminos del sistema son inescrutables, dice Adrien, carcajeando. Te conseguí a ti como mujer libre para hombre libre y, ya ves, la expulsión del Cuerpo hizo el resto.



(Fotografía en el Mayo del 68 en París, de Xavier Miserachs)

domingo, 16 de enero de 2022

La loca (Serie negra, 64)

 


¿Qué haces, Rufino? Qué voy a hacer. Contemplo los pájaros, como todos los días. Pues se diría que hablas con ellos. ¿Qué te dicen? Me dicen que no nos creamos que son más libres que nosotros. Que tampoco van donde quieren sino donde pueden. 

Rufino madrugaba, se embutía en su mono y con la bicicleta tomaba el camino de la vinícola. Él y su hermana Engracia vivían en una casa sencilla, entre la arboleda y el arroyo. Tu hermana, ¿bien? Mi hermana, ya sabes, como siempre, con sus cosas aquí dentro. Y tintinaba con el índice su sien. ¿Sigue sin salir nunca? Sale por la arboleda cuando no hay nadie, qué puedo decirte. Es así. 

Engracia no se dejaba ver jamás. Qué promesa había hecho o qué odio había incubado respecto al mundo era todo un misterio para el vecindario. Visitas, que se sepa, ninguna. Y el caso es que nadie la veía. Ni ir a la tienda, ni asistir a misa, ni frecuentar amistades. Solamente salía al anochecer, cuando nadie deambulaba por aquellos andurriales, para lavar la ropa en el río. Luego la tendía en un alambre de su pequeña parcela y se refugiaba en la oscuridad de su hogar. 

Rufino trajinaba, aportaba el jornal, pasaba el día entre cubas y el denso olor al tinto que elaboraba la bodega. Paraba a la vuelta, al anochecer, en la taberna de Manuela, mirando la partida de mus endiablada y blasfema de los parroquianos, naufragando en el humo del tabaco de hebra, matando la última hora. De pronto se levantaba de la banqueta. ¿Ya te vas, Rufino?, le decía Manuela. El hombre sonreía con bondad y, sin decir ni mú, como si se tratara de un colegial que tiene marcada sus horas por la disciplina paterna, cruzaba la carretera hasta su casa. 

Los que acarreaban mercancías diariamente o se recogían al anochecer y pasaban por la casa de Rufino y Engracia escuchaban voces fuertes. No era raro que fueran violentas, acusadoras, o simplemente de difícil interpretación. Todas emitidas por la recia y chillona entonación de Engracia. Daba igual que estuviera sola o acompañada de su hermano; solo se le oía a ella. Contra quién iba dirigida la queja o qué le producía tanta desazón nadie podía saberlo. Tal vez Rufino. Pero qué iba a contar él a nadie. La protegía.

Había noches en que prorrumpía en alaridos a una hora avanzada. Resonaban en las ventas de los alrededores. Ya está otra vez la loca era el comentario generalizado. Más de una vez llamaron a los civiles para que la hicieran entrar en razón. Ella no les abría la puerta ni dejaba que su hermano saliera a hablar con ellos. Ya veis, ni a la autoridad hace caso, está de atar, decían los más quejosos. No era inusual que, con este precedente de juzgar los padres con crudeza las miserias ajenas, los niños increpasen a la mujer oculta al pasar delante de su casa y la llamaran abiertamente loca. Ella les respondía con palabras malsonantes, en un afán de hacerse valer inútilmente. 

Una anochecida de estío me acerqué furtivamente hasta el riachuelo que para mí era siempre un espectáculo atrayente y misterioso. El chapoteo de las ranas cuando no de las ratas de ribera, el movimiento airado y grácil de los juncales, las chicharras diligentes desplegando su coral, el ejercicio acompasado de los álamos agitados por el viento o el transcurrir de una luna creciente entre los cirros formaban un mundo diferente al humano, a través del cual yo trataba de ejercitar mi particular sortilegio. Nunca llegué a adivinar nada, ni sobre lo existente ni sobre mi futuro, pero al menos disfrutaba del arcano de una naturaleza con la que deseaba vincularme en solitario. Cuando eres niño no quieres saber nada del futuro porque solo es una palabra con la que amenazan o a la que temen los mayores. 

Mis leves pisadas debieron ser escuchadas por Engracia. Inclinada sobre el agua mansa que transcurría frotaba la ropa sobre la tabla acanalada. No cesó en sus movimientos ásperos con el jabón ante mi presencia intuida. La luna, reflejada en el agua, se le ofrecía lúdica, desfigurada. Sin girarse ni variar su ejercicio me habló amable pero seca. Imagino quién eres, dijo. Eres el hijo de, y pronunció el nombre de mi madre. El único que cuando los otros malditos chicos me dicen pestes tú permaneces callado y haces porque callen sus improperios. ¿Eso quiere decir que te doy más miedo o que te infundo respeto? 

Su hablar era pausado y poco a poco lo fue dulcificando. Si esta es la Engracia que dicen loca aquí hay un error y sobre todo una injusticia, pensé. No te sorprendas, prosiguió ella. Lavo aquí porque el río está para ser utilizado buenamente y porque la corriente ayuda. Salgo de noche porque ni quiero ser vista ni me apetece ver a nadie. Pero poco se puede ver en la noche, se me ocurrió. Hablas como un adulto. ¿No sabes, chico, que la noche es amiga de los que buscan respuestas a la vida en la oscuridad porque la claridad del día no las da? No puedes entenderlo, pero te diré, por si nadie te lo ha dicho, que la gente teme a la noche porque tiene mala conciencia. Les atormentan sus actos impropios cometidos a la luz del día y luego se extrañan de que se generen en su mente las pesadillas. Por eso las personas se resguardan en sus casas avergonzadas de sí mismas, cierran las contraventanas y dejan como mucho una lámpara encendida que les hace creer que es la luz del sol. Siempre están anhelando la luz, pero cuando la tienen la traicionan. Yo no necesito luz alguna. Yo veo en las tinieblas, me muevo entre las sombras, piso por las veredas con tanta o mejor facilidad que con la luz del día. ¿También a ti te gusta andar por la noche? Eres valiente por no temerla y porque eres diferente.

¿Por qué iba a tener miedo de la noche si me protege?, acerté a responder a la mujer. Engracia dejó la tarea, se secó las manos en su mandil. Que no te espante la oscuridad no quiere decir que debas buscarla como yo hago. Tengo mis razones para hacerla mi aliada, pero tú debes todavía descubrir quién tendrás a favor y quién en contra en la vida. Mantén siempre las distancias con la luz y con la oscuridad. Tanto una como otra suelen engañar. Ahora, vete. Te echarán en falta si ven que no estás en la cama. 

A veces me da en pensar cómo sería el rostro de Engracia. Un rostro de la noche. Y ocasionalmente aparece conversadora y maternal en alguno de mis sueños. Al borde del arroyo y a plena luz del día.


 


(Fotografía de Graciela Iturbe)

viernes, 14 de enero de 2022

Los días que oíamos a Ronnie en la gramola (Serie negra, 63)

 



Era el más tímido, el más inexperto, el más fuera de moda, el más lento de reacciones. Escaso de recursos económicos no se puede decir que tampoco estuviera sobrante de discurso comunicativo. No, no era cerrado ni se reprimía en expresar lo que ocasionalmente le salía del alma. Simplemente solo sabía ser amigo de sus amigos. Lo demás, terreno vedado. Pero era el tiempo de las veleidades. También de las pruebas arriesgadas y confusas a las que, no obstante, había que someterse para no quedarse atrás. Por qué Paula María irrumpió en la pandilla de amigos varones no fue objeto de comentario en ningún momento. Bienvenida y alguien nuevo a la tribu. Alguien y aire. Él percibió una cierta conmoción. La chica triunfaba visualmente entre los compañeros de clase, pero no se sometía a ningún martirio. Una libre y caprichosa, comentaba jocosamente en ocasiones emulando el lema del escudo aguileño. Incluso él mismo la había observado con esa desasistida mirada de quien intuye que no podrá acceder a aquella revelación en forma de mujer. The night we met I knew I needed you so * cantaba desde la entraña de la máquina del bar la vocalista. Él, que no se manifestaba más que a través de una acogedora camaradería, sintió el latigazo de la provocación. And if I had the chance I'd never let you go * seguía la líder de las Ronettes, y Paula María coreaba, chapurreando un inglés del que nadie sabía su significado, ¿o acaso ella sí?, y jugaba con la canción afilando los oídos del hombre. Paula María vestía a lo mod de una manera natural, como si lo hubiera hecho siempre. Si venía de colegio de monjas el salto había sido como decíamos entonces cualitativo. También cuantitativo, decía el que mejor jugaba al mus del grupo. Por la cantidad de envidiosos que no tragan que se haya venido con nosotros, y reía. Pero no, la niña no procedía de sagrada familia alguna. La laicidad paterna había cosechado sus frutos. La modernidad era una impronta en ella. Es una calentorra, la denostaban los vergonzantes impúdicos. Es una mujer de este tiempo, la defendía el sector avanzado, deseoso de superar el gélido páramo de las costumbres patrias. Aunque ese tiempo fuera aún oscuro y empezara a estar limado por las influencias que iban llegando del exterior. ¿Era aquel desparpajo gestual de la chica, conjuntado con sus botas altas y el vestido corto de una sola pieza, lo que recababa la atención por doquier? ¿Admiraba a los nativos su cabellera agitada o la sonrisa siempre expansiva y dispuesta? ¿O acaso noqueaba su don ágil de la palabra medida y estimulante que no era frecuente en la viña académica? Ante la gramola Paula María se colocaba entre dos de sus chicos, como ella decía, apoyando sus manos en los hombros de cada uno y proponía un disco. Y luego otro y otro. Y acababa exigiendo al dueño que vinieran a cambiar el repertorio con más frecuencia. La gramola estaba bien suministrada de las novedades musicales que privaban fuera del país y que poco a poco llegaban rompedoras por su ritmo, por el desenfado de sus letras y por las modas que se intuían efervescentes y liberadoras tras aquellas músicas que la beatería nacional rechazaba. A Paula María el hombre amilanado, ocurrente en ocasiones pero poco dado a pontificar, le parecía un mod sencillo y espontáneo, aunque no se preocupara demasiado del vestir, y ni siquiera de clase media aún inexistente. Era aquella candidez difícil de ocultar lo que a ella le atrajo. Él pensaba, ante los accesos bromistas de la chica: seguro que no soy su tipo. Pero, ¿qué era eso de ser el tipo de otra? Una frase vulgar, predeterminada, concluyente y, por lo tanto inexacta e inútil. Deberías bailar conmigo este single, baby, le dijo la mujer con discreción, apartándole del resto de compañeros. Él se espantó. No sé bailar y aquí menos, respondió sospechando que metía la pata. Pero ella iba en directo. A las cinco en mi casa y tú solo. Mi educación impone la hora del té, y dejó caer una mirada engatusadora. La Ronnie nos espera. So come on and be / be my, be my baby, cantó en paralelo el final de la canción. Nadie de los círculos estudiantiles entendió que una Paula María caída del cielo se perdiera por ahí a partir de entonces con el más apocado y bisoño de la facultad.   




*De la canción Be My Baby, interpretada por The Ronettes, y la voz de Ronnie Spector:

The night we met I knew I needed you so
And if I had the chance I'd never let you go

La noche que nos conocimos supe que te necesitaba tanto
Y si tuviera la oportunidad nunca te dejaría ir


(En la fotografía Ronnie Spector, fallecida el 12 de enero. En homenaje a un tiempo, a un lugar y a la música que nos despertó del letargo)






miércoles, 12 de enero de 2022

Al paso, al trote, al galope (Serie negra, 62)

 


Lo tuve y lo cabalgué. Qué brioso mi alazán. No tengo recuerdo nítido de mis primeros impulsos. Solo una voz familiar que me jaleaba con ritmo acompasado. Al paso, al trote, al galope. Alguien tiraba de una brida y recorríamos, mi jaca y yo, aquella galería luminosa de un piso modesto de obrero ferroviario. 

Al paso, al trote, al galope. Y a cada aire natural del animal yo pronunciaba mi cuerpo leve hacia adelante. Imaginando que instigaba un movimiento medido, que me dejaba arrastrar por él. Vivía aquellas tres fases del movimiento del caballo creciéndome sobre la crin de cartón piedra, espoleando sus ijadas, besando la curva de una cerviz erguida. 

El grito habitual: arre. Si decía caballo o caballito dependía de si me manifestaba exigente o afectuoso con el animal. Daba igual. Mi modesto rocín siempre me llevaba lejos. Adiós, adiós, y agitaba mi pequeña mano hacia los espectadores presentes o invisibles. Otra expresión con la que me despedía en cada giro por la llanura imaginaria cuyo suelo estaba configurado por baldosines geométricos y pequeños. Me arrancaba del territorio donde habitaba los días repetidos a la aventura de lo desconocido. 

Alguien con cierta cultura pasó un día por casa y dijo que mi caballo podía ser Pegaso. ¿Pegaso? ¿Quién es?, pregunté. Un caballo con alas que no se deja domar por nadie, me respondió el hombre. No acepta a cualquier jinete. Solamente al que tiene buena intención y es bondadoso. Me crecí al instante, espoleado por la ilusión del vuelo. Yo lo soy, me califiqué sin pensarlo. ¿Me llevará más allá de este mundo? Tienes que preguntarle a él, dijo el otro. Conduje a mi bello animal a un rincón, mientras mi madre y el visitante hablaban de otros lugares y otras personas, y se entregaban a recordar tiempos pasados. Su tema no me interesaba. Nunca espié entonces los asuntos que los mayores trataran entre sí. Yo vivía en un mundo como el del caballo: de cartón piedra, diseñado inocentemente por mi mente lenta y soñadora. 

Si eres el Pegaso que dicen que eres, ¿podrías trasladarme por encima de las nubes? Pegaso se encarnó en mi propia voz. Puedo llevarte. Puedo dejarte al borde de los pantanos o en algún oasis o depositarte en una isla donde sus habitantes saben acoger a los que son portados por Pegaso. Era excitante el diálogo y mucho más las promesas de aquel ser intrépido. ¿Eso lleva tiempo? ¿Estaré de vuelta para la cena? El tiempo lo marca tu imaginación y el deseo que te estimule, y bufó. Sube y sujétate a mi crin. Eolo nos ayudará. Yo no sabía quién era Eolo pero una brisa agitada y suave obró a favor del viaje. 

La voz de Pegaso me daba seguridad. La ascensión era moderada y sin embargo ágil. Escuchaba excitado pero atento al caballo volador. Este frío húmedo proviene del océano encrespado. Aquí la calidez nos avisa de que sobrevolamos el cambiante desierto. Los picos que destacan por encima de la boira dicen que hemos sobrepasado el techo del mundo. Aquellos témpanos majestuosos indican que nos hallamos sobre el continente de hielo. No dejaba de asombrarme. ¿Llegaremos a los planetas?, pregunté ávido de no conocer límites. Sin duda, respondió Pegaso rotundo, pero otro día, y te dejaré elegir uno. Ahora, por si te han echado en falta voy a descender. No sé si quiero bajarme, le confié. No tengo claro si pisar el suelo o rozar los cielos. Estás condenado entonces, sentenció Pegaso, a ser un eterno contemplador y cualquier cosa que hagas en la vida te parecerá insuficiente. Serás, pues, un hombre sin sosiego. Pero quién sabe, tal vez así encuentres mayores satisfacciones que quienes viven ajustados a una vida anodina y reglamentada. 

No entendí muy bien a Pegaso. Pero sí que he comprobado mucho más tarde que contemplar es por sí mismo todo un vuelo vital y observar las conductas de los hombres acrecienta el misterio. Puede que Pegaso llevara razón. Sigo siendo un individuo desasosegado. 




(Fotografía de Toni Catany)

domingo, 9 de enero de 2022

Paseo de Diana y Marte por los jardines del emperador (Serie negra, 61)

 


¿Recuerdas el día en que paseando por la villa del emperador nos encontramos? Soy Diana, dijiste echando mano a la aljaba y enderezando el arco. Yo me asusté, no obstante parecerme que lo habías dicho divertidamente. Dudé. Repliqué mudado a la severidad: ¿Voy a ser yo tu presa? Entonces tu risa anterior se torció y enmudeciste al momento. Aprestado con mi casco puse en vertical la égida. Sujeté con fuerza la jabalina. Ambos nos contemplamos en guardia. Tu mirada tierna de un rato antes era confusa. Tensaste el arma mientras colocabas un dardo afilado en dirección al punto en que yo me hallaba. No puedo creer que hayas desviado los objetivos habituales de tu caza hacia mi persona, exclamé preocupado por la disposición que ambos estábamos tomando. No temblaron tus manos y menos tus palabras. ¿Acaso no eres tú un animal como otros? ¿No te muestras muchas veces más peligroso que ninguna de las especies? ¿No es tu robusta figura toda una exhibición de presteza para el combate? Aquel discurso tan preciso no parecía ser muestra de alguien que estuviera a la defensiva. ¿Por qué me temes, Diana? Jamás me plantearía dirigir mis pertrechos contra la esbeltez de tu figura. No son estas las armas que deberíamos utilizar en un cuerpo a cuerpo. Arroja pues tu lanza, despójate del yelmo y deja caer el pesado escudo, propusiste. Yo volveré a guardar la flecha y tiraré el arco. Me sentí extraño. Si nos desproveemos de nuestras defensas no nos reconocerán el resto de los dioses, te dije. ¿No ves que hemos pasado a la historia a través de los símbolos y no solo de las leyendas que cuentan de nosotros? ¿Que los artistas de la posteridad nos identifican por las formas con que vestimos y por los objetos que portamos? Las generaciones del futuro nos considerarían como mucho unos dioses menores.  Y si alguien nos viera ahora podría tomarnos por vulgares mortales y estaríamos rendidos a cualquier acto violento por su parte. Esbozaste una sonrisa relajada. Si alguien trata de atacarnos yo te protegeré y tú me protegerás a mí, dijiste insinuante. ¿Dónde podríamos encontrar mayor seguridad sino en el calor que transmita la desnudez de uno a la del otro? Me pareció una propuesta sensata. Mi desnudez será escudo para ti, no violencia, reconocí de manera un tanto épica y vibrante, sin poderme quitar la impronta de dios fiero que el mito me ha concedido. Condescendiste. La mía será hogar para tu renuncia armada. Me sonó cursi, pero no quise deshacer el momento. Que el valor, Marte, y tus embates poderosos me los demuestres de otro modo. 

Nos ocultamos en aquel arriate de plantas crecidas, al borde del pequeño lago. Allí libramos una batalla diferente, en la que la sangre se derrama de otra manera y se muere sin morir. Por una vez sentimos como mortales. ¿Deberíamos retomar nuestros roles, guerrero?, preguntaste. Y yo: ¿Deberíamos sentir más veces como humanos, cazadora?





(Fotografía de la Villa Adriana. Desconozco el autor)

viernes, 7 de enero de 2022

Cupido despierta al genio del frío. Klaus Nomi canta Cold Song, de la ópera King Arthur, de Henry Purcell




Entregado a uno de esos tiempos de ocio en que uno nada quiere saber ni recordar escuché al contratenor. Aquella voz que se emitía a saltos, entrecortada y vigorosa, procedía de un piso superior. A qué se refería la metáfora. De qué nieve hablaba, de qué frío, de qué muerte. No me interesaba tanto la leyenda artúrica como derivar entre las letras de aquel poema. En la geología de las vidas humanas hay huellas de un período que llaman de la extinción del amor. Una especie de glaciación en que merman los afectos, se disuelven líquidas las emociones, se confunden los sentimientos, se apaga el deseo. No creo que haya una fecha marcada del fin del deseo. A veces este solo duerme. Pero la vigilia del deseo provecto apenas carece de tensión. No hay nada que conquistar. Acaso solamente salvaguardar los recuerdos de los goces vividos. Tampoco es fija la hora en que el humano se convierte en hielo. Siempre quedan rescoldos, siquiera en un acto de irrenunciable fidelidad de la memoria. Y la canción interpretada por el contratenor me hizo preguntarme: ¿Por qué ceder esos rescoldos a las gélidas sombras antes de tiempo? 



El contratenor Klaus Nomi interpreta el aria Cold Song, de la ópera King Arthur, de Purcell. La autoría del libreto de la ópera es del poeta inglés John Dryden. Cupido despierta al genio del frío y este increpa al diosecillo. Disfrútese del texto que Klaus Nomi dramatiza de manera portentosa:


What power art thou, who from below / ¿Qué poder tienes tú, que contra mi voluntad,
Hast made me rise unwillingly and slow  / me has hecho levantar
From beds of everlasting snow? / de las profundidades de la nieve eterna?
See’st thou not how stiff and wondrous old, / ¿No ves que, rígido y demasiado viejo,
Far unfit to bear the bitter cold, / incapaz de soportar el rigor del frío,
I can scarcely move or draw my breath? / apenas puedo moverme y respirar?
Let me, let me freeze again to death. / ¡Déjame, déjame morir de frío! 



miércoles, 5 de enero de 2022

Charlando con mis yoes (Crípticas)

 


Hoy me quedo con ganas de decirles algo, pero no sé qué. Supongo que no será nada importante. Por supuesto lo que en ocasiones a mí me parece de valor no tiene por qué serlo para los demás. Así que, prudentemente, me limitaré a hablar con mi otro yo. Al fin y al cabo algunas veces está más cerca. No crean que es más apacible y bondadoso que cualquiera de ustedes. Suele aprovecharse y se toma la confianza, en exceso incluso, y se vuelve riguroso cuando no exigente. Y ahí es cuando el conflicto está servido. Confrontación entre hermanos, pensará más de uno de ustedes. No sé. Que mi otro yo y yo seamos cosanguíneos o, mejor dicho, unisanguíneos, si es que este término existe, no garantiza mayor comprensión y, por supuesto, una aceptación. De hecho entre ambos se da una pelea que suele acabar con la rendición de uno sobre el otro, o que ambos tiremos la toalla y digamos: vayamos a otra cosa, no nos incordiemos. Pero cuando algo no se resuelve ya es bien sabido que retorna cuando menos te lo esperas. A veces pienso: si no fuera por mi otro yo mi yo propio se aburriría muchísimo. Es verdad. El otro yo sirve para divertir, con toda la capacidad de significados que este verbo tiene. Si mi otro yo y yo nos vemos como enemigos me digo: voy a hacer un ejercicio de diversión a ver si le doblego. No me gusta el sentido bélico, pero ¿no hay en ocasiones mucho de fratricida entre yo y el otro yo? Otras veces elijo una diversión de complicidad recreativa, donde ambos nos reímos, cada uno desde su punto de vista, pero en ese pasarlo bien convergemos por el lado fraterno. Obsérvese aquí que fraternal y fratricida se acercan y se repelen con frecuencia. Ustedes pueden recomendar: que esperen a su sueño para que ambos se apacigüen. Pero oh, todo lo contrario. Allí cohabitan revueltos, haciendo cada yo lo que le da la gana, ora amándose cordialmente, ora chocando desenfrenados. Y si solo fuese eso. Acarician el frenesí de perder sus papeles, qué digo, más bien sus identidades y entonces es cuando parece surgir un tercer yo. ¡Un tercer yo! Eso no está previsto por el psicoanálisis y otras zarandajas que tratan de interferir en los subconscientes, se dicen el uno al otro yo. El tercero emerge, confuso, como un yo que se pretende diferente, a la contra de los otros, unas veces para mediar, otras para crear más confusión. ¿De parte de quién se pone? Disputados yoes, les dice. Permaneceréis inmersos en este sueño profundo, ni os despertaréis ni os desquiciaréis más por este afán efímero llamado vida. Y yo, a mi vez, desapareceré.      



* Escribí este texto el otro día, por la mañana al despertar porque me vi, dentro del sueño intranquilo, yaciendo en mi cama sobre el duro caparazón de mi espalda, convertido en un monstruoso insecto. Incluso resulta críptico para mí mismo.



(Cerámica de Patricia Broothaers)

domingo, 2 de enero de 2022

No infecten con virus el alfabeto griego, por favor

 


Están por todas partes. Hay una buena cantidad de ómicron por doquier. La delta va escaseando. La rho se encuentra en ascenso. Me preocupa la kappa, se observa que avanza sibilina. No es escaso el número de la sigma, pero parece estar contenida. Hum, afortunadamente la ípsilon no arranca. Se ve que la ni está muy distribuida, podría ser problemática. Para sorpresa y seguridad hay que decir que la lambda casi es inexistente. La tau anda extendida desigualmente, no sé si será buena señal. La beta tiene apenas una presencia testimonial. La épsilon no crece, menos mal. La iota anda muy situada estratégicamente, habrá que tener cuidado con ella. No se debe bajar la guardia con la alfa, que se la observa ahora estacional, pero en cualquier momento podría llevar la voz cantante de nuevo. Pi se cuela, muy residual por cierto. La mi se ha dejado caer por azar, sin peligro. Menos mal que omega prácticamente no se manifiesta; es muy simbólica y de ser preponderante más valiera que apagásemos y nos fuéramos a otro planeta. Están por todas partes. Las magníficas y soberbias letras griegas.

No, por favor, que el alfabeto griego no se convierta en alfabeto de cepas víricas. Dan ganas de pedir que a estas se pongan nombres de criminales de guerra, de asesinos a sueldo o de caudillos sanguinarios. Sería más adecuado. Pero, ay, entonces la ciudadanía se moriría del susto, en este caso de horror añadido.


sábado, 1 de enero de 2022

Me llamo Enero y pasaba por aquí

 


Me tallaron hace muchos siglos. Mientras unos dicen que fue cosa de Antelami, otros cuentan que el tallista era un alumno suyo al que han llamado el Maestro de los meses. Yo callo porque sé guardar el secreto y honrar la genial intención del artista. 

Parece mentira pero desde mi confortable pedestal todavía sobrevivo en la galería del baptisterio. Los meses del año sobrevivimos siempre pase lo que pase. Al fin y al cabo nos inventaron los hombres y no tienen intención de cambiar los nombres que acompañan al movimiento de traslación del planeta. Si ya me olía algo de esta explicación mi larga vida pétrea me ha enseñado todavía más. Es la humanidad que no cesa, mal que les haya pesado a quienes antes la simplificaban y reducían con su versión de cierto ente creador ajeno.

Si me encarno en la estatua que representa a un venerable anciano es para ratificar que vivo en la eterna senectud. En ese sentido me considero inmortal. Solo los viejos podemos valorar con una perspectiva más completa lo que quedó atrás. Solo la edad provecta permite tender puentes entre lo que una vez anhelamos ser y lo que acabamos siendo. Solo nosotros entendemos que hay que dar paso a lo joven y nuevo para que transiten los trabajos y los días de los que habló aquel griego que tejía con pensamientos y se expresaba con poesía.

Benedetto Antelami o el Maestro de los meses, cualquiera que fuese el ocurrente artesano, me hizo con dos cabezas precisamente para que contemplación de lo vivido y expectación ante el futuro se mostrasen armónicos y en el mismo cuerpo en el comienzo de un nuevo año. El romano dios Jano estaría contento de saber que su imagen simbólica ha permanecido a lo largo de los siglos. Como él yo también doy fe de los finales y de los principios. En mi caso además hago de gozne del ciclo anual. En mí se cierra un tiempo y conmigo se inicia otro, en función de las necesidades y actividades humanas. 

A diferencia de las esculturas que personifican a los otros meses y por lo tanto las diferentes labores de los hombres, acordes a los ciclos naturales, yo observo. Descanso, en parte para librarme del agobio del año que se ha quedado atrás para siempre. Medito para auspiciar a los hombres la esperanza sobre los doce meses que inevitablemente acarrearán alegrías y tristezas. Que proporcionarán satisfacciones pero también penalidades. Que revelarán, y aquí nada nuevo hay bajo el astro que nos rige, bondades y maldades. La bondad es una artesanía de la naturaleza humana. La maldad es la capacidad demoledora, aunque también es hija de la misma naturaleza. Siempre una y otra están en acción en el temperamento de cada humano.

Me llamo Enero. Y si fuera una pitonisa y tuviese poderes para conocer lo que está por acontecer me brindaría a ayudar a los habitantes de la Tierra. Pero a un inmortal limitado como yo solo le es concedida la propiedad de clausurar y abrir eso que llamáis el año. Permitidme que os contemple desde mi peana, no obstante mi gesto adusto y un tanto huidizo. Sabed que, cuando los demás meses vayan sucediéndose, yo seguiré vigilante y bonachón porque, si en mi mano estuviera, vosotros, los seres humanos, seríais felices.




(Representación escultórica de Enero, obra de Benedetto Antelami o del Maestro de los meses, en el baptisterio de la Catedral de Parma. Finales del siglo XII)

viernes, 31 de diciembre de 2021

Acaba el año, ¿y mañana? Mañana será otro año, será otro día.

 

- Dicen que hoy termina el año.

- Eso dicen. Entonces, ¿mañana?

- Mañana será otro año, sin dejar de ser otro día.

- ¿Y eso cambia algo?

- Si no quieres no. Aunque nunca somos los mismos.

- Lo importante es seguir aprendiendo.

- Para seguir creciendo.

- Lo importante es que aprender sirva para algo.

- Si nos hace crecer sirve para mucho.

- ¿Nos vemos mañana?

- Mejor el año que viene.


Pues deseo para todos lo que dice la pareja. Crecer para aprender. Aprender para crecer. No importa si aún estáis lozanos o peináis canas. Cuidaros de los virus y de los virulentos humanos, también fatales.



(Esculturas cerámicas de Patricia Broothaers)

martes, 28 de diciembre de 2021

Las compañeras (Serie negra, 60)

 


Me enseñan la foto y ya voy recordando a muchas de ellas. Ahí veo con su aire independiente a la Aina, sonrisa extra entre todas las sonrisas, mecánica de telares como pocas. Después nunca supe más de ella. Montse va detrás de la Antònia. Me la encontré en Orán y creo que nos dolió encontrarnos. Vivía con un comerciante francés. Tenía tantos o más lunares por todo su cuerpo que antes del exilio. No me dejó terminar de contárselos. Y es que el pasado siempre pesa en más de un sentido. De la Antònia, la intelectual, lo que me dijeron que le había sucedido no fue nada agradable. Pero quién sabe. Acaso sobrevivió y las informaciones fueran falsas. Era toda ella verbo y convicción. Si lo que planteaba hubiera sido posible qué mundo tan hermoso no habríamos conocido. Organizadora como nadie, sutil cuando era preciso y enérgica cuando se trataba de sujetar la estructura del grupo. Duele evocarla. No se rindió ni cuando podía salvarse. La Moriles, qué chistosa aquella andaluza que me tiró sin suerte los tejos en una fiesta de andaluces. Y yo para no desairarla dejándome llevar por ella no sé si a las alegrías o a las sevillanas, o lo que tocaran en el tablao. Mundo endiablado que no se detenía nunca. Como ella misma. ¿Qué sería de la Moriles? Si no me engaña mi ojo de cataratas veo un cuarto de cara de la Vasca, que no era vasca pero nadie sabe por qué la llamaban así. Puritana y de una rigidez mental que a veces daba miedo la Vasca quería que las cosas fueran como a ella se le antojaba y apenas cedía en lo que se consensuaba colectivamente. Su actitud no era buena para fomentar ideas y avanzar en la producción, por lo que no era apreciada en exceso. Alguien contó que después del fracaso andaba por el barrio chino vendiendo el placer de su escuálida carne. Nadie lo hubiera imaginado. La espigada es sin duda Silvia Moreu. Debió cambiar de rumbo ya antes del desastre. Enamorarse de uno del otro bando tuvo su acierto para ella. Si vive acaso lo haga todavía en algún pueblo de la misma comarca. Más atrás creo distinguir a la Gómez, rebelde entre las rebeldes, incapaz de soportar la disciplina. No me han jodido bastante los de antes para que ahora vosotros me hagáis pasar otra vez por las mismas, solía repetir. No sabían qué hacer con ella. A mí me asediaba, no sé si para que la apoyase en su virtud ácrata o con otras intenciones. Y yo guardando el tipo. Naturalmente nunca supo que di la cara por ella para que no tomasen medidas correctoras ni la mandaran con el máuser a lugares más arriesgados. A la que no veo en la imagen es a la Sentís, la contable, de la que alguien me dijo una vez que tenía un puesto de verduras en Poitiers. Quién iba a decir entonces lo que el caprichoso destino deparaba a cada una. El destino, al fin y al cabo, no consiste en otra cosa que en aceptar, resignarse y tirar para adelante expectantes ante la suerte, por si se puede mejorar. Si alguien me pregunta qué siento al ver la fotografía de la salida del trabajo de las compañeras no sabría bien qué responder. Trago alguna que otra lágrima. Entre todas las respuestas que podría dar se impone una. Y es que no me veo a este lado de la fotografía muchos años después. Que estoy allí mismo todavía, frente a ellas, entrando a mi turno. Cruzándonos. Me quedo con sus guiños cómplices y sus chanzas divertidas. Y casi recuerdo las mismas palabras cálidas que dirigían entonces al novato. Ahí te dejamos toda la nave para ti solo, Quimet. No te manches mucho el mono. El lunes más. Y se iban riendo hacia la diversión sabatina.






domingo, 26 de diciembre de 2021

Seppuku (Serie negra, 59)

 




Tras el seppuku ritual tendieron al hombre sobre la nieve. Las vísceras comenzaron a expandirse fuera de su abdomen pero en contacto con la nieve la sangre y otros humores se volvían albos. ¿Cómo podía interpretarlo el forense? ¿Qué clase de líquidos son los de este hombre que palidecen apenas emergen?, debatían perplejos los sanitarios. Ningún hombre tiene la sangre nívea, ni antes ni después de ser expulsada, confirmó con su experiencia vetusta el anciano superviviente Issei, que había conocido tres guerras y había visto, y otros dicen que bebido, más sangre que agua.

(No siento mi cuerpo inerte, pero me llegan ecos del mundo que acabo de dejar atrás. Hablan sobre mí y algunos me descalifican. No entienden que en el suicidio ritual no hay abandono, sino solo cumplimiento personal. Otros se horrorizan por el horror que imaginan, y que dicen que les produce mi actitud y mi agonía. Un horror ajeno a ellos, al fin y al cabo. Pero, ¿qué saben del dolor como camino inexorable hacia la nada? Hay quien busca una justificación sobre mi acto extremo. Les oigo decir algo sobre el código del honor. Pero yo no he llegado a esto por ningún emperador ni Estado ni leyes ni designio alguno de orden religioso. Quien presume de haberme conocido ha mencionado algunas frustraciones decisivas mías, sin tener idea de que tales frustraciones me han enseñado, nunca desesperanzado para seguir viviendo. Alguno menciona los fracasos en mi oficio y la quiebra de mis negocios como razón determinante. ¿Algo tan efímero e incluso subsanable podría conducirme a olvidarme de mí mismo? Hasta un amigo íntimo me traiciona, sabiendo que no le voy a desdecir, al revelar el desdén de una mujer que siempre estuvo en mi pensamiento que no en el acompañamiento al uso. ¿Y qué decir de ese funcionario, con oscuras ideas que quisiera que todos adoptaran como él, que comete la imprudente contradicción de pedir la muerte para todos los suicidas? Como no poseo tampoco el don de la risa  con ganas me hubiera quedado de burlarme de él. Qué corto y lineal es el pensamiento humano a la hora de valorar los actos de los demás. Si supieran que me he hecho el seppuku para dar cumplida satisfacción a una curiosidad, eso sí, morbosa, que arrastraba desde hace tiempo...Lo reconozco: al hendir el tanto más allá de mi piel y rasgarme lentamente el abdomen de izquierda a derecha tuve un momento de duda que tampoco habría podido reparar. Afortunadamente no solté la presión de la daga y en un nuevo ejercicio horizontal volví a colocarla en el centro. Qué ardor. Qué fuego instantáneo y profundo. Solo me quedaba alcanzar la verticalidad y dejarme caer lo antes posible. La tierra y el cielo se juntaban en ese movimiento preciso para privarme de la vida. ¿Ha pensado alguien en cómo proyectamos todo en símbolos para justificar lo acertado y lo erróneo? Mi agonía no ha sido instantánea y el precio de la curiosidad fue la misma ingratitud de siempre, la del dolor más extremo que jamás hubiera imaginado. Me quedaba como compensación saberme cercano al fin. Incluso había elegido la soledad. No quise que nadie estuviera allí para ayudarme a morir, decapitándome como en las normas de honor del seppuku. Entre otras razones porque ya nadie lo practica y no hay verdugos voluntarios que conozcan el arte de la bondad final, aunque sea sangriento)




(El escritor Yukio Mishima fotografiado por Kishin Shinoyama)

jueves, 23 de diciembre de 2021

Dans le Métro (Serie negra, 58)

 


Conocí a Lise junto a la taquilla de la estación de metro de Goncourt. He perdido el monedero, ¿me pagarías el billete? Un acto de desparpajo por su parte. No veo por qué no, le respondí divertido. El tren llegaba en ese momento. Corrimos. ¿También vas a Lilas?, me atreví. Rezumaba juventud y yo entonces era tan sensible al clima de primavera. También, dijo. Vengo de posar, ¿sabes? Estábamos acostumbrados al movimiento oscilante de aquellos trenes, pero a veces daba miedo. Lo ordinario era tener que sujetarnos fuerte a una barra para no darnos un coscorrón. ¿Posar para un artista, dices? Para ella debía ser natural hacer confidencias a un desconocido. Se puede decir que sí. Es un fotógrafo que hace cosas interesantes, y si las hace es artista también, ¿no? No me cabe duda, le respondí. Yo esperaba que de un momento a otro se interesara sobre mi actividad o por el objeto del recorrido que hacía, y me puse a pensar si decirle la verdad o inventarme una historia. Pero no preguntó nada. Siguió su propio tema. Puedo posar para lo que me pidan. Para anuncios, para pintores, incluso para el cine. Eso puede ser muy interesante dada tu juventud, la animé. Pero no me gusta, cortó Lise. Los que realizan las pruebas son pegajosos. Quieren enseguida quedar contigo y te hacen propuestas incómodas. Eso sí, a cambio te prometen que intercederán por ti, y hay otras chicas que no dudan en morder el anzuelo. ¿Tú no?, se me escapó. Oh, perdona, no quise ser indiscreto. No, no, dijo, y sentí alivio. Haces bien en preguntarme. Me gusta las personas que vienen de frente. Hasta ahora, ¿sabes?, no he picado, pero quién sabe, hay mucha competencia en el mundo de las modelos y sería falsa si negase que puedo sentirme necesitada de pasar por ciertas inconveniencias. De momento huyo de ellas. Afirmé con la cabeza en un gesto moral que pretendía reconocer su valor. Bien debido a que coincidía la hora de salida del trabajo o por algún evento el caso es que el vagón se fue llenando de gente. ¿Ves?, dijo aproximándose a mi con una voz muy tenue. Tampoco me siento cómoda cuando esto se llena. El tono suave y cadencioso que ponía al hablar tan bajo me hacía verla de otro modo. Era como que me concedía una extraña familiaridad, algo poco usual en una ciudad en la que hasta los conocidos se desconocían. Sé protegerme de sobra, cuchicheó, pero hay días en que una tiene que pelear, manteniendo cierta clase por supuesto, con los aprovechados que te buscan. Algunos hasta se incrustan prácticamente en mi espalda, y no siempre hay hueco para apartarme. La sentía tan cercana que me preocupó que ella pensara que yo también era uno de esos. Se lo dije. No he pensado eso de ti; además en cierto modo busco que se crean que somos pareja y así no se les ocurrirá intentar nada. ¿Y si se me ocurre a mí?, reí bajito a la altura de su oído. Lise fue cómplice de mi risa. Sería un buen argumento para sentirme todavía más protegida de los desconocidos. Pero yo soy un desconocido, no lo olvides, precisé. Lo eras antes de entrar al metro. Además estoy en deuda contigo. Por el billete, porque me has escuchado y ambos nos dirigimos a Lilas. Lo casual también cuenta. Razón suficiente para fiarnos mutuamente. ¿Qué tenía aquella mujer que su manera de conducirme con la palabra tiraba también de mi apagado deseo? Un movimiento brusco del tren nos inquietó a todos los viajeros. Ella parecía controlar el ejercicio rápido de otros cuerpos por adaptarse al equilibrio. Este es uno de esos momentos peligrosos para una mujer, susurró. Tengo conocimiento de causa. Sentí su aliento tan próximo que me inquieté. ¿Y si nos bajamos en una estación anterior, en Télégraphe por ejemplo, y nos tomamos un café?, propuso. Su mano de violinista se posó con fuerza instintiva sobre la mía. Como si no hubiera más sitio donde aferrarse en aquellos soportes tan concurridos. La retuvo. Abrasaba. Recuerda que no tienes dinero, reí. Pero tú sí, saltó con picardía. Entonces con la otra mano sacó de entre la chaqueta de punto que llevaba arrebujada mi cartera. No reaccioné. Su extrema habilidad y cuanto me había contado, que no había tomado por mera palabrería, me hechizaban. A punto de detenerse el tren me rozó con el estigma de su torso enhiesto. No te separes, suplicó. Este es el peor momento. Me agarró la mano y tiró de mí hacia el andén.  Así fue como empecé a saber de Lise, la chica que iba a Porte des Lilas. 



(En la fotografía Anaïs Nin)

martes, 21 de diciembre de 2021

Un himno homérico a la Tierra. Con el deseo de un satisfactorio solsticio.

 



Los Himnos homéricos son un conjunto de treinta y cuatro poemas generados a lo largo de varios siglos anteriores a la era cristiana. Cada uno está dedicado a un dios del panteón griego pero también al Sol, a la Luna y a la Tierra. Aunque antiguamente eran adjudicados a Homero, en realidad parecen ser obra de diversos autores. Hay diferencia amplia de fechas entre todos ellos y se han transmitido por la tradición oral. Y ya se sabe que esta confirma o rectifica, cambiando y derivando siempre la forma y el fondo incluso de los relatos. De ahí que en los mitos y las leyendas más ancestrales, los grecolatinos son una buena muestra de ello, los dioses tengan diferentes vidas imaginarias y por lo tanto narraciones múltiples.

Mas la información sobre los Himnos homéricos ya la suministran los investigadores y eruditos, y yo poco más sé. A mí me ha interesado traer aquí la verdad y sensibilidad que rezuma el himno dedicado a la Tierra. Tiene todas las connotaciones de una plegaria de agradecimiento. Pero también está cargado de anhelo, de aspiración a una vida segura y condescendiente. Y ojalá feliz. Sin duda el idealismo humano ya proviene de lejanos tiempos. No en vano en la cultura clásica griega hay un eco evocador de las bondades de la existencia. Si bien uno no puede dejar de pensar que aquella sociedad también era clasista, y que no todos sus componentes se beneficiarían por igual ni obtendrían satisfacción de sus necesidades, pero ¿acaso quien más o quien menos no aspiraría a verse compensado por los dones naturales y por los productos del esfuerzo y la tarea humana?

Os dejo aquí el Himno a la Tierra, personificada en Gea, en estos tiempos en que parece que nuestro planeta está tan herido por la acción de los mortales, y las deidades se revelaron hace mucho incompetentes para poner límites a la incuria humana. Con mis mejores deseos para celebrar el solsticio de invierno. Bienvenido sea, bienvenidos seáis todos a él.



A la tierra, madre de todos
 

"Voy a cantar a la Tierra, madre universal, de sólidos cimientos, la más augusta, que nutre en su suelo todo cuanto existe. Cuanto camina por la divina tierra o por el ponto, o cuanto vuela, se nutre de tu exuberancia. Por ti se vuelven prolíficos y fructíferos, soberana, de ti depende dar la vida o quitársela a los hombres mortales. ¡Afortunado aquel al que tú honras benévola de corazón! A él todo se le presenta en abundancia. Se le carga el labrantío dispensador de vida y por sus campos prospera en ganados. Su casa se llena de bienes. En cuanto a tales hombres, con buenas leyes gobiernan en una ciudad de hermosas mujeres. Abundante fortuna y riqueza los acompañan. Sus hijos se enorgullecen de su juvenil placer, y sus hijas, jugando en coros cuajados de flores, con ánimo alegre se complacen entre las delicadas flores del prado. Esos son a los que tú honras, venerable diosa, generosa deidad. 

¡Salve, madre de los dioses, esposa del estrellado Cielo! Concédeme, benévola, en recompensa por mi canto, una vida grata a mi corazón. Que yo me acordaré de otro canto y de ti".

  
***



Y una traducción acaso menos libre, para quien sea más exigente con el estilo clásico:


A Gea



A Gea, madre universal, cantaré, de sólida base, la más anciana, que nutre sobre la tierra todo cuanto hay; cuantos seres se desplazan por la tierra divina o cuantos (se desplazan) por el mar o cuantos vuelan, ellos se nutren de la abundancia a ti debida. 

Por ti llegan a ser de muchos hijos y fructíferos, Soberana, en ti está el dar la vida o arrebatarla a los hombres mortales; feliz aquel a quien tú honres benevolente en tu ánimo: a él todo se le ofrece inagotable.

Cargada está para ellos la tierra labrada, dispensadora de vida, y en los campos hay prosperidad para los rebaños, y la casa está llena de bienes; ellos, con buenas leyes, mandan en la ciudad de hermosas mujeres, y mucha felicidad y riqueza los acompaña.

Sus hijos con alegría juvenil se sienten orgullosos y sus hijas vírgenes, jugando en coros floridos con corazón alegre, danzan entre mullidas flores del prado, (aquellos) a quienes tú honres, venerable diosa, generosa divinidad.

Salve, madre de los dioses, compañera de lecho de Urano, cubierto de estrellas, benevolente, a cambio de mi canto, concédeme una vida plácida: yo por mi parte, me acordaré de ti y de otro canto.

*



(Imagen de cabecera: Cuadro del pintor danés Vilhelm Hammershøi. Imagen posterior: escena de un vaso del Pintor de Eretria, siglo V a.e.c. )

sábado, 18 de diciembre de 2021

Encuentro con la diosa de ojos glaucos (Serie negra, 57)

 




- Oh, diosa. ¿Qué te hace estar pensativa?
- El acontecer de los hombres.
- Pero tú que participaste en la batalla con los Gigantes, ¿vacilas ahora acaso ante la actitud de los mortales?
- No dudo, pero me siento afectada. Pues no sé si cuanto hice por ellos ha servido para algo. 
- Si sirvió tu apoyo a héroes como Aquiles o Menelao en la contienda decisiva de Troya, o protegiste activamente a Heracles, cuyas gestas eran arduas y sobrehumanas, o fuiste en socorro de Perseo cuando Gorgona le puso en un brete o incluso echaste una mano impagable a Odiseo, ¿qué te hace creer que cuanto has provisto para los hombres ha caído en saco roto?
- Su necedad. Su permanente ofuscación en no entenderse entre ellos. Su afán por perseguir lo inalcanzable aun a costa del otro, en lugar de solicitar su ayuda y contribuir al éxito de una causa común.
- Pero los humanos te reconocen. Antiguamente levantaron templos y estatuas para honrarte.
- Aquel gesto no me conmovió. Siempre he deseado de ellos otra condescendencia.
- Cultivaron un elevado culto a tu representación.
- Nunca necesité que me honraran. No obstante se ve que cuanto hacen los mortales en nombre de los dioses o del dios único que inventaron después para su propia comodidad lo hacen para sí mismos.
- Te muestras desagradecida, a tenor de tus palabras. 
- Son ellos quienes no saben agradecer mis enseñanzas en la vida cotidiana ni labrar su seguridad para tiempos venideros.
- No se puede decir que hayas sido una diosa de la paz precisamente. Pues todas tus acciones en el mundo del mito han sido guerreras y no en vano los artífices te han representado con el yelmo corintio, la égida firme y la afilada lanza.
- Quien me recuerde solamente pertrechada para la contienda ignora la faceta que más me interesa que acepten los hombres.
- Ciertamente sería de desagradecidos olvidar que ya en aquellos tiempos lejanos tu nombre invocaba una celebración. Se te reconocía en las expresiones creativas. Se organizaban festividades donde las artes, la poesía, la música o el debate filosófico emergían en una competencia feliz que tú habías auspiciado.
- Y en ese sentido siempre he anhelado que los hombres, recuerden o no mi nombre, pues las expresiones de la imaginación humana son cambiantes, dediquen el cultivo de toda clase de artes e impulsen el desarrollo de la justicia y la razón como signos hacedores de paz y convivencia.
- En gran medida son herederos de tus advocaciones y han procurado, no sin dificultades, desarrollar tus propuestas.
- Lo acepto. Pero temo que últimamente anden perdidos.
- La confusión ha sido una constante histórica. La indecisión, un latido perturbador. El error, un agujero en el suelo bajo sus pies.
- Mas no han aprendido lo suficiente. Nunca acaban de aprender a valorar correctamente los riesgos, ni a conjurar los peligros, ni a optar claramente por lo constructivo. Entiendo que es la condición humana. Es obvio que los dioses que ellos inventaron nunca les hemos resuelto el problema de la existencia. Pero ¿no es precisamente ese esfuerzo que los hombres impulsan lo que les otorga el gran valor y el inmenso sentido de la razón de vivir?
- Tú misma dices bien, diosa. ¿Por qué, entonces, entristecerte? ¿Por qué esos devaneos estériles? ¿Qué más puedes hacer por ellos?

La deidad no responde, porque sabe que la respuesta la tenemos los hombres. Me ha mirado fijamente. Sus ojos glaucos me transportan. Si yo fuera su enemigo, me fulminarían. Si tratara de seducirme, me rendiría. Pero me traslada quietud, invitándome a hacer del pensamiento reflexivo el acto más prudente. Es ahí cuando sé que no estoy ni en su poder ni en las manos de nadie. Y sé que es lo que espera de mí. ¿Consistirá en eso la pizca de sabiduría que uno debe cuidar?





(Relieve de Atenea, de hace 2.500 años, en el Museo Nacional de la Acrópolis. Atenas)

jueves, 16 de diciembre de 2021

Pan con pan o diálogo de fuerzas vivas, años... (Serie negra, 56)

 


Las fuerzas vivas estampan ruidosamente sus fichas de dominó sobre el mármol. Boticario, cura, alcalde y médico endulzan la partida con un Chinchón seco. Ante un plato vacío la filosofía palidece, dice uno. Además, de ideas no se come, y se repantinga otro. ¿Para qué les sirvieron a aquellos sus ocurrencias libertarias? Todo ha vuelto a ser como antes. Pero los que han sobrevivido lo pasan mal y vienen ahora a que les aportemos la guita. Convenceros, la escasez espabila. ¿Tú crees? Cómo que lo creo. La gazuza incentiva el ingenio, eso es de siempre. Será en unos casos, porque en otros...A ver, ¿quiénes han salido los más listos de este pueblo? El hijo del aguador, ahí lo tienes, con carrera y todo. Sí, claro, solo uno de los nueve hijos que tuvieron sus padres. Y porque le llevó el cura al seminario y el chico valía. El resto, o allá para el Norte o a las Cataluñas o malviviendo. Y alguno en el trullo, como aquel que iba pregonando que había cogido solo lo que le pertenecía. Sería mamón el rojo. Sed caritativos, compadres, bien sabéis que Dios no abandona a ninguno de sus hijos, y siempre provee. No abandona pero los mata de hambre, salta jocoso el médico. No seas, sacrílego, matasanos, que si te da el cólico miserere y te quedas en esas vas de cabeza a la finca de Satanás. A este Satanás no le querría, acabaría matándole también a él. Ríen todos estrepitosamente. Lo malo es que este año viene muy mala la cosecha, interviene indiscreto el cachicán de la finca de Don Emeterio que observa la partida. Y si no hay venta no hay ganancia. Y sin ganancia adiós soldada. Tendremos a los jornaleros matando las horas por la plaza. Sin nada que hacer les tentarán las malas ideas. Y qué pasa por eso. Para las malas ideas hay cuartelillo y receta. Más caridad, hermanos, más caridad. El uso de la fuerza solo en el extremo de que sea necesario. A mí mientras me respeten los santos me parece que todo lo demás tiene solución. Claro y la patata caliente para nosotros, ¿no? No adelantéis acontecimientos. La gente de este pueblo es pacífica. Otras veces lo han pasado mal y no han ido más allá de las quejas. Ya, pero recuerda que a ti te amenazaron una vez. Bah, aquel chavea se dejó llevar por los de las malas ideas. Ya lo pagó, como lo pagaron todos los suyos, y ahí lo tienes, más manso que un siervo de los de antes. Yo no quisiera hacer de abogado del diablo pero deberíamos prepararnos para lo peor. ¿Qué es lo peor? ¿Que no podamos jugar la partida todos los días? ¿Qué tengamos que interrumpir la caza? ¿Que se nos vengan abajo esas correrías que nos traemos de vez en cuando en la capital? No se santigüe, padre, que tampoco está usted libre de tentación. Autoridades precavidas valen por dos, dice el refrán. Ya, el refrán del gobierno civil cuando ordena seguir sus instrucciones y desplegar la fuerza pública. Os digo que esta vez puede ir en serio. La chusma revoltosa son cuatro. Nosotros no tenemos que tener complejos. Pero observad que si además de caer en picado la recolección llega el desorden, a ver de qué van a comer esos desgraciados. Por Dios, no les llames eso. Pero hay que hacérselo ver. ¿O les va a abrir usted el granero, padre? Yo os digo que no se van a quedar quietos. Que no tendrán nada que perder. El hambre trae la revuelta, y no queremos que retornen aquellas circunstancias, ¿verdad? Quien se alimenta de pan con pan, dice el Libro de los Proverbios, no perecerá. Creo que convendría tomar la iniciativa y emitir un edicto municipal redactado con buenas maneras. ¿Aviso al secretario? ¿Llamo al alguacil? Calma, calmarse todos, la partida primero. Que siempre os atropelláis cuando voy ganando. Por cierto, cachicán, di a Don Emeterio que el domingo iremos a buscarle al alba para la batida. Este año vienen las perdices rellenitas y abundantes.  



(Fotografía de Carlos Saura)

martes, 14 de diciembre de 2021

Maldición eterna a quienes hayan hecho daño a Las sacerdotisas

 


¿Qué hacer, si aparecen, con los autores del daño infligido a las pinturas rupestres denominadas Las sacerdotisas? Me temo que cualquier acción administrativa, judicial o simplemente correctora sobre ellos sirva muy poco para modificar la estructura mental de esa especie de terroristas del Arte y del Patrimonio público. Y es que la capacidad imbécil y perversa de algunos es elevada y debe tener hondas raíces en la ignorancia. 

Las pinturas de Las sacerdotisas se encuentran en el Abrigo de Los Órganos, Parque Nacional de Despeñaperros, en Jaén. Se cree que representan una danza ritual, probablemente propiciatoria de la caza. De ahí que las figuras antropomorfas y esquematizadas aparezcan enmascaradas como felinos. 

Que durante varios miles de años -se calcula que pertenecen a la Edad del Bronce- hayan resistido a la intemperie y que ahora lleguen los destructores malnacidos de turno para rociarlas con spray es algo que no tiene nombre. Pero pónganles alguno, si gustan, a elegir entre: analfabetos, bárbaros, incívicos, incultos, tarados, negacionistas, bestias...O simplemente bichos dañinos. (Se admiten otras sugerencias)

Me pregunto: ¿Qué pasaría por la mente de ciertos individuos para recurrir a esta clase de mal tan insensato? ¿Qué nivel de educación mínimo tendrán tales sujetos? ¿Qué perseguían realmente al tachar las imágenes? ¿O lo que buscaban era que su vergonzosa y miserable hazaña apareciera en los medios y se difundiera por las redes? ¿Se sienten así en sus días de gloria al ejecutar esa machada? Malo sería que un acto de barbarie sentase precedente.

No creo que baste con una acción punitiva contra esa ralea, pues la maldad no tiene cura. Por lo tanto, yo invoco, plagiando una parte del título de una novela del escritor Manuel Puig: maldición eterna para los autores de un crimen contra la antigua Humanidad. 

Acto sacrílego contra la cosmovisión de los pobladores del pasado, delito contra el patrimonio público heredado, aversión enfermiza al conocimiento. 

Pero quién sabe. Acaso las supuestas sacerdotisas o danzantes o profetisas les echen el mal de ojo a los necios destructores. Porque la vida da muchas vueltas. Y el mal solo sabe disponer de una dirección: consumirse en sí mismo, aunque se lleve por delante tesoros culturales sin ton ni son como parece este caso. No quiero sospechar que haya habido otras intenciones más sibilinas y retorcidas...porque entonces, apaga y vámonos.




(Fotografías aparecidas estos días en internet)

lunes, 13 de diciembre de 2021

¡Vade retro, libros! (Serie negra, 55)

 



Dedicado a Javed Farhad, poeta y escritor afgano, que ha tenido que vender su biblioteca personal para pagar el alquiler de la vivienda y poder comer toda la familia.

Cuando los seguidores fanáticos de aquel personaje turbio se creyeron reyezuelos en mi pequeña ciudad lo primero que hicieron fue desvalijar. Los hogares de gente letrada, las bibliotecas públicas, los centros de agrupamiento sindical, los ateneos de cultura, incluso muchas escuelas, fueron objeto de purga. Lo hacían por nuestro bien, dijeron los uniformados. Aunque algunos venían con órdenes expresas desde la capital del länder, vimos caras conocidas. No todos eran analfabetos de hecho, pues entre ellos había personas que habían realizado doctorados y funcionarios públicos a los que se les exigía tener conocimientos amplios. O eso creíamos hasta entonces. 

Verlos entrar en la casa del Doctor Cohen, por ejemplo, o saquear con impunidad un sindicato donde se alfabetizaba, o hacer una selección de libros de la biblioteca que honraba con su nombre a Goethe nos escalofrió a muchos. ¿Hasta dónde serán capaces de llegar?, nos preguntamos. Sabíamos de represalias y detenciones sobre librepensadores y militantes de entres políticos que no eran el suyo, incluso con vecinos de toda la vida que por seguir otra religión eran calificados como enemigos del Estado, pero cuando vimos con nuestros ojos destruir libros nuestro asombro fue enorme. Tuvimos que callarnos, por supuesto. 

El maestro Wolfgang Carstup, sajón como todos nosotros, nada radical pero tampoco ningún beato y menos de la nueva y virulenta corriente de moda, no pudo callar. ¿Por qué hacéis eso?, increpó a la banda paramilitar que preparaba una pira en medio de la plaza cuyo nombre honraba a un antiguo filósofo local. Nos ha llevado años formar bibliotecas como para que ahora nos desproveáis de sus fondos. El soberbio oficial le respondió con altivez: os regalaremos una nueva, única, inconmensurable. Donde leáis cuanto aporta bien, lo que alecciona para el orden, aquellos libros que enseñan a ser ciudadanos fieles y cuantos relatan las hazañas de los valerosos héroes cuya memoria el Reich ha recuperado para mayor honra. 

Carstup, que no era un ingenuo, se resistió a la falsa explicación. Pero los libros si valen algo, dijo, es porque expresan ideas de todo tipo, narran avatares de cualquier lugar de la humanidad, no obligan a tener criterios morales definidos, y trascienden las ideologías porque ante todo los libros son un testimonio total y libre. O dicho de otro modo: el que quiera que lea y elija; pero que tenga dónde y qué elegir. 

El oficial se embraveció al ver que el maestro le llevaba la contraria. Enseguida personificó en él. Es decir, ¿que tú eres partidario de aquellos que leen lo insano, lo que no ayuda a acrecentar el amor a la patria, lo que emponzoña a nuestros jóvenes? Carstup se dio cuenta de que no había diálogo posible con la bestia. Y que había corrido un riesgo serio. Dudó entre callar o seguir argumentando para aquellos animales. Tuvo una ocurrencia, si bien poco afortunada. No los quemáis, dijo tratando de arrebatar la pila que portaba uno de los secuaces de aquel operativo. Me los quedo yo, me comprometo a guardarlos sin que nadie tenga acceso a ellos. Podréis venir periódicamente a comprobarlo. 

La carcajada del grupo depredador nos hizo temblar a todos los que presenciamos la escena. El uniformado al mando no estaba a favor de la clemencia con la herencia de Gutenberg. Vociferó: Ved aquí a un idealista de los de antes, de los que aún deben creer en los filósofos y en los poetas, pero que no sabe reconocer el genio del gran hombre que el destino nos ha propiciado. Apártate si no quieres llevar el mismo fin que toda esta bazofia de papel que vamos a eliminar para higiene de los habitantes de la ciudad. 

Wolfgang Casturp se encerró en su casa tras aquel episodio. Desapareció a los pocos días. Hubo quien dijo haberle visto andando solo, con una maleta, bordeando la carretera. Nunca volvimos a saber nada de él.


   

viernes, 10 de diciembre de 2021

Tanto fueron los cacharros a la fuente...(Serie negra, 54)

 


Yo también recuerdo haber ido a por agua a la fuente. Me mandaba mi madre, aunque me supiera mal. Las mujeres se apelotonaban. Más de una se me colaba en la fila. Había risas, pero no se podía evitar siempre algún altercado. Si el llenado iba para largo las mujeres se prestaban a conversaciones. El tono de estas podía variar. Había comentarios prudentes, confidencias indiscretas, chismorreos malintencionados. Cosas del vecindario que unas veces se ayudaba buenamente y otras se echaban una mano al cuello. Si uno se fija en la fotografía se advierte un tono de jocosidad. Si bien, como en un cuadro velazqueño, en el meollo se observa cierta tensión circunstancial -cuyo motivo no nos es revelado aunque podamos sospecharlo- y a medida que nuestra vista se desplaza a la cola el grupo gana en divertimiento. 

Mas el diálogo hondo no era el de las mujeres. Sino el más silente, pero no menos entrañable, de los recipientes. La conjunción de todos aquellos objetos que se valoraban por su capacidad, independientemente de la medida que los clasificaba y el uso habitual que los definía, se manifestaban en una especie de éxtasis. Ellos sabían esperar y como buenos hermanos entregados al uso de las familias se contaban sus alegrías y sus desdichas. Cuánto temían el desgaste de los años. Uno decía que había perdido un asa. Otro, que el mimbre que recubría el botellón se iba deshaciendo. Había quien se quejaba de estar criando ya cierto óxido. O aquel que se presentaba avergonzado por sus abolladuras. O el que lamentaba haber dejado de prestar servicio como lechera para rebajarse a esta otra actividad inodora, incolora e insípida, a tenor de lo que contaban los libros escolares. ¿Y qué decir de aquellas cerámicas de barro rojizo o blanco que temían quedar obsoletas si se partía el pitorro o la boca de relleno? En aquella epifanía cotidiana de los útiles más comunes y necesarios se citaban los orgullosos garrafones, las garrafas humildes, los barreños inabarcables, los cubos comodones, las cazuelas de la ración, las ollas de los gabrieles, las jarras aguamaniles con las que se aseaban sus dueños sobre la jofaina, los cántaros metálicos, los botijos con sabor a cieno y verano.

¿Se interesaba toda esta humanidad de objetos por la otra que vociferaba, se increpaba, contaba anécdotas o reía para hacer llevadero el rato? Esa humanidad de los cacharros solo hilaba complicidad con la imperturbable y parturienta fuente. Su fiel generosidad les proporcionaba cada día el verdadero sentido de su existencia.




(Fotografía de Campúa)

miércoles, 8 de diciembre de 2021

El recadero del maestro Utamaro

 



Trabajé de aprendiz para el maestro Utamaro. No sé si aprendí más observando sus maneras de pintar o ejecutando sus recados. De lo primero serán mis trabajos los que podrán responder. En cuanto a los encargos tengo que reconocer que fue un aprendizaje provechoso. Yo soy por naturaleza tímido, y en mi juventud lo era mucho más. ¿Fue por esa razón por la que el maestro confiaba en mí? ¿Sabía él de sobra al enviarme a buscar alguna muchacha a la casa de té más oscura del lugar que iba a ser sumamente discreto? No es que a él le importase demasiado que se supiera dónde escogía a algunas de sus modelos, pero me utilizaba para conocer mi opinión. No se piense mal. De su vida íntima con las modelos no debo revelar nada, aunque con ganas me quedo. 

Él quería que le confirmase o disintiese sobre la anatomía o rasgos particulares de aquellas mujeres a las que luego iba a representar, a algunas de manera idealizada, en sus ukiyo-e. Dame tu dictamen sobre las proporciones del cuerpo de Suki, me decía. El rostro de Aiko es tan sereno que dan ganas de dibujarlo. O bien: la espalda de Manami es como un lienzo, no sé si copiarla o pintar en ella si me deja. Sin que yo le dijera nada Utamaro sabía por mi sonrisa o mi mirada pilla que no iba descaminado en sus apreciaciones. ¿Digo poco si afirmo que mi timidez era para él una buena medida de por dónde debía acometer una obra? 

No sé si un día me vio más apocado que de costumbre o simplemente que no daba pie con bolo en mis trazos, que decidió dar un paso a mi favor. Creo que necesitas algo más que aprender a dibujar o hacer de recadero. Vas a ir de mi parte a buscar a una mujer a la que llaman la misteriosa, que a veces acude a la casa de té a buscar su propio placer. Es una mujer callada, prudente, de superior belleza interior a la aparente. Le dirás que no la necesito de nuevo para mi obra, pero que tú sí. Prueba a ver si te corresponde y luego me dices. 

Fue una anécdota más de mi estancia de adiestramiento con el maestro. Que aquella mujer y yo vivimos juntos una temporada nos sirvió a ambos amantes. Por supuesto, el mundo propio de ella era muy superior al mío. Y sus maneras cautelosas no eran óbice para distinguir las intenciones de la gente. Lamenté mucho que me abandonase. Yo fui aprendiendo a pintar mejor. Pero ella me superaba en sus ganas de vivir.


Se sugiere la lectura sobre una mujer despeinada en el blog de Chitón :

https://ehchiton.blogspot.com/2021/12/la-despeinada-y-su-diario.html



(Fotograma de la película Las cinco mujeres de Utamaro, de Kenji Mizoguchi)  

lunes, 6 de diciembre de 2021

El desaparecido (Serie negra, 53)

 



¿Sabes por qué te hemos detenido? Él desafía a sus interrogadores. Supongo que por mis ideas. Por tus inapropiadas ideas, más bien, le responden ásperamente. Vas sembrando la discordia y te has aliado con los más traidores. El detenido manifiesta asombro. ¿Quién ha traicionado a quién? Solo he sido consecuente y he defendido lo que me ha parecido digno de proponer para que la gente no sea infeliz. Sus interrogadores endurecen el tono. Nosotros decidimos quién y cómo debe alcanzar la felicidad. Pero es un derecho que no se le puede negar a nadie, aulló el hombre. Tú no eres quién para invocar derechos y menos para gritarnos a nosotros. Estás aquí por asocial. Y a los asociales se les debe corregir y si no cambian les proporcionaremos una dosis de felicidad eterna. Sabemos todo de ti. De la fe inquebrantable que decidiste quebrantar. De los pasos que has dado para subvertir el sistema. De tus pactos con las fuerzas enemigas. Hay testigos innumerables de ello. Se te va a pedir que te retractes de todo lo que has hecho con la intención de perturbar la convivencia y confundir a la gente de bien. De tu colaboración depende que algún día seas feliz en este mundo. El arrestado permanece mudo, tratando de ordenar sus ideas. Saca fuerza para argumentar. Pero todas estas acusaciones son ambiguas, además de falaces, dice enojado. Además, ¿no estábamos todos en el mismo barco? ¿Por qué me culpáis a mí de querer hundirlo? Quieto con lo que dices, se le imponen los otros, no vaya a ser que ahora nos cargues con la responsabilidad de que si las cosas van por mal camino ha sido cosa nuestra. En este momento es un imperativo poner orden y lo primero es segar la cizaña. Hay que hacer converger las ideas a una sola. Y dirigir el objetivo hacia lo más práctico. Asegurar el orden y concentrarnos todos en una sola tarea. Arrimar todos el hombro con plena conciencia de lo que nos jugamos. Aupándonos en torno a quienes saben dirigir y garantizar el futuro. De ello depende que la dirección vuelva a estar clara de nuevo. Para que no se frustre el destino  real, y no el idealista y engañoso que tú y los tuyos prometíais a los honestos. No se arredra el cautivo. Nunca hemos tenido tan cerca la posibilidad de acabar con la tiranía del hambre, de la ignorancia y de la injusticia, y he luchado por ello. ¿Por qué mi visión de lo práctico e inmediato va a estar equivocada? ¿Hay que concentrar todo en el poder de los burócratas? Pero vosotros ¿de parte de quién estáis? Obtiene una bofetada por respuesta. Saltan sus lentes y se siente indefenso. Se ve que no te arrepientes de haber hecho el juego a aquellos que dices combatir. Te va a dar igual. Las pruebas contra tus actividades son amplias y concluyentes, y alguien que sabe más que tú y que nosotros allá arriba va a tomar las medidas oportunas para que no sembréis más discordia. Dos energúmenos lo levantan de la silla. ¿Discordia cuanto hemos aportado?, acierta a decir con torpeza. ¿Discordia poner en primera línea de combate a hombres y mujeres entregados? ¿Discordia querer el bien universal? ¿Discordia buscar la satisfacción para los que siempre han andado escasos de recursos y sobrados de necesidades? Calla de una vez, le increpa el polizonte. Que suba al coche con los otros. El hombre se sumerge en un silencio repentino, profundo, como si quisiera blindarse contra la indignidad. Desconcertado por su mente temerosa recuerda algo que leyó en cierta ocasión. Un hombre que dice que no es un hombre que dice que sí. No a todo lo que resulta insoportable y por lo tanto inaceptable. Sí a la percepción de que pueden modificarse las circunstancias y vivir con la cabeza alta. Pero estos pensamientos no le consuelan. Sabe que es ya un derrotado. Soy de esa clase de hombres que ha querido cambiar el mundo pero cuyas intenciones no prosperan nunca. ¿De qué me sirve en este momento incierto evocar a esa humanidad por la que creí haber luchado dignamente?