"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





lunes, 25 de enero de 2021

El desgarramiento

 


Me he arrancado los ojos para no ver lo feo, la garganta para no proferir exabruptos, los conductos del oído para que no me llegue ni ruido ni música celestial, la mandíbula para que no tirite cada vez que el humor me pone de perros, la nuez para que no haga ostentación de una virilidad envejecida, un hemisferio del cerebro para no sentir, otro hemisferio para no pensar, uno de los dos lóbulos para que la imaginación no sea sacrificada a la nefasta influencia mediática, el corazón para que no brinque y me engañe con sus latidos tramposos, el hígado para que la hiel no me amargue más, las tripas para que cesen las evacuaciones no deseadas, los genitales para que no me inciten a una erección insensata, los riñones para que no se crean por más tiempo hontanares purificadores, los brazos para que no traten de asirse a lo que no sujeta, las piernas para que no hagan el paripé de que aún hay recorrido, y ¿qué queda de mí?, pues supongo que un deshecho tras el cual vendrán otros deshechos, pues es sabido que el que abre camino arrastra con la flauta de la desilusión a otros perturbados como yo, que saben que apenas hay sitio para la cordura en un mundo de necios.  

(Este sueño, decorado con literatura barata, me ha desbaratado la noche)




(Escultura de Bernardí Roig)

jueves, 21 de enero de 2021

El grafiti de la maldición





¿Has visto lo que está escrito en esa pared tabernaria? Que quien ame prospere, que muera quien no sepa amar. Y que muera dos veces quien prohíba el amor*. ¿No te parece divertida esta imprecación, Lucrecio? Parece la invocación de un sátiro, pero seguramente es cosa de los que frecuentan el lupanar de Priscila, opina Holconio, su amigo de aventuras y desventuras. Y añade: ¿Te parece que es ahí donde se puede encontrar lo que  vitorean? Lucrecio se lo piensa. Depende. Hay quien concibe el amor como desahogo y quien lo persigue como compromiso, que es tanto como padecimiento. Sin duda el primero es más llevadero, intenso en sí mismo pero libre de ataduras. Holconio: No cambiarás en tu sarcasmo razonado, pero a mí me hace pensar el escrito. ¿Hasta qué punto hay que desear el mal al ignorante? Entiendo que a aquellos que van por la vida prohibiendo a los demás ser mínimamente felices no les aceptemos. Se merecen lo peor. Pero quien no sepa amar, ¿acaso no tiene alguna clase de salvación? Tal vez no sabe porque no ha tenido suerte. O porque no ha permitido ser amado, salta Lucrecio. El que pone vetos a las oportunidades o no acepta la aproximación de otra persona alimenta su propia ignorancia. Y pienso: ¿No será que esos individuos se quieren de manera tan ciega a sí mismos, o eso creen, que no son capaces de abrirse a los demás? ¿Qué pueden perder? De ahí a ser un enfermizo solo hay un paso y más adelante se perturban y puede que incluso afecte a otros su comportamiento. Holconio no está por entrar en una discusión envolvente y cambiar el rumbo de un paseo que venía siendo recreativo. ¿Es posible que una simple gamberrada de palabras en una pared nos lleve a tantas conjeturas? Lo evidente es que quien la ha plasmado ahí estaba cargado de euforia, el muy ingenuo. O bien hace propaganda de Priscila y sus vestales, dice con ironía su compañero. ¿Probamos a ver si sabemos o a ver si prohibimos? Y el otro: podemos probar a prosperar. Ambos se confunden en una carcajada desenfadada.




(* Grafiti pompeyano: Quisquis amat valeat, pereat qui nescit amare. / Bis tanto pereat quisquis amare vetat

Imagen: Fresco de la Casa de Lucio Cecilio Iucundo, en Pompeya)

martes, 19 de enero de 2021

El esclavo y las horas

 



Carta del esclavo culto Heraclio de Naxos a su amigo Téros, empleado en Praeneste.

"Han traído un nuevo hemisferium al foro. No sé para qué quiere saber las horas la gente acomodada que va a reunirse allí. Si todas las horas son suyas por nacer en buena cuna o por robárselas a otros. Si sus retrasos se los perdonan a sí mismos. Cuando no llegan a tiempo la culpa nos la echan a los esclavos. Precisamente a los que ya tenemos el tiempo menguado. Las horas verdaderas, las sufrientes, son las nuestras. Horas oscuras, horas vendidas. No nacimos para disfrutarlas sino para padecerlas. ¿No está clara la diferencia? Siempre dispuestos a servir a los amos. Siempre atentos a sus mandatos. En guardia ante sus caprichos. ¿Y qué nos conceden a cambio? 

Algunos de ellos son diligentes y toman la iniciativa sin abusar de nuestro trabajo. Pero otros parece que necesitan que estemos detrás, como su sombra, para organizarles la jornada, proporcionarles servicios, satisfacer sus demandas. Sin que intervengamos en sus negocios ni en sus decisiones. Exigiendo que seamos reservados y prudentes. Guardianes de los secretos ajenos. Ni ver ni oír ni hablar es la norma. Y por si no fuera suficiente ahí queda la tropelía de algunos señores que utilizan a sus esclavos para que estén día y noche vigilantes de las horas, a la intemperie incluso. Rendidos a cualquier ocurrencia o antojo de los señores.  

Pero nada nuevo te digo y agradezco aceptes mis desahogos. Difícil ir contra las dos condiciones de hombres que existen, como viene siendo desde siempre. A nosotros nos ha tocado en la que estamos. ¿Se puede hacer otra cosa? Como mucho esperar. Tantos hermanos de infortunio han intentando alguna vez rebelarse. sin éxito. Así que he ido renunciando a muchas intenciones. Me di cuenta de que ciertas ideas eran peligrosas para mi propia supervivencia. No obstante, ¿cómo ocultar que me produce envidia  y odio no pertenecer a la clase de los hombres libres? Sí, tengo celo y rencor de esa gente que tiene poder y riqueza, la mayor de la cual es disponer con libertad de su tiempo. No acabo de asumir del todo mi condición aunque a mi edad debería resignarme. Me queda una suerte de resistencia íntima, acaso inútil. Pero por otra parte no debería quejarme como aquellos que se hallan en peores condiciones y son tratados con infame desconsideración. He tenido fortuna hasta el momento, pues hay personas inteligentes en el mundo de los ricos. Con un carácter firme y exigente, sí, pero también con visión y conocimientos. Incluso con actitud emprendedora. Receptivos al criterio ajeno. Audaces al valorar y tomar en consideración propuestas sugeridas por sus esclavos. 

Dirás que sigo manteniendo las mismas quejas que cuando me conociste, Téros. Sin embargo puedes comprobar que ya no soy aquel disparatado joven que solo apreciaba su vida si lograba superarla. Arriesgando en el intento. El tiempo, que en realidad es decir tanto como lo vivido, me ha templado. Y aunque nunca he abandonado la idea de ser otro el cansancio ha hecho que perdiera la aspiración colectiva de todas las ilusiones emancipadoras. Creo que me comprenderás.

En lo que concierne al presente mi amo, que es de esa clase de pudientes que no hacen ostentación de sus bienes, me ha consultado con frecuencia, pidiendo máxima discreción, acerca de tomar decisiones en su vida privada o en sus comercios. No por eso se le debe calificar como pusilánime o inseguro. Más bien es precavido y sabe que mi vida ha estado repleta de azares y dificultades, y que ello me ha proporcionado saberes. Él gusta de utilizar también mis saberes. Yo le respondo con satisfacción cuando departe conmigo sobre algún tema que le confunde. Le indico, le discuto, le sugiero salidas. Que tengamos discrepancias al debatir un problema que es de su interés resulta fructífero. En esos momentos no me considera esclavo sino amigo. Eres mi consejero secreto, Heraclio, me dice con frecuencia. Como  me tome la libertad de replicar que me siento muy reconocido pero que me gustaría no ser esclavo él sentencia: calma, te premiaré pronto. Hasta la fecha. No pierdo la esperanza. Tal vez para los idus del mes sexto me depare una sorpresa. Hoy quiere que vaya con él a ver la columna de las horas, como empiezan a llamar a la última adquisición de la ciudad. Al decirme que le acompañe ha hecho en voz alta una reflexión. La mayoría de los ciudadanos, ha comentado, creen que el instrumento solo marca las horas de la vida apacible. Pero también cuenta la de la enfermedad y la de las catástrofes, la de la pérdida y la de la muerte. Algo que suele pasar desapercibido a los mortales, Heraclio. Y ha añadido: el destino dirá si ese hemisferium se presta a durar la misma eternidad que posee el tiempo. Eso me ha dicho y me he quedado intrigado. ¿Qué intuirá?

Espero noticias tuyas, Téros. Hazme saber si la edad y tu sabiduría, añadidas a la benevolencia de tus dueños,  te han proporcionado ya el estatus de liberto. Que los dioses te protejan mientras tú te cuidas de ti mismo."




(Reloj de sol en el foro de Pompeya)

sábado, 16 de enero de 2021

La que presagia

 


¿Has oído lo que va diciendo la loca? Escucho en el mercado una conversación ante la presencia de Fulvia, a la que se considera que vive en un desatino permanente. Todos estamos acostumbrados a verla por la calle, saltando y encarándose con la gente. Agita su vestido y se revuelve con su cabello enmarañado. Sus ojos rasgan las entrañas de los soberbios y acunan la tibieza de los pusilánimes.  Nadie le da más importancia. Es de la vecindad de toda la vida. Unos opinan que el problema viene de nacimiento. Otros que de un desamor. Quien conoce más a la familia culpa a esta de tenerla marginada porque no quiere ser como sus hermanas, a las que predisponen desde niñas a planes que no les permiten ni elegir ni oponerse. 

A mí me molesta que la llamen con tanta crudeza loca o bien la hechicera. Este último epíteto es reciente, pero se lo ha ganado porque desde no hace mucho le da por decir lo que le va a pasar a la gente. Juega a adivinar, en ocasiones a sentenciar. Muchos bromean con ella, tratando de ponerla en un brete. Dime con quién me engaña mi mujer, le espeta uno de los peores rufianes que siempre va rodeado de amigos tan vagos como él. Bien escrito tienes su nombre en los cuernos, le replica ella. Tulio, el de la vaquería, le paró el otro día cuando estaba rodeado de las mujeres que iban con sus cántaras a por leche. Cuando sepas la fecha de mi muerte avísame con tiempo para que tenga aún oportunidad de hacer feliz a una de estas. Las mujeres rieron su bravuconada. Fulvia simuló tomarle en serio. ¿Aunque sea una hora antes? Él afirmó. Pues yo que tú me iría preparando para satisfacer tu último deseo. Las risas mudaron en un silencio desconcertante. 

Es verdad que últimamente está muy extraña. Nunca se le había ocurrido decir tales cosas. Y hoy ha rebasado su comportamiento habitual y se encuentra fuera de sí. Comprad, comprad, que pronto os vais a quedar sin nada, ha exclamado en el puesto de Saturia, que vende los aceites más sabrosos de toda la costa. Al llegar a la fragua de Ulpiano ha soltado: no te esfuerces tanto en avivar los rescoldos, que fuego no te va a faltar. Al paso de los curiles, que se pavoneaban ante el templo de Júpiter no se le ha ocurrido otra cosa que increparles. Poned a salvo a los que amáis y liberad a los que sometéis, porque vosotros no tendréis salvación, se ha atrevido con descaro. Cayo Áureo, uno de los más ilustres patricios de Roma, que estaba de visita, quiso reprenderla pero los demás le detuvieron. Es la loca del foro, a ella se le permite todo. 

Fulvia se había dado cuenta que yo la venía observando desde hacía un rato. Llegó hasta mí. Tomé la delantera. ¿Vas echarme a las tinieblas exteriores?, le dije con bonhomía. Fulvia acarició mi barba y yo sentí que la palma de su mano me ponía alas. Su voz sosegada se ofrecía como la oscura premonición de una sibila. Escucha. Yo te aprecio. Y porque te aprecio te digo: vete. Vete de la ciudad. Oigo el rugido del viento sobre las nubes y siento el calor de la incandescencia bajo la tierra. Vete y cuando escribas desde lugar seguro cuenta que yo te previne. He quedado sumido en tal desazón que no logro interpretar qué habrá querido decir.





(Fresco de la Villa de los Misterios, en Pompeya)


jueves, 14 de enero de 2021

La que escribe (fragmentos del Diario de una pompeyana)

 



(...) Llevo varios días tratando de componer un poema sobre la vida apacible y el retiro a mi villa, pero lejos de sugerirme algo la tranquilidad que se disfruta aquí me sumo en la abulia. ¿Será que la poesía está reñida con la falta de actividad? ¿Tendré que estar sometida a la agitación cotidiana de la urbe imperial, a pesar de las conjuras y las difamaciones, para que mi labor sea fructífera?

(...) Hoy ha venido a visitarme Cayo, el recaudador de impuestos, a quien conocí en una celebración que dio mi tío Sixto, a propósito de sacar a la luz mis Epigramas eróticos. Ni le esperaba ni deseaba su presencia. Hay gente que se empeña en ser inoportuna o que interpreta mal al prójimo. Le he dedicado escaso tiempo, con la excusa de que tenía que preparar con los del teatro el montaje de una obra que la crítica demanda desde hace tiempo. Quería venir. ¿Será pegajoso? He huido por la puerta de atrás, la que da al jardín, y no me da vergüenza alguna. Yo no le había reclamado y más vale que se ocupe de su oficio y cuide no meter la mano en el erario, en prejuicio del Imperio y del mismo César. Que de todo se entera una.

(...) Como saben de mi facilidad en la escritura algunos amigos de Roma quieren que me involucre con ellos en animar sus conspiraciones. Les he dicho que no cuenten con ello. Que yo escribo por libre y que si me cuesta interpretar mis sentimientos, ¿cómo podría prestar mi cálamo ante lo que desconozco? ¿Para decir lo que algunos quisieran que dijese? Ahora que a las mujeres se nos considera más en el ámbito de las ciudades, ¿voy a apoyar tesis contra los gobernantes que nos favorecen? Escribir es tanto esforzarse como identificarse con una idea que te motiva. No me veo prestando el pliego en blanco a las exageraciones e infamias que algunos invocan, por muy amigos que sean. Es más, tal vez a partir de ahora me plantee si se merecen contar con mi amistad. Hay que escribir para arrojar luz y proporcionar placer.  ¿Qué sentido tiene hacerlo para emponzoñar situaciones y oscurecer aún más las mentes demasiado aviesas de tantos individuos?

(...) La nueva esclava africana me espía. Lo hace cuando escribo en el jardín. También por la noche. Es discreta y servicial, pero tiene una manera especial de estar pendiente de mí. Cuando se retira no lo hace. Me observa desde la penumbra de los rincones. Sus movimientos son imperceptibles pero sus ojos brillan en la oscuridad y la delatan. Sabe contener la respiración y permanecer inmóvil largo tiempo. Su olor es inconfundible. Me azora.

(...) Leyendo al filósofo su texto sobre la felicidad me aturdo. El placer, dice, justamente cuanto más deleita, se extingue; no tiene mucho espacio, con lo que enseguida se colma, y causa tedio y se marchita tras el primer arrebato. Eso leo y no puedo llevarle la contraria. ¿Habla el filósofo por hastiado o por anciano? Sin embargo, aunque el placer sea efímero, qué insensato aquel que lo rehúya. Entre lo efímero y la carencia elijo lo efímero. ¿Acaso lo breve no es intenso, aunque no sea medible en lo temporal?

(...) Días en que una prefiere dar un paseo a la orilla del río. Las viñas, adquiriendo su plenitud. Los chopos, arrullando los pasos. La corriente, juguetona. Me cruzo con otro paseante solitario. Nadie de los dos quiere cháchara y nos limitamos a una inclinación de cabeza. Como mucho una sonrisa cortés. Me olvido de todo. Ojalá todos se hayan olvidado de mí.

(...) Hoy me he acercado a los ensayos que realizan los cómicos con vista a entretener a los que han venido a disfrutar del buen tiempo. Quieren que les ayude a corregir algunos textos. También que les dé mis impresiones sobre su actuación. Con el libreto del autor griego no me ha sido difícil modificar algunas partes para que sean entendidas mejor. Sobre el modo de interpretar me he mostrado más rigurosa. No sabía qué decirles. Unos no pronunciaban con carácter. Otros no se identificaban lo suficiente con su papel. Cuando les he dado mi opinión se han desentendido. El público se va a reír igual, me han dicho. Pues entonces es que no saben reírse, les he soltado. Se han quedado un poco confusos. No me ha gustado estar dura, pero es que una no sirve para complacer. Quieren que vuelva mañana para que les saque del atolladero. Ya veré. 

(...) Noto al respirar un aire raro estos dos últimos días. Cuando se lo comento a mis criados me responden que soy muy sensible. Pueden hacerme dudar con otras cosas pero nunca con los sentidos.

(...) Fui en vano al encuentro de los cómicos. Cuando les señalo que van a lo fácil insisten en que lo que quiere la plebe es lo fácil. Pero traicionáis el alma de los autores que hicieron grande el teatro, les he intentado hacer ver. ¿O es que para vosotros lo cómodo es no esforzaros? Emporión, joven talento de la escena, me ha dado la razón. Escuchad a nuestra poeta, les ha reprendido a los demás, que no se casa con nadie. La comedia morirá si se queda en series chistosas. Para eso no hace falta montar representaciones. Las tabernas y las calles ya interpretan con grosería pero no ahondan en las razones que caracterizan a los ciudadanos. Otro actor con luces le ha apoyado. Quizás hay que replantearse el futuro del grupo o buscar textos menos endebles. ¿Qué opina nuestra poeta? Me he encogido de hombros, yo puedo echarles una mano, pero que sean ellos y sus tablas las que decidan.   

(...) He regalado mis perros a algunos libertos e incluso a un comerciante de paso. No aguantaba más verlos con la cadena puesta, cumpliendo un oficio para el que la naturaleza nos les crio. Y siempre esclavos del interés humano. Que los hados les deparen un futuro con mejor suerte.

(...) Me escribe Lucio, a quien trato desde hace tiempo. Sigue trabajando en los escritos del filósofo al que hace unos años incitaron desde instancias del poder al suicidio. Lucio había trabajado para él y ha conseguido estos últimos años recuperar obra que se creía desaparecida. Me dice en su misiva que le gustaría hablar conmigo de las ideas de su maestro. Y que no acaba de entender algunas de sus contradicciones. Si tenía talante para saber afrontar la vida con menos afectación, ¿por qué dejó que la política le perturbara hasta el extremo de obtener enemistades dispuestas a todo? Le he contestado que cuando quiera, pero que me diga con tiempo si prefiere venir aquí o que yo me desplace más cerca de la metrópoli. Me gustan estas propuestas inesperadas a pesar de que yo, desde mi recogimiento, tampoco busco.

(...) Me empecino en proseguir el poema. Pero cuando no son las moscas son los hijos de Flavio, que me asedian para que les cuenta alguna historia antigua. Y no sé decirles que no. El caso es que no logro concentrarme. ¿Para eso he venido a Pompeya?

(...) Flavio empieza a importunarme. Juega una partida peligrosa a espaldas de su esposa. Y lo lamento, porque Cecilia es buena amiga. Reconozco que no me asedia en exceso ni fuerza ninguna situación. Reconozco también que no me disgusta que se muestre interesado por mí, siquiera persiguiendo una aventura seguramente. Pero hace tiempo que no me atraen las correrías pasajeras. En la vida cotidiana acaso hubiera rebajado mi guardia. Pero no aquí, de vacaciones, donde solamente quiero tener paz y disposición de la mente para mis pensamientos. Sin embargo, Flavio es tan imaginativo, sabe utilizar con tanta maña el verbo para acercarse a mi personalidad y buscar un hueco donde afectarme. Por mi parte ejercicios de respiración profunda y no decidir nada a lo loco. 

(...) Día perdido. Mucha palabrería en el foro para no llegar a nada. Las otras mujeres con las que había quedado allí estaban de mal humor. Como veía que no había manera de entendernos con los representantes de la ciudad, con vistas a formar parte más activa de la gobernación, les he dejado plantados a todos. La falta de diálogo me atrofia. La cerrilidad a la hora de no ir al fondo de los temas me desanima. Y encima no he escrito ni una línea. 

(...) Esta noche he dormido mal. Me perseguían aún los debates frustrantes de ayer. Estaba cansada pero agitada. Un cosquilleo continuo me ha zaherido. Y en mi vela me ha parecido escuchar un ronroneo proveniente del suelo de la casa. Oh, lares, qué fortuna tener techo y familia y sirvientes y, sin embargo, no saber ser dueña de una misma. Al final me quedé dormida cuando iba a amanecer. No sé si es que no cantaron los gallos ni los pájaros o que el desasosiego pudo conmigo. Cuando me he despertado he tenido una sensación de extrañeza. Un humo inhabitual asomaba por la boca de la montaña. Los que han venido a casa lo han comentado. Creo que dedicaré el día a escribir sobre lo que me sugiere ese penacho. Qué caprichosa es la naturaleza.




(Retrato pompeyano, en el Museo Arqueológico de Nápoles)

lunes, 11 de enero de 2021

Aquella higuera tentadora

 


Cuando éramos niños íbamos a coger higos al huerto del abuelo Celio. Había varios de aquellos árboles frondosos donde podías escalar por sus ramas y hacer que permaneciera oculta nuestra pequeñez. Lo que más se afinaba allí eran nuestros sentidos. Uno a uno se ejercitaban dentro de un mundo que parecía creado para el aprendizaje. ¿Cómo olvidar la aspereza de sus hojas, que suscitaban en nosotros reacciones desiguales, de rechazo o de adicción? ¿Cómo no asombrarse ante su tamaño, inhabitual en otros árboles, y en las que simulábamos escribir como si fueran pergaminos? ¿Acaso se podía rechazar la invitación a la glotonería de aquellos frutos? De dulzor en dulzor hasta que nos salían morreras divertidas y rebeldes que nos proporcionaban tantas risas, pero que denunciaban nuestra gula. Y si soplaba el viento o arrancaba la llovizna, ¿no era admirable la fronda del árbol, cuyo movimiento apenas imperceptible nos resguardaba? Cuando tras un castigo huíamos heridos en nuestro amor propio, desconsolados por la incomprensión de los mayores, la higuera siempre nos esperaba, dispuesta no tanto a ocultarnos como a protegernos. Dichosos aquellos lares de la infancia, que siempre consideré un segundo vientre. Un refugio que alimentaba la quietud, pero también la camaradería, y en ocasiones las tentaciones. 

El huerto del abuelo estaba situado en la suave ladera de un pequeño promontorio, que algunos vecinos decían que había estado habitado en otras épocas y por otras gentes. ¿También tú, Domicio, has oído contar historias de moradores que habitan el suelo bajo nuestros pies?, preguntaba ingenua la dicharachera Sabina. Yo le respondía: ¿Cuáles has escuchado tú? Porque a mí me han contado que cuando la ciudad queda en silencio hay gente de otra civilización que toma el relevo de la vida de superficie. La chica afirmaba con la cabeza. Pues a mí me han dicho que una vez un extraño ser de ese mundo subterráneo había aparecido entre nosotros pero nadie lo reconoció porque no era tan ajeno a nosotros, sino que parecía uno más de nosotros. ¿Y hablaba igual? ¿Y se comportaba de la misma manera?, insistí. Casi, y Sabina se puso intrigante, pero los vecinos pensaron que sería algún griego o acaso uno de las provincias que hay al otro lado donde acaba nuestro mar. Si me vas a preguntar si se quedó a vivir para siempre aquí arriba te contestaré que nadie lo sabe.

Y así una y otra vez repetíamos los mismos cuentos, con nuevas caras y ciertas variaciones, en un esfuerzo inaudito por sorprendernos el uno al otro. Un día Sabina me contó que estaba enamorada de otro chico que vivía allí, justo debajo de las higueras, en el universo ignoto. Pero ¿debajo debajo?, pregunté incrédulo. No sé cómo lo dije, mas tuve celos y ella se dio cuenta. Pero tú eres tú y él es él, no tienes por qué preocuparte, se justificó. Muchas veces a lo largo de mi vida he pensado en la clave oculta de aquella ocurrencia de Sabina, dicha con ingenio y picardía. Seguro que sin mayor intención de molestarme. ¿No invocaba, sin querer, la libertad del individuo para decidir y compartir? ¿No manifestaba acaso que los sentimientos pueden repartirse sin exponerlos a competiciones o someterse a elección? ¿No decía, sin pretenderlo probablemente, que sobre todo uno tiene que ser fiel a sí mismo?

Pero aquel día Sabina debió detectar en mi rostro un mohín de tristeza repentina. Arrancó un higo maduro, lo peló de arriba a abajo con cuidadosa lentitud y me ofreció su pulpa gustosa. Prueba, debe estar delicioso, exclamó con una ternura imperativa. Lo compartiremos. Yo abrí la boca y ella, extendiendo sus traviesos dedos, dejó que mordisqueara el primer bocado. Cuánto catamos ese verano y los siguientes el uno del otro es un secreto que debo guardarme. Ni ella ni los bancales donde crecían las higueras ni su casa ni la mía sobrevivieron a la catástrofe. No logré aceptarlo fácilmente. ¿Me habría abandonado Sabina para refugiarse en otras profundidades? ¿Estarían a salvo los pobladores del mundo ínfimo que imaginábamos y que acaso fueron reales? De vez en cuando, si las incidencias de mi dedicación me turban y necesito ponerme nuevamente a salvo, busco en mis recuerdos el sabor de aquellos frutos que la estrenada juventud nos brindó. 




(Bodegón de la Villa de Popea, en Oplontis)

sábado, 9 de enero de 2021

Madrid, qué bien resistes. España, qué bien resistes. Goya, qué bien resistes.

 


Goya lo pintó todo. Desde distintos ángulos. Con distintas técnicas. Inaugurando géneros, visiones, formas. Penetrando. Desde santos hasta monarcas. Desde usos y costumbres hasta capítulos de historia sangrienta de España. Desde tauromaquias hasta sueños oscuros. De tal modo y tanto pintó que ante cualquier evento o situación extraordinario o cotidiano, me viene a la mente alguna obra suya. ¿Que están en candelero las disputas intestinas y cainitas del país? Ahí veo reflejado a este en el Duelo a garrotazos. ¿Que se trata de la presencia de la familia borbónica en vigor? Echo mano de La familia de Carlos IV y busco similitudes o acaso persigo diferencias. ¿Que saltan a la vista las deficiencias culturales? Me planto ente el capricho Si sabrá más el discípulo. ¿Que me obsesionan las barbaridades de las guerras que proliferan por el planeta? Miro su serie de Los horrores de la guerra. ¿Que observo el afán depredador y amenazante del ser humano, capaz de devorar al otro para sobrevivir él? Me extasío con horror, sin duda, ante Saturno devorando a sus hijos. ¿Que me acechan los fantasmas íntimos y obsesivos? Me consuelo con sus pinturas negras. ¿Que la cotidianidad de la lucha por la vida de la gente me inquieta? Me pongo a mirar La nevada. Es el caso para un día de nieve que empezó ayer, que hoy sigue -salgo apenas ahora a por la prensa y me azota la ventisca sobre un suelo nevado y peligroso- y que descoloca a las formas de vida de nuestro tiempo y de nuestros paisanos. 

Por lo demás, ¿qué decir? A aguantar el tirón. No caer en las redes de los imbéciles que ya estarán difundiendo insensateces sobre los males que acabarán con la civilización. Esos que juntan el maltrato al gobierno elegido, que no creen en los avances democráticos, que alzan sospechas apocalípticas ante el covid, o que ahora ya estarán quejándose de haber quedado atrapados en las carreteras. No me gusta demasiado invocar lemas de tiempos más difíciles, pero hoy pedir que se resista no es baladí. Resistir y organizarse. Resistir a las inclemencias, a la pandemia, a la sinrazón, a las costumbres insolidarias. ¿En cuantas comunidades de vecinos se les estará ocurriendo echar sal en su tramo de calle por iniciativa propia? ¿Que todo consiste en delegar en los medios municipales o regionales? Reflexiónese sobre ello. Pero sobre todo, contemplemos el fantástico cuadro del genial Goya -¿nos merecimos en este país un pintor de esta altura?- y asociemos ideas. Goya pintó como nadie la intra España. Lo que se mueve dentro, el magma, lo que no se cuenta ni se hace reflexionar en la eufemística educación reglada. ¿Cuántos se han dado cuenta de que parte de la obra goyesca, si no toda, es narración profunda -no relato de hechos y dichos- de la manera de ser y comportarse los paisanos? Así sufría él. Goya, qué bien resistes al paso del tiempo y de los que quisieran encasillarte.

  

miércoles, 6 de enero de 2021

La que mira

 


Mi amo Albio sigue conmocionado. Aturdido por la pérdida dice con mucho énfasis que ya no cree en los dioses. Que haber levantado tantos templos, para que ellos nos devolvieran a cambio el infortunio y el sufrimiento, no había servido para nada. Manifestaba así su enojo aunque su sabiduría hacía tiempo que le había convertido en un escéptico convencido. Cuando le hago ver que con que nos hayamos salvado ya hay suficiente consuelo me da la razón. No me preocupa tanto que las propiedades hayan sido devastadas por la ira del volcán como haberme quedado sin amigos, me replica, y que hayan sido secuestradas para siempre las bellezas que adornaban la ciudad. 

Por mi parte no hago más que pensar en la joven Claudia, hija adoptiva de  Juvencio, el asentador de abastos más próspero. ¿Habrá sobrevivido? A pesar de estar preservada celosamente por un padre absorbente y estricto nadie pudo impedir nunca que nuestras miradas establecieran una correspondencia que para sí quisieran las lenguas que se hablan en el Imperio. Cuando yo acompañaba a mi señor Albio a los festines que se celebraban en casa de Juvencio ella se las ingeniaba para que yo recabara su atención. Joven de mi edad, parecía destinada a que los suyos previeran su futuro con algún rico comerciante que garantizase seguridad no solo para ella sino entre familias. El negocio es la fuente del amor, decía entre carcajadas el asentador a los babosos opulentos que acudían a su casa para tratar de acceder a Claudia. Los que más la demandaban hacían confidencias a Juvencio de esta clase: no tienes que poner dote alguna, ya es bastante dote la belleza y armonía de tu hija.

Mi amo no ignoraba los contactos visuales que establecíamos ella y yo, pero me aconsejaba disimulo. Un criado no tiene posibilidades en público, y no debe pensar en un futuro. Pero ya llegará el momento en que podáis encontraros clandestinamente, me decía. De momento, que otros vean que permaneces servicial conmigo, y no te dejes afectar por los moscardones que quieren hacerse merecedores a la oferta de Juvencio. 

Claudia debía saber de mi trabajo como escribiente de Albio y tal vez esperaba de mí que las habilidades que me caracterizaban se las hiciera llegar a ella también en forma literaria y reservada. Sabedora de las dificultades, que nos pondrían a los dos en un aprieto, y también a mi amo, no se resignó. Aquella adorable y discreta muchacha, ¿cómo se las arregló para poner en práctica una lengua de signos tan precisa como efectiva que alentara nuestra complicidad? Tanteos distantes al principio y más tarde sugerencias encubiertas e incluso íntimas, sin emitir una sola palabra. Era tal el arte y la prudencia de Claudia que nadie podría haber dicho que sus gestos me estuvieran destinados. Quienes coreaban sus encantos y trataban de aproximarse a ella podían pensar que sus movimientos les estaban dirigidos a ellos. Buena treta por parte de Claudia. Sin embargo yo percibía que cuando se echaba para atrás la palla o se aligeraba la estola o se soltaba los cabellos sin dejar de mirarme estaba describiendo apetencias que yo no sabría corresponder al instante. Ni ella quería una actitud por mi parte que traicionase su osadía. Le bastaba con que me entregase a observarla. Con que yo abriera mi rincón de afectos y de deseos para que los suyos pudiesen confluir conmigo. Cautelosa y hábil traía entonces a mi embobada atención proposiciones encubiertas para que yo las madurase. El modo de inclinarse a medio lado en el triclinio, zarandeando uno de sus pies, por ejemplo. O cuando se incorporaba con coquetería alzando su torso para que los pechos se insinuaran oferentes. El ágil ejercicio en ajustar los pliegues de su túnica interior, trenzándolos con los dedos parsimoniosamente. Y sobre todo ese instante en que alzaba la copa vidriada hacia el cielo, que los circundantes interpretaban como una dedicatoria de agradecimiento a las divinidades del hogar, y que yo recibía como un homenaje báquico que solo los iniciados en los placeres, o quienes desean ardientemente iniciarse, saben reclamar. Pero cualquier movimiento de Claudia se hubiera apagado si no sostuviera a su vez una mirada prolongada, plena de agudeza. Sus ojos, que rehuían cualquier otro tipo de miradas, sobrevolaban la estancia transmitiéndome destellos húmedos, susurros atrevidos, confidencias candorosas. 

Ah, Claudia, al recordar ahora reconozco que me atrapabas y yo disfrutaba en mis ensueños con tu lengua fecunda de señales inequívocas. Me invitabas a un enlace cuanto más imposible más profundo. Y ambos, deseando que llegara la hora en que pudiéramos encontrarnos para avanzar un lenguaje más tangible, permanecíamos arrobados. Lo efímero de la travesía puede tener la altura flexible de una pértiga y la largura precisa de una jabalina. ¿Qué habrá sido de ti? ¿Te habrás salvado o habrás enterrado tu mirada en el ígneo furor no deseado de la lava?

 


(Pintura de la Villa de los Misterios, en Pompeya)


lunes, 4 de enero de 2021

Celebrando al poeta Adonis en sus 91

 



Me he enterado de que el poeta Adonis (Qassabin, Siria, 1930) ha cumplido el primero de enero 91 años. He procurado tener de lectura cíclica su obra poética, íntima prospección sobre el denominado ser humano en todas sus travesías de espacio y de tiempo. Su obra, escrita en árabe, tiene ecos de toda la tradición anterior, tan secular como sensible. Tiene una vasta producción literaria pero me apetece destacar especialmente sus dos volúmenes, de distintas épocas, de la obra titulada Al Kitab / El Libro, editada por Ediciones de Oriente y el Mediterráneo. Dice el filólogo Federico Arbós: "El Libro nos remite, más que a una Escritura sacra, revelada -que también-, al concepto esencial y cultural de escritura humana. Un intento de obra total que busca conscientemente la mixtura y descomposición de los géneros literarios codificados, un proyecto quizá imposible, irrealizable, como esa perpetua aspiración de Mallarmé cifrada en Le Livre o de Pessoa en El libro del desasosiego".

Adonis tuvo que exiliarse de Siria en 1985 y después huir de la guerra civil libanesa para instalarse en París, desde donde sigue escribiendo. Ha sido propuesto en varias ocasiones para el Nobel de Literatura, nominación a la que no parecen los sabios de Sión de la Academia Sueca haber sido receptivos hasta la fecha. Pero el verdadero premio lo obtiene quien se acerca a su obra, sin los condicionamientos de títulos y reconocimientos de las vanidades de este mundo.

Leo en la prensa también que una serie de gente interesada y seguidora de su obra, le han querido felicitar enviándole escritos y vídeos, e incluso abriendo una web:


Y a mí también me ha apetecido hacerlo desde este blog. No puedo evitar homenajear al don de la palabra y a quienes la inventan. Tomo dos poemas que una vez escribí, hace mucho, bajo la influencia de algunas lecturas de poesía árabe tradicional y moderna. Ahí van.  




Las cenizas



El sol caminaba hacia el cénit del día.
En mi paseo di con un solar donde unos albañiles
apuntalaban un edificio maltrecho.

Aquí se acumularon muchos libros, me dijeron.
Pero un descuido prendió sus anaqueles
y el fuego abatió también las huellas del saber acumulado.

Reconozco que aquella novedad hirió mi alma.
¿Cómo se reconocerán los habitantes de la ciudad,
me pregunté, si de su herencia quedan ahora solo cenizas?

Cogí al azar uno de los textos demediados y maltrechos.
Las llamas había devorado el nombre de su autor
pero su obra era transparente y así escuché aquellas palabras:

Ese palmo de tierra bajo tus pies es tu propiedad.
Esa luz que te permite leer no rinde tus ojos a la ceguera.
Esa nube pasajera alivia tu camino.
Ese aire que sopla remueve tu cuerpo y con él tus pensamientos.
El agua de esa fuente limpia tus impurezas.
Y los ojos que se fijan en los tuyos toman algo de ti
y si tú los correspondes calmarán tu inquietud.
¿De qué te quejas si la vida se te entrega en toda su bondad?
Sé generoso con los elementos
pues ellos podrían prescindir de ti y seguirían siendo aunque no estuvieras.
Pero tú los necesitas para ser tú mismo.

Me llegaron como revelación aquellas palabras
y percibí que no hay otra verdad sino la que se comprueba,
aquella que la naturaleza concede y se debe aceptar.
Aquella que transforma nuestro saber
y que nos dice que con el saber se crecen nuestras vidas.  

Agradecí al infortunio el encuentro con las cenizas
y acaricié las páginas salvadas como un amante acaricia
a la mujer que se instala en su goce.


La higuera


Hallé al poeta anciano sentado debajo de la higuera.

En mi ignorancia le pregunté qué hacía allí en soledad
mientras los demás venerables se hallaban a las puertas de sus casas

si para comer las brevas bastaba con desasirlas del árbol
si para tener sombra era suficiente el toldo de la calle principal
si para escribir poemas cualquier lugar era cómodo
con solo extender el cálamo y el pliego
si para agotar los días consolaba una apacible compañía

El anciano poeta me miró desde sus ojos turbios
y permaneció en un recogido silencio. Luego balbuceó con lentitud:

no pretendo acompañamiento alguno pues los días pasados son mi séquito
ni busco bajo este árbol dadivoso el cálamo
ya que su savia escribe acerca de los hombres mejor que mi tinta
ni me interesa la ficticia sombra de las tiendas que borra la llama cenital
que aún me permite ver mis límites
y puesto que a mi edad he saboreado todos los frutos del árbol y del cuerpo
no requiero de otro cuidado que no sea aquel que emana de mí mismo

Me miró con benévola dulzura y yo me incliné ante su prudencia.
La que sólo posee cual tesoro quien verdaderamente ha sabido sopesar la vida.  


Quien esté interesado en leer más poemas de aquella etapa puede pasar por:

http://lasombradelanube.blogspot.com/







viernes, 1 de enero de 2021

La que anda



La he visto. Han pasado muchos meses desde la devastación y la he visto caminando sobre la masa informe que ha cubierto nuestra envidiada urbe. Las aves carroñeras no se acercan y los saqueadores temen profanar la huella reciente de la vida que fue. Es un lugar espectral. Aún se puede sentir el calor de un suelo falso, superpuesto al recuerdo. Porque ya no es posible siquiera el ejercicio de la memoria. Tan vasto ha sido el efecto de la catástrofe que en muchos supervivientes han sido arrasadas hasta sus vivencias. El paisaje turba. La montaña traidora se atreve todavía a enseñorear una nueva amenaza. ¿Destruir dos veces la ciudad? ¿Qué sentido tendría siendo solo un paisaje que se niega a sí mismo? La que anda es ajena a la desgracia. Aunque otros me dicen que son imaginaciones mías yo la vuelvo a ver cada vez que retorno a aquel abandono. Tal vez la mujer de peplo agitado solo pasee para mí. Es cierto que cuando intento aproximarme ella parece alejarse. Su cuerpo es gracioso. Anda con ritmo medido y firme. Su paso resulta imperceptible. Apenas apoya un pie cuando el otro toma impulso y su verticalidad se supera dejando tras de sí un aroma a sándalo. ¿Procederá de algún templo? ¿Habrá llegado para reparar una injuria que los propios dioses han cometido? ¿Se trata de la encarnación de una patricia que practica los misterios dionisíacos? Su presencia me inhibe la palabra pronunciada. Si intento recabar su atención deja caer el mentón hacia el pecho y me ignora. Me pregunto si medita sobre el pasado o tan solo está pendiente de un recorrido cuya búsqueda es un enigma para mí. Recogiendo el vestido y con un ademán preciso de su torso se muestra hija de la incandescencia. Tal es su viveza. ¿Qué me está pasando con esta caminante que se revela y luego desaparece? Acaso tengan razón los que se mofan de mi cuando les cuento. Pero siempre vuelvo. Cuantas veces visito aquella orfandad no voy para llorar. Solo espero la aparición de la mujer que anda. He llegado a un extremo en que me siento reclamado por ella. Su brillo me ciega. Su presencia enardece en mí un deseo que creí apagado. Entiendo que corro el riesgo de acabar siendo considerado un cronista de la nostalgia o un orate más de los que pululan por los caminos. Solo yo sé cuánto significa aquella mujer casi imperceptible. ¿Voy a enojar con mi actitud a alguna divinidad? ¿Tengo algo que perder en mi insistencia? Algunos me recuerdan que cuide mi cordura, mas ¿puede continuar uno en sus cabales ante tanto como perdimos? 

El encuentro frente a frente tenía que ser inevitable antes o después. En medio de aquel océano de roca advenediza la mujer de tenues pisadas me interpeló. ¿Qué haces aquí, curioso ingrato, observando mi deambular? ¿Esperas algo de mi manifestación? Solo soy lo que se extravió entre el fuego y las cenizas. Escribe sobre mí, si quieres. No sé de otra manera por la que pueda ser tuya. Pero sí que la imaginación te pertenece y haz con ella que la espera se haya revelado fecunda. 

Aquel atardecer volví a la villa que se había salvado de la destrucción. Pedí a mi esclavo favorito, tímido y aplicado púber a quien pienso concederle la condición de hombre libre, los útiles de mi escritura. Escribí tembloroso y fatigado lo que ella, la que camina, hubiera querido que registrara. Pero a medida que avanzaba un párrafo, el anterior desaparecía como si la tinta fuera devorada por un recóndito magma que no se me permitía conocer. 





(Bajorrelieve representando a Gradiva. La imagen de abajo es un grupo escultórico copia de un original griego del siglo IV a.n.e. Museo Chiaramonti, perteneciente a los Museos Vaticanos)





Desde aquí, con Gradiva, la que anda, se os desea en todos los sentidos un expectante y esperanzador año 2021, que acabamos de empezar a andar. 



martes, 29 de diciembre de 2020

Cave canem: en recuerdo del cómplice y de la ciudad perdida

 


Fue el primero que detectó lo que se venía encima. Avezado en la defensa de haciendas y dueños tenía sus sentidos sumamente desarrollados. ¿Cómo se llamaba el can? Unos le llamaban Rufus y otros Pugilis. Parecía dominar nuestra lengua y respondía a ambos nombres, pero a mí me reconocía a la voz de Amicus, con una incidencia fuerte en la sílaba mi. Aquel amanecer silencioso, aunque aparentemente normal para la mayoría de los habitantes de la ciudad, el hermoso animal se sintió inquieto. Yo trabajaba para el tabernero y tenía asegurado cobijo y alimento. Conocía bien a mis amos, especialmente a la hermosa Silvia, que me dejaba entrar subrepticiamente en su pieza. Bendita la hora en que sus padres no lo descubrieron, o si alguien sabía de ello se mostró ajeno, bien por bondad o por temor a nuestro enojo, de imprevisibles consecuencias. ¿O acaso nuestro protector no era otro que su hermano Egnacio, que me echaba en vano los tejos? No lo sabré nunca. 

La bella bestia se agitó aquella mañana por razones que entonces me resultaron incomprensibles. Yo sabía que era mi cómplice y que nunca se alteraba cuando me adivinaba en la oscuridad de la noche dirigiéndome al encuentro con la chica. Al principio ni siquiera ladró, se movió de un lado para otro tensando la cadena e incluso dejó que le acariciara el hocico. Puse en alerta, no obstante, todo mi cuerpo. Agucé inútilmente la vista en el entorno negro. Afiné mi oído cuanto pude. Dejé mi piel expuesta a la extraña calima que aún duraba de la noche tardíamente estival. De pronto Amicus permaneció quieto. Más bien rígido, como una estatua de las del foro. Se echó en el suelo como si quisiera sujetarse a él. Mirándome con un gesto que yo percibí de desamparo me paralicé. Era algo raro en él, un brioso ejemplar de defensa. Me agaché para un diálogo silente y tranquilizador, y fue en ese instante cuando tuve también la tentación refleja de adherirme al suelo. Algo se movía allá abajo, unos acompasados y aún tenues latigazos que solo parecíamos sentir el perro y yo. Dudé si librarle de la cadena o dirigirme a las habitaciones de mis amos. ¿Estaría Silvia profundamente dormida tras la agitada entrega a mí? La elección fue rápida. El temblor se hizo notar más intenso. Me disponía a acudir donde la familia del tabernero pero Amicus tiró de mí. ¿Fue un acto de salvación o una reacción de celos? 

Transcurridos tantos años, y siendo yo un liberto que ha mejorado su condición, le cuento a mi hija pequeña Sulpicia aquel acontecimiento del que el perro y yo no salimos malparados. Cuando le digo que al escapar vimos otros perros encadenados que no podían huir de la catástrofe, a la que les conducía su penosa condición, y que ladraban angustiosamente, Sulpicia llora con amargura. Mira a mi Amicus y este la consuela dulcemente. Aquel can, más adicto a mí que a sus amos, me sigue acompañando en el camino sinuoso de la vida. Quién sabe si no nos necesitaremos de nuevo el uno al otro para salir airosos de alguna inoportuna y repentina desgracia.



* No podía resistirme a escribir esta nueva ocurrencia ambientada en la destrucción de Pompeya. Espero se me disculpe por ello.

** Fotografía de una pintura en el mostrador de un termopolio de Pompeya, tomada del siguiente enlace:

https://www.thisiscolossal.com/2020/12/food-stand-pompeii/





sábado, 26 de diciembre de 2020

El alba en que no piaron los pájaros ni cantaron los gallos

 



Flavio Asinio, a la sazón granjero y suministrador de ganado para el mercado de las ricas ciudades de la costa, salió de la noble urbe al borde de que rayara la aurora. Había dejado gran parte de la mercancía que le habían requerido y se disponía a realizar otro transporte que le iba a llevar varias horas. La taberna de Kalós el griego estaba ya abierta y allí se entonó con un aguardiente especial. He tenido un mal sueño esta noche, le dijo al tabernero. Tal vez el calor que no se va, pero estuve inquieto. Soñé que venía a entregar la mercancía como todos los días pero no encontraba la ciudad. Kalós le dio una palmada en el hombro. Mira que tienes sueños retorcidos, dijo con sorna. Seguro que sufrirías lo tuyo por temor a que se te hubiera venido abajo el negocio. Pero ya que me cuentas eso te diré que yo también he soñado tonterías. ¿Acaso alguna de las andanzas de tu mujer?, se la devolvió Asinio. Kalós rio. No vas descaminado. Ella me buscaba y yo la buscaba a ella, pero ninguno de los dos nos encontrábamos. El otro ironizó. Ah, Kalós, eso es propio de los emparejamientos eternos. ¿Vas a volver pronto?, le preguntó el tabernero. Flavio Asinio se estiró. Para cuando vuelva ya habrá caído gran parte del día. No sé qué fiesta a lo grande quiere celebrar la gente guapa que habita al otro lado del foro que necesitan asegurarse un suministro abundante. Por cierto, ¿no te ha resultado extraño que los pájaros hoy no piaran pronto como otros días? Será cosa de la luz, respondió Kalós, ellos son sabios y van por delante de nosotros. Pero también a esta hora deberían haber cantado los gallos, y ya ves qué silencio. Se despidieron. El tabernero dejó de barrer el suelo de su establecimiento y aguzó el oído. Es verdad, pensó. Ni gallos ni pájaros.





(Imagen de cabecera: pintura parcial del mostrador de un termopolio de Pompeya, descubierto recientemente)


jueves, 24 de diciembre de 2020

La bajada del Olentzero común a la capital

 



Pocas eran las veces que el carbonero bajaba a la capital. A sacarse una muela que le estaba trayendo a mal traer. Donde Aznárez a comprar una boina para los domingos, que le podía durar años. Para reponer el collerón de la mula se pasaba por la guarnicionería de Garatea. Aprovechaba sus escasas visitas a la vieja ciudad para sentirse menos aldeano y se tomaba un vermú en uno de los cafés de postín de la plaza. Era víspera de las Pascuas. Hizo todo el camino nevando. Estaba acostumbrado al frío y al calor, y eso que no era de cuerpo excesivamente robusto. Gajes del oficio. No tenía mucho pero se defendía con lo que ganaba de vender el carbón que había fabricado desde crío. Tampoco necesitaba. No dependía de él familia alguna. Además, en aquella tierra nunca había faltado el condumio imprescindible. Y el vino paliaba las exquisiteces que no se podía permitir. Lo que sí echaba en falta era otra clase de calor, porque el apetito de hombre le zarandeaba a veces. Después de la casa de comidas donde cumplió con su estómago decidió pasarse por la parte de la Catedral. ¿Desde cuándo no había vuelto? Preguntó por María la francesa. No está, le dijeron. Un día le vino a buscar un tipo del sur, con porte aparente, y se fue con él. El carbonero hizo una mueca. Esbozó el ademán de irse y le salieron al paso. Pero está la rusa, una rusa auténtica. Ella presume de haber sido amiga del último zar y salió pitando cuando las revueltas. El carbonero no sabía apenas qué era un zar y menos dónde caía Rusia y qué revueltas se habían producido. La idea de estar con una extranjera lejana le excitó. Pero si no habla como nosotros, ¿de qué manera puedo entenderme con ella, pues? La jefa le quitó importancia. Para lo que quieres el idioma es universal y te puedo asegurar que el de esta joven es de una perfección total. El hombre no volvió aquella tarde a su pueblo. Decidió conservar el calor de unas horas y no perderlo por caminos de humedad y abandono.





(Fotografía tomada de manera aleatoria de internet)

domingo, 20 de diciembre de 2020

Cuentos indómitos. La leyenda del cronista de los conquistadores

 




"¿Y esta es la vida? ¡Estar perdidos, siempre perdidos! ¿Pero yo seré realmente el que soy? ¿O seré otro? ¡La extrañeza! ¡Vivir con extrañeza!

Roberto Arlt, Los siete locos.



Busco a la india vieja. ¿No está?, pregunta Jacinta. No, le responden. ¿Cómo? ¿Se fue? No, le dicen de nuevo. ¿Acaso recién se murió? Desapareció, sin más, entona más explícita la voz cavernosa de una vecina. Pero...no puede ser. Estuve hablando con ella hace escasos días, Jacinta insiste. La vida es así, apostilla buenamente la otra. ¿Usted no lo sabe? La gente puede desaparecer de un día para otro. Sobre todo aquellos que parecían eternos. Bien porque se hayan hartado o porque no quieren que les vean más. No sé qué decirle, a cualquier nos puede ocurrir. Jacinta enmudece, pero se rebela contra la aceptación del misterio. No la vi afligida, suelta. La vecina no cede en sus razonamientos genéricos. Hay desganas que se ocultan como hay procesiones que solo se llevan en las tripas...hasta que uno revienta. Jacinta se extraña de aquella actitud. Pero, ¿han dado parte a la autoridad? ¿Le queda alguien de familia? ¿La han buscado?  La otra toma una azada y se la echa al hombro. Para qué, no es la primera vez, ya volverá, ella sabe. Y las desapariciones no son cosa nuestra. Además, la india anda anclada en su pasado. Quién le dice que no ha ido sino en busca de algo que perdió. 

¿Pregunta por la vieja? La Chigua, doce años que dice tener, pasa por allí. La vi ir ayer por la senda torcida hacia el arroyo, explica sin esperar a que la confirmen nada. Lo hace muchos días, pero luego vuelve. ¿Acaso no sabe que todo el que vuelve es porque ha ido?, se regocija la niña. Pero si no volviera tampoco la echaría de menos nadie. Hace mucho que vive como si no viviera. Jacinta no tuvo tiempo de dar las gracias a la chiquita por la información, mientras pensaba qué hacer. Plantada como se había quedado a la puerta de la india permaneció abstraída, observando a la dicharachera tomar el rumbo de la escuela. Ya era tarde cuando pensó en decirle: avísame cuando haya regresado. Se asombró que el día le estuviera deparando ausencias inexplicables y reacciones tardías. Luego caviló sobre lo que había dicho la Chigua. La senda torcida al arroyo, la llama, como si solo hubiera un camino, como si el río estuviera constituido por un único punto.  

Entonces a la cabeza de Jacinta le vino una vieja leyenda nativa que algunos atribuyen a aquel Ulrico Schmidl, cronista de los españoles, que dice que si se te aparece a la orilla de un río una adolescente que te ofrece beber agua mejor te alejes. Todo quien bebe de la concavidad de la mano de una muchacha oferente desaparece. Cuenta el cronista que lo escuchó de boca de los hombres más prudentes en uno de los poblados de la zona del otro río, el grande, el que puede llamarse río de verdad. Cuando Schmidl preguntó si eso sucedía por las buenas, le respondieron que la púber prometía que quien sorbiera de su mano podría ser otro. ¿Una joven puede prometer algo así?, insistió el cronista. Poder puede hacerlo, del mismo modo que se puede aceptar o rechazar tal propuesta, fue respondido. Allá quien crea a una niña. La trampa no está nunca en la aparecida, sino en el ansia de los hombres que quieren dejar de ser quienes son. Ulrico no salía de su asombro, lo relata él mismo, al ver que aquellos indígenas se veían tentados como las gentes del viejo mundo del que él procedía. Tentados por romper los límites de la existencia, bien fuera conociendo nuevos territorios, escalando en sus categorías sociales o dándose a nuevas actividades que les distrajeran de un destino que parecía irrevocable. ¿No sucedía lo mismo con muchos de los aventureros que habían llegado con él desde Europa?

Las leyendas son bonitas, pero se dan de bruces con la realidad, pensó Jacinta. Aunque hay que reconocer que es seductora la idea de invitar a quien se siente disconforme o hastiado a que intente ser otro. Un convite osado. Pero las seducciones ¿conducen a mundos reales? ¿O llevan a consumirse tanto al seductor como al seducido? Tal vez vivimos por inercia en una orilla de la vida, pensando que la alternativa no es otra que la muerte. Pero ¿y si hubiera otro lado de la existencia? Otro territorio que se abre fascinante para el decidido pero que le vuelve ausente a los ojos de aquellos a quienes abandona. Jacinta sintió escalofríos a medida que sus pensamientos se precipitaban vertiginosos, audaces. Entonces se arriesgó a tocar más fondo. ¿Pudo mi marido elegir otro camino porque el suelo que pisaba le resultaba inestable? ¿De eso iba lo que relataban los diarios del agrimensor desaparecido? Y Ordóñez, ¿recuperó un camino que había perdido en París o bien es su vida ordinaria en San Joaquín la que le tiene agotado y carente de ilusiones? La vereda torcida, decía la chiquilla. Por donde vio ir a la vieja. El río y sus caminos paralelos. Los desaparecidos que no queremos ver. Jacinta se dejó enredar en la suspicacia de sus pensamientos. Esta humedad tan cálida me confunde, se justificó.




(Fotografía de Silvia Grav)


miércoles, 16 de diciembre de 2020

El poeta Catulo en las Saturnales

 


"Comenzó la Edad de Oro (...) En este siglo feliz se desconocían aún esas amenazadoras coacciones materiales que sirven de freno a la licencia (...) Todo el año era primavera. Céfiros y rosas pugnaban ante los ojos; y se sucedían las estaciones sin sembrar y sin trabajar. Se deslizaba un río divino de leche y de néctar y en los troncos de los árboles ser recogían panales de miel"

Publio Ovidio Nasón, Las Metamorfosis, Libro primero.


Las fechas iban a desencadenar el caos controlado. La paralización del orden de actividades y el salto de ritmo de las tareas. Para el esclavo favorito de Catulo era la oportunidad de tomar el lugar del señor. Eso sería ya el no va más. Pero el poeta, ¿a qué debería atenerse? Sabía que sus poemas le habían enemistado con una parte de la Corte y que no siempre contaba con apoyo de los altos funcionarios más ilustrados ni de los libertos experimentados. Pero las Saturnales ¿no bien valían por sí mismas una inversión de roles que el resto del año sería imposible de imaginar? Mas, ¿y si tras las celebraciones los personajes de alta posición, que habían cedido sus puestos imaginarios a los de baja condición, se hubieran guardado la revancha para el día después? No era exactamente así el juego, pero había excepciones.

Catulo conocía del año anterior el caso del esclavo Belonius, que no hizo sino llevar a cabo lo que permiten las tradiciones, convirtiendo a su señor durante varias jornadas en un siervo depravado, creyéndose él que era su amo si no el mismo Saturno, pero que tras finalizar las fiestas fue rebajado aún más a su condición hasta el extremo de correr riesgo su propia existencia. Tulio Alcius, que así se llama el propietario de las tierras fértiles que llegan hasta Ostia, disfrutó como nunca de la inversión de valores. Toda situación era excesiva y excitante para él, y hubiera querido que durase mucho más tiempo, pero aquella enfermedad repentina, adquirida probablemente antes de las Saturnales le trastornó y tuvo que limitar su participación. Más que nada por el qué dirán. Así que a alguien había que culpar. Y el desgraciado Belonius era el más indicado por las circunstancias.

Catulo, en vísperas de las celebraciones, recibió una misiva secreta, aparentemente anónima, que le decía: Que el dios del dardo envenenado te perturbe, y compruebes como esclavo que cuanto has disfrutado hasta ahora poseyendo cuerpos conocidos no significa nada ante lo que te espera desprovisto y rendido al capricho de quien no has elegido. Clodia o Lesbia se reirán de ti cuando te vean desplazado hasta los peldaños más ínfimos del desenfreno, pero quién sabe si ellas mismas no te harán compañía y junto a ti otros próceres que solo entienden del placer cuando caen en sus más depravados instintos.

Fuera quien fuese el autor de la carta no debía ser precisamente un amigo. Y sabía que Catulo mostraba un sentimiento dual y contradictorio acerca de Lesbia, a la que tan pronto la amaba prohibiéndola que se entregase a otro, como la despreciaba permitiendo que cediera a las aberraciones de sus competidores. Pensó que no era el estilo de Lesbia utilizar un escrito, pues era más bien dada al reproche directo y bronco. ¿Y qué decir de Clodia, mujer culta como pocas, a la que no se podía engañar por las buenas? ¿No estaría en guardia, por causa de viejas afrentas, para vengarse de modo más sibilino? Las vías judiciales le habían parecido poco a la patricia, por lo que ¿no debería esperar el poeta alguna clase de trampa aprovechando la disipación de esos días en que se iba a festejar al sol invicto? 

Para los hombres con poder las normas eran más claras. Se podían hacer negocios durante las fiestas, o al menos tantearlos, pero en modo alguno pactar nada resolutivo. Para un personaje como él, más ajeno a los negocios del mercado que a los de las pasiones y en mayor grado al apetito de las letras, la frontera estaba en si una participación demasiado subversiva pondría en mayor riesgo las enemistades granjeadas. Pensó en su antigua dependencia de Clodia. Jamás le había perdonado sus traiciones y desde la desafección amorosa nunca nuestro literato creyó ya en un amor duradero. 

Catulo jamás había dejado de participar en las celebraciones que, en contra de lo imaginado siempre se tomó con prudencia, pero en ninguna ocasión se había visto tan tenso y dubitativo para acudir a ellas. ¿Solo por una carta indigna? ¿O tenía otras preocupaciones, entre ellas perder la confianza de César? ¿O aguantar las correcciones no siempre paternales de Cicerón? No aspiraba a un poder superior, se conformaba con disfrutar de sus villas y de alternar con los amigos de hoy que no sabría si lo serían mañana. La dedicación a sus poemas tenían tanto de adicción como de norma de vida. ¿Iban a ser por sí mismos causa de desafectos, odios, venganzas o simplemente desprecios? Pensó en ello. Y aunque lo sean, no sabría renunciar a expresarme de otra manera, remató. Quien a escrito mata a escrito muere, fue el lema que le condujo el día anterior a las Saturnales a tomar el cálamo y a tintar el pergamino. ¿Pretendía con ello desquitarse en su conciencia o fijar pasquines en las puertas de las tabernas de toda Roma? Y se puso a escribir. 

Yo, Cayo Valerio Catulo, dispuesto a entregarme a la diversión que Saturno nos proporciona en estas fechas, prevengo a mis enemigos para que cesen por unos días sus hostilidades. A las mujeres de mi vida les aclaro una vez más que ahora mi vida es otra y que cualquier intento de perturbarla sería en vano. Si quiero descender a los infiernos del placer lo haré por mí mismo, no porque me empujen a ello palabras malsanas que no llevan firma. Si elijo invertir los roles lo haré para proporcionar mayor satisfacción al que pierde todos los días que los que pueda obtener yo y quienes como yo vivimos en la abundancia todo el año. Celebrad todos el tiempo del cambio. No veáis tras la merma de la luz la desaparición del mundo y frecuentad con alegría las horas que fecundarán el mañana.

En ese final épico sintió sed y se sirvió vino. El aceite de la lucerna menguaba. Alzó la copa y vio su sombra reflejada en la pared. Teatralizó el brindis y la sombra, como una premonición, le ofreció la imagen de un sátiro.



(Imagen. Pintura de la Casa de los Castos Amantes, Pompeya)


NOTA. En fechas aproximadas a las que estamos se celebraban en la Roma antigua las fiestas Saturnales. Iban más o menos desde el 17 al 23 del diciembre del calendario nuestro actual. Cualquier parecido con las fechas que celebra el cristianismo no parece que sea mera coincidencia.

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

El último día de Holofernes

 



"A la cual el Señor también dio hermosura, porque toda esta compostura no nacía de lujuria, mas de virtud; y por tanto el Señor aumentó aquella su hermosura, para que pareciese incomparablemente hermosa a los ojos de todos".

Libro de Judit, X. 4. Biblia del Oso, versión de Casiodoro de Reina.



Al levantarse aquella mañana Holofernes para tomar la iniciativa decisiva en su objetivo militar no sospechó que iba a ser su último amanecer. 

De nada había servido que los días anteriores fuese advertido por sus espías de que la mujer de su deslumbramiento se hallaba ejercitando el arte del alfanje. Dejadla que ella, hábil y entregada con sus palabras, enerve su cuerpo en el ejercicio de las armas. Ya se sosegará. Nos ha dado amplias muestras de su elocuencia y nada hace dudar de que su llegada hasta el campamento es para favorecer nuestra causa, pues no comparte con los suyos la obcecación de no someterse al gran rey de Babilonia. 

Las palabras del general eran órdenes para sus consejeros y oficiales que no se podían cuestionar. Sin embargo, Holofernes, que no había sido nombrado por el rey caldeo solamente por su capacidad estratégica y su destreza en dirigir los ejércitos, pensó: sea lo que pretenda realmente esta mujer su hermosura y sospecho que su inteligencia bien merecen que uno corra riesgos. De ningún modo voy a forzar nada con ella. Se sabe objeto de mi mirada pero yo también quiero ser reclamado sinceramente por ella. No caeré en la trampa de sus encantos exteriores, como con otras mujeres de paso, sino que la pondré a prueba. Diga verdad o no sobre el acatamiento al gobierno que represento, al menos debo conseguir que esa aparente atracción mutua quede patente y libre de ocultaciones. Mi rey puede esperar la conquista de la ciudad cercada, pero el frágil y enamoradizo Holofernes que llevo dentro debe consolidar antes otra clase de triunfo que garantice el éxito de la misión.    

La mujer le había estando contando durante varias noches la historia de su vida, sin esconderle nada. Esto agradó a Holofernes. Le había hablado de su posición pudiente, de la pérdida del esposo al que había amado tanto, de la pena y el ritual de luto a que se había entregado, del aislamiento con el que quería corresponder a la memoria de su hombre. Pero un día, dijo la mujer al general, entendí que no puedo vivir enterrada en vida permanentemente, cuando aún tengo una edad fértil en deseo y en capacidad de descendencia. A Holofernes tales confesiones le admiraron y llegó a advertirla. Hayas llegado hasta mi cámara bien con la mejor intención de ayudar a mi empresa o porque te traigas algún plan en secreto para reducir mi eficacia militar, debes saber que admiro tu valor y tu soltura. Entre mis tropas todos pensarán que vas a doblegarte de inmediato a mis instintos naturales. Pero haré algo contigo que no he hecho jamás con nadie. Respetaré tus tiempos de decisión, me inhibiré de frecuentar a ninguna otra mujer, demoraré cuanto sea preciso el último asalto a tus paisanos. Mas antes de arriesgar mi fama y mis recursos a la toma del bastión necesito estar seguro de que soy capaz de ser aceptado, despojado de toda clase de fuerza y de poder, por ti.

La mujer descubrió entonces que tras el general al que precedía reputación de sanguinario existía otro hombre ajeno a la violencia y predispuesto a entregarse con bondad. Un ser cuya fragilidad había sido tapada por las planificaciones militares y el sojuzgamiento a los pueblos. Ella dudó sobre su propia misión. Primero alargando su estancia en el campamento. Luego, dejando de comunicarse subrepticiamente con las autoridades de su ciudad, que esperaban de ella la noticia del éxito de aquello para lo que se había ofrecido. Por último condescendiendo a las tertulias que al atardecer le proponía Holofernes y donde ella iba descubriendo poco a poco el hombre que nadie conocía y que ni él mismo imaginaba que podía alojar.

Una noche, la mujer que se reclamaba de adorar únicamente a su Dios, se abrió con arrojo a participar de su intimidad con el general. Había venido a tu campamento con intención de disuadirte de tu empeño, hombre mío. Ante el tono de sus palabras Holofernes tembló. No eran tanto los ardides que ella había podido ocultar como la manera directa y penetrante de sentirse atraída por él lo que le perturbó. A medida que te he ido conociendo, mujer, me he librado de temores. Ahora sé que no puedes hacerme daño alguno y que ni tú ni yo estamos en esta estancia para librar ninguna batalla que no sea la de conquistar mutuamente nuestras naturalezas. Pero la naturaleza tiene muchos rostros, Holofernes, le respondió la mujer. Ciertamente, replicó el hombre, pero solo hay una que nos vuelve más ajenos y a la vez más auténticos. Ella le acarició los cabellos. Detrás de mi general hay también un filósofo recóndito y seguramente un amante inadvertido por cuantas esposas o allegadas se han dado a ti. Pero conmigo no solo te llevas mi juventud lozana, también te apropias de mi voluntad malsana, de ese lado de mí que en nombre de una clase de liberación iba a entregarme a un acto de violencia. Holofernes no quiso medir el alcance de aquellas palabras, pues ya sentía el calor intenso del cuerpo de la mujer. Mi desnudez más profunda es tuya, le dijo a esta, envuélvela en voluptuosidad y ofrece el deseo más desatado al dios que llevamos dentro. 

En la entrega sin horas de la que se hicieron partícipes, el verbo y los sentidos circularon caóticos de un cuerpo a otro. Holofernes, en un movimiento de contemplación extática sobre la mujer la alzó en un sobreesfuerzo. ¿A quién me estás inmolando?, dijo ella en medio del arrebato que les desconcertaba a los dos. A la vida y a la muerte, susurró Holofernes refrenado por un jadeo que derivó en rugido desgarrador. A continuación el general se desplomó inerte. Ni herida ni sangre ni mucho menos degüello. No había en la cama ningún otro arma que no fuera el amor. 

Lo que aconteció después lo han contado las crónicas interesadas en una dirección diferente a los hechos y con una intencionalidad acaso proterva. Que cada cual se atenga a lo imaginario.