La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose. Karl Kraus.



miércoles, 16 de enero de 2019

Naxos. Se buscan líderes





















"La ciudad debe defender la ley como defiende sus murallas".

Heráclito de Éfeso, Fragmentos.



Necesitamos líderes, amigo extranjero. Se lo dice el ciego Thasos. ¿Líderes, quieres decir, como Odiseo?, le replica con ironía Naxos. ¿Alguien que te ofrece promesas de alcanzar una tierra de satisfacciones pero del que solo recibes órdenes y encima te somete a un constante riesgo de tu vida? ¿Alguien que te sigue manteniendo sujeto al remo mientras se alimenta de sus fantasías y apetencias, y del trabajo que otros ejecutan para él? Thasos tiene suficientes años para haber asimilado éxitos y también decepciones. Se lo hace saber al joven. Necesitamos hombres capaces que nos escuchen a todos. No para que obren a nuestra espalda sino para que ejecuten nuestro encargo. Que atiendan las iniciativas que se les planteen y que obren con inteligencia. Que no nos digan que sí en las asambleas y luego hagan lo que le place. Nos han gobernado individuos que nos han conducido a fatalidades. La última invasión no fue tanto mérito de quienes llegaron de fuera como de la ambición de nuestros gobernantes. La ambición conlleva negligencia y desprecio de las necesidades inmediatas de la ciudad. Los gobernantes que buscan sus beneficios y tienen en cuenta a los habitantes de la urbe solo para utilizarlos en pro de sus fines no son buenos gobernantes. Cuando actúan para sí mismos dejan de ser consecuentes con el mandato colectivo. Y, si al menos, fueran sabios y tuvieran visión y perspectiva, aunque buscaran obtener prebendas que los demás no obtendrán, se les podría disculpar en parte. No fue el caso. Desde hace mucho tiempo no hemos tenido sino dirigentes que han mercadeado con las decisiones adoptadas en la asamblea. Ese tipo de gente funesta ha sido capaz de desviar descaradamente los fondos para las obras públicas o de erigir construcciones grandiosas que nos han endeudado o han admitido sobornos de poderes extranjeros que a cambio les exigen que se conviertan en aliados manipulados. Cuántas veces nos han seducido con vanas e ilusorias palabras que hablaban de engrandecer la ciudad, que instigaban para que la nuestra destacase sobre otras, sin reparar incluso en el sometimiento de estas si se consideraba preciso. ¿Dónde está escrito que hacer en pro de la ciudad esté enfrentado a mantener buenas relaciones con otras poblaciones? ¿Quién dice que no se puede negociar buenamente los intercambios en lugar de hacer uso de las armas y de la ocupación? Después de tantos errores, cuyo alto coste lo estamos pagando, va siendo hora de dejar de lado que las ideas necias de unos pocos, soberbios pero torpes, germinen en el alma de nuestras gentes. Necesitamos líderes nuevos, no sospechosos de excluir a nadie ni de aprovecharse de nadie. Naxos mira el rostro opaco del ciego Thasos. Le ha impresionado la oratoria de un hombre que ve más que muchos. Pero, ¿ha comprendido el mensaje? Anciano, le pregunta nervioso, ¿qué me estás proponiendo? ¿Acaso ves en mí a mí, un extranjero al que apenas conocéis, dotes para afrontar responsabilidades? Thasos le corta. A nosotros no nos importa de dónde sea quien llega a nuestra tierra. Y en el tiempo que estás con nosotros has ido sabiendo y obrando con las mejores intenciones. No es el tiempo lo que define al hombre, sino el aprovechamiento de su propio tiempo. No es la rutina con otros vecinos lo que da sabiduría, sino comprender cuanto oculta la rutina. No es la ejecución de los oficios cotidianos lo que muestra por sí misma la capacidad de llevar una ciudad, sino la visión que se apoya en los oficios y procura el mejoramiento de los lugares donde vive y transita la gente. No te estoy proponiendo nada de momento. Tal vez tú mismo, sin dejar de ser y hacer como cualquier otro artesano o labriego de la ciudad, sientas la exigencia de ir más allá.




(Fotografía de Ata Kandó)


martes, 15 de enero de 2019

Ella





Se podría o no estar de acuerdo con sus ideas, aceptar sus propuestas o rechazarlas, pero suscitó recelos, odios y complejos. ¿Porque era mujer? ¿Porque analizaba y decía las cosas con claridad? ¿Porque iba más allá de lo que deseaban otros popes de su partido de origen? ¿Porque cuestionaba éticamente? ¿Porque los de la poltrona de dentro y de fuera de su anterior partido veían sus planteamientos como arriesgados para su vida cómoda? ¿Porque el Poder sabe buscarse los aliados tradicionalmente antagónicos para protegerse de las transformaciones que le ponen en entredicho? ¿Porque resultaba inadmisible la idea de internacionalización llevada a cabo por las clases humildes en un continente de naciones ciegas y ambiciosas? Podría haber sido una teórica más, sin mojarse. Podría haberse quedado en casa, sin más. Podría haberse exiliado, como hizo algún otro de un país cercano que había vuelto triunfador después. Pero no se limitó, la muy cabezona, a pensar, escribir y decir de boquilla. Pensó, analizó, debatió y luego hizo. Pero ese paso, hacer, le supuso la puntilla, literalmente hablando. Fue alevosamente asesinada por ejercitar el don de pensar, de expresar y de hacer. Después de aquello el país de los asesinos fue entrando en un proceso demencial. Hay buenos libros de Historia para saber del tema. Las ideas pueden ser discutidas, revisadas, replanteadas o descalificadas en nuestro tiempo. O al menos de modo relativo. Pero cómo llega uno al más allá del riesgo total por defender consecuentemente planteamientos transnacionales y protagonizados por los que menos poder han tenido me sigue pareciendo algo digno de respeto y admiración. O tal vez me queda una pizca utópica, que acaso debo disolver del todo.





sábado, 12 de enero de 2019

Naxos. La rebelde chica de las flores





















"Ven al prado
al gran prado
y llámame desde detrás del aliento de la flor de seda
como le hace la gacela a su pareja".


Forugh Farrojzad, La conquista del jardín, de Nuevo nacimiento.



Ikaria asciende la ladera riscosa. En contra de lo que puede parecer por su juventud sus pensamientos no son simples. ¿Acaso cuando pienso en el mundo no me pienso también a mí misma?, discurre para sí.  Mi abuela se obstina en que me deje cortejar por Naxos. Ella es práctica, y lo entiendo, tras lo padecido le reconcome la inseguridad. Y no tanto por ella como por mí. Pero yo también soy práctica a mi manera y si siendo como soy no me ha ido mal hasta la fecha, ¿por qué voy a cambiar? Algo bueno me trajo la razia que casi termina con la ciudad. No solo escapé a las violaciones, sino que dejé de ser la mujer sumisa para la que me tenía destinada mi propia familia. No digo que Naxos no me atraiga, sino que no le voy a exhibir mis apetencias porque sí, ni mucho menos quiero estar condicionada por él si decide quedarse para siempre en la ciudad. ¿Que en mi conducta rebelde algo ha tenido que ver la pitonisa? No lo dudo, pero eso es algo que prefiero ocultar, porque ella no solo me protege sino que me inicia. ¿Qué dirían de mí los vecinos si supieran que aprendo más de lo que la ciudad, en las actuales y tristes circunstancias, podría enseñarme? No rehuyo la colaboración ni me aparto de ciertas obligaciones, pero he decidido crear un territorio de salvación entre el destino marcado y mis propias exigencias. Sé que muchas mujeres, aun aceptando su papel doméstico, cultivan saberes. Ahí está por ejemplo Psyra, que pinta animales en la intimidad, o Chíos, que muchas noches sacrifica el sueño para estudiar las estrellas, o Donoussa, que hace trazados geométricos hasta en las paredes encaladas de la casa. Pero a mí la pitonisa me enseña otras cosas. No hablo de interpretaciones del futuro y cosas así, pues en esa materia oscura solo se puede avanzar tras años y experiencia. Aunque yo pienso que no es un saber comprobado. Y que más bien puede tratarse de un juego acordado entre quien solicita la consulta y quien la acepta. No importa si no se llega a nada. Todos arriesgan frente al destino. ¿Quién aprende en ese caso de quién? Para mí que la pitonisa lleva las de ganar las más de las veces, pues sabe responder a cualquier tema obligando a que el interlocutor tome siempre la decisión definitiva.  Pero eso es cosa suya. A mí la adivina me enseña a sentirme más audaz y a expresar con palabras todo aquello que me afecta y me impresiona, para bien y para mal. Dónde aprendería gramática la adivina no lo sé. Ahora me la inculca a mí, incitándome a que escriba sobre cuanto veo y me emociona. Después me anima a que lo declame. Aunque ella dice que ambas cosas van juntas, y no se sabe bien si es la palabra la que necesita ser parida o es la declamación la que tira salvajemente de ella.

Ayer escribí unos versos sencillos y se los mostré a mi maestra: 

Tú, que dices llamarte Naxos, vas diciendo que el océano te arrojó
a este rincón maltratado por el infortunio.
Para que nos lo creamos nos narras historias fantásticas de monstruos
y navegantes y mil vicisitudes que aturden a la gente y a mí me dan risa.
Pues sigue tú hablando y deja embobado al auditorio,
que, mientras, yo me daré a contemplar esas manos encallecidas,
me recrearé en tu torso de sol y en la agitación de los ondulados cabellos bermejos.
Mas esto te digo: puede que los otros tomen como verdaderas tus aventuras,
pero para mí que no has tenido otro oficio
que el de duro picapedrero en las entrañas de una cantera.

La adivina, entre aplausos y risas, añadió: ese poema satírico es todo lo contrario de lo que te pediría tu abuela. Más vale que ni ella ni el extranjero se enteren.




(Fotografía de Ata Kandó)


jueves, 10 de enero de 2019

Naxos y la hetaira





















"Oh, corazones helados, cabezas frías que sabéis vencer o enmascarar las pasiones, decidme: ¿qué mal hay en que un hombre pueda apasionarse?"


Laurence Sterne, Viaje sentimental.



Lo que tú necesitas es conocer más de cerca a una mujer, le dice el pícaro Andros al joven. Naxos, que ya está curtido por las arribadas a puertos donde él y sus compañeros se solazaban con jóvenes a los que requerían,  se ruboriza no obstante. No tiene intención de seguirle la propuesta encubierta. Desde que llegué aquí se me está revelando un mundo distinto, responde al lisiado. Desaparecida la opulencia que conocisteis en el pasado vuestra ciudad me muestra ahora otros tesoros. Obtengo más satisfacción en comprobar cómo os sobreponéis a la desdicha y no cedéis a la miseria. Las pasiones carnales, aun  siendo exigentes, no azuzan mis días, y sin embargo me embarga otra clase de emociones y entusiasmos. Andros, circunspecto, hace una mueca. Te entiendo, pero quiero que conozcas a una hetaira especial. Acompáñame. Ambos descienden hacia la parte baja de la urbe, donde, tras el desastre, se refugian gentes de toda condición. Therasia es una superviviente, no solo del saqueo, sino también de su oficio. No es demasiado joven pero tampoco se observa en ella los estragos de la edad o de su hacer amatorio. ¿Por qué traes aquí a este joven, maldito embaucador?, le grita al lisiado. Él no necesita de mis prestaciones, y a ti hace tiempo que te las niego. Andros ríe temeroso y solo acierta a decir: quería que te conociera y tú supieras de él. Lleva camino de permanecer tiempo entre nosotros. Su prudencia de hoy se le puede trocar mañana en urgencia, y mejor que os veáis como vecinos que no como ajenos. Ya veo que sigues tan previsor como siempre, truhán, le replica enérgica. Vete a cuidar el desnudo portal de la ciudad, a suscitar burla de quienes te conocen y lástima en los que van de paso. Bien sabes aprovecharte de cierta incapacidad de tus miembros para hacer creer que eres el sabio que no eres. En vez de proponer adivinanzas y pasatiempos fútiles ponte a reparar como otros la ciudad. Tus viejas artes nos serían más útiles que las triquiñuelas que te gastas ahora. Las increpaciones de la hetaira alejan a un Andros rezongador. El joven la contempla titubeante, pero ella sabe templar su pulso. Había oído de tu llegada, Naxos, y la hetaira le habla cálidamente pero con mesura. Me han contado de tu respeto y cautela por todo, del interés y la colaboración que te califica. Si nuestra tradición ha sido siempre aceptar a cualquier extranjero que trajera concordia contigo los herederos de la ruina nos hemos abierto de par en par. Sé que como hombre que eres, antes o después acabarás entrando en mi casa también. Esto te aviso: el día que lo hagas reservaré para ti más un acto de desposamiento que un trueque. Ni tú buscarás un mero desahogo ni yo requeriré de ti un precio. Estaré premiando tu valor en haber tomado partido por nuestra aflicción. Las palabras de la hetaira producen temblor en el hombre, que se cree avezado en sus experiencias y poco a poco más firme en sus convicciones. Therasia, si me quedo en la ciudad es para sentirme uno de vosotros. Para ser más que el que fui. De cada vecino que se me presenta tomo y aprendo algo. Quisiera devolveros con la utilidad que proporcionen mis fuerzas lo prestado. La aventura del mar ha acabado entregándome a la costa donde todo se palpa y no se vive solo de perseguir fantasías. ¿No es más enriquecedor haber alcanzado una ciudad sufriente pero no agostada, donde se replantea de nuevo la vida, que una urbe vanidosa donde se derrocha inútilmente la energía y sobre todo las buenas voluntades? Therasia contempla la figura hermosa del joven. Suspira. Muchos hombres han llegado hasta mí para que les consolase de sus frustraciones y penurias. Mi necesidad les ha admitido y tengo como virtud el haberles devuelto el sentido del placer y de la atención que creían perdidos. Pero yo te digo: tú no eres como ellos. Bien sabes buscar por ti mismo alivio. Y otros lo buscarán en ti. Debes estar prevenido.  




(Fotografía de Ata Kandó)


lunes, 7 de enero de 2019

Naxos. La vieja inscripción y el inválido

















"¿Cómo se reconocerán los habitantes de la ciudad,
me pregunté, si de su herencia quedan ahora solo cenizas?".


Poeta Sombreado, Ghazal de las cenizas, del blog La sombra de la nube.



Hay una inscripción antigua en la puerta principal de la ciudad que los años y los avatares no borran del todo. No vuelvas nunca sobre tus pasos, anda siempre los nuevos. Solo así podrás..., y ahí se corta el mensaje. Naxos se queda estupefacto y medita. Quien ordenara grabar la inscripción ¿se arrepintió, cambió su pensamiento sin lograr enunciarlo del todo o no pudo terminarlo a causa de una fuerza mayor? Andros es un hombre lisiado de mediana edad, que presume de conocer los rincones de su patria. Se despega del muro en el que se apoya y se dirige a él. Veo que te interesa, joven extranjero, la historia del lugar. Que te detienes ante las obras humanas, las observas con detalle y tratas de interpretarlas. Te he visto con algunos vecinos recorrer barrios que han sido arrasados y otros donde la vida intenta salir de nuevo a flote. También sé que estuviste preguntando por la sibila. Yo te puedo conducir por las calles y mostrarte los centros de nuestras instituciones y creencias. Pero no me pidas que te lleve hasta la adivina, pues hace tiempo que no solicito nada de ella y las adversidades me han vuelto un incrédulo total acerca de la condición humana y sus invenciones. Naxos le mira con curiosidad, aun sabiendo que no acertará sobre la causa de su malogrado físico. ¿Será así de nacimiento, por accidente o víctima de alguna correría? Andros está acostumbrado a ser observado por los foráneos. Sale al paso, antes de que se le pregunte. No mires mi desgracia como una maldición, antes bien debes saber que gracias a ella me dedico al oficio más inútil, según unos, y más fructífero, según yo mismo, que cabe resultar, le espeta al joven. ¿De qué oficio me hablas?, y Naxos desvía instintivamente su mirada hacia la inscripción. ¿Acaso fuiste tú el autor del lema que he leído en la muralla? ¿Eres un calígrafo de las incisiones en piedra? ¿O se esconde dentro de ti uno de esos filósofos que se creen por encima de los demás hombres? Andros sonríe con cierta malicia. No sé lo que soy. Sólo sé lo que hago. Antes de mi mutilación era un escribiente a quien se le daban bien las palabras. Me solicitaban para actos y celebraciones, y los artesanos echaban mano de mí para difundir sus trabajos por otras costas. Pero las invasiones y las guerras no trasiegan solo huestes de mercenarios de un lado para otro sino que dejan tras de sí la huella de las negras falanges de los inútiles. No sé quién dijo que hacer era pensar. Mi destino ha acabado en esto: propongo acertijos y planteo dilemas a los que entran o salen por esta puerta. Si los aciertan, ríen y se alejan henchidos de su pretendida sabiduría. Si no los responden, pagan, ofuscados por no saber resolver el enigma. Yo he oído que los filósofos hacen algo parecido, cobren o no por dar vueltas al pensamiento, se atreve a contestar Naxos. Pero los filósofos de los que hayas oído hablar, y Andros le quita la palabra de la boca, no se entretienen ni se divierten tanto como yo al comprobar los límites de la mente humana. Ni padecen, en sus fincas de recreo, naturalmente, las penurias que yo paso. Andros, ¿ha resuelto alguien el final de la inscripción?, pregunta curioso el joven. Andros ríe estrepitosamente. Muchos han sido los que han arriesgado el desenlace. Pero ninguna de las respuestas ha sido acertada. ¿Y si acaso no hay desenlace alguno, ni texto interrumpido ni consejo de ninguna clase?, se le ocurre a Naxos. Ah, mi amigo extranjero, salta Andros. ¿Ves cómo no tienes ninguna necesidad de dar con la pitonisa?




(Fotografía de Ata Kandó)


miércoles, 2 de enero de 2019

Naxos y las confidencias de la anciana
















"Ven, señora de pestañas saladas, de la mano envejecida
por los desvelos de los pobres y por el paso de los años -
el amor te está esperando entre las matas".


Yannis Ritsos, Romiosyne.



Aquella mujer, Kéa, en cuyo hogar se recoge por las noches Naxos, es más vieja por lo que ha visto, incluso ¿o sobre todo? en su propia carne, que por los años que acumula. No te decepciones, Naxos, por cuanto observes. La violencia padecida envejece mucho. Si no llega a matar o no secuestra tu existencia te aplasta la edad. Los que nos conocemos desde siempre no nos engañamos, pero el advenedizo piensa que la población que ha sobrevivido es toda decrépita, y hay quien tiende a aprovecharse por ello. Si te hemos acogido desde el primer día es porque distinguimos enseguida que venías desarmado y que no tenías intención alguna de sacar beneficio de nosotros de mala manera. Cuando una es prematuramente anciana tiene que asumir la circunstancia, no solo su estado. De no haber tenido mi cuerpo tan ajado y dolorido hubiera aspirado a tu don de hombre, como ya sucedió en otras ocasiones con viajeros poco generosos. Pero aquel tiempo desapareció antes incluso de lo que la naturaleza ordena. A Naxos le afecta la pena de aquella mujer desgarrada por ve a saber cuántos y diversos infortunios. Sin embargo, los ojos joviales y encendidos de la anciana no parecen corresponderse con la calamidad del resto del cuerpo. Su mirada es aún tan viva, se atreve a responder Naxos. El calor de sus palabras tan sincero. Eso no parece propio de quien ya se ha rendido al mundo. Kéa fuerza una sonrisa y baja la cabeza, como si quisiera a continuación tomar carrerilla y alzarla altiva. Si tú supieras, deja caer con desgana. Mucho antes de que la ciudad sufriera pillajes y raptos a mí ya me empezó a destruir el amor. O acaso debería decir el abuso que en nombre del amor padecí de los hombres y de sus apetencias superficiales. Entonces comencé a darme cuenta de que el amor no era lo que creíamos poseer del otro o lo que se revelaba dentro de una, cargado de expectativa y deseo, sino que todo consistía en una suplantación. Se nos quería para lo justo y nada más. Ahí se daban la mano los que llegaban fieros con sus naves, dispuestos a cobrarse en nosotras su parte del botín, y quienes accedían a nuestras familias simplemente para atar los negocios o saciarse con nuestros cuerpos. Para una mujer de esta ciudad amar no era disponer conforme a su gusto y elección. No nos ha sido dado elegir. Y no siempre, ni mucho menos, el placer se obtenía en contacto con un hombre o una mujer con quienes hubiéramos convenido de antemano. Naxos se dejaba llevar por la perplejidad al escuchar calladamente a Kéa. ¿Por qué me habrá elegido a mí para narrarme sus frustraciones?, se pregunta. Sé lo que piensas, joven extranjero, y la anciana interrumpió sus pensamientos. No parece común que una mujer ya en retirada confíe sus cuitas a un hombre proveniente de otras regiones y además con escasa experiencia, ¿verdad? Descuida, pero te diré que te acogí no por el interés de un dinero que pudieras darme a cambio de manutención y techo, pues de sobra sabía de tu desposesión. Ni por sentido de la caridad, que olvidé hace tiempo. Tu presencia en mi hogar valía otra clase de tesoro. El olor a hombre me compensa. La voz medida de un joven prudente expulsa de mi pensamiento a los violentos que me hicieron sufrir. La visión del cuerpo de un hombre me ofrece la compensación a mis placeres reprimidos. La capacidad de estar abierto a cuanto se te ofrece a la mirada estimula mi resistencia ante un futuro poco alentador. La actitud de alguien entregado como tú a una gente a la que no ha visto jamás antes me aporta una recuperación esperanzadora. Es como si aquel robo que sufrió mi propio tiempo me estuviera ahora devolviendo el valor de lo perdido.

Bajo el dintel de la entrada se dibuja el contorno esbelto de una joven. Kéa cesa el relato de sus reflexiones. Su cara es otra de pronto. La presencia de la recién llegada la resucita. Esta es mi nieta Ikaria, le indica a Naxos. No es fruto de la violencia de los invasores, sino de quienes creímos íntimos y fueron los más perversos y despegados. A veces las tropelías nacen y crecen en nuestro ámbito, pues también aquí ha habido hombres que no han respetado las reglas y que han faltado al mínimo respeto con las mujeres. Pero Ikaria compensa con creces la alevosía y mala intención de los infames, a la que ella es ajena. ¿No es en ocasiones lo accidental algo sorprendente? ¿No es lo inesperado lo que muchas veces se impone para recordarnos que debe asentarse la cordura? ¿Cómo la conducta brutal de unas bestias puede generar otras vidas que solo tienen alma de ternura? Naxos reconoce entonces a la joven que un día, al poco de llegar a esta ciudad, le ofreció flores. Tú eres aquella que me obsequió no solo con sorprendentes aromas sino con nuevas esperanzas, le dice. No había vuelto a verte. Vivo más en el monte que en la ciudad devastada; allí tengo mis tareas, le explica sucintamente Ikaria. Ah, por cierto, ¿no me preguntas hoy por la adivina?  




(Fotografía de Ata Kandó)


lunes, 31 de diciembre de 2018

2019, que no se pierda del todo nuestro personal mundo. Con un poema de Francisco Brines




Magníficos deseos, palabras más o menos redichas, sonrisas y carcajadas sinceras o fingidas, apretones de manos y besos carrilleros a tutiplén, típico y tópico fin de año y comienzo del nuevo, etcétera. Oh, el valor del símbolo, la frontera tenue que nos hace tirar un calendario y colocar otro, la esperanza a borbotones o mirada de soslayo, salvo para el dolor que, a través de cualquiera de sus múltiples rostros, todo lo inhabilita. Que no sea el caso. Y si de cooperar a las buenas intenciones y a la esperanza mágica y primitiva de los humanos se trata pues os invito a leer un poema hermoso. Que va más allá de los mitos de la trascendencia al uso y se hace carne. Se titula El regreso del mundo, y lo escribió Francisco Brines hace muchos años.



Abrir los ojos, después de que la noche
recluyera los astros en su amplia cueva rasa,
y ver, tras del cristal,
ya visibles los pájaros
en el fanal aún pálido del sol,
moviéndose en las ramas.
Y cantos que hacen mía la bóveda del aire.
Y sentir que aún me late en el pecho
el corazón del niño aquel,
y amar, en la mañana, la vida que pasó,
y esta maga sorpresa
de amar aún el mundo en la mañana.
Y en el nombre del mar, que está lejano
y azul, siempre tendido
desde el remoto amanecer del mundo,
persignarme la frente, luego el pecho,
los delicados hombros que ahora rozo,
y besar, con los labios del niño rescatado,
este mundo tan viejo,
que hoy no alcanzo a saber
por qué, si el amor no se ha muerto,
me quiere abandonar.



sábado, 29 de diciembre de 2018

Naxos y el comerciante





















"Quien no espera no hallará lo inesperado, pues es recóndito e inaccesible".

Heráclito de Éfeso, Fragmentos.



Busco a Lemnos, el ceramista, dice un exótico comerciante que se ha acercado en una pequeña embarcación hasta el maltrecho espigón. La nave está fondeada en la proximidad, pues el deficiente estado del puerto aconseja prudencia. Naxos ayuda a varios obreros a subsanar los desperfectos. De ser un advenedizo ha pasado a dirigir el orden de las tareas, siempre bajo las directrices del anciano arquitecto Siros. Primero hay que limpiar el fondo, ha advertido este. Después, reponer las partes desmochadas. Por último, instalar los puntos de amarre que teníamos y si es posible renovarlos. Nos llevará tiempo, pero nada quedará como antes y debemos aprovechar la circunstancia de nuestra desgracia para mejorar las instalaciones. Para Naxos aquel espíritu superador de los supervivientes de la ciudad es un aprendizaje nuevo. Acostumbrado como ha estado durante mucho tiempo a afrontar los avatares marinos una y otra vez, repitiendo el suplicio que marca el camino de los hombres pero en un único paisaje que nunca llegaba a alcanzar una meta clara y segura, la vida terrestre le parece cambiante día a día. Han quedado pocos en esta urbe destruida, cavila, pero permanecen los buenos. ¿O son ahora mejores simplemente porque el esfuerzo y la conciencia de llevarlo a cabo es más contundente? Pensar de este modo, argumentado y prospector, también le sorprende. Le parece parte de esa novedad. Hacer y pensar, no importa el orden que sigan, van de la mano. Empiezo a entender que los hombres que generan destrucción carezcan del ejercicio de reflexionar y por lo tanto de idear. ¿Puede llamarse pensamiento a sus maquinaciones? ¿Aprenden más los mortales como víctimas que como verdugos? Me llamo Ténedos, interrumpe las conclusiones de Naxos el comerciante al poner pie en tierra. La región donde habito, si bien parte de mis años los paso viajando por unos confines u otros del océano, está al lado opuesto de vuestras islas. Hemos sabido de la calidad de la alfarería de Lemnos, mas no esperábamos encontrar tal devastación en esta ciudad. El taller de Lemnos ha sobrevivido en gran parte, le responde el joven. Le llevaré hasta allí. Dígame, ¿es conocida la obra del anciano y sus operarios en su lejano territorio? Ténedos, que es un comerciante avezado y dotado de buen trato, no tiene sino elogios. La cerámica que hacen aquí empieza a ser conocida, y yo quiero contribuir a que se difunda más. Naturalmente, le replica Naxos, para usted y otros comerciantes será también una fuente de ingresos importante. Mira, joven, le responde Ténedos con un temple medido, yo no recorro mares y visito costas por amor a la aventura. Tampoco me enriquezco como quien apenas arriesga y abusa de los que trabajan para él. Mi aventura es descubrir la belleza. Esa clase de belleza que puede instalarse en un hogar, compartir con amigos y opinar sobre las historias que lleva consigo. Me refiero a la cerámica cuyas decoraciones y formas son un ejemplo de cómo lo práctico y lo visual pueden convivir y proporcionarnos placer. He visto algunas piezas salidas del alfar de Lemnos. Pero sobre todo quiero conocer las manos que diseñan figuras tan avanzadas y relatan pequeñas anécdotas en las que un hombre se reconoce, en las que una mujer se eleva, en las que los gestos y comportamientos humanos más sinceros e íntimos serían envidiados por los dioses si estos vieran tal artesanía. Le llevaré hasta el taller, le contesta Naxos, quien pinta lo que usted elogia es una persona discreta. Alguien que solo sabe hacer su trabajo sin interferencias, con libertad. Naxos no quiere revelar más. ¿Por qué esa protección sobre Thera? Reprime su confusión. El comerciante solo quiere comerciar, no obstante sus bonitas palabras, se dice el joven. Pero Naxos no ignora que en los kylix se funden dos bellezas inseparablemente. 




(Fotografía de Ata Kandó)


martes, 25 de diciembre de 2018

Naxos. Soliloquio de la pintora de kylix
















"Yo no aguantaba el dolor de los hombres,
el muro de su sangre contra mi soledad".

José Florencio Martínez. Poema de la Hetaira enamorada de un centauro, de su libro Teseo no saldrá del laberinto.



Miro mis manos huesudas. No sé dónde empiezan los dedos o en qué momento se desliza el pincel. Dedos que tiemblan huérfanos cuando no trabajan los vientres de las copas. Miro lo que pinto. ¿Son dibujos imaginarios o fantasías que me proyectan? Miro mi cuerpo. En la curvatura de los kylix aparecen cuerpos y cualquiera de ellos podría ser el mío. El que no quisiera perder. El que quisiera mantener siempre ágil y diestro. ¿Será que de esa manera lo inmortalizo? Podría contestar a Naxos que yo soy tal cual él me oye o me observa. Sería ofrecerle la apariencia. Pero ni siquiera tengo claro si soy la voz que habla ni la luz que centellea cuando miro al remero. Soy el silencio cuando permanezco sola en el taller y dejo esta parte de la vida para dejarme llevar por los contornos en rojo o en negro que acaban pariendo escenas nuevas. Representaciones donde antes no me he visto, ocurrencias que pueden no ser comprendidas. Una pintora nunca sabe dónde está, y acaba perdiendo poco a poco la noción acerca de dónde viene. Cuando ilustraba en los cálices a personajes heroicos o a divinidades de las que se han contado infinidad de versiones todo era más evidente. El maestro me felicitaba por la tarea y los clientes elogiaban que cumpliera tan bien lo que ellos deseaban admirar. Ahora que pinto por libre el riesgo es enorme. ¿Debería reprimir mis impulsos creativos por ello? Viejos clientes pueden escandalizarse, otros llegarán deseosos de poseer vasos que rompan lo tradicional y alejen los temas repetidos. Y todos, lo reconozcan o no, se sentirán oscuramente atraídos por la decisión de lo que ofrezco. Me da igual que piensen: qué pintor tan audaz, sin duda solo un hombre es capaz de concedernos la gracia de contemplar esas ninfas. Tampoco me interesa saber que en muchos otros se precipite el interés, obviamente morboso, cuando descubran que tras mi firma hay una mujer. Los mercaderes están a la expectativa, pero no voy a admitir presiones. Me gusta ejecutar mi obra con lentitud y concentración. Cada copa pintada por mis manos es un lugar donde habito mientras dura la tarea. ¿Eso tiene un precio? Para mí solo es el ámbito del deleite. No sé si Naxos entenderá esto. Su mirada es respetuosa, su escucha atenta, su sonrisa benévola. Nadie diría, si no fuera por su constitución física y las huellas del océano y del sol sobre su cuerpo, que haya sido un nauta rudo y peleón. Si mi presencia le transforma, que agradezca al destino haber llegado aquí. Pero yo soy una pintora de cálices, no una mujer predispuesta al amor. Solo me siento cautiva de mis alucinaciones. Dispuesta a entregarme a los propios ensueños. Lista para dejar que me engendren los caprichos de las figuras que pergeño y los colores que los dotan de vigor. En cada figura o escena que nace de mis manos soy madre e hija. En la pulsión que vibra tras las imágenes soy amante y amada. Observo un deseo contenido en las preguntas de Naxos. ¿Cómo puede llegar a mí si no siente como yo siento?




(Fotografía de Ata Kandó)


lunes, 24 de diciembre de 2018

Le Rondeau des Indes Galantes y la antillana




Eh, entra Max atropelladamente, ¿sabes que mi amiga antillana me ha invitado hoy a café de su tierra? Entre taza y taza me ha revelado: estoy descubriendo la música vieja de ustedes. ¿Y eso?, le he preguntado. Ya ves, por las amistades cultas que va haciendo una. Y se puso a tararear una composición que no es una bagatela cualquiera. Luego le dio al play, me rozó los dedos y propuso: ¿la bailamos? Y yo: ¿esto se baila?

(Max no está para excesivos trotes pero no sabe decir no a una india galante. Y menos sobre una pieza tan animada)






(En la imagen, retrato del compositor Jean-Philippe Rameau, desconozco el autor)



viernes, 21 de diciembre de 2018

Naxos. La excursión






"De los soles tú viniste, de las auroras llegaste,
de los espejos y de la finura de las sedas".

Ahmad Shamlu, Jardín de espejos, del poemario Aire fresco.



Allá, en lo alto, el santuario. Abajo, la ciudad. Naxos se extasía. La destrucción ha herido seriamente algunas estructuras, pero no ha borrado la armonía del conjunto, comenta pausadamente. He participado a veces en el saqueo de una ciudad, algo que me resultaba repulsivo, pero jamás me paré a contemplar el horror. Ahora lo veo todo de otra manera, o me lo haces ver tú, confiesa con una mueca cómplice. Thera puntualiza: sobre una belleza anterior puede nacer una nueva, la referencia permanece y a la vez llegarán otras influencias que nos sorprenderán. Como sucede con lo que yo pinto en las vasijas. Me preguntaba: ¿por qué pintar siempre lo mismo? ¿Por qué no llevar a las mesas y a las celebraciones nuevos motivos que hagan valorar las obligaciones pero también los placeres de los humanos? ¿Quién me impide probar estilos más depurados que causen deleite a los ojos? La calamidad que hemos sufrido debe ser incentivo. Rehacernos de la devastación debe colmarse con nuevas ideas. Es una buena ocasión. También esas manos callosas se harán a los oficios de tierra, si tú quieres. Tus manos hacedoras se impondrán a las otras manos que intervinieron en tropelías o que cooperaron con quienes las cometían. Naxos intercambia miradas triangulares. El templo, la costa y la urbe, la joven. ¿En qué lado geométrico se encuentra él? ¿Acaso lleva camino de habitar ya todas sus perspectivas angulares? Hay un silencio expectante entre el hombre y la mujer.  Naxos lo rompe. He respetado siempre los santuarios, aunque tampoco me haya interesado demasiado por ellos; me parecían distantes, habitados por clanes diferentes a los míos, más pendientes de los dioses que de los humanos. Ahora que contemplo la herida causada en este recinto me pregunto: ¿de qué sirven los dioses si no se protegen a sí mismos? Acaso no quieran contemplarse en la estructura desnuda del edificio, mas los hombres que lo han erigido ¿deben lamentar la ruina o reaccionar? Thera le interrumpe con brío. Las gentes ven los templos como la aportación al contento y  la vanagloria de los dioses, pero ¿cuánto hacen estos por intermediar en los conflictos y las violencias de los mortales? Naxos se admira del valor de la mujer. Me enseñaron, dice, que nuestras disputas son la condena que nos ata al destino. Ah, ¿crees que tú te mereciste la de estar sujeto durante años al duro remo y a la vida de riesgo? Naxos se queda pensativo. No responde. Sigue admirándose por el entorno y solo tiene palabras para lo que ve y toca. Nunca antes me había fijado en la técnica empleada, ni había valorado los volúmenes que sortean la opacidad de otros templos más antiguos, ni me había apercibido de los órdenes y las medidas que pueden mantener estable un edificio antes del daño. ¿Me has traído aquí, Thera, para que vaya aprendiendo? Thera sonríe. Primero, Naxos, se aprende con la mirada. Después escuchando a los que saben. Al final razonando. Las obras grandes de verdad son las que incitan a la reflexión y a la evolución del mismo pensamiento, y no tanto la excusa o la obligación por las cuales se levantan. Nuestra mente es un hontanar, pero depende del razonamiento que el agua se disperse por doquier o se encauce para llenar una cisterna que acumule saber. Naxos se queda embobado por el argumento. Solo tiene palabras sencillas para los descubrimientos. Thera, este lugar es particularmente fastuoso, y la voz de Naxos revela una sensibilidad impensable en un remero al uso. El mar se contiene al borde del acantilado y lo respeta. Las aguas y la tierra echan entre sí un pulso que puede parecer juguetón, pero te aseguro que es bravío y cruento. Este promontorio desde el que se domina todo es un espejismo, y no obstante la apacibilidad que se nos transmite es real. Los que venimos de la zozobra y somos hijos del oleaje sabemos de sobra que nada es lo que parece. ¿También eres tú un espejismo, Thera? ¿Eres la artífice de las copas o una de las imágenes que recorren sus cuerpos lozanos?




(Fotografía de Ata Kandó)


miércoles, 19 de diciembre de 2018

Una más, víctima de los bestias. ¡Qué putada es ser mujer!




Una mujer muy cercana en mi vida concluye siempre cuando sale a relucir un crimen, una violación o un acoso sobre una mujer: qué putada es ser mujer.  Y añade: toda la vida desde niñas volviendo en grupo a casa, teniendo cuidado por la noche, desconfiando, soportando acosos varios. ¡Y eso no lo entienden muchos hombres todavía! No imaginan lo que es sentir aquello que es impensable que un hombre sienta y padezca. Y muchos no hacen esfuerzo por entenderlo. Añade: y encima la de desquiciados que hay en este mundo.

Ahora, una más, Laura, emigrante zamorana al Sur para ejercer de maestra, seguramente cargada de ilusión y seguridad, resulta víctima de ¿las bestias? ¡Los bestias! Y sin embargo, si algo ha conquistado la mujer en las últimas décadas, no obstante las dificultades, es la seguridad y la confianza de estar en primer plano, el valor de abrirse camino, la demostración de valerse por sí misma. Que estos logros no vayan para atrás por mucho monstruo que cunda. Por mucha institución y sociedad que no pasan de hacer demagogia. Por muchos hombres que aún miran para otro lado.



(Imagen tomada de La Sexta)


domingo, 16 de diciembre de 2018

Naxos en su noche desvelada





















"Será hora de pensar, no ya en tener navíos en medio de la mar
color de vino, sino en labrar los campos".

Hesíodo, Trabajos y días.



La calidez de la noche impide dormir a Naxos. Demasiadas experiencias, y todas nuevas en tan pocos días, reflexiona. Los compañeros en busca de otras vidas, la anciana que me acogió en su casa, los chicos del barrio, la joven de las flores, el alfarero y los demás obreros, la artista de los vasos...toda esta gente me ha hecho olvidar a la pitonisa. ¿Fue real o no aquel encuentro con ella? ¿Tan frágil y perdido me encontraba para obsesionarme con ella? ¿Hay dentro de mí todavía algo que me pida buscarla y consultar sobre mi futuro? Sin embargo apenas la recuerdo. Las gentes reales que hablan constructivamente y me han dado afecto suplen al personaje misterioso.  Si la pitonisa evocaba el destino abstracto e incierto, estas personas con las que convivo me hablan de lo que existe, sea cual sea su calidad, y sobre todo de cuanto es posible. Con estos supervivientes hablo como jamás había hablado con mis compañeros, me sincero con ellos y ellos conmigo, me enseñan no solo lo que hacen sino indirectamente me muestran mis carencias. Con Odiseo creíamos vivir la aventura y estar por encima de los demás humanos, percibir los peligros y caer en la soberbia cuando los superábamos. Pero ¿cuánto de vida con futuro había en aquel viaje sin fin? ¿Cuánto conocimiento que no se moviera en las olas sinuosas de los seres fantásticos, en la atractiva feminidad de las representaciones imaginarias o en la promesa de costas que nos llenarían de riquezas podía existir en la aventura marina? Es sorprendente cómo primero el periplo me hizo olvidar la patria de origen y de qué manera ahora las vivencias con estas personas de la ciudad arruinada hacen que poco a poco ignore la actividad anterior. ¿Qué vale más, el riesgo y el cambio constante, pero sin rumbo, o la estabilidad por muy modesta que sea? ¿Dónde descubro mejor lo que necesito y quiero hacer, entre hombres ebrios y malhumorados o escuchando a los humildes que saben tanto del mundo pero que son ignorados por las narraciones épicas? ¿Qué contaré algún día a mis hijos para que se reconozcan en mí, las vicisitudes del capricho de Odiseo y el tiempo perdido a través del océano o las enseñanzas y el calor de las gentes de los oficios y de la vida urbana? Mi carácter se va haciendo más abierto y receptivo. Las soledades no me oprimen como antes. Hallo nuevas apetencias en la actividad artesanal que he desconocido hasta ahora. El lenguaje de la pintora de quílices me cautiva. ¿Era acerca de esto sobre lo que yo quería saber de boca de la sibila? ¿O aquella mujer oscura y distante solo era la materia misma de la duda? Ah, si me quedo aquí, comprenderé que acaso ha sido una intermediaria casual entre formas de vida opuestas, una que he vivido y otra que se me ofrece en su quehacer tangible. ¿Aquel mensaje suyo de que tenía que decidir yo era un acicate para fijar mis pies en esta nueva tierra? De momento aquí estoy tocando el vientre de una humanidad antes desconocida pero que me integra y me retiene. ¿Merecerá la pena? 




(Fotografía de Ata Kandó)

sábado, 15 de diciembre de 2018

Aforismo lobuno





Ahora que has visto las orejas al lobo, dime ¿cómo las tenía?, pregunta. Puntiagudas, responde.
Y ¿cómo eran los colmillos? Afilados, sin duda.
Y ¿sus garras? Sigilosas pero progresivas.
Y ¿cómo miraban aquellos ojos? Fijamente, aunque acaso en esta ocasión con cierta miopía.
Entonces parlamenta con la bestia, si se deja, Pero no la des tregua.



(Ilustración de Víctor Mira)


domingo, 9 de diciembre de 2018

Naxos. Coloquio del remero y la pintora

















"Dicen unos que una tropa de jinetes, otros la infantería
y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra
oscura es lo más bello; mas yo digo
que es lo que una ama".


Safo de Mitilene



¿Has oído lo que dice de ti el maestro, Thera?, pregunta Naxos a la joven artista en el paseo, tras ceder la luz de la jornada. Yo diría que bien podría prescindir de sus deidades protectoras, pero no de ti. El maestro Lemnos exagera, responde la muchacha. Si no me hubiera proporcionado este trabajo tampoco habría afinado el estilo. Podría haber estado en otra parte, haciendo trabajos más burdos, ya lo sé. Naxos quiere saber más. Pero ya venías con tus conocimientos, es él quien debe agradecer que hayas caído en su taller y remozado su repertorio. Te deja hacer porque le gustan las formas fantásticas que aplicas y porque te sales de lo convencional. Además tal vez él vea unas posibilidades de renovar su negocio. Si las piezas que salen de tus manos son conocidas en otras costas vendrán más mercaderes a hacer nuevos pedidos. Lo que se hace en abundancia se repite y pierde interés, replica Thera. Yo quiero trabajar lo justo, lo que da satisfacción a la imaginación y a la habilidad. Sin presiones ni agobios ni temas obligados. Lo de siempre ya lo hacen otros. Mi actividad no se parece en nada a la que tú has tenido. ¿Qué creabas agitando los músculos sino un ritmo constante que te desgastaba? ¿Qué sueños podías llevar a efecto mientras sujetabas la vela con tus compañeros en plena acometida del océano? ¿Cuántas veces has visto el rostro complaciente de tu capitán? Y cuando llegabais a puerto, ¿qué compañía desinteresada se te ofrecía? Naxos se rasca su barba hirsuta, perplejo y desarmado ante la mujer. ¿Es la misma Thera que confecciona los vasos en medio de un silencio y de un ensimismamiento sagrados?, piensa. Thera teme haberle herido. Y sin embargo, continua, sin trabajos rudos y persistentes como el tuyo no sería posible que gentes de los territorios más extremos de estos mares se conocieran o intercambiaran sus saberes. ¿Tu patria está lejos, Thera?, pregunta Naxos.  Mi patria está donde pongo los pies, responde ella. Sin la conquista del barro por mis manos yo no sería ahora libre. Y soy libre no solo por lo aprendido sino por los sueños que puedo volcar en mis pinturas. ¿Por qué crees, Naxos, que quienes adquieren los vasos del alfar de Lemnos se sienten satisfechos? ¿No te lo ha dicho el maestro? Porque están cansados de los conflictos y trampas entre dioses, de los combates archisabidos entre héroes, de la belleza ficticia de los efebos y de la vanidad de las escenas de convites. Quieren otra visión, y si es irónica y divertida, mejor. Quieren que en las imágenes que salen de mis manos se sientan en cierto modo representados sus sueños, encarnados sus deseos y cuestionadas sus vidas estériles. Naxos calla, juega a hacer patinar piedras planas sobre la superficie de un pequeño arroyo que serpentea la ciudad. ¿Sabes cuál es mi anhelo ahora mismo?, dice a Thera. Meter las manos entre la arcilla, modelar con ella las formas más toscas, sentir que la tierra húmeda acaricia y cura la callosidad que me causó la madera del remo. ¿Quieres acaso ser de los míos?, le interpela la mujer. Ahora mismo no sé de quién soy, responde. Tal vez de la tierra que piso, como tú, tal vez del viento que me arrastrará antes o después a otra parte. Cuando se hurga en el barro, uno se convierte para siempre en barro, dice Thera.



(Fotografía de Ata Kandó)

sábado, 8 de diciembre de 2018

La última partida de canicas de Joseph Joffo





"La canica gira entre mis dedos en el fondo del bolsillo. Es mi preferida, nunca me separo de ella. Y lo bueno es que es la más fea de todas, no se parece en nada a las de ágata, o a las grandes canicas metálicas que suelo mirar en el escaparate de de la tienda del tío Ruben, en la esquina de la calle Ramey; es una canica de barro, con el barniz medio saltado. Por eso tiene asperezas en la superficie, y dibujos, parece el planisferio de la clase en pequeño.

Me gusta mucho, es bonito tener la Tierra en el bolsillo, las montañas, los mares, todo bien guardado

Soy un gigante, y llevo encima todos los planetas.

- Bueno, ¿tiras o qué?"


Joseph Joffo, Un saco de canicas.



Joseph Joffo echó anteayer su última partida de canicas, que seguramente era la de los recuerdos. Ahora, con canicas y todo, se ha convertido en un saco de átomos dispersos a través del vacío y de la nada. ¿Saltarines y deslizantes también como las canicas? Ochenta y siete años le han dado materia vital para mil y una partidas de la compleja vida que un judío, aún niño, padeció en su propia carne. La muerte de Joffo bien puede ser un motivo para releer su novela Un saco de canicas, o invitar a quien no la conozca a que la lea. La peripecia de la huída de los nazis, junto con su hermano, la cuenta Joffo de modo desenfadado y bondadoso en el libro desde la perspectiva de un niño de diez años. El relato de una infancia partida, alterada, hurtada sin duda, no oculta que siempre permanece el recurso infantil del juego, de la chanza, de las risas, de las trampas, del ingenio para afrontar la supervivencia y escapar del miedo. Donde ellos mismos, en su orfandad, eran alumnos y maestros de un aprendizaje autóctono. ¿Testimonio personal o lección de ética? ¿O un tratado de saber subsistir instintivamente? ¿O todo ello a la vez? En el epílogo del libro el Joseph Joffo adulto que dejó atrás hacía tiempo las vicisitudes de la persecución dice:

"...Mientras miro cómo duerme mi hijo, solo puedo desearle una cosa: que jamás conozca el tiempo del sufrimiento y el miedo como lo viví yo durante aquellos años. Pero, ¿por qué temer? Estas cosas no volverán a producirse más, nunca más".

Quiero entender estas palabras como una buenaventura. Como un deseo, más: como un conjuro. Ojalá se cumplan.



(En la fotografía, un Joseph Joffo adulto observa divertido cómo un grupo de niños echan una partida de canicas)






viernes, 7 de diciembre de 2018

Aforismo de nuestros días





Mientras algunos discuten sobre si son galgos o podencos, ellos ladran, enseñan su verdadera dentición y tiran a morder.



(Fotografía de Daido Moriyama)

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Naxos. La decoradora





















"...Ya solo pendientes
viven del propio faenar, de él esclavos, y solo a sí mismos
óyense todos en medio del sordo taller estruendoso;
aunque feroces trabajan, su brazo potente no ceja".


Friedrich Hölderlin, Der Archipelagus.




Para Naxos el alfar es también el asombro. El propio. El que le hace pensar en lo poco que ha vivido. O, mejor dicho, lo limitado que ha sido el conocimiento de sus años de navegante. Le cuesta entender los pasos que tienen que seguir en el taller para elaborar un vaso, y aquella complejidad le incita a observar con más agudeza. Se admira por la habilidad del artesano en el torno. La combinación de arcillas le parece un juego. La potencia de los hornos, algo propio de Hefesto. El cuidado escrupuloso en mantener la temperatura se le revela como una especialidad excelsa. Nadie para, pero nadie se agita. Tan diferente y alejada aquella concentrada actividad del ritmo fogoso y burdo que teníamos los remeros, dice. Son oficios que no tienen nada que ver, comenta Lemnos, pero que te admires ante nuestro trabajo y el resultado de lo que obtenemos dice mucho a favor de ti. Eres hombre de paz. Sabes mirar con inteligencia, preguntar delicadamente, insistir una explicación ante lo que no comprendes. Vas a ver algo que nunca habrás visto, y Lemnos le lleva a una zona del taller donde reina el silencio y el tiempo parece haberse detenido. Esta es Thera, y le presenta a una mujer joven inclinada sobre su propio regazo mientras dibuja en un quílice de formas elegantes. ¿Habías visto alguna vez trabajar a una mujer fuera de su ámbito? Thera es una mujer menuda, cuyas manos, a diferencia del resto de artesanos, que tienen doloridas las muñecas y los dedos agarrotados y torcidos, son frágiles y mañosas. Thera es de pocas palabras. Naxos contempla fijamente cómo ejecuta con un punzón agudo los perfiles de unos cuerpos desnudos sobre el vaso. El anciano comprende la actitud de sorpresa del joven. Le explica. Thera es de los discípulos más aventajados. Vino de un lejano territorio donde ya había desarrollado la pericia que puedes comprobar. Allí las mujeres son más consideradas que en nuestro país y pueden compartir trabajos y actividades con los hombres. Ella también llegó pacífica y encajó pronto entre nosotros. Nunca había visto dibujar de este modo, comenta Naxos. Aunque hay vasos decorados por todas partes, nunca había visto los motivos que esta mujer reproduce. Son ocurrencias suyas, matiza Lemnos. Y me parecen tan novedosas y bellas que no le voy a poner objeción alguna. De lo viejo tiene que surgir siempre lo nuevo, aunque parezca imposible. De la muerte, la vida. De lo agotado, lo pujante. Ella vino del mundo bárbaro, sus ideas no las conocíamos aquí, su técnica no la había visto yo en mi vida. ¿No merece la pena darla una oportunidad y de este modo dárnosla a nosotros? Si no reinventamos, moriremos, sin necesidad de que vengan guerreros de fuera a acabar con nosotros. Si no aceptamos visiones de otros mundos, el nuestro se pudrirá más de lo que está. Naxos le escucha, sin levantar los ojos del ejercicio manual de la muchacha. Luego asevera. Jamás había escuchado palabras tan convincentes como las suyas, Lemnos, y establece un puente de mirada entre Thera y el anciano. Habrás visto, le dice este, que por el alfar hay colgados varios rótulos invocatorios a los daemones para que protejan nuestro trabajo. Nunca habría pensado que la presencia de una pintora tan exquisita como Thera nos amparase tan bien como cualquiera de esas divinidades a las que solicitamos su mediación.




(Fotografía: detalle de la ánfora de Oltos, hacia 530 a.n.e.)

 

sábado, 1 de diciembre de 2018

Naxos. En el alfar del viejo Lemnos





















"Es él quien da     Forma a la Belleza;
completando la vida     con toque imperceptible
combinando percepciones,    combinando los días".

Konstantino Kavafis, He dado al Arte.





Ven, dame la mano, te llevaré hasta el alfar de Lemnos, donde el barro toma el relevo a la ceniza, y el arte se eleva por encima de la destrucción, dice la joven de las flores a Naxos. ¿De qué te sirve contemplar los restos de la ciudad que hubo cuando hay que imaginar la que levantemos de nuevo? Nunca había paseado a orillas de una muralla que no fuera la de mi ciudad, dice Naxos, ni había advertido vistas como esta desde un mirador, ni pude comparar lo semejantes que son todas las urbes cuando no las persigue el fuego y la desdicha. Te enseñaré la vida que el anciano Lemnos y sus discípulos son capaces de sacar de la entraña de la tierra, le propone la muchacha. El taller ha sobrevivido a la última invasión. Los agujeros taponados en los muros de aquella gruta han preservado las piezas más exquisitas. Montones de arcilla ocultan las vasijas terminadas y otras a medio fabricar. Los operarios reconstruyen los tornos partidos. El viejo Lemnos agradece su suerte. Uno de los asaltantes más crueles propuso cortarnos las manos a todos. Otro más sabio, si es que entre gente de esa calaña puede haber sabiduría, dijo que mejor hacernos cautivos y llevarnos a su país, pues allí carecían de artistas tan avezados. Se impuso la codicia del que mandaba, y eso nos salvó. Solo hemos venido a llevarnos tesoros que aumenten nuestras haciendas, impuso fiero aquel guerrero de mirada desorbitada. Esos invasores no entendían lo importante que es representar la belleza. Acaso vengan otros después, más informados, o bien lleguen en son de paz para enseñarnos técnicas que aún desconocemos. Ante los ojos de Naxos los alfareros desentierran cráteras, oinochoes, ánforas, kantharos. Las últimas producciones se han salvado, dice Lemnos, y tenemos que retomar un pedido de vasijas más delicadas. Conduce a Naxos a una zona del taller donde los materiales son más finos y las formas de las cerámicas resultan arriesgadas. El trabajo está repartido y mientras unos dan forma a los kylix o a los lekytos otros los introducen en el horno, y el propio Lemnos junto con dos de sus alumnos más aventajados procede a decorar las piezas. Esto es lo más delicado, dice el anciano. No solo por la técnica y el procedimiento, sino porque hay que cuidar muy bien el tema que se quiere reproducir. Hay quienes solicitan imágenes de combates entre héroes, otros encargan motivos de ejercicios físicos, los hay que desean disponer de una escena familiar, o autoridades que piden la descripción de una ceremonia, pero también quien lúdicamente opta por lo amatorio. Naxos, que tiene tantas historias en la cabeza sobre lo acontecido en su navegación, le sugiere. Si yo le narrara las aventuras que he padecido junto a Odiseo, ¿cree que podrían representarlas en alguna de estos vasos? Naturalmente, responde Lemnos. Tú podrías contar tus avatares y entre los más interesantes elegiríamos uno con suficiente fuerza como para dar idea de  lo que vivisteis. A cambio yo podría mostrarte cómo tus curtidas manos de remero y de hombre de armas tienen suficiente habilidad, y por lo tanto poder, para convertirte en un demiurgo de este oficio nuestro. Que los dioses no nos hayan escuchado, no vaya a ser que osen encelarse, concluye Lemnos. 




(Fotografía de Ata Kandó)


jueves, 29 de noviembre de 2018

Revelaciones reveladoras de mi amigo Max




Yo de niño quería ser misionero, dice mi amigo Max, vuelto provisionalmente de su aislamiento. Ha dejado de leer los titulares del periódico para prepararme un café denso, que me sabe como nunca. Max tiene buena mano para bendecir el café, logrando un punto exquisito. ¿Le viene de su estancia en lejanos rincones del planeta? A punto estuve de irme para allá, continua, y suena a revelación. Quería salvar almas de negritos en el África profunda. Al fin y al cabo había dos clérigos en la familia paterna que andaban por aquellos lares, y cuando venían de visita comentaban sus peripecias con todo género de detalles. ¿Reales o inventados? Nunca lo supe con precisión, aunque más tarde pude deducir. Mi oído infantil tomaba sus descripciones, algo exageradas, por relatos poco menos que épicos. Que si los indígenas estaban deseando ser bautizados, que si todas aquellas gentes eran solícitas y generosas, que en su modestia de medios les llenaban de obsequios, que eran gentes muy dóciles, que habían destruido sus ídolos para hallar al verdadero Creador, que progresaban en la catequesis, que los niños eran riquísimos, que cascabas un huevo de avestruz sobre una piedra y al momento se freía, sin más, por efecto del intenso sol. Aquella mezcla de experiencias personales, paisajes bellísimos y entrega mutua entre nativos y misioneros me enardecía. De todo, todo, lo que más me estimulaba era ganar almas para la causa de la Verdad única, en la que en nuestra ensoñación infantil creíamos, y  nos obligaban a creer. Cuando me quedaba solo soñaba -ya había leído algo sobre Livingstone y Stanley- con el corazón amplio de aquel continente. ¿Qué podía saber un niño sino de la bondad, arrojo y dedicación de los inocentes misioneros? El mundo real, ah, era solamente ese. Que misioneros y agentes comerciales, políticos o militares solían ir de la mano fue algo de lo que me enteré ya de mayorcito. Aquella enraizada idea de que los nativos nos reclamaban -y es que me sentía tan vinculado a la pureza y justificación de la causa cristiana que pensaba de ese modo-  consolidaba en mi mente el anhelo por ir a redimirlos. Rezaba por ellos, en mis fantasías diseñaba pedagogía sobre ellos, husmeaba mapas muy genéricos sobre las vastas extensiones sub ecuatoriales, leía vidas de santos que se habían entregado a los paganos. Max detiene su narración. Aprovecho. Pero todo aquello, ¿cómo llegaste a superarlo? Una noche tuve una pesadilla, responde Max, en que los caníbales me comían. 




(Imagen: isla de Sentinel del Norte, en el archipiélago Andamán, Océano Índico)


lunes, 26 de noviembre de 2018

La estrategia del traidor y del héroe que nos dejó Bertolucci






De joven me intrigó la película de Bertolucci La estrategia de la araña. Hoy, décadas después de verla por primera vez, he vuelto a ella. Me ha seguido fascinando. Es lo que tiene cierto cine, cierto estilo, cierto autor. Va más allá de un guión -en este caso tan inspirado en el cuento Tema del traidor y del héroe, de Borges- para proporcionarnos un ambiente que hace presente el pasado, un encuadre y un movimiento de la cámara que nos concede nuestro tiempo reflexivo, unos tipos de personajes que son intrahistoria, unas interpretaciones bordadas. Y todo para acercarnos a la belleza barroca en medio de un desierto de ancianos. A las evocaciones propias de las leyendas. A la eterna polémica de si hay que remover lo pretérito. Por supuesto, me he obligado también a releer el cuento borgiano, una narración impecable y precisa en tres páginas. Tal vez quiero ver -no sé si en mi afán por sacar las cosas de quicio- una metáfora de la vida tal cual, donde todos jugamos el papel contradictorio de héroes y traidores en tantos aspectos. O simplemente con nosotros mismos. El antifascismo italiano en el film de Bertolucci o la resistencia decimonónica irlandesa en el relato de Borges son solo la excusa, nada baladí, por cierto, y dos territorios donde tiene lugar el desarrollo de una ingeniosa treta acerca de la apariencia y la realidad. Acerca de la mitificación de lo reconocido y del silencio de lo oculto.  Y como todo mito de héroes y malvados, no suele ser del gusto de las sociedades que lo rinden culto andar cuestionándolo. Hay otras películas -fue Bertolucci tan prolífico- que suenan más, que gustan más, que recaban más la atención de la masa espectadora. Sin desdeñar otra parte de su filmografía escojo Strategia del ragno para el leve homenaje al director que se fue hoy.







sábado, 24 de noviembre de 2018

Naxos. Obsequio





















"...flores de la roca, rostros
que llegaron cuando nadie hablaba y me hablaron
que me dejaron tocarlos tras el silencio
entre los pinos las adelfas y los sicómoros".

Yorgos Seferis, Cuaderno de ejercicios. Mythistórima



¿Para quién recoges flores?, pregunta Naxos a una joven. Alguien muy importante debe ser para que las arranques y no las dejes crecer. La presencia imprevista de Naxos la asusta, no así la admonición encubierta que recibe. Mira, extranjero, ¿acaso no sabes que si no se recogen a tiempo se marchitarán igualmente?, le responde ella con una dulzura que desarma al hombre. ¿No te han explicado nunca que las flores y las plantas crecen para que hagamos de ellas un objeto de ofrecimiento o bien para sanar nuestros males? Tanto tiempo navegando ¿te ha hecho olvidar acaso cómo es la vida en tierra firme? Además, ¿no hacías como yo cuando eras niño? Alguna chica habría a la que dedicaras la flor más bella. O ella a ti. Al fin y al cabo lo que una mujer o un hombre espera del otro cuando le ofrecen una flor no es solo su apariencia, sino sobre todo la intención. Naxos se queda admirado del desparpajo de la mujer. No sabe bien si en ese momento es su amor propio o la capacidad de razonamiento la que le lleva a seguir argumentando. ¿Quieres decir que una flor es un puente que se tiende entre dos personas? No solo entre dos personas, responde ella, sino entre una persona y la divinidad, entre alguien y el destino, entre uno y el anhelo. Él la provoca. Y tú, ahora, ¿para quién las recoges? ¿Para un dios o para lo que es visible? ¿Para un héroe caído o para un mortal que sobrevive? ¿Para un amor entregado o para una reparación por la pérdida? ¿O acaso para ti misma, buscando el deleite de su contemplación? Ay, forastero, cualquier excusa es útil, le mantiene el pulso la joven. Pues la intención que hay siempre detrás es el goce. El que nos llega por los sentidos, sea el aroma, su forma deslumbrante o la compensación que proporciona el obsequiar o ser obsequiado. Mira, compruébalo tú mismo. Naxos se siente azarado. Había olvidado ya a qué huele una flor y cómo es su textura, reconoce mientras sujeta con cuidado los tallos. Apenas recordaba su belleza. Respecto a ser objeto de un obsequio te diré que durante estos años solo he recibido el salitre del océano y el abrasamiento con que el sol y el viento herían mi piel. Estás con buena gente, dice la mujer. Aquí, entre nosotros, podrás recuperar no solo tus fuerzas físicas o compensarte de la soledad íntima en que te has sentido tanto tiempo, sino retomar aquel otro vigor que emana del sentimiento. ¿Crees, dice Naxos, que a la adivina también le gustarán estas flores? La muchacha rompe a reír. Naxos, tú toma lo que está al alcance, acepta la ofrenda que cualquiera ponga en tu presencia. La naturaleza es generosa y los pétalos se expandirán para ti desde las miradas, las palabras o las manos del donante que te aprecie.




(Fotografía de Ata Kandó)   


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Naxos. Habla el hombre que se busca





















"...yo fui el mundo en que anduve, y lo que vi
o sentí o escuché venía de mí mismo;
y me encontré a mí mismo más real, más extraño".

Wallace Stevens, Té en el palacio de Hoon.



Esto es lo que queda después de que una ciudad es asolada, reflexionó Naxos. Pero esta gente quiere sobrevivir. Necesita sobreponerse. Las ruinas acabarán sepultadas, los hombres y las mujeres pueden ser recuperados cuando todos estos adolescentes crezcan y tomen las riendas.  ¿Bastará el esfuerzo y el relevo de generaciones? ¿Qué deparará el azar a esta ciudad apagada? Si yo buscara la comodidad o al menos la atracción de urbes pujantes debería irme, como hicieron mis compañeros. ¿Qué me retiene aquí? Estas gentes me toman por un remero pacífico, sin embargo ignoran que también me prepararon para la ocupación de aldeas o puestos de vigilancia costeros. No tengo las manos manchadas con la sangre que vertieron mis jefes, pero he sido cómplice. He coreado sus triunfos mezquinos, me he aprovechado del botín, he ido relatando como gestas lo que solamente era pillaje. Pero en las horas de reposo me avergonzaba de no haber reaccionado contra mi sino. Ahora que compruebo las tropelías que otros, otros no muy diferentes a los nuestros, cometieron con esta población, pienso en aquellas noches en que me acechaba un oscuro bochorno, que me laceraba un arrepentimiento inútil, aunque no podía cambiar nada. ¿No podía cambiar nada? ¿No podía buscar otra manera de vivir? ¿No podía aprender de quienes practican oficios o artes constructivas? ¿No podía, en fin, poner tierra o mar de por medio? Pensamientos de esta clase me asaltaban en mi soledad. En la vorágine de aquella dependencia de los hombres de armas, de los aventureros, de quienes proclamaban que para proteger a nuestro pueblo había que impedir que otros pueblos nos hostigaran, el lado oscuro de mí se inflamaba y cedía a la institución más fuerte. Cuando Odiseo me ofreció partir con él me pareció que se abría una luz en mi negro desasosiego. Toda aventura implica también uso de fuerza, si es preciso, pero no se mostraba como objetivo la dominación y el sometimiento sobre otros. Pensé: este viaje con Odiseo va a ser diferente, aun sospechando que hay monstruos y manifestaciones no expresamente humanas que surgirían para entorpecer la ruta. ¿Estaría también Odiseo harto de disciplinas, acciones de castigo y sufrimiento de propios y ajenos? ¿Buscaba un destino distinto al de sus orígenes, esperando revelaciones o confiando en los dioses? Sin embargo, alguien como él, que había sido un guerrero nato, jamás se quita el estigma. Y dentro de sí se debatía el hombre feroz junto al hombre de ingenio, el personaje que nos exigía a todos y el que con su determinación nos salvaba llegado el momento de los peligros. ¿Soñaba Odiseo con su futuro y nos condicionaba a los demás, arrastrándonos a una suerte incierta? A medida que los días pasaban y la navegación se convertía en una condena, yo necesitaba desprenderme del ilusorio plan que él nos marcase. No veía mi futuro, ni con él ni con mis compañeros ni con aquellas aspiraciones vagas pero apasionadas que él metía en nuestras cabezas. Hoy aquí, entre esta gente, me dejo llevar. Con su sencillez hurgan en mis sentimientos, con su compasión aprovisionan mi recóndita fecundidad.  ¿Debo verme en mi honda desnudez, como recomendó la adivina, para reponerme del pasado?  




(Fotografía de Ata Kandó)


martes, 20 de noviembre de 2018

Una medalla para la Renault, el reconocimiento de los trabajadores y la sombra del detenido Ghosn




No soy dado a traer aquí cuestiones determinadas de política municipal, pero alguna que otra vez cedo porque hay algo que me enternece. A la vez que algo me indigna. La empresa de automóviles RENAULT, conocida en Valladolid como FASA, que lleva instalada desde la década de los cincuenta del siglo pasado, y que llegó a tener de plantilla quince o dieciséis mil trabajadores -los métodos productivos adoptados y la robotización diezmaron considerablemente su número en las últimas décadas y escandalosamente sus puestos fijos-, ha sido distinguida recientemente por el consistorio vallisoletano con la concesión de la Medalla de Oro de la Ciudad. Por cierto, a propuesta del PP. Uno de esos gestos simbólicos y siempre discutibles que todos los municipios suelen tener con determinados personajes o entes que se supone han sido decisivos o al menos importantes en una etapa histórica.

Hay mucho de ornato y adoración, como pasa con todos los premios y reconocimientos que a lo largo y ancho de este mundo se conceden para mayor pompa, honor y gloria humanoide. Pero siempre hay algo más detrás. FASA-RENAULT es la empresa que desde los 60 jugó el papel dinamizador por excelencia en Valladolid, como anteriormente, durante el siglo XIX y parte del XX, lo fueron los Ferrocarriles de la Compañía del Norte, denominada tras la Guerra Civil RENFE. ¿Quiere decir esto que todo ese papel y éxito solo  es debido al capital y al enfoque de mercado de la empresa? ¿Sólo han sido los modelos producidos, la propaganda derrochada y las demandas del mercado las que han proporcionado las ventas?  ¿Solo han supuesto los trabajadores una pieza en el engranaje productivo y un valor de uso permanente? ¿No se han debido también al esfuerzo del empleado las ganancias que ha obtenido la Renault? ¿No han contado las múltiples y constantes subvenciones que la Administración Pública les ha concedido, sobre todo cuando la empresa lloraba y se sentía disconforme con la presión de las huelgas y amenazaba con la deslocalización? Preguntas de un obrero ante el libro...de los hechos, que hubiera dicho Brecht actualizando el poema célebre.

Ahora que acaba de ser detenido en Japón Carlos Ghosn, presidente de la compañía (Renault-Nissan-Mitsubishi), bajo la acusación de fraude fiscal, el tema de la medalla otorgada por el consistorio vallisoletano adquiere un punto de reflexión a mayores. Pero eso lo dejo a cada cual.

Una concejala del grupo municipal Valladolid toma la palabra pronunció las siguientes palabras, matizando la posición de su grupo al respecto. Que no es sino el pensamiento de muchos ciudadanos y no digamos de cuántos trabajadores en activo y de los ex obreros de la factoría. Reconocer a una empresa o a sus directivos sin tener suficientemente en cuenta a los trabajadores que a lo largo de décadas han dejado su piel en los ritmos productivos de RENAULT es dar un título de vanidad a medias.






PD. No, no voy de precampaña electoral alguna. No estoy en ese mundo, que ya me cuesta bastante representarme a mí mismo ante mí mismo. Simplemente que me gusta aquello que se dice en castellano viejo ¿o ya viene desde el roman paladino?:  al pan, pan, y al vino, vino. Es decir: claridad, sensatez, verdad. Permitidme este paréntesis, mañana seguiré de nuevo los pasos del joven remero Naxos en busca de su mundo. Ya entonces también él sabía de lo que era estar en la cadena de montaje, perdón, de transporte, de una nave.