*Rembrandt van Rijn, Mujer bañándose en un arroyo. National Gallery de Londres.
*Rembrandt van Rijn, Mujer bañándose en un arroyo. National Gallery de Londres.
O lo tomas o lo dejas. Así me habló el ermitaño. O aquí o allá, peroró nuevamente. Como yo mostrara cierta confusión por tanta disyuntiva solo dijo: ya lo entenderás. Qué deberé entender, repliqué con prudencia escasamente interrogativa. La vida, musitó ambiguo. Pero, ¿acaso hay vida en tu cueva?, respondí brutalmente, lo reconozco. Ya lo entenderás, me devolvió de nuevo con más énfasis, casi amenazante. Luego se adentró por un largo pasillo ganado por la oscuridad y le perdí de vista.
Aquel lugar no tenía confort mínimo alguno para los tiempos que vivimos. El anacoreta había buscado a propósito un espacio imaginario que le recordase el agujero de quienes se aislaban del mundo en épocas pretéritas y devastadoras. No era ruinoso pero sí se hallaba muy deteriorado y los corredores conducían todos ellos a estancias menudas y bastante tenebrosas. Aquel edificio, si se caracterizaba por algo era por la ausencia de voces. Un refugio para perderse de la vida humana o para perecer del todo en él, me dije.
Volví al cabo de unos días. Me apetecía fotografiar ciertas dependencias abandonadas que conservaban toscas bóvedas de arista, probablemente refectorios, cillas o la sala capitular. La reducción de luz que los constructores que seguían los modelos del Claraval habían conformado al levantar la estructura de aquel ámbito no facilitaba la misión. Solo cuando salió el sol y sus haces se hicieron valer allí dentro admiré el contraste y le di al clic, con mis dudas sobre la calidad de la imagen. En medio de tanta soledad hizo su aparición de nuevo el anacoreta. Has vuelto, dijo al recibirme. ¿Vienes también a quedarte o solo una curiosidad malsana te ha traído de nuevo hasta aquí? Le hubiera contestado que por qué la curiosidad tiene que ser malsana, pero caí en la cuenta de que el tipo no era un hombre de amplia conversación. No obstante opté por la plática. ¿Por qué debería quedarme? Ya te lo sugerí la otra vez, respondió conciso. ¿O no has pensado en ello? Si dejas el mundo del ruido habitarás tu verdadero mundo. Si, por otra parte, prefieres intoxicarte día tras días para vivir en la confusión, habrás elegido el lado de la muerte en vida. Asceta, eres un maximalista irredento. Porque entonces, ¿qué haces tú con una calavera en la mano? ¿No estás evocando también la muerte en vida? ¿No estás viviendo el vacío total, perdido en un deseo malsano? ¿No vas contra natura? ¿Sacrificas tu personalidad humana, haciendo dejación de tu capacidad de pensamiento constructivo? En fin, ¿reduces la vida a la muerte?
Ante la cascada de preguntas que no esperaban, por cierto, respuesta, pues eran más bien una regañina que probablemente no tenía derecho a echarle, el cenobita respondió ejemplarmente. Con su silencio. De pronto se traicionó, replicando agitado como quien protege un tesoro. No, no es una calavera cualquiera. Es mi libro de horas. Mi punto de reflexión. El soporte del sentido del tiempo que debo asumir. La mecánica del recuerdo. La herencia de una vida que se muestra hosca y sin satisfacciones. En este punto el hombre me hartó. Tu recuerdo no puede ser ese solamente, asceta. Habrás tenido un pasado como todos. Los humanos vivimos del pasado, con sus pros y sus contras, y ese bagaje nos da sentido, nos estimula para seguir, bien porque haya habido insatisfacciones en él y queramos corregir o porque nos haya gratificado tanto que nos estimule a seguir viviendo. Un engaño, dijo cortante el anacoreta. Lo real y el sentido resumido de las cosas, en cualquier tiempo de la vida, es lo que tengo en la mano. Y acarició aquel cráneo de mirada huidiza y turbia, como si se tratara de un ser necesitado de cariño.
A continuación, el ermitaño calló del todo. Se levantó de su postura genuflexa, tosió aguda y repetidamente, se alejó moviendo sus harapos hacia la concavidad más alejada de mi vista. Salí a la luz del día. Que perezca en su rechazo a la vida si es su afán, pensé sin acritud. Huir no es vivir.
* Francisco de Zurbarán, La meditación de San Francisco, National Gallery de Londres.
¿Te ves así? Me veo así. Más flacucho. Ni más ni menos, el que me parece que soy. Parecer no es lo mismo que ser. ¿Y qué es eso de ser? Pues lo que uno ha llegado a crecer, a adquirir dimensiones, a interesarse por la vida, y a poner buenas caras y muchas cosas más. Quiero creerte, pues me habían dicho que eso de ser era algo más trascendente. No te lo creas. Yo soy mientras dibujo, ¿sabes? Suficiente, pero veo que tú sonríes y en cambio el de tu autorretrato no. Sonrío porque me hace ilusión enseñártelo. Pues haberte puesto sonriente en el papel. No me ha salido. Entonces, ¿es tu otra cara? Todos tenemos otra cara, o más de una, supongo. ¿Qué piensas hacer con el dibujo? Pensaba guardarlo, pero si quieres te lo doy. Será un grato recuerdo para mí aunque no me convenza, no tiene la gracia innata que tú tienes. No te tiene que convencer, y si no te gusta lo tiras. No puedo tirar el regalo de un niño. Eso que dices me agrada. ¿Piensas dedicarte a dibujar, cuando seas mayor? Pienso dedicarme a divertirme con lo que se me ocurra. Pero eso es muy peligroso, no tienes más que mirar a los pendencieros y aventureros que llevan una vida desquiciada si no mala. No hay por qué ser de esos, a mí no me pide el cuerpo ir de pendencias. Pero la vida es muy exigente, no contempla con facilidad a los divertidos, y muchos piensan que estos son unos vividores. Pero tengo entendido que vividor es el que vive a cuenta de otros, y no se me ocurriría nunca; solo quiero vivir por mí mismo. ¿Viviendo, por ejemplo, de tus creatividades? ¿Por qué no? Algunos artistas pasan hambre; ¿no te lo ha dicho nadie? Eso sí que sería mala vida. Una vida arriesgada. ¿Y los que tienen otros trabajos no corren sus riesgos? Pues también. Yo lo que quiero es vivir intensamente el día a día. Eso decía un tío mío, que quería vivir intensamente. ¿Y lo consiguió? Pereció, dicen que una vidente le echó un mal de ojo. ¿Una vidente? Yo creo que más bien tuvo la mala fortuna de cruzarse con uno tan intenso como él, y le ganó la mano. Ese sí que sería algún camorrista. Pero no solo de tendencia natural sino de ideas que pretenden dominar el mundo. ¿Hay camorristas con pensamiento camorrista? Huy, no te imaginas cuántos. Yo no quiero ser de esos. Pues entonces prueba a divertirte con tus dibujos; un plumín, aunque puede herir tanto como una daga puestos a utilizarlo con aviesa intención, no llega al cuerpo a cuerpo; y además puede arrojar luz. Quiero ser así y dibujar para divertir y hacer reír a otros también. Buena propuesta, aunque acaso no te entiendan de buenas a primeras. Y dibujar el mundo de otra manera. Te quedarás corto, pero inténtalo. Oye, y dibujarse a uno mismo, ¿ya es dibujar el mundo? Una manera de empezar, digamos.
* Giovanni Francesco Caroto. Muchacho pelirrojo sosteniendo un dibujo. Museo de Castelvecchio.
Yace. Duerme o simula que duerme. Incluso sueña o se abisma en imágenes que recrea. Permanece desnudo desprovisto de sus atributos y de su bagaje armígero. No parece él mismo. Asemeja a un durmiente cualquiera. Pero no lo es. Tampoco descansa, aunque la imagen lo sugiera. No podría. Su cometido es demasiado activo como para permitirse reposo. Su misión es imperecedera y no conoce límites. Y no es la muerte la que le arrebata, sino un instante de fuga en quien no es en absoluto apacible. Su cuerpo no se aja. Sus facciones no se arrugan. Sus músculos no pierden la entereza. Su piel tersa y limpia oculta una rigidez áspera. La visible armonía de su torso oculta la robustez aniquiladora que subyace. Imaginarlo ausente es un error de cálculo para cualquier mortal que lo subestime. Es probable que se vea sometido a una tentación ilusoria que le ha hecho caer en un hechizo circunstancial. ¿Un hechizo para quien no se deja arriesgar por arrumacos y caricias vanas, que le parecen expresiones de debilidad? Atrapado por un sopor imprevisto cabe preguntarse si dentro de ese arrobamiento persistirá en la orgía apocalíptica que le caracteriza. ¿Detendrá la duermevela su saña iracunda? De la alucinación inducida despertará al cometido de todos los días. El crudo mandato que no cesa. Está ahí para manifestar la esencia mortífera de los hombres. La más tenaz. La implacable. La que impide que los estados de relativa felicidad duren. Esos tránsitos engañosos que los humanos desearían a perpetuidad. Cuanto se brinda en su entorno para intentar cambiarlo es ignorado por él. Ya pueden sonar himnos bucólicos o emerger de las aguas ninfas embriagadoras. Ningún tiempo ha sido posible jamás en la historia de los mortales sin su presencia funesta. Verlo en la apariencia de abandono puede llamar a engaño. Contemplarlo desprovisto de su parafernalia destructiva es solo ensoñación. Algunas leyendas y mitos lo han querido describir como vencido al amor. Muchos artistas lo han representado en una metamorfosis doblegada a la belleza femenina. Acaso en ocasiones haya llegado a creerse otro. Pero tras los sonidos de las caracolas lúdicas llegan siempre los ecos de las trompetas triunfales. El dios de la guerra no se rinde jamás.
* Sandro Boticelli, Venus y Marte. National Gallery. Londres
Imagen: A esta litografía de Joseph Héliodore Pisan -amplíese para ver detalle- recurre la mirada del hombre que, a este lado de la imagen, no quiere ser abatido, para no perecer en su paulatina tendencia al decaimiento. Tras el apaleamiento que sufren los personajes de la aventura por haberse enfrentado torpemente a una veintena de yegüeros se impone una reflexión personal. Aprender de los tropezones, y de cuanta más entidad sean procurar mayor aprendizaje. Distinguir churras de merinas, que es tanto como no dejarse embaucar ni tampoco dejarse conducir por las fáciles emociones. Y tratar de entender que si los hechos van siendo como van siendo tampoco debe conducirnos a la rendición. Podría haber escrito otra cosa sobre el tema, pero no me ha apetecido (mi otro yo replica: no me ha dado la gana) Mi disquisición tiene y no tiene que ver con el episodio del Quijote. No sigue como tal la aventura de los dos manchegos. Pero se deja influir por el capítulo y llevar en pensamientos por lo que lee, con placer y diversión, en el texto cervantino.
Le robo a El País el artículo de El Roto. Porque las viñetas de este filósofo del dibujo son verdaderos artículos, unas veces más implícitos, otras más explícitos, pero siempre críticos, ilustrados y por lo tanto luminosos. Gracias al autor y al periódico.
Desafío a las sombras
Campamento de refugiados palestinos de Nuseirat, Gaza.
Aclaración: ignoro si la fotografía es de antes o después de los bombardeos israelíes sobre el campamento. A mí la imagen me ha recordado el portal de Belén que tanto han cantado los cristianos estos días pasados. Me temo que la mayoría de estos creyentes o simplemente cumplidores de la tradición no hayan tenido presentes los innumerables portales de belenes humanos palestinos que padecen sin que les salve ni otros creyentes de cualquier religión ni divinidad alguna ni siquiera unos magos. Las caras de la madre y el hijo conmueven más que lo imaginario de todos los cuentos que nos habían contando. Conmueven y hacen pensar. Que la imagen nos golpee o no la conciencia queda en manos de cada receptor.
Los años pasan que vuelan. Quienes hemos llegado hasta la fecha vivos, que no sanos y salvos del todo ni mucho menos, cuyo guarismo está a punto de cambiar miramos atrás y contemplamos imágenes que se van devaneciendo. Hasta las más recientes ya no las recordamos con la precisión y atractivo de las que latían dentro de nosotros hace décadas. El presente tiene un interés relativo. Y para lo que vaya a venir ponemos mirada escéptica e incrédula pero no torpe. Ya no nos creemos todos los cuentos. Los hemos visto (casi) todos, ya nos lo recitó León Felipe en su día, que había visto tanto y tan duro. No es fácil saberse los cuentos. Se repiten los de siempre pero disfrazados y con nuevas caretas que pueden despistarnos. Mas si eres buen observador y mejor escuchante te das cuenta enseguida que no merece la pena oír a los voceadores ni mirar los juegos de trileros. Mi angelus novus musical también lo sabe. Mi angelus novus tiene inmediatamente detrás, en el estante, el bagaje de la historia de Genji, el de los héroes griegos, los libros proféticos de William Blake, mitos y dioses de India, el arte mágico de Breton, el complejo universo del Ramaiana, las amenas aventuras de Giacomo Casanova el veneciano, las máscaras divinas de Campbell, los haikús de Matsúo Basho...Podrían ser otros libros, pero el mensajero cayó justamente ahí. Mi angelus novus no tiene nada de talmúdico y está alejado de los sones de trompeta apocalípticos. Mi angelus novus no es estrábico ni de sexo confuso. Mi angelus novus está resabiado del pesimismo de quien dejó enterrado en Portbou. Mi angelus novus no ha llegado hasta aquí guiado por ninguna estrella monoteísta. Mi angelus novus avisa con su tañido sensible y recurrente de que olvidar el pasado nos condenará a no saber andar los siguientes pasos del camino. Mi angelus novus no quiere mutarse en exterminador. Mi angelus novus llega para consolar, acaso respaldar, mis dudas y por fortuna no me ofrece verdades inmutables. Mi angelus novus no desea ser el angelus novus sino un zagal que quisiera competir con aquellas vidas que hubo tras las korai y los kuroi. Mi angelus novus se ha plantado ahí, me desafía con la inocencia de su mirada, como si dijese: qué soy para ti. Mi angelus novus (y caigo de pronto en ello) ha sido enviado por cierta emotiva y sensual poeta de Mitilene para que yo cante sus versos al son de la siringa:
Nos creíamos que el asunto de los encontronazos con cuñados en nuestras reuniones familiares, más o menos ceremoniales, era asunto del presente. Precisamente en estas fechas en que la gente se obliga a compartir mesa con los próximos algunos me han dicho: Tendré que vérmelas con mi cuñado X. Espero que no se ponga muy borde mi cuñado Y. Uf, tener que sufrir las invectivas de mi cuñada que viene de tal ciudad. Sí, un desafío para la cordura y el afán tranquilo si se quiere mantener lazos familiares serenos. O simplemente seguir manteniéndolos. Y es que en esto de vertir opiniones, que todos las tenemos, los hay dialogantes sinceros, aunque discrepemos con ellos, pero también individuos impositivivos de aquello de España es lo mejor de la canción. Pero hete aquí que el tema no es nada nuevo. Y hojeando, y leyendo a saltos, el maravilloso libro de refanes comentados La Philosophía vulgar, del humanista Juan de Mal Lara, obra publicada en Sevilla en 1568, me encuentro con un refrán titulado De cuñados, pocos vandos, que retrata a la perfección, con sus correspondientes consejos, la actitud de ciertas personas cuando nos encontramos con ellas y nos sentimos obligados a comentar de la vida. Y en el caso de estos días, a mesa y mantel. He aquí una parte del capítulo, bastante ilustrativa:
"Muchas vezes avemos dicho de los parientes, assí los que son allegados por sangre como por el casamiento. De los quales, los affines, que son los cuñados, es una manera de parentesco, que si no se llaman y tratan como hermanos, no es en sí fuerça, porque no es amistad juntada por aquellas vías que suelen durar mucho; y por esso dizen que aya d'ellos pocos vandos, porque en los vandos se arriesga la honra y la vida y hazerse enemigos para siempre.
A mí me paresce que también podía dezir 'vandos ni aun de hermanos', porque es mucha razón que no aya quien sustente tan mala cosa en el mundo como los vandos y sediciones que se arman en los pueblos, que el diablo los inventó para jamás conservar la paz, que es el mayor bien que puede tener el mundo".
Reléase si la redacción castellana de esa época resulta algo extraña o dificultosa, y entiéndase la v de vandos como b de bandos del vocablo actual. No hace falta aclarar el significado de bandos, ¿no? Al fin y al cabo los vivimos a la orden del día y todos, de una manera u otra, por activa o por pasiva, nos situamos en alguno de ellos.
Me lo regaló ayer un amigo que vino de Madrid. Un amigo de infancia y adolescencia al que había perdido de vista durante décadas. Por azar y por empatía hemos recuperado una amistad, que ya no es infantil sino del último período vital. Es decir, jugosa por cuanto nos proporciona recuerdos, narraciones, curiosidades y experiencias mutuas que por sí mismas justifican el hecho de vivir. Desconocía el libro y al autor. Pero por la introducción leída de momento sospecho que además de enjundia y exposición para el debate tiene una capacidad analítica luminosa. Veremos. Esta parrafada de la introducción me ha invitado a proseguir su lectura.
"En la política y en las artes han pasado cosas que no hubiéramos creído posibles: mientras los presidentes se convertían en rockstars, trols y performers, los creadores asumían la misión de señalar los males del mundo. Tal vez no haya una paradoja más notoria del mundo contemporáneo, nada que produzca más perplejidad o confusión. La cultura, que solía ser el campo de experimentación y del libertinaje, está ahora asediada por cuestionamientos morales. Y la política, que solía ser el campo de la responsabilidad y del compromiso moral, ahora tiene licencia para polarizar, dividir y sembrar el odio entre los ciudadanos. Un novelista se mete en problemas si aborda temas sensibles, como el infanticidio, pero nadie cancela a un político que arroja carroña a sus votantes para que lleguen convertidos en hienas a las urnas. A los líderes se les permite rugir y usar como materia prima las bajas pasiones, traficar electoralmente con el rencor y dividir el campo político entre amigos y enemigos; a los artistas, en cambio, se los sienta en la primera fila a que presten atención a las lecciones del profesor de ética contemporánea".
En fin, si este libro me sirve para comprobar que lo que uno venía pensando -elaborando su propio pensamiento- desde hace tiempo no iba descaminado, aunque probablemente en muchos casos que cita no me diga nada que no supiese o intuyera, habrá merecido la pena. Los rugidos más bestiales nos acechan sobre, contra y dentro de nosotros, si asumimos los que proceden de las bestias. Pero también estamos en tiempos de elevados mugidos y no menos aquiescentes balidos que acaso revelan la lamentable situación de la condición humana de nuestros días.
Para aliviar la tesitura no os desearé felicidades verborreicas y tradicionales, simplemente os pongo a Corelli.
Mira, Sandrine, lo que leo en un libro de autor portugués. "Aprovecha la vida mientras sea vida dentro de ti. Aprovecha tu cuerpo mientras seas tú quien vive en él". ¿No es estimulante el pensamiento? Sandrine se sirve más café y sujeta la taza con ambas manos para paliar los signos del invierno. No dice nada nuevo, objeta. Pero hay que decirlo, replico con énfasis. Hay que reconocerlo. Incluso tendríamos que repetírnoslo cada vez que algo nos aflija y perturbe. El cuerpo, o mejor la totalidad que bulle en él en cada individuo, hay que ponerlo a salvo no obstante las acometidas externas. Sandrine muestra una pizca de mirada irónica, la vuelca en palabras. No podría decir que no, Max. Ponerlo a salvo es afrontar y si es posible resolver aquello que nos zahiere, nos descoloca o incluso nos deja por los suelos. No es el invierno en sí, que no solo se trata de soportar el clima exterior del que hay que resguardarse, sino sobre todo plantar cara a los otros fríos. Los que proceden del hacer y deshacer de los hombres. Invierno debe ser, entonces, recogimiento. Consuela la propuesta de Sandrine, y la matizo. Pero entiendo, o quiero entender, que recogerse no quiere decir huir o abandonar. O entregarse a grotescas actividades que respondan a modas y ejercicios que condenan al individuo a un rol de consumidor. No me seas puro, me corta la mujer. A muchos les funciona cualquier cosa con tal de no perecer. Lo sé, digo. Pero aunque no perezcan de pronto, ¿no están cavando su entrega a largo plazo a los que saben manipular las mentes y por lo tanto las vidas para sus beneficios particulares? Sandrine me revuelve afectuosamente los cabellos. ¿A dónde vamos a llegar a estas horas con esta conversación, amigo mío? Es invierno, nosotros somos parte de él, debemos atendernos manteniendo fluida nuestra mente y encauzando nuestras emociones. Lo que dices, Sandrine, lo dice implíctamente el portugués: "Aprovecha tu cuerpo mientras estés dentro de él. Aprovecha mientras estás".
Me gusta esta clase de encuentros, que no celebraciones, dice Vladimir. O acaso el mero hecho de encontrarnos unos y otros ya sea una celebración, le replica Osip. Tienes tanta razón, admite aquel. No solo una celebración sino un homenaje, porque aunque quedemos quienes aquí estamos también echamos de menos a los que tuvieron la osadía de cerrar la puerta a la vida, quisieran hacerlo o no. Y eso que, en principio, nadie quiere, pero ya sabes que vivir o morir no es un acto de nuestra voluntad. Hay quien lo elige, salta Lili. Y además quien vive muerto toda su vida. Vladimir afirma con la cabeza. Dos elecciones diferentes, ¿no? Que, sin embargo, hay que distinguir. Y no olvides que la segunda es metafórica. Lili no está por conceder. Metafórica o no el muerto en vida es una carga onerosa no solo para sí mismo, que acaso apenas lo es porque se trata de su modo de estar, y ahí hay que ver cómo subsisten algunos a costa de otros, sino sobre todo para quienes más directamente les aguantan. ¿Y si se trata de una actitud estoica llevada al extremo?, dice Osip mientras juguetea con el vaso vacío. Claro que eso nos llevaría a entender si el estoicismo de algunos no será una excusa para su mínimo o nulo esfuerzo. Lili está guerrera, no le gusta otorgar por las buenas. No seas complaciente. Entonces, que se haga eremita, que se refugie en la oquedad más profunda de una cueva, como aquellos santurrones primitivos de Athos o los de Novgorod, y que esté sin estar, sin que su vida afecte a nadie más, sin que otros tengan que doblar esfuerzos o hacer sacrificios para mantener al puro. Vladimir se pasa la mano por la cabeza y sonríe. ¿No crees en la pureza de espíritu, querida Lili? Ella: ¿Y qué es la pureza? Osip no quiere metafísica. Me temo que a ese género de individuos lo tenemos también en instancias oficiales o en ciertos casos entre algunos que se han acercado a nuestros planteamientos simplemente para decir sí a todo. O para espiar, interviene bruscamente Lili. Porque hay mucho espía de la vida cotidiana de los demás, mosquitas muertas que se crean un halo vano de hacedores pero solo observan, te dan la razón, pero no les ves nunca activos. Osip puntualiza. Incluso los hay que tratan de labrarse amistad. Pero para eso hay que arriesgar, dar parte de uno mismo, sin esfuerzo, de modo natural. Luego van presumiendo de que son amigos nuestros, no sé si buscan en ello un pobre prestigio o una manera de conseguir algo menos fraternal y sí otro tipo de beneficios. ¿Está pasando en nuestra revista poética, Osip?, inquiere Vladimir. Osip hace un gesto paciente. Seguro que infiltrados tenemos, tipos que presumen de pureza ideológica y solo es mera verborrea. Pero por lo que escriban les conoceremos, ¿no?
El escribiente, desde su perplejidad vital, pues dice seguir asombrándose de cuanto le roza y le toca, aun pasando por él tanta abundancia de días, me pide que le dedique en una entrada atención a su blog; y yo qué le digo; ni siquiera acierto a saber bien de qué van sus escritos; tal vez va de lo que se le ocurre por azar, aunque el azar tiene tanto de asociación de ideas; va de lo más nimio que yendo por la calle concibe como iluminación e intenta memorizar; o de estar tomando un café y al menear la cucharilla en la taza percibe como música y letra; anota un pensamiento fugaz, nada conclusivo, pues sabe que a un pensamiento sucede otro; va de repetir (repetirse) una y otra vez sus obsesiones; ¿cuánto hay de obsesión en las conclusiones que nunca llegan a producirle satisfacción definitiva?; me respondo: no existe la conclusión definitiva, sí la final, que ya no pertenece a la voluntad de pensar y transcribir, sino a otra esfera biológica; puedo preguntar al escribiente: ¿qué piensas hacer con esto que pergeñas y dejas siempre abierto?; intuyo su respuesta: nada, no hay más objetivo que dejar fluir; me pondrá un ejemplo, posiblemente, muy fisiológico y me responderá que cada palabra, cada frase, cada idea, montaraces todas ellas, son como el ejercicio de respiración; eso dirá, y yo entonces haré pensamiento de mi respiración, que es como rizar el rizo pues lo reflejo no exige conciencia; y si a mi vez pongo cara estupefacta por lo que dice, insistirá: cada respiración se sucede una tras otra y no nos preguntamos por qué, así pues va siendo lo que escribo; y de pronto el escribiente, olvidando el fondo y pensando en la trascendencia de la forma, me dirá cuando lea esta entrada: ¿has pensado lo abandonados que tenemos los puntos y coma?; tengo que responderle que sí; luego dirá: ¿por qué no los frecuentaremos más si son tan expresivos?, pues practicamos en exceso el punto, la coma, los suspensivos y el ridículo punto final cuando nunca hay final de nada en esto de la escritura; y un punto y coma, en cambio, ¿no es como parar un instante y seguir sin límite?; y yo le replicaré, como si le pillase en falso: pero tú no lo practicas; y él me abofeteará con esta salida impetuosa: practícalo tú, siquiera en una entrada; le hago caso.
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