"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





viernes, 16 de abril de 2021

El gamberro de mi gato

 


No, no es verdad que todo gato sueñe con ser tigre. O puma o jaguar. Un gato no es uno de aquellos felinos venido a menos. Pero gamberros son un rato. Ni añoran un estadio al que jamás han pertenecido ni sienten envidia por la vida libérrima, si bien amenazada, de los depredadores de manglares o praderas. Mi gato tiene fama de ser de lo más peligroso del vecindario. No porque se coma a nadie, sino por su poder de atracción sobre otros gatos y su capacidad para arrastrarlos a la calle a montar espectáculos circenses. Para gatos, por supuesto. Liderazgo, que diríamos los humanos. El otro día eligió una gata para sus travesuras. Se cree listo, pero fue la gata la que lo eligió a él. Él propuso y ella dijo que sí, que admitidos y consensuados sus juegos. Que estaba preparada para lo que fuese. Y durante un tiempo desaparecieron a la vista de todos. De otros gatos, de los tejados, de los cruces de las calles, de sus dueños respectivos. Cuando reaparecieron fue la gata la que entró en mi casa. Vi enseguida que era una intrusa y a punto estuve de echarla, pero puso un gesto tan tierno que fui incapaz. Ya aparecerá mi gato, pensé. Más tarde supe por mi vecina Isamu que había perdido a su gata pero que había encontrado un macho. ¿Qué les ha pasado para que, como de mutuo acuerdo, hallan retornado a los hogares equivocados?, me preguntó Isamu. No sé, en este caso o los devolvemos a sus dueños respectivos, es decir entre nosotros,  o cambiamos de casa, le propuse. Isamu, que aparentemente es muy seria, esbozó una sonrisa que amplió la curva de sus ojos almendrados. Por un momento pensé: los gatos nos envían un mensaje subliminal. ¿Será que nos veían tan solos que quieren o pretenden o buscan...? Sé lo que estás pensando, vecino, dijo Isamu. Son travesuras de gatos. Desde el otro día Isamu y yo nos hemos equivocado varias veces de casa.


Hay un relato sobre gato y mujer en el blog Chitón:

https://ehchiton.blogspot.com/2021/04/conversaciones-con-mi-gato.html




(Ilustración de Kazuaki Horitomo Kitamura)


miércoles, 14 de abril de 2021

Algún día crecerán ¿Algún día crecerán?

 


¿Algún día crecerán? Algún día crecerán.

(Obsérvese cómo cambia la intención, por lo tanto el significado, según se coloque el interrogativo después o antes del afirmativo)



domingo, 11 de abril de 2021

Der rufer, el voceador, allá en Berlín

 



Me lo cuenta Max a su retorno de Berlín. Paseábamos Victoria y yo por ese jardín inmenso que es el Tiergarten, y acabamos saliendo a la avenida que atraviesa el parque, dice, cuando nos llegó el eco de una voz larga. ¿Qué decía? Los de aquí la conocen como el que llama, dijo ella. A mí se me ocurrió: yo le nombraría como el voceador. ¿Y por qué no el avisador?, corrigió rápidamente Victoria. ¿Reclama la atención de los transeúntes o pregona en el desierto? ¿Invita a alejarse o a llegar hasta él? ¿A tener en cuenta lo que dice o a poner oídos sordos porque vocifera en exceso? ¿A recapacitar sobre el pasado o a estar en guardia ante el porvenir?

Cuando está conmigo Victoria entra en el juego de las dudas que, en realidad es el de las posibilidades, señala Max. A mí de esta figura solo me gusta el tercio superior, la dije no sin cierto prejuicio. Ya quisiera tener la esbeltez del auriga de Delfos en el resto del cuerpo, con su peplos y su vestimenta estriada, expresando capacidad de control. Pero el aire clerical de esta estatua se me resiste. Tú siempre tan clásico, Max, saltó ella. ¿Es que no sabes que todo lo griego evolucionó? Además cualquier comparación suele ser injusta y sobre todo ineficaz. Por tiempos, por mentalidades y por intenciones diferentes, me corrigió. En este caso creo que la intención de Der rufer es francamente constructiva. Por una parte, es un hombre intemporal, o si quieres trans temporal, envuelto en una túnica sencilla. Por otra, en una urbe como esta, pisoteada en el pasado en su concepto de ciudadanía por el poder para hacerla capital de la encarnación del mal, bien vale que el hombre de bronce clame activo y exigente por algo que no debe repetirse. 

Ella siempre sabe templarme si ve que me desvío hacia mis interpretaciones tan subjetivas, y me centra de nuevo en lo existente. Cierto que la ubicación de la escultura, a dos pasos de la ostentosa y gigantesca puerta neoclásica, que la gente ha recordado más por siniestros desfiles que por la apertura a un nuevo urbanismo, es adecuada. Fuese idea de Gerhard Marcks, el escultor, o de los patrocinadores, esta obra incorpora una cita del poeta Petrarca: "Yo voy por el mundo y grito: Paz, Paz, Paz". Hay algo de desconsuelo en ese gesto inquieto del hombre que clama, dijo Victoria con agudeza, ¿no crees? Observa, la interrumpí, cómo al otro lado de la amplia avenida, con nombre también significativo, el ángel sobre Berlín nos contempla. Y ella: ¿Lo dices así por el filme de Wim Wenders, peliculero? Pues mira, no es un ángel precisamente. Y no creo que esté pendiente de una pareja de paseantes. Es nada menos que Niké, e hizo una mueca con doble sentido. ¿Niké, como la diosa de Atenas?, dije estupefacto. Pero ella se abstrajo. 

Muchas veces me adelanta en las reflexiones. Con más enjundia y acierto que yo. ¿Te das cuenta de la cantidad de símbolos contradictorios que hay en la monumentalidad de esta ciudad? Una puerta representativa de la apertura de la nueva ciudad a finales del XVIII, pero que fue adulterada durante los peores años de dos dictaduras. En una ocasión con el paso de oca y en otra con el muro separador. Luego esa columna conmemorativa que canta a la victoria sobre naciones enemigas en lejanas guerras. Y como contraste una estatua humilde pidiendo Friede, paz. Todo ello en línea y en un trayecto no excesivo. ¿No representa en síntesis la historia de Berlín de los últimos siglos? Afirmé anonadado por su criterio y luego añadí: ¿a cuál de estos símbolos harán caso en el futuro? ¿Elegirán los cantos áureos o el chillido repetido de Der rufer para evitar que el lado negro de la historia vuelva a las andadas? Victoria, esta Victoria sin corona de laurel, me hizo un guiño: ¡premio! Buena pregunta. Pero mientras, añadió, que el voceador vocee: Paz, Paz, Paz, y sin embargo habría que pronunciar algunas palabras clave más. ¿Las cito? Yo entonces, compartiendo la intuición de la mujer dije: no hace falta. Están a la vista de todos. De todos los que quieran escuchar. Solo que lo importante no son tanto las palabras como los hechos.

Eso me contó mi amigo, a su vuelta de Berlín, donde se quedó aquella Victoria. ¿O era la Niké?



jueves, 8 de abril de 2021

Carta del tribuno Marco Tulio Obelio a su amiga de infancia Sabina, antes de retornar a Pompeya

 




A ti te busco, Sabina. Aunque los años no te hayan perdonado y te creas incapacitada para ternuras. Tú, que has sido pródiga en combinar afectos y sensaciones. ¿Cuándo me puse en camino hacia el encuentro contigo? Tal vez fue entonces, aún niño, cuando pasabas cada día por mi lado. Te detenías y acariciabas mis orejas y yo me encogía. Me empequeñecías pero me hacías grande. No te decía nada, me mostraba amilanado, pero tampoco me apartaba, y dentro de mí pedía: más. Y como si me hubieses escuchado me tomabas sobre tus rodillas y la carne de mis flacos muslos quedaba flotante sobre la piel de los tuyos, firmes y mullidos. Allí, delante de todos, y todos riendo las ocurrencias jocosas que me decías, y yo absorto en los epítetos con que te desahogabas, que a otro cualquiera le hubieran lacerado, pero que yo recogía placenteramente, sumiso, y entonces, inocente sobre las intenciones ajenas pero perverso en la aceptación del deleite que elaborabas a tu capricho pero también a mi medida, yo solo insistía sin mover mis labios: más. 

Y ahora que ha pasado tanto tiempo, ahora que voy a volver a la tierra de infancia lo primero que haré es preguntar por ti. No soy ni el niño ni el púber que viste crecer y al que cubrías con afectos generosos. No podrías ya sostenerme como antaño. Ni osarías decir nada delante de los demás. Incluso es posible que mi aspecto, cuando nos encontremos, te dé miedo o como poco recelo, y no te atrevas a acercarte. No debes temer al tribuno del que algunos te hablarán, probablemente por envidia y rencor hacia mí, sobre supuestas atrocidades cometidas en regiones alejadas. Te relataré sin intermediarios lo dura y peligrosa que es la vida de milicia, pero sabrás también de las debilidades de las que los hombres aparentemente feroces son víctimas y lo costoso que es sortearlas con acierto. Ello te sorprenderá y aumentará tus saberes, dirigidos siempre a una filosofía de la vida no solo más placentera sino menos afectada por las circunstancias. 

Agradeceré a los dioses que hayas mantenido aquella mentalidad equilibrada y donosa que me entusiasmaba. Mi presencia puede traerte recuerdos y, por lo tanto, un cierto grado de melancolía. Mas no pretendo en absoluto que te preocupe mostrarte ante mi con las huellas de la edad. Sean cuales sean las secuelas que un cuerpo avanzado en fechas y cuitas ofrezca no hay que renunciar a él. Mi imagen sobre ti permanece viva y ansiosa. Has de saber que mi conocimiento del mundo me ha hecho comprensivo respecto a los conceptos que los hombres suelen poseer en lo referente a los grandes reclamos de la naturaleza. Que he valorado a los individuos no solo sin distinguir su posición sino a través de sus actitudes entregadas y respetuosas. ¿O crees que solamente he vivido escenarios de guerra y estancias de traiciones entre las graduaciones de los ejércitos? En el fondo de mi alma sigue latente el chiquillo sensible y cariñoso que se dejaba hacer. El mismo a quien todos mimabais. Aquel al que tus juegos y cercanía le impregnaban de ti misma. Tal vez opines que el disfrute de mujeres en este recorrido hostigador ha sido ocasional o abusando de los sometimientos que nuestro ejercicio de armas nos permitía. Lo ocasional ha sido sincero y pactado. Aprovecharme del poder que la violencia proporciona no ha entrado nunca en mis intenciones. Además la recóndita memoria que guardaba de ti me lo impedía. 

A lo largo de mi vida, Sabina, he sentido tu llamada. ¿Por qué me reclama?, ensoñaba en los momentos solitarios. Ella tiene a muchos otros que se rendirán a sus caprichos con más condescendencia y decisión, razonaba. Soy tímido. Al principio apenas conocía esos mundos aparentemente abiertos a los que muchos hombres no dudan en entregarse. Pero que me resultaban extraños y yo rechazaba o al menos me resistía a ocuparlos. ¿Será eso lo que le atrapaba de mí a Sabina y que divertía a sus amigas?, concluía presuntuoso y no obstante torpe. Pero la vida, una vez que arranca, no se detiene. Las alturas que al principio te parecen imposibles de escalar las acabas coronando. Los abismos en los que temes caer puedes saltarlos. Las vías repletas de peligros y salteadores no son obstáculo y las eliges en función de a dónde te conduzcan. Los reveses de las batallas crueles o los desprecios de tus jefes o subordinados no pueden contigo. Aprendes a sobreponerte de lo aciago y a confiar lo justo en la fortuna. Cuanto se revela hoy contra ti se te devuelve al otro día como cómplice satisfactorio. Y a la inversa. ¿Significa eso que te conviertes en un desconfiado absoluto? De ningún modo. Aprendes a tener medida de las cosas, a no entregar al otro cesión alguna de tu personalidad.

Mi vuelta a Pompeya será temporal. Me hallo a disposición no solo del Senado o del César, sino del movimiento improvisado de las legiones. Espero estar unos días por ahí al poco de pasar los idus del mes del divino Augusto. Llegaremos a la costa de Ostia y si me lo permite la jerarquía podré dirigirme enseguida hacia mi añorada urbe. No me inquieta cómo vivas, con quién convivas o ni siquiera si me has llegado a olvidar. Siempre será nuestro encuentro algo más que tiempo pasajero. Será un lugar apacible donde hablar de lo pretérito o para rememorar la proximidad de tus atenciones. Y lo que supusieron siempre para mí.




(Fresco pompeyano)

sábado, 3 de abril de 2021

El vermú de Horus y Anubis

 


Demasiada masa de gente por los alrededores de la plaza de Tahrir. He preferido escoger calles más lejanas para palpar el otro El Cairo, el menos oficial y menos adepto a sus mandatarios de turno. Creo que no soy el único. Horus y Anubis andaban también por allí, de incógnito. Hace mucho que se tomaron el descanso en sus respectivas labores de divinidades, algo infelices ellos porque ya nadie les reclama. Hablan en un lenguaje para el que no hay piedra de Rosetta que valga pero que los curiosos y sinceros impertinentes como yo entendemos no sin cierta dificultad. Tú hidromiel y yo cerveza, le propuso el uno al otro ante el café de Quhstumar, ignorando que los taberneros de hoy ya no creen en ellos. ¿Qué te parece? Dicen que no se les permite servir graduaciones fermentadas. Oh, divina madre Isis, ¿qué fue de aquellas creencias de las que hasta nuevos imperios se impregnaron de ellas?  

Horus y Anubis llevan jubilados desde hace siglos y si en algo se sienten molestos es que los de Ghiza o Menfis o Tebas o Amarna no sepan quiénes fueron. Suponiendo que quede algo de estas ciudades, se dicen con nostalgia. No he visto menos egipcios de los nuestros que los egipcios actuales, le comenta Anubis a Horus, aunque no me caen mal. En el fondo no difieren demasiado. Pero mi trabajo hoy no sería apreciado, y eso que la materia prima sigue existiendo, porque de la muerte no nos hemos librado ni nosotros. Tampoco a mí me reclama nadie, le replica Horus con pena, y eso que la guerra, una de mis advocaciones favoritas, no ha cesado en todos los siglos posteriores a nuestro retiro. ¿Te has enterado que las autoridades de este país que dice reclamarse de nuestra civilización han montado un desfile a lo grande? Han trasladado los cuerpos de unos cuantos reyes que nos honraron de un viejo caserón a otro recién construido. No les bastó con sacarlos hace tiempo de su reposo eterno y exhibirlos a unos por aquí y a otros por allá que ahora los han concentrado en un nuevo templo al que llaman museo. ¿Tú llegaste a ver los cadáveres de todos esos faraones en el momento de su muerte?, le pregunta Horus a Anubis. No solo les vi, dice este, sino que preparé su alma para el largo viaje sin retorno. Supongo que las cualidades físicas de aquellos reyes y reinas serán otra cosa hoy día. Unos restos resecos y desfigurados que no parecerán ni la sombra de lo que fueron.  Pues bien a esa otra cosa es a lo que honran de manera maniquea los egipcios no egipcios que prueban este vasto país. Mira, en eso, me recuerdan a las castas y reyes de nuestros siglos felices. En su megalomanía. 

¿Sigues pensando en que deberíamos tomar una cerveza?, propone Horus. Al escucharlos me he sentido en la obligación de indicarles dónde podrían saciar su sed milenaria. Les puedo informar dónde se bebe una excelente cerveza sin prohibiciones, he interrumpido. Anubis y Horus me han mirado con sorpresa pero también agradecidos. El morro de uno y el pico del otro mostraban sequedad. De acuerdo, pero pagamos nosotros, dicen. No, no, de ningún modo, les invito yo. Seguro que su moneda no es de curso legal. Ellos no han entendido pero por sus rostros de satisfacción me han parecido más vivos que nunca.



jueves, 1 de abril de 2021

Adio Kerida. Yasmin Levy canta en judeoespañol. Homenaje a David Kamhi

 


Las penas del amor se dan en todas las sociedades de la historia. Porque la cultura sentimental es tan universal como el dolor. Y no conoce fronteras, ni distingue de razas ni de clases. Sobrepasa y proyecta. Va más allá de los intereses de cada país y actúa al margen de las estructuras económicas y sus aprisionamientos. Naturalmente la cultura sentimental genera a su vez sus propias dependencias, desencadena rupturas o vincula nuevamente a unos individuos con otros. Lo mismo que sucedería entre los profesos de la religión cristiana en España acontecería con loa de la fe judaica en el pasado de nuestra tormentosa historia. No es de extrañar que cuando los judíos fueron expulsados de la tierra que también era su tierra llevaran su amplia cultura, compartida en muchas facetas con los cristianos,  a la diáspora. Y en esta los llamados sefardíes mantuvieron tradiciones, usos, y sobre todo memoria de su tierra abandonada a la fuerza.  Mantuvieron fidelidad. Y siguieron cultivando la lengua hablada en sus orígenes hispánicos.

Leo en un artículo interesante firmado por Vanessa Ruiz en Balcanismos que el profesor de violín David Kamhi, sefardí de Sarajevo, fallecido recientemente, se disgustaba con el término ladino para designar su lengua. "Nosotros, los sefardíes, no hablamos ladino: hablamos judeoespañol. ¡No somos fósiles!". Con esta contundencia celebraba la frescura y actualización de una lengua que, si bien hablada por minorías, se conserva como seña de identidad. Si la lengua judeoespañola era para Kamhi "la voz del alma", ¿cómo no entender que la cultura sentimental heredada de aquellos exiliados tuviera esa raigambre respetada supranacionalmente? Y compartiendo con él la cultura de los afectos y las emociones me siento conmovido cuando leo lo que dijo a la citada entrevistadora: "Soy bosnio, soy judío y soy español. Mi patria es la lengua de Cervantes y Lope de Vega, pero mi lugar está en Sarajevo".

Adjunto una canción popular de dureza amorosa, también de desahogo, que la diáspora sefardí ha mantenido durante siglos a través de un arco que va desde España a Bosnia y otras regiones del mundo. En la voz vibrante y enérgica de Yasmina Levy.  Ahí va la letra para seguirla.



Adio, Adio kerida
No kero la vida
Me l'amargates tu

Tu madre kuando te pario
I te kito al mundo
Korason eya no te dio
Para amar segundo

Adio, Adio kerida
No kero la vida
Me l'amargates tu

Va bushkate otro amor
Aharva otras puertas
Aspera otro ardor
Que para mi sos muerta






lunes, 29 de marzo de 2021

El suministrador de los libros proscritos

 


Me la juego cada vez que le paso un libro a mi amiga modelo. Por partida doble. No solo se trata de que sea un libro prohibido sino de que nos citemos clandestinamente para entregárselo. En cierto modo nos consideramos conspiradores. Ella lo dice medio en broma medio en serio. Los libros conspiran. Los lectores participamos de sus conspiraciones. Nunca permanece nada igual dentro de nuestras mentes una vez leído un texto. Gracias a ellos derribamos unos ídolos. Es entonces cuando nos damos cuenta de los monstruos que habían acunado dentro de nosotros desde que nacemos. Que habían crecido como si fuéramos su hogar. Esos monstruos no son tanto los rostros que se les pone, malditos o benéficos, como la carga de ideas rígidas y ordenadas que nos hacen vivir una vida interior estrecha. Cuando la escucho argumentar de ese modo me conmuevo. ¿Cómo podría dejar de conseguir libros, y sobre todo los prohibidos, para una mujer cada vez más madura? Además en muchos aspectos, y aunque yo no se lo reconozca, supera mis propias inquietudes. Incluso mi propia capacidad de asimilar discursos imaginativos que yo trato de pergeñar con otras artes. Con ella tengo asegurado el contenido de tales publicaciones pues cuanto lee me lo cuenta más tarde. Cierto que mis ocupaciones no me permiten entregarme a la lectura como hace ella. Pero, y no sé si esta mujer lo sospecha, mi vida es carne argumental y sangre caligráfica para muchas historias que algún día alguien las relatará. Ya se ve cómo somos capaces ambos de crecer en una clandestinidad creativa. Sé que hay otras causas, sin duda nobles y necesarias, y sumamente arriesgadas, que otros hombres ejecutan de manera subrepticia y fiel. Pero la nuestra, la que nos traemos entre manos esta modelo y yo, no es menos efectiva. Tal vez no salvemos a la humanidad pero día a día respiramos algo más de un campo abierto desde nuestras entrañas más sinceras.



* Sobre la mujer de los libros prohibidos se dice algo en Chitón:

https://ehchiton.blogspot.com/2021/03/la-lectora-de-libros-prohibidos.html


(Imagen: Fotograma del filme Utamaro y sus cinco mujeres, de Kenji Mizoguchi, 1946)


viernes, 26 de marzo de 2021

Cuando se me aparece la evanescente

 


Hay noches en que la evanescente me persigue entre las sombras del sueño. Se acerca desde su rincón y me habla tenue pero insistente. A veces solo de sí misma. En otras ocasiones dice querer saber de mí. Me invita a contemplar el paisaje abierto o me propone oscuros juegos que pongan a prueba mi condición humana. También la suya. Siendo ambos evanescentes todo es posible, ¿no? Si yo sonrío con malicia ella me corta. Los juegos del placer y los del dolor pueden tender entre sí un puente que les comunica. ¿Has pensado en ello? Estamos tan acostumbrados a los goces y a las satisfacciones, aunque todo ello circunstancial y al fin y al cabo pasajero, que nunca relacionamos juego con dolor. El dolor es el placer de nuestro lado más sombrío y escondido, señala la evanescente. Ese lado que tratamos de contener, que nunca deseamos que llegue.  Entonces no sé qué decir. Optar por sus insinuaciones siempre es arriesgado. Pero esta noche la evanescente me ha llevado al terreno de nadie. ¿Crees que podemos ser tú y yo en un terreno de abstracción y nebuloso?, le he preguntado. Y ella: siempre hemos estado en él. Siempre hemos soñado y deseado desde él. Las aproximaciones fueron posesión y pérdida. Pero ambos sobrevivimos. 


Quien desee ver el retorno del blog Tú, la evanescente, pase por:

https://tulaevanescente.blogspot.com/2021/03/quejas-y-quejidos.html


 

martes, 23 de marzo de 2021

El tiempo de las cerezas. Una canción de amor que se convirtió en un emblema social

 



Como el tiempo de las cerezas, gustoso pero efímero, así fue aquella primavera. Se dirá que todas las primaveras, como cualquier estación del año, son períodos pasajeros. Pero también hay que advertir que los tiempos se suceden en sus ciclos, brindando sus oportunidades. ¿Pasa lo mismo con los acontecimientos de los hombres que con la naturaleza? Probablemente, pero de manera más desigual y confusa, y con otro sentido del tiempo y de las complicaciones propias de la vida humana. Yo, Jean-Baptiste Clément, había escrito aquel poema llevado por los amorosos ardores de juventud. ¿Qué mejor modo de manifestarlos que comparando unos frutos con otros? Pero un poeta no tiene que ser más explícito y debe limitarse a dar pistas para que cada lector haga su interpretación e incorpore el poema a su vida. En estos tiempos muchos poemas se convierten pronto en canciones. Cantar un poema escrito es siempre doblar el valor de las palabras. Es lo que la música aporta. Y cuando una canción es aceptada y cantada por innumerables voces, voces ordinarias y sencillas, voces roncas y voces delicadas, voces juveniles y voces envejecidas, voces laborales y voces domésticas, el valor se multiplica. Pero ¿quién le iba a decir a este humilde cantor que, años después de escribir el poema, las cerezas adquirirían en esta primavera cargada de energía, derrochadora de luz y valor, un cuerpo único de hombres y mujeres? ¿Quién podía prever que la ciudad iba a ser de jóvenes y ancianos, de obreros y artesanos, de artistas y tenderos, de maestros y soldados del pueblo? ¿Cómo pensar que del amor a la muerte puede haber un recorrido imprevisto que se reclama de las mismas palabras? Todo lo que empezó como resistencia a la ignominia y que creció con la voz propia de los ciudadanos ha acabado dos meses después frustrado a sangre y fuego, con los muertos contándose por miles y las ilusiones rotas. Y una vez más, los mismos de siempre pagando el precio total y definitivo, el de la vida. Así la enfermera Louise, a la que vi caer en la calle Fontaine-au-Roi y a la que he dedicado la canción. Cuando aún hieden los cuerpos, el humo de la destrucción invade París y muere la esperanza.




El tiempo de las cerezas


A la valiente ciudadana Louise, la
sanitaria de ambulancias de la calle Fontaine-au-Roi,
el domingo 28 de mayo de 1871


Cuando vuelva el tiempo de las cerezas
el ruiseñor alegre y los mirlos burlones
estén todos de fiesta,
las muchachas tendrán pasión en sus cabezas
y los enamorados sol en el corazón.

Cuando vuelva el tiempo de las cerezas
silbarán mejor los mirlos burlones.

Pero es muy corto el tiempo de las cerezas,
cuando las parejas entre ensueños
van a cortar pendientes para sus orejas.
Cerezas de amor con sus trajes iguales
que ruedan bajo las hojas como gotas de sangre.
Pero es muy corto el tiempo de las cerezas,
pendientes de coral que se cortan soñando.

Cuando estéis en el tiempo de las cerezas,
si acaso teméis las penas de amor,
evitad a las hermosas mujeres.
Yo, que no le temo a las penas crueles,
no viviré ya un día sin sufrir…
Cuando estéis en el tiempo de las cerezas
vosotros también tendréis penas de amor.

Siempre me gustará el tiempo de las cerezas.
De aquel tiempo guardo en el corazón
una herida abierta .
Y aunque se me ofreciera la diosa Fortuna,
jamás podría calmar mi dolor.
Siempre me gustará el tiempo de las cerezas,
y el recuerdo que guardo en mi corazón.

Canción de Jean-Baptiste Clement

Y dos interpretaciones. Una, tradicional, en voz de Yves Montand, y otra rockera, por Noir Désir:

 

La canción El tiempo de las cerezas (Le temps des cerises) fue una canción acogida popularmente durante el movimiento insurreccional y revolucionario de 1871 conocido como La Commune de Paris. Se convirtió en un emblema social. Acontecimiento del que se cumplen 150 años y sobre el cual la asociación Les amies et amis de la Commune de Paris 1871 da buena cuenta en su web.



domingo, 21 de marzo de 2021

Defensa del rechazado

 


Ya sé que esa mujer me contempla como a un inútil. Oh, mi bello inútil, exclama al apoderarse de ella una agitación  sin fisuras. Qué dureza llamarme así en ese momento feroz en que dos individuos se rompen y luego se rehacen. Naturalmente dirá después que sus convulsiones son suyas. Nadie se lo discute. Pero, ¿por qué me trata de inepto cuando soy muy útil en momentos cruciales? Por supuesto, tendrá el atrevimiento de afirmar que dejarse llevar por un hombre tiene poco de crucial, y que malo quien se deja sujetar la personalidad, cuando no anularla, por uno de mi género. Dice estas cosas para zaherirme y tenerme más sujeto, no se me escapa su manera de conducirse. Su concepto del uso es muy particular, finge expulsarme para que yo no suelte amarras de ella. ¿Y si lo hiciese? Lo he intentado, aprovechando el desdén momentáneo que tiene hacia mí. Pero luego es ella la primera en hacerme saber, a través de alguna de sus íntimas, que le soy necesario. Necesario para una noche efímera, para un juego de confusiones, para un aleteo de adolescentes que ya no somos. Tal vez esta vez no solo me lo piense, sino que opte por contraatacar. ¿Contraataque, digo? No es lo mío. Puedo ser un inane, un vanidoso, un etéreo soñador, lo que quiera decir sobre mí, pero no entra en mis cálculos una terminología de guerra. Aunque ¿no sería tentador que alguna de sus más próximas fuera objeto de mis apetencias? ¿No resultaría provechoso demostrar a la mujer del rechazo que no debe tratarme de súbito desde su trono de imperio? Ya digo, ideas no me faltan, por muy fútil que ella crea que soy. Pero ¿realmente lo cree?



* Este texto puede conducir a Hanako e Hiro en el relato de Chitón:

https://ehchiton.blogspot.com/2021/03/el-aseo-de-hanako.html


Imagen de Kitagawa Utamaro.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Vísperas atléticas

 


Va a haber mañana carreras en el estadio, le dice Eumaquio a Cecilio Félix. ¿Te vendrías conmigo? Compiten jóvenes llegados desde Herculano y Estabia, además de los nuestros. Dicen que son los mejores atletas de toda la región. Cecilio Félix reacciona contrariado. Me gustaría, pero tengo que ayudar al geógrafo en unas mediciones de campo y no sé si estaremos pronto de vuelta. 

Cecilio Félix no es como otros, abandonado al ocio cuando no a la vida disipada. Tampoco le guía proveerse de un futuro que, como todos los futuros y más en el ámbito de un Imperio siempre cambiante, no garantiza oficios o negocios, sino que le basta su pasión por el conocimiento, le lleve a donde le lleve. ¿Acaso hay alguna otra pasión que merezca ser vivida?, replica a quienes le cuestionan que siendo joven rehúya las conductas al uso de otros jóvenes. Hay tanto en los paisajes que vemos en superficie, pero no los conocemos a fondo, argumenta siempre que dice no a acudir a algo lúdico si esto interfiere en la directriz que se ha marcado. Y mucho más sin explicar bajo los suelos que pisamos. La tierra es como el cuerpo de un hombre. Procura convulsiones, propicia cambios, proporciona deterioros, induce a calmas transitorias. Además, le insiste a Eumaquio, mi maestro es demasiado mayor, la enfermedad le acucia, y sus saberes no pueden perderse. Dirás que quedan sus escritos. Pero ¿quién garantiza que estos vayan a ser protegidos para que se mantengan como fuente de nuevas indagaciones? ¿Es que no hemos visto en otras ocasiones cómo se han destruido trabajos avanzados que podrían haber beneficiado no solo a los gobiernos de las ciudades sino en general a las gentes que las habitan? Bien sabes, Eumaquio, de mi entusiasmo por las carreras. Y que no me perdería una si no fuera por un motivo estimulante y necesario. Haré lo posible por llegar a tiempo. Madrugaremos mañana y no iremos lejos. Es una incursión por terrenos próximos al monte y que ya conocemos. Algunos propietarios de granjas cercanas nos han informado de que suceden cosas extrañas. Movimientos tenues pero repetidos del suelo. Comportamiento irregular de los animales de cría. Subidas y bajadas imprevistas del agua de los arroyos. Vapores inusuales que nacen de lo alto de la montaña. Si no observamos y aprovechamos ahora todas estas secuencias anormales, que nos pueden brindar respuestas, perderemos una ocasión única para avanzar en nuestras conjeturas.  

Eumaquio entiende a medias a su amigo, pero hace esfuerzos por ser comprensivo. Más apremiado por las costumbres y comportamientos juveniles cree que eso de formarse y conocer pertenece a otra etapa de la vida que ya llegará cuando llegue. Si Cecilio Félix le dice que no hay más futuro que el presente que se vive Eumaquio se queda un poco confundido. Piensa que su amigo no va a salir de ser un joven viejo y que más adelante no podrá contar a sus hijos sus hazañas de juventud. No obstante Eumaquio, aunque no lo reconoce, siente benévola envidia. ¿Y si la verdadera pasión, la que va a dejar huella, va a a ser la de Cecilio?, se tortura. ¿Y si su entrega a las enseñanzas del maestro es lo que va a prolongar su gusto por la vida, más allá de las aventuras pasajeras de los que perdemos el tiempo? ¿Y si lo que hace es más propio de hombre cabal en lugar de los hombres aparentes que no dejamos de ser los demás?

Cecilio Félix interviene en los pensamientos de Eumaquio. Como si los hubiera pensado a su vez. Estaré de retorno con suficiente antelación para llegar al Estadio, le dice. Lo que no nos dé tiempo a hacer a mi maestro y a mí lo aplazaremos para otro día. Él me ha dicho que tampoco quiere perderse las carreras atléticas. Que fue un corredor excelente y quiere revivir aquel tiempo que disfrutó sin pausa. 

 



(Corredor, del Museo Arqueológico de Nápoles)

sábado, 13 de marzo de 2021

Despedida en el lupanar

 




No podéis entrar aquí borrachos. Adelina, a la que otros llaman la Introito, por su veterana especialidad en iniciar a los tímidos y a los tardíos, fue contundente. Fabulo y Calvo se defendieron. Si tenemos que ceder a la ebriedad que sea por el elixir que nos proporcionen tus pupilas, le replicaron con un gracejo juvenil que siempre era bien aceptado. A Adelina le gustaba dejar las cosas claras por principio. No era partidaria de los altercados y mucho menos de los machos brutos. Experimentada y cauta, sabía distinguir de qué condición, necesidad o abandono padecía cada cliente. No solo vienen aquí los pobres, presumía, que sé que algunos se disfrazan de míseros para pagar menos o para fantasear con ser sometidos a un trato más duro. 

Iniciar a un hombre tenía sus riesgos. Si se trataba de un adolescente, todo era más fácil. Con hombres de edad madura latía el peligro de encariñarse. Soy una mujer sentimental, se decía, pero nadie debe darse cuenta. Había pagado un precio en el pasado, cuando se enamoró de un comerciante que la cortejó con vistas a un futuro estable. La muerte imprevista del amante en un asalto le privó de lo que acaso iba a ser el amor de su vida y la separación de su oficio. Sus sentimientos frustrados los repartía ocasionalmente con clientes escogidos. Si su actitud con la mayoría de hombres era monótona y prácticamente pasiva, con aquella minoría que había elegido se desenvolvía en afecto, en atención y escucha, en manifestación sincera del placer. Cada uno de ellos era aquel otro que no pudo ser. Y con su entrega les premiaba, enseñándoles algo más que un ejercicio simple de desahogo. No eres como otras, le decían ellos. O bien: durante estas horas eres mi esposa. Adelina se sentía compensada con este tipo de confidencias espontáneas y se dejaba arrebatar.

Fabulo y Calvo llegaban nuevos y además de paso. Ambos habían decidido alistarse en un cuerpo legionario, cautivados por los relatos épicos de algunos cronistas fantasiosos y de ciertos militares de retorno que solo hablaban de las bondades de las campañas cesáreas. Al día siguiente tenían que incorporarse en una guarnición. Adelina, sabedora de que los jóvenes siempre quieren más por poco, fue determinante. Diez ases cada uno con las mejores chicas. Es mucho, opusieron ellos, tal vez cuando volvamos podremos pagar eso y más, alardearon. Además tenemos que celebrar una cena de despedida con otros amigos en la taberna de Porcio. Seguro que podéis. Luego se dirigió a uno de los dos. Yo sé quién eres. Fabulo se quedó lívido. Eres hijo de Aurelio Manlio, tienes su misma cara e idéntica seguridad que la que muestra tu padre. El joven no sabía si pensar en una indiscreción sobre su progenitor, en simular que ella se equivocaba o en sí mismo al quedar al descubierto. No te preocupes. En esta casa todo queda como secreto vestal. Estáis en un templo del placer. Tenemos nuestras reglas, vosotros los clientes sois nuestros orantes, la comunicación con el dios del amor ya se encuentra dentro de vuestros corazones. Nuestras chicas solamente son el medio para conquistar una felicidad terrenal. Mañana os incorporaréis como nuevos en vuestros destinos. A lo largo de vuestro servicio recordaréis la conquista del placer que obtengáis hoy aquí.

Calvo y Fabulo quedaron impresionados por aquellas palabras. Elegid, no me puedo entretener más, dijo ella. ¿Y esa imagen de Príapo tan colorida?, preguntaron señalando entre risas el estuco en la pared del vestíbulo. Ah, rio Adelina, ¿es que acaso no sabéis que él es protector de este oficio, pero también benefactor de los que vienen a entregarse a su ritual almo? No indica que se os exija nada. Este ámbito está desinhibido de prejuicios y obligaciones. Dentro de sus muros no hay otra medida que la de la satisfacción. Mañana seréis dos veces viriles. Como hombres y como guerreros, puso la guinda la sapiente Adelina para engatusarlos.
 
Desde el patio que daba a la parte de atrás se escuchó alarmada la voz de otra mujer. Los perros están desorientados. No paran pero tampoco ladran. Y no quieren comer. Es el calor africano, gritó la patrona. Nos altera a todos.




(Fresco de la Casa de los Epigramas, en Pompeya)


miércoles, 10 de marzo de 2021

Dos que leen

 



¿Qué lees tan entregado? Escucha esto: "Feliz el que ha pasado toda su vida en medio de sus propios campos, aquel de cuyo nacimiento y vejez la misma casa es testigo... Para él las estaciones recurrentes, no los cónsules, marcan el año; él conoce el otoño por sus frutos y el brotar de sus flores". ¿Es tuyo el escrito? No, lo escribió nuestro inolvidable emperador Claudio, que los dioses le tengan en eterna consideración, algo que no tuvieron con él muchos de los suyos. Es un canto a la vida armoniosa, ¿verdad? Quiere serlo, probablemente porque él careció de ella, no obstante su poder. Hay quien escribe sobre lo que se posee, pero yo más bien pienso que lo más interesante es cuando se relata acerca de lo que no se tiene. Porque cuando la carencia conduce al anhelo es entonces la imaginación la que toma el protagonismo de una historia. Sin embargo a nosotros nos gusta leer cuanto hay de aventura. Cómo nos maravilla escuchar de propia voz los testimonios ajenos. ¿Acaso no acudimos ávidos a escuchar las palabras de los viajeros? ¿No recurrimos a los comerciantes que han hecho periplos por otras provincias del Imperio o a los legionarios que retornan de campañas largas? Por supuesto, pero yo creo que incluso todos esos que mencionas, que van recorriendo el mundo, te narran de viva voz lo que les parece. ¿Qué añaden y qué ocultan? ¿Cuánto exageran y a cuánto restan importancia? ¿De quiénes hablan bien y a quiénes condenan al escarnio? ¿Son fiables las relaciones que algunos escriben tras sus viajes? Me pregunto si de cuanto leemos lo importante es buscar su credibilidad o dejarnos llevar por el encantamiento de las palabras utilizadas. Los que leemos por placer, ¿debemos tomar en serio cualquier acontecimiento que narren? Podemos hacerlo, pero mañana vendrá otro que probablemente nos lo cuente desde otro punto de vista. O en el opuesto. Por eso mismo debemos ser cautos ante las informaciones, pero no desdeñar el modo en que son expresadas en nuestra lengua. Lo que se inventan puede ser objeto de nuestro aprecio porque, dime, ¿cómo saber dónde empieza lo vivido y lo imaginado? Tienes razón, yo añadiría y lo soñado. Por no decir lo deseado. Ambos ríen mientras precipitadamente siguen intercambiando pareceres. He oído que gente del entorno del emperador Claudio destruyó sus escritos tras su desaparición. ¿Tan grave puede ser lo que se escriba para no respetar el testimonio de un muerto? A muchos no les gusta que se les hable de la vida con diferentes puntos de vista de los que ellos tienen. Y más si hay intereses de por medio. ¿Sabes lo que más valoro de cuanto se escribe? Los testimonios personales o lo que otros llamarían el relato de lo vivido, principalmente si son sinceros y permiten extraer conclusiones profundas. Contar por escrito anécdotas de la propia vida sin más, sin reflexionar, puede ser entretenido indudablemente y producir regocijo. Pero cuando alguien, en este caso memorias de tal o cual emperador o de un simple cónsul o de un explorador, deduce sobre lo que hizo o lo que observó, citando aciertos pero reconociendo errores, y es capaz de arriesgar interpretaciones, entonces el aprovechamiento de lo leído se multiplica. Y así el lector puede ampliar su conocimiento de las cosas, comparando comportamientos del autor con uno mismo o corrigiendo actitudes personales, algo que probablemente no fuera posible si un texto es algo más elemental. Leer es siempre elegir, ¿no te parece? Es como comer o disfrutar el paisaje de los días o los retozos del amor. Aunque no entendamos y nuestra torpeza nos haga abandonar. No siempre estamos preparados para una lectura. Pero si al cabo de un tiempo vuelvo a leer lo mismo me veo cambiado, y es probable que entonces absorba todo lo que antes no había entendido. Los dos amigos se sienten eufóricos en el fragor del diálogo. Déjame ahora que te lea esto otro: "Dichoso el que puede elegir con acierto entre la luz y las tinieblas, sin dejarse afectar por los cambios y las contradicciones que en la naturaleza de las cosas y de los hombres se agitan". Sigue todavía más, pero lo dejo ahí. ¿También es del gran Claudio? No. A veces, por las noches, suelo escribir. 





(Retrato de Paquio Próculo y esposa o de Terencio Neón y esposa, hallado en Pompeya)

domingo, 7 de marzo de 2021

Echad mi Yodea o la agilidad de unos atletas jóvenes de la danza





Hipnotizado por el conjunto Batsheva The Young Ensemble, no me resisto a transmitir la tensión musical y coreográfica desarrollada en torno al canto judío Echad mi Yodea (¿Quién conoce a uno?), de la mano del israelí Ohad Naharin. 

Echad mi Yodea es un canto religioso, pero familiar y lúdico, se podría decir que trabalenguas, de la Hagadá de Pessa'h, dirigido al adoctrinamiento de los niños aunque con un claro significado para los adultos que lo cantan en la Pascua judía. En el texto se recitan trece motivos fundamentales del judaísmo. Cada verso va enumerado -empezando por el que dice: "¿Quién conoce a uno? / Yo conozco a uno / Uno es nuestro Dios en el cielo y en la tierra"- y se vincula con el siguiente que contiene otro motivo (dos son las Tablas de la Ley) y a su vez repite el motivo anterior, y de manera acumulativa cada nuevo motivo recoge los anteriores y así hasta trece. Supongo que es una cuestión de retentiva y agilidad verbal. Un ejercicio que creo que también se da en alguna parte del cancionero español. 

Pero no es la doctrina y el ritual que contiene el canto lo que me ha interesado fundamentalmente, sino la emocionante y ágil interpretación del grupo. Verdaderos atletas de la danza, estos jóvenes imprimen un ritmo endiablado, y sin embargo acompasado y casi místico, estimulados por el sonido de esa especie de tambor y bajo. ¿Y se trata de algo así como un shofar moderado lo que también se escucha en algunos momentos?  El desarrollo coreográfico de Batsheva The Young Ensemble  mantiene un hálito misterioso y tenso, recrea una especie de vínculo ancestral a través del cual uno se siente transportado. Siquiera a la fuerza expresiva y aún tierna de la juventud.






jueves, 4 de marzo de 2021

El modelo de los escultores

 


De oficio había sido cargador en el puerto hasta que un día pasó por allí Filipo el Africano, que en realidad no se llamaba Filipo ni era de tez oscura ni había pisado jamás otra tierra conocida que la nuestra. Filipo estaba aún estrenando la edad madura, pero llevaba un aprendizaje avanzado de mano del más exquisito maestro escultor que había en Roma, llegado a nuestra ciudad porque decía que le sentaba mejor el clima. Filipo, que sabía contemplar y medir como pocos el cuerpo de un hombre, hizo su propuesta al cargador. Tienes que venir al taller. Seguro que el maestro coincide conmigo en que la dimensión y la proporcionalidad de tu cuerpo son acertados para una de las figuras que tenemos que ejecutar y para la que no encontramos un modelo adecuado. El cargador, aunque sorprendido por la sugerencia, decidió probar suerte. Al fin y al cabo ¿qué tenía que perder él con cambiar de tarea? ¿No ofrecía su vigor por unos sestercios de nada a los patrones de los muelles? ¿No iba consumiendo lentamente energía y deterioro cada jornada? Y eso de posar para los artistas debe estar mejor pagado y no me hará derrochar sudores, pensó. De la sorpresa y la perplejidad por la oferta pasó al entusiasmo. Mi cuerpo en una estatua, se le ocurrió, sin comprender muy bien el alcance que podía tener aquello. Seré para siempre una estatua, algo así cual vivir la eternidad como los dioses, fantaseó.

Esbelto es, dijo el maestro de Filipo al recibirlo en el estudio. Su volumen nos permitirá detallar con precisión la medida de cada segmento corporal. Y se le ve flexible, lo cual servirá para estudiar mejor la marca que todos sus órganos evidencien al ejercitar los movimientos. Que sea imberbe no es obstáculo alguno, todo lo contrario, eso nos trasladará una facciones en estado más genuino. Si luego tenemos que poner barba a la escultura, que no lo tengo claro, no será  difícil. ¿Cuántas hemos puesto y mejoradas, Filipo, en testas de dignatarios? Teniendo el precedente de las obras de los griegos tal vez podamos hacer algo nuevo, algo que supere las copias. Mi obsesión, bien lo sabes, es marcar distancias con aquellos artífices inigualables y proponer modelos nuevos que guste a los patricios, si no para representarles a ellos sí para actualizar las viejas mitologías que se fusionan con las nuevas creencias de nuestro tiempo. 

Filipo no solo aprendía del maestro las técnicas sino que se empapaba de criterios filosóficos y de visiones del mundo más amplias. Maestro, estoy contigo, le replicó, debemos ser audaces y proponer en la estatuaria formas adecuadas a la multitud de maneras de pensar. A veces incluso lo más sencillo es lo más renovador. Además, ¿por qué los cánones de belleza tienen que ser inamovibles? Hagamos algo distinto. Este cargador, ¿no es un hombre simple que puede y debe acaso ser representado como tal? ¿Por qué transformarlo solo en un Hércules o un Perseo? ¿No tiene la gente sencilla en su alma profundidades que no suelen contemplar los artistas? Conocemos de sobra a altos funcionarios del Imperio que serán muy ricos e influyentes, pero cuyos físicos están por debajo de los de cualquier esclavo. Y su mentalidad, bastante chabacana y de escasa imaginación.  No me extraña que vengan a nosotros para que mejoremos en imagen de piedra lo que no manifiestan en su porte cotidiano y menos en sus actitudes públicas. 

Al cargador no le afectó en exceso que los escultores admiraran con todo detalle su cuerpo desnudo. Aquello debía ser parte de un trabajo meticuloso que iba a venir después y lo aceptó sin mayor rubor. A cada sugerencia del maestro realizó lentas contorsiones. Extendió los hombros, flexionó los músculos de los brazos y las piernas, desplegó su torso perfecto, realizó diferentes movimientos de cabeza, movió la pelvis pronunciando sus atributos, se giró de espaldas para que los escultores no perdieran el mínimo detalle de la cadencia de sus vértebras o la armonía de sus glúteos magros. Hasta de las manos y de los pies hicieron una exploración visual exhaustiva, indicándole el ejercicio de constantes movimientos y paradas. Es tal como yo le observaba al cargar y descargar en los muelles, dijo Filipo a su maestro. Entonces, ¿crees que ahora podemos tener seguridad de que es el hombre idóneo para nuestro trabajo?, preguntó el veterano artista. Filipo asintió. Podemos empezar mañana la tarea para dibujar los primeros bocetos. El maestro le corrigió. Mejor no perder más tiempo, ya vamos retrasados con el encargo. Lo que puedas hacer hoy lo llevaremos avanzado mañana, ¿no crees, Filipo? ¿Me escuchas, discípulo?

Pero Filipo está distraído. Contempla a distancia la soberbia desnudez del estibador. Se enajena con la visión. Como si en su mente aquel cuerpo real, aquella carne armoniosa, cuya rudeza es cubierta por la suavidad de la piel que se sabe aún tierna, desplazase el efecto esculpido. Sin embargo, a su vez pergeña en su sueño de artista la postura que debe ser ejecutada para el encargo bajo las directrices de su maestro. Filipo, le indica comprensivamente este, el cargador es nuestro modelo para el arte, y lo primero es lo primero. Pongámonos al ejercicio. Empecemos a situar lo que queremos hacer, antes de que el día se vuelva más opaco. No entiendo que con la luz que estábamos teniendo al amanecer se vaya oscureciendo el día tan deprisa. Y esta extraña quietud en el ambiente, como si nos estuviésemos quedando nosotros solos.  





(Detalle de Hércules Farnesio, Museo Arqueológico de Nápoles)

lunes, 1 de marzo de 2021

El crimen o el que mata. Discurso del valiente Valerio Semir

 



La sangre llama a la sangre. Sobre todo a aquellos que hacen oficio de ella. Muerte por encargo. ¿Quién paga? Depende. El mercado del crimen es de los más antiguos y de los que más beneficios producen. ¿Son los enemigos del César capaces de arriesgar sus territorios? Se envían legiones contra ellos. No hay uno sino mil asesinos, a los que respalda la ley del Imperio. ¿Es tu competidor quien disputa las ganancias que tenías hasta ahora en tu negocio? Siempre hay un envidioso a quien tentar dispuesto a esperarle cuando cierra la tienda. ¿Ha cautivado tu esposa al galán más guapo de la ciudad? Tendrás un sicario a mano, quien por pocos denarios podrá realizar la tarea de eliminar al que te pone los cuernos. El candidato del partido opuesto a tu elección en la municipalidad o en el Senado tiene opciones de ganar y ninguno de tus intentos de soborno hacen mella en él. ¿Qué te queda si quieres mantenerte en tu provechoso cargo? Pagas a un mercenario de paso, que jamás volverá por estos lares, y utilizando el ardid de ladrón todos aceptarán que el robo ha sido la causa del infortunio. ¿Has perdido tu hacienda jugando en la taberna y estás desesperado? Tú mismo esperarás de madrugada, embozado y con una daga, al que te ganó, y a la primera que le claves en el cuello te liberará de compromisos. La vida te ha puesto a mano a aquel que dio órdenes de asesinar a alguien de tu familia hace años. Pues bien la sed de venganza que has incubado durante tanto tiempo, si bien la pensabas superada, te proporciona la posibilidad ahora de ser saciada. Pero sin ir más lejos, ¿no te has sentido en alguna ocasión hundido en la desesperanzada para salvar la cual has recurrido a pensamientos suicidas? Si sigues en pie es porque comprendiste a tiempo que cualquier clase de pérdida de horizontes no se soluciona con el arma de acero sino con la herramienta del pensamiento que sobrepone. En fin, matar siempre es un ajuste de cuentas con tus propios fracasos. Ser asesino de uno mismo es el mayor de los despropósitos, aunque parezca una decisión libre.

Así habla a otros ciudadanos en el foro el díscolo pero valiente Valerio Semir. Libre de ansias de participar en el gobierno municipal cree que la mejor manera de aportar ciudadanía es decir las cosas claras. Pero ¿ello le librará de venganzas y resentimientos por parte de aquellos a quienes acusa? Ciudadanos, la muerte es un instante, los motivos siempre sobran porque acabar con la vida es el objetivo supremo que ella, la pérfida muerte, persigue. La tentación abunda, pues quien más o quien menos ha sido objeto de agravios. Algunos diréis: si la muerte no se busca da lo mismo, porque siempre llega. Tal es la necedad con la que concluís para justificar vuestra ignorancia. Pero ¿quién eres tú para infringir la ley de la naturaleza más excelsa representada por la existencia? También dirán otros: la muerte es ley inexorable, y muchos se la merecen. Así va el discurso insano e insensato del populacho que a su vez emula a los poderosos. Si el poderoso mata, ¿cómo no voy a hacerlo yo?, es una justificación miserable bastante extendida. Y otros: tal personaje no se merece la fortuna que tiene, seguro que la ha labrado con oscuras mañas y aprovechándose de los infelices, y si a ti te falta la suerte de los bienes, ¿por qué no se la vas a disputar? Hasta estos extremos irracionales conduce la ambición más nefasta, de la que no se libran ni ricos ni pobres.

Valerio Semir, le interpela uno de los congregados. Mucho hablas tú contra los que incitan a la muerte, pero ¿acaso estás a salvo de recurrir a alguno de sus medios para solventar un problema? Valerio Semir, que se espera cualquier clase de comentario pero no uno tan personal se seca la frente sudorosa por el calor tardío de aquel agosto. Luego se muestra templado. Se crece en cualquier tipo de impugnación, incluso en los disparates. No lo estoy, pero combato cada día la idea más torticera que cabría esperar de una mente. ¿Cómo se hace eso?, replica otro. ¿Te imaginas mentalmente que ejecutas un crimen y eso ya te sirve? Varios ríen provocativamente, pensando ya te han pillado. También combato el deseo de la muerte de otros, que siempre se haya escondida en un rincón de nuestra alma. La imaginación es poderosa y a veces solo sirve para alimentar las más tenebrosas incitaciones. De lo imaginado a lo puesto en práctica solo separa una orilla fácil de atravesar. Mejor usar las fantasías para los placeres del saber y de la satisfacción de las apetencias pacíficas que la carne reclama. Los agitadores no cesan. Hablas de ese modo porque eres pudiente y te crees libre para poder pensar y mantener tu hacienda. Valerio Semir se sabe víctima de un ataque no tanto contra su persona sino contra sus ideas. Tergiversáis la realidad, les contesta algo airado. Mi situación económica es la justa. Ocupo el tiempo en el cultivo de mis huertas y de mi capacidad de razonamiento. Eso me basta, porque simplemente  no me planteo aspirar a nada que exija competencia. ¿Desear bienes ajenos? Eso os lo dejo a los que no habéis sabido jamás procurar los propios.

Estas últimas palabras fueron jaleadas favorablemente por numerosos ciudadanos. El grupo de instigadores se retiró entre abucheos. Ninguno de estos evitó apuñalar con la mirada al sabio. Entre ellos, a medida que se alejaban, corrió una consigna. Esta tarde en la tasca de Venancio el hispano. A Valerio Semir habrá que proporcionarle otros argumentos más directos para que ejercite su perfección moralista. Una extraña y pesada calima que llegaba desde la parte de Vesubio les excitó aún más. 




(Pintura pompeyana en el Museo Arqueológico de Nápoles)

jueves, 25 de febrero de 2021

El que alardea

 


Flavio Sulpicio alardea en los banquetes de sus hazañas. A aquellas que  tienen que ver con campañas militares las adereza con un apasionamiento épico, tras asegurarse de que no hay nadie entre los presentes que pueda llevarle la contraria. No obstante insiste con mayor ahínco en sus conquistas amatorias. Y para que tenga mayor verosimilitud invita a la ceremonia del ocio a experimentadas meretrices a las que él presenta como cariñosas amantes de toda la vida. Ellas se dejan llevar. Entran en el juego y con diversas artes hacen lo posible por volver crédulos a los invitados. Yo soy un sirviente entregado y no tengo queja del trato que me depara mi amo. Mantengo el tipo en las reuniones públicas, le soy fiel en cada encargo y, principalmente, le escucho. Él sabe que a mí no me engaña. No obstante, soy el campo de experimentación para sus jactancias, que yo apruebo o sobre las que me manifiesto crítico si son escasamente creíbles. Eres el confidente favorito de mis historias vividas, me dice como si me convenciera, siguiendo en su papel de hombre aparente. Naturalmente, amo Flavio, le respondo, lo imaginado también es algo vivido. Con lo que le dejo clara mi actitud comprensiva y él agradece el consenso que se establece entre ambos.  

Pero ni las heridas ficticias de la guerra ni las desgarraduras exageradas del amor habían hecho mella en las narraciones de Flavio Sulpicio. ¿Volverías a enrolarte en el mando de las legiones?, le preguntaba con ironía alguno de los comensales. Por el César lo que fuera, no obstante la edad que grava mi cuerpo, respondía convencido de vivir verdades. Y otro: mejor elegir el campo de batalla del placer, ¿eh, Flavio? A lo que este argumentaba: no creas, es un dominio peligroso, donde el riesgo acecha de continuo y puedes perecer en cualquier momento. Además ahí no hay sacrificio alguno por un César, ni cabe esperar laureles ni nombramientos. Aquellos subterfugios hacían reír a todos, pero para mi amo se trataba de mantener un pulso, sin que jamás dejara entrever cuánto de cierto o de falso había en sus afirmaciones. 

Mi asombro había crecido extraordinariamente desde que entré a su servicio. Flavio Sulpicio vivía en un mundo fabuloso donde sus quimeras no adquirían formas monstruosas ni le inducían a temer las iras de los dioses. Apoyado en su grandilocuencia difundía a diestro y siniestro historias que a unos les creaban dudas, a otros les arrebataba si las tomaban en consideración y se sentía seguro en ese juego, alejado de familiares con los que no convivía y de quienes se había distanciado hacía mucho. Y aquellas recreaciones que él se esmeraba en componer y constantemente en remodelar para cautivar a sus oyentes se habían convertido en el principal ejercicio de su existencia. Yo no vacilaba respecto a su comportamiento. Quien vive en lo imaginario con todas las consecuencias puede llegar a padecer los estragos o a disfrutar los deleites que ello conlleva. Su mundo era el que era y disponía de suficientes recursos para vivir en ese ámbito paralelo y mantenerse a salvo.

Aquella noche, estando todos los convidados acomodados y medio ebrios, por qué no decirlo, en sus triclinios, Flavio Sulpicio hizo con énfasis un brindis por todos los presentes y avisó de improviso que tenía que comunicarles algo. No tengo familiares directos y salvo a mi fiel Vetonius, y yo me ruboricé desde el rincón desde el que estaba pendiente del servicio, a nadie tengo que agradecer atenciones y mucho menos los bienes que la fortuna me ha proporcionado. Sé bien cómo debo cumplir con Vetonius, empezando por declararle liberto y proporcionarle una cantidad considerable para que viva sin agobios el resto de su vida. Hubo un murmullo aprobatorio y me sentí gratamente afectado. Luego continuó. Ahora bien, el montante que suman mis fincas y la liquidez de mis modestas finanzas no deben acabar algún día apropiados por la Hacienda pública, que de sobra grava y diezma nuestros bienes de ciudadanos romanos. Así que he decidido dejar la herencia en vida a mis amantes del pasado y acaso de la actualidad. El brinco de los presentes pareció borrar por un momento la huella de los humores del vino. Cundió la alarma. Se cruzaron preguntas vagas. ¿Estará enfermo irrecuperable? ¿Tendrá un conflicto personal con el César y temerá por su vida? ¿Pensará en alejarse a regiones extremas del Imperio para gozar sus últimos años de una visión diferente de tierras y gentes? ¿Se habrá dejado cautivar por alguna secta de misticismo influyente de las que cunden en estos tiempos? Pero tal anuncio, y más teniendo en cuenta la edad avanzada de mi amo, no indicaba que se tratase de una decisión precipitada y mucho menos provocada por amenaza alguna.

Las meretrices contratadas para la ocasión hicieron el paripé, como si a ellas también les tocara su parte de beneficio. Valerio Régulo, uno de los pompeyanos más cabales, le inquirió. Flavio, se hacen locuras en edad juvenil, pero sería un despropósito que a tus años dilapidaras la fortuna de ese modo. ¿Acaso crees que vas a encontrar a estas alturas a tus viejos amores? Incluso aunque dieras con alguna de las mujeres, ¿estarías dispuesto a poner en aprietos a honradas madres de familia? Y siempre más que de amor tú has hablado de conquistas efímeras. ¿Vas a molestarte en reconstruir un pasado irrecuperable? Porque indudablemente, todo esfuerzo por realizar tu... ¿cómo llamarlo? ¿Generoso acto? te obligaría a enfrentarte con lo que hoy no serán sino fantasmas. ¿Y has previsto cómo puedes sentirte si no logras llevar a cabo tal intención?

Flavio Sulpicio permaneció concentrado, fingiendo sobre lo fingido. Hubo cuchicheos, movimientos de unos asientos a otros, voces apagadas. Como si el eco de las palabras cuerdas hubiera rebajado la diversión que estaban teniendo aquella noche. Yo sabía que mi amo había llevado al extremo una representación más. Y que probablemente no era sino el anticipo de otras que podrían llegar en siguientes convites. Me dirigió una mirada cómplice y se recompuso. Saliendo de su aparente mutismo incitó a todos a un brindis. Dejemos los proyectos de lado, no era mi intención aguar la noche, mis queridos amigos. Dioniso no permitiría que la alegría se malgastara con manías y caprichos de anciano. 

Al ponernos en pie para animar de nuevo la velada sentimos una vibración inhabitual y de cierta intensidad bajo nuestros pies. Alguien comentó: el vino de Flavio nos produce temblores a todos. Mi amo no dudó. Escancia del más añejo que has subido de la bodega, Vetonius.      


 



(Fresco pompeyano)

 

lunes, 22 de febrero de 2021

Triste fotografía, sin días azules ni sol de la infancia

 



Una fotografía que habla por sí sola. ¿Y de qué habla? De pena, de amargura, de soledad, de desamparo, tal vez del miedo por la inexistencia de un futuro. El poeta que parece estar jugando con una vara sobre la tierra, ¿no estaría más bien escribiendo un poema? Tal vez el último. Rodeado de otros exiliados políticos, los exiliados de verdad, los expatriados por una causa justa, que así hay que decirlo en nuestros días con claridad y énfasis, Antonio Machado ni mira al fotógrafo, ni habla, ni aparentemente se inmuta. Permanece apesadumbrado, hundido. Todos los presentes muestran con dignidad el control de la madurez, pero la procesión iría por dentro en todos ellos. Un sosiego aparente. Eran los vencidos. Los desterrados. Los irreductibles. 

La escena tiene lugar en febrero de 1939, de camino al pueblecito francés de Colliure, huyendo de los vencedores en una guerra cruel. El poeta moriría no muchos días después de esta fotografía.  

Cuentan que hallaron en el bolsillo de la chaqueta de Machado un papelito con este apunte: "Estos días azules y este sol de la infancia". Se puede discurrir si se trataba de un boceto. Acaso el primer verso de un nuevo poema. Pero la hipótesis es inútil. Fue sin duda poema en sí mismo. La última poesía. Para qué más versos. El último aliento.



Cuando Antonio Machado fue Juan de Mairena 
defendiendo la libertad de pensamiento






Leído en Juan de Mairena, obra del escritor Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1879 / Colliure, 1939), de cuya muerte en el exilio pobre y miserable de Colliure, Francia, se cumplen hoy ochenta y dos años. 

" - Continúe usted, señor Rodríguez, desarrollando el tema. 

 - En una república cristiana -habla Rodríguez en ejercicio de oratoria- democrática y liberal conviene otorgar al Demonio carta de naturaleza y de ciudadanía, obligarle a vivir dentro de la ley, prescribirle deberes a cambio de concederle sus derechos, sobre todo el específicamente demoníaco: el derecho a la emisión del pensamiento. Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas." 

¿No es acaso oportuno este tipo de donaire para reflexionar sobre lo que acontece en la España de las dos Españas? 

La obra Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo fue escrita por Antonio Machado entre 1934 y 1936. Época avanzada de su vida en que se resumían vivencias y experiencias múltiples y gravosas, incluidas las culturales, sociales y políticas de un país al que no le dejaron vivir en paz. Hoy me parece escuchar la voz apócrifa de Juan de Mairena: no volváis a las andadas.



Y un poema de Antonio Machado titulado Simpatías






Quería participaros un poema del Cancionero apócrifo, de Antonio Machado, titulado Simpatías. Es de 1922, ya veis, de un siglo y es como si fuera de ahora. Muy propio para los que llevamos demasiados años mirándonos en el espejo. En el de cristal y no solo en el metafórico o en el de la vida.  


Simpatías

Candidior postquam tondenti barba cadebat
Virgilio, Égloga I. *


"¿Cúya es esta frente? ¿Cúyo
este mentón azulado?
¿Cúya esta boca sumida,
y esos ojos fatigados
de la letra diminuta
y de los montes lejanos?

Siempre mira el hombre al hombre 
con piedad en su retrato".


* La cita de Virgilio: "Cuando, afeitándome, ya más canosa caía mi barba" 

 (La autofotografía es de Jorge Molder)


viernes, 19 de febrero de 2021

El director de la compañía exhorta a sus actores

 


No, no es así. Con más énfasis. La máscara hará el resto. Pero primero tenéis que empaparos de lo que escribió el griego. El director de la compañía se esfuerza con voz enronquecida en las explicaciones a los actores. Estos sudan, se agitan. Algunos ponen caras contrariadas. Por enésima vez se detienen en el ensayo y vuelven a repetir. El director no les da tregua. 

Captad el sentido de lo que habéis memorizado. De este modo la memoria dará paso a palabras análogas, si habéis olvidado las originales, que mantendrán el significado del texto. ¿Decís que solo se trata de recitar coralmente una obra que ha quedado anticuada? En absoluto. Cada obra reclama un cuidado especial, aunque sea antigua. Además ninguna de las tragedias ha perdido valor. ¿Acaso ya no existen las ambiciones humanas? ¿Han mermado las pasiones? ¿Ya no existen los defectos? ¿Se ha conjurado para siempre la muerte? ¿No se padecen ya infidelidades y traiciones? Si no entendéis, preguntad. Debéis comprender bien el alcance de las palabras. Porque son mucho más. Un actor que no percibe el significado de las palabras no es un actor, aunque se mueva por la escena o vocee o gesticule. 

El director bebe de un cuenco un trago de agua fresca y mira sin acritud a toda la compañía. Varios actores comentan entre sí. ¿Es una reprimenda o una lección?, tratan de dirimir, sabiendo que ambas actitudes suelen ir vinculadas y ya están acostumbrados a ellas. El director ha hecho la parada a propósito para que ellos intercambien puntos de vista y se ayuden en comprender lo que les dice. No es mi estilo destapar la caja de los truenos contra esta gente ducha en el oficio, piensa. Pero no puedo permitir que relajen el esfuerzo y menos el interés por la perfección. Puede que quien aspire a la perfección nunca la alcance, pero al menos es un acicate. La vida, y en este caso el espectador, es muy exigente y no perdona fracasos. Decide volverse más didáctico hacia el auditorio de actores. Como si estuviera reescribiendo y a la vez interpretando un monólogo solo para ellos.  

Vosotros sois intermediarios entre la historia narrada y el público. El público no ha leído nada y muchos han visto poco, así que viene aquí para leer y ver la vida que hay tras una historia con nosotros. Y lo hace de dos maneras. Siguiendo vuestra entonación y no perdiendo de vista cada uno de los ademanes y quiebros. De ello depende que lo que dice la obra influya y sea valorada por los espectadores. Además, y aquí ensalza la labor de los intérpretes, vuestra interpretación va a empujar la calidad de la obra que el autor escribió. Las palabras tendrán valor para el público si a vuestra dicción la acompañáis con un tono adecuado. Y entonces, sí, el ejercicio de vuestros cuerpos ocupando el proscenio rematará la fuerza de la representación. El público quiere identificarse con lo que decimos. Esa es siempre la intención de un autor y nosotros no podemos traicionarla. 

Se escuchan murmullos y afirmaciones de cabeza. El orador continua enardecido por su propia disertación porque además percibe que es seguido y lo que dice está teniendo eco.  Pero el público no es tonto. A veces también se entera, por lo que cuentan anteriores espectadores, de qué va la obra y se muestra exigente. Espera no quedar decepcionado. Muchos llegarán condicionados por lo que les han dicho o por lo que ellos imaginan. No hay que darles margen para que interfieran con sus quejas. Tomad la iniciativa siempre. El tiempo de la representación de una obra es solo de nosotros los actores. Mientras la llevamos a cabo el resto del mundo se detiene. Ni el César, si apareciera por aquí un día, tendría licencia para imponerse en este recinto. Con esta ocurrencia el director ha logrado arrancar una carcajada curativa a todos los comediantes. Tiene recursos o los genera sobre la marcha. Son muchos años de mal vivir por los caminos del Imperio y se sabe inmerso en un aprendizaje sin fin. No quiere insistir más en la arenga.  

Además, mis queridos y admirados histriones, ¿vais a dejar a los pompeyanos insatisfechos? ¿No se merece el autor el reconocimiento de la gente de esta ciudad? Si fallamos, ¿qué irán diciendo de nosotros por ahí? ¿O preferís enfadar al monte soberbio que preside esta ciudad? 

La carcajada general sonó a blasfemia. La obra iba a representarse al día siguiente y aquella tarde los animales de patios y corrales se mostraban desconcertados.



(Fresco pompeyano del Museo Arqueológico de Nápoles)

miércoles, 17 de febrero de 2021

Zaki en su paraíso

 


Siempre recordaré tus tés y tus sensibilidades palestinas. Nuestras distancias -esos afanes tuyos discretos como imán de la comunidad musulmana y mis incredulidades sobre cualquier tipo de fe- nunca dificultaron las amigables charlas. Todo lo contrario, pues tu actitud apacible y prudente lo facilitaba. Aún me parece verte descansando en uno de los bancos de la vecindad o camino de la compra a la tienda. Espacios callejeros en los que en tantas ocasiones pegamos la hebra. Te reclamaban las autoridades de la ciudad para cualquier mediación o evento conciliador, potenciado desde la Asociación Avicena que habías creado. Fomentaste el dar la cara cuando el terrorismo islamista agredió a ciudadanos inocentes. Ahora te ha tocado partir para tu paraíso. Celebro haberte conocido,  Zaki Mahmoud Ivrahim, Zaki Zayed para los amigos, y haber disfrutado de tu bonhomía y una mente abierta y dialogante. La aversión y el rechazo que mostraste a cualquier manifestación de violencia fanática, cada vez que la barbarie sacudía las sociedades, la aprecié mucho y me ayudó a distinguir un poco los ámbitos complejos de las creencias y de las culturas que desconocemos.  

Te dedico un cuarteto de Omar Jayyam, al que acaso leíste alguna vez, que dice: 

Los de mayor saber y mejores maneras / la reunión de sabios con su luz alumbraron; / no hallaron un camino hacia el día en la noche, / solo contaron cuentos y después se durmieron.

Hondo y a la vez claro el pensamiento del científico y poeta persa. Es la vida misma. 




(Fotografía del homenaje a Zaki hace cuatro años por parte del Ayuntamiento de Valladolid, en consideración a sus esfuerzos "En favor del respeto a la diversidad de culturas, religiones, opiniones y por su defensa a ultranza de la solución de problemas desde el diálogo y la comprensión")


domingo, 14 de febrero de 2021

Los rostros de la fascinación

 



¿Fue la sorpresa o el espanto? ¿Fascinación o estremecimiento? ¿Y por qué no ambos? La presencia imprevista del joven Vibio me turbó. ¿Desde cuándo entras así, sin previo aviso, en la estancia de una matrona?, me molesté, obligándome a pararle los pies. Si pretendes poner en duda mi virtud errarás. Si vas a ir difundiendo por ahí que contemplaste mi cuerpo de noche, correrás el riesgo de caer en la difamación. Vibio se quedó entonces lívido, limitándose a mirarme, pero yo veía que en sus ojos no había mera curiosidad. Se trataba de una expectación más tendenciosa, que acaso pretendía llegar cual lejos yo le permitiera. Opté por la regañina, obviando su formada constitución viril. ¿No te basta con aproximarte a las chicas de tu edad?, le dije enfadada. ¿O ellas son poco para ti? Me sentí mal por reprender a Vibio, al que había visto crecer y jugar con mis hijos. Y mis propios argumentos eran un tira y afloja, como si por una parte me sintiera halagada por su actitud osada y por otra buscara frenarle para evitar la catástrofe. Al cuestionar sus tendencias hacia la mujer madura, ¿no le estaba provocando? Al recomendar que se limitara a los cuerpos más acordes a sus aún tiernos años, ¿no le menospreciaba? Su actitud pasiva me intranquilizó. No dio muestras de turbación alguna. Permaneció en el umbral, sujetando con sus manos las jambas, advirtiendo a través de su hercúlea postura que se ofrecía como un don que no debía ser rechazado. Vibio descarado, le increpé, ¿por qué tratas de torturarme con tu oferente porte? Yo era consciente de que mi irritación no la respaldaba con un rechazo contundente. Me manifestaba blandengue y dubitativa, algo que él podría interpretar como una lenta cesión. La corriente de la habitación, abierta de par en par para paliar el bochorno de la noche, agitó la gasa que me envolvía. Me sentí más leve pero me aturdí. Arrastrada por el viento ligero que se había levantado permanecí en silencio, sabiéndome mirada con toda la aguda intensidad con que un joven fija sus ojos en una mujer, mientras me acercaba a la ventana. A lo lejos la montaña, grandiosa y me pareció también que más petulante que nunca, brindaba una belleza mistérica. Hablé a Vibio de espaldas, como solo hablan los pensamientos entre sí cuando nos rondan interiormente. ¿Por qué lo más bello es lo más enigmático? ¿Por qué desconocemos lo que hay en el interior de la hermosa y complicada manifestación de la naturaleza? ¿Por qué las fuerzas ocultas se contienen hasta un límite en que no es posible impedir que broten desmesuradas? ¿Por qué solo la desnudez nos vincula como ninguna otra cosa a la materia y a sus elementos?



La vi a distancia al fondo del pasillo. La puerta permanecía entreabierta y me acerqué. No sé si fue descuido o intención por su parte. Es verdad que la noche no había traído frescor al interior de las casas. Lucrecia permanecía de perfil, apenas cubierta por una seda casi transparente. Se había deshecho el moño y era como una vestal a la que los años no la habían ajado en absoluto. Al adivinar con tanta claridad aquel cuerpo soberbiamente moldeado daba la impresión de ser la modelo de un tallista heleno. Nadie diría que hubiera paridos tres hijos, los cuales se contaban entre mis amigos. Sé que abusé de la confianza en que me tenía la familia recorriendo la vivienda que había conocido desde niño. Puedo asegurar que no tuve mayor pretensión que contemplar aquel ejemplar de belleza perenne. No se había merecido por parte de los dioses sino una considerada preservación que, sumada a su particular talante amable y comunicativo, prolongaban una especie de activa madurez juvenil, si es que ambos términos pueden manifestarse al unísono sin repelerse. No sé si Lucrecia comprendió mi entregada pasión o si desvirtuó mis pretensiones. Sobraban las explicaciones porque mi quietud en la puerta de su cuarto solo era observadora o, mejor dicho, admiradora. Yo sabía mirar, no lo hacía como muchos, que dirigen su vista hacia todas partes pero no captan nada. Conocía la casa, pero quería conocer, siquiera prudentemente, a la mujer de la noche. Quería ver el rostro oculto de la exultante madurez de aquella matrona cuidadosa y circunspecta. Quería indagar en la armonía entre un cuerpo atemporal y una sabiduría floreciente. ¿Que yo tenía sublimada a Lucrecia? No digo que no, pero bien saben los lares de aquel hogar que me acerqué a su presencia como un devoto respetuoso. Como un peregrino llegado desde los orígenes de la ignorancia. En ningún momento me molestaron sus justos reproches. Hablaban a favor de ella. Pudo haber llamado a un vigilante, pero no lo hizo. Aprecié su discreción, alabé su disposición a ceder a mi búsqueda. Cuando ella reflexionó en voz alta mientras contemplaba a Vesubio sentí el estallido de una satisfacción íntima. Me sentí incitado a estar a su nivel, aun abusando de la pedantería ordinaria de los años jóvenes La belleza tiene varios rostros, dije arriesgando una opinión que ella, culta y experimentada, podía echar por tierra. No se encuentra solamente en un cuerpo o en la manera de ser o en el mundo de las ideas. Pero a veces coincide en todo ello, mostrándose como el triunfo del azar. Como cuando atraviesa un cometa el cielo y nos sorprende con sus presagios. Entonces, una efímera circunstancia nos hace ver de un golpe cegador, aunque no lo interpretemos, toda la potencia contenida en el alma humana. Y caemos fascinados.


  



(Fresco de la Casa del Poeta Trágico, en Pompeya)