viernes, 12 de junio de 2026
Piruetas
lunes, 8 de junio de 2026
la underwood
...hoy me he puesto a escribir sin tener imagen alguna delante, ni he buscado ninguna para poner tras lo escrito. Ningún recuerdo, ninguna figura predeterminada, ni fotografía ni cuadro ni periódico. Hoy me pongo delante de la underwood y tecleo movido por la inercia. Voy a escribir desde la oscuridad, me digo. Como si no tuviera referencia alguna, ni siquiera buscando una idea preconcebida o que se haya añadido a mi bagaje de la vida. Tanto es así que caigo en que no sé tampoco de qué escribir. Es fantástico, aunque extraño, me digo, no saber de qué escribir. Por buscar comparaciones pienso en un pintor que mezclase aleatoriamente colores y diera pinceladas a diestro y siniestro sobre un lienzo sin tener claro, ni saber, ni buscar, qué quiere representar. No por eso se queda quieto, y pringa una y otra vez el óleo sin premura alguna ni mayor interés de alcanzar con su conducta un fin. Pero incluso este pensamiento fugaz y comparativo lo deshecho enseguida, no vaya a ser que entonces caiga en la provocación de concretar una figuración, que es lo que pretendo no tener. Así que tecleo con vagancia, más bien con desdén, las letras, al tuntún, incluso estúpidamente, una veces formando palabras al uso a las que no concedo lectura, otras inventándolas. De pronto aporreo la máquina, no sé por qué ocurrencia, puede que como una forma de reducir la tentación de escribir sobre alguna imagen. Pronto me canso de caer en el vértigo del tecleo y voy sorteando con un solo dedo sobre una hache o una eme o una ka o de pronto un número. Un número con otro número forman ya una cifra y me espanto. Una cifra es también, y muy poderosamente, una imagen. Intento evitar los números y me entrego a signos de puntuación que, por sí mismos, no dicen nada. Pero crean dudas. Un signo de admiración o uno de interrogación, no digamos una diéresis vagabunda, no digamos el signo et, que transcribimos &, u otros más modernos. Evito los que representan el dólar o el euro, que por sí mismos no son solo una imagen sino un cosmos que tanto bien o tan gran mal causa entre los hombres. En fin, que no salgo de la tensión de la sorpresa. Y me sorprendo al ver que unas letras, signos al fin y al cabo, se vinculan a otras, como por encuentro casual, y se aparean generando desafinadas sintaxis. Ellas solas. Me escalofría que se haya producido una sintaxis por cuanto pueda contener imágenes por sí misma. Por lo tanto me resisto a buscar interpretación a esta conducta instintiva que me he propuesto, negando la sucesión de todo tipo de apariencias y formas que articulan situaciones, personas, sueños, todo ese cúmulo de información grabada que nuestro cerebro nos proporciona. O bien todo aquello que se ha ido sumando a lo largo de los tiempos en materia de representaciones, casi todas interesadas para difundir algo, casi todas dispuestas para condicionarnos, casi todas agitando emociones. ¿Nos hemos parado a pensar alguna vez en la intencionalidad de las imágenes? Las recibidas y las generadas por cada uno de nosotros, estas a su vez debiéndose a cuantas navegan sin cesar por la procelosa experiencia humana. Las que nos resbalaron por la piel o aquellas que pasaron vertiginosas por nuestro lado o peor aún, las que golpearon nuestro cuerpo, revolucionaron nuestra mente y complicaron nuestra existencia. Imágenes ahogadas, imágenes que nos turbaron, imágenes que nos obnubilaron, imágenes que se apropiaron de nuestras conciencias, y de las que tanta gente no logra deshacerse jamás. Esto de escribir sin idea previa ni intención última me convierte en una especie de demiurgo de la confusión. Aun viniendo de la oscuridad nos sentimos rendidos en ella. Quiero escribir desde la nada, se me ocurre de pronto. ¿Escribir desde la oscuridad?, interesante, me dice otra voz que se ha escuchado dentro de mí. Cuando me quiero dar cuenta he llenado un folio con el estilo de letra Typewriter, que me resulta tan querida, porque sigue siendo moderna aunque sea tan anciana. Esta Typewriter que a veces produce letras a distinto nivel, sea por el anquilosamiento del brazo de una tecla o por el cansancio que acumula la vetusta máquina. Y pienso que esa descolocación, esa subida de una vocal más alta que otra, por ejemplo, es lo que le da gracia al texto resultante, más allá del contenido del mismo. Así que cuando el folio ha sido ocupado por toda la retahíla de frases, palabras sueltas, vocablos indescifrables, letras dispersas y puntuaciones náufragas que lo han enturbiado, el folio se queda sin margen inferior y sale disparado. El rodillo no quiere saber más de él y pide descanso o bien colocar una nueva hoja, eso sí, limpia, en posición recta, bien ajustada, porque el rodillo, la cinta de tinta roja y negra y, en general todo el mecanismo de la underwood, no es que solo sean precisos, sino que exigen un trato adecuado para corresponder a una buena escritura. Aunque sea escritura de la oscuridad. Escritura que se niega a sí misma. Plasmado el texto que sea sobre la primera hoja, me entran ganas de repasarlo. Pero no lo hago. Puedo aceptar lo inconexo en la fugacidad de mi pensamiento desordenado, pero leer un reflejo del mismo sería como admitir ya una imagen que no deseo poseer. Coloco, pues, otro folio, giro el rodillo, lo ciño con meticulosidad, presto atención a que la vertical y la horizontal estén armonizadas, ajusto el margen cuidadoso y necesario. ¿Alguien ha pensado en la utilidad estética de los márgenes de una hoja? ¿En la belleza de que lo escrito mantenga una distancia de seguridad con el exterior del papel? Me dispongo por lo tanto a continuar con una supuesta página dos de una publicación sin imágenes que no narren un episodio, que no devaneen con una fantasía, que no se deshagan de ansiedad por un anhelo, que no bosquejen planes ni propuestas que conducirían al caos de lo imaginario.
Los dedos han caído con pereza sobre el teclado. Página dos, digo, dialogo con la underwood. Pero los dedos no responden al cometido que se espera de ellos y se limitan a acariciar aleatoriamente, con parsimonia, concupiscentes, las letras de cada tecla.
viernes, 5 de junio de 2026
La arribada del extranjero
Una vez me sentí Bruno Ganz al desembarcar en la ciudad blanca. Entré en la fonda. Mi portugués es precario, solo chapurreo. El trato con otros marineros de tantas nacionalidades le hace a uno saber algo de todas las lenguas y a la vez de ninguna. Pero nos entendemos entre nosotros. Ante la mujer que atendía la taberna no hubo necesidad de muchas palabras. Usted querrá una habitación, dijo. Asentí. Aquí siempre hay sitio para gentes de la mar, siguió diciendo con una voz segura y a la vez dulce. Obrigado, repliqué. Tampoco le voy a preguntar cuántas noches, siguió ella tomando la iniciativa, lo cual me maravilló. El día que tenga que irse, se va. Mientras, haga descanso y comparta con nosotros la estancia.
Estoy acostumbrado a tratos diferentes e incluso opuestos. Unos más huraños y otros más condescendientes. Unos más desconfiados y otros accesibles. Pero aquella fondista, con su cordial iniciativa, iba mucho más allá. Usted, dije con torpeza, es extremadamente amable. Sonrió, sin más. ¿Sabe?, continuó. Me parece justo facilitar las cosas a los que arriban. Muchos apenas saben comunicarse. Hay quien llega con timidez y quien entra como si fuera a tomar posesión de la fonda entera. Los hay presuntuosos y también prudentes. Los hay desaliñados y también quienes cuidan su presencia. Trato a todos afablemente pero pongo a cada cual en su sitio, si no saben estar correctos.
Me dieron ganas de preguntarle cuál creía que era mi sitio. No hubo necesidad. A usted le he captado al entrar, dijo. Por su mirada atenta y receptiva, por sus pasos tranquilos e incluso por su porte nada zafio. Y esa sonrisa prudente pero que trae mundo con ella. Qué menos, dije. Creo que me sentiré bien en este hostal, dije.
La mujer me guio por una escalera. Abrió una puerta y me mostró el cuarto. Estaba en penumbra pero olía a sábanas limpias. Tiró de la falleba y la ventana me ofreció un horizonte abierto donde dominaba el estuario, allá donde el límite entre este y el océano no existe. Le será de sobra conocido el paisaje, un paisaje como todos los que ofrecen panorama oceánico y, créame, es la mejor vista que tenemos. Pero esta es diferente, exclamé. No la recordaba de la última vez que pisé esta ciudad. Y, no es por llevarla la contraria, pero esta clase de paisaje también es diferente allí donde desembarque uno. ¿Sabe por qué? No por las grúas del fondo o por los muelles más o menos amplios o por el volumen de barcos, sino por la luz. La luz es parte del paisaje, y un amigo mío que vive y pinta en una isla lejana dice que la luz es realmente el paisaje. La luz condiciona todo lo demás, o mejor dicho, sabe crearlo todo.
Usted, de tantos puertos como conocerá, sabrá mirar como nadie, comentó la mujer. No crea, le aclaré, a veces ocurre que uno no tiene mirada, o no sabe tenerla, depende de los avatares que se haya encontrado en el recorrido. ¿Demasiada soledad en sus navegaciones?, arriesgó la mujer. La soledad es como la luz, si sabes manejarla te ilumina. Si no, andas a ciegas. Tampoco soy de los que llegan a una arribada y buscan las soluciones fáciles, como muchos otros. Mi alternativa es palpar las calles y escuchar a las gentes. Percibir los olores y sentir las brisas. Podría definirse un país por el viento pero también por los aromas que este traslada. Digamos, en fin, que me gusta sobreponer unos paisajes a otros. Complementarlos. Eso me llena y me tranquiliza si estoy inquieto o simplemente cansado. Ese es el verdadero lado del descubrimiento y no la navegación en sí misma.
La fondista me escuchaba con atención y parecía sentirse deudora de mis confidencias. Para mí, dijo entonces, el paisaje es también mi familia. Y cuando la familia merma o se desentiende, que de todo ha habido, el paisaje natural apacigua. Hace permanencia de lo que es ausencia. Y mire, hasta en los días de galerna allá a lo lejos encuentro belleza y, sobre todo, serenidad en su contemplación. Y en la mente retornan quienes nos abandonaron. Le dejo ahora deshaciendo su petate, y luego le diré los horarios de comidas.
Aquel recibimiento lo percibí con asombro y no miento si digo que con cierta contradicción. Me aportaba seguridad y a la vez había algo en el trato de la mujer que despertaba en mí una recuperación de lo que estaba privado hacía tiempo. Rechacé la idea de aproximarme a fantasías, que no podía ni debía manifestar indiscretamente. Volví a justificarme. No puedo decirle cuántos días pasaré aquí, solté sin quitar la vista del exterior. Eso es cosa suya, no se preocupe, me interrumpió. Dese tiempo para pisar el suelo en lugar de las aguas. Sobreponga unos paisajes a otros. Busque su propia intimidad en todos ellos. Me pareció que ironizaba exageradamente cuando a continuación remató: acaso decida cambiar la constante movilidad del mercante por otra vida anclada pero no menos aventurada y desconocida.
No recuerdo qué siguió haciendo Bruno Ganz en las escenas de la fonda o en el caminar por la ciudad blanca. Pero yo tenía la sensación de ver este arribar mío con nuevos ojos y con sensaciones frescas.
* Óleo de Gregorio Prieto. Marinero y mujer.
jueves, 4 de junio de 2026
sábado, 30 de mayo de 2026
La última dulzura
No puedo ya sino musitar unas débiles palabras. Pero estas, que apenas salen como baba, aún fluyen, cada vez más apagadas e inermes dentro de mi mente. Una mente que se va desgastando y que me aleja de lo que fui. Porque parte de esa mente, que ha ido acumulando recuerdos de cuanto he vivido, se traduce en este momento en el todo. O en la nada, a medida que se evaporan las imágenes. La carencia total me acecha y a la vez me serena. Hace mucho tiempo que aquella otra visión que rigió mi existencia, la de los proyectos para un futuro que cada vez se enmarañaba más, fue acabando en un camino cortado. Los razonamientos me han ido abandonando. La tentación de las pasiones, tuvieran que ver con el poder o con el amor o con el conocimiento ansioso, me han dado la espalda. El interés por los bienes ya venía siendo reducido desde hace tiempo. Hoy, ahora, solo puedo percibir la dulzura del instante. Una dulzura que no es transmisible, aunque mi boca lo intentase o mi mano pergeñara la escritura en un intento de narrar las sensaciones. No sabría decir si esta apacibilidad que degusto es placentera o si se trata de un efecto de la pérdida de mis capacidades. Me siento poseído por un sosiego que supera cualquier percepción con los sentidos. O al menos no responde a lo que los sentidos me han aportado durante mi vida. Sentir va quedando fuera de mis apreciaciones. Y una vez que pierda el reducido vigor de estas me habré disuelto seguramente, sin que ello me preocupe en absoluto. Este estado, cada vez más confuso, no entiende ya ni del ejercicio de pensar ni del de sentir. No sabría definirlo, ni tengo fuerza para intentarlo. Podría decirse que apenas soy ya un individuo pensante, como no lo soy sufriente. ¿Será esto el abandono que había escuchado mencionar en otros casos? Ni siquiera me veo acuciado por la necesidad de repaso de lo que ha sido mi vida. ¿Para qué? Una vida que no se ha diferenciado en el fondo de la de otros. Una vida agotada que no tiene la necesidad de ser explicada, y que quien lo intente desde fuera de mí errará en los detalles. Ahora, sumergido en esta lasitud que me va desproveyendo de lo que fui y de lo que aparenté ser, me invade una oscura y amarga risa. No hay explicación alguna para el hecho de haber sido hombre, que no sea el accidente, la rueda biológica que imparable ha ido transformando a los humanos. Sí se explica la fragilidad de cada individuo de la especie, que solo se siente manifestado y justificado en cuanto tiene y persigue tener. No solo bienes, territorio, personas que dependan de él, todo eso que configura un cierto grado mayor o menor de poder. Nos persigue a todos la imagen caprichosa de pretender poseernos a nosotros mismos. Y erigirnos en sujeto y objeto de nosotros mismos por encima de todas las cosas. Puedes si tienes es la máxima que ha guiado siempre a la humanidad, y yo no me he librado. Hasta este instante de la pérdida de mis energías. Pero es precisamente la pérdida imperiosa la que reserva aún un ápice de conciencia para decirme: viviste con la imaginación, tanto o más que con el deseo. Que los demás individuos vivan de análoga manera ya no me da ni frío ni calor. Es en la privación definitiva, me digo, en esta caída prácticamente sin percepción sensorial, donde entiendo lo que he debido ser. Mi cuerpo ha sido mi propio tiempo experimentado. No ha habido misterio alguno. Todo solo fue un complejo y veleidoso dejarme llevar.
* Jean-Louis David. Marat asesinado. 1793. Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica. Bruselas.
miércoles, 27 de mayo de 2026
Ay de los vencidos inocentes
*Luca Signorelli, La resurrección de la carne. 1499. Catedral de Orvieto
martes, 26 de mayo de 2026
viernes, 22 de mayo de 2026
Tú me miras yo te miro
Me miran a todas horas. Ingenuos ellos que creen que solo soy un lienzo. No me veo como lienzo, pero tampoco me veo como soy. Esto es una ficción pero a todo espectador le gusta observarme como aquel que existió una vez, por ejemplo. Un pintor se empeña en representar la realidad, o su concepto de realidad, y le da a los pinceles. Él mismo no se engaña porque sabe que tal vez la misma referencia ya es de entrada dudosa si no falsa. Un pintor toma sus referencias, un paisaje o un individuo o un acontecimiento épico o una narración mitológica y plasma su propia versión sobre un lienzo. Luego la posteridad lo toma como la verdadera representación de lo que hubo o no hubo, de quien fue o nunca existió. Pero el pintor siempre inventa, aunque en muchos casos haya proximidad fisonómica e incluso fisiognómica con un personaje, porque el modelo nunca es representado como es, sino como se le parece. Pero si no hay modelo, ay entonces, el pintor tiene todas consigo, el libre albedrío de contar la vida de alguien o de una ciudad o el desarrollo de una batalla como le place. La gente mira y admira, aunque sea una sospechosa admiración. La gente mira y no hace aprecio. Inclusive puede llegar a despreciar. Yo, desde mi pose falsa me entero de todo. Esas miradas individuales dicen mucho sobre quien las dirige. Las grupales son otra cosa, a mi modo de ver más deprimente. Parecen ser la suma de cada componente del grupo que escucha contar la historia del cuadro, mi historia o supuestamente la de mi época, qué sabrá el cicerone de mí, y asiente tontamente y pasa a otro cuadro. La mayoría no utiliza el tiempo para detenerse y mirar con el pensamiento, y no solo con los ojos. Mirar con el pensamiento es algo muy exigente. Es querer saber. Más, es querer comprender un poco al retratado o a lo expuesto con detalles más o menos comprensibles. Mirar es también, además de un acercamiento a lo que ve, dudar. Si un cuadro no suscita duda o escepticismo y se le toma a pies juntillas lo más probable es que se perciba una verdad fingida, inexacta. Claro que a muchos visitantes eso les da lo mismo. Porque el visitante quiere ver un cuadro como él supone en su fuero interno, aunque el cuadro diste de la mirada del visitante. Y así una mirada superficial va a ser olvidada. Unas características o unas fechas o una anécdota dibujadas en el cuadro van a ser postergadas. Y esa gente, cuando vuelva a su casa contará que estuvo en tal museo de tal ciudad y para de contar y se queda tan ancha, con la alevosía de querer demostrar no sé qué a sus vecinos. Porque la mayoría no habrá retenido casi nada, ni buscaba retener. Pero esa otra minoría que llega, esas otras individualidades que se aproximan a ti, y te miran con la mirada del pensamiento y algunos incluso con mirada emocional, hasta de afecto, esas escasas personas que te dedican un tiempo de diálogo, y yo les correspondo, saben de los latidos del cuadro, de mis propios latidos que revierten en ese observador escrutador y agudo. Y es esa confluencia de miradas, esa receptividad mutua que mantenemos cierto tipo de visitante, me haya buscado o le haya sorprendido mi aparición, y yo, la que nos hace sentirnos vivos. Él o ella viven desde su búsqueda incesante de las emociones en las imágenes de los museos. No les importa si la emoción se manifiesta con curiosidad, horror o afecto, pues todo les impresiona. ¿Y hay algo más interesante que dejarse impresionar con sinceridad? La impresión percibida es la puerta a querer saber más, a querer acercarse más a lo desconocido, a vivir en lo desconocido e incierto durante un rato más o menos prolongado. Y a mí, desde este cuadro en que parezco ser pero solo aparezco como el que no fui jamás, me llegan los sentidos con que me obsequian los que se han acercado afectivamente. Si los colores y los barnices no estuvieran sujetos tan firmemente, probablemente mi imagen se diluiría ante ciertas miradas y tantos pensamientos que no solo me inquieren sino que me aprecian. A veces fantaseo que me diluyo y que todos los colores de que me compongo, ¿no soy acaso una colección de colores?, y todas las líneas sinuosas que configuran mi forma, ¿no estoy perfilado precisamente por infinidad de trazos?, pasan al rostro del visitante que me contempla arrobado. Como si mi rostro quisiera ser sustituido o el del otro pretendiera hacerse con el mío. Y me interrogo sobre cuál de los dos será entonces más auténtico o más engañoso.
* Thomas Gainsborough. Retrato de Gainsborouh Dupont. 1770-1775. Tate Gallery, Londres. En depósito en The Frick Collection. Montreal.
martes, 19 de mayo de 2026
Entre Venus y Marte
sábado, 16 de mayo de 2026
Los lascivos
"Susana era muy delicada y hermosa de rostro.
Y los malvados la mandaron descubrir (porque venía cubierta) para por lo menos ansí hartarse de su hermosura".
* Libro de Daniel, XIII, 31-32. Versión de Casiodoro de Reina de 1569.
lunes, 11 de mayo de 2026
Monólogo con toque sofista sobre el vacío
Tendemos a pensar el vacío como un espacio. Desde el momento que lo vemos como espacio le adjudicamos una imagen, o varias. Nos gusta concebir el vacío como ocupado, ¿no es sorprendente? La paradoja: llenamos el vacío, pero el vacío verdadero no se deja. ¿O será solo que lo desplazamos? A nosotros nos parece que sí, pero es nuestra percepción, que da la medida de nuestros límites al tratar de comprender un todo donde no cabe lo que no es. Obviamente, lo no existente es incomprensible por su propia naturaleza, o mejor dicho, por carencia de cualquier clase de naturaleza. Así que a todo lo habido, por haber y por no existir jamás, adjudicamos imágenes. A lo tangible y a lo imaginario. A lo que consideramos beneficioso y a lo perjudicial. A lo que nos gusta invocar como protección y a lo que nos causa pánico y buscamos la huida de ello. A lo susceptible de ser comprobado y a lo que jamás se comprobará porque es inexistente. Vivimos en un mundo en que las imágenes, las que encontramos y las que generamos, lo invaden por doquier. Lo saturan. Desde el principio de los tiempos humanos hemos ido generando imágenes duales, unas con más aproximación a la realidad, otras totalmente imaginarias. Cuando lo hacemos en exceso con la imaginación es fantasía. Grandes y amplios conceptos de la humanidad son fantaseados. Provienen del vacío, habitan el vacío, como si este fuera habitable pero a nosotros se nos antoja que sí, y pretendemos dar vida a tanto concepto como si hubieran existido físicamente. Al hacerlo los convertimos en objeto. Un creyente religioso, por ejemplo, ha convertido en objeto mental sus propios dioses y sus derivados. Ha construido pluralidades y singularidades en esto de dar forma y adjudicar contenido a sus seres animados. Para unos los animales o los fenómenos de la naturaleza fueron tema de concebir sus divinidades. Otros tuvieron que dar forma humana a esas criaturas a las que concedieron orden superior, a imagen y semejanza de las propiedades humanas, de nuestros vicios, virtudes, pasiones, trabajos, incluso características corporales. Los dioses siempre han tenido nuestros rostros, con expresión realista o abstracta. En las religiones más elaboradas, digamos, la parafernalia abunda. Las liturgias, los santorales, los libros sagrados, sus imágenes sacras, la doctrina. De un vacío, y un vacío no es espacio, se ha pasado a un territorio. Los humanos habitamos tantos territorios, todos provienen de la misma naturaleza pero a la vez generan nuevas naturalezas. Pero el mundo de las ideas es diverso y no por muy laico que pretenda ser se libra de generar fantasías. Mundos ideales, sistemas perfectos, armonías incluso preexistentes en lejanas y supuestas culturas, idea muy falaz por cierto, edenes perdidos que algunos quisieran recuperar. Y detrás de todo esto, ¿qué? Una visión pesimista, seria, rigurosa, apesadumbrada, despótica ante tanta ficción o bien una actitud risueña, escéptica, irónica, hasta hedonista si se puede. Ni una ni otra visión esperan nada que no sea el flujo de un acontecer cotidiano y la tensión de una capacidad de resistencia. Pero es de temer que ni siquiera ambas estén libres de reconfortarse. La realidad siempre se mira en el espejo de la fantasía. ¿O es al revés? Ah, la ficción y la fantasía, esas compañías humanas tan reales.
* Pedro Pablo Rubens. Demócrito y Heráclito. 1603. Museo Nacional de Escultura de Valladolid.
sábado, 9 de mayo de 2026
El instante detenido
domingo, 3 de mayo de 2026
De compañero a compañero
jueves, 30 de abril de 2026
La mirona (o el mirón)
No dejaba de mirarme. O era yo quien no dejaba de mirarla. El debate era largo. El aula se iba llenando de humo. Cada cual de cuantos nos reuníamos allí interveníamos o bien por turno o bien espontáneos. Estas intervenciones improvisadas causaban siempre expectación, aunque no gustaban a todo el mundo. Había quien exhibía su liderazgo y quien aspiraba a ser reconocido. Yo era de los híbridos. Ni sentaba precedente sobre otros ni me veía con madera de héroe. Además distaba de ser alguien analítico, que trae los deberes hechos y propone con cálculo. Mucho menos se me hubiera ocurrido pretender ser seguido en mis propuestas. Recuerdo que en una ocasión en que estuve a punto de ser secundado no solo en las palabras sino en los hechos fui atajado contundentemente por quienes detentaban poder sobre la grey. Claro que si no llegan a reducir mi planteamiento radical el lío habría podido ser fenomenal y, de paso me hubiera quedado yo sin trabajo o pasar al tribunal pertinente; o ambas situaciones. Riesgos de juventud que aún no conocían el precio de lo que se vendía por ahí.
En esta reducida asamblea apenas me quedaban ínfulas de otro tiempo, pero sí el estilo y cierto empuje, no sé si ingenuo o utópico, que acaso es lo mismo, por pensar que hay verdad allá donde los individuos se agrupan y buscan soluciones. Otro asunto es que ello conlleve acierto y avance. Pero así era el empeño colectivo entonces. Yo mismo me sorprendía de mis sugerencias. Lo que exponía se me acababa de ocurrir en aquel mismo instante y allí había dado rienda suelta a la inspiración. Si tenía ideas más digeridas que, digamos, traía de casa, yo aumentaba su relato con aplomo, a veces con osada virulencia. Afortunadamente pocas veces cuajaron mis ocurrencias que solían acabar diluyéndose en planteamientos más realistas de quienes tenían más que yo sus pies en el suelo.
No tardé en darme cuenta de que aquella mujer estaba pendiente de mis intervenciones. ¿Sería por lo que yo planteaba o por mi manera de expresarme? ¿Aceptaba el torrente de mis anhelantes ideas o la forma apasionada con que volaban? Ella no mostraba una expresión especial, sino más bien anodina. Cara de póker, que dicen algunos. A mí no me parecía ni neutral ni ignorante. Cuando yo había terminado de hablar se quedaba unos instantes mirándome. Y aunque ninguno de los dos interviniéramos había una convergencia de miradas cada vez más frecuente. Por momentos incisiva y duradera. Solo quien ha pasado por espacios de coloquio donde participa cierto número de personas sabe que el poder de las miradas va acompasado con el de las palabras. Que a veces los ojos rubrican las bocas. O bien las desdeñan, expresándose ellos solos con más claridad.
Los líderes conocen muy bien el paño. Por las caras que pone el auditorio saben si están respaldados o no. Hay una especie de comunión entre los oradores y el resto que habla menos o permanece mudo pero aquiescente. Una propuesta bien acogida suscita movimientos verticales de cabeza, sonrisas y un gran destello colectivo, como si el resto de participantes fuera un solo ojo. No recuerdo si lo que se hablaba en aquella reunión tenía entidad, ni mucho menos si cuanto se iba aceptando podría llegar a buen puerto. No recuerdo porque yo iba perdiendo interés en los temas tratados, aunque fingía aceptablemente. Ella intervino poco y cuando lo hizo me pareció de una sensatez radiante. Sus palabras eran precisas. Sus ideas, constructivas y moderadas. Su actitud se mostraba humilde. Sus aportaciones buscaban el cauce templado de otros asistentes, sin renunciar por ello a sus propias limitaciones. Su juventud me parecía menos lejana. Sus puntos de vista contrastaban con los míos, aunque fueran en análoga dirección, pero ello me llevaba a ceder y comprender más abiertamente nuevas ideas.
No sé si fue en aquellos instantes en que la mujer había tomado la palabra, ya a punto de terminar el encuentro, cuando desconecté de la reunión, y ya digo que con mucho disimulo, para estar pendiente de observarla atentamente. ¿Le sucedía a ella lo mismo? ¿O me borraba de aquel marco colectivo para hacer valer sus tesis? Cuando hubo que votar las proposiciones dejé de tener personalidad autónoma. Me negué a mí mismo e ignoré mi anterior discurso. Esperé a ver hacia dónde se inclinaba ella para a continuación optar yo por idéntica resolución. Creo que se dio cuenta de la provocativa renuncia a mi personalidad. Porque estaba cediendo mis puntos de vista a los suyos. Incluso me pareció percibir una sonrisa críptica no exenta de retintín. Las sonrisas hablan con una precisión sincera que no suelen conseguir las palabras. Las sonrisas delatan atracciones o antipatías, según el sesgo que tomen. Las sonrisas juzgan sin el compromiso de dar explicaciones razonadas. ¿Me echaría en cara las contradicciones en que yo había incurrido?
Dime que lo que has votado ha sido por convicción personal, me dijo cuando todos nos levantamos. Fingí sorpresa. Sonreí con gesto enmascarado. Naturalmente, respondí crecido. Ella atacó. Pero has votado propuestas que no habías aceptado cuando interviniste. Eras tan convincente, solté para su perplejidad. ¿Yo, que he hablado lo justo?, se defendió con tono de reproche encubierto mientras íbamos camino de tomar un café que iba a ser el primero de cuantos vinieron después.
* Jesús Molina García de Arias. La bella. 1943. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
lunes, 27 de abril de 2026
La temeraria
No hagas que no se sabrá. Y mira que te lo advirtió ella. La más experimentada de la vida. La más asentada tras una juventud aventurera. ¿Te lo decía porque te quería o porque temía por ti? Acaso amar a alguien, en cualquiera de sus formas de cariño, implica recelos, preocupaciones e incluso miedo. O sobre todo miedo. No hagas que no se sabrá. Pero no hacer ¿es negarse a una misma la posibilidad de decir no a otros? Tú no has percibido todavía toda la dimensión del riesgo. Y cuán extendido está incluso entre lo que parece bajo control o que carece de amenaza. Te hallas lanzada, y se entiende el acicate innato de tu juventud, a todo aquello que te fue prohibido. No es que seas inconsciente ante el poder que existe repartido por doquier. Sabes de sobra lo que fueron las invectivas del padre y sus castigos. Conociste pronto los traicioneros asaltos de alguno de tus hermanos. Supiste de las aproximaciones descaradas de algún que otro clérigo que, aprovechando la influencia sobre el fervor de tu familia, tuviste que sortear con decisión. Y con sumo asco. No quiero nombrarte ya tus experiencias laborales en aquel taller en que alguno de los jefes o sus secuaces arreadores te acosaron sin tregua. Los odiabas. La huida. Tantas veces la huida es el mejor mecanismo de defensa. ¿Encararse a otros? También. Decisivo para derribar al otro y para erigirse una a sí misma. Pero sin duda conlleva peligro. Entonces el poder del otro puede manifestarse de modo extremo. Difícil optar. Y, sin embargo, en cuántas ocasiones hay que reaccionar rápido para salvar la situación. ¿Otra vez huir de nuevo? Te repele la simple idea de tener que huir ante cada muestra de un poder ajeno que, no obstante su magnitud, no estás dispuesta a aceptar. No hagas que no se sabrá. Una expresión que te parece odiosa y que te viene a la cabeza. Y cuestionas, como cuestionabas cuando lo escuchabas de aquella persona que te amaba, qué hay que hacer y qué no hay que hacer. Y qué es que sepan de ti y si te da lo mismo en unos casos, porque no arriesgas nada en ellos, y si te refrenas porque puedes jugar con fuego. Buscas entonces la protección de la tribu. De los que piensan y dudan como tú. De quienes quieren dar pasos sin negarse su opción de negar cuanto significa y aplica poder. ¿Será suficiente? ¿Durará para siempre el apoyo mutuo del grupo? No piensas en ello, simplemente porque no puedes alcanzar a ver todavía cómo pueden acabar los pequeños mundos de refugio. Entonces, ¿hasta dónde llegarás en tu temeridad? No voy a reprobar tu conducta expuesta. He pasado por ello y sé que es necesario hacer. ¿Cómo, si no, poder detener ese ejercicio patrimonialista de quienes quieren tener nuestras vidas en sus puños?
Egon Schiele. Mujer sentada con la pierna izquierda levantada. 1918. Galería Nacional de Praga.
sábado, 25 de abril de 2026
Se lo merecen
miércoles, 22 de abril de 2026
Lúdicas transgresiones pubescentes
domingo, 19 de abril de 2026
Los amargores
miércoles, 15 de abril de 2026
Devastaciones conscientes y sensibilidades inconscientes
Cualquier imagen de destrucción me repugna, los medios se alimentan de la destrucción, a veces pienso si no se causará tanto daño de bienes y vidas solo para satisfacer a los medios, para alimentar las vísceras hediondas de cada cual, solo con ver que muy pocos opinan y menos condenan la destrucción ya cunde mi desaliento, solo comprobando que los grandes poderes lejos de detener los estragos los incentivan, bien directamente o bien pasivamente al permitir que se cause tanto mal, se siente uno impotente, y acaso el error personal sea precisamente permitir que cuanto acontece negativamente en el mundo tenga repercusión en este espacio tan reducido, que a nadie importa y que es el cerebro particular, o mejor dicho, su lado sensible, aunque hay quien me dice es que estás dotado de una conciencia exigente, y yo digo más que la conciencia se trata de los sentidos, siempre es lo sensorial lo que nos hace saltar, bien porque el sistema nervioso acuda ante un golpe o una herida o bien porque nos dejemos afectar por sucesos inmediatos o alejados pero que percibimos con ansiedad, y es que de la palabra conciencia se ha abusado con amplitud, cuántas veces nos reñían de niños ante una travesura o una dejadez, nos reñían o peor aún nos amenazaban, tienes que ser consciente de lo que haces, porque aquella advertencia era una amenaza, y más adelante llegamos a escuchar de gente que no dudo que fuera bienintencionada pero sí muy repetitiva y no sé hasta qué punto ilusa que había que tener conciencia de clase, aunque siempre creí que quien más o quien menos se daba cuenta de a qué clase pertenecía, y mayormente pertenecíamos a la misma, pero supongo que hablar de conciencia de clase pretendía incentivar la rebelión contra la propia condición y que, naturalmente, debía pasar por rebelarse contra el orden de la clase minoritaria que dirigía todo el entramado, y ya en el marco laboral se nos decía tenéis que ser conscientes de vuestro trabajo, vuestra conciencia es la conciencia de la empresa, como si la empresa fuera un individuo y no una estructura mercantil compleja pero con claras intenciones, pero ya se sabe que a los gurús les gustan las metáforas en que sus creaciones productivas, sus entes generadores y rapiñadores de recursos y cotización bursátil, sean personificadas, como si ello humanizara su actividad, y a la larga uno se ha ido apercibiendo de que eso de la conciencia es un concepto si no vacuo en tantas ocasiones sí al menos un concepto comodín, útil para justificarse y no pocas veces para ocultar el verdadero valor de las cosas o de los hechos, pues todo el mundo se reclama de una conciencia aunque unas conciencias sirvan para enfrentarse con otras conciencias, porque todos alardean de tener su mejor conciencia, y ello suele llevar a competir, a disputar, en fin, a matarse entre humanos, y este argumentario mío del que soy más consciente, nunca mejor dicho, a edad provecta, me hace ver que lo que he ido incubando no es más que la fuerza de uno mismo, mayor o menor, adaptación y cambio, reacción y refugio, pues eso llamado conciencia que nadie acaba de explicar muy bien cómo es, si es, cómo se forma, si se forma, dónde se ubica, si realmente tiene suelo bajo sus pies, se trata de un vocablo que baila por todos los ámbitos, así pues puedo conceder y dar por hecho que estoy dotado de una conciencia muy receptiva, acaso excesivamente delicada para encajar las brutalidades, unas veces ocultas y otras estallando por doquier ruidosamente, que la vida y el mundo cotidianos nos trasladan, nos infligen, y aún me considero un afortunado porque lo peor aún no ha llegado, como les ha llegado a tantos que ven sus domicilios desaparecidos, sus ciudades derruidas, sus habitantes expulsados o asesinados, siendo las ciudades una exposición de carencia y precariedad, una fuente de epidemias o de hambrunas, un ejemplo de fracaso cuando se erigieron como triunfo, y me hago cargo, para rebajar la presión que percibo, que todo asolamiento no es nuevo en el tiempo que lleva la humanidad, tan largo y desigual, donde los humanos han circulado en diagonal a lo largo de los territorios que componen el planeta, y sabiendo que donde ayer no hubo nada de pronto se erigió una urbe, y donde han existido ciudades antes o después volvió el erial primitivo, y es que la tierra está humedecida por lloros y sangre, impregnada de levantamientos y de hundimientos, rociada por llegadas y secada por expulsiones, y todo ha venido siendo una constante, pero ahora nos hacemos los nuevos y nos manifestamos perplejos, falsamente sorprendidos, y permanecemos indolentes, estúpidamente apáticos, y en efecto escudados tras una indecente cuestión de sensibilidad que no sirve para nada o, mejor dicho, para permitir la barbarie.
*Giulio Romano, Zeus fulminando a los gigantes. Sala de los Gigantes. 1532-1534. Palacio del Té. Mantua.
domingo, 12 de abril de 2026
Las hermosas trabajadoras
jueves, 9 de abril de 2026
Oscuro enamoramiento

%20marinero%20y%20mujerv.webp)







%20(2).jpeg)

.jpg)







