"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





miércoles, 4 de agosto de 2021

Postal desde Baalbek (Serie negra, 15)

 


Queridos Else y Joachim. Por fin en nuestra anhelada Baalbek. Nuestros sueños se han quedado muy lejos de darnos una idea aproximada de lo que es esto. Por supuesto que cuanto se nos ofrece supera a lo que nos habían relatado los viajeros seculares. Todo tiene otra dimensión cuando te encuentras cara a cara con la belleza. Todo transciende las propias medidas de las arquitecturas y los trazados. La luz, penetrando a través de los múltiples vanos de estos templos. El viento, que trae voces claras y susurros melancólicos desde el pasado. La quietud, pues son pocos los audaces que se atreven a llegar hasta aquí. La altivez de las ruinas, imperecederas no obstante algunos de sus materiales fueran utilizados para otros usos. La armonía, que sobrevive a destrucciones y abandonos. El silencio de los hombres, que obliga a meditar. El olvido puede ser a veces un buen aliado, aunque se quejen de él los que habitan en la Bekaa. Vicki, a la que le gusta contemplar desde todos los ángulos posibles la vida y la historia,  dice que el olvido es consustancial a todas las tierras de este Oriente siempre conflictivo y cambiante. Que es lo que da la medida de la verdadera devastación. Que es el precio que pagan las culturas ancestrales a las civilizaciones posteriores a las que no supieron ni pudieron acceder. Tal vez toda la riqueza cultural desaparecida sea su estigma. Lo que queda, y que tanto nos asombra, apenas es un eco, unas huellas. Estamos hospedados en una fonda acogedora, a pesar de los mosquitos y ciertas carencias que tampoco nos importan demasiado. En las comidas y en el trato con los del lugar percibimos la variada herencia, tan sabia como generosa y abierta, no solo de los antiguos sino de quienes ocuparon estas tierras ya en tiempos modernos. Los humanos no han dejado jamás de moverse de unas regiones a otras. Con su bagaje de saberes, de sentimientos y de recursos para sobreponerse y adaptarse a lo nuevo. Permaneceremos aquí unos días, ya que Vicki conoce de su tiempo de estudios a uno de los arqueólogos de Turingia, que se ha ofrecido a enseñarnos más allá de lo que ve el viajero ocasional. El siguiente destino será Tudmur, más al norte, nombre que no os sonará de nada, pero si digo Palmira seguro que ya es otra cosa. Dicen de este lugar que es más bello aún que Baalbek y con historias muy interesantes. Nuestra mirada se queda corta y el entorno nos posee con su exuberancia arrebatadora y misteriosa. El pasado invita a informarse, pero sobre todo a reflexionar y sacar conclusiones sobre el tránsito de civilizaciones cuyas vidas aún permanecen en el enigma. Creo que esto aporta más a nuestro pensamiento y a la actitud ante lo existente que cualquier religión o idea visionaria. Aquí sí que encontramos un vínculo con la naturaleza y con los humanos, y por lo tanto una explicación acerca de cualquier clase de divinidad generada por los humanos, en tiempos en que todo está quebradizo. Os iremos contando. Mientras, contemplad la fastuosa portada de esta postal y soñad con lo que tuvo que ser en su día Baalbek. Vuestro amigo Gustl.




(Baalbek. Entrada del Templo de Baco, hacia 1890-1923)

lunes, 2 de agosto de 2021

Aquellas ceñidas gabardinas (Serie negra, 14)

 


Yo conocí a uno que usaba gabardina ceñida. Solía seguirnos y si mirábamos para atrás se paraba a encender un cigarrillo. El pobre no se daba cuenta del ridículo que hacía. La gabardina era un uniforme inequívoco aunque, eso sí, no tenía la prestancia del uniforme de un guardia. Tenía otras prerrogativas, por supuesto. Entrar gratis a un espectáculo, pasar por una casa de lenocinio sin pagar, apostar en una timba clandestina sin inquietar a los habituales, irse de juerga algunas noches diciendo a la esposa que estaba de servicio y era imprescindible su presencia. Como otros de su quehacer fingía que tenía más poder que el inmediato de poner el oído, seguir a sospechosos, detener a alguien o llevar a cabo un interrogatorio, deficiente por otra parte. Esas cosas que hacen creer a un individuo que es algo más de lo poco que es, solo por sentirse arropado por ciertas instituciones. Porque por encima de él había un jefe y luego otro y así una escalinata piramidal de jefes. No había sido del régimen, y hay quien dice que muchos años antes le habían visto agruparse con gentes que ahora se perseguían, pero se había adaptado con calificación. Como lo hubiera hecho con cualquier otro régimen, el caso era medrar. Cada régimen tiene sus propios medradores, capaces de saltar en una especie de metamorfosis superficial de uno a otro. Su aspecto, cuando le conocimos, era más aparente que real. Presencia de intimidación. Bocazas y gruñón si te interrogaba, amenazante y con aires prepotentes, pero dejaba lo sucio para otros menos instruidos que él. Lo mío es investigar, utilizar el cerebro, dejaba caer en ocasiones a sus amigos para ocultar el horror que le producía la sangre y la repulsión hacia la violencia extrema con los detenidos. Soy un hombre culto, leído y escribido, acababa diciendo con sorna, aunque en muchas ocasiones se le escapaba en serio el participio incorrecto. Aquel tipo se empeñaba en seguirnos muchos días y nosotros jugábamos con él. Nos separábamos en la esquina de una calle que daba a una glorieta en la que convergían varias calles más. Entonces él tenía que decidir tras quien iba. ¿Cómo elegir? ¿Seguiría al barbudo del libro? ¿Al de mejor presencia? ¿Al desgreñado nervioso? ¿Al que tenía pinta de seminarista rebelde? ¿Al mecánico que las manchas de aceite le habían creado una impronta como a él la gabardina? Cuando pasó todo y se había disuelto la funesta brigada, me aseguró que se dejaba llevar por el olfato. Vivíamos ambos en la misma vecindad. Pero el olfato no le dio muchos triunfos, le decía yo. A ver, ¿con cuántos acertó? Algunos de los nuestros cayeron, pero no fue por obra suya. Y él bajaba la voz y adoptando un aire humilde me respondía: yo pude haceros caer a todos, pero había algo dentro de mí que me impedía llegar a ello. Pero usted nos seguía, nos investigaba, anotaba nuestros pasos, no me diga que todo eso lo hacía por entretenimiento, con las posibilidades de ascenso que hubiera podido llevar a efecto. Entonces el personaje, que parecía otro sin su gabardina identificativa, callaba, sabiendo que yo no me creía sus justificaciones. Ahora, mucho tiempo después, me doy cuenta de que mira hacia atrás cuando camina, o que cambia de ropa con frecuencia, como si temiese que su oficio negro de antaño pudiera pasarle factura. Y, sin embargo yo, que le temí, a pesar de mantener todavía, qué absurdo, cierta prevención con él, hago lo posible por no guardarle rencor.




(Fotografía de Leopoldo Pomés)

sábado, 31 de julio de 2021

Aquel mensaje ambivalente (Serie negra, 13)

 


¿Es una cita o es un poema? Una cita puede ser un poema y un poema puede ser una cita. Depende de lo que esperes de cada mensaje escrito. Tú, ¿qué esperas? Yo no espero, solo leo. Déjame leer. Te dejo pero depende de si quieres que sea un poema o una cita. Prefiero la cita. Tal vez te pierdas entonces el poema. Porque pueden ser incluyentes, pero también lo contrario. Qué duda. Te propongo no elegir, sino que algo exterior a nuestros deseos decida por nosotras. Eso tiene poco mérito, es como si cediéramos nuestra personalidad a la moneda al aire o a los posos del café. Pero, ¿acaso no es arriesgado poner en manos del deseo una de las opciones? Lo es, y por eso es emocionante. ¿Quieres decir que perseguimos emociones? Perseguimos que las emociones propias nos lleven a las emociones de otros. Como una confluencia, quieres decir. Tal vez como lo imprevisto. Analizar cada palabra, línea a línea, de lo que pone este mensaje desmonta las posibilidades de disfrutar de la emoción de lo desconocido. Probemos entonces lo desconocido. Probemos si un poema lleva más lejos que una cita. Intentemos si una cita reúne en sí algo más que un poema. Qué indecisión. ¿Lo habrá planteado él así para dividirnos? Tal vez, y no me hace gracia alguna que compitamos entre nosotras. Él puede echar su suerte a dos bandas y nosotros tenemos que acogernos solo a una. Eso ya es conflictivo para nosotras. ¿Y si le devolvemos la apuesta doblada? ¿Cómo? Decidir que tú eres el poema, por ejemplo, y yo la cita. O a la inversa. Entonces le partiremos a él. Tendrá que optar. ¿Y si está planteando que uno son dos y dos son tres? ¿Y si lo que pretende es que los tres seamos uno? Tendrás valor tú... ¿Tú no? ¿No será ir demasiado lejos? Ah, yo no me quedo atrás. Respondamos, pues, al mensaje. O mejor, acudamos sin más a la cita. ¿Dónde dice que es la cita? No dice lugar. ¿O de quién es el poema? No pone nombre del autor. Una vez más las emociones a la papelera. Una vez más las emociones pendientes. Los deseos se hacen de rogar. Sí. Salvo que...Oh, sí.



(Fotografía de Elio Ciol)

miércoles, 28 de julio de 2021

Cuánto llevas (Serie negra, 12)

 


Me sentía como un robó cuando hacía la calle, me dice Fernanda. Todos lo mismo. Que cuánto llevaba, que qué hacía, que si con cama o sin cama, que si era en un piso de los alrededores. Y yo repitiendo las mismas tarifas, aclarando lo que ya estaba claro, dando las mismas señas, una y otra vez. Siempre he creído que muchos no venían a informarse sino que los pobrecicos buscaban la proximidad por si caían migajas. Porque yo era de las que tenían pudor y reglas, y nunca traté mal de primeras a ningún hombre, pero luego estaban las zalameras, las que cogían la mano del preguntón o que ponían la suya donde al hombre se le supone, para tentarle, para inclinar la balanza de la duda. Markétin pero sin clase. En este oficio o te hacías valer o eras de usar y tirar. Y no lo digo solo por el cliente de paso, sino por las otras, por los protectores y aprovechados de las otras, por los de la brigada, que te pedían que fueras chivata o se lo hicieras gratis. Fernanda habla sin afectación, retirada del oficio pero bondadosa como pocas de los amigos que le han quedado, más allá de las solicitudes. Ella vive en el primero y yo en el último, desde donde se puede contemplar las agujas de la catedral. Yo pongo el café y tú las vistas, me dice a veces para hacer tertulia. Necesita rememorar y ser escuchada.  ¿Sabes?, yo tenía mis fieles. Si ellos me respetaban yo les respetaba y nunca me aproveché. Sabía perfectamente si quien acudía a mis servicios era funcionario, catedrático, cura, militar o simple paleta. Si estaban casados, solteros o viudos. Sus maneras de hablar, de vestir, de mirarte y sobre todo de oler delataban sus ocupaciones. Por supuesto, había los urgentes, a los que nosotras llamábamos los del shangai, que se creían de recorrido largo pero eran de despacho rápido, y luego los morosos, que no acababan ni de empezar, y también aquellos que se quejaban de todo, que si muy cara la atención para lo que les habías hecho, que si lo intentamos de nuevo sin pagar otra vez, como si una fuese cáritas. Podría hacer una lista de tipos y no te lo creerías. Los había accidentales, que no exigían ni ponían reparos. Pero a mí me atraían los tímidos, qué se le va a hacer, aunque algunos explotaban su timidez para que yo fuese más cariñosa. Me gustaban los sinceros, que apenas hablaban pero que se abrían y se dejaban abrir con sus maneras tiernas. Algunos decían que venían a aprender del amor, y yo les decía: chico, esto no es la academia de corte y confección y no doy títulos. A muchos jóvenes se les notaba enseguida que iban para casarse y necesitaban no mostrarse torpes ante su novia. Pobres. Cosas del macho peninsular, que dice mi amiga Pepa. Los peores eran los cohibidos, los acomplejados, aquellos que no sabían si iban o venían, y que a veces salían por pies, pero para mí los más cómodos. ¿Y qué decir de los viejos? Regateando y exigiendo hasta el último instante, menos mal que caían en el primer asalto y huían despavoridos. ¿Que si los había imaginativos, me preguntas? Más que imaginativos eran charlatanes de fantasías, pero yo les cortaba rápido. Todo tiene un precio superior, a medida que la calidad del producto es más alta, les aclaraba a tiempo. Fernanda se apoya en la barandilla del balcón. Ah, si yo hubiera tenido estas vistas cuando me ganaba la vida entre los adoquines. Pero fue lo que fue y la vida no vuelve. Un consuelo: no vuelve para bien pero tampoco para mal. O eso espero. Y apura la taza de café, que no aquella de achicoria que dice que ella tomaba en otro tiempo. Pero que era depurativa, asevera.




(Fotografía de Joan Colom)

domingo, 25 de julio de 2021

España y la dignidad, 1950 (Serie negra, 11)

 


No sé bien si la dignidad es una cualidad, un atributo, un derecho o una apariencia del ser humano. Filósofos, moralistas, políticos y religiosos la han traído y llevado para sus usos y justificaciones desde cátedras, discursos, gobernaciones y púlpitos. De hecho es un concepto variado, con diversos significados. Con frecuencia se ha enarbolado el término para ocultar o no reconocer situaciones reales de hondo calado. La pobreza, por ejemplo. La Real Academia dice que dignidad, en el sentido que yo busco, es la cualidad de digno. Y digno significa merecedor de algo. Parece una definición fría y tajante, pero es muy precisa y a mí me parece que justa. El pobre sería, por lo tanto, y aunque no lo precisara la RAE, un individuo o colectivo de individuos merecedores de algo. De algo más. Simplemente, de salir de la pobreza. Ello ya implicaría más precisiones. España está subdesarrollada, se decía hace unas décadas. La cualidad digna de aquella España sería, entonces, salir del subdesarrollo. En realidad los términos desarrollo y subdesarrollo fueron eufemismos para ir ocultando la basura de la pobreza y de la miseria. O las pobrezas y las miserias, que de ellas habría que hablar en plural. La física, la moral, la política, la cultural. Las fotografías antiguas ilustran a la perfección la vida, mejor que las palabras. La fotografía de una familia digna -pobrísima seguramente pero digna- se revela así como una apariencia. 

Sus medios de sostenimiento serán muy escasos pero hay que ver la dignidad y el orgullo de los padres, dice el médico en la tertulia vespertina. ¿Y el tesoro divino de todos esos hijos despiertos, qué angelitos, verdad?, apostilla el cura. Así me gusta la madre, firme en el cuidado de la prole y entregada de lleno a sus labores, comenta el alcalde nombrado a dedo por el gobernador de la provincia. ¿Qué me decís del padre, con esa prestancia y altivez que parece que fuera un mayoral en lugar de un pocero?, juzga el orondo cacique con más hectáreas. ¿Y lo alimentados y sanos que se les ve a todos? suelta el boticario. La raza española, siempre tan digna y bizarra, señores, pone la guinda el secretario municipal que acaba de sumarse a la partida. ¡Órdago!, salta estrellando los naipes sobre la mesa.    



(Fotografía de Carlos Saura)

jueves, 22 de julio de 2021

Atenea, la que empuña la jabalina (Serie negra, 10)

 


Se lo dije a mi amigo. Tenemos perdida la partida de antemano. Ellas son imbatibles. Han colocado las bolas para que creamos que van a hacer una jugada simple. Luego se desmarcarán y harán otra. Fácil que simulen que son torpes y es ahí donde nos habrán tendido la trampa. ¿Crees que estas dos dejarán que tomemos la iniciativa para ponernos después la zancadilla?, dijo mi amigo apurando el brandy. Yo diría que son expertas en representar que están a la defensiva, respondí. Pero saben calcular muy bien los pasos. No te hagas ilusiones. La de gafas de sol no te mira a ti. Y su compañera le susurra un movimiento táctico. Les gusta impresionar. Por ejemplo, creerse Atenea empuñando la jabalina tras el parto de Zeus. Guerreras pero protectoras, enérgicas pero cultas. No nos conviene ir a su terreno si ellas no quieren. Cualquier desliz podría causarnos una desgracia, como la de Marsias al descubrir a la diosa bañándose desnuda. Mi amigo se dejó tentar por cierto nerviosismo. ¿Y qué tiene que ver aquí la mitología?, dijo. Nada, lo que yo quiera ver o soñar. No salía el hombre de su extrañeza. ¿Cómo puedes saber lo que ellas pretenden? Mira, simplemente porque he jugado otras veces y he perdido.



(Fotografía de Leopoldo Pomés)

martes, 20 de julio de 2021

Los aplausos cónicos (Serie negra, 9)

 


Siempre he pensado que el aplauso tiene forma geométrica. Debe ser que muchos comportamientos humanos están modelados por la geometría, de modo análogo a como lo están los órganos del cuerpo. Un aplauso colectivo es cónico. Como un altavoz antiguo. Como un embudo. Como la luz de una linterna. Como la cima de un volcán. Como los cascos de los guerreros mongoles. Como los rayos de un transparente de iglesia barroco. Como un capirote de penitente o de condenado inquisitorial. Como un cucurucho de feria. Como la proyección luminosa de un flexo en el interrogatorio policial de una novela negra. Como el vórtice de un huracán. Como un clarín. Como una mirada cautivadora que se apodera de tu mirada. Un aplauso parece responder a un acuerdo. Pero no lo es necesariamente. Puede tratarse de una orden encubierta. ¿Recuerdan la claque en los viejos espectáculos de teatro? Un aplauso quiere demostrar la satisfacción que produce lo que se dice en un acto. Un aplauso es un premio al que luego la prensa añade aquello de fulanito fue recibido con aplausos y acogido con calor humano. Un aplauso puede ser un disco rallado, como los aplausos enlatados de un telefilm de comedia. Un aplauso acaso sea manifestación de agradecimiento. Mas ¿espontánea o preparada? Un aplauso debiera ser todo lo contrario de un pitido, y sin embargo cuántas veces no confluyen en un hermanamiento, supongo que cónico, la percusión y el viento. En mi niñez aprendimos a aplaudir antes que a leer. Las monerías son anteriores al ejercicio lector. Cuando pasaba el tirano en su Rolls blindado aplaudíamos (nos hacían aplaudir, o bien: teníamos asumido de motu propio aplaudir) Cuando el Séptimo de Caballería llegaba para liberar a los defensores del fuerte aplaudíamos (si se cortaba la proyección por defecto de la película pateábamos, que es otro ejercicio de percusión interesante) Cuando el ciclista escapado de la Vuelta aparecía en un repecho de la carretera sudando la gota gorda. Cuando los nuestros ganaron...ah, ¿pero quiénes eran los nuestros? Y los nuestros de entonces ¿son los nuestros de ahora? ¿Seguimos teniendo a los nuestros? ¿Por qué me convence ahora tan poco la expresión los nuestros? Y así hay a lo largo de la vida una sucesión de cuandos a los que concedíamos el aplauso. Los aplausos resuenan contra las paredes que acogen a los propios aplausos, porque la mística del aplauso se atiene también a una ley física. Los primates aplauden ante situaciones de logro y de gozo y me quedo pensando en lo buenos enseñantes que son. De ellos aprendieron las sucesivas especies que acabaron estableciéndose en esta nuestra. Que el aplauso haya devenido en un extendido ritual, bien suene más apagado o bien resuene más eufórico, lo que hace es demostrar cuán gregarios somos. Capacidad de arrastre del aplauso. Capacidad de arrastre de quien se beneficia del aplauso, que suele ser alguien tras las discretas bambalinas de nuestras vidas. Aplaudimos entre la muestra de satisfacción y la concesión al reconocimiento del otro, de aquel que es objeto del aplauso. Pero realmente, ¿qué y a quién aplaudimos cuando aplaudimos? El aplauso como redundancia. Y como resonancia. Cónicas, por supuesto.



(Fotografía de Nicolás Muller)

domingo, 18 de julio de 2021

Los dedos de la pianista (Serie negra, 8)



Adoro sus dedos de pianista, hermana. Admiro la labor de soporte que ejecutan sobre sus labios, antes de que salgan de estos una palabra inadecuada. Usted mira un punto del horizonte próximo que le altera. Si es debido a una ligera conmoción, a una duda que le asalta o a una situación difícil de interpretar nos lo debería decir usted. Pero no lo hará. Por recato, pues ha aprendido a proteger sus pensamientos. Por pudor, pues quiere ser modesta consigo misma. Por humildad, pues sabe que no debe envanecerse. Por el mismo autocontrol que le han enseñado durante el noviciado. Está en esa edad fronteriza entre ser sincera por instinto o verter una opinión conforme a unas reglas. La entiendo perfectamente. Yo también fui así, aunque mis votos laicos mudasen persiguiendo experiencias. Porque para mí recorrer el mundo fue ir también al encuentro con lo desconocido. En eso usted y yo nos parecemos. Por caminos diferentes queremos saber de lo incógnito. Sus dedos de pianista no envidian a una pianista de oficio. ¿Sabe que los míos no difieren mucho de los suyos? Mis dedos interpretan la sinfonía de Dios, me dice usted esforzándose en la prudencia. No sé responderle porque yo no sé interpretar tal sinfonía y ni siquiera sabía que estuviera compuesta. De momento los míos ejecutan ya composiciones propias de la edad. Sus notas tienen la inspiración que el reumatismo de mis ancestros me han ido legando poco a poco. Pero claro, a usted y a mí nos separan años. ¿Sabe? Los años son también notas del universo. Tienen su música, su letra, sus variaciones, sus arpegios. Y los tramos del camino unas veces van de andante, otras de moderato, a veces suena allegro, en ocasiones peligrosamente prestissimo, y poco a poco todo se torna largo. Mis dedos ya lo han ido comprobando. A usted, hermana, aún le queda recorrido, aprovéchelo. Y aunque piense que se ha adaptado para siempre a un tipo de música que cree que merece su entrega total a veces notará que algo dentro de usted desafina. ¿Qué hará entonces? ¿Limitarse a contemplar sus dedos de pianista que van perdiendo su finura? ¿Repetir sin creatividad alguna los viejos sones, cada vez más imperfectos, más inseguros, más monótonos? ¿Permanecer sorda o, lo que sería peor, insensible a sus voces interiores desconocidas? Me ha agradado conversar con usted en esta distancia que va de ficción a ficción y a la que los seres humanos llaman realidad. 



(Fotografía de W. Eugene Smith)


jueves, 15 de julio de 2021

El hombre que veía en dos direcciones (Serie negra, 7)

 


No es ninguna novedad que todos los individuos disponemos de dos rostros. Con ello queremos decir que somos capaces de manifestar conductas opuestas que no sé si revierten precisamente en el fácil conocimiento y comunicación de nosotros mismos y del prójimo. En mi caso no es una metáfora de circunstancias, sino que es un hecho físico incuestionable y secreto. Una de mis caras mira hacia adelante. Otra hacia atrás, generando un movimiento rotatorio porque ya se sabe que el campo visual es muy limitado. ¿Que si soy un monstruo? En absoluto. La propiedad feliz de la que me dotó la naturaleza es que solo yo sé de la existencia y posicionamiento de los dos rostros. Nadie más observa rareza alguna más allá de mi cabeza rapada y mi gesto formal. 

El que disponga de dos caras no quiere decir que me encuentre en guardia permanente, ni que utilice el don para jugar malévolamente a dos cartas con el prójimo, que podría hacerlo, ni que pretenda beneficiarme de informaciones que pueden llegar de manera anticipada a las que recibe el resto de los humanos. Digamos que el uso que hago de mis dos rostros es meramente contemplativo. Por ejemplo, puedo estar al borde de un acantilado contemplando delante de mí el mar y su bravura. Pero a la vez estoy disfrutando con la visión de espaldas de la ondulación de un monte, una actitud que para todo el mundo supondría una elección. O contemplas el monte o te quedas con el oleaje. Para mí no. Para mí es cómodo y completo llenarme de ambos horizontes. Me pasa parecido cuando camino por la calle y me encuentro con conocidos. Para cualquiera de vosotros o recibís al que te llega de frente o prestáis atención a quien te va a abordar desde atrás. Yo me porto correcto con mis amistades, me vengan por donde me vengan, sin hacerlas de menos. Ellas, sin saber mi secreto, lo agradecen porque de este modo no abandono precipitadamente a una para atender a la otra. Mis dos caras son condescendientes y me hacen quedar bien. Ah, y la satisfacción de no tener que elegir entre preferencias.

Pensaréis que tiene que ser un lío para mi cerebro. Que procesar dos visiones contrapuestas o diferentes debe generar ansiedad y desequilibrio. No lo percibo de ese modo. Por supuesto, los humanos estamos obligados siempre a elegir, siquiera por un instante o respecto a algo nimio, sin mayor trascendencia. Obviamente hay muchas ocasiones en la vida en que situaciones de envergadura o graves nos ponen en la tesitura de optar y a veces sin posibilidades de una marcha atrás. Por supuesto, a mí también me sucede alguna vez. Pero la doble y temporizada contemplación de ambientes contrapuestos me facilita disponer de un estado de ánimo presto a digerir con mayor seguridad los grandes momentos de la existencia. 

Es probable que a medida que os cuento todo esto sintáis envidia o, simplemente, que no me creáis. Hace poco me ha sucedido algo extraño. Era un día de luz intensa. Caminaba por un lugar apartado y tranquilo. Hay que favorecer el ejercicio de la contemplación personal. De pronto ante mí apareció una mujer, agradable y hermosa, que me dijo de sopetón que era la vida. Así de categórica. La sorpresa y el asombro de mi rostro de delante lo debió notar ella porque rápidamente se justificó. Soy la mujer sin tiempo, la que permanece, la que no sabe de dejadez ni de abandono, la que ni aumenta ni disminuye. Su imagen, frágil pero saludable, y sus palabras optimistas se armonizaban al unísono mientras yo permanecía atónito. Pero a su vez mi otro rostro, el que mira hacia atrás con tanta agudeza como el frontal, me ofrecía una visión distinta. Una sombra densa, imprecisa al principio, luego más próxima, se acababa ajustando al perímetro de mi cuerpo. Esa sombra, cuyo calor me abrasaba, tenía todos los rasgos y características de mis órganos, mis dimensiones, mis gesticulaciones. Fue muy contundente refiriéndose a la mujer oferente que me había hablado por delante. Ella te ofrece eternidad y yo te digo adiós. Pero ella miente. Qué difícil fue para mí en ese instante sujetar el desafío de la mujer atrayente que revelaba su intemporalidad y a la vez sentirme incapaz de ignorar a aquella sombra que me arañaba con ansia, pegada ya a mi propio volumen, dispuesta a arrancarme a tiras la piel, diciéndome sin decirlo que era yo mismo mermado y desprovisto. 

Yo lo entendí de inmediato. Fue un instante de dilema. Ahora pienso que un aviso. ¿Cómo puedo corresponder con dos caras a la vida y a la muerte a la vez?, comenté en voz alta. La vida, o la mujer que se decía vida, me dijo entonces: rechaza tu otro rostro y quédate solamente con el que me ve a mí. Mas la sombra que me agarrotaba lo oyó, y exclamó sin contemplaciones: no podrás vivir exclusivamente con el rostro que mira hacia adelante, pues entonces ya no serías depositario de ningún don, y la naturaleza no te reconocería. Además, yo te alcanzaré igual, pues al perder uno de tus rostros te sentirás peor que los humanos comunes y tendré más fácil mi posesión sobre ti. Le respondí a mi sombra impune: es la mujer que me ofrece vida la que me permitirá sobrevivir, y si tengo que elegir no dudaré. Entonces la sombra, mi muerte, me respondió con cierta cólera: ¿es que aún no sabes que lo que mata es la vida?




(Montaje fotográfico de Aleksandr Rodchenko sobre Georgi Petrusov, 1933)

lunes, 12 de julio de 2021

Tras la última noche con Gerda (Serie negra, 6)

 


La dejé apacible. Me habían llamado para cubrir una operación de tropas cercana y salí de madrugada. No sé quién tiene más obsesión por capturar imágenes, si yo o ella. De hecho hay infinidad de tomas que no sabemos ninguno de los dos quién las hizo. ¿Tiene eso alguna importancia? Ayer Gerda se encontraba exhausta y es mejor que se haya quedado. Cuando despierte rabiará. Me llamará oportunista, infiel y otras pestes, y se calmará. En esta funesta guerra hay oportunidades para la leica a todas horas. Antes de partir me he quedado un rato contemplándola. Qué hermosa durmiente. La postura en escorzo de su cuerpo hubiera sido una pose sugerente para un pintor barroco de los que han abundado hace siglos en este país roto. Me conmueve su abandono al sueño. Ha mascullado algunas palabras, ininteligibles, intranquilas. De vez en cuando cambiaba de posición con cierta violencia, y se retorcía como si toda ella fuera parte de la arruga de las sábanas o de su pijama. No me imagino que su piel juvenil, tan tersa y delicada, pueda verse estriada y reseca dentro de unos años. Aunque vete a saber dónde estaremos de aquí a unos años, con esta vida tan insegura como azarosa que llevamos. Apasionante sí. Por eso aprovechamos nuestros encuentros. No he levantado la mirada de Gerda mientras dormía. Ella también suele observarme a mí. Una vez desperté mientras su rostro dulce parecía cuidarme como un ángel. Pero hoy me siento extraño. ¿Y si no la volviera a ver? ¿Y si la partida al frente me tiene deparada una sorpresa maldita? O bien a ella, que le gusta ir a su aire. No solemos pensar en las desgracias personales. Si lo hiciésemos nos faltarían arrestos para hacer nuestro trabajo. Y un arrojo con precaución es parte del oficio. ¿Cómo pararnos a pensar en el riesgo cuando una situación nos pide que hagamos de notarios de la historia? La gente a la que apoyamos se lo merece. Ese tiempo que he dedicado a admirarla, que me ha hecho sentirme enamorado de la mujer yacente tanto o más que de la activa, me ha sorprendido. No soy dado a conceder patente de creencia a las intuiciones. Soy más bien de reflejos, porque evidentemente el día a día hace que agudices instintos. Pero esa sensación nerviosa que he tenido al acariciar su costado antes de irme me ha dejado preocupado. A veces me hago preguntas. Ambos participamos de mil preguntas y buscamos justificar nuestros actos con mil respuestas. Las respuestas nunca están en nuestra mano, suele decir Gerda. ¿Por qué estamos en este país que antes jamás habíamos conocido? ¿Qué nos reclama? ¿La justicia maltrecha para que hagamos lo posible por restituirla a los legítimos? ¿La defensa de los miserables? ¿Nuestro carácter aventurero? ¿Todo lo que está sucediendo en nuestros países de origen? Ay de nuestros países de origen. Nosotros que somos apátridas. Que no reconocemos otra patria que la Humanidad, dice Gerda. Pero hoy la Humanidad está aquí, por eso estamos nosotros, y por eso hay gentes de todas partes que hacen causa con este país. ¿Será suficiente? He recordado estas conversaciones y he salido con cautela de la habitación. Me llevo en el corazón el sueño de la durmiente.





(La fotógrafa Gerda Taro en imagen de Robert Capa)

sábado, 10 de julio de 2021

El horror de una piltrafa (Serie negra, 5)

 


La paliza, el escarnio, las balas, mi cuerpo desplomado. El agua me mantiene a flote. No a mí, sino a los restos en los que ya no habito. He aquí una masa informe, un contorno desfigurado por la vísceras que han abierto mi abdomen, una hinchazón de la que huyen los peces. Mi pensamiento ha volado conmigo, mi conciencia ha emprendido la fuga. ¿Qué sentido tendría inquirir en lo vivido si lo que ya no soy solo sabe testificar como esta masa inerte, desposeída de un pasado y, por lo tanto, de sus apariencias? Paradoja. Llega un momento en que un hombre deja de ser un hombre para ser una piltrafa. Si pudiera recordar pensaría en mi madre. Su grito agudo al verme, no a mí, sino a esta basura, rasgaría su vientre. Tal vez dijera: te daría de nuevo mi entraña para que seas el hombre que debiste ser. La vida de un hombre no nació -no debió nacer- de cada madre para que acabara en desecho. ¿Abortarían las madres si supiesen que sus hijos iban a terminar convertidos en una ruina repudiada, vilipendiada, susceptible de odio y rechazo? Ese no es mi hijo, pensaría mi madre. No lo hice así. O bien, ¿cuándo emprendiste aquella senda que te condujo a la deriva? ¿O tal vez fui yo, tu madre, quien hizo caso omiso de tus andanzas o aprobé por interés tus decisiones, ciegos como estábamos todos en un mundo en el que no queríamos ni sabíamos ver? Digo ciegos, diría mi madre, diría yo, y no engañados. Esta fría humedad que no siento. La frialdad del abandono, aquí, en la acequia, la frialdad del desprecio absoluto, la frialdad de la repugnancia que sentirán hacia mí otros hombres. Y el cuerpo maltratado que se irá corrompiendo no tendrá otro mérito que seguir el curso de la naturaleza que se disuelve. Se han cruzado tantas crueldades. Mejor que nadie reclame mis restos. Mejor que mi madre, si ha sobrevivido, no sepa de mi degradante fin. Mejor que esté desprovisto de un nombre, de un pasado, de un recuerdo. Ni el olvido supondrá para mí la expiación.





(Guardián de las SS ahogado fotografiado por Lee Miller)

jueves, 8 de julio de 2021

La fotógrafa que se duchó en la bañera del asesino (Serie negra, 4)

 


Dicen que era el baño y la bañera de un gran asesino. Ella llegó allí, persiguiendo imágenes. Para una fotógrafa una guerra es una pléyade de imágenes en constante y contradictorio movimiento. A mí me daría repelús meterme en la bañera de un criminal de la talla de aquel personaje. Pero necesitado te veas, decía mi abuelo, probablemente también el de la fotógrafa. Los sudores, la suciedad acumulada, los piojos, el cansancio, el encuentro con el amante que anda aquí al lado, bien valen un buen baño. Hay algo más. La euforia de saberse entre los vencedores proporciona el gustazo de ocupar la casa deshabitada. La fotógrafa lo debió de sentir así. Cabe que pudiera ser todo un montaje de ocasión, es decir, que los fotógrafos saben poner en pie una escena y perpetuarla, sea cual sea su verdad. Ahí a la vista las botas de la guerrera y la ropa o un macuto sobre la banqueta. En distancia la pose del personaje propietario del baño echa un pulso visual con una escultura de mujer desnuda cuyo significado no me alcanza. No los veo en diálogo. Ni al dictador ni a la bella neoclásica de mármol. ¿Real? ¿Trucado? ¿Todos los objetos se encontraban in situ? Qué importa. Sumergida en el amplio recipiente impoluto la mujer dirige la vista a un extremo del baño que no se nos precisa. Se abstrae. Pendiente del aseo y laxa en su ejercicio, repasa el entorno. Transcurren pensamientos fugaces, intuidos, probablemente inexactos, en su mente. Se hace preguntas. ¿Cómo sentiría aquel hombre, responsable de tantos crímenes, el baño? ¿Se trataría de una expiación? ¿En algún momento se vería abocado a la contrición por sus actos malvados? La abluciones siempre han tenido una antigua y larga interpretación de limpieza de culpas. Pero este individuo, se le ocurre a la fotógrafa, ¿se sentiría limpio de culpa tras el baño? ¿Lo utilizaría solo como coartada? ¿Se trataría de una limpieza formal para encajar su cuerpo en un uniforme de los múltiples que tuvo, cual disfraces? Él, que era tan esotérico y oportunista que incluso llegó a robar un símbolo ancestral, originario de la India, para hacerlo símbolo personal, de su partido y de su gobierno malditos, ¿tuvo alguna vez intención de purificarse? ¿Llegaría alguna vez a comprender el sentido de rotación de la vida que encarnaba la antigua simbología? La fotógrafa medita a la vez que se frota los hombros. Las metáforas no sirven para revelar la verdad, piensa. Mientras, la 45 División de Infantería del Séptimo Ejército de los EEUU la espera para incorporarse a la tarea. David, su partenaire, está cerca. Se tientan.



(Lee Miller fotografiada por David Scherman en la mansión de Hitler en Munich)

martes, 6 de julio de 2021

El hombre del sifón (Serie negra, 3)

 



Me gusta el término francés bon vivant. Si yo fuera de la Real Academia lo acogería castellanizado y unificado en un vocablo como bonviván, aunque soy consciente de que su uso es minoritario y ya sabemos que la RAE solo asila palabras de uso generalizado. Y no siempre. Además no es un término futbolístico de masas ni de nuevas tecnologías que la gente va haciendo circular, y el lado hedonista de la vida de algunos individuos siempre ha sido un tanto menoscabado. Cuando no condenado como pecado, capaz de arrojar a sus practicantes a las tinieblas exteriores. Aunque el bon vivant que empuña un sifón parece haberse arrancado aquí por una jota, que no dudo que pudo aprenderla en alguna ocasión, más bien me da la impresión de que está pidiendo que llegue la ración de ajoarriero. Seguramente el personaje tenía sobradas tablas, y enarbola el portentoso recipiente, entonces de uso y de moda, no como amenaza pero quién sabe, que le convierte en el centro del universo. O al menos de la mesa. Tuviera lugar la escena en Casa Marceliano o en otro lugar el gringo hace por sentirse de la idiosincrasia del suelo que pisa. No hay nada que más hermane que la comida y la bebida. Y el canto acompañante. Son placeres compartidos que no hay que ocultar a las miradas ajenas, y que pueden ser envidiados por muchos. El ademán cariñosamente energúmeno del personaje sujetando el sifón hace pensar. Pronuncio una, dos, tres veces sifón. Dos sílabas donde el sonido fricativo y la acentuación aguda apenas obligan a abrir los labios. Qué palabra vinculada al comer y al beber que se ha perdido. Qué objeto desusado, que a estas alturas se me antoja -piropo de la nostalgia- que no carecía de belleza y técnica. Qué misterio el de aquel agua carbonatada que nunca me agradó y que duchaba el vino tinto. Qué ejercicio ágil el de pulsar la palanca, a veces con intención aviesa de empapar al personal. El hombre del sifón parece tomar carrera para un lanzamiento. O tal vez sentía ya latir la pulsión de su Boss calibre 12, de dos cañones, que un tiempo después iba a utilizar contra sí mismo. Sin fiesta, sin celebración. A veces los bon vivant (mejor no castellanizo) acaban de manera turbulenta.



domingo, 4 de julio de 2021

Los caballeros toman limonada (Serie negra, 2)

 



Diríase que esos cinco señores que están tomando un refresco no se lo están pasando bien. A tenor de sus rostros y el mutismo que muestran ante la presencia del fotógrafo no se puede decir que sean grandes amigos. Pero es engañoso, pues les vincula una intensa complicidad. Sin embargo, es como si de pronto el hombre de la cámara les hubiera pillado en un renuncio. Ninguno de ellos esboza un gesto amable, ni una sonrisa condescendiente, ni un rictus relajado. Más bien parece que todos tratan de escabullirse. Pero acaso no están fuera de juego, aunque transmitan esa impresión. Facciones agrias y ausentes, pues. ¿Asunto de negocios? ¿Problemas de familia? ¿Agotamiento por la jornada? ¿Duelo por algún fallecimiento? La gravedad de esos rostros, tras la que se intuye una contención severa, hace presagiar que aquello que se traen entre manos no es amable, ni feliz, ni desinteresado, ni tienen la seguridad de que vaya a salir bien. En ese silencio colectivo hay una gravedad especial, seguramente única. De ellos dicen los cronistas que tres eran capitanes, uno comandante y el otro nada menos que general. Así, sin uniforme, no lo parecen, pero hay algo especial en todos ellos que indica que están acostumbrados a dar órdenes y a acatarlas. Pero por sí mismo ese rol profesional no indica mucho más, pues militares había en buen número en la época de la fotografía. Lo que les otorga una característica especial es que todos ellos son conspiradores. Y uno de los cinco, en concreto, el mayor conspirador y no solo del grupo. ¿Tal es la razón de que todos se muestren con el ceño fruncido, la mirada incierta, la postura desinhibida, el aire taciturno? Obscura mística la de estos hombres. La imagen tiene ochenta y cinco años. Primeros días de julio. La terraza de un café en la plaza principal de una capital de provincias del norte del país. En vísperas de las nombradas fiestas con encierros de aquella recoleta ciudad. En vísperas de algo más.


viernes, 2 de julio de 2021

Un cuento retrógrado, que no solo pretérito, y además esdrújulo (Serie negra, 1)

 



Se llama Conchita. ¿Cómo se iba a llamar si no? Es la más pequeña entre las pequeñas y le gusta desfilar porque todas desfilan. Es hija de aquella que está mirando para otro lado, allí entre las mayores. Es observadora, pero discreta. No entiende bien por qué las mayores hacen descansar la mano izquierda sobre la muñeca del brazo derecho y las pequeñas deben hacerlo de manera contraria. La camarada jefa, ¡presente!, así lo ha decidido. Dice que hay grados y que en esto de la sección de mujeres hay que ir ascendiendo poco a poco para no dejar de ser mujer. O dicho de otro modo: hay que ser mujer y poner garbo, algo que las pequeñas ni saben bien qué es ni les sale. Y luego viene todo lo demás. Mujer que se conserve pura como la Virgen, mujer que conciba hijos para la patria, mujer religiosa y santa, mujer fiel, obediente y sumisa al esposo, mujer entregada a lo más sagrado que hay -¿antes o después de la Patria?- que es el hogar, mujer que haga bien sus labores, mujer que renuncie a cualquier actividad personal que no sea sino la propia de la mujer, mujer exaltada y compensada por su sacrificio, si bien no reconocida, mujer que desde la abnegación transmita alegría y cuidados y mimos a cuantos la rodean. Todo eso le cuentan a Conchita y a las otras pequeñas las mayores sobre lo que debe ser la mujer, pero ella no entiende casi nada, si bien se siente coqueta en su uniforme, presta en sus correajes, elevada en su camisa azul mahón, pudorosa con su falda larga, respaldada por el aguerrido grupo de camaradas de más edad. España tiene nombre de mujer, pero es viril, grande e indivisible, les sermonea la camarada jefa, ¡presente! Y Conchita sigue sin entender nada de nada, porque España, como dice su madre, es no pasar hambre y para eso nos hacemos de lo que sea. Pero tampoco Conchita entiende del todo a su madre, y en ese momento del desfile lo único que más teme es no saber estar marcial y recatada, con el riesgo de recibir la regañina de la camarada jefa, ¡presente!



(Encontré esta fotografía en internet sobre una parada de mujeres falangistas en Melilla en 1937, me parecía sugerente y la interpreté)

martes, 29 de junio de 2021

Los beodos y el sabio

 



Bebed, bailad, saciaros, fornicad como si fuera el último día que Júpiter nos tuviera destinado. Beodo como buen hijo del lagar en que se crio, Licinio Gneo iba por la calle de la Fortuna dando tumbos y proclamando salvación, fiel a los principios de los que se declaraba maestro en la filosofía del caos. Sus compañeros, tan adictos al ritual de Baco como él, coreaban el imperativo de cada verbo. ¿Dónde vais en esas condiciones?, les salió al paso con su bonhomía habitual Calpurcio Bensus, que había entregado su existencia a la interpretación de los astros y a la influencia de estos sobre la naturaleza, incluida la humana. Nosotros vemos más estrellas que tú, le replicó sarcástico Licinio Gneo trazando círculos con el índice hacia abajo. A las estrellas no se llega nunca, Calpurcio. Y de mirarlas no sé hasta qué punto se vive ni se siente uno vivo. Vente con nosotros a entrar en planetas más cercanos, pues no sabemos cada noche con certeza si despertaremos a un nuevo amanecer para seguir contemplando el firmamento. Licinio Gneo no se suele inmutar y menos ante borrachos, pero cuando le tocan el objeto de su dedicación fundamental se siente obligado a defender la causa. Los astros saben desde el principio de los tiempos más de nosotros que nosotros mismos, sermonea al grupo. Llevan una eternidad contemplando nuestros caprichos y nuestras adversidades. No son nuestros jueces ni nuestros verdugos. Ni siquiera juegan a portarse como nuestra conciencia. A mí me aportan calma, reflexión e interés por conocer lo que puede haber tras ellos. Eso tú sabrás, pero mientras te dejas absorber el seso por los astros te pierdes la belleza y la pasión que proporcionan los sentidos, le corrige Licinio Gneo, que puede ser un beodo pero al que no le falta retórica seductora. Calpurcio sonríe y se defiende. Nuestros sentidos o, al menos, nuestra noción de sentido, debe ser diferente entre vosotros y yo. Jamás me ha causado ansiedad el cielo y, sin embargo, me ha proporcionado una visión reposada y acertada sobre la tierra. Vosotros podéis traicionar a vuestras esposas o defraudar al tesoro público o simplemente engañar a vuestras mentes desdeñando la capacidad de conocimiento, de la que también disponéis, en aras de una definición del placer que no os procura sino desgaste. ¿O creéis que es placentero dejarse dominar por los sentidos en lugar de utilizarlos para causas cuerdas? Licinio, que advierte el tono enfadado del sabio, no es proclive a peleas afortunadamente y tampoco considera a Calpurcio un enemigo. Un punto de sensatez le dice que es mejor batirse en retirada con alguna consideración superficial, pero no menos acertada,  que rebaje la tensión y le haga salir airoso ante la tribu ebria que escucha impersonal la polémica. Si mañana, dice, vuelve un movimiento del suelo como el de hace unos años, que destruyó la ciudad y arrebató la vida de tantos vecinos, y nos devora a todos, ¿valdría de algo considerar lo que mereció la pena en la vida? ¿Haber apurado hasta el fondo los goces exigidos por la carne o haberse abstraído en el disfrute que tú dices, Calpurnio, que produce esa observación de tus mundos inalcanzables? Calpurnio recupera la serenidad y sentencia. Entonces, amigo Licinio, es elemental que no podremos decir ni valorar nada, pues si algo resulta obvio es que la muerte nos enmudece a todos. 



   

(Estatuilla de acróbata de terracota conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Tarento)

miércoles, 23 de junio de 2021

Carta del anciano duumviro Apolonio Flaco a su amigo Claudio Festo a propósito de los poetas

 



Días inciertos los que nos tocan vivir, Claudio. Este estío seco y parco en novedades amenaza con arrastrarnos a todos a la abulia total. ¿O serán pensamientos funestos propios de mi edad? 

Mi sobrino Valerio ha partido de viaje para honrar al poeta en su tumba. No volverá hasta dentro de unos días. Van a hacer entre varios orates de las letras como él una suerte de justas poéticas. La excusa es homenajear al poeta Publio, pero lo que pretenden es exhibir sus propias habilidades y festejar las virtudes y la benevolencia que proporciona la vida. Recurriendo además, supongo, a los placeres que el lugar y el instante les conceda. Esa confidencia me hizo antes de partir. Se mostraba agitado y no ha levantado cabeza del pupitre durante el último mes. Ha preparado un hatillo frágil en ropa pero abundante en escritos. 

Todo su empeño es aprenderse las obras de los grandes y recitarlas allí donde le llamen. Hacer sitio en la memoria para las grandes escrituras es un modo de aprender para guiarte en esto del vivir, remata cuando le hago alguna observación. Me tiene mareado con sus citas. Tú, romano, piensa en gobernar bajo tu poder a otros pueblos. Estas serán tus artes. Y a la paz ponerle normas, perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios. Al final yo mismo declamo por inercia versos de la gran gesta que nos transmitió el poeta Publio. Pues ¿a dónde no es capaz de llegar un cantor de las proezas de aquellos hombres legendarios que inauguraron la patria? ¿Cómo negar el valor de sus rimas? ¿Quién puede permanecer ajeno al relato de una epopeya fundacional? ¿O acaso se puede restar importancia a su tratado poético sobre el cultivo de la tierra y el cuidado del ganado, tan fundamentales para una sociedad que se precie de estar a la altura de las conquistas de sus próceres? Y así podríamos decir de otras obras del mismo vate a las cuales me es imposible llegar, porque mi vista cada vez se reduce más y el cansancio merma mis tiempos de lectura.

De ahí que me entusiasme el afán de mi joven sobrino. Aunque a veces le reprendo. Valerio, le digo, todo no consiste en empaparte de las palabras ajenas, por muy edificantes y precisas que te parezcan. ¿O crees que el poeta de tu obsesión, al que adoras como si lo hubieras tenido de maestro, habría escrito lo que escribió de no haber viajado, enriqueciendo su mente con aventuras y experiencias? Un hombre puede pasar a la historia por un solo libro. Pero ese libro no habría tenido acogida en el mundo si no hablara de la historia de los hombres. Un autor vale en cuanto hace de intermediario entre mundos desconocidos y el que habitamos. Un texto nos cautivará si quien lo escribe es cautivador. ¿O creías que la seducción es un arte que remite solo al enamoramiento? No hay arte si no hay fortaleza íntima en un hombre, porque en ella se ejercitan las capacidades y se fraguan las obras que merecen la pena. 

A veces le avasallo en exceso con esta clase de razonamientos paternales. Valerio entonces calla y con frecuencia disimula, como si los consejos ajenos, y él joven al fin y al cabo, fuesen un arma arrojadiza que hay que esquivar. Me parece, pues, formidable que Valerio se haya reunido con sus compinches de otras urbes, huyendo del clima tórrido que tenemos en la finca y, en general, en toda Pompeya. Mientras tanto trataré de no consumirme aquí de aburrimiento. A su vuelta desperezaré y recuperaré mi curiosidad, pues un anciano puede hallarse agotado pero siempre queda dentro un rescoldo de curiosidad. La curiosidad es el acicate del conocimiento. Y el saber gratifica con el goce más exquisito. Valerio es un gran estímulo para mí y anhelo su retorno. Pero si decidiera emprender periplos hacia nuevos mundos no me disgustaré. Pues sabré entonces que mis recomendaciones no habrán caído en saco roto. Fraterno Claudio, otro día te escribiré más. El día pesa y un misterioso silencio se va apoderando del entorno.



lunes, 21 de junio de 2021

Un verano más, un verano menos

 



Siempre que llega oficialmente el verano me acuerdo de aquellos veranos. Cuando el nerviosismo del niño o del joven caracterizaba una estación que se iniciaba con expectación, alegría y relajación de los quehaceres del resto del año. Luego había de todo, por supuesto, pero solo por la disponibilidad de tiempo libre merecía la pena. Si la infancia ya ha marcado y fraguado siempre de por sí a un hombre los veranos de entonces producían una impronta mayor y más intensa. Por la acumulación de experiencias, por el cambio de paisajes, por la recuperación o inauguración de amigos. Si la libertad existiera llevaría para mí el nombre de infancia estival. Suena a paradójico, porque es precisamente en la niñez cuando estabas más controlado y protegido. Pero aquella infancia y temprana juventud implicaba unos márgenes más abiertos por donde uno podía pasarse horas del día ajeno a la familia, es decir, al control. Cierto que no era fácil porque toda la sociedad estaba en aquel tiempo tan atada y controlada, y cualquiera podía pretender sujetarte. Y sin embargo aprendimos a practicar un doble juego, a transgredir, a romper normas clandestinamente, a hacer la real gana. Unos tirados a su indolencia, otros, como en mi caso, tendentes a probar aventuras, tantas veces arriesgadas. Mi verdadera obsesión era, lo sigue siendo, no aburrirme jamás. Mayormente lo lograba. Así que presto a movilizar mis neuronas y mi esqueleto, por lo tanto, las vacaciones de verano eran sobre todo un no parar. Un transcurrir sin planes, atento a que cualquier amigo te reclamase a cualquier hora. Trilla, río, fiestas, juegos, escarceos con el otro género, devoración de tebeos, narraciones orales al pie de la escalera vecinal, observación de pautas de los mayores, esa referencia latente y enigmática...Todo era una sucesión de actividades a cual más apasionantes.

Hoy el solsticio está aquí, seguiremos aproximándonos al sol para ir poco a poco otra vez alejándonos. Nada se para en el Universo. ¿Y mientras? Sucesión de veranos, relevo imparable de estaciones, caducidad de los propios años que vamos cumpliendo. Todo tiene hoy otra perspectiva, o bien su dosis de resignación, pero creo que aquellas tensiones y pulsiones que nos agitaban y nos daban vida no se han vuelto a repetir. Si acaso en algunos períodos juveniles más avanzados en que sin madurar del todo pretendíamos comernos el mundo. Como mucho construimos uno de ficción. Y valió. Llega hoy un verano más que también será un verano menos. Dualidad de la existencia. Mirémoslo con cierta añoranza y a la vez con humilde compasión. Por lo que nos va tocando. 




sábado, 19 de junio de 2021

Leer a pequeñas dosis. Hoy llegando a Wallace Stevens

 


Lo más divertido de leer puede que sea el método utilizado, que además es un ejercicio tan personal e intransferible como dicen que es el DNI. Es decir, el modo en que lo hacemos, la intensidad o levedad como lo hacemos. Leer a pequeñas dosis proporciona a uno la facultad de sentirse sembrador. Una minúscula semilla genera un fruto robusto. Un poema, no un poemario, leído poco a poco, releído y degustado, dejando luego el libro de lado, me cae mejor. Leer es tan biológico como comer. ¿Por qué cometer imprudencias con nuestro cuerpo -leer alimenta el cuerpo- llenándonos de imágenes que no asimilamos? Me pasa más los días de cansancio íntimo. No quiero entrar en si este tiene los apellidos de enfado, hastío, desinterés o indolencia. Cuando estás cansado o duermes o recurres a imágenes que masajeen tu cerebro. Un aforismo o un poema sustancioso masajean al hombre fatigado. Y a la vez activan su imaginación. ¿No es sorprendente lo dual que es cada acto humano? Ayer por la noche todo empezó por el particular método caótico de lecturas que uno se trae. Buscando explicaciones en un texto riquísimo sobre El mito de la diosa, de la Baring y la Cashford, prestigiosas indagadoras, di con una cita de Wallace Stevens: Hay un poema en el corazón de las cosas. Como el aforismo es en sí todo un poema sé que no debo proyectar raciocinio alguno. Pero no voy a evitar leer el capítulo del libro de las mitólogas donde va al frente la cita del escritor de Pensilvania para tratar de aproximarme a por qué han elegido de bandera ese Hay un poema en las cosas. Asociación posterior de ideas: del libro sobre el mito de la diosa salté al de los poemas y aforismos de Stevens. Y en este una simple frase me impactó, como lo sigue haciendo Heráclito en sus oscuros ¿o interrumpidos? fragmentos. Y no me resisto a pergeñar una leve reflexión -vivimos en la mente, escribe Wallace Stevens-  que voy a poner en El laberinto grotesco:


"Recurrente lectura la que hago de Wallace Stevens. Recurso oxigenante. Uno de sus Adagia da vueltas a mi alrededor hoy: "Vivimos en la mente", leo. Me parece estar escuchando a Heráclito. Un fragmento puede ser un discurso entero. Solo hace falta que el lector desarrolle la intención del autor -o la carencia de la misma- para que amplíe el relato. No hace falta utilizar palabras. Ya vamos sabiendo que estas habitan en la mente, procreen o no. Del mismo modo que en ese ámbito se hace dueño y señor el dolor o el placer o la capacidad reflexiva o el afán comunicativo o la sencilla relajación que nos procura calma y serenidad. Hagamos lo que hagamos durante el día y durante miles de días, la existencia es un devenir en la mente. Acontecemos en ella, transcurrimos en ella, concluimos en ella. He vivido en la mente, no hubo más, acaso me diga cuando postrado en una cama o ante el golpe feroz de un accidente sobre el asfalto mi tiempo acabe".


miércoles, 16 de junio de 2021

Pensando en mi abuela desde el Shinkansen

 



Me lo contó mi madre, a la que antes se lo había contado la suya. Mi abuela no había sido ninguna viciosa, ni aprovechada, ni intrusa. Al menos ella lo tenía claro. Si la tildaban de algo que iba contra las normas sociales mi abuela no se inmutaba. Aquel episodio de amor en los márgenes que mantenía con su amo, mi abuelo, había sido rompedor. Un amo al que había convertido en esclavo, nada menos. Extraña circunstancia. Increíble capacidad para humanizar a un hombre -¿no suena esto a paradójico?- cuya humanidad, hasta conocer a mi abuela, la sirvienta, había sido la dureza en los tratos comerciales, la sumisión a los funcionarios del Emperador, el apoyo a los ejércitos en sus aventuras, la apariencia en mantener la familia como símbolo de un poder que recubría y justificaba los otros poderes. Los que luego quebraron, qué ironía. Servir al amo era para mi abuela su trabajo. Mi madre me contaba que mi abuela había domesticado al salvaje. No estoy tan seguro. Si no lo logró del todo al menos lo llevó a un territorio muy específico en el que él era el sirviente. 

Pensar en ello, por intermediarios, ahora me divierte. Y es uno de mis pensamientos escogidos mientras me desplazo de punta a punta en la Tokaido Shinkansen. Una manera de compaginar la velocidad de los días que me tocan vivir con el tiempo pretérito. El que yo reconstruyo imaginativamente. Aunque sé que mi existencia, concatenada a otra anterior, se la debo al día en que mi abuela expulsó de sus favores al amo para siempre.


Quien desee saber de qué va la historia, recurra a Chitón.

https://ehchiton.blogspot.com/2021/06/el-amo-esclavo-de-la-sirvienta.html



(Fotografía de Yuma Yamashita, tomada de Cultura inquieta)

lunes, 14 de junio de 2021

Fabulosa Eivør Pálsdóttir




No tengo ganas de escribir hoy. Me abandono al arrebato que me causa la acústica, la vocalización y el ritmo de la cantautora feroesa Eivør Pálsdóttir. ¿A qué tiempo, a qué paisaje, a qué humanos, a qué vida, en fin, me traslada?






viernes, 11 de junio de 2021

Arístides el fabulador

 


Era considerado por muchos como un charlatán. Había quien le acusaba de ser un visionario. Tampoco faltaba alguien que le señalase como un adscrito a las nuevas creencias, lo cual no sonaba muy elegante entre las clases más tradicionales de Pompeya. Pero aquel vecino dicharachero al que acudían a escuchar niños y adultos solo se trataba de un fabulador. No es que abundara este tipo de personajes, pero merecían cierto reconocimiento. Nadie cuestionaba que un hombre capaz de jugar con las palabras y poner voz y rostro humano a los animales o a los fenómenos de la naturaleza tenía su arte, haciendo participar de sus invenciones a todos. 

Pero ¿de qué se nutría Cayo Arístides sino de sus sueños? Eran sus sueños los que trazaban las líneas de sus relatos variables. Soñaba de noche y fantaseaba durante el día. ¿No son acaso las fantasías una modalidad onírica que altera la realidad tanto o más que los sueños? Pero a Arístides le gustaba modificar las circunstancias y convertir en posible lo probable y en incertidumbre lo que en apariencia era obvio. 

Las confidencias a sus íntimos no ofrecían dudas sobre lo que pretendía. Si hablo de las cosas tales como son no aporto nada, todo el mundo las ve. En cambio, si desordeno las imágenes que las gentes tienen de lo existente y rehago caprichosamente los hechos invito a otro modo de ver y disfrutar la vida, ¿no creéis? La vida tiene que ser estimulada por una alternativa siquiera fantasiosa. Tú eres lo que eres, pero podrías ser otro. ¿Por qué no probar a verte de perro, de viñedo o de curso de río, por no decir como amo o esclavo? Sus amigos ponían entonces el dedo en la llaga. Precisamente es lo que no te perdonan algunos. Que en tus relatos hagas esclavo al amo y liberes al siervo, le decían. Esos intransigentes creen que estás proponiendo de manera encubierta revueltas contra el orden instituido. 

Y es que lo que hoy contaba Arístides de una manera a los pocos días lo decía desvirtuado o simplemente lo ofrecía con un matiz no utilizado antes. Os asombráis, decía en público, de que los animales domésticos tengan opinión en mis narraciones. ¿No habéis hablado alguna vez con ellos? Os produce temor que dé patente de humano a las bestias salvajes. ¿No es una manera de aproximarlas a vuestra comprensión? Y si a los enemigos de más allá de nuestras fronteras, que tanto os atemorizan cuando llegan informaciones de que han traspasado estas y pueden poner en riesgo urbes importantes del Imperio, los convierto en ciudadanos coloquiales que en nada se diferencian de nosotros, ¿os escandalizáis pensando que estoy abriendo la puerta de nuestra patria? Además, ¿de qué patria hablaríamos? ¿De una cerrada o de la que deben participar todos los hombres? No concibáis a los que son diferentes a nosotros, y tienen otras lenguas y costumbres, como alimañas que van contra nuestros bienes y tradiciones, pues acaso debemos aprender de ellos. Algunos me acusan al hablar así de que incito a confraternizar con las tribus bárbaras. Mas solo pretendo que pongáis algo de vuestra parte para que no mutéis vuestra alma y sobre todo vuestra inteligencia en hostiles contra sí mismas. 

Arístides se recreaba en sus fabulaciones, alternando personajes, dotando de virtudes a los que eran objeto de vicios, y de condenas a aquellos que disfrutaban siempre de riquezas y dichas. ¿Cómo podía retener tantos cuentos aquel hombre? Los tiene escritos y los aprende de memoria, no hay otro truco, comentaban los escépticos. Pero, ¿escribió alguna vez el fabulador? Dicen que Arístides había tenido orígenes cultos y sin embargo prefería que su mente no dependiera de la escritura. Lo escrito queda registrado como tal y sin embargo el mundo es cambiante. Mejor no escribo, llegó a decir en un festín a quienes se hallaban tan beodos como él. Lo mío es contar con mi boca, que es tanto como hacerlo con mi espíritu, y a mi espíritu le guía la sana intención de hacer felices a los otros. Relatar lo que se ve y lo que no se ve, lo aparente y lo encubierto, lo deseado y lo impuesto. La calle es mi pergamino en blanco. Si escribiese con el cálamo y no gustara a los príncipes o a los fanáticos de las nuevas sectas destruirían con facilidad mi obra. Opto por la palabra abierta y sonora, y si a alguien no le convencen mis historias tendrá que acabar conmigo. Algo que no me importa, pues los cuentos que he contado me sobrevivirán. 

A ese paso, Cayo Arístides, le indicaban los espontáneos, acabarás reescribiendo la historia. Y contando lo que no fue en lugar de lo que tuvo lugar. Pero el fabulador sabía salir airoso. ¿La historia? ¿No es acaso lo que nos cuentan continuamente los vencedores y las clases pudientes? No reescribo nada, solo ofrezco participar en el juego de la imaginación. Soñar despiertos por un rato. Acercarme al universo y tutearme con él. Jamás se podrá ni se sabrá interpretar la historia. Apenas pergeño para vosotros apuntes sobre ella. ¿No crees nada en la verdad de la historia?, le preguntaban con ironía. Él se lo pensaba y de pronto saltaba desarmando al interlocutor: solo creo en lo vivido.




(Pintura mural de la Villa de los Misterios, Pompeya)

martes, 8 de junio de 2021

Los últimos ideales


 

De los ideales de viejos tiempos algo me queda. El último paquete de tabaco que fumó mi padre y que decidió abandonar, ya octogenario, no sé si por prescripción médica, por voluntad propia tras haber visto las orejas al lobo o porque ya no le sacaba gustillo a la elaboración. Sospecho que por esto último. Pues si algo acompaña a la ancianidad es el cansancio y el hastío. Y ya no cabe probar cosas nuevas de ninguna clase. Las mermadas fuerzas físicas solo invitan a resistir anodinamente.

Ignoro cuánto habría de tabaco y cuánto de viruta en las elaboraciones nacionales de aquella época. El paquete azul -denominado también caldo- era supuestamente de más calidad que otro con el mismo nombre pero con el papel amarillo en los cigarros. Se les llamaba cigarros porque, aunque se podían fumar tal cual, tenían su grosor y se abrían y se liaban de nuevo. De uno podían salir dos y conocí a un vecino droguero que sacaba tres y agotaba hasta que sus dedos no podían sujetarlos. No sé si para que cundiera más el fumeque o por tacañería.

Mi padre no fumaba ni continua ni compulsivamente. Tal vez por eso nunca padeció mal alguno de los que sentencia el tabaco. Extraía del chaleco su librito de Abadie, formaba un cigarrillo menos grueso que el original, pegaba con la lengua el borde del nuevo papel con una perfección asombrosa que yo jamás aprendí y lo encendía con el chisquero. Curiosamente él abandonó sus Ideales y yo persistí ingenuamente en otro tipo de ideales cuya toxicidad solo alcancé a percibir a medias. La palabra ideal, tan confusa como traidora, es una especie de despliegue en abanico que va generando una evolución que acaba siendo involutiva. Parte de un mínimo concepto de idea, se refugia en el pensamiento por lo tanto, mezclándose con otras ideas fijas, a veces meras ocurrencias, se metamorfosea en arquetipo o modelo y, he ahí el peligro, se sublima con la categoría de un corpus a imitar, a reproducir y en el que persistir obcecadamente con el supuesto objetivo de salvar el mundo, al menos el cercano, o bien preservarlo fanáticamente, aunque los hechos vayan por otro camino.

La gente se refugiaba en mi tiempo de infancia y juventud en sus ideales. No se decía este tiene ideas, yo tengo mis ideas. No estaba bien visto pensar, menos argumentar, y era un osado quien lo intentase. No estaba permitido expresar los propios criterios. Los ideales, para quien los tuviese, eran como dogma. Se aferraban a ellos, incluso desde varias generaciones anteriores. Cuando nos fuimos dando cuenta que lo importante era tener ideas para pensar y no ideales en los que creer empezamos a cambiar, si bien nunca lo hacías del todo. Si he guardado los Ideales tabaqueros es por tener un vínculo material con mi padre. Encontrar de vez en cuando el paquete en un cajón e imaginarme al progenitor en su trance de fumar es todo uno.

Ahora que lo pienso, ¿no tenía también trampa, como todo, aquella denominación de los cigarrillos? Recuerdo que había un café nombrado El ideal nacional y algún periódico encabezado como El ideal. Incluso la utilización pija de lo ideal para definir un objeto, un lugar o una situación fue cundiendo en la década rompedora de los 60. Si me hubiera hecho entonces mod en lugar de mantener aún ciertos ideales mi suerte probablemente hubiera sido otra. Pero algunos empezamos a creer en otro concepto no menos ladino, el de Utopía. Tener lo inalcanzable nada menos. Nada era utópico, no se engañe nadie. Las utopías -nuevo y más moderno formato de ideales- las tratamos de imaginar a base de otro ejercicio y término que se acuñaba: idealismo. Ya ves. De la misma matriz.




viernes, 4 de junio de 2021

Un apunte sensitivo sobre aquel cuento de Tokio

 




Tras dedicar dos buenas horas a ver Tôkyô monogatari -título traducido al español como Cuentos de Tokio-, el filme de Yasujiro Ozu realizado en 1953, he sentido un acceso de calma. Me ha parecido increíble que a estas alturas de mi vida una película de tantas décadas atrás me haya dicho tanto. Cada vez creo más en el modo en que se desarrolla un filme. En el sentido del tiempo que un director sabe desarrollar a partir de lo que existe en la vida misma: el silencio. No entiendo de cine. Sí de las sensaciones y de los estados emocionales que se desencadenan dentro de mí. Y las vías que un argumento determinado -adobado a la perfección con una interpretación ajustada y expresiva, sin concesiones a lo sobrante- se abren en la mente. Como si uno quisiera participar de la obra que acaba de ver. Y que no puede por menos que relacionar con la propia historia personal. Se me grabaron dos frases. "Con el tiempo los padres y los hijos se alejan", dice la dulce Noriko. Mientras que uno de los personajes varones apostilla en otro momento: "Nadie puede ayudar a sus padres más allá de la tumba".


Luego descubrí un enlace en el que flota cierta referencia aquel tiempo, a aquel lugar, a aquella mujer..., pero simple y caprichosa ficción.



Adjunto enlace del filme.


martes, 1 de junio de 2021

Un recuerdo fugaz del que se va y el que se queda

 


La tarde se había instalado en el crepúsculo. La marea creciente empujaba al silencio a los escasos paseantes. Todo quedó detenido, pendiente de una expectación que no era propiedad de los hombres sino de la luz que se resistía a extinguirse. Cogí la mano del niño y le hablé. No pienses en nada. Que la humedad te haga estremecer. Que la luminosidad que se filtra taciturna te proporcione una visión diferente. Que el oleaje parsimonioso te traiga voces lejanas. Esta es la hora fronteriza. Mañana no será otro día más. Nunca hay un día cualquiera. En cualquier momento llegará un alba donde solo te verás a ti mismo, pero diferente al que eras ayer. Te esperan días rayanos y te parecerá que en algunos de ellos eres un náufrago, sometido a vaivenes y sin saber dónde sujetarte. Pero será una percepción equívoca. Yo no estaré pero tu aprendizaje te dará el apoyo que yo no podré aportar. Yo también viví un crepúsculo agitado una vez y pasó la tormenta. La aurora trajo calor, claridad, quietud. Cuántas veces puede un hombre renacer es lo que más me entusiasma. Y el niño me habló a su vez. No te vayas. Pero debes saber que si te vas recordaré siempre este momento que permanece en el apretón de tu mano.




(Fotografía del Cais das colunas, Lisboa)

viernes, 28 de mayo de 2021

La mujer obscura

 


La llamaban la mujer oscura. No porque fuera de tez negra sino porque se empeñaba en vivir en las tinieblas. 

Los cabellos enmarañados desvirtuaban sus facciones. De día ocultaba su cuerpo con un vestido largo y bruno. De noche se entregaba desnuda a los astros y bailaba al son del canto acompasado de los mochuelos. 

Procuraba pasar desapercibida. No se la conocía oficio ni familia y nadie sabía con precisión dónde se refugiaba de las inclemencias. Los que casualmente se habían cruzado con ella por alguna senda decían que era taciturna y huidiza. Nadie se atrevía a permanecer frente a la mujer oscura, aunque alardeasen de intentarlo. Pero la imaginación de los más chismosos veía lo que nadie podía corroborar. Si hace un gesto repentino de cabeza sus cabellos dejan al descubierto unos ojos perturbadores, decían unos. Cuando sopla el viento muestra una boca que se ofrece, aseguraban los voluptuosos. Algunos presumían de haberla visto caminar con movimientos tan pausados como elegantes, aquellos que solo se dan en la armonía de la floresta cuando es agitada por el viento. De ahí que hubo quien inventó la leyenda de que se trataba de un espíritu fecundado por la naturaleza y destinada a hacer crecer a esta. 

Movidos por curiosidad o por instinto obsceno, algunos hombres se apostaban de noche a la orilla del río o en lo alto de algún escarpe o junto a las divisorias de los viñedos, sospechando que ella andaba por todas partes. Sin embargo no lograban controlar sus pasos. Tal vez alguno de nosotros pueda saber algo de lo que se trae esta mujer, confidenciaban los más indiscretos a sus amigos íntimos. Pero a la mujer oscura nadie la podía ver con certeza. Ni siquiera con luna llena. En los plenilunios había un pacto del astro con la mujer por el que ella permanecía oculta a todas las miradas, especialmente a las malévolas. La luna quería que solo ella pudiera observar cómo es el mundo de las tinieblas y cómo se abandonan los hombres a sus groseros comportamientos nocturnos. La luna le protegía de acechanzas y riesgos. Prefiero ser una mujer tenebrosa, se decía a sí misma, pues no veo franqueza y bondad en el regir cotidiano de las gentes, que siempre andan a la disputa y al desencuentro, con envidias y recelos, dándose a las difamaciones y dejándose la vida en competitividades sin fin. No es precisamente la claridad aquello que ilumina las almas humanas. 

La mujer sombría se adentraba algunas noches, resguardada por las sombras, en las calles pompeyanas. Escuchaba el clamor de las quejas y los llantos, se sorprendía con el estruendo de risas y goces, ponía atención a las tensas conversaciones familiares acerca de los negocios arriesgados y también al dolor de los trabajadores mal valorados. Distinguía entre los pudientes que no conseguían ser felices y los esclavos que vivían ilusionados por obtener alguna vez la libertad. Se admiraba del ejercicio pasional de los jóvenes y se aturdía con la tozudez de los ancianos que no querían desprenderse de sus obsesión por los amores pasajeros. 

A veces tomaba la decisión irreprimible de caminar hacia el misterioso monte alto. Aquel monte anterior a todo lo habitado, aparecido allí cuando ni siquiera los héroes de otras tierras se habían detenido para fundar las urbes. Avanzaba sin prisa ni agitación, como si estuviese segura de que le esperaba un interlocutor natural que no traicionaba ni desamparaba. Atraída por aquella altura majestuosa llegaba hasta sus laderas, ascendía como si se dirigiera a otro mundo. Era presa de la excitación y la curiosidad, que no la habían abandonado desde niña. Sé que hay vida dentro de la montaña, se decía. O bien habitan allí otros hombres o es el lugar donde se refugian dioses desconocidos. Pero me llegan voces y a medida que me acerco a la inhóspita morada mis pies arden como si alguna fuerza extraña quisiera contagiarme de su energía y convertirme en una mujer luminosa. Tras un tiempo en una confusa comunión con la tierra, la mujer oscura volvía sobre sus pasos para continuar alimentando las creencias mistéricas que corrían acerca de ella por la comarca. 

Una de aquellas noches en que brillaba la luna en toda su intensidad la mujer, oculta a los ojos de los hombres, tendió su desnudez bajo los morales crecidos en la falda del monte. Lo oscuro llama a lo oscuro, pensó en medio de aquellas gotas jugosas que humedecían su piel. La calima hacía fatigosa la respiración y el suelo extendía su garra dispuesto no solo a no soltar aquel cuerpo exuberante y dadivoso sino a disfrutar con él. Aquí, entre el cielo y la tierra de la noche haced de mí vuestra esposa, invocó como si se hallara ante un ara cuyo sacrificio secreto fuera reclamado por fuerzas ocultas. Entonces creyó escuchar una voz: ¿crees que estás destinada a ser la mujer oscura para toda la existencia? Ella, que no estaba allí para esperar propuestas razonadas, no respondió. Y la voz no volvió a hablar. Las palabras de la mujer oscura son las vibraciones que este suelo me hace sentir, argumentó para sí misma. Pero, ¿y si estas convulsiones que llegan a mi cuerpo son señal de que mi tiempo de ensombrecimiento se está agotando? ¿Y si lo que me propone la naturaleza es que sea la mujer opuesta a la que hasta ahora he sido?

Se abandonó a los desconocidos movimientos que se habían instalado en ella. Hincó las uñas entre la roca. Contempló las líneas curvas que la luna trazaba sobre su piel. Se admiró de las elevaciones y caídas de su cuerpo, que se adaptaban generosas a una tierra erosionada y áspera a la que transmitía fertilidad. Como si su vida perteneciera a los propios orígenes de aquel universo. Vio a lo lejos los templos de la ciudad enmarcados por la rojez esférica y sangrante del astro que parecía devorar la urbe entera. La belleza de la vida no se detiene, se le ocurrió. Pero donde hay vida también hay fin. Dejó de lado los pensamientos y se entregó a devolver a su vez las caricias telúricas recibidas 
 




(Fotografía de Jean-François Jonvelle)

martes, 25 de mayo de 2021

Para morirse de risa o Saben aquel que diu...? (Presencia de Juan Muñoz en Oporto)

 



La escultura de Juan Muñoz en el Parque Joao Chagas de Oporto se presta a que el espectador sea contagiado por los reidores. Estos, que no tienen nada de estático, no obstante estar constituidos de duro metal, transmiten calidez locuela. El bueno de Eugenio habría dicho automáticamente: Saben aquel que diu...? Pero la risa no responde siempre a un chiste. O acaso es que la vida es un chiste e incita a tomarla a chufla en muchas circunstancias y oportunidades. La risa es una actitud contradictoria. Responde a estímulos instintivos, independientemente de cómo piense, crea o actúe cada individuo. ¿Son iguales esos cuatro? Solo en un aspecto se sienten igualados o, mejor dicho, vinculados: en que algún hecho o dicho hilarante para su mentalidad les hace desternillarse. Uno puede ser budista, otro musulmán, otro cristiano, otro ateo. Probablemente haya muchas cosas que por separado les causase risa pero que en grupo no osarían mofarse, por respeto o miedo al otro. Mas seguro que cuando coinciden en reír al unísono y espontáneamente es porque hay algo -de sus vidas, de otros, de una situación que a todos ellos les afecta graciosamente, de las  paradojas e ironías del groso vivir-  que supera sus creencias y culturas para sentirse unidos por la risotada. Transcendidos por la risa. La risa de verdad no es superficial nunca (la risa falsa o hipócrita es otro tema) El individuo, cuando ríe, está cuestionando de alguna manera algún aspecto de la vida. Reír en conjunto es acaso una forma de diálogo que supera a las palabras. Hay como una especie de consenso en la risa colectiva que posteriormente al tratar asuntos denominados serios se rompe o no se invoca. La risa es el indicativo de las contradicciones humanas. O, mejor dicho, de la percepción sincera de alguna de esas contradicciones. Al comulgar con la risa un grupo de personas dispares en pensamientos y actos está llevando sus argumentarios respectivos sobre la existencia a un plano meta coloquial, digamos. Reconocerse en instintos es racional. Incluso a veces hay que reír a lo loco. Estallar en carcajadas estruendosas pero que nadie puede tachar de insinceras. 

Los cuatro de Juan Muñoz en Oporto -cuánto nos divirtió a mis acompañantes y a mí su hallazgo-  hacen algo más que reír desaforadamente (obsérvese el que cae por las gradas...¿o es tirado? ¿o esa broma pesada es el objeto de la risa desmesurada?) Rompen el paisaje escultórico riguroso e historicista que suelen cundir por las ciudades, al menos desde el siglo XIX. Gracias al escultor. Un conjunto en bronce que se deja a la libre interpretación e inteligencia humorística de cada paseante. Un conjunto como este habría sido un logro en una plaza principal de cada ciudad. Demasiadas esculturas con gravedad cuando no tragedia, épica o prestancia pululan por urbes y pueblos para no decir nada de provecho ni a los ciudadanos ni a los visitantes.


(Juan Muñoz. Madrid, 1953 - Ibiza, 2001. Vi el otro día un programa de Imprescindibles sobre su obra. Adjunto enlace)