miércoles, 28 de octubre de 2026
Diálogo de recónditos
sábado, 24 de octubre de 2026
La logia melómana
Veo y escucho en el museo a un cuarteto tocando ante un auditorio especial. Es un marco que se presta a la connivencia entre vivos y muertos. Vivos que interpretan una composición. Vivos que escuchan no sé si atentos o despistados los compases. Y muertos de mármol que...¿cómo se te ocurre llamar muertos a los bustos?, me corrijo enfadado conmigo mismo. Puede que algunos lo estén, o simplemente durmientes. Acaso los que representan a emperadores, a prohombres, a militares, a nobles. Salvo que en su estado actual quieran resucitar con otros sentimientos a la llamada desconocida para ellos de esta música. Pero, ¿podría decirse que los que retratan a filósofos o poetas también están fenecidos? Pongamos que uno de ellos se trata de Pitágoras. ¿Qué parte de sus teorías no sigue hoy en vigor? Pongamos que otro es Esquilo. ¿Qué drama suyo no refleja comportamientos y mundos que no los percibamos aún actuales? Y si otro es Lucrecio, ¿qué visión materialista suya sobre la naturaleza y los hombres no se ha afianzado en nuestros días? Quién sabe si en otro busto, no identificado, está Safo. ¿Acaso el empeño de su pasión erótica y el modo de cantarla ya no existen? Veo allá a Ovidio. ¿No son aún adecuadas sus recomendaciones sobre el arte de la entrega no solo al saber amar sino al saber vivir? Y si aquel otro busto es de Epicuro, ¿no nos está urgiendo con sus planteamientos, y ahora en nuestro tiempo más que nunca, a que disfrutemos de lo provechoso y estimulante de la vida no solo para la satisfacción sino como pulso y conjura a la muerte?
Se me antoja de pronto que los escuchantes vivos sobran o no acaban de saber estar. Los veo como ajenos a una comunión más íntima. La que de verdad vincula a los músicos con los bustos. Diría más. El cuarteto está tocando realmente para las estatuas, y por el gesto y el porte de estas se diría que además de una latente atención se admiran receptivas ante los sonidos armónicos que se extienden por la sala. En nuestro tiempo la música era otra cosa, andan pensando las personalidades de los bustos. Y se hacen una pregunta incisiva. De haber tenido acceso entonces a estas armonías, ¿hubiéramos sido de otra manera? Tal vez ellas no saben que aún no ha llegado el tiempo, y acaso nunca llegue, en que el arte cambie definitivamente toda la naturaleza humana.
Tras el concierto, una vez que los intrusos vivientes y los maestros musicales se han ido, cuando la luz se apaga pero los bustos se relajan, los comentarios de estos serán fructíferos y, sin duda, gozosos. Mereció la pena haber llegado hasta este siglo tras haber estado enterrado milenios bajo unas ruinas olvidadas, diría un matemático. Olvidarme de mis leyes y mis gobernanzas para hallar esta belleza ha sido inenarrable, comentaría un Pericles. Me sobra todo el laurel que lucí durante mi vida al lado de estas melodías, saltaría tal emperador. De haber conocido esta música mis campañas militares habrían sido menos sangrientas, apostillaría cierto general harto condecorado. Y así se irían haciendo confidencias cuantos personajes encarnan las demás hermas que creemos mudas. Las logias de los bustos son parlanchinas y desde la oscuridad desafían su pasado y se burlan en el presente de los visitantes del museo.
*Fotografía de un concierto en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
jueves, 22 de octubre de 2026
El gringo exhausto que nos legó un diccionario diabólico
"Nacimiento, s. El primero y el más espantosos de todos los desastres. En lo que respecta a su naturaleza no parece darse la uniformidad. Cástor y Pólux nacieron de un huevo. Palas salió de un cráneo. Galatea había sido un bloque de piedra; Persiles, que escribió en el siglo X, afirma que surgió del suelo, en el punto en que un sacerdote había vertido agua bendita. Es sabido que Arimaxo salió de un agujero que había hecho un rayo en la tierra. Leucomedón era hijo de una caverna del monte Etna y yo he visto con mis propios ojos salir a un hombre de una bodega".
"Vida, s. Conservante espiritual que impide la putrefacción del cuerpo. Vivimos con el miedo cotidiano de perderla, pero cuando se pierde no se echa de menos. La cuestión: ¿Merece la pena vivirla? ha sido muy debatida, sobre todo por aquellos que creen que no, muchos de los cuales han escrito largos volúmenes para defender su punto de vista y, mediante una cuidadosa observancia de las leyes de la salud, han disfrutado durante largos años de los honores de una prolongada y provechosa controversia.
La vida no merece la pena vivirse, esa es la verdad, / cantaba despreocupadamente durante su dorada juventud. / Al hacerse adulto todavía mantenía esa opinión / y la defendía con más firmeza a medida que envejecía. / Cuando le dio una coz un asno a los ochenta y tres años / gritó: ¡Corred a buscarme un médico".
Han Soper"
Feliz día, si es que nos dejan. Los de fuera y nuestra propia naturaleza individual.
*Fotografía de Ambrose Bierce de autor desconocido.
lunes, 19 de octubre de 2026
Najmeh Amini nos interpela desde Irán
No sé si a todos. A mí, sí. Parece ser que la penúltima barbaridad de los ayatolás de Irán y su aberrante régimen contra sus propios ciudadanos va a ser la ejecución de una muchacha, Najmeh Amini, 23 años, al ser acusada por la autoridad de blasfema, y solo por hacer comentarios discrepantes en las redes sociales. Si la pena se cumplirá depende de que sea ratificada por un Tribunal Supremo de Irán que otras veces ha ratificado las condenas impunemente. Será un caso más de la infinidad de ejecuciones que han tenido lugar los últimos años y sobre todo en 2026 desde las masivas protestas de enero. Lo más alucinante es lo que cuenta Antonio Muñoz Molina en su artículo semanal del sábado en El País titulado El bienestar de los verdugos:
"A Najmeh Amini, una chica iraní de 23 años, la han sentenciado a morir en la horca por escribir comentarios blasfemos en las redes sociales. Su voz joven y valiente puede escucharse en un mensaje que ha logrado grabar clandestinamente en la cárcel. Un contacto iraní nos informa de una infame particularidad jurídica: como la ley islámica prohíbe ejecutar a una virgen, a esa mujer tendrán que violarla previamente".
Si esto último es así, que nuestra capacidad de razonar y compadecer nos coja con buen tino. Ni las autoridades internacionales de ningún país ni la ONU se muestran capaces de detener la criminalidad de Estado del régimen iraní, y menos en la presente situación de guerra.
viernes, 16 de octubre de 2026
El poema sobre un muerto entre tantos otros que escribió Edgar Lee Masters en su obra Antología de Spoon River
El escritor Edgar Lee Masters (1868-1950) es muy conocido en los Estados Unidos pero escasamente en nuestro país. Sin embargo Bartleby Editores nos proporcionó hace varios años una edición de su obra más célebre, Antología de Spoon River. Es un poemario que adquiere la forma de epitafios escritos en primera persona acerca de supuestos muertos. Cada poema lleva un nombre ficticio. A Lee Masters se le ocurrió leyendo las lápidas de las tumbas de diversos cementerios. Él mezclaba los nombres y a veces se inventaba un nombre o apellido junto a uno real. No son epitafios de una sola frase más o menos categórica. Son breves y sustanciosas descripciones de vidas. No vidas ejemplares, precisamente, ni de próceres, ni de personajes ilustres, ni de las élites del país o de provincias. Son una especie de auto reflexiones que gente común, ya fallecida, podría haber hecho sobre su existencia. Como Lee Masters no era precisamente un pacato moralista ni un conservador en ideas sociales y políticas se implica en sus poemas. Además, la experiencia profesional de ser abogado laboralista -había defendido causas de obreros sindicalistas, gente en huelga o inmigrantes- le proporcionó un bagaje amplio de penas y desdichas de la condición baja de la sociedad, digamos. Es uno de los libros elegidos por Nuccio Ordine para la selección que expone en su obra Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal.
He elegido el mismo poema que reproduce Ordine en su libro, aunque en este aparece incompleto, y lo tomo entero de la citada edición de Bartleby. Se titula George Gray.
George Gray
*Fotografía de Edgar Lee Masters tomada de internet.
martes, 13 de octubre de 2026
Transfiguración
sábado, 10 de octubre de 2026
Las transparencias
*Fotografía de René Groebli.
miércoles, 7 de octubre de 2026
Sombríos temores
No es necesario que me lo recuerdes. Estoy destinada también al olvido, no solo a la desaparición. ¿Por qué dices desaparición en lugar de muerte? Por miedo a pronunciar la palabra fatídica. Pero decir muerte no implica muerte, solo es un término muy vulgar, al que no hay que temer ni en la conjugación de su verbo ni en la aceptación de un hecho. Lo sé. En realidad lo que me aflige de verdad es saber que cuando tú no estés yo no podré ser tampoco de nadie más. ¿Tanto te has acostumbrado a mí? Tanto me he hecho a ti, sí. Quieres decir que me ves como un objeto tuyo, del mismo modo que yo tengo mis propios objetos, incluyendo a los sujetos que me rodean que uno los convierte a lo largo de la vida en cosa cuando no en propiedad. No suena bien lo de cosa, tú sabrás, pero reconozco que eres mi objeto favorito, es evidente. Y en ese sentido te tomo o te dejo a mi libre capricho, ya te habrás dado cuenta. Lo que quieres decir es que no me has sido fiel sino cuando te ha apetecido, pero no me siento afectado porque ¿qué es la fidelidad sino un pacto circunstancial, un acuerdo que funciona mientras uno se significa a otro, una aceptación que se convierte en hastío? Cada cual lo verá como le plazca, pero míralo desde otro ángulo: que siempre he retornado a ti. No lo niego, la vuelta a un yo que tampoco he sido el mismo siempre. ¿Ves? Todos nos movemos, dudamos, elegimos o acabamos cediendo a la torpe normalidad. Porque nos da seguridad, ¿no crees? En mi caso no percibo sensaciones ni me asaltan pensamientos que no tengas tú, porque ¿creías acaso que las sombras éramos algo diferente a los hombres? No he pensado nunca eso, y ahora entiendo mejor tus cuitas respecto a tu destino. Ya, pues te diré que hay sombras que me dicen que hay otro mundo de sombras, de la ultra vida, que nos permite no desaparecer del todo. Servirá de poco, y ser sombra de otras sombras, aparte de una fantasía, tiene que ser de difícil aprehensión; al fin y al cabo sin la materia llamada cuerpo humano, con todas sus facetas y despliegues, no sabríais vivir. No creo eso que otras me cuentan, y menos cuando me hablan de que se trata de un lugar donde contarnos nuestras vivencias y gozar de la narración como si hubiera sido lo salvable de la vida. Para mí la narración es lo salvable de la vida, mientras se da esta, naturalmente, pero no en un mundo inexistente. Pienso igual que tú y lo que me parece más absurdo es que digan que si no estamos a gusto entre nosotras siempre podremos recurrir al señor de las sombras para ser armonizadas. Vaya remate tan ridículo se traen tus conocidas, quieren parecerse a algunos humanos con sus supercherías. De todos modos, ¿por qué tanto temor a que todos seamos algún día pasto del olvido? Al fin y al cabo, ¿que hemos sido para que nos merezcamos ser recordados?
*Fotografía de René Groebli.
lunes, 5 de octubre de 2026
La mirada silente
Lento es el andar de la sombra por un contorno. La espaciosa superficie por la que pretende deslizarse no tiene obstáculos. Nada flota y nada es gravoso sobre la llanura de los cuerpos apacibles. Los músculos se han apaciguado. Las vértebras apenas se insinúan. Más allá debe haber un cuerpo aún no nacido. Más allá una verdad no revelada. La sombra es contemplativa. Ni siquiera se atreve a rozar los relajados poros de la piel. Teme la sombra la cercanía porque recela de ser engullida por la luz. La sombra se abstrae e incluso abandona su actividad. Hay demasiada claridad para que yo oculte esa senda creciente, se dice a sí misma. Es demasiado tersa su figura para que mi manto arroje opacidad sobre ella, piensa. Mi combate con la luz se bate en retirada cuando sé que se trata de un cuerpo transparente. Una encubierta sustancia rompe entonces la quietud y reproduce el color de las sensaciones. Porque estas refulgen cuando brota un movimiento del cuerpo. Me detengo a sus puertas. Solo contemplo y envidio. No quiero intervenir, no deseo absorber la fotosíntesis de la floresta que le da tanta vida. Entre su ramaje cuántas especies no harán su hogar. En sus reflejos irisados qué imágenes no tratarán de renacer. En la amortiguada musculatura, casi imperceptible, cuántos senderos no se estarán bifurcando. La largura de su indolente despertar trae sonidos selváticos y el rocío empapa con su aroma los pasos de mi umbrosa presencia. Pero yo permanezco silente, agazapada, porque no me puedo imponer a aquel destello que me ciega y me anula.
*Fotografía de René Groebli
viernes, 2 de octubre de 2026
De desnudeces
Cuántas veces se viste de modernidad y cuántas otras se divierte ofreciendo su desnudez. En estos diálogos sordos, aunque a veces estruendosos, se lo he dicho. El argumento me lo ha devuelto. Suele tener una actitud de desquite cuando habla a la contra. A ti también te pasa y tengo que aceptarte, ha dicho claramente. No siempre vistes para mi gusto y tampoco siempre te desnudas cuando yo quisiera. ¿Qué nos impide ponernos de acuerdo? Tal vez que nuestras vidas son disonantes, digo, si bien sospecho que como las de todo el mundo. Pero, ¿no son precisamente nuestras discordancias las que nos atraen mutuamente? El problema es que cuando pesan más las atracciones que nos asemejan no asumimos los rechazos que llevan implícitas. Los ignoramos. Cualquier manifestación mínima de repulsión, siquiera instantánea y pasajera, la consideramos una mota de polvo, una incidencia. Los roces nos parecen meros desajustes que se limarán con el conocimiento mutuo y seguimos avanzando, ávidos de nuestros deseos pero inconscientes de nuestro propio conocimiento personal. Ella calla desde la opacidad de su resistencia. Luego dice: progresamos, aunque el verbo progresar suele ser dudoso, a base de mantener una lucha interior complicada y dañina, ¿no crees? Solo hay avance verdadero si se desbroza dentro de nosotros o si se sabe ocupar el desierto en que nos sentimos huérfanos y aislados. De todo hay dentro de un individuo. Demasiada espesura que nos oculta lo que hay más allá, excesiva hojarasca, a veces hasta basureros enteros no sé si orgánicos o inorgánicos. Pero también demasiada extensión vacía que no hemos sabido poblar con lo que merece la pena. ¿Dónde el equilibrio?, preguntarás por lo tanto. Siento reseca la garganta, es lo que tienen los amaneceres. Supongo que hay un ejercicio de equilibristas, sí, la replico. Inestable, engañoso, continuamente al borde de una caída. Y sin embargo, la insisto, siempre he visto en la caída la posibilidad de retomar no solo el impulso momentáneo que me eleve sino abrir otra etapa donde sentirme más firme. Y volverá a repetirse una y mil veces la situación, no te engañes, dice. Es la constante vital, como dirían los gurús de eso que llaman alma. Por derivar el tema a algo menos riguroso la pregunto: ¿cómo quieres que me vista hoy? Mi sombra dibuja una oscura sonrisa. Preferiría sentirte desnudo, responde. Solo en ese estado sabremos llegar más el uno al otro.
*Fotografía de René Groebli.
martes, 29 de septiembre de 2026
Aquellos higos en la boca de mi memoria
sábado, 26 de septiembre de 2026
Así me habló ella
No he sentido nunca otro cuerpo como he sentido el tuyo. Se lo dijo a bocarrajo. Cuando menos se lo esperaba él, en un intento de desarmar su pasividad, de cuestionar su indolencia, de frenar su entrega a la decrepitud. El hombre hizo una mueca de duda. ¿Lo dices porque me percibes ahora más débil? Ella no se aguantó. Lo digo porque creo que nunca te he fallado, dijo con aplomo. Han pasado más cuerpos que el mío por el tuyo, le replicó el otro. Pero ninguno se quedó y tú seguiste y yo permanecí. El hombre se revuelve. ¿Qué viste en los otros que no te diera yo si también te lo daba todo? No preguntes qué viste, dice ella exigente, sino qué sentí, qué lozanía me aportaban, qué ideales me sugerían, qué llamas sabían encender para que yo prendiera y no me agotara, qué deslumbramientos sostenían mi esperanza de que nada transcurriera definitivamente. Yo también aporté todo eso, dice él con tono apocado. Tu cuerpo era el mío. Le sorprende una reacción enérgica, implacable. Todos los cuerpos pasan siempre por uno mismo, ¿no te das cuenta o estás ciego? Cada hombre que fuiste, cada edad en la que me acompañaste, cada ternura con la que me envolviste, cada situación crítica de la que me hiciste cómplice, cada desdén ocasional también, dibujan a través del tiempo de la memoria un cuerpo único todavía, al que ya no sé alcanzar y me cuesta reconocer. Sigues siendo el cuerpo que necesito pero tú no sabes llegar a mí con la seducción de cada una de aquellas edades en las que me acogiste. La vida no es una fotografía fija. El hombre ha agachado la cabeza. La sombra ha callado.
*Forografía de René Groebli.
miércoles, 23 de septiembre de 2026
Pequeña fábula del ratón y el gato, por Franz Kafka
Comentario: ¿Quién dijo que Kafka era sinuoso y oscuro? Apliquémonos el cuento.
* Max Klinger. Opus III.
lunes, 21 de septiembre de 2026
La sombra del angelus novus
viernes, 18 de septiembre de 2026
El vino en el Poema de la Medicina del sabio Avicena
martes, 15 de septiembre de 2026
Manos que se juntan y edifican tras lo destruido
domingo, 13 de septiembre de 2026
Las manos que obran
viernes, 11 de septiembre de 2026
La penumbra del aprendizaje
Quien diga que no se aprende de la sombra, miente. O simplemente no lo percibe porque no la escucha. Ella es hermana y maestra de la vida. Lo que no captamos ella lo coge al vuelo. Lo que no comprendemos, lo procesa. Lo que consideramos válido y hacemos axioma de nuestro limitado conocimiento, se encarga de ponerlo patas arriba para que lo consideremos de nuevo. Cuanta información recóndita revolotee en nuestra cercanía la sombra lo cataliza para que aprendamos. Cuanto instinto siniestro azuce en nosotros ella sugiere el antídoto. Nos adscribamos o bien rechacemos los mensajes que nos llegan ella nos permite la elección. Por supuesto el camino, equivocado o acertado, lo elegimos, tantas veces intuitivamente, nosotros. Tal vez casi siempre sea así por más información que creamos tener sobre lo que nos acontece y las opciones que se nos brindan. El acierto puede desvanecerse porque a un paso sigue otro paso y el anterior acaso ya no sirve. El error no tiene por qué durar más que el tiempo en que nos haya producido el descalabro. En ese sentido, nuestra sombra, ¿podría definirse, por lo tanto, demoníaca o angélica? Yo prefiero huir de calificaciones tradicionales y tratar de comprenderla porque lleva implícito entender mi propia personalidad. La veo como ese mundo paralelo en el que nos movemos, con inconsciencia gran parte de las veces, y que nos invita siempre a medir cada acto y a valorar cada incitación. Ni la claridad ni la penumbra nos envuelven siempre. Ni el saber nos está garantizado de manera definitiva ni la decisión queda asegurada como verdad. ¿No es en ese juego de tensión donde vamos a aprender a conocer y sobre todo a decidir? Escucho a mi sombra: no te sientas hundido cuando se acumulan desdichas; no te creas salvado cuando coincida la suerte favorable.
*Imagen de una página de cuaderno de dibujo escolar de infancia lejana.
miércoles, 9 de septiembre de 2026
¡Oíd, humanos!, nos grita Nima Yushij
¡Oíd, humanos!
¡Oíd, humanos, sentados en la orilla, riendo alborozados!
Alguien en el agua está perdiendo la vida,
alguien incesantemente bracea
en este iracundo y oscuro y pesado mar que conocéis.
Mientras embriagados estáis
con el deseo de someter al contrario,
mientras en vano imagináis
haber tendido una mano al desvalido
para amasar fortaleza,
mientras apretáis la correa
alrededor de vuestras cinturas,
¿cuándo os puedo yo hablar?
¡Alguien dentro del agua en vano está siendo sacrificado!
Oíd, humanos, reclinados gozosamente en la orilla,
pan en el mantel, ropa sobre vuestros cuerpos;
alguien desde el agua os llama.
Con sus manos cansadas golpea el pesado oleaje;
abierta la boca, con los ojos arrasados de pánico
ha visto vuestras sombras desde la lejanía,
traga agua del profundo azul cobalto y a cada momento su angustia crece.
Saca de las aguas
a veces la cabeza, a veces un pie.
¡Oíd, humanos!
Sus ojos desde la distancia aún atisban este mundo envejecido,
grita y confía en el auxilio.
¡Oíd, humanos, en contemplación sobre la plácida orilla!
Las olas golpean la orilla silenciosa,
rompen como un borracho que inconsciente se desploma,
rugiendo retroceden; y de nuevo este clamor llega desde la lejanía:
“¡Oíd, humanos!”,
y el rumor del viento resuena cada vez más descorazonado,
y su voz, en el rumor del viento, más se desvanece.
Entre las aguas distantes y cercanas
siguen resonando estas voces:
“¡Oíd, humanos!…”.
Nima Yushij. Poema ¡Oíd, humanos! 27 azar 1320 HS / 11 diciembre 1941
lunes, 7 de septiembre de 2026
El zarandeo de mi sombra pensante
sábado, 5 de septiembre de 2026
Los celos de la sombra
No he logrado saber nunca qué hace mi sombra mientras duermo. Me ponga boca arriba o fetal de cualquier lado ignoro dónde se habrá ido. No la oigo, ni la siento, ni parece revolotear por el cuarto. Ni una exhalación, ni un roce. Nada. Una vez me dio una pista. Aborrezco tus sueños, dijo. Pero entonces no le di importancia. Ahora pienso que probablemente desaparece por celos. Puede soportar los avatares y caprichos de mi conciencia. Incluso entrar en colisión con ellos. Tiene fuelle para casi todo. Pero acaso no tiene mucho que hacer con el mundo onírico en que mi conciencia no juega otro papel que el de espectadora retrospectiva al despertarme. Mi conciencia mientras sueño también se ha fugado. ¿Andarán conciencia y sombra a la búsqueda la una de la otra en ese tiempo de ausencia? Dicen que en esa fuga es cuando los individuos nos recuperamos del desgaste neuronal. Que al día siguiente uno se encuentre inestable e incluso confuso al resucitar del sueño es pasajero, hasta que la turbulencia cesa en su eco y la mente se asienta. Me he sentido tan embaucado o, mejor dicho, tan secuestrado y maniatado durante esas horas por infinidad de situaciones y personas que llegan no solo de la lejanía sino incluso de la muerte, que me cuesta al principio ordenar la conciencia. Entonces sí, cuando logro el equilibrio mínimo la sombra regresa conmigo, sin dar explicaciones de su huida, y se embrolla como es habitual en alguna de sus zarabandas oscuras. Deduzco, por lo tanto, que los sueños son una competencia excesiva para mi sombra. Obviamente, de alguna manera, los sueños se constituyen como una especie de otra sombra para mí mismo. ¿O serán los sueños el verdadero mundo de las sombras? Como pertenecen en todo caso a otro ámbito donde yo no cuento sino como soporte pasivo, no los considero. Porque ¿podría mantener con mis sueños un diálogo, de modo más o menos inteligible, como lo sostengo con mi sombra?




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