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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 24 de julio de 2017

Dos poemas de Jorge de Sena
















Estoy leyendo una antología poética de Jorge de Sena, Serena ciencia, y no me resisto a transcribir aquí dos poemas suyos. Un poeta, novelista y ensayista portugués apenas traducido en España. De él es también la extraordinaria novela Señales de fuego, que Galaxia Gutenberg editó hace unos años. Es una desgracia para nosotros que no dispongamos nada más en castellano de uno de los mejores escritores portugueses del siglo XX. ¿Por qué no interesa traducir y editar su obra en castellano? Solo pensar en la cantidad de literatura de segundo y tercer grado que se edita y que no podamos disfrutar de la calidad de Jorge de Sena me irrita. Tendré que aprender portugués. La antología que cito la editó hace cinco años Pre-Textos en su imprescindible colección Cruz del Sur.



Glosa a la llegada del otoño


El cuerpo no espera. No. Ni por nosotros
ni por el amor. Este posarse la mano,
tan reticente e interrogando a solas
la tibia sequedad satinada,
la que palpita adivinada
en solitarios movimientos vanos;
esta caricia en la que no estamos nosotros,
sino una sed, un recuerdo, todo
lo que sabemos de tocar desnudo
el cuerpo que no espera: esta caricia
que nada conoce, nada ve, ni nada
osa temer en su temor agudo...

¡Tiene tanta prisa el cuerpo! Y ya se le ha pasado
cuando uno de nosotros o el amor llega.


























Y esta otra tan hermosa:


Esto


No quieras, no preguntes, no esperes.
Esto que pasa como vida y tú
mides en días, horas y minutos,
o como tiempo que pasa y vas midiendo
en arrugas y recuerdos y en sombrías
y plácidas visiones sólo tuyas,
a veces sonrientes, siempre sombrías;
sí: esto a lo que das nombres, que separas
de la nada en que surgió, de la que surgió;
esto que ya no quieres ni interrogas,
de lo que ya nada esperas, pero que quieres,
por lo que preguntas siempre, por lo que esperas;
esto, que no eres tú ni va contigo
ni se queda cuando marchas; en lo que no piensas
porque al medirlo mides tan sólo y
no haces otra cosa que medir  -sólo esto,
apenas esto, esto únicamente:
no quieras, no preguntes, no esperes:
poco o mucho, es todo lo que te queda".


(Jorge de Sena, Lisboa, 1919/ Santa Barbara, USA, 1978. Ambos poemas pertenecen a su poemario Fidelidade, en traducción de Martín López-Vega)



sábado, 22 de julio de 2017

Bosníaca. La confusión del escritor de viajes perdido en su vorágine




¿Cómo escribir una guía de visita de la ciudad que no sea insuficiente y, por lo tanto, falsa? Porque una guía donde se pongan horarios, rutas convencionales y una reseña mínima de los lugares a recorrer a matacaballo no es lo que yo quiero hacer. Sé que muchos visitantes se conforman con eso. Sin embargo también muchos piden más. Para la mayor parte de los turistas será la primera y probablemente la única vez que vengan la ciudad. ¿Buscan el exotismo en el viejo latido de Europa? ¿Tal vez se sienten atraídos todavía por la última sangre, ahora disimulada tras las paredes y bajo el pavimento? Ven las laderas con tumbas blancas y se asombran de su geometría fúnebre, mantienen la distancia con frío pudor y se hacen la tradicional fotografía con aires de conciencia lejana. Ven antiguas casas ahítas de boquetes de metralla y buscan aún inútilmente por el suelo esquirlas de piedra para llevarlas de recuerdo. Luego pasan de largo, como si la fealdad de unos actos cometidos en su día se impusiera a la nobleza del edificio que una vez fue habitado por hombres de paz. Miran el río y no se creen que fuera el mismo que no hace mucho arrastró un cauce de violencia. Admiran la pulcra novedad de la Vijecnica, la histórica biblioteca renacida de la destrucción, ¿y en qué piensan? ¿En el continente, ahora deslumbrante, o en el contenido desaparecido? Contemplan los templos de todas las religiones ¿y acaso reflexionan sobre las disputas a sangre y fuego por el territorio que esas mismas fes han podido alentar? No quiero escribir un libro que escoja sólo el lado negativo de una ciudad y tampoco quiero hablar de la reconstrucción como si fuera una rotura total con lo anterior. Hay que escapar de esa década fatídica sin traicionar su memoria. Y no resuelvo mis dudas, porque ¿y si cada visitante hace su camino desordenado de la ciudad y la descubre a su capricho? ¿No es bastante enriquecedor? ¿No me ha gustado siempre andar por el mundo sin apenas informarme previamente? Aquellos tiempos más locos de juventud en que el viaje era algo sumamente puro: dejarte caer en alguna parte y empaparte sobre la marcha. Los rincones eran tuyos y te dejabas engullir por los nativos. No importaba que te enterases de unas cosas y otras las ignorases, siempre quedaba abierta la atracción benévola de volver a aquel lugar. Pero entonces, ¿qué pinto yo aquí intentando un trabajo en el que acaso no creo demasiado? 

Alisa sabe llegar hasta mis inquietudes en el momento justo. Lo que te pasa es que te sientes inseguro, dice. Y esa chica, Najma, te ha descolocado un poco. Debes encajar sus sugerencias en tu proyecto de guía. Su atrevimiento te abre un camino por el que no sabes si quieres o debes entrar, pero es una oportunidad. Tal vez lo que debes hacer es una tarea doble. Mantén la idea de una guía, en la medida de lo posible rompedora, eso sí, y piensa en un plan más novelado donde el texto llegue a más largo plazo a los lectores. No sé si podré ni si sabré, y además tendría que pasar un tiempo aquí, le digo algo desalentado, no obstante el planteamiento coherente que me hace Alisa. ¿Y qué?, exclama enfática. Tienes mi casa. ¿O ya querías librarte de mí?
   


(Fotografía de Inés González)


miércoles, 19 de julio de 2017

Bosníaca. Las dudas del narrador de viajes




Entre lo que ocultas y lo que sugieres, Najma, ¿qué debo atender? La ciudad es una ciudad de encuentros, si el viajero se deja. A veces la frialdad de los viandantes es simplemente cautela. Para otros, recelo. La mayoría expectantes o ajenos, en su discreción.  Al proponerme que conozca el barrio desde dentro abres una vía de indagación nueva para mí. Menos convencional, más auténtica. Pero si llego a concluir la guía, ¿interesará a los lectores? ¿Sabré reflejar lo que me había marcado inicialmente? Sin querer me apuntas que me exponga a lo inesperado. Sé que ello me enriquecerá, pero ¿no me desviaré de la intención original? ¿Qué acabaré escribiendo, un libro informativo y breve o un texto anecdótico y ampuloso?  En realidad sé que me hago estas preguntas porque me asaltan las dudas. ¿Únicamente por el trabajo pendiente o porque dentro de mí se suscitan nuevas emociones? Bien, asumo que un viaje siempre es una percepción multipolar, donde conviene tener los sentidos abiertos. ¿Debo entonces limitarme por el plan de trabajo marcado o más bien romper los esquemas y dejarme llevar por lo espontáneo? Ah, esa idea no me disgusta. Crear una guía de lo espontáneo. Una guía que no guíe pero que muestre. Es como seguir el suelo de las calles pero a la vez desviarte, elevándote o sumergiéndote, sobre ellas. Las ciudades no ofrecen a primera vista la imagen de lo que son. Porque no son solamente una imagen, menos una proyección. Aquel dicho de que los árboles no deben ocultar el bosque podría aplicarse a las ciudades. Que la estructura, los edificios, las conurbaciones, las redes viarias no hagan creer que ésa es la ciudad.  El medio nunca es el corazón. Para llegar al corazón hay que soslayar los elementos físicos, aunque transcurramos entre ellos. Incluso hay que penetrar más allá de las presencias aparentes de los pobladores. Atravesar el umbral de los sistemas defensivos humanos, si lo permiten. A pesar de lo que algunas urbes han sufrido, como ésta. ¿Te das cuenta, Najma, que me has hecho concebir una nueva visión?
 
No obstante, consultaré a Alisa.



(Fotografía de Inés González)


lunes, 17 de julio de 2017

Bosníaca. La chica del quiosco




La veía todos los días al pasar por la plaza del mercado. Tenía una manera de observar que no parecía que mirara. ¿Qué vería de mí que yo no viera de ella? Sin embargo, el impacto era preciso, lo suficiente para registrar mi paso, pero a la vez inaprensible desde mí. Esta mañana despejada está puntual en su quiosco. Un saludo amable por mi parte al pedirle el periódico, un gesto delicado por la suya mientras me extendía el Oslobodenje. Que las noticias sean de su agrado, me dice, rompiendo el pudor habitual. Creo que le he respondido más o menos: si las noticias dependieran de mí...Luego baja los ojos, acaso para ocultar una risa tímida. A punto de despedirme habla de nuevo. Me llamo Najma, señor. Y sus ojos despiertan a la curiosidad. Quería preguntarle si va a salir esta plaza en la guía que he oído que está escribiendo. Me han dicho que otros días hacía fotografías en varios lugares de la ciudad, también aquí. Estuve a punto de responder que cómo sabía que preparo una guía, pero me parecía más prudente dar por hecho que los viajeros somos fácilmente controlados por los nativos. Es probable, le respondí. Todo depende de lo interesante que pueda resultar este barrio. ¿Quiere conocer bien este barrio?, me dice Najma. Mi hermano pueden enseñárselo y mi abuelo le contaría muchas historias de otros tiempos. Su propuesta es tentadora. ¿Solamente su propuesta? Le digo que voy a pensarme su proposición, que aún no sé muy bien sobre qué y cómo escribiré, que me gusta todo y todo me sugiere, pero que las imágenes reales de la ciudad, desde que el sol sale hasta que se pone, son siempre más poderosas que cualquier clase de palabras. Najma dice muy queda: lo entiendo, señor. Además hay unos cuantos monumentos, insiste con desparpajo. Cierto, los hay, le respondo. Hay mezquitas, sinagogas, iglesias, puentes, caravasares. Pero los monumentos no bastan. Son huellas del pasado y yo busco también el presente. Usted lo que busca son testimonios vivos, ¿a que sí?, me interrumpe. Testimonios de lo que fuimos y de lo que somos. No sé qué decir, le sonrío. No baja la mirada. Le guardo mañana el Oslobodenje, descuide, se despide.



(Fotografía de Inés González)
  

domingo, 16 de julio de 2017

Un punto de inflexión da al hombre la ilusión




Los 60 fueron un punto de inflexión en la historia de la cultura europea. ¿O fue la minifalda como símbolo lo que supuso esa inflexión? Probablemente. Aunque acaso también de contrición. La fotografía de Cartier Bresson me parece de manual de historia, más que de fotografía, que también. Pero es que una buena fotografía es siempre una página poderosa de historia, de estética, de antropología, de etología, de análisis de conductas... De relato de los días y las noches de los humanos, vamos. Dos mujeres, tan próximas como distantes. Una observando con una mirada de censura, sospecho. ¿Tal vez de envidia? Otra, ensimismada en su prensa que, no sé por qué me parece que es otro periódico, menos conservador que el de la señora de edad. Sobre las formas de vestir de ambas, lo dejo al criterio libre. Casi resulta increíble cómo una manera de vestir pudiera estar ya marcando distancias, abriendo visiones -¿o era esa minifalda reflejo de la revuelta de las ideas y de los comportamientos?- y trazando ya una nueva época más vertiginosa en todos los órdenes.

Así que emulando al texto del Tenorio habrá que decir que un punto de inflexión da al alma la salvación. O simplemente la ilusión reforzante y soñadora. Me parece más acertado decir esto que aquello de la contrición, algo que parte de la admisión del pecado y de la culpa, viejas ideas de doctrinas caducas y negadoras del ser humano. Y es que la inflexión -geométrica o social- implica siempre una corrección de la línea a seguir. Desde entonces, en materia de costumbres, en nuestro ámbito occidental las cosas cambiaron lo suyo. En España, a paso lento pero irreversible también.



(Fotografía de Cartier Bresson)


viernes, 14 de julio de 2017

Liu Xiaobo




Uno de los hombres más representativos de la gran esperanza democrática china ha muerto. Ya es bastante doloroso morir de un cáncer. Pero hacerlo en cautividad, bajo estrictas medidas de control, condenado a varios años de cárcel, reprimido en todas sus facetas de expresión es el summum de la crueldad represiva. ¿De qué le sirvió al poeta, intelectual y activista de los Derechos Humanos Liu Xiaobo el Premio Nobel de la Paz de 2010? Tal vez la concesión del Nobel le proporcionara una cierta multiplicación de su eco crítico, pero el Gobierno chino es mucho gobierno totalitario y no ha tratado jamás bien a los disidentes. Sobre las autoridades chinas pende la sombra de la sospecha de la muerte de Xiaobo. Una enfermedad mal diagnosticada y peor tratada en la cárcel le ha llevado al fin. ¿Era eso lo que buscaban los amigos del pueblo para su más declarado enemigo? Liu Xiaobo fue uno de los redactores de la Carta 08, en la se que exigía reformas políticas y constitucionales para China. Él y otros que redactaron la carta fueron detenidos. A Xiaobo le condenaron a once años de cárcel.

Acaso muchos demócratas chinos y no chinos le conviertan ahora en un mártir, algo que a veces resulta útil publicitariamente hablando para una causa. Pero al pragmatismo totalitario le resbala. Los mártires, si no han logrado en vida una conquista política, es decir, antes de llegar a tal martirio, solo sirven para que después de muertos otros utilicen sus nombres y manipulen sus ideas. Ya hay demasiados casos al respecto. Pero por otro lado también pueden ser una referencia si se respeta su pensamiento y se sigue desarrollando una línea honesta para democratizar una sociedad. En este caso un territorio enorme y complejo, poblado por millones de individuos. Ahora vendrán condenas verbales y cautelosas de algún que otro gobierno, artículos de prensa como tigres de papel, notas del Comité Nobel (ese mismo que dio en su día el Nobel de la Paz a un ejecutor apellidado Kissinger  -¡recuerda Vietnam!-  que sigue ahí en su dorada vejez) y testimonios que no irán a ninguna parte. Pero los gobiernos occidentales, los que proclaman el reconocimiento de los Derechos Humanos en sus constituciones no irán más allá. Porque, en la actual tesitura geopolítica mundial, ¿quién tiene el valor de ponerse serio con China en materia de libertades y más cuando éstas flaquean en nuestras sociedades? 





martes, 11 de julio de 2017

Bosníaca. Nuestra mirada en Blidinje




Hay algo de tibetano en el paisaje de Blidinje, y como Alisa y yo coincidimos en las asociaciones de ideas más disparatadas que a uno se le puedan ocurrir, saltamos al unísono. Reímos. Aquel cobertizo de madera, rústico y excursionista, incitaba a la travesura de la palabra. ¿Qué prefieres que sea esto? ¿Un pórtico de recibimiento o el kilómetro cero de una partida a lo desconocido? ¿Un templo para el viajero de paso o una cabaña bíblica? Me mira sorprendida, temiendo alguna salida impropia por mi parte. Esto me recuerda...digo. Y le cito un pasaje de cierto libro sagrado, aquel en que un pescador incondicional de su mesías revelado expresa lo bien que se encuentra con éste y le propone hacer tres tiendas, una para él y dos más para otros dos profetas célebres de la religión de sus padres. Lo curioso es que nunca supe con claridad en cuál de las tres tiendas se resguardaría el pescador, o si permanecería vigilante (no puedo evitar el sarcasmo) Si sigues con asociaciones de ideas, dice Alisa, acabaremos no se sabe en qué tiempo y en qué lugar del mundo. Pero para estar a gusto no se necesita mansión alguna, es la vista la que edifica y nosotros al observar los parajes los que habitamos la belleza. Pero importa mucho con quién se esté, insisto. Los del libro sagrado que citas debían buscar bellezas metafísicas, dice Alisa. ¿Sabes lo que pienso? Que todos esos libros que las religiones tradicionales de Occidente han adorado tanto resultan bonitos cuando se percibe su literatura, y se deja llevar uno por los relatos imaginativos, pero me parecen sumamente conflictivos cuando tratan de dirigir tu vida individual y se convierten en un código de normas, prácticas y prohibiciones en que el hombre se reduce a mínimos. Pero no hemos venido hasta aquí para perder el tiempo en devaneos ajenos a esta naturaleza soberbia que tenemos delante. Callamos y avanzamos hasta los reductos de nieve que ofrecen estas alturas. Sí que estamos bien aquí los dos, dice ella de manera natural, instintiva. Te seré sincero, y también es asociación de ideas o, mejor dicho, de recuerdos, digo a Alisa. Dejó de interesarme la religión de joven, justo la primera vez que descubrí paisajes que no se explicaban ni con la magia, ni con el mito, ni con la religión. Y la razón no siempre llegaba con suficiente entidad. Con la diferencia que la razón científica avanza y poco a poco puede explicar los procesos de formación de todo esto que pisamos. Pero había más en aquella historia personal. Fue el verme sometido a ciertas dificultades causadas por el mal tiempo durante una aventura, en la que algunos pudimos salir malparados, por no decir hasta el punto de perder la vida, y comprobar luego que superábamos la situación con éxito lo que borró de mi mente otro tipo de condicionamientos. Después de la tormenta lucía el sol y los hombres habíamos sido capaces de sobreponernos al peligro, sin ninguna necesidad de invocaciones a dioses. Resultaba aquello como una analogía de la vida e incluso de la historia. Desde entonces siento que la naturaleza me embarga y me protege. Como un animista, vamos, comenta Alisa. Quién sabe. Acaso estoy volviendo a primitivas formas pero con el bagaje de ahora mismo, se me ocurre. ¿Cómo casa eso? Nuestros pies chapotean en los charcos de nieve. Nos estremecemos y no solo por el frío.



(Fotografía de Inés González)


lunes, 10 de julio de 2017

La sopa boba. "No me puedo morir; mis nietos comen con mi pensión"














"No me puedo morir; mis nietos comen con mi pensión", dice un pensionista griego.

Pero seguramente también lo dicen muchos jubilados españoles de cuya única paga viven diversos miembros de la familia.

Ante esta expresión no cabe hacer literaturas. La cultura clásica, Pericles, se hunde. La dignidad general palidece. La vergüenza escasea. La infamia occidental crece. Las instituciones y gobiernos se revelan como verdugos de sus propios ciudadanos. Y la muerte, ay la muerte, por favor, ésa que ni se arrime. Que tienen que comer los hijos, los nietos, los sobrinos y el pensionista mismo. Migajas de un mundo cada vez más escindido.

Demasiada dignidad hay en la ciudadanía. Demasiada que no es apreciada por los trileros de la gobernación. Siempre comparte más el que menos tiene.



domingo, 9 de julio de 2017

La sopa boba. Los acróbatas también mueren




Tantas veces les hemos admirado. Incluso envidiado en sus recorridos arriesgados. Porque el mundo desde allá arriba o a través de lo vano que hay sobre nuestras cabezas atrae y hace soñar. A la mayoría de los mortales, que estamos incapacitados por nuestros miedos o limitaciones físicas, ni se nos ocurriría subir y trazar movimientos sobre la frontera del vacío. Delegamos en los acróbatas para ese ejercicio de ficción que nos parece a los de abajo, pero que ellos sortean. ¿Solo por nosotros? No. En parte para ganarse la vida. En parte para desafiar las posibilidades que depara un cuerpo. En parte para echar a suertes el espacio sobre el que la ley de la gravedad no permite juegos por las buenas. No sé si un acróbata tiene tiempo de ver la distancia que hay hasta el suelo y vernos de paso a cuantos poblamos aquí abajo nuestro territorio de hormigas. Ellos, allí, sobre el cable, en plena concentración y furia sobrehumana, se reirán de alguna manera de la mayoría que no podremos jamás imitarles.

El artista de danza y ballet Pedro Aunión Monroy murió ayer al precipitarse desde lo alto, en pleno ejercicio acrobático, durante un festival de Madrid, uno de tantos, supongo, que dará trabajo a algunos y beneficios a menos, el Mad Cool. A los artistas, que hacen su trabajo, se les contrata, se les exige que lo hagan bien y se les paga. Pero ¿y si mueren en el intento? Muertos son, que diría el clásico. Lo lamentable es que todo espectáculo es hoy día un montaje farragoso que mueve mucho dinero y nadie está por perder ni una pela. El espectáculo de Mad Cool prosiguió, no obstante su interrupción provisional porque, como acontece en otros espectáculos  -las corridas, las carreras, el boxeo, el fútbol, lo que sea-  si hay muertos parece un axioma que el gran montaje no deba perder comba y nada se para. Luego, ya se justificará con cualquier excusa (hoy lo de la seguridad se utiliza mucho) Un muerto es solo eso, un muerto, y adelante el negocio de los empresarios y el regocijo de los presentes. ¿No sucedía lo mismo con la Roma circense? A gladiador muerto, gladiador puesto, y santas pascuas.

¿Que hay voces que desafinan? Es que hoy día hay de todo, que dirán los de la España aeterna. Leo que la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras lamenta el accidente y se queja de que el espectáculo continuara, mientras exige una investigación sobre lo sucedido al profesional. Repugnante el mundo mercantilizado que ha tocado con su varita mágica a los humanos, rebajándonos moralmente. Money es money, que dice el liberalismo al uso. Y aquella vieja coletilla  -¿viene de los propios artistas?-  que precisa: el espectáculo debe continuar. ¿A qué precio? Al de la insensibilidad, desde luego. Y no culpemos solo a los promotores de los shows. Cada tipo que paga su entrada puede ser tan insensible como el que vende las entradas. Apariencia de sensibilidades para la supuesta conciencia estética, pero escasa para la solidaridad con la desgracia ajena. Deberíamos ir pensando en ello para el futuro.




sábado, 8 de julio de 2017

Gregorio Samsa se arrastra de nuevo



Gregorio Samsa no quedó consumido por las letras del relato, su verdadero monstruo que ignoraba que llevaba dentro. No volvió a aparecer por el trabajo, aunque a veces recorre aún la casa familiar entre las tinieblas de la soledad. Grete Samsa, tan solícita con su hermano al principio ya se agotó hace tiempo de cuidarle y ahora se dedica a otros quehaceres que no impliquen bondad ni dependencia con respecto a ningún ser humano, pues acabó convencida de que tanta cuita por otros acaba siendo correspondida por la ingratitud. Algún día se contará qué particulares y poco dignas actividades se trae entre manos tras olvidarse del tema que tanto la esclavizó. Los padres de Gregorio, incapaces de solventar las deudas contraídas, han desaparecido del mapa, así, literalmente. Se dice que hay órdenes de búsqueda por parte de la justicia fiscal de Bohemia. ¿Qué fue de los huéspedes? Unos se marcharon por las buenas, un tanto aterrorizados por el extraño acontecimiento que tenía lugar en la casa, otro más avispado, en ausencia de la familia, se llevó algunos muebles que malvendió a un chamarilero. Tendría que mencionar al gerente, pero siempre me cayó tan mal, como casi todos los gerentes, que prefiero no saber qué fue de su esqueleto andante.

Hoy, Gregorio Samsa, reconvertido en un peculiar y anónimo gacetillero se arrastra de nuevo por el suelo de su hábitat corporal con una de sus reseñas imaginarias, se puede ver aquí.

http://lasilladek.blogspot.com.es/



(Dibujo de Franz Kafka)


viernes, 7 de julio de 2017

Siete de julio



Queda tan lejos todo aquello. No digo cuántas décadas porque cuesta creerlo. Tiempos expectantes, ilusionados, de liturgias más relajadas y poco comerciales, cuando las fechas merecían su nombre, los rituales eran más auténticos y aunque la mentira prendiera en el sotobosque de aquella época, como siempre ha sido de rigor, a los infantes no nos afectaba. Sentirse querido y procurado para el descubrimiento por parte de los mayores inmediatos era un gran valor. Hoy, cuando uno siente el cuerpo más lacerado y oneroso, pienso en la levedad de uno de aquellos siete de julio de niñez. Pero no quiero hacer canto general, aun teniendo en cuenta la inocencia de lo no vivido todavía. Mucha gente lo estaba pasando mal. Otros no podrían ni pasarla. La fiesta nunca es inocua del todo, ni mucho menos. Pero si hay un paréntesis que justifique nuestra existencia como si fuera un tiempo de pureza ese tiempo es la infancia. Sin comprender aún tanto símbolo, gesto, celebración, regocijo o efemérides compartida, algo de lo que se iba viviendo y se disfrutaba como acontecimiento prendía en el cerebro que acabaría convirtiéndose en memoria al ser adulto años más tarde. Hoy nada es igual, ni por el forro. Los nombres no nombran lo mismo, las músicas suenan de otro modo, la masa anula a la tribu de entonces, la ceremonia de la carrera ante la bestia casi no existe, lo políticamente correcto, y lo otro, se impone desvirtuando el valor del pasado, y no tengo claro que la valoración de ahora sea más constructiva. Lo comercial arrasa y genera espectáculos nuevos. El de hoy no es el de mi infancia. A Hemingway, no más que un visitante slow de los de entonces, y a aquella familia de pieds noirs de Bayona que se pirraba cuando aún el turismo era reducido tampoco les habría gustado lo presente.




martes, 4 de julio de 2017

Bosníaca. Batallas declaradas y combates secretos




Venir al campo es venir a invocar la vida pero también a evocar la muerte. Eso le digo a Alisa, mientras caminamos por la orilla del Sutjeska, esas aguas rápidas y frías cuyo corto trayecto las hará desembocar pronto en el Drina. Cuando atraviesa la garganta la corriente es verdosa, matiza ella. Así desde que este paisaje quedara configurado como lo vemos ahora. Quién iba a decir que en una ocasión se iba a volver tan intensamente roja. Me da pie para ampliar la perspectiva del tema. Eso lo dices por la batalla que tuvo lugar aquí, pero ¿has pensado alguna vez que los montes y los llanos, los ríos y los barrancos, las costas y los mares conservan en su intimidad secreta las huellas de los hombres sacrificados? ¿Se te ha ocurrido imaginar que no habrá palmo de geografía donde no hayan caído las gentes de las tribus que emigraban, los mercenarios que invadían para los imperios, los mercaderes que se trasladaban de punta a punta, los esclavos que se utilizaban como mano de obra o simplemente el viajero pacífico que fuera acosado por salteadores? Alisa asiente pero guarda silencio. El lugar le sobrecoge. El monumento a miles de víctimas del enfrentamiento con los bárbaros del nazismo impacta tanto o más que todo el entorno. O al menos impone de otra manera. Quiere representar la misma garganta por donde circula el río, dice Alisa. Pero este desfiladero alusivo es el de la corriente de los hombres en guerra. Las aguas invisibles de este monumento llevan nombres y apellidos de de serbios, de croatas, de bosnios, de montenegrinos, ven, vas a verlo. Esto es lo que queda de un hombre armado, dice con amargura Alisa señalando las grafías de los combatientes, de unos hombres enfrentados a sangre y fuego a otros hombres. Al menos es un nombre por si alguien viene y lo recuerda como antepasado. Pero es lo que tú decías antes. Para unos cuantos miles o millones de guerreros de cuya identidad se sabe porque estaban registrados en los ejércitos en pugna, ¿cuántos humanos desaparecidos no tendrán siquiera un nombre inciso en una lápida ni en un registro ni en recuerdo? Porque este monumento, querido amigo, que parece sacado a cuajo de la tierra, que emula los valles abruptos, que se compone de aristas afiladas cual la vida misma, es como un túmulo. Alisa se entristece, solamente añade: en la historia humana hay batallas reconocidas, terribles e indignas, pero hay combates del día a día por la supervivencia cuyo precio y protagonismo han quedado en el anonimato. 



(Fotografía de Inés González)


sábado, 1 de julio de 2017

Bosníaca. De la gallardía a la soberbia




El destino de los más altivos entre los humanos también está tras una alambrada, antes o después también lo está, incluso el propio engreimiento es un cerco de sí mismos, dice Alisa cuando visitamos el gallinero de su familia. A veces da la impresión de que las metáforas paren la realidad, ¿te has dado cuenta?, se me ocurre. Y Alisa: Y sin embargo, para el animal esa gallardía que exhibe es seguramente el mecanismo por el que refuerza su papel en el gallinero. Sin ese permanente movimiento gestual no sería respetado por la plebe gallinácea. Nos reímos a la vez, sin dejar de observar el espectáculo de tan hermoso ejemplar. Se puede perdonar la altivez del gallo, continúa mi amiga, pero cuesta soportar la arrogancia humana. ¿Qué fue de todos aquellos altaneros de uniforme o de los que impartían bendiciones en vísperas de la guerra y no digo mientras ésta duró? ¿Qué creían tantos funcionarios que decidían sobre bienes y vidas? ¿Que sus exhibiciones orgullosas y sus órdenes invocando miedos iban a durar siempre? Muchos se han evaporado después, otros se han reconvertido y su juego uniformado de entonces se disfraza de civil. Probablemente, aún andan por ahí, porque el que nace para la altanería y el desprecio al prójimo no se corrige nunca. Lamento ser tan pesimista, pero cambiar cambiar me da la impresión de que cambian muy pocos. Unos se ocultan ladinamente, otros se integran en la apariencia de un nuevo orden. Es inevitable que en cada estamento de la organización social haya también abundancia de ejemplares preñados de presunción dispuestos a creerse la clase legítima. No sé por qué Alisa lleva tan lejos la imagen del gallo y el gallinero, y evito preguntar. Calla y seguimos recorriendo aquella parcela. Sé lo que estás pensando, dice de pronto. Que me tomo la metáfora muy a pecho, ¿a que sí? Yo río con benevolencia. Luego dice: ¿sabes que hay un autor inglés de la primera mitad del siglo pasado que escribió una novela satírica contra la tiranía y cuyo desarrollo tiene lugar entre los animales de una granja? No lo sabía, le digo, pero si no se hubiera escrito deberías haberlo hecho tú. Su mirada mordaz no se limita al silencio. Acaso intente una nueva versión, salta jocosa.



(Fotografía de Inés González)

viernes, 30 de junio de 2017

Una historia de íncubos




Una historia de íncubos. ¿Cuántas no habrá, de íncubos y de súcubos, que perturben gozosamente las noches y los días de los humanos? Frente a los monstruos aberrantes de lo políticamente correcto, del orden establecido y de las constituciones dictadas pero incumplidas de los Estados, los íncubos y los súcubos actúan con el consenso del otro individuo y acaso a evocación del otro individuo, para compensar los tiempos del propio abandono. A diferencia de tanta pseudomoral histórica, de tantas medidas contra el bienestar de los ciudadanos, de tanta usurpación y robo de las precarias condiciones de existencia, la súbita aparición de los personajes del ultramundo que, sin embargo, están en este, pueden llegar para aliviar las penurias, reconfortar las soledades, compensar los desquites, paliar las defecciones y siempre, siempre, rebajar las tensiones conducentes a la pérdida de la identidad de los individuos. Solo es preciso invocarlos y dejarse llevar. La historia de íncubos que adjunto es sencilla pero sobre todo pretende ser sincera. Chitón así lo quiere.

https://ehchiton.blogspot.com.es/2017/06/los-incubos-de-margarida.html



(La fotografía es de Nobuyoshi Araki, maestro del alma humana en sus expresión más genuina)



lunes, 26 de junio de 2017

Bosníaca. Diálogo del diablo y el viajero



Vista desde el monte, y a la hora crepuscular, la ciudad parece febril, confusa, exudando una agitación voluptuosa. Tan irisado es el juego de luces sobre los edificios y las travesías que mi acompañante me sugiere si no será una imagen de cómic. O de esas películas que tanto nos fascinan a los dos con una estética sublime que refleja lo cutre, de presente retorcido y con futuro inexistente. Desde las estribaciones de Trebevic el paisaje urbano parece el don ofrecido con escaso convencimiento por el diablo a un aprendiz de viajero al que se le solicita su alma. Alisa y yo imaginamos un diálogo breve. El diablo, soberbio: esta ciudad es tuya si la apaciguas. El viajero, dudando con humildad: pero ya está apaciguada. El diablo, insistente: es sólo apariencia, pues en el sustrato de los hombres que la habitan aún hay rescoldos de enconamiento. El viajero, conciliador: es cuestión de tiempo, ya verás cómo cuando se recupere más y más nadie se acuerda de lo sucedido en el pasado. El diablo, feroz: nunca olvidan los hombres el pasado, fingen que lo han superado, pero en realidad duerme en los recovecos de sus odios. El viajero, argumentando: no hay ya odios, hay entendimiento. El diablo, tajante: hay conveniencia. El viajero, tuteándole: ¿siempre eres así de sinuoso? El diablo, lógico: es mi papel, si no existiera el papel del demonio ¿existiría acaso el del viajero que quiere que las cosas sean en este mundo más bondadosas y justas? El viajero, plantando cara: te crees propietario de las vidas. El diablo, seguro de sí mismo: soy el propietario de las vidas. El viajero, en barrena: pero los humanos tenemos infinidad de comportamientos que se desmarcan de tu actitud siempre malsana y destructiva. El diablo, riendo: ¿tú crees? El viajero, dispuesto a no desproveerse del ariete: por supuesto, si pusiéramos en una balanza los actos buenos en un platillo y los perversos en el otro estoy seguro de que se inclinaría la balanza del lado del primero. El diablo, volviendo la oración por pasiva: si fuera como dices yo ya habría desaparecido hace tiempo y el mundo sería felicidad y gracia. Sin embargo, mira cómo no hay región del planeta que no conozca antes o después a los cuatro jinetes juntos. Mira cómo no hay un solo ser humano que no se debata entre la generosidad y la apropiación. Cómo no hay dos vecinos que se comprendan siempre. El viajero, algo desesperado: es el precio de la vida, el toma y daca por el que los hombres se reconocen. El diablo, ufano: ¿ves cómo empiezas a concederme una pizca de razón? Ya has entrado en mi juego. El viajero, confundido: eso nunca. El diablo, riendo una vez más: ¿que no? ¿No te has dado cuenta todavía de que estás hablando con tu propio espejo?

Alisa echa a reír con una carcajada inagotable. Podríamos estar así todo el anochecer y nos vamos a perder por el camino, dice. Bueno y qué, le respondo, si el viajero es el diablo la tentación está mejor servida. Alisa se ruboriza, como si la mística del juego anterior se rompiera para dar paso a otro no menos peligroso.



(Fotografía de Inés González)



domingo, 25 de junio de 2017

La sopa boba. ¿Volverán los NO-DO victoriosos?







NO-

Vista la cantidad de letrinas pringosas que se extienden por la geografía hispana, las fosas sépticas atestadas de mierda, los lodazales en que se han convertido las administraciones corruptas, los canales malolientes que vinculan empresas privadas con la gestión pública, los basureros contaminantes que pululan por doquier, la abyección del blanqueo de dinero en paraísos fiscales, la porquería de las puertas giratorias de quienes se han aprovechado de la información privilegiada que les ha proporcionado gestionar lo público para uso de empresas particulares, la inyección desmesurada de dineros estatales a los bancos en quiebra por su interesada, mala y fraudulenta gestión, el mercado podrido de quienes en nombre de la patria (patria = patrimonio para ellos) la venden ya no al mejor postor sino al merchero de los negocios más ocasional, el despilfarro de tantos vividores electos, la repugnancia que produce la utilización y el control de los aparatos de los poderes del Estado para salvar a los propios, cualquier día de estos volverá el NO-DO para traer el mundo entero al alcance de los españoles...y convencernos de lo contrario de lo que sucede. Por cierto, los corruptos, aunque pululan por doquier, tienen nombres y apellidos, medran en los estamentos de la gobernación del país, ellos y el partido al que pertenecen tienen sustantivo propio y luego que  cada cual acuda al calificativo que le merezca. Todo apunta a que tienen bien hilvanadas las defensas de sus causas penales, lo cual sugiere que se irán de rositas una vez más. Y siguen gobernando. No vale ya generalizar ni hacer que paguen justos por pecadores, aquello de poner el ventilador, aunque ya se sabe que los modelos para bien y para mal son eso, modelos a seguir, y en cualquier momento y tribu puede cundir el ejemplo; es lo que tienen los humanoides y sus sociedades, pautas que seguir, actitudes que copiar, conductas que tomar como referencia, aquí no se salva ni diós, que diría Blas de Otero, poeta.


-DO

Que alucine el que no lo haya conocido. Lo que otros tuvimos que aguantar durante décadas cada vez que íbamos al cine. Antes de comenzar la sesión nos ponían el correspondiente NO-DO, que no era otra cosa que una gaceta visual de propaganda exagerada del régimen imperante, que para eso habían vencido. Su lema falaz: el mundo entero al alcance de todos los españoles. Lo mejor de todo es que la gente seguía entrando ya empezando el NO-DO, porque puntuales no hemos sido nunca los españoles, los chicos no callábamos, y los espectadores hacían crujir los sillones de madera dura, se golpeaban los asientos, y comenzaba el chasquido generalizado de dientes para dar buena cuenta de las pipas de girasol.  Si a ello se suma que el acomodador iba arriba y abajo con la linterna para situar en los asientos correspondientes al personal y las filas eran un continuo levantarte y sentarte pues el NO-DO se abreviaba considerablemente. Al terminarse el noticiario de propaganda, el murmullo relajante, mezcla de hastío y aburrimiento, hablaba por sí solo. A veces hasta aplaudíamos o coreábamos un ¡biennnnn!. ¡Porque los chicos lo que anhelábamos ver era la película! Y ése, justo ese momento en que desaparecía el falaz noticiario y aparecía el león de la Metro o el forzudo que golpeaba el gong de la J. Arthur Rank o el escudo de la Warner Bros. o los rayos de Cifesa era el instante de mayor y tensa atención. El orden estaba asegurado. No hacía falta autoridad. Cada espectador hacía callar al vecino chismoso y parlanchín. La película ansiada comenzaba ya. Ojo, no engañarse, a mucha gente le gustaba el NO-Do (el mundo entero al alcance de todos los españoles, jódete patrón)


RESPUESTA A LA ESTÚPIDA PREGUNTA DE CABECERA.

Aquellos NO-DO no. Lo que ya han llegado son otros, otras formas de control de mentes más sofisticadas y que aceptamos de buen e inconsciente grado. A las que aportamos sacrificando hasta nuestra intimidad y cedemos gratis nuestros datos. Vamos, que contribuimos de tal manera a los nuevos NO-DO a la carta, vías redes sociales, que no hace falta que gobierno alguno se tome la molestia de hacer volver el viejo NO-DO. Me quedo escuchando la sintonía.


viernes, 23 de junio de 2017

Emocionante texto de Lluís Bosch




El artículo de Lluis Bosch en su blog me ha emocionado. Me pone con los pies en la tierra y en el futuro con el que estamos jugando en nombre de los niños, pero sin contar con ellos. Por parte de padres, entidades políticas, instituciones, escuelas y ese muro inapelable, tantas veces impostor, llamado sistema educativo. Me sumo a la iniciativa de Miquel y publico la entrada. Por supuesto el que quiera entender o, mejor dicho, comprender, que lo haga. En los tiempos de confusión asumida que vivimos no es fácil aceptar el dedo en la llaga con que Lluis hace sangrar los conceptos y mostrar la hondura de las realidades. ¿Hace falta repetir una vez más el pensamiento bakuninista 'Los niños no son propiedad de nadie: ni de sus padres ni de la sociedad. Sólo pertenecen a su propia libertad futura'? Y detrás, hay otras lecturas que los españoles en general y los catalanes en particular, en su tesitura presente, deberían saber comprender.




"Hoy, la dirección de la escuela en donde he trabajado a lo largo de este curso me ha comunicado que no cuenta conmigo para el próximo. No ha sido una reunión tensa ni ha habido disgustos. Estaba cantado. Puestos a elegir, elijo cambiar, así que estamos de acuerdo y no hay objeciones ni despecho ni reproches. Cuando me marchaba para casa he recordado el primer día en este colegio. A primeros de septiembre también hacía un calor bochornoso. Mi primer recuerdo es la reflexión que me hice sobre el aspecto de búnker que presenta la arquitectura de la escuela. Como otras muchas. Muchísimas, por desgracia. 

El centro está enclavado en el centro de un barrio con mucha inmigración, sobretodo magrebí. Aunque también hay niños y niñas de procedencia latina y alrededor de un 30% de autóctonos, todos castellanoparlantes. El barrio fué conocido años atrás por ser el epicentro de unos conflictos étnicos que dieron mucho que hablar en la prensa, y a día de hoy es uno de los colegios de primaria que se merecen el calificativo de "centro de alta complejidad" que otorga el estado. Por fortuna, si hay tensión étnica en el barrio está bastante dulcificada. No es fácil la convivencia entre humanos pero ahí estamos. 

Soy maestro de primaria y mi condición laboral es la de "interino", como en la vida. El maestro interino es un trabajador de la educación que ejerce en calidad de grumete, contratado para una travesía y luego ya veremos. Eso tiene ventajas y desventajas que ahora no voy a precisar. Para vivirlo en paz solo hay que ser consciente de ello, y recordar que esa fue nuestra elección. En no querer ser funcionarios, elegimos la incertidumbre. O la incertidumbre nos eligió a nosotros, qué más da. Lo que me gusta de ésta profesión es todo lo que aprendo cada nuevo curso. Me lo enseñan ellos, esos niños y niñas que van a ser adultos dentro de un tiempo, que aprenden a serlo a veces incluso a pesar de sus maestros. Quizás alguno de ellos será mi médico del seguro dentro de unos años, o mi asistente social o mi cuidador de viejecitos. O el poli que me riñe, o el mangante que me atraca o el revisor del gas que me llama cada cinco años. O el tipo que malvive con su Pirmi y se la gasta en cañas sentado en un una terracita soleada. Y en cualquier caso los ciudadanos del futuro, el futuro de España está en sus manos. Pero, por ahora, en este presente contínuo del adulto, aprendo de su curiosidad, de su buena fe, de su confianza, de su inocencia, de su mala leche embrionaria, de su intuición. 

Y de sus sentidos. Cuando encuentro una prenda de ropa extraviada, ellos la huelen y dicen: huele a Francisco. Y es de Francisco. Y si dicen huele a Salma, es de Salma. Eso me fascina y me pregunto: ¿cuándo se pierde esa facultad? ¿Porqué se pierde? ¿Qué otras facultades perdidas me pueden enseñar? 

Es gratificante trabajar así, aunque sea a salto de mata y de escuela en escuela. Hay que aprender el significado real y profundo del término "desapego" y hay que trabajarlo en el aula: esos niños y niñas que he querido tanto durante este curso deberán vivir la pérdida de su maestro cuando vuelvan en septiembre y yo debo aprender a vivir mi propia pérdida, la de esas 25 personas de seis y siete años, con quienes tan bien lo hemos pasado juntos. Jugando, charlando, festejando e incluso aprendiendo como se dibuja el trazo de las letras o la descomposición de la decena. Eso no es nada fácil, pero la vida es así y esa va a ser mi última "lección". Aunque a mi el rollo magistral no me gusta nada. 

El sujeto de la educación es el niño. No es el método ni es el maestro. No es nada más que el niño. Es el niño el protagonista de su aprendizaje, y yo he tenido el placer de acompañarles durante un curso en su viaje por el mundo. Quizás por esa perspectiva mía, tan privada como pensada pero también, quizás, tan personal, no he encajado bien en un colegio cuyo principal interés -después de cosechar buenos resultados académicos, hay que decirlo- es el asunto de la disciplina y el orden. Que los niños permanezcan sentados y en silencio, que solo hablen cuando el maestro les obsequia, arbitrariamente, con el derecho a hacerlo, y que cuando hablen lo hagan sobre el tema que toca. Parece muy difícil pedir todo eso a un ser humano de seis años. Incluso parece una pretensión contraria a la naturaleza, no solo a la del niño de seis años si no a la propia naturaleza humana. A mi no me parece que se deba respetar la idiosincrasia del niño, si no la de la persona. Eso me parece "educación". Cuando la educación incluye la prevención, el respeto, la acogida incondicional del otro tal como es. 

Cuando vi la silueta sobria de la escuela en la que he vivido un año pensé lo del búnker. Y ahora, cuando se termina, pienso que es un búnker. En muchos aspectos que no son arquitectónicos, si no de arquitectura mental. En cierto sentido lo he vivido como un fuerte, una posición avanzada en el linde del territorio enemigo: me duele que una escuela que podría ser un laboratorio de convivencia entre etnias y culturas actúe como un fortín numantino. Hay un día en que se celebra "el día de las lenguas maternas" y las familias de otras culturas entran en las aulas para explicar algunas cosas. Pero el resto, los 174 días restantes (el curso dura 175 días), son "los 174 días de la lengua catalana, que nunca es la materna". Hemos decorado los pasillos y las aulas, pero jamás hemos decorado esa fachada austera, murallesca, impenetrable. La fachada siempre muestra ese aspecto de empalizada. A lo largo del curso he pensado mucho en Foucault, pero también en la novela que más me ha gustado de Coetzee, 'Esperando a los bárbaros'. 

Y sin embargo hoy no pienso ni en Foucault ni en Coetzee. Pienso en Malak, que empezó el curso sabiendo escribir apenas su nombre y lo terminó escribiendo un cuento casi dadaísta sobre ratones con nombres humanos que ocupa doce páginas, y pienso en Salma, que no hablaba con cristianos y ahora me cuenta su vida, y en Yahya, que lo suspende casi todo pero lo sabe todo, en Rosa, cuya vida es un via crucis y sin embargo se ríe y se ríe, en Omar, tan entusiasta que pretende ser astronauta, en Jan, que combate su déficit de atención con la valentía del héroe, en Francisco, que carga con las dificultades de la vida con una sonrisa, en Oscar, que se evade cual Philip K. Dick en sus mundos de fantasía, en Assía, que se despide de mi regalándome la receta de una tortilla marroquí y exquisita escrita de su puño y letra, en Marcos, que se ensaya de superviviente en un barrio complejo, en Daira, que sueña con princesas imposibles y buenas, en Steven, que sueña callado en los paisajes peruanos, en Maybelyn, que a veces me suelta una palabra en guaraní, y en la otra Malak, cuando me cuenta como es su casa en el pueblo de Marruecos, y en Rayan, que no se puede contener sus ganas de vivir, en Ada, que quiere saber como es el mundo, en Emily, ensoñada y bailonga, en Alfonso, que por fin se soltó y me dió su alegría infinita con esas carcajadas anchas, tan de negro africano, en Mohamed El Amin, que quiere saberlo todo de los meteoritos, y en la tercera Malak (perdóname el ordinal), que cuenta los pasteles fabulosos que hace su padre pastelero, en Douaae y sus silencios llenos de palabras y de anhelos, en Anás, tan discreto y tan listo, en Ismael, que me enseñó a ser paciente y confiado, en Marc Anthony, que me abraza cuando le reconozco su esfuerzo. Y en Dunya, que se preocupa y lucha para que todo salga bien, para que todos estén contentos, la que siempre pregunta: ¿a quién debo ayudar? (pero en realidad ya lo sabe) 

A todos ellos no les deseo que sean felices, porque eso es otro asunto. Espero que sean buenas personas y ciudadanos que sepan defender sus derechos. En el mundo más bien hostil que les espera. ¡Suerte y persistencia, muchachos!"



jueves, 22 de junio de 2017

Encuentro con el hombre perplejo




Esta mañana me he encontrado con un amigo que dice sentirse más perplejo que nunca. Dice que los años no traen en todos los casos más claridad, aunque tampoco se siente víctima de las tinieblas. Que hay cosas que parecen obvias, pero son solo aparentes. Que otras son determinantes, pero apenas se acerca uno a ellas resultan inconsistentes. Que otras son seductoras, pero que están construidas de artificio. Que otras más, en fin, parecen auténticas, pero son artimañas. Me comenta además que cada vez tiene menos ganas de darle a la hebra con el prójimo. Que le cansa repetir lugares comunes o entrar en temas que no le interesan. Que hay asuntos que no tienen solución y que ni siquiera le entretienen en una charla común. Que le desalientan los comentarios ligeros, las opiniones irreflexivas y las descalificaciones especialmente falaces. Que no vale ya, vamos, para poner sonrisas diplomáticas cuando está en desacuerdo con un criterio de mal gusto. Me pregunté de pronto qué podía hacer, me confiesa. Y tampoco quiero caer en la apatía o en la insociabilidad. Me di cuenta de que debo probar a buscar las palabras justas, aunque corran el riesgo de sonar categóricas. Cuando hablo pero, sobre todo, cuando escribo. Al fin y al cabo, y me cita a un poeta estadounidense, cuando uno escribe ¿no escribe principalmente para sí mismo? 


https://elescribienteperplejo.blogspot.com.es/



miércoles, 21 de junio de 2017

La sopa boba. Max Aub no iba descaminado






















Estoy terminando de leer a Max Aub en su asombrosa La gallina ciega y me topo con este párrafo que, si bien se basa en otra circunstancia que no es ajena del todo a lo que sucede ahora, me conmueve: "No hay que confundir a los traidores con los hijos de puta. Éstos no traicionan: delatan, que no es ni mucho menos lo mismo. Generalmente, el hijo de puta trabaja gratuitamente, por gusto de fastidiar al prójimo y más si es persona del aprecio ajeno. Resentido, acomplejado, frustrado, no suele escoger; ataca a ojo o a ojos cerrados con tal de permanecer desconocido, a menos que pueda recoger aplausos; ni siquiera beneficios. El traidor puede tener ideas; el hijo de puta es puro sentimiento". Caray, ¿y por qué me parece tan actual esta opinión maxaubiana? ¿Acaso iba descaminado el escritor?

Recordemos que el exiliado Max Aub estuvo de visita en España en 1969, por poco tiempo pero demasiado sustancioso como para pulsar la realidad española de entonces y escribir unas memorias -Diario español, subtitula- de tal enjundia que son útiles para comprender muchas pautas, tics, servidumbres y miserias de los españoles bajo el franquismo. También para tantear el desierto cultural y no digamos político de aquel final de década, no tan lejano. Por lo que se ve aún siguen de actualidad bastantes males y demasiados sujetos ejercientes de maldad, propiciándose una ralea que ha crecido en calidad y cantidad. A esos personajillos perversos que cita Aub los tenemos al lado, cerca, a media distancia, a largo recorrido y en la ardiente oscuridad. Al pensar en el tema se me esboza una sonrisa mefistofélica que solo veo yo y me tienta poner caras calificadas y nombres especializados en el arte de la abyección.  En ese instante doy miedo. ¿De ser un falso demócrata? E pur, que diría Galileo, los hijoputas existen. Les invito a que lo comprueben.



martes, 20 de junio de 2017

La sopa boba. De contaminación atmosférica y otras hierbas salvajes














Estos días el ayuntamiento de mi ciudad ha tomado una medida inédita y a la vez valiente. Cortar durante cuatro días el tráfico de la zona más céntrica, dejando pasar solamente el imprescindible de servicios. Los niveles de polución eran superiores a las normas de preservación de la salud aprobadas internacionalmente. Así que se trata de un resolución lógica, consecuente con el bienestar físico de los habitantes y nada descabellada. Cuando gobernó la ciudad el partido de la derecha tradicional y se superaron los niveles de ozono les importó un pito el bienestar de las personas. Pasaron de procurar el bien de nuestra salud y nunca adoptaron medidas. Para nadie es un secreto que nos estamos envenenando día tras día pero en nuestra mentalidad de Sapiens suicida no queremos reconocerlo. Vivimos tan bien a la corta aunque mañana no tengamos aire sano que respirar...Pues bien a esa leal oposición municipal le ha faltado tiempo ahora no para valorar objetivamente el problema y admitir que lo más prudente es cortar calles reduciendo la intensidad de tráfico, sino para arremeter contra la actual corporación que ha sido decidida y ha optado por la salud pública. Por cierto, todo hay que decirlo, ayer lunes los gestores municipales decidieron levantar la veda, con la excusa de que el nivel de ozono había bajado. ¿Fue así o fueron caguetas para que no se les echaran encima las típicas y tópicas fuerzas vivas? Uno se harta de ver cómo hay gente que solo está para poner palos en las ruedas y sacar réditos electorales, importándoles cero la salubridad urbana.  


sábado, 17 de junio de 2017

Bosníaca. Artistas de la apariencia




Los artistas siempre dando la nota, Alisa, le digo al salir de aquella performance. Son las nuevas creatividades, que dicen algunos, comenta mi amiga. Pero no es ninguna novedad, siempre han existido extensiones y derivaciones del arte más tradicional. El que las expresiones plásticas sean patrimonio de hábiles artesanos que interpretaban a su manera el mundo no quiere decir que no hayan existido otro tipo de actividades, efímeras la mayor parte de las veces. Puede ser, le digo, y si hoy resaltan con más frecuencia debe ser por esta clase de tiempos veloces y poco sedimentados que vivimos. ¡Pero los vivimos!, y Alisa aquí es enérgica. Qué digo vivimos, los soportamos, los sentimos, se nos escapan antes de poder consolidar nada. ¿Cómo va a haber pensamiento serio si apenas concedemos tiempo a reflexionar? ¿Cómo van a salir ideas nuevas, con capacidad que transforme, si apenas hilamos un discurso interior que se tome su tiempo? ¿Quién piensa hoy día, cuando aún no han periclitado las imágenes más trasnochadas de la historia y luchan desesperadamente por mantenerse, en estructurar nuevos criterios que aseguren nuestras vidas? Parece que hubiera una alianza entre los dogmas más arcaicos y el vacío de las ideas del momento para no avanzar, para no llegar a ninguna parte. Y no es que el paisaje humano no esté claro, que lo está. Jamás llegó tanta información y qué mal la procesamos. Será que nos gusta instalarnos en el menor esfuerzo, le digo. Será que hay una manera de entender el hedonismo de modo poco inteligente, me dice. Demasiado platonismo por una parte y poco entendimiento de los filósofos presocráticos, por otro, se me ocurre como si hablara desde la cátedra. No sé, y Alisa se queda pensativa. Las filosofías, el arte, las literaturas son de toma y daca siempre. Pueden aportarnos y a la vez pueden engullirnos. El término medio es el ser humano, su capacidad de distinguir, de elegir, de dejar de lado lo superfluo, de no reducir nunca el pensamiento a lo banal e inexplicable. Pero no me negarás que te gustó la performance, aunque te mostraras severa a medida que el artista convertía a aquella otra chica en un objeto discutible, ¿verdad?, la inquiero. Convertirla en un objeto ya me producía náuseas, pero no me escandalicé, responde. Eso ha sido espectáculo, emersión de egos huecos, reunión de aprendices a los que no les interesa la expresión sino cosas más ordinarias 

Por cierto, ¿qué te decía a la salida, en aquella mezcla de beso y susurro, el demiurgo? Que si le dejaba prolongar la escenificación plástica. Ah,y tú ¿qué le contestaste? Que otro día, ríe Alisa.



(Fotografía de Inés González)


miércoles, 14 de junio de 2017

Bosníaca. Alejandría no tuvo segunda oportunidad




Venía pensando que ni Alejandría tuvo la segunda oportunidad de recuperar su biblioteca. Y sin embargo es un paradigma. Dicen que por la acumulación y diversidad de tratados del saber, aunque acaso la fama posterior le vino por la destrucción que sufrió. Si se hubiera ido vaciado en un proceso gradual y lento, ¿se hablaría de lo que fue con el mismo ímpetu de autoridad que parece que la devastación es capaz de conceder? Alejandría, un mito explicado a medias. Luego alguien inventó aquello de las siete maravillas del mundo, una clasificación aleatoria y probablemente incierta, que acaso es más producto de la leyenda que de la obra en sí. Y en el paradigma de los modelos se instaló la memoria de una biblioteca soberbia que dicen que fue. La memoria, en ese caso y en tantos otros, ¿pretende sustituir o solo compensar lo que hubo y se perdió? Pero creamos en el fenómeno constructivo de las bibliotecas. Creamos en la preservación del conocimiento. Creamos en el legado de información que solo ahora es más accesible y está más socializado que nunca. Relativamente, no nos engañemos del todo. El saber siempre ha sido una propiedad muy particular, muy de minorías, religiosas o políticas, o de ambas castas. El saber proporcionaba, proporciona, control, dominio, influencia, manipulación, poder en definitiva. He vuelto a la biblioteca reconstruida de Sarajevo para deleitarme en su perfecta restauración. ¿Para llorar también? Muchos lloraron en su momento y durante décadas, porque no se trata solo del material exclusivo y rico que ardió, sino de la humillación a la que se sometió a los habitantes de la ciudad y, por extensión, al país multiétnico. Fue un ataque en la misma línea de flotación cultural de la ciudadanía. Incluso, o acaso sobre todo, de las señas de identidad de la convivencia secular.  Pero los paneles con fotografías y textos que hay dentro de la nueva biblioteca, explicando el bombardeo de 1992, lloran ya por mi y por los visitantes. La indignación todavía dura. La ingente cantidad de documentos, libros, manuscritos o archivos relacionados con las culturas de lengua judía, árabe, turca, persa o adzamijski quemados, duermen el sueño de los justos como ningún supuesto justo humano se lo habrá merecido. Información para incautos: la biblioteca histórica de Sarajevo no fue la excepción a la barbarie, sino uno de los más de mil casos de destrucción de espacios culturales en todo el país. ¿Más representativo? Sin duda, además de la calidad de lo que se había heredado de los pasados siglos su ubicación en la ciudad icónica por excelencia. Las noticias están relatadas, los detalles al alcance de cualquiera, las anécdotas para quien desee conocer los entresijos de lo que hay detrás de los superficiales titulares de las agencias de prensa. La destrucción de la biblioteca cerraba el círculo del infierno de los bárbaros, estaba en sus cálculos, tenían que proceder a ello para poner de rodillas a toda la población. Triste.

No hago más que pensar en por qué no habrá querido venir conmigo Alisa. Aducía que tenía el día muy ocupado. Yo creo que ella sigue teniendo miedo a llorar una vez más. Las pérdidas, suele decir, nos condenan a la humanidad. Nunca nos recuperamos de ellas, asevera como si fuera una anciana. ¿Por qué me parece Alisa, con toda su juventud, tan clarividente?



(Fotografía de Inés González)


jueves, 8 de junio de 2017

Bosníaca. Cuando solo quedan vencidos




Una vez leí, Alisa, la dedicatoria de un literato español que pasó por aquí cuando la guerra y escribió un libro sobre lo que vio. Decía algo así: "Dedicado a los habitantes de Sarajevo que, pillados en el cepo, luchan contra la cobardía e indiferencia del mundo. Dedicado a sus escritores e intelectuales, conciencia y honor de Europa". Ahora que este escritor ha muerto lo he recordado y he valorado el instinto de ese hombre. Alisa se pone seria más que triste. ¿Le reconcome a veces la indignación? Mi padre siempre decía que estábamos abandonados a nuestra suerte, que no contábamos nada para los demás países europeos, y que parecía mentira que con las carnicerías que se habían conocido en el continente durante el siglo XX todavía en sus postrimerías pudiera ocurrir lo que pasó aquí. No quería provocarte, le digo a la joven. No lo haces, es un tema del que estamos hartos de hablar y, sobre todo, de padecer. Que es tanto como decir que ya nos casamos de odiar. ¿Será cierto aquel proverbio que dice que las guerras no traen nada bueno para nadie?, le inquiero. Sin duda y el asedio fue un horror, dice la mujer. Fuimos rehenes del tablero de ajedrez de una política que estaba por encima de nuestras cabezas. Las guerras convierten siempre en rehenes a todos sus contendientes, algunos de los cuales juegan con las cartas marcadas de antemano, otros van de aprendices de brujo y otros más se parapetan en la hipocresía esperando el momento de la apuesta final. Las guerras solo dejan un rastro de vencidos. Y lo que es peor, un futuro incierto que solo el paso del tiempo dirá si es superación o si retorna el desquite. Un amigo dice que las guerras convierten en excremento todo tipo de ideas, tal vez porque esas mismas ideas nutrieron la desafección y el encono entre los hombres. Un ciclo biológico en la historia del acontecer de los pueblos. Luego, hay vencidos de toda clase, los que ya nunca tendrán otra opción, los muertos. Luego los heridos incapaces de recuperarse moralmente aunque sus facultades hayan podido aliviarse. Luego los que habiendo sufrido en menor medida están lacerados por el rencor más destructivo que te puedas imaginar. Siempre pagan los civiles y, si te das cuenta, cada vez menos los militares o las banderías que inician un conflicto. ¿Es que alguna vez hubo la opción en alguna guerra de que la población civil se librara?, le pregunto. La historia habla de guerras con otras reglas, las de los campos de batalla, dice Alisa. Pero creo que no es cierto del todo. Que los vencedores siempre han acometido antes o después contra las ciudades y sus moradores, que el triunfo ha sido identificado por ellos como la apropiación sin ley y han quitado de en medio a quien se resistiera. Ambos nos hemos puesto demasiado melancólicos. Desde el velador, contemplamos en silencio la lenta llegada del crepúsculo. Alisa sirve con parsimonia el té. Todo es apacible allí, junto a uno de los innumerables jardines donde los muertos son presencia. Incluso con sus turbantes de piedra.


(Fotografía de Inés González)


domingo, 4 de junio de 2017

Bosníaca. Lección de dudas de historia




Somos lo que llega, lo que se asienta, asevera Alisa con aplomo. Una sucesión de invasores que genera a la larga moradores que se consideran a su vez como si fueran autóctonos de toda la vida. Y acaban siéndolo. No es así solo la historia de este país, sino también la de todos los países. Cualquier rincón de la Tierra, antes o después, es un lugar de tránsito. De ocupación.  Que los que llegan ocupen territorios más o menos habitados es una circunstancia secundaria. Los humanos siempre han llegado a donde no habían estado antes. Lo cual ha generado mundos culturales en constante mutación. Para mí, dice Alisa, eso es riqueza, a largo plazo, naturalmente. ¿Que esos procesos invasores que adjuntan los migratorios son imparables? No me cabe duda. Pueden ser diferentes las formas como se ejecutan pero no sus objetivos. ¿No cayó el Imperio Romano como tal y sus provincias más lejanas, al Este o al Oeste, no fueron ocupadas acaso por nuevos pobladores? Hordas, decían los historiadores que solo leían tras las rígidas reglas del nacionalismo atávico. Los hombres buscan nuevos dominios, y las razones son diversas, aunque se escuden en las leyes de la supervivencia. Lo que para un gobernante significa extensión de su poder a zonas lejanas, con vistas a garantizar su seguridad u obtener recursos, para el común de los mortales sometidos al gobernante implica búsqueda de nuevas maneras de resolver la subsistencia. También lo es para los habitantes invadidos, según en qué zonas y en qué épocas. En el pasado, para muchos indígenas el invasor traía progreso, si es que este concepto pudiera aplicarse a épocas remotas. ¿Eran más libres los pobladores autóctonos antes de ser ocupados? ¿Tenían más derecho, si es que también esta idea existía hace siglos, los que habían caído antes que los que se aposentaban después? Todas las sociedades han tenido sus opresores y han conocido el sojuzgamiento. De acuerdo que en muchos casos los invasores han podido esclavizar más a las gentes avasalladas. ¿Más o de otro modo? En otros, a cierto plazo, nos parece ahora que se les benefició. Pero toda esta visión es falsa. Lo es porque todo cambio pasa siempre por la destrucción. Por algún grado de destrucción. Destrucción de sociedades, desplazamientos de los habitantes, eliminación de jerarquías, abolición de instituciones, captura de fuentes de recursos...¿Qué sabemos de los pueblos que habitaban las vastas regiones de Europa, por ejemplo, antes de la consolidación de los grandes imperios? Mundos que se acaban y resistencias imposibles. También simbiosis, apertura a la desesperada que permitía prosperar a los aborígenes, fusiones y mezclas complejas que nos han traído hasta nuestros días. Eso ha sucedido como una constante en la historia humana. Un profesor mío decía que las resistencias más triunfantes son las de quienes aceptan a los que llegan de fuera. No solo al que aparece con poder sino al que llega desnudo. Demasiados oleajes de almas humanas transcurriendo de unos países a otros. Lo peor es cuando parece que todo se estabiliza y de pronto el juego de cartas se rompe. ¿De pronto? Los tahúres siempre acechan. Quien no quiere verlos es porque algo espera de ellos. O su ceguera, ¿no?, interrumpo a Alisa. O sus limitaciones, remata mi joven amiga. Interpretar la historia es siempre comenzar a dudar y a continuación preguntarse. Alisa suspira y nos paramos ante la mezquita de Gazi Husrev-bey a contemplar el efecto de las luces del lavatorio.



(Fotografía de Inés González)



viernes, 2 de junio de 2017

Bosníaca. Una echada de dados




Cuando recorro las calles de la ciudad vieja, le digo a Alisa, nunca sé si voy acertadamente hacia atrás o si me pierdo en el tiempo como me sucede a menudo sorteando los recovecos de la trama urbana. Los trazados y los edificios supervivientes de otras épocas se embozan entre sombras. Podría preguntar ante la duda a algún vecino pero temo interrumpir su carácter taciturno. Además me gusta perderme, es tanto o más un deseo que un hecho. En ocasiones hasta lo provoco. Antes o después se sale de los laberintos. He paseado con más incertidumbre por la kasbah abigarrada de alguna que otra ciudad norteafricana. Sin prisa por salir, más bien dejándome llevar por su vórtice, persiguiendo un punto invisible donde supuestamente se pudo originar la espiral de aquella suma de vidas seculares. He acabado comiendo con los moradores generosos en alguna de sus casas. Me han dado posada si se me hacía tarde. Sin ningún precio, simplemente pidiéndome a cambio que les hablara de mi mundo, a donde habían huido muchos de sus jóvenes. Agradecían también que yo les escuchara. Y en aquellos diálogos se borraban procedencias y las creencias de cada cual quedaban de lado. Se hablaba de los tiempos desaparecidos y se hacían conjeturas imprecisas sobre el futuro. También en esas ciudades de sol intenso sucede como aquí. Que todos los caminos llevan siempre hacia el pasado. No hay un mañana garantizado, aunque a los humanos nos apremie la esperanza. Pero el deseo del porvenir es lento en cuajar y no asegura sendas cuyo recorrido esté claro. Y nos remitimos una y otra vez, como sucede con el conglomerado de los cascos antiguos de las ciudades, aún vivos y en parte fenecidos, a fantasear sobre lo que hubo. De tal modo que cualquier huella, una casa que haya sobrevivido o un templo que se haya respetado o simplemente el firme empedrado de una calle, tira de nosotros hacia su origen. Cada rincón quiere hablarnos de su tiempo. Es como si nos dijera: mira mi encalado, rasca para que descubras lo que hay debajo. O bien: frota la suela de tu zapato en la baldosa, viejas  decoraciones estrelladas te hablarán de lo lejano. O incluso: desciende a estos sótanos cegados, no son solo cimientos sino túneles de la vida que no nos fue permitida. ¿No serás tú quien buscar dialogar con los elementos físicos de una ciudad a través de tu imaginación?, dice Alisa con su acostumbrada sagacidad. No digo que no, replico, pero me ha salpicado la saliva de una boca humana allá donde una conversación en corro nos ha convocado. O me han abierto el apetito más agudo los olores de los guisos en sus fogones. O me ha hecho girar la cabeza el perfume de jóvenes acicaladas para un visitante inesperado. Creo, Alisa, que los individuos no elegimos la ciudad. Caemos en ella por nacimiento o por accidente, un viaje de placer o aventura, por supuesto, o un desplazamiento masivo desde otra zona por motivos de persecución, por ejemplo. Una echada de dados. Aunque cuántas veces sucede que se ve venir al azar.



(Fotografía de Inés González)




lunes, 29 de mayo de 2017

Bosníaca. Los contrastes de dos ciudades



Cuando Alisa y yo atravesamos zonas de reciente construcción me hace parar. ¿Sabes qué pienso a veces? Que las ciudades son huevos de serpiente. Siempre incubando imágenes nuevas que se comerán a las viejas, las deglutirán al ritmo que marque su fisionomía y que, a su vez, al día siguiente pueden ser pasto de su propia ambición. Letales con su propio veneno incluso para ellas mismas, pero de paso arrasarán lo que pillen por delante. ¿Ves aquel edificio que mantiene la decoración de la metralla?, dice con sarcasmo. Aún no le ha tocado la dinamita inmobiliaria, pero todo llegará. De momento queda bien así para que el viajero de paso compare. Lo nuevo es puro exorcismo. Con la altivez de los edificios que los arquitectos recrean se pretende la purificación de una ciudad que había retrasado su crecimiento hasta el límite. En ellos no se vive. En ellos moran los reptiles que mueven economías y, por lo tanto, manipulan vidas. Nuevas imágenes, sí, nuevas realidades físicas de la ciudad que no hay que confundir con la totalidad de la trama urbana. Las ciudades, amigo mío, y esta menos que ninguna, no tienen garantizada su existencia eterna. No es una novata Alisa en el conocimiento de la geografía de su propio suelo. Tampoco es dada a lamentar las marcas de la crueldad del asedio. Ahora esa vieja casa es como un cromo en un álbum, dice Alisa cuando ve que miro con más atención las antiguas paredes agujereadas que el nuevo templo de los negocios. Pero no quiero mostrarte solamente los cromos de una colección negra, sería injusto. La reconstrucción está siendo imparable, es un buen síntoma siempre que los fantasmas arcaicos y los intereses de entes supremacistas no jueguen con la vuelta a la desgracia. ¿No pretenderás que entremos en el centro comercial por muy nuevo y macro que sea?, suelto alarmado. Los hay por todas partes en Europa y no hay apenas diferencias. El barrio de Marijin Dvor ha prosperado mucho, cierto, pero lo último que me apetece es respirar aire acondicionado. No, y Alisa ríe alargando la vocal. Prefiero que paseemos por la ribera del Miljacka, aunque también te canses de ver cornejas.



(Fotografía de Inés González)


jueves, 25 de mayo de 2017

Bosníaca. Al mejor postor




¿Le interesa algo, señor? Se lo pongo a buen precio, me dice el viejo Kerim, chamarilero de toda la vida. Son recuerdos de los mil y un imperios que pasaron por aquí. Y hace un vuelo con sus brazos a un lado y otro de su puesto de trastos viejos y antigüedades, mostrando el repertorio. Al viejo Kerim le falta la pierna derecha y sin que le pregunte nada lo aclara. Es de antes del asedio, ya venía así de la guerra anterior, cuando era joven. Aquí siempre ha habido guerras, dice. ¿Todos estos objetos? Los he ido recogiendo por aldeas y pequeñas ciudades. Cuando los símbolos caen, como los Estados, como los hombres, ya no interesa a nadie conservar cosas antiguas. Además hubo un tiempo en que comprometían, incluso ahora también, según que insignias o qué fotografías. Esto que tengo aquí ya no. El mariscal desapareció hace tanto y con él prácticamente la memoria. Fue un gran intento pero creo que en el fondo nadie queríamos que prosperase. Solo su autoridad, la moral que venía de la guerra contra los alemanes y la del control del país de países, mantuvo unidos a tantas etnias y regiones. ¿Entendernos? Siempre hay una parte que se siente con supremacía sobre el resto, que ha vivido mejor y está más preparada para dominar a los otros. Kerim baja la voz, no hay nadie alrededor, pero lleva la prudencia a flor de piel. Luego insiste. Porque todo lo que ve usted aquí, de desecho, son símbolos de dominio. Yo no creí nunca en ninguno. Si le soy sincero mi fe estuvo más bien a la contra. Ser invadidos por aquellas bestias de la esvástica que querían comerse el mundo, pillándome aún joven, a mí me resultaba insoportable. Entonces tuve fe contra ellos y participé en echarlos. Lo que pasó después era tratar de acomodarse, salvar la vida cotidiana, y más en mis circunstancias de mutilado. De lo último prefiero no hablar, aún dura la amargura entre los nuestros y, además, no crea, no todos ven con buenos ojos que me dedique a vender a turistas las reliquias de otros tiempos. ¿De verdad que no desea nada? Piénselo, mañana también estaré por aquí. Podemos incluso tomarnos un té. Por hablarle de mi vida no le cobraré. Tengo un tope, ¿sabe? Con la memoria nunca juego. Nunca pongo precio a las alegrías y a los sufrimientos del pasado. Al mirarme fijamente el bueno de Kerim observo que tiene unas arraigadas cataratas en sus ojos. Me parece un tipo noble y entero que no explota su humildad y, probablemente, sus escasos recursos. Puede que vuelva mañana de nuevo, le digo. Que el paso del día sea contigo, me dice. Me sorprende su invocación original. Con razón había dicho que era un hombre a la contra.      



(Fotografía de Inés González)



viernes, 19 de mayo de 2017

Bosníaca. Aquel sabio que dijo que




¿Sabes que la vida se parece bastante a una partida de ajedrez?, dice Alisa cuando en el paseo nos paramos a ver jugar a los jubilados al ajedrez con unas fichas gigantes. ¿O tal vez es al revés?, y pone cara risueña. Allí los hombres hacen de un espacio de la calle un tablero, pacífico, pero no menos enfrentado. La vida es juego, le replico, la metáfora se podría aplicar utilizando toda clase de actividad lúdica. Pero ella quiere decirme algo más. Un escritor sabio de origen sefardita y no era de aquí, no, escribió una vez sobre el saber. Escribió mucho sobre el saber y sus obras eran reflejo de lo que había aprendido y a la vez proyección de lo vivido. Él decía que al saber verdadero no se llega por un camino lineal ni uniforme, sino que está cambiando siempre de forma. Que hay muchas cosas previsibles, pero que no aportan nada, porque ya se distinguen, se ven venir, están hechas. Pero que lo que realmente se nos ofrece nuevo, eso que llamaríamos descubrimiento, o bien conocimiento, llega por saltos laterales, algo así como la posición del caballo en el ajedrez. Por vericuetos inexplorados, por decisiones inesperadas, algo así lo interpreto yo. Me admira la carga crítica de Alisa. ¿Sabes que el ajedrez también se utiliza en las escuelas de los militares y no siempre en el mundo de los políticos?, le digo. Alisa se echa el cabello hacia atrás. No te fíes. Usan el ajedrez más como terapia que como margen de pensamiento. Calcular lo que puede hacer el otro y replicar con opciones tuyas para evitar que el otro avance no siempre da resultado. Siempre estás expuesto a un salto imprevisto. Esta gente juega para sortear la vida en una ficción diferente a aquella realidad en la que echaron un pulso por el que todos perdieron. Bueno, acaso esta ficción de ahora les une de algún modo, o les permite olvidar partidas perdidas, quién sabe, preciso. Alisa se queda pensativa. Luego comenta con ironía: por supuesto el sabio de origen sefardí no tiene por qué tener razón, por mucho que haya sabido de la experiencia propia. Saber y tomar decisiones no van necesariamente de la mano, le digo. Los errores cometidos por los hombres en la historia lo demuestran. Vamos hasta el caravansar de Morica Han y nos sentamos un rato como el otro día, me propone ella. Bascarsija no está lejos. Podemos seguir allí nuestra particular partida.



(Fotografía de Inés González)