Cosmopolitas de todos los países, ¡un esfuerzo más! Jacques Derrida




martes, 15 de octubre de 2019

Naida me cuenta la tragedia de Emina




Emina se vale a dos manos o, mejor dicho, a cuatro; escribiendo y cincelando no hay quien pueda con ella, me cuenta Naida. Perdió al hombre al que amaba cuando aún no habían vivido suficiente tiempo juntos. Lo asesinó un francotirador cobarde que no sabía que mataba a un poeta. Aunque le hubiera dado lo mismo saberlo. Y de haberlo sabido el depravado se preguntaría: ¿Vale más la vida de un poeta que la de un individuo cualquiera? Un poeta es también un hombre común, y no solo para el ojo que te tiene en el punto de mira de tu descuido. El amante de Emina se llamaba Edin Gorik, de familia de lejana procedencia, y se consideraba a sí mismo un poeta cosmopolita, algo que no era muy bien aceptado por los más radicales de esta parte del país y mucho menos de la otra. Decía que un hombre no puede amar solo a una parte de la tierra o a una clase de hombres y a otra parte no. Y que los poetas están para defender una mirada armónica sobre el mundo. Demasiado risueño para mi gusto, aunque la verdad es que era un artífice de las palabras. Más que eso, un orfebre. No creía en las patrias, a las que veía como formaciones poco naturales y bastante injustas, que se traicionaban a sí mismas, no en su concepto como tal, sino en los hechos con sus hijos. Los poemas que publicaba en la revista literaria La fronda no eran complacientes con los vientos de violencia, cada vez menos larvada. Jamás aireaba ideas de supremacía pero tampoco se regodeaba en victimismos. Para él el sentimiento del amor o de la amistad eran indisolubles de la convivencia y del entendimiento en la vida social, un deseo arriesgado más que una duradera realidad por estas tierras. Edin Gorik decía que todas las emociones están conectadas, se tenga conciencia de ello o no, y que quien es sensible a una manifestación determinada, por ejemplo a la afectiva, lo es también a la estética o a la emoción que produce dentro de un hombre obrar con bondad. Un planteamiento raro que pocos entendían pero que él argumentaba con cierta levedad en sus artículos. No era un racionalista obligado. Soñaba demasiado. No era ningún místico, aunque conocía bien la literatura sufí e incluso a poetas antiguos de tu país que no escribían precisamente en la ortodoxia. Tampoco creo que Emina hubiera entendido toda la mentalidad de Edin mientras estuvo vivo. Ella se ha quejado siempre de que le faltó tiempo para conocer la riqueza de sus pensamientos revueltos. Quién sabe. Era un hombre en una evolución incesante, que la comunicaba casi a diario. Emina y Edin hablaban mucho entre sí, pero él iba por delante en conocimientos de culturas extranjeras y también en la euforia por dar a conocer cómo las iba descubriendo. Todo esto deslumbraba a Emina.  Fueron los poemas que había dejado sin publicar los que ella leyó una y mil veces hasta identificarse con el hombre que ya solo iba a ser una sombra en su vida. Hoy Emina se desquita a través de la palabra y del esculpido. Las considera expresiones tan complementarias que busca estimularlas entre sí. Es mi doble homenaje a Edin, suele decir. Aunque yo creo que es su modo de intentar conjurar el dolor que aún le causa el recuerdo de la tragedia. Con la palabra propia se empeña en proseguir la obra del hombre. Con la escultura golpea la masa para liberar resentimiento, dice con esa ironía alegre y descarada que gasta. Porque solo expulsando el odio, afirma, puede nacer una nueva criatura. Sé de sobra que ni una dedicación ni otra darían frutos tan gratificantes como los que consigue si solo se dejara llevar por el impulso animal de revancha.

Naida me mira, atusa con sus dedos el cabello de mis sienes. No dices nada. ¿En qué piensas? Callo, me mantengo absorto, alejado. Mi sonrisa cabalga todavía sobre la vida imaginada de la escultora y el poeta. Antes de que se frustrase.




(Fotografía de Inés González)


lunes, 14 de octubre de 2019

No puede ser




No, no puede ser que, de ningún modo, la ficción supere a la realidad.



(Ilustración de Milo Manara)

domingo, 13 de octubre de 2019

Tarde de domingo de otoño con el reloj del abuelo





Hoy el reloj de mi abuelo ha echado a andar. Lleva ya hora y media larga marcando la hora. Lo observo con avidez infantil.

Mi abuelo murió cuando yo tenía ocho años. Estoy seguro que su muerte fue una injusticia de la vida o, más que de la vida de la historia, es decir que su afección en aquel lejano noviembre hoy la habría superado sin duda. Pero todo transcurrió tan rápido y en unos años en que la asistencia médica era muy limitada, que a mí me descolocó. Cuando me muera, me había dicho más de una vez, este reloj será para ti. Él lo llevaba prendido de un ojal y acomodado en un bolsillo del chaleco. Ropa de otros tiempos. Yo no uso chaleco, pero ganas me dan de ponerme uno, como en su época, siquiera para dar satisfacción a ese recuerdo.

Esta tarde el reloj me tiene encandilado. He abandonado quehaceres simplemente para observar el movimiento de las manecillas, recorriendo con apariencia lenta, pero con realidad exacta, los arábigos sobre fondo verdoso. El minutero y el segundero tienen formas exquisitas, orfebrería que casi los hace invisibles. Su sonido, bajo, casi apagado, contiene el peligro de que me haga recordar. Verme de nuevo con ocho años y las manos grandes y elegantes de mi abuelo poniéndome el reloj al oído. Entonces teníamos oído hasta para los relojes; hoy apenas queremos oír.

Algún día, es decir, en cualquier momento, cuando uno menos se lo piensa, no me creo eterno, también tendré que ceder el reloj a alguien de este mundo porque allá en el vacío, en el no ser, no hay tiempo que valga y no admiten, por razones obvias, objetos que lo midan. Pero acaso pida que hagan una excepción. Ser sepultado con el reloj entre mi piel y la sábana en que me envuelvan. Pero eso sí, con su tic tac en pleno funcionamiento. Hasta que se pare, que no es lo mismo que decir que se muera. Capricho del muerto.



viernes, 11 de octubre de 2019

Emina, la amiga de Naida, y su escultura




¿Has venido porque te ha dicho Naida que ya había terminado la escultura?, y Emina se pone delante de una piedra que ha esculpido, ocultándola con sus hombros rectilíneos y anchos, como si no quisiera que yo la viese todavía. Asiento con la cabeza, y añado: Naida vendrá dentro de un rato. Emina, tan lenguaraz con su boca como con sus manos talladoras, no tiene inconveniente en expresar sus sentimientos respecto a la ejecución de su trabajo. Cada vez que termino una obra o, mejor dicho, cada vez que la doy por terminada, porque acabar una escultura es un tiempo falso, siento un pudor tremendo. Es como si los que ven el trabajo me vieran a mí en la desnudez de mi personalidad. ¿Tú crees que se puede considerar acabada una escultura?, insiste. Me encojo de hombros con prudencia. Emina se precipita con vértigo. ¿En función de qué se puede confirmar que tal trabajo ha tenido fin? ¿Cuando el espectador la contempla? ¿Cuando el comprador da el visto bueno? ¿En el momento que parece expresar con suficiente exactitud la idea propuesta? O algo más sencillo: ¿acaso en el instante en que el artífice ya no puede más, porque no sabe afinar todo lo que pretende o porque el cansancio le rinde? Como no sé dar respuestas, desvío la conversación por otros derroteros. Oye, Emina, ¿surgen tus esculturas de tus poemas o es a la inversa? Ella ríe mientras me perdona la vida. Pareces un periodista de escasos recursos. Pues bien, los poemas y las esculturas surgen de mi vientre. ¿Te parece correcto? Puestas a parir las mujeres somos capaces de eso también, ¿no crees? Y su carcajada, estruendosa y cálida, me saca los colores. Mira, prosigue ya caritativa, escribo poemas para desquitarme de mis cuentas pendientes. Y en ese sentido son una venganza. ¿Que suenan demasiado duros y pesimistas? Tengo derecho a vengarme con palabras de los desastres del pasado, ¿no? Pero tranquilo, no escribo para representar épicas, no me interesan. La barbarie es barbarie sea cual sea la mano ejecutora. No me veo ensalzando a nadie, pero sí denunciando a los brutos. Así son los poemas que escribo. Miro largamente las manos de esta mujer. Se mueven ágiles al hablar, dibujan imágenes, rozan la respiración de ambos. Emina, Emina, pienso absorto, cuando hablas con excitación te multiplicas. Tus manos que escriben, tus manos que esculpen, ¿sabrán modelar otras pasiones? ¿Qué obras crearás con ellas sobre la superficie tosca de un hombre?, me pregunto mientras permanezco evadido de la conversación. Ella advierta mi despiste y me pone de nuevo a la escucha. Ahora estarás pensando qué significa para mí la escultura, ¿verdad? Sois tan lineales como previsibles los hombres...Es muy sencillo. Esculpir es esconderme. Toda roca es una abstracción y solo cabe rescatarla con la misma moneda. Convertir un mármol en una alegoría, con personajes y situaciones, ¿para qué? Si lo hiciera no entendería ni a la piedra ni a las figuraciones, y yo necesito esconderme de la representación del mundo que salta a los ojos. Porque hay otro mundo no visible a primera vista, porque hay otros ojos que pueden penetrar más lejos. Me interesa ahondar en las fuentes de la vida. No concibo ni la muerte ni lo muerto como objeto de exploración. Ah, ¿se curó el corte que te diste la otra vez?, salta de improviso. Cuidado hoy. Entonces Emina se aparta, deja de eclipsarme con su cuerpo, cede el espacio a la obra en cuya dirección alarga la mano indicadora. Si no te hieres los dedos con las aristas procura que tu mirada no sangre. Y lo dice mientras me fulmina con una sonrisa traviesa, desafiante. Provocadora.




(Fotografía de Unés González)

miércoles, 9 de octubre de 2019

Naida busca su refugio




Pero ¿cómo encontrar un refugio cuando se han ido perdiendo todos aquellos ámbitos que proporcionaban seguridad? Parte de lo que había tenido era ahora polvo. Otra parte, si bien sobreviviente,  había dejado de ser fiable. Lo de atrás había saltado por los aires cediendo la penosa herencia de la inestabilidad. Pero esas mismas pérdidas que, por un lado, la empujaban a ser más tenaz y constructiva eran también recordatorio que le llevaba a titubear y a mostrarse más indecisa en los momentos en que se le presentaba por sorpresa un cruce de caminos. Ah, la costosa prueba de la elección. Ella misma había dicho en una ocasión a su amigo: un cuerpo es una morada efímera pero inexpugnable mientras se la cuide y se mantenga su calor. ¿Reclamaba Naida de nuevo un trozo de territorio humano prestado que la hiciera sentir menos vulnerable? Había aprendido a vivir sin amor, pendiente exclusivamente de enderezar su vida y atender a lo más elemental y perentorio. Tampoco quería mostrarse menesterosa, pues su orgullo no solo no había mermado sino que, como una propiedad destinada a sobreponerse a las desdichas, aún lacerantes, se había erigido en rector de su caminar. Qué difícil es compaginar los sentimientos con la lucha por la vida, solía decir en sus confidencias a aquel moreno visitante del sur.  A veces el hombre estaba tentado a preguntarla si había sido amada durante los largos días de asedio, pero renunciaba a hacerlo pues le parecía obvio que la respuesta estaba implícita en su actitud. Nadie que no haya perdido el amor, sea cual sea la circunstancia o el objeto del mismo, puede manifestar aquella ansiedad que Naida apenas podía contener. Pero ella, ¿lo había perdido o es que jamás había tenido una percepción clara del acompañamiento? Las metáforas que empleaba eran subterfugios para no quedar en evidencia, pero a la vez alertas en las que trataba de implicar al extranjero circunstancial. Naida pensaba: ¿hasta qué punto este hombre puede contener mis desgarros aunque me abra de par en par? ¿Hasta dónde seré yo para él algo más que un cuerpo de deseo, más que un espacio contradictorio donde él descubra y me haga descubrir un hábitat de sosiego y serenidad? ¿O aquello a lo que aspiro es todo lo contrario del amor? El remolino de la melancolía agitaba a Naida, pero no quería hacerlo evidente. Sus fantasmas convivían con sus insatisfacciones. El recuerdo de algún tiempo más feliz y ya tan lejano le obligaba a fantasear con otra oportunidad que sabía que no estaba en su mano. Tal vez vivir en otro país, ya que no veía claro que pudiera vivir otra historia, fuese la alternativa, ponderaba nerviosamente en sus reflexiones más críticas. Pero al recuperar el control concluía que no debía presionar al hombre. Que no podía hacer obvias sus debilidades. No era dando lástima como podría recabar la atención de él, y mucho menos consideró que ese fuera el recurso de seducción.




(Fotografía de Inés González)

domingo, 6 de octubre de 2019

Naida y el hombre bajo la ventisca




Bajaron en silencio, dejando atrás la Fortaleza Amarilla, que se iba diluyendo entre la neblina. Los primeros copos de la ventisca excusaban cualquier conversación, cómplices de las reflexiones en que ambos iban sumidos. Alcanzaron la Vijénicka, que la mujer ignoró, pero que él aprovechó para contemplar desde otro ángulo la biblioteca reconstruida. La nieve comenzó a arreciar. No sé si te has dado cuenta pero la nieve me pone melancólica, dijo Naida. La melancolía es una propiedad de viejos, cortó el hombre. Naida se detuvo y se encaró severa con él: es propia de quien tiene motivos, sea cual sea la edad. Nadie está libre. No la proporciona el tiempo, la carga el sentimiento dolorido. Él no se atrevió a llevarla la contraria. De haberlo hecho Naida habría esgrimido razones, algo que venía haciendo con frecuencia, conduciéndolas por los territorios sinuosos del pasado. Se habría enfurecido. No era cosa de incidir sobre el estado de ánimo de la mujer. Se limitó a comentar que iba siendo tarde para comer. La melancolía me quita el apetito, si quieres puedes ir tú. En la taberna del mutilado Suljo, que ya conoces, comerás hasta saciarte. Además para ti será barato. Él ya había advertido el tono desapacible de Naida, pero aquel ímpetu tan adverso le preocupó. ¿Era consecuencia de la amargura de los pensamientos de Naida o le pasaba algo más?  Fue prudente y desvió la conversación. Tiene toda la pinta de que la nevada va a ir cuajando, deberíamos llegar cuanto antes a alguna parte donde sentirnos protegidos. Naida estuvo a punto de responder que ella estaba sobradamente acostumbrada a la nieve, al frío, al hambre y en general a la necesidad. Estuvo a punto de gritarle que si de los dos alguien sabía algo de protección era precisamente ella, que tanto le había faltado antes, que tanto le había urgido cuando nadie podía garantizársela. Pero se moderó. Una ha pasado por demasiados rigores, dijo, si bien nunca se hace del todo a ellos. Además no soporto el padecimiento gratuito. Y ¿sabes lo que menos aguanto? Ignorar los recursos para hacer frente a las carencias. Contempló el gesto mudo y ausente de su compañero, volvió a detenerse. ¿Vas a seguir sin decir nada en medio de este tiempo inclemente?  Los copos que se iban enredando en los cabellos de la mujer se escurrían rostro abajo, decoraban sus largas pestañas, opacaban sus ojos vidriosos, besaban con fruición sus labios en celo. El vaho de la boca de Naida emitía una llamada de socorro. Quieres que vayamos a la casa silenciosa del otro día, ¿verdad?, dijo por fin él. La mujer sonrió débilmente. La luz de su rostro derritió el hielo que les había paralizado. Necesito un refugio más profundo y sobre todo más sereno que la casa, dijo con voz quebradiza, sin poder evitar que la tiritona conmoviera su cuerpo.





(Fotografía de Inés González)

sábado, 5 de octubre de 2019

De una carta de Cayo Julio César a Lucio Mamilio Turrino




"...Estoy acostumbrado a que me odien. Ya en mi temprana juventud descubrí que no necesito la opinión de otros hombres, ni aun de los mejores, para confirmarme en mis acciones. Pienso que solo existe una soledad más grande que la del comandante militar que está a la cabeza del Estado, y ella es la del poeta..., porque ¿quién puede aconsejarle en esa ininterrumpida sucesión de elecciones que es un poema? En este sentido es en el que la responsabilidad es la libertad; cuantas más decisiones te ves obligado a tomar solo, más cuenta te das de tu libertad de elegir. (...) Y, sin embargo, soy un político; tengo que representar la comedia de extrema deferencia a la opinión de los demás. Un político es uno que pretende que está sujeto al apetito universal de estimación ajena; pero no puede pretenderlo a menos que esté libre de él. Tal es la hipocresía básica de los políticos, y el triunfo final del que conduce llega con el temor reverencial que se despierta en los hombres cuando sospechan, aunque nunca lo sepan de cierto, que su conductor es indiferente a su aprobación: indiferente e hipócrita. ¡Cómo! -se dicen- ¿Cómo? ¿Es posible que este hombre esté libre de ese nido de víboras que todos llevamos dentro y que es a la vez nuestra tortura y nuestro deleite..., esa sed de alabanza, la necesidad de justificación, la afirmación de sí mismo, la crueldad, la envidia?"

De Los idus de marzo, de Thornton Wilder.


(Comentario: el placer de leer, y nunca es tarde, un libro sumamente ingenioso, culto, imaginativo, divertido y con sustanciosas reflexiones, que yo no conocía y cautiva)



(Fotograma de Julius Caesar, de Joseph L. Mankiewicz) 

jueves, 3 de octubre de 2019

Naida. Contemplando la ciudad desde aquí arriba




Subir las cuestas y contemplar la ciudad desde la altura es siempre un ejercicio reflexivo. Naida ama su ciudad pero, como todo el que se encariña con lo propio, es también sensible a lo que no le gusta de ella. Habla más templada mientras acaricia los arbustos de las laderas y arranca sus frutos de otoño. Empiezo a vivir entre dos mundos, el que conozco de siempre y el que tú me transmites y yo potencio con mi imaginación. ¿Con cual me quedo? Nunca me ha gustado verme obligada a elegir, no sé si porque antes no tuve muchas opciones de hacerlo o porque no había mucho con lo que quedarme. No, tú no tienes la culpa de nada, me das a conocer formas de vida y de pensamiento de tu país y a mí me viene bien, me hace soñar. No es la única división a la que me veo abocada. Me persigue el pasado con todas sus secuelas. Me hiere la quiebra de viejas relaciones que se perdieron, la decrepitud del carácter de nuestros mayores, las posibilidades que se fueron como el humo. Hay tantas cosas que nos parte en dos, o en cuatro o hasta el infinito...Naida controla bien sus estados de ánimo pero a veces la amargura la vence. Me gusta escuchar tus preocupaciones más íntimas, la digo. Las preocupaciones nos endurecen, pero soy aún bastante joven como para rendirme, prosigue. ¿Piensas que no tengo suficientes motivos de alegría? Necesitaba desahogarme contigo, saber que alguien de fuera a quien escasamente conozco, me escucha y hace el esfuerzo si no de comprender con detalle al menos de aceptar mis altibajos de humor. ¿Por qué te he hecho subir hasta aquí? Para que seas testigo de mis cuitas, pero también para que te hagas idea de lo que es esta ciudad. Desde las alturas las ciudades y los hombres empequeñecen, pero solo es un espejismo. Los asedios destruyen, pero también enseñan. A los supervivientes, por supuesto. Los que murieron en aquellos bombardeos atroces, despiadados, nunca podrán resarcirse. Si pudieran pensar dirían que ellos han sido los mayores ignorantes. Hubo un tiempo en que yo creía que todos estábamos muertos. Por supuesto que la tendencia natural a seguir adelante es un imperativo biológico. Pero nos parecía que nuestro mundo de siempre estaba paralizado. Que nuestros días del ayer se habían borrado. Todo quedaba en entredicho y el futuro parecía estar sentenciado. Los vínculos familiares, las ideas, las creencias de los más religiosos, los comportamientos y reglas habituales del orden social, los sentimientos, hasta los amores. Muchos llegaban a dudar. ¿Será nuestra culpa?, se preguntaban. Aunque de sobra conocíamos a los que habían sido vecinos y ahora se volvían contra nosotros. A aquellos con los que habíamos formado parte del mismo Estado y querían borrar del mapa a los que nos consideraban que no encajábamos en su bárbaro concepto de patria única. Pero ya ves, la ciudad de los conflictos sigue ahí. No había muerto del todo, renació. Ahora, desde esta altura, me siento yo la ciudad. Tú eres también mi ciudad. Pues aceptar al extranjero fue siempre una seña de identidad. ¿Por qué iba a cambiar yo las reglas?




(Fotografía de Inés González)

martes, 1 de octubre de 2019

Cita junto al puente con Naida




¿Por qué me has citado aquí?, me pregunta Naida. Es un lugar que conozco de sobra, resulta ya un tópico venir expresamente hasta el puente. Hace un mohín de hartazgo. Me justifico. No sé, para contemplar el lecho del río, por ejemplo. O porque es un cruce de caminos, como los nuestros, y eso siempre es muy simbólico. En los caminos las gentes se encuentran. O se separan para siempre, me corta Naida, con turbia intención. Hago como si no la escucho. Además en esta ciudad todo huele a historia tan antigua y... tan reciente. Ah, claro, la historia, no podía faltar la lección de historia, dice resignada. Pero ¿a quién le importa a estas alturas la historia? Los visitantes llegan hasta aquí con sus guías impresas a imaginar un episodio muy concreto, pero ¿piensas que están interesados en conocer el trasfondo de lo que ocurrió hace más de cien años? ¿Crees que muchos de ellos se atreven a preguntar a los testigos vivos de la última catástrofe por lo que hemos pasado en tiempos más recientes? ¿Se preguntan acaso si lo que viene sucediendo en estos territorios desde tiempo lejano tiene solución? ¿O hasta qué punto ellos, los otros europeos, están dispuestos a ayudar en la solución? Lo peor que le puede ocurrir a una ciudad es que se convierta en un parque temático, por muy pedagógico que se le diseñe que aquí, hoy por hoy, no es el caso. Naturalmente, se dirá que los visitantes siempre deben ser bienvenidos, que traen divisas, que así nos incorporaremos al turismo que conocéis en vuestras sugerentes ciudades de la sabia y desarrollada Europa. No puedo ignorar una ácida dosis de ironía, cargada de incredulidad. ¿Qué te pasa hoy, Naida?, voy directo. No te gusta el puente, no te gustan los viajeros curiosos, y no lo olvides que yo soy uno de ellos, no te gusta la historia...¿o es el pasado lo que te disgusta hasta el punto de sentirte coaccionada por él? Paseemos a la orilla del Miljacka, hasta allá abajo, hasta recibir al río, sugiere Naida. Disfrutemos del silencio y de la brisa. Ya estamos bastante saturados de los hombres. ¿También te sientes harta de mí?, la provoco. Tu ternura no me cansa, responde. No me agobia, pero debo entenderme mejor a mí misma.




(Fotografía de Inés González)

domingo, 29 de septiembre de 2019

Poema de Gonzalo Rojas para un domingo soleado




1. Poema de Gonzalo Rojas en su Metamorfosis de lo mismo:

Viendo bailar al aire


Loco, Tao:
¿quiere decir que está en movimiento?

Que está en movimiento:
¿quiere decir que va lejos?

Que va lejos:
¿quiere decir que retorna?

Efímero,
imago inmóvil: todo efímero.


2. Comentario a mi modo y capricho: hago figuras de papiroflexia que duran lo que duran, las armo, las desarmo, aquí un pájaro, allí un avión, más tarde un caballo, qué busco en ellas, el armonioso piar, el vuelo enérgico y su runrún, el relincho del corcel brioso, ahora doy la vuelta al papel y quiero un barco, si es pirata mejor, y a ver si me sale un conejo, para que me convoque como a Alicia y me haga llegar al más allá de mi espejo y de la imaginación, y puedo intentar, pero sé que es muy difícil, hacer un corazón, que ame, naturalmente, y una mano, que acaricie, por supuesto, ¿sabré hacer una mano de papel con dedos afilados y dúctiles que dibujen sobre la piel de mi fantasía?, y cuando tenga todas las figuras seguiré con otras hasta construir una ciudad de origami, donde habitemos todos, las figuras y yo, para llevar la contraria al Tao.



jueves, 26 de septiembre de 2019

Naida. Habla el mármol indómito




Nunca como el otro día me había sentido piedra con tanta intensidad. Nunca, sin embargo, me había invadido la fragilidad, estremecida por el roce de buril de tus dedos. Aún permanece la huella carmesí,  casi microscópica, entre las partículas desprendidas de mis bordes mellados. Justo era que la sangre te brotara oferente, veloz, lábil. Justo que se interpusiera entre dos climas e invadiera una textura tan desigual. Y yo, mármol apenas desgajado de su materia madre, caté su dulzor sugestivo. Dudaba si impedir o no aquel flujo vertiginoso; luego fui presa de azoramiento al reconducirlo. Probé tu sed a través del sudor agitado que emanó de tu miedo. No ocultaba su amargor, mientras mi superficie gélida perdía su condición, sin obedecer a la artista, sin resignarme a las leyes del acatamiento que se le supone al bloque hurtado a la tierra. Desde entonces vuelve a latir mi sustancia indómita. Temo que mis perfiles se resistan al escoplo y a las demás herramientas. Que quiebren fuera de las líneas marcadas por la descarada artesana. Que no quieran colaborar con el empeño de esa escultora salvaje por intentar que hable el lenguaje de fantasía que ella pretende arrancar de mí. Ah, si al menos las caras disimétricas de mi cuerpo cambiante fueran tratadas de nuevo por la terneza de tu ávida curiosidad. ¿Te atreverías a volver al taller de Emina y observar cómo me explora y me saca de mi letargo? Si arriesgas una aproximación a mi vértice afilado no te alejes de inmediato. Reprime el ácido latigazo de la linde de mi entraña. Contén su ritmo acerado hasta que no puedas sostener el efecto de la incisión. No temas el acerbo escozor del mármol más transparente que hayas encontrado jamás. Tal vez entonces te conviertas en parte de mí, cristalizados ambos en brumoso e invisible mineral.




(Fotografía de Inés González)

lunes, 23 de septiembre de 2019

Naida. Visitando a Emina, la que habla con la piedra




Cuando veo una planta o un árbol veo esculturas vivas, me comenta Emina mientras se frota el sudor. Deformación profesional seguramente. Los individuos, ¿también son esculturas para ti?, le pregunto con sorna. En muchos casos son naturalezas muertas; muertas y enterradas. En este caso no merece la pena ni considerarlas porque no transmiten significado alguno. Emina y sus ojos glaucos. Emina emergiendo desde una corpulencia delicada. La cabeza rapada y el cuello dórico. Se quita los guantes de loneta con los que se protege del golpeo sobre una piedra poligonal. Combina una dulce sonrisa con una expresión áspera que desconcierta al interlocutor. ¿Vienes por venir o porque Naida te lo ha pedido? Si es por mis poemas, ni te esfuerces. Prefiero que te intereses por mi trabajo. No es esta la imagen que yo tenía de Emina, pero no dejo que me afecte. La energía que derrocha hablando es parte de su entrega. Energía combatiendo con otra energía, a la que acaricia una y otra vez, tratando de rescatar la sugerencia de la materia. Emina y su boca acorazonada. Emina y sus brazos de apariencia débil. Emina, la otra Emina que no es la que yo creí conocer en cierta ocasión. De hecho, cuando Naida me dijo a qué te dedicabas tuve una gran curiosidad. Por eso he venido, la replico para que se relaje. Pues esta es una parte fundamental de mi mundo, dice, porque tengo más de una. Un tío cantero me inició en estas artes y aunque el repertorio de su trabajo era muy limitado aprendí de él ciertas nociones. Por ejemplo, a distinguir materiales. A saber dónde y cómo hay que golpear sin que la roca se parta indebidamente. A comprender los volúmenes y pulirlos hasta hacerlos gratos a la vista y al tacto. Pero también a hablar con la piedra y a escuchar con atención sus gemidos. Suficiente para que luego me arriesgara a experimentar en un terreno artístico sobre el que la cultura heredada en estas tierras apenas ha incidido. Emina y sus senos robustos y acompasados. Emina y el movimiento oscilante de su talle mientras gesticula. Emina y sus dedos rectilíneos plasmando líneas sobre el perfil de sus esculturas. Emina y la seguridad descarada de sus palabras, a la que observo boquiabierto mientras habla, a la que escucho desconcentrado. Inhalo ávido el olor acre de su transpiración, como si viera en ella al médium que me ponga en contacto con la piedra madre de la que la mujer hace brotar la esencia de un lenguaje que yo desconozco. Sé lo que piensas, y me corta mi abstracción. ¿A que no ves con claridad lo que está saliendo de este mármol? Tampoco te lo voy a explicar. El día que lo termine te vienes por aquí y me dices lo que ves, lo que sientes, lo que te atrapa de la obra. Emina, Emina, ¿de qué estás hablando?, me digo mientras froto con mi mano la superficie de aquel prisma. Me apetece pasar velozmente mis dedos por una de las aristas afiladas hasta cortarme. Bien, lo has logrado, dice Emina, has teñido con la sangre mi piedra. Eres travieso, también quieres experimentar, y me comprime la pequeña llaga con su mano, la lame, unta de sangre uno de sus labios agrietados. Cicatrizará, dice, pero la piedra ya permanecerá herida para siempre.




(Fotografía de Inés González)

domingo, 22 de septiembre de 2019

Max me presta Río hermoso, de Ilhan Berk




Max siempre me hace descubrir algo nuevo. Menos mal que no vive bajo mi techo, de lo contrario yo no daría abasto para tanta eufórica recomendación. Ayer me vino con el libro de poemas Río hermoso, de un poeta turco al que no conocía, Ilhan Berk. La verdad es que nunca estaremos suficientemente agradecidos a la editorial Ediciones del Oriente y del Mediterráneo por la variada cantidad de autores que han traducido y publicado. Autores sauditas, sirios, libaneses, iraníes, griegos, afganos, iraquíes, kuwaitíes, turcos, egipcios, marroquíes...y también centroeuropeos, chinos y japoneses en menor medida. En fin, con desplegar el catálogo de su página nos hacemos una idea.




El libro de Berk se divide en dos partes. Río hermoso y La sangre del poeta. Mientras esta última parte se compone de reflexiones, aforismos y pensamientos voladores dotados de agudeza, que invitan a su vez a nuestra propia reflexión personal, Río hermoso es un poemario de amor. ¿Demostración de amor a una mujer concreta, a cualquier mujer que haya amado o a su fantasía por amar a una mujer? Hay hombres poetas que afirman y se ratifican en la devoción a una mujer determinada. Hay otros que nunca aclarán a quién tienen en la mente cuando escriben. Pero ¿acaso tiene eso alguna importancia? El amor, ya se sabe no se puede separar de la contemplación y el deseo, de la sensorialidad  y de la estética, de la búsqueda y de la inaprensible satisfacción. El amor y la palabra van de la mano en un poeta. Trascienden los afectos y sentimientos para sacralizar la palabra adecuada, la que mejor interprete. Haya habido una o cien mujeres en la vida de Berk creo que el amor en su boca -en su mano, en su escritura, en su imaginación- es la palabra misma. ¿Qué sería del amor sin la palabra? ¿Qué sería de los amantes sin su capacidad de expresarse? El amor muere cuando muere la palabra, su disposición creativa, la proyección de las sensaciones, la lasitud de los descubrimientos. 

Un poema de Río hermoso:

Hermoso

Hermoso,
          tu cuerpo es mi exilio
(Aquella hierba grisácea, querido lino)
Allí el cielo, los soles, la historia
El tabaco de tu pelo y tu cuello
Allí el pálido atlas de tu boca
        Toda la geografía.

Yo que soy un hundido, un perdido, un desecho
El olivo indigente de nuestro siglo
El recuerdo de un bosque,
                                  en sus dientes de leche.

Ofrenda 

Estés donde estés ese lugar me cuenta
Hermoso,
              río profundo, sereno de tu cuerpo.


Leo por ahí que Ilhan Berk (Manisa. 1918-Bodrum, 2008) es una especie de poeta de ida y vuelta y de nuevas idas y venidas en la búsqueda de estilos. Europeizado por un tiempo, dio la espalda a la influencia cultural europea para trabajar la estética del otomano más clásico contra el que se había rebelado de joven. En su deambular por búsquedas diferentes llegó a practicar también, ya en edad avanzada, la poesía visual. Pero no sé casi nada de Ilhan Berk. Demasiado que Max me lo haya hecho conocer y me diga que además lo ha sacado en su blog. Siempre temo los hallazgos literarios, pero solo en el sentido técnico. Es decir que un libro y un autor bien hallado me van a llevar a conocer otras creaciones del mismo. Y el laberinto una vez más se abre, se extiende, me engulle. ¿No hay mejor tratamiento para la angustia y la incertidumbre que reconocerse en las palabras de los poetas y generar, si es posible, las propias?  Al fin y al cabo, ante los temores pre apocalípticos, tal como se pregunta y se contesta Ilhan Berk así también pienso yo:

"¿El fin del mundo? 
 - ¡El derrumbamiento del sueño y de la imaginación!" 

https://reptilector.blogspot.com/2019/09/el-poeta-turco-ilhan-berk-habla-del.html






Por lo que veo a Ilham Berk le iba el dibujo y la ilustración. El libro se acompaña con algunos de sus trabajos y se agradece.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Naida. La blanca vecindad.




Naida me cuenta. Ayer me encontré con Emina. ¿La recuerdas? La conociste en una ocasión, en aquella exposición del pintor loco. Su estado de ánimo ha mejorado de manera muy visible. Debe ser porque ha ahuyentado en gran parte sus obsesiones. Desde que decidió, sin saber por qué, ponerse a escribir se ha ayudado mucho. Me preguntó por ti. Tengo aquí varios poemas que quiere publicar. Le apetece que los revise. Mira, lee el que titula La blanca vecindad.


Cuesta arriba, cuesta abajo
solo veo una ciudad silenciosa y blanca.

Las figuras poligonales como ríos de memoria
crecen y se incrustan entre los vivos que no olvidan
aún atónitos pero no incrédulos de cuanto aconteció.

Los otros nos miran desde el reino de la roca virgen
allá en lo más hondo de la tierra
donde se agitan por nosotros
advirtiendo que el horror nunca descansa
y no respeta a las familias, ni siquiera a las que dijeron
que ellas no se  habían metido nunca en nada.

No aconsejan. Gritan que nos prevengamos contra la infamia.

Los ausentes no envejecerán nunca
y el conglomerado mineral del que forman parte
abajo y arriba
seguirá abriendo su cuna universal
para que nazcamos de nuevo.

Contemplo cada día la blanca vecindad,
invoco muchos nombres conocidos,
y otros de los que nunca supe se presentan ante mí
y se mencionan en una secuencia de tonos alternos:
Harun, Adnan, Izet, Marija, Imram, Ado...
Yo imagino en cada uno su sonrisa, no la última
sino la que les llenó de vida.

Los nombres se repiten, los silencios se multiplican,
la sangre fue absorbida  por los cerebros de las nuevas generaciones.
Las voces ocultas toman mi voz y a través de ella
me piden que las proteja del anonimato.

Las laderas ofrecen las huellas del lamento.
En las calles el asfalto no puede tapar las pisadas antiguas.
Aún hay fachadas en que los agujeros de lo innombrable
se oxidan lentamente. Sin cerrarse. ¿Se cegarán alguna vez?

¿Seguirán nuestras plazas mecidas para siempre por las palomas
sin que el retorno de la ferocidad las ahuyente?
¿Acompañarán las cornejas el sosiego de nuestros quehaceres cotidianos?
¿Llegará un día en que los viajeros que nos visiten
proclamarán con su presencia que aquella fue la última vez
y que ya no habrá un nuevo desamor que nos divida?


Verdaderamente, es una manera muy sabia de conjurar sus fantasmas, digo a Naida. Y de rescatar a la ciudad con una intensidad afectiva. Muy emotiva, para qué negarlo. Si quieres puedes decírselo tú mismo, lo agradecerá viniendo de un extranjero, responde Naida. Y añade: las personas que narran lo vivido y a la vez imploran, incluso imaginan, con sus cantos otra vida ¿no se merecen que se rompa la antigua y cruel dialéctica de las aproximaciones y los rechazos entre los hombres? 



(Fotografía de Inés González)

martes, 17 de septiembre de 2019

Naida. Dos cuerpos juntos tan separados




Voy a cambiarme pronto de casa, le ha comentado Naida en aquel cuarto sombrío, de un silencio amable, íntimo. Y puede que incluso de ciudad. Aquella revelación en medio del calor de sus cuerpos desnudos desconcierta al hombre, también le estremece. Él piensa: si se cambia, la perderé. Pero ¿qué otra lógica podría haber en aquella relación improvisada, favorecida por el azar y sin embargo limitada por la irremediable valla de las dos edades? La distancia en ocasiones da, pero siempre quita, se dice a sí mismo, ahogado, confuso. ¿Qué podía esperar del destino sino la fortuna de estas semanas en que he estado tan cerca de Naida? Ella tan soberbia, yo tan imperfecto; ella tan flotante, yo tan fatigoso; ella tan ávida, yo tan conforme. Las comparaciones atraviesan su cerebro, antónimos desbocados que le hacen perder seguridad, pero no frenan el reverdecimiento de sus instintos. Contempla el cuerpo exultante de la mujer, tocado por la luz transversal de la persiana entreabierta. Mira fijamente los ojos fulgentes y nítidos de ella desde la tristeza y el apagamiento de los suyos. Siente de pronto la boca reseca y en la garganta una cuchilla hiriente que le impide emitir palabra. Naida retuerce los cabellos que se extienden por las sienes del hombre. Él aprieta una mano de ella, al hacerlo hace hablar a su mano y al sujetársela con intensidad retiene lo vivido. ¿O propone otra cosa? Naida lo percibe. Tal vez no me vaya todavía tan pronto, no puedo interrumpir el contrato. El hombre no sabe si lo dice para aliviarlo o si es una marcha atrás de una prueba que le ha puesto. Él busca argumentos a los que aferrarse, pero no es el momento para caer en angustias y se acerca más a la mujer. De pronto le habla con firmeza.  ¿Y si yo fuera allá donde fueras tú? Ya estás donde estoy yo, le responde Naida ajustando el cuerpo del otro con un movimiento hipnótico, resbaladizo. 




(Fotografía de Inés González)

domingo, 15 de septiembre de 2019

Música alegre para una tarde que busca el otoño




Hay tardes como esta que huelen ya a otoño, libres de exigencias, huérfanas de compromisos, algo que es una suerte, tardes de desconexión. Paso lento de horas en que no apetece acordarse de nadie, ni repasar qué hay que hacer al día siguiente. Tardes en que se hace necesario relegar los males, abandonar los agobios, desechar cuitas. Entonces te arriesgas a escuchar músicas que normalmente no oyes, músicas que tienen su carácter, porque el mundo es grande y el mundo ha parido tantas expresiones de sonidos como de palabras y quieres sentir cómo se fusionan en cantos. Es de pronto atractivo dar con grupos como L'Arpegiatta, al cual me entrego esta tarde. 







jueves, 12 de septiembre de 2019

Peregrinos somos, escribe Naida




"Somos peregrinos extraviados sobre nuestro suelo. Nada de peregrinos de las estrellas ni de las divinidades. Ni siquiera de una tierra prometida al estilo bíblico. Nuestra meta no es un lugar sagrado o un espacio cósmico, sino el futuro. Lo más incierto y enigmático. Caminamos constantemente con el solo objetivo del día siguiente, del año que vendrá, del futuro inaprensible. Perseguimos compulsivos y crédulos la conquista del Tiempo, que solo se burla de nosotros. Sus guiños los traducimos en ilusiones. Sus silencios en expectativas. Su inagotable demora en angustia. Damos apenas un paso y permanecemos a la espera con limitado y confuso control. Como si hubiéramos realizado un avance sustancial. Planeamos circunstancias del futuro pretendiendo que las estuviéramos llevando a cabo ya. Como si lo que estuviera por llegar únicamente dependiera de nosotros. Todos tememos quedarnos parados. no disponer de proyectos entre nuestras manos, no aspirar a lo que modifique y ascienda un escalón en la oscura y obsesiva persecución del más allá de hoy. Tememos la paralización porque nos espanta el fracaso. Buscamos el futuro como estúpidos, pensando que consolidamos nuestra vida, cuando en realidad precipitamos un tránsito cuya disolución estará más cercana. Pero esta peregrinación es nuestra irrenunciable tendencia de animales humanos. La inercia nos empuja, queramos o no. El crecimiento físico nos estimula, ahuyentando temporalmente el menor atisbo de decadencia. Es cierto que hay individuos que se evaden, o creen que lo consiguen, del mundo y del tiempo. De los espacios ordinarios y de las propuestas al uso. Que a su manera niegan el futuro. De ellos, unos buscan el aislamiento de la vida formal compartida con la sociedad. Otros recurren a sus invenciones y se recrean en ellas. Hablan de vías de estudio, de lectura, de ejercicios de redacción de diletante, de juegos sin solución que se exige vivir en presente. Dicen perseguir el conocimiento. Otros se alejan de cualquier tentación frustrante viviendo al día pasiones carnales y virulentas que, antes o después, les van a exigir ser fijadas en plazos temporales. Tal posteridad implicaría una traición a su particular vía de escape. ¿Cómo podría yo cambiar el objeto de mi peregrinación al vacío postrero?..."

Se interrumpe aquí este texto que Naida me ha entregado para que lo lea al atardecer. Léelo, me ha dicho, cuando estés solo. Es el comienzo de un relato que me he empeñado en escribir, aunque no sé muy bien para qué. Lo he escrito sin premura, sin precipitación. Revísalo tú de la misma manera. Si no lo termino no pasa nada. Escribir es también detenerse en la peregrinación, ¿no? Conjurar el futuro. Escribir es ausentarme y no ser yo sino a través de personajes y mundos imaginados. Eso me ha dicho la mujer cuando se ha despedido esta tarde.




(Fotografía de Inés González)

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Max y el Simón el Mago de Danilo Kis para salvar el trago




No sé si Max tiene razón o no pero es curioso lo que escribe de vez en cuando. Lee libros, se pone en la piel de autores, eso me dice, para mantenerse a distancia de la realidad, no para olvidarse de ella, sino porque necesita cierta perspectiva para digerir, que no necesariamente comprender, lo que nos rodea. Yo suelo añadir en algún momento de nuestra tertulia, que no brilla precisamente por su condición abstemia, que además de distancia es más urgente preservar un cierto grado de calma. ¿Acaso está en nuestras manos ya no salvar al mundo, sino lograr siquiera salvarnos a nosotros mismos?, concluimos. Y nos reímos a lo bestia. De ahí que la última escritura en la que toma una cita de Danilo Kis, un autor al que he leído poco pero que Max me anima a que lo haga, tenga visos de actualidad o, si se quiere, de inmediatez. Nos circundan magos de pacotilla, aprendices de brujo y vendedores de humo, pero ¿no es que acaso les gusta esa serie de personajes al pueblo llano que se decía antes? ¿No gusta la gente de la carnaza, los espectáculos de feria que concitan posicionamientos de siempre con tensiones arriesgadas de ahora? ¿No pide el pueblo vacas como si el país entero fuera una fiesta? ¿Pereceremos todos en los fuegos de artificio de los desencuentros? Como se ve, Max también me contagia su dialéctica de preguntas con respuestas intrínsecas, no es para menos. Dejo aquí el enlace por si alguien se interesa en los devaneos de Max.


https://reptilector.blogspot.com/2019/09/sabio-danilo-kis.html



(Imagen de Simón el Mago en Saint Sernin de Toulouse, fotografía de Carmen Baena Yerón)

domingo, 8 de septiembre de 2019

Las palomas de Naida




No sé si son las aves más domésticas, pero sí las que más abundan en las ciudades, dice Naida por decir, para justificar nuestra inmersión en la plaza donde nos abrimos paso con estúpida cautela entre las palomas. Todo un mundo repleto de simbolismo, ¿no?, replico a mi amiga. Podría decirse que ellas encarnan aquello de lo que carecen o están deficitarios los hombres. ¿Será que nuestras insuficiencias nos han llevado a fijar en estas aves un valor y a concederlas unos significados que no nos hagan perder la esperanza de alcanzar algún día concordia entre nosotros? Ah, no te engañes, salta Naida. Desde las culturas más antiguas las palomas han sido elevadas a categorías diversas e incluso opuestas. Se han inventado para ellas imágenes simbólicas que encarnan virtudes, dones o sencillamente fenómenos que a los hombres les inquietan. ¿Lo dices por representar la paz y la armonía?, pregunto. Naida parece conocer el tema. Es muy recurrente esa imagen, y aunque triunfa hoy día ya estaba contemplada en ciertos mitos ancestrales, donde las palomas se muestran como anunciadoras del fin de las catástrofes. Pero si te dijera que la paloma también ha sido reivindicada como icono del amor carnal, ¿lo creerías? ¿O que muchos han visto en ellas un símbolo de fecundidad? Naturalmente, debe ser porque estas aves han estado siempre a la vista y acompañando la vida de las urbes. Pero también las ratas son leal y abundante compañía de los hombres y, sin embargo, suscitan rechazo. ¿Es su vida del subsuelo lo que las condena a no ver convertida su extrema y generosa fecundidad en un signo provechoso? ¿O el asco y el horror que sienten los humanos por ellas, al tratarse de constantes competidoras en reinos ínfimos donde solo acechan la enfermedad y la tiniebla? Es curiosa tu reflexión, Naida. Parece que los hombres han construido sus propias imágenes para exaltar lo que interesa a sus vidas y a sus esfuerzos. También traducen en símbolos lo que acarrea desgracias, riesgos o muerte, me corta Naida. Porque la paloma también es vista como símbolo de la muerte, y en muchas imágenes plásticas esa ave es el alma que huye del vivo. Ay el alma y el cuerpo, esa dualidad tan tradicional como nefasta con la que se ha pretendido dividir en dos al ser humano único. El mundo es muy extenso, amigo, y los tiempos históricos son más profundos de lo que parecen, sobre todo cuando han transcurrido y tratamos de interpretar su disolución. Pero han dejado sus huellas. Culturas orientales han depositado en la paloma esa propiedad tan deseada como discutible que es la fidelidad. O el ansiado anhelo de una larga vida. No hay una única línea de interpretación simbólica acerca de las palomas. Hay infinitas visiones, y por lo tanto versiones, sobre esos animales como las hay sobre otros en todos los mitos nacidos de una comprensión limitada del mundo. ¿Puedes entender que para unas culturas la paloma encarnaba la castidad, y para otras suponía la lascivia? Debo poner cara de sorprendido. Naida ataja mi carcajada en ciernes. Como decís vosotros, las palomas tanto valen para un roto como para un descosido. Cosa de los mitos, apuntillo.




(Fotografía de Inés González)

viernes, 6 de septiembre de 2019

Naida y la ciudad brumosa




Naida tiene por costumbre detenerse en cualquier lugar y de improviso. Contempla en silencio un recodo del río. Luego me transmite sus impresiones. No puedo negar que me gusta pasear bajo la bruma. Espero que a ti no te moleste. Hago un gesto de conformidad pero no digo nada. Sé que cuando algo le sugiere no es capaz de parar. A las ciudades hay que verlas más allá de las perspectivas que promocionan las fotografías turísticas, que acaban siendo imágenes comunes y poco ilustrativas. La gente no vive en los monumentos y muchas calles comerciales ya no son de vecindad. Tampoco hay que pasear las ciudades solamente en la estación más luminosa. Cada estación tiene su luz tamizada, única, sobre el paisaje. ¿Cómo desdeñar ninguna de sus manifestaciones? De la infinidad de veces que he recorrido arriba y abajo mi ciudad pocas he tenido la sensación de que se repetía. Al pasear uno sitúa en otra dimensión las calles y los edificios. O acaso es la mirada y la capacidad receptiva. Ahí la bruma logra un efecto que nos hace soñar, pero también meditar. ¿Ves cómo se tiene la sensación de que no estamos en la ciudad presente? ¿Y que de alguna manera, al difuminarse los contornos de lo urbanizado vamos hacia atrás en el tiempo? Con la bruma se disuelven los signos de nuestra modernidad y se nos brinda la imaginación de una ciudad que no ha recorrido todavía los últimos cien años. Pero desgraciadamente lo ha hecho, y con alto precio, y no solo para ella, le interrumpo. Oh, no destroces el encantamiento, me reprende Naida. No ha pasado nada. Estamos ahora mismo en hace un poco más de un siglo. Ni siquiera ha tenido lugar todavía aquel incidente que desgració durante décadas ante la opinión del mundo el nombre de la ciudad. Para muchos mi ciudad ha quedado siempre fijada como una fotografía al oprobio de un crimen célebre. Estarás pensando que las brumas no pueden detener la acción de los hombres, del mismo modo que tampoco saben contener nuestras dudas. Pero yo prefiero fantasear con que no ha tenido lugar lo que la historia nos cuenta que sucedió. ¿Quién puede impedir que yo fabule sobre la tierra que me parió?

Un destello rompe la neblina sobre el Miljacka. Como si la amarga verdad de los hombres sonriera irónica en los reflejos de la corriente.  




(Fotografía de Inés González)

martes, 3 de septiembre de 2019

Travesía de la noche con Naida




A lo largo de una noche se atraviesan varias luces, le digo a Naida. ¿Cuántas llevas atravesadas tú? Contigo no hay luz plena ni hay oscuridad total, responde ella difiriendo la pregunta. Es como si lo sombrío se hubiera quedado fuera, junto al callejón, y la claridad estuviera a la espera. Entonces, ¿dónde estamos nosotros?, digo agitado. Sin duda que en la penumbra unas veces, y en el lento albor otras. ¿Crees entonces que no cuenta la mirada sobre nosotros mismos aquí?, inquiero inquieto. Naida, por el contrario, asevera segura. La mirada es ahora equívoca. La calidez del tacto, no. Las palabras no saben expresar la travesía. El silencio, sí. El apresuramiento es repulsivo a las sensaciones. La lentitud las atrapa y unifica. Los aromas ajenos alejan los cuerpos. Los olores animales los acercan. La resolución vehemente fuerza. La actitud sosegada alivia. Naida me lleva a un terreno que desconocía. De pronto me doy cuenta de que no sé estar, que no vale mi iniciativa ni soy propietario de recurso alguno. La mujer me radiografía y me reconduce. ¿No querías estar conmigo para conocerme?, dice. Pues conocer al otro es algo que hay que aprender. Es muy usual utilizar al próximo para saberse y sentirse uno mismo. Pero ¿llega a conocerse uno de esta manera? ¿Se te ha ocurrido pensar que no hay mejor travesía que la que intenta abandonar el yo difuso que llevamos dentro? ¿Has pensado que acceder a una mujer es convertirte siquiera de algún modo en una parte de ella? No digas nada, y Naida me tapa la boca con la mano. Aguarda a que tu mente ignore del todo la oscuridad de tu deseo. Aguarda a que la falsa luz apague su último destello en tu instinto posesivo. Sabrás venir a mí cuando no te des cuenta de quién eres.




(Fotografía de Inés González)


domingo, 1 de septiembre de 2019

Mirando las musarañas en domingo, de la mano de Matsúo Basho




¿Somos viajeros del tiempo o de la eternidad? Creo que tanto lo uno como la otra son eufemismos de algo que medimos obstinadamente pero no terminamos de explicar. Aunque tampoco me importa. 

En el principio de Sendas de Oku, Matsúo Basho dice, por boca intermedia de Octavio Paz (en la edición de Editorial Atalanta) :

"Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje".

Una versión análoga y a la vez se me antoja diferente, la de Antonio Cabezas (en la edición de Editorial Hiperión):

"Los meses y los días son pasajeros de las edades, siendo también viajeros los años, que van y vienen.

Para los que dejan flotar su vida sobre un barco o envejecen llevando los frenos de los caballos, todos sus días son viaje y hacen del viaje su morada".

Yo me quedo pensando. Lo que dice Basho ¿lo dice Basho? Octavio Paz y Antonio Cabezas reescriben al traducir. ¿Qué estoy leyendo, entonces? ¿El tiempo o la eternidad? ¿Viajamos nosotros o viaja esa abstracción llamada tiempo? ¿Es nuestra casa-vida el viaje o es el viaje lo que hace nuestra casa-vida?

Mirando las musarañas quedo. Me agrada Basho.


jueves, 29 de agosto de 2019

Naida y su resistencia a la oscuridad




Cuando era pequeña había un cuento en que la protagonista era la luz. ¿Tú crees que puede atraparse la luz? No contestes. A mi me lo contaban porque me daba miedo la oscuridad. No se puede decir que en nuestro país, a diferencia del tuyo, tengamos mucha luz solar, pero valoramos los tiempos y apreciamos también sus intensidades. En la guerra nos vimos privados muchas veces de la luz eléctrica así que cuando se producían apagones, para que no me angustiase, me decían que la luz había quedado atrapada en un cepo. Y que no tardando mucho se escaparía de la trampa y nos haría nuevamente compañía. Yo entonces ponía forma de mujer a la luz y me la imaginaba luchando con denuedo. Radiante, despachando haces luminosos a diestro y siniestro, iluminando lo que había en la superficie de la tierra y en el mundo subterráneo. ¿Por qué las narraciones, y esa es una de ellas aun siendo tan breve como efectiva, tienen categoría de mito, y los mitos precisan que reconvirtamos los elementos en figuras animadas? No importa que lo que nos aceche sea positivo o negativo, tendemos a dotarlo de cuerpos como los nuestros, que emitan gestos elevados o bien abyectos. La iconografía cristiana sabe de ello y en muchas naciones abunda ese modo de representar el bien y el mal desde hace siglos, ¿no? O el premio y el castigo, o el dolor y la salud, o lo yermo y lo fértil, o la felicidad y la desgracia, o la ley y el caos. Aquella luz de la que nos veíamos privados sigue siendo una obsesión para mí. El cuento me curaba del espanto. Podían pasar horas y horas, pero yo mientras me había quedado dormida. El relato y la imaginación que yo aportaba. La fabulación me trasladaba serenidad. También esperanza. ¿Será que la esperanza, que no se toca, pero que de alguna manera prende y se mantiene dentro de cada uno, proporciona la seguridad mínima para no caer rendidos ante el desespero? ¿Quién puede decir que no se sostiene en alguna clase de anhelo, al que se aferra en mayor o menor grado, como medio de superar el infortunio? ¿Quién no fantasea con una situación en que se ve libre del desamparo? No digas nada, simplemente divago. ¿Has visto?, dice Naida. La habitación se debate entre dos luces. ¿En que lado estamos nosotros? 




(Fotografía e Inés González)


lunes, 26 de agosto de 2019

Naida. Cevapi para dos





Huele bien a carne asada, digo en un impulso reflejo, puramente animal. Naida, sin esgrimir un gesto olfativo, me lo confirma. Estamos llegando a la Bascarsija, no te extrañe. Hace horas que venimos haciendo una buena caminata, así que el olor es como las campanas de tus iglesias o el vocerío de los muecines. Avisan. Los olores de comida son el toque de oración de nuestros estómagos. Ambos reímos, reconfortados por la complicidad, y no solo por la necesidad que nos apremia. En mi país, le digo sin saber si reír o llorar, hay una ostentación desmesurada por las comidas. Es el único tema en el que parece ponerse de acuerdo todo el mundo. Ponerse de acuerdo en hablar sin reñir, me refiero. Porque también hay discrepancias, pero las conversaciones sobre platos se escuchan con atención, y tanto la comida en sí como hablar sobre ella se imponen con categoría política, qué digo, superior a la política. Podíais elegir a los cocineros como representantes en vuestro parlamento, bromea Naida. Cocineros comunes, mujeres y hombres de hogares normales, no solo los profesionales de los restaurantes. Me gusta cómo entra Naida en una identificación que se me antoja entre culturas. No creas, ya lo he pensado más de una vez. Un parlamento nuevo sobre una Constitución nueva basada en la cultura culinaria. Eso tendríamos también que prever aquí, me interrumpe la mujer. ¿Por qué será, añade, que un olor como este es seducción instintiva por la que mataríamos si no nos saciásemos, y en cambio cuando hemos comido se vuelve hediondo y repulsivo? Si el olor sigue siendo el mismo. Cierto, ratifico. Se ve que es la máquina corporal, ya harta, la que rechaza seguir con la tentación. Ese rechazo también es un aviso de que no debemos forzar nuestra necesidad. Naida esboza un rictus pícaro, se desdobla, lo expresa. ¿Pasará también con otras necesidades humanas? Ah, todo es cuestión de probar, respondo siguiendo el juego. Ambos inhibimos la risa a duras penas, estamos ante los puestos de comida, se impone la ley del alimento. Un buen cevapi es una prescripción en esta ciudad, no te vale elegir otra cosa, decide Naida. ¿Cómo lo prefieres al estilo de aquí o de Tuzla? Ah, te advierto que en Tuzla le ponen bastante especie, pero de todo hay que paladear. Sí, y me sale lo extensivo. De todo habrá que paladear. Paladear es una palabra bonita de vuestra lengua, precisa Naida mientras nos acercamos como metales atraídos por el imán de los estofados. ¿Será el ejercicio del paladeo, ya me confirmas si se dice así, tan precioso como el término?   




(Fotografía de Inés González)

domingo, 25 de agosto de 2019

Art Spiegelman, autor de Maus, censurado




Parece que cada día que pasa más peligra el oficio satírico. ¿Será síntoma de algo más profundamente grave? Esta vez Art Spiegelman, autor de la célebre novela gráfica Maus, denuncia que la todopoderosa editorial Marvel le ha censurado por comparar a Trump con los villanos de Capitán America. Transcribo de Les inrockuptibles:

"A Art Spiegelman se le pidió en junio que presentara el libro Marvel: la edad de oro de 1939-1949 a The Folio Society. Este es un libro sobre la historia de los superhéroes. En su introducción, el autor pone en perspectiva el nacimiento de superhéroes, concebidos por 'jóvenes creadores judíos de superhéroes (que) han inventado salvadores míticos, casi dioses-laicos', para evocar la Segunda Guerra Mundial. Como recordatorio, Maus contó la historia del padre de Spiegelman entre 1930 y 1944, antes de su deportación. En conclusión de su texto, el autor escribió, con obvia referencia a Donald Trump: 'En el mundo de hoy, el mundo real, el villano más abominable de Capitán América, el Cráneo Rojo, aparece en vivo en la pantalla y una Calavera Naranja atormenta a América ".

El editor propietario de Marvel parece ser un donante generoso en la campaña presidencial de Donald Trump para 2020. Este dato, nada baladí, lo explicaría todo.  





viernes, 23 de agosto de 2019

Adan Kovacsics habla de Karl Kraus: estar atento al lenguaje




Que este personaje me inspirara el título del blog hace por ahora trece años no deja de sorprenderme. La razón es muy sencilla. Aunque el saber y la actividad de Karl Kraus me sobrepasaba entonces y sigue superándome ahora,  en aquella época yo leía cosas suyas, de las cuales me llegaban más los aforismos, pensamientos y glosas que los artículos más profundos sobre las circunstancias sociales y políticas de Centroeuropa y más en concreto de Viena y su sociedad. No era ajeno a aquel interés lo que también había escrito sobre Kraus mi amigo Paco Fernández Buey, a la sazón riguroso estudioso de las relaciones entre moral y política, además de sobre el papel de la ciencia y la técnica en el desarrollo del conocimiento humano. No en vano Fernández Buey publicó el libro Poliética en el que habla sobre el pensamiento y acción de Kraus, además de otros personajes tan influyentes como Hannah Arendt, Bertolt Brecht, Simone Weil, Primo Levi y Georg Lukács. Reconozco que lo que más me deslumbraba de Karl Kraus es que hubiera sido capaz de mantener a su costa, y prácticamente entera escrita por él, y con los riesgos y sinsabores consiguientes, la revista Die Fackel durante treinta y siete años. Hasta que una bicicleta que le atropelló le causó lesiones que acabaron produciendo su muerte. Era esa persistencia, tenacidad, heterodoxia, visión independiente y sin limitaciones externas, su interés preciso sobre el uso del lenguaje, y su capacidad fustigadora sobre la realidad de su tiempo lo que más me cautivó. ¿O se trataba además de un ejemplo y acaso un modelo que había que imitar a la escala personal por más pequeña que fuese?

La mitad del tiempo se la pasa resistiendo; la otra mitad indignándose, que adopté como lema e inspiración, es uno de esos aforismos que deja leve y flotante, casi metafísico, al microcuento tan repetido del, por otra parte, magnífico Augusto Monterroso, aquel que dice cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Expresión minimalista que tanto gusta a los partidarios de la abstracción etérea. Lo que sigue aquí, en este lado del sueño del dolor, de la explotación y de la mentira, es la capacidad confusa de la resistencia y el cabreo digno sin fin.

Aprovecho que este domingo 25 de agosto se cumplirán siete años del fallecimiento del profesor Fernández Buey (Palencia, 1943- Barcelona, 2012), para no solo vincularlo a Kraus sino homenajearlo con el recuerdo de las batallas pasadas -y perdidas- y la afectuosa atención e interés de colaboración que siempre mantuvo con nosotros, los viejos resistentes defensores de causas éticas que ya no se llevan.

Adjunto una entrevista interesante a Adan Kovacsics, importante traductor de nuestros días, sobre la personalidad de Karl Kraus. La editorial Acantilado tiene en su fondo un libro con una selección de artículos de la revista Die Fackel al cuidado de Adan Kovacsics. 







DECLARACIÓN
(Poema de Karl Kraus)


Sólo soy uno más entre aquellos epígonos
que en la antigua casa de la lengua han vivido.

Mas dentro tengo mi propia vivencia,
escapo por fuerza y destruyo Tebas.

Aunque tras los viejos maestros venga,
vengo a los padres de forma sangrienta.

Hablo de venganza y vengo la lengua
en todos esos que la hablan y mentan.

Sí, epígono: intuyo lo digno del pasado.
Mas vosotros sois los informados tebanos.




miércoles, 21 de agosto de 2019

Naida se pregunta sobre los primeros recuerdos




¿Sabes cuáles son los recuerdos más antiguos que tengo?, me espeta Naida. No sé, respondo por inercia defensiva. Ella pone cara soñadora, como si sus ojos se fugasen, y habla con parsimonia, haciendo recuento de imágenes. Los más antiguos tienen siempre para mí la forma de un sabor, la textura del aire, el tono melódico de una canción, el tacto firme de unas manos que me salvan generosamente de las manos imprudentes. Por ejemplo. Claro que si me hiciera mañana la misma pregunta acaso la respuesta fuera diferente. Pues la memoria es caprichosa cuando fluye, pero tiene algo de autenticidad, que no de fidelidad, porque está en esa línea en que lo deseado y lo vivido se confunden. Y entonces podría responderme de manera más precisa: cuando mi madre me llevó al cine, o cuando mi abuelo me acercó a la escuela, o la primera vez que monté en el tranvía a Ilidza donde vivía la tía Vesna, o la poca apetencia que tenía por la ensalada de tomate. ¿Quieres decir, intervengo, que unas veces te vienen de frente sensaciones y otras escenas precisas de la película de tu vida? Algo así, remata Naida, aunque a veces se encuentran por el camino, y añade con la sonrisa propia de su sagacidad: ¿crees que se borrará toda esa memoria de las vivencias primitivas? Dicen que son las que menos se pierden e incluso más se recuperan, digo ufano. Naida se afirma en su indagación. De todos modos no es algo que me preocupe demasiado, lo que siempre me ha inquietado es saber por qué determinadas experiencias, fueran las percepciones de los sentidos, o el calor de lo vivido con las personas, han pesado, y lo hacen todavía, sobre mis gustos o mis tendencias o simplemente en mi manera de conducirme. ¿Serán misterios perpetuos que nunca acabarán de explicarnos nuestra personalidad madurada? Tampoco me importa saberlo. Siempre es estimulante conservar una parte de los viejos enigmas. Ese viejo y revuelto desván que jamás clausuramos del todo. 



(Fotografía de Inés González)

martes, 20 de agosto de 2019

Pequeña anécdota




Mi madre me contaba que aquella mañana de estío, hasta el momento justo de sentir los dolores previos al parto había estado recogiendo la alubia verde en la huerta. Le gustaba relatar la anécdota para darnos a entender lo bien que había transcurrido todo a lo largo de los nueve meses de embarazo deseado. Luego, del instante de nacer uno no sabe más que lo que le han contado. Que no hubo incidencias, que la matrona lo hizo de perlas -con el consabido cachete al recién llegado que se resistía a llorar- en la venta de mis abuelos, y que enseguida fui un ávido e inquieto mamón. La sencilla narración de lo normal siempre me tranquilizó mucho. La normalidad tranquiliza. Espero que la narradora no me engañase. Aunque, ¿qué más daría? La vida es un sueño, cierto, pero también una verdad.


lunes, 19 de agosto de 2019

Coloquio nocturno al calor de la hoguera. Peter Fonda, Jack Nicholson y Dennis Hopper en Easy Rider




Se fue Peter Fonda. Recordando aquella película mítica de 1969, Easy Rider, encuentro la escena del coloquio al calor de la hoguera. Mientras Peter Fonda escucha, Dennis Hopper y Jack Nicholson platican con un interesante diálogo sobre la libertad. Ya pueden pasar los años -¡cincuenta nada menos!- que es un diálogo en pleno vigor. El anhelo de la libertad sigue estando vivo, acaso más urgente que nunca. Pero ¿quién sabe hoy mantener la hoguera imprescindible para ese diálogo?







viernes, 16 de agosto de 2019

Naida. Las marcas de la ciudad




Naida no me ha traído a esta calle a propósito. Además hay muchas calles cuyas paredes hablan y no olvidan. Es parte del paseo por el barrio de su niñez. Los impactos en los muros desaparecerán algún día, dice, pero me pregunto si lo harán las marcas profundas y dolorosas de los hombres. Las obras de construcción pueden eliminar vestigios antiguos e inservibles, pero para que en el corazón de los habitantes de la ciudad se eliminen estas huellas funestas hará falta más tiempo. No solo tiempo, sino también superar viejos recelos, converger intereses, ceder en las mentalidades obtusas en las que muchos creen protegerse. Ojalá todos pensaran como tú, la apoyo. Ella me ignora, se siente inspirada, motivada por la memoria. Junto a esta pared jugábamos de niños. Uno de nosotros se apoyaba ahí, se tapaba los ojos y tenía que contar diez o veinte, según, mientras los demás corrían a esconderse. Qué ironía, al que le tocaba solíamos decirle que era el muerto. Te toca ser el muerto. Yo creo que la frase hería a todos, y solo se reducía su afección cuando todos habíamos pasado por muertos. Mi amigo Edin era de los más torpes, repetía con más frecuencia que otros. Aunque yo tenía la impresión de que lo hacía a propósito para ir a buscarme al callejón trasero o tras los álamos y decirme algo en secreto antes de descubrirme a los ojos de los demás. Supe hace poco que un día quedó para siempre atrapado en el escondite tramposo y cruel que tendieron los que asediaron la ciudad. Su madre se echa a llorar cuando me ve. Naida suspira. Dos obreros en bicicleta que venían en nuestra dirección se apartan del muro, como un reflejo de espanto. Uno de ellos la reconoce y la saluda a distancia. Naida, apártate, es un lugar maldito, la grita. Los malos recuerdo siempre son malditos, murmura la mujer para mí.  



(Fotografía de Inés González)

martes, 13 de agosto de 2019

Naida y el cementerio inexistente




¿Crees en los misterios?, me pregunta Naida con intención. Creo que hay mucho conocimiento pendiente sobre muchas manifestaciones aún ocultas, o simplemente no explicadas, pero eso no me lleva a ningún acto de fe, la respondo. Naida sonríe malévola. ¿Recuerdas el cementerio que vimos hace unos días subiendo esta misma cuesta? No entiendo muy bien la pregunta, me parece demasiado simple para que no tenga trampa. Sí, claro, estará por aquí, y dirijo mi vista en varias direcciones. Avanzamos por una calle paralela a la Titova, subiendo desde el Memorial de los Niños. Un recorrido prácticamente idéntico al paseo que ya habíamos hecho antes, cuando vimos aquellas tumbas reposadas y antiguas. Cruzamos varias calles pero ni rastro del cementerio. De la supuesta confusión paso a la perplejidad y poco a poco al desasosiego. Naida, o nos hemos equivocado de camino o el cementerio no existe por ninguna parte o simplemente nos ha parecido verlo en otro lugar que ahora creemos que es este. No sé cómo argumentarlo y pienso, por ejemplo, en aquella ocasión en que aparqué el coche en un subterráneo y al ir a recogerlo no lo encontraba. Simplemente porque me había equivocado de planta. Se lo hago saber. Pero tú lo has visto el otro día como lo vi yo, ¿no?, insiste. Hemos vuelto sobre nuestros pasos, atravesado las mismas calles desde distintas direcciones, remontado una elevación. Naida advierte mi inquietud. Me observa con aire burlón. Se reserva algo. ¿Sigues sin creer en lo enigmático, en apariciones o visiones, como quieras llamarlo, que no se revelan a cualquier persona, que parecen elegir a los individuos adecuados? Me asombra que Naida haya entrado en una cápsula metafísica. Siento el azote desapacible de una ventolera fría que va descendiendo hacia la parte baja de la ciudad. No sé qué creer, digo con apesadumbrado escepticismo. Pero no quiero ni pensar que se trata de una de esas venganzas que una ciudad de muertos se guarda en la manga para propios y ajenos. ¿Te había pasado a ti antes? Naida mira para otro lado, se ha adelantado, ha chistado a un perro viejo y vagabundo que merodea como si tratara también de otear paisajes desaparecidos. Háblale a mi amigo de las visiones que él no quiere aceptar, dice con voz melosa al animal mientras rasca su cuello.




(Fotografía de Inés González)


lunes, 12 de agosto de 2019

Aforismo de la dignidad de los objetos





Cuánto aprecio la dignidad manifestada no solo en algunas personas sino sobre todo en serviciales y fieles objetos que nos rodean. Estos nunca nos defraudan, hagamos un uso prudente o desmedido de ellos. Digamos que están provistos de un virtuoso sentido de la fidelidad y del compañerismo que no siempre percibes en el género al que perteneces.