En mis tiempos de forense he visto de todo. Si algo tiene la muerte de los demás, y uno no sabe de la suya hasta que no le llega, es que la muerte, que nadie duda que es un hecho general, resulta a su vez ser un acontecimiento cualitativamente único. La muerte es siempre a la carta, como la vida también lo ha sido. Y no me refiero solamente a la forma de morir, sino a la actitud ante el fin. O más allá aún: la imagen que refleja un muerto. La muerte tiene mil rostros, y todos son inexcrutables, decía un poeta cuyo nombre no recuerdo. Lo puedo certificar. Y esos rostros expresivos para mí, que nadie ve pero que serían considerados inexpresivos solo porque ya no fluye la sangre, ocultan para siempre la última faz, la del estertor, que es donde se manifiesta el choque, advertido o no por la conciencia del individuo, con lo que deja atrás.
Hay muchos óbitos que escapan a los servicios de un forense. Nadie se imagina la de trampas que pueden hacer los humanos para producir un fallecimiento ajeno o bien el propio. No estoy diciendo con eso que haya que ampliar la plantilla de mi especialidad. Pero cuántas disecciones no habré hecho sobre causas que resultaron absolutamente naturales y, sin embargo, cuántos decesos que parecían resultado de un proceso lógico de enfermedad que no lo fue han escapado a una comprobación médica rigurosa, constituyendo una acción delictiva. A medida que han pasado por mis manos cadáveres de gente de todas las edades, resultado de causas innumerables y variadas, más he pensado en el hecho.
No, para mí la muerte no es un misterio. No estoy de acuerdo con quienes la denominan de este modo. ¿Acaso suele decirse que el nacimiento lo es? Hoy se suele opinar que no nos enseñan a morir o bien que no nos hablan lo suficiente de la muerte. ¿Quién lo haría? ¿Un clérigo que ha difundido toda la vida el miedo a la muerte y ofrecido una entelequia como eso de la vida del más allá? ¿Un sistema educativo centrado en preparar al individuo para la productividad? ¿Los criminales que desde su ámbito de delitos privados o desde esferas de poder o bien de Estado causan tanta aniquilación de vida cada día? Nadie está interesado en enseñar a morir, aunque haya psicólogos que accedan en casos extremos, con sus técnicas de manipulación de mentes, a un enfermo terminal. Aprender a morir, si es que hay que hacerlo, no difiere mucho de otros aprendizajes para saber estar, prosperando o manteniéndonos, en una existencia. Es decir, tú aprendes, debes aprender solo. No olvidemos que cualquier pensamiento sobre la muerte, y más sobre la propia, es ficción. Naturalmente, cada cual está en su derecho a ejercitar la fantasía en cualquiera de sus conductas, incluida la de imaginar y representar ilusoriamente su último suspiro. Y cuando llegue el momento, uno debe aprender a asumirlo como se ha asumido la vida total.
Algunos me han preguntado si no temo la muerte que me transmite un cadáver. Personalmente pienso que el temor a la muerte viene por aquello que transmite una enfermedad, un accidente o un crimen. El humano inerte para siempre, llámase cadáver o difunto, puede ser objeto de compasión, no de temor. Por otra parte, en todo caso el miedo a la muerte es la consecuencia del miedo generado a lo largo de la vida en la mente de cada cual. De los temores padecidos en el afán diario de sobrevivir, enfrentados a situaciones y riesgos de todo tipo. Y también tiene algo, o mucho, de frustración. Para los que han vivido más o menos bien ya que esa costumbre o inercia de haber vivido, no digo en quienes han llegado a edades muy provectas, que de por sí proporciona frustraciones y abandonos más o menos sorteables, y se sienten literalmente frustrados de no poder alargar ilimitadamente esa práctica del vivir. Claro que la degeneración del cuerpo y la pérdida de facultades amplias conduce a un hastío que puede invocar el deseo de abandono definitivo. Para quienes han tenido mala vida o arrastran enfermedades durante años, con crudeza atroz en tantos casos, aunque piensen en la muerte como liberación también viven esa frustración por no haber podido superar sus males.
¿Que tengo un oficio escasamente deseable? Eso piensan algunos, pero puedo asegurar que ningún otro oficio anterior me ha hecho reflexionar más sobre la existencia que este. Curiosamente todos alejamos el pensamiento de la muerte porque acaso nuestra propia genética contiene un elemento de supervivencia poderoso que nos hace creer que vamos a ser eternos. Simplemente no pensamos en el fin. ¿Cuántos niños, jóvenes o adultos con variados planes de vida piensan en la muerte? Muchos me consideran un tipo frío, carente de sentimientos y con un pensamiento mecanicista que no se deja influir por la presencia de un cadáver. Algo así como un impío. Se equivocan los que me consideran de este modo. No tienen ni idea de mi reacción emocional, sentimental incluso, cuando tengo que ponerme a practicar una autopsia. Mis ayudantes suelen dejarme a solas porque necesito un tiempo previo de observación ante el muerto, que en realidad es mi forma de plegaria aunque no invoque ni ritos ancestrales ni ideas deístas. Sí, tener en mis manos un cadáver es mi particular forma de intentar conocer a un individuo más allá de indagar en sus vísceras y observar las huellas causantes de su óbito.
*Enrique Simonet Lombardo. Una autopsia. 1890. Museo del Prado.

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