martes, 21 de julio de 2026
La vuelta al tiempo
domingo, 19 de julio de 2026
Algunos libros sobre cierto episodio sangriento
A raíz de la entrada anterior alguno me ha sugerido si podría indicar algún libro que trate la guerra civil española con rigor y competencia. Por supuesto, yo soy el que soy y por lo tanto subjetivo. Quiero decir que puedo citar algunos textos que a mí me parecen necesarios, interesantes y rigurosos, de historiadores que no se prestan a demagogia ni populismo. Y a ello me he puesto. No quiero decir con esto que conozca todos y cada uno de sus contenidos. Pero en este sentido cada cual, si está interesado, puede aproximarse -vía biblioteca pública o librería- al que elija. También por internet se pueden encontrar referencias sobre los mismos.
Casi todos los libros mencionados se centran en el desgraciado enfrentamiento de 1936 a 1939. Algunos proyectan su tiempo de consideración más allá de la fecha. Algún otro escarba ya desde el siglo XIX. Todos ellos tienen un carácter de manual porque luego hay infinidad de libros publicados sobre temas concretos. La España de la Guerra Civil fue como un estallido en todos los planos de vida social y además en un contexto internacional que no favoreció a la República constitucionalmente elegida. Por lo que hay obras editadas sobre los líderes políticos, los partidos, los sindicatos, el papel de la Iglesia, la situación económica, la lucha de clases en las ciudades y el campo, la cultura, los maestros, las instituciones, la ayuda militar exterior, la intervención extranjera, las armas y el oro, la intervención de los nazis y los fascistas italianos, las Brigadas Internacionales, las ideologías en vigor, el dictador, etcétera, es decir, un inmenso campo más concreto y detallado para quien esté interesado en conocer más a fondo. Se ha dicho muchas veces que la Guerra Civil española es el tema sobre el que más se ha escrito en el mundo. No lo sé. Por supuesto, ni todo lo escrito es meritorios ni verdadero estudio que aporten con rigor y honestidad. Ciertamente también hay editados muchos libros de tipo testimonio, de gente que vivió aquel conflicto, bien española o foránea y que vino aquí. Unos ejemplos. ¿Cómo olvidar un libro tan entrañable como Homenaje a Cataluña, de George Orwell, o bien sus escritos sobre la guerra? ¿Cómo no leer a Manuel Chaves Nogales en sus crónicas o novelas? Ciertas obras de testimonios o novelas con base y conocimiento de situaciones pueden aportar también mucho conocimiento.
Si alguien saca provecho de esa relación que expongo abajo, pues bien. Por mi parte sigo abierto al conocimiento de un suceso colectivo, fundamental y decisivo en la historia de nuestro país, que incluso a los que hemos nacido mucho después nos ha obligado siempre -¡noventa años más tarde!- a cuestionarnos el pasado y el presente. Y enfrentarnos a las falacias, deshacer los mitos y desentrañar lo oculto. Eso sí, uno ya es muy mayor para dejarse embaucar por el revisionismo engañoso que algunos practican e intenta separar el grano de la paja en sus lecturas.
* Foto superior. Alfonso Sánchez Portela. La boda de los milicianos.
sábado, 18 de julio de 2026
Una fecha nonagenaria
"Traen inquietud las primeras luces del día. No he dormido bien. Oscuros presentimientos. Abro la agenda. No tengo previsto nada para hoy. Medio país anda de vacaciones. Debería salir yo también a pasear. Tal vez acercarme a la librería de lance por si encuentro algo interesante. Se prevé calor".
"Los renglones esperan en blanco. He tomado un café. No me pide el cuerpo nada más. Me asomo al balcón. No hay el bullicio callejero de otros días. De las escaleras me llega el sonido de pisadas apresuradas. Ahora que lo pienso, en uno de mis sueños intranquilos aparecía gente que se precipitaba desordenadamente en direcciones opuestas cuando no encontradas bruscamente".
"El café me ha entonado. He repetido la taza. Voy espabilando. Escribiré algo antes de que se levanten los demás. Un vehículo ha pasado por la calle a gran velocidad. No es normal. Me he asomado nuevamente por la extrañeza que me ha producido. Otro se dirige acelerado en la misma dirección que el anterior. Tal vez se trate de vividores que empalman la noche con el alba. Quiero concentrarme y aprovechar. Se advierte un calor inusual. Los cuarterones de las ventanas están de par en par. Apenas entra frescor. La atmósfera llega densa".
"Han llamado con tibieza a la puerta. Un vecino me pregunta si sé algo de ciertos rumores inquietantes. Le digo que no. Me dice que llame a algún amigo o familiar. Le digo que a esa hora no voy a despertar a nadie. Que los rumores pueden ser solo bulos. Él me dice: ¿y si no lo son? Trato de calmarle. Habrá que esperar noticias fiables, le digo. Usted tiene radio, me dice. Le miento. Está averiada desde ayer, alguna bujía. Luego la llevaré a un técnico. Le despido. Si sé algo se lo comentaré más tarde. Me da las gracias. Me ha vuelto el mal cuerpo. No tengo ganas de escribir. Ni sé si salir o no a la calle. Cierro la agenda".
(Nota. Dejo de lado estas anotaciones de mi abuelo. Curiosamente hoy es sábado como en aquella fecha fatídica de hace noventa años. Ojalá no cunda nunca hasta aquel extremo la insensatez cainita que, paradójicamente, parece estar larvada en un sector irredento de nuestro paisanaje)
miércoles, 15 de julio de 2026
Obscenitas et alia
domingo, 12 de julio de 2026
De tú a tú
¿De qué sacas tú, Proteo, eso de que todos los hombres nacen iguales? ¿Quién te ha sugerido una opinión tan osada que además va contra la razón imperante desde el principio de los tiempos? ¿De qué sueño o vana ilusión vives si sabes que has nacido como has nacido y morirás en el olvido? Nadie elige sus días. Nadie decide su naturaleza. Nadie es dueño de su voluntad. Nadie tiene garantizada su subsistencia por el mero esfuerzo. Los días son una senda incierta. La naturaleza es la tutora caprichosa que nos sigue poseyendo. La voluntad es un recurso limitado. El esfuerzo está condicionado. ¿Crees tener libre disposición para obrar? Alguien te ha dicho que es así y que se ofrece a enseñarte cómo hacerlo. ¿Te fiarás? ¿Te pondrás en sus manos? Siempre han proliferado maestros, dirigentes, sacerdotes, tribunos y profetas cuyas recetas han ido dirigidas a reducir al individuo a la mínima expresión aunque invocaran su desarrollo. O, mejor dicho, a la expresión que ellos quisieran que fuese asumida por cada cual. Si hay dentro de ti un espacio que permanece interrogativo no entres al quite. Si tu inquietud posee todavía una porción de energía no concedas carta de creencia a las voces que dicen pretender salvarte. Si hay en tu interior una cierta intención de buscar más allá de las palabras falaces no concedas margen alguno de tu personalidad a los embaucadores. Sal al encuentro del que esté como tú. De quien humildemente te mire porque se halla reflejado en ti. De quien al hablarle te escuche y tú seas capaz de atender sus cuitas. ¿Cómo confías en disponer de la libertad cuando esta ya viene con las cartas marcadas? Cuestiona la apariencia de las cosas y desdeña la moda que resuene en cada momento. Tal vez en tu persistente NO estés descubriendo tu íntima e irrenunciable dignidad.
*Crátera del Museo Arqueológico Nacional. Madrid.
miércoles, 8 de julio de 2026
Invitación a la danza, de Miquel Martí i Pol
domingo, 5 de julio de 2026
Los grilletes
Mi intención es fugarme. El esclavo Virto hizo la confidencia a su mejor amigo. Yo, que no nací para esclavizarme ni a una divinidad ni a una idea ni a un poder ni a un explotador he decidido arriesgarme. Cualquier destino, aun jugándome el todo por el todo con la fatalidad, antes que el de ir mermando el cuerpo y destrozando la vida en este lóbrego lugar y bajo estos tiranos. Llévame contigo, bien sabes que mi aguante ha tocado techo, replicó Tertius. Aunque me consideres una posible rémora, pues mi salud me tiene con escasas fuerzas, te acompañaré. Te serviré de cebo si nos persiguen. Haré de centinela en nuestros reposos. Me abandonaré por el camino si voy a suponer peligro para ti. Si debo perecer que sea en una apuesta libre. Si llegamos a otro territorio donde nos admitan a pesar de nuestra procedencia, lo celebraremos. Virto no se esperaba la petición de su compañero de penurias. Dudó un instante pero consideró enseguida que Tertius merecía una oportunidad, ya que la vida le había negado casi todas. Creo haber encontrado el hueco por donde escapar. Donde apenas hay control y aunque el lugar es escarpado y puedes quedar al descubierto es el camino más corto para salir de este infierno. Si aparece algún guardián no debemos dudar en hacer uso de nuestra fuerza. Si lanzan a los perros tras nosotros deberemos correr más que ellos o despistarlos con alguna treta. Si nos cortan el camino y nos vemos atrapados en el acantilado solo tendremos una salida, sumamente aventurada pero esperanzadora. Al océano no nos seguirán. Tercius le escuchó anhelante y a la vez temeroso. No me cuentes más, compañero. No quiero ver los riesgos sino apaciguar las ganas mientras llega el momento. Saldremos de esta. Por cierto, Virto, ¿sabes hacia dónde nos dirigiremos? Virto afirmó con la cabeza. No conozco demasiado este territorio, pero confía en mí. Por aquí hay gente que ha viajado con comerciantes de Oriente y me ha hablado de las vías terrestres y de las rutas marinas. Ahora piensa solo en escapar y librarnos de estos grilletes. Herreros que no son fieles a nuestros tiranos los hay por todas partes. Nativos que ayudan a los evadidos son frecuentes.
Virto, despierta, nos toca el relevo. Despierta antes de que llegue el arreador. Vamos, que el oro no espera. Virto estira de mala manera los hombros y agita pesadamente la cabeza. ¿El oro?, dice abúlico con una voz aguardentosa y seca. El oro está bien en las entrañas de la tierra, Tercius. Los que no pueden esperar son nuestros amos. También son esclavos de su avidez, pero a nosotros nos toca lo peor. Tengo los tobillos hinchados y estos hierros se me clavan cada día más. Estabas profundamente dormido, Virto, ¿que soñabas? Virto sonríe con amargura a su compañero. Soñaba, dice, lo imposible.
* Grilletes de esclavos en las minas romanas de la península. Museo Arqueológico Nacional. Madrid.
martes, 30 de junio de 2026
Resurrección o fin
viernes, 26 de junio de 2026
Las horas vivas, las horas muertas
Cayo Tito Sulpicio se rascó la barbilla cuando le presentaron el invento que había encargado. Su envergadura le abrumó. Se movió en torno a aquella obra pulida, excepcional por su talla y por su ingenio. Pasó la mano por la suavidad del mármol como si del lomo de una caballería se tratara. Luego, distanciándose y aproximándose alternativamente varias veces, se sintió prendado de la pieza como un enamorado repentino. Buscó la perspectiva adecuada para comprender el pulso que aquel dispositivo echaba con el sol. No quiero saber los sextercios que tengo que pagar, dijo de pronto a su administrador. Es una obra única, por su presunta utilidad y por el alarde de belleza con que el griego la ha rematado. Irá en un lugar destacado del jardín de mi villa.
Va a ser la admiración y no te digo la envidia de los demás cónsules, estimado Cayo, apostilló Marco Terencio que se encontraba de visita. Bien sabes que nunca me han afectado los sentimientos y las pasiones ajenas, amigo Marco. Yo no encargo los bienes para generar celos o suscitar rencores ocultos en los demás. Persigo la contemplación de la hermosura bien en objetos útiles o simplemente decorativos, pero que siempre susciten emoción. Aunque no tengan aplicación doméstica inmediata, lo bello siempre es un aliciente para sentirnos bien.
Marco Terencio, polemista consentido y harto divertido, avanzó con prudencia el debate. Pero considerarás, Cayo, que si van unidos en un objeto la perfecta técnica destinada al uso con la beldad de su ejecución se redondea la obra. Lo considero y me place, atajó el cónsul. Pero los objetos, los encargue yo o me lleguen como obsequios, siempre me hablan. Y yo busco que lo hagan, más allá de su sentido aparente. Una simple cuchara está cargada de sentimiento. Puede ser rústica y a la vez ser bonita. Puede ser una obra de orfebre y transmitir frialdad y no gustarme. Un objeto, cualquier obra, más allá de su acabado o pretenciosidad, tiene que rebosar un sentir y ser capaz de aportar un significado profundo a nuestra alma. ¿Sabes, Marco, que guardo con cariño inexplicable la cuchara que mi padre llevó en todas sus incursiones guerreras? ¿Y que cuando como en soledad la utilizo porque percibo que me acerca y me vincula con seres queridos desaparecidos?
Lo sé, terció Marco Terencio, y me parece digno de un ser agradecido. Mas en el caso de este monumental instrumento para seguir las horas y los días, ¿qué esperas de él? Cayo Tito Sulpicio miró abstraído a su invitado. Desvió la mirada hacia el monumental objeto que acababa de alegrarle la mañana. Permaneció callado unos instantes. Espero consuelo, dijo al fin. No he encargado el horologium solamente para saber las divisiones por las que avanza la luz del día o el tránsito perpetuo de las estaciones del año. Los cálculos de geometría que contiene no se limitan a su perspectiva astronómica. La concavidad de su esfera mediada no representa para mí únicamente la bóveda celeste. El gnomon, y qué sabios los griegos denominando guía a esa varilla de hierro que proyecta la sombra del gran astro, no es una mera batuta de la sinfonía universal. Aun aceptando la exactitud matemática del instrumento, y soy de los que piensan que la matemática aporta de por sí belleza, he querido también que su presencia me haga pensar en los días y las horas que en algún momento ya no disfrutaré. No es por lo tanto un artefacto que contabilice las horas vivas sino que también me invita al recuerdo de las horas desposeídas. Y cuando mi tiempo se agote, el horologium permanecerá, y seguirá jugando con sus cálculos a los dados con el sol.
* Reloj solar de Baelo Claudia, Bolonia, Cádiz. Siglo I. Museo Arqueológico Nacional. Madrid.
martes, 23 de junio de 2026
Puestos a rebuscar atrás
Si tuviera que rebuscar en mi pasado, ¿cuál sería la primera imagen de la que conservo recuerdo? ¿Una comida forzada por la madre? ¿Un paseo por la barca del lago del parque? ¿Una visita que me causaba distanciamiento y miedo? ¿El frescor del arroyo a cuya orilla nací? ¿Una voz paternal severa pero afectuosa? ¿El sabor del primer lapicero con el que tracé borratajos? Y si de pronto creo saber cuál es el primer recuerdo, ¿existió realmente aquello o es una ficción construida posteriormente por mi mente? Y entonces pienso en cuánto tiene la vida transcurrida de vida vivida y padecida o de existencia imaginada, si no soñada, e inatrapable. Pero, al fin y al cabo, puesto que lo imaginado y lo onírico son también vivencias que nos nutren y nos forman, desprovistas de nuestro control y transgrediendo la conciencia, ¿no es esa tan diversa y múltiple pluralidad lo que nos transforma día a día en una condición maravillosa, no obstante sus luces y sombras? No me gusta usar mucho el sustantivo maravilla o el adjetivo maravilloso porque caer en su repetición es desvirtuarlos, como poco, prostituirlos o anular su sentido si se va más allá. Además son términos que a fuerza de invocar tópica y frecuentemente reducen el contenido de aquello que realmente debe ser objeto de prodigio y consecuentemente de admiración. Pero este hombre que no recuerda con precisión el proceder de un hecho o conducta primigenios se esfuerza en ocasiones, caprichosamente, en horadar su pasado con una tuneladora limitada. No llegará nunca al origen. Y las proximidades al mismo apenas serán ráfagas pasajeras, que no podrá retener, pero que le llamarán la atención. Buscar claves del hoy sobre destellos de la memoria de un ayer disperso no suele acabar en una revelación efectiva. Todo esto se me iba ocurriendo a medida que contemplaba las innumerables formas de cerámica ática expuestas que los griegos elaboraron para contarnos sus vidas y sus sueños. Sus mitos geniales expresados con comportamientos humanos exquisitos. Las figuras negras sobre fondo rojo y las figuras rojas sobre fondo negro paridas por unas manos que imagino delicadas, precisas, imaginativas, virtuosas del detalle. ¿Manos y mentes de mujer o de hombre? ¿O de ambos? Al fin y al cabo, vidas tras las vidas. Cuentos tras los cuentos. Naturalezas transformadas sobre naturalezas más primigenias.
*Copa ática -kylix- del Museo Arqueológico Nacional. Madrid.
viernes, 12 de junio de 2026
Piruetas
lunes, 8 de junio de 2026
la underwood
...hoy me he puesto a escribir sin tener imagen alguna delante, ni he buscado ninguna para poner tras lo escrito. Ningún recuerdo, ninguna figura predeterminada, ni fotografía ni cuadro ni periódico. Hoy me pongo delante de la underwood y tecleo movido por la inercia. Voy a escribir desde la oscuridad, me digo. Como si no tuviera referencia alguna, ni siquiera buscando una idea preconcebida o que se haya añadido a mi bagaje de la vida. Tanto es así que caigo en que no sé tampoco de qué escribir. Es fantástico, aunque extraño, me digo, no saber de qué escribir. Por buscar comparaciones pienso en un pintor que mezclase aleatoriamente colores y diera pinceladas a diestro y siniestro sobre un lienzo sin tener claro, ni saber, ni buscar, qué quiere representar. No por eso se queda quieto, y pringa una y otra vez el óleo sin premura alguna ni mayor interés de alcanzar con su conducta un fin. Pero incluso este pensamiento fugaz y comparativo lo deshecho enseguida, no vaya a ser que entonces caiga en la provocación de concretar una figuración, que es lo que pretendo no tener. Así que tecleo con vagancia, más bien con desdén, las letras, al tuntún, incluso estúpidamente, una veces formando palabras al uso a las que no concedo lectura, otras inventándolas. De pronto aporreo la máquina, no sé por qué ocurrencia, puede que como una forma de reducir la tentación de escribir sobre alguna imagen. Pronto me canso de caer en el vértigo del tecleo y voy sorteando con un solo dedo sobre una hache o una eme o una ka o de pronto un número. Un número con otro número forman ya una cifra y me espanto. Una cifra es también, y muy poderosamente, una imagen. Intento evitar los números y me entrego a signos de puntuación que, por sí mismos, no dicen nada. Pero crean dudas. Un signo de admiración o uno de interrogación, no digamos una diéresis vagabunda, no digamos el signo et, que transcribimos &, u otros más modernos. Evito los que representan el dólar o el euro, que por sí mismos no son solo una imagen sino un cosmos que tanto bien o tan gran mal causa entre los hombres. En fin, que no salgo de la tensión de la sorpresa. Y me sorprendo al ver que unas letras, signos al fin y al cabo, se vinculan a otras, como por encuentro casual, y se aparean generando desafinadas sintaxis. Ellas solas. Me escalofría que se haya producido una sintaxis por cuanto pueda contener imágenes por sí misma. Por lo tanto me resisto a buscar interpretación a esta conducta instintiva que me he propuesto, negando la sucesión de todo tipo de apariencias y formas que articulan situaciones, personas, sueños, todo ese cúmulo de información grabada que nuestro cerebro nos proporciona. O bien todo aquello que se ha ido sumando a lo largo de los tiempos en materia de representaciones, casi todas interesadas para difundir algo, casi todas dispuestas para condicionarnos, casi todas agitando emociones. ¿Nos hemos parado a pensar alguna vez en la intencionalidad de las imágenes? Las recibidas y las generadas por cada uno de nosotros, estas a su vez debiéndose a cuantas navegan sin cesar por la procelosa experiencia humana. Las que nos resbalaron por la piel o aquellas que pasaron vertiginosas por nuestro lado o peor aún, las que golpearon nuestro cuerpo, revolucionaron nuestra mente y complicaron nuestra existencia. Imágenes ahogadas, imágenes que nos turbaron, imágenes que nos obnubilaron, imágenes que se apropiaron de nuestras conciencias, y de las que tanta gente no logra deshacerse jamás. Esto de escribir sin idea previa ni intención última me convierte en una especie de demiurgo de la confusión. Aun viniendo de la oscuridad nos sentimos rendidos en ella. Quiero escribir desde la nada, se me ocurre de pronto. ¿Escribir desde la oscuridad?, interesante, me dice otra voz que se ha escuchado dentro de mí. Cuando me quiero dar cuenta he llenado un folio con el estilo de letra Typewriter, que me resulta tan querida, porque sigue siendo moderna aunque sea tan anciana. Esta Typewriter que a veces produce letras a distinto nivel, sea por el anquilosamiento del brazo de una tecla o por el cansancio que acumula la vetusta máquina. Y pienso que esa descolocación, esa subida de una vocal más alta que otra, por ejemplo, es lo que le da gracia al texto resultante, más allá del contenido del mismo. Así que cuando el folio ha sido ocupado por toda la retahíla de frases, palabras sueltas, vocablos indescifrables, letras dispersas y puntuaciones náufragas que lo han enturbiado, el folio se queda sin margen inferior y sale disparado. El rodillo no quiere saber más de él y pide descanso o bien colocar una nueva hoja, eso sí, limpia, en posición recta, bien ajustada, porque el rodillo, la cinta de tinta roja y negra y, en general todo el mecanismo de la underwood, no es que solo sean precisos, sino que exigen un trato adecuado para corresponder a una buena escritura. Aunque sea escritura de la oscuridad. Escritura que se niega a sí misma. Plasmado el texto que sea sobre la primera hoja, me entran ganas de repasarlo. Pero no lo hago. Puedo aceptar lo inconexo en la fugacidad de mi pensamiento desordenado, pero leer un reflejo del mismo sería como admitir ya una imagen que no deseo poseer. Coloco, pues, otro folio, giro el rodillo, lo ciño con meticulosidad, presto atención a que la vertical y la horizontal estén armonizadas, ajusto el margen cuidadoso y necesario. ¿Alguien ha pensado en la utilidad estética de los márgenes de una hoja? ¿En la belleza de que lo escrito mantenga una distancia de seguridad con el exterior del papel? Me dispongo por lo tanto a continuar con una supuesta página dos de una publicación sin imágenes que no narren un episodio, que no devaneen con una fantasía, que no se deshagan de ansiedad por un anhelo, que no bosquejen planes ni propuestas que conducirían al caos de lo imaginario.
Los dedos han caído con pereza sobre el teclado. Página dos, digo, dialogo con la underwood. Pero los dedos no responden al cometido que se espera de ellos y se limitan a acariciar aleatoriamente, con parsimonia, concupiscentes, las letras de cada tecla.
viernes, 5 de junio de 2026
La arribada del extranjero
Una vez me sentí Bruno Ganz al desembarcar en la ciudad blanca. Entré en la fonda. Mi portugués es precario, solo chapurreo. El trato con otros marineros de tantas nacionalidades le hace a uno saber algo de todas las lenguas y a la vez de ninguna. Pero nos entendemos entre nosotros. Ante la mujer que atendía la taberna no hubo necesidad de muchas palabras. Usted querrá una habitación, dijo. Asentí. Aquí siempre hay sitio para gentes de la mar, siguió diciendo con una voz segura y a la vez dulce. Obrigado, repliqué. Tampoco le voy a preguntar cuántas noches, siguió ella tomando la iniciativa, lo cual me maravilló. El día que tenga que irse, se va. Mientras, haga descanso y comparta con nosotros la estancia.
Estoy acostumbrado a tratos diferentes e incluso opuestos. Unos más huraños y otros más condescendientes. Unos más desconfiados y otros accesibles. Pero aquella fondista, con su cordial iniciativa, iba mucho más allá. Usted, dije con torpeza, es extremadamente amable. Sonrió, sin más. ¿Sabe?, continuó. Me parece justo facilitar las cosas a los que arriban. Muchos apenas saben comunicarse. Hay quien llega con timidez y quien entra como si fuera a tomar posesión de la fonda entera. Los hay presuntuosos y también prudentes. Los hay desaliñados y también quienes cuidan su presencia. Trato a todos afablemente pero pongo a cada cual en su sitio, si no saben estar correctos.
Me dieron ganas de preguntarle cuál creía que era mi sitio. No hubo necesidad. A usted le he captado al entrar, dijo. Por su mirada atenta y receptiva, por sus pasos tranquilos e incluso por su porte nada zafio. Y esa sonrisa prudente pero que trae mundo con ella. Qué menos, dije. Creo que me sentiré bien en este hostal, dije.
La mujer me guio por una escalera. Abrió una puerta y me mostró el cuarto. Estaba en penumbra pero olía a sábanas limpias. Tiró de la falleba y la ventana me ofreció un horizonte abierto donde dominaba el estuario, allá donde el límite entre este y el océano no existe. Le será de sobra conocido el paisaje, un paisaje como todos los que ofrecen panorama oceánico y, créame, es la mejor vista que tenemos. Pero esta es diferente, exclamé. No la recordaba de la última vez que pisé esta ciudad. Y, no es por llevarla la contraria, pero esta clase de paisaje también es diferente allí donde desembarque uno. ¿Sabe por qué? No por las grúas del fondo o por los muelles más o menos amplios o por el volumen de barcos, sino por la luz. La luz es parte del paisaje, y un amigo mío que vive y pinta en una isla lejana dice que la luz es realmente el paisaje. La luz condiciona todo lo demás, o mejor dicho, sabe crearlo todo.
Usted, de tantos puertos como conocerá, sabrá mirar como nadie, comentó la mujer. No crea, le aclaré, a veces ocurre que uno no tiene mirada, o no sabe tenerla, depende de los avatares que se haya encontrado en el recorrido. ¿Demasiada soledad en sus navegaciones?, arriesgó la mujer. La soledad es como la luz, si sabes manejarla te ilumina. Si no, andas a ciegas. Tampoco soy de los que llegan a una arribada y buscan las soluciones fáciles, como muchos otros. Mi alternativa es palpar las calles y escuchar a las gentes. Percibir los olores y sentir las brisas. Podría definirse un país por el viento pero también por los aromas que este traslada. Digamos, en fin, que me gusta sobreponer unos paisajes a otros. Complementarlos. Eso me llena y me tranquiliza si estoy inquieto o simplemente cansado. Ese es el verdadero lado del descubrimiento y no la navegación en sí misma.
La fondista me escuchaba con atención y parecía sentirse deudora de mis confidencias. Para mí, dijo entonces, el paisaje es también mi familia. Y cuando la familia merma o se desentiende, que de todo ha habido, el paisaje natural apacigua. Hace permanencia de lo que es ausencia. Y mire, hasta en los días de galerna allá a lo lejos encuentro belleza y, sobre todo, serenidad en su contemplación. Y en la mente retornan quienes nos abandonaron. Le dejo ahora deshaciendo su petate, y luego le diré los horarios de comidas.
Aquel recibimiento lo percibí con asombro y no miento si digo que con cierta contradicción. Me aportaba seguridad y a la vez había algo en el trato de la mujer que despertaba en mí una recuperación de lo que estaba privado hacía tiempo. Rechacé la idea de aproximarme a fantasías, que no podía ni debía manifestar indiscretamente. Volví a justificarme. No puedo decirle cuántos días pasaré aquí, solté sin quitar la vista del exterior. Eso es cosa suya, no se preocupe, me interrumpió. Dese tiempo para pisar el suelo en lugar de las aguas. Sobreponga unos paisajes a otros. Busque su propia intimidad en todos ellos. Me pareció que ironizaba exageradamente cuando a continuación remató: acaso decida cambiar la constante movilidad del mercante por otra vida anclada pero no menos aventurada y desconocida.
No recuerdo qué siguió haciendo Bruno Ganz en las escenas de la fonda o en el caminar por la ciudad blanca. Pero yo tenía la sensación de ver este arribar mío con nuevos ojos y con sensaciones frescas.
* Óleo de Gregorio Prieto. Marinero y mujer.
jueves, 4 de junio de 2026
sábado, 30 de mayo de 2026
La última dulzura
No puedo ya sino musitar unas débiles palabras. Pero estas, que apenas salen como baba, aún fluyen, cada vez más apagadas e inermes dentro de mi mente. Una mente que se va desgastando y que me aleja de lo que fui. Porque parte de esa mente, que ha ido acumulando recuerdos de cuanto he vivido, se traduce en este momento en el todo. O en la nada, a medida que se evaporan las imágenes. La carencia total me acecha y a la vez me serena. Hace mucho tiempo que aquella otra visión que rigió mi existencia, la de los proyectos para un futuro que cada vez se enmarañaba más, fue acabando en un camino cortado. Los razonamientos me han ido abandonando. La tentación de las pasiones, tuvieran que ver con el poder o con el amor o con el conocimiento ansioso, me han dado la espalda. El interés por los bienes ya venía siendo reducido desde hace tiempo. Hoy, ahora, solo puedo percibir la dulzura del instante. Una dulzura que no es transmisible, aunque mi boca lo intentase o mi mano pergeñara la escritura en un intento de narrar las sensaciones. No sabría decir si esta apacibilidad que degusto es placentera o si se trata de un efecto de la pérdida de mis capacidades. Me siento poseído por un sosiego que supera cualquier percepción con los sentidos. O al menos no responde a lo que los sentidos me han aportado durante mi vida. Sentir va quedando fuera de mis apreciaciones. Y una vez que pierda el reducido vigor de estas me habré disuelto seguramente, sin que ello me preocupe en absoluto. Este estado, cada vez más confuso, no entiende ya ni del ejercicio de pensar ni del de sentir. No sabría definirlo, ni tengo fuerza para intentarlo. Podría decirse que apenas soy ya un individuo pensante, como no lo soy sufriente. ¿Será esto el abandono que había escuchado mencionar en otros casos? Ni siquiera me veo acuciado por la necesidad de repaso de lo que ha sido mi vida. ¿Para qué? Una vida que no se ha diferenciado en el fondo de la de otros. Una vida agotada que no tiene la necesidad de ser explicada, y que quien lo intente desde fuera de mí errará en los detalles. Ahora, sumergido en esta lasitud que me va desproveyendo de lo que fui y de lo que aparenté ser, me invade una oscura y amarga risa. No hay explicación alguna para el hecho de haber sido hombre, que no sea el accidente, la rueda biológica que imparable ha ido transformando a los humanos. Sí se explica la fragilidad de cada individuo de la especie, que solo se siente manifestado y justificado en cuanto tiene y persigue tener. No solo bienes, territorio, personas que dependan de él, todo eso que configura un cierto grado mayor o menor de poder. Nos persigue a todos la imagen caprichosa de pretender poseernos a nosotros mismos. Y erigirnos en sujeto y objeto de nosotros mismos por encima de todas las cosas. Puedes si tienes es la máxima que ha guiado siempre a la humanidad, y yo no me he librado. Hasta este instante de la pérdida de mis energías. Pero es precisamente la pérdida imperiosa la que reserva aún un ápice de conciencia para decirme: viviste con la imaginación, tanto o más que con el deseo. Que los demás individuos vivan de análoga manera ya no me da ni frío ni calor. Es en la privación definitiva, me digo, en esta caída prácticamente sin percepción sensorial, donde entiendo lo que he debido ser. Mi cuerpo ha sido mi propio tiempo experimentado. No ha habido misterio alguno. Todo solo fue un complejo y veleidoso dejarme llevar.
* Jean-Louis David. Marat asesinado. 1793. Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica. Bruselas.
miércoles, 27 de mayo de 2026
Ay de los vencidos inocentes
*Luca Signorelli, La resurrección de la carne. 1499. Catedral de Orvieto
martes, 26 de mayo de 2026
viernes, 22 de mayo de 2026
Tú me miras yo te miro
Me miran a todas horas. Ingenuos ellos que creen que solo soy un lienzo. No me veo como lienzo, pero tampoco me veo como soy. Esto es una ficción pero a todo espectador le gusta observarme como aquel que existió una vez, por ejemplo. Un pintor se empeña en representar la realidad, o su concepto de realidad, y le da a los pinceles. Él mismo no se engaña porque sabe que tal vez la misma referencia ya es de entrada dudosa si no falsa. Un pintor toma sus referencias, un paisaje o un individuo o un acontecimiento épico o una narración mitológica y plasma su propia versión sobre un lienzo. Luego la posteridad lo toma como la verdadera representación de lo que hubo o no hubo, de quien fue o nunca existió. Pero el pintor siempre inventa, aunque en muchos casos haya proximidad fisonómica e incluso fisiognómica con un personaje, porque el modelo nunca es representado como es, sino como se le parece. Pero si no hay modelo, ay entonces, el pintor tiene todas consigo, el libre albedrío de contar la vida de alguien o de una ciudad o el desarrollo de una batalla como le place. La gente mira y admira, aunque sea una sospechosa admiración. La gente mira y no hace aprecio. Inclusive puede llegar a despreciar. Yo, desde mi pose falsa me entero de todo. Esas miradas individuales dicen mucho sobre quien las dirige. Las grupales son otra cosa, a mi modo de ver más deprimente. Parecen ser la suma de cada componente del grupo que escucha contar la historia del cuadro, mi historia o supuestamente la de mi época, qué sabrá el cicerone de mí, y asiente tontamente y pasa a otro cuadro. La mayoría no utiliza el tiempo para detenerse y mirar con el pensamiento, y no solo con los ojos. Mirar con el pensamiento es algo muy exigente. Es querer saber. Más, es querer comprender un poco al retratado o a lo expuesto con detalles más o menos comprensibles. Mirar es también, además de un acercamiento a lo que ve, dudar. Si un cuadro no suscita duda o escepticismo y se le toma a pies juntillas lo más probable es que se perciba una verdad fingida, inexacta. Claro que a muchos visitantes eso les da lo mismo. Porque el visitante quiere ver un cuadro como él supone en su fuero interno, aunque el cuadro diste de la mirada del visitante. Y así una mirada superficial va a ser olvidada. Unas características o unas fechas o una anécdota dibujadas en el cuadro van a ser postergadas. Y esa gente, cuando vuelva a su casa contará que estuvo en tal museo de tal ciudad y para de contar y se queda tan ancha, con la alevosía de querer demostrar no sé qué a sus vecinos. Porque la mayoría no habrá retenido casi nada, ni buscaba retener. Pero esa otra minoría que llega, esas otras individualidades que se aproximan a ti, y te miran con la mirada del pensamiento y algunos incluso con mirada emocional, hasta de afecto, esas escasas personas que te dedican un tiempo de diálogo, y yo les correspondo, saben de los latidos del cuadro, de mis propios latidos que revierten en ese observador escrutador y agudo. Y es esa confluencia de miradas, esa receptividad mutua que mantenemos cierto tipo de visitante, me haya buscado o le haya sorprendido mi aparición, y yo, la que nos hace sentirnos vivos. Él o ella viven desde su búsqueda incesante de las emociones en las imágenes de los museos. No les importa si la emoción se manifiesta con curiosidad, horror o afecto, pues todo les impresiona. ¿Y hay algo más interesante que dejarse impresionar con sinceridad? La impresión percibida es la puerta a querer saber más, a querer acercarse más a lo desconocido, a vivir en lo desconocido e incierto durante un rato más o menos prolongado. Y a mí, desde este cuadro en que parezco ser pero solo aparezco como el que no fui jamás, me llegan los sentidos con que me obsequian los que se han acercado afectivamente. Si los colores y los barnices no estuvieran sujetos tan firmemente, probablemente mi imagen se diluiría ante ciertas miradas y tantos pensamientos que no solo me inquieren sino que me aprecian. A veces fantaseo que me diluyo y que todos los colores de que me compongo, ¿no soy acaso una colección de colores?, y todas las líneas sinuosas que configuran mi forma, ¿no estoy perfilado precisamente por infinidad de trazos?, pasan al rostro del visitante que me contempla arrobado. Como si mi rostro quisiera ser sustituido o el del otro pretendiera hacerse con el mío. Y me interrogo sobre cuál de los dos será entonces más auténtico o más engañoso.
* Thomas Gainsborough. Retrato de Gainsborouh Dupont. 1770-1775. Tate Gallery, Londres. En depósito en The Frick Collection. Montreal.




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