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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 29 de mayo de 2017

Bosníaca. Los contraste de dos ciudades



Cuando Alisa y yo atravesamos zonas de reciente construcción me hace parar. ¿Sabes qué pienso a veces? Que las ciudades son huevos de serpiente. Siempre incubando imágenes nuevas que se comerán a las viejas, las deglutirán al ritmo que marque su fisionomía y que, a su vez, al día siguiente pueden ser pasto de su propia ambición. Letales con su propio veneno incluso para ellas mismas, pero de paso arrasarán lo que pillen por delante. ¿Ves aquel edificio que mantiene la decoración de la metralla?, dice con sarcasmo. Aún no le ha tocado la dinamita inmobiliaria, pero todo llegará. De momento queda bien así para que el viajero de paso compare. Lo nuevo es puro exorcismo. Con la altivez de los edificios que los arquitectos recrean se pretende la purificación de una ciudad que había retrasado su crecimiento hasta el límite. En ellos no se vive. En ellos moran los reptiles que mueven economías y, por lo tanto, manipulan vidas. Nuevas imágenes, sí, nuevas realidades físicas de la ciudad que no hay que confundir con la totalidad de la trama urbana. Las ciudades, amigo mío, y esta menos que ninguna, no tienen garantizada su existencia eterna. No es una novata Alisa en el conocimiento de la geografía de su propio suelo. Tampoco es dada a lamentar las marcas de la crueldad del asedio. Ahora esa vieja casa es como un cromo en un álbum, dice Alisa cuando ve que miro con más atención las antiguas paredes agujereadas que el nuevo templo de los negocios. Pero no quiero mostrarte solamente los cromos de una colección negra, sería injusto. La reconstrucción está siendo imparable, es un buen síntoma siempre que los fantasmas arcaicos y los intereses de entes supremacistas no jueguen con la vuelta a la desgracia. ¿No pretenderás que entremos en el centro comercial por muy nuevo y macro que sea?, suelto alarmado. Los hay por todas partes en Europa y no hay apenas diferencias. El barrio de Marijin Dvor ha prosperado mucho, cierto, pero lo último que me apetece es respirar aire acondicionado. No, y Alisa ríe alargando la vocal. Prefiero que paseemos por la ribera del Miljacka, aunque también te canses de ver cornejas.



(Fotografía de Inés González)


jueves, 25 de mayo de 2017

Bosníaca. Al mejor postor




¿Le interesa algo, señor? Se lo pongo a buen precio, me dice el viejo Kerim, chamarilero de toda la vida. Son recuerdos de los mil y un imperios que pasaron por aquí. Y hace un vuelo con sus brazos a un lado y otro de su puesto de trastos viejos y antigüedades, mostrando el repertorio. Al viejo Kerim le falta la pierna derecha y sin que le pregunte nada lo aclara. Es de antes del asedio, ya venía así de la guerra anterior, cuando era joven. Aquí siempre ha habido guerras, dice. ¿Todos estos objetos? Los he ido recogiendo por aldeas y pequeñas ciudades. Cuando los símbolos caen, como los Estados, como los hombres, ya no interesa a nadie conservar cosas antiguas. Además hubo un tiempo en que comprometían, incluso ahora también, según que insignias o qué fotografías. Esto que tengo aquí ya no. El mariscal desapareció hace tanto y con él prácticamente la memoria. Fue un gran intento pero creo que en el fondo nadie queríamos que prosperase. Solo su autoridad, la moral que venía de la guerra contra los alemanes y la del control del país de países, mantuvo unidos a tantas etnias y regiones. ¿Entendernos? Siempre hay una parte que se siente con supremacía sobre el resto, que ha vivido mejor y está más preparada para dominar a los otros. Kerim baja la voz, no hay nadie alrededor, pero lleva la prudencia a flor de piel. Luego insiste. Porque todo lo que ve usted aquí, de desecho, son símbolos de dominio. Yo no creí nunca en ninguno. Si le soy sincero mi fe estuvo más bien a la contra. Ser invadidos por aquellas bestias de la esvástica que querían comerse el mundo, pillándome aún joven, a mí me resultaba insoportable. Entonces tuve fe contra ellos y participé en echarlos. Lo que pasó después era tratar de acomodarse, salvar la vida cotidiana, y más en mis circunstancias de mutilado. De lo último prefiero no hablar, aún dura la amargura entre los nuestros y, además, no crea, no todos ven con buenos ojos que me dedique a vender a turistas las reliquias de otros tiempos. ¿De verdad que no desea nada? Piénselo, mañana también estaré por aquí. Podemos incluso tomarnos un té. Por hablarle de mi vida no le cobraré. Tengo un tope, ¿sabe? Con la memoria nunca juego. Nunca pongo precio a las alegrías y a los sufrimientos del pasado. Al mirarme fijamente el bueno de Kerim observo que tiene unas arraigadas cataratas en sus ojos. Me parece un tipo noble y entero que no explota su humildad y, probablemente, sus escasos recursos. Puede que vuelva mañana de nuevo, le digo. Que el paso del día sea contigo, me dice. Me sorprende su invocación original. Con razón había dicho que era un hombre a la contra.      



(Fotografía de Inés González)



viernes, 19 de mayo de 2017

Bosníaca. Aquel sabio que dijo que




¿Sabes que la vida se parece bastante a una partida de ajedrez?, dice Alisa cuando en el paseo nos paramos a ver jugar a los jubilados al ajedrez con unas fichas gigantes. ¿O tal vez es al revés?, y pone cara risueña. Allí los hombres hacen de un espacio de la calle un tablero, pacífico, pero no menos enfrentado. La vida es juego, le replico, la metáfora se podría aplicar utilizando toda clase de actividad lúdica. Pero ella quiere decirme algo más. Un escritor sabio de origen sefardita y no era de aquí, no, escribió una vez sobre el saber. Escribió mucho sobre el saber y sus obras eran reflejo de lo que había aprendido y a la vez proyección de lo vivido. Él decía que al saber verdadero no se llega por un camino lineal ni uniforme, sino que está cambiando siempre de forma. Que hay muchas cosas previsibles, pero que no aportan nada, porque ya se distinguen, se ven venir, están hechas. Pero que lo que realmente se nos ofrece nuevo, eso que llamaríamos descubrimiento, o bien conocimiento, llega por saltos laterales, algo así como la posición del caballo en el ajedrez. Por vericuetos inexplorados, por decisiones inesperadas, algo así lo interpreto yo. Me admira la carga crítica de Alisa. ¿Sabes que el ajedrez también se utiliza en las escuelas de los militares y no siempre en el mundo de los políticos?, le digo. Alisa se echa el cabello hacia atrás. No te fíes. Usan el ajedrez más como terapia que como margen de pensamiento. Calcular lo que puede hacer el otro y replicar con opciones tuyas para evitar que el otro avance no siempre da resultado. Siempre estás expuesto a un salto imprevisto. Esta gente juega para sortear la vida en una ficción diferente a aquella realidad en la que echaron un pulso por el que todos perdieron. Bueno, acaso esta ficción de ahora les une de algún modo, o les permite olvidar partidas perdidas, quién sabe, preciso. Alisa se queda pensativa. Luego comenta con ironía: por supuesto el sabio de origen sefardí no tiene por qué tener razón, por mucho que haya sabido de la experiencia propia. Saber y tomar decisiones no van necesariamente de la mano, le digo. Los errores cometidos por los hombres en la historia lo demuestran. Vamos hasta el caravansar de Morica Han y nos sentamos un rato como el otro día, me propone ella. Bascarsija no está lejos. Podemos seguir allí nuestra particular partida.



(Fotografía de Inés González)


 

martes, 16 de mayo de 2017

Bosníaca. No pueden matar a los muertos




Es una paradoja. De la nada no se puede esperar algo. De lo muerto no puede obtenerse vida.  Lo que fue no se rehace. Lo inexistente no habita. El vacío no se ocupa de nuevo por aquello que se poseyó. Entonces, ¿por qué caer en la infamia de enfurecerse con los símbolos de lo extinto? Yo, Jacob, hijo de Sefarad, expulsado de Sefarad, que viví y morí en Sarajevo, no soy nadie para reclamar nada, porque ya no estoy. Ni siquiera me indigno con los viejos odios, las funestas envidias, los enraizados resentimientos, las absurdas violencias. No les bastaron a muchos los destierros, los pogromos, las razias y la shoah que tienen que consolarse con la inútil destrucción de las tumbas en las que el recuerdo de nuestros descendientes nos quisieron homenajear. Va en las religiones el desmedido culto a los muertos en la medida misma como se desarrolla el elevado desprecio a los vivos. Demasiada parafernalia, excesiva hipocresía de imágenes, altiva exaltación de la memoria perdida. No es sólo la muerte biológica la que nos mata, sino la ceguera por dejar de ser ya en vida.  Es más cómodo honrar al que no está que entenderse con el que es tu vecino. Cualquier vivo de cualquier creencia o visión del mundo tiene sin resolver la cuestión de la muerte. Algo que cuesta aceptar pero que hay que asumir. Si alguna lección debiera extraerse del acontecimiento de la muerte debería ser el entendimiento entre los vivos. No podemos resolver la muerte porque, además de un hecho, es una necesidad. Deberíamos corregir las dificultades de la convivencia, pero hacemos de ella una verdadera tumba viviente donde todos acabamos sepultados por el enfrentamiento. Yo, Jacob, que fui y tampoco entendí, debería haber sacado antes conclusiones de la limitación de la existencia. Ahora que no hay tal Jacob, de poco sirve a nadie, a mí menos, advertir con una voz que no va a ser escuchada. Llamar miserables a los histriones ebrios que destruyen símbolos es inútil. Lo harán tantas veces como puedan. Pero no pueden matar a los muertos. Yo, Jacob, que tantos relatos escuché de mis antepasados acerca de la violencia cometida, no únicamente contra nosotros, sino contra cualquiera que se opusiese a una dominación, o simplemente deseara vivir a su aire, apenas me queda una brizna de queja. La violencia siempre es frustración para quien la practica. La tierra es leve para todos y no entiende de contendientes, fes, ideologías, intereses de mercado ni imposiciones oportunistas. La tierra también morirá. La vida es el verdadero campo fértil en posibilidades. La auténtica profanación es renegar de ella.



(Fotografía de Inés González)




sábado, 13 de mayo de 2017

Bosníaca. Aquellos judíos llegados de lejos




Cuando visito en cualquier localidad por la que paso su cementerio me embarga siempre una tensión emotiva. Nada que ver con cuentos terroríficos ni leyendas del pasado que aún se repiten entre los habitantes de las ciudades. Me excita la idea de que voy a ver la otra cara de las poblaciones. Donde los símbolos, la estética de las tumbas y el cuidado general del lugar hablan con sus estereotipos, pero también con sus sinceridades. Es el propio terreno lo que me transmite un estremecimiento, en absoluto temeroso, a medida que me acerco. Es el destino que ha adquirido aquella parte de la montaña o del llano, próximo o apartado, para ser mansiones de los muertos, como denominaban las culturas más ancestrales a este tipo de lugares, lo que me conmueve. Un destino que puede durar siglos, al menos mientras la actual civilización no desaparezca. Es mi capacidad para rememorar la historia, con los escasos datos de que dispongo, pero que me gusta proyectar en mi imaginación. Te sorprenderá Jevrejsko groblije, me dijo Alisa. Tengo trabajo y no te podré acompañar, pero verás algo diferente. Son muertos con lejanas y antiguas raíces. En el cementerio judío también verás formas de vida del pasado y, sobre todo, las relaciones entre vecinos, por ejemplo. Porque un cementerio, sea civil o esté mediatizado todavía por una confesión religiosa, es el ámbito donde también se manifiestan las diferencias de clase o los oficios o las procedencias de cada cual. También el papel integrado o marginal de unos y otros. La riqueza o la pobreza, en definitiva, tienen sus señas de identidad en la propia arquitectura de los sepulcros. Tienes un buen paseo hasta la zona de Kovacici-Debelo, donde está el cementerio. Pero verás lo que seguramente no ha sido frecuente en tus viajes. Nombres y epitafios en una lengua ajena a la nuestra. También muy vieja, tanto que incluso los actuales pobladores de la remota tierra también la han modificado. En el cementerio judío están enterradas familias que vinieron hace siglos a Sarajevo, expulsados de un país del extremo occidental del continente, donde otra religión dominaba el Estado y entre aquella fe y su brazo político decidieron que no había lugar para una parte de la sociedad que había vivido durante siglos en aquel territorio. ¿Sabes cómo llamo a los muertos? dice Alisa. Los habitantes del subsuelo. Si quieres, piensa en el título de la novela de Dostoievski, no porque tenga que ver, sino por asociación de ideas, porque aquella gente, aunque fuera emprendedora y muchos generaran riquezas, tuvieron épocas en que fueron mal vistas y peor consideradas. Ah, le digo a la joven, ¿me estás hablando de los judíos expulsados de una patria que ellos denominaban Sefarad? Lo más curioso. me replica ella, es que conservaran su lengua por toda la zona de los Balcanes por donde se refugiaron, entre otros países. ¿No es asombroso el poder de una lengua? ¿No es sorprendente que se mantuviera como seña de identidad incluso en los siglos posteriores a su diáspora? ¿Pensarían que no podía perderse aquel habla de su anterior y legítima patria, por si llegaba la ocasión de retornar a ella?



(Fotografía de Inés González)



martes, 9 de mayo de 2017

Bosníaca. Las advertencias de Benjamin




¿Sabes lo que decía Benjamin de los sueños?, dice Alisa mientras se pide una cerveza Sarajevska bien fría. Me encojo de hombros. ¿Es que has leído a Walter Benjamin?, le pregunto, intrigado más por el hecho de que lo cite que por las ideas del filósofo. ¿Será otra de sus apariencias con las que pretende sorprenderme? Algo he leído, sí, pensamientos reunidos en una antología. Me envió un libro mi antiguo amante que ahora está en Alemania. Trabaja en un hotel en Karlsruhe. Pero eso está muy lejos, le digo por ver si la pillo en una de sus invenciones fantasiosas. Bueno, dice Alisa, mi amigo llegó allí dando tumbos, y luego se esforzó mucho en buscar trabajos y en aprender lo que pudiera. Siempre dijo que quería estar en el corazón de la Europa más rica, no solo la de más posibilidades laborales, sino la que le proporcionara saberes que antes no había tenido. Su capacidad para los idiomas le permite además disponer con frecuencia de algún trabajo y, sobre todo, abrir contactos. Sin abandonar sus lecturas, porque él dice, fíjate, que si no lee no es feliz. Para él la felicidad es la ausencia de vacío. Dice que allí está descubriendo autores y pensamientos de los que no había oído hablar cuando vivía en nuestra ciudad. ¿Y no quiere volver? le inquiero. Nadie de los jóvenes que han podido ir a otros países desea volver, algunos prefieren el riesgo a cambio de la experiencia y de cierta formación que de momento aquí les está vedada, aclara Alisa. Pero yo no quería hablarte de esto, sino de algo que leído de Benjamin y me ha llamado la atención, porque me he sentido identificada. Walter Benjamin dice que no conviene al levantarse por la mañana contar el sueño que se haya tenido esa noche. Que uno permanece preso de lo soñado durante un buen rato, aunque se asee y se prepare para las tareas del día. Muchos no hablamos nada con nuestra familia e incluso nos vamos de casa sin decir ni mú o sin haber desayunado siquiera. Tan fuerte es el lazo que todavía ata el sueño y el despertar que no creemos que seamos independientes o bien tampoco queremos serlo, y solo pensar en las actividades que nos esperan nos pone de mal  humor, por mucho que racionalicemos la jornada que nos queda por delante. Así que hay veces, hoy por ejemplo, en que una no quiere, yo no he querido, hacer nada que rompiera el hilo con el sueño. He estado buena parte del día bajo el efecto de lo soñado, y llevo toda la mañana en ayunas. ¿No me irás a decir que yo formaba parte de ese sueño?, he dicho por capricho y para ponerla a prueba. Alisa me mira, absorbe despacio la espuma de su piva y me responde: ¿siempre eres así de engreído? 




(Fotografía de Inés González)



domingo, 7 de mayo de 2017

Cuánto mundo en el café de Rick




¿Pensaba en ese momento Ilsa Lund en Francia? ¿Le revolvía las entrañas el himno entonado por los oficiales nazis? ¿Se estremecía con La Marsellesa? ¿Sentía pánico por la situación? ¿Quebraba ante la disyuntiva entre el valor político de un hombre y el amor pasional redivivo del otro? ¿Se sorprendía emocionada por la actitud de su marido Victor Laszlo? ¿Se debatía por el amor reverdecido del antiguo amante Rick? ¿E Yvonne? ¿Conjuraba Yvonne los despechos sufridos entregándose a la causa con su voz? ¿Vaciaba su rabia delegando en el símbolo? ¿Qué pensaría Sam, el pìanista, de todo aquello? ¿No tenía ya duda el prefecto de policía Louis Renault de que le quedaba también a él París? ¿Y Rick? ¿Era tan dura la máscara de Rick? ¿Qué fue de Rick? 

Cuánto mundo podía estar girando mientras tenía lugar el pulso entre canciones patrióticas. Cuánta angustia contenida a la vez que se evocaba la patria sometida con una canción. Y es que la vida siempre siempre es más que un himno. Y mucho más que una patria. Cuánta expresividad en la tensión de una mujer, tratada con exquisita y discreta precisión, como la que Ilsa comunica cuando su marido canta y dirige a la banda interpretando La Marsellesa. ¿Le ama y le admira? ¿Sólo le admira? ¿Le basta aquella valerosa actitud de su esposo? ¿Se está jugando en ese momento la elección? ¿O acaso la resignación? ¿A qué voz interior está escuchando Ilsa en ese instante, que tanto le desasosiega? No sabría responder, pero el rostro que pone Ilsa Lund, que parece estar y no estar allí en ese momento, el sofoco que expresa su pecho y la leve sonrisa que acaba emitiendo -¿qué está a punto de decir al entreabrir los labios?- son magistrales. De lo más emocionante que he contemplado nunca en cine. 






sábado, 6 de mayo de 2017

Desde la Torre




Greenpeace reivindica una exigencia que a estas alturas debería ser tan obvia e innegable que no habría que reclamar con una pancarta de tamaño descomunal. Un lema que siempre se ha cumplido limitadamente, a medias y con selección, cuando no se ha incumplido de manera manifiesta, pero que no deja de estar en vigor. Porque es una aspiración civil, humana, real. Aunque lograrlo parezca fantasioso. Por supuesto que algunos se empeñan en vaciarla de contenido cada día. En vísperas electorales mucho más y con descaro, por parte del extremo negro y de los falsos progres oportunistas. El mensaje de Greenpeace es muy claro y probablemente haga pensar y decidir a los franceses qué es lo prioritario cuando se está al borde de un precipicio político. Homenajeo a Greenpeace, por su oportunidad sentida. Homenajeo a unos principios que de los Pirineos para abajo nunca calaron demasiado. Homenajeo al libre y constante ejercicio de pensamiento que permita evolucionar el estado de cosas para hacer efectivo, allí, aquí y en cualquier parte cada concepto que hay tras cada palabra de la pancarta. Ya, soy un iluso. Pero como dice la organización ecologista en un rinconcito del letrero: hay que resistir.


martes, 2 de mayo de 2017

Bosníaca. El patio del árbol




Es amable el patio donde me ha vuelto a citar Alisa. He llegado sobrado de tiempo. Traer un libro a un lugar como éste puede ser provechoso si se viene con frecuencia. Lo abro discretamente, nadie mira lo que hago, el silencio es una invitación a la lectura pero también a la fuga de mis pensamientos. Sin embargo, leo dos líneas y mi mirada se tuerce del texto y se dirige al árbol. No sé qué tiene de eje que sin ser arquitectura ¿o acaso lo es? parece que todo estuviera estructurado en torno a él. Vuelvo al libro y apenas avanzo una página se me antoja recorrer con la vista esa especie de claustro superior que me recuerdan otros ámbitos cerrados que he conocido en países occidentales. Apenas corre aire, la gente habla en sordina u hojea un periódico. Se diría que este espacio es antiguo, que no ha conocido nunca discordias, que se ha mantenido en pie porque el árbol lo ha querido así. El árbol...¿no fue junto con el abrigo o la cueva uno de los primeros techos circunstanciales del hombre? ¿No fue lo nutriente junto a lo que crecía salvaje en el sotobosque? ¿No fue posteriormente la materia prima sobre la que el hombre ejecutó su depredación más o menos masiva para inventar la casa propiamente dicha? Mientras me apoltrono en uno de los sillones cómodos no dejo de pensar en el árbol, homenajeo al árbol. Aunque sea joven lo admiro, aunque sea frágil le rindo culto. Alisa llega sin apresuramiento y parece rozar la distracción de mis pensamientos. ¿Te gusta nuestro árbol? No sé por qué dice nuestro árbol. ¿Es autóctono?, estoy por preguntar. Pero prefiero mantener el misterio sobre la existencia de esta fronda menuda en medio del patio. Como si fuera una columna que sostuviera las fuerzas del aire. Como si trajera una imagen anterior al edificio, a la fundación de la ciudad, a la capacidad del hombre de levantar sus propias recreaciones. Una vez escribí un poema sobre este árbol, dice Alisa. Otro día te lo mostraré. Es una especie que llegó con una de esas culturas que se han asentado desde siglos en esta tierra. Pero no pienses que el poema sobre un árbol es algo bucólico y mucho menos épico. Entonces ¿qué es?, le comento. De un árbol se saca vida y se obtiene muerte, o al menos recursos que tocan ambos extremos, responde sin matizar más. Me quedo confundido y barajando opciones que lo interpreten, pero ella no está por proseguir lo que ha debido ser una vulgar boutade. ¿O me oculta algo?   



(Fotografía de Inés González)


lunes, 1 de mayo de 2017

Sugerencia





Desmitificad las fechas
y apropiaros de los días
pues no son vuestros.

Antes de que el hombre
ese innumerable y antiguo hacedor
desaparezca

a manos de su obra.



(Ilustración de Yslaire para Sambre)


domingo, 30 de abril de 2017

Bosníaca. Contemplación desde el monte Trebevic





Si Alisa supiera que no tengo más mundo que el que transcurre de la mañana al anochecer. Que el día siguiente me es siempre incierto. Que desde que mi cuerpo fue marcado por aquella maldita bala que llevo alojada no sé nunca si seguirá moviéndose a mi son o si cumplirá su cometido sin aviso previo. No pienso contarle el incidente. Fue casual, nada épico. Mi instinto me llevó a evitar que otro recibiera el mal y resulté ser yo la diana. No, no me siento satisfecho de ninguna acción. Al contrario, estoy arrepentido de haber hecho algo que otros calificarían de acción buena o humanitaria. Al diablo con mi reacción salvífica. Fui yo quien pagó las consecuencias de mi propia estupidez. Nadie lo supo y jamás he contado la verdad. A veces veo al que se libró del tiro gracias a mi reacción refleja. ¿Qué me llevó a interponerme en una trayectoria que no estaba reservada para mí? En ese instante en que me cruzo con el otro, que va con su apariencia ufana y ágil, quiero alegrarme por él, incluso casi lo logro. Pero entonces pienso en el metal que se ha adaptado a mi cuerpo, no sé si fosilizado dentro del hueso o jugando a su particular e ineluctable ruleta, y un amargo dolor moral me atraviesa. El otro dolor, de vez en cuando lo acuso. Y el peor de todos resulta ser siempre la angustia. ¿Moriré de viejo con ese trozo de mierda dentro sin que se haya revelado jamás? ¿Me pudrirá un cáncer mientras la bala se ríe en ese rincón de la infamia donde se esconde? Es hermoso contemplar la ciudad desde aquí arriba. Sin promesas evangélicas. Sin ofrecimientos generosos. Sólamente mirar en silencio. La presencia de Alisa me permite olvidar las sugerencias negativas que intenta traerme el río. Si uno recuerda una ciudad sin río puede tener nostalgias aceptables, digamos. Pero si lo que le trae la memoria viene a través de una ciudad bañada por un curso que ya procede de antes de que el lugar fuera poblado, la propia arquitectura húmeda del río parece acariciar sus recuerdos y hacerlos más benevolentes. Una carretera no será nunca un estímulo. Tal vez una senda polvorienta lo sea, como un arroyo, como este afluente apacible del Bosna. Hay mucha vida y mucha muerte acumulada por los siglos en el lecho de un río. Mi viejo profesor de Geografía siempre lo decía. La gente opina que vivir y morir está en las calles o en los edificios o en los talleres o en los caminos. Créeme, decía con su voz templada, como revelando secretos que se desconocen. La vida y la muerte se aloja en el fondo del cauce de los ríos. A veces incidía áspero: incluso en el subsuelo. Subo aquí arriba porque advertir el paso del Miljacka me ayuda. Alisa me ayuda, incluso cuando calla y me sonríe. Tal vez expectante  a algún comentario mío. Tratando de leer en mis silencios lo que yo no le cuento.



(Fotografía de Inés González)



jueves, 27 de abril de 2017

Bosníaca. La nueva biblioteca




¿No será la historia de la humanidad una reconstrucción permanente sobre sí misma? Eso me preguntaba mientras paseaba por el interior de la nueva biblioteca. Una reconstrucción nunca olvida que detrás hay una pérdida. Aunque, a veces, se haya preferido ignorar el monumento o la ciudad anterior. El pasado está lleno de ejemplos en que el peso de una nueva cultura exigía abolir incluso las ruinas, o bien simplemente ocultarlas. Sé que también hay excepciones en que se han respetado construcciones grandiosas, pero nunca he sabido si por razones de un reconocimiento estético, superior a creencias o hegemonías, o por razones presupuestarias. Me he preguntado y me he sugerido muchas cosas en mi desplazamiento por la nueva Vijécnica. Porque lo interesante de una reflexión sobre una destrucción concreta es que te conduce a pensar en todas las destrucciones concretas de las que has tenido conocimiento. Lo más probable es que gran parte de lo desaparecido en cualquier país nunca haya podido recuperarse. Miramos hacia atrás, hacia las culturas abundantes de las civilizaciones otrora triunfadoras, y que ya no existen, y ¿qué encontramos? En la mayoría de los casos ruinas, residuos del subsuelo, labor de arqueólogos. Hoy día traducimos la descarnada devastación y la penosa ruina por palabras como documento físico o huella del pasado, por aquello de aportar cierta benevolencia al hecho ineluctable que un día fue. Incluso nos consolamos buscando encanto y admiración en lo que se rescata. ¡Nos conformamos con bien poco! Y en unos casos la imaginación y en otros la reconstrucción virtual de los indagadores del tiempo fenecido, nos devuelven imágenes irreales de lo que fue, mejor dicho, de lo que se cree que pudo ser, pues todo se reconstruye idealmente y se sortea la aproximación al origen con una gran dosis de duda. Mientras, en diversas regiones del planeta los conflictos siguen destruyendo vidas y culturas. Lo que pensé al entrar en la biblioteca: nos rehacemos sobre nosotros mismos, crecemos para acabar incluso de mala manera, intentamos trascender con obras para desear inútilmente eternidades. Y una confidencia: allí dentro pensé en todo, menos en los libros. Tal vez una manera de apartar el dolor.




(Fotografía de Inés González)


miércoles, 26 de abril de 2017

Guernica o la devastación




Cuando uno observa ahora, al cabo de ochenta años de aquella monstruosidad, imágenes de Guernica bombardeada por el franquismo, por medio de la aviación nazi puesta a su servicio, no distingue si es una población menor o barrios de Londres o Coventry o Dresde o la misma Berlín. Hoy nadie duda que en aquella acción de guerra en que el patriotismo de Franco dio rienda suelta a las bestias de la Luftwaffe se probó en calidad y cantidad el armamento aéreo que más tarde se utilizaría en la Segunda Guerra Mundial. Así como toda una serie de técnicas, logísticas y unidades de vuelo. Guernica fue una pista de pruebas del horror y de paso un elemento de guerra psicológica que los nacionales utilizaron contra los republicanos. Pero aquello ya queda lejos.¿Se tiene hoy en cuenta la barbarie del pasado? ¿Sirven las imágenes para algo más que entretenimiento de telespectadores? ¿Se trata de conmemorar una fecha que al día siguiente, como tantas otras, queda olvidada? ¿Reflexionamos y adoptamos dentro de nosotros una conducta que nos lleve a evitar algo parecido en el futuro? No entremos en excesivos detalles sobre aquel desgraciado bombardeo. Pensemos simplemente en la devastación. No solamente en la muerte inmediata o la destrucción sistemática de edificios, servicios o rutas, o en la migración obligada. Hoy, ahora mismo, todo esto está ocurriendo en Siria y en otros lugares del planeta. La devastación es siempre un doble e hipócrita ejercicio bárbaro. Destruye al enemigo, aunque las víctimas sean civiles y, por lo tanto, no tenidas en consideración, y deja el campo libre para la futura reconstrucción, gane quien gane. Porque quien siempre sale ganando es el que hace negocio. Primero con el enorme potencial bélico que se fabrica, después con la reconstrucción de las ciudades. Con la anuencia y apoyo de los Estados implicados en los conflictos. Las ciudades, los barrios, ya no serán nunca lo mismo. Los antaño pobladores modestos e incluso pobres serán relegados para siempre de las zonas destruidas. Porque sobre el solar de la destrucción se permite erigir el nuevo urbanismo que, si interesa, será el de las grandes empresas o el de las oligarquías supervivientes a cualquier conflicto.  

En 1950 los realizadores franceses Alain Resnais y Robert Hessens hicieron un documental sobre la tragedia que hoy cumple ochenta años, tomando como referencia el cuadro de Picasso, Guernica, y otros trabajos del artista. Voces de María Casares y Jacques Pruvost. 





martes, 25 de abril de 2017

Hoy hace sólo cuarenta y tres años




Ay, entrañables vecinos ibéricos. Vuestros significados son nuestros significantes. ¿Sólo nostálgicos? Cuando recordamos aquella fecha muchos nos estremecemos y vibramos de contento aún. También teníamos cuarenta y tres años menos, estábamos juveniles y eufóricos, y muchos que hoy no viven todavía nos acompañaban. Teníamos sueños pero vuestra audacia los incrementó, ni imagináis hasta qué punto. Puede que desde entonces os hayan metido demasiados goles, como a nosotros. Pero, puestos a hablar de símbolos, al menos vuestra fiesta nacional tiene un sentido justo, adecuado y correcto. Otros no hemos podido decir nunca, nunca, lo mismo. Soy consciente: puede que los símbolos venzan, siempre es más fácil la victoria del lenguaje épico, y que los hombres vayamos dando tumbos con menor fortuna. Pero al menos, y ya digo que en materia simbólica, vosotros podéis llamar al pan, pan y a la libertad, libertad con una dignidad reconocida hasta en una fecha.








No céu cinzento sob o astro mudo
Batendo as asas pela noite calada
Vêm em bandos com pés de veludo
Chupar o sangue fresco da manada
Se alguém se engana com seu ar sisudo
E lhes franqueia as portas à chegada
Eles comem tudo eles comem tudo
Eles comem tudo e não deixam nada 
A toda a parte chegam os vampiros
Poisam nos prédios poisam nas calçadas
Trazem no ventre despojos antigos
Mas nada os prende às vidas acabadas
São os mordomos do universo todo
Senhores à força mandadores sem lei
Enchem as tulhas bebem vinho novo
Dançam a ronda no pinhal do rei
Eles comem tudo eles comem tudo
Eles comem tudo e não deixam nada
No chão do medo tombam os vencidos
Ouvem-se os gritos na noite abafada
Jazem nos fossos vítimas dum credo
E não se esgota o sangue da manada
Se alguém se engana com seu ar sisudo
E lhes franqueia as portas à chegada
Eles comem tudo eles comem tudo
Eles comem tudo e não deixam nada
Eles comem tudo eles comem tudo
Eles comem tudo e não deixam nada




domingo, 23 de abril de 2017

À bout de souffle, La France




Aunque por el camino hayan ido perdiéndose la Egalité, la Fraternité y la Liberté...por favor, franceses, que la Razón siga guiando a la ciudadanía.


(Ilustración de Eleazar)


viernes, 21 de abril de 2017

Bosníaca. Los versos de Alisa en Caffe Muzicki




¿Sabe que hago versos sobre las cornejas? Hay amigos que me critican por ello. Deberías hablar más de lo que pasó y lo que sufrió la gente, y menos de pájaros, me dicen. Otros: defiende a los que dieron la cara por ti en lugar de irte por las nubes. Algunos son más zafios todavía y hasta se vengan a su manera nombrando a mis aves con epítetos despectivos y relacionándome con ellas. Es su modo de atacarme. Menos lírica y más épica, me sueltan con brusquedad. Pero yo los ignoro. El café Muzicki, en el parque At Mejdan, es un lugar agradable cuando no hace frío y la primavera empieza a ser exuberante. Alisa ha venido en vaqueros y con su camisa suelta, por encima del pantalón. Para mí hace un frescor que a veces me produce escalofríos. No me mire de manera rara por no parecer de la ciudad, soy ciudadana del mundo, aunque apenas conozca el mundo. ¿Sabe cuál es mi mundo? Lo que leo.Si una fuera solamente del ámbito que la rodea, de las religiones y etnias y normas que rigen repartiéndose territorios, me ahogaría. ¿Que he tenido suerte con que mis padres me permitieran libertades que a otros no se les conceden? Por supuesto. Pero la libertad en materia de costumbres y vestimentas no es algo escrito en ningún parte. Es lo que me gusta de los países totalmente laicos. La gente impone sus maneras y discurre con sus pensamientos y en el intercambio está implícito el respeto, ¿no cree? Yo le digo: para no haber viajado tienes una mente más occidental que muchos occidentales. Es que es tan obvio, dice Alisa. Si una se deja sujetar a lo que te imponen es como si admitieras barreras y ya se sabe cómo acaba todo: distanciándose unos de otros, disputándose sin limitación. Los pájaros están aquí pero pertenecen al aire y a los tejados. "Vivo en la ciudad de las cornejas/ donde las aves sustituyen al alma impía de sus habitantes./ Vuelan y se posan allá donde quieren./ ¿A qué ídolo deberían dar gracias/ si ellas tienen más sentido/ que todos los preceptos de los hombres juntos?", me recita de pronto. ¿Sabes lo que estás diciendo?, la espeto sorprendido. Vas a ganarte la antipatía, si no algo peor, de tus conciudadanos. Su respuesta me deja atónito. Y qué, dice. Si me molestan me iré con usted al mundo del que procede. 




(Fotografía de Inés González)



martes, 18 de abril de 2017

Bosníaca. La corneja




Háblame del río, corneja. De cuando la ciudad no era sino un villorrio. De cuando el río no tenía más bordes que los que apaciguaban sus aguas. Háblame del mundo, de otros mundos que llegaron de lejos y levantaron éste imitando sus respectivos orígenes. Háblame del trasiego y del caminar apacible, porque los hubo. Y de los cantos soñadores de los trashumantes de la poesía, y de los gritos divertidos de los niños, y de los brindis eufóricos y bienintencionados que los mayores hacían en sus celebraciones. Cuéntame de la vida que se alzaba y que se curtía entre inviernos de frío y de sombras. Háblame de la vida que pudo haber sido, aquella que fue y no duró el tiempo de una generación. Evoca el azar y la alegría de compartir, pero denuncia también las manos alevosas que decidieron tantas veces, de manera injusta, el fin de los hombres. Háblame de la muerte de un solo hombre, ello me basta para comprender con tristeza que el hombre ha nacido para matar. Háblame para que el don que se me ha dado de desbaratar todos los textos falsos de la historia, los que se narraron de viva voz y los que se escribieron adulterando todas las voces, cumpla su objetivo. Decir la verdad de la vida también es decir que se nace para la muerte de uno mismo, pero además, con frecuencia, para procurar la del vecino. Con cuántas manos blancas, con cuántos silencios, con cuántas miradas a otra parte propiciamos el fin del hombre. No. Nunca se puede renunciar a la vida, aunque su contrapartida aceche. Tener en cuenta el tándem que forman, ¿nos sirve para controlar la dirección única? No. Probablemente la dirección es inevitable, y nos tortura la idea de que no pueda modificarse. ¿Acaso es nuevo hablar de la muerte en tu suelo de limo, corneja? Tú sabes lo que quiero decir, pájaro callejero, y no te escandalizas de mis furias. Has conocido infinidad de visionarios, profetas y pontífices, que anunciaron, que siguen pregonando, bellas imágenes sobre la vida, a la que no dejan que sea naturalmente bella. Sus palabras suaves unas veces, enardecidas otras, se esgrimían con la misma tenacidad que más tarde hicieron con las armas. El doble bagaje suele ir de la misma mano.  Tanto tú como yo quisiéramos, ingenuamente, que la vida solo tuviera un rostro amable, limpio, risueño. Cuando no lo tiene sufrimos. ¿Durará esa actitud?, solemos preguntarnos tú y yo. Entonces, ante la duda y la sangre que corre, tú te vas y yo me recluyo. ¿Somos cobardes o demasiado sensibles, corneja? Nunca nos vamos del todo, solo esperamos. Al narrarme la historia más reciente de tu ciudad no me relatas nada que no haya ocurrido en siglos pasados. Ni haces inventario de lo que no haya acontecido en otros territorios. Las culturas no están tan alejadas unas de otras cuando la naturaleza las dibuja con caracteres y signos semejantes. Pero hoy, ojalá que por mucho tiempo, el Miljacka es un espejo de esperanzas. ¿Sabrá seguir siéndolo? ¿O su cauce contenido y murado es una metáfora de la sociedad que se codea y se soporta, acaso con pertinaz desconfianza, en ambas riberas? Tú, cronista de la vida y de la muerte de la ciudad, abres un pasillo donde los ojos de los ancianos que sobrevivieron se humedecen. Recorre conmigo las orillas del entendimiento.   




(Fotografía de Inés González)



sábado, 15 de abril de 2017

Bosníaca. La blanca legión




Baja por las laderas el ejército blanco. Es como si la tierra entera se hubiera abierto aquí y expulsara en un orden rabioso su interior, cristalizado en prismas, erigiendo la filigrana de una arquitectura de la muerte. La legión blanca toma zonas de la ciudad, se integra en ella. No sustituye la memoria, sólo la acompaña. No hay muros ni vallas ni alambradas para las tumbas. Toda modalidad de contención fue mientras los hombres estaban vivos. Las entrañas del suelo han tomado a las víctimas y mecen vacíos. Y los nombres, sin cuerpo activo, intentan fingir, inútil emulación, la vida que no tienen. Es una vecindad crecida de aquella barbarie. Una demografía insólita para otros acomodados del planeta, no para los ciudadanos de la ciudad antaño sitiada. La marcha luminosa acusa. Cómo fuimos capaces de infligirnos tanto daño, dice la voz profunda y culpable. Las hileras apuntan con su vértice a la barbarie. Con lo que cuesta llegar a este mundo, esforzarnos por sobrevivir y afrontar las dificultades, ¿por qué nos tienta tanto el oscuro riesgo de deshabitarnos? Los muertos, o son nuestra reflexión o no significan nada. O son nuestra conciencia estúpida y cruel del mal en masa o no sirve ni recordarlos. Cuántas formas de destrucción denuncian los silencios erigidos inútilmente al cielo. Sacrificios, pogromos, soah, exterminio, las mil maneras de la persecución, del odio, de la no aceptación de los otros. Bajan por las suaves pendientes, sorteando las calles. Esto es la historia. El retorno del viaje de un útero hasta otro útero. Pero a qué precio.



(Fotografía de Inés González)


viernes, 14 de abril de 2017

Colofón al día




No me he sentido nunca un abanderado. Pero cuando un viejo amigo al que no veo desde hace muchos años me envía una fotografía de su hijo y dice que la ha sacado pensando en mí me emociono. Es un significado recóndito y me enternecen unas palabras que me adjunta: "...pero el testigo lo cogen las nuevas generaciones". Ojalá. Que me perdone si soy escéptico, descreído y casi desesperanzado. Pienso siempre en lo que hay detrás de los símbolos, siempre lo que haya detrás. El símbolo como tal no me sirve. En este caso pido más. Razón, inteligencia, entendimiento, voluntad. Bello colofón para una jornada de memoria. Gracias, hermano. Nunca olvido nuestras viejas conversaciones sobre lo que nos inquietaba o ilusionaba. Hoy lo importante es sentirse uno acompañado, bien sabes que el viaje a Ítaca es siempre circular. Siempre se llega a alguna parte, aunque hallemos insatisfacción. Cualquier costa debe ser de acogida. Menos la infamia. Que en ella perezcan otros. 






Hubo un Estado laico




"Con las primeras hojas de los chopos 
y las últimas flores de los almendros, 
la primavera traía a nuestra República de la mano".



Antonio Machado.



lunes, 10 de abril de 2017

Bosníaca. Las puertas del Paraíso




Llevo años en el exilio. Cuando me muestran con aviesa intención una fotografía de la casa donde crecí me entra congoja. ¿Sigue así?, suelo preguntar. Me cuentan que nadie quiere hacerse cargo del edificio. Que hay documentos de propiedad en el registro y que solamente pueden hacerlos valer los herederos. Pero yo desconozco si hay más herederos, ni siquiera sé si yo mismo lo soy. Que nací y viví en ella varios años me convierte en legítimo, acaso no único, propietario, eso lo tengo claro. Pero no de la casa, eso es algo puramente accidental, sino del tiempo que disfruté en ella. Naturalmente, aquellos años también fueron efímeros. Aquella vida me marcó, y a quién no le señala la infancia, aunque luego se reniegue en parte de ella. Para mí fue un paraíso, tal vez el único que he conocido, puesto que los años que vinieron después estuvieron desprovistos de caridad. Algunos, no sé si con sana o interesada voluntad, me han propuesto volver, entrar en contacto con familiares y vecinos, para ver si es posible salvar la casa entrañable. Pero lo entrañable no reside entre las paredes vacías de aquella ruina, sino en la memoria de los momentos felices. Es dentro de nosotros donde se puede intentar evitar la ruina, si bien tampoco es fácil lograr la reconstrucción. Demasiados odios pesan sobre las vivencias lejanas y los recuerdos marchitos. ¿Podría entenderme con mis íntimos de entonces, si aún sobreviven? ¿Seríamos los mismos cómplices y generosos que fuimos? No sabría cómo explicar a nadie que no soy un exiliado de unos por causa de otros, sino más bien un exiliado contra todos. Hay quien dice: pero tus raíces son tus raíces. Yo suelo responder: aquellas raíces fueron tóxicas. ¿Merecería la pena, por lo tanto, identificarse con su sustancia que en lugar de generar vida producía putrefacción? Cuando me dicen que soy un resentido no lo niego. El Paraíso aquel tenía sus puertas abiertas de par en par sin poner obstáculo a procedencias, rituales ni prejuicios. Pero el mundo de los mayores no era el de los niños que jugábamos en un mundo nuevo, tan diferente al ordenado y respetado por cada familia. El mundo era sobre todo nuestro mundo único, insustituible y donde la imaginación fraguaba lo que no se iba a aceptar por separado en cada casa. Los mayores ya no tenían la casa que teníamos aún nosotros y habían suplido el don de compartir por el retorcido sistema de intercambiar, donde unos se imponían siempre a otros. Si la casa sigue en ruina no es por mi culpa. Es una consecuencia del desentendimiento. Que la habiten las alimañas o la cubra la hiedra. En mi cabeza la casa aún está poblada de luz y de risas y de sueñas, incluso del mejor talante de los adultos, cuando aún se lo permitían. Ahora déjenme disfrutar de un Paraíso que me niego a perder. Allí en el tiempo, aquí en mi cerebro no soy un exiliado. 



(Fotografía de Inés González)


sábado, 8 de abril de 2017

Bosníaca. La poeta




En el autobús que va a Visoko me siento al lado de una viajera joven. Dice que está en la universidad de la capital pero que es su día libre. Aprovecho para visitar a un amigo que escribe, comenta con desenfado. Y yo también escribo, ¿sabe? Poesía, sobre todo, pero apenas la doy a conocer. No es fácil escribir poesía, o acaso sí, es una manera de escapar de la tradición amarga de nuestros padres y de la influencia de la religión. Me asombra que lo tenga tan claro, y se lo digo. Es que ¿sabe?, mi amigo y yo debatimos bastante, unas veces por internet y luego cuando nos vemos. Le pregunto si ha leído mucho. Ella dice que sí, que siempre le gustó leer. Mis padres consiguieron salvar algunos libros de la destrucción, al poco de nacer yo. Junto con algunos enseres nos trasladamos a Visoko, aunque al final de la guerra volvimos todos a Sarajevo. Aprendí pronto a leer y mi madre supo enseñarme a interpretar. No es fácil, créame. ¿Enseñar o interpretar?, y la pregunta va con trampa. En las circunstancias que vivimos lo primero no era cómodo, ella tenía que dedicarse a más cosas que ocuparse de mí. Pero interpretar es muy conflictivo. Para interpretar una lectura tienes que ponerte en el punto de vista del autor, o en el territorio y la cultura que sostiene al autor. ¿No crees que lo importante es lo que transmite, sea cual sea su cultura o su país?, le pregunto. La joven afirma rotunda. Por supuesto, pero los autores o sus orígenes aportan matices únicos, diferentes, y más si pertenecen a países alejados y también muy mezclados. ¿No ve usted que los temas literarios son universales? Casi todos los escritores dicen lo mismo, los de la Antigüedad y los de las naciones más lejanas, pero lo interesante es cómo lo dicen. En parte el enfoque, en parte el léxico, en parte la libertad que han sido capaces de conquistar con las letras. ¿Quieres saber mi opinión?, le digo a la mujer. A mí siempre me han sorprendido los autores clásicos, sobre todo por la claridad de su visión y cómo llegaban a conclusiones que no han quedado desvalorizadas. Pero entonces no existían expresiones narrativas como las que han evolucionado en los últimos siglos, me interrumpe. Y es muy de apreciar que la manera de escribir sea una herramienta para profundizar en el pensamiento y en la reflexión, principalmente lo que roza el carácter del individuo y el comportamiento de las sociedades, ¿no cree? Me asombra la capacidad de diálogo, y no solo la información que posee esta joven. Cuando llegamos a Visoko me da un número de teléfono. No deje de llamarme algún día, y me mira fijamente con desparpajo. Podemos quedar en el café Raja o alguno más tranquilo. ¿Conoce el Libertad?  Además, me dice sin darme tiempo a responder, tal vez quiera usted leer algunos de mis poemas.



(Fotografía de Inés González)


jueves, 6 de abril de 2017

Banalidad de banalidades, todo banalidad




El impetuoso, agresivo y omnipotente mercado en tiempos de banalidad extrema. Se me ocurre ver: la alegre protesta (sin riesgos), la alegre juventud (sin riesgos), la guapa gente (sin riesgos), los pacíficos manifestantes (sin riesgos), el interclasismo (sin riesgos), la interracialidad (sin riesgos), la interconfesionalidad (sin riesgos), la vestimenta desenfadada (sin riesgos), la canción compartida (sin riesgos), la confraternización con el orden (sin riesgos), la audacia contemplativa (sin riesgos)...¿Véis? Todo el secreto de la protesta de los manifestantes estaba en un sencillo bote que te venden en los lineales de un supermercado. El ligue de los artistas, en tiempos de no-obreros. Los símbolos más edulcorados de los 60 del siglo pasado. Los derechos civiles de beber un refresco, o lo que sea. El guiño a los guardias, que ya no pide pégueme más por favor. La conquista feliz y a carcajada y aplauso limpio de la calle. Todos iguales y la diferencia no era sino un producto. Y el choque apenas un recuerdo de los malos tiempos. Guays y divertidos somos y en el camino a la banalidad nos encontraremos. Al final, todos tan amorosos y queer, a casa, o a los bares. Objetivo conseguido. Reivindicaciones satisfechas. El mundo nuevo. La Democracia es ¿o era? una fiesta. Lo demás no existe. Estamos en sus manos. ¿No hay escape?


martes, 4 de abril de 2017

Evgueni Evtushenko ya está en la ciudad No




Yo creía que ya había muerto hace tiempo aquel poeta que deambulaba entre la ciudad sí y la ciudad no. Son cosas del olvido de los vivos. A los poetas los leemos por temporadas o rachas o impulsos.Y si uno hace un repaso de lo acontecido a lo largo de los años diría que por imposición, consejo, iniciación, moda, vacío, búsqueda, afán de descubrimiento y sed de placer. Por ejemplo. Tal vez por ese orden algunos hemos ido leyendo la poesía y, en general, la literatura. Naturalmente el carácter y la calidad misma de los textos que caían en nuestras manos en cada fase tenían una característica y una pretensión. Leer es algo muy curioso. Nos decían de niños: hay que leer para instruirse. Sigo sin saber qué es instruirse. En mi época nos daban para leer o cosas muy frágiles o cosas muy duras. Las primeras eran obras importantes harto recortadas y sintetizadas, por lo que sabían a poco, aunque entonces no teníamos idea de su dimensión literaria. Las segundas resultaban duras porque era un vano empeño que en nuestra visión de niños y jóvenes, que apenas habíamos tenido experiencias, pudiéramos captar lo escrito. Tema aparte sería las deficientes traducciones, la escasez de títulos, y nuestra propia limitación lectora. Así que podía ser normal que empezáramos leyendo ciertas obritas pero que con la adolescencia y sus experimentaciones y después con la primera juventud y sus complicaciones frente a la sociedad y la política imperante prescindiéramos de centrarnos más en leer y disfrutar. Algunos pudieron compaginar aventuras políticas y lecturas, e incluso estudios, para otros era difícil mantener equilibrios. Para mí, leer ha sido un ejercicio caótico, pero siempre bienvenido.

La primera vez que supe que había un autor ruso, entonces soviético, llamado Evgueni Evtushenko fue precisamente por estar metido en líos. Un compañero de facultad. algo mayor, tenía un empeño personal de verdadera militancia de la cultura frente al régimen del miedo y el vacío, y editaba una revista artesanal. Jugándosela en cada número, no creo que sacara muchos, y no obstante ir su revista de carácter cultural y literario, tenía problemas constantes con la policía política. Uno de aquellos artículos versaba sobre el poeta ruso. No recuerdo nada del texto, digamos que me pillaba grande, y probablemente los demás que recibieran la publicación pensaran lo mismo. El autor de la revista probablemente iba de honesto difusor de ideas y otros estilos, marcándose sus pruritos literarios. Pero entendiéramos mucho o poco era una manera de ir teniendo certeza de que el mundo era muy grande más allá de las costas peninsulares. Después de saber de aquel poeta ruso vivo supimos de otros ya muertos y nunca tuvimos tiempo suficiente para leer la literatura rusa con tranquilidad. Ni tiempo ni actitud, pues el largo debate político lo anegaba todo. Hoy leo por algún sitio que el mismo poeta era percibido entre los suyos de modo contradictorio, ora manipulable por el régimen para unos, ora crítico para otros. Yo, no sé.

Aunque tardé algunos años en descubrir la obra de Evtushenko, sí que supe de un poema que siempre me fascinó: "Entre la ciudad Sí y la ciudad No". En homenaje al autor, ahora que acaba de morir, la reproduzco aquí:


"Soy un rápido tren
que hace años va y viene
entre la ciudad Sí
y la ciudad No.
Mis nervios están tensos
como cables
entre la ciudad No
y la ciudad Sí.

Todo está muerto y asustado en la ciudad No.
Es como un despacho empapelado con tristeza.
Fruncen el ceño en él todas las cosas.
Hay recelo en los ojos de todos sus retratos.
Cada mañana enceran con bilis su parquet.
Son sus sofás de falsedad, sus paredes de desgracias.
Jamás en él un buen consejo te darán,
ni un ramo de flores, ni un simple saludo.

Las máquinas de escribir teclean, con copía, la respuesta:
“No-no-no... no-no-no... no-no-no...”
Y cuando al fin se apagan todas sus luces
los fantasmas inician su lúgubre ballet.
Jamás, ni aunque revientes, billete lograrás
para escapar de la negra ciudad No.

La vida, en cambio, en la ciudad Sí, es un canto de mirlo.

Carece de paredes la ciudad, es como un nido.
Las estrellas te piden acogerse en tus brazos.
Y, sin avergonzarse, los labios solicitan tus labios
con un quedo susurro: “Todo son tonterías...”
La reseda incitante solicita ser cortada,
y ofrecen los rebaños la leche en sus mugidos,
y en nadie hay un asomo de recelo,
y adonde quieras ir, te llevarán al instante trenes,
barcos, aviones,
y, con rumor de años, va el agua murmurando:
“Sí-sí-sí... sí-sí-sí... sí-sí-sí...”
Sólo que, a veces, en verdad, es aburrido
que todo se me dé apenas sin esfuerzo
en esta ciudad Sí multicolor y deslumbrante.

¡Mejor ir y venir hasta el fin de mi vida
entre la ciudad Sí
y la ciudad No!
¡Mejor tener los nervios tensos como cables
entre la ciudad No
y la ciudad Sí!"



Hace casi diez años dejé esta entrada:






sábado, 1 de abril de 2017

Bosníaca. Madre




Todas las mañanas llegaba la mujer a la plaza del mercado. Allí compartía con los ociosos el entretenimiento de dar de comer a las palomas. Se desplazaba de un lado a otro, observando con intensidad, pero disimuladamente, a los niños. Si un día faltaba alguno de los habituales preguntaba por él. Se ha ido a pasar unos días con sus tíos a Novi Travnik, le decían. O bien: hoy le han llevado hasta Igman como premio a sus estudios. Se movía despacio, trazando círculos con el vuelo del oscuro niqab. A veces se quedaba parada, inestable, como tomada por un leve mareo. Luego alzaba con discreción los ojos al cielo y pronunciaba muy bajo algo que no se sabía si era invocación o queja o simplemente un suspiro. Los niños, aunque la querían por la fuerza de la costumbre,  recelaban de ella. Se sabía los nombres de todos los que jugaban ordinariamente allí. Les preguntaba por su familia, les daba consejos. En su afán protector no dudaba en derrochar gestos de bondad. El mismo tono de su voz era una caricia. Un día uno de los más pequeños, tan decidido como ingenuo, no pudo reprimir su curiosidad. ¿Dónde están sus hijos?, la espetó. ¿O no ha tenido jamás hijos? No están ya, respondió. ¿Se hicieron mayores hace mucho?, persistió la criatura. Sí, se hicieron demasiado mayores. Y eso fue hace tanto que no puedo calcular. ¿Y no vienen nunca a verla?, siguió diciendo el inocente. Sí, vienen por la noche, cuando estoy dormida. ¿Y no puede verlos?, razonó el pequeño en una escalada entrometida. Sí, sí, los veo, tal como eran. Tal como me dejaron una madrugada de nieve. ¿La abrazan fuerte y le dicen cosas bonitas?, exclamó el niño. Me abrazan tanto que hay días que me cuesta despertar. Y me hablan con tanta ilusión como cuando salían a jugar al patio o a correr por las calles del barrio.  El niño no parecía conformarse nunca con las respuestas de la mujer. ¿Y qué le dicen? Ay, tantas cosas me dicen. Sobre todo que venga a veros, que os diga que sigáis siempre así, como ahora. ¿Es que sus hijos no quieren que nosotros crezcamos? La mujer dudó en ese momento. Me dicen que ellos no debieron haber crecido nunca. Luego se quedó callada, apagada. Al niño le llamaron los demás y echó a correr. Confuso, apenas le dio tiempo a decir: si no es bueno hacerse mayor, yo no quiero serlo. La mirada de la mujer fue una sonrisa que blanqueaba su tristeza.




(Fotografía de Inés González) 


 

martes, 28 de marzo de 2017

Bosníaca. Huellas





Un antiguo francotirador arrepentido hace pedagogía a la contra en un corro de hombres de edad, mayormente. La metralla de las casas son huellas. Pero no hay que seguirlas, pues no conducen a ninguna parte. Pero no hay que borrarlas, cada vecino debe tenerlas a la vista por si se vuelve desmemoriado. Y para que los que tuvieron que irse vean algo más de lo que oyeron. Y para que los que sobrevivieron reflexionen sobre el odio y su espiral sin salida. Y para que el viajero que viene a visitarnos sepa que la historia no son los libros ni los relatos sino las heridas infligidas y sufridas. Esos agujeros, dice el arrepentido con complejo de culpa, son cordones umbilicales que nos vinculan a nuestra propia barbarie. Aún nos atan a ella y no acaban de cicatrizar y caer. Muchos no quieren cortarlos porque no ven la barbarie como el cuerpo madre. Aún buscan en sus tradiciones e identidades la justificación. Ni perdonan ni se arrepienten. Por ellos las fachadas de muchas casas se habrían revocado borrando los boquetes. Yo mismo causé la historia de este modo tan destructivo. Porque, en contra de lo que es creencia generalizada, la historia no se hace ni se escribe, se causa, se provoca. Se vive con el riesgo al acecho en su propio embrión. ¿Por qué la historia acaba siendo siempre devastación? Mientras habla en la tertulia escucho comentarios. Desde entonces está trastornado, dicen algunos. De qué se arrepiente, a buenas horas, dicen otros. El mal sí se hizo y él fue de los que lo ganaron a pulso, desvaría uno desde el rincón. Ahora dice que es de los nuestros. ¿De los nuestros y se obstinó desde aquel nido a hacer la vida imposible a los que iban al mercado?, le disputa otro. Él, que ha oído cada opinión, y ha escuchado ya tantas, no se atreve a llevarles la contraria. El maestro de la escuela cercana, que no es ni joven ni viejo, me lo aclara. No es un hombre muy hablador. Estuvo varios años preso, luego desapareció de la ciudad. Hace lo posible para pasar desapercibido, pero a veces viene a la plaza y se siente extrañamente obligado a perorar. Los turistas le hacen fotos y él les muestra la metralla en muros y taludes, y les acompaña por la orilla del río. No pide dinero, aunque está en la miseria. Cuenten en sus lugares de procedencia lo que les cuento, les dice a cambio.      

 


(Fotografía de Inés González)



sábado, 25 de marzo de 2017

Bosníaca. Mirada




Las últimas nieves se resistían a desaparecer. ¿O no eran las últimas? Desde aquella altura yo veía el cielo que se precipitaba con brusquedad sobre la ciudad y me estremecía. ¿De temor o de placer? Las nieblas descendían, atropellándose, borrando a su paso el bosque, los edificios y, lo que era peor, la historia misma. Fue en ese instante cuando caí en la cuenta de que la oscuridad siempre había estado presente. Que si las tormentas y las estaciones y todos los elementos de la atmósfera habían repetido hasta la saciedad su caos y circunstancialmente habían restablecido su armonía para de nuevo volver al caos y así desde el principio, antes de que el lugar fuera poblado, desde antes, mucho antes, de que hubieran llegado animales y hombres de paso primero, a asentarse más tarde, me di cuenta de que también los hombres se habían disputado con la más abominable vehemencia territorios y posesiones. Desde sus aristas cubiertas de creencias vacías con las que pretendían justificar su existencia, pero pretendiendo, en realidad, imponer sus dominios, los mismos seres humanos llegaban disfrazados. Unos a otros pretendían hacerse ver como seres diferentes, y se amparaban en sus colectividades particulares, sacralizándolas. Unos a otros trataban de imponer sus limitadas razones, sus demediadas verdades. Desde aquella altura yo no solo contemplaba el caserío silencioso y apocado. Miraba sin querer, por inercia, el pasado, eso que unos y otros llaman historia y la magnifican y la cantan para su propio punto de vista. Nadie de los hombres enfrentados, hoy subrepticios y alimentando con ideas irredentas su presente, quería ver lo acontecido en siglos como si se observara la naturaleza. ¿Por qué coincidían en interpretar los fenómenos de ésta y no osaban ponerse de acuerdo en sus propios asuntos? Por qué no eran capaces de trascender, de superar diferencias, cerrando el pasado de sangre, ellos que no eran tan distintos? Aferrados a símbolos, a ritos, a invocaciones, a ideas falsas, cada cual vociferaba sobre el otro, como si no hubieran aprendido lecciones dadas anteriormente. Yo miraba la ciudad y acaso me equivocaba. Erraba al verla como maqueta, como un juego, como una belleza que pudiera existir y redimir por sí misma a cuantos seres habían contribuido en parte. Pero ¿qué otra cosa podía hacer sino asombrarme?




(Fotografía de Inés González)




miércoles, 22 de marzo de 2017

Bosníaca. Equinoccial





La aurora se mostraba fría. La nieve de los tejados se deshacía sordamente. La voz del muecín iba quedando atrás. La hojarasca crujía. La helada había quemado la vegetación. El lago amanecía más verde. No soplaba viento. Música de los pequeños ruidos del bosque. Ella estaba sola. Me senté a su lado. La miré con cautela. La hablé con dulzura. Ella hizo oscilar sus pétalos. Me sobrecogí. La luz, más consistente, logró prender su pequeña llama. Luego permaneció quieta. Me miró con sorpresa. ¿O fue con desdén? Se abrió lentamente. Quién eres tú, dijo de pronto. Por qué has venido desde tan lejos, preguntó con curiosidad. No sé, respondí. Tal vez ya he estado antes aquí. Y tú no lo has sabido. ¿Vas a quedarte esta vez?, dijo con voz apocada. Yo estoy siempre pero nunca me quedo. Si me quedara dejaría de estar y entonces me odiarías. Se hizo silencio entre nosotros mientras los hierbajos chasqueaban bajo mis pies. No odio al que viene a buscarme desde lejos, dijo al fin. No odio al que me espera. No puedo querer mal a quien me observa con placer y goza de mi compañía, aunque sea efímera. El tiempo de la contemplación nunca es fugaz si no queremos que lo sea, le corrijo. Si el mirar es intenso se queda dentro de nosotros. Si no me muevo de aquí dejaré de ver. Necesito ir para volver. Necesito atravesar la cordillera para urgir mi retorno. Sé que no seré el mismo después de marcharme, digo. Por eso vengo a verte, para ser siempre otro. Entonces la pequeña llama irradió sobre mis pupilas, como si tuviera delante un desierto rojo. Si quisiera, dijo, ahora mismo dejarías de ver. Pero tú morirías al instante, le repliqué. Y tú vagarías sin encontrarme. Es que no habría nada que encontrar, le respondí nervioso. No habría nada que mereciera tu búsqueda, arguyó iracunda. Cuando la visión del desierto desapareció y mi retina quedó limpia sentí congoja. La seca vegetación crepitaba. A ella no la vi más.       



(Fotografía de Inés González)


martes, 21 de marzo de 2017

La poesía de mi vida por excelencia, sin dudas




En esa moda o fiebre o manía o interés comercial o apaciguamiento de conciencias indomables o combate contra el aburrimiento por celebrar algo cada día del año y a veces más de una celebración en el mismo día, dicen que hoy está declarado como el Día Mundial de la Poesía. ¿Será por la primavera que ha venido y que por estos pagos parece invierno? "Ah, ladina primavera/ cuántas sonrisas sin rostro/ inmerecida fama/ pues incubaste tu floración en secreto/ contenida y sagaz/ hasta irrumpir un día de estos por las calles/ cual exhibicionista seductora", canta el vate que me invento.

Si tuviera que elegir una poesía que me ha afectado positivamente en mi vida, no me cabe duda, elegiría la de Samaniego. Fue la primera que me aprendí. No, miento, la primera fue:

"Jesusito de mi vida,
eres niño como yo,
por eso te quiero tanto
y te doy mi corazón".

Pero no sé si se considera poema, jaculatoria, oración o invocación, y en cualquier caso era cursi y estaba destinada a la intimidad familiar. Que yo sepa nunca la declamé en público escolar. Puede que sí lo hiciera ante alguna visita, inducido por mi familia para que los foráneos comprobaran mi angelical y ya acendrado fervor religioso. 

Volviendo a Samaniego. La suya la aprendí pronto porque nos la enseñaron a toda la clase y nos motivábamos en canto coral. Nos gustaba, pues era, nos parecía, jocosa. Porque rimaba como en aquel tiempo nos gustaba que una poesía que se preciara debía rimar. Porque era cortita. Y musical, ya que alargar el final de cada verso parecía escaparse hacia los cerros de Euterpe en lugar de por los de Erato. Porque invocaba a nuestros ancestros, sin que aún supiéramos que lo eran. Porque en nuestro subconsciente nos provocaba una identificación con otra especie, aunque aún no supiéramos qué era el subconsciente y Samaniego tampoco supiera definirlo, si bien seguro que lo intuía. Porque el mensaje nos calaba. Moraleja de fábula. Porque a estas alturas enternece el recuerdo de la parte bonita de la niñez.  Porque, y éste es el valor de la poesía que le dura a uno toda su vida, la conclusión sigue estando en activo. Aunque ya no se tenga claro si se debe arrojar el fruto amargo, comerlo a regañadientes, o dejarse los cuernos en el embate con las dificultades.

Félix María Serafín Sánchez de Samaniego Zabala estaría muy contento de que en el Día de la Primavera Poética yo eligiera su poema. Esperen. Me subo a una banqueta para que me vean y oigan bien todos. Ahí va (previo carraspeo)


"Subió la mona a un nogal,
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde.
Como le supo tan mal,
arrojóla el animal,
y se quedó sin comer.

Esto suele suceder
a quien su empresa abandona
cuando encuentra, como la mona,
un principio al que vencer".


(Me aterra un poco mi propia voz ya cascada) Por cierto. Ha sido toda una concesión que yo celebre un Día ad hoc, de los que marcan los corporativistas de turno; ya saben, deberían saber, que soy partidario del recatado y tranquilo día cotidiano. No siempre conseguible.