viernes, 13 de diciembre de 2019

Naida. El viejo Petar Smajkic se acuerda del poeta





Cuánto le podría haber contado de Gorik al extranjero, le da en pensar al viejo Petar mientras sube hacia Kovacici, bordeando el viejo cementerio judío. Pero no ha insistido, otro día será. Sin embargo, a mí me ha incitado a recordar. Hago este camino de vuelta a casa trayendo a los muertos y evitando a los vivos, y eso duele. Hay gente en esta ciudad que cree que el poeta, por el mero hecho de serlo, es un ser puro. Alguien que canta verdades. Que Gorik lo era por lo tanto. Tal vez el extranjero piense lo mismo a través de lo que le haya contado Emina. Que le habrá contado lo que le haya parecido. La pureza, si existe, debe ser cosa de ángeles, porque Gorik tenía sus debilidades y, probablemente, sus maldades ocultas. Incluso conviviendo con Emina era un hombre atormentado. No he nacido para soportar ni a estas gentes ni a esta tierra, me decía algunas tardes que nos daban las tantas en la taberna. En ocasiones se sentía desesperanzado. No sé cómo me aguanta Emina. Eso decía Gorik. Los poemas que me leía no eran precisamente de confianza y cariño respecto a los humanos. Tan pesimistas, revelaban  las tinieblas íntimas del hombre. Pero tenían esa llama de verdad de quien expresa lo que siente, sin tapujos. Tenía derecho a escribir sobre su dolor y sus dudas. Es probable que debido a eso mucha gente no le considerase. No temía lo que opinaran los demás. Los radicales de entre los nuestros le reclamaban que escribiera más poesía a los valores del pueblo. Como si todavía estuviéramos en otros tiempos. Gorik respondía que había muchos pueblos y que además él no era de ninguno. Fue el sufrimiento causado por el asedio abyecto lo que le hizo escribir algo de la circunstancia. Hasta que llegó la tragedia. Los mal pensados llegaron a decir que se había expuesto a propósito. Que se lo dio hecho al francotirador. Los más religiosos difundieron que Gorik era un descreído que no valoraba la vida, y que de ahí el riesgo y, por lo tanto, el castigo. ¡Como si el valor y el mérito de vivir dependieran de una fe! Gorik tenía aprecio por la vida y Emina le insufló motivos. Pero él tampoco quería que el amor fuera una religión. Cuántas veces me decía: Petar, ni por la política ni por los dioses ni por la riqueza ni por la historia debemos tener fe. ¿Y por el amor?, le decía yo. Él respondía: el amor al menos se toca. Hiere o cura mientras está, aunque se pierda. Pero es otra cosa. Como sucede con el Arte. Además la fe es una imagen abstracta que siempre nos acaba traicionando, después de manipularnos cuanto quieren los que viven de sus negocios. A mí no me parecía ni insultante ni equivocado lo que decía, pero procuraba no seguirle demasiado la corriente para evitar que cayera en un desaliento total.

Durante el asedio de la ciudad Goric se creció algo más. Es sorprendente cómo hay gente que en circunstancias adversas, extremas incluso, se siente más fuerte. No tenía miedo a nada. Salvo a su propia fragilidad. Para él ser frágil era no acertar con las palabras, no traducir en un poema sus latidos de amor y muerte, tan cercanos, tan a disposición de cualquiera. No por ello dejaba de hablar conmigo. Cuántos grappas no nos habremos metido en el cuerpo. Escaseaba la bebida pero él sabía encontrarla. Un día le pregunté cómo se hacía con ella. Me pidió que guardara secreto. Me lo pasa un serbio de aquí. No lo digas, no porque me dé miedo que se sepa que me la proporciona un enemigo, sino porque no quiero que se corte el suministro. Eso me dijo y reímos como tontos. Tontos y desolados. Un día llega y me dice: he leído algo del poeta de verdad -él no se tildaba nunca ni de poeta ni de portador de verdades- de Sarajevo. Se trataba de un poeta que perdió a casi todas su familia a lo largo del asedio, unos por enfermedad no atendida, otros por miseria y otros por disparos. En un poema escribe que en nuestra ciudad es más difícil encontrar un vaso de grappa que encontrar la muerte. Cuando me lo contó nos quedamos ambos con el vaso en el aire. Que el brindis se congeló ante una verdad irónica, terrible. ¿Por quién podíamos brindar sino por nuestro egoísmo que nos permitiera sobrevivir?

Pobre Gorik, estos recuerdos se los tengo que trasladar al amigo viajero. Que él sepa también. Que pregunte a Emina si tiene curiosidad por ahondar en la personalidad del poeta. Así podrá conocer más a la escultora. Los viejos ya no pensamos. Solo recordamos. 




(Fotografía de Inés González)

jueves, 12 de diciembre de 2019

Una de Historia: Si Anselmo Lorenzo y los trabajadores de su tiempo levantaran la cabeza...




Anselmo Lorenzo (Toledo,1841-Barcelona,1914) fue un importante teórico ácrata español, participó en la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores e incluso asistió a las reuniones de la Primera Internacional. Sus ideas, discutibles y discutidas en su momento, entre otros por el mismo Karl Marx, estaban muy claras respecto a los nacionalismos periféricos de su época, que han llegado crecidos y desmesurados hasta nuestros días. En el ejemplar del periódico La huelga general, editado en Barcelona en noviembre de 1901, escribía: 


"...Al seguir a catalanistas y bizkaytarras, los trabajadores que tal hiciesen por lo pronto sólo conseguirían desvirtuar con los hechos aquella gran verdad tiempo ha reconocida: 'La emancipación de los trabajadores no es un problema local (ni regional añado yo) ni nacional', y se harían enemigos de los trabajadores de otras regiones, incluso los de Madrid, donde también hay obreros, aunque otra cosa quieran hacer creer los catalanistas y bizkaytarras que llevan un madrileño montado en la nariz. 

Semejante enemistad, por lo absurda y por lo inconveniente, salta a la vista; se necesita ser burgués incurable o loco de atar para sostenerla y fomentarla, y es dudoso que haya ni en Cataluña ni en las Provincias Vascas un trabajador con dos dedos de frente que la patrocine. 

Todo eso aparte de esta consideración que dejo para final: yo no sé cómo anda la administración municipal y provincial en Vizcaya, pero sí diré que en Barcelona no se echa de menos a los madrileños para administrar a la diabla. Catalanes, y bien catalanes, más o menos catalanistas, son los que en el Municipio y la Diputación han manejado el tinglado hasta ahora, y para juzgar de su moralidad no hay más que dar un vistazo a la prensa barcelonesa, y se verá a cada paso un gazapo. De donde se saca la consecuencia que si nuestros gobernantes fueran de los que saben decir setze jutges menjan fetge, igual pelo nos luciría, porque los que estamos dedicados a ser vasallos, súbditos o ciudadanos en lo que existe o en lo que catalanistas y bizkaytarras tratan de implantar, siempre nos ha de tocar roer el hueso de la explotación. 

He aquí por qué lo mejor que los trabajadores catalanes y vascos pueden hacer es ir directamente a la huelga general, a la revolución social, y dejar que catalanistas y bizkaytarras saquen las castañas del fuego con sus propias manos."


¿Qué diría hoy el bueno de Anselmo Lorenzo si contemplase cuanto acontece en el ruedo ibérico? ¿Qué diatribas no sería capaz de escribir al ver cómo buena parte de los sectores de trabajadores catalanes se han dejado seducir por causas ajenas? El voto en las últimas elecciones generales a la extrema derecha -aportado sobre todo por gente común y corriente, o popular, digamos-  a causa, en gran parte, del vértigo independentista, ¿no expone un cierto tipo de enfrentamiento más o menos latente y manifiesto entre trabajadores y dentro de la sociedad española en general? Y el panorama que Lorenzo dibuja de los gazapos de Barcelona, ¿acaso es un panorama hoy desaparecido del todo? Una de Historia. O cómo un teórico libertario de hace más de cien años aún nos hace pensar, siquiera un poquito. O, mejor dicho, cuestionar.




lunes, 9 de diciembre de 2019

Los réprobos de Signorelli




"Yo había viajado de la Toscana hasta la Umbría para ponerme en contacto con algunos maestros de la impresión que llevaban años trabajando en Orvieto y necesitaban conocer técnicas nuevas. Eran tiempos fecundos para editar libros diferentes, algunos de ellos convulsionaban el pensamiento tradicional y no digamos la doctrina religiosa. Orvieto tiene una suntuosa catedral, que emerge en medio del caserío abigarrado. Allí conocí a Luca el pintor, que también había hecho un recorrido análogo, en su caso desde Siena. Llevaba avanzada su magna representación de los infiernos en una capilla del Duomo. Me confesó: desde el primer momento tenía claro que debía de pintar también una apoteosis de réprobos y no solo de los salvados. Así que pensé que si los de arriba querían carnaza la tendrían. ¿Puede haber una apoteosis de los condenados?, le pregunté. Y él muy ufano respondió: naturalmente, el triunfo de los demonios es inequívoco, al menos -y aquí bajó la voz- para estos que están tan interesados en condenar a los pobres humanos más allá de sus desdichas en la tierra. Y señaló a una delegación papal que, junto a las autoridades episcopales de la ciudad, contemplaban los frescos. Les debe estar gustando mucho, le dije a Luca Signorelli haciendo gesto con la cabeza en dirección al grupo visitante. No se separan del conjunto. Observan no solo la agrupación de ángeles caídos y pecadores condenados, sino cada detalle corporal de ellos. Luca, al que muchos le llamaban simplemente Luca de Cortona por haber nacido en esta ciudad no lejana de Arezzo, tuvo que controlar su risa. Luego, guiñándome un ojo, me dijo: obsérvalos, mira cómo señalan las musculaturas masculinas y cómo se quedan absortos en las poses de las mujeres que son poseídas por los demonios. Me sorprendí de su comentario, se lo hice saber. Pero las mujeres están sujetas para que queden precipitadas por toda la eternidad en lo más hondo del sufrimiento, ¿no? Aunque también los hombres llevan el mismo camino. Sí, pero a los mecenas, me reveló Luca, les gusta que lascivia y castigo se asocien no solo en el otro mundo, sino en el catre de cada mortal. Debe ser que eso les provoca, no sé, una especie de satisfacción sensitiva, un placer que no debe ser solo doctrinal. Fui yo entonces quien tuve que hacer el gran esfuerzo de controlar la carcajada. 

El grupo de autoridades se fue acercando hacia nosotros. Sus comentarios oscilaban entre precisión y vaguedad. Ese amontonamiento es la viva imagen del caos que debe reinar en los infiernos, decía un purpurado. La robustez de los cuerpos personifica que de nada les sirvió tenerlos así en vida, dijo un acompañante. Está bien que se trate a la mujer pecadora como un ser que ha desperdiciado su misión exclusiva de criar a sus hijos o de ser fieles al esposo, decía arrobado por las imágenes otro más. Y el que iba el último, que me pareció el más inteligente: me gusta el movimiento de la escena. Aunque luego añadió: todos los cuerpos ejecutan la punición con detalle y los condenados, con sus gestos de terror,   iluminan a la perfección lo que les espera a los creyentes que falten a su fe.  Yo consideré que sobraba allí, pues sin duda querían entrevistarse con el de Cortona para ponerle objeciones o darle el visto bueno. Cuando salí a la calle tuve que hacer varios ejercicios de respiración para desalojar la risa interior. Había quedado para comer con los impresores jóvenes que me había llamado y no quería llegar tarde" 


(De las inéditas y acaso improbables "Memorias de un impresor", de Nerva Bisenzio di Prato)






sábado, 7 de diciembre de 2019

Vermú con Max sobre la ira, y El Bosco de por medio




Max me citó ayer al vermú para hablarme de la ira. Y me alegro que haya sido ayer, porque hoy la niebla espesa todo y nos abruma el ánimo. Temperamental como es, Max dice estar corrigiendo ese lado conflictivo. ¿No será que lo estás reprimiendo?, le pregunté. Una corrección implica siempre un cierto grado de represión, me contestó tajante. El instinto crea, el instinto destruye. ¿Qué hacemos con el instinto? Yo estaba a punto de replicarle pero no me dejó. Ah, no, no digas nada. No me sueltes ahora la parrafada del torturador del diván que dice que el instinto se encarrila. Ayer escribí sobre la ira, o mejor dicho, sobre el descubrimiento de la visión de dos personajes sobre la ira. Una de esa poeta de la que a veces te gusta hablar y no sueles perderte ninguno de sus libros. Otra de un escritor francés secular que, aunque noble, era muy civil y escribió sobre todo lo humano posible. Fueron apariciones textuales, sin pretenderlo. Ya sabes, basta que busques para que no halles la aportación interesada. Pero cuántas veces, sin querer, no destacas de una entrevista una cita clave. O abres un libro porque no quieres tenerlo cerrado siempre y ves un paisaje fructífero, apenas en un renglón. Yo iba a intentar darle mi opinión, pero tampoco me dejó esta vez. Cuando hayas leído lo que Max trae y lleva en su blog sobre la ira te dejaré hablar. Por cierto, que estuve buscando una imagen mítica que identificara a la ira, ya sabes, eso que se dice de un personaje que lleva una espada en una mano y una antorcha en la otra. Pero no la encontré, así que elegí otra caótica. Bueno, basta de cháchara vacía sobre la ira, y mejor proponerse la actitud de moderarla. Eh, ahí tienes un término adecuado, moderar. Piensa en él y ayuda a tu temple, como lo intento yo, zanjó mi amigo. ¿Qué podría decir yo sino reír? Reír es una dicción que se me da muy bien. El vermú, el suyo blanco y el mío rojo, ¿o fue al revés?, estaba sabroso. Y parece mentira lo exquisita que sabe una solitaria aceituna enarbolada en su mástil.


NB. Yo sí he encontrado una imagen sobre la ira. Es parte de la Mesa de los siete pecados capitales, de El Bosco.


La página de Max de la que me habla:

https://reptilector.blogspot.com/2019/12/fuga-de-la-ira-entre-chantal-maillard-y.html



miércoles, 4 de diciembre de 2019

Naida. Unos grappas con el viejo Petar




El viejo Petar, concentrado en la lectura de un periódico local, levanta la mirada ante el visitante. Ya veo que sigue leyendo el Oslobodenje. ¿Es una costumbre adquirida de los malos tiempos?, le pregunta el extranjero. ¿Vienes a consolarte?, responde el viejo con sarcasmo, ignorando su pregunta. No te inquietes, supongo que Emina volverá pronto. Además tiene que estar a punto de concluir su escultura obsesiva. ¿Por qué obsesiva?, le inquiere el otro. Petar le mira desconfiado. No me tomes por tonto. Sabes que lleva demasiado tiempo trabajando a fondo en el monumento que le encargaron. No sé qué clase de obra estará haciendo, ni si la entenderemos los vecinos, puede salir cualquier cosa. Aunque sabiendo lo que quiere honrar seguro que la aceptaremos. El poeta se merecía ser recordado. ¿Con una escultura? ¿No querría ser homenajeado mejor con la lectura de sus poemas? El anciano Petar apura un vaso de grappa. Luego se lamenta. Disculpa, forastero, me gusta sacar las cosas de quicio. Volviendo al trabajo de  Emina te diré que a mí me gustan las obras modernas que hace ella, aunque no sepa siempre verlas con claridad. A veces le pregunto y ella me envuelve en la poesía de la piedra, y me gusta cómo suena. Los tiempos de las esculturas del finiquitado Imperio o del camarada Tito -el viejo hace una mueca incrédula- ya pasaron a la historia y claudicaron ante nuestra mirada íntima. Más rigurosa y desconfiada. Por supuesto, queda gente a la que les sigue gustando las alegorías y los retratos de héroes y caudillos, cómo no. Cuando viajé de joven me costaba aceptar las estatuas realistas que veía por las ciudades. Todas erigidas para rendir culto y acatar sus mensajes de sometimiento. Esculturas cargadas de símbolos, que idealizaban personajes y gestas. Ni los caballeros en sus monturas conquistadoras, ni la exaltación del proletariado me atraían. Me gusta el arte de Emina porque creo que su nobleza de mujer enérgica y a la vez sensible cala en la piedra y la transforma. Es auténtica y rompe los cánones. Suponiendo que todavía cuenten algo los cánones, claro. Además, ¿no son nuevos los tiempos que vivimos? Pues también el arte debe ser nuevo, aunque uno ya no se fía mucho de ninguna invención.  Veremos qué homenaje al poeta nos depara tu amiga.

Petar sirve grappa para los dos. Lo saborea con lentitud. Es buena mujer, dice. Podría haberse cargado de odio después de aquello. O bien ocultarse del mundo para cultivar su amargura. Pero ella era decidida, y no renunció a las sorpresas de la vida. Petar se queda pensando y el extranjero aprovecha.  Por eso mismo es por lo que me llama la atención que haya abandonado la tarea, si le queda tan poco y teniendo que cumplir con una fecha. No, no, le corta el viejo con una carcajada aguardentosa. A ti lo que te fastidia es que se haya marchado sin decirte nada. Pero deberías ir aprendiendo que una mujer puede hacer lo que le plazca aunque sea tu hermana o tu amante. Las sarajevitas de hoy día son así. Y los hombres de aquí van comprendiendo, aunque muchos lo acepten de mala gana, que ellas quieren y saben vivir su vida. El extranjero, que ha tragado su propio bochorno, desvía la conversación. ¿Conoció bien al poeta que mataron, al que van a dedicar la escultura?, pregunta de repente. El viejo suspira. ¿A Gorik? Lo suficiente para saber que fue él quien inoculó la poesía que Emina practica ahora con su piedra. Cuántas tertulias como esta que tenemos ahora nosotros dos no habremos enjuagado con aguardiente. El certero disparo de aquel malnacido fue una desgracia que se diluyó entre otras miles. En cada familia hubo una o varias desventuras. El sufrimiento de Emina no fue una excepción. Pero entiendo que un poeta siempre es un tipo diferente de voz. A Emina el pasado le ha tenido demasiado secuestrada. A veces se porta como si viviera y no viviera en nuestra ciudad. Piensas que está desaparecida y no lo está. Simplemente se aísla. Tú la has conocido hace poco, pero ya te irás dando cuenta. Ella dice que esculpir la libera de sus pesadillas. Pero tal vez necesite algo más, o acaso a alguien más.

Petar Smajkic pasa con sus dedos artrósicos una página del querido periódico. La vida es así de simple, dice. Como pasar la página de un diario. Pero ojo, no la pases antes de tiempo, y menos sin haber leído en ella, extranjero.




(Fotografía de Inés González)

martes, 3 de diciembre de 2019

Danza de Ciudad de vida y muerte (Nankin)




City of Life and Death, Ciudad de vida y muerte, es una película del director chino Lu Chuan donde se narra la terrible matanza de Nankin. En diciembre de 1937 las tropas japonesas conquistaron la ciudad china y se calcula en 250.000 los muertos causados por las tropas imperiales. Súmese a esa cifra otra clase de víctimas: heridos, saqueos, violaciones, apresamientos. Pero todo eso viene en la red, cualquier puede informarse. A mí me ha impresionado el retrato de la crueldad, pero me ha deparado sorpresas. Por ejemplo, la danza ritual que los vencedores ejecutan ante los prisioneros chinos. Díganme cómo calificar la belleza indudable, temible, de una danza de guerra -un baile para celebrar la victoria es también un baile de guerra- y el trasfondo de la ciudad humeante, los muertos, las tropelías múltiples del invasor. La barbarie en definitiva. La condición humana contradictoria pero complementaria de sí misma. O cuando la muerte, como en este caso, es un desproporcionado culto al sol.





domingo, 1 de diciembre de 2019

Cuando el combate se convierte en una danza




¿O es al revés? Acaso es una danza -difícil imaginar a un guerrero en pelota librando una batalla verdadera- que representa el cuerpo a cuerpo. ¿Se quiere de verdad acabar con el contendiente? ¿O solamente proyectan sus ansias violentas y de sometimiento? Yo creo que esta imagen es más bien una exhibición. La de la competencia, no solo de una lid sino de unos cuerpos físicos. Si uno contempla de estos hombres fieros su armamento manual, los ademanes en cebarse en el enemigo caído, el tanteo erecto de unos contra otros, puede llegar a admitir que se trata de una guerra despiadada. Pero pasen y vean, dice Polliauolo, el autor del trabajo a buril. Observen la proporcionalidad de los cuerpos. Perciban la exaltación de la virilidad  Escudriñen la abundancia y el detalle de la musculatura. Quédense con la dinámica del ejercicio. Admiren la gesticulación teatral de los rostros. Disfruten de la disposición casi aérea de los personajes. Por un momento uno tiene la impresión de que es una escena que permanece fijada. Como si la acción se hubiera quedado detenida. Como si pensasen los beligerantes: aún estamos a tiempo de evitar el mal. Yo te voy a clavar la daga, tú te resistes con la tuya. Tú vas a descargar el hachazo, pero te lo piensas o eliges enemigo. Yo preparo el dardo pero busco el espacio libre que permita que su vuelo acierte. Tú contienes la descarga de mi brazo mientras buscas atravesarme con tu espada. Ambos nos acorralamos con la mirada pero alzamos la cimitarra, vinculados a la misma cadena. La del horror. ¿No es sino una puesta en escena? La desnudez ya es un arma sin duda porque, aunque no estuvieran pertrechados de las defensas de metal, ¿no intentarían derribarse unos a otros, cortar la yugular a dentelladas, comprimir con sus brazos la garganta, aplastar el sexo del enemigo a patada limpia, golpear la profundidad de los torsos hasta privarlos de oxígeno? Es lo que la escenificación quiere decir, pero no lo que hace. Esto no es un combate. Aquí se caricaturiza un combate. Público, aplauda a los actores.



(La batalla de los hombres desnudos, de Antonio Pollaiuolo, trabajo a buril, 1460-1475, en el Museo Británico. Formó parte de la inmensa y rica colección de Hernando Colón, humanista y coleccionista español del siglo XVI.)




jueves, 28 de noviembre de 2019

La llamada de Naida




Soy Naida, escucha el hombre del otro lado del teléfono. Él duda entre mostrar alegría o cierto distanciamiento para hacerse valer. Opta por saludarla sin manifestar emociones. Pero también sin reprochar nada. Deja hablar a la mujer. Sigo en Tuzla, dice sucintamente. Naida se siente obligada y concede cierto calor a sus palabras: sé que debería haberte llamado antes. No voy a usar excusas. Simplemente quería poner a prueba nuestro mutuo silencio. No lo interpretes mal. El silencio no es siempre apartamiento y menos olvido. Alguno lo llaman de modo cursi o moderado paréntesis. Pero en los casos en que este elemento prescinde de sus signos y acaba en interrupción definitiva el término se vuelve hipócrita, cuando no cruel. No me quejo de nada, responde escuetamente el hombre. Sabes que pienso como tú respecto a esa manifestación, con frecuencia necesaria. El silencio es simplemente un espacio personal donde uno tiene derecho a detenerse para relajarse o para entrar en un vórtice de confusiones. Eso es algo de cada cual. El silencio como tal no daña. O no tendría por qué hacerlo. Tampoco tiene por qué alejar. Son otras las causas que hacen que las personas se distancien. Al hablar con esta racionalidad cálida el hombre tiende un puente a Naida. En efecto, dice esta, y no sabes qué estimulante es percibir que sigues pensando como es habitual en ti. No solo pensando, sino teniendo esa actitud de comprensión más templada. Justo la que a mí me falta en ocasiones. Dime al menos que no te ha afectado demasiado que no me pusiera antes en contacto contigo. Él se queda callado. Di algo, le provoca Naida. Digamos, responde él con diplomacia, que la sangre no ha llegado al río. Y suelta una carcajada leve. Ella la enlaza con un conato de risa análogo. Veo que eres el de siempre, pero no quiero que seamos imprescindibles entre nosotros. Él teme la escalada tensa y echa un cabo a la mujer. Confírmame al menos que te encuentras bien, que tu estancia en Tuzla es provechosa, para tu calma y para el trabajo que buscas. Sí,sí, responde ella aliviando el diálogo. No te preocupes. Tengo posibilidades de que me contraten como traductora. También en otra parte necesitan ocupar algún puesto de bibliotecaria, pero está más verde. Sabes de mi pasión por los libros, como otros tienen delirio por la escultura, por ejemplo. El rictus que se le puso al extranjero en ese momento solo podía intuirlo él. Pero no se descompuso. Por supuesto, dijo, hay infinidad de objetivos que nos pueden reclamar entusiasmo y volcarnos en ellos. Eso es sentirnos humanos, ¿no?, y no solamente las emociones paralelas que podamos desarrollar con otros. Naturalmente, asintió ella, pero tú también eres para mí un objetivo que me apetece. El hombre creyó sentirse confuso. Pero ella, ¿le confundía o le aportaba claridad? Tal vez solamente tanteara el terreno del hombre, que nunca se conoce lo suficiente. Creo que no tardaré en volver, dijo Naida, normalizando la situación, pero eso depende de si me aceptan pronto y me proporcionan trabajo. ¿Todo depende de eso?, acertó él a sugerir. Naida fue parca: ya lo hablaremos, ambos estamos de paso.

El extranjero estaba a punto de colgar el teléfono, absorto en algunas palabras de la mujer, que le sonaron a claves. Pero no incidió en ellas. Consideró que la llamada no iba a dar para más. De pronto, Naida le sacó de su ensimismamiento lacio. ¿Sabes que Emina anda por aquí? El hombre no dijo ni sí ni no. De hecho, ya se había desconectado. Qué conversación tan lineal y sosa, se le ocurrió concluir. Y total, para no obtener nada en limpio, se zahirió a sí mismo.





(Fotografía de Inés González)

martes, 26 de noviembre de 2019

Naida. El sueño del extranjero




La vigilia agotó al extranjero. Y en el sueño tardío y tenso soñó lo que no se habría atrevido a pensar. En aquel submundo la nieve era violácea y las cornejas picoteaban en ella, revolcándose hasta teñirse de la albura. El hombre se entretenía observándolas y una mujer con un vestido negro se aproximaba a él y le preguntaba si le gustaban aquellos pájaros. Son pájaros afables, no se asustan de los hombres, respondía. A mí me resultan repulsivos, decía ella. Su presencia hace que me acuerde de los muertos. Eso quiere decir que de lo que te asustas en realidad es de los muertos, o de los asesinos de los muertos, y utilizas a las cornejas de excusa, le replicaba el hombre. No, tampoco me preocupan los muertos, ni me atemorizan aquellos ejecutores de la traición, precisaba la mujer, sino el silencio de amor que nos dejó de herencia la guerra. El amor puede hablar de nuevo en cualquier momento, basta con olvidar, decía el extranjero mirando a los ojos nublosos de ella. La mujer callaba. Enséñame a comprender a las cornejas, decía de pronto, enséñame a quererlas. Y eso, ¿como se hace?, respondía él sorprendido. Haciendo que recupere el amor, arriesgaba la mujer.  Entonces vieron que una de las aves, al alzar la cabeza de la nieve, llevaba el pico untado en sangre. ¿Ves?, observaba la mujer. Las aves beben ahora las huellas perdidas del amor.  La nieve arreciaba, el horizonte se oscurecía, y la figura de otra mujer destacaba desde el fondo, acercándose a ellos. Vestía del color de la nieve y detrás sobrevolaba una bandada de pájaros que ella parecía ignorar. ¿Eres también una huérfana de los sentimientos?, le preguntaba la mujer que se hallaba junto al hombre. Y la mujer de nieve respondía mirando a ambos: no, yo soy quien hace revivir los sentimientos y los llevo y los  traigo y los alimento para que no se pierdan en la soledad de las tumbas. Quédate con nosotros, proponía con osadía el hombre, pues yo no sabría devolveros aquello de lo que fuisteis privadas. La mujer de la claridad y la mujer de la penumbra se miraban formando un claroscuro cómplice. Luego, sujetando cada una de ellas con decisión un brazo del hombre, le decían: ven, vamos a adiestrarte en el metálico graznido de las cornejas. Aprenderás a soportar el calor íntimo que contiene el hielo. Volarás por el éter que antes no hubieras osado atravesar. Leerás por última vez en las lápidas para nosotras los nombres desprendidos de los cuerpos que debemos olvidar.

El tono agudo del teléfono sacudió al extranjero. Se incorporó somnoliento, se precipitó alarmado, dando tumbos, sin saber si le sujetaba el sueño o había despertado. Escuchó al otro lado de la línea una voz que no identificó ni con la mujer de la luz ni con la mujer de la tiniebla.



(Fotografía de Inés González)

lunes, 25 de noviembre de 2019

Esto va que chuta. Juan, más allá de la utopía




En recuerdo de Juan. Compartimos tantos momentos: de diálogo, de protestas, de reivindicaciones, de planteamientos constructivos, de logros, de agrupamiento, caracterizados a veces por momentos tensos, pero también relajantes y esperanzadores. De búsqueda en aquella lenta salida de la noche ibérica. En la calle, en la asociación de vecinos, en la federación, en mi casa. Cuando la niña, que te adoraba, era pequeña. Eran, fueron, otros tiempos. De utopía limpia. De ofensiva de propuestas frente a la atonía de otros. Fueron tiempos de Hacer, con mayúsculas. Mientras muchos, confusos y dogmáticos, se preguntaban todavía ¿Qué hacer? tú, con otros, ibas haciendo.

Imposible recordarte enfadado -tengo que hacer un esfuerzo para verte de esa guisa- porque lo tuyo era la cordialidad de recibimiento, la risa de la chanza permanente, el optimismo compensador frente a las dificultades. Siempre con los brazos abiertos y el ser entregado. La afabilidad materializada. El rigor no te abandonaba, o tú a él. La capacidad de mediación te caracterizaba. Y mantenías actitud severa cuando había que discutir con las autoridades. Del compromiso eras adalid. De la polémica sana eras contribuyente. De la colaboración desinteresada, maestro. Frente a la turbulencia ideológica que no conducía a nada, eras un esforzado en desbrozar hierbas y hierbajos. Junto con una piña de vecinos construiste asociacionismo en tu barrio, después lo coordinaste en la ciudad. Apoyaste con cariño y tenacidad la necesidad de expresión, totalmente desinteresada, potenciando revista de los barrios y programa de radio realizadas en la base. Otros sectores de la ciudad tenían voz y apoyo. ¿Cómo llamar a todo aquello?  Simplemente calidad y riqueza humanas.

En fin, fue una época de hacer de la que muchos demagogos y arribistas de ahora, consagrados solo por las siglas de un partido, pero sin el caché del compromiso, no tienen ni idea de lo que supuso. ¿Utopía? Creo que la utopía abstracta y de blablá de otros tú la conjuraste de sobra con la actividad desenfrenada. Siempre se quiere más. Bien se te podría aplicar, solo en parte, aquel aforismo de Eduardo Galeano: "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar ". Porque en cantidad de asuntos colectivos no solo caminasteis, sino que asentasteis para el mejoramiento social que otros iban a heredar. Hoy te recuerdo porque, sin duda, ya estás más allá de la utopía.



domingo, 24 de noviembre de 2019

Divagación festiva con Omar Faruk Tekbilek





Revolviendo escritos de atrás el hombre piensa: cómo ha transcurrido el tiempo.

Y de todo lo escrito, ¿qué queda?, se pregunta.
Y se responde: la interpretación.
Con otros ojos, con otra actitud, con otro sosiego.
¿Y qué te trae la interpretación?, se insiste.
Y se contesta: el dolor de las pérdidas.
Y ese dolor ¿qué te revela?
La soledad de las pasiones, se escucha quedo,
desolado.
Y la soledad, ¿qué crees que te reserva?

En ese punto las palabras se desvanecen. Solo el eco:
La comprensión del vacío.


Como reposo del día festivo, repaso viejas y caóticas sintaxis. Compartid conmigo Whirling Dervish, del compositor e intérprete turco Omar Faruk Tekbilek. Disfrutad de la música, abriros a todos los mundos concéntricos que hay en este, prescindid del ruido.



(Fotografía de Angèle Etoundi Essamba)








jueves, 21 de noviembre de 2019

Naida. Oscuros pensamientos nocturnos del hombre




Aquella noche el extranjero no podía dormir. No acababa de dar crédito a lo que le había dicho el zampón de Petar. ¿El taller cerrado porque Emina se había marchado a Tuzla? Precisamente la escultora se hallaba volcada en la fase final de una obra en la que ponía especial empeño. El municipio le había encargado hacía tiempo una escultura que evocase a Edin Gorik, el poeta al que uno de los francotiradores cazó con insidia durante el asedio. El mismo que había sido amado por Emina y cuya muerte la había afectado tanto. Emina, concienzuda y resuelta, le había explicado un día al extranjero que aquel encargo era un desafío. Que necesitaba toda la concentración posible para representar al poeta sin que detrás de la escultura pudieran detectarse la angustia y el rencor que le habían embargado a ella durante tanto tiempo. Aunque todo el mundo supiera del vínculo entre el poeta y la tallista la obra tenía que estar por encima de la historia personal de ambos. Incluso más allá de la tragedia. Emina había comentado a su amigo cómo buscaba que la escultura contuviera exclusivamente un carácter poético. Se trataría de rematar con la piedra la obra literaria incompleta del autor. Expresar la personalidad vital de Gorik. Ella quería, y vibraba al hacer la confidencia, que el mármol pariese análogos anhelos a aquellos conque el amante muerto visualizaba los acontecimientos y las pasiones de la vida. La piedra y sus manos. Sus manos y el impulso. El impulso y la técnica. La técnica y la transformación. Con estos términos precisos Emina había revelado a su último amante el proceso de creatividad de la escultura. El desvelo sufrido le hacía recordar al hombre. Es más, incidía, con una intención que a él mismo se le imponía, en el significado para Emina de aquella escultura con la cual, y ella había insistido tanto, clausuraba para siempre una etapa amarga y difícil de su vida.

El hombre miraba desde la cama la ventana que daba a las laderas pobladas del monte, captando del exterior una luz difusa, tibia. Los primeros copos distrajeron sus pensamientos obsesivos. Se levantó, envuelto en una manta, a contemplar la nevada desordenada y transversal que iba posándose sobre los tejados. Las cornejas llevaban ya desaparecidas varias horas, en cuanto la noche había tomado el vecindario. Él, buen observador de los detalles que completan el mundo de los humanos, echaba su compañía de menos. ¿Es la nieve o la oscuridad las que las aleja?, se preguntaba con la ingenuidad de un viajero novato. Si las cornejas hablaran de aquella guerra inicua... ¿Conocerían esos pájaros al poeta? ¿Verían a los dos amantes correr a sus encuentros habituales? ¿Presenciarían el momento fatal en que el asesino de amores de la ciudad aniquiló para siempre uno de ellos? Las pesadillas, con ser caóticas e incontrolables, con generar inquietud e impotencia en el durmiente, son más benévolas que los pensamientos cruzados de una noche de insomnio. La nieve iba borrando el paisaje exterior y el extranjero se enredaba en la confusión nerviosa. Pensaba: no puedo creer que Emina, apremiada por terminar la obra, traicione sin embargo la memoria y el sentimiento que le llevaron a asumirla con todas las consecuencias. ¿Por qué se habrá ausentado sin decirme nada?

Pero la noche, que todo lo mixtifica y desbarajusta también echa los dados. Se acordó, con una relativa mala conciencia, de Naida. Expulsó el vaho de su boca contra el cristal de la ventana. Trazó parsimonioso una espiral con el índice y suspiró. Sólo se le ocurrió concluir: qué distintas son. 



(Fotografía de Inés González)

miércoles, 20 de noviembre de 2019

El trono donde casi todos nos sentimos reyes




Leo que ayer 19 de Noviembre fue el Día Internacional del Inodoro, término este que yo prefiero denominar retrete o letrina. Nuestras palabras castellanas son menos finolis pero más precisas. La ONU dice que casi 700 millones de personas hacen sus necesidades al aire libre. Me parecen pocas. Y dice también que 4.200 millones no cuentan con servicios sanitarios básicos. Me ha gustado que la organización internacional haya decretado un Día del Inodoro, nos recuerda a todos los occidentales que lo que para nosotros es un privilegio para otros es carencia. Parece cosa de risa pero cuando pensamos en las carencias de muchas zonas del planeta en materia higiénica de broma no tiene nada. Desde nuestro soberbio ámbito llamado civilizado lo que tenemos como normal desde que nacimos tendemos a obviarlo, cuando no a menospreciarlo. Menos mal que las bacterias intestinales saben valorar y dirigir nuestro ser como ese segundo cerebro que dicen que son las tripas. Ellas sí que saben honrar el retrete.


(Fotografía tomada de DW Made for minds)





lunes, 18 de noviembre de 2019

Privación de Naida y Emina




Me siento raro al no tener noticias de Naida en Tuzla. No estaría de más intentar conectar con ella, pero es tan independiente que prefiero que tome la iniciativa. Tampoco sé nada de Emina, a la que supongo concentrada en su última escultura. Entiendo que ambas estén muy atareadas, pero ¿es solo casualidad el silencio al que me condenan estos últimos días? La extrañeza de verme privado de ellas comienza a hurgar de manera insidiosa dentro de mí. No obstante, trato de ventilar posibles fantasmas, al fin y al cabo actividad tengo de sobra y debo entregarme a fondo a mis reportajes balcánicos. No, nunca doy vueltas a si una sabe de la relación de la otra conmigo. Ahuyento las preguntas imaginarias, como probablemente también ellas las espanten, al menos parece que eso hacen cuando están junto a mí. Tampoco se me ha ocurrido nunca preguntar. Puede que los mensajes enigmáticos de Naida sean de comprensión y condescendencia. Y Emina, ¿reverdece conmigo o reencarna a su amado desaparecido en mi cuerpo? Así que, ¿por qué razón debería incidir en sus relaciones, si las tienen, con otras personas? Me gusta la situación viva que nos da sentido, algo que, por otra parte, no he buscado. Nos adaptamos todos a lo que podemos dar y a lo que tenemos al alcance. ¿O hay algo más? Es el azar y la personalidad que ellas desprenden los factores que han propiciado este triángulo desigual. Tanto ellas como yo somos individuos respetuosos de nuestros comportamientos. O eso parece. Acaso no quieran saber más que lo justo. Es difícil, pues son amigas. ¿No van a contarse entre ellas? Si en algún momento han tenido ganas de enseñarse uñas o dientes se han cuidado de hacerlo con mucha habilidad. No pongo en duda que tienen un control de sus actos y que están muy seguras de sus emociones. ¿Será porque consideran que soy una ave pasajera? En lo que a mí respecta, ¿son menos sinceros los afectos que vuelco con cada una por el hecho de compartir a las dos? No, no es que parta mis afectos, ni los dosifique, ni trocee el cariño. Mi comportamiento amoroso es una manifestación íntegra, yo diría que auténtica, sin reservas. Ninguna de las dos mujeres se apropia de más afecto ni más sensualidad que la otra. Ni yo tengo la impresión de que dé más a Emina que a Naida. Oh, qué fatuo soy. ¿Cuánto da uno en el terreno de los afectos? ¿Cómo medir lo que se recibe? Darse al amor es operar con otra clase de voz, donde también hay tonos y gestos distintos, que se pueden compartir o reservar. No es el caso que yo regatee mis impulsos más íntimos con ninguna de ellas. Ni puedo reprocharlas nada ni creo que Naida o Emina puedan echarme en cara ser descuidado con ellas. Pero al fin y al cabo, ¿por qué habría que hacer del amor algo sublime y exclusivo? No me he parado a considerar si entre ellas pueden suscitarse celos o si pudiera latir algún conato de enfrentamiento, más o menos recóndito. Probablemente si ellas conociesen mis pensamientos, propios de un silencio incómodo que me deja huérfano, se burlarían de mí. Tal vez lo sano sería que estallara el conflicto, que ambas se conjuraran contra el hombre y me echaran en cara mi comportamiento dual. ¿No es un absurdo que los hombres aspiremos siempre al entendimiento, de manera obsesiva e incluso utópica, cuando precisamente el entendimiento es la excepción? ¿No es la disensión, la disputa, hasta el choque mismo lo que precisamente acaba modificando la vida de los humanos? Me sorprendo inquietándome. Echando de menos a estas mujeres que me cercan. Me encuentro molesto con los pensamientos turbios con los que intento justificar actitudes naturales que acaso no son leales. Y sin embargo, me siento tan cerca de las dos mujeres que no me planteo ninguna clase de elección. Nunca he podido elegir. ¿Por qué iba a hacerlo ahora si el único plan de vida se da en el día a día y en la veracidad de los actos más íntimos por los que compartimos el individuo que llevamos dentro? 

Me acerco al taller de Emina. Está cerrado. En la taberna El gato de angora me dicen que se ha marchado fuera un par de días. El viejo Petar, que está comiéndose un cevapi, y que habla poco pero escucha mucho, traga el bocado. Luego me dice reservadamente: creo que está en Tuzla.



(Fotografía de Inés González)

domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Y si no fuera otoño? Leve crónica de una sucesión de sorpresas



Domingo 17.

Hay días en que te llevas sorpresas. ¿Es el hallazgo o la aparente sencillez de las cosas lo que te admira? Que de una planta humilde broten flores en los días más crudos del otoño te deja perplejo. Que descubras de pronto una frase en una calle adoquinada te parece sublime (Tolstoi se maravillaría, rabiando, eso sí, por no aparecer al lado su nombre). Con qué pequeñas cosas te entusiasmas, me dice el demonio chino. Para rematar, otro hallazgo leyendo a Rubén Darío: No tornó mi piedra al mundo (Poema Hondas). ¿Cómo sabía él que era así? ¿Cómo tenía tan olvidado a este poeta?

El demonio chino me inquiere desde su gesto imperturbable: Las flores, ¿serán en mi honor? Yo le contesto que dialogue con ellas.





viernes, 15 de noviembre de 2019

Atracción solar (Entre luces y sombras)




En la interrupción del día brumoso, tanteando tras un efímero resquicio de luz, los dedos del hombre buscaron el calor. Luego volvieron a hibernar, para no convertirse en hielo.

(Nunca vimos con tanta claridad las luces ni tuvimos tantos elementos para comprobar que acechaban las tinieblas. ¿Por qué dudamos?)



NB. Con mi felicitación al poeta que aprecio y degusto, Joan Margarit, cuyo mensaje llevo: "¿Qué hacer con las palabras al final?/ Solo puedo buscar, para saber qué soy...")


jueves, 14 de noviembre de 2019

Advertencia de Salvador Espriu para la piel de toro





Si corres siempre adentro
de la noche de tu odio,
caballo loco Sepharad,
el látigo y la espada
te han de gobernar.

No puede escoger príncipe
quien vierte sangre,
quien fue traidor o roba
o quien no alzó
poco a poco el templo
de su trabajo.
Con el fuego primero quemas
la libertad.

Acércate a mirarte
en este hielo,
aprende el verdadero
nombre de tu mal:
en el rostro del ídolo
te has contemplado.


Salvador Espriu (1913-1985) fue un escritor y poeta catalán. ¿Quiénes de su región de origen o de otras regiones del país -es decir de Sepharad- han leído con atención y consecuencia a Espriu? ¿Quiénes del otro lado del Ebro lo valoran conforme a lo que escribió y aprecian con inteligencia cuanto dejó escrito? ¿Cuántos de esta parte del río íbero estamos dispuestos aún a descubrirlo? Pues un poeta no dice menos que otros hombres. Pues un buen poeta no vocea más que los malos políticos, por ejemplo, o la gente que repite tópicos horrendos en la barra de un bar. Un poeta habla con mayor claridad. Pero se tiene que tener la actitud y la voluntad de entender lo que dice. Y dice con mayor profundidad que la que suele ser exigida por el ciudadano común y superficial. El problema es que a los buenos poetas no se los escucha, no se los quiere escuchar. El problema es que lo que escribieron y cantaron desde lo profundo se ha tomado como agua de un río pasado. El problema es que aunque no pasen dos veces las mismas aguas por el mismo río, puede que el curso de este se mantenga con unas características que pueden provocar nuevos accidentes para las tierras y los hombres. El problema es que no podemos seguir siendo ni toro de embestidas ni minotauro perdido, cuando no enloquecido, dentro del laberinto. Salvador Espriu, y en concreto su poemario La piel de toro (La pell de brau) al que pertenece el poema de esta entrada, sigue teniendo una vigencia y una enseñanza incluso desgarradoras.



(Dibujo de Picasso)



(Salvador Espriu)


martes, 12 de noviembre de 2019

I Ching entre bostezos




Los bostezos de la noche me confirman que desconexión y tedio deben tener como objetivo el sueño. Diluirse en él. Antes, echo un vistazo al día, al que fenece, al anterior, a los otros, ya casi olvidados. ¿Ha pasado algo estos últimos días? No lo sé. Los acontecimientos se precipitan con tanto ruido que se devalúan camino de no se sabe bien qué horizonte. Nada está claro y a uno, que no es esotérico, ganas le entran de echar los dados lúdicos al Juego de la oca o de escuchar a los trigramas del I Ching. Abro este, el Libro de las Mutaciones, al azar. Me sale el 29, hexagrama K'an: Lo Abismal, El Agua, dice el libro. Varias recomendaciones. En El dictamen, por ejemplo, leo:

Lo Abismal repetido.
Si eres veraz, tendrás logro en tu corazón,
y lo que hicieres tendrá éxito.

No está mal. Confiar en la veracidad se lleva poco, pero acaso la excepción confirme llegar a buen puerto. La lectura de Las diferentes líneas me aportan otra interpretación:

Nueve en el segundo puesto significa:
El abismo tiene peligro.
Solo debe aspirarse a alcanzar cosas pequeñas.

Vaya, parece un consejo prudente y moderado. ¿Será más acorde con una actitud realista? A continuación hay otra cita:

Seis en el tercer puesto significa:
Adelante y atrás, abismo sobre abismo.
En semejante peligro primero detente,
pues si no caerás en un hoyo dentro del abismo.
No actúes así.

No es el Yi Ching lo que da miedo. Después de todo advierte, y eso que no lo he consultado de verdad. Sin embargo me pegunto: ¿a quién irá dirigido el mensaje cuando se echen las monedas? ¿Solo a los cambistas que están a punto de apostar por la jugada de la gobernabilidad del país? ¿A los envidiosos mirones que no van a tocar juego pero que se frotan las manos dispuestos a hacer la vida imposible no solo a los jugadores sino a los espectadores todos? Nuevo bostezo. Cierro el libro mutante. 




lunes, 11 de noviembre de 2019

¿Quiénes son los indómitos?




¿Es indómita la caballería o los indomables son los jinetes que nos quieren montar? Entre estos aprendices de caballeros los hay broncos, cerriles, tercos y con gran éxito aparecen los montaraces. ¿Seguimos pensando aquello de qué buenos vasallos habría si hubiera un buen señor? Yo no. Sigo pensando que aquí todos queremos ser caballistas y cabalgadura, con muy malas consecuencias. Que los que nos jinetean (uso una apropiada voz americana) son procurados por los remisos que les dejamos hacer. ¿Vamos a ir siempre de rucios ignorantes que encima creemos que sabemos? Cuidado, porque al final quien se puede beneficiar más es el que dé más firme con el látigo y nos aguijonee con sus espuelas. ¿Es esto de verdad lo que queremos?



(Viñeta de Manel Vizoso, http://cachondodejahve.blogspot.com/2019/11/ . Gracias, Manel )

domingo, 10 de noviembre de 2019

Espejo en el espejo. Música para un día apartado del ruido. Invitación de Arvo Pärt a la calma




La calma se aprende. Quién dijo que es instintiva. Y aunque lo fuera, ¿sobrevive por las buenas? Decido aplicarme al esfuerzo de introducirla y extenderla. ¿Dormir sobre ella como si fuera un colchón? Dormir es otra cosa, tiene mérito, pero ponemos poco de nuestra parte para que el fenómeno del sueño nos acoja. ¿Reposar en su interior como si se tratara de una dádiva de la naturaleza? La naturaleza da lo que nosotros tomemos de ella. La calma puede ser activa. Debería serlo, lo cual implicaría una acción consciente por nuestra parte. ¿No es la sabiduría de la conciencia  -difícil término de no siempre claro concepto- la que nos hace descansar más allá del subconsciente, si la damos herramientas que detengan el ruido? Me hace pensar en ello Spiegel im Spiegel, de Arvo Pärt. Si escuchas solo la composición -cierra los ojos, no mires el vídeo, pero aunque lo mires es tal la amable lentitud de la armonía de los intérpretes que no sufrirás interferencias- entras en ella. En la calma. O es la composición la que te saca de ti mismo, con tu permiso. Se te ofrece un espejo, reproducción de espejos, aparentemente simétricos y paralelos. ¿Lo son? ¿Alguno se rompe para mostrarte otra imagen? Los espejos no se traicionan unos a otros. Hoy te has abandonado a un espejo que se multiplica en superficies de reflejos y te va arrastrando hasta el infinito. Porque para ti el infinito existe, la eternidad no. Está en el pasado y por él se mide nuestro cuerpo. Cuando no estés el infinito seguirá existiendo, pero no tendrás necesidad ya de él. Piensas en Epicuro y en su saber usar la vida. ¿Sabes seguir sus recomendaciones? ¿Has pensado alguna vez en el complejo proceso que hay detrás de ti y de todos los de tu género para ser como sois? El espejo no te ofrecerá jamás el porvenir. Sus reflejos se detienen y retrocede tu imagen. Estás donde estás. Hoy, en días sucesivos, habrá mucho ruido, pero tal vez hayas catado de la calma que te ha regalado el espejo.






jueves, 7 de noviembre de 2019

Naida. Bebiendo rakia con Emina




En la taberna La gata de angora Emina ha invitado al extranjero a rakia, haciendo un alto en el trabajo. Un nombre muy sugestivo para este lugar, comenta él echando una ojeada al local. Es un lugar apacible, veterano, precisa la mujer. Venía aquí con frecuencia junto a mi poeta muerto. Fue otra época, ¿o fue en otra vida?, y a aquel tiempo sucedió otro más indigno. Hasta que dejó de existir el tiempo mismo. Aunque hay quien dice que se veía venir. ¿Crees que se puede ver venir la muerte? Después de aquello dejó de interesarme la historia, renegué de las creencias, dudé sobre las vidas, ignoré a los hombres. O eso creía yo. ¿Fue la escultura un escondite o el flujo de una habilidad? Puede que ambas cosas. Nunca se sabe en la vida cómo y de qué manera coinciden las circunstancias más adversas para abrir puertas a situaciones imprevisibles. Tú, por ejemplo, apareces y ocupas, sin darte cuenta, mi mundo. Te interesas por mi oficio. Te arriesgas a verme la otra cara, el alma distinta que no suelo desvelar. ¿Podría pulirte a ti tal como hago con la materia bruta? El otro día me di cuenta que sí, pero utilizando herramientas diferentes. Con la piedra soy taxativa, trazo, hiendo, aligero perfiles, redondeo los volúmenes que van saliendo. Con útiles de escultor. Contigo comprendí, así de golpe, que solo puedo aproximarme a tu personalidad desconocida siendo yo la materia y tú el artífice. No siendo la enojosa tallista, no viéndote como una masa, casi obviando tu físico. ¿Será que me pillas en un punto de mi vida en el que no sé situarme? Un estado, más que una edad, en que una desconoce qué suelo pisa, qué paisaje tiene alrededor, qué horas suenan para ella. Una vez leí en una novela de un escritor que nació precisamente donde está ahora nuestra amiga Naida algo que me impresionó. Las mujeres jóvenes sueñan con la vida y creen en las palabras, venía a decir. Las viejas temen a la muerte y oyen entre suspiros hablar sobre el paraíso. Eso lo dice Mesa Selimovic en un relato precioso sobre derviches. Entonces me di cuenta que yo no encajaba. En mí ya no habitan los sueños, y las palabras son desahogos, pero no esperanza. Y el temor a la muerte lo exorcicé cuando él murió, simplemente porque yo moría ya un poco con él. Si la parte menor del paraíso en la tierra me la habían arrebatado con crueldad, ¿puedo ir aún suspirando por aquel otro irreal, que no existe más allá? 

Emina calla, abstraída, mordisqueándose sus labios carnosos. Me gusta este rakia de higos, dice mirando el aura del licor. ¿Será porque de niña me entusiasmaba esa fruta? ¿O por la ceremonia lúdica de subirme a aquellos árboles generosos cuyas hojas utilizábamos como platos para nuestros convites infantiles? Frondosos escondrijos que no recuperaré jamás. Las manos ásperas, blanquecinas, de Emina juguetean con el vaso. Quiero esculpirte de nuevo, impetra de pronto al hombre con su voz diferente, la tenue, la temerosa. Sus ojos sumisos, suplicantes, entregados a los extrañados de él. El extranjero coloca sus dedos sobre los dedos de Emina, midiendo las palmas, contrastando texturas. enardeciendo su calidez. Hágase, pues, del barro con estas manos a la mujer y al hombre, replica con un tono jocoso, bíblico.





(Fotografía de Inés González)

martes, 5 de noviembre de 2019

Naida en Tuzla




Naida, sentada en un café del casco viejo de Tuzla, se dispone a escribir a su amante extranjero. Contempla las flores colocadas en un alféizar y que lentamente se van ajando. No quiere pensar en la condición de las flores, para no sentirse atrapada por paralelismos humanos. Ha comprado una postal antigua, de esa clase en que vienen colocadas varias fotografías pequeñas como formando un puzzle, con distintos rincones representativos de la ciudad. Las casas alegremente pintadas de la Stari Grad, una vista del río Jala, la mezquita de Turali Beg, algún edificio importante de época del urbanismo austro húngaro. Es tan grande el contraste de lo antiguo y lo actual en esta ciudad que te desconciertas un poco, empieza diciendo. El río Jala atraviesa la ciudad pero no forma un paisaje tan recogido y sereno como el de Sarajevo. ¿Será que en cuanto una sale de su patio más frecuentado empieza a echarlo en falta? Según por qué zonas vaya se tiene la impresión de que la modernidad es más ruidosa aquí. Pero si se compara la parte histórica de ambas ciudades parecen primas hermanas, que dirías tú. Fue una ciudad con un pasado industrial importante, eso se deja notar, pero ¿a qué viene desplegar un atlas para tus ojos como si no hubiera temas más interesantes? 

Detiene su escritura porque ya ha ocupado gran parte del espacio de la tarjeta. Y porque no está convencida de lo que dice; suena tan formal, como si le escribiera a un extraño. Una postal debe incluir solo unas cuantas líneas, muy precisas, piensa, lo más significativas posibles, que se aderecen con un detalle afectuoso. Una postal se caracteriza por ser una especie de recordatorio, no obstante haber caído en desuso. Pero a mí me gusta utilizar aquellos objetos que van siendo desplazados. Objetos o sujetos, como fue el caso del empleado de edad avanzada, casado, de la Vijecnica. Acaso nos usamos mutuamente, así que no debo tener mala conciencia si él quedó desolado tras romper la sinuosa relación. Era un hombre sabio y bueno, también torturado e insatisfecho, pero ¿quién no lo ha estado más o menos en nuestra bendita ciudad? Una tarjeta postal es, o era, o debería ser, un puente, y no solo simbólico, tendido para paliar separaciones temporales. Para crear un margen en que espacio y tiempo queden congelados, y disimulen la frialdad de las interrupciones afectivas. A veces simplemente una excusa para saber si existe todavía la otra orilla. Me pregunto qué suponen estas postales que escribo a mi amigo. ¿Un mero recuerdo? ¿Un cebo para que no deje de picar en la mujer que le dio amor en medio de la nieve o adentrados en la silenciosa soledad de aquel caserón sombrío? ¿Un lazo melancólico de sujeción como si fuéramos adolescentes?

Naida alza la vista y otea nuevamente la flor. Va perdiendo lozanía a cada instante, medita. Pero se sigue resistiendo a comparaciones turbias. Vuelve de un lado y otro la tarjeta. Se habla insatisfecha: Debía haberme limitado a escribir: Espero que no estés perdiendo el tiempo, que es tanto como decir la ocasión. Me gusta proponer frases oscuras, cuya redacción atrape el interés y la preocupación. Que haga pensar al otro y desajuste su pensamiento. Son imágenes que retraen o incitan al que las recibe, según se deje impresionar o bien confundir. No, en modo alguno es juego sucio, aunque reconozco que es poner el suelo resbaladizo. Bien, en la dificultad se crecen las personas, ¿no? Se crecen y se revelan unas a otras. En nuestro caso, una desea saber hasta dónde quiere llegar él. Es un hombre que habla con sencillez pausada, pero intuyo que no es sencillo interiormente. No quiero decir que sea falso ni retorcido, sino que no expone claramente todo cuanto piensa, al menos en relación a nosotros. ¿Será que me he precipitado y él se debate entre dudas y escasa seguridad en sí mismo? Y sin embargo aparenta tan firme, tan inequívoco en sus criterios sobre el mundo. Muestra tanta sinceridad afectiva y se entrega a canalizar sus emociones con una necesidad que no deja lugar a dudas. Cuando estamos juntos, está, con intensidad. Se diría único y no se deja sustituir por ninguna otra personalidad. Pero a medida que me habla con fluidez y entusiasmo se deja llevar por un arrebatamiento extraño, incluso excesivo. Tengo la sensación de que me llegan desde él voces de procedencias diferentes. Y entonces pienso: ¿cuántos hombres le habitan dentro?  ¿Qué hombre de ellos es el que está conmigo? Naturalmente, podría preguntárselo pero, además de parecer una pregunta capciosa, al plantearla tan directa arriesgo obtener una respuesta escapista. ¿No será mejor que lo descubra por mí misma?




(Fotografía de Inés González)

domingo, 3 de noviembre de 2019

Au revoir, Marie




En aquella década maravillosa, a los que íbamos de mods a la española, es decir, divertidos pero pobres, nos gustaba enamorarnos de chicas de nuestro entorno como Marie. O como Silvie o como France o como Mireille o como Françoise (ay, Françoise, nunca superé tu presencia ausente) Y si no eran las nuestras como vosotras, procurábamos que se os parecieran. No era solamente la voz, era lo que hacíais con la voz. Larga mano acariciadora, que prolongabais con vuestros particulares cabellos, las figuras atractivas, el vestir rompedor para nuestro barroco país. L'invasion des femmes de la chanson de l'autre côté des Pyrénées que nos sacaban a las nuevas generaciones del letargo aldeano de la carpetovetónica España. Y las chicas que nos enamoraban en los guateques o en las complicidades de las aulas o en secretas reuniones donde las atrevidas desclasadas confratenizaban con los que aún seguíamos indisolubles con nuestra clase, nos iniciaban en mil y una melodías, no necesariamente todas tonales. Quien más o quien menos ellas, las de aquí, tomaban como modelo a aquellas divinidades de la chanson que venían en los discos. Y nosotros soñábamos con ellas, con unas y con otras, porque cuando se nos metía en la cabeza una mujer éramos fieles hasta que la próxima nos separaba. Fuera la cantante de moda o la compañera de aula.





Los que vamos sintiendo que poco a poco nuestra casa va siendo tomada no podemos dejar de mirar con perplejo dolor que a otras personas, como hoy sucede con Marie, la casa cortazariana se la hayan ocupado del todo. Ahora que se ha ido solo queda la meditación. El recuerdo. El estremecimiento. Hasta la belleza es desalojada de este injusto mundo. Qué asco.







viernes, 1 de noviembre de 2019

Las voces de Emina y Naida





Hablemos de voces. De la de Naida y de la de Emina. O digamos más bien: hablemos de la voz de cada una de ellas. Si usamos el plural pensamos en tonos altisonantes, en vocerío, mientras que decir voz a secas sugiere inmediatamente serenidad, delicadeza, temple prudente, cuando no susurro, porque susurrar también es hablar. Aunque tenga un sentido más reservado y su característica apocada lo deje en una frontera entre la indecisión y la apuesta expresiva. Hablemos pues de la voz de Emina, por ejemplo. Una voz dispuesta a tomar iniciativa, tanta que a veces se impone al interlocutor, no para llevarle la contraria necesariamente, sino para ratificar sus planteamientos sin verse desbordada. Esta actitud oral implica entonación elevada, con una horquilla de tonalidades variable, pero siempre grave. Aderezada frecuentemente con carcajadas gélidas o relajantes, según. Por el contrario, Naida se expresa con una voz melódica, de baja intensidad, que apenas altera salvo cuando se considera no entendida lo suficiente por el otro y se reclama de un sobre tono, eso sí, limitado, retráctil. Ni la comodidad de escuchar a Naida ni el esfuerzo de seguir la enérgica pronunciación de Emina se contradicen. Uno sabe entrar al ritmo, bien pausado, bien excitable, de ambas mujeres. ¿En qué momento ellas alteran su oralidad ordinaria para apostar por la opuesta? En la reacción ante situaciones de compasión o  repugnancia. En la toma de posición emotiva ante el despliegue de la belleza, sea en forma física o de manera intelectual. En la reivindicación de reconocimiento y la exigencia de saber hacer. En la urgencia por salir al paso de las incomprensiones o, simplemente, necedades que abundan por todas partes. En la mirada al pasado y su capacidad para encarar los tiempos que se les regala tras haberles sido respetada la vida. Y en el amor, por supuesto. La templada Naida se transmuta en fuente de energías secretas, a las que da salida de manera desbordante. Emina, la vertiginosa, por el contrario se vuelve entregada, dúctil, necesitada de una contención que busque su personalidad recóndita y que solo puede obtener dejándose llevar. Naturalmente, mis impresiones, probablemente pasajeras, inexactas, son simplificaciones peligrosas. Si tanto Naida como Emina oyeran mi punto de vista se rebelarían, heridas en su amor propio. Pero yo escribo para un diario íntimo, sin páginas de papel ni archivos de ordenador. Apunto en la corriente fluida y generosa de mi pensamiento. Y repaso, probablemente sin ser demasiado justo, las actitudes que percibo de ellas. ¿Elegir? Imposible, hay en las dos mujeres tanto de mí mismo que no sabría separar. De hacerlo sería mi quiebra.



(Fotografía de Inés González)

miércoles, 30 de octubre de 2019

Max y yo degustando a John Donne




En una de las cosas en que coincidimos Max y yo es en nuestro gusto -en nuestro degustar- por la obra de John Donne (1572-1631, Londres) Su poesía es asunto serio y magistral. Pero de su obra en prosa solo conozco sus Paradojas y sus Devociones, reflexiones de tipo ensayístico sui generis, y tienen el punto de la frescura, del ojo observador, de la advertencia sagaz. Las Paradojas las escribió con veintitrés años y son lo que dice el título. Puesto que se trata de escritura en edad joven aún es irónica, atrevida, divertida incluso. Que los breves capítulos los titule, por ejemplo, Que la desunión hace la fuerza o Que los hombres viejos son más insensatos que los jóvenes o Que todo se destruye a sí mismo ya da idea del tipo de reflexión a la contra, poniendo el dedo y la mirada crítica sobre costumbres, modos, tópicos, ideas fijadas en la opinión general. La otra obra, Devociones, está escrita en edad madura, y en ella se manifiesta su interés y, por qué no decirlo, su obsesión por los temas de la enfermedad, los médicos, los cambios físicos, los tratamientos, la muerte. Consideraciones como podemos hacer cualquier a medida que el avance de la edad nos coloca en la tesitura de afrontar quebrantos y modificaciones corporales, por decirlo de manera suave. Por supuesto, no son tanto pensamientos científicos como  el desarrollo de pensamientos personales, probablemente ya tocados por circunstancias familiares dolorosas y por el encaramiento con su salud. Tanto Paradojas como Devociones están editadas por Ediciones Cuatro (Valladolid, 1997)

Leyendo a Donne uno tiene una sensación análoga a cuando lee a Montaigne. Por supuesto, el corpus de pensamiento de este último es inmenso, inagotable, una mina continua. Pero es ese estilo de escritura indagadora, que le da vueltas a todo, que considera lo humano con la amplitud y hondura precisas para tener entre las manos cierta explicación de las cosas y, sobre todo, cierta actitud ante las contradicciones y las afrentas que la edad y en general la vida nos depara a todos.

La poesía, ah la poesía de John Donne, la dejamos para otra ocasión.





(Fotografía: Escultura del escritor en el John Donne Memorial de Londres, tomada de The Epoch Times)


domingo, 27 de octubre de 2019

Naida. Emina surge de dentro de la piedra




Dirás: Emina, que parecía tan dura, que se mostraba sin fisuras, que aparentaba pétrea como sus mármoles, es ahora esto, una superficie liviana y maleable. Dirás: ella que es capaz de dividir el bloque en líneas a través de las que golpea con firmeza, cae aquí ahora desordenada, hendida. Dirás: la talladora contumaz, a la que no se le resiste ningún material se convierte en mis manos en el mineral más dúctil. Dirás: ay qué vulnerables quienes alardean de vigor y seguridad. Diré: ay de los débiles, cómo ocultan su fortaleza tras la máscara de la fragilidad. Diremos: quién es más cobarde, quién más dañino. Dirás: dejemos de ser los dos la roca impenetrable, el volumen deforme, la masa inerte, la expresión callada. Diré: esculpe de mí hasta lograr la ignota presencia. Conviérteme en modelo y en obra, en habilidad y en herramienta. Diremos: extraigamos de nuestros cuerpos otros cuerpos, incidamos con nuestras manos más allá de la piel, configuremos formas que solo habíamos intuido en sueños. Diremos: confluyan nuestros músculos dispares, sosiéguense los temperamentos, que se despierten los impulsos recatados. Ni tú debes ser tú, ni yo debo ser la misma, propondrás. Cincela en mi torso otro torso, enerva el busto arrancado a la apatía, complementa el rincón más olvidado de mi cuerpo, sugeriré. Las voces hablarán con otras bocas. Los pensamientos serán convertidos en esquirlas que saltarán sin rozarnos. El deseo tránsfuga balbuceará un nuevo alfabeto. ¿Quién puede impedir que oficiemos como arte este ritual? Diremos una y otra vez, en esta duración brevísima, aspiremos a la plenitud de la obra, desplacemos el tiempo hasta hacerlo invisible, sometamos las horas. Dejemos aflojar las riendas del caballo desbocado en el que galopamos. Tú dirás: vas a temer luego el alejamiento. Tú te preguntarás con la voz de otra mujer que no conocías y que habitaba dentro de ti: ¿cómo latiré cuando hayamos superado este tiempo en que nos hemos engendrado el uno al otro? Tu corazón no será el mismo, osarás desafiarme. Tu corazón modelará otra sangre, te retaré. En nuestros ojos los cristales se esparcen en infinitas partículas. Las manos tiemblan, las auras de los dos tiemblan. ¿Cuántos hombres eres?, preguntarás sin apenas agresividad. ¿Dónde has estado antes?, responderé convulso, ignorando que yo tampoco sabría decir dónde estuve antes de llegar a ti.



(Fotografía de Inés González)

jueves, 24 de octubre de 2019

De piedras sencillas, en recuerdo de los olvidados, que no de montañas blasfemas





Una vez traje unas piedras de caliza del páramo. Llevaban tierra adherida, también telarañas, también sangre. La sangre estaba seca, no estaba visible salvo para los ojos que la querían ver. Como los míos. Aquel flujo noble, componente de la historia, emanaba de la misma aridez del páramo. El manantial de los inocentes se remontaba muchas décadas. Cerca vivía la familia de mi padre dedicada al cuidado de ganado ovino, propiedad de otros dueños. Llegadas las infaustas fechas en que los matones se crecieron, apropiándose de vidas y destinos, los ungidos por dios y por la patria se dedicaban a sacar a gente de sus casas para a continuación darles lo que llamaron ignominiosamente el paseo. Mi familia escuchaba de madrugada las detonaciones descargadas por unos cuerpos ebrios de odio y de alcohol contra los cuerpos nobles de otros hombres. A veces algunos escapados de la persecución se escondían entre la mies crecida, era julio caluroso, y cuando pasaba mi abuelo por el camino le chistaban para atraer discretamente su atención y le pedían un trozo de pan. En otras ocasiones los matones se presentaban en el caserío y preguntaban a mi abuelo si había visto algún rojo. Como el hombre dijera que no había visto a nadie le prevenían para que si veía a alguno les avisasen. Los días de gloria de los asesinos siempre llevan sangre en sus horas. En las piedras que me traje del páramo, repletas de agujeros y aristas desiguales, producto de la eterna erosión de la larga noche castellana, se intuían galerías profundas, inextricables. Durante un tiempo seguía saliendo de vez en cuando una hormiga para sorpresa del hombre perplejo. ¿Seguían resistiendo algunas en oscuros conductos, retorcidas galerías, diminutos hábitats por la inercia biológica? Yo veía en los humildes insectos que de vez en cuando se mostraban a la luz y corrían por la habitación la reencarnación de la vida más allá de su secuestro. Hoy miro todavía las piedras y pienso en el daño, en el dolor, en la desgracia de los hombres. Por eso me gustan las piedras sencillas: inconsistentes guijarros de río, puntiagudos cantos de los caminos, crecidos pedruscos de caliza de los oteros, porque representan la anónima llaneza de los hombres olvidados.




(Por Julio, Jesús, Paco, José Antonio, Julio R., Antonia, Rafa, Lena, que resistieron cerca de mí pero que en estos últimos años han ido desapareciendo por causa de alguna que otra enfermedad o suicidio, aunque yo creo que todos en melancolía. Estarían de acuerdo conmigo en dar valor a las piedras sencillas e ignorar la montaña blasfema que hoy los medios de comunicación pretenderán convertir en protagonista) 


lunes, 21 de octubre de 2019

Postal de Naida (y una llamada de Emina)





He recibido una postal de Naida. No te veré hasta dentro de cuatro o cinco días. Me han ofrecido un trabajo en Tuzla y quiero saber de qué va. Esta postal que te envío nada más llegar es también para decirte que me gustaría recurrir aquí a nuestros paseos de las horas libres. Aunque estoy sola y no me arredro ni ante los perros ni ante los hombres, disfrutaré de los recorridos imaginando que paseas a mi lado. Me basta el placer del recuerdo. Así que si te suena el oído es porque te voy contando lo que veo. Cuatro días pasan pronto. No malgastes tu soledad sin Naida. Siempre tan sorprendente esta mujer. Pero ¿por qué dirá que no malgaste mis días sin ella? ¿Temerá mi soledad realmente o acaso los riesgos de la suya? A veces tengo la sensación de que va un paso por delante de mí. Como si me conociera más que lo que uno se conoce o que intuyera mis comportamientos antes de descubrirlos yo mismo. Sabe que mi estancia en Sarajevo implica explorar, mirar con proyección multiplicada cuanto hay entre el monte y el río, observar las casas que visito no solo como continentes acogedores sino para pulsar el tono con que se fortalecen las vidas. En este sentido qué provechoso es para mí escuchar cuanto narran sus habitantes sobre los pasados generosos y los pasados desgarradores. Estar en esta ciudad es como ir experimentando otras formas de crecimiento. En ideas, en visiones generales y concretas, en emociones, en reflexiones que cierren el círculo de lo que se me ofrece. Hasta en gustos. Y ahí el animal que late dentro de mí también crece, y todo crecimiento lleva consigo más necesidad nutriente y, por lo tanto, más hambre y más sed, es inevitable. Admito que no me falta capacidad de resistencia para no ceder a todas las tentaciones que me agitan. Al precio de no verme nunca satisfecho. Cuando Naida deja caer alguna frase enigmática me inquieto. Así que ¿cómo le digo que hoy me ha buscado Emina para comer juntos? Conozco a Naida, es tolerante, pero tiene accesos a veces un poco tensos. Además Emina y ella son amigas. Soy consciente de que desde que aparecí se está trabando una amistad triangular, y no por ello preveo nada más. Pero Emina es tan apasionada y vehemente. Tiene una manera natural, en ocasiones selvática, de enfrentarse a las circunstancias y a los individuos. En su manera de encarar el mundo Emina y Naida se parecen, son energías con expresiones diferentes.  A veces me pregunto si la rudeza y decisión que Emina manifiesta al tratar la piedra y parir de ella un ingenio que solo se fecunda en su mente se desarrollarán también en las demás situaciones de su vivir cotidiano. La he visto mostrarse exigente, disconforme, alejada de condescendencias fútiles.  Como si ella misma fuera una roca. Me intriga que hoy me haya dicho que va a descansar de su último trabajo, que prefiere la distensión en torno a una mesa. Ni debo ni quiero negarme. Tal vez la conversación me haga conocerla mejor y, de paso, saber algo más sobre Naida. Pero esto, ¿tiene interés? ¿Desde cuándo indago o recabo informaciones sobre personas por las que siento afecto? ¿Acaso debo saber de aquellos con los que me vinculo para estar a gusto y sin compromisos ni negocios que aten lo que no escuche de sus propias bocas?

Es lo que pensaba antes. Uno aquí cambia. ¿Se trata de una transformación ordinaria, que se habría producido en cualquier otro lugar, o es sobre todo una metamorfosis? Supongo que la respuesta no la puedo tener hasta el final. Pero el final ¿de qué? Pase lo que pase, con Naida y con Emina, sólo sé que debo mantenerme equilibrado en mi navegación, no obstante esta se muestre insegura. Me apetece seguir viviendo el tránsito ordinario, silencioso, sin importarme llegar a parte alguna, aceptando mi fragilidad en medio de un todo que nadie controla. Si soy aceptado con mis flaquezas e inseguridades el descubrimiento de mí mismo no tendrá fin. Además por nada del mundo se me ocurriría hacer dejación de mi arriesgada personalidad, en la que me reconozco. Simplemente porque si lo hiciera estaría muerto.




(Fotografía de Inés González)