La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose. Karl Kraus.



sábado, 17 de noviembre de 2018

Arte de tapiar, arte de descubrir




Una vez vi en Salamanca esta puerta de hoja pétrea. Si fuera uno correcto debería haber dicho condenada. Pero ¿y si la puerta dispone de un mecanismo oculto cuya clave para abrir está reservada a los iniciados de algún conciliábulo perdido en el tiempo? De puerta falsa, nada. Objétese, si se quiere, que no sigue los cánones de una puerta común, que a primera vista no lleva a ningún interior, o que sufrió el castigo por algún comportamiento herético. Puertas de esta guisa disparan nuestra imaginación, si no somos lineales. Sin embargo el arte después del arte proporciona ingeniosas salidas para que un contra uso no desmerezca a la vista. Y que además sugieran. En este caso el impulso de pararme fue porque me veía ante el lienzo de un edificio chimú, y ya sé que Perú queda lejos, pero también que el denostado y no bien comprendido proceso del descubrimiento y conquista españoles de lo que se dio en llamar América proporcionó ideas de vuelta. Así que en medio de mi ensoñación tuve que cerciorarme de que estaba en la secular, católica y trentina Salamanca, capaz de generar tanto ideas prácticas de la ciencia y el conocimiento como argumentos esotéricos y teológicos de cerrazón al pensamiento. ¿Era esta puerta un ejemplo de esto último o una muestra de rebeldía adoptando un modelo de allende los océanos? Los amantes de las rarezas, del esplendor de las ruinas o simplemente del atrevimiento contra natura -natura social sobre todo-  somos así. Echando mano del tópico que dice que nada se crea ni nada se destruye quienes nos perdemos en lo irregular, lo cóncavo, lo lateral y lo no aparente gozamos del descubrimiento callejero, por nimio que sea. Y nos da por ver cada cosa...con tal de no aceptar por las buenas las explicaciones que nos han dado siempre.




jueves, 15 de noviembre de 2018

Naxos. La integración




"Un remo y una casa cosida con cordajes,
de madera que protege del mar,
aquí me transportó, con brisas y a resguardo
de tormentas. Y no me quejo".


Esquilo. Suplicantes.



Al sentir que una ola golpeaba su rostro Naxos se incorporó impetuoso. La agilidad del salto asustó al grupo de jóvenes que le había estado observando durante el sueño, haciendo conjeturas sobre él. Dieron un paso atrás. Por un instante confuso, el que hace habitar al hombre en el vacío, sin saber si aún pertenece al sueño o es ya eternidad, Naxos temió estar sujeto a la trirreme. Incluso su cuerpo osciló al compás de unos brazos que trazaban el ademán del remo, provocando la risa de los curiosos. De pronto él rió también. El lenguaje de la risa no requiere de aprendizajes, no divide ni aleja, no enfrenta ni hacer estar en guardia. La risa abre unos hombres a otros. Pero la risa también cesa. Naxos miró en derredor. A corta distancia varios hombres lanzaban las redes de pesca. Unas mujeres transportaban agua en grandes vasijas de barro, mientras otras llevaban sobre su cerviz un hato de sarmiento seco. Una familia de hortelanos se dirigía hacia la parte de la ciudad que no había sido excesivamente dañada, para vender sus frutos y hortalizas. Naxos percibió en todo aquel movimiento unos signos de vida que le hicieron animarse. Mientras queden pobladores la ciudad existe, pensó. No es, pues, una ciudad condenada a morir. Suficiente garantía para que se reconstruya de nuevo. Se sorprendió de identificarse tan pronto con aquella urbe de la que desconocía el nombre. Luego volvió a su obsesión. Esta gente debe saber de la adivina, podrán informarme cómo dar con ella más allá de mis sueños. Pero la necesidad más elemental siempre se impone al pensamiento y los anhelos. Al caminar se sintió flojo, urgido de probar bocado, sediento por la exposición al sol y al esfuerzo de sus exploraciones. Hablaron a su espalda. Seas náufrago o desertor o extraviado viajero, no debes descuidar tu alimento, le dijo una anciana que observó su andar quebradizo. Mis años me han hecho observadora y me dicen que ni tú ni tus amigos llegasteis a esta costa para saquear o aprovecharos de nuestros jóvenes. Que los demás remeros se marcharan por su cuenta y tú hayas decidido quedarte aún dice más a tu favor. Esté o no tu sitio en esta ciudad maltratada mi deber es procurar tu bien inmediato. Acompáñame hasta mi casa, allí comerás y podrás entretenerte con los juegos de ingenio de mis hijos. ¿Era aquella sinceridad y el modesto ofrecimiento de la anciana lo que confería a Naxos una seguridad novedosa? ¿Se trataba de una visión deslumbrante que ofrecía paz y ayuda, y que sustituía la vida de forzado remero y eventual combatiente que había tenido hasta entonces? ¿Debo probar, se preguntó el joven, una vida con esta gente, haciendo lo que hacen, conduciéndome como se conducen, arropándome a ellos como ellos se apoyan en medio de la desgracia? Naxos sonrió a la anciana y se dejó llevar. Dejó de pensar en su objeto de seducción. La mujer de las profecías bien puede esperar, habló para sí sarcástico, casi traicionero. 




(Fotografía de Ata Kandó)


lunes, 12 de noviembre de 2018

Naxos. El sueño puro




















"He conversado en sueños
contigo, diosa de Chipre".

Safo de Mitilene



En la extensión del sueño que no cesaba, Naxos se dejó acoger por una placidez como jamás había tenido en su vida de remero. Entonces solo cabía despertar de improviso, desvelado por los gritos enfadados de Odiseo, zarandeado por su compañero más próximo, calado por un oleaje que se sublevaba peligrosamente. Alarmados todos los tripulantes por el bajío próximo al litoral, la angustia les arrancaba del sopor y el eventual descanso. En los sueños de navegante de Naxos las vidas sufridas y las imaginarias se mezclaban sin orden ni tregua. La penosidad y la insatisfacción destronaban de inmediato cualquier clase de idea o ficción que le compensase. Los despertares le malhumoraban. La repentina actividad frenética aceleraba su cuerpo y reducía su espíritu. Los anhelos que las ensoñaciones permitían aflorar se alejaban de continuo. El deseo, siempre encendido en un joven como él, mostraba su faz más huidiza hasta resultar doloroso y desconocido. El instinto solamente existía para vivir en una guardia atenazante y en un esfuerzo sin fin. El precio de la supervivencia. En cambio, inmerso en el sueño de la nueva tierra, se sintió familiar, protagonista, reforzado. ¿Hay algo que sea más propio del hombre que las sensaciones? ¿Existe algo más íntimo que el disfrute onírico de unas imágenes que se construyen sin riesgo? Bailaba sobre las aguas, era recibido por los supervivientes de la ciudad, las muchachas y los efebos se lo sorteaban. Todos querían escuchar sus aventuras, saber a dónde conducían los mares que él había recorrido, cómo eran y se manifestaban los habitantes de lejanas urbes, si estas se asemejaban a la que acababan de perder. O si su cuerpo, más allá de la apariencia, era tan incitante y cálido como el de los hombres a los que habían amado y que perecieron o fueron convertidos en cautivos tras la devastación. Pero incluso en sueños Naxos dirigía la vista hacia todas partes, buscando a la adivina que, en medio de la febrilidad placentera, se convertía en servidora del templo si no en la diosa misma. Imaginaba rituales donde la solicitud y la concesión entre aquella sacerdotisa y él se intercambiaban gozosamente. Los sueños edifican la parte de la vida que los mortales no han probado o han visto quebrar. Él, que apenas había oído hablar de cómo se había generado el mundo, ni de qué dioses habían creado los espacios terrestres y acuáticos, ni de los repartos de funciones que iba a tener cada divinidad, ni de los favores y condenas que les iban a enfrentar entre sí produciendo el auge de unos y la caída de otros, ni de los castigos ominosos a aquellos humanos que trataran de escalar por encima de sus destinos, se asombraba de las ocurrencias que emergían de lo más profundo del sueño. Jamás había acudido a rito alguno y el templo, como el mercado o la plaza de los debates públicos, era un recinto prohibido de cuyas servidoras se hablaba con misterio y respeto. Tales sueños, no demasiado alejados de la realidad, se hilaban y descosían en aquella playa donde Naxos reposaba. Podría decirse que incluso al otro lado de la frontera somnolienta se hacía más intensa y perentoria la búsqueda de la mujer de las profecías. 



(Fotografía de Ata Kandó)


domingo, 11 de noviembre de 2018

Aforismo del desaliento (recurso Max Estrella)





Como aquel de la viñeta de Mingote se encuentra uno ciertos días, cada vez más días. Buscando chiste que alivie, pero las páginas de la prensa no conceden tregua. Oh, no es el mensajero el culpable. Es a los emisores y a los receptores en la espiral de la incertidumbre a los que cabe señalar. Acaso haya que aplicar aquello que decía el esteta Max Estrella en Luces de bohemia: "La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas". ¿Intentar llegar más allá de la impotencia y los límites del quejido? No te dejan.




viernes, 9 de noviembre de 2018

Naxos. La aparición




















   "Pues la purpúrea espalda de la mar
me empujó hasta la tierra
   y en una angosta orilla yazgo inerte".

Ánite de Tegea.



¿Por qué me buscas?, susurra una voz con cierta displicencia. ¿No sabes acaso que me debo al destino?  Nadie que tenga claro su futuro acude a mí. Y tú, ya has elegido. ¿Crees que estoy para vigilar tus pasos? No creas que mi misión es prevenirte de los errores y auspiciar los aciertos. Ni para ti ni para ningún hombre, sea majestad, artesano o remero. Aunque todos recurran a mí para que les saque de la confusión de la que no se atreven por sí mismos a salir. Te buscaba sin saber por qué, responde Naxos. He tomado un lado del camino, el que me separa del pasado pero también de la aventura de mis compañeros que buscan el suyo como un solo hombre. Ya sé que debo descubrir con precaución la otra parte, la que debe hacerme crecer y por lo tanto conocer. Si te asalta ahora la duda, haberte quedado con ellos, le responde la voz. Naxos percibe que aquel tono, aunque manifiesta autoridad, no es de una persona anciana ni tan resentida con el mundo como quiere aparentar. La voz no cesa en sus amonestaciones. ¿O acaso se te ha ocurrido pensar que tu sitio está entre estos despojos de ciudad, por muy bello que sea el panorama desde la altura? No sé por qué me sujeta este lugar, dice él. Acaso porque disipa mis incertidumbres. O porque fuerzas menos racionales exigen de mi juventud satisfacciones instintivas, inmediatas. De entre el juego de luces una figura de mujer se ha aproximado al joven. La seguridad que uno encuentra en la sugestión no es siempre lo más aconsejable, le advierte con un gesto comprensivo que él agradece. Debes estar cansado de la vida que dejaste atrás y no quieres agitarte con nuevas aventuras que te agotarían más sin saber qué te pueden proporcionar. Tienes mucho caminar por delante. ¿Para qué correr? Además, ya he visto que no eres como los remeros que llegaron contigo. Ellos ya no quieren saber, quieren poseer. Pero la ambición les llevará por la senda equivocada antes o después. Protégete de esa provocación que el alma de todo humano oculta. ¿Eres aquella que yo busco?, pregunta Naxos a la discreta criatura. Eso te lo tienes que responder tú. Mientras te aclaras en la búsqueda me revelaré en la noche de tus sueños.




(Fotografía de Ata Kandó)


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Naxos. El pasado desde la altura





















"El caminante vagaba de los tilos hasta el borde
rocoso de las breñas y, buscando más allá del horizonte,
lanzaba su mirada al mar".

Francesc Cornadó, Der Wanderer, de Jardí ardent.




Cuánto tiempo hacía, se admira Naxos, que no contemplaba el mar desde una altura como esta. De niños subíamos a los farallones a despedir a los navegantes. Ellos, orgullosos y esperanzados, nos decían adiós con los remos. Muchos no volvieron nunca, nadie sabe si desaparecieron en la travesía o si llegaron a tierras lejanas. Todos hablaban de los riesgos, pero el mar atraía. No bastaba la pesca próxima, había que ir más allá para encontrar mercancías que avezados marinos nos mostraban ostentosamente al retornar. No se distinguía bien entonces qué tenían estos de comerciantes o de nautas, ni qué fue transformando a unos y otros en un nuevo oficio que a veces se triplicaba. Las ofertas de colaborar en hazañas guerreras de conquista estaban bien pagadas y hubo tantos que se dejaron tentar. Además los éxitos bélicos facilitaban también los negocios. Había quienes opinaban: el dinero abundante merece que se corran riesgos. Las tormentas, las naves enemigas, las enfermedades, los naufragios no arredraban a los vecinos que partieron. ¿Qué sabían ellos de las penurias hasta que las padecieron? El hombre solo entiende cuando sufre en su propia carne. E incluso sabiéndolo vuelve a las andadas porque la miseria mata más que las empresas inciertas. Sin embargo, ¿cuántos de los que partieron regresaron con riquezas que justificaran la aventura? También yo me dejé incitar por por el mar y por lo que contaban que había al otro lado del mar. Por qué me apunté a la travesía de Odiseo solo me lo explico por mi manera de ser ingenua. Odiseo no buscaba especiales bienes, ni famas que levantaran leyendas, ni hacer de su personalidad una imagen que deslumbrara. Toda su obstinación le llevaba a perseguir una tierra utópica, donde la gente viviera con más armonía y el amor, decía, no se acabara nunca. Los demás compañeros buscaban algo más que objetivos ideales y vagos. Seguramente les motivaba a ello la mejora de las familias que habían dejado atrás, o el hambre que habían padecido. O la ambición, que al más humilde y sensato de los mortales acaba despojando de la prudencia. Que Odiseo prometiera que íbamos a alcanzar una costa nueva y diferente de todas las costas conocidas a mí me sonaba muy bien. Hace unos meses, cuando embarqué, no exigía nada más. Yo buscaba la aventura por la aventura. ¿Qué otro fin puede proponerse un joven que aún no ha recorrido mundo? Pero mis compañeros acabaron hastiados de las veleidades de Odiseo, que rechazaba cuanto se le iba ofreciendo por la travesía, si bien hay que reconocerle su capacidad para deshacerse de los monstruos. Los monstruos más peligrosos no son los que aparecen físicamente ante nosotros, esgrimiendo fuerza o malas intenciones, sino los que ocupan nuestra mente y nos arrastran hasta las caídas más expuestas. ¿Por qué abandoné también al jefe y me sumé a la deslealtad de los demás? Tampoco yo comprendía muy bien la finalidad de Odiseo. Quiero aún disfrutar de un mundo dentro de este mundo. ¿Que he elegido una opción solitaria y condenada al fracaso? Sé que eso piensa el grupo que se ha adentrado en este país, pero ¿tienen acaso ellos más posibilidades de sobrevivir?

Cae la tarde y los pensamientos han dejado al joven extenuado. Baja de la ladera hasta la playa. Se acuesta sobre la arena. La luz del cielo se vuelve líquida y le parece ver en el mar lejanos planetas. Uno de ellos se aproxima, pero Naxos no se estremece. El agotamiento le vence. ¿Volverán por aquella costa las antiguas figuraciones que tentaron a Odiseo y a sus compañeros?





(Fotografía de Ata Kandó)


sábado, 3 de noviembre de 2018

Naxos. Tras la pitonisa




"Acuérdate de quienes olvidan la dirección del camino".

Heráclito.


Un hombre solo no es un hombre abandonado. Puede sumirse en el desconcierto, la incertidumbre, la indecisión. Puede equivocarse, pagar las consecuencias de una errada elección. Pero siempre tendrá una contrapartida: saber un poco más, aprender a distinguir, reintentar. Cualquier situación que elija, cualquier acontecimiento al que haga frente, independientemente del resultado,  le ratifica como individuo que se crece en sus dificultades y busca superarlas. Naturalmente, puede perecer a cada paso. Pero esa condición humana, esa herencia que como hijos del Universo nos limita y aflige, que puede otorgar al hombre un sentimiento de fragilidad también, le hace ser consciente de la fuerza relativa que ha transportado con él. No pesan tanto los bienes obtenidos como la satisfacción del camino andado. He vivido, dicen muchos hombres con rictus de satisfacción en el momento de la muerte. En ese instante inevitable en que la soledad sí que es también abandono. Naxos piensa en todo ello mientras mira en derredor, sabiendo que no cambiará de opinión y no irá en busca de sus compañeros. ¿Es su juventud, que no valora con suficiente conocimiento los peligros, lo que impone la aventura en solitario? Aun sin saber qué le espera quiere hallar a la adivina. ¿Para recibir consejo? Ha hecho un ovillo con sus pensamientos, no cesa de dar vueltas a su determinación. Siempre me habían dicho que las profetisas son mujeres mayores, transgresoras temidas, huidizas de la sociedad y a salvo del compromiso con los hombres, pero la que nos ha recibido, no obstante la distancia mantenida, tenía un perfil más jovial y una voz próxima. Hay algo en ella que me ha afectado y que antes no había percibido de nadie. Pero una adivina, ¿es acaso una mujer corriente? ¿Será su ascendencia de sabia respetada lo que me ha impresionado? Si la encuentro, ¿querrá recibirme o mantendrá esa especie de sacralidad con que se rodean las de su oficio? ¿O tal vez me evitará porque puede temer que yo sea como aquellos que destruyeron la ciudad, su ágora y sus templos? Naxos escala por la ladera, sobrepasa la altura de las ruinas y busca en las oquedades de la montaña que protege de los vientos del interior del territorio. No quiere herir el silencio, no pronuncia nombre alguno, no se mueve con aspavientos. La pitonisa no puede estar muy lejos, piensa, y se sienta a contemplar el océano de tonos brillantes mientras aguza el oído. Cadenciosos y nostálgicos le llegan los sonidos familiares que emite el oleaje dócil.  





(Fotografía de Ata Kandó)


miércoles, 31 de octubre de 2018

Modelo para armar




Lo llamo modelo para armar porque es lo que es, si bien todo modelo para armar también lo es para desarmar (Entiendan el juego: desarmar conciencias y armarlas de otra manera) Este confesionario antiguo me recuerda uno de aquellos desplegables de infancia que había que recortar y luego, siguiendo un perímetro determinado, alzar sus lados hasta formar el edificio. Porque un confesionario está pensado como una arquitectura. No voy a decir tanto como un templo dentro del templo, pero casi. No en vano muchos de ellos tenían forma de capilla o de ermita. Con la Contrarreforma trentina se impuso la idea de incidir en el complejo de culpa y someter los actos personales no conformes a la moral dominante (lo llamaron pecado) al juicio de un sacerdote, que jugaba el papel de medium o de árbitro, según se mire. Este se refugiaba en un modelo de cubículo desde donde se ejercía sobre el individuo un repaso o control de su conciencia y de sus actos a la carta. Atención personalizada, se llamaría hoy. Ahí es ná. Pero no quiero ni pretendo divagar sobre uno de los asuntos más enrevesados y turbios que han pervivido por siglos, con toda una secuela de consecuencias que no viene a cuento ahora describir. Al fin y al cabo lo que me apetecía era traer la imagen de este confesionario que hallé una vez en la visita a una iglesia de Salamanca, de cuyo nombre no logro acordarme. ¿A que es cuco el modelo armado? Esos aires del barroco colonial le conceden un aspecto lúdico, y acaso encaja en la etapa neobarroca que estamos viviendo, tal vez la más barroca y decadente estéticamente de todas. Disfruten de la visualización del hexágono, ¿o es un octógono? Doctores geómetras nos sabrán contestar. 


Este confesionario se lo dedico a Miquel, que sé que es un coleccionista de confesionarios.



lunes, 29 de octubre de 2018

Naxos. El rezagado















"Ya nunca más por mares navegables,
subiendo muy alegre desde el fondo,
alzaré mi cabeza".

Ánite de Tegea


Entre euforia y cánticos roncos parten los remeros hacia tierras interiores. ¿Qué tienen los territorios desconocidos que hacen temer pero a su vez atraen con intensidad? Han cambiado el monótono y acompasado ritmo de sus brazos por el ejercicio caminante al que no estaban acostumbrados. El clima es más templado que el del mar y el sol les hace concebir esperanzas. Comentan entre sí: de vernos en este trote nadie nos reconocería en nuestra patria; y con estas pintas pensarían que somos unos extraños. ¿Acabaremos siéndolo? Uno de ellos, el más joven, va quedando rezagado. No es la marcha de los demás la que le obliga a demorarse, pues es más vigoroso que el resto. Mira con frecuencia hacia el templo abandonado, se refriega las manos con las plantas olorosas que va pisando. Eh, Naxos, vamos, no te quedes atrás, que la adivina no va a resolver tu futuro, le grita uno de los compañeros más avispados. Seguid, les contesta, ya os alcanzaré, mi paso es más ágil que el vuestro. Pero se distancia poco a poco, cada vez más. Cuando el grupo ha subido a un leve promontorio sospechan de su actitud. Se detienen. ¿No quieres venir con nosotros?, le increpan. He pensado que aunque todo esto se encuentra devastado también de las ruinas se puede erigir una nueva ciudad. Los hombres se ríen pero se muestran duros con él. No sabes de trabajos de cultivo de la tierra y menos de edificaciones, ¿a qué viene esa obcecación? La respuesta de un joven siempre es rápida, no contempla jamás el error. Ya aprenderé, tengo los años justos para aprender y soportar. Es también un desafío si lo comparo con lo que he hecho hasta ahora. Los remeros aprecian el valor del muchacho, pero se impacientan. ¿No querrás volver con Odiseo?, le espeta uno de los más sarcásticos. ¿No te tentará ir a salvarlo, allí donde se encuentre, si es que Neptuno no la hecho un hueco en sus reinos? Otro va más lejos: ¿acaso piensas fabricar tú solo una nave para intentarlo? Naxos tiene que tragar las risas y los comentarios; prudentemente calla. Les tiene afecto, ha sido mucho y rico el tiempo compartido de aventuras y dificultades y, aunque sus compañeros le aportan seguridad, desea probar suerte por sí mismo. Es un riesgo de mi bisoñez, duda, pero hay algo en este lugar enigmático que me retiene. ¿No será acaso uno de los rostros del destino que solo me reclama a mí? Los hombres interrumpen su pensamiento. Allá tú, si lo piensas mejor siempre podrás alcanzarnos mas, eso sí, decídete pronto, de lo contrario tendrás que sortear lo desconocido, pues no sabemos qué camino elegiremos. Pero una fuerza desconcertante le ha atrapado. Debo buscar de nuevo a la adivina, se dice a sí mismo con decisión. Su voz la delataba joven y sus opiniones me parecían sabias. Intuyo que tras su aparente dureza se oculta una mujer que ni pertenece a los dioses ni se presta a hacer concesiones fáciles a los humanos que no se lo merecen. ¿Por qué me iba a negar ella una cierta clase de seguridad, aunque sea de otro calibre diferente a la de mis compañeros?




(Fotografía de Ata Kandó)





miércoles, 24 de octubre de 2018

¿El destino llama a la puerta?




No sé si el destino llama a nuestra puerta, dixit Beethoven, o somos nosotros los suplicantes al destino. Es una cuestión que aún no se ha dilucidado. El destino es un concepto un tanto maleable. Uno va y se muere de pronto y la gente dice: estaba destinado. O tenía su día. O se lo estaba buscando desde hace tiempo. ¡Era su destino!, claman las aves del Averno con sumo alborozo. ¡Era su destino!, sentencia la cohorte de vecinos y familiares. ¡Era su destino!, se santiguan los profetas del miedo. Y los viejos, no siempre rancios, ecos de la magia primitiva y su secuela de creencias confusas ante la impotencia humana se desuellan obturando los inocentes oídos de los supervivientes, oscureciendo al paisaje de la alegría vital, renunciando al impulso humano de enfrentarse cada día con uno mismo. Un hombre, constante peregrino ahíto de búsqueda, se dirige a la mansión donde espera recuperar su armonía. La enorme puerta está cerrada a cal y canto. Una pesada aldaba se presta a ser movilizada para que el viajero franquee la entrada. Pero...


https://ehchiton.blogspot.com/2018/10/la-aldaba-y-el-destino.html




lunes, 22 de octubre de 2018

Naxos. La rendición ante la sibila



"Navega con el rumbo que te dé la corriente.
Navega con el rumbo que el destino te dé".


Eurípides, Las troyanas.




Entonces los adustos marineros, hombres vigorosos del remo pero también lo suficientemente  avezados en armas cuando era necesario, se postraron con vergüenza a los pies de la sibila. Esta contempló aquella extraña capitulación con desagrado. Dinos, adivina, qué nos espera si nos adentramos en estos territorios, pues la marcha atrás es imposible, dijo uno. Dinos, clamó otro, si saldrán a nuestro paso nuevas clases de monstruos como los que encontramos en la navegación. Oh, sí, señora, dinos si también acosan por estas latitudes los céfiros o las tormentas que nos puedan causar zozobra, lamentó un remero cuya fortaleza física aparentaba no temer a nada. Y la queja y la solicitud de auxilio se mezclaron y multiplicaron ante la mujer del oráculo. Dinos si habrá entre nuevas gentes otra vida para nosotros, pues somos tan limitados de conocimientos como de oficios. Dinos si los pobladores de estas tierras son hostiles, si los hombres son celosos y las mujeres se ven impedidas por ellos a ofrecerse al amor. Dinos si gobiernan reyes y potentados que esclavizan a los extranjeros. La sibila puso voz de trueno. Ellos callaron al instante. ¿Tan desesperados estáis que habéis perdido vuestra dignidad? Me estáis suplicando como si yo fuera una diosa. ¿Tan mala conciencia de haber abandonado a vuestro jefe os persigue que no sabéis enderezar vuestra desorientación? No ha habido hombre alguno al que le hayan dado la dirección correcta del camino. Pero quien más o quien menos se ha puesto en marcha y ha explorado no solo los espacios sino también el destino. Vosotros y las gentes de vuestros pueblos, ¿para qué alzasteis templos a toda clase de divinidades? Tanto presumir en otros días de invocar encarnaciones y magias que jamás os condujeron a ninguna parte, ¿y ahora os halláis en esta orfandad? Navegantes sin océano. Sed conscientes de vuestra desnudez. Ha llegado el tiempo en que los dioses os han dado la espalda y os ponen a prueba. Ellos os ignoran y yo no soy intermediaria de sus poderes y apenas logro interpretar el azar. Poneros en marcha y olvidad el remo y el timón. Vuestros brazos son capaces de ejercitar otros movimientos, vuestras mentes pueden afrontar nuevos rumbos, vuestra tenacidad os llevará lejos sin permanecéis unidos. Sobreviviréis. Los remeros se miraron entre sí, se incorporaron con lento alborozo, otearon con curiosidad el ras de las colinas. La adivina, mientras, se había extraviado entre las ruinas de aquel lugar que otrora fuera sagrado.




(Fotografía de Ata Kandó)



sábado, 20 de octubre de 2018

Una tarde de otoño en el vasto dominio de Vicente Aleixandre





Pasar la tarde leyendo otra vez -cuánto tiempo transcurrido desde la última y olvidada lectura- el poemario En un vasto dominio. Lejos queda esta extraordinaria manera de escribir, esa sintaxis que se construye nueva en cada palabra, esa poesía ignorada por las nuevas generaciones, esas descripciones de personajes, tareas, días y paisajes de otra España. Y sin embargo qué placer la lectura en una tarde de otoño, ajeno a la apertura de los centros comerciales y al tráfago callejero, de la cadenciosa poesía de Vicente Aleixandre. Tal su Sol duro:



Sol duro


   Ventana, agujero pobre.
Piedra ocre.

   En el campo está el cubil.
Aguas mil.

   O sol duro, abrasador:
un león.

   Se come los rostros finos
de estos niños.

   En el niño está el abuelo
ya muriendo,

   cuando pasa por la plaza
solitaria

   con el sol sobre los hombros
pesarosos:

   Carbones casi vencidos,
estos niños.

   Secos como su mirada
que arde y chasca,

   cuando extienden una mano,
en el verano.

   O cuando cargan la paja
que arde blanca.

   Todo su cuerpo está ardiendo,
breve y seco.

   Casi de lejos se ve
hoy su arder.



            *

   ¿La noche un cuerpo cobija?
Lo que duerme y aún respira
es ceniza.





(Fotografía de Carlos Saura)




viernes, 19 de octubre de 2018

Aforismo de una gran broma




Si digo: estamos asistiendo a la quiebra de nuestras instituciones, ¿yerro? Si las instituciones entran en colisión con la ciudadanía y se doblegan ante el sistema y sus representantes fundamentales, la Banca, por ejemplo, ¿voy equivocado? Intuyo que no solo la Historia es una fenomenal mentira, sino que la vida cotidiana se confirma como una vana y dolorosa, quién sabe si no sangrienta incluso, ilusión. Ni el esfuerzo, ni el riesgo, ni el precio que pagamos por vivir con dignidad queda a salvo. Se lo van a llevar todo. Todo.

NB. Si alguien no entiende de qué hablo, que siga las últimas noticias de hoy.





miércoles, 17 de octubre de 2018

Naxos. Habla la adivina





















"La proa de tu vida no la enfiles
en contra de las crestas de las olas
tú que navegas en medio de azares".

Eurípides. Las troyanas.



La adivina dejó que los hombres se acercaran. No los temía. Estaba acostumbrada a recibir en su oráculo a todo tipo de personajes, desde los más excelsos a los humildes e incluso a los depravados. No daba un paso atrás ante la presencia de guerreros deteriorados por sus heridas ni ante príncipes ostentosos ni ante enfermos o seres condenados al infortunio. Todos buscaban si no una salvación al menos la luz que les proporcionara la senda adecuada para superar su confusión o sus desdichas.  No ponía precio a las consultas. Solo pedía a cambio que quienes recurrieran a ella fueran sinceros y no ocultaran detalles de los problemas que acechaban sus vidas. Pero sus consejos no eran livianos. Más bien se mostraba exigente y a veces cruel. ¿Venís para que os enseñe el camino que debéis tomar en vuestras vidas?, les dijo a los remeros con acritud. Vosotros, que os pusisteis en marcha siguiendo a un hombre que os prometía no solo una tierra o unas ganancias sino sobre todo el futuro, llegáis hasta mí confusos y rendidos. Al abandonar a vuestro jefe y al dejaros tentar por el deseo perdisteis vuestra referencia. Yo os entiendo. ¿Qué harían los mortales si no soñasen? ¿Qué sería de ellos si no anhelasen traspasar el territorio de la sumisión y de la muerte en vida aspirando a otros mundos menos dolorosos y más gratificantes? ¿Por qué existen la música y los cantos y los oficios que crean lo que no fue nunca creado más que para hacer llevadera la marcha por los ásperos desiertos? Aquellos hombres rudos y extraviados la entendían a medias. Querían respuestas concretas, que la pitonisa les dijera lo que tenían que hacer y les garantizara que obrarían con acierto. Ellos argumentaron. Solo somos modestos navegantes, oscuros remeros que no hemos hemos conocido más que el mar y el sueño. Y entre ambos territorios lo que hemos recibido han sido penurias, necesidades insatisfechas y dolores que no siempre se han curado. Los que hemos tenido alguna vez familia apenas la conocemos. Salvo alguno de nosotros nadie sabemos de abecedarios ni de leyes ni de comodidades ni de las cortesías que gastan los pudientes. No queremos vivir más en ese vacío que va del mar al deseo. La mujer del oráculo, impertérrita y en la distancia, así les habló a los hombres desde el basamento quebrado de aquellas ruinas: No seáis ingenuos. Las sirenas os abandonaron por vuestra credulidad y yo no soy como ellas. No os garantizo ni placeres ni seguridades ni reinos donde asentar vuestras vidas maduras. Pero si queréis comentarme con más amplitud vuestras aventuras tal vez consigáis ver vosotros mismos la salida al laberinto en que estáis atrapados.




(Fotografía de Ata Kandó)

lunes, 15 de octubre de 2018

Naxos. Los navegantes abandonados a su suerte





















"Traje mi vida hasta aquí
Incisión amarga en la arena que se borrará".


Odysseas Elytis, Orientaciones.



Junto un instante antes de que los compañeros de Odiseo hubieron pisado tierra firme las sirenas desaparecieron. Cierto es que ellas habían sido guías complacientes cuyas sonrisas y cánticos hicieron concebir a los hombres la ilusión de que se les concedía un paraíso. Pero una vez aquellos navegantes curtidos y ajados se vieron en tierra desconocida, desprovistos de alimentos, herramientas y armas, cayeron en la cuenta de que todo pudo haber sido una ensoñación. Aquí habrá también pitonisas que nos pueden predecir el porvenir, vayamos a buscar a alguna, se dijeron. Atravesaron campos yermos y dejaron de lado ciudades abandonadas y templos destruidos. Aquello les alarmó. En este territorio, comentaron, también ha habido guerras y si todo está devastado quiere decir que los que habitan estas tierras son tan humanos y feroces como nosotros. ¿A dónde hemos venido a parar? ¿Ha sido un viaje de búsqueda o un retorno cobarde y forzado, inducidos por aquellas fantasías en forma de atractivas mujeres poetas? El mar iba quedando atrás, la costa parecía haber desaparecido y cundió entre ellos la alarma. Si no tenemos el océano a nuestro alcance, ¿qué será de nosotros? No somos pobladores de tierras hondas, no entendemos de montañas ni de valles, accidentes estos de los que solo habíamos sabido su existencia por viajeros de fortuna. ¿Qué nos encontraremos a medida que avancemos por estas soledades? No obstante la angustia que invadió a aquellos aventureros ninguno echó en falta al jefe que les había prometido llegar a la ciudad anhelada. Más bien se resignaron con audacia. Si hemos perdido no solo la referencia del mar sino también la nave, debemos probar suerte o morir de inanición. Busquemos cuanto antes a la adivina para que nos oriente. Divisaron los restos de una edificación antigua, pero temieron acercarse a ella, pues si había estado dedicada a algún dios solo cabía esperar una maldición. Siempre podremos explicar a los dioses lo que nos ha sucedido, sugirió un remero joven. Pero todos le miraron con muecas irónicas, presintiendo que su bisoñez no sabía aún nada sobre las venganzas y condenas a que someten los dioses a los humanos, y sobre todo a los seres más ínfimos. ¿Y si hacemos una pequeña ceremonia de invocación que honre a los dioses que otros han debido deshonrar destruyendo sus templos?, dijo un hombre más culto. Pero los remeros se miraron escépticos entre sí, comentando: ¿desde cuándo nos ha interesado a nosotros, eternos réprobos, el mundo de las divinidades? Tal vez se lo tomen como un sacrilegio. Entonces, bajo el arquitrabado semi desmochado, percibieron el aura de una figura alba, severa, firme entre su ajustado chitón. 




(Fotografía de Ata Kandó)


sábado, 13 de octubre de 2018

Rincones. El huracán anunciado














Esperando al huracán. He metido los tiestos, subido el toldo, cerrado las ventanas. He colocado cerca la linterna de batería, un anorak y las botas altas de lluvia. He bajado al garaje a asegurarme que está bien cerrado y que mi Buick Wildcat del 65 se encuentra a salvo. He realizado una llamada a dos o tres personas que me significan mucho, para tantear su estado y saber si estaban advertidas y prevenidas, aunque todas me han dicho que mi llamada les sonaba a despedida (he tenido que disculparme, simplemente desmintiendo, es decir, mintiendo) En la mesilla un transistor que funciona de mala gana, de tanto cambiar el dial constantemente, el móvil y una botella de agua. Los noticiarios de tv se alargan dando máxima prioridad al acontecimiento. La primera vez que un huracán invade Europa, oigo. Debe ser parte del marketing que promociona las noticias meteorológicas. Así que desconecto el aparato. Dentro de un rato me meteré en la cama y me cubriré al máximo con el edredón. ¿Deberé antes echar un trago de Becherovka que tengo a medias en la repisa de los libros? ¿Qué se anuncia realmente? ¿De qué me libraré?

(Todo es alarma. Los mediáticos se han lanzado a la caza y captura del fenómeno. Todo son recomendaciones: no se acerquen a la costa, no salgan de sus casas, desalojen los objetos que tengan en el exterior, sujeten fuerte el volante si van por carretera. Diríase que una fiebre cívico obsesiva se ha desatado entre los mediáticos en busca de una nueva polarización de la audiencia. Ah, si Orson Welles estuviera aquí. Convertiría en otra guerra de los mundos aprovechando el tirón de la aprensión colectiva. “Señoras y señores, interrumpimos nuestro programa de música de baile para ofrecerles un boletín oficial de la Agencia Intercontinental...” No se le echa en falta. La gente prefiere hoy la realidad fingida, que no la ficción de la realidad. Pues se me acaba de ocurrir: como vea que ese viento anunciado de ciento veinte por hora me despierta a las tres encenderé el ordenador y escucharé desde la cama el programa radiofónico íntegro del 30 de octubre de 1938 de La guerra de los mundos. Dejándome llevar por el profesor Pierson prefiero soñar con la invasión extraterrestre. Es más fácil de aceptar que admitir que los hombres hemos alterado el clima con todas sus consecuencias)




viernes, 12 de octubre de 2018

Rincones. Ausente
















Hay días en que conviene estar ausente. Tal actitud, tantas veces necesaria y saludable, no debe evitar estar muy presente en el territorio íntimo de uno mismo. Que nadie penetre el perímetro amurallado con el que el cuerpo -pensamiento, voluntad, deseo- sabe protegerse de los cainitas. Al fin y al cabo, la mañana siguiente amanecerá y, por lo tanto, será otro día. Aunque la hueste inmunda del cainismo siga acampada, esperando nuevas oportunidades de perturbar la paz del hombre.




jueves, 11 de octubre de 2018

El maltratador de libros





Saco de la biblioteca pública un libro raro y además creo que agotado. En su día se me pasó hacerme con él y ahora puede interesarme. En la ficha de la biblioteca dice que solamente se ha prestado una vez, hace veintiséis años. Pero el ávido, se le supone, lector de aquel momento también era un maltratador de libros. Infinidad de páginas están con subrayados, anotaciones, llaves, asteriscos, cruces, paréntesis y otros símbolos de quien piensa que puede rasgar la ropa de otros como si fuera la propia. Me ha hecho pensar en la cantidad de signos de lenguaje que el ser humano ha puesto en práctica a la par del alfabeto al uso. Sin embargo me cuesta superar la repugnancia a leer un libro lleno de indicaciones, como si el bárbaro quisiera condicionar la lectura del siguiente lector a sus subrayados. ¿Es la sucesión de páginas con indicaciones lo que rechazo, siquiera por razones estéticas, o que alguien anterior pretenda dirigir subrepticiamente mi lectura? Ni una cosa ni otra soporto, así que he decidido devolver el libro, preguntar por la responsable de la biblioteca y decirle textualmente: yo no leo libros en condición de marranería. A la vez que pienso enseñarle el estado de las páginas. No sé si añadir: ustedes deberían preocuparse por comprobar que los libros son devueltos en buen estado, por dentro y por fuera, pero me arriesgo a una mala contestación, que ya me la sé. En fin, solo me queda acudir a otra biblioteca a ver si tienen la obra o si por una casualidad en alguna librería les queda alguno en stock a buen precio. Conclusión: Repugnancia, sea cosa de un orate, de un profesor chulesco o de un maníaco moralista, los maltratadores cunden hasta con la letra impresa.   


martes, 9 de octubre de 2018

Naxos. Dicen las sirenas




"Desde la alta popa
se arrojaban al mar".

Hiponacte


¿Que nosotras nos los llevamos? Y qué. Bien saben los dioses que gobiernan oscuramente el mundo de los hombres que nuestro destino es festejar la ruta de los navegantes. ¿Qué otra celebración puede aligerar el esfuerzo de los esclavos de la mar sino la música y el canto que compiten con el fiero rugido del océano? Pero ellos, tripulantes exhaustos y descarnados por las inclemencias, ¿cómo podrían resistirse a la esperanza que brinda la poesía? La leyenda nos acusa de haberlos raptado, mas ¿no lo quisieron ellos mismos? Aquellos hombres rudos y marginados ¿no esperaban acaso alguna clase de salvación que hiciera del día a día una costa si no feliz al menos llevadera? Fue el ansia de lírica que soterraba en lo más hondo de sus corazones lo que les llevó a desprenderse de los remos. Hasta el siervo más dócil o el mortal más curtido y depravado guarda en algún lugar de su voluntad el anhelo de una vida rescatada. ¿Para qué remar movimiento tras movimiento sino para caer muerto en cualquier instante sobre la misma bancada donde los cuerpos se van deshaciendo poco a poco? Ellos mismos nos lo contaron. Preferimos el riesgo de los dulces cantos que nos atrapan que el monótono y desolador ritmo del oleaje sin fin, decían. Y decían también: otros hombres nos marcaron con el hierro de una condición cruel, a imagen y semejanza del sol desollador y de las olas bravías. Padecíamos infinitas calamidades y penurias, y para una oportunidad que nos brindaron las criaturas de las profundidades, ¿cómo íbamos a dar la espalda a la fortuna? Las hijas del Océano no somos monstruos ni empujamos a los hombres hastiados hacia los abismos. Ninguno de cuantos huyeron de la nave se arrepintió, mas que nadie nos pregunte ahora qué fue de ellos, dónde habitan y qué clase de existencia llevan. Pues el placer y la felicidad no es un mundo a  revelar, y su descripción nos está prohibida.




(Fotografía de Ata Kandó)

lunes, 8 de octubre de 2018

Naxos. Odiseo a la deriva
















"El fragor de la mar
morada y removida en torno a mí,
anclado me retiene".

Simónides, Efecto del fragor.



A estas alturas de su desdicha desearía no ser como había sido, haber probado de lo que quedó al margen, tocar lo que no alcanzó, le gustaría no haber transcurrido por caminos que fueron callejones sin salida, calles cortadas que obligaron a retroceder sobre sus pasos, y en este sentido piensa si su pensamiento habría sido diferente, menos rebelde y más condescendiente en el justo tiempo en que uno fue y otro pudo haber sido, piensa así vagamente, a contrapelo, en choque con los hechos que llegaron a suceder y que no admiten cambio, mientras el oleaje le exaspera, pero es tarde, fue tarde incluso al momento siguiente de tomar decisiones, de elegir una dirección, de decidirse por una meta que hasta entonces no se contemplaba para él, de pactar los acompañantes, de disponer los pertrechos y el aprovisionamiento, es tarde desde que la nave puso rumbo a experimentaciones deseadas cuya seguridad siempre es incierta, no cabía sino intentarlo a pesar de que ya preveía desde el principio que el futuro era una ilusión, un espejismo donde proyectar sus deseos confusos pero enardecedores, le habían hablado de riesgos cuyas denominaciones no aceptaba, desfiguraba el sentido de las leyendas y de los vaticinios para que se adecuasen a sus pretensiones,  necesitaba palpar la materia misma del peligro, lo que no se podía dimensionar más que acometiendo la travesía, por mucho que algunas descripciones de esta fueran o intentaran ser precisas le resultaba improbable valorar el alcance de cuanto iba a sobrevenirle, pero a medida que los días y las noches se apoderaban de él y de sus compañeros se veía más limitado para medir sus fuerzas en la accidentada progresión de la nave, incluso aunque le hubieran advertido de en qué parte del océano iban a aparecer los monstruos o a qué latitud se iban a mostrar seductores personajes fantásticos o en qué costa de proximidad iba a recibir acogida amable donde se le ofrecería detenerse para siempre, la duda sobre si había acertado le acompañaría, era su sino, y ahora allí, enmaromado a su soledad en una nave perdida, mientras arreciaban inclementes tormentas, herido por el sol, carcomido por la salinidad maligna, la piel ulcerándose a través de todo su cuerpo, y la intensa luz negándole la mirada, siente la acometida del arrepentimiento, envidia la suerte de quienes le han traicionado, le urge blasfemar contra la imaginaria patria que había concebido en sus ambiciones, ya no es el héroe que alguna vez soñó, a cada instante deja de ser el que fue, la otredad se impone, y piensa en medio del marasmo si a un héroe puede aún sucederle otro, y piensa si tendrá otra oportunidad al solicitar el auxilio de aquellas fuerzas en las que no cree, pues recibir su ayuda sería rebajar su rango, dónde está la virtud por la que antaño me reconocían, clama en su furia de hombre perdido, a punto de perecimiento. 




(Imagen de Ata Kandó)


viernes, 5 de octubre de 2018

Rincones. Futurismo











Los días transcurren y nos ignoran.  Llenar nuestra existencia de quehaceres parece ser el más elevado objetivo que nos proponemos. ¿Distinguir las acciones necesarias de las superfluas, dices? Hemos llegado a un punto en que todo lo consideramos necesario. Incluso aquello de lo que podríamos prescindir nos agita y nos sobrecargamos de angustia si no le hacemos hueco y lo satisfacemos. Mientras el Tiempo nos mira de reojo, irónico y compasivo, se teje en torno a nuestras vidas una oscura red. Cuando se haya confeccionado su opacidad nos privará de todo. No es que entonces no podamos expresarnos (lo haremos como quieran quienes echaron la red) sino que tampoco podremos pensar siquiera con y para nuestra propia conciencia. Será una extensa, general y urdida malla que rebajará nuestra tradicional condición humana. Seremos todos estúpidamente dóciles por imposición.



miércoles, 3 de octubre de 2018

Rincones. Lo efímero, entre el estilo de Karl Philipp Moritz y el de Bertolt Brecht






















Lo que hay hoy no lo hubo ayer y no lo habrá mañana.
(Parece obvio pero muchos piensan que todo ha sido y es eterno)

La gente dice:  siempre ha existido tal cosa.
Yo digo a la gente: ¿siempre has estado tú?

Durante todo el tiempo del planeta han caído rayos o ha habido temblores.
¿Cuántos han destruído tu casa?
O bien: qué suerte que alguno de ellos nunca haya quebrado tu propiedad o tu vida.

¿Han estado siempre las rocas donde las ves ahora?
La forma y el tamaño de las montañas ¿no han variado ni un milímetro?
¿Estos son aquellos ríos inimaginables de antaño?
La vega fértil y generosa que contemplas, ¿proporcionó antes los frutos que hoy se recolectan?
Y el desierto que conoces, ¿nació ya acaso como arenal inmenso o pedregosa extensión?

Tal pudiera parecer que la ciudad presente hubiera sido fundada desde el principio de la Historia,
pero, ¿cuántas ciudades anteriores están desaparecidas bajo el suelo que pisas?

Improbable cálculo: ¿suman más los muertos de todo el largo pasado o los vivos del presente?
(Tampoco serviría para nada tal operación matemática salvo para satisfacer la morbosidad)

¿Ha habido siempre opulencia? ¿Ha habido siempre penuria?
Lo que antes fue yermo hoy es fecundo. Antiguos florecimientos apenas se reconocen hoy en sus ruinas.

La salud de la que gozas, ¿la disfrutaron nuestros antepasados? ¿Por cuántos años?
(Sugerencia: procura por ella mientras puedes, ya que también tiene fecha de caducidad)

Si algo caracteriza a la vida y sus manifestaciones es su condición pasajera.
Si para algo sirve la conciencia de lo efímero es para obligarnos a saber más.
Si saber más tiene un fin útil es el entendimiento entre los humanos.
Entonces, ¿qué sobrevive? ¿El bien, el mal? ¿Las grandes obras, las grandes ideas?
Acaso simplemente la capacidad de superación.
Pero esta, ay, también es muy selectiva y, sobre todo, perdurable y pasajera.




(Ilustración de Wolf Elbruch)


martes, 2 de octubre de 2018

¿A dónde va la nave de los necios que acaba siendo la de los locos?





"Apreteu, i feu bé d'apretar", frase del día de un flojo timonel.

"Remad, remad, malditos", grito tradicional del arreador a los condenados a galeras.

Me quedo mirando con atención el grabado en madera representando a la navis stultifera, tema del libro de Sebastian Brant. Lo explica por sí mismo tan bien...

Con tan desastrosa tripulación, y auspiciados por vientos violentos, ¿se da cuenta el pasaje hacia dónde va? Y lo que es más duro: ¿A dónde nos llevan a todos?

Desgraciadamente hay otras naves por el océano hispano que tampoco andan más cuerdas. El choque podría ser brutal. Conmigo, que no cuenten. Lo malo es que nos enredarán a todos.



(Alberto Durero grabó)


lunes, 1 de octubre de 2018

Miscelánea de exaltaciones y exultaciones del uno de octubre





Una vez, cuando el niño se hizo muy mayor, encontró en un mercadillo de su ciudad varios calendarios de pared de años diferentes. Tenían todas las hojas de los meses. Le hicieron recordar los viejos tiempos.

La sencillez de aquellos calendarios de pared manifestaba la modestia general de medios en el comercio o la industria. Solo una lámina acartonada que reproducía alguna gesta de conquistadores o tal santo obrando un milagro. Del cartoncillo pendía grapado el fascículo de los meses.

En el hogar del niño nunca se guardaron calendarios enteros, ni siquiera la última hoja. En aquellas décadas de la España casposa, pobre y callada (se puede invertir el orden de los adjetivos, como en el juego de trileros, y se llegaría al mismo punto) el calendario se quitaba de la pared por San Silvestre y directo al fogón. Otro año que ha caído, decía el padre del niño, y que tengamos salud para el nuevo.

Las clases del colegio comenzaban en octubre. Durante muchos años no empezaron el día uno, como sería de lógica académica, sino el día dos. El 1 de octubre era la Fiesta del Caudillo (sic, amplíen la foto y comprueben) Los del parte de Radio Nacional, después de sonar los acordes de la Generala adaptada,  también lo llamaban la Exaltación del Caudillo. No había manera de que el niño entendiera qué significaba aquello de la exaltación, se pasó parte de su infancia sin entenderlo; qué suerte.

Hasta que un profesor de formación del espíritu nacional, que había sido excombatiente de algo, nos explicó a los niños que la exaltación era como una gloria que lleva consigo el reconocimiento de una persona por algo muy notable realizado y etcétera. Que en premio a sus hazañas había sido nombrado Jefe del Estado y etcétera. Entonces nos recordó por milésima vez más la gesta de aquel gran hombre que nos salvó a todos de los peligros y etcétera, por lo que los españoles debíamos estar eternamente agradecidos al Caudillo. Párense los etcéteras. Firmes.

Los niños de entonces estábamos muy agradecidos de no tener clase el primer día de octubre. La tensión de los días anteriores ante el inmediato comienzo de las clases, aquello de comprar libros y cuadernos, forrarlos,  disponer el plumier, preparar el guardapolvos, pensar en que íbamos a estrenar aula, el reencuentro con los amigos y la expectación por los nuevos, todo eso nos tenía en guardia nerviosa. Ya se sabe que el primer día es el primer día. Así que la fecha era providencial, de tal modo que el primer día resultaba ser el segundo. Cosas de las matemáticas españolas.

El día exaltante resultaba, pues, ser exultante. Y gozoso. Pendientes de que el padre o la madre pasase revista a los preparativos, naturalmente. Y dieran instrucciones severas.

De tal modo que al día siguiente nos parecía que íbamos más relajados para formar filas, cantar los himnos de rigor, rezar las oraciones, recitar los ríos, salir a la pizarra y decir sí a todo.

Entonces es cuando el niño junto con otros niños entró en la clandestinidad. Un estado más propio de la infancia de lo que nos imaginamos. Empezar a decir no a ciertas cosas. Y crear espacios donde el mandato o la prohibición se saltasen. Para ello había que ser muy clandestino. Si uno piensa en lo importante que fue la educación a la contra, la que emergía de comentarios entre chicos, por ejemplo, o en la aceptación de alguna propuesta aventurera, llega a la conclusión de que llevábamos dentro una capacidad innata de rebeldía. Timorata y excesivamente prudente, unas veces. Reactiva y repentina en otras ocasiones. Pero había que preservarla y mostrarla solamente en determinadas ocasiones. El miedo a la plural autoridad -la familia, la religión, el colegio-  era un hecho abrumador. Y el castigo amenazante, la consecuencia de descuidarse y bajar la guardia.

Creo que fue entonces cuando el niño empezó a darse cuenta de cuánto les gustaba a los mayores celebrar aniversarios, conmemorar acontecimientos y cumplir ritos. ¿En eso consistía el año? ¿En eso sigue consistiendo?

Fin de la miscelánea.



jueves, 27 de septiembre de 2018

Naxos. Habla Odiseo

















Las sirenas se sintieron despechadas cuando me hice atar al palo mayor. Revoloteaban locas en torno a la nave. Los demás tripulantes, siguiendo mi ejemplo, buscaron la manera de no sucumbir a los ofrecimientos y tretas de las ágiles nadadoras. Ante la decisión de mis hombres ellas se encabritaron más y pidieron apoyo a los céfiros. Todos temimos que pudiéramos perecer en aquella improvisada galerna, impedidos como estábamos para controlar el timón y los aparejos. Los hombres más rudos, enmaromados a los remos, se veían impotentes para maniobrar y enderezar alguna clase de rumbo que nos permitiera escapar de aquel vórtice. La constante bofetada de océano que sacudía mi cuerpo me imposibilitaba de emitir orden alguna y, lo que era peor, de pensar con serenidad. Mi objetivo era simple. Resistir y salvar a la tripulación.  Un único destino sellaba nuestras vidas. O nos salvábamos todos o perecíamos sin dejar rastro de nuestra miserable condición. En pleno abandono, agitados por la furia y las proposiciones de aquellos seres fantásticos, perturbados por el cansancio y el incontenible deseo que hace enfermar a los navegantes que llevan tiempo sin pisar puerto, tentado estuve a ceder y renunciar a la aventura. No pedí ayuda alguna a los dioses, que poco habían hecho hasta entonces por privarnos de dificultades. En aquella situación miserable y de práctica derrota me di cuenta que todo dependía de aguantar y resistir los embates de sirenas, vientos y tormentas. Que, si bien el azar se había portado con nosotros de manera alterna y contradictoria, era nuestra inflexible determinación la que podía inclinar la situación a nuestro favor. Entonces oí la voz firme, no carente de melodía, de la que parecía dirigir el coro de sirenas. Odiseo, tú y tus hombres os perdéis las compensaciones que están en nuestra mano proporcionaros, dijo. Nada habéis conocido antes de tanto cuanto podéis obtener de nosotras. Vuestra obstinación os perderá, pues no sabéis si más allá llegaréis a tocar costa. Esta es vuestra oportunidad y, por lo tanto, la verdadera meta. Los hombres escucharon también el contundente argumento y se miraron unos a otros, interrogándose. Yo temí que se rebelasen y se entregaran sin mi consentimiento a las propuestas. Con suma astucia las tentadoras sirenas habían hecho cesar los vientos y rebajar el oleaje, la claridad se apoderó del día, y una dulce calma chicha cautivó a la tripulación, que interpretó todo aquello como un signo de que debían entregarse. Quise elevar la voz, pero no obstante la tenacidad que todos saben que es tan definitoria de mi personalidad, no pude emitir palabra alguna. No porque mi garganta estuviera afectada, sino porque la duda me paralizaba. La suerte estaba echada. Nadie vino a desatarme. La nave vacía y yo nos miramos con repugnancia. Aquí sigo al pairo, esperando que otros navegantes me encuentren. Y, si soy sincero, y a pesar de mi vergüenza, no tengo ánimo de perecer pues sé que un gesto épico, aunque otros me recordasen con fervor pero inútilmente, no podría jamás devolverme la vida.




(Fotografía de Silvia Grav)


miércoles, 26 de septiembre de 2018

Rincones. Fidelidad



En la regresión a la que te ves abocado la sombra es más fiel al hombre que tú. Te es consecuente, te proporciona un indisimulado bienestar. Sin duda prefieres el reflejo en la pared al que percibes en el espejo. Perfiles y fondos indefinidos te hablan del que fuiste y te hacen seguir siendo. ¿Ves cómo al final lo abstracto te interpreta mejor que la precisión aparente de tus rasgos visibles, cuyo ajamiento tanto temes? Empiezas a entender lo que es la imagen de la vaguedad imperante. Despójate del rostro, vacíate del cuerpo, desvirtúa tu nombre. Que tus ojos no miren más que lo que fuiste, siempre abundante sombra; perecedera carne ahíta de nostalgia, hasta que se disuelva en ceniza. 



(Imagen de Michal Macku)


lunes, 24 de septiembre de 2018

Rincones. Aullidos

















"Dejadme con las cosas
Fundadas en el silencio".


Sophia de Mello Breyner Andersen, Instante, de Libro sexto.



Te desmarcas del griterío. Allá van todos en la misma dirección. Pero aunque unos y otros marcharan en sentidos opuestos te molestaría el ensordecedor y clamoroso aullido grotesco. ¿Cuál es la diferencia entre proferir voces ininteligibles dirigidas hacia un lado o voces que se enfrentan, igual de incomprensibles, procedentes de lados distintos? Las voces que no son interpretadas, sea cual sea el punto hacia el que se invoquen, llevan sangre en su punto de hervor, dispuesta a rebasar el contenedor de emociones. ¿Por qué no revisar entonces la sustancia de las voces, pelar las palabras que se emiten y desnudarlas de falsos significados? Es difícil soportar el apartamiento, pero necesario. Más cuando desde tantos rincones se concita a la grey a sustituir al individuo. Pero tú pugnas por desligarte del griterío. No estás por dar un talón en blanco a ningún profeta, a ningún iluminado, a ningún mindundi que se apropia de tu nombre y habla en tu nombre.




(Fotografía de Michal Macku)


domingo, 23 de septiembre de 2018

Rincones. Reclamación de la asimetría

















Es el movimiento lo que me hace parecer simétrico, pensé esta mañana cuando la luz del día me hizo emerger de la pared. Si permanezco quieto mi cuerpo se hace dos y en cascada cada órgano adquiere dos posiciones, dos medidas, dos volúmenes, dos desigualdades. Pero estas no son nunca dos desentendimientos. Lo asimétrico es cómplice, se aviene una diferencia con la otra en mí. Lo asimétrico, además, me divierte. Todo se multiplica hasta lo grotesco. Soy sombra, efecto de la irregularidad. Procedo de ella, me muevo a lo largo de las horas en ella, me refugio ante el desatino en ella, me acojo en el dulce regazo de su umbría cuando el cansancio me vence. Un pulso inevitable frente a la sombra que me da forma y caracterización es el movimiento. Inverosímil ejercicio donde se disuelven las partes de mi cuerpo y se hacen menos perceptibles a mi mirada. De hecho mi propio movimiento, impulsado desde dentro de mí o desde fuera de mí, me transforma. No me hace ni mejor ni peor, ni más sabio ni más torpe, ni más generoso ni más egoísta, ni más comprensivo ni más déspota. Es sorprendente cómo esa condición etérea del movimiento paraliza los cuerpos que hay en mí, los aísla de la madre sombra, bloquea su diálogo. Busca armonía imposible sin mi consentimiento. No me reconocería en la armonía, un término excesivamente espiritual, digamos, para mi comprensión sencilla de las cosas complejas. Cuando el movimiento me agita me paralizo. Dejo de pensar, me ausento de sentir, traiciono la conciencia, bloqueo la imaginación. O soy yo o soy movimiento, me dice una voz imaginaria que a veces escucho inoportunamente. Porque el movimiento es un tránsito que nos acompaña y no se estabiliza nunca. No sabe de las geometrías de los cuerpos disímiles. Su propiedad es poner en cuestión permanente la aparente seguridad de nuestras estructuras. El sueño es movimiento total. Cuando me incorporo sobre la cama y el cuerpo proyectado por la sombra empieza a tomar carta de naturaleza de un nuevo día sé que he ganado una porción de tiempo al movimiento, le he hurtado su capacidad dinámica para materializarlo en una imagen. Eso que suele llamarse individuo, que se adjudica un nombre, que contabiliza una edad, que afirma contradictoriamente una condición, etcétera. Mil maneras desiguales de ocupar el espacio estrecho entre mis firmes y garantizadas asimetrías. Al fin y al cabo la sombra, el hombre.   




(Fotografía de Michal Macku)


viernes, 21 de septiembre de 2018

Rincones. Mis cabezas, a contemplación














Una vez me hice hacer unas radiografías especiales, que no se llaman así, su nombre es más complejo y adecuado a técnicas ultramodernas. Mi intención original no era intentar saber lo que había dentro de mi cabeza, sino que perseguía simplemente la contemplación. Las tengo enmarcadas frente a mi cama. Nada de crucificados ni de profetas latinoamericanos demodés, me dije, nada de fotografía de los padres, y no os sintáis traicionados, añadí, ni siquiera aquella reproducción de El sueño del Franz Marc, que ya la tenía muy vista. Lo que necesitas, dijo un día una cabeza a la otra de las dos que alterno, es contemplar por las noches tu secreto perfil hasta caer redondo. Pero no tardando mucho caí en la cuenta de que al mirar no buscaba la relajación ni el posterior estado meditativo que te excluye en teoría del mundo, solo en teoría, sino percibir efluvios de esas zonas recónditas que al emerger desde sus profundidades ignotas puedan hablarme de mí más que la clásica fotografía exterior o, mejor dicho, aparente. Al fin y al cabo creo que he acabado cansado de mirarme a través de un espejo tan mentiroso como el del retrete, para adecuarme al ritual cotidiano de salir a la calle. Y más agotado aún de que la gente crea reconocerme por el aspecto que la piel, el cabello, la barba, los labios entreabiertos, mis ojos tristes o mis muecas van emitiendo día tras día al transeúnte cotidiano. Entiendo que unos y otros con quienes nos cruzamos y frecuentamos, incluso íntimamente, no tengan otra faceta de uno a la que aferrarse sino la de mi disfraz carnal. Por supuesto, mi sentido del pudor se resiste a mostrar mi calavera de segundo plano y no digamos el coqueto cerebro cuya polilobulación tiene enamorado a las dos testas que me acompañan. No me basta. La formación ósea sigue siendo apariencia; el cráneo no conoce otra misión que la de escudo protector de otros órganos; los lóbulos occipitales, frontales, parietales o temporales son hermosos y si fueran visibles desde fuera las personas nos enamoraríamos unas de otras por la esbeltez de su exquisita disposición o por la variedad del ajustado encaje o por la textura suave y sensible que nos ofrecen. No me basta. Por esa razón mi mirada nocturna, antes de combinar las posiciones de decúbito o la fetal, tiene que prospectar en el dibujo de esas líneas concéntricas que la tomografía me proporciona. Noche tras noche hago el seguimiento visual de las líneas, me introduzco por recovecos desconocidos, me detengo donde advierto una ruptura. Busco señales, razones, respuestas. Hay un inconveniente. Que la vista no me dota de suficiente agudeza como para no perderme en el recorrido. De tal modo que con frecuencia me extravío y tengo que comenzar desde el principio. ¿Que hay algo de viaje laberíntico en mi obsesiva intención? Sin duda. Pero no veo otro modo de conocer mi interior dual, ni de apaciguar la curiosidad de mis dos cabezas, ni de saciar mi multiplicada sed por aprehender los motivos por los que alienta dentro de mí la necesidad de combatir el tedio vital. Eso sí, al amanecer ignoro esos fotogramas cuyo tiempo y espacio van quedando obsoletos a medida que transcurren mis días.




(Imagen de Michal Macku)

  

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Rincones. El día que paso por delante de mí mismo





















"Decían que el día que un hombre pasase corriendo delante de sí mismo, aquel día aquel hombre lo tendría todo ganado o casi todo, que ya es mucho".

Mercè Rodoreda, La muerte y la primavera.


No ha sido solo en sueños cuando he visto que pasaba yo mismo delante de mí. También ha sucedido en una abstracción cualquiera, uno de esos ratos en que me quedo absorto, como ido, cuando alguien se dirige a mí y no me entero, cuando pierdo el autobús que estaba esperando, o una de esas circunstancias en que por ejemplo estoy tomando el café y tiro el café porque hay una fuerza oculta que se está despegando de mí y me empuja. Y no solo es una fuerza, no se trata solamente de un impulso, sino que por un instante veo con claridad que mi propia imagen me desborda, y entonces me veo a ras de perfil, tomándome la delantera, agitando mi cabello, alargando pausadamente una pierna y un brazo, pero sin marcialidad alguna, y luego acabo de pasar y me veo por detrás, sorprendiéndome de que la espalda vaya menos recta, y me transmito a mí mismo un aire desgarbado que nunca había tenido antes. No hay truco, ni proposición, ni me he preparado para el ejercicio. Lo más interesante es cuando paso por delante de mí y hago una mueca, que a veces percibo como burla, y no me molesta sino que más bien pienso: soy capaz de todo conmigo mismo. Hay veces que me reconozco a duras penas con ese otro que soy yo, hay veces que no le siento diferente y no me perturbo, y es chocante cuando en alguna ocasión me pongo delante de mí, me vuelvo hacia mí y me digo: ahí te quedas. Y entonces es cuando se difumina el flash. Y me alarmo por haber perdido el autobús o pido perdón al camarero por tirar el café o saludo con retraso al conocido que tan atento él como yo despistado ya se estaba alejando. Pero pasar delante de ti mismo no es sobrepasar. Uno no se sobrepasa a sí mismo salvo que quiera tomarse la vida como competición. Y si no lo has hecho antes no tiene ahora ningún sentido que intentes demostrar que eres más citius, más altius, más fortius cuando precisamente se te hacen sugerencias de oscuras resignaciones y nada te invita a correr ya ni contra nadie ni a pesar de nadie ni más allá de nadie.   




(Fotografía: Michal Macku)

lunes, 17 de septiembre de 2018

Rincones. Al fin solos, mientras varios milenios nos contemplan





















¿Recuerdas, mi señora, cuando te decía que te reconocería más allá de la muerte? He aquí el instante en que te descubres y una vez más me descubro. Me basta tu desnudez desprovista y esbelta, dotada de una pose de eterno retorno al origen, para recrear desde mi recuerdo tu hermosa desnudez vital. Con mi osamenta no han dado todavía, acaso la tierra sublime me haya precipitado aún más en lo hondo de sus entrañas, junto a otros desdichados, ignorados a causa de la dispar fortuna y de la inapelable condición. Tal vez la tierra considera que lo que quede de mi cuerpo no es digno de manifestarse y su castigo es hacerme permanecer en la oscura región de los sin nombre. Y, sin embargo, bendito el suelo que nos dio sus frutos y que nos acoge en su fecundo seno. ¿O es el papel que jugamos en vida lo que aún nos persigue en este sueño irreversible y marca todavía las diferencias? Soy ahora, como entonces, un don nadie. Tú la dama deseada por muchos pero selecta hasta el extremo de no atenerte en tu elección a los desposorios designados para tu clase. Yo, el servidor fiel que gozó de tus reconocimientos íntimos, aunque a los ojos de cuantos te rodeaban no fuera más que un fámulo discreto y cumplidor. Fui tu vasallo por partida doble. Una, en la prestación de atenciones a tu casa. Otra, por mi rendición a los reclamos que me llegaban de ti. Pero esta circunstancia, ¿no te exponía a su vez a rendirte tú misma a las imprudentes sugerencias que mi insistente mirada, mi conversación fluida o el esmero en el ejercicio de mi trabajo iban calando en tu inexperiencia? Corrimos riesgos ambos. Pienso ahora en nuestros encuentros subrepticios, cuando el entusiasmo superaba al temor de romper las reglas y saltarnos los cometidos que marcaban a cada cual inflexiblemente. Haber sido descubiertos te hubiera costado que te cercenaran la libertad; a mí, sin duda, la muerte. ¿O fue esa la razón por la que yo estoy fuera del mundo de los vivos mucho antes que tú? Mi pensamiento se solaza ahora en la memoria de los tiempos felices. Mi espera nerviosa y vigilante al caer la tarde junto  los álamos de la alberca. Tu salida disfrazada, atravesando la luz crepuscular de los callejones. Qué valor tenías, prescindiendo de la protección de algún confidente, afirmándote de ese modo en la prudencia. ¿Te bastaba saber que yo te esperaba para sentirte segura y firme en la arrojada decisión? Pero si nuestra mutua atracción fue fértil y placentera, ¿qué futuro podía tener más allá de los instantes clandestinos? ¿Devolverías al destino las joyas con las que te adornaban en los ceremoniales a cambio de habernos consagrado a nosotros mismos bajo otras circunstancias más admitidas? Era imposible otra situación. Ninguno de los dos podíamos escapar a la naturaleza de las cosas que nos hacían estar donde estábamos. Salvo que nos hubiéramos arriesgado a perderlo todo. Te reconozco más allá de los milenios. Muchos de los actuales vivos se preguntarán qué mujer habría tras el esqueleto mecido por la tierra. No voy a decir nada ni a traicionar nuestros sueños, señora mía. Además, desde los estratos donde me oculto no puede llegar mi voz.



(Fotografía de Sara Genicio aparecida en El País. Reproduce los restos de una dama importante hallados en el yacimiento prehistórico de Humanejos, Parla)


domingo, 16 de septiembre de 2018

Lobos de purpurado




Muy oportuno El Roto en la edición de hoy de El País. Lo veo como una primera parte. Sugiero que la segunda entrega de este genial pensador de la realidad histórica, y más en concreto hispánica, que es El Roto, se centre en Los lobos con piel de oveja de la Iglesia, que son más manada, dan el pego y pasan (o quieren pasar) inadvertidos. Más adelante podrían venir otros lobos: de la política, de las finanzas, de las instituciones, de los negocios...Ah, pero ¿qué culpa tienen los lobos de que les adjudiquemos propiedades y vicios humanos abusando de su santo nombre? Larga la tradición española de los prejuicios, segregaciones, tópicos y sambenitos. No solo española, miren Hobbes qué desacertado anduvo con aquello de el hombre es un lobo para y consigo mismo.  Algún día los lobos también se quejarán de que les tildemos de mala fama cuando queremos hablar de las perversas conductas humanas. Y exigirán que se borren del Diccionario de la Real Academia las connotaciones estrictamente fieras de los humanos que se les ha colgado a ellos.