
Caigo en la cuenta de que últimamente me he montado mi propio cineclub. Totalmente personal. Es decir solo participo yo en la selección de películas de una plataforma y solo yo las veo. Yo me lo guiso, yo me las visiono. Y ya está bien de abusar tanto del yo; aunque el otro ídem se queje de que no le nombro. Para mi fortuna hay cine japonés y un autor como Kurosawa no se me podía escapar. Hemos visto siempre poco cine de directores japoneses, o lo justo, y gracias en muchos casos a los cineclubs voluntarios. Tal vez Kurosawa es de lo más visto. Rashomon, Dersu Uzala, Ran, Los siete samurais o Barbarroja pueden ser las más conocidas. Creo que para mí eran hasta hace poco las únicas. Y casi las tengo olvidadas. Mea culpa. Pero por azar descubro recientemente una de las más antiguas suyas, El perro rabioso, y otra de doce años después, Yojimbo, que me han sorprendido primero, agradado después y por último me han dejado pensando. Eso sí, sensación última muy placentera, pues el placer o es intelectual o no es placer, y acaso el mismo placer sexual, el mundo de los sentidos, no sea sino una forma de inteligencia que se nos da por añadidura pero que también conviene trabajar.

Vaya por delante que mi capacidad analítica sobre cine es mínima, tal vez nula. Me limito a ser un receptor desde la infancia, un aficionado juvenil tratando de dejarme empapar por las películas, por lo que se me escapan muchos significados e intenciones de lo que hay en ellas. A veces he tenido que ver más de una vez, o seguir viendo de vez en cuando, un filme del que he advertido posteriormente que no había captado o disfrutado lo suficiente. Terreno personal. De ahí que sea más dado a transmitir emociones percibidas que valoraciones críticas de enjundia. De El perro rabioso he disfrutado primero por el hecho de que sea un filme en blanco y negro, de 1949, año glorioso para algunos pero duro para otros, por ejemplo los perdedores de la Segunda Guerra Mundial, entre los cuales estuvo Japón.
Después, que se nos ofrezca la presencia protagonista de Toshiro Mifune, un actor favorito de Kurosawa que en esta película, con 28 años, da vida a un inspector de la policía impetuoso, nervioso, obsesivo, y tengo la impresión que de una tenacidad moral impecable. Un inspector llamado Murakami al que en un recorrido de autobús le birlan la pistola y teme tanto por su descuido, que le pone en evidencia ante sus superiores, como por el uso que el ladrón o quien compre el arma al ratero pueda hacer de esta para cometer un delito, acaso un crimen. El sentimiento de culpabilidad por haberse dejado robar le persigue de manera aguda en todo el filme. Por supuesto, hay un apoyo anímico y práctico de un policía veterano que le comprende y hace porque no ceje en su empeño de recuperar su colt ni cese o quede rebajado en el cuerpo policial. Mifune, como es habitual en todos los filmes en que participa, está impecable, no tiene la madurez de actuaciones posteriores, las barbadas, digamos, sino que en esta aparece afeitado, revuelto pero de una mirada con fijación atribulada ya espectacular.
Y hay otro protagonista fundamental que no es ni hombre ni mujer ni policía ni ladrón ni autoculpabilidad ni delito ajeno. El clima tórrido de Tokio. Todos sufren en cada escena el atosigamiento del calor, se muestran sudorosos, pasándose constantemente el pañuelo por la cara o el cuello. Calor que se transmite al espectador. Que recorre la urbe en cada espacio, los barrios bajos, las oficinas, los autobuses. ¿No es arte que se comunique al espectador no solamente una trama o la actuación o la dirección del filme, sino algo tan denso y plomizo, y nada invisible, como la sensación del bochorno? Difíciles años tuvieron que ser para los japoneses aquellos años posteriores a la matanza de la guerra. Ni siquiera les salvó el clima.
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El otro filme que he visto recientemente se titula Yojimbo. Es de 1961, pero se mantiene divinamente en blanco y negro. Yojimbo creo que se traduce como mercenario. Pero el personaje se trata en realidad de un ronin, uno de aquellos samurais venidos a menos, libres de señores a los que obedecer y que van vagando por campos y aldeas, sobreviviendo como pueden. Motivados en algunos casos por un viejo ánimo justiciero, respaldado este sin duda por la fortaleza física y calidad defensiva que aún mantenían de las viejas hazañas. Desde el primer plano la personalidad del ronin errante se fija en la mirada del espectador. ¿A quién vemos? ¿A un ronin cualquiera o a Tashiro Mifune de nuevo, barbado, ancho de espaldas, interpretando a Sanjuro, un ronin callado y discreto? El hombre de paso majestuoso y tranquilo, envuelto en su kimono, pertrechado de una katana y una wakizashi, llega a una aldea donde le espera una aventura arriesgada.
Esa aldea es la aldea de unos personajes la mar de bufonescos todos ellos, no obstante su pretendida ferocidad. Ignoro si el planteamiento de lo que va a suceder bebe, por capricho del director Kurosawa, de las películas del Oeste americano, o si tiene sobradas razones el guionista para saber que los enfrentamientos entre clanes rivales ya eran una tradición en Japón, como probablemente en todo el planeta. Pero ahí están los dos bandos enfrentados, zahiriéndose y mortificándose (y nunca mejor dicho, hasta la muerte) y condenando con ellos la vida que se supone nada halagüeña del pueblo. ¿Es pues el ronin Sanjuro una especie de vengador, de justiciero que trata de imponer su particular ley -la del antiguo samurai y su código del honor- frente a las bandas que condicionan la vida del resto de los pobladores, que casi no aparecen en el filme? ¿Se ha presentado ahí por su cuenta y riesgo para poner orden y facilitar la vida pacífica de sus humildes habitantes?
Mifune de nuevo cautiva. Toda una personalidad, no solo por sus facciones sino por su actitud ante la cámara. Control total de las expresiones. Gesticulaciones medidas. Voz robusta. Capacidad para trasuntarse de apuesto, firme y enérgico ronin recién llegado, al que todos enseguida temen, a hombre abatido y torturado por una de las bandas. Acompañamiento de una banda musical mesurada. Por supuesto, la mujer solo aparece en el filme o personificada en una oportunista y ambiciosa jefa de familia, de clan, o como corte de geishas esclavas. Pero hay otro elemento fundamental que atrapa en la película. Frente a esa belleza guerrera del ronin todos los demás personajes, y apenas se salva un par de ellos, parecen salidos del teatro kabuki. Sus rostros son verdaderas máscaras, rostros feístas, facciones exageradas, bocas desdentadas, cuerpos desiguales, hasta un gigante con mazo aparece en escena. El expresionismo llevado a un filme de Kurosawa. Sus movimientos, aun participando del relato de escenas ofensivas armadas, son verdaderamente bufos. El planteamiento por parte del director de utilizar una calle amplia donde dirimir sus enconamientos los rivales o enfrentándose al solitario errabundo proyecta aún más esta especie de sátira trágica. Una escena digna de filme del Oeste en el Oriente. Genera otra dimensión temporal. Es como si nos dijera: esto sucede todos los días en cualquier lugar del mundo y no hay justicia que lo pare. Pero en el filme, el justiciero Sanjuro/Mifune sabe lo que pretende y lo que puede conseguir.
Pues ya me he desahogado. Si alguien ve estas películas, que las disfrute. Se me habrán escapado muchos detalles. Pero eso es bueno, dejar hilos incomprendidos por si en algún momento me apetece tirar de nuevo de ellos.