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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 17 de diciembre de 2017

El segador y la sabiduría del manco Cervantes que estaba entero














"...Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas".


Capítulo XVIII del Quijote, de Miguel de Cervantes Saavedra.



(Fotografía de Nicolas Muller)

viernes, 15 de diciembre de 2017

¿Seguirem somniant?
















Lo que es del César, al César, y lo que es de Dios, a Dios. Es el dicho, ¿no? En esta misma línea, ¿habrá que decir también al sueño lo que es del sueño y a lo consciente lo que es del consciente? Pues bien, es que uno ya no sabe si llevar sueños a la realidad despierta ilumina u oscurece más. Y llevar lo tangible a los sueños, bueno, eso solo lo intenta el subconsciente, y ya sabemos con qué efectos limitados, aunque gratificantes, por supuesto. Observo de un tiempo a esta parte que muchas personas, ante la dura y confusa realidad cotidiana, atosigadas por mensajes que aplastan, relaciones que no funcionan y mecanismos de representación social que se trampean dejando al ciudadano como tonto, se dan por vencidos e invocan simplemente soñar. Una primitiva invocación que puede estar muy bien si es para unas horas y levanta la pesadez mental. Pero suele sonar a mensaje de publicidad de un producto, pues bien saben fabricantes y vendedores que proponer un artículo no solo mostrando su practicidad, sino sobre todo invitando a que el comprador se traslade a un supuesto supramundo etéreo y reconfortante (lo confortable ya no basta, por lo visto) es un mensaje de éxito de ventas. Coged una revista, seguid unos spots y veréis que gran parte de ellos no elogian tanto la calidad del producto como reclaman del consumidor su lado emocional, haciendo que proyecte deseos elevados, sueños no realizados, sencillos anhelos incluso. Es muy antigua la búsqueda de los apaciguamientos emocionales, afectivos e intelectuales ante la impotencia cuando no incapacidad por comprender el mundo exterior y el íntimo de un individuo. Las religiones nacieron o al menos se consolidaron probablemente para proporcionar al hombre una compensación falsa de sus miedos, disgustos, fracasos y límites. Como toda clase de droga natural o bien desarrollada químicamente en laboratorios, tal la múltiple variedad de ansiolíticos cuya frontera entre el uso provisional y el enganche prácticamente no existe para mucha gente. En fin, que uno no sabe bien en qué mundo vivir. ¿De verdad nos creemos que los sueños cambiarán el mundo? No me hagan sacar aquí la lista de acometidas oníricas del pasado que como poco no sirvieron para nada y que nos llevaron a muchos al tropiezo e incluso el desastre. Pero esa no debe ser la cuestión. El tema es cómo lograr que el individuo se sienta algo mejor en un mundo que se hostiliza cada día, desde nuestro entorno próximo al más amplio, y cómo conseguir que el desarrollo de ese mundo pueda estar un poquito más y mejor controlado por el ciudadano. ¿Tarea de gigantes en la que muchos dirán que en ello están? No sé, es una simple reflexión. Llegando las fechas que llegan, en que el bombardeo publicitario de productos supera con creces a las noticias, habrá que ponerse a cubierto en el rincón de acogimiento que cada cual tenemos en nuestro cerebro más íntimo. Y es que si no, ¿cómo se va a resistir uno a hacerse adicto a un yogur, si su ingesta, y más si es en tribu, proporciona efectos tan beneficiosos como la felicidad hogareña nada menos?






(No obstante el escepticismo, he creído que merecía la pena adjuntar esta canción bonita de hace años)


jueves, 14 de diciembre de 2017

Aforismo sobre la necedad al viento














Se empieza ondeando banderas y se acaba arreando con el mástil. O con algo peor. Los identitarios de cualquier signo no se apean del burro. Propuesta alternativa: frente a banderas, voces altisonantes, proclamas demagógicas  y palos, expónganse argumentos. Y tolerancia y respeto, por favor. Que lo que está pasando en España es de tontos. Y no hay mayor necedad que escupir al cielo.


(Grabado de Francisco de Goya)



martes, 12 de diciembre de 2017

Amores efímeros. Die stille














Antes de que sonara Bach sobre la nieve de madrugada yo esperaba. Antes de la nieve mi cuerpo estaba seco y rígido, y mis ojos se advertían cegados de tanto mirar la oscuridad. De la oscuridad brotó la llama de la nieve, porque la nieve no es blanca y crepitaba cuando ambos bebíamos de ella. Bebíamos a cuatro labios y nuestra boca nunca estaba fría. Veníamos de la frialdad porque el desierto es helador cuando se habita en él. Pero nunca conocimos juntos la noche del desierto, porque nos atraía el calor de la nieve. La nieve no dejaba atrás pisada alguna cuando atravesábamos la madrugada, sino el desvelo excitado de dos nombres. En el desvelo nuestros nombres se apareaban como escorpiones y la noche duraba el tiempo de su propio silencio. Los escorpiones también gimen, decía tu nombre. Pero no se les oye, exclamaba el mío. La nieve era negra y la noche toda era tu voz. Bach sonaba entonces a través del cauce mineral de mis venas, en cuyo interior la nieve se deshacía lentamente. Yo abría mi boca y engullía tus palabras urgentes de nieve. Tú entrabas hasta mi insólita profundidad para que yo la descubriera de nuevo. Luego escribías con tu dedo en mi paladar y mezclabas tus palabras con las mías. Cómo era aquella fonética, nadie sino tu nombre y el mío lo saben. Cómo se tejía su sintaxis, solo nuestra sangre blanca era testigo. Aquel mensaje que trazabas, renglón a renglón, llenaba cualquier palmo de mi cuerpo de antigua agonía. Yo leía de ti: vengo a paliar tu vacío porque no era el tuyo. Voy a escarbar en la nieve para que la vida que hay debajo de ella sea tu vida. Eso escribías. Tu palabra no hubiera sido sido la misma sin la música de ti que llegó con Bach. A veces solo escuchaba tu ritmo, que suplantaba cualquier mensaje. ¿Conocerán los alacranes la nieve?, me preguntaste en la hora tibia. Sin duda, te respondí, pero si no la conocen la traeremos para que laceren tu piel y beban también de tu nieve. Después de Bach supe que no era el dolor de la nieve lo que llagaba mis labios, sino el olvido.








(Porción del film Die stille vor Bach, El silencio antes de Bach, de Pere Portabella)


domingo, 10 de diciembre de 2017

Apunte sobre un ejemplo más de persecución febril o si Balthus levantara la cabeza





















Oigo, leo, me dicen que la obra Teresa soñando, del pintor Balthus, que está en el Metropolitan de Nueva York, es impugnada por nueve mil firmas de necios, de momento. ¿O habrá que llamarles simplemente mentes calenturientas y trastornadas por la moralina al uso en los USA? Nueve mil firmas que exigen que se retire el cuadro de su exposición pública. Afortunadamente el Museo no quiere darse por enterado y parece que no va a ceder a las pretensiones de los hipócritas. Leo también que la promotora de la recogida de firmas justifica así su pretendida acción justiciera: "Dado el reciente clima sobre el acoso sexual y las acusaciones que se hacen más públicas cada día, al exhibir este trabajo a las masas sin proveer ningún tipo de clarificación, el MET está, tal vez sin intención, respaldando el voyeurismo y la cosificación de los niños". Toma ya. ¿Retiramos todos los desnudos de pinturas, esculturas y cerámicas expuestas en los museos del mundo? Entonces, ¿en qué se quedarían estos? ¿Cuántos se cerrarían? ¿Qué hacemos con los angelitos de los retablos barrocos?¿Qué sería de la herencia artística recibida de nuestros antepasados? Camino de los nazis llevan algunos. Pero eso sí, el arte degenerado que los nazis persiguieron se lo guardaban los jerarcas para su placer personal o para negociar con las obras. Tiempos estos de mentecatos febriles que ven solo incitación al mal (al mal que ellos deciden que es mal) por todos partes.

Teresa, Thérèse Blanchard para los no amigos, tú a lo tuyo, a soñar porque así lo quisisteis Balthus y tú misma cuando posaste para él.



viernes, 8 de diciembre de 2017

Amores efímeros. La diosa





















Yo era aún niño. Cruzaba con mi padre y mi hermana Ann por Whitehall Court a la altura del pequeño monumento al soldado gurka, cuando ella bajó precipitadamente de un Austin FX4, el taxi que hacía furor entonces. Sonrió espontáneamente y pidió disculpas por estar a punto de tropezar. De pronto se detuvo, miró sorprendida a mi padre y acarició mi pelo zanahoria. ¿Son tus hijos, John?, dijo mientras ensortijaba sus dedos con mi flequillo. Me pareció que tenía una boca pequeña, ligeramente ovalada, a juego con unos ojos que a mí se me antojaron salidos de una escultura hindú. Debe ser una diosa viva que ha venido a habitar Westminster, pensé. Son mis hijos, respondió al fin mi padre, lento y con aire aturdido. Ella, sin embargo, se mostraba ágil y parecía contenta de encontrarse con mi padre. Hacía tanto que no sabía de ti, llegó a decir. La última vez en el pub de Arnold, balbuceó John. Estuvo bien aquello, dijo la mujer. Demasiado bien, asintió mi padre. Desde entonces nada ha sido igual; hayas oído lo que hayas oído nada ha tenido el mismo sentido desde nuestros días, comentó la mujer acercándose remolona a él. Sentí insegura la mano de mi padre, que me sujetaba débilmente. Ella es Christine, nos dijo de pronto a Ann y a mí. La conocí en la época que frecuentaba el ministerio. Una época muy especial, ¿verdad, John?, confirmó Christine. 

Tenía un cuerpo ligero, ni grueso ni frágil, y al hablar enderezaba la melena con un ademán coqueto de su mano, como si no quisiera que aquel rostro luminoso permaneciera oculto en ningún momento. Al menos para que no se extraviara a la mirada de mi padre. Ann y yo nos apartamos hasta la base del monumento al gurka, apenas dos metros, pero la conversación de mi padre y de Christine se difuminaba allí. Yo había visto tantas veces al asiático de fusil y bayoneta que estaba más pendiente de lo que hablaban los mayores que de atender a mi hermana. ¿Volverías a intentarlo conmigo?, oí que ella exclamaba contundente, casi exigiendo a mi padre algo que yo no lograba interpretar. No ha habido nadie después. He tenido que salir adelante, nada más, incluso creándome problemas. No soy esa que se dice por ahí. Mi padre farfulló algo que no logré entender y ella le sujetó la mano. Era una manera de agarrársela muy particular, apenas se la rozaba, y me pareció que jugueteaba con su muñeca. John extendió entonces la mano y dejó que sus largos dedos flotantes fueran acariciados por Christine. Los viejos amigos son los mejores siempre, pensé.

Dejé a Ann tocando los ramilletes de flores que había a los pies del monumento y me aproximé despacio hasta mi padre y su amiga. No es fácil, lo entiendo, dijo ella, pero aún tenemos una oportunidad. La que nos merecemos. Siempre creí que lo que una vez vivimos fugazmente no se había terminado. Que había una puerta abierta en el destino de ambos. Me pareció que el rostro de mi padre era otro, como si la luz de los ojos de Christine invadieran los suyos, de por sí tristes y algo apagados. Mi padre dijo tembloroso: poco podría ofrecerte a estas alturas. Ella cogió entonces ambas manos a mi padre, exhibió una seriedad tierna, y le respondió: siempre podrás darme lo que no he encontrado con nadie más. Ah, se me ocurrió ingenuamente, también los amigos de toda la vida se pierden entre ellos y tienen la oportunidad de recuperarse. 

No volví a ver a Christine. Jamás supe si John volvió a encontrarse con ella. Pero desde aquella mañana de fría primavera mi padre fue perdiendo lentamente el sentido de la alegría. 




(Christine Keeler fotografiada, 1963. Falleció el pasado lunes a los 75 años)


jueves, 7 de diciembre de 2017

El analfabetismo cultural pone al león más rampante















Me había propuesto hablar cada vez menos de política, entre otras razones porque se me da mal. Pero hay temas que sin ser estrictamente políticos sí son de cultura general y de saber. Ya había oído hace tiempo que probablemente el primer sistema parlamentario reconocido en Europa se había dado en el Reino de León, allá en los oscuros (o no) tiempos del Medievo. Los Decreta de León de 1188 fueron reconocidos por la Unesco como el documento de carácter parlamentario más antiguo de Europa. 

Reconocerlo no es hacer nacionalismo leonés ni castellano hoy, pero sí aceptar lo que hubo y fue, y con una entidad que ya quisieran los catalanistas que se inventan lo que no tuvieron propio, y lo digo por esa adjudicación gratuita del nacionalismo de arrogarse el Reino catalanoaragonés que, como tal, no lo hubo. Pero esto es colateral. Lo molesto e indignante, y supongo que entre leoneses, asturianos y castellanos tiene que ser hoy un choteo,  es que el ínclito presidente de nuestro Estado elogie al sistema parlamentario inglés como el primero de Europa, ignorando lo que hubo en nuestros territorios.

El nivel político y el nivel cultural deben ir a la par en los personajes que mandan y también en los que hacen oposición. Pero se ve que el conocimiento de nuestra historia sigue siendo un déficit de peso no solo entre la ciudadanía sino entre los gobernantes. ¿Efectos? Como poco, el agravio innecesario. Más allá el ridículo. Y como grave, la ignorancia. Las altas instancias de España no se libran del bajo nivel de conocimientos y así nos va. Se traslada a la actuación política y luego que nadie se extrañe que hasta Portugal esté teniendo más reconocimientos en el panorama político internacional que España. Me limito a los hechos. No aporto un criterio político. Y me encuentro en las antípodas de cualquier reivindicación política nacionalista y trasnochada. Sencillamente me duele el desconocimiento sobre la historia de nuestro país. Y cómo hasta las derechas que cosechan votos en graneros tradicionales escupen con su ignorancia a sus propios votantes. El león rampante se pondrá de uñas si se entera.  







miércoles, 6 de diciembre de 2017

Apunte reconstituyente con un apunte de Voltaire
















Para celebrar el denominado Día de una Constitución que debe reconstituirse brindo con Voltaire. Que es tanto como decir que brindo y apuro la copa por la corrección de los defectos, la reforma de lo  que no funciona, la superación de lo caduco y la puesta en marcha de la imaginación sensata y prudente de lo necesario. Quiero ser moderado y no dejarme empujar por impotencias. Tanto mal hace el aventurerismo como el inmovilismo. Del primero ya venimos viendo cómo es producto de aquello del río revuelto, de aprovechar las debilidades o limitaciones de otros para con el ariete del desatino y el fanatismo tratar de abrir una brecha contra los propios intereses colectivos. Es lo que viene haciendo un sector secesionista, infatigable al aliento del oportunismo. Pero no menos oportunistas resultan otros sectores que, sin ideas claras -¿cuándo ha habido un debate serio sobre el tema que no se haya expresado solamente en ciertos artículos alternos aparecidos en la prensa e involucre a la sociedad y a sus representantes?-  se guían solamente por tácticas electoralistas y cuyas propuestas, si las hay, también nos llegan confusas. No, los partidos no han trabajado el tema nunca y ahora mismo no se les ve con demasiada intención, más allá de la palabrería ad hoc. El inmovilismo de los herederos travestidos en mayor o menor medida del antiguo régimen, adaptado a los tiempos, no es precisamente constructivo. Esa sensación que transmiten de no creer en la Democracia, en tiempos en que ésta merma y exige a su vez transformaciones profundas, es siempre preocupante. Esa resistencia a no impulsar ni siquiera meros atisbos de mejoramiento legislativo lleva camino de ser suicida no solo para ellos sino para toda la sociedad. Y a mayores están los emergentes recientes que no saben por dónde se andan y beben del día a día, a salto de mata en ideas, en prácticas y en discurso, por lo que su referencia inestable no está resultando seria para la gente (a las encuestas  y al comentario callejero remito)  ¿Qué es lo que relaciona a aventureros, oportunistas, débiles emergentes e inmovilistas? La falta de pensamiento o, mejor dicho, la inhibición del pensamiento y del ejercicio de la razón. Así estamos. Sin saber quién enarbola una digna e inteligente propuesta de modificar lo que sea preciso para no ahondar las diferencias sociales y económicas entre comunidades, para no causar agravios por tratos de favor a unos respecto a otros, por tener un sentido de Estado que no sea a espaldas de todos y cada uno de los pobladores del país. Los tiempos de río revuelto pueden dejar fango bajo nuestros pies. Y la dificultad de caminar sobre semejante material inestable propiciará fanatismos, desencuentros, abandono de los ciudadanos que, al final, serán quienes pagaremos la ruina, no las élites sociales o partidistas. Os dejo la cita LVI de El filósofo ignorante, de Voltaire:


"Veo que hoy, en este siglo que es la aurora de la razón, algunas cabezas de esa hidra del fanatismo vuelven a renacer. Parece que su veneno es menos letal y sus fauces menos devoradoras. No ha corrido la sangre por la gracia versátil, como corrió hace tiempo por las indulgencias plenarias que se vendían en el mercado; pero el monstruo subsiste todavía: todo aquel que busque la verdad correrá el peligro de ser perseguido. ¿Hay que permanecer inactivo en las tinieblas? ¿O hay que encender una antorcha en la que la envidia y la calumnia prenderán fuego a sus teas? Por lo que a mí respecta, creo que la verdad no debe ocultarse ante esos monstruos, lo mismo que no debemos abstenernos de tomar alimentos por temor a ser envenenados".




lunes, 4 de diciembre de 2017

Un texto del sagaz Robert Burton














Agria pero clarividente y deliciosa descripción que el erudito inglés Robert Burton (1577-1640) nos ofrece en la introducción a su espléndida obra Memoria de la melancolía. Cualquier parecido con la realidad no es parecido, ¿verdad? Por supuesto, el escrito es de un tiempo pasado de entresiglos. ¿Sólo de aquella época y de la Albión? Dejo el divertido y enrabietado texto a la lectura sagaz de vuesas mercedes blogueras:


"...Donde son generalmente sediciosos y litigiosos, donde hay muchas discordias, muchas leyes, muchos pleitos, muchos abogados y muchos médicos, es un signo manifiesto de un estado destemplado y melancólico, como mantenía hace tiempo Platón. Pues donde bulle tal clase de hombres, harán más trabajo para sí mismos, de modo que el cuerpo político enferma, pero de otra manera estaría sano. Es un mal general en nuestros tiempos, una plaga dura, y nunca tantos de «los que ahora se multiplican» (dice Mal. Geraldus, legista él mismo) «como las langostas, no los padres, sino las plagas del país, y en su mayor parte una generación de hombres orgullosos, malos, codiciosos y litigiosos». Una nación que exprime los bolsillos, una compañía clamorosa de buitres con toga, «que viven de la injuria y de la sangre de sus conciudadanos», ladrones y sembradores de discordias. Son peores que cualquier depredador en un lado del camino; «que se encargan de hacer la paz, pero que son en realidad los verdaderos perturbadores de nuestra paz, una compañía de harpías irreligiosas, alguaciles que arañan y pellizcan» (quiero decir que nuestros habituales leguleyos hambrientos, aman y honran a la vez todas las buenas leyes y nuestros legistas notables, que son tantos oráculos y pilotos de una república bien gobernada) sin arte, sin juicio, que hacen más daño, como dijo Livio , «que la enfermedad, las guerras, el hambre o las dolencias»; «y causan una destrucción mucho mayor de la república», dice Seselio, en otro tiempo famoso civilista en París. Como la hiedra hace con el roble, lo abraza durante tanto tiempo que consigue sacarle el corazón, así hacen en los lugares donde habitan. No se ha de tener en cuenta ningún consejo, ni justicia, ni discurso, a no ser que los corrompas, debe ser pagado siempre, o si no, estará mudo como un pez; es más fácil abrir una ostra sin cuchillo. «Hablo por experiencia, dice Juan de Salisbury, he estado mil veces entre ellos, y el mismo Caronte es más apacible que ellos; él se contenta con una sola paga, pero ellos la multiplican, nunca están satisfechos». Además tienen «lenguas venenosas» (como las llama), «a menos que se aten con cadenas de plata», hay que pagarlos para que no digan nada, y ganan más por mantener silencio de lo que podemos ganar nosotros por hablar lo mejor posible. Hablarán bien a sus clientes, les invitarán a sus mesas, pero según sigue, «de todas las injusticias no hay ninguna tan perniciosa como la suya, que cuando más nos engañan, parecerán ser más honestos». Ellos se responsabilizan de ser pacificadores, y «de defender las causas de los más humildes», de ayudarles en sus derechos, de proteger a los afligidos, pero todo es por su propio bien, para vaciar los bolsillos de los más ricos; defienden a los pobres gratis, pero no es más que como reclamo para coger a los demás. Si no hay una disputa, pueden hacer una disputa sacándola de la misma ley, encuentran algún que otro recoveco, desunen a los hombres, hacen continuar las causas tanto tiempo, durante lustros, no sé cuántos años deben pasar antes de que una causa se atienda, y cuando se juzga y se resuelve, debido a algunos trucos y engaños, está tan fresca para volver a empezar, después de dos veces siete años a veces, como lo estaba al principio. Y así prolongan el tiempo, retrasan los pleitos hasta que se han enriquecido y han arruinado a sus clientes hasta la mendicidad".


(Texto tomado de la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 1995)



sábado, 2 de diciembre de 2017

Apunte sobre una secreta celebración de ayer















Ayer celebré en la parte luminosa de mi interior la fecha de nacimiento de un hombre sin el cual yo no estaría aquí. Cuando vivía él, la sagrada familia celebrábamos aquel evento con una comida casera -menestra, pollo asado, postre de crema-  extraordinariamente cocinada por la madre, que de ese oficio sabía bastante. Esperábamos a que él llegara de trabajar al mediodía y disponíamos la mesa en aquel espacio donde prácticamente se hacía toda la vida, la cocina, al calor de la bilbaína cebada por un buen carbón. Más allá, y como mucho, había el regalo de una corbata o una colonia (de pronto recuerdo que una vez unos gemelos) 

Los rituales que conocí en mi infancia eran sinceros, auténticos y sin alharacas. No dudo que tras la celebración de cumpleaños de cada miembro de la familia -se daría en todas las familias supongo- hubiera un reconocimiento al carácter de la institución que tanto elogiaban y tan ardorosamente defendían los clérigos. Pero creo que lo percibíamos de otro modo. Era ante y sobre todo la defensa de la supervivencia del pequeño clan, algo más puro e instintivo. El grupo familiar resistía las acometidas de la modestia en aquella España maltrecha, los límites, las escaseces, las dificultades y cualquier otro golpe inesperado o no de la vida, y lo valoraba de una manera especial en los cumpleaños. 

Ahora me queda solo el recuerdo de un tiempo desaparecido pero no borrado. Traerlo a la mente, sentir una fecha, poner imágenes imborrables es valorar al hombre o a la mujer sin los cuales, ya digo, uno no estaría aquí. Reconocer el mérito de la obra biológica y, matizando, obra eminentemente humana. Curiosamente, mientras vive el padre sientes más o menos la necesidad y el impulso de matarlo, como dice el psicoanálisis, y ahora que no está te gustaría ser demiurgo para hacerlo resucitar. Y aprender todavía lo que no aprendiste de él. En este sentido, también fue simbólico por mi parte que invocara saludablemente al hombre desaparecido. Alcé una copa real, nadie de mi entorno se dio cuenta, y como si fuera un canto le eché de menos (¿será que no llegué a matarlo del todo nunca?), en un gesto tal como dicen aquellos versos conocidos de Berceo que hoy me apetece citar:


“Quiero fer una prosa en román paladino,
en qual suele el pueblo fablar con su vezino;
ca non so tan letrado por fer otro latino.
Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino”.



(Fotografía de Isabel Gómez)

jueves, 30 de noviembre de 2017

La mujer del tren de Edward Hopper




¿Se puede leer un libro y a la vez vivir lo que se se vive en el libro? ¿Se puede contemplar una pintura, viendo de manera separada el tema, las formas, la escena y el tratamiento cromático, sin percibir que hay un ámbito que ocupas de manera refleja? Las lecturas y visiones pictóricas, o en general artísticas, son aquellas que se apropian de nuestros sentidos y que nos conducen a una comprensión emocional. Te pasa cuando vas con Celine al fin de la noche o con Leiris a la edad del hombre o a la caída de Camus o con Goya a sus fusilamientos y no digamos a sus pinturas negras. Emoción y sensación nos trasladan a entrar de lleno en un libro o en una pintura determinada. Y entonces vivimos las expresiones que se nos relatan en ambas. No, eso es imposible, dirán muchos, el emisor y el receptor solo se funden en el infinito. La lectura o la mirada a un cuadro, dirán, es entretenimiento donde entras en un argumento temporalmente  y sobrevuelas a él, pero siempre acabas aterrizando en la vida ordinaria que lleves. Más o menos como los sueños. ¿Y quién se queda en los sueños? Como mucho, te dicen, los libros y las obras de arte son medios de información y sirven para tener cultura. Domina ese criterio a mi modo de ver superficial. ¿De verdad creen muchos que si las obras interesantes de la literatura o de la plástica o de la música han influido tanto sobre los hombres es por su anodino carácter cultural? Algunos amamos ciertos libros porque estamos en ellos. Sentimos ciertos cuadros porque aparecemos en su interior. Los habíamos habitado siempre pero solo de vez en cuando caemos en la cuenta de ello.





martes, 28 de noviembre de 2017

Apunte sobre la mirada al hombre de Mircea Cartarescu



























"...Cada libro era una ranura por la que veía el interior del cráneo de un hombre. Eran unos cráneos con las protuberancias de la inteligencia, del valor, del orgullo, de la melancolía, de la vileza, delimitados y numerados con un bolígrafo. Abría cada libro como un cirujano que trepanara un cráneo y, para sorpresa del médico, en lugar de las mismas circunvoluciones y la misma sustancia cenicienta-marrón, irrigada por la arborescencia de los vasos sanguíneos, encontrara algo diferente en cada una de las duramadres desentrañadas: un niño acurrucado, a punto de nacer, una araña gigante, una ciudad en las primeras horas del alba, un pomelo grande y tierno, una cabeza de muñeca con los ojos vueltos hacia el interior. ¡Qué ósmosis tan curiosa se producía entonces entre mi cráneo y el de algún autor antiguo, de qué forma tan extraña se aclaraban entonces nuestras frentes!"

Mircea Cartarescu. Solenoide.

¿Por qué perder el tiempo en mirar las tontadas de los personajes que salen cada día en los informativos y periódicos? ¿Qué nos aportan las insidiosas tramas que, una vez transcurra el tiempo del escándalo, quedarán mortecinas para siempre? ¿Qué cuento de esos feos que presenciamos cada día no nos resultan farragosos, grotescos y carentes del mínimo interés? Y esos rostros con máscaras que hablan o alardean o sacan pecho para camelar a un público idiota o responden con dedos en uve a los vítores de una grey infatigable ante la farsa, ¿no son cansinos? Y esas figuras que se crecen ante un flash y prometen conceder y dicen que harán y aseguran con la boca pequeña integridad, ¿no nos resultan acaso increíbles a fuerza de lograr que descreamos? Y toda la matraca de los grandes anuncios para que compres el mundo y todas sus trivialidades de mínima duración en las grandes fechas en ciernes, ¿qué nos producen sino sordera, pesimismo y enojo? No nos dejan tiempo en ninguna parte para descubrir al hombre, sustituido por su propia banalidad. Para buscar lo que sea que haya sido y deba ser el hombre mejor asomarnos por la ranura de aquellas buenas lecturas que nos aportan la oculta veracidad. Para no sentirnos frustrados por el tiempo robado y las energías malgastadas. Dejemos las pérdidas para los que no saben sino procurarnos perder. 



(Imagen de Andrés Vesalio)

domingo, 26 de noviembre de 2017

Apunte sobre un Black Friday en Sinaí



O la vida a precio de saldo. Mientras aquí, es decir en todo el Occidente cristiano, laico y consumista, tenía lugar el día del comercio salvaje, denominado Black Friday, un monstruoso atentado terrorista en una mezquita del Norte de la península de Sinaí  -oh, el eco del reclamo bíblico-  se llevaba al planeta de las huríes a más de trescientas personas. Ni los mandamientos de Moisés sirven para impedir la matanza ni Alá y su profeta parecen parar el brazo del terror. ¿Son creyentes de la religión musulmana, organizados en una determinada facción, los causantes de la muerte de egipcios también musulmanes aunque de otra tendencia? Se han matado entre ellos, escuché el otro día, y me producía la frase repelús. ¿Y cuando se mataban entre sí los cristianos? ¿Cuando en nombre del Dios único se ha perseguido hasta el exterminio en nuestra historia más cercana? ¿Cuando se validan políticas cuyos efectos en muchas zonas del mundo se llama pobreza, desesperación e inanidad última? La vida a precio de saldo -manu sangrienta- de muchos países no tiene apenas eco en las sociedades occidentales y sus sistemas mediáticos. La oración en un templo tradicional está devaluada frente al culto eximio al ídolo del dólar o del euro. Black Friday for redemption.



(William Blake ilustra)

viernes, 24 de noviembre de 2017

Amores efímeros. La urraca














Se posó en el alféizar de la ventana, desafiando el frío. La miré y supe enseguida que no era un mero pájaro. Agitó su cuerpo, en un vaivén incesante. Escuché su graznido suave. Ven, dijo sin bajar la guardia. ¿Qué lado prefieres de mi plumaje, el negro o el blanco? Dudé si responder y ella lo comprendió. Mi parte blanca, dijo, te brinda el vuelo interior. Mi plumaje negro, la aventura expansiva. ¿Quieres elegir? Seguí dudando porque no veía que fuera necesario elegir entre el blanco y el negro. Se lo hice saber con cierta zalamería. Me gustas en la disposición de ambos colores. ¿Por qué tendría que separarlos, que sería lo mismo que dividir mi vida? La urraca hizo un movimiento majestuoso de sus alas, algo que no suele hacer ante cualquier mirada. Fue un instante y creí que se disponía a emprender el vuelo. Pero solo quería mostrarme la envergadura delicada y el tono contrastado de sus alas. Luego se detuvo y dio pequeños brincos en la poyata. Estaba claro que se exhibía para mí. No pudo reprimir su contento. ¿Me ves hermosa? Aquel cuerpo inquieto y a la vez seguro parecía corresponderme. ¿A dónde estás dispuesta a llevarme?, respondí. Su tono de voz era firme pero enternecía. No fue reproche, ni imposición. A tu alma atormentada, al principio de los días, a la isla de los sueños, propuso. Me precipité. ¿Tú puedes conseguir todo eso? La urraca entonces giró el cuerpo, me contempló divertida y fue contundente. Yo sugiero, tú lo intentas. Ven. Entonces comprendí la capacidad de seducción de un pájaro que supe que aun siéndolo no solo era pájaro. Abrí la ventana y emprendí el vuelo.



(Pintura de Qi Baishi)

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Apunte sobre huéspedes y huéspedes (o cuando dice George Steiner que somos invitados de la vida)













Huésped. Hace tiempo fue una palabra que me confundía. ¿Cómo es que se llama huésped a quien se aloja en una casa y a la vez también sea huésped quien da alojamiento? Sin embargo el rodaje que proporcionaba su uso aclaraba la confusión que no era y todos acabábamos situando a dos personajes que, uno pidiendo y otro ofreciendo, se complementaban. Huésped es un término maravilloso. Implica a dos partes con roles diferentes. Una es nómada y la otra sedentaria. (Me ronda el símil de los primitivos oficios, tal como el cazador recolector, el ganadero o el agricultor urbanita, que enfrentados al principio acabaron concediéndose mutuamente) Sin embargo el huésped que aloja y el huésped que es alojado parece que firmaran un pacto. ¿Circunstancial y pasajero? Tal vez solamente en la forma. Pues la necesidad es común y es la que fija la temporalidad. Y algo muy importante: el acuerdo sobre el uso de un bien y su prestación.

George Steiner dice una frase muy emotiva en su librito La barbarie de la ignorancia: "Somos invitados de la vida". Esta es la verdadera e inexorable revelación. La única que se puede aseverar. Steiner exclama con fuerte entonación: "¡En este pequeño planeta debemos ser huéspedes! El francés (ya vemos que pasa lo mismo en español) tiene un término milagroso casi intraducible: la palabra huésped denota tanto a quien acoge como a quien es acogido. Es un término milagroso. ¡Es ambas cosas! Aprender a ser el invitado de los demás y a dejar la casa a la que uno ha sido invitado un poco más rica, más humana, más justa, más bella de lo que uno la encontró. Creo que es nuestra misión, nuestra tarea". 

Aquí dejo de teclear y de tejer palabritas para entregarme a la abstracción de la hora nocturna. Solo me surgen preguntas con cierto resuello esforzado. ¿Realmente tenemos claro que somos invitados de la vida? ¿Somos huéspedes que mejoramos nuestro hospedaje? ¿Vamos a dejar en buenas condiciones la posada para próximas generaciones?




(Imagen de William Blake)

domingo, 19 de noviembre de 2017

Amores efímeros. La sombra





















Mientras duró el invierno, noches interminables y días apagados, no se conocieron. Ella iba de madrugada a la fábrica de gaseosas y volvía a casa con sus amigas cuando se había asentado nuevamente la oscuridad. Las jornadas pasaban como meras fechas de calendario y la luz era solamente una noticia que llegaba con los conductores de las furgonetas de reparto o con el comisario de la zona  que pasaba revista a la producción semanal. Varvara Tanirova, empleada 0567 de la fábrica estatal de refrescos, vecina del distrito de Zelenogrado, vivía del recuerdo de la luz de sus días de infancia, como casi todas las demás compañeras. A veces pensaba: habrá otro tiempo, será otra vida. Pero en aquella región del extenso país donde había nacido el sol era un prisionero de las tinieblas. Las horas soleadas fueron convirtiéndose en una obsesión para Varvara. Por los altos y estrechos ventanucos de la nave apenas se iluminaba la parte elevada. Dicen que si sales a la calle ahora verás tu sombra, comentaban algunas compañeras. Pero nadie allí dentro podía comprobarlo. Los repartidores se mostraban sarcásticos cuando llegaban de su ruta por carretera. ¿Quién quiere una porción de rico sol y un trozo de fresca sombra?, decían a carcajadas con cierta intención obscena. Entonces las chicas les pitaban y hacían amagos de tirarles botellas de las que iban envasando. 

Varvara Tanirova podría haber comprobado la escasa parte soleada del duro invierno de haberse levantado pronto los domingos. Pero el cansancio le pedía permanecer en la cama, cuando no el juego insatisfactorio con su amigo ocasional. Estás mejor conmigo, le decía éste cuando ella exponía aquel deseo cada vez más obsesivo. Pero no estoy enamorada de ti, le respondía Varvara. Nunca decía más. Su amor era secreto y tenía forma ajena. No lo imaginaba con olor acre ni con el sudor de otros músculos ni con la tosquedad no siempre placentera con que sujetaban normalmente su cuerpo delicado. El piso, un interior angosto y reducido, era como la fábrica. Oscuridad o luz tenue, sin elección. A veces Varvara Tanirova se sentía tentada a salir después de comer, pero temía decepcionarse. Puedo ver el sol, o lo que llegue de él si la neblina lo permite, pero y qué si luego me espera nuevamente el ambiente mortecino. Si un día salgo a la luz es para que me empape de ella, para quedarme siempre en ella, pensaba de manera más y más persistente. 

Fue en un día que se presentaba a dos luces cuando Varvara se sintió mal en pleno fragor de la cadena de envasado. Sintió que se desvanecía. Siéntate aquí, le dijo el responsable de la línea mientra la llevaba al rincón donde había una silla. Varvara se dejó sentar, se veía sin fuerzas y presintió que aquella era su gran oportunidad. La quisieron enviar al botiquín pero el comisario, que aquel día visitaba la planta, terció con su autoridad. Mejor que salga a la calle y se ventile. Lo que necesite. Cuando se te pase, vuelves, le dijo amable el comisario. La chica enfiló la recta principal de la fábrica, saludó al vigilante de la entrada y se dispuso a pasear en torno a los muros de la empresa.

Era todavía pronto y el cielo se fue abriendo generoso, como si se le ofreciera en exclusiva. Su reposición fue inmediata, pero siguió andando hasta la avenida de abedules, simulando decaimiento y dificultad en el paso. Al llegar a la vieja fuente jugueteó con los chorros de agua y refrescó su rostro. El sol se volvía más intenso. En ese momento la vio allí, desdoblándose contra el granito de la fuente. Si se distanciaba el perfil mostrado era completo. Si se aproximaba al murete del manantial la sombra se recortaba. El movimiento de sus brazos se multiplicó a su lado, como si aquel reflejo desconocido tuviera vida propia. Varvara estalló en un golpe de alegría solitaria. No había testigos que impidieran tanta liberación. Ejercitó varios movimientos de gimnasia mirando de reojo para comprobar cómo la sombra seguía un ritmo análogo. De pronto se detuvo. Quiso contemplar a su compañera, que reproducía una esbeltez algo más difusa que la de su propio cuerpo, pero sumamente fiel. Te he estado esperando desde siempre, dijo en voz alta. Ahora que te he conocido no puedo perderte. Si vuelvo a la misma vida no sabré qué es el amor. Varvara Tanirova se quitó la bata de trabajo, miró con desdén la fábrica que había dejado atrás y se dirigió por la Rabotnitsa Prospekt hacia un destino indefinido. Pegada a las paredes de otras fábricas y almacenes de la zona fue dando saltos con su amante, aprovechando el tirón de aquella luz que no quería desfallecer. Temí que no podría vivir sin ti, sombra mía, cantó con euforia sin que le importaran los transeúntes. Aprovechemos este cielo abierto y seamos una para otra antes de que caiga la oscuridad, dijo Varvara Tanirova mientras se abrazaba a sí misma, absorta y feliz por la mirada condescendiente de su sombra anhelada. 



(Fotografía de Aleksandr Mijáilovich Ródchenko)

viernes, 17 de noviembre de 2017

Sobre el más allá transfronterizo









Max y yo hemos comido hoy juntos. Para celebrar nada. De aperitivo un Eiswen, el vino de hielo de los germanos que entra solo pero con el que nos apetecía acompañar a unos mejillones de la Gallaecia de donde acaba el orbe. Después nos hemos comido una escalivada mojada por el aceite de arbequina de Tarraco, con un punto de vinagre de la Emilia Romaña francamente sutil. A continuación, tatatachán, una fuente mediana de jamón ibérico de Al-Andalus. Luego, aquí redoble de tambores y fanfarria, cuarto de lechazo de la vieja y profunda Castella, regado por un tinto crianza de Toro. Y de postre un delicioso turrón de Agramunt acompañado de cava del Penedès. Parecerá poco pero ha sido algo intenso y poliédrico para nuestros gustos. Max aún se ha tomado tras el postre una copita de pacharán navarro, pero yo no podía más. 

La charla ha fluido sin fronteras, es decir sin prejuicios ni soberbias ni pedanterías ni fantasmas ni temores.

No hemos brindado por otra patria ni por otra fe que por la amistad. La única en la que ambos creemos. El más allá del más acá.



(Pintura de Jacob Jordaens)

jueves, 16 de noviembre de 2017

Apunte sobre la personalidad truhana de los vivientes de la política


























Qué truhan estás hecho, solían decirnos de niños benévolamente. Eres un truhan, aún nos dicen cariñosamente de adultos, en una concesión de amistad cómplice. Todo referido a un comportamiento de enredo, de buscar las vueltas con inocencia o de simple manifestación simpática. Nada comprometido y todo muy afectuoso. Pero cuando se mira en el entorno más amplio, en ese ámbito social y político, pasado por la freidora de los medios de comunicación y la publicidad de los partidos, es cuando el enfoque varía, se vuelve más embarazoso y grave porque el vocablo señala actitudes y prácticas que dejan en entredicho a la política, a la ética y a los mismos individuos que medran a costa de ese mundo amplio de la representación ciudadana.

Individuos unos con poder e influencia, además de estar en el meollo del control de la gestión de sus propias organizaciones, que llevan años en los tribunales porque queda en entredicho no solo su comportamiento delictivo personal sino el del propio partido al que pertenecen, y que para más inri moral sigue gobernando. Individuos otros con poder e influencia que se lanzan a aventuras ilegales y trasnochadas para cuestionar -bien en serio, bien de mentirijillas cuando no les sale la jugada-  la organización social y política de los ciudadanos, hablando e imponiendo en nombre de todos cuando son solamente parte, que no dudan en arriesgar con la ruina a su comunidad, que comprometen a sus propios seguidores, y luego los traicionan, que tan pronto se van como vuelven, que se disfrazan cuando les interesa y se maquillan de nuevo cuando les parece, jugando a presentarse a elecciones como si nada hubiera pasado. 

He ahí dos prototipos de truhanes de nuestros días en la sociedad española. Truhanes sin ideas renovadoras ni revolucionarias. Truhanes solo pendientes de su beneficio, tanto económico como político, porque en la esfera de la gobernación no se distinguen ambos objetivos con claridad. Truhanes a los que, a pesar de todo, siguen ¿inocentes? conciudadanos tanto en la calle como en las urnas, pero ya se sabe que la ceguera es un mal extendido y de difícil cura. Truhanes que, en fin, han convertido la política en oficio de truhanes.

Adjunto dos acepciones que la palabra truhan tiene en la lengua española. Una de hace casi tres siglos que solo ofrece una explicación digamos que lúdica y divertida. Otra, actual, que amplía y precisa la calidad del término. Ya no se trata únicamente de algo meramente risible sino que contiene también la acepción severa. ¿Tanto han variado las pautas y conductas de los hombres en trescientos años? Se confirma una vez más que la precisión del lenguaje acompaña a la ejecución de las obras humanas, buenas o nefastas, solidarias o egoístas, constructivas o desintegradoras. Acaso habría que llamar a las cosas y a las personas por el nombre que sus comportamientos sugieren. Mucha gente en la calle ya lo hace. Al fin y al cabo siempre nos quedará el lenguaje. 


"TRUHAN. s. m. El que con acciones, y palabras placenteras, y burlescas entiende en divertir, y causar risa en los circunstantes. Covarr. quiere se dixesse del Italiano Trufa, que vale burla, ò chanza. Lat. Scurra, æ. Ludio, onis. SAAV. Coron. Goth. tom. 1. Año 416. Conjurados contra él, se valieron [r.371] de un Enano llamado Bernulfo, que le servía de truhan."

Diccionario de Autoridades - Tomo VI (1739)



"Truhan, na 

Del fr. truand. 

1. adj. Dicho de una persona: Sinvergüenza, que vive de engaños y estafas. 

2. adj. Dicho de una persona: Que con bufonadas, gestos, cuentos o patrañas procura divertir y hacer reír." 

Diccionario de la Lengua Española. Actual.




(Grabado de William Hogarth)


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Apunte panfletario sobre la decadencia y el retorno al primitivismo según Jacques Barzun





En un párrafo del libro de Barzun Del amanecer a la decadencia. Quinientos años de vida cultural en Occidente el autor habla nuevamente de la Decadencia en la Historia, porque es uno de esos lugares recurrentes que no acaban de ser desentrañados. Barzun parece tenerlo más claro: "¿Cómo sabe el historiador cuándo aparece la Decadencia? Por la franca confesión de enfermedad, por la búsqueda en todas direcciones de una fe, o de muchas. En el Occidente cristiano han surgido recientemente decenas de cultos: budismo, islamismo, yoga, meditación transcendental, la iglesia de la Unificación del señor Moon, y toda una amplia variedad, algunos dedicados al suicidio colectivo. Para los espíritus laicos los viejos ideales resultan gastados o inservibles, y una serie de objetivos prácticos son transformados en credos sostenidos por actos violentos: luchar contra la energía nuclear, el calentamiento del globo o el aborto; salvar de la explotación el entorno natural con su fauna y su flora ('¡Queremos que vuelva el lobo!'); promover el el consumo de alimentos orgánicos en lugar de tratados, y proclamar condenas de la ciencia y la tecnología. Un impulso hacia el PRIMITIVISMO anima todas estas negaciones".

Aunque esta opinión es de hace dieciséis años, cuando apareció el libro, la lista que describe Barzun se mantiene y seguramente se amplía. De haber vivido hoy el historiador  -y ya vivió el hombre 104 años como para ser un testigo fundamental de muchos aconteceres-  probablemente incorporaría la vuelta de los populismos, de distinto signo formal pero acaso no de fondo, y el peligroso renacer insolidario de ciertos nacionalismos, que no plantean nada novedoso sino el viejo retorno al Estado nación -algunos no lo tuvieron nunca, y no hace falta que se cite aquí el caso más próximo- sin haber aprendido, ni querido aprender probablemente, la lección del fracaso de otros.

Todo podría resumirse en una especie de negación de aquello que más nos ha afirmado, con sus luces y sombras, en los últimos dos siglos: la Razón y lo que su desarrollo trajo consigo, esto es, el ejercicio del libre pensamiento, el raciocinio y la argumentación. Ver que la política, por ejemplo, se rinde hoy a un mundo de imágenes difusas y nada racionales, tal como la falta de análisis rigurosos, la extensión de la mentira y lo que se da en llamar la posverdad, el recurso a los planes tácticos y a corto plazo en políticas de gobierno y de oposición, la escandalosa manipulación de masas a través de todas las variantes de publicidad ideológica, el mantenimiento de una cierta influencia de las estructuras religiosas tradicionales que simulan aggiornarse, la desvirtuación de los hechos históricos, tanto del pasado como de la actualidad, la falta de abordamiento de los problemas de fondo donde el conflicto de clases parece haber sido relegado, la medición de los desajustes estructurales por una maniquea macroeconomía que beneficia más a aquella minoría de entes del beneficio privado en lugar de repercutir con cierto sentido igualitario entre la colectividad, todo ello, en fin, es como inflar un globo muy grande y de abundante colorido para el que solo es cuestión de tiempo que pinche y nos deje a todos a dos velas.

Que hoy día la política tenga un significado más emocional que lógico, más sentimental que empírico, más cuasi religioso que laico y más efímero que asentado es preocupante. Que sea bajo el debate de ideas y de propuestas enriquecidas -o bien se queden en papel mojado, sin aplicaciones reales- es angustioso. Que las alternativas políticas integradoras de todo tipo de sectores trabajadores no se vean por ninguna parte es nefasto y empuja a la sociedad a dejarse seducir por los flautistas de Hamelín que preconizan salvaciones traidoras. Que el sentido de la Estética y de la Ética esté sucumbiendo a expresiones industrializadas y carentes de respuestas a todo lo natural y humano -es bello y es bueno lo que produce ganancia, parece ser el lema imperante-  pone la puntilla al método mismo del Pensamiento racional. El desempolvamiento y revitalización de viejos símbolos  -cánticos, banderas, mitos reinventados y falseados-  es un signo también de esa decadencia de la que Barzun habla.

En este sentido la decadencia del momento actual ¿es solo una expresión de comportamientos de choque o más bien refleja lo perdidos que andamos los ciudadanos de las sociedades occidentales mientras los grandes problemas globales nos desbordan y los grandes capitales no cesan de hacer sus agostos? No, no son los del ruido identitario los que marcan la pauta, por más que estén viviendo sus contradictorios y penosos, si no ridículos, días de gloria publicitaria. Hay muchos que, ante todo lo que ha venido promoviéndose desde un sector de la sociedad catalana en orden a la disgregación, decimos cada vez más alto: Más Europa, por favor. Pero una de dos, o el proceso es lento o tampoco los Estados más influyentes y decisorios acaban de estar por ello. Pero si no se alcanza pronto más Europa ya sabemos lo que nos espera. Eso sí que sería el signo definitivo de la decadencia.






(Arriba, cuadro de Johannes Kupetzky. Abajo, foto de Barzun)



martes, 14 de noviembre de 2017

Apunte sobre un anhelo emotivo de Elio Berhanyer















Veo trozos del programa Imprescindibles, de la llamada televisión pública, sobre el diseñador de moda de alta costura Elio Berhanyer (88 años) En un momento dado el hombre hace una reflexión con la mirada perdida hacia el pasado que yace en su interior. "Cuando me vaya al castillo de irás pero no volverás, dice con ironía expectante, me gustaría que hicieran conmigo una cosa, pero no lo van a hacer. Me gustaría que me echaran desnudo donde mi padre...(pausa reconcentrada y emotiva del hombre) Pero no lo van a hacer" (parada muda, como si escuchara alguna clase de eco que solo él entiende) 

Indago algo sobre la vida de Elio Berhanyer (nombre artístico) nacido Elio Berenguer, hijo del jornalero anarcosindicalista cordobés Elio Berenguer Lobo, fusilado por los insurrectos contra la República de verdad en agosto de 1936. Entonces comprendo del todo su anhelo emocionante: Que me echen desnudo donde mi padre...Este hombre ha debido llevar toda su vida dentro de sí a su padre. Con su desnudez busca la desnudez de la tierra, persigue la vida perdida de su padre. Me quedo pensando: ¿pero sabrá dónde está la tierra que acoja a éste?  

Entonces resuena el verso de Luis Cernuda: "Sin víctimas ni amantes. ¿Dónde fueron los hombres?" (Poema Desolación de la quimera)



sábado, 11 de noviembre de 2017

Amores efímeros. La higuera




Sube tú primero, animó a la niña. Esperó a que ella trepara por el tronco inclinado de la higuera. Observaba fascinado sus piernas blancas y flacuchas que se hacían más largas a medida que el vestido de tirantes blanco se le recogía. Luego desaparecían tras una nube desconocida. Algún día le preguntaré cómo, pensó el niño. No te arañes con la corteza del tronco al subir, dijo ella, yo me quedo aquí apoyada. La vio como una exploradora alcanzando la cima, acariciando las hojas aterciopeladas de la higuera. La chica arrancó una y la hizo girar entre sus dedos por el tallo. Cuando llegues tengo un abanico para ti, ya te queda poco. 

Las brevas lucían su color morado suntuoso, algunas ligeramente rajadas debido a su madurez. El niño se recostó en otra rama gruesa cercana a aquella donde estaba la chica. Las hojas esbeltas le acariciaban la cara, escondiéndole parte de la figura de la niña. Respiró hondo tras el esfuerzo. ¿Tienes calor? Toma, puedes abanicarte, dijo ella y a continuación siguió hablando con tono imperativo, pero cariñoso. Cierra los ojos. Ahora abre la boca y prueba despacio, y extendió su mano. Las brevas hay que comerlas sin prisa y relamerse. El niño olió la piel de su amiga y obedeció. Muerde sin miedo. Sintió la aproximación de aquella pulpa delicada y jugosa. De pronto desobedeció y abrió los ojos. La contempló primero deslumbrado, también ansioso. Después la cató. ¿A que está dulce?, dijo con énfasis la niña a su compañero de juegos. Éste afirmó con la cabeza y siguió llenando su boca con la delicia azucarada del fruto. Abriré una para ti, le dijo a la niña. 

Cuando se sacudió las tiras de la piel del fruto, que se le habían pegado a sus dedos, eligió una breva de buen tamaño, sin fisuras. La que le pareció más esbelta y tierna. ¿Sabes que la forma de la Tierra es como una breva?, le dijo y la chica rió la ocurrencia. La desgajó en dos partes. Mejor la compartimos, tú te comes una mitad y yo la otra, será como una ceremonia, le ofreció. ¿Como los novios cuando se casan?, replicó la niña. Más que casarse. Yo te daré mi parte y tú la tuya, tenemos que comer de la mano el uno del otro, propuso el chico. Y eso ¿qué quiere decir?, replicó gozosa la niña. Pero él no quiso o no supo responder. Ambos comieron despacio de la vulva pulposa que se ofrecían mutuamente en sus manos extensas, como platos. Mordían a cachitos; ahora tú, ahora yo. Ahora me hace cosquillas tu lengua. Ahora tiemblo cuando tú me la das. Mientras, sentían cómo las morreras resecaban el perfil de sus labios. 

Al niño le pareció que los ojos de la chica crecían a medida que devoraba el fruto. Ella creyó ver en la mirada de él un carrusel de luces que oscilaban de color por momentos. Espera, me toca a mí abrir otra, dijo cuando terminaron. ¿No crees que nos caerá mal comer tantas?, y el chico habló como si fuera de pronto un adulto prudente. Será la penúltima, dijo la niña con picardía. Además, ¿no ves que nos las comemos a medias?




(Fotografía de Marianne Breslauer)

jueves, 9 de noviembre de 2017

Las folías, las locuras, de España



















Las folías de España es un tema musical que procede de la Baja Edad Media. Inicialmente es un tema popular, probablemente pastoril, que se componía tanto de canto como de música. En el magnífico Tesoro de la Lengua Castellana (1611), de Sebastián de Covarrubias, se proporciona esta información:

“Una cierta danza portuguesa de mucho ruido; porque resulta de ir muchas figuras a pie con sonajas y otros instrumentos, llevan unos ganapanes disfrazados sobre sus hombros unos muchachos vestidos de doncellas, que con las mangas de punta van haciendo tornos y a veces bailan, y también tañen sus sonajas; y es tan grande el ruido y el son tan apresurado, que parecen estar los unos y los otros fuera de juicio. Y así le dieron a la danza el nombre de folía, de la palabra toscana ‘folle’, que vale vano, loco, sin seso, que tiene la cabeza vana”.

Probablemente la danza y su estilo ya viniera de tiempos anteriores y vinculada a significados y expresiones más primitivos. Lo cual explicaría su ritmo frenético rayano en la locura. Curiosamente, en español folía sirve para designar tanto la citada composición musical como el concepto locura. ¿No se dice locura en francés folie? La folía prendió a lo largo del Renacimiento, se desarrolló más en el Barroco y hasta en el Clasicismo, y siempre manteniendo el temple y el compás, aunque muchos intérpretes la concedieran un virtuosismo superior. De un inicio popular y libérrimo la folía pasó a ser, pues, una interpretación cortesana en el extremo opuesto a sus orígenes modestos. Monstruos barrocos como Lully y Marin Marais la adaptaron de manera exquisita. Jordi Savall las ha interpretado por activa y por pasiva. ¿Cómo resistirse a escuchar una trepidante y breve, La Rêveuse, de Marin Marais?

Estas son locuras, folías, de España que reivindican la belleza de la música y del entendimiento frente a las locuras de los clowns de la política de nuestros días. Dice mi amigo Max sobre esta interpretación de Savall: quien no se emocione y vibre al escucharla es que no tiene alma.








Jordi Savall. Folías de España, de Antonio Martín y Coll







miércoles, 8 de noviembre de 2017

martes, 7 de noviembre de 2017

Recurriendo a Michel de Montaigne





















Cuando leo a un clásico no solo leo lo moderno, lo actual, sino incluso la novedad. Se puede objetar que la novedad de un clásico no es novedad en nuestros tiempos. Pero lo que aparece ahora es efímero y urgente, y aunque nos toca a todos se no suele escapar a menudo su comprensión. Nos cuesta captar cada experiencia cotidiana y mucho más asimilarla. Conocer es un proceso  que, acaso, cuanto más lento y medido más entidad y calado posee. Por ello me parece necesario recurrir al clásico, no obstante las propias dificultades y límites que yo tenga para acceder a él, porque asienta y me descubre el concepto de las cosas. Y su perspectiva y la mía. Es frecuente escuchar cuando se cita a un autor de hace siglos: pero eso ya lo sabemos. Y quien así habla lo dice con la osadía de creer que lo sabe todo. Prefiero verlo de otro modo, pues la condición que nos trae la edad avanzada no es que nos creamos sabios sino que descubramos que el relativo conocimiento de hoy nos ha llegado porque hubo sabios desde hace milenios. Y opto entonces, al acercarme a un clásico, por una suerte de consolación para mis cuitas personales y en lo que me toca de las colectivas, que me proporciona afirmación, y también cierto grado de seguridad y una nada desdeñable porción de equilibrio

Busco la confortación en cuanto han podido escribir los sabios del pasado. La miseria política que vivimos últimamente, cuya situación no niego que resulte atractiva y apasionada para muchos, está produciendo no solamente un desequilibrio en la situación económica y hasta cierto punto política de todo el país, cuyo precio a pagar puede ser alto. Está causando estragos en las relaciones de convivencia, problemas en la comprensión de de lo que acontece  y situaciones de nerviosismo, confusión y estrés en muchos individuos. Es probable que a  aquellas personas que menos se interesen por los temas políticos o menos se hayan acercado a entender la situación apenas les afecte. Pero hay otra parte de individuos, más sensibilizados, que han desarrollado, con sus luces y sombras, un grado de cultura política importante dentro de ellos, que lo están pasando mal. Naturalmente ello me conduce automáticamente a preguntarme: con la disponibilidad abierta y fructífera de una vida que se nos ofrece para procurar vivirla con satisfacción y salud, dentro de las posibilidades y márgenes que la condición social actual nos coloca, ¿cómo podemos perder el tiempo, la energía y la buena relación con los otros a cuenta de veleidades pasajeras, invenciones siniestras y ambiciones sin límite de minorías que las construyen sobre la manipulación y el seguimiento de una determinada cantidad de súbditos?

Dice Michel de Montaigne en su ensayo La semejanza de los hijos con los padres:

"La salud es algo precioso, y lo único que merece en verdad que se emplee no sólo tiempo, sudor, esfuerzo y bienes, sino incluso la vida en su búsqueda, porque sin ella la vida nos resulta penosa. Placer, sabiduría, ciencia y virtud, sin ella, se empañan y desvanecen; y, a los más firmes y vigorosos razonamientos que la filosofía pretenda imprimirnos en sentido contrario, no tenemos más que oponerle la imagen de Platón golpeado por la epilepsia o por una apoplejía, y retarlo en este supuesto a llamar en su ayuda a las ricas facultades de su alma. Cualquier vida que nos lleve a la salud no puede decirse en mi opinión ni dura ni cara."

Y es que en los días aviesos y conflictivos que nos tocan vivir, ojalá no más graves en el futuro, uno no puede conformarse con leer noticias y comentarios en aquella parte de prensa relativamente creíble. Mucho menos atender a tertulianos televisivos cuyos límites o servicio al amo son perceptibles. Los entresijos de las formas, los movimientos en la ardiente oscuridad que se traen la clase política y la económica, en los distintos planos, globales y locales, las jugadas de ajedrez de aprendices y maestros del juego de recorrido largo, no nos explican demasiado. Y sí nos desgastan considerablemente. Tener que escuchar últimamente a gente sesuda decir que está hasta las narices o que a la mierda la política es preocupante. Si los inteligentes dejan el terreno expedito a los mediocres -y sospecho que en la comunidad del país donde hay ahora un contradictorio conflicto que les encanta exportar ha sucedido así, y tampoco se puede hacer cantos de buena gobernación a los que dirigen el Estado central- estamos perdidos. Que no hagan mella en nuestra salud personal y colaborativa entre ciudadanos. Sería lo último. La antesala de algo mucho peor. Para cuidarme, para curarme, busco y rebusco en los clásicos.




domingo, 5 de noviembre de 2017

La evanescencia visible de Jean





















Viene a verme Jean a una hora imprevista, pero no intempestiva y menos perturbadora. Me queda poco para terminar el juego de la oca, me suelta tras interesarnos primero mutuamente por nuestra salud (ahora no nos apetece hablar de nuestros desasosiegos)

A Jean no le había visto desde bastante antes de iniciar esa serie de ocurrencias, como él se suele referir a sus escritos instintivos. La sigo, la leo, aunque no opine nada, le digo antes de que me pida cuentas. En absoluto pretendía saberlo, dice, simplemente es que estoy eufórico, y también perplejo, no tanto por haber llegado tan lejos sino por las enseñanzas, digamos, que me está produciendo. ¿Enseñanzas? ¿A ti?, le sigo el hilo. Sí, creo que cada individuo se enseña a sí mismo, no solo es lo exterior o personas concretas las que pueden aportarnos, que lo son, sin duda. Pero es uno mismo el que cataliza lo que va llegando, lo que percibe o lo que transforma. No es un camino recto, ni siempre de causa a efecto. Yo mismo he tenido procesos de aprendizaje rápidos, impulsivos, pero me resultan más satisfactorios y efectivos los lentos. En estos siento que aquello que me empapa, proceda de donde proceda, abren más mis sentidos y sobre todo  mi capacidad de asimilación. Podría haber esperado a terminar la serie, cierto. Pero es como cuando subo a una montaña o me aproximo a un faro. Siempre me detengo en el camino un buen rato. Como si mi cuerpo no quisiera conocer la meta propuesta. Me sucede parecido con la lectura, a treinta o cuarenta páginas del final voy ralentizando el avance, incluso me paro; me sucede con frecuencia si el libro es interesante y me agrada por diversos motivos. A veces dejo el libro unos días o un mes a mano, pero sin retomarlo. Como si no deseara que la trama concluyera o que su estilo gozoso muriera con la muerte del relato. Como si no pudiera alejarme del ámbito de los personajes o de su tiempo o de sus angustias y diversiones, que de todo hay. El desenlace puede esperar, no va a modificarse, pero mientras yo sí, y acaso, quién sabe, en unos días percibo el fin de otra manera. O yo mismo soy diferente y entiendo y siento diferente. Porque la lectura es sensación, también emoción, como ante cualquier proceso artístico que requiere al testigo, lector u observador, para que cumpla una función más amplia que la que pretendió un autor.  ¿Te parezco demasiado tiquismiquis? No, le digo. Cada uno tiene su método y su encaprichamiento. Estaría bueno que hubiera que leer como una regla monástica y no disfrutar como en un burdel, le digo con una falsa violencia no menos pseudo literaria. Jean sabe de sobra cómo soy, y de mis ironías exageradas, aunque nos veamos lo justo últimamente. Pero sé que quiere decirme algo más. Bien, tomemos una copa de vino juntos, ahora que te has desahogado, le sugiero. ¿Sabes?, y parece ignorar mi invitación. Creo que ha medida que voy terminando mi particular interpretación del juego de la oca se me ocurre que podría empezar de nuevo. Conociendo a Jean, no me sorprendo del todo. Ya no le puedo parar. Empecé de una manera, fui evolucionando de otra y ahora, casi al final, pienso que cada viñeta del ilustrador puede sugerirme nuevos temas. Nuevos enfoques, historias diferentes, juegos más allá del juego. ¿Es la ilustración en sí o es mi propia visión cambiante de las cosas lo que proyecta otras invenciones ?

El vino está sabroso. Su confesión hace que lo paladee más. Le digo: Jean, lo que ocurre, así de simple, es que la vida que llevamos dentro nos cambia cada día. Y cada día la degustamos más, como este vino de ahora. Y acaso nos acecha la trampa de creer que podemos disfrutar más de lo que nuestros límites nos permiten. No sé si podremos, ni hasta dónde llegaremos, pero al menos todo tiene un sentido más claro. Es la contradicción que debemos asumir. Y que nos llena. Sabemos más, percibimos de manera más enriquecedora y útil, nuestras capacidades y logros tienen más mena que ganga, pero no sabemos ya cuánto duraremos. Jean sonríe. Duraremos lo que la imaginación nos permita sortear el desgaste. He hecho bien en venir a verte. 


https://tulaevanescente.blogspot.com.es/2017/11/59-el-vuelo-ausente.html



(La ilustración es de Artemio Rodríguez)


viernes, 3 de noviembre de 2017

Apunte sobre Antístenes y Diógenes




Lo cuenta Michel de Montaigne -recogiéndolo de Diógenes Laercio- en el ensayo La semejanza de los hijos con los padres:

"Y, cuando el estoico Antístenes se encontraba muy enfermo y clamaba: ¿Quién me librará de estos dolores?, Diógenes de Sinope, que había ido a verlo, le ofreció un cuchillo: Él, si quieres, muy pronto. Antístenes replicó: No digo de la vida, sino de los dolores."

Estos cínicos...Dos posibilidades, dos métodos, para acabar con el dolor. Impecables los dos pero uno implacable. Sin embargo, ante la fórmula más radical y suicida, exterminadora no solo del dolor sino de la vida del paciente, tiene que haber un tratamiento alternativo, posibilista. Ciertamente también dice Montaigne más adelante: "¿Qué importa que demos el brazo a torcer, mientras no demos a torcer los pensamientos?". Pues es evidente que hay situaciones críticas en que ni se ve intención de ceder ni de corregir conductas y mucho menos de modificar los criterios del pensamiento.

Moraleja. No conviene ponerse en el peor de los extremos para acabar con un efecto porque se puede terminar con quienes los causan y con quienes los padecen.



(Cuadro de Jacob Jordaens)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Apunte a una cita de Jacques Barzun sobre la decadencia





















"Cuando la gente acepta la futilidad y el absurdo como algo normal, la cultura es decadente. La palabra no es difamatoria: es una definición técnica. Una cultura decadente ofrece buenas oportunidades ante todo al satírico". Lo dice el historiador Jacques Barzun en su extraordinario libro Del amanecer a la decadencia. Quinientos años de vida cultural en Occidente (De 1500 a nuestros días) ¿A que podría aplicarse a los momentos actuales? Sin embargo tal comentario aparece en el capítulo en que dibuja con una claridad pasmosa la revolución luterana y cuando se dispone a hablar de un hombre erudito llamado Erasmo, cuyos escritos divertidos  -los Coloquios-  no van a la zaga de su Elogio de la locura (o de la estupidez o de la necedad, como traducen otros)

Francamente, los tiempos decadentes que atravesamos en la actualidad podemos afrontarlos dramatizando hasta extremos angustiosos o relativizando a través del humor. Tal vez sea necesario e higiénico no dejarnos envolver por los sofismas vacuos y darnos más a satirizar situaciones y comportamientos, amén de divertirnos con aquellos personajes que se prestan al ridículo. Que abundan en el ruedo ibérico. No cabe otra actitud si no queremos perecer en el hastío o en la confusión. Los Coloquios familiares de Erasmo o el Coloquio de los perros de Cervantes fueron excelentes ejemplos de épocas diferentes que acaso nos conviene leer para amortiguar la estupidez política de nuestros días.



(Erasmo según Durero)


lunes, 30 de octubre de 2017

Apunte sobre la madera de los héroes




















No creo en los héroes, simplemente porque no me fío. Porque todo lo que me han contado acerca de ese tipo de personajes ha sido a través de vencedores que necesitaban encubrir sus hazañas sangrientas o de derrotados que pretendían justificar sus fracasos. Desde la Ilíada no me fío, y que me perdone Homero. Con mayor razón y con mayor información conocí de cerca la exaltación de los héroes de la última guerra civil, que no me tocó pero que me rozó porque fue una presencia onerosa y quemante durante décadas. Y en cierto modo lo sigue siendo, al menos para algunos. Cuánta patraña escuché, cuánta idealización, cuánta justificación de los vivos que llenaban el buche a costa de los muertos. 

Los héroes suelen ser tipos comunes que se utilizan como carne de cañón en las guerras, que no pretenden perecer en un asalto pero que se dejan engatusar en primera instancia por las ideologías en conflicto. Tipos comunes que a veces se han rebelado porque no querían ser cifra en la carnicería. Se sabe de soldados e incluso oficiales de bajo o medio rango que en la Primera Guerra Mundial se negaban a iniciar el asalto de trincheras porque sabían sobradamente que no tenían oportunidades de sobrevivir y automáticamente fueron fusilados por la superioridad propia. Consecuentemente a esos hombres se les tildó de traidores y cobardes. Los otros, los que caían como imbéciles, eran los héroes. De ahí cabe deducir que el héroe puede ser o un fanático o simplemente que se la juega para ver si sale vivo o aquel al que la dosis de alcohol o sustancias estupefacientes le enajenan. Al héroe le señala el destino con no disponer de muchas posibilidades de supervivencia. Cierto que autores de alguna hazaña han sobrevivido, bien por casualidad o porque cayeron otros por ellos. El mérito se lo encontraban a costa del demérito de la pérdida de vida de compañeros. 

En estos días en que ciertos personajes de la Catalunya profunda, seguidos por una determinada multitud ¿enajenada?, han jugado a ser rebeldes con causa pero sin excesivo mérito, sospeché con mi habitual ingenuidad que probablemente se les deparase un destino heroico. Llegué a pensar, estúpido de mí, que asumirían su papel de paladines sin mácula, listos a ofrecer su sangre  -Viurem lliures o morirem, reza un lema de ellos por ahí-  y a perder sus haciendas por una causa superior noble en la que creían firmemente. Al fin y al cabo sabían que se estaban saltando la legalidad pactada en otro tiempo por ellos mismos con quien consideran ahora su enemigo luego tenían que esperar sacrificios, sudor y lágrimas, era mi reflexión lamentable. Erré. Y de pronto hoy nos cuentan que la cabeza rectora de una supuesta secesión inconclusa, inconfesa y no mártir, junto con íntimos de su corte, se ha presentado en otro país huyendo de la quema. Penosa madera de héroes. ¿Qué pensarán de tan valerosa hazaña los seguidores y cruzados de la causa? 

Que cada cual saque sus conclusiones.  



(Cuadro de Antoni Estruch i Bros titulado L'onze de setembre)