*Anders Zorn. Medianoche. 1891. Zornmuseet. Mora. Suecia.
*Anders Zorn. Medianoche. 1891. Zornmuseet. Mora. Suecia.
En mis tiempos de forense he visto de todo. Si algo tiene la muerte de los demás, y uno no sabe de la suya hasta que no le llega, es que la muerte, que nadie duda que es un hecho general, resulta a su vez ser un acontecimiento cualitativamente único. La muerte es siempre a la carta, como la vida también lo ha sido. Y no me refiero solamente a la forma de morir, sino a la actitud ante el fin. O más allá aún: la imagen que refleja un muerto. La muerte tiene mil rostros, y todos son inescrutables, decía un poeta cuyo nombre no recuerdo. Lo puedo certificar. Y esos rostros expresivos para mí, que nadie ve pero que serían considerados inexpresivos solo porque ya no fluye la sangre, ocultan para siempre la última faz, la del estertor, que es donde se manifiesta el choque, advertido o no por la conciencia del individuo, con lo que deja atrás.
Hay muchos óbitos que escapan a los servicios de un forense. Nadie se imagina la de trampas que pueden hacer los humanos para producir un fallecimiento ajeno o bien el propio. No estoy diciendo con eso que haya que ampliar la plantilla de mi especialidad. Pero cuántas disecciones no habré hecho sobre causas que resultaron absolutamente naturales y, sin embargo, cuántos decesos que parecían resultado de un proceso lógico de enfermedad que no lo fue han escapado a una comprobación médica rigurosa, constituyendo una acción delictiva. A medida que han pasado por mis manos cadáveres de gente de todas las edades, resultado de causas innumerables y variadas, más he pensado en el hecho.
No, para mí la muerte no es un misterio. No estoy de acuerdo con quienes la denominan de este modo. ¿Acaso suele decirse que el nacimiento lo es? Hoy se suele opinar que no nos enseñan a morir o bien que no nos hablan lo suficiente de la muerte. ¿Quién lo haría? ¿Un clérigo que ha difundido toda la vida el miedo a la muerte y ofrecido una entelequia como eso de la vida del más allá? ¿Un sistema educativo centrado en preparar al individuo para la productividad? ¿Los criminales que desde su ámbito de delitos privados o desde esferas de poder o bien de Estado causan tanta aniquilación de vida cada día? Nadie está interesado en enseñar a morir, aunque haya psicólogos que accedan en casos extremos, con sus técnicas de manipulación de mentes, a un enfermo terminal. Aprender a morir, si es que hay que hacerlo, no difiere mucho de otros aprendizajes para saber estar, prosperando o manteniéndonos, en una existencia. Es decir, tú aprendes, debes aprender solo. No olvidemos que cualquier pensamiento sobre la muerte, y más sobre la propia, es ficción. Naturalmente, cada cual está en su derecho a ejercitar la fantasía en cualquiera de sus conductas, incluida la de imaginar y representar ilusoriamente su último suspiro. Y cuando llegue el momento, uno debe aprender a asumirlo como se ha asumido la vida total.
Algunos me han preguntado si no temo la muerte que me transmite un cadáver. Personalmente pienso que el temor a la muerte viene por aquello que transmite una enfermedad, un accidente o un crimen. El humano inerte para siempre, llámase cadáver o difunto, puede ser objeto de compasión, no de temor. Por otra parte, en todo caso el miedo a la muerte es la consecuencia del miedo generado a lo largo de la vida en la mente de cada cual. De los temores padecidos en el afán diario de sobrevivir, enfrentados a situaciones y riesgos de todo tipo. Y también tiene algo, o mucho, de frustración. Para los que han vivido más o menos bien ya que esa costumbre o inercia de haber vivido, no digo en quienes han llegado a edades muy provectas, que de por sí proporciona frustraciones y abandonos más o menos sorteables, y se sienten literalmente frustrados de no poder alargar ilimitadamente esa práctica del vivir. Claro que la degeneración del cuerpo y la pérdida de facultades amplias conduce a un hastío que puede invocar el deseo de abandono definitivo. Para quienes han tenido mala vida o arrastran enfermedades durante años, con crudeza atroz en tantos casos, aunque piensen en la muerte como liberación también viven esa frustración por no haber podido superar sus males.
¿Que tengo un oficio escasamente deseable? Eso piensan algunos, pero puedo asegurar que ningún otro oficio anterior me ha hecho reflexionar más sobre la existencia que este. Curiosamente todos alejamos el pensamiento de la muerte porque acaso nuestra propia genética contiene un elemento de supervivencia poderoso que nos hace creer que vamos a ser eternos. Simplemente no pensamos en el fin. ¿Cuántos niños, jóvenes o adultos con variados planes de vida piensan en la muerte? Muchos me consideran un tipo frío, carente de sentimientos y con un pensamiento mecanicista que no se deja influir por la presencia de un cadáver. Algo así como un impío. Se equivocan los que me consideran de este modo. No tienen ni idea de mi reacción emocional, sentimental incluso, cuando tengo que ponerme a practicar una autopsia. Mis ayudantes suelen dejarme a solas porque necesito un tiempo previo de observación ante el muerto, que en realidad es mi forma de plegaria aunque no invoque ni ritos ancestrales ni ideas deístas. Sí, tener en mis manos un cadáver es mi particular forma de intentar conocer a un individuo más allá de indagar en sus vísceras y observar las huellas causantes de su óbito.
*Enrique Simonet Lombardo. Una autopsia. 1890. Museo del Prado.
No tengas dudas, joven. Henos aquí a nosotros, longevos por no cuestionar nada. Tenemos salud, tenemos sobrados recursos de subsistencia, gobernamos una familia, influimos en las esferas sociales. Somos considerados y sumamente reconocidos. Nuestro esfuerzo nos ha costado y no todo ha sido miel sobre hojuelas. Muchas zancadillas nos han puesto por el camino pero las sorteamos y las nuestras resultaron ser más hábiles. ¿Crees que solo aprendimos en los libros y en las doctrinas de nuestros ancestros? No. El fluir cotidiano es el auténtico tratado del saber reconducirnos y adaptarnos a las circunstancias. Las gentes llegan hasta nosotros pidiéndonos consejo o que les facilitemos lograr un puesto o el modo de salvar la ley humana si caen en en alguna infracción. Saben que influimos en los gobernantes y se nos escucha en las instituciones. Así que no nos avergüenza admitir que estamos, a nuestra manera, en la cúspide del poder, aunque la palabra poder no nos guste, demasiado chabacana. Preferimos llamar ascendencia. O autoridad. O mentores. Pero eso sí, nunca nos manchamos la mano. Nosotros no ejecutamos, solamente sugerimos, instruimos o contribuimos a deshacer las indecisiones. Tenemos lo justo en nuestra posición de bienestar, aunque ¿quién puede oponerse a recibir más si el hacedor del universo o nuestro pueblo nos lo obsequia? ¿Cómo negarnos a colaborar con quien tiene el mismo estatus que nosotros, en este u otro país, y trata de compensarnos? Que las gentes nos sean generosas no es ningún pecado, sino la muestra de agradecimiento y complacencia por nuestra preclara orientación. Ellas necesitan quien ordene sus mentes y conduzca sus pasos por un camino lo más enderezado posible. Precisan de la seguridad no solo de las armas o del correcto funcionamiento del mercado sino de unas directrices sabias. El mundo es siempre tan confuso, ¿verdad? Así que no te dejes enredar, muchacho, con teorías nuevas que no lo son tanto o con ideales que no conducen a ningún lugar bueno ni duradero. Ni garantizan una larga y apacible vida. Porque, ¿qué prefieres tú? ¿Crecer como uno más que será vendido al mejor postor? ¿Trabajar las tierras de otros o desgastar el cuerpo en una fundición? ¿Perder la salud y rechazar una existencia plácida remando en las naves de los mercaderes? ¿Acabar como un zarrapastroso al ir por ahí pregonando formas de vida irrealizables? ¿Enfrentarte con la autoridad secular que sabe defender lo que es el bien para todos? Convéncete, hijo, que solo se salva uno adaptándose a lo que funciona, mal que bien, pero que es y debe ser incuestionable. Para que esto sea posible hemos heredado leyes sabias, mamado una moral intachable, respetado preceptos de ancianos y profetas. La sacralidad de los libros es la fuerza de la transmisión oral de quienes nos precedieron y que debe permanecer incólume. No te ocultamos que nos gusta discutir contigo. Eres tan bisoño. Nosotros también tuvimos interrogantes en nuestra juventud. Fue tan hermoso como útil para descubrir que solo hay una verdad, la de la aceptación. Incluso la de la resignación. Además este intercambio del saber con la inocencia sirve para ratificarnos en la seguridad que nos conceden nuestras certezas. Ah, ¿que insistes en que una certeza o una teoría o una convicción no es la verdad? Qué fijación tienes, joven, con esa palabra tan difícil de precisar. ¿De dónde la has sacado? Claro, de tus lecturas prohibidas. De las influencias de otros pensamientos que llegan de lejanos países. De tus excitadas hormonas que te hacen volar a paraísos fantásticos. Pero ¿a qué tú mismo no sabes definir ese vocablo?
Se hace el silencio. Hay una especie de conspiración en el grupo que rodea al joven. Este sonríe divertido. Los ancianos se sienten inquietados por su actitud. Bien, ¿qué tienes que decirnos?, le inquieren. Que os dejo por imposibles, responde el otro. Nos veremos otro día.
*Alberto Durero. Jesús entre los doctores. 1506. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.
Hay textos del pasado que no pasan de moda. De estar en vigor. De parecer que acaban de escribirse. En la obra de Immanuel Kant titulada Sobre la paz perpetua. Un borrador filosófico, escrita en 1795, se pueden leer cosas como las que a continuación copio y pego, tomadas de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Creo que quedan relatadas situaciones actuales, de estos mismos días. Quedan retratadas figuras políticas y quedan expuestas las prácticas que se están ejecutando como si la Ley y el Derecho internacional no se hubieran inventado nunca. Después de leer lo que dice el filósofo de Königsberg a uno le vienen a la mente muchas caras, los mapas geopolíticos, las acciones bélicas, el sufrimiento de las poblaciones y el descaro político de los que hacen sus negocios a costa de las sociedades de nuestro tiempo. Dice Kant:
Canción del mayor deseo
"El cielo es un dragón que sobre sí mismo se retuerce, buscando hacernos daño. Cogidos entre sus anillos, ¿cómo podríamos escapar a su cola ponzoñosa? Ninguno encontrarás que no haya herido ni uno entre cien del que se haya apiadado. Ni un solo pecho que se haya librado de las mordeduras de ese tirano cruel. Ni una sola estrella luminar refulgente, que no le sirva para marcar en los corazones libres la quemadura del cautiverio, a la que luego no cura de aplicar un bálsamo.
En la noche tenebrosa, deja pasar la luz por miles de ventanas. ¿Para qué si ningún corazón se ilumina de alegría? Durante el día, muestra su tinte uniforme como el del ropaje del león; pero cada noche sus pérfidos colorines recuerdan los del leopardo. ¿Qué bien podemos prometernos de ese monstruo de doblez? ¿Cómo no quejarse de una existencia amarga, que nos hace presa de dos fieras voraces?"
Poeta persa Chami (Nuru-d-Din Abdur-rahman). Siglo XV. Del Yusuf y Suleija. Traducción de Rafael Cansinos Assens.
Fotografía de la iraní Shirin Neshat.
Gabriel Metsu, Gallo muerto. 1659-1660. Museo del Prado, Madrid.
*Rembrandt van Rijn, Mujer bañándose en un arroyo. 1654. National Gallery de Londres.
O lo tomas o lo dejas. Así me habló el ermitaño. O aquí o allá, peroró nuevamente. Como yo mostrara cierta confusión por tanta disyuntiva solo dijo: ya lo entenderás. Qué deberé entender, repliqué con prudencia escasamente interrogativa. La vida, musitó ambiguo. Pero, ¿acaso hay vida en tu cueva?, respondí brutalmente, lo reconozco. Ya lo entenderás, me devolvió de nuevo con más énfasis, casi amenazante. Luego se adentró por un largo pasillo ganado por la oscuridad y le perdí de vista.
Aquel lugar no tenía confort mínimo alguno para los tiempos que vivimos. El anacoreta había buscado a propósito un espacio imaginario que le recordase el agujero de quienes se aislaban del mundo en épocas pretéritas y devastadoras. No era ruinoso pero sí se hallaba muy deteriorado y los corredores conducían todos ellos a estancias menudas y bastante tenebrosas. Aquel edificio, si se caracterizaba por algo era por la ausencia de voces. Un refugio para perderse de la vida humana o para perecer del todo en él, me dije.
Volví al cabo de unos días. Me apetecía fotografiar ciertas dependencias abandonadas que conservaban toscas bóvedas de arista, probablemente refectorios, cillas o la sala capitular. La reducción de luz que los constructores que seguían los modelos del Claraval habían conformado al levantar la estructura de aquel ámbito no facilitaba la misión. Solo cuando salió el sol y sus haces se hicieron valer allí dentro admiré el contraste y le di al clic, con mis dudas sobre la calidad de la imagen. En medio de tanta soledad hizo su aparición de nuevo el anacoreta. Has vuelto, dijo al recibirme. ¿Vienes también a quedarte o solo una curiosidad malsana te ha traído de nuevo hasta aquí? Le hubiera contestado que por qué la curiosidad tiene que ser malsana, pero caí en la cuenta de que el tipo no era un hombre de amplia conversación. No obstante opté por la plática. ¿Por qué debería quedarme? Ya te lo sugerí la otra vez, respondió conciso. ¿O no has pensado en ello? Si dejas el mundo del ruido habitarás tu verdadero mundo. Si, por otra parte, prefieres intoxicarte día tras días para vivir en la confusión, habrás elegido el lado de la muerte en vida. Asceta, eres un maximalista irredento. Porque entonces, ¿qué haces tú con una calavera en la mano? ¿No estás evocando también la muerte en vida? ¿No estás viviendo el vacío total, perdido en un deseo malsano? ¿No vas contra natura? ¿Sacrificas tu personalidad humana, haciendo dejación de tu capacidad de pensamiento constructivo? En fin, ¿reduces la vida a la muerte?
Ante la cascada de preguntas que no esperaban, por cierto, respuesta, pues eran más bien una regañina que probablemente no tenía derecho a echarle, el cenobita respondió ejemplarmente. Con su silencio. De pronto se traicionó, replicando agitado como quien protege un tesoro. No, no es una calavera cualquiera. Es mi libro de horas. Mi punto de reflexión. El soporte del sentido del tiempo que debo asumir. La mecánica del recuerdo. La herencia de una vida que se muestra hosca y sin satisfacciones. En este punto el hombre me hartó. Tu recuerdo no puede ser ese solamente, asceta. Habrás tenido un pasado como todos. Los humanos vivimos del pasado, con sus pros y sus contras, y ese bagaje nos da sentido, nos estimula para seguir, bien porque haya habido insatisfacciones en él y queramos corregir o porque nos haya gratificado tanto que nos estimule a seguir viviendo. Un engaño, dijo cortante el anacoreta. Lo real y el sentido resumido de las cosas, en cualquier tiempo de la vida, es lo que tengo en la mano. Y acarició aquel cráneo de mirada huidiza y turbia, como si se tratara de un ser necesitado de cariño.
A continuación, el ermitaño calló del todo. Se levantó de su postura genuflexa, tosió aguda y repetidamente, se alejó moviendo sus harapos hacia la concavidad más alejada de mi vista. Salí a la luz del día. Que perezca en su rechazo a la vida si es su afán, pensé sin acritud. Huir no es vivir.
* Francisco de Zurbarán, La meditación de San Francisco. 1639. National Gallery de Londres.
¿Te ves así? Me veo así. Más flacucho. Ni más ni menos, el que me parece que soy. Parecer no es lo mismo que ser. ¿Y qué es eso de ser? Pues lo que uno ha llegado a crecer, a adquirir dimensiones, a interesarse por la vida, y a poner buenas caras y muchas cosas más. Quiero creerte, pues me habían dicho que eso de ser era algo más trascendente. No te lo creas. Yo soy mientras dibujo, ¿sabes? Suficiente, pero veo que tú sonríes y en cambio el de tu autorretrato no. Sonrío porque me hace ilusión enseñártelo. Pues haberte puesto sonriente en el papel. No me ha salido. Entonces, ¿es tu otra cara? Todos tenemos otra cara, o más de una, supongo. ¿Qué piensas hacer con el dibujo? Pensaba guardarlo, pero si quieres te lo doy. Será un grato recuerdo para mí aunque no me convenza, no tiene la gracia innata que tú tienes. No te tiene que convencer, y si no te gusta lo tiras. No puedo tirar el regalo de un niño. Eso que dices me agrada. ¿Piensas dedicarte a dibujar, cuando seas mayor? Pienso dedicarme a divertirme con lo que se me ocurra. Pero eso es muy peligroso, no tienes más que mirar a los pendencieros y aventureros que llevan una vida desquiciada si no mala. No hay por qué ser de esos, a mí no me pide el cuerpo ir de pendencias. Pero la vida es muy exigente, no contempla con facilidad a los divertidos, y muchos piensan que estos son unos vividores. Pero tengo entendido que vividor es el que vive a cuenta de otros, y no se me ocurriría nunca; solo quiero vivir por mí mismo. ¿Viviendo, por ejemplo, de tus creatividades? ¿Por qué no? Algunos artistas pasan hambre; ¿no te lo ha dicho nadie? Eso sí que sería mala vida. Una vida arriesgada. ¿Y los que tienen otros trabajos no corren sus riesgos? Pues también. Yo lo que quiero es vivir intensamente el día a día. Eso decía un tío mío, que quería vivir intensamente. ¿Y lo consiguió? Pereció, dicen que una vidente le echó un mal de ojo. ¿Una vidente? Yo creo que más bien tuvo la mala fortuna de cruzarse con uno tan intenso como él, y le ganó la mano. Ese sí que sería algún camorrista. Pero no solo de tendencia natural sino de ideas que pretenden dominar el mundo. ¿Hay camorristas con pensamiento camorrista? Huy, no te imaginas cuántos. Yo no quiero ser de esos. Pues entonces prueba a divertirte con tus dibujos; un plumín, aunque puede herir tanto como una daga puestos a utilizarlo con aviesa intención, no llega al cuerpo a cuerpo; y además puede arrojar luz. Quiero ser así y dibujar para divertir y hacer reír a otros también. Buena propuesta, aunque acaso no te entiendan de buenas a primeras. Y dibujar el mundo de otra manera. Te quedarás corto, pero inténtalo. Oye, y dibujarse a uno mismo, ¿ya es dibujar el mundo? Una manera de empezar, digamos.
* Giovanni Francesco Caroto. Muchacho pelirrojo sosteniendo un dibujo.1515-1523. Museo de Castelvecchio.
Yace. Duerme o simula que duerme. Incluso sueña o se abisma en imágenes que recrea. Permanece desnudo desprovisto de sus atributos y de su bagaje armígero. No parece él mismo. Asemeja a un durmiente cualquiera. Pero no lo es. Tampoco descansa, aunque la imagen lo sugiera. No podría. Su cometido es demasiado activo como para permitirse reposo. Su misión es imperecedera y no conoce límites. Y no es la muerte la que le arrebata, sino un instante de fuga en quien no es en absoluto apacible. Su cuerpo no se aja. Sus facciones no se arrugan. Sus músculos no pierden la entereza. Su piel tersa y limpia oculta una rigidez áspera. La visible armonía de su torso oculta la robustez aniquiladora que subyace. Imaginarlo ausente es un error de cálculo para cualquier mortal que lo subestime. Es probable que se vea sometido a una tentación ilusoria que le ha hecho caer en un hechizo circunstancial. ¿Un hechizo para quien no se deja arriesgar por arrumacos y caricias vanas, que le parecen expresiones de debilidad? Atrapado por un sopor imprevisto cabe preguntarse si dentro de ese arrobamiento persistirá en la orgía apocalíptica que le caracteriza. ¿Detendrá la duermevela su saña iracunda? De la alucinación inducida despertará al cometido de todos los días. El crudo mandato que no cesa. Está ahí para manifestar la esencia mortífera de los hombres. La más tenaz. La implacable. La que impide que los estados de relativa felicidad duren. Esos tránsitos engañosos que los humanos desearían a perpetuidad. Cuanto se brinda en su entorno para intentar cambiarlo es ignorado por él. Ya pueden sonar himnos bucólicos o emerger de las aguas ninfas embriagadoras. Ningún tiempo ha sido posible jamás en la historia de los mortales sin su presencia funesta. Verlo en la apariencia de abandono puede llamar a engaño. Contemplarlo desprovisto de su parafernalia destructiva es solo ensoñación. Algunas leyendas y mitos lo han querido describir como vencido al amor. Muchos artistas lo han representado en una metamorfosis doblegada a la belleza femenina. Acaso en ocasiones haya llegado a creerse otro. Pero tras los sonidos de las caracolas lúdicas llegan siempre los ecos de las trompetas triunfales. El dios de la guerra no se rinde jamás.
* Sandro Boticelli, Venus y Marte. 1483. National Gallery. Londres