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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 23 de abril de 2017

À bout de souffle, La France




Aunque por el camino hayan ido perdiéndose la Egalité, la Fraternité y la Liberté...por favor, franceses, que la Razón siga guiando a la ciudadanía.


(Ilustración de Eleazar)


viernes, 21 de abril de 2017

Bosníaca. Los versos de Alisa en Caffe Muzicki




¿Sabe que hago versos sobre las cornejas? Hay amigos que me critican por ello. Deberías hablar más de lo que pasó y lo que sufrió la gente, y menos de pájaros, me dicen. Otros: defiende a los que dieron la cara por ti en lugar de irte por las nubes. Algunos son más zafios todavía y hasta se vengan a su manera nombrando a mis aves con epítetos despectivos y relacionándome con ellas. Es su modo de atacarme. Menos lírica y más épica, me sueltan con brusquedad. Pero yo los ignoro. El café Muzicki, en el parque At Mejdan, es un lugar agradable cuando no hace frío y la primavera empieza a ser exuberante. Alisa ha venido en vaqueros y con su camisa suelta, por encima del pantalón. Para mí hace un frescor que a veces me produce escalofríos. No me mire de manera rara por no parecer de la ciudad, soy ciudadana del mundo, aunque apenas conozca el mundo. ¿Sabe cuál es mi mundo? Lo que leo.Si una fuera solamente del ámbito que la rodea, de las religiones y etnias y normas que rigen repartiéndose territorios, me ahogaría. ¿Que he tenido suerte con que mis padres me permitieran libertades que a otros no se les conceden? Por supuesto. Pero la libertad en materia de costumbres y vestimentas no es algo escrito en ningún parte. Es lo que me gusta de los países totalmente laicos. La gente impone sus maneras y discurre con sus pensamientos y en el intercambio está implícito el respeto, ¿no cree? Yo le digo: para no haber viajado tienes una mente más occidental que muchos occidentales. Es que es tan obvio, dice Alisa. Si una se deja sujetar a lo que te imponen es como si admitieras barreras y ya se sabe cómo acaba todo: distanciándose unos de otros, disputándose sin limitación. Los pájaros están aquí pero pertenecen al aire y a los tejados. "Vivo en la ciudad de las cornejas/ donde las aves sustituyen al alma impía de sus habitantes./ Vuelan y se posan allá donde quieren./ ¿A qué ídolo deberían dar gracias/ si ellas tienen más sentido/ que todos los preceptos de los hombres juntos?", me recita de pronto. ¿Sabes lo que estás diciendo?, la espeto sorprendido. Vas a ganarte la antipatía, si no algo peor, de tus conciudadanos. Su respuesta me deja atónito. Y qué, dice. Si me molestan me iré con usted al mundo del que procede. 




(Fotografía de Inés González)



martes, 18 de abril de 2017

Bosníaca. La corneja




Háblame del río, corneja. De cuando la ciudad no era sino un villorrio. De cuando el río no tenía más bordes que los que apaciguaban sus aguas. Háblame del mundo, de otros mundos que llegaron de lejos y levantaron éste imitando sus respectivos orígenes. Háblame del trasiego y del caminar apacible, porque los hubo. Y de los cantos soñadores de los trashumantes de la poesía, y de los gritos divertidos de los niños, y de los brindis eufóricos y bienintencionados que los mayores hacían en sus celebraciones. Cuéntame de la vida que se alzaba y que se curtía entre inviernos de frío y de sombras. Háblame de la vida que pudo haber sido, aquella que fue y no duró el tiempo de una generación. Evoca el azar y la alegría de compartir, pero denuncia también las manos alevosas que decidieron tantas veces, de manera injusta, el fin de los hombres. Háblame de la muerte de un solo hombre, ello me basta para comprender con tristeza que el hombre ha nacido para matar. Háblame para que el don que se me ha dado de desbaratar todos los textos falsos de la historia, los que se narraron de viva voz y los que se escribieron adulterando todas las voces, cumpla su objetivo. Decir la verdad de la vida también es decir que se nace para la muerte de uno mismo, pero además, con frecuencia, para procurar la del vecino. Con cuántas manos blancas, con cuántos silencios, con cuántas miradas a otra parte propiciamos el fin del hombre. No. Nunca se puede renunciar a la vida, aunque su contrapartida aceche. Tener en cuenta el tándem que forman, ¿nos sirve para controlar la dirección única? No. Probablemente la dirección es inevitable, y nos tortura la idea de que no pueda modificarse. ¿Acaso es nuevo hablar de la muerte en tu suelo de limo, corneja? Tú sabes lo que quiero decir, pájaro callejero, y no te escandalizas de mis furias. Has conocido infinidad de visionarios, profetas y pontífices, que anunciaron, que siguen pregonando, bellas imágenes sobre la vida, a la que no dejan que sea naturalmente bella. Sus palabras suaves unas veces, enardecidas otras, se esgrimían con la misma tenacidad que más tarde hicieron con las armas. El doble bagaje suele ir de la misma mano.  Tanto tú como yo quisiéramos, ingenuamente, que la vida solo tuviera un rostro amable, limpio, risueño. Cuando no lo tiene sufrimos. ¿Durará esa actitud?, solemos preguntarnos tú y yo. Entonces, ante la duda y la sangre que corre, tú te vas y yo me recluyo. ¿Somos cobardes o demasiado sensibles, corneja? Nunca nos vamos del todo, solo esperamos. Al narrarme la historia más reciente de tu ciudad no me relatas nada que no haya ocurrido en siglos pasados. Ni haces inventario de lo que no haya acontecido en otros territorios. Las culturas no están tan alejadas unas de otras cuando la naturaleza las dibuja con caracteres y signos semejantes. Pero hoy, ojalá que por mucho tiempo, el Miljacka es un espejo de esperanzas. ¿Sabrá seguir siéndolo? ¿O su cauce contenido y murado es una metáfora de la sociedad que se codea y se soporta, acaso con pertinaz desconfianza, en ambas riberas? Tú, cronista de la vida y de la muerte de la ciudad, abres un pasillo donde los ojos de los ancianos que sobrevivieron se humedecen. Recorre conmigo las orillas del entendimiento.   




(Fotografía de Inés González)



sábado, 15 de abril de 2017

Bosníaca. La blanca legión




Baja por las laderas el ejército blanco. Es como si la tierra entera se hubiera abierto aquí y expulsara en un orden rabioso su interior, cristalizado en prismas, erigiendo la filigrana de una arquitectura de la muerte. La legión blanca toma zonas de la ciudad, se integra en ella. No sustituye la memoria, sólo la acompaña. No hay muros ni vallas ni alambradas para las tumbas. Toda modalidad de contención fue mientras los hombres estaban vivos. Las entrañas del suelo han tomado a las víctimas y mecen vacíos. Y los nombres, sin cuerpo activo, intentan fingir, inútil emulación, la vida que no tienen. Es una vecindad crecida de aquella barbarie. Una demografía insólita para otros acomodados del planeta, no para los ciudadanos de la ciudad antaño sitiada. La marcha luminosa acusa. Cómo fuimos capaces de infligirnos tanto daño, dice la voz profunda y culpable. Las hileras apuntan con su vértice a la barbarie. Con lo que cuesta llegar a este mundo, esforzarnos por sobrevivir y afrontar las dificultades, ¿por qué nos tienta tanto el oscuro riesgo de deshabitarnos? Los muertos, o son nuestra reflexión o no significan nada. O son nuestra conciencia estúpida y cruel del mal en masa o no sirve ni recordarlos. Cuántas formas de destrucción denuncian los silencios erigidos inútilmente al cielo. Sacrificios, pogromos, soah, exterminio, las mil maneras de la persecución, del odio, de la no aceptación de los otros. Bajan por las suaves pendientes, sorteando las calles. Esto es la historia. El retorno del viaje de un útero hasta otro útero. Pero a qué precio.



(Fotografía de Inés González)


viernes, 14 de abril de 2017

Colofón al día




No me he sentido nunca un abanderado. Pero cuando un viejo amigo al que no veo desde hace muchos años me envía una fotografía de su hijo y dice que la ha sacado pensando en mí me emociono. Es un significado recóndito y me enternecen unas palabras que me adjunta: "...pero el testigo lo cogen las nuevas generaciones". Ojalá. Que me perdone si soy escéptico, descreído y casi desesperanzado. Pienso siempre en lo que hay detrás de los símbolos, siempre lo que haya detrás. El símbolo como tal no me sirve. En este caso pido más. Razón, inteligencia, entendimiento, voluntad. Bello colofón para una jornada de memoria. Gracias, hermano. Nunca olvido nuestras viejas conversaciones sobre lo que nos inquietaba o ilusionaba. Hoy lo importante es sentirse uno acompañado, bien sabes que el viaje a Ítaca es siempre circular. Siempre se llega a alguna parte, aunque hallemos insatisfacción. Cualquier costa debe ser de acogida. Menos la infamia. Que en ella perezcan otros. 






Hubo un Estado laico




"Con las primeras hojas de los chopos 
y las últimas flores de los almendros, 
la primavera traía a nuestra República de la mano".



Antonio Machado.



lunes, 10 de abril de 2017

Bosníaca. Las puertas del Paraíso




Llevo años en el exilio. Cuando me muestran con aviesa intención una fotografía de la casa donde crecí me entra congoja. ¿Sigue así?, suelo preguntar. Me cuentan que nadie quiere hacerse cargo del edificio. Que hay documentos de propiedad en el registro y que solamente pueden hacerlos valer los herederos. Pero yo desconozco si hay más herederos, ni siquiera sé si yo mismo lo soy. Que nací y viví en ella varios años me convierte en legítimo, acaso no único, propietario, eso lo tengo claro. Pero no de la casa, eso es algo puramente accidental, sino del tiempo que disfruté en ella. Naturalmente, aquellos años también fueron efímeros. Aquella vida me marcó, y a quién no le señala la infancia, aunque luego se reniegue en parte de ella. Para mí fue un paraíso, tal vez el único que he conocido, puesto que los años que vinieron después estuvieron desprovistos de caridad. Algunos, no sé si con sana o interesada voluntad, me han propuesto volver, entrar en contacto con familiares y vecinos, para ver si es posible salvar la casa entrañable. Pero lo entrañable no reside entre las paredes vacías de aquella ruina, sino en la memoria de los momentos felices. Es dentro de nosotros donde se puede intentar evitar la ruina, si bien tampoco es fácil lograr la reconstrucción. Demasiados odios pesan sobre las vivencias lejanas y los recuerdos marchitos. ¿Podría entenderme con mis íntimos de entonces, si aún sobreviven? ¿Seríamos los mismos cómplices y generosos que fuimos? No sabría cómo explicar a nadie que no soy un exiliado de unos por causa de otros, sino más bien un exiliado contra todos. Hay quien dice: pero tus raíces son tus raíces. Yo suelo responder: aquellas raíces fueron tóxicas. ¿Merecería la pena, por lo tanto, identificarse con su sustancia que en lugar de generar vida producía putrefacción? Cuando me dicen que soy un resentido no lo niego. El Paraíso aquel tenía sus puertas abiertas de par en par sin poner obstáculo a procedencias, rituales ni prejuicios. Pero el mundo de los mayores no era el de los niños que jugábamos en un mundo nuevo, tan diferente al ordenado y respetado por cada familia. El mundo era sobre todo nuestro mundo único, insustituible y donde la imaginación fraguaba lo que no se iba a aceptar por separado en cada casa. Los mayores ya no tenían la casa que teníamos aún nosotros y habían suplido el don de compartir por el retorcido sistema de intercambiar, donde unos se imponían siempre a otros. Si la casa sigue en ruina no es por mi culpa. Es una consecuencia del desentendimiento. Que la habiten las alimañas o la cubra la hiedra. En mi cabeza la casa aún está poblada de luz y de risas y de sueñas, incluso del mejor talante de los adultos, cuando aún se lo permitían. Ahora déjenme disfrutar de un Paraíso que me niego a perder. Allí en el tiempo, aquí en mi cerebro no soy un exiliado. 



(Fotografía de Inés González)


sábado, 8 de abril de 2017

Bosníaca. La poeta




En el autobús que va a Visoko me siento al lado de una viajera joven. Dice que está en la universidad de la capital pero que es su día libre. Aprovecho para visitar a un amigo que escribe, comenta con desenfado. Y yo también escribo, ¿sabe? Poesía, sobre todo, pero apenas la doy a conocer. No es fácil escribir poesía, o acaso sí, es una manera de escapar de la tradición amarga de nuestros padres y de la influencia de la religión. Me asombra que lo tenga tan claro, y se lo digo. Es que ¿sabe?, mi amigo y yo debatimos bastante, unas veces por internet y luego cuando nos vemos. Le pregunto si ha leído mucho. Ella dice que sí, que siempre le gustó leer. Mis padres consiguieron salvar algunos libros de la destrucción, al poco de nacer yo. Junto con algunos enseres nos trasladamos a Visoko, aunque al final de la guerra volvimos todos a Sarajevo. Aprendí pronto a leer y mi madre supo enseñarme a interpretar. No es fácil, créame. ¿Enseñar o interpretar?, y la pregunta va con trampa. En las circunstancias que vivimos lo primero no era cómodo, ella tenía que dedicarse a más cosas que ocuparse de mí. Pero interpretar es muy conflictivo. Para interpretar una lectura tienes que ponerte en el punto de vista del autor, o en el territorio y la cultura que sostiene al autor. ¿No crees que lo importante es lo que transmite, sea cual sea su cultura o su país?, le pregunto. La joven afirma rotunda. Por supuesto, pero los autores o sus orígenes aportan matices únicos, diferentes, y más si pertenecen a países alejados y también muy mezclados. ¿No ve usted que los temas literarios son universales? Casi todos los escritores dicen lo mismo, los de la Antigüedad y los de las naciones más lejanas, pero lo interesante es cómo lo dicen. En parte el enfoque, en parte el léxico, en parte la libertad que han sido capaces de conquistar con las letras. ¿Quieres saber mi opinión?, le digo a la mujer. A mí siempre me han sorprendido los autores clásicos, sobre todo por la claridad de su visión y cómo llegaban a conclusiones que no han quedado desvalorizadas. Pero entonces no existían expresiones narrativas como las que han evolucionado en los últimos siglos, me interrumpe. Y es muy de apreciar que la manera de escribir sea una herramienta para profundizar en el pensamiento y en la reflexión, principalmente lo que roza el carácter del individuo y el comportamiento de las sociedades, ¿no cree? Me asombra la capacidad de diálogo, y no solo la información que posee esta joven. Cuando llegamos a Visoko me da un número de teléfono. No deje de llamarme algún día, y me mira fijamente con desparpajo. Podemos quedar en el café Raja o alguno más tranquilo. ¿Conoce el Libertad?  Además, me dice sin darme tiempo a responder, tal vez quiera usted leer algunos de mis poemas.



(Fotografía de Inés González)


jueves, 6 de abril de 2017

Banalidad de banalidades, todo banalidad




El impetuoso, agresivo y omnipotente mercado en tiempos de banalidad extrema. Se me ocurre ver: la alegre protesta (sin riesgos), la alegre juventud (sin riesgos), la guapa gente (sin riesgos), los pacíficos manifestantes (sin riesgos), el interclasismo (sin riesgos), la interracialidad (sin riesgos), la interconfesionalidad (sin riesgos), la vestimenta desenfadada (sin riesgos), la canción compartida (sin riesgos), la confraternización con el orden (sin riesgos), la audacia contemplativa (sin riesgos)...¿Véis? Todo el secreto de la protesta de los manifestantes estaba en un sencillo bote que te venden en los lineales de un supermercado. El ligue de los artistas, en tiempos de no-obreros. Los símbolos más edulcorados de los 60 del siglo pasado. Los derechos civiles de beber un refresco, o lo que sea. El guiño a los guardias, que ya no pide pégueme más por favor. La conquista feliz y a carcajada y aplauso limpio de la calle. Todos iguales y la diferencia no era sino un producto. Y el choque apenas un recuerdo de los malos tiempos. Guays y divertidos somos y en el camino a la banalidad nos encontraremos. Al final, todos tan amorosos y queer, a casa, o a los bares. Objetivo conseguido. Reivindicaciones satisfechas. El mundo nuevo. La Democracia es ¿o era? una fiesta. Lo demás no existe. Estamos en sus manos. ¿No hay escape?


martes, 4 de abril de 2017

Evgueni Evtushenko ya está en la ciudad No




Yo creía que ya había muerto hace tiempo aquel poeta que deambulaba entre la ciudad sí y la ciudad no. Son cosas del olvido de los vivos. A los poetas los leemos por temporadas o rachas o impulsos.Y si uno hace un repaso de lo acontecido a lo largo de los años diría que por imposición, consejo, iniciación, moda, vacío, búsqueda, afán de descubrimiento y sed de placer. Por ejemplo. Tal vez por ese orden algunos hemos ido leyendo la poesía y, en general, la literatura. Naturalmente el carácter y la calidad misma de los textos que caían en nuestras manos en cada fase tenían una característica y una pretensión. Leer es algo muy curioso. Nos decían de niños: hay que leer para instruirse. Sigo sin saber qué es instruirse. En mi época nos daban para leer o cosas muy frágiles o cosas muy duras. Las primeras eran obras importantes harto recortadas y sintetizadas, por lo que sabían a poco, aunque entonces no teníamos idea de su dimensión literaria. Las segundas resultaban duras porque era un vano empeño que en nuestra visión de niños y jóvenes, que apenas habíamos tenido experiencias, pudiéramos captar lo escrito. Tema aparte sería las deficientes traducciones, la escasez de títulos, y nuestra propia limitación lectora. Así que podía ser normal que empezáramos leyendo ciertas obritas pero que con la adolescencia y sus experimentaciones y después con la primera juventud y sus complicaciones frente a la sociedad y la política imperante prescindiéramos de centrarnos más en leer y disfrutar. Algunos pudieron compaginar aventuras políticas y lecturas, e incluso estudios, para otros era difícil mantener equilibrios. Para mí, leer ha sido un ejercicio caótico, pero siempre bienvenido.

La primera vez que supe que había un autor ruso, entonces soviético, llamado Evgueni Evtushenko fue precisamente por estar metido en líos. Un compañero de facultad. algo mayor, tenía un empeño personal de verdadera militancia de la cultura frente al régimen del miedo y el vacío, y editaba una revista artesanal. Jugándosela en cada número, no creo que sacara muchos, y no obstante ir su revista de carácter cultural y literario, tenía problemas constantes con la policía política. Uno de aquellos artículos versaba sobre el poeta ruso. No recuerdo nada del texto, digamos que me pillaba grande, y probablemente los demás que recibieran la publicación pensaran lo mismo. El autor de la revista probablemente iba de honesto difusor de ideas y otros estilos, marcándose sus pruritos literarios. Pero entendiéramos mucho o poco era una manera de ir teniendo certeza de que el mundo era muy grande más allá de las costas peninsulares. Después de saber de aquel poeta ruso vivo supimos de otros ya muertos y nunca tuvimos tiempo suficiente para leer la literatura rusa con tranquilidad. Ni tiempo ni actitud, pues el largo debate político lo anegaba todo. Hoy leo por algún sitio que el mismo poeta era percibido entre los suyos de modo contradictorio, ora manipulable por el régimen para unos, ora crítico para otros. Yo, no sé.

Aunque tardé algunos años en descubrir la obra de Evtushenko, sí que supe de un poema que siempre me fascinó: "Entre la ciudad Sí y la ciudad No". En homenaje al autor, ahora que acaba de morir, la reproduzco aquí:


"Soy un rápido tren
que hace años va y viene
entre la ciudad Sí
y la ciudad No.
Mis nervios están tensos
como cables
entre la ciudad No
y la ciudad Sí.

Todo está muerto y asustado en la ciudad No.
Es como un despacho empapelado con tristeza.
Fruncen el ceño en él todas las cosas.
Hay recelo en los ojos de todos sus retratos.
Cada mañana enceran con bilis su parquet.
Son sus sofás de falsedad, sus paredes de desgracias.
Jamás en él un buen consejo te darán,
ni un ramo de flores, ni un simple saludo.

Las máquinas de escribir teclean, con copía, la respuesta:
“No-no-no... no-no-no... no-no-no...”
Y cuando al fin se apagan todas sus luces
los fantasmas inician su lúgubre ballet.
Jamás, ni aunque revientes, billete lograrás
para escapar de la negra ciudad No.

La vida, en cambio, en la ciudad Sí, es un canto de mirlo.

Carece de paredes la ciudad, es como un nido.
Las estrellas te piden acogerse en tus brazos.
Y, sin avergonzarse, los labios solicitan tus labios
con un quedo susurro: “Todo son tonterías...”
La reseda incitante solicita ser cortada,
y ofrecen los rebaños la leche en sus mugidos,
y en nadie hay un asomo de recelo,
y adonde quieras ir, te llevarán al instante trenes,
barcos, aviones,
y, con rumor de años, va el agua murmurando:
“Sí-sí-sí... sí-sí-sí... sí-sí-sí...”
Sólo que, a veces, en verdad, es aburrido
que todo se me dé apenas sin esfuerzo
en esta ciudad Sí multicolor y deslumbrante.

¡Mejor ir y venir hasta el fin de mi vida
entre la ciudad Sí
y la ciudad No!
¡Mejor tener los nervios tensos como cables
entre la ciudad No
y la ciudad Sí!"



Hace casi diez años dejé esta entrada:






sábado, 1 de abril de 2017

Bosníaca. Madre




Todas las mañanas llegaba la mujer a la plaza del mercado. Allí compartía con los ociosos el entretenimiento de dar de comer a las palomas. Se desplazaba de un lado a otro, observando con intensidad, pero disimuladamente, a los niños. Si un día faltaba alguno de los habituales preguntaba por él. Se ha ido a pasar unos días con sus tíos a Novi Travnik, le decían. O bien: hoy le han llevado hasta Igman como premio a sus estudios. Se movía despacio, trazando círculos con el vuelo del oscuro niqab. A veces se quedaba parada, inestable, como tomada por un leve mareo. Luego alzaba con discreción los ojos al cielo y pronunciaba muy bajo algo que no se sabía si era invocación o queja o simplemente un suspiro. Los niños, aunque la querían por la fuerza de la costumbre,  recelaban de ella. Se sabía los nombres de todos los que jugaban ordinariamente allí. Les preguntaba por su familia, les daba consejos. En su afán protector no dudaba en derrochar gestos de bondad. El mismo tono de su voz era una caricia. Un día uno de los más pequeños, tan decidido como ingenuo, no pudo reprimir su curiosidad. ¿Dónde están sus hijos?, la espetó. ¿O no ha tenido jamás hijos? No están ya, respondió. ¿Se hicieron mayores hace mucho?, persistió la criatura. Sí, se hicieron demasiado mayores. Y eso fue hace tanto que no puedo calcular. ¿Y no vienen nunca a verla?, siguió diciendo el inocente. Sí, vienen por la noche, cuando estoy dormida. ¿Y no puede verlos?, razonó el pequeño en una escalada entrometida. Sí, sí, los veo, tal como eran. Tal como me dejaron una madrugada de nieve. ¿La abrazan fuerte y le dicen cosas bonitas?, exclamó el niño. Me abrazan tanto que hay días que me cuesta despertar. Y me hablan con tanta ilusión como cuando salían a jugar al patio o a correr por las calles del barrio.  El niño no parecía conformarse nunca con las respuestas de la mujer. ¿Y qué le dicen? Ay, tantas cosas me dicen. Sobre todo que venga a veros, que os diga que sigáis siempre así, como ahora. ¿Es que sus hijos no quieren que nosotros crezcamos? La mujer dudó en ese momento. Me dicen que ellos no debieron haber crecido nunca. Luego se quedó callada, apagada. Al niño le llamaron los demás y echó a correr. Confuso, apenas le dio tiempo a decir: si no es bueno hacerse mayor, yo no quiero serlo. La mirada de la mujer fue una sonrisa que blanqueaba su tristeza.




(Fotografía de Inés González) 


 

martes, 28 de marzo de 2017

Bosníaca. Huellas





Un antiguo francotirador arrepentido hace pedagogía a la contra en un corro de hombres de edad, mayormente. La metralla de las casas son huellas. Pero no hay que seguirlas, pues no conducen a ninguna parte. Pero no hay que borrarlas, cada vecino debe tenerlas a la vista por si se vuelve desmemoriado. Y para que los que tuvieron que irse vean algo más de lo que oyeron. Y para que los que sobrevivieron reflexionen sobre el odio y su espiral sin salida. Y para que el viajero que viene a visitarnos sepa que la historia no son los libros ni los relatos sino las heridas infligidas y sufridas. Esos agujeros, dice el arrepentido con complejo de culpa, son cordones umbilicales que nos vinculan a nuestra propia barbarie. Aún nos atan a ella y no acaban de cicatrizar y caer. Muchos no quieren cortarlos porque no ven la barbarie como el cuerpo madre. Aún buscan en sus tradiciones e identidades la justificación. Ni perdonan ni se arrepienten. Por ellos las fachadas de muchas casas se habrían revocado borrando los boquetes. Yo mismo causé la historia de este modo tan destructivo. Porque, en contra de lo que es creencia generalizada, la historia no se hace ni se escribe, se causa, se provoca. Se vive con el riesgo al acecho en su propio embrión. ¿Por qué la historia acaba siendo siempre devastación? Mientras habla en la tertulia escucho comentarios. Desde entonces está trastornado, dicen algunos. De qué se arrepiente, a buenas horas, dicen otros. El mal sí se hizo y él fue de los que lo ganaron a pulso, desvaría uno desde el rincón. Ahora dice que es de los nuestros. ¿De los nuestros y se obstinó desde aquel nido a hacer la vida imposible a los que iban al mercado?, le disputa otro. Él, que ha oído cada opinión, y ha escuchado ya tantas, no se atreve a llevarles la contraria. El maestro de la escuela cercana, que no es ni joven ni viejo, me lo aclara. No es un hombre muy hablador. Estuvo varios años preso, luego desapareció de la ciudad. Hace lo posible para pasar desapercibido, pero a veces viene a la plaza y se siente extrañamente obligado a perorar. Los turistas le hacen fotos y él les muestra la metralla en muros y taludes, y les acompaña por la orilla del río. No pide dinero, aunque está en la miseria. Cuenten en sus lugares de procedencia lo que les cuento, les dice a cambio.      

 


(Fotografía de Inés González)



sábado, 25 de marzo de 2017

Bosníaca. Mirada




Las últimas nieves se resistían a desaparecer. ¿O no eran las últimas? Desde aquella altura yo veía el cielo que se precipitaba con brusquedad sobre la ciudad y me estremecía. ¿De temor o de placer? Las nieblas descendían, atropellándose, borrando a su paso el bosque, los edificios y, lo que era peor, la historia misma. Fue en ese instante cuando caí en la cuenta de que la oscuridad siempre había estado presente. Que si las tormentas y las estaciones y todos los elementos de la atmósfera habían repetido hasta la saciedad su caos y circunstancialmente habían restablecido su armonía para de nuevo volver al caos y así desde el principio, antes de que el lugar fuera poblado, desde antes, mucho antes, de que hubieran llegado animales y hombres de paso primero, a asentarse más tarde, me di cuenta de que también los hombres se habían disputado con la más abominable vehemencia territorios y posesiones. Desde sus aristas cubiertas de creencias vacías con las que pretendían justificar su existencia, pero pretendiendo, en realidad, imponer sus dominios, los mismos seres humanos llegaban disfrazados. Unos a otros pretendían hacerse ver como seres diferentes, y se amparaban en sus colectividades particulares, sacralizándolas. Unos a otros trataban de imponer sus limitadas razones, sus demediadas verdades. Desde aquella altura yo no solo contemplaba el caserío silencioso y apocado. Miraba sin querer, por inercia, el pasado, eso que unos y otros llaman historia y la magnifican y la cantan para su propio punto de vista. Nadie de los hombres enfrentados, hoy subrepticios y alimentando con ideas irredentas su presente, quería ver lo acontecido en siglos como si se observara la naturaleza. ¿Por qué coincidían en interpretar los fenómenos de ésta y no osaban ponerse de acuerdo en sus propios asuntos? Por qué no eran capaces de trascender, de superar diferencias, cerrando el pasado de sangre, ellos que no eran tan distintos? Aferrados a símbolos, a ritos, a invocaciones, a ideas falsas, cada cual vociferaba sobre el otro, como si no hubieran aprendido lecciones dadas anteriormente. Yo miraba la ciudad y acaso me equivocaba. Erraba al verla como maqueta, como un juego, como una belleza que pudiera existir y redimir por sí misma a cuantos seres habían contribuido en parte. Pero ¿qué otra cosa podía hacer sino asombrarme?




(Fotografía de Inés González)




miércoles, 22 de marzo de 2017

Bosníaca. Equinoccial





La aurora se mostraba fría. La nieve de los tejados se deshacía sordamente. La voz del muecín iba quedando atrás. La hojarasca crujía. La helada había quemado la vegetación. El lago amanecía más verde. No soplaba viento. Música de los pequeños ruidos del bosque. Ella estaba sola. Me senté a su lado. La miré con cautela. La hablé con dulzura. Ella hizo oscilar sus pétalos. Me sobrecogí. La luz, más consistente, logró prender su pequeña llama. Luego permaneció quieta. Me miró con sorpresa. ¿O fue con desdén? Se abrió lentamente. Quién eres tú, dijo de pronto. Por qué has venido desde tan lejos, preguntó con curiosidad. No sé, respondí. Tal vez ya he estado antes aquí. Y tú no lo has sabido. ¿Vas a quedarte esta vez?, dijo con voz apocada. Yo estoy siempre pero nunca me quedo. Si me quedara dejaría de estar y entonces me odiarías. Se hizo silencio entre nosotros mientras los hierbajos chasqueaban bajo mis pies. No odio al que viene a buscarme desde lejos, dijo al fin. No odio al que me espera. No puedo querer mal a quien me observa con placer y goza de mi compañía, aunque sea efímera. El tiempo de la contemplación nunca es fugaz si no queremos que lo sea, le corrijo. Si el mirar es intenso se queda dentro de nosotros. Si no me muevo de aquí dejaré de ver. Necesito ir para volver. Necesito atravesar la cordillera para urgir mi retorno. Sé que no seré el mismo después de marcharme, digo. Por eso vengo a verte, para ser siempre otro. Entonces la pequeña llama irradió sobre mis pupilas, como si tuviera delante un desierto rojo. Si quisiera, dijo, ahora mismo dejarías de ver. Pero tú morirías al instante, le repliqué. Y tú vagarías sin encontrarme. Es que no habría nada que encontrar, le respondí nervioso. No habría nada que mereciera tu búsqueda, arguyó iracunda. Cuando la visión del desierto desapareció y mi retina quedó limpia sentí congoja. La seca vegetación crepitaba. A ella no la vi más.       



(Fotografía de Inés González)


martes, 21 de marzo de 2017

La poesía de mi vida por excelencia, sin dudas




En esa moda o fiebre o manía o interés comercial o apaciguamiento de conciencias indomables o combate contra el aburrimiento por celebrar algo cada día del año y a veces más de una celebración en el mismo día, dicen que hoy está declarado como el Día Mundial de la Poesía. ¿Será por la primavera que ha venido y que por estos pagos parece invierno? "Ah, ladina primavera/ cuántas sonrisas sin rostro/ inmerecida fama/ pues incubaste tu floración en secreto/ contenida y sagaz/ hasta irrumpir un día de estos por las calles/ cual exhibicionista seductora", canta el vate que me invento.

Si tuviera que elegir una poesía que me ha afectado positivamente en mi vida, no me cabe duda, elegiría la de Samaniego. Fue la primera que me aprendí. No, miento, la primera fue:

"Jesusito de mi vida,
eres niño como yo,
por eso te quiero tanto
y te doy mi corazón".

Pero no sé si se considera poema, jaculatoria, oración o invocación, y en cualquier caso era cursi y estaba destinada a la intimidad familiar. Que yo sepa nunca la declamé en público escolar. Puede que sí lo hiciera ante alguna visita, inducido por mi familia para que los foráneos comprobaran mi angelical y ya acendrado fervor religioso. 

Volviendo a Samaniego. La suya la aprendí pronto porque nos la enseñaron a toda la clase y nos motivábamos en canto coral. Nos gustaba, pues era, nos parecía, jocosa. Porque rimaba como en aquel tiempo nos gustaba que una poesía que se preciara debía rimar. Porque era cortita. Y musical, ya que alargar el final de cada verso parecía escaparse hacia los cerros de Euterpe en lugar de por los de Erato. Porque invocaba a nuestros ancestros, sin que aún supiéramos que lo eran. Porque en nuestro subconsciente nos provocaba una identificación con otra especie, aunque aún no supiéramos qué era el subconsciente y Samaniego tampoco supiera definirlo, si bien seguro que lo intuía. Porque el mensaje nos calaba. Moraleja de fábula. Porque a estas alturas enternece el recuerdo de la parte bonita de la niñez.  Porque, y éste es el valor de la poesía que le dura a uno toda su vida, la conclusión sigue estando en activo. Aunque ya no se tenga claro si se debe arrojar el fruto amargo, comerlo a regañadientes, o dejarse los cuernos en el embate con las dificultades.

Félix María Serafín Sánchez de Samaniego Zabala estaría muy contento de que en el Día de la Primavera Poética yo eligiera su poema. Esperen. Me subo a una banqueta para que me vean y oigan bien todos. Ahí va (previo carraspeo)


"Subió la mona a un nogal,
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde.
Como le supo tan mal,
arrojóla el animal,
y se quedó sin comer.

Esto suele suceder
a quien su empresa abandona
cuando encuentra, como la mona,
un principio al que vencer".


(Me aterra un poco mi propia voz ya cascada) Por cierto. Ha sido toda una concesión que yo celebre un Día ad hoc, de los que marcan los corporativistas de turno; ya saben, deberían saber, que soy partidario del recatado y tranquilo día cotidiano. No siempre conseguible.





domingo, 19 de marzo de 2017

Ese manto diáfano



En Largo Barão de Quintela, en Lisboa, hay un grupo escultórico dedicado al escritor Eça de Queiroz. Un hombre, el autor sin duda, sostiene el velo con el que trata de recubrir a la verdad. ¿De qué se cubre la verdad? Con la cita que comienza el prefacio a su novela La reliquia,  Eça de Queiroz pretende aclarárnoslo. "Sobre la robusta desnudez de la verdad, el manto diáfano de la fantasía", abre su invención narrada. El escultor Teixeira Lopes la tomó como axioma para convertir la frase en alegoría. En la base de la escultura está grabada. Pero, naturalmente, cuando la literatura habla de verdad y fantasía no siempre habla de la verdad ni de la imaginación mundanas.Del uso y desvarío con que los hombres practican la exhibición o la ocultación de las verdades. Sino que recrea ambas, en un extremo u otro de sus coordinadas. Oímos muchas veces: la buena literatura o el buen cine saben tratarlas y mostrar ante nuestros ojos lo que a nosotros nos faltaría en perspectiva. capacidad de elección  y diferenciación. Tal vez. Eça de Queiroz sería consciente de ello, por esa razón él se refería con preciso calificativo a un manto diáfano. Y sin embargo al paseante de la ciudad y de la vida le asaltan las dudas. Si la verdad es obvia, sincera y transparente por sí sola, ¿de qué hay que recubrirla, por muy sutil que resulte la prenda casi invisible que se pretenda extender sobre ella? ¿Con qué fin hay que dotarla de un velo traslúcido? ¿Para disimular su natural dureza? ¿Para rebajar el dolor que causa saber lo que desencadena las obras de los hombres? Acaso la cita del escritor sea solo un recurso literario para rebajar el tono bastante contundente de sus obras, donde no oculta sus ideas y sentimientos, en un tiempo en que la sociedad portuguesa no era tan librepensadora como él mismo. Si fuera así, mis reflexiones sobrarían. Pero la fantasía puede ser a su vez un manto que se impone a las verdades y que tomamos muchas veces como el acontecimiento auténtico. ¿La fantasía como sucedáneo de la verdad? Los abundantes ejemplos cunden. Esa multiplicidad de inventos audiovisuales e informáticos, que se apoderan de las horas de tantas personas, el enganche a móviles y a redes sociales, ¿son un manto sutil, transparente, o una cortina opaca que desluce la verdad? Y esas últimas modas, nada nuevas por cierto, de la posverdad, la neolengua, la distracción y el equívoco en narrar la historia, la negación en definitiva de lo visible y palpable, ¿no enlazan con las viejas creencias y mitos por los que algunos siempre han estado interesados en que los seres humanos no seamos libres jamás? (un imposible, acaso)




sábado, 18 de marzo de 2017

Vade retro, olvido




Encuentro este libro, mejor dicho, me encuentro con este libro, editado hace unos años. Un libro no es algo que sólo cae en nuestras manos. Es también y, en este caso u otros sobre todo, un libro con el que, acerca del cual, a través del que, por medio de...nos topamos con hallazgos que afectan al relato de nuestro propio pasado y a las consecuencias de haber vivido una época, un país, una serie de ámbitos, una multiplicidad de relaciones humanas en fin.

No siempre, ni mucho menos, un libro cuenta la verdad. Cuenta la versión de un autor o las versiones recogidas que pueden ser solo testimonios, que ya es mucho, pero no interpretaciones, lo cual es más complicado. Pero yo no traigo aquí un libro determinado por el contenido, que en este caso, fuera del marco de mi ciudad a pocos interesará, sino para hacer cierta reflexión muy simple. Tiempos de vade retro, de batallas ilusas y guerras perdidas, de confraternización amable y debates no siempre con los pies en la tierra y el horizonte como perspectiva. Explicarse no debe ser nunca justificarse, aunque ambos ejercicios deban tener lugar.

Miro la portada del libro y en lo que pienso realmente y con interés no es en el acontecer de algunas historias arriesgadas que el autor osa narrar, con mayor o menor acierto, no obstante la buen voluntad por contarlas, acerca de individuos conocidos u otros sobre los que apenas oí hablar. La portada me invita a un cálculo aritmético muy sencillo. Menos épico, menos político, pero no más trivial. Y me pregunto. De las once personas que figuran en la portada, ¿cuántas quedan vivas? Extiendo la palma y utilizo los dedos como en un aprendizaje. Una, dos, tres...¡cuatro! ¿Cómo? Repaso, no puede ser que me haya equivocado. Contar las vidas no es como contar las cuentas. Una, dos, tres...¡cuatro! Vuelvo a recontar. Pero si toda esta gente es de hace unos días, que en realidad de unas pocas décadas, me digo. No, no yerro. Y como de uno de los fotografiados no sé nada, dudo: pues podrían ser tres. Es decir, que siete u ocho de los que se muestran ya no están vivos. Ni andan en esta vida ni en ninguna otra, bueno sí, en la del recuerdo mientras esté quien los recuerde; en la de la memoria, más o menos certificada, mientras quede alguien que aún pueda contarlo.

Y así todo. Y así siempre. La vida, como los relatos, como los libros, como las palabras, como los wassaps, se vuelve obsoleta. Las imágenes son solo paradojas. La nada nos espera a cada cual y el eco, como todos los ecos, ni siquiera resonarán algún día. De hecho, poco ecos auténticos se escuchan ya.





jueves, 16 de marzo de 2017

Disociaciones y acabamientos








A veces dentro del hombre se disocian de pronto las imágenes del mundo y se vuelven inservibles las palabras que ha pretendido cultivar para interpretarlo. Demasiado alto, ancho, largo el mundo. Extremadamente pequeños, angostos, cortos los signos que pretendía el hombre que devinieran en palabras. La nave de la ilusión se rompió contra la respiración cotidiana hace tiempo. La vida no calla aunque calle el cantor. Y la voz antigua de la tierra que el poeta zamorano decía robar al infausto dictador se diluyó por los aires durante décadas. Hoy queda humo. Hoy la palabra mendiga tras nuevas geometrías. Aunque acaso tampoco sirvan ya las tipografías más bellas que el hombre calígrafo diseñó una vez.



(Imagen: página del Arte subtilissima, de Juan de Yciar, de 1553)



miércoles, 15 de marzo de 2017

¡Que nada se llame natural! ¡Poned remedio al abuso!, nos recuerda Bertolt Brecht




No nos gobiernan los mejores, ni los más aptos, ni los más razonables, ni los más honestos, ni los más sinceros, ni los que quieren nuestro bien. En realidad en el mundo no hay gobierno, éticamente hablando. Hay estructuras de poder que prácticamente funcionan por inercia. Naturalmente, sabiendo dónde va la nave o cómo se mantiene. Hay dirigentes controladores, de dudosa capacidad como timoneles, pero que una de dos, o mantienen engañosamente el navío al pairo, cuando precisamente no son vientos apacibles los que soplan, o bien llevan camino de estrellarlo contra las rocas. Y en este instante del destino del mundo, nos sorprendemos especialmente nosotros los occidentales por nuestro propio ámbito, que pensamos que había quedado a salvo de lo aconteceres de otras regiones del planeta. Siria es un terrible aviso a las puertas. Y veladamente se habla ya de una desgraciada resurrección de odios en los Balcanes, y eso está más cerca aún. Y las elecciones próximas en varios países generan incertidumbres sonoras. Y las neolenguas desfiguran el uso de la lengua como herramienta para entendernos dentro y fuera de nuestro cerebro, con nosotros mismos y con los demás, y poder y saber llamar al pan, pan y al vino, vino. Y lo que llaman posverdad es vulgar y gruesa mentira. No comprender y dejarnos enmarañar por lo viperino es entrar en el juego. De tal modo se han alterado conceptos y desviado a los ciudadanos de los fines que creían justos y consolidados que la Democracia es hoy una representación desfigurada. Creímos que una vez conquistada, con todos sus límites e injusticias probablemente, ya no habría paso atrás. Hoy nadie está tan seguro. Y entonces de pronto llega de nuevo la voz poderosa de Bertolt Brecht en su obra de teatro La excepción y la regla y nada más comenzar la obra nos recuerdan los actores:

"Vamos a contaros
La historia de un viaje. Lo emprenden
Un explotador y dos explotados.
Observad con atención el comportamiento de esa gente:
Encontradlo extraño, aunque no desconocido
Inexplicable, aunque corriente
Incomprensible, aunque sea la regla.
Hasta el acto más nimio, aparentemente sencillo
¡Observadlo con desconfianza! Investigad si es necesario
¡Especialmente lo habitual!
Os lo pedimos expresamente, ¡no encontréis
Natural lo que ocurre siempre!
Que nada se llame natural
En esta época de confusión sangrienta
De desorden ordenado, de planificado capricho
Y de Humanidad deshumanizada, para que nada pueda
Considerarse inmutable".

Que nada se llame natural. Nunca debió haberse llamado. Y al final de la obra los actores, es decir Brecht, matiza y pone la guinda:

"Habéis visto lo habitual, lo que ocurre siempre.
Pero nosotros os rogamos una cosa:
Lo que no es desusado, ¡encontradlo insólito!
Lo que es corriente, ¡encontradlo inexplicable!
Lo que es usual, que os asombre.
Lo que es la regla, vedlo como un abuso
Y cuando veáis un abuso
¡Ponedle remedio!"


¿Seremos capaces de poner remedio a cuanto acontece?



(Nota. El texto de Brecht es sobre la traducción de Miguel Sáenz en la edición del Teatro completo de Brecht, Editorial Cátedra)



sábado, 11 de marzo de 2017

Instrucciones de uso para el abuso sísmico




Visto que la superficie del país tiene poco y mal arreglo, creo que voy a empezar a ocuparme, no tanto a preocuparme, por el subsuelo. Por fin voy a hacer algo de buen grado en colaboración con el Estado, además de pagar religiosamente mis impuestos (aquí el buen grado sustitúyase por civismo y obligación, obviamente) Difundir estas instrucciones del Instituto Geográfico Nacional, ubicado en el Ministerio de Fomento de España. No sé si entendemos peor el subsuelo o el suelo. Lo que sí veo es que las previsiones de las capas tectónicas son limitadas todavía. Pero lo que ocurre de nuestros pies para arriba ni se prevé, ni se corta ni se corrige. Los cataclismos que provienen de abajo serán inevitables, pero para los de aquí arriba no hay voluntad de que dejen de serlo las fechorías del sapiens servus e hispanicus de nuestros días. Por cierto, centrándonos en el tema de las instrucciones del IGN, ¿en cuántas escuelas, centros de trabajo febril o de distribución comercial, o en nuestros mismos domicilios,  se enseña y se aplican estas enseñanzas? Ah, y a mayores, ¿para cuándo unas autoinstrucciones que nos prevengan de los desaprensivos, delincuentes de guante blanco y demás ralea que habita sobre la corteza terrestre?

http://www.ign.es/ign/layout/sismo.do







jueves, 9 de marzo de 2017

TBO, mi segunda cartilla




Leo que por estas fechas, hace un siglo, salió el primer número de TBO, aquella revista dirigida al público infantil...y no tan infantil. Porque TBO era compartido por los mayores, al menos en mi casa. TBO, hoy ramalazo de nostalgia, fue mi segunda cartilla. Por libre. La primera cartilla, obviamente, había sido la típica escolar pero más allá del espacio de la enseñanza oficial estaba el TBO. Lo que muchos aprendimos en él y en otros tebeos posteriores  -Roberto Alcázar y Pedrín, El capitán Trueno, el Jabato, El guerrero del antifaz, Hazañas bélicas...-  no sé si habrá sido suficientemente valorado por nosotros mismos. En mi infancia de doble dictadura el mundo de TBO y de los tebeos suponía una tímida cultura alternativa, no tan sujeta a la reglada, porque el humor siempre tiene algo o mucho de subversivo. Y en la descripción de las historias siempre se podía filtrar algo díscolo o con alguna brizna disidente frente a los cantos a las glorias patrias que se llevaba en una escolaridad y en general en una sociedad extremadamente controladas. También suponía una cultura de relajación que impedía al niño permanecer como muermo o aburrido, si es que un niño puede en algún momento ser esto. Por otro lado, los tebeos fueron una buena base, no necesariamente de efectos homogéneos, para el posterior desarrollo de la lectura.

El hecho mismo de que se compartiera en familia -cada miembro tenía sus personajes favoritos, aunque los mayores no leyeran el resto-  le daba un cariz cálido, pues propiciaba comentarios y, por lo tanto, una opinión y clarificación ampliada para la mente infantil, algo que el niño apreciaría como un tesoro. Nunca estaré suficientemente agradecido al TBO y las puertas que abrían las sucesivas publicaciones de viñetas e historias, como no lo estaré al cuidado y fidelidad de mi padre en comprármelo todas las semanas. En tiempos en que no estaban las cosas para tirar la peseta. Así que TBO ampliaba mi mundo imaginativo y también una cierta suerte de información que iba más allá de los catecismos, los cuentos ejemplares de santos y los libros de aritmética. El TBO, los tebeos, tenían una buena dosis de aprendizaje emocional, de manifestación sentimental y de ensoñación que no podían desarrollarse por otras vías, o que completaban los afectos que pudiera recibir el niño de otras maneras. Es curioso también que fuera el primer medio a través del cual supe de la existencia de una ciudad llamada Barcelona. Simplemente porque figuraba en su cabecera el nombre de la calle Aribau. Así que cuando puedo pasarme por aquella ciudad he instalado en mi intimidad nostálgica la extraña costumbre de peregrinar hasta el portal de la calle donde sospecho que se hallaba ubicada la redacción de TBO. Manías de hombre que peina canas.    




miércoles, 8 de marzo de 2017

Revelaciones.




Estamos desprotegidos, vulnerables y susceptibles de ser usados y tirados a la papelera, tras la pertinente manipulación. Es decir, intervenidos en nuestras vidas tanto y cuando quieran. Conclusión que, aunque ya sospechábamos, se nos confirma cada día a medida que salen revelaciones sobre las tecnologías punta de la información y su utilización por el poder, vía agencias de control y espionaje de ciertos gobiernos. Lean, lean hoy atentamente la prensa. Lo que saca a relucir WikiLeaks. Y mediten sobre la limitada información al respecto que nos llega acerca de cómo estamos todos en manos de los monstruos y de los canallas. ¿Y aún nos creemos libres, dueños y reyes del mambo? Somos tipos observados y hackeados permanentemente. Homo sapiens servus, calificativo este último que conviene ir utilizando. La novela orwelliana 1984 sigue en vigor pero incluso es superada en realidad, y no sé hasta qué punto en fantasía. ¿Acabaremos retornando a los árboles? 

Firmado Mizaru. Iwazaru y Kikazaru.




lunes, 6 de marzo de 2017

Kikazaru




Aquella exclamación en las tardes de tu otoño más largo. Resonando aún en mis oídos encerados e impotentes. Apenas una ráfaga contra mi presencia y yo palideciendo. Hacías que me subiera la bilis hasta la boca y llegara más allá, desconectando neuronas, revelando mi incapacidad de parar tu tiempo. Sabías interpretarme, tal vez por la cara que ponía o por el suspiro ahíto de angustia o por el argumento cargado de rabia que rebotaba entre la ventana y el olmo al que te acogías. Esta soledad, decías de pronto, y pronunciabas sin signos de admiración, y no había en aquella breve sintaxis ni tono angustioso ni queja ni miedo, ni desesperación, como si se tratara de una mera calificación. Como una austera y fría certificación.  No volvías a repetir las dos palabras aquella tarde, lo habías dicho una vez y bastaba, y yo agradecía siempre tu mesura. Decías lo justo, sin sonar a reproche, porque el reproche no es útil cuando la vejez es un estadio de vida imparable, incorregible. Porque la vejez vuelve a los hombres, no a todos, menos exigentes. Porque la vejez tiene mucho de subrepticia risa sardónica contra el que la padece. La vejez como padecimiento de su propio ciclo, eso querías decirme. La vejez como lento concurso de ausencias que vaciaban las horas. La soledad, ese concepto con tantos rostros de los cuales el que te acechaba era irreparable, crónico, definitivo. Lo que llegaba a tus oídos no hacía mella, o no lo manifestabas. Pero en tu cordura siempre agradecías el goteo de noticias gratas y de gestos afectuosos que cada vez reclamabas menos. Kikazaru, cuánto admiré tu sensatez y tu rigor. Si los hombres aceptaran tu herencia... 


viernes, 3 de marzo de 2017

Iwazaru



Es el espanto lo que te tapa la boca. Tu manera de sortear los temores que te causa todo lo que no esperas o no estás preparado para recibir. Y sin embargo, sin el miedo no serías del todo. Miedo ante las pruebas más iniciales, ante las exigencias a distintos planos que te has ido encontrando atravesando el tiempo, ante lo fortuito y lo previsible. Te enseñaron que no hay mayor horror que verse arrastrado por la carencia más perentoria. Ya veías cómo aquellos progenitores, Iwazaru, iban siendo previsores, pero también te dabas cuenta de que no todo estaba en sus manos. Nada era tan simple como subir a lo alto del árbol y dar vueltas al coco hasta romper su cordón umbilical y hacer caer el fruto. Ya entonces había técnica. Ya alguien se preocupaba de inducir a otros para beneficiarse del esfuerzo. Pero los temores eran tan plurales, dibujaban tantos rostros, se disfrazaban con tal multitud de sugerencias que pronto advertiste que cuando conjurabas un temor ya estaba creciendo uno nuevo por algún rincón de tu ámbito desconocido. Cada novedad te atraía, pero su oleaje arrastraba expectación y sobresalto. Ahora me dices, Iwazaru, que la mayoría de los animales de nuestra especie se crecen con sus experiencias y, naturalmente, con medios de sorprendente invención. Que así se fortalecen. Que conciben ilusiones y esperanzas, es el lenguaje al uso. Pero cada brizna de seguridad trae consigo una dentellada de pánico. Unas veces se anuncia desde fuera de los cuerpos. Otras sube desde las venas marcadas o, más hondamente, desde las vísceras donde el hacer y el deshacer genera un día más de vida. Ordinariamente, los factores de temor coinciden en el territorio de cada individuo y nos confunden, se ratifican asolando con ansiedad, rasgando nuestras energías, desequilibrando la apreciación de la existencia sin que sepamos en ocasiones a qué carta quedarnos. Iwazaru, lo peor es cuando me cuentas que ni siquiera el sueño te libra de los miedos de este lado, y que cuando sueñas te atenazan ficciones cuyos augurios no sabes interpretar. Te digo, pues, que resistas. Sujeta tu risa de malditismo ahogada. El miedo no está hecho para anularte sino para que desentrañes sus ocultas motivaciones. Y le plantes cara.

 

jueves, 2 de marzo de 2017

Mizaru




A Mizaru le habían dicho que no mirara. Si no miras no ves, le habían dicho. Si no ves hay una parte de ti que no padece de cuanto acontece en el mundo. Podrás hablar, oír o tocar, si te place, aunque siempre te preguntarás que si no ves sobre aquello que dices o que escuchas o que palpas cómo vas a levantar una imagen o una montaña de imágenes. Ah, ¿eso es todo?, te insistirán. Las imágenes las crea y magnifica la mente, será un diseño a tu gusto. Y tú: quiero ver sin imaginar, viendo cuantas formas y manifestaciones existan veré después el modo de adaptarlas a una deriva en mi cerebro. Entonces te consolarán diciéndote que la privación sensorial conlleva una parte de carencia de dolor, y eso es gratificante. Y cuando levantes tímidamente la voz para sugerir que estás dispuesto a arriesgarte al dolor para advertir con plenitud la belleza te acallarán. Qué dices, exclamarán, lo hermoso no está hecho para quien no tiene actitud de ver. Pero yo quiero, yo sé, yo necesito abrir mis ojos a cuanto la vida depara en su exuberancia. Con estas palabras te defenderás. Los otros dirán que la belleza se percibe por caminos de diferente visualización, incluso insospechados. Que los sentidos restantes te proporcionarán placeres que no imaginas y que la ausencia de una porción considerable de dolor también cuenta como belleza. Una voz destaca por encima de las demás. ¿Estás dispuesto a aumentar la dosis dolorosa que vas a recibir en cuanto compruebes con la vista la variada fealdad de las conductas humanas, la alteración del paisaje o la desagradable gesticulación de los rostros cínicos? En ese momento dudarás. No sabrás si preguntar porque temes que no te respondan verdad. Solamente permanecerás callado y de pronto, humilde, encogido, con tenue tono exclamarás: pero me habían dicho que se nace para contemplar la belleza.



    

martes, 28 de febrero de 2017

La transmisión Jamming




Recuerdo de la niñez el afán de mi madre al anochecer ante el aparato de radio. Recluida en la cocina, espacio cálido donde se hacía la vida en invierno gracias a la bilbaína, mi madre giraba con paciencia la rueda de la radio hasta dar con la frecuencia que buscaba. Cuando lo conseguía ponía el sonido muy bajito, arrimaba la oreja y trataba de escuchar lo que decía La Pirenaica. A mí me intrigaba que la voz se fuera y volviera una y otra vez, entre ruidos y alejamientos. No sabía entonces que la tal Pirenaica era interferida por el régimen imperante. No sabía que detrás había todo un sistema de transmisión de señales de radio que interfería otras transmisiones no deseadas por la dictadura, principalmente las de aquella emisora. Y que se hacía desde un inhibidor de frecuencias. No era nuevo, en la Segunda Guerra Mundial ya se había utilizado con amplitud, y al sistema de anulación o reducción a propósito de otras frecuencias los ingleses lo denominaron jamming

Ignoro si hoy, en tiempos de satélites y ordenadores por doquier, el jamming sigue en vigor a alguna escala, aunque supongo que ha sido superado con creces por otros sistemas de interferencia más efectivos. Tal vez persista la misma y antigua intención. Tal vez el jamming llega sin darnos cuenta, no con ruidos y pérdidas de frecuencias, sino a través de emotivos y seductores procedimientos que se incorporan a nuestra mente para que nosotros nos dejemos llevar por ellos. Un jamming que fabricamos con nuestra aceptación cada uno de nosotros. La mano última, en la ardiente oscuridad de un mundo que se quiebra y nos confunde a velocidades inesperadas, mueve todo tipo de artilugios, psicologías, éticas e ideologías para hacer dúctil y maleable al hombre. Como se solía decir de los minerales aprovechables. Y es que o somos útiles -es decir, productores eficientes y baratos, más consumidores incesantes, más seres domesticados que protesten lo mínimo- para el negocio que domina o mejor que nos muramos, parece decirnos a gritos esa interferencia generalizada que asalta despóticamente la frecuencia individual de nuestro libre albedrío. 

Como recuerdo de un tiempo y un país, donde no solo la voz no se podía acallar del todo sino, y sobre todo, en que el oído no se pudo taponar como quisieran, adjunto la sintonía y el comienzo de emisión de una emisora clave más para la expectativa y la esperanza que para los logros políticos. 





lunes, 27 de febrero de 2017

Primera plana (versión Gutiérrez Solana)




Me pregunto qué hay de costumbrista, qué de sátira y cuánto de crónica social en las pinturas carnavalescas de José Gutiérrez Solana. Esta es la versión autorizada del hombre oficial ante uno de los cuadros del fantástico pintor. 

El unívoco otro individuo que mora en mí dice que lo que hay es solamente juego, y que ya es bastante lo que explicita por sí mismo. Si el juego es contenido, dice el versado principal, démosle cancha.

El equívoco y revoltoso que también pasa a ratos por mi cuerpo afirma que ahí se refleja el país mismo y, además, insiste, sin disfrazarse. La versión oficial desautoriza esta interpretación y acusa al equívoco de maquiavélico, algo que no está penado, que yo sepa, de momento. 

El tipo multívoco que pugna por asentarse entre mi sangre y mi piel da un sentido profundo y casi ultra terrenal a la pintura de Carnavales de Gutiérrez Solana. Basándose en ciertas ideas nonatas se pone exégeta y dice ver en ella el florecimiento de lo plurinacional, feliz aviso de la próxima primavera, más allá de los cantonalismos al uso oral, que no convencidos ni convincentes. Ni el equívoco, ni el unívoco ni el sesudo intérprete oficial comparten este criterio, simplemente por metafísico. Por lo tanto, ni lo consideran serio.

¿Qué será, entonces, la pintura de José Gutiérrez Solana donde se refleja la tradición carnavalesca de una sociedad que no sale de concebir la vida sino como carnaval?  Esta pregunta la formula el homo consensus que a veces se revela dentro de mí en una tertulia entre los distintos y ya citados personajes que me habitan.




jueves, 23 de febrero de 2017

Don Carnal al acecho




Érase una vez una ciudad donde los hombres creyeron ser iguales, 
porque otros les contaban el cuento
para que fueran buenos
 y no dieran problemas,
y en su ingenuo fluir de almas
cándidas no querían darse cuenta
de cómo algunos muy bien situados
y otros que protegían a estos
se merendaban poco a poco 
la ciudad entera
dejando a los más con menos y,
lo que era peor,
tomando a sus habitantes
 como más imbéciles
de lo que en realidad eran.
Pero así se escribe la historia
y la vida de los que la hacen
y permiten que unos pocos
sean propietarios de almas
y de haciendas 
sin que luego les pase ná.

Yo, Don Carnal, doy fe.





(Grabado de Caillot)


miércoles, 22 de febrero de 2017

Apócrifa. 78 años después Antonio Machado vive




"Diréis que un muerto no habla. Sería una ocurrencia perturbadora si os dijera que dentro de setenta y ocho años os hablaré todavía. Cuanto dijo un muerto lo dijo en vida y lo ordinario es que sus palabras se las haya llevado el olvido. Las palabras encerradas entre las páginas de los libros no respiran, se ahogan, ordinariamente están tan muertas como su autor. A veces algún ingenuo que busca aún respuestas en los libros  -como si los libros resolvieran los enigmas de la vida-  al tomar de un anaquel polvoriento un volumen y abrirlo percibe que se desata un leve clamor. Sé que quien coja al azar alguno de mis libros dentro de setenta y ocho años lo leerá como si escuchara el rumor de las tripas revueltas. En un país de tripones, donde el grosor de las barrigas domina sobre otras partes del organismo y adormece funciones cerebrales, parecerá un acto casi de identidad. Pero las tripas revueltas siempre expresan inquietud, alertan, avisan de alguna clase de desasosiego fundamentado y anuncian disfunciones que deberían tomarse en consideración. Tal vez dentro de setenta y ocho años haya algún despistado que busque la explicación de las tripas de su país dentro de mi obra intestina. Pero el muerto no ha dicho nada nuevo. He escrito lo que he recogido del mundo que me rodeaba. Tal vez toda mi obra es la expresión de la soledad más aguda, sin que considere que nunca caí en la melancolía. En la indignación sí. En la percepción viviente de la belleza también. He pretendido navegar por el curso de un cierto y laborioso estoicismo que me ha calmado en medio de las tormentas de un tiempo y de una sociedad que desairaban al hombre. He inventado incluso personajes que hablaban a la vez desde dentro y desde fuera de mí. Porque quien escribe no puedo hacerlo para otros si no tiene claro que lo hace también, o acaso sobre todo, para sí mismo. ¿Que aletea una amarga esperanza en mis argumentos arriesgados? Se dirá: qué contradicción; una esperanza es luminosa y limpia o no es esperanza. El auténtico esperanzado no es el risueño, ni el necio, ni el que pretende que otros le resuelvan sus problemas, ni el bobalicón que permanece con las manos extendidas esperando el maná que le alimente. El esperanzado auténtico es el que no espera. Si fui alguna vez presuntuoso y engreído la vida y la circunstancia me curaron. Algo de aquel viejo defecto debe quedar en mí todavía cuando pienso estúpidamente, al borde del estertor, que acaso dentro de setenta y ocho años aún el muerto le diga algo a alguien en un país que quién sabe si aún no tendrá mucho que escuchar de sí mismo. Ahora digo como me dijo mi maestro: que tengáis mucha suerte y que no conozcáis otra."  



Setenta y ocho años después de Collioure el muerto habla. ¿Seguro que no ha dicho nada nuevo desde aquel lejano y pobre veintidós de febrero? Algunos lo seguimos interpretando y descubriendo porque sigue en vigor. Y lo que permanece en vigor siempre es nuevo. Nada de lo que podamos leer de él nos sigue pareciendo vana repetición. Ni siquiera las muletillas y tópicos en que se han convertido algunas de sus palabras. Algunos leemos todavía sus proverbios, sus artículos, sus cantares, sus poemas, su Juan de Mairena no como libros sagrados, sino como cartillas de aprendizaje del vivir. A veces nos embarga cierta amarga melancolía. Otras una conmovedora indignación. Pero siempre aparece en sus letras un oleaje de esperanza resistente. Solo disfruta de esperanza el que no espera.





lunes, 20 de febrero de 2017

Boira




No sé por qué elegí aquel extraño camino. Avanzaba la tarde y la niebla iba reduciendo mi mirada. Un hombre, o su silueta, ocupaba la distancia que había delante. No sabía si venía hacia mí o se alejaba. Podía ser yo mismo que avanzaba unos pasos y luego retrocedía. La boira es un espejismo que distrae la senda en la que te encuentras sin saber bien cómo y por qué has llegado a ella. 

Un hombre, o apenas el esbozo de un cuerpo, crecía y disminuía a medida que yo apresuraba mis pasos o bien los refrenaba. Un hombre menos alto que un árbol. Menos hombre que un árbol. No tan definido como los bordes de florecillas. Menos firme que la disposición de los árboles. Si ese hombre, o lo que se le parece, solo es una secuencia de mí mismo aceptaré el rigor, o la bondad, depende, del orden de la naturaleza. Me dije.

Pero un árbol no asusta a otro árbol. Ni la niebla angustia al paisaje que hace desaparecer. Ni las tinieblas desplazan para siempre a la luz. Ni los sonidos de los animales nocturnos se imponen unos a otros. Un hombre próximo a otro hombre es el acecho. Un hombre delante o detrás de otro hombre es la inquietud. Tú mismo, si se da el caso de que eres el otro y a su vez eres tú, en desacuerdo, andando un camino imprevisible, puedes ser el espanto.



(Fotografía de Isabel Gómez)