.

.


La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








viernes, 17 de noviembre de 2017

Sobre el más allá transfronterizo









Max y yo hemos comido hoy juntos. Para celebrar nada. De aperitivo un Eiswen, el vino de hielo de los germanos que entra solo pero con el que nos apetecía acompañar a unos mejillones de la Gallaecia de donde acaba el orbe. Después nos hemos comido una escalivada mojada por el aceite de arbequina de Tarraco, con un punto de vinagre de la Emilia Romaña francamente sutil. A continuación, tatatachán, una fuente mediana de jamón ibérico de Al-Andalus. Luego, aquí redoble de tambores y fanfarria, cuarto de lechazo de la vieja y profunda Castella, regado por un tinto crianza de Toro. Y de postre un delicioso turrón de Agramunt acompañado de cava del Penedès. Parecerá poco pero ha sido algo intenso y poliédrico para nuestros gustos. Max aún se ha tomado tras el postre una copita de pacharán navarro, pero yo no podía más. 

La charla ha fluido sin fronteras, es decir sin prejuicios ni soberbias ni pedanterías ni fantasmas ni temores.

No hemos brindado por otra patria ni por otra fe que por la amistad. La única en la que ambos creemos. El más allá del más acá.



(Pintura de Jacob Jordaens)

jueves, 16 de noviembre de 2017

Apunte sobre la personalidad truhana de los vivientes de la política


























Qué truhan estás hecho, solían decirnos de niños benévolamente. Eres un truhan, aún nos dicen cariñosamente de adultos, en una concesión de amistad cómplice. Todo referido a un comportamiento de enredo, de buscar las vueltas con inocencia o de simple manifestación simpática. Nada comprometido y todo muy afectuoso. Pero cuando se mira en el entorno más amplio, en ese ámbito social y político, pasado por la freidora de los medios de comunicación y la publicidad de los partidos, es cuando el enfoque varía, se vuelve más embarazoso y grave porque el vocablo señala actitudes y prácticas que dejan en entredicho a la política, a la ética y a los mismos individuos que medran a costa de ese mundo amplio de la representación ciudadana.

Individuos unos con poder e influencia, además de estar en el meollo del control de la gestión de sus propias organizaciones, que llevan años en los tribunales porque queda en entredicho no solo su comportamiento delictivo personal sino el del propio partido al que pertenecen, y que para más inri moral sigue gobernando. Individuos otros con poder e influencia que se lanzan a aventuras ilegales y trasnochadas para cuestionar -bien en serio, bien de mentirijillas cuando no les sale la jugada-  la organización social y política de los ciudadanos, hablando e imponiendo en nombre de todos cuando son solamente parte, que no dudan en arriesgar con la ruina a su comunidad, que comprometen a sus propios seguidores, y luego los traicionan, que tan pronto se van como vuelven, que se disfrazan cuando les interesa y se maquillan de nuevo cuando les parece, jugando a presentarse a elecciones como si nada hubiera pasado. 

He ahí dos prototipos de truhanes de nuestros días en la sociedad española. Truhanes sin ideas renovadoras ni revolucionarias. Truhanes solo pendientes de su beneficio, tanto económico como político, porque en la esfera de la gobernación no se distinguen ambos objetivos con claridad. Truhanes a los que, a pesar de todo, siguen ¿inocentes? conciudadanos tanto en la calle como en las urnas, pero ya se sabe que la ceguera es un mal extendido y de difícil cura. Truhanes que, en fin, han convertido la política en oficio de truhanes.

Adjunto dos acepciones que la palabra truhan tiene en la lengua española. Una de hace casi tres siglos que solo ofrece una explicación digamos que lúdica y divertida. Otra, actual, que amplía y precisa la calidad del término. Ya no se trata únicamente de algo meramente risible sino que contiene también la acepción severa. ¿Tanto han variado las pautas y conductas de los hombres en trescientos años? Se confirma una vez más que la precisión del lenguaje acompaña a la ejecución de las obras humanas, buenas o nefastas, solidarias o egoístas, constructivas o desintegradoras. Acaso habría que llamar a las cosas y a las personas por el nombre que sus comportamientos sugieren. Mucha gente en la calle ya lo hace. Al fin y al cabo siempre nos quedará el lenguaje. 


"TRUHAN. s. m. El que con acciones, y palabras placenteras, y burlescas entiende en divertir, y causar risa en los circunstantes. Covarr. quiere se dixesse del Italiano Trufa, que vale burla, ò chanza. Lat. Scurra, æ. Ludio, onis. SAAV. Coron. Goth. tom. 1. Año 416. Conjurados contra él, se valieron [r.371] de un Enano llamado Bernulfo, que le servía de truhan."

Diccionario de Autoridades - Tomo VI (1739)



"Truhan, na 

Del fr. truand. 

1. adj. Dicho de una persona: Sinvergüenza, que vive de engaños y estafas. 

2. adj. Dicho de una persona: Que con bufonadas, gestos, cuentos o patrañas procura divertir y hacer reír." 

Diccionario de la Lengua Española. Actual.




(Grabado de William Hogarth)


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Apunte panfletario sobre la decadencia y el retorno al primitivismo según Jacques Barzun





En un párrafo del libro de Barzun Del amanecer a la decadencia. Quinientos años de vida cultural en Occidente el autor habla nuevamente de la Decadencia en la Historia, porque es uno de esos lugares recurrentes que no acaban de ser desentrañados. Barzun parece tenerlo más claro: "¿Cómo sabe el historiador cuándo aparece la Decadencia? Por la franca confesión de enfermedad, por la búsqueda en todas direcciones de una fe, o de muchas. En el Occidente cristiano han surgido recientemente decenas de cultos: budismo, islamismo, yoga, meditación transcendental, la iglesia de la Unificación del señor Moon, y toda una amplia variedad, algunos dedicados al suicidio colectivo. Para los espíritus laicos los viejos ideales resultan gastados o inservibles, y una serie de objetivos prácticos son transformados en credos sostenidos por actos violentos: luchar contra la energía nuclear, el calentamiento del globo o el aborto; salvar de la explotación el entorno natural con su fauna y su flora ('¡Queremos que vuelva el lobo!'); promover el el consumo de alimentos orgánicos en lugar de tratados, y proclamar condenas de la ciencia y la tecnología. Un impulso hacia el PRIMITIVISMO anima todas estas negaciones".

Aunque esta opinión es de hace dieciséis años, cuando apareció el libro, la lista que describe Barzun se mantiene y seguramente se amplía. De haber vivido hoy el historiador  -y ya vivió el hombre 104 años como para ser un testigo fundamental de muchos aconteceres-  probablemente incorporaría la vuelta de los populismos, de distinto signo formal pero acaso no de fondo, y el peligroso renacer insolidario de ciertos nacionalismos, que no plantean nada novedoso sino el viejo retorno al Estado nación -algunos no lo tuvieron nunca, y no hace falta que se cite aquí el caso más próximo- sin haber aprendido, ni querido aprender probablemente, la lección del fracaso de otros.

Todo podría resumirse en una especie de negación de aquello que más nos ha afirmado, con sus luces y sombras, en los últimos dos siglos: la Razón y lo que su desarrollo trajo consigo, esto es, el ejercicio del libre pensamiento, el raciocinio y la argumentación. Ver que la política, por ejemplo, se rinde hoy a un mundo de imágenes difusas y nada racionales, tal como la falta de análisis rigurosos, la extensión de la mentira y lo que se da en llamar la posverdad, el recurso a los planes tácticos y a corto plazo en políticas de gobierno y de oposición, la escandalosa manipulación de masas a través de todas las variantes de publicidad ideológica, el mantenimiento de una cierta influencia de las estructuras religiosas tradicionales que simulan aggiornarse, la desvirtuación de los hechos históricos, tanto del pasado como de la actualidad, la falta de abordamiento de los problemas de fondo donde el conflicto de clases parece haber sido relegado, la medición de los desajustes estructurales por una maniquea macroeconomía que beneficia más a aquella minoría de entes del beneficio privado en lugar de repercutir con cierto sentido igualitario entre la colectividad, todo ello, en fin, es como inflar un globo muy grande y de abundante colorido para el que solo es cuestión de tiempo que pinche y nos deje a todos a dos velas.

Que hoy día la política tenga un significado más emocional que lógico, más sentimental que empírico, más cuasi religioso que laico y más efímero que asentado es preocupante. Que sea bajo el debate de ideas y de propuestas enriquecidas -o bien se queden en papel mojado, sin aplicaciones reales- es angustioso. Que las alternativas políticas integradoras de todo tipo de sectores trabajadores no se vean por ninguna parte es nefasto y empuja a la sociedad a dejarse seducir por los flautistas de Hamelín que preconizan salvaciones traidoras. Que el sentido de la Estética y de la Ética esté sucumbiendo a expresiones industrializadas y carentes de respuestas a todo lo natural y humano -es bello y es bueno lo que produce ganancia, parece ser el lema imperante-  pone la puntilla al método mismo del Pensamiento racional. El desempolvamiento y revitalización de viejos símbolos  -cánticos, banderas, mitos reinventados y falseados-  es un signo también de esa decadencia de la que Barzun habla.

En este sentido la decadencia del momento actual ¿es solo una expresión de comportamientos de choque o más bien refleja lo perdidos que andamos los ciudadanos de las sociedades occidentales mientras los grandes problemas globales nos desbordan y los grandes capitales no cesan de hacer sus agostos? No, no son los del ruido identitario los que marcan la pauta, por más que estén viviendo sus contradictorios y penosos, si no ridículos, días de gloria publicitaria. Hay muchos que, ante todo lo que ha venido promoviéndose desde un sector de la sociedad catalana en orden a la disgregación, decimos cada vez más alto: Más Europa, por favor. Pero una de dos, o el proceso es lento o tampoco los Estados más influyentes y decisorios acaban de estar por ello. Pero si no se alcanza pronto más Europa ya sabemos lo que nos espera. Eso sí que sería el signo definitivo de la decadencia.






(Arriba, cuadro de Johannes Kupetzky. Abajo, foto de Barzun)



martes, 14 de noviembre de 2017

Apunte sobre un anhelo emotivo de Elio Berhanyer















Veo trozos del programa Imprescindibles, de la llamada televisión pública, sobre el diseñador de moda de alta costura Elio Berhanyer (88 años) En un momento dado el hombre hace una reflexión con la mirada perdida hacia el pasado que yace en su interior. "Cuando me vaya al castillo de irás pero no volverás, dice con ironía expectante, me gustaría que hicieran conmigo una cosa, pero no lo van a hacer. Me gustaría que me echaran desnudo donde mi padre...(pausa reconcentrada y emotiva del hombre) Pero no lo van a hacer" (parada muda, como si escuchara alguna clase de eco que solo él entiende) 

Indago algo sobre la vida de Elio Berhanyer (nombre artístico) nacido Elio Berenguer, hijo del jornalero anarcosindicalista cordobés Elio Berenguer Lobo, fusilado por los insurrectos contra la República de verdad en agosto de 1936. Entonces comprendo del todo su anhelo emocionante: Que me echen desnudo donde mi padre...Este hombre ha debido llevar toda su vida dentro de sí a su padre. Con su desnudez busca la desnudez de la tierra, persigue la vida perdida de su padre. Me quedo pensando: ¿pero sabrá dónde está la tierra que acoja a éste?  

Entonces resuena el verso de Luis Cernuda: "Sin víctimas ni amantes. ¿Dónde fueron los hombres?" (Poema Desolación de la quimera)



sábado, 11 de noviembre de 2017

Amores efímeros. La higuera




Sube tú primero, animó a la niña. Esperó a que ella trepara por el tronco inclinado de la higuera. Observaba fascinado sus piernas blancas y flacuchas que se hacían más largas a medida que el vestido de tirantes blanco se le recogía. Luego desaparecían tras una nube desconocida. Algún día le preguntaré cómo, pensó el niño. No te arañes con la corteza del tronco al subir, dijo ella, yo me quedo aquí apoyada. La vio como una exploradora alcanzando la cima, acariciando las hojas aterciopeladas de la higuera. La chica arrancó una y la hizo girar entre sus dedos por el tallo. Cuando llegues tengo un abanico para ti, ya te queda poco. 

Las brevas lucían su color morado suntuoso, algunas ligeramente rajadas debido a su madurez. El niño se recostó en otra rama gruesa cercana a aquella donde estaba la chica. Las hojas esbeltas le acariciaban la cara, escondiéndole parte de la figura de la niña. Respiró hondo tras el esfuerzo. ¿Tienes calor? Toma, puedes abanicarte, dijo ella y a continuación siguió hablando con tono imperativo, pero cariñoso. Cierra los ojos. Ahora abre la boca y prueba despacio, y extendió su mano. Las brevas hay que comerlas sin prisa y relamerse. El niño olió la piel de su amiga y obedeció. Muerde sin miedo. Sintió la aproximación de aquella pulpa delicada y jugosa. De pronto desobedeció y abrió los ojos. La contempló primero deslumbrado, también ansioso. Después la cató. ¿A que está dulce?, dijo con énfasis la niña a su compañero de juegos. Éste afirmó con la cabeza y siguió llenando su boca con la delicia azucarada del fruto. Abriré una para ti, le dijo a la niña. 

Cuando se sacudió las tiras de la piel del fruto, que se le habían pegado a sus dedos, eligió una breva de buen tamaño, sin fisuras. La que le pareció más esbelta y tierna. ¿Sabes que la forma de la Tierra es como una breva?, le dijo y la chica rió la ocurrencia. La desgajó en dos partes. Mejor la compartimos, tú te comes una mitad y yo la otra, será como una ceremonia, le ofreció. ¿Como los novios cuando se casan?, replicó la niña. Más que casarse. Yo te daré mi parte y tú la tuya, tenemos que comer de la mano el uno del otro, propuso el chico. Y eso ¿qué quiere decir?, replicó gozosa la niña. Pero él no quiso o no supo responder. Ambos comieron despacio de la vulva pulposa que se ofrecían mutuamente en sus manos extensas, como platos. Mordían a cachitos; ahora tú, ahora yo. Ahora me hace cosquillas tu lengua. Ahora tiemblo cuando tú me la das. Mientras, sentían cómo las morreras resecaban el perfil de sus labios. 

Al niño le pareció que los ojos de la chica crecían a medida que devoraba el fruto. Ella creyó ver en la mirada de él un carrusel de luces que oscilaban de color por momentos. Espera, me toca a mí abrir otra, dijo cuando terminaron. ¿No crees que nos caerá mal comer tantas?, y el chico habló como si fuera de pronto un adulto prudente. Será la penúltima, dijo la niña con picardía. Además, ¿no ves que nos las comemos a medias?




(Fotografía de Marianne Breslauer)

jueves, 9 de noviembre de 2017

Las folías, las locuras, de España



















Las folías de España es un tema musical que procede de la Baja Edad Media. Inicialmente es un tema popular, probablemente pastoril, que se componía tanto de canto como de música. En el magnífico Tesoro de la Lengua Castellana (1611), de Sebastián de Covarrubias, se proporciona esta información:

“Una cierta danza portuguesa de mucho ruido; porque resulta de ir muchas figuras a pie con sonajas y otros instrumentos, llevan unos ganapanes disfrazados sobre sus hombros unos muchachos vestidos de doncellas, que con las mangas de punta van haciendo tornos y a veces bailan, y también tañen sus sonajas; y es tan grande el ruido y el son tan apresurado, que parecen estar los unos y los otros fuera de juicio. Y así le dieron a la danza el nombre de folía, de la palabra toscana ‘folle’, que vale vano, loco, sin seso, que tiene la cabeza vana”.

Probablemente la danza y su estilo ya viniera de tiempos anteriores y vinculada a significados y expresiones más primitivos. Lo cual explicaría su ritmo frenético rayano en la locura. Curiosamente, en español folía sirve para designar tanto la citada composición musical como el concepto locura. ¿No se dice locura en francés folie? La folía prendió a lo largo del Renacimiento, se desarrolló más en el Barroco y hasta en el Clasicismo, y siempre manteniendo el temple y el compás, aunque muchos intérpretes la concedieran un virtuosismo superior. De un inicio popular y libérrimo la folía pasó a ser, pues, una interpretación cortesana en el extremo opuesto a sus orígenes modestos. Monstruos barrocos como Lully y Marin Marais la adaptaron de manera exquisita. Jordi Savall las ha interpretado por activa y por pasiva. ¿Cómo resistirse a escuchar una trepidante y breve, La Rêveuse, de Marin Marais?

Estas son locuras, folías, de España que reivindican la belleza de la música y del entendimiento frente a las locuras de los clowns de la política de nuestros días. Dice mi amigo Max sobre esta interpretación de Savall: quien no se emocione y vibre al escucharla es que no tiene alma.








Jordi Savall. Folías de España, de Antonio Martín y Coll







miércoles, 8 de noviembre de 2017

martes, 7 de noviembre de 2017

Recurriendo a Michel de Montaigne





















Cuando leo a un clásico no solo leo lo moderno, lo actual, sino incluso la novedad. Se puede objetar que la novedad de un clásico no es novedad en nuestros tiempos. Pero lo que aparece ahora es efímero y urgente, y aunque nos toca a todos se no suele escapar a menudo su comprensión. Nos cuesta captar cada experiencia cotidiana y mucho más asimilarla. Conocer es un proceso  que, acaso, cuanto más lento y medido más entidad y calado posee. Por ello me parece necesario recurrir al clásico, no obstante las propias dificultades y límites que yo tenga para acceder a él, porque asienta y me descubre el concepto de las cosas. Y su perspectiva y la mía. Es frecuente escuchar cuando se cita a un autor de hace siglos: pero eso ya lo sabemos. Y quien así habla lo dice con la osadía de creer que lo sabe todo. Prefiero verlo de otro modo, pues la condición que nos trae la edad avanzada no es que nos creamos sabios sino que descubramos que el relativo conocimiento de hoy nos ha llegado porque hubo sabios desde hace milenios. Y opto entonces, al acercarme a un clásico, por una suerte de consolación para mis cuitas personales y en lo que me toca de las colectivas, que me proporciona afirmación, y también cierto grado de seguridad y una nada desdeñable porción de equilibrio

Busco la confortación en cuanto han podido escribir los sabios del pasado. La miseria política que vivimos últimamente, cuya situación no niego que resulte atractiva y apasionada para muchos, está produciendo no solamente un desequilibrio en la situación económica y hasta cierto punto política de todo el país, cuyo precio a pagar puede ser alto. Está causando estragos en las relaciones de convivencia, problemas en la comprensión de de lo que acontece  y situaciones de nerviosismo, confusión y estrés en muchos individuos. Es probable que a  aquellas personas que menos se interesen por los temas políticos o menos se hayan acercado a entender la situación apenas les afecte. Pero hay otra parte de individuos, más sensibilizados, que han desarrollado, con sus luces y sombras, un grado de cultura política importante dentro de ellos, que lo están pasando mal. Naturalmente ello me conduce automáticamente a preguntarme: con la disponibilidad abierta y fructífera de una vida que se nos ofrece para procurar vivirla con satisfacción y salud, dentro de las posibilidades y márgenes que la condición social actual nos coloca, ¿cómo podemos perder el tiempo, la energía y la buena relación con los otros a cuenta de veleidades pasajeras, invenciones siniestras y ambiciones sin límite de minorías que las construyen sobre la manipulación y el seguimiento de una determinada cantidad de súbditos?

Dice Michel de Montaigne en su ensayo La semejanza de los hijos con los padres:

"La salud es algo precioso, y lo único que merece en verdad que se emplee no sólo tiempo, sudor, esfuerzo y bienes, sino incluso la vida en su búsqueda, porque sin ella la vida nos resulta penosa. Placer, sabiduría, ciencia y virtud, sin ella, se empañan y desvanecen; y, a los más firmes y vigorosos razonamientos que la filosofía pretenda imprimirnos en sentido contrario, no tenemos más que oponerle la imagen de Platón golpeado por la epilepsia o por una apoplejía, y retarlo en este supuesto a llamar en su ayuda a las ricas facultades de su alma. Cualquier vida que nos lleve a la salud no puede decirse en mi opinión ni dura ni cara."

Y es que en los días aviesos y conflictivos que nos tocan vivir, ojalá no más graves en el futuro, uno no puede conformarse con leer noticias y comentarios en aquella parte de prensa relativamente creíble. Mucho menos atender a tertulianos televisivos cuyos límites o servicio al amo son perceptibles. Los entresijos de las formas, los movimientos en la ardiente oscuridad que se traen la clase política y la económica, en los distintos planos, globales y locales, las jugadas de ajedrez de aprendices y maestros del juego de recorrido largo, no nos explican demasiado. Y sí nos desgastan considerablemente. Tener que escuchar últimamente a gente sesuda decir que está hasta las narices o que a la mierda la política es preocupante. Si los inteligentes dejan el terreno expedito a los mediocres -y sospecho que en la comunidad del país donde hay ahora un contradictorio conflicto que les encanta exportar ha sucedido así, y tampoco se puede hacer cantos de buena gobernación a los que dirigen el Estado central- estamos perdidos. Que no hagan mella en nuestra salud personal y colaborativa entre ciudadanos. Sería lo último. La antesala de algo mucho peor. Para cuidarme, para curarme, busco y rebusco en los clásicos.




domingo, 5 de noviembre de 2017

La evanescencia visible de Jean





















Viene a verme Jean a una hora imprevista, pero no intempestiva y menos perturbadora. Me queda poco para terminar el juego de la oca, me suelta tras interesarnos primero mutuamente por nuestra salud (ahora no nos apetece hablar de nuestros desasosiegos)

A Jean no le había visto desde bastante antes de iniciar esa serie de ocurrencias, como él se suele referir a sus escritos instintivos. La sigo, la leo, aunque no opine nada, le digo antes de que me pida cuentas. En absoluto pretendía saberlo, dice, simplemente es que estoy eufórico, y también perplejo, no tanto por haber llegado tan lejos sino por las enseñanzas, digamos, que me está produciendo. ¿Enseñanzas? ¿A ti?, le sigo el hilo. Sí, creo que cada individuo se enseña a sí mismo, no solo es lo exterior o personas concretas las que pueden aportarnos, que lo son, sin duda. Pero es uno mismo el que cataliza lo que va llegando, lo que percibe o lo que transforma. No es un camino recto, ni siempre de causa a efecto. Yo mismo he tenido procesos de aprendizaje rápidos, impulsivos, pero me resultan más satisfactorios y efectivos los lentos. En estos siento que aquello que me empapa, proceda de donde proceda, abren más mis sentidos y sobre todo  mi capacidad de asimilación. Podría haber esperado a terminar la serie, cierto. Pero es como cuando subo a una montaña o me aproximo a un faro. Siempre me detengo en el camino un buen rato. Como si mi cuerpo no quisiera conocer la meta propuesta. Me sucede parecido con la lectura, a treinta o cuarenta páginas del final voy ralentizando el avance, incluso me paro; me sucede con frecuencia si el libro es interesante y me agrada por diversos motivos. A veces dejo el libro unos días o un mes a mano, pero sin retomarlo. Como si no deseara que la trama concluyera o que su estilo gozoso muriera con la muerte del relato. Como si no pudiera alejarme del ámbito de los personajes o de su tiempo o de sus angustias y diversiones, que de todo hay. El desenlace puede esperar, no va a modificarse, pero mientras yo sí, y acaso, quién sabe, en unos días percibo el fin de otra manera. O yo mismo soy diferente y entiendo y siento diferente. Porque la lectura es sensación, también emoción, como ante cualquier proceso artístico que requiere al testigo, lector u observador, para que cumpla una función más amplia que la que pretendió un autor.  ¿Te parezco demasiado tiquismiquis? No, le digo. Cada uno tiene su método y su encaprichamiento. Estaría bueno que hubiera que leer como una regla monástica y no disfrutar como en un burdel, le digo con una falsa violencia no menos pseudo literaria. Jean sabe de sobra cómo soy, y de mis ironías exageradas, aunque nos veamos lo justo últimamente. Pero sé que quiere decirme algo más. Bien, tomemos una copa de vino juntos, ahora que te has desahogado, le sugiero. ¿Sabes?, y parece ignorar mi invitación. Creo que ha medida que voy terminando mi particular interpretación del juego de la oca se me ocurre que podría empezar de nuevo. Conociendo a Jean, no me sorprendo del todo. Ya no le puedo parar. Empecé de una manera, fui evolucionando de otra y ahora, casi al final, pienso que cada viñeta del ilustrador puede sugerirme nuevos temas. Nuevos enfoques, historias diferentes, juegos más allá del juego. ¿Es la ilustración en sí o es mi propia visión cambiante de las cosas lo que proyecta otras invenciones ?

El vino está sabroso. Su confesión hace que lo paladee más. Le digo: Jean, lo que ocurre, así de simple, es que la vida que llevamos dentro nos cambia cada día. Y cada día la degustamos más, como este vino de ahora. Y acaso nos acecha la trampa de creer que podemos disfrutar más de lo que nuestros límites nos permiten. No sé si podremos, ni hasta dónde llegaremos, pero al menos todo tiene un sentido más claro. Es la contradicción que debemos asumir. Y que nos llena. Sabemos más, percibimos de manera más enriquecedora y útil, nuestras capacidades y logros tienen más mena que ganga, pero no sabemos ya cuánto duraremos. Jean sonríe. Duraremos lo que la imaginación nos permita sortear el desgaste. He hecho bien en venir a verte. 


https://tulaevanescente.blogspot.com.es/2017/11/59-el-vuelo-ausente.html



(La ilustración es de Artemio Rodríguez)


viernes, 3 de noviembre de 2017

Apunte sobre Antístenes y Diógenes




Lo cuenta Michel de Montaigne -recogiéndolo de Diógenes Laercio- en el ensayo La semejanza de los hijos con los padres:

"Y, cuando el estoico Antístenes se encontraba muy enfermo y clamaba: ¿Quién me librará de estos dolores?, Diógenes de Sinope, que había ido a verlo, le ofreció un cuchillo: Él, si quieres, muy pronto. Antístenes replicó: No digo de la vida, sino de los dolores."

Estos cínicos...Dos posibilidades, dos métodos, para acabar con el dolor. Impecables los dos pero uno implacable. Sin embargo, ante la fórmula más radical y suicida, exterminadora no solo del dolor sino de la vida del paciente, tiene que haber un tratamiento alternativo, posibilista. Ciertamente también dice Montaigne más adelante: "¿Qué importa que demos el brazo a torcer, mientras no demos a torcer los pensamientos?". Pues es evidente que hay situaciones críticas en que ni se ve intención de ceder ni de corregir conductas y mucho menos de modificar los criterios del pensamiento.

Moraleja. No conviene ponerse en el peor de los extremos para acabar con un efecto porque se puede terminar con quienes los causan y con quienes los padecen.



(Cuadro de Jacob Jordaens)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Apunte a una cita de Jacques Barzun sobre la decadencia





















"Cuando la gente acepta la futilidad y el absurdo como algo normal, la cultura es decadente. La palabra no es difamatoria: es una definición técnica. Una cultura decadente ofrece buenas oportunidades ante todo al satírico". Lo dice el historiador Jacques Barzun en su extraordinario libro Del amanecer a la decadencia. Quinientos años de vida cultural en Occidente (De 1500 a nuestros días) ¿A que podría aplicarse a los momentos actuales? Sin embargo tal comentario aparece en el capítulo en que dibuja con una claridad pasmosa la revolución luterana y cuando se dispone a hablar de un hombre erudito llamado Erasmo, cuyos escritos divertidos  -los Coloquios-  no van a la zaga de su Elogio de la locura (o de la estupidez o de la necedad, como traducen otros)

Francamente, los tiempos decadentes que atravesamos en la actualidad podemos afrontarlos dramatizando hasta extremos angustiosos o relativizando a través del humor. Tal vez sea necesario e higiénico no dejarnos envolver por los sofismas vacuos y darnos más a satirizar situaciones y comportamientos, amén de divertirnos con aquellos personajes que se prestan al ridículo. Que abundan en el ruedo ibérico. No cabe otra actitud si no queremos perecer en el hastío o en la confusión. Los Coloquios familiares de Erasmo o el Coloquio de los perros de Cervantes fueron excelentes ejemplos de épocas diferentes que acaso nos conviene leer para amortiguar la estupidez política de nuestros días.



(Erasmo según Durero)


lunes, 30 de octubre de 2017

Apunte sobre la madera de los héroes




















No creo en los héroes, simplemente porque no me fío. Porque todo lo que me han contado acerca de ese tipo de personajes ha sido a través de vencedores que necesitaban encubrir sus hazañas sangrientas o de derrotados que pretendían justificar sus fracasos. Desde la Ilíada no me fío, y que me perdone Homero. Con mayor razón y con mayor información conocí de cerca la exaltación de los héroes de la última guerra civil, que no me tocó pero que me rozó porque fue una presencia onerosa y quemante durante décadas. Y en cierto modo lo sigue siendo, al menos para algunos. Cuánta patraña escuché, cuánta idealización, cuánta justificación de los vivos que llenaban el buche a costa de los muertos. 

Los héroes suelen ser tipos comunes que se utilizan como carne de cañón en las guerras, que no pretenden perecer en un asalto pero que se dejan engatusar en primera instancia por las ideologías en conflicto. Tipos comunes que a veces se han rebelado porque no querían ser cifra en la carnicería. Se sabe de soldados e incluso oficiales de bajo o medio rango que en la Primera Guerra Mundial se negaban a iniciar el asalto de trincheras porque sabían sobradamente que no tenían oportunidades de sobrevivir y automáticamente fueron fusilados por la superioridad propia. Consecuentemente a esos hombres se les tildó de traidores y cobardes. Los otros, los que caían como imbéciles, eran los héroes. De ahí cabe deducir que el héroe puede ser o un fanático o simplemente que se la juega para ver si sale vivo o aquel al que la dosis de alcohol o sustancias estupefacientes le enajenan. Al héroe le señala el destino con no disponer de muchas posibilidades de supervivencia. Cierto que autores de alguna hazaña han sobrevivido, bien por casualidad o porque cayeron otros por ellos. El mérito se lo encontraban a costa del demérito de la pérdida de vida de compañeros. 

En estos días en que ciertos personajes de la Catalunya profunda, seguidos por una determinada multitud ¿enajenada?, han jugado a ser rebeldes con causa pero sin excesivo mérito, sospeché con mi habitual ingenuidad que probablemente se les deparase un destino heroico. Llegué a pensar, estúpido de mí, que asumirían su papel de paladines sin mácula, listos a ofrecer su sangre  -Viurem lliures o morirem, reza un lema de ellos por ahí-  y a perder sus haciendas por una causa superior noble en la que creían firmemente. Al fin y al cabo sabían que se estaban saltando la legalidad pactada en otro tiempo por ellos mismos con quien consideran ahora su enemigo luego tenían que esperar sacrificios, sudor y lágrimas, era mi reflexión lamentable. Erré. Y de pronto hoy nos cuentan que la cabeza rectora de una supuesta secesión inconclusa, inconfesa y no mártir, junto con íntimos de su corte, se ha presentado en otro país huyendo de la quema. Penosa madera de héroes. ¿Qué pensarán de tan valerosa hazaña los seguidores y cruzados de la causa? 

Que cada cual saque sus conclusiones.  



(Cuadro de Antoni Estruch i Bros titulado L'onze de setembre)


domingo, 29 de octubre de 2017

Amores efímeros. El niño y la trapecista





Su agitación infantil le llevaba a sentirla así. Fascinación por el nombre mágico de la artista, primero. Emoción por el ejercicio perfecto, después. Un cosquilleo eufórico cada vez que fantaseaba que ambos trabajaban juntos en las alturas, más tarde, al encontrarse solo. Cuando terminó el número espectacular el niño se escapó de la compañía de su familia y fue al encuentro de la trapecista. Yo hago lo que tú, la dijo ingenuamente. La trapecista, en su asombro, no se rió. Cubrió con un albornoz el sudor de su piel. Luego le pidió que le explicara cómo lo hacía. El niño le contó entonces que todos los veranos montaban algunos chicos del barrio un circo para los chavales de la vecindad. No un circo como el vuestro, pero casi, le dijo. Que tardaban muchos días en levantarlo, que les entretenía mucho y que se repartían papeles. El más irritable de la panda hacía de domador, ayudado de un perro dócil que atendía a todas sus órdenes, el divertido de payaso, varios habilidosos iban de malabaristas, una chica que destacaba por ser la mar de decidida tenía que arrojar los cuchillos contra el hermano pequeño, el chico más tímido tenía como misión acomodar al público, y él con su mejor amigo eran los saltimbanquis. Se tiraban desde los nogales, multiplicando piruetas, o hacían acrobacias en el columpio sujeto de las ramas. Mientras se limpiaba el maquillaje que el calor de las luces había desfigurado la trapecista le preguntó: ¿Te gustaría trabajar conmigo en el circo? Él no se lo creyó. Todo quedó enmudecido a su alrededor. Las llamadas de los padres no las escuchaba, ignoraba los gritos de sus hermanos buscándole, el resto de números de la función no existían ya para él. ¿Así, por las buenas?, respondió con pasmo y voz quebradiza. ¿No quieres ver primero lo que hago? Además tendría que venir mi amigo porque sin él no estarían completos algunos números. La trapecista acarició la cabeza del chico y le dijo con dulzura: sólo te quiero a ti. Pero que sepas antes de nada que aquí trabajamos sin red. El niño no dudó. Estoy acostumbrado a hacer equilibrios en los árboles sin red, ¿quieres verlo?

  

La trapecista Pinito del Oro murió el pasado miércoles, ya muy mayor. Creo que buscaré en las calles de mis recuerdos aquellos carteles enormes donde se anunciaba su actuación estelar. Y aquella función memorable donde la vi en sus desafíos al vacío. 


sábado, 28 de octubre de 2017

Ah, al final todo se trataba de un cómic


















Es decir, que al final, todo se trataba de un cómic. Curiosa imagen que acabo de extraer del blog de un partidario de la secesión. Los cómics, como en mi infancia los TBO de Aribau 177, son uno de los espacios más fecundos de la fantasía. Que ese Supermán adaptado corone el templo como si se tratara de una cruz gigantesca es significativo. ¿Me aclara alguien si es el nuevo redentor? ¿O el Salvador que proporcionará la tierra prometida tras una larga travesía del desierto? ¿O que el subconsciente del diseñador, poco original, por cierto, no se sustrae al mito sacrificial del Cristo? ¿Se trata de la tradicional fusión entre fe y poder? ¿Finis coronat opus? O como es un cómic todo lo que sucede ¿ es King Kong reencarnándose?

En fin, me quedo tranquilo. Todo ha sido un cómic, aunque no muy imaginativo, o la serie que continúa. Nada de mal sueño, ni nada serio que ponga en peligro la vida cotidiana incluso de los mismos que la hacen peligrar. No debemos temer los resultados de la fantasía. ¿O sí? Que se responda cada cual.


viernes, 27 de octubre de 2017

De la fantasía a la locura




















Decididamente, la locura se ha instalado en una pequeña parte de la sociedad que viene rigiéndose por sus fantasías.

Avisen a Freud, a Jung o a Lacan, porque Voltaire no quiere saber nada del tema.


(Ilustración de Manuel Boix)

jueves, 26 de octubre de 2017

Apunte del hombre que no reconoce a cierta clase de hombres



Qué poco es el hombre con su escasa porción de poder
efímero.
Qué limitado qué ínfimo.
Qué grotesco.

Y cuánta desdicha le espera
a quien no le reconoce.



(Escultura de Bernardí Roig)

martes, 24 de octubre de 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

Apunte sobre maniquís





















Los maniquís esperan acontecimientos. Su desnudez no es muestra de exhibicionismo, sino de espera. Espera de un nuevo y moderno vestuario, de buenos y rigurosos confeccionistas y de un espacio abierto y plural donde vistan a la moda más cómoda e inteligente, donde mejor sean aceptados. Esa impresión de ser maniquí me obsesiona últimamente. De pronto uno tiene la sensación de que se le ha despojado de una parte de la ropa o acaso de toda y que no sabe bien qué ponerse. No es que esté siendo sólo el clima cambiante sino que acecha desquiciante. No sirve la prenda de invierno ni la de verano ni la de entretiempo. Es como si repentinamente hubiera una estación nueva en el año y no supiéramos cómo reaccionar ante ella. Incluso parece que faltara la prenda adecuada. Y más en estos tiempos. Por eso los maniquís siguen ahí, sin reaccionar, en la parte obsoleta del escaparate del país, esperando. Bienvenida la desnudez de los maniquís siempre que no se tarde mucho en abrigarse y vestir elegantes, pues la intemperie es muy cruda y puede conducir a males mayores.




sábado, 21 de octubre de 2017

Apunte sobre los versos finales de las Nanas de Miguel Hernández






















"No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre."

Son los últimos versos de las Nanas de la cebolla, poema de Miguel Hernández. Versos escritos en la cárcel, las nanas van dirigidas a su hijo con esa hìpérbole que solo la poesía permite en sus lujos y caprichos. ¿Mera hipérbole que el hijo cuando sea mayor medirá su dimensión real y, por qué no, irónica sobre una vida ahíta de dificultades? Sin duda que estas Nanas son una de las poesías más hermosas y positivas que he leído jamás. Las leo una vez más hoy en momentos aciagos del país que, en principio no tienen que ver con aquellos tiempos de cementerio, prisión y carencia en que escribió Miguel Hernández. Las leo para conjurar el tiempo presente de España. Las leo para mecerme en ellos, para sentirme niño y para escuchar al poeta adulto del fin de sus días. No parece que lo hagan otros españoles que prefieren apostar por la división y el riesgo. Ni los que eligen el enfrentamiento y la quiebra entre los que pisamos los mismos suelos. Es demencial lo que está sucediendo. Estoy cansado de los que apuestan por el que cuanto peor, mejor. ¿Es que no podemos ser sesudos y sensatos todos, y unos todavía más que otros? ¿Es que solo nos atrae la desgracia y el desastre? Lo siento, no puedo dar la razón a los identitarios. No han jugado limpio. Y si ése va a ser el modelo y la referencia...pues que con nuestro pan nos lo comamos. Conmigo que no cuente nadie para volver al siglo XX y menos al XIX. No hay solución y nos esperan largas travesías del desierto.


http://usuaris.tinet.cat/elebro/poe/mher/nanas.html


viernes, 20 de octubre de 2017

Federico Luppi o las patrias o la Argentina o las trampas o los fachos...Chau

















Qué tendrá de seducción la parca que nadie se resiste a ella. Hoy cayó Federico Luppi. No olvidaré aquel tono duro y contundente del personaje que sabe de qué habla en la película Martín H. Escuchen su relato áspero y realista como la vida misma. Muchas personas del mundo de fantasía que se han montado en el presente deberían considerarlo. Chau, Federico.







jueves, 19 de octubre de 2017

Apunte sobre una revolución que no es













Entre las numerosas tonterías, disparates, inexactitudes y falsedades que escucho estos días de voces que confunden los deseos con la realidad, una de ellas es y repite que lo que pasa en Cataluña es una revolución. Ay, ené, que decía mi bisabuela navarra de habla euskaldún, lo que hay que oír. 

Al poco de empezar el extraordinario tomo del historiador francés Jacques Barzun, que recomiendo a todos para informarse, tener más conocimientos, relativizar todo y concretar una aproximación más ajustada de la realidad europea en siglos pasados, titulado Del amanecer a la decadencia. Quinientos años de vida cultural en Occidente. De 1500 a nuestros días me encuentro este sustancioso párrafo:

"Nos hemos acostumbrado a llamar revolución a demasiadas cosas. Ante un nuevo artilugio o práctica que cambia nuestros hábitos domésticos, exclamamos: '¡Revolucionario!' Pero las revoluciones alteran algo más que nuestros hábitos personales o una práctica extendida. Dan un rostro nuevo a la cultura. Entre la gran convulsión de la década de 1500 y el presente, sólo otras tres posteriores son del mismo orden. Es verdad que los libros de historia dan el nombre de revolución a una docena o más de esta clase de hechos violentos, pero en estas conmociones sólo era grande la violencia. No fueron sino ondas expansivas locales de alguno de los otros cuatro enormes terremotos: la revolución religiosa del siglo XVI; la revolución monárquica del siglo XVII; la revolución 'francesa' , liberal e individualista, a horcajadas entre los siglos XVIII y XIX; y la revolución 'rusa' del XX, social y colectivista."

Ya sabemos que en el presente se amplía la degeneración de los conceptos y el uso inadecuado de las palabras merced a los medios de comunicación que se mueven entre lo cotidiano, lo urgente y lo efímero, sin dar siquiera tiempos de reflexión a ciudadanos y representantes. Tampoco los elegidos democráticamente para representarnos tienen mayores luces para meditar, pensar las cosas dos veces , interpretar su desarrollo y barajar salidas y soluciones antes de meter la pata o abocarnos a un desastre. No creo que se viva en Cataluña revolución alguna. ¿Acaso hay cambios en los aparatos productivos y en los mercados estratégicos? ¿Se ha alterado la composición de las formaciones sociales? ¿Hay nuevos paradigmas culturales? ¿Se han generado nuevas ideas espectaculares? ¿Se han abolido las clases sociales o ha tomado el poder una nueva clase alternativa? Por citar referencias del pasado. Si a movilizaciones, algaradas, ilegalidades, desencuentros y ejercicio de la libertad expresiva se le llama revolución para consagrar emocionalmente tales prácticas y arrastrar a la masa que le gusta ser arrastrada, pues mira qué bien y qué bonito. Pero no, que no se arroguen categorías políticas ni históricas. Creo que la realidad  descalifica a los demagogos y dejan en evidencia la talla de los que siguen ciegos  a los que tocan el pito.



(Ilustración de Hugo Pratt)


miércoles, 18 de octubre de 2017

Apunte a una sugerencia de Antonio Muñoz Molina





















Algunos amigos me lo vienen diciendo desde hace días y yo se lo repito a su vez a otros. Hay gente que mete mucho ruido, no nos prestemos los demás a aumentar el ruido. Incluso una bloguera amiga me recuerda un verso de Octavio Paz: "Cosas y palabras se desangran por la misma herida." Y la herida duele más si el ruido se vuelve insoportable. Este ruido desatado tal vez es el último recurso desesperado de los iluminados, pero que no nos engañe. El ruido, el vocerío, el clamor exagerado, cualquiera de las formas altisonantes que dan la espalda a la palabra como intercambio y, por lo tanto, construcción de entendimiento y comprensión racional, no deben ser combatidas con más griterío. Todo está dicho y no parece haber mucha red de sensatez para aliviar la situación. Y quisiera equivocarme, sinceramente. Hay incluso quienes creen proponer alguna clase de elección diferente de manera tan tosca y contradictoria como inútil que solo sirve o para apoyar a los del ruido o para acrecentar éste. ¿Es el silencio la alternativa a todo lo que sucede? ¿Basta con una actitud sumamente prudente que evite el encono y el enfrentamiento verbal? ¿Hay que no hacer, como dice Antonio Muñoz Molina, tomando modelo de algunas instrucciones del Tao-te-ching? En un artículo del escritor en su blog, cuya lectura recomiendo, hace una sugerencia contundente frente al momento presente. Me parece bonito, inteligente, sabio tal vez, pero yo no sé si seré capaz de seguir su senda. Siempre he sido muy pecador. Siempre he creído en la palabra. Aunque uno no sepa hacer siempre un uso adecuado de ella.

He aquí un trozo del artículo citado:

"Propongo aquí una tregua de quietud parecida. Parece que ya no podemos decir nada que no sea ofensivo y que no agrave más aún la temible fiebre autodestructiva a la que nos vemos arrastrados. Todos hemos perdido ya, inútilmente, estérilmente, mucho de lo que habíamos ganado, y hemos perdido más todavía si pensamos en todo lo que podíamos haber hecho si concentráramos nuestras fuerzas y nuestras palabras en construir lo imprescindible en vez de cebarnos en lo dañino y en lo inútil. Hay veces que hablando no se entiende la gente. El microcosmos de los que participamos aquí se ha empobrecido y se ha vuelto insalubre y hosco en los últimos tiempos. Pero estoy seguro de que en la mayor parte de las cosas de verdad fundamentales los más virulentos entre nosotros estarían bastante de acuerdo. Una de las experiencias más beneficiosas que conozco es el retiro de silencio. Tradiciones espirituales muy distintas lo han cultivado desde hace milenios. Voy a dejar en suspenso esta conversación durante una temporada. No sabemos qué se puede hacer, pero sí qué se puede no hacer: no aumentar todavía más el ruido, el bronco diálogo de sordos que nos intoxica la vida como las partículas de C02 en la atmósfera en este otoño caluroso y polvoriento del porvenir climático que ya ha llegado. No pienso ahora en lo que quiero que suceda, sino en lo que no quiero que suceda."








(Fotografía de la parte superior de Eikoh Hosoe)

martes, 17 de octubre de 2017

Apunte a una carta marrueca de José Cadalso

















¿Tan circular es nuestra propia historia? ¿Una historia de perro persiguiendo gato y gato a ratón? Leo esta carta, la XXIII, de las Cartas marruecas de José Cadalso y me asombro.


"Hay hombres en este país que tienen por oficio el disputar. Asistí últimamente a unas juntas de sabios, que llaman conclusiones. Lo que son no lo sé, ni lo que dijeron, ni si se entendieron, ni si se reconciliaron, o si se quedaron con el rencor que se manifestaron delante de una infinidad de gentes, de las cuales ni un hombre se levantó para apaciguarlos, no obstante el peligro en que estaban de darse puñaladas, según los gestos que se hacían y las injurias que se decían; antes los indiferentes estaban mirando con mucho sosiego y aun con gusto la quimera de los adversarios. Uno de ellos, que tenía más de dos varas de alto, casi otras tantas de grueso, fuertes pulmones, voz de gigante y ademanes de frenético, defendió por la mañana que una cosa era negra, y a la tarde que era blanca. Lo celebré infinito, pareciéndome esto un efecto de docilidad poco común entre los sabios; pero desengañéme cuando vi que los mismos que por la mañana se habían opuesto con todo su brío, que no era corto, a que la tal cosa fuese negra, se oponían igualmente por la tarde a que la misma fuese blanca. Y un hombre grave, que se sentó a mi lado, me dijo que esto se llamaba defender una cosa problemáticamente; que el sujeto que estaba luciendo su ingenio problemático era un mozo de muchas prendas y grandes esperanzas; pero que era, como si dijéramos, su primera campaña, y que los que le combatían eran hombres ya hechos a estas contiendas con cincuenta años de iguales fatigas, soldados veteranos, acuchillados y aguerridos. -Setenta años -me dijo- he gastado, y he criado estas canas -añadió, quitándose una especie de turbante pequeño y negro- asistiendo a estas tareas; pero en ninguna vez, de las muchas que se han suscitado estas cuestiones, la he visto tratar con el empeño que hoy. 

Nada entendí de todo esto. No puedo comprender qué utilidad pueda sacarse de disputar setenta años una misma cosa sin el gusto, ni siquiera la esperanza de aclararla. Y comunicando este lance a Nuño, me dijo que en su vida había disputado dos minutos seguidos, porque en aquellas cosas humanas en que no cabe la demostración es inútil tan porfiada controversia, pues en la vanidad del hombre, su ignorancia y preocupación, todo argumento permanece indeciso, quedando cada argumentante en la persuasión de que su antagonista no entiende de la cuestión o no quiere confesarse vencido. Soy del dictamen de Nuño, y no dudo que tú lo fueras si oyeras las disputas literarias de España."



Mi apunte: qué bien si hoy día solo se tratara de las disputas literarias... Pero la disputa en España ahora mismo no es ni literaria, ni filosófica, ni política, ni intelectual.  O si hay algo de debate en cualquiera de esas instancias es lento, farragoso, poco nítido. Ni aparece una determinante cordura compartida, ni un grado de sensatez que prime, ya no digamos mínima sabiduría, y se ignora el hilar fino, el escuchar al otro y se carece de perspectiva histórica actualizada. Tampoco se quiere aprovechar el margen de supuesta bonanza económica por parte de algunos, lo cual es del género no bobo sino suicida, ni hay por parte de otros sentido de aunar esfuerzos, ni se tiene idea clara de lo necesaria que es la estabilidad no para el llamado sistema, sino para la convivencia pacífica y el hacer del día a día de cada ciudadano. Vivimos estas semanas una disputa febril, estéril y trivial, pero acendrada, de imponer posiciones de poder caprichoso, clasista y de minorías, de unos sobre otros. Con iluminados no vamos sino al pasado negro. Espero que no aparezcan los salvadores, pero clamores para ello empezará a haberlos pronto, si no han empezado. Sin arreglo, vamos.




lunes, 16 de octubre de 2017

Apunte sobre un desastre ampliado. Galicia, Asturias y Portugal arden. O qué hubiera dicho Rosalía de Castro






















Llevábamos un montón de días con el sonsonete del secesionismo catalán  -que si sí que si no que si semi pensionistas-  creyendo reducidos los problemas del país solo a esa cuestión planteada por una minoría que se arroga la voz de la mayoría (también el gobierno central es tan dado a hablar en nombre de todos los españoles) Y no sabíamos ya si es que vivimos en la Arcadia feliz, si ya no hay nada pendiente que resolver, si los problemas de diversas clases no existen, si somos lo mejor. A veces tienes la sensación de que España, entre la presión política y el apoyo de lo mediático, se reduce al cero cuando no al infinito. Y nadie parece hablar de otros temas, y que toda esa especie a la que se denomina como agentes sociales, representantes institucionales, militancias y electos de los partidos hubieran quedado silenciados de pronto. 

Y de repente este fin de semana brota la noticia de los incendios en Galicia y en Asturias (también en Portugal, a la que, por cierto, la estúpida soberbia española siempre ha hecho de menos) Debidos en parte porque el octubre extraño y caluroso insiste en vengarse de los hombres, en parte probablemente por un deficiente cuidado de los bosques, en parte por la mano asesina (es curioso como oyendo a la conselleira de Medio Ambiente e Ordenación do Territorio de Galiza le faltaba tiempo para llamar terroristas a los presuntos incendiarios; luego escuché al fiscal general de Galicia que eso primero habría que probarlo), en parte acaso por el exceso de plantación de un árbol siempre denostado por muchos gallegos, el eucalipto, en parte por la urbanización excesiva del medio rural. No sé, ni digo más, que no entiendo ni conozco de cerca la realidad aquella. Todo lo que digo lo recojo de voces que de antiguo han venido avisando de los límites forestales gallegos y, por ende, de los dominios y relaciones sociales que allí han cundido con sus especificaciones. Por cierto, a ver si algún periodista y algún historiador nos hablan con veracidad de ello.

Ahora que se apaguen las mil y una llamas. En paralelo la impotencia, la vergüenza, la desesperación. La melancolía.Y pensé en qué diría Rosalía ante la desgracia de este momento. ¿Volvería a escribir sus mismos poemas como entonces? ¿Los escribiría con mayor gravedad y enojo, si no ira, de la que en su tiempo manifestó? ¿O se quedaría sin voz, apesadumbrada por las diversas formas de barbarie no solo imputables a la naturaleza? La naturaleza no sabe de barbarie porque éste es un concepto fieramente humano, solo sabe de instintos. Pero me pregunto si hay una clase de hombres que incentivan los instintos del fuego, si hay otros que se dejan mullir por las ambiciones e ignoran las realidades geográficas y sociales, si hay quienes miran para otro lado a la hora de prevenir o corregir políticas, si hay quienes solo se interesan en su chalé y sus barbacoas. No sé, solo son dudas. Pero a mí me enfada y me aflige la desgracia aunque no me pille in situ, cómo no. Qué curioso, el Nordeste y el Noroeste de la península parecen convocados por fuegos, si bien diferentes.

Tomo unas estrofas del poema Los robles de Rosalía de Castro.



"Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto
en tierra cayeron
encinas y robles!;
y a los rayos del alba risueña,
¡qué calva aparece
la cima del monte!

Los que ayer fueron bosques y selvas
de agreste espesura,
donde envueltas en dulce misterio
al rayar el día
flotaban las brumas,
y brotaba la fuente serena
entre flores y musgos oculta,
hoy son áridas lomas que ostentan
deformes y negras
sus hondas cisuras.

Ya no entonan en ellas los pájaros
sus canciones de amor, ni se juntan
cuando mayo alborea en la fronda
que quedó de sus robles desnuda.
Sólo el viento al pasar trae el eco
del cuervo que grazna,
del lobo que aúlla."






domingo, 15 de octubre de 2017

Apunte abrumado





















Tanta catalanidad exhibida últimamente me abruma. Tanta españolidad exteriorizada por reacción estos días me abruma. No consigo saber qué hay detrás de una ni de otra, por más que lo sospeche. Y entonces me siento estúpido. ¿Es que no podemos ser humanos sencillos y normales? Por supuesto que no, me dice la madre Historia. La humanidad no ha evolucionado todavía lo suficiente para que los individuos se sientan trascendidos a planos que les aproxime en lugar de que los divida y disperse, precisa. 

"Si yo soy español, lo soy
A la manera de aquellos que no pueden 
Ser otra cosa: y entre todas las cargas
Que, al nacer yo, el destino pusiera
Sobre mí, ha sido ésa la más dura."

Son versos amargos del Díptico español, de Luis Cernuda (otra vez llega para ayudar a interpretarme) Y en ese Díptico las palabras del poeta sirven para los de allende o aquende del Ebro. En esta tensión inútil que juega peligrosamente con los individuos, ¿por qué no se apean del burro los de las aspiraciones virtuales? Al fin y al cabo, se ve que tampoco pueden ser otra cosa (aunque se calienten el cerebro y el cerebelo y crean que sí)





sábado, 14 de octubre de 2017

Apunte sobre un poema peregrino de Luis Cernuda















Suele decirse que toda la vida son años de peregrinaje. ¿Hacia dónde? ¿Hacia los proyectos, los planes, las normas, las fases que van del crecimiento a la vejez? ¿O hacia lo imaginario, lo sagrado, la concepción etérea, cualquier disolución de la mente en otro estado que ayude a sobrevivir? ¿Tiene todo eso algo de peregrinación a no se sabe dónde? Tengo mis dudas. Pero ¿peregrina cualquiera? ¿Se peregrina acaso en una vida cautiva? ¿O solo lo hace quien no encuentra modo de aceptar el suelo que pisa y cuanto sobre él se levanta? ¿Peregrina quien da por perdido lo que tuvo o el que nunca supo retener cuanto se le concedió? ¿Peregrina el insatisfecho o el hastiado? ¿El que pide o el que busca? ¿El que se estanca y renuncia o el que sigue la inercia de su impulso? ¿Peregrina quien nunca tuvo fe en los hombres o quien desea desproveerse de lo banal del hombre? Al peregrino vital no le esperan templos al final del recorrido ni montañas sagradas ni tierra prometida alguna. Hay más de travesía del desierto que de viaje que acapara imágenes para un álbum.   

Alejándome de los acontecimientos retorcidos y perversos que hieren y zahieren estos días, me alejé tanto a la hora nocturna que me sumergí en un algo de Cernuda. Lees a Cernuda una y mil veces y siempre es diferente lo que te dice. La letra no ha cambiado, pero  la intención que tú percibes es más receptiva. Y ya no puedes dejarlo. Cernuda no tiene extravío ni en lo que dice ni en cómo lo dice. Y la musicalidad especial, que yo encuentro severa y casi siempre sin concesiones, incita a leer una y otra vez lo escrito. El poema Peregrino no es un Cavafis alegórico y exultante que te aleja del mundo. Es una especie de Anti-Ítaca, donde se retrata el poeta español y deja la fotografía a nuestro alcance. Por si somos cualquiera de nosotros ese peregrino. 


Peregrino

¿Volver? Vuelva el que tenga, 
 Tras largos años, tras un largo viaje, 
 Cansancio del camino y la codicia 
 De su tierra, su casa, sus amigos, 
 Del amor que al regreso fiel le espere. 

 Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas, 
 Sino seguir libre adelante, 
 Disponible por siempre, mozo o viejo, 
 Sin hijo que te busque, como a Ulises, 
 Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope. 

 Sigue, sigue adelante y no regreses, 
 Fiel hasta el fin del camino y tu vida, 
 No eches de menos un destino más fácil, 
 Tus pies sobre la tierra antes no hollada, 
 Tus ojos frente a lo antes nunca visto.




viernes, 13 de octubre de 2017

Apunte a un apoyo a la causa

















El que tenga oídos para oír lo que no sean palabras necias, ojos para mirar horizontes abiertos, narices para oler el desastre que puede venir, manos para tocar madera, gusto para no tragar sapos y sentido de orientación para razonar, que los aplique. Nigel Farage, personaje xenófobo, exlíder de un partido ultra, parlamentario europeo por UKIP, partidario del brexit duro y de vínculos con la ultraderecha europea se ofreció recientemente como apoyo a la causa secesionista del dislate. ¿Casualidad? Yo, de ser cruzado de la causa, me lo pensaría dos veces. Y saldría al quite a negar la intervención de la gente funesta. Pero ya se sabe que los cruzados admitían auxilios de cualquier parte si era para rescatar los Santos Lugares y consagrar así sus mitos. ¿O en este caso se trata más bien de aquellos otros cruzados sobre los que narraba Valle-Inclán? Claro que en el ruedo ibérico el que esté libre de responsabilidad que levante la mano. Ah ¿que no la levanta nadie? Yo tampoco, ya que me siento implicado en la historia del suelo que piso y del aire que respiro con los paisanos. Y no voy de buenista, como la moda del presente. Levantada, pues,  la sesión de este post.


http://cadenaser.com/ser/2017/10/03/internacional/1507027437_564085.html


miércoles, 11 de octubre de 2017

Apunte asnal






















Burro A. Echo mano del refranero: Para este viaje no hacían falta alforjas.
Burro B. Pues espera que no queda.
Burro A. Pero ¿no se ha terminado el cuento?
Burro B. Mucho me temo que el primer cuento ha dado lugar a más cuentos.
Burro A. Pues hubo un poeta zamorano que dijo que él se sabía todos los cuentos.
Burro B. Seguro que también se hubiera sabido el de estos días.
Burro A. ¿Toda la vida así?
Burro B. El paisanaje que tenemos siempre se está inventando historias.
Burro A. Pero casi todas las historias ya se contaron antes.
Burro B. Ya sabes, se cuenta lo mismo con otras máscaras y de vez en cuando aparece algún enmascarado nuevo.
Burro A. Hum, creo que hasta las máscaras se repiten.
Burro B. Sí, fácil, predomina el carnaval.
Burro A. Otro escritor, esta vez pontevedrés, llamaba a los sucesos del país esperpentos.
Burro B. Era su visión del ruedo ibérico de aquel tiempo.
Burro A. ¿No había quedado atrás aquella época?
Burro B. Para unas cosas sí, para otras ni se sabe.
Burro A. Es decir, que estamos inmersos en un cuento que va para largo.
Burro B. No quisiera pero mucho me temo que así es.
Burro A. ¿Cambiará el guión?
Burro B. Como no cambie va a ser muy aburrido.
Burro A. ¿Cómo crees tú que acabará este cuento?
Burro B. Huy, si yo lo supiera me pondría a buen recaudo.
Burro A. ¿Tan mal lo ves?
Burro B. Ni sí ni no, solo veo personajes gastados, circunstancias viejas y fantasías finiquitadas.
Burro A. Pero no parece que nadie quiera abandonar la escena.
Burro B. Ya ves, te voy a contar a ti lo que gusta el pesebre.
Burro A. Oye, no hay mal que por bien...eso, que igual es nuestra oportunidad.
Burro B. No, qué va, allá los quieren menos sabios que nosotros.



(Grabado de Goya, que aún sirve para ilustrar los tiempos presentes del país)


martes, 10 de octubre de 2017

Apunte de un apunte (con El Roto y Vicent de por medio)


















Asistí hace unos días a la presentación del libro Antitauromaquia, obra a dúo de El Roto y Manuel Vicent, en Valencia. Me pedía el cuerpo conocer en persona al virtuoso, satírico y heterónimo dibujante Andrés Rábago, antes Ops y ahora El Roto. A Manuel Vicent ya le había visto en más ocasiones. A El Roto, crítico mordaz y sabio de la realidad cotidiana y española en El País -al que Manuel Vicent le llama la Santísima Trinidad por su triple persona, no se sabe si divina o humana, en un solo demiurgo verdadero-  le he seguido desde la época de la revista Triunfo allá cuando el franquismo.  

Con no interesarme en absoluto los Toros, y parecerme un negocio  poco fino y cada vez con menos salida al mercado, a más de un espectáculo aburrido apoyado por una grey proclive a lo fanático,  tampoco hago confesión de fe de antitauromaquia. Para ser anti parece que anteriormente habría que haber sido pro, pero ya se sabe que los nuevos cánones de la ortodoxia de lo políticamente correcto obligan a tomar partido sí o sí. Como en el acto se hablara con alto fervor del amor a los animales  -tuve que escuchar una vez más la manida, cínica y equivocada frase de quien no ama a un animal no ama a un ser humano,  ecuación que no logro resolver en mi matemática de andar por casa-  hubo una persona del público que, presentándose como profesor de literatura en la Universidad, puso el cascabel conceptual al gato del tópico. No tenemos por qué sentirnos obligados a amar a nadie, dijo, pero sí debemos respetar sea a un animal o a un ser humano. El respeto es una exigencia, el amor una elección

Frente a los iluminados, y en aquel acto también había algunos, me pareció que este hombre era luminoso. Extrapolé su preciosa precisión y pensé en la suma necesidad del respeto que nos apremia cada vez más porque está quebradizo. Pensé, por ejemplo, en cómo muchos que dicen amar la bandera y la patria española son luego desconsiderados en su comportamiento cívico o en sus relaciones familiares. O cómo los que andan de esteladas de aquí para allá tratan con escaso respeto al que no es de su cuerda. Respeto y amor, dos conceptos a revalorizar. Sinceramente, el primero me parece tangible y asumible, sin mayor compromiso pero como una necesidad de convivencia. El otro...es difuso aunque se le llene a todo el mundo la boca con su sonora palabra angélica...y evangélica. Amén.