domingo, 15 de septiembre de 2019

Música alegre para una tarde que busca el otoño




Hay tardes como esta que huelen ya a otoño, libres de exigencias, huérfanas de compromisos, algo que es una suerte, tardes de desconexión. Paso lento de horas en que no apetece acordarse de nadie, ni repasar qué hay que hacer al día siguiente. Tardes en que se hace necesario relegar los males, abandonar los agobios, desechar cuitas. Entonces te arriesgas a escuchar músicas que normalmente no oyes, músicas que tienen su carácter, porque el mundo es grande y el mundo ha parido tantas expresiones de sonidos como de palabras y quieres sentir cómo se fusionan en cantos. Es de pronto atractivo dar con grupos como L'Arpegiatta, al cual me entrego esta tarde. 







jueves, 12 de septiembre de 2019

Peregrinos somos, escribe Naida




"Somos peregrinos extraviados sobre nuestro suelo. Nada de peregrinos de las estrellas ni de las divinidades. Ni siquiera de una tierra prometida al estilo bíblico. Nuestra meta no es un lugar sagrado o un espacio cósmico, sino el futuro. Lo más incierto y enigmático. Caminamos constantemente con el solo objetivo del día siguiente, del año que vendrá, del futuro inaprensible. Perseguimos compulsivos y crédulos la conquista del Tiempo, que solo se burla de nosotros. Sus guiños los traducimos en ilusiones. Sus silencios en expectativas. Su inagotable demora en angustia. Damos apenas un paso y permanecemos a la espera con limitado y confuso control. Como si hubiéramos realizado un avance sustancial. Planeamos circunstancias del futuro pretendiendo que las estuviéramos llevando a cabo ya. Como si lo que estuviera por llegar únicamente dependiera de nosotros. Todos tememos quedarnos parados. no disponer de proyectos entre nuestras manos, no aspirar a lo que modifique y ascienda un escalón en la oscura y obsesiva persecución del más allá de hoy. Tememos la paralización porque nos espanta el fracaso. Buscamos el futuro como estúpidos, pensando que consolidamos nuestra vida, cuando en realidad precipitamos un tránsito cuya disolución estará más cercana. Pero esta peregrinación es nuestra irrenunciable tendencia de animales humanos. La inercia nos empuja, queramos o no. El crecimiento físico nos estimula, ahuyentando temporalmente el menor atisbo de decadencia. Es cierto que hay individuos que se evaden, o creen que lo consiguen, del mundo y del tiempo. De los espacios ordinarios y de las propuestas al uso. Que a su manera niegan el futuro. De ellos, unos buscan el aislamiento de la vida formal compartida con la sociedad. Otros recurren a sus invenciones y se recrean en ellas. Hablan de vías de estudio, de lectura, de ejercicios de redacción de diletante, de juegos sin solución que se exige vivir en presente. Dicen perseguir el conocimiento. Otros se alejan de cualquier tentación frustrante viviendo al día pasiones carnales y virulentas que, antes o después, les van a exigir ser fijadas en plazos temporales. Tal posteridad implicaría una traición a su particular vía de escape. ¿Cómo podría yo cambiar el objeto de mi peregrinación al vacío postrero?..."

Se interrumpe aquí este texto que Naida me ha entregado para que lo lea al atardecer. Léelo, me ha dicho, cuando estés solo. Es el comienzo de un relato que me he empeñado en escribir, aunque no sé muy bien para qué. Lo he escrito sin premura, sin precipitación. Revísalo tú de la misma manera. Si no lo termino no pasa nada. Escribir es también detenerse en la peregrinación, ¿no? Conjurar el futuro. Escribir es ausentarme y no ser yo sino a través de personajes y mundos imaginados. Eso me ha dicho la mujer cuando se ha despedido esta tarde.




(Fotografía de Inés González)

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Max y el Simón el Mago de Danilo Kis para salvar el trago




No sé si Max tiene razón o no pero es curioso lo que escribe de vez en cuando. Lee libros, se pone en la piel de autores, eso me dice, para mantenerse a distancia de la realidad, no para olvidarse de ella, sino porque necesita cierta perspectiva para digerir, que no necesariamente comprender, lo que nos rodea. Yo suelo añadir en algún momento de nuestra tertulia, que no brilla precisamente por su condición abstemia, que además de distancia es más urgente preservar un cierto grado de calma. ¿Acaso está en nuestras manos ya no salvar al mundo, sino lograr siquiera salvarnos a nosotros mismos?, concluimos. Y nos reímos a lo bestia. De ahí que la última escritura en la que toma una cita de Danilo Kis, un autor al que he leído poco pero que Max me anima a que lo haga, tenga visos de actualidad o, si se quiere, de inmediatez. Nos circundan magos de pacotilla, aprendices de brujo y vendedores de humo, pero ¿no es que acaso les gusta esa serie de personajes al pueblo llano que se decía antes? ¿No gusta la gente de la carnaza, los espectáculos de feria que concitan posicionamientos de siempre con tensiones arriesgadas de ahora? ¿No pide el pueblo vacas como si el país entero fuera una fiesta? ¿Pereceremos todos en los fuegos de artificio de los desencuentros? Como se ve, Max también me contagia su dialéctica de preguntas con respuestas intrínsecas, no es para menos. Dejo aquí el enlace por si alguien se interesa en los devaneos de Max.


https://reptilector.blogspot.com/2019/09/sabio-danilo-kis.html



(Imagen de Simón el Mago en Saint Sernin de Toulouse, fotografía de Carmen Baena Yerón)

domingo, 8 de septiembre de 2019

Las palomas de Naida




No sé si son las aves más domésticas, pero sí las que más abundan en las ciudades, dice Naida por decir, para justificar nuestra inmersión en la plaza donde nos abrimos paso con estúpida cautela entre las palomas. Todo un mundo repleto de simbolismo, ¿no?, replico a mi amiga. Podría decirse que ellas encarnan aquello de lo que carecen o están deficitarios los hombres. ¿Será que nuestras insuficiencias nos han llevado a fijar en estas aves un valor y a concederlas unos significados que no nos hagan perder la esperanza de alcanzar algún día concordia entre nosotros? Ah, no te engañes, salta Naida. Desde las culturas más antiguas las palomas han sido elevadas a categorías diversas e incluso opuestas. Se han inventado para ellas imágenes simbólicas que encarnan virtudes, dones o sencillamente fenómenos que a los hombres les inquietan. ¿Lo dices por representar la paz y la armonía?, pregunto. Naida parece conocer el tema. Es muy recurrente esa imagen, y aunque triunfa hoy día ya estaba contemplada en ciertos mitos ancestrales, donde las palomas se muestran como anunciadoras del fin de las catástrofes. Pero si te dijera que la paloma también ha sido reivindicada como icono del amor carnal, ¿lo creerías? ¿O que muchos han visto en ellas un símbolo de fecundidad? Naturalmente, debe ser porque estas aves han estado siempre a la vista y acompañando la vida de las urbes. Pero también las ratas son leal y abundante compañía de los hombres y, sin embargo, suscitan rechazo. ¿Es su vida del subsuelo lo que las condena a no ver convertida su extrema y generosa fecundidad en un signo provechoso? ¿O el asco y el horror que sienten los humanos por ellas, al tratarse de constantes competidoras en reinos ínfimos donde solo acechan la enfermedad y la tiniebla? Es curiosa tu reflexión, Naida. Parece que los hombres han construido sus propias imágenes para exaltar lo que interesa a sus vidas y a sus esfuerzos. También traducen en símbolos lo que acarrea desgracias, riesgos o muerte, me corta Naida. Porque la paloma también es vista como símbolo de la muerte, y en muchas imágenes plásticas esa ave es el alma que huye del vivo. Ay el alma y el cuerpo, esa dualidad tan tradicional como nefasta con la que se ha pretendido dividir en dos al ser humano único. El mundo es muy extenso, amigo, y los tiempos históricos son más profundos de lo que parecen, sobre todo cuando han transcurrido y tratamos de interpretar su disolución. Pero han dejado sus huellas. Culturas orientales han depositado en la paloma esa propiedad tan deseada como discutible que es la fidelidad. O el ansiado anhelo de una larga vida. No hay una única línea de interpretación simbólica acerca de las palomas. Hay infinitas visiones, y por lo tanto versiones, sobre esos animales como las hay sobre otros en todos los mitos nacidos de una comprensión limitada del mundo. ¿Puedes entender que para unas culturas la paloma encarnaba la castidad, y para otras suponía la lascivia? Debo poner cara de sorprendido. Naida ataja mi carcajada en ciernes. Como decís vosotros, las palomas tanto valen para un roto como para un descosido. Cosa de los mitos, apuntillo.




(Fotografía de Inés González)

viernes, 6 de septiembre de 2019

Naida y la ciudad brumosa




Naida tiene por costumbre detenerse en cualquier lugar y de improviso. Contempla en silencio un recodo del río. Luego me transmite sus impresiones. No puedo negar que me gusta pasear bajo la bruma. Espero que a ti no te moleste. Hago un gesto de conformidad pero no digo nada. Sé que cuando algo le sugiere no es capaz de parar. A las ciudades hay que verlas más allá de las perspectivas que promocionan las fotografías turísticas, que acaban siendo imágenes comunes y poco ilustrativas. La gente no vive en los monumentos y muchas calles comerciales ya no son de vecindad. Tampoco hay que pasear las ciudades solamente en la estación más luminosa. Cada estación tiene su luz tamizada, única, sobre el paisaje. ¿Cómo desdeñar ninguna de sus manifestaciones? De la infinidad de veces que he recorrido arriba y abajo mi ciudad pocas he tenido la sensación de que se repetía. Al pasear uno sitúa en otra dimensión las calles y los edificios. O acaso es la mirada y la capacidad receptiva. Ahí la bruma logra un efecto que nos hace soñar, pero también meditar. ¿Ves cómo se tiene la sensación de que no estamos en la ciudad presente? ¿Y que de alguna manera, al difuminarse los contornos de lo urbanizado vamos hacia atrás en el tiempo? Con la bruma se disuelven los signos de nuestra modernidad y se nos brinda la imaginación de una ciudad que no ha recorrido todavía los últimos cien años. Pero desgraciadamente lo ha hecho, y con alto precio, y no solo para ella, le interrumpo. Oh, no destroces el encantamiento, me reprende Naida. No ha pasado nada. Estamos ahora mismo en hace un poco más de un siglo. Ni siquiera ha tenido lugar todavía aquel incidente que desgració durante décadas ante la opinión del mundo el nombre de la ciudad. Para muchos mi ciudad ha quedado siempre fijada como una fotografía al oprobio de un crimen célebre. Estarás pensando que las brumas no pueden detener la acción de los hombres, del mismo modo que tampoco saben contener nuestras dudas. Pero yo prefiero fantasear con que no ha tenido lugar lo que la historia nos cuenta que sucedió. ¿Quién puede impedir que yo fabule sobre la tierra que me parió?

Un destello rompe la neblina sobre el Miljacka. Como si la amarga verdad de los hombres sonriera irónica en los reflejos de la corriente.  




(Fotografía de Inés González)

martes, 3 de septiembre de 2019

Travesía de la noche con Naida




A lo largo de una noche se atraviesan varias luces, le digo a Naida. ¿Cuántas llevas atravesadas tú? Contigo no hay luz plena ni hay oscuridad total, responde ella difiriendo la pregunta. Es como si lo sombrío se hubiera quedado fuera, junto al callejón, y la claridad estuviera a la espera. Entonces, ¿dónde estamos nosotros?, digo agitado. Sin duda que en la penumbra unas veces, y en el lento albor otras. ¿Crees entonces que no cuenta la mirada sobre nosotros mismos aquí?, inquiero inquieto. Naida, por el contrario, asevera segura. La mirada es ahora equívoca. La calidez del tacto, no. Las palabras no saben expresar la travesía. El silencio, sí. El apresuramiento es repulsivo a las sensaciones. La lentitud las atrapa y unifica. Los aromas ajenos alejan los cuerpos. Los olores animales los acercan. La resolución vehemente fuerza. La actitud sosegada alivia. Naida me lleva a un terreno que desconocía. De pronto me doy cuenta de que no sé estar, que no vale mi iniciativa ni soy propietario de recurso alguno. La mujer me radiografía y me reconduce. ¿No querías estar conmigo para conocerme?, dice. Pues conocer al otro es algo que hay que aprender. Es muy usual utilizar al próximo para saberse y sentirse uno mismo. Pero ¿llega a conocerse uno de esta manera? ¿Se te ha ocurrido pensar que no hay mejor travesía que la que intenta abandonar el yo difuso que llevamos dentro? ¿Has pensado que acceder a una mujer es convertirte siquiera de algún modo en una parte de ella? No digas nada, y Naida me tapa la boca con la mano. Aguarda a que tu mente ignore del todo la oscuridad de tu deseo. Aguarda a que la falsa luz apague su último destello en tu instinto posesivo. Sabrás venir a mí cuando no te des cuenta de quién eres.




(Fotografía de Inés González)


domingo, 1 de septiembre de 2019

Mirando las musarañas en domingo, de la mano de Matsúo Basho




¿Somos viajeros del tiempo o de la eternidad? Creo que tanto lo uno como la otra son eufemismos de algo que medimos obstinadamente pero no terminamos de explicar. Aunque tampoco me importa. 

En el principio de Sendas de Oku, Matsúo Basho dice, por boca intermedia de Octavio Paz (en la edición de Editorial Atalanta) :

"Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje".

Una versión análoga y a la vez se me antoja diferente, la de Antonio Cabezas (en la edición de Editorial Hiperión):

"Los meses y los días son pasajeros de las edades, siendo también viajeros los años, que van y vienen.

Para los que dejan flotar su vida sobre un barco o envejecen llevando los frenos de los caballos, todos sus días son viaje y hacen del viaje su morada".

Yo me quedo pensando. Lo que dice Basho ¿lo dice Basho? Octavio Paz y Antonio Cabezas reescriben al traducir. ¿Qué estoy leyendo, entonces? ¿El tiempo o la eternidad? ¿Viajamos nosotros o viaja esa abstracción llamada tiempo? ¿Es nuestra casa-vida el viaje o es el viaje lo que hace nuestra casa-vida?

Mirando las musarañas quedo. Me agrada Basho.


jueves, 29 de agosto de 2019

Naida y su resistencia a la oscuridad




Cuando era pequeña había un cuento en que la protagonista era la luz. ¿Tú crees que puede atraparse la luz? No contestes. A mi me lo contaban porque me daba miedo la oscuridad. No se puede decir que en nuestro país, a diferencia del tuyo, tengamos mucha luz solar, pero valoramos los tiempos y apreciamos también sus intensidades. En la guerra nos vimos privados muchas veces de la luz eléctrica así que cuando se producían apagones, para que no me angustiase, me decían que la luz había quedado atrapada en un cepo. Y que no tardando mucho se escaparía de la trampa y nos haría nuevamente compañía. Yo entonces ponía forma de mujer a la luz y me la imaginaba luchando con denuedo. Radiante, despachando haces luminosos a diestro y siniestro, iluminando lo que había en la superficie de la tierra y en el mundo subterráneo. ¿Por qué las narraciones, y esa es una de ellas aun siendo tan breve como efectiva, tienen categoría de mito, y los mitos precisan que reconvirtamos los elementos en figuras animadas? No importa que lo que nos aceche sea positivo o negativo, tendemos a dotarlo de cuerpos como los nuestros, que emitan gestos elevados o bien abyectos. La iconografía cristiana sabe de ello y en muchas naciones abunda ese modo de representar el bien y el mal desde hace siglos, ¿no? O el premio y el castigo, o el dolor y la salud, o lo yermo y lo fértil, o la felicidad y la desgracia, o la ley y el caos. Aquella luz de la que nos veíamos privados sigue siendo una obsesión para mí. El cuento me curaba del espanto. Podían pasar horas y horas, pero yo mientras me había quedado dormida. El relato y la imaginación que yo aportaba. La fabulación me trasladaba serenidad. También esperanza. ¿Será que la esperanza, que no se toca, pero que de alguna manera prende y se mantiene dentro de cada uno, proporciona la seguridad mínima para no caer rendidos ante el desespero? ¿Quién puede decir que no se sostiene en alguna clase de anhelo, al que se aferra en mayor o menor grado, como medio de superar el infortunio? ¿Quién no fantasea con una situación en que se ve libre del desamparo? No digas nada, simplemente divago. ¿Has visto?, dice Naida. La habitación se debate entre dos luces. ¿En que lado estamos nosotros? 




(Fotografía e Inés González)


lunes, 26 de agosto de 2019

Naida. Cevapi para dos





Huele bien a carne asada, digo en un impulso reflejo, puramente animal. Naida, sin esgrimir un gesto olfativo, me lo confirma. Estamos llegando a la Bascarsija, no te extrañe. Hace horas que venimos haciendo una buena caminata, así que el olor es como las campanas de tus iglesias o el vocerío de los muecines. Avisan. Los olores de comida son el toque de oración de nuestros estómagos. Ambos reímos, reconfortados por la complicidad, y no solo por la necesidad que nos apremia. En mi país, le digo sin saber si reír o llorar, hay una ostentación desmesurada por las comidas. Es el único tema en el que parece ponerse de acuerdo todo el mundo. Ponerse de acuerdo en hablar sin reñir, me refiero. Porque también hay discrepancias, pero las conversaciones sobre platos se escuchan con atención, y tanto la comida en sí como hablar sobre ella se imponen con categoría política, qué digo, superior a la política. Podíais elegir a los cocineros como representantes en vuestro parlamento, bromea Naida. Cocineros comunes, mujeres y hombres de hogares normales, no solo los profesionales de los restaurantes. Me gusta cómo entra Naida en una identificación que se me antoja entre culturas. No creas, ya lo he pensado más de una vez. Un parlamento nuevo sobre una Constitución nueva basada en la cultura culinaria. Eso tendríamos también que prever aquí, me interrumpe la mujer. ¿Por qué será, añade, que un olor como este es seducción instintiva por la que mataríamos si no nos saciásemos, y en cambio cuando hemos comido se vuelve hediondo y repulsivo? Si el olor sigue siendo el mismo. Cierto, ratifico. Se ve que es la máquina corporal, ya harta, la que rechaza seguir con la tentación. Ese rechazo también es un aviso de que no debemos forzar nuestra necesidad. Naida esboza un rictus pícaro, se desdobla, lo expresa. ¿Pasará también con otras necesidades humanas? Ah, todo es cuestión de probar, respondo siguiendo el juego. Ambos inhibimos la risa a duras penas, estamos ante los puestos de comida, se impone la ley del alimento. Un buen cevapi es una prescripción en esta ciudad, no te vale elegir otra cosa, decide Naida. ¿Cómo lo prefieres al estilo de aquí o de Tuzla? Ah, te advierto que en Tuzla le ponen bastante especie, pero de todo hay que paladear. Sí, y me sale lo extensivo. De todo habrá que paladear. Paladear es una palabra bonita de vuestra lengua, precisa Naida mientras nos acercamos como metales atraídos por el imán de los estofados. ¿Será el ejercicio del paladeo, ya me confirmas si se dice así, tan precioso como el término?   




(Fotografía de Inés González)

domingo, 25 de agosto de 2019

Art Spiegelman, autor de Maus, censurado




Parece que cada día que pasa más peligra el oficio satírico. ¿Será síntoma de algo más profundamente grave? Esta vez Art Spiegelman, autor de la célebre novela gráfica Maus, denuncia que la todopoderosa editorial Marvel le ha censurado por comparar a Trump con los villanos de Capitán America. Transcribo de Les inrockuptibles:

"A Art Spiegelman se le pidió en junio que presentara el libro Marvel: la edad de oro de 1939-1949 a The Folio Society. Este es un libro sobre la historia de los superhéroes. En su introducción, el autor pone en perspectiva el nacimiento de superhéroes, concebidos por 'jóvenes creadores judíos de superhéroes (que) han inventado salvadores míticos, casi dioses-laicos', para evocar la Segunda Guerra Mundial. Como recordatorio, Maus contó la historia del padre de Spiegelman entre 1930 y 1944, antes de su deportación. En conclusión de su texto, el autor escribió, con obvia referencia a Donald Trump: 'En el mundo de hoy, el mundo real, el villano más abominable de Capitán América, el Cráneo Rojo, aparece en vivo en la pantalla y una Calavera Naranja atormenta a América ".

El editor propietario de Marvel parece ser un donante generoso en la campaña presidencial de Donald Trump para 2020. Este dato, nada baladí, lo explicaría todo.  





viernes, 23 de agosto de 2019

Adan Kovacsics habla de Karl Kraus: estar atento al lenguaje




Que este personaje me inspirara el título del blog hace por ahora trece años no deja de sorprenderme. La razón es muy sencilla. Aunque el saber y la actividad de Karl Kraus me sobrepasaba entonces y sigue superándome ahora,  en aquella época yo leía cosas suyas, de las cuales me llegaban más los aforismos, pensamientos y glosas que los artículos más profundos sobre las circunstancias sociales y políticas de Centroeuropa y más en concreto de Viena y su sociedad. No era ajeno a aquel interés lo que también había escrito sobre Kraus mi amigo Paco Fernández Buey, a la sazón riguroso estudioso de las relaciones entre moral y política, además de sobre el papel de la ciencia y la técnica en el desarrollo del conocimiento humano. No en vano Fernández Buey publicó el libro Poliética en el que habla sobre el pensamiento y acción de Kraus, además de otros personajes tan influyentes como Hannah Arendt, Bertolt Brecht, Simone Weil, Primo Levi y Georg Lukács. Reconozco que lo que más me deslumbraba de Karl Kraus es que hubiera sido capaz de mantener a su costa, y prácticamente entera escrita por él, y con los riesgos y sinsabores consiguientes, la revista Die Fackel durante treinta y siete años. Hasta que una bicicleta que le atropelló le causó lesiones que acabaron produciendo su muerte. Era esa persistencia, tenacidad, heterodoxia, visión independiente y sin limitaciones externas, su interés preciso sobre el uso del lenguaje, y su capacidad fustigadora sobre la realidad de su tiempo lo que más me cautivó. ¿O se trataba además de un ejemplo y acaso un modelo que había que imitar a la escala personal por más pequeña que fuese?

La mitad del tiempo se la pasa resistiendo; la otra mitad indignándose, que adopté como lema e inspiración, es uno de esos aforismos que deja leve y flotante, casi metafísico, al microcuento tan repetido del, por otra parte, magnífico Augusto Monterroso, aquel que dice cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Expresión minimalista que tanto gusta a los partidarios de la abstracción etérea. Lo que sigue aquí, en este lado del sueño del dolor, de la explotación y de la mentira, es la capacidad confusa de la resistencia y el cabreo digno sin fin.

Aprovecho que este domingo 25 de agosto se cumplirán siete años del fallecimiento del profesor Fernández Buey (Palencia, 1943- Barcelona, 2012), para no solo vincularlo a Kraus sino homenajearlo con el recuerdo de las batallas pasadas -y perdidas- y la afectuosa atención e interés de colaboración que siempre mantuvo con nosotros, los viejos resistentes defensores de causas éticas que ya no se llevan.

Adjunto una entrevista interesante a Adan Kovacsics, importante traductor de nuestros días, sobre la personalidad de Karl Kraus. La editorial Acantilado tiene en su fondo un libro con una selección de artículos de la revista Die Fackel al cuidado de Adan Kovacsics. 







DECLARACIÓN
(Poema de Karl Kraus)


Sólo soy uno más entre aquellos epígonos
que en la antigua casa de la lengua han vivido.

Mas dentro tengo mi propia vivencia,
escapo por fuerza y destruyo Tebas.

Aunque tras los viejos maestros venga,
vengo a los padres de forma sangrienta.

Hablo de venganza y vengo la lengua
en todos esos que la hablan y mentan.

Sí, epígono: intuyo lo digno del pasado.
Mas vosotros sois los informados tebanos.




miércoles, 21 de agosto de 2019

Naida se pregunta sobre los primeros recuerdos




¿Sabes cuáles son los recuerdos más antiguos que tengo?, me espeta Naida. No sé, respondo por inercia defensiva. Ella pone cara soñadora, como si sus ojos se fugasen, y habla con parsimonia, haciendo recuento de imágenes. Los más antiguos tienen siempre para mí la forma de un sabor, la textura del aire, el tono melódico de una canción, el tacto firme de unas manos que me salvan generosamente de las manos imprudentes. Por ejemplo. Claro que si me hiciera mañana la misma pregunta acaso la respuesta fuera diferente. Pues la memoria es caprichosa cuando fluye, pero tiene algo de autenticidad, que no de fidelidad, porque está en esa línea en que lo deseado y lo vivido se confunden. Y entonces podría responderme de manera más precisa: cuando mi madre me llevó al cine, o cuando mi abuelo me acercó a la escuela, o la primera vez que monté en el tranvía a Ilidza donde vivía la tía Vesna, o la poca apetencia que tenía por la ensalada de tomate. ¿Quieres decir, intervengo, que unas veces te vienen de frente sensaciones y otras escenas precisas de la película de tu vida? Algo así, remata Naida, aunque a veces se encuentran por el camino, y añade con la sonrisa propia de su sagacidad: ¿crees que se borrará toda esa memoria de las vivencias primitivas? Dicen que son las que menos se pierden e incluso más se recuperan, digo ufano. Naida se afirma en su indagación. De todos modos no es algo que me preocupe demasiado, lo que siempre me ha inquietado es saber por qué determinadas experiencias, fueran las percepciones de los sentidos, o el calor de lo vivido con las personas, han pesado, y lo hacen todavía, sobre mis gustos o mis tendencias o simplemente en mi manera de conducirme. ¿Serán misterios perpetuos que nunca acabarán de explicarnos nuestra personalidad madurada? Tampoco me importa saberlo. Siempre es estimulante conservar una parte de los viejos enigmas. Ese viejo y revuelto desván que jamás clausuramos del todo. 



(Fotografía de Inés González)

martes, 20 de agosto de 2019

Pequeña anécdota




Mi madre me contaba que aquella mañana de estío, hasta el momento justo de sentir los dolores previos al parto había estado recogiendo la alubia verde en la huerta. Le gustaba relatar la anécdota para darnos a entender lo bien que había transcurrido todo a lo largo de los nueve meses de embarazo deseado. Luego, del instante de nacer uno no sabe más que lo que le han contado. Que no hubo incidencias, que la matrona lo hizo de perlas -con el consabido cachete al recién llegado que se resistía a llorar- en la venta de mis abuelos, y que enseguida fui un ávido e inquieto mamón. La sencilla narración de lo normal siempre me tranquilizó mucho. La normalidad tranquiliza. Espero que la narradora no me engañase. Aunque, ¿qué más daría? La vida es un sueño, cierto, pero también una verdad.


lunes, 19 de agosto de 2019

Coloquio nocturno al calor de la hoguera. Peter Fonda, Jack Nicholson y Dennis Hopper en Easy Rider




Se fue Peter Fonda. Recordando aquella película mítica de 1969, Easy Rider, encuentro la escena del coloquio al calor de la hoguera. Mientras Peter Fonda escucha, Dennis Hopper y Jack Nicholson platican con un interesante diálogo sobre la libertad. Ya pueden pasar los años -¡cincuenta nada menos!- que es un diálogo en pleno vigor. El anhelo de la libertad sigue estando vivo, acaso más urgente que nunca. Pero ¿quién sabe hoy mantener la hoguera imprescindible para ese diálogo?







viernes, 16 de agosto de 2019

Naida. Las marcas de la ciudad




Naida no me ha traído a esta calle a propósito. Además hay muchas calles cuyas paredes hablan y no olvidan. Es parte del paseo por el barrio de su niñez. Los impactos en los muros desaparecerán algún día, dice, pero me pregunto si lo harán las marcas profundas y dolorosas de los hombres. Las obras de construcción pueden eliminar vestigios antiguos e inservibles, pero para que en el corazón de los habitantes de la ciudad se eliminen estas huellas funestas hará falta más tiempo. No solo tiempo, sino también superar viejos recelos, converger intereses, ceder en las mentalidades obtusas en las que muchos creen protegerse. Ojalá todos pensaran como tú, la apoyo. Ella me ignora, se siente inspirada, motivada por la memoria. Junto a esta pared jugábamos de niños. Uno de nosotros se apoyaba ahí, se tapaba los ojos y tenía que contar diez o veinte, según, mientras los demás corrían a esconderse. Qué ironía, al que le tocaba solíamos decirle que era el muerto. Te toca ser el muerto. Yo creo que la frase hería a todos, y solo se reducía su afección cuando todos habíamos pasado por muertos. Mi amigo Edin era de los más torpes, repetía con más frecuencia que otros. Aunque yo tenía la impresión de que lo hacía a propósito para ir a buscarme al callejón trasero o tras los álamos y decirme algo en secreto antes de descubrirme a los ojos de los demás. Supe hace poco que un día quedó para siempre atrapado en el escondite tramposo y cruel que tendieron los que asediaron la ciudad. Su madre se echa a llorar cuando me ve. Naida suspira. Dos obreros en bicicleta que venían en nuestra dirección se apartan del muro, como un reflejo de espanto. Uno de ellos la reconoce y la saluda a distancia. Naida, apártate, es un lugar maldito, la grita. Los malos recuerdo siempre son malditos, murmura la mujer para mí.  



(Fotografía de Inés González)

martes, 13 de agosto de 2019

Naida y el cementerio inexistente




¿Crees en los misterios?, me pregunta Naida con intención. Creo que hay mucho conocimiento pendiente sobre muchas manifestaciones aún ocultas, o simplemente no explicadas, pero eso no me lleva a ningún acto de fe, la respondo. Naida sonríe malévola. ¿Recuerdas el cementerio que vimos hace unos días subiendo esta misma cuesta? No entiendo muy bien la pregunta, me parece demasiado simple para que no tenga trampa. Sí, claro, estará por aquí, y dirijo mi vista en varias direcciones. Avanzamos por una calle paralela a la Titova, subiendo desde el Memorial de los Niños. Un recorrido prácticamente idéntico al paseo que ya habíamos hecho antes, cuando vimos aquellas tumbas reposadas y antiguas. Cruzamos varias calles pero ni rastro del cementerio. De la supuesta confusión paso a la perplejidad y poco a poco al desasosiego. Naida, o nos hemos equivocado de camino o el cementerio no existe por ninguna parte o simplemente nos ha parecido verlo en otro lugar que ahora creemos que es este. No sé cómo argumentarlo y pienso, por ejemplo, en aquella ocasión en que aparqué el coche en un subterráneo y al ir a recogerlo no lo encontraba. Simplemente porque me había equivocado de planta. Se lo hago saber. Pero tú lo has visto el otro día como lo vi yo, ¿no?, insiste. Hemos vuelto sobre nuestros pasos, atravesado las mismas calles desde distintas direcciones, remontado una elevación. Naida advierte mi inquietud. Me observa con aire burlón. Se reserva algo. ¿Sigues sin creer en lo enigmático, en apariciones o visiones, como quieras llamarlo, que no se revelan a cualquier persona, que parecen elegir a los individuos adecuados? Me asombra que Naida haya entrado en una cápsula metafísica. Siento el azote desapacible de una ventolera fría que va descendiendo hacia la parte baja de la ciudad. No sé qué creer, digo con apesadumbrado escepticismo. Pero no quiero ni pensar que se trata de una de esas venganzas que una ciudad de muertos se guarda en la manga para propios y ajenos. ¿Te había pasado a ti antes? Naida mira para otro lado, se ha adelantado, ha chistado a un perro viejo y vagabundo que merodea como si tratara también de otear paisajes desaparecidos. Háblale a mi amigo de las visiones que él no quiere aceptar, dice con voz melosa al animal mientras rasca su cuello.




(Fotografía de Inés González)


lunes, 12 de agosto de 2019

Aforismo de la dignidad de los objetos





Cuánto aprecio la dignidad manifestada no solo en algunas personas sino sobre todo en serviciales y fieles objetos que nos rodean. Estos nunca nos defraudan, hagamos un uso prudente o desmedido de ellos. Digamos que están provistos de un virtuoso sentido de la fidelidad y del compañerismo que no siempre percibes en el género al que perteneces.




viernes, 9 de agosto de 2019

Caravaggio, la fabulosa recreación de Milo Manara




Nada que ver con el clic que conocíamos de Milo Manara, esa obra erótica impresionante y difícil de superar. Este otro clic es el de la Historia y el del Arte. El rescate de un personaje controvertido, el pintor Michelangelo Merisi, más conocido como Caravaggio, hace doblete sobre los trabajos anteriores y a la vez sobre la transmisión de episodios de la vida y obra del artista barroco. Dejemos a los historiadores del Arte que nos expliquen la influencia de Caravaggio sobre el Barroco en ciernes, la perfección de la anatomía de los personajes de sus cuadros, el estilo tenebrista, magistral, que desarrolló el pintor o la manera de concebir las escenas y la intención que concedió en sus representaciones. De estas unas fueron discutidas y objeto de escándalo -farisaico la mayoría de las veces- y otras reconocidas incluso por la alta clerecía que le proponía los encargos, aun a pesar de no estar siempre muy acorde con la doctrina de la Iglesia o con la manera como esta entendía que debían representarse los martirios, las vidas de los santos o las grandes figuras del entorno de Cristo. 

¿Dejamos solamente a los historiadores o nos entregamos a Milo Manara? Porque Manara se ha documentado extensivamente y nos habla de todo ello. Los dos álbumes, uno titulado El pincel y la espada y el segundo La gracia, ofrecen una síntesis del tiempo italiano del siglo XVI, del trabajo del pintor, de las vicisitudes tanto artísticas como emocionales padecidas por una personalidad tan enérgica y espontánea como la de Caravaggio. Qué bien reproduce Milo Manara en su cómic el carácter impetuoso del pintor, las reacciones de este ante el trato injusto de unos hombres sobre otros, el abuso y maltrato de los señoritos nobles respecto a la mujer. Cómo incide una y otra vez en los lances del personaje irascible y también bondadoso que era Caravaggio, aunque vivía en un sin vivir, como si estuviera reñido con el mundo. Qué bien muestra el aprecio por el arte que manifestaban los mandamases de la Iglesia, Papa incluido, y sus órdenes caballerescas. Cómo desarrolla la obsesión del pintor Merisi por hacer evidente la sangre de la violencia, sea del martirio, de la venganza. Con qué fidelidad nos cuenta la manera de trabajar rápida del pintor, la búsqueda de modelos, el estudio de los cuerpos y la observación de las posiciones del natural. Las escenas del cómic que reproducen paisajes, ciudades en la distancia, castillos o zonas de mercado callejero son insuperables. El tratamiento de la perspectiva aérea y el detallismo con que ejecuta sus viñetas hace que te pares delante del lugar que dibuja y te sientas poseído por el paraje. La reproducción de las ruinas de Roma que tan detalladamente fueron reproducidas durante siglos están logradísimas en el plumín de Manara, que parece tener como modelo al Piranesi de sus grabados apasionantes y precisos.  Los primeros planos -especialmente del propio Caravaggio- están cargados del realismo del personaje, hombre torturado por su angustia, en una eterna búsqueda de la gracia que es algo más que el concepto doctrinal al uso, que en la obsesión de Caravaggio va más allá que el necesitado perdón. Ah, y un detalle importante. Las mujeres del cómic de Milo Manara tienen los rostros típicos y los cuerpos cautivadores de sus otras obras, pero más impregnadas del realismo naturalista acorde con lo que pintaba Merisi. ¿Qué más se puede pedir?

Para mí ha sido un placer seguir ambas entregas del cómic Caravaggio. Cuando se tiene un cómic -como antaño sosteníamos los tebeos- entre las manos ¿qué se hace realmente? ¿Leer, visionar, escuchar, ambientarnos en otro espacio y tiempo? ¿Entregarnos al ensueño, a la aventura, al amor? ¿Todo ello o algo más? Solo sé que hacía tiempo que no me leía dos volúmenes de un cómic de cabo a rabo y con la atracción a la que me he abandonado. ¿Era por el personaje, la época histórica, el interés del arte o la calidad de Milo Manara? Creo que ha sido un cóctel que me ha embriagado, de cuya resaca no acabo de recuperarme.

Nota. No he podido resistirme a extraer de la red -que cada uno de sus procedencias me disculpe- diversas viñetas del cómic, unas en español, otras en italiano. Caravaggio bien vale un disfrute vía Manara. Con felicitaciones a la editorial Norma por la impecable edición. Aquí habría que decir aquello de Finis coronat opus.


















martes, 6 de agosto de 2019

Retorno a la inocencia con Naida




De niña jugaba por aquí, pero todo ha cambiado. Había calor en las relaciones entre las familias del barrio, no importaban los credos ni las ideas laicas que se tuvieran. También funcionaba la cooperación, dejando de lado ciertos asuntos difíciles sobre los que se podía discrepar pero que nadie pensaba en utilizar para enfrentarse.  Después, cuando todo aquello sobrevino, muchos vecinos abandonaron el lugar forzosamente. Otros, como yo, venimos de vez en cuando a recordar las edades de inocencia. Naida se esfuerza en hablarme del lugar o de otro tiempo, y procura hacerlo con distanciamiento emocional. Como si no la afectara. Como si se esforzase en una clase de comprensión que le permitiera ser equidistante, que le otorgara esa calidad superadora del sobreviviente.  Cualquier día, dice, derribarán las casas que quedan aún en pie. Por eso aprovecho para rescatar lo que se tuvo pero luego se detuvo, actualizando de ese modo mis recuerdos. Lo que se para se pierde. La memoria que guardo no es solo de personajes conocidos o de momentos que vivimos juntos, es algo más propio, más ¿cómo diría?, más íntimo y difícil de racionalizar para mí. Facultades de los sentidos. Y los sentidos no se pueden racionalizar así como así. ¿Ves, por ejemplo, aquellas moreras? Si nos acercamos cogeremos sus frutos, nos mancharemos, pero el tinte no será percibido de la misma manera por ti que por mí. A mí esas manchas me hablan, no te digo el gusto dulce o la forma apiñada de sus granos, y mientras nos concentramos en arrancarlas y comerlas tú lo verás como un gesto gastronómico, se podría decir, o como la actitud de acompañarme a cogerlas, pero yo lo siento como un ejercicio devoto de lo vivido. Cualquier detalle, la inclinación de la carretera, la angulosidad de las casas, el arbolado, el rumor de una acequia próxima tienen un sentido múltiple para mí. Sé que el día que venga y esto se haya transformado o acaso desaparecido del todo me parecerá una brutalidad. Aun aceptando que las obras pudieran ser necesarias para la ciudad, algo que habría que ver, yo lo percibiría como ataque a una ley no escrita, pero sí individualizada, de mi pasado. Me tocarían mis vivencias.

Naida calla, se adelanta unos pasos, mira en direcciones diversas. Nadie asoma. El silencio del lugar solo es rasgado por los ladridos estentóreos de perros callejeros que se buscan unos a otros. Naida indica con el dedo en dirección a su oreja. ¿Oyes los perros? Mucha gente los tiene miedo, corretean por estos barrios como viejos resistentes, pero cuando me ven aparecer se acercan, callan, se dejan acariciar, me acompañan. ¿Son ellos también parte de tus recuerdos?, digo. Naida se pone grave. Son la propia carnalidad de la memoria. Memoria perro, memoria voces, memoria juegos, memoria camaradería. Memoria inocencia. Ellos transportan en su orfandad el pasado. Como yo misma.




(Fotografía de Inés González)


lunes, 5 de agosto de 2019

Quien siembra odio recoge odio





Nuestro refranero, sabio, práctico, en ocasiones demasiado moralista, es además muy metafórico. Quien siembra vientos recoge tempestades, dice. Pero hoy día en que la realidad virtual no aclara muy bien si es la metáfora o el efecto real lo que impera en las vidas humanas no es muy usado el refrán por las nuevas generaciones. Traducido al lenguaje duro se podría decir: Quien siembra odio, recoge odio. Con todas sus consecuencias. Pero más allá de esta idea elemental no sabe uno qué pensar. En un caso y otro ¿se entiende que quien difunde ideas supremacistas, racistas o simplemente envenenadas contra otras personas y colectivos va a generar violencia entre espontáneos? Los que están en los púlpitos -me da igual que desde los gobiernos o desde la oposición- tiran la piedra, y cada vez dan pedradas más contundentes, y esconden la mano. Bueno, algunos ya no la esconden, porque se ha extendido -con ese ejemplo preclaro del presidente de los EEUU- entre mandatarios y opositores, en muchos casos, de unos países y otros. Ya no ocultan su vergüenza, se convierten en modelos de generar odio y sus consecuencias, se imponen como práctica común. Salvo que se les corte. ¿Sorprende, por lo tanto, a estas alturas la violencia larvada -ah la oscura sombra de la guerra civil en permanente acecho- que está teniendo lugar en la nación más rica y poderosa del planeta? Una violencia tanto centrípeta -esas matanzas cada vez más cotidianas dentro de la sociedad USA- como centrífuga -su proyección en la política internacional, de amenazas y medidas contra países competidores- que está destruyendo todo sentido ético en la Política y sentenciando la Democracia hasta ahora al uso. 

Tiempos vivimos de desentendimientos peligrosos. Las demagogias se mantienen, la animadversión contra el diferente se acrecienta, la visceralidad de palabras da paso a acciones de violencia, tanto de solitarios como de organizaciones o poderes de Estado. Las lecciones de las guerras -paradigma máximo de la violencia y el caos- se desaprenden. Acaso porque no se transmite de unas generaciones a otras una comprensión de los errores. Acaso también, o sobre todo, porque las viejas y constantes ambiciones humanas se siguen levantando por parte de unos hombres a costa de y sobre otros hombres y sociedades. Todo el mundo -principalmente los que están en mejores posiciones competitivas-  pretende controlar a su favor las leyes de los mercados. Si para ello se acompaña una desafortunada agitación de las ideas reaccionarias portadoras de odio el refrán triunfa.


Nota:




desentendimiento
1. m. p. us. Desaciertodespropósitoignorancia.

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domingo, 4 de agosto de 2019

Las moras ¿agraces? de Carmen Jodra Davó






Ayer, removiendo libros -los libros se mueven y remueven antes de acabar en ceniza- apareció. Carmen Jodra Davó, con su poemario Las moras agraces había ganado el premio de poesía Hiperión de 1999. Tenía ella diecinueve años y su aprendizaje de Clásicas la condujo al estilo de los poemas premiados. Releyendo ahora Las moras agraces uno respira -no solo lee- de autores griegos y latinos, pero también de sonetos gongorinos. ¿Cómo decirlo? Simplemente que esa inspiración es maravillosa y su ejecución, aunque no podría Carmen Jodra Davó entonces renunciar a sus diecinueve primaveras, y eso también se nota algo aunque no como inmadurez infantil, es clara, contundente, transmite la sensación de la experiencia y el consejo poético de aquellos grandes maestros. No se ve lo agraz en sus poemas sino un sabio proceso de maduración, cuando no madurez total, en muchas de sus conclusiones. Y un instinto de recreación de quien ha sabido beber en buenos manantiales. 

No llega ni a dos semanas que Carmen Jodra Davó ha fallecido, ¡dios!, con apenas treinta y ocho años. ¿Qué decir? Que es una barbaridad -de la vida, de la naturaleza, del azar- que una mujer, una joven y una poeta muera.

Un par de poemas de la obra citada.


DEFINITIVAMENTE PESIMISTA

La vida es desengaño y desengaño,
uno detrás de otro, nada más,
sin más consuelos que la cama tibia
y chispas de Belleza inmaterial.
Y detrás de eso siempre estará el mundo
con su hedor cadavérico y su faz
de horribles cicatrices, y este agónico
e implacable terror al más allá...


De EL CICLO SATÁNICO, IV

¿Cómo pude dudar? ¿Cómo he podido
vivir sin vida todos estos años?
Por evitarme daños, tuve daños, y huyendo penas,
penas me han venido.

¡Cuánto tiempo, cuánto placer, perdido
en virtud, muerte, ritos tan extraños
como inflexibles, místicos engaños,
humillaciones, Dios! ¡Qué buena he sido!

Me arrepiento del tiempo en que fui buena,
viviendo sin gozar el prodigioso
fulgor del mal, quebrando mi destino.

Y ahora que su goce me envenena,
¿cómo negarse, si es tan delicioso,
o cómo retornar al buen camino?



Nota. Adjunto un artículo que he encontrado de la Revista Letras Libres:

https://www.letraslibres.com/espana-mexico/literatura/carmen-jodra-madrid-1980-2019-memoriam

Y también:

https://www.youtube.com/watch?time_continue=384&v=R3II0UUT_nE



jueves, 1 de agosto de 2019

La Vijećnica y Naida




He soñado tantas veces con el incendio de este edificio, me confiesa Naida mientras atravesamos las salas de lectura reconstruidas. ¿Sabes que jugaba aquí de niña? Uno de los conserjes era tío mío. Pereció cuando lo bombardearon. Pero no por efecto directo de las bombas, sino porque el corazón le falló. No era toda su vida la que se le venía abajo al destruirse la Vijecnica, sino todos los saberes del mundo que, por un instante, él vio perdidos. Mi tío no era un conserje cualquiera. A lo largo de los años había adquirido conocimientos de restauración. Si se hubiera dedicado a la conservación le hubieran pagado más, pero él decía que eso no le importaba, que prefería tener una perspectiva variada. Que en uno de sus trabajos era el empleado y en el otro el sanador. Así llamaba a quienes recuperaban manuscritos y los mantenían a salvo de la incuria. La biblioteca era prácticamente su casa. Cuando algunos de la familia le decían: tienes abandonada a la tía Lamija, él respondía que su mujer era depositaria de los conocimientos a través suyo. Que él era intermediario no solo con el amor sino con el aprendizaje de la humanidad. Y dejaba enmudecidos a todos. En mi país dirían de la destrucción de la Biblioteca que es uno de los horrores de la guerra, le corto imprudente a Naida. ¿De la guerra?, dice ella con energía. Yo diría que de la ignorancia. No solo de la ambición o de la eterna obsesión de los poderes. Las guerras no surgen de un día para otro. Se incuban, germinan, todos colaboran a que tengan lugar antes o después. Por defecto o por exceso. Pero no te he traído aquí para hablar solo de las desgracias. Deleitémonos en la contemplación de la resurrección del edificio. ¿Otra vida tras la muerte?, digo con ironía. Por supuesto, otra vida nueva, porque nunca es como la vida anterior. Ni siquiera la de los libros.     




(Fotografía de Inés González)

martes, 30 de julio de 2019

Naida habla con los muertos




¿De qué te sirve hablar con los muertos? No me cabe duda de que es una imagen muy literaria propia de ti, porque tú de esotérica no tienes nada, digo a Naida. Ella se encara conmigo. Ah, no, no se trata  de una imagen literaria y por supuesto tampoco hago de médium de falsedades. Realmente hablo con varios de los que murieron, aquellos que conocí y que quedaron tiesos de modo infame, según me han contado, en la cola del pan, o atravesando la Mese Selimovica o en el cruce de la Titova para dirigirse al trabajo. A algunos los había conocido de niña, no se merecían desplomarse en medio de la avenida. Todavía cuando veo las imágenes que grabaron las agencias internacionales me estremezco. No es ninguna película. No puedes perder de vista cada paso, cada secuencia, no hay nada de cine en ellas, me siento trasladada al lugar, a la fechoría. No es ningún frente de batalla, ni son profesionales de las armas los que transcurren por las calles. Es el vecino ordinario quien paga el precio de la sinrazón de otros. Y en ese momento me estremezco, y en ese instante hablo a las víctimas. En una de ellas se ve caer y ser conducido agónico en un coche al señor Zlatan. No era de ninguna religión, ni había sido partidario de ninguna casta ni facción política. Para él vivir era hacer favores y cumplir con su trabajo, le daba igual quién se relacionara con él. Nunca hizo diferencias ni trato especial por orígenes o ideas. Naida calla, luego deja flotando un suspiro. Te veo muy marcada por el pasado, le comento. Es inevitable, afirma, creo que todo el mundo lo está, en primera o segunda generación. No sé si todos perdieron en aquella contienda organizada, pero creo que unos perdieron más que otros. Oigo con frecuencia la palabra revancha. Desde distintos ángulos. Me repugna. Sería como no haber aprendido nada. La gente no olvida. Los más aplastados olvidan menos. Si hubiera un gesto colectivo, auspiciado, que reconociera lo que aconteció, y cómo y por qué, sería un alivio. Ya ves, y me mira con cierto desconsuelo, hoy no es el fantasma del derviche entre las brumas o las cornejas pacíficas del Miljacka lo que me hace transmitir bienestar. Hoy mis vibraciones son otras, confiesa con un tono apagado. Más negras. ¿Qué podría responderla?



(Fotografía de Inés González)


domingo, 28 de julio de 2019

Las cornejas del Miljacka




Mira qué juguetonas están las cornejas, exclama Naida tirando de mí. Hay testigos que aseguran que nunca se fueron ni en los peores trances vividos en este valle. El oscuro Miljacka se tiñe hoy a plateado. Estas aves tan curiosas como domésticas son más de aquí que nosotros. No te fíes, la contesto con irónica intención, tal vez las trajeron los vecinos del sur. Qué importa con quiénes llegaran, salta Naida con carácter, y además ¿por qué no iban a venir solas? ¿Quién te dice que no estaban ya antes de fundarse la ciudad? Podrían perfectamente ser ellas las que sugirieron el lugar a los primeros pobladores, ríe Naida. Además, que hubieran acompañado a turcos o a eslavos, ¿importa mucho? A mí me transmiten la paz que nunca hubo de modo definitivo entre nosotros. Cuando pienso en lo padecido en esta ciudad hace unos años me siento en un banco y las contemplo. Te lo creerás o no, pero hablo con ellas. Naida siempre me sorprende y he llegado a la conclusión de que no solo son metáforas lo que revela. Hablo con ellas, prosigue, como a veces hablo con los muertos. Es una manera de no olvidar pero también una exigencia de evitar el odio. ¿Sabes por qué? Ni idea, le respondo. Porque tanto los muertos como las cornejas son intermediarios entre los hombres y las familias de unas y otras creencias. Si todos escuchasen lo que tienen que decir guiarían sus reflexiones por otro camino más constructivo. Y acaso la calma aparente de hoy podría llegar a ser definitiva. Es inevitable dejarse seducir por ese lenguaje literario de Naida. Yo insisto en traerla al lado racional de la realidad. No es fácil lograr una paz fiable y definitiva, la memoria sigue siendo onerosa y los intereses en juego se han vuelto ambiciosos y divide a todos de manera desigual, matizo. Naida habla absorta y lenta en su mirada sobre el río. Sin duda, eso es lo que me lleva a considerar que si volvieran los malos tiempos optaría por convertirme en corneja. 



(Fotografía de Inés González)


viernes, 26 de julio de 2019

¿Nos devolverán los vales?





Te los daban por disciplina y urbanidad. Por buen comportamiento y atención en clase. Por puntualidad y colaboración. Por rigor piadoso y ferviente. Los vales los guardabas en una hucha siempre ubicada dentro del pupitre, cual bitcoins de la infancia escolar. Cuando se tenía un número determinado -el valor y la cifra siempre han sido una característica del mercado más primario- se nos concedía un premio. Ojo, si te portabas mal, si aparecías hecho un trazas, si te pegabas con un compañero, si tu actitud pía se relajaba, si decías palabrotas, si no dejabas de hurgarte en las narices y hacer bolitas, con la variante añadida de tirárselas a otros, si incordiabas al colega de al lado o hacías dibujos sarcásticos y procaces (era lo mío), si la atención mermaba...entonces tenías que devolver los vales. Era un toma y daca. ¿Cuántos llegué a poseer y cuántos perdí en la vorágine de aquel sucedáneo del Mercado de Valores? No sé, la memoria ya no guarda registro de esta clase de minucias.

Moraleja uno. Los vales que habíamos repartido entre los señores/as diputados/as (ag, qué repelente este / políticamente correcto) para que efectuaran su trabajo pero que tienen empantanado el llamado poder legislativo y en gran medida el ejecutivo, ¿no piensan devolvérnoslos? 

Moraleja dos. Qué citas bíblicas tan estupendas. Vienen para la situación que ni a pelo. Es lo que tiene guardar recuerdos seculares. Buenas noches. Me voy a que el sueño de verdad me despeje del sueño de mentira. ¿O es al revés?


jueves, 25 de julio de 2019

Españoles todos: ¡Maaambo!




Era yo muy niño cuando ponían de continuo en la radio música de mambos. También hablaban del rey del mambo, que no he sabido nunca si era Pérez Prado u otro, o cualquiera que se apuntara con tenaz instrumentación a aquel ritmo repetitivo y ruidoso. Como si de ruleta de casino se tratase uno de los mambos se titulaba el Número 8, porque las trompetas se detenían un instante y se cantaban los siete dígitos anteriores hasta el octavo en que se producía el estallido vocal. Arrastrando al auditorio, por supuesto. ¿Hemos llegado ahora en la política de la gobernación española a cantar un mambo incierto? Ciertos profesionales de la política, ¿se creían antes de tiempo reyes del mambo que, como en un bingo, iban a cantar la bola ganadora? En lugar de tocar la composición con prudencia, entendimiento y generosidad mutua, ¿por qué han preferido tirarse las trompetas y las percusiones a la cabeza? Todos estos que querían hacernos bailar al compás de sus sones, ¿acaso son verdaderos músicos o apenas unos aprendices desafinados con distintos tonos y ritmos melódicos? Claro que el resto de los aspirantes al mambo -dispuestos a montar una orquestina del antiguo régimen a tres voces celestiales- no son precisamente mejores, ni en el sentido racional ni en el político ni en el ético. Solamente escuchar sus soeces y despreciativas opiniones sobre políticos contrarios da asco. Pero ahí los tienen, a los de la Santísima Trinidad: frotándose las manos atentos y velando armas ante la oportunidad de reconquistar el poder en las posibles próximas elecciones.

Mal, muy mal. Mal los que iban a asaltar los cielos y ahora quieren condenar a los españoles a los infiernos, por una parte, y mal los eternos salvadores de las esencias patrias, radicalizados en su extremismo, por otra. Añadan al menú el condimento de los supremacistas catalanes que, obcecados por inventarse su propio Estado, han conseguido desequilibrarnos a los demás. La carencia de sentido de Estado en gran parte de las formaciones políticas es abrumadora.  ¿No se dan cuenta cómo está el panorama internacional, que no es precisamente de broma? ¿Por qué nos perseguirá el malditismo de los taifas?

De momento creo que está siendo demasiado para nuestro cuerpo, el de cada uno y el colectivo al que pertenecemos nos guste o no. Y luego quieren que creamos en la política. Naturalmente, los ciudadanos que se rigen por los principios de fidelidad inquebrantable a los suyos, aunque estos se conviertan en monstruos, siempre lo tienen claro. Pero los demás, ¿qué haremos? ¿Qué debemos hacer? Por favor, que no nos vendan ni prometan nada. Que suene el maaaambo!!!.




martes, 23 de julio de 2019

Desayuno con Kant (Sapere aude!)




He desayunado con Inmanuel esta mañana y cuando hemos hablado de las oscuridades que aún nos rodean, e incluso que crecen con nuevos disfraces, me ha dicho, casi cual vulgar Perogrullo, que son nuevamente necesarias las luces que alumbren el camino pero sobre todo el corazón de los hombres. Luces que nunca han dejado de ser necesarias, útiles y  transformadoras. Y ha sido muy preciso al respecto: "La Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la Ilustración".

Ah, así que la clave es decidir interiormente como nuestro propio conocimiento nos guíe. Atrevernos a conocer, a hacer uso del razonamiento, a investigar las causas, a llegar a conclusiones por nosotros mismos. Por supuesto que enseguida se me ha dibujado el panorama de nuestro tiempo, en que una parte de la humanidad concede patente de certeza a lo que no es sino mentira e invención interesada de otros. Esas herramientas ¿o armas? tan utilizadas por quienes no solo quieren que sigamos sumidos en la ignorancia, sino que además retrocedamos en una serie de objetivos conseguidos y que hoy están puestos en cuestión por ciertos poderes de turno. Ya le he dicho a Inmanuel: me asaltan las dudas. ¿Cómo es posible que con el desarrollo técnico avanzado que nos ha proporcionado un conocimiento superior, como nunca antes se había alcanzado, haya tantas resistencias en el interior de los individuos mismos y en sus sociedades? ¿Hasta qué punto las conquistas en materia científica y su aplicación a los cuerpos, por ejemplo, no logran arrastrar la conquista de la libertad interior, del acuerdo entre humanos, del respeto al pensamiento razonado y a la tolerancia en la exposición de las ideas, y en definitiva a la erradicación de la violencia? 

Inmanuel, que está curtido en las lides de las limitaciones humanas, me ha sonreído, como si no quisiera agriar mi café, y solo me ha contestado mientras dábamos buena cuenta del reconfortante frühstück: Pregúntate y da un paso para hallar respuestas. Ignora lo primero que te digan y verifica no solo la intención sino la manera como se propone un discurso. Vacía las palabras porque su uso siempre tiene origen y destinatario, luego intención. No sigas la corriente que otros propician, sino descubre el clamor de tu propio curso. Inmanuel ha untado su panecillo. Yo me quedo mirándole. Ya sé qué piensas, me dice con la boca llena: que en principio no tienes siquiera por qué creerme a mí. No, no digas, nada. Convéncete siempre por ti mismo.

¿Me atreveré a pensar sin intermediarios? (Suponiendo que eso sea posible) 



(Fotografía de Jack Birns)

domingo, 21 de julio de 2019

Naida entre la nieve




No se sabe bien si la noche es blanca o es negra. En cualquier caso es opaca. Dar un paso afuera es arriesgarse a que los colores más definidos, da igual si son opuestos, hayan borrado los caminos. ¿Existirían en otro tiempo las lindes y por lo tanto las alambradas? pregunta Naida, creo que por preguntar algo. Cuando uno interroga en medio del vacío es como si tomara la ofensiva contra el miedo, se muestre este bajo forma de lo desconocido o erigido en pauta de silencio. Los linderos son muy antiguos, respondo por dejarme llevar. ¿Cómo de antiguos?, dice. Tan antiguos como poseer un territorio y no compartirlo con nadie más, se me ocurre. Entonces tenía razón mi abuelo, que vivía en el valle que hay más arriba de Travnik, cuando decía que los hombres se peleaban por la ocupación de los pastos, y con el vaho de sus palabras Naida dibuja sombras dentro del coche. Los hombres han disputado por todo, no hay asunto que esté libre de conflicto ni bien que no sea una obsesión poseer, y yo trazo siluetas con mi aliento. Sé que Naida me está mirando en la oscuridad. Noto su voz cosquilleando mi oreja. Hay un espacio donde los cercados no existen, ¿sabes cuál?, murmura. Pero yo no digo nada. No quiero en ese momento que se levante valla alguna entre nosotros.   




(Fotografía de Inés González Soria)