miércoles, 20 de noviembre de 2019

El trono donde casi todos nos sentimos reyes




Leo que ayer 19 de Noviembre fue el Día Internacional del Inodoro, término este que yo prefiero denominar retrete o letrina. Nuestras palabras castellanas son menos finolis pero más precisas. La ONU dice que casi 700 millones de personas hacen sus necesidades al aire libre. Me parecen pocas. Y dice también que 4.200 millones no cuentan con servicios sanitarios básicos. Me ha gustado que la organización internacional haya decretado un Día del Inodoro, nos recuerda a todos los occidentales que lo que para nosotros es un privilegio para otros es carencia. Parece cosa de risa pero cuando pensamos en las carencias de muchas zonas del planeta en materia higiénica de broma no tiene nada. Desde nuestro soberbio ámbito llamado civilizado lo que tenemos como normal desde que nacimos tendemos a obviarlo, cuando no a menospreciarlo. Menos mal que las bacterias intestinales saben valorar y dirigir nuestro ser como ese segundo cerebro que dicen que son las tripas. Ellas sí que saben honrar el retrete.


(Fotografía tomada de DW Made for minds)





lunes, 18 de noviembre de 2019

Privación de Naida y Emina




Me siento raro al no tener noticias de Naida en Tuzla. No estaría de más intentar conectar con ella, pero es tan independiente que prefiero que tome la iniciativa. Tampoco sé nada de Emina, a la que supongo concentrada en su última escultura. Entiendo que ambas estén muy atareadas, pero ¿es solo casualidad el silencio al que me condenan estos últimos días? La extrañeza de verme privado de ellas comienza a hurgar de manera insidiosa dentro de mí. No obstante, trato de ventilar posibles fantasmas, al fin y al cabo actividad tengo de sobra y debo entregarme a fondo a mis reportajes balcánicos. No, nunca doy vueltas a si una sabe de la relación de la otra conmigo. Ahuyento las preguntas imaginarias, como probablemente también ellas las espanten, al menos parece que eso hacen cuando están junto a mí. Tampoco se me ha ocurrido nunca preguntar. Puede que los mensajes enigmáticos de Naida sean de comprensión y condescendencia. Y Emina, ¿reverdece conmigo o reencarna a su amado desaparecido en mi cuerpo? Así que, ¿por qué razón debería incidir en sus relaciones, si las tienen, con otras personas? Me gusta la situación viva que nos da sentido, algo que, por otra parte, no he buscado. Nos adaptamos todos a lo que podemos dar y a lo que tenemos al alcance. ¿O hay algo más? Es el azar y la personalidad que ellas desprenden los factores que han propiciado este triángulo desigual. Tanto ellas como yo somos individuos respetuosos de nuestros comportamientos. O eso parece. Acaso no quieran saber más que lo justo. Es difícil, pues son amigas. ¿No van a contarse entre ellas? Si en algún momento han tenido ganas de enseñarse uñas o dientes se han cuidado de hacerlo con mucha habilidad. No pongo en duda que tienen un control de sus actos y que están muy seguras de sus emociones. ¿Será porque consideran que soy una ave pasajera? En lo que a mí respecta, ¿son menos sinceros los afectos que vuelco con cada una por el hecho de compartir a las dos? No, no es que parta mis afectos, ni los dosifique, ni trocee el cariño. Mi comportamiento amoroso es una manifestación íntegra, yo diría que auténtica, sin reservas. Ninguna de las dos mujeres se apropia de más afecto ni más sensualidad que la otra. Ni yo tengo la impresión de que dé más a Emina que a Naida. Oh, qué fatuo soy. ¿Cuánto da uno en el terreno de los afectos? ¿Cómo medir lo que se recibe? Darse al amor es operar con otra clase de voz, donde también hay tonos y gestos distintos, que se pueden compartir o reservar. No es el caso que yo regatee mis impulsos más íntimos con ninguna de ellas. Ni puedo reprocharlas nada ni creo que Naida o Emina puedan echarme en cara ser descuidado con ellas. Pero al fin y al cabo, ¿por qué habría que hacer del amor algo sublime y exclusivo? No me he parado a considerar si entre ellas pueden suscitarse celos o si pudiera latir algún conato de enfrentamiento, más o menos recóndito. Probablemente si ellas conociesen mis pensamientos, propios de un silencio incómodo que me deja huérfano, se burlarían de mí. Tal vez lo sano sería que estallara el conflicto, que ambas se conjuraran contra el hombre y me echaran en cara mi comportamiento dual. ¿No es un absurdo que los hombres aspiremos siempre al entendimiento, de manera obsesiva e incluso utópica, cuando precisamente el entendimiento es la excepción? ¿No es la disensión, la disputa, hasta el choque mismo lo que precisamente acaba modificando la vida de los humanos? Me sorprendo inquietándome. Echando de menos a estas mujeres que me cercan. Me encuentro molesto con los pensamientos turbios con los que intento justificar actitudes naturales que acaso no son leales. Y sin embargo, me siento tan cerca de las dos mujeres que no me planteo ninguna clase de elección. Nunca he podido elegir. ¿Por qué iba a hacerlo ahora si el único plan de vida se da en el día a día y en la veracidad de los actos más íntimos por los que compartimos el individuo que llevamos dentro? 

Me acerco al taller de Emina. Está cerrado. En la taberna El gato de angora me dicen que se ha marchado fuera un par de días. El viejo Petar, que está comiéndose un cevapi, y que habla poco pero escucha mucho, traga el bocado. Luego me dice reservadamente: creo que está en Tuzla.



(Fotografía de Inés González)

domingo, 17 de noviembre de 2019

¿Y si no fuera otoño? Leve crónica de una sucesión de sorpresas



Domingo 17.

Hay días en que te llevas sorpresas. ¿Es el hallazgo o la aparente sencillez de las cosas lo que te admira? Que de una planta humilde broten flores en los días más crudos del otoño te deja perplejo. Que descubras de pronto una frase en una calle adoquinada te parece sublime (Tolstoi se maravillaría, rabiando, eso sí, por no aparecer al lado su nombre). Con qué pequeñas cosas te entusiasmas, me dice el demonio chino. Para rematar, otro hallazgo leyendo a Rubén Darío: No tornó mi piedra al mundo (Poema Hondas). ¿Cómo sabía él que era así? ¿Cómo tenía tan olvidado a este poeta?

El demonio chino me inquiere desde su gesto imperturbable: Las flores, ¿serán en mi honor? Yo le contesto que dialogue con ellas.





viernes, 15 de noviembre de 2019

Atracción solar (Entre luces y sombras)




En la interrupción del día brumoso, tanteando tras un efímero resquicio de luz, los dedos del hombre buscaron el calor. Luego volvieron a hibernar, para no convertirse en hielo.

(Nunca vimos con tanta claridad las luces ni tuvimos tantos elementos para comprobar que acechaban las tinieblas. ¿Por qué dudamos?)



NB. Con mi felicitación al poeta que aprecio y degusto, Joan Margarit, cuyo mensaje llevo: "¿Qué hacer con las palabras al final?/ Solo puedo buscar, para saber qué soy...")


jueves, 14 de noviembre de 2019

Advertencia de Salvador Espriu para la piel de toro





Si corres siempre adentro
de la noche de tu odio,
caballo loco Sepharad,
el látigo y la espada
te han de gobernar.

No puede escoger príncipe
quien vierte sangre,
quien fue traidor o roba
o quien no alzó
poco a poco el templo
de su trabajo.
Con el fuego primero quemas
la libertad.

Acércate a mirarte
en este hielo,
aprende el verdadero
nombre de tu mal:
en el rostro del ídolo
te has contemplado.


Salvador Espriu (1913-1985) fue un escritor y poeta catalán. ¿Quiénes de su región de origen o de otras regiones del país -es decir de Sepharad- han leído con atención y consecuencia a Espriu? ¿Quiénes del otro lado del Ebro lo valoran conforme a lo que escribió y aprecian con inteligencia cuanto dejó escrito? ¿Cuántos de esta parte del río íbero estamos dispuestos aún a descubrirlo? Pues un poeta no dice menos que otros hombres. Pues un buen poeta no vocea más que los malos políticos, por ejemplo, o la gente que repite tópicos horrendos en la barra de un bar. Un poeta habla con mayor claridad. Pero se tiene que tener la actitud y la voluntad de entender lo que dice. Y dice con mayor profundidad que la que suele ser exigida por el ciudadano común y superficial. El problema es que a los buenos poetas no se los escucha, no se los quiere escuchar. El problema es que lo que escribieron y cantaron desde lo profundo se ha tomado como agua de un río pasado. El problema es que aunque no pasen dos veces las mismas aguas por el mismo río, puede que el curso de este se mantenga con unas características que pueden provocar nuevos accidentes para las tierras y los hombres. El problema es que no podemos seguir siendo ni toro de embestidas ni minotauro perdido, cuando no enloquecido, dentro del laberinto. Salvador Espriu, y en concreto su poemario La piel de toro (La pell de brau) al que pertenece el poema de esta entrada, sigue teniendo una vigencia y una enseñanza incluso desgarradoras.



(Dibujo de Picasso)



(Salvador Espriu)


martes, 12 de noviembre de 2019

I Ching entre bostezos




Los bostezos de la noche me confirman que desconexión y tedio deben tener como objetivo el sueño. Diluirse en él. Antes, echo un vistazo al día, al que fenece, al anterior, a los otros, ya casi olvidados. ¿Ha pasado algo estos últimos días? No lo sé. Los acontecimientos se precipitan con tanto ruido que se devalúan camino de no se sabe bien qué horizonte. Nada está claro y a uno, que no es esotérico, ganas le entran de echar los dados lúdicos al Juego de la oca o de escuchar a los trigramas del I Ching. Abro este, el Libro de las Mutaciones, al azar. Me sale el 29, hexagrama K'an: Lo Abismal, El Agua, dice el libro. Varias recomendaciones. En El dictamen, por ejemplo, leo:

Lo Abismal repetido.
Si eres veraz, tendrás logro en tu corazón,
y lo que hicieres tendrá éxito.

No está mal. Confiar en la veracidad se lleva poco, pero acaso la excepción confirme llegar a buen puerto. La lectura de Las diferentes líneas me aportan otra interpretación:

Nueve en el segundo puesto significa:
El abismo tiene peligro.
Solo debe aspirarse a alcanzar cosas pequeñas.

Vaya, parece un consejo prudente y moderado. ¿Será más acorde con una actitud realista? A continuación hay otra cita:

Seis en el tercer puesto significa:
Adelante y atrás, abismo sobre abismo.
En semejante peligro primero detente,
pues si no caerás en un hoyo dentro del abismo.
No actúes así.

No es el Yi Ching lo que da miedo. Después de todo advierte, y eso que no lo he consultado de verdad. Sin embargo me pegunto: ¿a quién irá dirigido el mensaje cuando se echen las monedas? ¿Solo a los cambistas que están a punto de apostar por la jugada de la gobernabilidad del país? ¿A los envidiosos mirones que no van a tocar juego pero que se frotan las manos dispuestos a hacer la vida imposible no solo a los jugadores sino a los espectadores todos? Nuevo bostezo. Cierro el libro mutante. 




lunes, 11 de noviembre de 2019

¿Quiénes son los indómitos?




¿Es indómita la caballería o los indomables son los jinetes que nos quieren montar? Entre estos aprendices de caballeros los hay broncos, cerriles, tercos y con gran éxito aparecen los montaraces. ¿Seguimos pensando aquello de qué buenos vasallos habría si hubiera un buen señor? Yo no. Sigo pensando que aquí todos queremos ser caballistas y cabalgadura, con muy malas consecuencias. Que los que nos jinetean (uso una apropiada voz americana) son procurados por los remisos que les dejamos hacer. ¿Vamos a ir siempre de rucios ignorantes que encima creemos que sabemos? Cuidado, porque al final quien se puede beneficiar más es el que dé más firme con el látigo y nos aguijonee con sus espuelas. ¿Es esto de verdad lo que queremos?



(Viñeta de Manel Vizoso, http://cachondodejahve.blogspot.com/2019/11/ . Gracias, Manel )

domingo, 10 de noviembre de 2019

Espejo en el espejo. Música para un día apartado del ruido. Invitación de Arvo Pärt a la calma




La calma se aprende. Quién dijo que es instintiva. Y aunque lo fuera, ¿sobrevive por las buenas? Decido aplicarme al esfuerzo de introducirla y extenderla. ¿Dormir sobre ella como si fuera un colchón? Dormir es otra cosa, tiene mérito, pero ponemos poco de nuestra parte para que el fenómeno del sueño nos acoja. ¿Reposar en su interior como si se tratara de una dádiva de la naturaleza? La naturaleza da lo que nosotros tomemos de ella. La calma puede ser activa. Debería serlo, lo cual implicaría una acción consciente por nuestra parte. ¿No es la sabiduría de la conciencia  -difícil término de no siempre claro concepto- la que nos hace descansar más allá del subconsciente, si la damos herramientas que detengan el ruido? Me hace pensar en ello Spiegel im Spiegel, de Arvo Pärt. Si escuchas solo la composición -cierra los ojos, no mires el vídeo, pero aunque lo mires es tal la amable lentitud de la armonía de los intérpretes que no sufrirás interferencias- entras en ella. En la calma. O es la composición la que te saca de ti mismo, con tu permiso. Se te ofrece un espejo, reproducción de espejos, aparentemente simétricos y paralelos. ¿Lo son? ¿Alguno se rompe para mostrarte otra imagen? Los espejos no se traicionan unos a otros. Hoy te has abandonado a un espejo que se multiplica en superficies de reflejos y te va arrastrando hasta el infinito. Porque para ti el infinito existe, la eternidad no. Está en el pasado y por él se mide nuestro cuerpo. Cuando no estés el infinito seguirá existiendo, pero no tendrás necesidad ya de él. Piensas en Epicuro y en su saber usar la vida. ¿Sabes seguir sus recomendaciones? ¿Has pensado alguna vez en el complejo proceso que hay detrás de ti y de todos los de tu género para ser como sois? El espejo no te ofrecerá jamás el porvenir. Sus reflejos se detienen y retrocede tu imagen. Estás donde estás. Hoy, en días sucesivos, habrá mucho ruido, pero tal vez hayas catado de la calma que te ha regalado el espejo.






jueves, 7 de noviembre de 2019

Naida. Bebiendo rakia con Emina




En la taberna La gata de angora Emina ha invitado al extranjero a rakia, haciendo un alto en el trabajo. Un nombre muy sugestivo para este lugar, comenta él echando una ojeada al local. Es un lugar apacible, veterano, precisa la mujer. Venía aquí con frecuencia junto a mi poeta muerto. Fue otra época, ¿o fue en otra vida?, y a aquel tiempo sucedió otro más indigno. Hasta que dejó de existir el tiempo mismo. Aunque hay quien dice que se veía venir. ¿Crees que se puede ver venir la muerte? Después de aquello dejó de interesarme la historia, renegué de las creencias, dudé sobre las vidas, ignoré a los hombres. O eso creía yo. ¿Fue la escultura un escondite o el flujo de una habilidad? Puede que ambas cosas. Nunca se sabe en la vida cómo y de qué manera coinciden las circunstancias más adversas para abrir puertas a situaciones imprevisibles. Tú, por ejemplo, apareces y ocupas, sin darte cuenta, mi mundo. Te interesas por mi oficio. Te arriesgas a verme la otra cara, el alma distinta que no suelo desvelar. ¿Podría pulirte a ti tal como hago con la materia bruta? El otro día me di cuenta que sí, pero utilizando herramientas diferentes. Con la piedra soy taxativa, trazo, hiendo, aligero perfiles, redondeo los volúmenes que van saliendo. Con útiles de escultor. Contigo comprendí, así de golpe, que solo puedo aproximarme a tu personalidad desconocida siendo yo la materia y tú el artífice. No siendo la enojosa tallista, no viéndote como una masa, casi obviando tu físico. ¿Será que me pillas en un punto de mi vida en el que no sé situarme? Un estado, más que una edad, en que una desconoce qué suelo pisa, qué paisaje tiene alrededor, qué horas suenan para ella. Una vez leí en una novela de un escritor que nació precisamente donde está ahora nuestra amiga Naida algo que me impresionó. Las mujeres jóvenes sueñan con la vida y creen en las palabras, venía a decir. Las viejas temen a la muerte y oyen entre suspiros hablar sobre el paraíso. Eso lo dice Mesa Selimovic en un relato precioso sobre derviches. Entonces me di cuenta que yo no encajaba. En mí ya no habitan los sueños, y las palabras son desahogos, pero no esperanza. Y el temor a la muerte lo exorcicé cuando él murió, simplemente porque yo moría ya un poco con él. Si la parte menor del paraíso en la tierra me la habían arrebatado con crueldad, ¿puedo ir aún suspirando por aquel otro irreal, que no existe más allá? 

Emina calla, abstraída, mordisqueándose sus labios carnosos. Me gusta este rakia de higos, dice mirando el aura del licor. ¿Será porque de niña me entusiasmaba esa fruta? ¿O por la ceremonia lúdica de subirme a aquellos árboles generosos cuyas hojas utilizábamos como platos para nuestros convites infantiles? Frondosos escondrijos que no recuperaré jamás. Las manos ásperas, blanquecinas, de Emina juguetean con el vaso. Quiero esculpirte de nuevo, impetra de pronto al hombre con su voz diferente, la tenue, la temerosa. Sus ojos sumisos, suplicantes, entregados a los extrañados de él. El extranjero coloca sus dedos sobre los dedos de Emina, midiendo las palmas, contrastando texturas. enardeciendo su calidez. Hágase, pues, del barro con estas manos a la mujer y al hombre, replica con un tono jocoso, bíblico.





(Fotografía de Inés González)

martes, 5 de noviembre de 2019

Naida en Tuzla




Naida, sentada en un café del casco viejo de Tuzla, se dispone a escribir a su amante extranjero. Contempla las flores colocadas en un alféizar y que lentamente se van ajando. No quiere pensar en la condición de las flores, para no sentirse atrapada por paralelismos humanos. Ha comprado una postal antigua, de esa clase en que vienen colocadas varias fotografías pequeñas como formando un puzzle, con distintos rincones representativos de la ciudad. Las casas alegremente pintadas de la Stari Grad, una vista del río Jala, la mezquita de Turali Beg, algún edificio importante de época del urbanismo austro húngaro. Es tan grande el contraste de lo antiguo y lo actual en esta ciudad que te desconciertas un poco, empieza diciendo. El río Jala atraviesa la ciudad pero no forma un paisaje tan recogido y sereno como el de Sarajevo. ¿Será que en cuanto una sale de su patio más frecuentado empieza a echarlo en falta? Según por qué zonas vaya se tiene la impresión de que la modernidad es más ruidosa aquí. Pero si se compara la parte histórica de ambas ciudades parecen primas hermanas, que dirías tú. Fue una ciudad con un pasado industrial importante, eso se deja notar, pero ¿a qué viene desplegar un atlas para tus ojos como si no hubiera temas más interesantes? 

Detiene su escritura porque ya ha ocupado gran parte del espacio de la tarjeta. Y porque no está convencida de lo que dice; suena tan formal, como si le escribiera a un extraño. Una postal debe incluir solo unas cuantas líneas, muy precisas, piensa, lo más significativas posibles, que se aderecen con un detalle afectuoso. Una postal se caracteriza por ser una especie de recordatorio, no obstante haber caído en desuso. Pero a mí me gusta utilizar aquellos objetos que van siendo desplazados. Objetos o sujetos, como fue el caso del empleado de edad avanzada, casado, de la Vijecnica. Acaso nos usamos mutuamente, así que no debo tener mala conciencia si él quedó desolado tras romper la sinuosa relación. Era un hombre sabio y bueno, también torturado e insatisfecho, pero ¿quién no lo ha estado más o menos en nuestra bendita ciudad? Una tarjeta postal es, o era, o debería ser, un puente, y no solo simbólico, tendido para paliar separaciones temporales. Para crear un margen en que espacio y tiempo queden congelados, y disimulen la frialdad de las interrupciones afectivas. A veces simplemente una excusa para saber si existe todavía la otra orilla. Me pregunto qué suponen estas postales que escribo a mi amigo. ¿Un mero recuerdo? ¿Un cebo para que no deje de picar en la mujer que le dio amor en medio de la nieve o adentrados en la silenciosa soledad de aquel caserón sombrío? ¿Un lazo melancólico de sujeción como si fuéramos adolescentes?

Naida alza la vista y otea nuevamente la flor. Va perdiendo lozanía a cada instante, medita. Pero se sigue resistiendo a comparaciones turbias. Vuelve de un lado y otro la tarjeta. Se habla insatisfecha: Debía haberme limitado a escribir: Espero que no estés perdiendo el tiempo, que es tanto como decir la ocasión. Me gusta proponer frases oscuras, cuya redacción atrape el interés y la preocupación. Que haga pensar al otro y desajuste su pensamiento. Son imágenes que retraen o incitan al que las recibe, según se deje impresionar o bien confundir. No, en modo alguno es juego sucio, aunque reconozco que es poner el suelo resbaladizo. Bien, en la dificultad se crecen las personas, ¿no? Se crecen y se revelan unas a otras. En nuestro caso, una desea saber hasta dónde quiere llegar él. Es un hombre que habla con sencillez pausada, pero intuyo que no es sencillo interiormente. No quiero decir que sea falso ni retorcido, sino que no expone claramente todo cuanto piensa, al menos en relación a nosotros. ¿Será que me he precipitado y él se debate entre dudas y escasa seguridad en sí mismo? Y sin embargo aparenta tan firme, tan inequívoco en sus criterios sobre el mundo. Muestra tanta sinceridad afectiva y se entrega a canalizar sus emociones con una necesidad que no deja lugar a dudas. Cuando estamos juntos, está, con intensidad. Se diría único y no se deja sustituir por ninguna otra personalidad. Pero a medida que me habla con fluidez y entusiasmo se deja llevar por un arrebatamiento extraño, incluso excesivo. Tengo la sensación de que me llegan desde él voces de procedencias diferentes. Y entonces pienso: ¿cuántos hombres le habitan dentro?  ¿Qué hombre de ellos es el que está conmigo? Naturalmente, podría preguntárselo pero, además de parecer una pregunta capciosa, al plantearla tan directa arriesgo obtener una respuesta escapista. ¿No será mejor que lo descubra por mí misma?




(Fotografía de Inés González)

domingo, 3 de noviembre de 2019

Au revoir, Marie




En aquella década maravillosa, a los que íbamos de mods a la española, es decir, divertidos pero pobres, nos gustaba enamorarnos de chicas de nuestro entorno como Marie. O como Silvie o como France o como Mireille o como Françoise (ay, Françoise, nunca superé tu presencia ausente) Y si no eran las nuestras como vosotras, procurábamos que se os parecieran. No era solamente la voz, era lo que hacíais con la voz. Larga mano acariciadora, que prolongabais con vuestros particulares cabellos, las figuras atractivas, el vestir rompedor para nuestro barroco país. L'invasion des femmes de la chanson de l'autre côté des Pyrénées que nos sacaban a las nuevas generaciones del letargo aldeano de la carpetovetónica España. Y las chicas que nos enamoraban en los guateques o en las complicidades de las aulas o en secretas reuniones donde las atrevidas desclasadas confratenizaban con los que aún seguíamos indisolubles con nuestra clase, nos iniciaban en mil y una melodías, no necesariamente todas tonales. Quien más o quien menos ellas, las de aquí, tomaban como modelo a aquellas divinidades de la chanson que venían en los discos. Y nosotros soñábamos con ellas, con unas y con otras, porque cuando se nos metía en la cabeza una mujer éramos fieles hasta que la próxima nos separaba. Fuera la cantante de moda o la compañera de aula.





Los que vamos sintiendo que poco a poco nuestra casa va siendo tomada no podemos dejar de mirar con perplejo dolor que a otras personas, como hoy sucede con Marie, la casa cortazariana se la hayan ocupado del todo. Ahora que se ha ido solo queda la meditación. El recuerdo. El estremecimiento. Hasta la belleza es desalojada de este injusto mundo. Qué asco.







viernes, 1 de noviembre de 2019

Las voces de Emina y Naida





Hablemos de voces. De la de Naida y de la de Emina. O digamos más bien: hablemos de la voz de cada una de ellas. Si usamos el plural pensamos en tonos altisonantes, en vocerío, mientras que decir voz a secas sugiere inmediatamente serenidad, delicadeza, temple prudente, cuando no susurro, porque susurrar también es hablar. Aunque tenga un sentido más reservado y su característica apocada lo deje en una frontera entre la indecisión y la apuesta expresiva. Hablemos pues de la voz de Emina, por ejemplo. Una voz dispuesta a tomar iniciativa, tanta que a veces se impone al interlocutor, no para llevarle la contraria necesariamente, sino para ratificar sus planteamientos sin verse desbordada. Esta actitud oral implica entonación elevada, con una horquilla de tonalidades variable, pero siempre grave. Aderezada frecuentemente con carcajadas gélidas o relajantes, según. Por el contrario, Naida se expresa con una voz melódica, de baja intensidad, que apenas altera salvo cuando se considera no entendida lo suficiente por el otro y se reclama de un sobre tono, eso sí, limitado, retráctil. Ni la comodidad de escuchar a Naida ni el esfuerzo de seguir la enérgica pronunciación de Emina se contradicen. Uno sabe entrar al ritmo, bien pausado, bien excitable, de ambas mujeres. ¿En qué momento ellas alteran su oralidad ordinaria para apostar por la opuesta? En la reacción ante situaciones de compasión o  repugnancia. En la toma de posición emotiva ante el despliegue de la belleza, sea en forma física o de manera intelectual. En la reivindicación de reconocimiento y la exigencia de saber hacer. En la urgencia por salir al paso de las incomprensiones o, simplemente, necedades que abundan por todas partes. En la mirada al pasado y su capacidad para encarar los tiempos que se les regala tras haberles sido respetada la vida. Y en el amor, por supuesto. La templada Naida se transmuta en fuente de energías secretas, a las que da salida de manera desbordante. Emina, la vertiginosa, por el contrario se vuelve entregada, dúctil, necesitada de una contención que busque su personalidad recóndita y que solo puede obtener dejándose llevar. Naturalmente, mis impresiones, probablemente pasajeras, inexactas, son simplificaciones peligrosas. Si tanto Naida como Emina oyeran mi punto de vista se rebelarían, heridas en su amor propio. Pero yo escribo para un diario íntimo, sin páginas de papel ni archivos de ordenador. Apunto en la corriente fluida y generosa de mi pensamiento. Y repaso, probablemente sin ser demasiado justo, las actitudes que percibo de ellas. ¿Elegir? Imposible, hay en las dos mujeres tanto de mí mismo que no sabría separar. De hacerlo sería mi quiebra.



(Fotografía de Inés González)

miércoles, 30 de octubre de 2019

Max y yo degustando a John Donne




En una de las cosas en que coincidimos Max y yo es en nuestro gusto -en nuestro degustar- por la obra de John Donne (1572-1631, Londres) Su poesía es asunto serio y magistral. Pero de su obra en prosa solo conozco sus Paradojas y sus Devociones, reflexiones de tipo ensayístico sui generis, y tienen el punto de la frescura, del ojo observador, de la advertencia sagaz. Las Paradojas las escribió con veintitrés años y son lo que dice el título. Puesto que se trata de escritura en edad joven aún es irónica, atrevida, divertida incluso. Que los breves capítulos los titule, por ejemplo, Que la desunión hace la fuerza o Que los hombres viejos son más insensatos que los jóvenes o Que todo se destruye a sí mismo ya da idea del tipo de reflexión a la contra, poniendo el dedo y la mirada crítica sobre costumbres, modos, tópicos, ideas fijadas en la opinión general. La otra obra, Devociones, está escrita en edad madura, y en ella se manifiesta su interés y, por qué no decirlo, su obsesión por los temas de la enfermedad, los médicos, los cambios físicos, los tratamientos, la muerte. Consideraciones como podemos hacer cualquier a medida que el avance de la edad nos coloca en la tesitura de afrontar quebrantos y modificaciones corporales, por decirlo de manera suave. Por supuesto, no son tanto pensamientos científicos como  el desarrollo de pensamientos personales, probablemente ya tocados por circunstancias familiares dolorosas y por el encaramiento con su salud. Tanto Paradojas como Devociones están editadas por Ediciones Cuatro (Valladolid, 1997)

Leyendo a Donne uno tiene una sensación análoga a cuando lee a Montaigne. Por supuesto, el corpus de pensamiento de este último es inmenso, inagotable, una mina continua. Pero es ese estilo de escritura indagadora, que le da vueltas a todo, que considera lo humano con la amplitud y hondura precisas para tener entre las manos cierta explicación de las cosas y, sobre todo, cierta actitud ante las contradicciones y las afrentas que la edad y en general la vida nos depara a todos.

La poesía, ah la poesía de John Donne, la dejamos para otra ocasión.





(Fotografía: Escultura del escritor en el John Donne Memorial de Londres, tomada de The Epoch Times)


domingo, 27 de octubre de 2019

Naida. Emina surge de dentro de la piedra




Dirás: Emina, que parecía tan dura, que se mostraba sin fisuras, que aparentaba pétrea como sus mármoles, es ahora esto, una superficie liviana y maleable. Dirás: ella que es capaz de dividir el bloque en líneas a través de las que golpea con firmeza, cae aquí ahora desordenada, hendida. Dirás: la talladora contumaz, a la que no se le resiste ningún material se convierte en mis manos en el mineral más dúctil. Dirás: ay qué vulnerables quienes alardean de vigor y seguridad. Diré: ay de los débiles, cómo ocultan su fortaleza tras la máscara de la fragilidad. Diremos: quién es más cobarde, quién más dañino. Dirás: dejemos de ser los dos la roca impenetrable, el volumen deforme, la masa inerte, la expresión callada. Diré: esculpe de mí hasta lograr la ignota presencia. Conviérteme en modelo y en obra, en habilidad y en herramienta. Diremos: extraigamos de nuestros cuerpos otros cuerpos, incidamos con nuestras manos más allá de la piel, configuremos formas que solo habíamos intuido en sueños. Diremos: confluyan nuestros músculos dispares, sosiéguense los temperamentos, que se despierten los impulsos recatados. Ni tú debes ser tú, ni yo debo ser la misma, propondrás. Cincela en mi torso otro torso, enerva el busto arrancado a la apatía, complementa el rincón más olvidado de mi cuerpo, sugeriré. Las voces hablarán con otras bocas. Los pensamientos serán convertidos en esquirlas que saltarán sin rozarnos. El deseo tránsfuga balbuceará un nuevo alfabeto. ¿Quién puede impedir que oficiemos como arte este ritual? Diremos una y otra vez, en esta duración brevísima, aspiremos a la plenitud de la obra, desplacemos el tiempo hasta hacerlo invisible, sometamos las horas. Dejemos aflojar las riendas del caballo desbocado en el que galopamos. Tú dirás: vas a temer luego el alejamiento. Tú te preguntarás con la voz de otra mujer que no conocías y que habitaba dentro de ti: ¿cómo latiré cuando hayamos superado este tiempo en que nos hemos engendrado el uno al otro? Tu corazón no será el mismo, osarás desafiarme. Tu corazón modelará otra sangre, te retaré. En nuestros ojos los cristales se esparcen en infinitas partículas. Las manos tiemblan, las auras de los dos tiemblan. ¿Cuántos hombres eres?, preguntarás sin apenas agresividad. ¿Dónde has estado antes?, responderé convulso, ignorando que yo tampoco sabría decir dónde estuve antes de llegar a ti.



(Fotografía de Inés González)

jueves, 24 de octubre de 2019

De piedras sencillas, en recuerdo de los olvidados, que no de montañas blasfemas





Una vez traje unas piedras de caliza del páramo. Llevaban tierra adherida, también telarañas, también sangre. La sangre estaba seca, no estaba visible salvo para los ojos que la querían ver. Como los míos. Aquel flujo noble, componente de la historia, emanaba de la misma aridez del páramo. El manantial de los inocentes se remontaba muchas décadas. Cerca vivía la familia de mi padre dedicada al cuidado de ganado ovino, propiedad de otros dueños. Llegadas las infaustas fechas en que los matones se crecieron, apropiándose de vidas y destinos, los ungidos por dios y por la patria se dedicaban a sacar a gente de sus casas para a continuación darles lo que llamaron ignominiosamente el paseo. Mi familia escuchaba de madrugada las detonaciones descargadas por unos cuerpos ebrios de odio y de alcohol contra los cuerpos nobles de otros hombres. A veces algunos escapados de la persecución se escondían entre la mies crecida, era julio caluroso, y cuando pasaba mi abuelo por el camino le chistaban para atraer discretamente su atención y le pedían un trozo de pan. En otras ocasiones los matones se presentaban en el caserío y preguntaban a mi abuelo si había visto algún rojo. Como el hombre dijera que no había visto a nadie le prevenían para que si veía a alguno les avisasen. Los días de gloria de los asesinos siempre llevan sangre en sus horas. En las piedras que me traje del páramo, repletas de agujeros y aristas desiguales, producto de la eterna erosión de la larga noche castellana, se intuían galerías profundas, inextricables. Durante un tiempo seguía saliendo de vez en cuando una hormiga para sorpresa del hombre perplejo. ¿Seguían resistiendo algunas en oscuros conductos, retorcidas galerías, diminutos hábitats por la inercia biológica? Yo veía en los humildes insectos que de vez en cuando se mostraban a la luz y corrían por la habitación la reencarnación de la vida más allá de su secuestro. Hoy miro todavía las piedras y pienso en el daño, en el dolor, en la desgracia de los hombres. Por eso me gustan las piedras sencillas: inconsistentes guijarros de río, puntiagudos cantos de los caminos, crecidos pedruscos de caliza de los oteros, porque representan la anónima llaneza de los hombres olvidados.




(Por Julio, Jesús, Paco, José Antonio, Julio R., Antonia, Rafa, Lena, que resistieron cerca de mí pero que en estos últimos años han ido desapareciendo por causa de alguna que otra enfermedad o suicidio, aunque yo creo que todos en melancolía. Estarían de acuerdo conmigo en dar valor a las piedras sencillas e ignorar la montaña blasfema que hoy los medios de comunicación pretenderán convertir en protagonista) 


lunes, 21 de octubre de 2019

Postal de Naida (y una llamada de Emina)





He recibido una postal de Naida. No te veré hasta dentro de cuatro o cinco días. Me han ofrecido un trabajo en Tuzla y quiero saber de qué va. Esta postal que te envío nada más llegar es también para decirte que me gustaría recurrir aquí a nuestros paseos de las horas libres. Aunque estoy sola y no me arredro ni ante los perros ni ante los hombres, disfrutaré de los recorridos imaginando que paseas a mi lado. Me basta el placer del recuerdo. Así que si te suena el oído es porque te voy contando lo que veo. Cuatro días pasan pronto. No malgastes tu soledad sin Naida. Siempre tan sorprendente esta mujer. Pero ¿por qué dirá que no malgaste mis días sin ella? ¿Temerá mi soledad realmente o acaso los riesgos de la suya? A veces tengo la sensación de que va un paso por delante de mí. Como si me conociera más que lo que uno se conoce o que intuyera mis comportamientos antes de descubrirlos yo mismo. Sabe que mi estancia en Sarajevo implica explorar, mirar con proyección multiplicada cuanto hay entre el monte y el río, observar las casas que visito no solo como continentes acogedores sino para pulsar el tono con que se fortalecen las vidas. En este sentido qué provechoso es para mí escuchar cuanto narran sus habitantes sobre los pasados generosos y los pasados desgarradores. Estar en esta ciudad es como ir experimentando otras formas de crecimiento. En ideas, en visiones generales y concretas, en emociones, en reflexiones que cierren el círculo de lo que se me ofrece. Hasta en gustos. Y ahí el animal que late dentro de mí también crece, y todo crecimiento lleva consigo más necesidad nutriente y, por lo tanto, más hambre y más sed, es inevitable. Admito que no me falta capacidad de resistencia para no ceder a todas las tentaciones que me agitan. Al precio de no verme nunca satisfecho. Cuando Naida deja caer alguna frase enigmática me inquieto. Así que ¿cómo le digo que hoy me ha buscado Emina para comer juntos? Conozco a Naida, es tolerante, pero tiene accesos a veces un poco tensos. Además Emina y ella son amigas. Soy consciente de que desde que aparecí se está trabando una amistad triangular, y no por ello preveo nada más. Pero Emina es tan apasionada y vehemente. Tiene una manera natural, en ocasiones selvática, de enfrentarse a las circunstancias y a los individuos. En su manera de encarar el mundo Emina y Naida se parecen, son energías con expresiones diferentes.  A veces me pregunto si la rudeza y decisión que Emina manifiesta al tratar la piedra y parir de ella un ingenio que solo se fecunda en su mente se desarrollarán también en las demás situaciones de su vivir cotidiano. La he visto mostrarse exigente, disconforme, alejada de condescendencias fútiles.  Como si ella misma fuera una roca. Me intriga que hoy me haya dicho que va a descansar de su último trabajo, que prefiere la distensión en torno a una mesa. Ni debo ni quiero negarme. Tal vez la conversación me haga conocerla mejor y, de paso, saber algo más sobre Naida. Pero esto, ¿tiene interés? ¿Desde cuándo indago o recabo informaciones sobre personas por las que siento afecto? ¿Acaso debo saber de aquellos con los que me vinculo para estar a gusto y sin compromisos ni negocios que aten lo que no escuche de sus propias bocas?

Es lo que pensaba antes. Uno aquí cambia. ¿Se trata de una transformación ordinaria, que se habría producido en cualquier otro lugar, o es sobre todo una metamorfosis? Supongo que la respuesta no la puedo tener hasta el final. Pero el final ¿de qué? Pase lo que pase, con Naida y con Emina, sólo sé que debo mantenerme equilibrado en mi navegación, no obstante esta se muestre insegura. Me apetece seguir viviendo el tránsito ordinario, silencioso, sin importarme llegar a parte alguna, aceptando mi fragilidad en medio de un todo que nadie controla. Si soy aceptado con mis flaquezas e inseguridades el descubrimiento de mí mismo no tendrá fin. Además por nada del mundo se me ocurriría hacer dejación de mi arriesgada personalidad, en la que me reconozco. Simplemente porque si lo hiciera estaría muerto.




(Fotografía de Inés González)

sábado, 19 de octubre de 2019

Naida y los perros de Sarajevo




Cerca de la mezquita de Gazi Husrev-beg varios perros callejeros se nos aproximan. Se oye un silbido y casi todos echan a correr. Sin embargo, dos se quedan dando vueltas a nuestro alrededor.  Naida me tranquiliza. Vendrán a husmearnos, estarán atentos a ver si sacamos un cevapi o cualquier chuchería, nada de inquietarnos. No tienen dueños pero no nos verán como enemigos. ¿De qué hablarán los perros?, pregunté a Naida por decir algo. De nosotros, sin duda, saltó ella rápido. No solo de nosotros dos, por supuesto, sino en general de los humanos. O tal vez hablen de su maldita orfandad. Puede que incluso conserven una memoria, digamos biológica, de otros tiempos vividos por sus antepasados. Eso es fantasear demasiado, le replico. Pero quién sabe, al fin y al cabo esta vida de merodeo que llevan, buscando el alimento caritativo, disputando con otros perros o enfrentándose a humanos de los que intuyen que son poco amigables tal vez sea síntoma de que se estén volviendo salvajes. Ni la domesticación ni el salvajismo son etapas que se originan de un día a otro, precisa Naida. Pero puede que el estado salvaje sea una etapa adormilada en su genética, replico. O que sigan la tónica de los hombres, en los que si el estado de cosas es estable reina una normalidad, a la que suele llamarse paz, pero si en un momento dado nuestro sistema de vida salta por los aires los hombres nos enfrentamos manifestándonos como los animales más feroces. Naida se pone en guardia. ¿Es una indirecta por lo que conocimos aquí? Oh, no te molestes, y suavizo la voz para sustraer cualquier rastro de mensaje crítico. Son maneras de funcionar en cualquier parte del mundo. A nosotros también nos pasó y aún se mantiene viva una clase de memoria para descendientes de quienes sufrieron los horrores. Naida parece ignorar mi comentario, pero recoge la pregunta de antes. Me he quedado pensando en los diálogos de los perros. ¿De qué hablarán en sus agitaciones cotidianas? Se amodorran, juegan, se incitan, se encelan, buscan juntos el alimento, pelean por él si escasea...todo eso lo vemos, no tiene misterio para las miradas humanas, pero lo que piensen, lo que comenten ellos en secreto, ¿cómo será? ¿Qué clase de razonamiento, siquiera primario, esbozarán? ¿Qué sistema de comunicación analítica, a su manera, intercambiarán? Y lo que me intriga más. ¿Qué consideración mereceremos los de nuestra especie para ellos? Tus devaneos no tienen freno, suelto a Naida con cierta chacota. Son perros solamente. ¡Son listos!, dice y me devuelve una carcajada vengativa. ¡Y son sumisos!, salto yo, se venden al que les ofrezca algo en la mano. En eso, ¿se diferencian de los humanos?, se impone la mujer. Observa a estos mismos que no nos quitan ojo, intercambian miradas rápidas entre sí, están al tanto de nosotros. ¿Y si esas miradas contienen un lenguaje desarrollado que no necesitan palabras para interpretarnos? Estoy segura de que entienden lo que hablamos. Saben que son los protagonistas de nuestra conversación, y de ahí que estén pendientes de nuestros movimientos. Podría ser, le concedo a Naida. No hay más que ver las caras bonachonas, casi suplicantes, que saben poner. ¿No estarán pidiéndonos que los acojamos?, apuntillo mordaz.

La mujer se ha adelantado hacia los perros. Se agacha, acaricia sus cabezas, les susurra. Ya vi que lo hacía en otro paseo que dimos. Cómo te los ganas, Naida, deslizo quedamente. Chis, calla, me están contando historias muy interesantes.



(Fotografía de Inés González)

viernes, 18 de octubre de 2019

Or i flama (antropofágica)





Los dirigentes son insaciables.
Sus seguidores son insaciables.

¿Quién estará ya devorando a quién?

(Ils pensent que leurs jours de gloire sont arrivés)



martes, 15 de octubre de 2019

Naida me cuenta la tragedia de Emina




Emina se vale a dos manos o, mejor dicho, a cuatro; escribiendo y cincelando no hay quien pueda con ella, me cuenta Naida. Perdió al hombre al que amaba cuando aún no habían vivido suficiente tiempo juntos. Lo asesinó un francotirador cobarde que no sabía que mataba a un poeta. Aunque le hubiera dado lo mismo saberlo. Y de haberlo sabido el depravado se preguntaría: ¿Vale más la vida de un poeta que la de un individuo cualquiera? Un poeta es también un hombre común, y no solo para el ojo que te tiene en el punto de mira de tu descuido. El amante de Emina se llamaba Edin Gorik, de familia de lejana procedencia, y se consideraba a sí mismo un poeta cosmopolita, algo que no era muy bien aceptado por los más radicales de esta parte del país y mucho menos de la otra. Decía que un hombre no puede amar solo a una parte de la tierra o a una clase de hombres y a otra parte no. Y que los poetas están para defender una mirada armónica sobre el mundo. Demasiado risueño para mi gusto, aunque la verdad es que era un artífice de las palabras. Más que eso, un orfebre. No creía en las patrias, a las que veía como formaciones poco naturales y bastante injustas, que se traicionaban a sí mismas, no en su concepto como tal, sino en los hechos con sus hijos. Los poemas que publicaba en la revista literaria La fronda no eran complacientes con los vientos de violencia, cada vez menos larvada. Jamás aireaba ideas de supremacía pero tampoco se regodeaba en victimismos. Para él el sentimiento del amor o de la amistad eran indisolubles de la convivencia y del entendimiento en la vida social, un deseo arriesgado más que una duradera realidad por estas tierras. Edin Gorik decía que todas las emociones están conectadas, se tenga conciencia de ello o no, y que quien es sensible a una manifestación determinada, por ejemplo a la afectiva, lo es también a la estética o a la emoción que produce dentro de un hombre obrar con bondad. Un planteamiento raro que pocos entendían pero que él argumentaba con cierta levedad en sus artículos. No era un racionalista obligado. Soñaba demasiado. No era ningún místico, aunque conocía bien la literatura sufí e incluso a poetas antiguos de tu país que no escribían precisamente en la ortodoxia. Tampoco creo que Emina hubiera entendido toda la mentalidad de Edin mientras estuvo vivo. Ella se ha quejado siempre de que le faltó tiempo para conocer la riqueza de sus pensamientos revueltos. Quién sabe. Era un hombre en una evolución incesante, que la comunicaba casi a diario. Emina y Edin hablaban mucho entre sí, pero él iba por delante en conocimientos de culturas extranjeras y también en la euforia por dar a conocer cómo las iba descubriendo. Todo esto deslumbraba a Emina.  Fueron los poemas que había dejado sin publicar los que ella leyó una y mil veces hasta identificarse con el hombre que ya solo iba a ser una sombra en su vida. Hoy Emina se desquita a través de la palabra y del esculpido. Las considera expresiones tan complementarias que busca estimularlas entre sí. Es mi doble homenaje a Edin, suele decir. Aunque yo creo que es su modo de intentar conjurar el dolor que aún le causa el recuerdo de la tragedia. Con la palabra propia se empeña en proseguir la obra del hombre. Con la escultura golpea la masa para liberar resentimiento, dice con esa ironía alegre y descarada que gasta. Porque solo expulsando el odio, afirma, puede nacer una nueva criatura. Sé de sobra que ni una dedicación ni otra darían frutos tan gratificantes como los que consigue si solo se dejara llevar por el impulso animal de revancha.

Naida me mira, atusa con sus dedos el cabello de mis sienes. No dices nada. ¿En qué piensas? Callo, me mantengo absorto, alejado. Mi sonrisa cabalga todavía sobre la vida imaginada de la escultora y el poeta. Antes de que se frustrase.




(Fotografía de Inés González)


lunes, 14 de octubre de 2019

No puede ser




No, no puede ser que, de ningún modo, la ficción supere a la realidad.



(Ilustración de Milo Manara)

domingo, 13 de octubre de 2019

Tarde de domingo de otoño con el reloj del abuelo





Hoy el reloj de mi abuelo ha echado a andar. Lleva ya hora y media larga marcando la hora. Lo observo con avidez infantil.

Mi abuelo murió cuando yo tenía ocho años. Estoy seguro que su muerte fue una injusticia de la vida o, más que de la vida de la historia, es decir que su afección en aquel lejano noviembre hoy la habría superado sin duda. Pero todo transcurrió tan rápido y en unos años en que la asistencia médica era muy limitada, que a mí me descolocó. Cuando me muera, me había dicho más de una vez, este reloj será para ti. Él lo llevaba prendido de un ojal y acomodado en un bolsillo del chaleco. Ropa de otros tiempos. Yo no uso chaleco, pero ganas me dan de ponerme uno, como en su época, siquiera para dar satisfacción a ese recuerdo.

Esta tarde el reloj me tiene encandilado. He abandonado quehaceres simplemente para observar el movimiento de las manecillas, recorriendo con apariencia lenta, pero con realidad exacta, los arábigos sobre fondo verdoso. El minutero y el segundero tienen formas exquisitas, orfebrería que casi los hace invisibles. Su sonido, bajo, casi apagado, contiene el peligro de que me haga recordar. Verme de nuevo con ocho años y las manos grandes y elegantes de mi abuelo poniéndome el reloj al oído. Entonces teníamos oído hasta para los relojes; hoy apenas queremos oír.

Algún día, es decir, en cualquier momento, cuando uno menos se lo piensa, no me creo eterno, también tendré que ceder el reloj a alguien de este mundo porque allá en el vacío, en el no ser, no hay tiempo que valga y no admiten, por razones obvias, objetos que lo midan. Pero acaso pida que hagan una excepción. Ser sepultado con el reloj entre mi piel y la sábana en que me envuelvan. Pero eso sí, con su tic tac en pleno funcionamiento. Hasta que se pare, que no es lo mismo que decir que se muera. Capricho del muerto.



viernes, 11 de octubre de 2019

Emina, la amiga de Naida, y su escultura




¿Has venido porque te ha dicho Naida que ya había terminado la escultura?, y Emina se pone delante de una piedra que ha esculpido, ocultándola con sus hombros rectilíneos y anchos, como si no quisiera que yo la viese todavía. Asiento con la cabeza, y añado: Naida vendrá dentro de un rato. Emina, tan lenguaraz con su boca como con sus manos talladoras, no tiene inconveniente en expresar sus sentimientos respecto a la ejecución de su trabajo. Cada vez que termino una obra o, mejor dicho, cada vez que la doy por terminada, porque acabar una escultura es un tiempo falso, siento un pudor tremendo. Es como si los que ven el trabajo me vieran a mí en la desnudez de mi personalidad. ¿Tú crees que se puede considerar acabada una escultura?, insiste. Me encojo de hombros con prudencia. Emina se precipita con vértigo. ¿En función de qué se puede confirmar que tal trabajo ha tenido fin? ¿Cuando el espectador la contempla? ¿Cuando el comprador da el visto bueno? ¿En el momento que parece expresar con suficiente exactitud la idea propuesta? O algo más sencillo: ¿acaso en el instante en que el artífice ya no puede más, porque no sabe afinar todo lo que pretende o porque el cansancio le rinde? Como no sé dar respuestas, desvío la conversación por otros derroteros. Oye, Emina, ¿surgen tus esculturas de tus poemas o es a la inversa? Ella ríe mientras me perdona la vida. Pareces un periodista de escasos recursos. Pues bien, los poemas y las esculturas surgen de mi vientre. ¿Te parece correcto? Puestas a parir las mujeres somos capaces de eso también, ¿no crees? Y su carcajada, estruendosa y cálida, me saca los colores. Mira, prosigue ya caritativa, escribo poemas para desquitarme de mis cuentas pendientes. Y en ese sentido son una venganza. ¿Que suenan demasiado duros y pesimistas? Tengo derecho a vengarme con palabras de los desastres del pasado, ¿no? Pero tranquilo, no escribo para representar épicas, no me interesan. La barbarie es barbarie sea cual sea la mano ejecutora. No me veo ensalzando a nadie, pero sí denunciando a los brutos. Así son los poemas que escribo. Miro largamente las manos de esta mujer. Se mueven ágiles al hablar, dibujan imágenes, rozan la respiración de ambos. Emina, Emina, pienso absorto, cuando hablas con excitación te multiplicas. Tus manos que escriben, tus manos que esculpen, ¿sabrán modelar otras pasiones? ¿Qué obras crearás con ellas sobre la superficie tosca de un hombre?, me pregunto mientras permanezco evadido de la conversación. Ella advierta mi despiste y me pone de nuevo a la escucha. Ahora estarás pensando qué significa para mí la escultura, ¿verdad? Sois tan lineales como previsibles los hombres...Es muy sencillo. Esculpir es esconderme. Toda roca es una abstracción y solo cabe rescatarla con la misma moneda. Convertir un mármol en una alegoría, con personajes y situaciones, ¿para qué? Si lo hiciera no entendería ni a la piedra ni a las figuraciones, y yo necesito esconderme de la representación del mundo que salta a los ojos. Porque hay otro mundo no visible a primera vista, porque hay otros ojos que pueden penetrar más lejos. Me interesa ahondar en las fuentes de la vida. No concibo ni la muerte ni lo muerto como objeto de exploración. Ah, ¿se curó el corte que te diste la otra vez?, salta de improviso. Cuidado hoy. Entonces Emina se aparta, deja de eclipsarme con su cuerpo, cede el espacio a la obra en cuya dirección alarga la mano indicadora. Si no te hieres los dedos con las aristas procura que tu mirada no sangre. Y lo dice mientras me fulmina con una sonrisa traviesa, desafiante. Provocadora.




(Fotografía de Unés González)

miércoles, 9 de octubre de 2019

Naida busca su refugio




Pero ¿cómo encontrar un refugio cuando se han ido perdiendo todos aquellos ámbitos que proporcionaban seguridad? Parte de lo que había tenido era ahora polvo. Otra parte, si bien sobreviviente,  había dejado de ser fiable. Lo de atrás había saltado por los aires cediendo la penosa herencia de la inestabilidad. Pero esas mismas pérdidas que, por un lado, la empujaban a ser más tenaz y constructiva eran también recordatorio que le llevaba a titubear y a mostrarse más indecisa en los momentos en que se le presentaba por sorpresa un cruce de caminos. Ah, la costosa prueba de la elección. Ella misma había dicho en una ocasión a su amigo: un cuerpo es una morada efímera pero inexpugnable mientras se la cuide y se mantenga su calor. ¿Reclamaba Naida de nuevo un trozo de territorio humano prestado que la hiciera sentir menos vulnerable? Había aprendido a vivir sin amor, pendiente exclusivamente de enderezar su vida y atender a lo más elemental y perentorio. Tampoco quería mostrarse menesterosa, pues su orgullo no solo no había mermado sino que, como una propiedad destinada a sobreponerse a las desdichas, aún lacerantes, se había erigido en rector de su caminar. Qué difícil es compaginar los sentimientos con la lucha por la vida, solía decir en sus confidencias a aquel moreno visitante del sur.  A veces el hombre estaba tentado a preguntarla si había sido amada durante los largos días de asedio, pero renunciaba a hacerlo pues le parecía obvio que la respuesta estaba implícita en su actitud. Nadie que no haya perdido el amor, sea cual sea la circunstancia o el objeto del mismo, puede manifestar aquella ansiedad que Naida apenas podía contener. Pero ella, ¿lo había perdido o es que jamás había tenido una percepción clara del acompañamiento? Las metáforas que empleaba eran subterfugios para no quedar en evidencia, pero a la vez alertas en las que trataba de implicar al extranjero circunstancial. Naida pensaba: ¿hasta qué punto este hombre puede contener mis desgarros aunque me abra de par en par? ¿Hasta dónde seré yo para él algo más que un cuerpo de deseo, más que un espacio contradictorio donde él descubra y me haga descubrir un hábitat de sosiego y serenidad? ¿O aquello a lo que aspiro es todo lo contrario del amor? El remolino de la melancolía agitaba a Naida, pero no quería hacerlo evidente. Sus fantasmas convivían con sus insatisfacciones. El recuerdo de algún tiempo más feliz y ya tan lejano le obligaba a fantasear con otra oportunidad que sabía que no estaba en su mano. Tal vez vivir en otro país, ya que no veía claro que pudiera vivir otra historia, fuese la alternativa, ponderaba nerviosamente en sus reflexiones más críticas. Pero al recuperar el control concluía que no debía presionar al hombre. Que no podía hacer obvias sus debilidades. No era dando lástima como podría recabar la atención de él, y mucho menos consideró que ese fuera el recurso de seducción.




(Fotografía de Inés González)

domingo, 6 de octubre de 2019

Naida y el hombre bajo la ventisca




Bajaron en silencio, dejando atrás la Fortaleza Amarilla, que se iba diluyendo entre la neblina. Los primeros copos de la ventisca excusaban cualquier conversación, cómplices de las reflexiones en que ambos iban sumidos. Alcanzaron la Vijénicka, que la mujer ignoró, pero que él aprovechó para contemplar desde otro ángulo la biblioteca reconstruida. La nieve comenzó a arreciar. No sé si te has dado cuenta pero la nieve me pone melancólica, dijo Naida. La melancolía es una propiedad de viejos, cortó el hombre. Naida se detuvo y se encaró severa con él: es propia de quien tiene motivos, sea cual sea la edad. Nadie está libre. No la proporciona el tiempo, la carga el sentimiento dolorido. Él no se atrevió a llevarla la contraria. De haberlo hecho Naida habría esgrimido razones, algo que venía haciendo con frecuencia, conduciéndolas por los territorios sinuosos del pasado. Se habría enfurecido. No era cosa de incidir sobre el estado de ánimo de la mujer. Se limitó a comentar que iba siendo tarde para comer. La melancolía me quita el apetito, si quieres puedes ir tú. En la taberna del mutilado Suljo, que ya conoces, comerás hasta saciarte. Además para ti será barato. Él ya había advertido el tono desapacible de Naida, pero aquel ímpetu tan adverso le preocupó. ¿Era consecuencia de la amargura de los pensamientos de Naida o le pasaba algo más?  Fue prudente y desvió la conversación. Tiene toda la pinta de que la nevada va a ir cuajando, deberíamos llegar cuanto antes a alguna parte donde sentirnos protegidos. Naida estuvo a punto de responder que ella estaba sobradamente acostumbrada a la nieve, al frío, al hambre y en general a la necesidad. Estuvo a punto de gritarle que si de los dos alguien sabía algo de protección era precisamente ella, que tanto le había faltado antes, que tanto le había urgido cuando nadie podía garantizársela. Pero se moderó. Una ha pasado por demasiados rigores, dijo, si bien nunca se hace del todo a ellos. Además no soporto el padecimiento gratuito. Y ¿sabes lo que menos aguanto? Ignorar los recursos para hacer frente a las carencias. Contempló el gesto mudo y ausente de su compañero, volvió a detenerse. ¿Vas a seguir sin decir nada en medio de este tiempo inclemente?  Los copos que se iban enredando en los cabellos de la mujer se escurrían rostro abajo, decoraban sus largas pestañas, opacaban sus ojos vidriosos, besaban con fruición sus labios en celo. El vaho de la boca de Naida emitía una llamada de socorro. Quieres que vayamos a la casa silenciosa del otro día, ¿verdad?, dijo por fin él. La mujer sonrió débilmente. La luz de su rostro derritió el hielo que les había paralizado. Necesito un refugio más profundo y sobre todo más sereno que la casa, dijo con voz quebradiza, sin poder evitar que la tiritona conmoviera su cuerpo.





(Fotografía de Inés González)

sábado, 5 de octubre de 2019

De una carta de Cayo Julio César a Lucio Mamilio Turrino




"...Estoy acostumbrado a que me odien. Ya en mi temprana juventud descubrí que no necesito la opinión de otros hombres, ni aun de los mejores, para confirmarme en mis acciones. Pienso que solo existe una soledad más grande que la del comandante militar que está a la cabeza del Estado, y ella es la del poeta..., porque ¿quién puede aconsejarle en esa ininterrumpida sucesión de elecciones que es un poema? En este sentido es en el que la responsabilidad es la libertad; cuantas más decisiones te ves obligado a tomar solo, más cuenta te das de tu libertad de elegir. (...) Y, sin embargo, soy un político; tengo que representar la comedia de extrema deferencia a la opinión de los demás. Un político es uno que pretende que está sujeto al apetito universal de estimación ajena; pero no puede pretenderlo a menos que esté libre de él. Tal es la hipocresía básica de los políticos, y el triunfo final del que conduce llega con el temor reverencial que se despierta en los hombres cuando sospechan, aunque nunca lo sepan de cierto, que su conductor es indiferente a su aprobación: indiferente e hipócrita. ¡Cómo! -se dicen- ¿Cómo? ¿Es posible que este hombre esté libre de ese nido de víboras que todos llevamos dentro y que es a la vez nuestra tortura y nuestro deleite..., esa sed de alabanza, la necesidad de justificación, la afirmación de sí mismo, la crueldad, la envidia?"

De Los idus de marzo, de Thornton Wilder.


(Comentario: el placer de leer, y nunca es tarde, un libro sumamente ingenioso, culto, imaginativo, divertido y con sustanciosas reflexiones, que yo no conocía y cautiva)



(Fotograma de Julius Caesar, de Joseph L. Mankiewicz) 

jueves, 3 de octubre de 2019

Naida. Contemplando la ciudad desde aquí arriba




Subir las cuestas y contemplar la ciudad desde la altura es siempre un ejercicio reflexivo. Naida ama su ciudad pero, como todo el que se encariña con lo propio, es también sensible a lo que no le gusta de ella. Habla más templada mientras acaricia los arbustos de las laderas y arranca sus frutos de otoño. Empiezo a vivir entre dos mundos, el que conozco de siempre y el que tú me transmites y yo potencio con mi imaginación. ¿Con cual me quedo? Nunca me ha gustado verme obligada a elegir, no sé si porque antes no tuve muchas opciones de hacerlo o porque no había mucho con lo que quedarme. No, tú no tienes la culpa de nada, me das a conocer formas de vida y de pensamiento de tu país y a mí me viene bien, me hace soñar. No es la única división a la que me veo abocada. Me persigue el pasado con todas sus secuelas. Me hiere la quiebra de viejas relaciones que se perdieron, la decrepitud del carácter de nuestros mayores, las posibilidades que se fueron como el humo. Hay tantas cosas que nos parte en dos, o en cuatro o hasta el infinito...Naida controla bien sus estados de ánimo pero a veces la amargura la vence. Me gusta escuchar tus preocupaciones más íntimas, la digo. Las preocupaciones nos endurecen, pero soy aún bastante joven como para rendirme, prosigue. ¿Piensas que no tengo suficientes motivos de alegría? Necesitaba desahogarme contigo, saber que alguien de fuera a quien escasamente conozco, me escucha y hace el esfuerzo si no de comprender con detalle al menos de aceptar mis altibajos de humor. ¿Por qué te he hecho subir hasta aquí? Para que seas testigo de mis cuitas, pero también para que te hagas idea de lo que es esta ciudad. Desde las alturas las ciudades y los hombres empequeñecen, pero solo es un espejismo. Los asedios destruyen, pero también enseñan. A los supervivientes, por supuesto. Los que murieron en aquellos bombardeos atroces, despiadados, nunca podrán resarcirse. Si pudieran pensar dirían que ellos han sido los mayores ignorantes. Hubo un tiempo en que yo creía que todos estábamos muertos. Por supuesto que la tendencia natural a seguir adelante es un imperativo biológico. Pero nos parecía que nuestro mundo de siempre estaba paralizado. Que nuestros días del ayer se habían borrado. Todo quedaba en entredicho y el futuro parecía estar sentenciado. Los vínculos familiares, las ideas, las creencias de los más religiosos, los comportamientos y reglas habituales del orden social, los sentimientos, hasta los amores. Muchos llegaban a dudar. ¿Será nuestra culpa?, se preguntaban. Aunque de sobra conocíamos a los que habían sido vecinos y ahora se volvían contra nosotros. A aquellos con los que habíamos formado parte del mismo Estado y querían borrar del mapa a los que nos consideraban que no encajábamos en su bárbaro concepto de patria única. Pero ya ves, la ciudad de los conflictos sigue ahí. No había muerto del todo, renació. Ahora, desde esta altura, me siento yo la ciudad. Tú eres también mi ciudad. Pues aceptar al extranjero fue siempre una seña de identidad. ¿Por qué iba a cambiar yo las reglas?




(Fotografía de Inés González)

martes, 1 de octubre de 2019

Cita junto al puente con Naida




¿Por qué me has citado aquí?, me pregunta Naida. Es un lugar que conozco de sobra, resulta ya un tópico venir expresamente hasta el puente. Hace un mohín de hartazgo. Me justifico. No sé, para contemplar el lecho del río, por ejemplo. O porque es un cruce de caminos, como los nuestros, y eso siempre es muy simbólico. En los caminos las gentes se encuentran. O se separan para siempre, me corta Naida, con turbia intención. Hago como si no la escucho. Además en esta ciudad todo huele a historia tan antigua y... tan reciente. Ah, claro, la historia, no podía faltar la lección de historia, dice resignada. Pero ¿a quién le importa a estas alturas la historia? Los visitantes llegan hasta aquí con sus guías impresas a imaginar un episodio muy concreto, pero ¿piensas que están interesados en conocer el trasfondo de lo que ocurrió hace más de cien años? ¿Crees que muchos de ellos se atreven a preguntar a los testigos vivos de la última catástrofe por lo que hemos pasado en tiempos más recientes? ¿Se preguntan acaso si lo que viene sucediendo en estos territorios desde tiempo lejano tiene solución? ¿O hasta qué punto ellos, los otros europeos, están dispuestos a ayudar en la solución? Lo peor que le puede ocurrir a una ciudad es que se convierta en un parque temático, por muy pedagógico que se le diseñe que aquí, hoy por hoy, no es el caso. Naturalmente, se dirá que los visitantes siempre deben ser bienvenidos, que traen divisas, que así nos incorporaremos al turismo que conocéis en vuestras sugerentes ciudades de la sabia y desarrollada Europa. No puedo ignorar una ácida dosis de ironía, cargada de incredulidad. ¿Qué te pasa hoy, Naida?, voy directo. No te gusta el puente, no te gustan los viajeros curiosos, y no lo olvides que yo soy uno de ellos, no te gusta la historia...¿o es el pasado lo que te disgusta hasta el punto de sentirte coaccionada por él? Paseemos a la orilla del Miljacka, hasta allá abajo, hasta recibir al río, sugiere Naida. Disfrutemos del silencio y de la brisa. Ya estamos bastante saturados de los hombres. ¿También te sientes harta de mí?, la provoco. Tu ternura no me cansa, responde. No me agobia, pero debo entenderme mejor a mí misma.




(Fotografía de Inés González)

domingo, 29 de septiembre de 2019

Poema de Gonzalo Rojas para un domingo soleado




1. Poema de Gonzalo Rojas en su Metamorfosis de lo mismo:

Viendo bailar al aire


Loco, Tao:
¿quiere decir que está en movimiento?

Que está en movimiento:
¿quiere decir que va lejos?

Que va lejos:
¿quiere decir que retorna?

Efímero,
imago inmóvil: todo efímero.


2. Comentario a mi modo y capricho: hago figuras de papiroflexia que duran lo que duran, las armo, las desarmo, aquí un pájaro, allí un avión, más tarde un caballo, qué busco en ellas, el armonioso piar, el vuelo enérgico y su runrún, el relincho del corcel brioso, ahora doy la vuelta al papel y quiero un barco, si es pirata mejor, y a ver si me sale un conejo, para que me convoque como a Alicia y me haga llegar al más allá de mi espejo y de la imaginación, y puedo intentar, pero sé que es muy difícil, hacer un corazón, que ame, naturalmente, y una mano, que acaricie, por supuesto, ¿sabré hacer una mano de papel con dedos afilados y dúctiles que dibujen sobre la piel de mi fantasía?, y cuando tenga todas las figuras seguiré con otras hasta construir una ciudad de origami, donde habitemos todos, las figuras y yo, para llevar la contraria al Tao.



jueves, 26 de septiembre de 2019

Naida. Habla el mármol indómito




Nunca como el otro día me había sentido piedra con tanta intensidad. Nunca, sin embargo, me había invadido la fragilidad, estremecida por el roce de buril de tus dedos. Aún permanece la huella carmesí,  casi microscópica, entre las partículas desprendidas de mis bordes mellados. Justo era que la sangre te brotara oferente, veloz, lábil. Justo que se interpusiera entre dos climas e invadiera una textura tan desigual. Y yo, mármol apenas desgajado de su materia madre, caté su dulzor sugestivo. Dudaba si impedir o no aquel flujo vertiginoso; luego fui presa de azoramiento al reconducirlo. Probé tu sed a través del sudor agitado que emanó de tu miedo. No ocultaba su amargor, mientras mi superficie gélida perdía su condición, sin obedecer a la artista, sin resignarme a las leyes del acatamiento que se le supone al bloque hurtado a la tierra. Desde entonces vuelve a latir mi sustancia indómita. Temo que mis perfiles se resistan al escoplo y a las demás herramientas. Que quiebren fuera de las líneas marcadas por la descarada artesana. Que no quieran colaborar con el empeño de esa escultora salvaje por intentar que hable el lenguaje de fantasía que ella pretende arrancar de mí. Ah, si al menos las caras disimétricas de mi cuerpo cambiante fueran tratadas de nuevo por la terneza de tu ávida curiosidad. ¿Te atreverías a volver al taller de Emina y observar cómo me explora y me saca de mi letargo? Si arriesgas una aproximación a mi vértice afilado no te alejes de inmediato. Reprime el ácido latigazo de la linde de mi entraña. Contén su ritmo acerado hasta que no puedas sostener el efecto de la incisión. No temas el acerbo escozor del mármol más transparente que hayas encontrado jamás. Tal vez entonces te conviertas en parte de mí, cristalizados ambos en brumoso e invisible mineral.




(Fotografía de Inés González)

lunes, 23 de septiembre de 2019

Naida. Visitando a Emina, la que habla con la piedra




Cuando veo una planta o un árbol veo esculturas vivas, me comenta Emina mientras se frota el sudor. Deformación profesional seguramente. Los individuos, ¿también son esculturas para ti?, le pregunto con sorna. En muchos casos son naturalezas muertas; muertas y enterradas. En este caso no merece la pena ni considerarlas porque no transmiten significado alguno. Emina y sus ojos glaucos. Emina emergiendo desde una corpulencia delicada. La cabeza rapada y el cuello dórico. Se quita los guantes de loneta con los que se protege del golpeo sobre una piedra poligonal. Combina una dulce sonrisa con una expresión áspera que desconcierta al interlocutor. ¿Vienes por venir o porque Naida te lo ha pedido? Si es por mis poemas, ni te esfuerces. Prefiero que te intereses por mi trabajo. No es esta la imagen que yo tenía de Emina, pero no dejo que me afecte. La energía que derrocha hablando es parte de su entrega. Energía combatiendo con otra energía, a la que acaricia una y otra vez, tratando de rescatar la sugerencia de la materia. Emina y su boca acorazonada. Emina y sus brazos de apariencia débil. Emina, la otra Emina que no es la que yo creí conocer en cierta ocasión. De hecho, cuando Naida me dijo a qué te dedicabas tuve una gran curiosidad. Por eso he venido, la replico para que se relaje. Pues esta es una parte fundamental de mi mundo, dice, porque tengo más de una. Un tío cantero me inició en estas artes y aunque el repertorio de su trabajo era muy limitado aprendí de él ciertas nociones. Por ejemplo, a distinguir materiales. A saber dónde y cómo hay que golpear sin que la roca se parta indebidamente. A comprender los volúmenes y pulirlos hasta hacerlos gratos a la vista y al tacto. Pero también a hablar con la piedra y a escuchar con atención sus gemidos. Suficiente para que luego me arriesgara a experimentar en un terreno artístico sobre el que la cultura heredada en estas tierras apenas ha incidido. Emina y sus senos robustos y acompasados. Emina y el movimiento oscilante de su talle mientras gesticula. Emina y sus dedos rectilíneos plasmando líneas sobre el perfil de sus esculturas. Emina y la seguridad descarada de sus palabras, a la que observo boquiabierto mientras habla, a la que escucho desconcentrado. Inhalo ávido el olor acre de su transpiración, como si viera en ella al médium que me ponga en contacto con la piedra madre de la que la mujer hace brotar la esencia de un lenguaje que yo desconozco. Sé lo que piensas, y me corta mi abstracción. ¿A que no ves con claridad lo que está saliendo de este mármol? Tampoco te lo voy a explicar. El día que lo termine te vienes por aquí y me dices lo que ves, lo que sientes, lo que te atrapa de la obra. Emina, Emina, ¿de qué estás hablando?, me digo mientras froto con mi mano la superficie de aquel prisma. Me apetece pasar velozmente mis dedos por una de las aristas afiladas hasta cortarme. Bien, lo has logrado, dice Emina, has teñido con la sangre mi piedra. Eres travieso, también quieres experimentar, y me comprime la pequeña llaga con su mano, la lame, unta de sangre uno de sus labios agrietados. Cicatrizará, dice, pero la piedra ya permanecerá herida para siempre.




(Fotografía de Inés González)

domingo, 22 de septiembre de 2019

Max me presta Río hermoso, de Ilhan Berk




Max siempre me hace descubrir algo nuevo. Menos mal que no vive bajo mi techo, de lo contrario yo no daría abasto para tanta eufórica recomendación. Ayer me vino con el libro de poemas Río hermoso, de un poeta turco al que no conocía, Ilhan Berk. La verdad es que nunca estaremos suficientemente agradecidos a la editorial Ediciones del Oriente y del Mediterráneo por la variada cantidad de autores que han traducido y publicado. Autores sauditas, sirios, libaneses, iraníes, griegos, afganos, iraquíes, kuwaitíes, turcos, egipcios, marroquíes...y también centroeuropeos, chinos y japoneses en menor medida. En fin, con desplegar el catálogo de su página nos hacemos una idea.




El libro de Berk se divide en dos partes. Río hermoso y La sangre del poeta. Mientras esta última parte se compone de reflexiones, aforismos y pensamientos voladores dotados de agudeza, que invitan a su vez a nuestra propia reflexión personal, Río hermoso es un poemario de amor. ¿Demostración de amor a una mujer concreta, a cualquier mujer que haya amado o a su fantasía por amar a una mujer? Hay hombres poetas que afirman y se ratifican en la devoción a una mujer determinada. Hay otros que nunca aclarán a quién tienen en la mente cuando escriben. Pero ¿acaso tiene eso alguna importancia? El amor, ya se sabe no se puede separar de la contemplación y el deseo, de la sensorialidad  y de la estética, de la búsqueda y de la inaprensible satisfacción. El amor y la palabra van de la mano en un poeta. Trascienden los afectos y sentimientos para sacralizar la palabra adecuada, la que mejor interprete. Haya habido una o cien mujeres en la vida de Berk creo que el amor en su boca -en su mano, en su escritura, en su imaginación- es la palabra misma. ¿Qué sería del amor sin la palabra? ¿Qué sería de los amantes sin su capacidad de expresarse? El amor muere cuando muere la palabra, su disposición creativa, la proyección de las sensaciones, la lasitud de los descubrimientos. 

Un poema de Río hermoso:

Hermoso

Hermoso,
          tu cuerpo es mi exilio
(Aquella hierba grisácea, querido lino)
Allí el cielo, los soles, la historia
El tabaco de tu pelo y tu cuello
Allí el pálido atlas de tu boca
        Toda la geografía.

Yo que soy un hundido, un perdido, un desecho
El olivo indigente de nuestro siglo
El recuerdo de un bosque,
                                  en sus dientes de leche.

Ofrenda 

Estés donde estés ese lugar me cuenta
Hermoso,
              río profundo, sereno de tu cuerpo.


Leo por ahí que Ilhan Berk (Manisa. 1918-Bodrum, 2008) es una especie de poeta de ida y vuelta y de nuevas idas y venidas en la búsqueda de estilos. Europeizado por un tiempo, dio la espalda a la influencia cultural europea para trabajar la estética del otomano más clásico contra el que se había rebelado de joven. En su deambular por búsquedas diferentes llegó a practicar también, ya en edad avanzada, la poesía visual. Pero no sé casi nada de Ilhan Berk. Demasiado que Max me lo haya hecho conocer y me diga que además lo ha sacado en su blog. Siempre temo los hallazgos literarios, pero solo en el sentido técnico. Es decir que un libro y un autor bien hallado me van a llevar a conocer otras creaciones del mismo. Y el laberinto una vez más se abre, se extiende, me engulle. ¿No hay mejor tratamiento para la angustia y la incertidumbre que reconocerse en las palabras de los poetas y generar, si es posible, las propias?  Al fin y al cabo, ante los temores pre apocalípticos, tal como se pregunta y se contesta Ilhan Berk así también pienso yo:

"¿El fin del mundo? 
 - ¡El derrumbamiento del sueño y de la imaginación!" 

https://reptilector.blogspot.com/2019/09/el-poeta-turco-ilhan-berk-habla-del.html






Por lo que veo a Ilham Berk le iba el dibujo y la ilustración. El libro se acompaña con algunos de sus trabajos y se agradece.