lunes, 24 de julio de 2017

Dos poemas de Jorge de Sena
















Estoy leyendo una antología poética de Jorge de Sena, Serena ciencia, y no me resisto a transcribir aquí dos poemas suyos. Un poeta, novelista y ensayista portugués apenas traducido en España. De él es también la extraordinaria novela Señales de fuego, que Galaxia Gutenberg editó hace unos años. Es una desgracia para nosotros que no dispongamos nada más en castellano de uno de los mejores escritores portugueses del siglo XX. ¿Por qué no interesa traducir y editar su obra en castellano? Solo pensar en la cantidad de literatura de segundo y tercer grado que se edita y que no podamos disfrutar de la calidad de Jorge de Sena me irrita. Tendré que aprender portugués. La antología que cito la editó hace cinco años Pre-Textos en su imprescindible colección Cruz del Sur.



Glosa a la llegada del otoño


El cuerpo no espera. No. Ni por nosotros
ni por el amor. Este posarse la mano,
tan reticente e interrogando a solas
la tibia sequedad satinada,
la que palpita adivinada
en solitarios movimientos vanos;
esta caricia en la que no estamos nosotros,
sino una sed, un recuerdo, todo
lo que sabemos de tocar desnudo
el cuerpo que no espera: esta caricia
que nada conoce, nada ve, ni nada
osa temer en su temor agudo...

¡Tiene tanta prisa el cuerpo! Y ya se le ha pasado
cuando uno de nosotros o el amor llega.


























Y esta otra tan hermosa:


Esto


No quieras, no preguntes, no esperes.
Esto que pasa como vida y tú
mides en días, horas y minutos,
o como tiempo que pasa y vas midiendo
en arrugas y recuerdos y en sombrías
y plácidas visiones sólo tuyas,
a veces sonrientes, siempre sombrías;
sí: esto a lo que das nombres, que separas
de la nada en que surgió, de la que surgió;
esto que ya no quieres ni interrogas,
de lo que ya nada esperas, pero que quieres,
por lo que preguntas siempre, por lo que esperas;
esto, que no eres tú ni va contigo
ni se queda cuando marchas; en lo que no piensas
porque al medirlo mides tan sólo y
no haces otra cosa que medir  -sólo esto,
apenas esto, esto únicamente:
no quieras, no preguntes, no esperes:
poco o mucho, es todo lo que te queda".


(Jorge de Sena, Lisboa, 1919/ Santa Barbara, USA, 1978. Ambos poemas pertenecen a su poemario Fidelidade, en traducción de Martín López-Vega)



sábado, 22 de julio de 2017

Bosníaca. La confusión del escritor de viajes perdido en su vorágine




¿Cómo escribir una guía de visita de la ciudad que no sea insuficiente y, por lo tanto, falsa? Porque una guía donde se pongan horarios, rutas convencionales y una reseña mínima de los lugares a recorrer a matacaballo no es lo que yo quiero hacer. Sé que muchos visitantes se conforman con eso. Sin embargo también muchos piden más. Para la mayor parte de los turistas será la primera y probablemente la única vez que vengan la ciudad. ¿Buscan el exotismo en el viejo latido de Europa? ¿Tal vez se sienten atraídos todavía por la última sangre, ahora disimulada tras las paredes y bajo el pavimento? Ven las laderas con tumbas blancas y se asombran de su geometría fúnebre, mantienen la distancia con frío pudor y se hacen la tradicional fotografía con aires de conciencia lejana. Ven antiguas casas ahítas de boquetes de metralla y buscan aún inútilmente por el suelo esquirlas de piedra para llevarlas de recuerdo. Luego pasan de largo, como si la fealdad de unos actos cometidos en su día se impusiera a la nobleza del edificio que una vez fue habitado por hombres de paz. Miran el río y no se creen que fuera el mismo que no hace mucho arrastró un cauce de violencia. Admiran la pulcra novedad de la Vijecnica, la histórica biblioteca renacida de la destrucción, ¿y en qué piensan? ¿En el continente, ahora deslumbrante, o en el contenido desaparecido? Contemplan los templos de todas las religiones ¿y acaso reflexionan sobre las disputas a sangre y fuego por el territorio que esas mismas fes han podido alentar? No quiero escribir un libro que escoja sólo el lado negativo de una ciudad y tampoco quiero hablar de la reconstrucción como si fuera una rotura total con lo anterior. Hay que escapar de esa década fatídica sin traicionar su memoria. Y no resuelvo mis dudas, porque ¿y si cada visitante hace su camino desordenado de la ciudad y la descubre a su capricho? ¿No es bastante enriquecedor? ¿No me ha gustado siempre andar por el mundo sin apenas informarme previamente? Aquellos tiempos más locos de juventud en que el viaje era algo sumamente puro: dejarte caer en alguna parte y empaparte sobre la marcha. Los rincones eran tuyos y te dejabas engullir por los nativos. No importaba que te enterases de unas cosas y otras las ignorases, siempre quedaba abierta la atracción benévola de volver a aquel lugar. Pero entonces, ¿qué pinto yo aquí intentando un trabajo en el que acaso no creo demasiado? 

Alisa sabe llegar hasta mis inquietudes en el momento justo. Lo que te pasa es que te sientes inseguro, dice. Y esa chica, Najma, te ha descolocado un poco. Debes encajar sus sugerencias en tu proyecto de guía. Su atrevimiento te abre un camino por el que no sabes si quieres o debes entrar, pero es una oportunidad. Tal vez lo que debes hacer es una tarea doble. Mantén la idea de una guía, en la medida de lo posible rompedora, eso sí, y piensa en un plan más novelado donde el texto llegue a más largo plazo a los lectores. No sé si podré ni si sabré, y además tendría que pasar un tiempo aquí, le digo algo desalentado, no obstante el planteamiento coherente que me hace Alisa. ¿Y qué?, exclama enfática. Tienes mi casa. ¿O ya querías librarte de mí?
   


(Fotografía de Inés González)


miércoles, 19 de julio de 2017

Bosníaca. Las dudas del narrador de viajes




Entre lo que ocultas y lo que sugieres, Najma, ¿qué debo atender? La ciudad es una ciudad de encuentros, si el viajero se deja. A veces la frialdad de los viandantes es simplemente cautela. Para otros, recelo. La mayoría expectantes o ajenos, en su discreción.  Al proponerme que conozca el barrio desde dentro abres una vía de indagación nueva para mí. Menos convencional, más auténtica. Pero si llego a concluir la guía, ¿interesará a los lectores? ¿Sabré reflejar lo que me había marcado inicialmente? Sin querer me apuntas que me exponga a lo inesperado. Sé que ello me enriquecerá, pero ¿no me desviaré de la intención original? ¿Qué acabaré escribiendo, un libro informativo y breve o un texto anecdótico y ampuloso?  En realidad sé que me hago estas preguntas porque me asaltan las dudas. ¿Únicamente por el trabajo pendiente o porque dentro de mí se suscitan nuevas emociones? Bien, asumo que un viaje siempre es una percepción multipolar, donde conviene tener los sentidos abiertos. ¿Debo entonces limitarme por el plan de trabajo marcado o más bien romper los esquemas y dejarme llevar por lo espontáneo? Ah, esa idea no me disgusta. Crear una guía de lo espontáneo. Una guía que no guíe pero que muestre. Es como seguir el suelo de las calles pero a la vez desviarte, elevándote o sumergiéndote, sobre ellas. Las ciudades no ofrecen a primera vista la imagen de lo que son. Porque no son solamente una imagen, menos una proyección. Aquel dicho de que los árboles no deben ocultar el bosque podría aplicarse a las ciudades. Que la estructura, los edificios, las conurbaciones, las redes viarias no hagan creer que ésa es la ciudad.  El medio nunca es el corazón. Para llegar al corazón hay que soslayar los elementos físicos, aunque transcurramos entre ellos. Incluso hay que penetrar más allá de las presencias aparentes de los pobladores. Atravesar el umbral de los sistemas defensivos humanos, si lo permiten. A pesar de lo que algunas urbes han sufrido, como ésta. ¿Te das cuenta, Najma, que me has hecho concebir una nueva visión?
 
No obstante, consultaré a Alisa.



(Fotografía de Inés González)


lunes, 17 de julio de 2017

Bosníaca. La chica del quiosco




La veía todos los días al pasar por la plaza del mercado. Tenía una manera de observar que no parecía que mirara. ¿Qué vería de mí que yo no viera de ella? Sin embargo, el impacto era preciso, lo suficiente para registrar mi paso, pero a la vez inaprensible desde mí. Esta mañana despejada está puntual en su quiosco. Un saludo amable por mi parte al pedirle el periódico, un gesto delicado por la suya mientras me extendía el Oslobodenje. Que las noticias sean de su agrado, me dice, rompiendo el pudor habitual. Creo que le he respondido más o menos: si las noticias dependieran de mí...Luego baja los ojos, acaso para ocultar una risa tímida. A punto de despedirme habla de nuevo. Me llamo Najma, señor. Y sus ojos despiertan a la curiosidad. Quería preguntarle si va a salir esta plaza en la guía que he oído que está escribiendo. Me han dicho que otros días hacía fotografías en varios lugares de la ciudad, también aquí. Estuve a punto de responder que cómo sabía que preparo una guía, pero me parecía más prudente dar por hecho que los viajeros somos fácilmente controlados por los nativos. Es probable, le respondí. Todo depende de lo interesante que pueda resultar este barrio. ¿Quiere conocer bien este barrio?, me dice Najma. Mi hermano pueden enseñárselo y mi abuelo le contaría muchas historias de otros tiempos. Su propuesta es tentadora. ¿Solamente su propuesta? Le digo que voy a pensarme su proposición, que aún no sé muy bien sobre qué y cómo escribiré, que me gusta todo y todo me sugiere, pero que las imágenes reales de la ciudad, desde que el sol sale hasta que se pone, son siempre más poderosas que cualquier clase de palabras. Najma dice muy queda: lo entiendo, señor. Además hay unos cuantos monumentos, insiste con desparpajo. Cierto, los hay, le respondo. Hay mezquitas, sinagogas, iglesias, puentes, caravasares. Pero los monumentos no bastan. Son huellas del pasado y yo busco también el presente. Usted lo que busca son testimonios vivos, ¿a que sí?, me interrumpe. Testimonios de lo que fuimos y de lo que somos. No sé qué decir, le sonrío. No baja la mirada. Le guardo mañana el Oslobodenje, descuide, se despide.



(Fotografía de Inés González)
  

domingo, 16 de julio de 2017

Un punto de inflexión da al hombre la ilusión




Los 60 fueron un punto de inflexión en la historia de la cultura europea. ¿O fue la minifalda como símbolo lo que supuso esa inflexión? Probablemente. Aunque acaso también de contrición. La fotografía de Cartier Bresson me parece de manual de historia, más que de fotografía, que también. Pero es que una buena fotografía es siempre una página poderosa de historia, de estética, de antropología, de etología, de análisis de conductas... De relato de los días y las noches de los humanos, vamos. Dos mujeres, tan próximas como distantes. Una observando con una mirada de censura, sospecho. ¿Tal vez de envidia? Otra, ensimismada en su prensa que, no sé por qué me parece que es otro periódico, menos conservador que el de la señora de edad. Sobre las formas de vestir de ambas, lo dejo al criterio libre. Casi resulta increíble cómo una manera de vestir pudiera estar ya marcando distancias, abriendo visiones -¿o era esa minifalda reflejo de la revuelta de las ideas y de los comportamientos?- y trazando ya una nueva época más vertiginosa en todos los órdenes.

Así que emulando al texto del Tenorio habrá que decir que un punto de inflexión da al alma la salvación. O simplemente la ilusión reforzante y soñadora. Me parece más acertado decir esto que aquello de la contrición, algo que parte de la admisión del pecado y de la culpa, viejas ideas de doctrinas caducas y negadoras del ser humano. Y es que la inflexión -geométrica o social- implica siempre una corrección de la línea a seguir. Desde entonces, en materia de costumbres, en nuestro ámbito occidental las cosas cambiaron lo suyo. En España, a paso lento pero irreversible también.



(Fotografía de Cartier Bresson)


viernes, 14 de julio de 2017

Liu Xiaobo




Uno de los hombres más representativos de la gran esperanza democrática china ha muerto. Ya es bastante doloroso morir de un cáncer. Pero hacerlo en cautividad, bajo estrictas medidas de control, condenado a varios años de cárcel, reprimido en todas sus facetas de expresión es el summum de la crueldad represiva. ¿De qué le sirvió al poeta, intelectual y activista de los Derechos Humanos Liu Xiaobo el Premio Nobel de la Paz de 2010? Tal vez la concesión del Nobel le proporcionara una cierta multiplicación de su eco crítico, pero el Gobierno chino es mucho gobierno totalitario y no ha tratado jamás bien a los disidentes. Sobre las autoridades chinas pende la sombra de la sospecha de la muerte de Xiaobo. Una enfermedad mal diagnosticada y peor tratada en la cárcel le ha llevado al fin. ¿Era eso lo que buscaban los amigos del pueblo para su más declarado enemigo? Liu Xiaobo fue uno de los redactores de la Carta 08, en la se que exigía reformas políticas y constitucionales para China. Él y otros que redactaron la carta fueron detenidos. A Xiaobo le condenaron a once años de cárcel.

Acaso muchos demócratas chinos y no chinos le conviertan ahora en un mártir, algo que a veces resulta útil publicitariamente hablando para una causa. Pero al pragmatismo totalitario le resbala. Los mártires, si no han logrado en vida una conquista política, es decir, antes de llegar a tal martirio, solo sirven para que después de muertos otros utilicen sus nombres y manipulen sus ideas. Ya hay demasiados casos al respecto. Pero por otro lado también pueden ser una referencia si se respeta su pensamiento y se sigue desarrollando una línea honesta para democratizar una sociedad. En este caso un territorio enorme y complejo, poblado por millones de individuos. Ahora vendrán condenas verbales y cautelosas de algún que otro gobierno, artículos de prensa como tigres de papel, notas del Comité Nobel (ese mismo que dio en su día el Nobel de la Paz a un ejecutor apellidado Kissinger  -¡recuerda Vietnam!-  que sigue ahí en su dorada vejez) y testimonios que no irán a ninguna parte. Pero los gobiernos occidentales, los que proclaman el reconocimiento de los Derechos Humanos en sus constituciones no irán más allá. Porque, en la actual tesitura geopolítica mundial, ¿quién tiene el valor de ponerse serio con China en materia de libertades y más cuando éstas flaquean en nuestras sociedades? 





martes, 11 de julio de 2017

Bosníaca. Nuestra mirada en Blidinje




Hay algo de tibetano en el paisaje de Blidinje, y como Alisa y yo coincidimos en las asociaciones de ideas más disparatadas que a uno se le puedan ocurrir, saltamos al unísono. Reímos. Aquel cobertizo de madera, rústico y excursionista, incitaba a la travesura de la palabra. ¿Qué prefieres que sea esto? ¿Un pórtico de recibimiento o el kilómetro cero de una partida a lo desconocido? ¿Un templo para el viajero de paso o una cabaña bíblica? Me mira sorprendida, temiendo alguna salida impropia por mi parte. Esto me recuerda...digo. Y le cito un pasaje de cierto libro sagrado, aquel en que un pescador incondicional de su mesías revelado expresa lo bien que se encuentra con éste y le propone hacer tres tiendas, una para él y dos más para otros dos profetas célebres de la religión de sus padres. Lo curioso es que nunca supe con claridad en cuál de las tres tiendas se resguardaría el pescador, o si permanecería vigilante (no puedo evitar el sarcasmo) Si sigues con asociaciones de ideas, dice Alisa, acabaremos no se sabe en qué tiempo y en qué lugar del mundo. Pero para estar a gusto no se necesita mansión alguna, es la vista la que edifica y nosotros al observar los parajes los que habitamos la belleza. Pero importa mucho con quién se esté, insisto. Los del libro sagrado que citas debían buscar bellezas metafísicas, dice Alisa. ¿Sabes lo que pienso? Que todos esos libros que las religiones tradicionales de Occidente han adorado tanto resultan bonitos cuando se percibe su literatura, y se deja llevar uno por los relatos imaginativos, pero me parecen sumamente conflictivos cuando tratan de dirigir tu vida individual y se convierten en un código de normas, prácticas y prohibiciones en que el hombre se reduce a mínimos. Pero no hemos venido hasta aquí para perder el tiempo en devaneos ajenos a esta naturaleza soberbia que tenemos delante. Callamos y avanzamos hasta los reductos de nieve que ofrecen estas alturas. Sí que estamos bien aquí los dos, dice ella de manera natural, instintiva. Te seré sincero, y también es asociación de ideas o, mejor dicho, de recuerdos, digo a Alisa. Dejó de interesarme la religión de joven, justo la primera vez que descubrí paisajes que no se explicaban ni con la magia, ni con el mito, ni con la religión. Y la razón no siempre llegaba con suficiente entidad. Con la diferencia que la razón científica avanza y poco a poco puede explicar los procesos de formación de todo esto que pisamos. Pero había más en aquella historia personal. Fue el verme sometido a ciertas dificultades causadas por el mal tiempo durante una aventura, en la que algunos pudimos salir malparados, por no decir hasta el punto de perder la vida, y comprobar luego que superábamos la situación con éxito lo que borró de mi mente otro tipo de condicionamientos. Después de la tormenta lucía el sol y los hombres habíamos sido capaces de sobreponernos al peligro, sin ninguna necesidad de invocaciones a dioses. Resultaba aquello como una analogía de la vida e incluso de la historia. Desde entonces siento que la naturaleza me embarga y me protege. Como un animista, vamos, comenta Alisa. Quién sabe. Acaso estoy volviendo a primitivas formas pero con el bagaje de ahora mismo, se me ocurre. ¿Cómo casa eso? Nuestros pies chapotean en los charcos de nieve. Nos estremecemos y no solo por el frío.



(Fotografía de Inés González)


lunes, 10 de julio de 2017

La sopa boba. "No me puedo morir; mis nietos comen con mi pensión"














"No me puedo morir; mis nietos comen con mi pensión", dice un pensionista griego.

Pero seguramente también lo dicen muchos jubilados españoles de cuya única paga viven diversos miembros de la familia.

Ante esta expresión no cabe hacer literaturas. La cultura clásica, Pericles, se hunde. La dignidad general palidece. La vergüenza escasea. La infamia occidental crece. Las instituciones y gobiernos se revelan como verdugos de sus propios ciudadanos. Y la muerte, ay la muerte, por favor, ésa que ni se arrime. Que tienen que comer los hijos, los nietos, los sobrinos y el pensionista mismo. Migajas de un mundo cada vez más escindido.

Demasiada dignidad hay en la ciudadanía. Demasiada que no es apreciada por los trileros de la gobernación. Siempre comparte más el que menos tiene.



domingo, 9 de julio de 2017

La sopa boba. Los acróbatas también mueren




Tantas veces les hemos admirado. Incluso envidiado en sus recorridos arriesgados. Porque el mundo desde allá arriba o a través de lo vano que hay sobre nuestras cabezas atrae y hace soñar. A la mayoría de los mortales, que estamos incapacitados por nuestros miedos o limitaciones físicas, ni se nos ocurriría subir y trazar movimientos sobre la frontera del vacío. Delegamos en los acróbatas para ese ejercicio de ficción que nos parece a los de abajo, pero que ellos sortean. ¿Solo por nosotros? No. En parte para ganarse la vida. En parte para desafiar las posibilidades que depara un cuerpo. En parte para echar a suertes el espacio sobre el que la ley de la gravedad no permite juegos por las buenas. No sé si un acróbata tiene tiempo de ver la distancia que hay hasta el suelo y vernos de paso a cuantos poblamos aquí abajo nuestro territorio de hormigas. Ellos, allí, sobre el cable, en plena concentración y furia sobrehumana, se reirán de alguna manera de la mayoría que no podremos jamás imitarles.

El artista de danza y ballet Pedro Aunión Monroy murió ayer al precipitarse desde lo alto, en pleno ejercicio acrobático, durante un festival de Madrid, uno de tantos, supongo, que dará trabajo a algunos y beneficios a menos, el Mad Cool. A los artistas, que hacen su trabajo, se les contrata, se les exige que lo hagan bien y se les paga. Pero ¿y si mueren en el intento? Muertos son, que diría el clásico. Lo lamentable es que todo espectáculo es hoy día un montaje farragoso que mueve mucho dinero y nadie está por perder ni una pela. El espectáculo de Mad Cool prosiguió, no obstante su interrupción provisional porque, como acontece en otros espectáculos  -las corridas, las carreras, el boxeo, el fútbol, lo que sea-  si hay muertos parece un axioma que el gran montaje no deba perder comba y nada se para. Luego, ya se justificará con cualquier excusa (hoy lo de la seguridad se utiliza mucho) Un muerto es solo eso, un muerto, y adelante el negocio de los empresarios y el regocijo de los presentes. ¿No sucedía lo mismo con la Roma circense? A gladiador muerto, gladiador puesto, y santas pascuas.

¿Que hay voces que desafinan? Es que hoy día hay de todo, que dirán los de la España aeterna. Leo que la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras lamenta el accidente y se queja de que el espectáculo continuara, mientras exige una investigación sobre lo sucedido al profesional. Repugnante el mundo mercantilizado que ha tocado con su varita mágica a los humanos, rebajándonos moralmente. Money es money, que dice el liberalismo al uso. Y aquella vieja coletilla  -¿viene de los propios artistas?-  que precisa: el espectáculo debe continuar. ¿A qué precio? Al de la insensibilidad, desde luego. Y no culpemos solo a los promotores de los shows. Cada tipo que paga su entrada puede ser tan insensible como el que vende las entradas. Apariencia de sensibilidades para la supuesta conciencia estética, pero escasa para la solidaridad con la desgracia ajena. Deberíamos ir pensando en ello para el futuro.




sábado, 8 de julio de 2017

Gregorio Samsa se arrastra de nuevo



Gregorio Samsa no quedó consumido por las letras del relato, su verdadero monstruo que ignoraba que llevaba dentro. No volvió a aparecer por el trabajo, aunque a veces recorre aún la casa familiar entre las tinieblas de la soledad. Grete Samsa, tan solícita con su hermano al principio ya se agotó hace tiempo de cuidarle y ahora se dedica a otros quehaceres que no impliquen bondad ni dependencia con respecto a ningún ser humano, pues acabó convencida de que tanta cuita por otros acaba siendo correspondida por la ingratitud. Algún día se contará qué particulares y poco dignas actividades se trae entre manos tras olvidarse del tema que tanto la esclavizó. Los padres de Gregorio, incapaces de solventar las deudas contraídas, han desaparecido del mapa, así, literalmente. Se dice que hay órdenes de búsqueda por parte de la justicia fiscal de Bohemia. ¿Qué fue de los huéspedes? Unos se marcharon por las buenas, un tanto aterrorizados por el extraño acontecimiento que tenía lugar en la casa, otro más avispado, en ausencia de la familia, se llevó algunos muebles que malvendió a un chamarilero. Tendría que mencionar al gerente, pero siempre me cayó tan mal, como casi todos los gerentes, que prefiero no saber qué fue de su esqueleto andante.

Hoy, Gregorio Samsa, reconvertido en un peculiar y anónimo gacetillero se arrastra de nuevo por el suelo de su hábitat corporal con una de sus reseñas imaginarias, se puede ver aquí.

http://lasilladek.blogspot.com.es/



(Dibujo de Franz Kafka)


viernes, 7 de julio de 2017

Siete de julio



Queda tan lejos todo aquello. No digo cuántas décadas porque cuesta creerlo. Tiempos expectantes, ilusionados, de liturgias más relajadas y poco comerciales, cuando las fechas merecían su nombre, los rituales eran más auténticos y aunque la mentira prendiera en el sotobosque de aquella época, como siempre ha sido de rigor, a los infantes no nos afectaba. Sentirse querido y procurado para el descubrimiento por parte de los mayores inmediatos era un gran valor. Hoy, cuando uno siente el cuerpo más lacerado y oneroso, pienso en la levedad de uno de aquellos siete de julio de niñez. Pero no quiero hacer canto general, aun teniendo en cuenta la inocencia de lo no vivido todavía. Mucha gente lo estaba pasando mal. Otros no podrían ni pasarla. La fiesta nunca es inocua del todo, ni mucho menos. Pero si hay un paréntesis que justifique nuestra existencia como si fuera un tiempo de pureza ese tiempo es la infancia. Sin comprender aún tanto símbolo, gesto, celebración, regocijo o efemérides compartida, algo de lo que se iba viviendo y se disfrutaba como acontecimiento prendía en el cerebro que acabaría convirtiéndose en memoria al ser adulto años más tarde. Hoy nada es igual, ni por el forro. Los nombres no nombran lo mismo, las músicas suenan de otro modo, la masa anula a la tribu de entonces, la ceremonia de la carrera ante la bestia casi no existe, lo políticamente correcto, y lo otro, se impone desvirtuando el valor del pasado, y no tengo claro que la valoración de ahora sea más constructiva. Lo comercial arrasa y genera espectáculos nuevos. El de hoy no es el de mi infancia. A Hemingway, no más que un visitante slow de los de entonces, y a aquella familia de pieds noirs de Bayona que se pirraba cuando aún el turismo era reducido tampoco les habría gustado lo presente.




martes, 4 de julio de 2017

Bosníaca. Batallas declaradas y combates secretos




Venir al campo es venir a invocar la vida pero también a evocar la muerte. Eso le digo a Alisa, mientras caminamos por la orilla del Sutjeska, esas aguas rápidas y frías cuyo corto trayecto las hará desembocar pronto en el Drina. Cuando atraviesa la garganta la corriente es verdosa, matiza ella. Así desde que este paisaje quedara configurado como lo vemos ahora. Quién iba a decir que en una ocasión se iba a volver tan intensamente roja. Me da pie para ampliar la perspectiva del tema. Eso lo dices por la batalla que tuvo lugar aquí, pero ¿has pensado alguna vez que los montes y los llanos, los ríos y los barrancos, las costas y los mares conservan en su intimidad secreta las huellas de los hombres sacrificados? ¿Se te ha ocurrido imaginar que no habrá palmo de geografía donde no hayan caído las gentes de las tribus que emigraban, los mercenarios que invadían para los imperios, los mercaderes que se trasladaban de punta a punta, los esclavos que se utilizaban como mano de obra o simplemente el viajero pacífico que fuera acosado por salteadores? Alisa asiente pero guarda silencio. El lugar le sobrecoge. El monumento a miles de víctimas del enfrentamiento con los bárbaros del nazismo impacta tanto o más que todo el entorno. O al menos impone de otra manera. Quiere representar la misma garganta por donde circula el río, dice Alisa. Pero este desfiladero alusivo es el de la corriente de los hombres en guerra. Las aguas invisibles de este monumento llevan nombres y apellidos de de serbios, de croatas, de bosnios, de montenegrinos, ven, vas a verlo. Esto es lo que queda de un hombre armado, dice con amargura Alisa señalando las grafías de los combatientes, de unos hombres enfrentados a sangre y fuego a otros hombres. Al menos es un nombre por si alguien viene y lo recuerda como antepasado. Pero es lo que tú decías antes. Para unos cuantos miles o millones de guerreros de cuya identidad se sabe porque estaban registrados en los ejércitos en pugna, ¿cuántos humanos desaparecidos no tendrán siquiera un nombre inciso en una lápida ni en un registro ni en recuerdo? Porque este monumento, querido amigo, que parece sacado a cuajo de la tierra, que emula los valles abruptos, que se compone de aristas afiladas cual la vida misma, es como un túmulo. Alisa se entristece, solamente añade: en la historia humana hay batallas reconocidas, terribles e indignas, pero hay combates del día a día por la supervivencia cuyo precio y protagonismo han quedado en el anonimato. 



(Fotografía de Inés González)


sábado, 1 de julio de 2017

Bosníaca. De la gallardía a la soberbia




El destino de los más altivos entre los humanos también está tras una alambrada, antes o después también lo está, incluso el propio engreimiento es un cerco de sí mismos, dice Alisa cuando visitamos el gallinero de su familia. A veces da la impresión de que las metáforas paren la realidad, ¿te has dado cuenta?, se me ocurre. Y Alisa: Y sin embargo, para el animal esa gallardía que exhibe es seguramente el mecanismo por el que refuerza su papel en el gallinero. Sin ese permanente movimiento gestual no sería respetado por la plebe gallinácea. Nos reímos a la vez, sin dejar de observar el espectáculo de tan hermoso ejemplar. Se puede perdonar la altivez del gallo, continúa mi amiga, pero cuesta soportar la arrogancia humana. ¿Qué fue de todos aquellos altaneros de uniforme o de los que impartían bendiciones en vísperas de la guerra y no digo mientras ésta duró? ¿Qué creían tantos funcionarios que decidían sobre bienes y vidas? ¿Que sus exhibiciones orgullosas y sus órdenes invocando miedos iban a durar siempre? Muchos se han evaporado después, otros se han reconvertido y su juego uniformado de entonces se disfraza de civil. Probablemente, aún andan por ahí, porque el que nace para la altanería y el desprecio al prójimo no se corrige nunca. Lamento ser tan pesimista, pero cambiar cambiar me da la impresión de que cambian muy pocos. Unos se ocultan ladinamente, otros se integran en la apariencia de un nuevo orden. Es inevitable que en cada estamento de la organización social haya también abundancia de ejemplares preñados de presunción dispuestos a creerse la clase legítima. No sé por qué Alisa lleva tan lejos la imagen del gallo y el gallinero, y evito preguntar. Calla y seguimos recorriendo aquella parcela. Sé lo que estás pensando, dice de pronto. Que me tomo la metáfora muy a pecho, ¿a que sí? Yo río con benevolencia. Luego dice: ¿sabes que hay un autor inglés de la primera mitad del siglo pasado que escribió una novela satírica contra la tiranía y cuyo desarrollo tiene lugar entre los animales de una granja? No lo sabía, le digo, pero si no se hubiera escrito deberías haberlo hecho tú. Su mirada mordaz no se limita al silencio. Acaso intente una nueva versión, salta jocosa.



(Fotografía de Inés González)