viernes, 29 de marzo de 2019

Naxos y el chico del océano















También yo vine del océano. No nací en él pero a veces me lo parecía. Navegué tanto que llegué a pensar que el  sol acosador era mi padre y el agua preñada de sal era mi madre. Mis años infantiles quedaron pronto atrás. Guardo escasa memoria de ellos. A diferencia tuya, pues aquí algunos te tienen poco menos que en un altar, no fui mimado por nadie, ni antes ni después de darme a la mar.  Si acaso por mis propios remos, que prolongaban mis brazos, fortalecían mis músculos, convertían mis manos en el duro madero que sujetaban. Daba lo mejor de mí. Las circunstancias me habían expulsado a la aventura. Pero quién no se ve obligado a buscar una salida para sobrevivir con mayor dignidad. Además, tan joven, me movía por impulsos y sueños, sin imaginar que unos y otros se desvanecerían. Nadie me instruyó en artesanías. Tampoco me interesó la milicia, si bien tuve que adiestrarme en ella. En cuanto pude me apunté a naves que comerciaban y en las que me sentía compensado por la camaradería. Anhelaba conocer, pretendía disponer, quería descubrirme. Remé, atendí múltiples labores de cubierta, descargué mercancías que enriquecían a muchos, defendí la nave de asaltantes. Arduos trabajos, sometido siempre a la inclemencia y a la agitación de las aguas, donde se ponía en evidencia mi vigor, y por lo cual otros me apreciaban, pero en los que se desgastaba imperceptible y paulatinamente mi cuerpo. Cuando tuve que usar la espada, pues algunas aventuras marinas también obligan a ello, no pude negarme, o no me atreví a oponerme, pero busqué la manera de no estar en primera fila de cualquier acción ofensiva. Seguro que en esto tú me comprendes bien. Supe entonces que no era lo mío enfrentarme con violencia a otros cuerpos. ¿Quién soy yo para inferir daños o eliminar vidas? Verdad es que se me proporcionaba a cambio un arma poderosa diferente, mis propios compañeros de navegación. Éramos una piña, alentados por el jefe pero a su vez para defendernos del jefe que, en sus virulentos cambios de conducta tan pronto nos arengaba con intención protectora como nos exigía tiránico, amenazándonos con insultos y castigos brutales. Muchas veces me preguntaba: ¿es tan importante un jefe? ¿Sabe llevar las riendas de la nave? ¿Acierta en la dirección adecuada o solo pretende que sigamos con sumisión sus instrucciones inciertas, en ocasiones desastrosas? Sí, nos mantenía unidos a todos, bien fuese por los incentivos prometidos o por la carga onerosa y desatada de su autoridad. A mis compañeros y a mí nos privaba sobre todo tener nuevas experiencias, llegar a una costa y disfrutar de las novedades inesperadas, pero todos coincidíamos en que el mayor castigo, el superior desquiciamiento, era cumplir las misiones de la visión enfebrecida, obsesiva hasta el infinito, del jefe. Sus fantasías, su tenacidad por buscar un territorio del que nunca supo decirnos cómo era, dónde estaba  y por qué había que alcanzarlo, nos condujo a enfrentarnos a múltiples peligros. Algunos compañeros perecieron fatídicamente por la confusión de un jefe obcecado. No saber a dónde llegar, y no solo por dónde ir, puede ser una de los mayores condenas, si no la más grave y dolorosa. 

Naxos habla al chico como si hablara a un adulto. Pélagos escucha con atención, sin pestañear ni hacer preguntas. Como si todo lo entendiera. Como si no tuviera prisa por comprender. Luego busca con la mirada a los otros chicos que han bajado hasta la playa. Pero no se mueve.



(Fotografía de Herbert List)

jueves, 28 de marzo de 2019

La teocracia iraní contra la abogada Nasrin Sotoudeh (y un poema de Sohrab Sepehrí)





Copio y pego:

"38 años en prisión y 148 latigazos: este es el destino que el estado iraní reserva para la abogada Nasrin Sotoudeh por defender a las mujeres y a los débiles en los juicios. En términos constitucionales esto significa que los poderes legislativo, ejecutivo y judicial reunidos en las mismas manos establecen que la práctica de la justicia no debe existir. Si el abogado es violado en sus prerrogativas, el juicio tiene solo una parte: la acusación. La defensa está cancelada. Y para que sea de la manera más audaz y provocativa, la sentencia impuesta intencionalmente no tiene proporción con respecto al "crimen": 38 años aniquilan la voluntad de sobrevivir, si es que alguna vez fue posible en las cárceles iraníes; 148 latigazos comprometen la seguridad física. 

Este crimen se hace aún más odioso por la naturaleza teocrática del poder que emitió el veredicto: ¡Dios habla con la voz del propio estado iraní! 

La persecución de Nasrin quiere tener un significado simbólico y didáctico. Pero el mundo está lleno de mujeres y hombres que, si tan solo supieran, darían a esa condena su significado simbólico: la necesidad de luchar contra el poder absoluto, contra el estado teocrático, por la defensa de una vida ejemplar y preciosa. 

Preparemos iniciativas y eventos donde hay representantes oficiales del estado iraní, embajadas, consulados, delegaciones culturales y comerciales. Cada asiento que pueda presumir de la bandera iraní debe saber que hasta que no sea liberada Nasrin, la bandera estará manchada por el deshonor absoluto".

Pancho Pardi. Revista Micromega.








He buscado para Nasrin un poema del importante poeta iraní Sohrab Sepehrí de su obra Espacio verde.


"Oasis en el instante


Si venís a buscarme
estaré más allá de la tierranada.
Más allá de la tierranada hay un lugar.
Más allá de la tierranada las venas del aire
están llenas de vilanos que nos traen noticias
de una flor recién abierta en el arbusto del extremo confín de la tierra.

En la arena hay dibujos de cascos de caballos,
de sutiles jinetes que al alba se dirigieron hacia
las alturas ebrias de la asunción de la amapola.
Más allá de esa tierranada el abanico del deseo permanece abierto:
en cuanto la brisa de la sed corre por el fondo de una hoja
se oyen las campanas de la lluvia.
Aquí el hombre está solo,
y en su soledad
la sombra de un olmo se extiende hasta la eternidad.

Si venís a buscarme,
venid, pues, lenta y suavemente para que no se raye
la porcelana de mi soledad".






lunes, 25 de marzo de 2019

A Naxos le hablan de Pélagos


















Le llamamos Pélagos porque nació en el océano. Su madre desapareció en medio de la tempestad. Nunca se supo quién fue. Del niño se empezó a decir que era hijo del mar. Un don de las aguas, decían poéticamente muchos. Un ofrecimiento de Poseidón a nuestra tierra, apostillaban religiosamente otros. Está bajo la protección de Samos, una cuidadora del templo que aún no conoces. Lo verás jugando con más niños, pero no exhibe una especial alegría, como tampoco se hunde nunca en la tristeza. Es mortal como todos nosotros pero tiene habilidades que a los demás nos costaba tener a su edad. Nadie le ha enseñado a nadar, pero sabe recorrer las zonas cavernosas de la costa sin temor. El viejo Thasos, no obstante su ceguera, le enseña nociones de matemática, pero Pélagos va siempre más allá. El lisiado Andros, que sabe de geometrías aunque se lo calla, le dibuja formas en el suelo. Él las reproduce y las proyecta en nuevas soluciones que deja pasmado a quien lo ve. Con quien más simpatiza es con el loco. Hay quien dice que ha aprendido muchas cosas de Alónnisos y que este se ve reflejado en él. Si Alónnisos le enseña una canción el chico la prolonga, inventando nuevas rimas. Le cuenta historias, unas vividas y otras inventadas, o acaso todas producto de la imaginación del orate, y Pélagos las va narrando por ahí. Pero no le basta con eso. Las amplía, las enriquece. Muchos vecinos se preguntan: ¿cómo puede ir contando tan hermosos relatos si apenas ha vivido lo suficiente para saber de qué habla? De vez en cuando viene por el alfar y cuando ve el torno desocupado se planta en él y, aunque le cuesta hacerlo girar, es sorprendente la capacidad que tienen sus manos para moldear la arcilla. Por supuesto, los obreros le dejan hacer como un juego más, pero observo que le envidian y se asombran. Si nadie le ha enseñado, comentan jubilosos. Como no sea de vernos trabajar a nosotros, se consuelan en sus celos. Solo hay algo que le detiene. Cuando se encuentra ante una espada Pélagos se tira para atrás. Los de la milicia le toman el pelo, cógela que no araña, le dicen. Pero ni siquiera ofreciéndole la empuñadura ni demostrándole cómo se maneja quiere él saber nada de la espada. Hay un grupo numeroso de gente que ve en Pélagos algo más que un niño, más que un hombre en ciernes, más que una casualidad. Estamos de acuerdo en que nadie comprendemos las aptitudes de este chico pero, cuidado Naxos, que esa gente busca otra cosa. En sus mentes ansían salvadores, salvadores que, por otra parte, en el pasado nos han llevado al suicidio, y alientan a Pélagos, extienden por la ciudad que el regalo del mar es una señal que hay que aprovechar a nuestro favor. Lo sorprendente es que nunca lo habían planteado hasta ahora. Justo cuando ven que tú te has ido integrando con nosotros y que estás dispuesto a hacer tuya la vida de la ciudad. Hay quien sugiere que hay que preparar a Pélagos para que lidere la fuerza que perdimos. Que lo del temor a las armas es algo que ya superará cuando sea un efebo hermoso y encendido. Que ahora lo importante es preservarlo y alimentar sus conocimientos. ¿Sabes lo que pienso? Que el niño no les importa, que es la excusa, que ciertos ciudadanos quieren volver a las andadas. ¿No es terrible, Naxos?  

Esto ha contado Thera, la artista que decora los cálices, a Naxos. Naxos se ha quedado embelesado por el testimonio. Piensa, sonríe y calla.



(Fotografía de Toni Catany)


domingo, 24 de marzo de 2019

La curiosidad del niño




Al niño la curiosidad le empuja a hacer frente al misterio. Cualquier movimiento es un ejercicio de acercarse a lo desconocido. Saber qué hay más allá, lo interprete o no. Necesitará alguien mayor que él para aproximarse a una explicación que tampoco comprenderá del todo. O reservará para sí de modo sigiloso el encuentro con un desenlace, sea cual sea el objeto de su atención. El niño mira a lo que le intriga, pero en realidad se va asomando al futuro. Aún es muy pronto para que el futuro le responda y está lejos de saber -muchos adultos no lo saben del todo- que se pasará toda la vida preguntando, intrigado, porque un descubrimiento conduce a otro y no hay fin. Áupame más, pide el niño. Ignora que no va a tener siempre a alguien cercano que le sujete, que le levante, que le lleve de la mano. Y poco a poco tendrá que asomarse a fauces fieras o a bocas sonrientes. Sin que siempre llegue a saber con claridad qué hay de ferocidad en unas y de bondad en otras. Tendrá que asomarse a a agujeros, a entradas aparentemente fáciles y a cavidades de dimensiones ignotas. Desconoce también que no hay que menospreciar ninguna abertura, que la grieta más insignificante puede conducir a espacios desmesurados o que una gran entrada de cueva frustre su espacio interior unos metros más allá. ¿Cómo será la andadura del niño? ¿Se apoyará en otros? ¿Dará codazos y pondrá zancadillas para lograr algo? ¿O se las pondrán a él? ¿Tenderá sus manos débiles a otras manos colaboradoras? ¿Se mantendrá en equilibrio por sí mismo? ¿Le esperan agujeros, simas, campo abierto? Sin duda le saldrán al paso profetas de verdades incomprobables, falsos inductores, fanáticos que hablarán en su nombre y le prometerán alcances sin esfuerzo. ¿Sabrá situarse él ante tanto manipulador para no dejarse seducir por lo fácil? La curiosidad empuja al hombre que se va haciendo. Ojalá descubra el niño que no hay mayor triunfo de la curiosidad que obtener certezas relativas que amplíen su capacidad, que no la reduzcan, que no la limiten. La curiosidad del niño que ahora, distante de sus orígenes, porta ingrávida y estimulante en su madurez. 

  

viernes, 22 de marzo de 2019

Un cromo que venía con la tableta del chocolate




Esto es solo un cromo. Un cromo que venía con la tableta de chocolate el otro día. Uno es tan incauto que no sabe por qué gesticula de esa manera el personaje en cuestión.  Tal vez le diera un paralís, que decían antes. Acaso una contracción del esfuerzo varonil. O es que acaba de perder algo y no se lo encuentra. Pues como siga andando así por la calle no sé qué va a pensar la gente. La verdad es que cada vez hacen cromos más raros. Mira que se lo tengo dicho a mi nieto. Si te compro chocolate es por el chocolate, que los cromos vienen muy raros en estos tiempos.



miércoles, 20 de marzo de 2019

lunes, 18 de marzo de 2019

Naxos en boca de ellas








"Dime, ese poeta tuyo,
a no ser versos nuevos, ¿qué te da?

Ovidio. Amores.



Thera, ¿sabes si Naxos sigue buscando a la sibila? Ikaria, la chica de las flores, dando saltos, se planta delante de la ceramista cuando esta va camino del taller. A Thera no le hace gracia la pregunta, que la percibe con siniestra intención, ni está por perder el tiempo hablando con alguien a la que considera trivial e indolente. Quiere quitársela de en medio y se muestra abrupta. Tú sabrás mejor que yo, pues bien buscas confidenciar con él interrumpiendo sus meditaciones. Ikaria no se acobarda. Desde que llegó Naxos, le responde con prudencia, nadie parece estar interesado en consultar a la pitonisa. ¿Y para qué?, dice la artista. ¿Es que acaso depende de esa mujer oculta que esta ciudad sea levantada de nuevo y que todos sobrevivamos dignamente? No es necesario consultar nada. De promesas y acertijos no se vive. Con falsas esperanzas y trucos verbales no se sale adelante. Recurrir a la oscuridad para tener luz es una torpeza. También nuestros antiguos gobernantes fueron a aconsejarse con ella y las decisiones que tomaron no fueron adecuadas. Tal vez ellos no las supieron interpretar, se explica la chica. Bien pudieron justificarse con la visita a la sibila, pero luego actuar como a ellos les pareció. Thera se encrespa. ¿Y por qué no salió la adivinadora de su cueva y lo denunció ante toda la población? Ah, claro, dirás que esa mujer no está en este mundo aunque lo sabe todo de nosotros y distingue al dedillo nuestras ambiciones y debilidades. Dirás más, que es una intermediaria entre los dioses y nosotros, los castigados mortales. Thera, le responde la joven, la pitonisa podría haber tenido un excesivo poder si hubiera querido. Podría haber manipulado las vidas y los negocios de muchos. A Thera le irrita esa defensa tenaz de la profetisa. ¿Acaso con sus opiniones en secreto no ha influido? ¿O ha estado tapando los planes de quienes nos llevaron al desastre? La chica de las flores habla con gesto serio. La sibila no tiene mala voluntad, insiste. No es ella sino los hombres los que se equivocan. Puede que su error sea escucharlos, pero se presentan ante ella tan confundidos, tan sumisos de sus propias audacias, tan indecisos por no saber distinguir lo que está bien y está mal...También Naxos llegó a esta isla perdido de su pasado y confundido por su presente y necesitó llamar a la adivina. Ahí no te doy la razón del todo, le espeta Thera. Naxos optó por quedarse, decidió correr los riesgos con nosotros, empezó a estar seguro al ir conociéndonos. Ikaria, convéncete, fuimos nosotros los que respaldamos su determinación. Si hoy no busca a la mujer de la cueva es porque no la necesita. ¿Y qué o a quién necesita entonces?, sugiere con equívoco empeño la chica de las flores. ¿Va a ser tu arte lo que le cautive? ¿La belleza de los efebos? ¿La experiencia de la hetaira? ¿La sabiduría de los ancianos y de los impedidos que no saben sino quejarse del infortunio? Sin disimulo, Ikaria lanza un dardo envenenado. ¿O van a ser los largos coloquios que tenéis entre vosotros en la playa? Thera, que odia la envidia y el encelamiento, sonríe cínicamente. Luego se justifica. El anciano Lemnos me estará echando de menos. Tengo que terminar de pintar algunos vasos donde me esperan los sueños de los clientes, zanja con desparpajo.




(Fotografía de Ferdinando Scianna)

viernes, 15 de marzo de 2019

Naxos y el escultor manco





















"Heme aquí desperdigado entre mis días
y mis fantasmas, arrogante, tierno,
abrumado por una pasión que busca
y da vueltas sin cesar, arrastrada por la tristeza.
Cual si a la historia diera caza entre las piedras,
durmiendo en la arena o en brazos de las ruinas".

Adonis, El libro (II)




¿Qué vais a hacer con las estatuas mutiladas? Naxos, el joven remero que todo lo pregunta porque de todo quiere saber, se ha dirigido al escultor Kálimnos, todavía dotado de una madurez temprana, pero cuyo cuerpo ahora no difiere mucho de las esculturas. Lo que tendrían que hacer conmigo, responde el artista. Enterrarlas. ¿Tú crees, joven extranjero, que habiéndome dejado sin manos puedo servir para algo? A otros artistas se los llevaron los invasores, al menos tuvieron mejor suerte. Allá donde hayan ido tal vez sigan trabajando. ¿Sabes por qué no me quisieron a mí y me amputaron de esta manera brutal? No te fíes de lo que dicen por ahí. Que si les planté cara. O que no les gustaban mis obras. O que buscaban destruir la imagen que teníamos de nuestros dioses. La verdad es que me cercenaron solo para que la ciudad  recuerde. Envidiaban nuestras esculturas, ya fueran las tallas de los jóvenes desnudos ya la de las diosas. Envidiaban la exaltación de la belleza humana. Naxos, que ya había observado con horror aquella quiebra en el hombre, trata de  consolarlo. Tal vez si hubieran podido embarcarlas se las habrían llevado enteras y a ti con ellas. Kálimnos ríe con amargura, luego habla con desánimo. Esas gentes sabían muy bien lo que hacían. Su objetivo no era el mero saqueo, también se trataba de atemorizarnos con la máxima destrucción posible para frenar el auge de nuestra ciudad. ¿Y cuál es la mayor de todas las destrucciones? Incapacitar a los artistas, convertir en mudos a nuestros oradores, atravesar con la espada a quienes mejor pensaran, secuestrar a nuestros gobernantes y condenarlos a un cautiverio incierto. Naxos, vencer a hombres armados en un combate es costoso e insuficiente, pero no difícil, sobre todo para quienes han hecho de la violencia razón de vivir. Pero intentar acabar con las ideas o reprimir la imaginación requiere otras mañas. De ahí que combinaran el castigo ejemplar con el pillaje y la devastación. Ah, pero en el fondo son unos estúpidos, pues las obras nunca mueren del todo y renacen en nuevas formas. Naxos se entusiasma al escuchar el razonamiento del escultor. Quiere alimentar su esperanza. Eres frágil de extremidades y sin embargo poderoso en tus razonamientos, Kálimnos. Te habrán cercenado las manos pero no el ímpetu y, sobre todo, la intención. Has pagado un precio alto, mas sabrás encauzar tu inteligencia por otras vías. No debes ceder al abandono, ni darte al vino peleón, que te producirá más penas, ni sucumbir a la lástima de la gente. ¿Acaso aún te duelen los muñones? El escultor muestra una mirada dura. Reacciona contundente. Me duele la incapacidad para coger un mazo y un buril, sí, y no poder derivar el curso de una obra por donde yo quiero, como antes. Ahora me limito a dar instrucciones a los aprendices más experimentados, pero yo nunca fui un profesor de artes sino un hombre intuitivo y solitario donde vida y escultura se confundían a través de los días y las noches. Por lo que me ha dicho Thera, le corta Naxos, muchos de tus trabajos se conocen en otras ciudades precisamente por ese esfuerzo, aunque quienes admiren tus estatuas ensalcen solo su belleza como si fueran cuerpos autónomos. ¿Y de qué me sirve ahora?, dice Kálimnos con desaliento. Ya sé, me dirás que la experiencia que acumulo es una gratificación, o que puedo transmitir a la juventud técnicas y sugerencias, pero para siempre seré nombrado en cualquier parte como el escultor manco. Naxos le habla con brío. ¿Y eso te inquieta, Kálimnos? Cuántos supervivientes quisieran alardear de tu pasado y del aprecio del que eres objeto. No todo acaba, tu madurez aún es joven, no se te negará ni amores ni reconocimientos. Naxos, eres benévolo, pero no justo, y Kálimnos se emociona. Los amores perecieron con mis estatuas derribadas. No quiero pensar que junto a la obra desaparecida también termine la memoria de las gentes.           



    
(Fotografía de Herbert List)

lunes, 11 de marzo de 2019

Naxos. Disputa sobre las mujeres intrigantes














"No es fácil que a las diosas
por tu hermosura que deseo inspira
te puedas tú igualar".

Safo de Mitilene, El mar por medio.



La chica que anda siempre por el monte no es nieta de la vieja Kéa, cuenta Thera la ceramista a Naxos. ¿Y por qué ambas se reconocen como de la familia?, responde sorprendido el joven. Thera da su versión caprichosa. Se protegen mutuamente de esa manera, dice. Diezmada la población tras el asalto a la ciudad pocos hay que sepan acerca de los oscuros secretos de los supervivientes. Habrás observado que Ikaria apenas se relaciona con los que quedamos. O lo hace cuando se siente cómoda y sin dar nada a cambio. Ella siempre anda recorriendo las zonas más agrestes, subiendo y bajando por las laderas de la ciudad, evitándonos, ajena a nuestras preocupaciones, visita a la anciana de vez en cuando y va diciendo que tiene un contacto permanente con la pitonisa. Claro que muchas veces se inventa historias y presume de preservar conocimientos que no son accesibles a cualquiera. Pero la pitonisa existe, salta Naxos, yo mismo he hablado con ella, aunque no he llegado a verla con claridad. Thera no da tregua al hombre. O acaso lo has soñado, Naxos, no seas ingenuo. Se toman como reales tantas manifestaciones oscuras con que la imaginación febril o los sueños nos atrapan en sus redes. Una vez me contaste que la sibila os habló a los marineros cuando llegasteis a la isla y, sin embargo, aquellas voces, ¿no podrían ser producto del cansancio y de la insolación? Nadie ha visto a la pitonisa desde la destrucción, pero se la evoca para que sea un símbolo de normalidad para todos nosotros. Naxos, que no oculta su simpatía por la joven de las flores, saca la cara por ella. Ikaria parece tener ideas propias sobre la naturaleza, no solo la que nos rodea sino la de las profundidades humanas. Y tú misma has visto que está interesada por la música y la poesía, lo cual prueba lo extremadamente sensible que es. La pintora de cálices se rebela con energía. ¿Y no lo eres tú?¿ Y no lo soy yo? ¿O Alónnisos, el loco, al que pocos han entendido si bien él sí que nos ha comprendido a todos? De Ikaria se ignora si tuvo oficio y su cuerpo no tiene rastro de haber sufrido desgaste y nadie sabe decir de qué casa es o a quién sirvió o en qué matrimonio encerró sus días. ¿No te parece extraño? Apareció justo cuando tantas mujeres y hombres desaparecieron. ¿Venía con los invasores? ¿Estaba oculta en un palacio? Su juventud aparente le da carta blanca para alardear de inocencia. Los que difunden creencias mistéricas dicen que encarna la eterna juventud por un pacto marital con los dioses. Pero yo creo que cuanto se diga de ella también es una invención suya. Pobre quien se deje seducir por sus narraciones o caiga en la tentación de sus formas delicadas. Naxos enmudece ante el irritado tono de la artista. Thera no quiere quedar en evidencia de su encelamiento y desvía la conversación. He estado pensando, Naxos, que voy a dibujar tu cuerpo en una hermosa crátera que el bueno de Lemnos está terminando de cocer. Se admiten sugerencias.





(Fotografía de Ata Kandó)


viernes, 8 de marzo de 2019

Evanescencia y presencia. Himno a Nikkal




Siempre me gustaron los versos de Octavio Paz, de su bellísima Carta de presencia:

"Tú no estás dormida ni despierta: 
tú flotas en un tiempo sin horas".

Pero la evanescencia se diluye más acá de las fantasías de los poetas. Y, sin embargo, cuánto necesitamos la imaginación para sobrevivir.

Dicen que el Himno a la diosa Nikkal es la música más ancestral hallada hasta la fecha, de hace unos 3.400 años. En las excavaciones de la ciudad hurrita de Ugarit (hoy en territorio sirio) se hallaron unas tablillas cuneiformes con esta composición. Adjunto dos versiones, una sencilla, más o menos lineal y aproximada a la interpretación original. Otra, una adaptación moderna orquestada. Disfrútense en este día tan señalado.




lunes, 4 de marzo de 2019

Naxos. Buscando la belleza















" - Era usted una mujer muy guapa.
  - La belleza..., usted ya sabe...-se encoge de hombros-. La vejez causa estragos. Hay que habérselas con ella y es insoportable. Al final está la muerte, que es la única justicia, por otro lado".

Franck Maubert, La última modelo


¿Perdido en tus pensamientos, Naxos? ¿O presa de tus tentaciones? Ikaria, la chica de las flores, siempre aparece en los ratos de soledad del muchacho. Naxos responde como si lo hiciera solo para sí mismo. Vine por romper con la confusión. Me aparté de mis compañeros porque la pitonisa me hablaba y, cómo no reconocerlo, me seducía. ¿O es lo mismo? ¿No es la palabra del otro la que nos cautiva más allá de la esplendidez de los cuerpos? Me quedé porque os descubrí a todos vosotros. ¿Habíais sobrevivido los mejores o solo os eligió el azar? Quién sabe, y cuando habla Ikaria parece tan madura como transformada. Los riesgos extremos cambian a las personas. No por principios morales, que algunos dirían, sino por simple reacción de supervivencia. O eres mejor o no levantas cabeza. O te estrechas con el vecino o no hay garantía de seguir adelante. O la gente se propone afrontar esfuerzos, decididos de la mejor manera, o no hay obra nueva, es decir futuro. ¿Crees que los dioses van a levantar la vida hundida de los individuos? ¿Crees que las musas van a inspirar con sus artes los cambios necesarios en lo más hondo de nuestras necesidades? Ni siquiera la exaltación de la belleza, en nombre de la cual se alzaban antes estatuas y cánticos, y a la que todos nosotros nos entregábamos, proporciona ya un ápice de esperanza. También a la belleza hay que edificarla nuevamente. De ella no se vive. Naxos mira a la joven Ikaria. No he sabido de la belleza hasta llegar a esta ciudad, le replica. La joven sonríe. No has llegado en el mejor momento. O acaso sí, tal vez ahora puedes percibir en el resurgir de la vieja ciudad lo que merece la pena. La actitud humilde del vencido. La generosidad de los que comparten. El alma abierta a los que, como tú, llegan sin exigencias. La opción de abandonar lo inservible y sobrante, y prestar atención a lo que es meramente imprescindible. ¿No hay suficiente belleza en todo esto? Sé que al contemplar las ruinas, aún altivas, tratas de intuir la belleza de lo que estuvo construido. Y que cuando contemplas a nuestros hombres y a nuestras mujeres jóvenes te tienta la idea de reducir la imagen de la belleza a sus cuerpos. Pero quien habla entonces por ti no es el razonamiento, sino el deseo. Todo lo que me dices ya lo sé, dice Naxos. Pero me viene bien escucharlo. Y me sorprende aún más que este discurso venga de ti. ¿Sabes, Ikaria? Me pareces una mujer sin edad. O con una edad que no avanza ni retrocede. Tan pronto me resultas ingenua como sabia. Tan distante como íntima. Tan liviana como cargada de dones. Acaso soy la belleza personificada, le interrumpe la joven con risas. La anciana Kea, mi abuela, fue en su juventud una mujer a la que los poetas llamaban diosa. Ella cuenta que llegó a ser modelo de un escultor que tuvo que irse de aquí porque llegó un momento en que no distinguía entre la escultura que hacía y la mujer de carne que posaba. ¿Terminó la obra?, pregunta Naxos. Dicen que estuvo a punto de acabarla, pero que pocos llegaron a verla y nunca se supo dónde fue a parar. Que si se embarcó secretamente en una nave, que si fue destruida a golpe de mazo por el mismo artista. O acaso se encuentra escondida en alguna parte para disfrute de otras generaciones o de los extranjeros que sigan llegando a nuestra ciudad. La belleza tiene fin, Naxos. Y, en ocasiones, se le niega el tiempo justo de manifestarse. Yo creo que hay que disfrutar de la belleza mientras se nos brinda, salta  Naxos en un acceso extremadamente juvenil. ¿Tú lo haces?, y a Ikaria le ha faltado tiempo para interpelarlo. No llames belleza a lo primero que se te ofrece a la mirada, para que su caducidad no salte a tus ojos anticipadamente. Ni trates de atraparla como si fuera un animal al que hay que cazar. Ni alardees de poseerla, porque la verdadera belleza es siempre rebelde y no se deja capturar fácilmente. Mira y espera siempre a que entre tú y el objeto bello tenga lugar un diálogo sincero. Acaso de esa manera la belleza no se aje nunca.




(Fotografía de Ata Kandó)


viernes, 1 de marzo de 2019

Carmen Jiménez o la superación




Carmen Jiménez es la voz de la superación. También de la transformación. Demostración palpable de que con esfuerzo se llega lejos. Como poco, a independencias y liberaciones impensables. Como mucho, a una realización personal ilimitada casi. Carmen Jiménez Borja fue una revelación en el encuentro TEDxValladolid. Viendo el vídeo adjunto se sabrá por qué. Y lo claras que tiene las cosas esta mujer. 

Por cierto, el alcalde de la ciudad la ha fichado para la lista de las Municipales.