"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez








viernes, 31 de agosto de 2018

Rincones. Enigmas





















Los días que sobrevivió mi madre al ictus, con secuelas profundas e irreversibles, los pasó abstraída, confusa, abatida. Desde su silla de ruedas jugaba con las puertas correderas del armario; las abría y las cerraba con energía. Me parecía que incluso con cierto descaro. Al filo del golpeo pronunciaba a veces una frase enigmática. No he sido buena, decía. Y repetía: no he sido buena. Resultaba inconcebible que aquella mujer casi nonagenaria, de quien nunca cabía dudar sobre la generosa docilidad y confiada ternura manifestadas a lo largo de su vida, pudiera insistir lapidariamente en aquel motivo hiriente, misterioso.

No le pregunté qué quería decir. Tampoco en aquellos momentos quise pensar demasiado en el oscuro comentario. Para qué echar más leña al fuego de su situación irreparable. Fue mucho más tarde, cuando los días pasaron y nos dejó, cuando comencé a dar vueltas a lo que pudo haber sido un lapsus de su conciencia alterada o la salida incontenible de algo que ella masculló siempre. Me lo guardé para mí. ¿Para qué trasladárselo a su marido?

En ocasiones pienso que se pudo tratar de una premonición anticipada. ¿Sobre mí mismo? Hay palabras y sumas de palabras que se registran en nuestra capacidad de escucha y nos acompañan durante años. Y así, de pronto, en la ficción, que no conoce límites ni exigencias, me veo a mí mismo llegando al estertor final, sin dibujar con  precisión sus matices, repitiendo algo parecido a lo que martilleaba mi madre. Pero no por ello consigo ser mejor, ni sé muy bien de qué se trata eso de ser mejor. ¿Mejor que quién, que qué, sobre qué referencias de un mundo tan impuro como hipócrita? ¿Dónde la medida del bien y del mal acerca de la relación que hemos mantenido con tantas personas, ajenas, próximas o íntimas? 

Cuando me acecha esa figuración escucho dentro de mí una carcajada. ¿Puedo permitir, me digo, ceder al tan repugnante como perverso complejo de culpa? ¿Cuánto en la vida hay de auto castración? ¿Por qué son tan sinuosos los pasos del miedo sobre los que cada cual se afirma como hombre maduro?  ¿Cómo juega a los dados con nosotros la inseguridad? Entonces imagino que acaso un lejano día de mis orígenes alguien mefistofélico, atravesando sin permiso el umbral de mis padres, pudo prescribir tal estigma con un signum sobre mi frente. Al sospecharlo el turbulento orate que me acompaña con idéntica faz se revuelve aturdido entre mis vísceras.



(Fotografía de Eve Arnold)


miércoles, 29 de agosto de 2018

Rincones


















Hace calor. También aire. No son incompatibles. Si abro las ventanas se golpean. Pero me gusta observar cómo los elementos naturales juegan con los que hemos inventado los humanos. Escribo. Mejor dicho, trato de escribir. Articulo frases y corrijo las palabras buscando la precisión. Pero suelo traicionar la exactitud para dejarme llevar por la divagación. ¿No podría armonizarlas? Imagino un tanto alocadamente y me siento más libre si divago con imprecisión. ¿Qué clase de libertad es esa? Por supuesto, la instintiva, la animal que cualquier que intenta escribir lleva dentro. Luego releo las líneas que he trazado, que no son como las geométricas, aunque bien pensado ¿no hay acaso una geometría de la expresión? Todo es cuestión de observar. Lo escrito tiene volumen y formas como los cuerpos que nos rodean. Tal vez sea la sintaxis esa geometría especial con la que uno pergeña y tacha una y mil veces. ¿Cuántas veces soy infiel a la sintaxis? Prefiero no saberlo, no me gusta sentirme excesivamente constreñido. ¿O llamo constricción a mi inclinación al desorden, a mi rechazo implícito a las normas de la disciplina? Para justificarme me digo: se pueden decir las cosas de tantas maneras. Sigo intentándolo. Tanta vagarosidad de la que hago gala me dispersa. ¿Es en esa dispersión donde encuentro mi razón de ser? ¿O más bien, por el contrario, me alejo de mí mismo? Cuesta rehuir la presión de las fuerzas centrífugas y centrípetas, principio físico. Continuo. Pero el aire que entra por la ventana me produce un carraspeo, no obstante apenas aligerar el clima que hace en mi habitación. Percibo el olor del papel de los libros, la ropa que he sacado de la lavadora y aún no está seca, el olor que emite mi piel a medida que ejercito mis nervios barajando sugerencias para el texto. Suelo oler mi piel, extender mi camisa a la altura del pecho, apretar mis axilas, frotar mis cabellos. ¿Qué señas de identidad no están registradas en los olores que el cuerpo desprende? Además encuentro satisfacción en el ejercicio de olerme. Parece algo pasajero e insignificante pero al hacerlo evoco otra edad, reconstruyo otro espacio; tal vez sea la manera de reconocerme a medida que mi caracterización carnal ha ido cambiando. Combate iluso contra el ajamiento, tal vez.  Me consuelo ante el pensamiento que me hace temblar. Somos sobre todo Tiempo, me digo. Si el humano, supongo que todas las demás especies, es algo definido es el hecho de su temporalidad. Me gusta además tener conciencia de la temporalidad, lo cual es arriesgado. Sufres por lo perdido y por lo anhelado que nunca acabas de lograr. En el proceso, vives un tiempo menos pensado y escasamente decidido. No construimos el Tiempo. O adviertes o no adviertes que estás en él, pero te da igual porque no puedes escapar. Al escribir, al intentar escribir, mientras habito uno de los rincones del Tiempo sujeto de alguna manera al Tiempo y este, dadivosamente, me devuelve sus aromas.




(Ilustración de Robert Crumb)



lunes, 27 de agosto de 2018

De migraciones y mitos nacionales, según Hans Magnus Enzensberger





"Los clanes y las asociaciones de tribus existen desde que el hombre habita la Tierra. Las naciones, sin embargo, no aparecieron hasta hace unos doscientos años. La diferencia no resulta difícil de ver. Las etnias surgen casi de forma natural, ‘por sí mismas’. Las naciones, por el contrario, son entidades que no pueden subsistir sin una ideología específica. Esta base ideológica, junto con los respectivos rituales y emblemas (banderas, himnos), no surgió hasta el siglo XIX. Desde Europa y Norteamérica se fue extendiendo por todo el mundo.

Un país que pretenda convertirse en nación precisa de una identificación bien codificada (fuerzas armadas, aduana, policía, cuerpo diplomático) y múltiples medios jurídicos para delimitarse hacia fuera (soberanía, nacionalidad, pasaporte, etcétera) 

Muchas naciones, aunque ciertamente no todas, han conseguido hacer suyas unas formas de identificación más remotas. Se trata de una operación psicológica harto difícil. Por esta vía se pretende que sentimientos hondamente arraigados, que antaño animaban a determinadas entidades menores, actúen como movilizadores para la formación de los Estados modernos. Para conseguirlo, a menudo es preciso crear una leyenda histórica. En caso de necesidad se llega a falsificar el glorioso pasado de la etnia propia y se inventan nobles tradiciones. Ahora bien, la idea abstracta de nación solo ha adquirido carta de naturaleza allí donde el Estado ha sabido desarrollarse orgánicamente a partir de situaciones preexistentes. Cuanto más artificial su origen, más precario e histórico resulta el sentimiento nacional. Ello es aplicable tanto a las ‘Naciones unidas’ de Europa como a los nuevos Estados surgidos del sistema colonial, pero también a uniones forzadas tales como la URSS y Yugoslavia, que tienden a la desmembración o la guerra civil".

Hans Magnus Enzensberger, La gran migración.


Aunque el libro de Enzensberger se editó hace veintiséis años sigue de pleno vigor. Yo diría que incluso más vigoroso, vistas las circunstancias que vivimos en algunos países de Europa en los últimos tiempos en materia de llegada de miles de migrantes. No va, a pesar de haber tomado la cita de entrada, de naciones y mitos de nacionalidades, va fundamentalmente de ensayo sobre movimientos migratorios como constante de la humanidad. Pero va también de plantear los riesgos de la xenofobia, el racismo y el enfrentamiento en el seno de las sociedades. Va de miedo, miedo al de fuera y miedo a quedarse cada vez menos los que estaban antes dentro: de todos es sabido cómo se encuentra la situación demográfica actual en nuestro continente. Es un libro que invita a reflexionar y dejar de mirarnos al ombligo. El intercambio de mezclas y flujos migratorios que han configurado la población actual ha sido una característica de todos los países europeos, como lo ha sido Estados Unidos, aunque estos tengan otras características peculiares, visto el exterminio de las poblaciones indígenas. Es un libro, en fin, y aún estoy a medias de su lectura, que en capítulos cortos va poniendo el dedo en la llaga de las situaciones de desequilibrio y contrastes que acarrea cualquier situación migratoria. Dentro de ese contexto, que un capítulo hable de pasada pero con precisión sobre la constitución de las naciones y los mitos que se originan, y aún aspiran algunos a asentar, me ha parecido de una lucidez intachable. Al leerlo, ¿no se piensa enseguida en la intentona actual de una casta de políticos y visionarios de cierta región española, algunos de ellos corruptos, que están desequilibrando con sus prácticas y discursos obscenos y de posverdad las relaciones de convivencia no solo en el seno de la propia sociedad sino trasladando el desasosiego al resto del país? 




sábado, 25 de agosto de 2018

Id y comunicad por doquier




Cuando yo era niño el cuadro presidía la habitación grande. Aquel cuarto solamente se utilizaba para reuniones y celebraciones familiares varias. Pero como éramos muy numerosos, las hermanas de mi madre, los hermanos de mi padre, los hijos de unas y de otros, los hijos reconocidos de mujeres no reconocidas, los primeros nietos, el gran salón se ocupaba con frecuencia y sobradamente. Nadie faltaba, salvo fuerza mayor, a cualquier evento, desde el recibimiento de un nuevo miembro de la casa, pasando por la despedida de quien moría antes de tiempo o por longevo aburrimiento, hasta la celebración de los que decidían irse a vivir juntos. Por no citar aniversarios, éxitos y logros de las nuevas generaciones, o simples comidas imprevistas que ayudaran a pasar el trance de algún miembro en situación crítica por algún motivo.  A mi padre le parecía que aquel cuadro sintetizaba el espíritu de nuestra estirpe, de ahí que él siempre lo denominara como el cuadro de Id y comunicad. A veces lo explicaba a los visitantes que se quedaban atónitos ante la representación. Puesto que hemos llegado a esta vida, decía,  cada cual debe permanecer aprendiendo de los otros para en un momento dado salir al encuentro de más vida. Pero una vez que te has lanzado al mundo, precisaba, debes comunicar a los demás que, si bien la familia jugó un papel importante, cada cual debe tejer la urdimbre de nuevas relaciones, nuevos proyectos tangibles, nuevas ilusiones. Mi padre creía la mitad de la mitad de cuanto solía decir con aquel tono grave y firme, pero los visitantes asentían con perplejidad, sin duda, pero también con admiración y reconocimiento. El cuadro les parecía raro, pero la explicación de mi padre estaba dentro del orden de las cosas, lo cual ya era para ellos aceptable. Alguno de los que llegaban por primera vez a casa osaba insinuar que aquel cuadro, no sé, decía, la pose, el número de personajes, la disposición en torno a una mesa, le recordaba alguna estampa antigua, pero que todos los personajes, bueno, prácticamente todos, fueran mujeres le desconcertaba. Sí, te comprendo, solía responder mi padre, ya sabes que en el mundo de la imagen en general hay muchas similitudes y que de la misma manera que unas personas se nos asemejan a otras en el arte como en la literatura a veces se tiene la impresión de haber visto y leído anteriormente. Y respecto a que todas sean mujeres es absolutamente razonable, hay artistas que no salen de pintar hombres y nadie se ha quejado, y además en nuestra familia domina el género femenino generosamente, así que yo lo tengo por una cuenta pendiente saldada.  En cierta ocasión la joven y tierna novia fugaz de mi tío abuelo tuvo el valor de comentar que sin duda se trataba de una bella composición renacentista. El artista, dijo con aire de catedrática, ha colocado a los personajes en un abigarramiento que no entorpece la visión, y es asombroso que haya huido de los colores más definitorios de los pintores de aquella época y que sean sus escorzos y sus movimientos contenidos los que hablen por ellos. Mi padre, siempre tan benévolo, pero tapando con su bigote el rictus de una sonrisa malévola, la respondió: sí, tal vez, además pensemos que el Renacimiento es en realidad un fenómeno no solo estacional sino cíclico, y no tanto porque se repita con frecuencia como porque se está esperando permanentemente su llegada redentora de nuevo, aunque no parezca que tenga lugar. Fue más chusco lo que un día comentó una alta jerarquía de la confesión religiosa más seguida en el länder, que acertó a pasar por allí, Lo que no acabo de entender, dijo ladeando la cabeza con gesto incriminatorio hacia el cuadro, es el torso vuelto de lo que indudablemente es un hombre. ¿Significa algún tipo de rechazo, una expulsión, una traición acaso? ¿Es la censura de la carne, el apartamiento del pecado, la ocultación de la culpa? No quiero verme en la tesitura de pensar que sea el hombre de todas o el amante de una o el deseo escondido y turbio que no sabe dónde refugiarse, y ahí su obsesivo discurso moral le dejó claramente en entredicho. También lo he discurrido yo, respondió mi padre, pero ya sabe usted, mi querido señor purpurado, que en cualquier trabajo, en cualquier acontecimiento, en cualquier encuentro, en cualquier evocación, bien sea por defecto u omisión, los artistas hacen circular a las almas errantes que buscan su lugar a través de toda la eternidad. Y además de sobra conoce usted que cualquier alma errante no tiene sexo, y si alguna aún lo tiene con presteza lo intercambia, porque fue escrito que más allá de la materia finita solo cabe otro modo de probación y un grado sumo de contemplación, ¿ no le parece, eminencia?

Mi padre se giró hacia mí, que había presenciado, como se suele decir, la escena, y me hizo un guiño hábil que me dejó feliz.  




(Fotografía de Brigitte March Niedermair)

  

viernes, 24 de agosto de 2018

De amaneceres





Amanecer, ese fenómeno que siempre percibo como extremadamente vertiginoso. Si me preguntaran ¿dónde viste el amanecer más impactante? respondería sin dudar: desde el tren, por los campos yermos y pedregosos, entre llanos de pinares que se convertían en aledaños de sierra, en Castilla la más vieja. Ibas saliendo de la noche a golpe de traqueteo y, aun disfrutando del día que se iba iluminando, sabías también que aquel tiempo que te tocaba vivir seguía siendo oscuro. Y junto al mar, se me podría preguntar, ¿no has tenido análoga impresión?  No sé, en la costa la alborada me parece más estática, se subordina al ímpetu del oleaje de las grandes masas oceánicas que, pues conocen auroras y ocasos, se perturban en grado sumo seguramente. En su rumor ciego e incesante insisten en acercarse a ti, en apoderarse de ti. Y cuando habitaste durante un tiempo allá en el desierto, ¿cómo percibiste el rayar del día? Allá en el desierto había tan intensa luz como abrumadora negrura, y el vacío podía cambiar su geometría cada jornada, cada hora, cada golpe de simún, sin que tu vista apenas poseyera el amanecer. Yo estaba justo en la línea donde el cielo y la tierra se confunden, imaginándome a salvo del deseo y también del riesgo, o eso creía. Entonces, aun convencido de que estaba solo, alguien, que no sé de dónde apareció, se acercó delicadamente, se colocó a  mi lado y me dijo: dejadme ver amanecer con vos. De aquella contemplación quedaron unas huellas que se fueron extraviando por la curvatura del horizonte.


  

miércoles, 22 de agosto de 2018

Una vez estuve junto a la tumba de Kafka






Una vez estuve junto a la tumba de Kafka, de los Kafka, el Dr. Franz y sus padres Hermann y Julie, y creo que incluso de algunos más, un rectángulo de gravilla blanca presidido por un monolito, un prisma de granito o de caliza, no recuerdo, que es lápida, que es también geometría que brota de la tierra con múltiples caras y remata en un vértice que si lo sobrevoláramos nos parecería una estrella, y había una fotografía que no sé a dónde habrá ido a parar en la que se me podía ver, me la hicieron mis jóvenes acompañantes, con aire circunspecto, grave, de circunstancia que no era fingida no obstante la kipá que el discreto y amable guardián anciano me había colocado en la cabeza al llegar al cementerio, si bien yo estaba un poco encogido, algo desgarbado, ciertamente abrigado porque siendo verano hacía frío y lluvia en Praga y, aunque sentía emoción interior por estar allí, un lugar de peregrinaje de minorías, pues el cementerio nuevo judío no suele estar en las guías, y eso es bueno y provechoso para los que huimos de las guías cuando viajamos, en mi cara se me advierte cierto gesto tenso porque si mal no recuerdo mis jóvenes acompañantes no habían venido al cementerio de buena gana, lo habían hecho por condescender, por respetar mi obsesa devoción de visitar a un muerto del que solo había recibido vida hasta entonces, a través de sus obras, y me parece que en alguna ocasión ellos, mis jóvenes acompañantes, lo comentaron: a quién se le ocurre, dijeron, ir a visitar ciudades del extranjero y visitar cementerios, y más este en el que no había ningún otro visitante, lo cual agradecí, pero aquel no era un cementerio al uso, a nuestro uso quiero decir, sí al uso de la minoría judía que quede en la ciudad del Moldava, y precisamente esa visión de un cementerio que rompía con la imagen acostumbrada para nosotros de los cementerios ordinarios de los pueblos y ciudades españoles era lo que me cautivó, y fue entonces cuando también mis acompañantes comprendieron y cedieron al enfado y algo les caló de aquella especie de señorial ciudad de los muertos, una ciudad hecha para transmitir placidez, siendo el suelo una alfombra generosa y continua de hiedra, y los árboles, altos y frondosos, formaban los nervios de una bóveda umbrosa, avenidas o, mejor, sendas para pasear y abstraerse, y no, no solamente para meditar sobre lo de siempre y lo mensurable, sino sobre la atracción de la belleza al servicio y honra de los muertos, y así lo comenté con quienes venían conmigo, ya con otra disposición y más receptivos a lo que descubría la mirada y ellos, estos, entraron en la razón que subyace en todo lo oculto, aquello que aún no habíamos captado antes, y decían es verdad que esto, el cementerio, no carga con las connotaciones tristonas y melancólicas a las que nos tienen acostumbrados los cementerios tradicionales que hoy día, además, están sumamente hacinados, cementerios como parcelas de edificaciones, semejantes a líneas de apartamentos de costas o de barriadas de los cinturones industriales de las ciudades, cementerios divididos por clases y ausente de toda estética, donde las zonas de cipreses que aún perviven como herencia casi romántica se terminan pronto, es lo único, las lindes de cipreses y sus sepulcros ochocentistas, que un cementerio español transmite cierta belleza heredada del pasado, aunque no se quita el aire necrófago, carcomido por la religión y una visión pesimista de la vida, pues las cruces no han hecho otra cosa sino hacer más mediocre la perspectiva de la vida, un legado perverso y en modo alguno reconfortante, y aquella visita al cementerio nuevo judío de Praga se iba convirtiendo sobre la marcha en un espacio no solamente de observación, sino de debate, algo que todos no queríamos sino apenas apuntar, y dejar las conclusiones para cuando lo hubiéramos abandonado, para no perdernos la contemplación inmediata, el asombro por la fusión de los pequeños monumentos funerarios y la naturaleza, y así aquello nos parecía un parque, un espacio de esparcimiento y relajación, y naturalmente que allí imperaba también un grado determinado de competitividad, pero las tumbas tenían otro carácter, templetes de basaltos, dioritas, granitos verdosos que le dan un aspecto más noble, más estructurado, y si todos los cementerios son o suelen ser denominados ciudades de los muertos, este era como una ciudad para el recuerdo tras la vida con un empaque que hacía honor a la parte de la ciudad de Praga donde aún permanece la huella de un emporio burgués, modernista y culto, y alguien de los que me acompañaban dijo que el cementerio debe ser tal cual lo veíamos, un territorio para el reposo de los difuntos, una prolongación visual de la vida cómoda y agradable donde el visitante o los familiares de los muertos no establecieran ruptura con su vida ordinaria, como si fuera una invitación a pensar: el cementerio, tal como lo hemos creado y mantenemos, es la continuación del salto, pero con el descanso asegurado, aunque a mí esto de que los muertos reposen siempre me ha parecido una metáfora estúpida, después de todo los cementerios son imágenes simbólicas, donde obviamente se guardan o se dice que se guardan, o mejor dicho, se ocultan los despojos de los que alguna vez fueron cuerpos lustrosos y aparentes, pero en realidad aquí no descansa nadie, sino el paseante vivo, como nosotros, y entonces les dije a mis jóvenes acompañantes: con qué placer me quedaría aquí de vigilante o de enterrador o de hombre del mantenimiento, no porque me interesen los trabajos, sino por la apacibilidad que mi cuerpo percibe, si bien, recapacitando admití que Praga es muy fría, que la humedad se mete por todas partes, que los inviernos son largos, y al reflexionar así yo mismo destruía in situ aquella apetencia de formar parte viva del paisaje de muertos...




Ilustración de Robert Crumb


lunes, 20 de agosto de 2018

Adjetivos y sustantivos



Dedicada.
Delicada.
Desprendida.
Dispuesta.
Deleitosa.
Dedicación.
Delicadeza.
Desprendimiento.
Disposición.
Deleite.




sábado, 18 de agosto de 2018

Un clavel para el poeta




"Todo se ha roto en el mundo,
no queda más que el silencio".

Federico García Lorca, Poema de la soleá.





hoy traigo un clavel
y lo pongo sobre la dura tierra
desconocida
para que el poeta 
y todos los demás asesinados
inhalen su aroma




viernes, 17 de agosto de 2018

El complot mongol, de Rafael Bernal. Un complot más de los corruptos, pero no solo eso






"Quedaban muy pocos clientes. La cantina se preparaba a cerrar.

-- Tiene manchas de sangre en la ropa, mi Capi -dijo el Licenciado.

García destapó la botella de coñac y sirvió en un vaso.

--Antiguamente los abogados tenían siempre manchas de tinta en las manos y en la ropa. Gajes del oficio. Pero nosotros ya no usamos tinta. Usamos máquinas de escribir. Ustedes deberían buscar sistemas semejantes. Toda nuestra civilización tiende a que los hombres puedan conservar las manos limpias...Siquiera las manos".


Rafael Bernal, El complot mongol.



Tal vez en esta cita se condense la esencia de la novela ¿policiaca? ¿de intriga? ¿de historia? ¿de soledades y solitarios? de un escritor poco conocido en España pero del que dicen que revolucionó, si no inauguró, el género negro en México. Un relato vertiginoso que, no obstante el argot mejicano y en concreto del protagonista, embauca al lector español. Bernal sitúa a los personajes con pinceladas precisas y nada extensas, suficientes para que veamos dónde está cada personaje, qué papel cumple, qué va a dar de sí...salvo en el sorprendente rol del policía pistolero y matón en el que se centra la narración. Una narración que, cuando no dominan los diálogos, mezcla una breve voz en off narrativa con la voz personal del policía principal, Filiberto García. Este es el único que en un momento dado evoluciona hacia su propio interior, sin mayores alharacas, hacia un punto de contrición no de sus fechorías y durezas, pues de ellas no se arrepiente, sino por descubrir ese espacio de pureza mínimo que cada humano preserva, aun sin saberlo, en lo más profundo de sí mismo. Bernal no le da a descripciones superfluas, sino que con un determinado toque coloca a cada personaje en cada acción de modo que percibamos la trama del equívoco complot urdido, pero sobre todo dejando claro el trasfondo de una sociedad corrompida hasta la cúpula, como ya es sabido, donde se alían poder, tretas jurídicas y gatillo como en una simbiosis imprescindible para lograr los de arriba sus fines y provocar el sufrimiento, que les trae al pairo, de los ciudadanos de a pie.

Que el protagonista, sicario legal y cruel, pero efectivo para sus superiores -esa manera tan expeditiva de solucionar los casos criminales a base de balaceras y ejecuciones sumarias, sin mayores explicaciones, ha pringado durante décadas a las instituciones del orden y la justicia de ese país- nos caiga bien desde el principio, es un triunfo del novelista. No en vano múltiples películas de Hollywood nos presentan al policía matón que nos lleva de su parte, lo cual le hace pensar a uno en lo oscura y contradictoria que es el alma humana, por denominar con un término convencional a nuestra psiqué, ese planeta de emociones, afectos y racionalidades que nos componen y descomponen. Para que nos caiga bien requiere algunas características. Es bestia con los criminales y no entiende ni quiere entender de cumplir la legalidad, pero es tenaz en buscar la verdad del retorcido caso auspiciado por sus superiores como un complot mongol. En este sentido hay que interpretar la cita con que encabezo la entrada. Diálogo entre un abogado y un policía, roles tan característicos hoy día en nuestras sociedades en que se presume de manos limpias por parte de todos los estamentos, aunque los hilos que las muevan estén sucios hasta sus filamentos más profundos. Consejos de quienes han sabido avanzar a los que aún tienen que ponerse al día de sus prácticas investigadoras y ejecutoras.

Quien solo perciba El complot mongol como una novela para el verano, yerra. Fue un comentario reciente de un amigo que la había localizado en una librería de lance quien me la recomendó con alborozo. ¡Qué difícil es que en estos tiempos alguien te hable con placer y gozo de un libro! Ese amigo, al que no frecuento mucho, es un lector impenitente y no sé, me fié de su comentario sensorial. Cuando una narración es buena, es decir, está bien orientada, conducida, tramada, en fin, y, aunque no se explaye en múltiples y hondas reflexiones, se perciba en ella un mundo amplio a escala de cualquier clase social o región del planeta, ¿qué valor definitorio tiene el género en el que se la suele encasillar? ¿Para qué condicionarnos sobre si una novela está enmarcada por los mercaderes del Templo librario y editor como negra, histórica, política o amorosa, por citar algunos de los elementos convencionales con que enmarcan la literatura? Uno se da por satisfecho al terminar de leer un libro si su cuerpo ha quedado con una sensación de placidez. Ya saben, yo llamo cuerpo a esa reacción integral del ejercicio que la mente ejecuta cuando establece una relación entre texto y la vida vivida y pensada de uno mismo.




Nota. El autor, Rafael Bernal, nació en Ciudad de México en 1915 y murió en Berna en 1972. El libro de la editorial Libros del Asteroide lleva un prólogo de Yuri Herrera y un epílogo de Élmer Mendoza, que ayuda a aclararnos del todo una vez leída la novela.






(Ilustración de Ricardo Peláez)



miércoles, 15 de agosto de 2018

No hay tal Ítaca





"Y dime de verdad esto, para que me entere bien: ¿quién eres, de dónde, de qué gente? ¿Dónde tienes tu ciudad y tus padres? ¿Dónde está varada la nave rauda que te trajo a ti y a tus divinos compañeros?".

Odisea, Canto XXIV.



Ítaca es la tentativa; Ítaca es la aproximación; Ítaca es la centralidad; Ítaca es la dispersión; Ítaca es el retroceso; Ítaca es el avance; Ítaca es el recorrido; Ítaca es la parada; Ítaca es la intención; Ítaca es el riesgo; Ítaca son los seres aparecidos; Ítaca son los seres imaginarios; Ítaca es la memoria; Ítaca es la fantasía; Ítaca es el abrigo; Ítaca es la pérdida; Ítaca es la tentación; Ítaca es la caída; Ítaca es el rescate; Ítaca es el vencimiento; Ítaca es la voluntad; Ítaca es la resignación; Ítaca es el transcurso; Ítaca es la fugacidad; Ítaca son los olvidados; Ítaca son los protegidos; Ítaca es la resistencia; Ítaca es la dejación; Ítaca es la obsolescencia; Ítaca es la invención; Ítaca es el dolor; Ítaca es el alborozo; Ítaca es la agitación; Ítaca es el reposo; Ítaca es la bruma; Ítaca es la claridad. No hay una Ítaca única. Tal vez ni siquiera debió ser llamada de este modo la infatigable búsqueda que realiza de sí mismo el individuo. Nunca llegaremos a ninguna parte, salvo cuando estuvimos haciendo el recorrido. Después solo nos quedará sentarnos en el poyo a la puerta de casa, desde donde degustar los recuerdos. Esto dice Odiseo a Calipso, de cuya presencia él ni quiere ni sabe escapar.



(Ulises y Calipso, por Max Beckmann)


domingo, 12 de agosto de 2018

Dead Can Dance. Los muertos pueden bailar...con Góngora





El británico Brendan Perry y la australiana Lisa Gerrard formaron en 1981 el grupo Dead Can Dance. Permanecieron unidos hasta 1998, aunque en diversas ocasiones volvieron a reagruparse para realizar giras internacionales. No sabía que una de sus canciones está basada en una poesía célebre de Luis de Góngora, Da bienes Fortuna. Pienso que Góngora no haría ascos de la versión anglosajona, sino todo lo contrario. Y sobre el contenido de la poesía, que cada cual haga su reflexión. Es de actualidad cuatrocientos años después.


Da bienes Fortuna
que no están escritos:
cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

¡Cuán diversas sendas
Se suelen seguir
En el repartir
Honras y haciendas!
A unos da encomiendas,
A otros sambenitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

A veces despoja
De choza y apero
Al mayor cabrero,
Y a quien se le antoja;
La cabra más coja
Pare dos cabritos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

Porque en una aldea
Un pobre mancebo
Hurtó sólo un huevo,
Al sol bambolea,
Y otro se pasea
Con cien mil delitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.






Fortune presents gifts not according to the book
Fortune presents gifts not according to the book
When you expect whistles it's flutes
When you expect flutes it's whistles
What various paths are followed in distributing honours and possessions
She gives awards to some and penitent's cloaks to others
When you expect whistles it's flutes
When you expect flutes it's whistles
Sometimes she robs the chief goatherd of his cottage and goat pen
And to whomever she fancies the lamest goat has born two kids
When you expect whistles it's flutes
When you expect flutes it's whistles
Because in a village a poor lad has stolen one egg
He swings in the sun and another gets away with a thousand crimes
When you expect whistles it's flutes
When you expect flutes it's whistles







(La primera fotografía está sacada de Last.fm. La segunda, de Luxembourg Times)






sábado, 11 de agosto de 2018

Crónica de la pacífica devastación




"Ya no sabemos a quién debemos apreciar y respetar, y a quién no. En este sentido nos estamos comportando como bárbaros los unos con los otros. Sin embargo, ya seamos griegos o bárbaros, todos somos iguales, tal como se deduce de lo que, por naturaleza, es intrínseco del ser humano: todos respiramos por la boca y la nariz, y todos comemos con las manos".

Antifonte de Atenas, De la Verdad.


No creo que haya devastación pacífica, sino que todo acto destructivo, sea cual sea su intensidad, alcance y perversidad, se nutre del mal que portan los individuos, las sociedades o los instrumentos que estas fomentan para regularse y acaban desarticulándolas. Naturalmente, la palabra devastación trae inmediatamente las imágenes de las guerras que acaban con regiones o naciones enteras, es decir, sus ciudades, sus medios de transporte y comunicación o sus medios productivos. Y, en consecuencia, con miles o millones de vidas. Sebald ya habló largamente de ello en su obra sensible sobre lo acontecido en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Pero de la misma forma podría hablarse de conflictos regionales como los balcánicos, los de Yemen, el iraquí o el sirio y su área de influencia. Desgraciadamente, ejemplo próximos y recientes no faltan. Tampoco en pocas ocasiones podría dejar de mencionarse los desastres causados por los seísmos, las inundaciones, los huracanes o, de manera más sigilosa, la hambruna de la desertización. El grado y envergadura de las devastaciones, con su secuela de daño en vidas, hábitat y coste económico general, se escribe siempre con mayúsculas.

Hay destrucciones que no alcanzan sino una proyección menor, pero cuya iniciativa y realización revelan un alma sumamente negra en los individuos que se prestan a ello. El daño a pequeña escala, sea su forma considerada gamberrada, ataque parcial o simplemente divertimento hiriente, me hace pensar en la calaña de la que están hechos ciertos seres humanos, incapaces de traducir su parte ingeniosa u ocurrente en algo constructivo y estético. Ejemplos cunden todos los días, y si elijo dos más o menos próximos es porque me suscitan tanta indignación como horror. Tipos que son capaces de realizar ciertas fechorías de aparente pequeño volumen, ¿de qué no pueden ser capaces en sus relaciones con otros individuos, familiares o quien pase por la calle?

Viene a cuento, por una parte, de la aparición de una pintada que se pretende graciosa en una escultura románica de la catedral de Santiago, ubicada en una portada recientemente restaurada. ¿Qué concepto de civilidad se reserva para sí mismo el imbécil que dañó la estatua? ¿Qué garantías ofrecerá de que no lo intentará de nuevo o realizará una escalada? ¿En qué zona cero de la sociedad se ve ubicado tal bárbaro? Sería bueno saberlo. Por otro lado, hace dos o tres días se realizó en horario nocturno una llamada a Emergencias y Guardia Civil en un pueblo próximo a Valladolid, avisando de un accidente de carretera. Cuando los auxilios llegaron se encontraron en el arcén con un montaje anónimo en que una bicicleta rota y un maniquí aparentaban un accidente. Por lo demás, nada de nada. ¿No es una chufla retorcida? ¿No es jugar con el dolor de quienes hayan sufrido de verdad accidentes? ¿De qué van esos personajes oscuros y siniestros que se entretienen causando trastornos que pueden derivar en males mayores? Parecen agresiones menores, pero por el bien de la ciudadanía se deben investigar y dar con los idiotas desaprensivos que quieren celebrar el tedio de agosto de manera inicua.

El título de la entrada puede parecer desproporcionado con los ejemplos que cito, pero siempre me queda la intriga. Ese tipo de personajes que juegan a hacer el mal, traspasan los límites de la cordura, cometen trastornos invadiendo el bien público o la vida de otros individuos, ¿no tienen dentro de sí un germen de escalada de sus actos destructivos? Parecen muestras leves de limitada devastación lo que hacen, pero ¿a dónde llegarán? (Y miren que no me veo en el papel de moralista; solo que me revientan los actos de desprecio que cotidianamente se cometen) Antifonte tenía razón: todos somos iguales, es decir, potencialmente capaces del bien y del mal. Pero cuando se desproporciona la balanza, ¿qué cabe esperarnos?

   



viernes, 10 de agosto de 2018

Las mariposas nocturnas





"De fuera, entraban mariposas nocturnas que daban un leve chisporroteo en torno a la lámpara, cumpliendo un impulso de su especie, de ser atraídas por la luz.

'Todos sujetos a oscuros impulsos', se dijo Trigo y contemplaba los vuelos insistentes de una mariposa sufriendo la abrasadora temperatura de la bombilla. 

Un impulso tenaz, indomable de escribir, de inventar historias, y sin embargo, lo hacía con sufrimiento porque muchos temas de las novelas abrasaban al ser recuerdos lacerantes que venían a su conciencia como rastros de delitos o vergonzosos errores".


Juan Eduardo Zúñiga, Flores de plomo.


¿Sufrirá cada escritor que recrea un tema, reinventa una historia, se apropia de un tiempo, cultiva unos vínculos como aquellas mariposas a las que las atrapa la luz ardiente? ¿Sentirá el abrasamiento en sus invenciones? Mira que atrás hay escritores que existieron y de los que se sabe de su existencia, otros que estuvieron pero desaparecieron a los ojos de las crónicas, otros a los que apenas se dejó nacer porque se acercaban a las luces intensas, pletóricas de energía, y se les abortó para impedir que las hicieran suyas y no llegasen a posteriores e hipotéticos lectores. El valor de lo escrito es el valor de lo circular. Se han contado historias, narrado situaciones, realizado introspecciones sobre caracteres y emociones de los individuos, y así la vida da para escribir sobre ella y se escribe sobre ella para extrapolar ideas más o menos fecundas, impresiones más o menos bien dirigidas, conclusiones harto relativas, explicaciones contradictorias e hipotéticas hasta la saciedad que intentan arrojar luz sobre el hecho fundamental, el acontecimiento único, la obvia constatación de que vivimos. ¿Se consumirán los escribientes de nuestros días en su afán por descubrir las luces y las sombras de la historia y de la vida, como en otras épocas? Ponerse a escribir sobre la anécdota puede ser relajante, hacer disquisiciones sobre el difuso e impreciso concepto del amor puede oscilar de la comodidad a la inquietud, pero novelar sobre un episodio del pasado lleva al escritor a quemarse en los rescoldos siempre candentes de lo inexplorado que, frecuentemente, es la experiencia trágica. Y la identificación y el empeño que se pone en ello causan aún en nuestros días angustia y dolor. Admiro al autor que se esfuerza en merodear en torno a la cálida luz tibia que todavía proyecta el tiempo pretérito. Cuanto más se acerca al conocimiento más riesgo de arder en los aparentes filamentos rusientes que cualquier acontecimiento complejo de la historia deja sueltos para conectar con nuestro tiempo e iluminarnos. Esto piensa el eterno novel, el inagotable aprendiz, ese que en cada uno de nosotros porta algo de curioso impertinente.





(Fotografía tomada de la revista Iluminet)


jueves, 9 de agosto de 2018

No llores por nadie, Argentina, que al viento no se le puede parar




Una vez más, esa Argentina despiadada, cruel, intolerante, beata y que ignora y no reconoce a la mujer ha tomado una decisión hiriente. El catolicismo y su larga mano, que no cesan jamás. Pero también el oscurantismo y el fundamentalismo tienen sus días contados. La consideración sobre la vida está más que nunca en manos de todas las mujeres, no de los clérigos ni de sus malévolos mitos, de los cuales viven. Los tiempos han cambiado, el papel de la mujer no es ya la sumisión perpetua. Y como dice el diario Página12, al viento no se le puede parar.


https://www.pagina12.com.ar/134017-nadie-puede-parar-el-viento

https://www.pagina12.com.ar/134081-ganamos



(En la fotografía, Ricardo Darín, que se movilizó a favor de la despenalización del aborto en Argentina)


martes, 7 de agosto de 2018

Zúñiga-Larra y la impotencia de llegar a alumbrar






"...Atravesará la ciudad donde nació, dejará atrás las envidias, la ignorancia, atravesará la historia reciente de la política española, de las elecciones de agosto en las que él fracasó como diputado, pasará delante de adustos conventos y cuarteles, cruzará por redacciones de periódicos venales, entre grupos de ociosos que soportan, junto a los escaparates de las tiendas, el agua helada que trae el viento; seguirá por la calle Mayor donde hombres embozados parecen vigilarle y donde unas mujeres le llamarán; él pensará que no solo en este lunes de carnaval sino durante años, ha vivido rodeado de caretas, falsos rostros y falsas palabras, y él mismo, al escribir sus artículos de oculta intención, o cuando exaltaba sus amores en el drama Macías, quería cubrir toda su vida con una máscara mentirosa y así ha ido madurando en años y trabajos, ocultando su auténtico ser. Verá ante él a un farolero que va prendiendo las escasas farolas.

-- Yo también con mis ideas he querido iluminar, alumbrar mi época, este país de sombras -se dirá- pero no he podido". 


Juan Eduardo Zúñiga, Flores de plomo.


Y va Zúñiga-Larra o Larra-Zúñiga, y crea un personaje que existió y que pervive, y no solo porque Zúñiga, el novelista actual, se sienta identificado con él, sino porque aún subyace, incluso emerge, la oscuridad de aquellos tiempos que dieron vida y acabaron con la del periodista, lo de menos es si las formas han cambiado y determinadas situaciones o novedosos episodios nos hacen pensar en nuestro tiempo que todo es diferente, sino que a poco que se observe las máscaras, con carnaval o sin él, persisten, la falsedad de las palabras permanecen incólumes en su alevosía, las trampas se siguen desarrollando hoy como entonces, los engaños adquieren su faz de moneda de cambio repugnante , como estamos viendo cada día, en el círculo de muchos y ansiosos políticos, la manía por no reconocer la opinión del otro se sigue instalando, lo cutre, disfrazado de modernidad hipócrita, late en muchos rincones de las conductas de los españoles de hoy, la agresividad contenida traduciéndose bien en frustraciones bien en violencia, cuando no en ambas, y cuando leo Flores de plomo es como si entrara en las historias y las vidas, y me doy cuenta en ese momento de lo importante que es la intrahistoria, esa clase de efectos, manifestaciones, comportamientos y relaciones profundas de los que componemos la sociedad que si se citan es solo como segundo grado, y que son tan importantes, y por qué no más, como las determinaciones de los poderes establecidos, la parafernalia de las instituciones, la ambigüedad calculada de los medios de comunicación, así que me gusta este Zúñiga haciendo de Larra, calado por Larra, algo que no es imposible si la sensibilidad de uno se constituye como racionalidad, como afán de superación y de entendimiento, y en ese sentido no creo que Larra no lograse iluminar aquella época, a alguien afectaría su luz aguda y larga, su voz certera, su dirección crítica atravesando los aires pestíferos de la sociedad que avanzaba un paso y retrocedía tres, y si hoy son aún no solo objeto de lectura atractiva los artículos periodísticos de Larra, sino acicate para desentrañar lo que hubo y lo que hay, uno llega a la conclusión de que aquella interpretación de su entorno sirve para entender ahora el nuestro, las actitudes y móviles de los pobladores de estos días, relacionando pautas que sobreviven, sopesando si las mentes están más abiertas o siguen obturadas, midiendo y valorando los temores, comprobando si los prejuicios latentes son una aviesa arma de intolerancia, desacreditando las demagogias de los voceros que toman el nombre del individuo en vano, así que sigo deleitándome, sin mayores pretensiones pero con afán de pasarlo bien, y no importa si el desasosiego, la inquietud o la compasión que suscitan en mí los episodios me acompañan, prosigo con la lectura de una ficción sobre aquel hombre que eligió el carnaval de 1837 para quitarse la vida, y que, al menos para mí, resulta imprescindible para entender ese fenómeno denominado España y españoles.     





domingo, 5 de agosto de 2018

Los que llegan




La polémica sobre los inmigrantes forzados está servida, manipulada y exagerada incluso, pero todo indica que las invasiones de nuestro tiempo no las para nadie. Las sociedades europeas son un modelo de abundancia para los africanos o asiáticos, no obstante para nosotros sean también desiguales como todos sabemos, pues aquí tampoco se nos regala nada. Pero las diferencias económicas y de vida son sustanciales, profundas y diría que de agravio incluso. Un modelo el que tienen los hombres y mujeres, jóvenes y niños, del sur por alcanzar las costas europeas, ya digo, mitificado en exceso por ellos (el efecto llamada) y espoleado sin duda por traficantes sin escrúpulos de hombres, cuando no por las políticas imperantes y los gobiernos de los países africanos. Al convertirse en un problema intenso, que probablemente no esté aún en el límite para los pobladores tradicionales de los países sureños, pero que lleva camino de estarlo, no tardará mucho en formar parte de los problemas patrios, digamos. Los españoles se posicionarán, si es que no lo han hecho ya, ciertos políticos malsanos harán del problema una causa belli contra otros políticos, se promoverá la demagogia del miedo al que llega, la canallesca teoría de la prioridad de los que ya estábamos, el afán de culpabilizar a los inmigrantes de potenciales delitos y, en fin, todo ese mejunje de argumentos equívocos y medias verdades irá calando en la sociedad y entorpeciendo el diálogo entre nosotros. 

Así que no estaría nada mal que en vez de hacer cada partido su política de capillitas vaticanas se pensara más en razones superiores -y esto atañe a los pretenciosos nacional separatistas, que no les veo con espíritu solidario precisamente-, se hablara generosa y cuerdamente, se llegara a acuerdos y pactos de obligado cumplimiento. Naturalmente que la misma intención sería deseable para otros temas de capital importancia para el país, haya que cambiar lo que sea preciso modificar, y uno enseguida piensa en el juego parlamentario o en las leyes reguladas por una Constitución. Pero acaso lo primero a alterar constructivamente sean las mentalidades y conductas individuales, gremiales y partidistas, y disponer de una mentalidad abierta que nos lleve a encarar los problemas con la perspectiva de resolverlos. Porque la llegada de gente o el intento, con el precio de morir en el mismo, no se va a detener. En esta tesitura uno no sabe bien si la Unión Europea, tan dividida a su vez, está interesada, es capaz o tiene suficiente voluntad por tomar cartas en el asunto. Dejar a los países europeos del sur al pairo para que se hagan cargo en solitario del problema de la llegada de emigrantes no parece una actitud ni sabia, ni rectora, ni moderna, ni solidaria, ni de Estado. Ay, ese Estado nonato de Europa por el que muchos clamamos, incluso los que siempre hemos sido críticos con el rol del Estado,  y que no llega, mientras campean los más retrógrados y reverdecen los más peligrosos nacionalismos. 



Epílogo. Lo admito, hoy me ha dado el ramalazo ingenuo.




(Fotografía tomada del periódico Deia)


sábado, 4 de agosto de 2018

Caballo de Civita Lavinia




Ah, si el caballo de Civita Lavinia se encabritase y abandonara su tedio del museo donde pace secuestrado. Vendería su naturalismo de rampante a cambio de la libertad del trote amable o del galope desenfrenado. No fue esculpido por el talentoso artista ático con el fin de que permaneciera cautivo a manos de los desagradecidos hombres por toda la eternidad. Su relincho es la trompeta que pide recuperar el sentido de la armonía y el retorno al origen de las formas ejemplares. Hace tiempo que la ira de los dioses renunció a vengar los desatinos cometidos con sus obras. Pero quién sabe si algún día pasarán cuentas y volverán justicieros para hablarnos de la belleza intacta y reclamarla de nuevo.



(Copia en escayola del caballo original en mármol encontrado en Civita Lavinia, del siglo V antes de nuestra era. Esta copia es de 1944, realizada por el formador Alberto Sánchez. Se encuentra en la Casa del Sol de Valladolid, sede de una exposición  permanente de reproducciones de obras clásicas)

miércoles, 1 de agosto de 2018

Deriva del Amanecer





"En otoño o en primavera
¿Qué importa?
En la juventud o en la vejez
¿Qué más da?"


Gunnar Ekelöf, La leyenda de Fatumeh




ALGUIEN te dice: parto a destino incierto. Alguien te pide: disculpa mi aleteo. Alguien te susurra: volveré. Alguien reconoce: no hay ida no hay vuelta, Ítaca no tiene nombre. ¿Para qué? Entonces tú vas y lo llamas simplemente Amanecer.