"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





lunes, 31 de diciembre de 2007

Desalambrar


Alzar alambradas en el mar puede ser la otra versión de poner puertas al campo. Lo que antes parecía un imposible ahora no está tan claro. Y no sólo en el territorio de las metáforas y de las realidades virtuales. Las tecnologías pueden lograrlo de una manera u otra, al menos para limitar a los hombres (no digo ya para reducir a más especies) ¿Se imaginan una naturaleza que se viera sólo a través de vallas y cercas y enrejados? Una vez hice un recorrido por un país hermoso, pero cuya hermosura quedaba cautiva por el afán de unos hombres de imponerse sobre otros. Los amaneceres sazonaban de oro el mar y los atardeceres hacían refulgir en plata el oleaje. El cielo se iba apagando entre sollozos y las nubes pasaban veloces para no ser atrapadas. Los habitantes de aquel territorio circulaban mirando de reojo. No era necesario que se les prohibiera mirar de frente. Ellos mismos lo evitaban, porque presenciar la belleza demediada y rota la hacía más inalcanzable. Y sufrían. Y además no se reconocían ya si no era en lo que habían mirado abiertamente en otro tiempo. Todos esperaban ansiosos la llegada de la noche. Estas gentes, que habían sido siempre tan madrugadoras, tan prestas a observar los tonos cambiantes de la luz durante el día y a través de todas las estaciones, tan dispuestas a la actividad a cielo descubierto y a paisaje infinito, deseaban ahora el reino de las tinieblas. A la caída del atardecer, la oscuridad iba cubriendo el mar y la vegetación y el despliegue de las pequeñas radas, pero el sonido del mar permanecía en su ritmo inalterado. La alambrada no podía ocultar el rumor de las olas ni su altura impedía el desfile disperso de las estrellas. Entonces, los pobladores dejaron de dormir por la noche. Se entregaban silentes a la audición del océano. Sus altibajos, sus marejadas, sus tormentas eran objeto de receptividad por parte de los hombres. Los más viejos vinculaban la música del océano con sus recuerdos, y reconstruían el paisaje sin límites. Los que nunca habían conocido la libertad de la contemplación reinventaban su mundo con ayuda de los ancianos. En aquel viaje muchos me preguntaron cómo era el mar allí de donde yo procedía. Pero yo no sabía qué decirles. Su ardid se dotaba de un esfuerzo en que la imaginación desbordaba lo real, y yo no quería interferir. Entonces, me uní a ellos. Me acurrucaba por las noches junto a otros vecinos de los lugares por donde me desplazaba, y veía los movimientos horizontales del piélago a través de su poderoso murmullo. Y tocaba con mis dedos los genuinos destellos de los astros. Al salir el sol la alambrada seguía existiendo, pero la gente no percibía un horizonte enverjado. La noche y los sentidos les habían obsequiado con un nuevo destino.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Que partió de mi un barco...



A punto de poner fin un año más al calendario comercial de Occidente -hoy ya mundialmente aceptado- me resulta vacua e inútil la tentación de hacer el cómputo. Como es un hecho mi inapetencia formal por el ritual de una celebración vulgar, nada imaginativa. El transcurrir vale en cuanto nos palpamos. Si se me apura, vale también aquello que quedó tras nosotros y nos ha configurado. Más allá, las columnas de Hércules siguen existiendo a efectos del desafío. Pero vivimos siempre traspasándolas, sin tener claro nunca si detrás hay más océano o se abre el abismo que preconizaba el mito antiguo. Navegamos por inercia. Navegamos sin rumbo, por muy pertrechados que nos acompañemos de útiles, planos y recomendaciones. La costa ansiada -¿debemos desear llegar a costa alguna?- no puede verse sólo como un plan de pensiones, un acompañamiento cuasi perpetuo o el aseguramiento testamental de una finca. Insatisfacción. Esos territorios difusos hacia lo que intentamos aproximarnos nos reclaman y ahí, tal vez, el acicate. Ilusión. Es probable que nos pasemos el recorrido tratando de otear puertos indefinidos, sin llegar jamás a avistarlos. Pero ¿por qué no abandonarnos a la salinidad, a las corrientes, a los vientos, a la embriagante oscilación del oleaje? Desechad el apresuramiento, las propuestas ansiosas, las obligaciones vinculantes, los objetivos de alto precio. ¿Dónde residen los despropósitos y los sinsentidos? Navegad como sugería Alejandra Pizarnik en aquella breve pero honda poesía...

Explicar con palabras de este mundo
que partió de mi un barco llevándome

sábado, 29 de diciembre de 2007

Recurrencias


(Indagaciones VI)

El amanecer es frío, pero la luz emergente consuela. Las vías se le antojan sombras de personajes de Giacometti. Se desgajan en su horizontalidad, sólo interferida por planos secantes. Una vez que los convoyes pasan veloces sobre ellas, se consolidan en su estatuaria de acero. Los trenes son como pinceladas adolescentes. Su transcurso recurrente, pero efímero, dotan a los raíles de justificación, pero éstos reviven con una identidad propia más allá de las horas del tránsito. Hay también tramos de vías abandonados que siguen teniendo el mismo orgullo, aunque no cumplan ya la función. Con frecuencia le gusta pasear por el territorio yermo de los ferrocarriles obsoletos. Los hierbajos crecen entre las traviesas, recordando a los que invaden el perímetro de las tumbas olvidadas. Las heladas de la hora temprana tiñen de palidez el balasto ennegrecido. Cuando camina por las vías, va dando saltos de traviesa a traviesa y, sorprendentemente, mira a sus espaldas por si se acerca algún tranvía fantasma. Hay una metáfora incorporada a los trazados del tren que le cautiva. Esa manera de avanzar como si se dirigiera hacia un infinito bastante improbable. Donde se afirma cada paso, sabiendo que sigue una recta que desafía su pensamiento. Cuanto más camina hacia lo desconocido, más reclama su procedencia. En la proyección de la geometría de los raíles, que pareciera existir naturalmente desde siempre, se concede a una entrega que no va a llevarle a ninguna parte, pero juega a intentarlo. Winckelman piensa entonces con especial intención en las propuestas del Tao. Lo que simula rectitud no es sino curvatura. Donde señala el Norte no hay sino retroceso. Donde se pretende llegar ansiosamente a un destino sólo se reafirma la certeza del origen. Desde que mantuvo el pulso del enigma con la mujer fugaz de la cantina, ha visitado en varias ocasiones la estación. Puede más la desazón que la conciencia clara de por qué él está en aquella parte del país, donde antes nunca se había asomado. El país es grande. El viajero es una actitud. El recorrido, siempre una excusa. Sospecha que este tipo de sucesos que depara el azar no son sino procedimientos reflejos a través de los que él se va integrando en la novedad. Es en este marco más vivo en el que Winckelman incrusta el legado recibido. Y lo reconoce. Donde empieza a dotar de significado a la casa y a la huerta y al paisaje circundante. Es en esa vinculación incipiente donde puede plantearse un cambio de talante. No lo razona ordenadamente, no lo interioriza de manera apriorística, sino que deja que hagan mella en él los factores casuales. Piensa que una toma de contacto con el medio implica siempre una actitud plural. Comienza a intuir un arraigo secreto con el lugar. Aquella sensación de pasajero, de visitante accidental, de huésped de paso que tuvo los primeros días, pierde densidad. Supera el distanciamiento desconcertado. Una jornada más, se ha llegado hasta la cantina en una hora aproximada a la de aquella mañana. Se ha sentado y toma un café cuyo humear traza interrogaciones. A la espera de un signo. Lo que parecía marginal al objeto de su presencia en el pueblo se ha convertido en motivo añadido, tal vez fundado, tal vez imprescindible. Hay un misterio arcano que le reclama, pero hay otro latente, soñado o no, que le confunde. Ahora sabe con claridad, ¿o es sólo el afianzamiento de una intuición?, que debe ponerse manos a la obra a recuperar la vivienda. Buscar el hilo de un pasado que se le está resistiendo. Le excita vivamente la idea de empeñarse en una presencia real.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Consagración


Éste es mi cuerpo.
El cuerpo de la limitación.
La llamarada de la caducidad.
La materia combustible.
La ficción de la lentitud poseída.
El desafío del transcurso sin nombre.
El envite de los nombres vacíos.
La sacra forma de la disolución en la nada.
La geografía de las horas invisibles.
El canto de lo inapelable.
El silencio de la inexistencia.
La exaltación de lo inconstante.
El filo de la duda.
La representación de los sueños marchitos.
La metamorfosis de la soledad.
El desgarro de las ilusiones.
El misterio de la casualidad.
La apuesta por lo inútil.
El desierto de la ocupación.
El territorio del llanto.
La redondez de la luz de flash.
La palabra tramposa.
El ritual de lo injustificable.
La inhaprensión del viento.
La consagración de lo efímero.
El acomodo de las castas.
La fragilidad de sus dogmas.
El tabernáculo de la farsa.
La catarata de las sonrisas vaporosas.
La cuna del dolor.
La memoria extraviada.
La redención de lo imposible.
La transustanciación del deseo.
Éste es mi cuerpo que es el vuestro.
El que se os es dado para la irremisión y el olvido.


(Foto: Chema Madoz hace su peculiar interpretación de la consagración del tiempo)

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Schwob a Monelle



Mi apartada Louise, ¿o debería llamarte ya para siempre Monelle? Desde que decidiste abandonarme luctuosamente, o tu endeble salud decidió por ti, no ha habido día que no haya tenido que combatir contra una suerte de desesperación melancólica. El abatimiento me ha roto la vida ordinaria y no hago más que dar tumbos de un lado a otro, sin encontrar la calma. Mis amigos no me aguantan y mi familia ignora la crisis que me devora. Sólo las huellas ocultas que dejaste en mi corazón me han acompañado como una dulce pero tortuosa cadencia. Para bien y para mal de mi acontecer cotidiano, tu recuerdo impregna con intensidad cada latido y cada ejercicio de respiración de mi cuerpo. Intento reconducir el recuerdo de mi vida contigo hacia los días felices, si así pudieran denominarse las horas en que nos encontramos y en que acariciamos nuestra mutua soledad. No dudo que fue el azar el que nos vinculó, si por azar puede entenderse la vida desordenada de joven a la búsqueda de la diversión fácil que yo arrastraba y el estigma de la miseria que a ti te perseguía. No sé en qué momento dejaste de ser una mujer más que te vendías, ni si te entregaste de manera diferente a mi porque intuías que era posible satisfacer una necesidad superior a la que te ataba habitualmente. Tampoco yo supe nunca por qué me dejé atrapar en tu belleza, a pesar de que ésta no siguiera los cánones de la gente que exhibía su aparente bonheur y aunque no estuviera a salvo de las marcas que la pobreza infringe. Tal vez me sentía atraído porque yo percibía como más hermosa la ternura y la entrega sincera que el intercambio de la belleza y la ordenada pulcritud de la buena posición. Es por eso por lo que cuando te tuve en mis brazos no eras la chica que se arrastraba a cualquier precio para sobrevivir, sino la mujer que yo necesitaba amar. No puedo olvidar cómo, cuando envolvíamos nuestros cuerpos bajo aquella manta sebosa para protegernos de las gélidas noches de invierno de la ciudad, tu arduo respirar se introducía en mi pecho y yo te compensaba con mi abrazo del abandono en el que siempre habías habitado. Eran tan importantes para nosotros los silencios como las conversaciones en la que nuestros mundos se mostraban dispares y sin embargo se buscaban. Ambos procedíamos de dos frialdades. La tuya, más total. Carecías de calor físico y de calor sentimental. Ni tu familia te protegía ni procuraba por ti; antes bien, eras tú en tu condición de paria que trataba de ganarse arriesgadamente la vida, la que aportaba al clan lo que no se merecía. Estabas sola. Los hombres no te tutelaban ni te trataban con generosidad, sino en la medida en que tú les facilitabas el intercambio y se sintieran satisfechos. Cuántas veces te vi deambular por las esquinas de aquel barrio aciago donde sólo vivían bien los transeúntes burgueses que iban a comprar parte de tu vida y de las otras mujeres que se ofrecían como tú. Cierto que frecuentabas la amistad, casi refleja, de otros que pertenecían a tu mundo, algunos de los cuales se hallaban ya en situación sumamente deprimida. El olvido se había cebado en ellos, y la condición de ciudadanos les era negada de manera más vil que a muchos animales de carga. Es posible que al principio me acercara a ti porque me apremiaba satisfacer el ciego deseo de manera fácil. Pero sí puedo asegurarte que incluso aquel día te elegí porque tu mirada emitía un fulgor que no tenía que ver con la oferta. De la impronta del pasado sobre tu cuerpo sólo se libraban aquellos ojos claros y húmedos que rescataban a la niña que aún llevabas dentro. Mi frialdad, en cambio, no emanaba de la necesidad más perentoria ni del abandono ni de la marginación. Tú nunca entendiste por qué yo, que lo tenía todo, que pertenecía a una familia pudiente, que venía de una ciudad media de provincias, podía sentir que me arrastraba en un desierto de afectos. No lo hubieras entendido jamás, y con toda razón, porque lo mío, aun no dejando de ser soledad, provenía de una vida cómoda y llena de satisfacciones materiales. Justo esa propiedad que nunca alcanzaste a poseer tú en esta tierra. Bendigo esa confluencia de frialdades que produjo nuestro encuentro y nuestra complicidad durante estos escasos y cortos tres años. No he podido atajar tu precaria salud ni he logrado disponer para ti de una vida material más digna. Es probable que mi egoísmo haya sido insuficiente para elevarte. Pero si durante este tiempo en que hemos hecho de nuestro encuentro una sola vida has hallado un calor y un afecto que te habían sido negados antes, me sentiré compensado por ello. Mis lamentos en los oídos de los demás ya no me sirven. Debo callar, debo implorarte de otra manera, debo conducir tu recuerdo y mi melancolía a otro territorio que salve. Debo rendir culto a la piedad y cerrar mis cicatrices como si fueran las tuyas propias. Podría empezar escribiendo, por ejemplo:

“Monelle me encontró en la llanura por donde andaba errante y me tomó de la mano.

- No vayas a sorprenderte, dijo, soy yo y no soy yo;
Volverás a encontrarme y me perderás;
Una vez más acudiré a vosotros; porque pocos hombre me han visto y ninguno me ha comprendido;
Y tú me olvidarás y volverás a reconocerme y me olvidarás...
Y Monelle dijo también: Te hablaré de las niñas prostitutas, y sabrás el comienzo"


(Fragmento, que pudo ser, de una carta imaginaria de Marcel Schwob para dar origen a su obra autorredentora El libro de Monelle, publicado en 1894 en París)

(Acompañando un retrato del pintor expresionista alemán Ludwig Kirchner)

Fetal


¿Qué sueña ella mientras el caballo rojo y el jinete azul cabalgan, definitivamente extraviados, por llanuras desconocidas? ¿Se está acaso formando de nuevo en el magma más profundo de la tierra, desde el cual renacer? Esa entrega a la memoria fetal, ¿no es sino una plegaria onírica a los lejanos orígenes? Los lienzos de algodón satinado que se arrebujan por doquier, ¿no la mecen acaso como a una odalisca surgida de la espuma de los mares? ¿Es la imposibilidad, el límite o el hastío lo que la ha impulsado al abandono? La luminosidad anaranjada que la tiñe, ¿no será la propia luz del fanal donde acaso encuentra ella su metamorfosis? Su vieja aspiración de iluminar el tránsito costero de las naves puede al fin realizarse en otro plano donde la prohibición no existe. Cuando era niña corría a visitar a su padre, farero de la isla más oriental, y un día quiso recoger la herencia del oficio. Los tiempos y sus leyes no la permitieron vivir sino en el ensueño. Desde entonces deseó el castigo para los ingratos. Cuando el caballo rojo se plantó solitario a su puerta, surgido de no sé sabe qué apartado confín de la tierra, no dudó en disfrazarse de jinete azul y recorrer las geografías de los mundos donde se hablan lenguas de calado distinto y los colores expresan sentidos opuestos. Pero los humanos que no se entendían no dudaban en arremeter contra el espectro rojiazul que erguía su ímpetu por pueblos, ciudades y aldeas para advertir de las catástrofes del desentendimiento y de la ambición de sus pobladores. Tanta galopada sin suerte, ¿a dónde podía conducirla sino al agotamiento y a la desesperanza? Fundida como estaba con su equino de sangre y furia, un día desapareció de los caminos. No se supo más de su relincho profético. La gente de los lugares echó en falta las apariciones mistéricas de aquella especie de pegaso de mar y fuego. Un largo silencio, a imagen de la inmensa y aparente calma chica del océano, tensionó las almas. Después, el continente quebró sobre sus pies, el estruendo extendió su dominio y las palabras dejaron de ser salvíficas para pudrirse en sí mismas. Aligerada de la memoria, la mujer que sólo quiso ser farera y que fracasó como mensajera previsora del porvenir incierto, yace sumida en un duermevela intenso. Acaso los rayos acrisolados generan lentamente sobre su piel un nuevo engendramiento.


(La fotografía, a cargo de la checa Katarina Brunclikova)

lunes, 24 de diciembre de 2007

La vela y las nueces




La vela prendida, como la medida de todas las cosas. A sus pies, a su luz, se nos brinda el alimento. Una exquisitez única. Anterior al aprendizaje culinario. Alternativo a las desmesuras gastronómicas. Cuando los hombres habitaron este planeta, antes de que llegaran los otros hombres. Cuando uno era niño, antes de dejar de serlo y antes de desear seguir siéndolo. Nos hemos sentado varios chicos este atardecer austral bajo un nogal. Hace un rato hemos subido a sus ramas y las hemos bamboleado para hacer caer el fruto. Hemos quitado su cáscara, aún verdosa. Las piedras de pedernal del páramo son buenas para partirlas. No todas están todavía en su punto. Pero nos están sabiendo a teta, como dice mi padre cuando le gusta algo de manera extraordinaria y lo disfruta. Unos juegan a construir carabelas con la cáscara. Otros, a ver quién deja los hemisferios más limpios. El más observador dice que se parecen a los sesos de algunos animales, incluido el hombre. El más ingenioso levanta arquitecturas imposibles, efímeras, pero que se mantienen en pie. Hasta que la mano traviesa de uno cualquiera de nosotros decide coger la nuez de más abajo. Cae la noche. Sin buscarlo hemos convertido la reunión en una liturgia de bienestar. Alguien ha encendido una vela. Cada uno de nosotros la contempla de una manera. ¿Cuánto durará? ¿Se ilumina del mismo modo para cada mirada? ¿Cómo se mantendrá si sopla el viento del sur? ¿Qué lamparones irá dejando en la piel de cada cual? Nadie piensa en un recorrido que se irá acortando. No hay imaginación suficiente sobre el tiempo. No sabemos todavía qué es el tiempo. Hipnotizados por la llama, hemos tomado las nueces como un manjar, pero también hemos rodeado la cena de ritual. Dure lo que dure la vela, nos vamos contamos historias. Entre lo que inventan unos y matizan otros vamos elaborando un suprarrelato. Las historias están plagadas de deseos, de sueños, de transgresiones, de planes que probablemente no llevaremos a efecto jamás. Digamos que incluso son lo opuesto a lo que suele pasar. La excitación de lo inventado nos motiva al grupo. Comemos sosegadamente, paladeando, abstrayéndonos. Nos dejamos alumbrar por una penumbra que nos hermana más. Relatar para vivir lo no vivido. Mientras aguante la llama.


(A la luz de una fotografía de Manuel Vilariño)

domingo, 23 de diciembre de 2007

Solsticio dos


El ojo que se abre. El ojo limpio. El ojo que nos mira. El ojo que se come el mundo. El ojo que espera. El ojo expectante. El ojo sorprendido. El ojo arquitectura. El ojo sol. El ojo niño. La mirada serena. La mirada ingenua. La mirada contenida. La mirada anhelante. La mirada perdida. La mirada que llama. La mirada receptiva. La mirada que prende. La mirada que se desliza. La mirada que advierte. La mirada confiada. La vista que se regenera. La vista que se va haciendo. La vista que palpa. La vista que comprueba. La vista que agranda el tiempo. La vista observada. La vista que navega en dos dimensiones. La vista que desbroza el camino. La vista que se ve.

El ojo que mira al ojo que mira. Como cuando uno se mira a sí mismo.



(Sobre una obra del artista canadiense Bill Viola)

sábado, 22 de diciembre de 2007

Iquique: homenaje



Los que prefieren no recordar
porque no les interesa que sus actos sean recordados
dicen que la memoria está bien
pero sólo para sentirse nostálgico dentro del grupo de amigos
que cantan eufóricos tras una noche de camaradería,
para ser productivo y prosperar,
formalmente entrañable en ciertas fechas
o acogedor en los eventos familiares.

Más allá, la memoria compartida no interesa
revalorizar, es decir,
tenerla en cuenta.
No vaya a ser que lo confunda todo
ahora que hemos logrado lo que nos propusimos;
eso dicen los que prefieren no recordar.

Está de moda denigrar a cuantos invocan la memoria como presencia,
como argumento y como método para no tropezar,
a ser posible,
otras doscientas o trescientas mil veces más
en la misma piedra del error del olvido.
Porque el olvido es útil
para los que prospectan los nuevos y grandes contratos
sobre la humanidad
al precio que sea
(el fin justifica el costo)

No quieren entenderlo.
Simplemente hay un derecho que desciende a la profundidad del Tiempo
y que debe reconocerse:
que las cosas que una vez fueron queden claras
y libres de sospecha para siempre.
(Decir las cosas es decir los hombres,
los nombres
y su manera de haber sufrido, que es lo que cuenta)

No es pedir mucho.
Algunos, ciertos, se resisten,
¿o es su mala conciencia o acaso la de sus padres
que aún pervive a través de ellos?

Sin embargo, más allá hay algo todavía más importante que un derecho,
(¿acaso hay algo más valioso que un derecho?)
y es la arraigada e irrenunciable capacidad
que arrastra la memoria
como mirada para prever la dirección de las cosas.
He ahí su propia sabiduría,
la que se nos brinda:
la mirada que debe tamizar el deslumbramiento que nos puede cegar
de nuevo.
La mirada que evite los deslices que una y otra vez
han sangrado la tierra.


(Homenaje a Memoria de los obreros chilenos, bolivianos, peruanos y argentinos del salitre y sus familias que fueron masacrados por el Estado en la Escuela de Santa María de Iquique, Chile, el 21 de diciembre de 1.907, como quien dice, ya un siglo. Por si alguien no lo sabía o no lo recordaba -para mayor información consultar internet- y antes de que nos diga: ¡y a mi qué!)

jueves, 20 de diciembre de 2007

Solsticio



La transparencia del vaso y la opacidad del limón comparten un mantel azul. Éste, con distinto efecto sobre los objetos. El fruto rebosa luz y color propio. Pero su fuerza se aleja. Su moldeada redondez se extiende impávida sobre una superficie rugosa. Forma una lisa y aislada soledad sobre el tapete. El vaso lo sabe. Y se presta a la colaboración como vehículo amparador de un oleaje con destellos de madrugadas de acero. Podría decirse de la fruta que es un náufrago abandonado a su suerte. Mientras la copa se empapa de la humedad de un azul con ribetes de hielo. Jamás se vio tal contraste sobre la tierra. Jamás las formas se sacrificaron de manera tan simple y delimitada a los colores que definen los objetos. El limón no lo ignora, mientras soporta impasible cómo se coarta su presencia efectiva. Permanece como una mera referencia. ¿Por qué no siempre la luz equivale a calor? Las cosas, ¿son en sí mismas realmente? ¿Hay dos o más realidades? ¿Es la percepción sensorial del receptor humano lo que dota de interpretación a la posición de los objetos sobre el universo? Y esto mismo, aparte de ser una presuntuosidad y un equívoco, ¿no desfigura arriesgadamente el valor de los otros mundos? El ciclo se repite insaciable. Qué diferencia de sensaciones se ciernen sobre nuestros cuerpos, según la proximidad o la lejanía. Ni el brillo ni las arrugas de nuestra piel son las mismas, condicionando la capacidad del tacto mismo. Y el movimiento, calentando o enfriando colores, endureciendo o debilitando las formas, prosigue incesante.

(Acompañando una pintura de Petrov-Vodkin)


miércoles, 19 de diciembre de 2007

Encabritamiento


Cuando los caballos eran rojos, el paisaje estaba por conquistar. Galopadas que desplazaron los trotes, el corcel se encabritaba con tanto o más ahínco que el jinete que se exhibía sobre su grupa. ¿Para llegar a dónde? Los recorridos de la historia no tienen un trazado previo. Hay arranques, sus protagonistas se someten a ciertos experimentos, prenden demasiados anhelos. Pero la marcha siempre es incierta en medida y en calidad, y nunca se conoce, ni siquiera visionariamente, a dónde llegarán los pasos de la caballería. Lo que a la corta parece victorioso a medio plazo se ha quedado ya en símbolo. Luego, sobreviene la acometida virulenta de los realismos que traicionan el encanto de las lejanas aspiraciones. Demasiada metafísica rota entre una naturaleza siempre hostil. Demasiado apagamiento de la coloración para aquellos proyectos que nacieron en parte de las utopías y en parte de las indignaciones. Demasiada claudicación para trayectos que nunca atisban estaciones término, sino que se detienen en el pellejo de cada siervo marchito. De las antiguas revueltas, ¿qué permanece? Ecos de bufidos, sacudidas sujetas por manos controladoras, territorios cambiantes que no reconocen los cascos de los équidos nacidos del fuego de la némesis y de la lluvia de la esperanza. ¿Qué ha triunfado? El silencio, el vacío, la desilusión, la rotura de las almas. Y sin embargo nada ha parado. Nada está siendo igual, aunque algunos recuperen viejos ropajes, entonen palabras archipronunciadas y deseen la vuelta de lo que feneció para siempre. No. A los caballos rojos no les ha superado especie alguna. Aún cabalgan en planos ocultos a los ojos del deslumbramiento mercantil y ficticio de nuestros tiempos. Aún relinchan en remotas estepas donde imperan la temeridad y la presunción de los demiurgos. ¿Prestas tal vez a iniciar nuevamente su cabalgadura?


(Pintura del ruso Kuzmá Petrov-Vodkin)

martes, 18 de diciembre de 2007

Catar



Apenas una mordida y tendrá que decidir si quiere conocer el bien y el mal. Distinguir será otra cosa. Elegir, una decisión sobre la marcha. El cuerpo de la vida es aleatorio. Una suerte, un descorrimiento, una mirada que no cesa. Tal vez un descubrimiento de lo accesorio persiguiendo implacablemente lo fundamental, sin mucho éxito. O con excesiva dificultad. Siempre la fruta esperando, unas veces verde, mera tentación; otras, demasiado madura, inaceptable para la cata tardía. Y sin embargo, trata de probar. El riesgo. Sopesar el bien y el mal es un juego tenaz, y sólo un juego. Demasiado trasgresor para ser admitido como el ejercicio más legítimo de la especie. Su reconocimiento sólo es propiedad de quienes acometen el intento. Al otro lado, los mismos que se dejan tentar pero se inhabilitan en el sometimiento a sus propios prejuicios lo repudian, arrastrados por el miedo. Y tratan de incidir en los demás, llevados de su atormentado complejo mesiánico. Sólo se prueba en la individualidad. Sólo se conoce en la consecuencia personal. Sólo se cata en la decisión. Y todo por libre. Sin influencias, sin testigos, sin mediadores, sin dedos coactivos, sin palabras que condenan. O más allá de todo ello, ese ruido funesto que trata de desviar la ruta del esfuerzo. Para conocer hay que aceptar el desafío de la atracción. Pero también la exigencia del vacío. Sentir el cuerpo de la vida como desocupación. Prospectar sin avasallar el territorio. Allí una mano nos ofrecerá la fruta necesaria. No más frutas prohibidas. Empezar siempre de nuevo.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Canción infantil



Volvió a subir a aquel monte
volvió a subir a aquel monte
volvió a subir a aquel monte
¿Y qué creéis que vio?

Al otro lado otro monte
al otro lado otro monte
al otro lado otro monte
mayor que el anterior.


(Cuanto más se aleja, más se empequeñece. Cuanto más asciende, más gravedad va abandonando sobre la arena rizada. Cuanto más se aligera, más curvado comprueba el suelo bajos sus pies. Extraviada entre las dunas, trata de llegar hasta la más alta. Ella espera encontrar un punto de visión desde el que orientarse. Pero las dunas se suceden en una añagaza semejante a la que practica el oleaje del mar. Nunca se arriba a un puerto claro ni se entra en un caravansar bien fundado. Todo lo más, espejismos. Tal resulta su soledad que es cuestión de una leve corriente eólica que sus únicos testimonios -sus huellas de giganta- se desvanezcan. No hay mirada hacia atrás, ni retorno, ni huída que garantice la salida. Entre la inmensidad, titubea. Sometida a la implacabilidad del sol, vacila. Sólo la salva su propia desnudez, la que le permite intentar un ejercicio de natación imaginario o un despegue hacia un vuelo improbable. Ensoñaciones. Y en esa gravitación, que persigue con tenacidad pero con escaso éxito, se separa de cualquier referencia polar. La noche que le va llegando de frente la perderá del todo. Si se para, la duna la engullirá. Si sigue avanzando, el cansancio mermará su resistencia. Tal es la búsqueda. Advierte una zona de flotación en lo más hondo de su magnitud mermada y se refugia en ella. Recogida en su evanescencia, hecha un ovillo en su propio recuerdo, halla un territorio inconcreto donde se despega, donde permanece vigorosamente ausente. Entonces, aquella canción infantil resuena una y otra vez dentro de sí misma como una ritiratta, en un despliegue de aspergios de menor a mayor que vuelve a disminuir hasta apagarse. La lluvia de su sudor se mezcla con la de sus lágrimas. Es tan tenue la raya entre memoria y olvido...)

(Fotografía del artista parisiense Jeanloup Sieff)

martes, 11 de diciembre de 2007

Fluctuantes



Siempre fluctuando entre dos orillas. Mirando el curso de una navegación ajena. Repartiendo el tiempo entre lo frondoso y lo caduco. ¿A dónde nos lleva ese puesto de oteadores de la vida? Creemos que el tránsito sólo discurre ante nuestros ojos, sin darnos cuenta de que los terrenos que pisamos son ciénagas. Creemos que la vista es la distancia, cuando formamos parte de ella. Creemos que la textura está en los objetos que nos rodean, cuando reside en nuestra calidez. ¿Por qué pensamos que la sustancia de la que estamos hechos moldeará un supuesto destino triunfante? Nuestros pies son de la materia del barro. Nuestra fronda es la apariencia. Nuestra altivez, un paisaje de boira. ¿Qué hay firme en nosotros sino los sueños? Nos hipnotizamos en el reflejo de lo que apenas logramos ser. ¿Qué nos atrae de las aguas sino su lámina calma? Palpamos la aparente seguridad de la superficie de la vida, a despecho de lo turbio que se mueve por debajo. ¿A dónde se dirige la corriente sin darnos tregua? Transcurrimos anodinos y abúlicos entre un calendario de fechas repetitivo. ¿Qué viento nos voltea sin esperar a que nos decidamos?

Recita la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen:

NUNCA más
Caminarás caminos naturales.

Nunca más te podrás sentir
Invulnerable, real y densa:
Para siempre está perdido
Lo que sobre todo buscaste
La plenitud de cada presencia.
Y será siempre el mismo sueño, la misma ausencia.

Hubo una vez...



















Hubo una vez un hombre, que salió de la nada, como muchos otros hombres, y transitó este mundo; era hijo de la necesidad y como tal, la reprodujo; era hijo de una tierra y la tierra utilizó sus manos; era hijo de los zagales, y ni las heladas de los severos inviernos ni las tormentas de los abrasadores veranos pudieron nunca con él; era hijo de la sangre, pero la sangre no podía dejar de estar sedienta y como hiciera con muchos otros hombres de su tiempo y de su entorno, rasgó también sus venas; era hijo del arrasamiento, y apuró a su manera el cáliz; era hijo de la barbarie, pero nunca la concedió un punto de satisfacción; era hijo del azar, y el destino le devolvió a un nuevo comienzo; era hijo del páramo, y comprendió la hondura de lo más horizontal, aquello que parece que en su trazado exige menos, pero en realidad reclama más; era hijo de la migración, pero sujetó las riendas de sus padres y de sus hermanos; era hijo de la discreta curiosidad, y sedujo a una mujer lejana; era hijo del acontecer, y engendró; era hijo de la perseverancia, y el tiempo le premió con largos años; era hijo del cambio, y se adaptó a todos los cambios; era hijo del tesón, y su esfuerzo desarrolló la sabiduría interior; era hijo de la afirmación, y nunca le nubló la queja; era hijo de la exigencia, y tuvo que tragar a veces su demasía; era hijo de la coexistencia, pero aprendió serenamente la entereza de la soledad; era hijo de la vejez, pero la soledad de la decrepitud no le arrebató el sentido; era hijo de la vida, pero aprendió a ir muriendo sin concesión alguna a la muerte y sus fantasmas; era hijo del tiempo final, y echó un pulso a la muerte, y la venció con aquella partida sosegada de ya un año hacia la nada. Era hijo del amor, y qué misterio en él. Hoy es el padre del recuerdo.





sábado, 8 de diciembre de 2007

La mujer solitaria


(Indagaciones V)


En uno de sus paseos por la pequeña capital, se acercó hasta la estación de ferrocarril. Entró en la cantina, se despojó de su gabán, se sentó y pidió un café. Junto al ventanal, la mujer solitaria. Él abrió Die Gazette, extendió las páginas sobre la mesa y trató de leer las noticias. El día estaba claro, las nubes ausentes. El sol reverberaba contra la cristalera, deslumbraba a la mujer. Ella no fumaba compulsivamente, sino manifestando exhibición de placer. Se mostraba con una calma dominadora, como si la espera fuera un destino en sí misma. A él le pareció una mujer esbelta. El arco de sus cejas descubría unos ojos grandes, brillantes, casi inmóviles. Los párpados disimulaban una densidad que no gravaba la caída del rostro. La nariz, como un meridiano de hielo derritiéndose sobre el perfil de los labios, de pequeña dimensión, dibujados a carboncillo. La frente, amplia y tersa, proyectaba una cabeza armónica, erguida sobre un cuello airoso. Su figura, aunque recogida en una posición de apoyo sobre la mesa, sugería cierta altura y unas proporciones equilibradas que a él no le pasaron inadvertidas. La imagen de firmeza de la mujer le perturbó. El humo del cigarrillo la obligaba frecuentemente a entrecerrar los ojos y entonces su mirada se convertía en apenas un destello. La mujer utilizaba la excusa. Era ella quien le observaba, con prudencia pero a la vez con constancia. Al principio, Winckelman pensó que sería una mujer de la ciudad. Pero su aspecto no le parecía característico del lugar. Después, se le ocurrió que acaso se tratase de una viajera que estaría esperando la llegada de su acompañante, probablemente. Pero pronto observó que junto a ella no había equipaje alguno. Apenas un abrigo de mutón, guarecido interiormente, y un bolso de piel que descansaban sobre una silla. Tampoco se aproximó nadie. Él removió el café, dio algunos sorbos, ahuyentando con leves soplidos el calor que emanaba de la taza. Al hacerlo, su mirada se cruzó con la de ella, como el ejercicio de un vuelo de pilotos experimentados. No dudaron, no cedieron, no movieron ni un leve contorno de sus rostros. Mantuvieron una línea de observación tensa, donde el objetivo era batir al adversario. Cuanto más se prolongaba el oteo, más se desproveían de sí mismos. Como si cada uno quisiera saber algo sobre el otro en un recorrido de ida y vuelta invisible. Como si se pusiera en acción una órbita que describiese significados, allí donde las preguntas habían estado ausentes. Y al hacerlo, ambos abandonaran su cuerpos de origen para constituirse en objetivos de destino. En esa contemplación tenaz y rigurosa se volvieron frágiles. Se percibía en el brillo de sus ojos, en la relajación de sus actitudes, en una especie de extraño y silencioso abandono que estaba teniendo lugar. No hubo derrotados. El pitido de un tren obró como espada salomónica. El chirrido próximo sobre los raíles, el vapor que iba ocupando los andenes y la precipitación de algunos viajeros la movilizó también a ella. Tiró el cigarrillo, tomó el abrigo y el bolso, pagó la consumición y se dirigió hacia la puerta de la cantina. Winckelman permaneció inmóvil, sereno, pero sintió un extraño desgarro. Al salir al andén, la mujer solitaria se volvió rápida, con seguridad, y le ofreció una mirada franca, precisa. Winckelman notó que algo confusamente amargo se hendía dentro de él. Dobló lentamente el periódico y se quedó absorto mirando la cabalgata de humo del tren que partía.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Espectros del otoño



¿Metamorfosis o supervivencia? ¿O se trata de lo mismo? Desproveerse para efectuar el tránsito. Aligerar lo superfluo. Estilizar su estructura para elevarse sobre ella. Extender los brazos para abrazar una esperanza. ¿O todo eso son vanos intentos contra el tiempo? ¿O es maquillaje contra la inevitable decrepitud? Ejemplo increíble el de los árboles, el de los campos, el del cielo. En esa alteración cíclica de formas, la sustancia permanece. Se extravía a las miradas, rebulle en su secreto esqueleto, preserva una energía que dentro de unos meses será un destello incontrolable. Habitando las encrucijadas de los caminos, los árboles se nos aparecen como profetas locos. ¿Concentrarán en su retorcimiento las letras de uno o de varios alfabetos? ¿Predicarán viejas o nuevas buenas? ¿Transmitirán saberes o tan solo se exhiben como meros testigos del acontecer? Hay algo de espectral en su apariencia. Al anochecer llegan incluso a ahuyentar el caserío próximo, que se muestra también mustio. Como aquel hombre que perdió su sombra, que describía Von Chamisso, se vuelven desconsoladamente errantes. Los ancianos del lugar dicen que, en el vacío y la profundidad de la noche, los árboles hablan con la niebla y relatan a ésta lo que han visto y oído. Pero cuando la niebla se alza se lleva con ella las confidencias de la vida que los hombres apenas saben apreciar.

¿Cuál cojo?



Libros de temporada. O también libros para un tránsito. O libros para la marcha. O libros para tener a mano. O libros para el silencio. O libros para echar un vistazo. O libros para una recurrencia. O libros para entrar más adentro. O libros para jugar a las palabras. O libros para la metáfora de la vida. O libros para la calma. O libros para aposentar. O libros salvados de la quema. O libros para prender otro fuego. O libros para el alivio. O libros para tu escritura. O libros para la contemplación (la tuya misma) Llámalo de cualquier manera. Cualquier término es adecuado (la adecuación está en ti, no en ellos) Cualquier intención de nombrarlos vale menos denominarlos libros para la eternidad. El concepto eternidad -frágil, engañoso y adúltero- no casa con los libros. ¿Cuál cojo para evaporarme durante este tercer día de niebla?

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Aislamiento



Sigue la niebla.
Donde los ojos no llegan donde los trazos se borran donde los sentidos se pierden.

martes, 4 de diciembre de 2007

Flotando



Los días (laborables) de semanas cortas son intensos. No vives más que para la actividad por la que te pagan puterilmente (las formas de intercambio mercantil difieren en las formas pero no en su esencia ni en su contenido, donde el cuerpo siempre está en juego, ofreciéndose al mejor postor) Todo el cerebro (salvo un huequito loco que siempre intentas preservar) está al servicio de la causa ajena (la que te ha comprado, mediación de contrato, vía salvajismo ordenado o libre salvajismo) Las neuronas funcionan maquinalmente y se sirven del sentido del ridículo del hábitat (eso que se puede llamar yo) para navegar de forma vaga y desordenada. Sin especial entusiasmo. Pero ellas esperan otra navegación de ti mismo. Un curso que tenga atracción multidireccional, interés no sufragado, misterio innato, indagación tenaz, búsqueda apasionada. ¿Tanto? O tal vez sólo la sorpresa (se puede obtener por azar también) Las neuronas no son tontas (ni listas, son descargas compulsivas, aunque los neurólogos se empeñen en ver en ellas un plan en acción) Se activan de distinta manera, no sé si obran como eco del portador o si el portador se hace eco de sus llamaradas (porque las neuronas están cargadas de electricidad, y desembocan en fuego si el calor y la sequedad del territorio que las deja estar lo propician) Pueden desfilar como comparsas de lo obligado, de lo que ya se muestra programado y responde a los cánones: lo ya aprendido (más o menos) Pueden activarse (actius) para generar un esfuerzo superior pero más resolutivo: su capacidad de inventar. Inventar significa también manifestación, es decir, comportamiento: se sienten libres, descubridoras y estimulantes (si estimuladas, se sienten más agradecidas) El hábitat (siempre ese yo) lo nota y es por eso por lo que se siente diferente del ambiente donde la historia se repite (luego no es historia, sino estratificación, mera sucesión de acontecimientos en caída libre) Mientras atravieso los días densos, el huequito me reclama. Me paro intermitentemente, esto es, respiro hondo (si me acuerdo), miro el cielo (si está despejado), escudriño la niebla (más usual en esta época del año), recuerdo a individuos (si se dejan recordar), siento punzadas de melancolía (si recuerdo a individuos que se dejan recordar y que me son significativos), escucho el silencio (misterio: si no se oye nada, ¿cómo se puede escuchar?, pues sí), escucho a procesos neuronales complejos que suenan a ángeles (llámanse música clásica y también jazz), duermo en el olvido (la mejor manera de dormir), me enervo (a veces casualmente, a veces preocupándome por enervarme) en el deseo (es inevitable sentirse enervado por cierto tipo de deseo) y a veces hasta leo algo, poco, despacio, repitiendo la lectura (para que las neuronas vivan más por lo que hace sentir un texto que por su interpretación lineal) Y cuando me quiero dar cuenta, la densidad del día pierde sustancia. Y yo adquiero levedad. Como el hombre blanco de Lyonel Feininger. Flotando por la ciudad de los sueños.

lunes, 3 de diciembre de 2007

El innoble vivir, según Fonollosa



Darte de bruces con el viento inclemente.
El que existe.
Reconocer la calidad sincera de la materia de la que estamos hechos.
La irrenunciable.
Reconocerla sin alharacas sin justificaciones sin espejismos.
Abrir en canal la verdad innombrable.
No por no citarla es menos verdad.
Verter su sangre sólo para comprobar que es sangre y no espuma.
Espantar las moscas agitadas y recurrentes de la falsedad que tanto nos entretienen.
Reventar la moral cuya prédica no da luz sino tinieblas.
Auspiciar el vacío de un pensamiento que debe estar muy dentro de nosotros.
Que apenas se le reconoce que apenas se le agita que apenas nos conforma.
Deducir el provecho, esto es, la apetencia que se brinda a los hombres.
Ventilar las estancias malolientes que tanto deprimen los cerebros.
Aligerar la gravedad, echar un pulso con la culpa que tanto nos tortura.
Y que nunca sabemos por qué la hemos merecido.
Diseccionar, trocear y echar al retrete el ridículo discurso con que los poetas de la convención acceden a sus premios.
Hablar con claridad, en fin, que cuesta tanto y no cuesta nada cuanto te sueltas.
La especie es la especie, mírala a la cara.
Dejémonos de tonterías encubridoras y de cursis publicismos.
Qué tiene este poema de José María Fonollosa, qué tiene.
Y tanto me clarifica desde su desnudez y sin medias tintas.
Una barra rusiente donde yo veo -no leo- una plasticidad fuera de dudas.
Tal vez la vida está extendida sobre una mesa de mármol.
Ponemos y quitamos el mantel tantas cuantas veces nos place engañarnos.
El frío permanece.

Y el texto dice...


Amar es restregarse contra un cuerpo
sorbiendo secreciones y microbios.
Sentirlo cual babosa por un rato.

Comer es engullir descuartizados
cadáveres, a trozos, triturándolos
entre saliva y huesos. Y tragándolos.

Dormir es no existir conscientemente.
Tal vez lo único bueno si no fuera
que a veces algún sueño lo importuna.

Amar, comer, dormir. Unas palabras
que suenan como fiesta a los sentidos
y encubren suciedad, crueldad y angustia.

Y es esto lo mejor. E imprescindible.
Es innoble vivir. Pero en mi mano
está no ser un cómplice más tiempo.



(El poema es del poeta barcelonés José María Fonollosa (1922-1991), autor de Ciudad del hombre: New York y Ciudad del hombre: Barcelona. El poema pertenece a esta última obra. La imagen es una pintura de Ludwig Kirchner)

sábado, 1 de diciembre de 2007

Hornacina


Es posible que la máscara que asoma desde su templo de calle quisiera encarnar una verdad absoluta. Y ya se sabe que todo lo que suena a absoluto, si se recapacita, no es sino la expresión dogmática de la flaqueza no reconocida por los hombres. Pero yo no lo creo. Mi antigua veneración por las máscaras , lejos de causarme malestar o temor, está repleta de entusiasmo. Que el rostro se proyecte plásticamente, más allá de los rasgos con que la edad de la piel y el humor de cada día nos traiciona, siempre me ha parecido uno de los grandes logros de las culturas primitivas. Construir rostros simbólicos que sirvan para conjurar, exorcizar o invocar no son sino maneras de representación donde el hombre se relativiza.

Con frecuencia, a la máscara le ha acompañado la danza como una forma de representación complementaria. Que luego se manifiesten ejecutando rituales que dan significado a las necesidades, a las insuficiencias, a las aspiraciones o a los deseos no hacen sino cerrar el círculo de autodefensa que las tribus, sea cuales sean los tiempos y las culturas, ponen en práctica. Evidentemente, hay máscaras modernas que se fundamentan en las características psicológicas de los individuos, y exageran éstas hasta extremos surrealistas. A mi me apasionan sobre manera las africanas o las oceánicas, donde se incorporan elementos animales, y aunque mantienen una aparente estructura formal para ser acoplada por el hombre, adaptan rostros de leones, de antílopes, de tigres, de serpientes, en un abanico que va desde las reproducciones más realistas hasta las más abstractas.

Esta máscara de cemento que fotografié en una calle de cierta metrópoli, y que parece estar sacada de contexto, me dejó perplejo. Como el local cuya entrada presidía estaba cerrado a cal y canto y no había otra inscripción, me quedé con ganas de saber que quería designar. Lo que hizo que me admirara del todo fue el más y el menos presuntamente añadido a ambos costados de la máscara. ¿Se trataba del nombre del lugar? ¿Alguien añadió los signos para quitar calidad de absoluto al hieratismo de la cara? ¿Se trataba de incorporar elementos matemáticos a la plasticidad encajonada? ¿Se buscaba una lectura casi fonética? ¿Hay que leer la suma de los signos y la de la cara para comprender la acepción? Extraña hornacina a la intemperie cuyo regusto africano no se puede negar.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Días nonatos



Hay días que no nacen. Días que existen porque lo dice el calendario. O porque los mensajes en el outlook se acumulan sin respuestas. O porque te arrastra un ritmo de quehaceres que apenas te deja margen para comprobar si ha habido tránsito alguno del ayer al hoy. Días cuya fecundidad es absorbida desde el primer rasguño de la madrugada y no sobrepasan la oscura demarcación de la niebla. Días que no parecen amanecer nunca. Que intuyes que no van a llegar a ser. Y te pones en la calle y te dejas caer en el asiento de un autobús, donde cierras los ojos, porque tal vez no los has abierto todavía del todo. Quieres encontrar belleza en esa opacidad que envuelve en silencio los objetos. Pero no la ves. La ciudad no sabe representarse sino en la extraviada y ficticia luminosidad sobre la que se reproduce mercantilmente. La niebla que calza las aceras la ignora, la merma, la desprecia. Ha desaparecido toda huella de brillos, los perfiles de los grandes edificios no se tocan, los trazados se han extraviado en la turbulencia del caos. Desde tu apoltronamiento en un rincón del autobús, tu sueño que no cesa advierte otro paisaje donde la niebla es hermosa. Donde los recodos de los ríos y el espejo de las laderas adquieren la imagen de un manto que se va descubriendo generosamente a tu paso. Donde la boira se mueve en estratos ora veloces ora calmos que acaricia la geografía, pero también la mirada. Y te cautiva el curso silente de unas aguas, la carencia de sonidos, la ausencia de aire, la quietud de los ramajes. Tanta seda arrebujando un territorio que parece más bien un origen. Tanta recreación que simula un destino. Y tú te ves desplazándote y extendiendo los brazos con euforia para poseer los discretos filamentos de la luz que no logran traspasar el cristal por donde diriges, sonámbulo, tu caminar. Y abres la boca para que te afinen el paladar los olores que el rocío va ofreciéndote. Y desmadras tus pupilas para incorporar los tonos, los dibujos, las humildes arquitecturas de la naturaleza. Te divide de pronto una brusquedad. Alguien sacude tu hombro y te indica que aquella es la última parada. Afuera sigue la niebla y la percibes más densa todavía, y temes que va a cubrir de negrura y de alteración las horas que tienes por delante.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La durmiente



En su último sueño a ella le pareció escuchar pisadas quedas. Se le representaba el eco de un sonido apagado, como si fuera producido por el desfile ordenado de una serie de caminares pausados. No lo veía con claridad, pero le parecía que una pequeña legión de hombres articulados, como aquellos que los aprendices de dibujo utilizan con frecuencia para tener en cuenta las proporciones, se deslizaba una y otra vez arriba y abajo de su cuerpo desnudo. Cuanto más se aferraba a la almohada, más se repetían los paseos seriados de los hombrecillos inermes. Su trabajo como modelo en un estudio de pintura por las mañanas y en otro de fotografía por las tardes la había extrovertido de tal manera que ni sus sueños parecían propios. Ella se había entregado de forma tan exclusiva a la observación de aquellos ojos que intentan percibir las dimensiones del objeto y de aquellas manos que tratan de obtener los trazos o los encuadres, que era prácticamente el centro de una aprehensión. Durante las sesiones, ella se evadía reduciendo el pensamiento, espantando las tensiones, desvinculándose del círculo de artistas en ciernes. Eso sí, transcurrido el horario laboral, ella se transformaba espontánea pero convictamente en pura posesión de sí misma. Se recluía en su casa, cocinaba por el mero hecho de disponer de otro arte entre sus manos, acariciaba a su negro pastor belga, escuchaba sonatas, leía, se dejaba llevar sensorialmente por un aseo prolongado. A veces citaba a un pequeño grupo de amigos, siempre elegidos por ella misma, y en aquellas veladas que podían durar hasta bien entrada la medianoche se limitaba a observar a los invitados, hasta que ellos se convertían en sustancia parlanchina, en objeto de ebriedad pacífica, en amarga materia abandonada a sus soledades y confidencias. Pero los sueños la traicionaban. En los sueños su vida seguía siendo una prolongación de las miradas ajenas. Sólo que en ellos, era ella misma la que se contemplaba, la que se distanciaba y se aproximaba y se colocaba de perfil o debajo o aérea, para captar todos los ángulos posibles de su corporeidad. Nunca se veía reposando sobre un sofá o durmiendo en una cama, sino que en sus apariciones oníricas adquiría las posturas más intrincadas. Se veía yaciendo sobre el techo de un tren, postrada cómodamente sobre una tumba, rendida sobre las tapias de una obra en construcción, hecha un ovillo sobre el regazo del conductor del autobús, flotando sobre las ramas de un árbol de generosa densidad. Esa propensión a soñarse durmiendo en los sitios más aparentemente inestables la dejaban perpleja al despertar. Pero jamás se había sentido tan relajada, ni su cuerpo lucía tan esbelto al ejercitar los estiramientos de la mañana. Tras el último sueño aún le picaban ciertas zonas de la piel. Cuando se metió en la ducha tuvo que frotar con cuidado pero con tesón y firmeza sobre el eje de su propia columna vertebral. Las huellas recurrentes de aquella procesión de figurantes nocturnos no se habían borrado simplemente por el hecho de haber amanecido a un nuevo día.


(Creación de Zademack)

domingo, 25 de noviembre de 2007

Jacqueline


Valle, espíritu, inmortal;
se llama la hembra misteriosa.
El umbral de la hembra misteriosa,
es la raíz del cielo y de la tierra.
Sin interrupción,
parece existir siempre,
su eficiencia nunca se agota.


Quiere acabar etéreo el domingo. Se abandona y desconecta. O trata de entrar en otra dimensión. Se deja llevar por Jacqueline. Una manera de conjurar la actividad frenética que su condición asalariada le deparará los próximos días. Vibra en su propio silencio con los sonidos de Mendelssohn, Haydn, Saint-Saëns o Elgar. ¿O es la dinámica propia del violonchelo que no cesa? ¿Es la intérprete la que refunda a los monstruos de la composición? ¿En quién pensamos los oyentes cuando nos atraviesa la música? ¿En los creadores o en los intermediarios sin los que aquellos no existirían? ¿O ni en los unos ni en los otros? ¿Es tal vez nuestra receptividad la maga de la historia? ¿Es la caja emocional de cada individuo la que reconstruye para sí la música? Pero acalla sus preguntas. Sólo escucha. Sólo se conmueve. Cierra los ojos. No se ve. Se desposee de sí mismo.

(Una vez más, el Libro del Tao, al que corresponden los versos de entrada, es un buen manantial de sugerencias. A finales de octubre se han cumplido veinte años de la muerte de Jacqueline du Prés. Una vida ying yang: rica en creatividad, aciaga en la némesis que le esperaba. El oyente, agradecido a la parte que ella ha puesto en su alma)

viernes, 23 de noviembre de 2007

Fundido en blanco

























De quién huyes entre los detritus. O a quién recibes en el estercolero. Acaso se trata solamente de una carrera cuya ida y vuelta transcurre sobre la misma línea. El recorrido que no podrías hacer de otra manera. Demasiado endeble la estructura a tu alrededor. El barrio se desploma mientras te buscas la vida como si hubiera otra. Lo posible no es lo probable Si te alejas de él unas horas es para retornar con menos esperanza. Acosada por la luz intensa corres contra ti misma. Muchas bocas te preguntarán. Muchas manos te rozarán. Muchas miradas se deslizarán sobre tu piel. Sentirás ese desaire contra el que intentarás sobreponerte. La civilización de la apariencia nace con el residuo infecto dentro de sí misma. Su crecimiento es su agotamiento. Eso justifica que te aproveches. Tú tanteas las demandas. La brevedad se repite, te refuerzas en esa mínima idea: todo dura escasamente, todo sucede acordadamente, pero no siempre de manera leve. Tanta carrera por la misma estrechez te va consumiendo. Quizá lo controles, quizá sepas poner un límite. Quizá ese destello exagerado que te acucia se funda y el paisaje que te encuentres sea diferente. ¿Pero existe?

(Fotografía de Daido Moriyama)

jueves, 22 de noviembre de 2007

Contacto


(Indagaciones IV)

Su piel sonrosada ha sido tocada por el viento inclemente de la costa. Se ha tomado el día para acercarse hasta uno de los cabos más septentrionales. En el mesón le habían hablado de los faros que jalonan las radas dispersas, de uno de los cuales se dice que fue fundación vikinga. Quiere verlo. Ha madrugado y tras efectuar un breve recorrido en el tren que sigue ruta hacia la capital de la provincia ha tomado un taxi, que le ha conducido hasta la aldea de pescadores. Apenas se ven vecinos. Las tareas exigen dedicación a la gente activa y el clima sentencia el recogimiento de los ancianos en las casas. El día está claro, pero el viento se desplaza en líneas transversales y compromete el paso del caminante. Se sujeta el sombrero con fuerza; la bufanda aletea en torno a su cuello y el gabán ondula como todo su cuerpo, proa a los acantilados. Siente una humedad afilada troceándole las ingles. Anda a pie los escasos dos kilómetros que hay hasta el cabo. Los recorre quebrándose sobre los perfiles de un suelo rocoso, pobre en vegetal, nutrido por una capa de sal extremadamente densa. Mar adentro crece una neblina aparente que esconde la misma línea del horizonte. El faro simula antigüedad, pero no descubre en él la fama legendaria que le habían comentado. Tal vez es sólo mito. Y como todos los mitos se trata de palabra dispersa, de consumación de una historia en la que nadie cree ya y que no sirve para nada. Los mitos tienen sus límites. A veces simplemente caen en el olvido o hibernan esperando otro tiempo, otra oportunidad donde tener de nuevo un significado para los hombres. Piensa que acaso está reconstruido. Demasiadas guerras en el siglo y en los anteriores como para pretender que permanezca incólume. Puede que ni siquiera sea aquél el emplazamiento antiguo. Ni siquiera los faros encarnan la referencia inasequible, en tiempos en que las banderas, los himnos y las doctrinas se muestran quebradizas. H. Winckelman se palpa escéptico hasta de las piedras. Valora los monumentos en su justa apreciación; no gusta de convertirlos en símbolos aunque se extasíe ante ellos. Se sorprende por la base cuadrangular del faro. Un edificio, más que un armazón, de piedra y ladrillo rematado por un lucernario amplio que vigila todas las puntas de la rosa de los vientos. Ha llamado al pequeño portalón, pero nadie le ha respondido. Tal vez esté abandonado porque ya no cumpla las tradicionales funciones; tal vez las técnicas modernas suplen la presencia continua del farero; o acaso éste se ausenta para echar un pulso a su soledad y encontrarse con alguna mujer. Son pensamientos posibilistas con los que pretende demorar la espera. Sentado en el escalón de la torre agudiza la mirada sobre un paisaje borroso que apenas se advierte. El viajero espontáneo siente cierta frustración por haber llegado hasta aquel alejado remate de la costa y no haber visto el faro por dentro. Le hubiera gustado charlar con el ermitaño que debe vivir allí, pero como nada hay irreparable lo deja para otra ocasión. Al emprender el retorno pasa al lado de un pequeño cementerio. Entra. O hace mucho tiempo que no se muere nadie o es que no hay nadie para morirse, discurre jugando con la frase. Hay una tumba donde los nombres se leen con dificultad, pero cierta cita le requiere. En tamaño más grande, una letra gótica estampa un epitafio irreversible:
Porque el Amor es duro
Como la Muerte
El Deseo es despiadado
Como el Sepulcro
Ha vuelto tarde al pueblo, pero aún no ha anochecido. Está cansado físicamente, y sin embargo mantiene el temple. Se deja afectar por un impulso. Decide pasar por su casa heredada antes de recogerse. La proximidad de la noche le impone por primera vez una idea constructiva. Debo hacer que me instalen la electricidad, se le ocurre. Prende un carburo que le han prestado. Una vez más, proyectando la sombra de su cuerpo flaco sobre las paredes descascarilladas, asciende hasta el sobrado. Eleva y baja el carburo, mira a todas partes, se fija con más atención en los objetos abandonados. Sacude la capa mugrienta que oscurece aquella silla, y agita con levedad la maleta abandonada, que ahora le parece más nueva, más intacta. Acaricia una de las cerraduras y se deja llevar por el contacto frío del metal. Pulsa la pestaña. Se ve atrapado en la tentación. Duda. Prende en él cierta agitación. El carburo mengua y da las últimas señales de vida. Sigue acariciando a oscuras la superficie de tela verde. Escucha su propio respirar calmo. ¿Por qué recuerda la cita de El Cantar de los Cantares de Salomón que leyó esa tarde sobre la tumba del frío cementerio?

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Topografías


(Indagaciones III)


Los paseos ocupan la mayor parte de su tiempo. Esa carencia de obligación alguna que ni dirija ni coarte sus pasos le dota de una sensación inhabitual, que poco a poco se va convirtiendo en relajante y gozosa. Por primera vez desde hace muchos años se ha desposeído de la manía por programar sus actos y por adecuar las horas a quehaceres y compromisos. Se diría que está protagonizando una excursión inesperada no sólo a otros territorios sino sobre todo a su propia alma. Para escasamente en el mesón; lo justo para comer, si le viene a mano, y sobre todo cuando llega la noche. Empieza a ser conocido en el pueblo, pero las murmuraciones no llegan todavía a sus oídos. Tampoco presta demasiada atención, ni indaga. Es como si no quisiera mediatizarse, como si deseara que su búsqueda no fuera interferida por los recelos, las preguntas inoportunas o las miradas desconfiadas. Todas las mañanas se acerca diligente hasta la casa antes de emprender una caminata. La recorre de arriba a abajo, mide con sus largas zancadas las estancias, sube las escaleras del primer piso, se llega hasta el desván. Pero ni siquiera toca los muebles cubiertos de polvo. Abre ventanas y puertas, luego las cierra con apresuramiento, o se olvida y quedan abiertas de par en par. Baja a los abandonados cobertizos del ganado, desciende a la bodega. Las viejas barricas, vacías, están cubiertas de telarañas, pero permanece un olor a vino intenso. Sale al huerto y descubre los desastrados caminos que comunican unos cultivos con otros. Luego se aproxima hasta el modesto afluente, junto al que permanecen viejos pozos sin uso, con las bombas cubiertas por el óxido. Distingue los frutales, los manzanos, los cerezos, las higueras, los nogales, los ciruelos. Advierte algunas fresas salvajes que crecen soterradamente por las veredas. Contempla los chopos que, como veteranos estandartes, aún conservan los trenzados del lúpulo sobre sus troncos. Lo mira todo con admiración y con sorpresa, desechando pretensiones propietarias, desestimando poner en marcha ningún plan. Su observación meticulosa y fotográfica es tranquila. Como si no tuviera intenciones de modificar nada, como si quisiera escuchar simplemente a las plantas, a los árboles, a la tierra yerma. Como si tratara de imaginar aquella casa y aquel suelo en toda la plenitud de los tiempos habitados, activos, fructíferos. A veces se detiene largos ratos y se sienta sobre una piedra de molino en medio de aquel rincón silente. Cercado por el rumor delicado del arroyo y la hojarasca que se cimbrea entre los chopos, cree oír risas de niños, llamadas femeninas, entrecortados jadeos, alguna que otra blasfemia de los que mantenían con esfuerzo la huerta. Tiene que haber nombres tras esos sonidos, piensa. Tiene que haber lazos que nunca hubiera esperado que se vincularan con mi vida, piensa. Paulatinamente va levantando una topografía imprecisa de sensaciones. No tiene intención de que la materia se imponga al discreto olvido imperante en el lugar. Él no ha llegado allí para resucitar a los muertos. Ni para restituir memorias que resuenen sobre los oídos que ya las percibieron antes. No sé bien qué estoy pisando, pero este lugar desierto me habla, sueña.


(Pintura de Ludwig Kirchner)

lunes, 19 de noviembre de 2007

Extravío



(Indagaciones II)


Mi apreciado Ludwig. Imagino que me habrás echado en falta estos últimos días en el café Kolster. Mi desaparición repentina no tiene nada que ver en absoluto con la última discusión que mantuvimos en la tertulia. Sabes de sobra que llevo con buen talante las discrepancias y las subidas de tono de los contertulios de siempre. Mi madurado escepticismo me tiene sobradamente vacunado. Es verdad que a veces soporto con dificultad los aires proféticos de alguno de los asiduos. Y que me cuesta aceptar las intenciones impositivas en que se transforman algunas de las opiniones expuestas, que rompen el relajado tono coloquial que siempre ha caracterizado a nuestro grupo. Sé que tal como evolucionan los acontecimientos en nuestro país no cabe esperar ya demasiado desenfado y tranquilidad a la hora de comentar los mismos. Hace tiempo que el ambiente se ha enrarecido en todos los foros, y la prensa no es algo ajeno a ello. Siempre he creído que los avatares políticos inmediatos no deberían alterar nunca la capacidad de visión de las cosas. Y mucho menos empañar la clara trayectoria de conversación que ha caracterizado a nuestros cafés. Además, creo que todos nosotros, bien por la edad, bien por nuestra posición social, más o menos desahogada, bien por nuestro espíritu burlón y crítico, bien por los años que llevamos vinculados, hemos sabido contemplar con espíritu festivo y placentero todo cuanto nos rodea. No sé por qué tendríamos que cambiar ahora, salvo que algunos personajes advenedizos, que se presentan de improviso con abundancia de ideas ponzoñosas y arcaicas, pero revestidas de apariencia de modernidad, nos agüen el estilo mesurado que siempre hemos practicado. Ciertamente este tipo de individuos exhiben más la ligereza de una lengua verborreica que una supuesta y deficiente capacidad de análisis, y creo que ese estilo puede perturbar no sólo nuestros encuentros, sino que si cunden en otros planos de la vida social, puede envenenar las mentes de los menos duchos en ejercitar el pensamiento. Prefiero no darle muchas vueltas a ello, porque me invade cierta inquietud y puedo ser presa de un desánimo contra el que había pensado siempre que estaba curado. Pero yo no me he ausentado de pronto por ninguno de estos motivos. Cierta comunicación judicial me ha obligado a viajar repentinamente a este perdido lugar de la costa norteña. Como tú sabes no soy persona dada a alterarse por novedades que la mayor parte de las veces no son tal. Pero esta vez, el reclamo acerca de una diligencia extraordinaria e inesperada me ha motivado a reaccionar con premura. No sé aún por qué pero me ha sido concedida cierta propiedad de la que yo ignoraba su existencia. Apenas he tomado contacto con el lugar y no me he apresurado tampoco a averiguar los motivos. Ya tendré ocasión. Creo que de momento me desborda la buena nueva y el simple cambio de aire me deslumbra. Dispongo de las llaves de la casa, sobre cuyo interior ni he hecho inventario alguno todavía ni he revisado el estado general de la construcción. Detrás hay también una huerta amplia, con una amplia chopera, que está delimitada por un río cuyo caudal es bajo, pero al menos el agua corre limpia. Es obvio el abandono tanto de la edificación como del terreno, pero eso no me importa demasiado ahora mismo. Me alojo en un pequeño mesón próximo, cuyos dueños muestran una forzada simpatía que no oculta una mal disimulada desconfianza. No me sorprende; toda la vida habrán estado acostumbrados a los anteriores habitantes de la casa y no es fácil aceptar a un recién llegado del que no saben de dónde sale ni para qué viene. Probablemente sea para ellos un entrometido al que hay que atender pero con el que hay que mantener distancias. En las escasas fechas que llevo aquí he dado algunos paseos, lo que me ha permitido situar la pequeña finca, así como conocer los pueblos próximos. No sé qué me pasa, pero es como si me costara tomar posesión, ¿se dice así?, de esta herencia misteriosa. Mi presencia toma el aspecto de una amplia circunvolución, como la que llevan a cabo las aves de las cumbres, realizando vuelos de aproximación sin acabar de precipitarse sobre presa alguna. Es como si quisiera encontrar la explicación de lo que hay dentro rodeando los sucesivos entornos: la aldea, los campos, las riberas, las colinas, las hondonadas que acaban conduciendo al mar cercano. No podría decirte mucho más. Cuando hice el viaje pensaba que sería una cuestión de ida y vuelta. Ahora mismo ignoro si me quedaré pocos o muchos días. Presiento que un recóndito magnetismo me retiene. Me siento extraviado. La frialdad de esta zona es diferente a la de nuestra región; la luz es más tenue pero más temprana; la fragancia de los campos se mezcla con la que llega del mar y me produce una enajenación embriagante. Mañana me acercaré hasta un faro que no dista demasiado de aquí, desde cuya posición me han dicho que se contemplan las costas escandinavas. Te iré contando. Justifícame ante el resto de la tribu del Kolster. Diles que discutan sin mi.

P.D. En el remite del sobre podrás ver la dirección de la pensión donde me alojo. Creo que es mejor que dirijas tu correo a esas señas, porque no tendría sentido todavía hacerlo a otra parte.
Afectuosamente,
H. Winckelman

sábado, 17 de noviembre de 2007

Legado


(Indagaciones I)

En la penumbra del desván, la última silla de los moradores desconocidos. Salvada del destrozo, hoy sólo sostiene una vieja maleta. Una mirada reseca avanza entre la suciedad y unos escasos trastos. Un cuerpo delgado, de caminar rendido y escéptico, se escurre sobre el piso evitando chocar con los objetos. Sus pasos dudan, sus pasos deciden. Ha levantado la persiana y dispersado la aureola de polvo. Al abrir la ventana penetra el aire gélido de la costa báltica. Mientras ventila la habitación presiente que está hurgando también en los recuerdos y tal vez esté rescatando enigmas. Demasiadas sombras en su pasado. Demasiados pecios de los que preferiría librarse. Siente el temor de que se catapulten sobre él nuevas oscuridades. Pero, ¿y si lejos del pesimismo que siempre le ha caracterizado encuentra algún signo, alguna explicación que arroje luz sobre su atormentada vida? No ha llegado en vano hasta allí para liquidar los restos que le pertenecen. Él fue el primer sorprendido cuando cierto juez de provincias le citó para comunicarle que era el heredero de una pequeña propiedad. Apenas reaccionó. Hace años habría hecho planes, habría llamado a algún amigo funcionario para que le aclarara el alcance de lo que iba a recibir. Habría corrido a localizar a una amiga para celebrarlo. Sin embargo, hoy la perplejidad no desbarató su capacidad de autocontrol. Ha tenido que informarse en una oficina estatal para enterarse de dónde caía la aldea. Ni siquiera había estado nunca por esta parte del país. El viaje no le ha hecho sentir emoción alguna. Sólo curiosidad, y mucha confusión. No le atrae la idea de un inmueble y de unas tierras que pueden mejorarle la vida. ¿Para qué querría él enriquecerse a estas alturas de su desilusión? Y no obstante hay una llamada oculta que le inquieta. Su lentitud es una mezcla extraña de prudencia y de turbación. Sospecha que hay otros significados tras un título de propiedad. ¿Quién ha podido legarle aquella finca y por qué? Según se va haciendo a la casa, un abanico de interrogaciones contenidas se va desplegando dentro de su mente. Pero no quiere pensar todavía en nada. Quiere contactar con un paisaje que le había sido ajeno. Contempla la pequeña huerta abandonada al pie del viejo edificio. Otea las colinas suaves que abren entre ellas un pasillo donde la luz adquiere un tono ligeramente añil. Donde la brisa, glacial y directa, arroja sobre su rostro una humedad cuyo aroma desconoce.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Noche Tao


Noche de meditación. Echar mano del Libro del Tao. Lao Zi o el arte de penetrar en la ambigüedad de los significados. Lao Zi o el dominio de los complementarios. Lao Zi o la transformación de las cosas en su contrario. Lao Zi o la llamada a la quietud del ser. Lao Zi o la observación del vacío. Lao Zi o el gobierno de la no-acción. Lao Zi o la antilectura. Lao Zi o el camino. Para mi un alto provisional y fugaz en mi camino. En plena hora nocturna y fría tomar una página del Libro del Tao te desconecta. Tus tribulaciones se calman, tus deseos se atemperan, tus sueños se disuelven. Y lees cosas como éstas que, acaso a imagen de todas las palabras tejidas por los hombres, seguramente no están libres de toda sospecha. Pero como tantas palabras de los hombres, las utilizas para incendiar la imaginación o para calmar la agitación interior o para iluminar la desorientación que te confunde.

Las palabras verdaderas no son agradables,
las palabras agradables no son verdaderas.
El saber no es la erudición,
el erudito nada sabe.
El bien no es lo mucho,
lo mucho no es bueno.
El sabio no acumula;
obrando para los otros,
tiene cada vez más;
dando a los demás,
posee más cada vez.
Es propio del
dao
del cielo,
beneficiar y no causar daño;
es propio del
dao
del hombre,
actuar y no luchar.

(Cuadro de Durero sobre la escena mítica de Jesús entre los Doctores)