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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 26 de diciembre de 2007

Schwob a Monelle



Mi apartada Louise, ¿o debería llamarte ya para siempre Monelle? Desde que decidiste abandonarme luctuosamente, o tu endeble salud decidió por ti, no ha habido día que no haya tenido que combatir contra una suerte de desesperación melancólica. El abatimiento me ha roto la vida ordinaria y no hago más que dar tumbos de un lado a otro, sin encontrar la calma. Mis amigos no me aguantan y mi familia ignora la crisis que me devora. Sólo las huellas ocultas que dejaste en mi corazón me han acompañado como una dulce pero tortuosa cadencia. Para bien y para mal de mi acontecer cotidiano, tu recuerdo impregna con intensidad cada latido y cada ejercicio de respiración de mi cuerpo. Intento reconducir el recuerdo de mi vida contigo hacia los días felices, si así pudieran denominarse las horas en que nos encontramos y en que acariciamos nuestra mutua soledad. No dudo que fue el azar el que nos vinculó, si por azar puede entenderse la vida desordenada de joven a la búsqueda de la diversión fácil que yo arrastraba y el estigma de la miseria que a ti te perseguía. No sé en qué momento dejaste de ser una mujer más que te vendías, ni si te entregaste de manera diferente a mi porque intuías que era posible satisfacer una necesidad superior a la que te ataba habitualmente. Tampoco yo supe nunca por qué me dejé atrapar en tu belleza, a pesar de que ésta no siguiera los cánones de la gente que exhibía su aparente bonheur y aunque no estuviera a salvo de las marcas que la pobreza infringe. Tal vez me sentía atraído porque yo percibía como más hermosa la ternura y la entrega sincera que el intercambio de la belleza y la ordenada pulcritud de la buena posición. Es por eso por lo que cuando te tuve en mis brazos no eras la chica que se arrastraba a cualquier precio para sobrevivir, sino la mujer que yo necesitaba amar. No puedo olvidar cómo, cuando envolvíamos nuestros cuerpos bajo aquella manta sebosa para protegernos de las gélidas noches de invierno de la ciudad, tu arduo respirar se introducía en mi pecho y yo te compensaba con mi abrazo del abandono en el que siempre habías habitado. Eran tan importantes para nosotros los silencios como las conversaciones en la que nuestros mundos se mostraban dispares y sin embargo se buscaban. Ambos procedíamos de dos frialdades. La tuya, más total. Carecías de calor físico y de calor sentimental. Ni tu familia te protegía ni procuraba por ti; antes bien, eras tú en tu condición de paria que trataba de ganarse arriesgadamente la vida, la que aportaba al clan lo que no se merecía. Estabas sola. Los hombres no te tutelaban ni te trataban con generosidad, sino en la medida en que tú les facilitabas el intercambio y se sintieran satisfechos. Cuántas veces te vi deambular por las esquinas de aquel barrio aciago donde sólo vivían bien los transeúntes burgueses que iban a comprar parte de tu vida y de las otras mujeres que se ofrecían como tú. Cierto que frecuentabas la amistad, casi refleja, de otros que pertenecían a tu mundo, algunos de los cuales se hallaban ya en situación sumamente deprimida. El olvido se había cebado en ellos, y la condición de ciudadanos les era negada de manera más vil que a muchos animales de carga. Es posible que al principio me acercara a ti porque me apremiaba satisfacer el ciego deseo de manera fácil. Pero sí puedo asegurarte que incluso aquel día te elegí porque tu mirada emitía un fulgor que no tenía que ver con la oferta. De la impronta del pasado sobre tu cuerpo sólo se libraban aquellos ojos claros y húmedos que rescataban a la niña que aún llevabas dentro. Mi frialdad, en cambio, no emanaba de la necesidad más perentoria ni del abandono ni de la marginación. Tú nunca entendiste por qué yo, que lo tenía todo, que pertenecía a una familia pudiente, que venía de una ciudad media de provincias, podía sentir que me arrastraba en un desierto de afectos. No lo hubieras entendido jamás, y con toda razón, porque lo mío, aun no dejando de ser soledad, provenía de una vida cómoda y llena de satisfacciones materiales. Justo esa propiedad que nunca alcanzaste a poseer tú en esta tierra. Bendigo esa confluencia de frialdades que produjo nuestro encuentro y nuestra complicidad durante estos escasos y cortos tres años. No he podido atajar tu precaria salud ni he logrado disponer para ti de una vida material más digna. Es probable que mi egoísmo haya sido insuficiente para elevarte. Pero si durante este tiempo en que hemos hecho de nuestro encuentro una sola vida has hallado un calor y un afecto que te habían sido negados antes, me sentiré compensado por ello. Mis lamentos en los oídos de los demás ya no me sirven. Debo callar, debo implorarte de otra manera, debo conducir tu recuerdo y mi melancolía a otro territorio que salve. Debo rendir culto a la piedad y cerrar mis cicatrices como si fueran las tuyas propias. Podría empezar escribiendo, por ejemplo:

“Monelle me encontró en la llanura por donde andaba errante y me tomó de la mano.

- No vayas a sorprenderte, dijo, soy yo y no soy yo;
Volverás a encontrarme y me perderás;
Una vez más acudiré a vosotros; porque pocos hombre me han visto y ninguno me ha comprendido;
Y tú me olvidarás y volverás a reconocerme y me olvidarás...
Y Monelle dijo también: Te hablaré de las niñas prostitutas, y sabrás el comienzo"


(Fragmento, que pudo ser, de una carta imaginaria de Marcel Schwob para dar origen a su obra autorredentora El libro de Monelle, publicado en 1894 en París)

(Acompañando un retrato del pintor expresionista alemán Ludwig Kirchner)

2 comentarios:

  1. Fackel, la carta parece casi hasta real. O existente, como quieras llamarlo. Buscaré el libro, me gusta que me descubran cosas nuevas. Suena apasionante. Un abrazo y que el año inmediato te sea propicio.

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  2. Schowb es un autor un tanto maldito. El primer malditismo es el desconocimiento. El segundo, que alguien lo pretenda borrar. Pero es sugerente, tiene imaginación y prospecta. No digo nada más. Prueba. Un abrazo y salud plena.

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