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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 31 de diciembre de 2007

Desalambrar


Alzar alambradas en el mar puede ser la otra versión de poner puertas al campo. Lo que antes parecía un imposible ahora no está tan claro. Y no sólo en el territorio de las metáforas y de las realidades virtuales. Las tecnologías pueden lograrlo de una manera u otra, al menos para limitar a los hombres (no digo ya para reducir a más especies) ¿Se imaginan una naturaleza que se viera sólo a través de vallas y cercas y enrejados? Una vez hice un recorrido por un país hermoso, pero cuya hermosura quedaba cautiva por el afán de unos hombres de imponerse sobre otros. Los amaneceres sazonaban de oro el mar y los atardeceres hacían refulgir en plata el oleaje. El cielo se iba apagando entre sollozos y las nubes pasaban veloces para no ser atrapadas. Los habitantes de aquel territorio circulaban mirando de reojo. No era necesario que se les prohibiera mirar de frente. Ellos mismos lo evitaban, porque presenciar la belleza demediada y rota la hacía más inalcanzable. Y sufrían. Y además no se reconocían ya si no era en lo que habían mirado abiertamente en otro tiempo. Todos esperaban ansiosos la llegada de la noche. Estas gentes, que habían sido siempre tan madrugadoras, tan prestas a observar los tonos cambiantes de la luz durante el día y a través de todas las estaciones, tan dispuestas a la actividad a cielo descubierto y a paisaje infinito, deseaban ahora el reino de las tinieblas. A la caída del atardecer, la oscuridad iba cubriendo el mar y la vegetación y el despliegue de las pequeñas radas, pero el sonido del mar permanecía en su ritmo inalterado. La alambrada no podía ocultar el rumor de las olas ni su altura impedía el desfile disperso de las estrellas. Entonces, los pobladores dejaron de dormir por la noche. Se entregaban silentes a la audición del océano. Sus altibajos, sus marejadas, sus tormentas eran objeto de receptividad por parte de los hombres. Los más viejos vinculaban la música del océano con sus recuerdos, y reconstruían el paisaje sin límites. Los que nunca habían conocido la libertad de la contemplación reinventaban su mundo con ayuda de los ancianos. En aquel viaje muchos me preguntaron cómo era el mar allí de donde yo procedía. Pero yo no sabía qué decirles. Su ardid se dotaba de un esfuerzo en que la imaginación desbordaba lo real, y yo no quería interferir. Entonces, me uní a ellos. Me acurrucaba por las noches junto a otros vecinos de los lugares por donde me desplazaba, y veía los movimientos horizontales del piélago a través de su poderoso murmullo. Y tocaba con mis dedos los genuinos destellos de los astros. Al salir el sol la alambrada seguía existiendo, pero la gente no percibía un horizonte enverjado. La noche y los sentidos les habían obsequiado con un nuevo destino.

2 comentarios:

  1. Las alambradas siempre tienen algo intrigante, más allá de la frontera que simbolizan, es quizá el paso del tiempo.

    Saludos Sr. Fackel

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  2. ¿Y eso? ¿Cabe mayor explicitación?

    Puedo asegurarte y aseguro que cuando era pequeño no había alambrada que se me resistiera. Siempre era posible un boquete por abajo (más cómodo) o escalarlas si no eran muy altas (más arriesgado) Era parte del juego...y ahora que vd. me lo hace pensar ¿sería parte de la transgresión del tiempo?

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