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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 1 de diciembre de 2007

Hornacina


Es posible que la máscara que asoma desde su templo de calle quisiera encarnar una verdad absoluta. Y ya se sabe que todo lo que suena a absoluto, si se recapacita, no es sino la expresión dogmática de la flaqueza no reconocida por los hombres. Pero yo no lo creo. Mi antigua veneración por las máscaras , lejos de causarme malestar o temor, está repleta de entusiasmo. Que el rostro se proyecte plásticamente, más allá de los rasgos con que la edad de la piel y el humor de cada día nos traiciona, siempre me ha parecido uno de los grandes logros de las culturas primitivas. Construir rostros simbólicos que sirvan para conjurar, exorcizar o invocar no son sino maneras de representación donde el hombre se relativiza.

Con frecuencia, a la máscara le ha acompañado la danza como una forma de representación complementaria. Que luego se manifiesten ejecutando rituales que dan significado a las necesidades, a las insuficiencias, a las aspiraciones o a los deseos no hacen sino cerrar el círculo de autodefensa que las tribus, sea cuales sean los tiempos y las culturas, ponen en práctica. Evidentemente, hay máscaras modernas que se fundamentan en las características psicológicas de los individuos, y exageran éstas hasta extremos surrealistas. A mi me apasionan sobre manera las africanas o las oceánicas, donde se incorporan elementos animales, y aunque mantienen una aparente estructura formal para ser acoplada por el hombre, adaptan rostros de leones, de antílopes, de tigres, de serpientes, en un abanico que va desde las reproducciones más realistas hasta las más abstractas.

Esta máscara de cemento que fotografié en una calle de cierta metrópoli, y que parece estar sacada de contexto, me dejó perplejo. Como el local cuya entrada presidía estaba cerrado a cal y canto y no había otra inscripción, me quedé con ganas de saber que quería designar. Lo que hizo que me admirara del todo fue el más y el menos presuntamente añadido a ambos costados de la máscara. ¿Se trataba del nombre del lugar? ¿Alguien añadió los signos para quitar calidad de absoluto al hieratismo de la cara? ¿Se trataba de incorporar elementos matemáticos a la plasticidad encajonada? ¿Se buscaba una lectura casi fonética? ¿Hay que leer la suma de los signos y la de la cara para comprender la acepción? Extraña hornacina a la intemperie cuyo regusto africano no se puede negar.

3 comentarios:

  1. Bon dia Fackel. Debió ser un hallazgo sorprendente, tal como lo indicas. Pero no te fíes, hoy la publicidad utiliza todos los recursos posibles, echando mano de totems y tabús. Aunque dejemos la puerta abierta a la creatividad y no sólo al maniqueísmo. Salut.

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  2. Ah, Paralelo, la ciudad se debe llamar Barri Gòtic, o así...pero no recuerdo en qué calle estaba.

    Claro, Ferrán, claro. Pero la publicidad no inventa nada, y sin embargo como barra de acero (¿o es más débil?) trata de atravesar el espejo de cada ciudadano. ¿Por qué iban a estar libres las máscaras? Todo vale, todo sirve (podría ser el lema de la publicitas)

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