"Veni Creator Spiritus, Mentes tuorum visita, Imple superna gratia, Quae tu creasti, pectora".
("Ven, Espíritu Creador, Frecuenta las almas de los tuyos, Llena de elevada gracia, Los corazones que has creado")
Rabano Mauro o Rabanus Maurus Magnetius (776-856) Himno medieval Veni Creator Spiritus.
Fue aquel largo silencio lo que le habló. Aquel apartamiento de las labores cotidianas. La separación de otros individuos. La huida del tiempo. La congelación de su memoria. Ni siquiera aceptó la contemplación del paisaje. Sabía de otros que habían subido a una montaña, o se habían ubicado al borde de un acantilado, o de quien encontró refugio solitario en una cueva ancestral ignorando la huella de los que la habitaron milenios antes. En principio solo tenía en la mente una imagen, que en realidad era palabra, que se correspondía con su situación. Silencio. Pronto se hizo acompañar de otra, también con su calidad de vocablo. Nada. Dos imágenes verbales difusas primero, precisas dentro de sus límites más tarde, que se complementaban. Una, como ámbito protector de su cuerpo y su existencia. Otra, como alcance de un deseable estado nuevo que alimentándose no obstante de su descomposición no por eso abandonaba en su totalidad la nostalgia del hombre pensante que había sido. El silencio le reconfortaba pero la nada le atraía arriesgadamente. Si no estoy muerto es que aún no he alcanzado la nada, se dijo un día. Ahí le salió de nuevo el hombre pensante. Si llego a la nada no tiene sentido el silencio, o bien adquiere todo su sentido, el de su condición definitiva e irrevocable. Cuanto anteriormente le había tentado ya no le acuciaba. Cuanto hacían otros hombres para justificarse ya no le atraía. Ninguna de tantas ficciones que la humanidad había ido generando a través del tiempo y sus culturas le significaban, aunque le complacía la estética que habían alcanzado para mantener y divulgar su invención. Había dejado atrás todo discurso que pretendiera explicar de una sola manera, o en una única dirección, el hecho de vivir y de afrontar la vida. Había dejado de lado todo tipo de personificación que otros habían diseñado y elevado a rango de divinidad. Había ignorado la supuesta y discutible bondad de una especie que solo era capaz de sobrevivir enfrentada a sí misma, incluso del modo más taxativo y sangriento. De ahí que se viera tan urgido por habitar el silencio. De ahí que le atrajera de modo tan obsesivo la existencia de la nada. De ahí que no supiera encarnarse en un estado salvífico, simplemente porque no existía. ¿Fue en ese estado de conciencia, o de privación de su conciencia, cuando imaginó un himno, una invocación, que le permitiera reecontrar los caminos de una resurrección de su ánimo? ¿Eran aquellas piruetas mentales el signo estimulante que le hablaba de una recreación en la belleza? Si sobrevivir es imaginar, se dijo a sí mismo, ni el silencio ni la nada me consuelan. Pero me dan la clave.
* Heinrich Maria Davringhausen. El acróbata. 1920

Un texto que invita a detenerse, a escucharse y a reconocer que, a veces, la búsqueda de sentido empieza precisamente cuando dejamos de perseguirlo.
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