lunes, 31 de marzo de 2014

Transcurso de las palabras

















...las palabras transcurren a través de parte de los canales que también se ofrecen al alimento o al amor...¿será porque, sean migajas o banquete, las palabras acuden siempre al rescate del hambre de los hombres?


En recuerdo de los cien años del nacimiento de Octavio Paz.



miércoles, 26 de marzo de 2014

Piedra y agua




















...reivindico la dignidad de las cunetas frente a la vanidad de las catedrales.

Eso he dicho en la entrada anterior. Imbuido por el espíritu de León Felipe siempre he adorado más el guijarro pequeño que la montaña pétrea incomensurable. Pero ese sentimiento es anterior a saber del poeta zamorano. Tal vez la culpa haya sido de mis pasos no prolongados pero sí frecuentes por Ávila en la infancia. Allí percibí por primera vez las dos dimensiones. La de las piedras pequeñas y la de las grandes rocas arraigadas en el subsuelo y que emergen como icebergs de granito. Luego hay una tercera dimensión, la de sus construcciones históricas. La abundancia de piedra fue utilizada por las instituciones de las diversas formas de poder (nobleza, Iglesia, monarquía) para alzar sus símbolos de grandeza. Llámense murallas, calles, templos, palacios todo ello era, es, una prolongación de la piedra y del oficio. Me gustaba admirar y sorprenderme con cada edificio, por fuera y por dentro. Mirar de manera absorbente los ángulos de las arquitecturas y los detalles de las decoraciones. Pero lo inevitable era, y lo sigue siendo, tocar siempre la piedra. Sin palpar muros y columnas es como si mi visión estuviera incompleta. La piedra fría me impregnaba de calor. La piedra, ¿médium u objeto en sí misma? Las leyendas me condicionaban y me atraían. La humedad latente en el subsuelo de aquella catedral, que se hacía notar en las losas del pavimento, nos conducía a soñar. Es una extensión de la laguna de Gredos, me decían los mistéricos. Y fantaseábamos con reinos poderosos del submundo, con enigmas sin resolver, con demiurgos más allá de los mortales artífices, demorando siempre la explicación. Pero la piedra y el agua me parecían no tanto recursos para generar imaginación como elementos para vincularme a la tierra. Así descubrí que en aquello también había raíces.





martes, 25 de marzo de 2014

¿Ellos no fueron artífices de una democracia?






...ellos no fueron artífices de la transición...fueron víctimas dos veces...una de sus asesinos y otra de una transición y de una democracia que poco han hecho por reconocerles y sacarles de su olvido...

...para ellos no hay catedrales; ni siquiera cementerios donde yacer; sólo existen cunetas

...invoco la dignidad de las cunetas frente a la vanidad de las catedrales

...¿cómo olvidar que fueron artífices de un cambio social que intentó dar el salto de la ignorancia, el atraso y la injusticia desde la plena legitimidad y legalidad republicana hacia una nueva España sin analfabetos, sin caciques y sin tiranos?

...pero no les dejaron; su memoria sigue pesando

...pesándonos















































lunes, 24 de marzo de 2014

Bertold Brecht: ¿sólo él forjó la democracia?

















Nada más leer el titular noticiable (vendendor de noticias) pero exagerado (desfiguración o desajuste con lo profundo real) de El País (Suárez: forjador de la democracia) de hoy me viene a las mientes el poema de Bertold Brecht. Aquél que cuestiona de modo tan preciso, por medio de preguntas aparentemente ingenuas pero directas, la visión maniquea de la historia. Sí, aquel poema Preguntas de un obrero ante un libro. Y embutir entre el verso ¿Quién cocina los banquetes de la victoria? y el siguiente ¿Quién paga sus gastos? uno nuevo a la española que diga ¿Sólo él forjó la democracia? 

Me gustaría leer los próximos días algunos análisis y valoraciones libres e independientes sobre la muerte de un célebre agente político de la clase política (y oligárquica, no olvidar al servicio de quién estuvo) Que varios días antes de su muerte se estuviera hinchando el globo informativo, digamos, y en principio incentivados por la familia, ya es sospechoso. Los que vamos siendo viejos y hemos conocido múltiples tonos de artes y ardides de la llamada manipulación de masas solemos pensar mal por sistema. Qué mala pata. Ahora vendrá la parafernalia del duelo, los funerales, la vindicación unitaria del papel de aquel gobernante que fue. ¿Gratitud inocente nada más? Lo curioso es que los mismos -o sus descendientes de partido- que se lo cargaron del gobierno del país no harán regateos ahora en hablar exageradamente bien del hombre muerto.

Puede que la familia tenga una herida profunda por cómo le trataron los propios, o los próximos a los propios. Puede que pretendan saciar su sed de reconocimiento al jefe muerto con todas las pompas mediáticas, simbólicas y de espectáculo exterior (hasta le espera una sepultura en el claustro de la catedral de Ávila) Pero, ¿no da la impresión que hay algo más? ¿Que en un momento de convulsiones latentes en el país, y no solo por el tema Cataluña, y sí acaso más por tanta indignación que cubre toda la geografía, pretendan con formas engañosas recuperar los poderes fácticos y su gobierno una inciativa y un protagonismo informativos? Huele a versión interesada y parcial una vez más sobre la Transición, a confirmación (vía honras fúnebres a quien asesinaron políticamente los suyos hace muchas décadas) del papel relativo del líder muerto, a canto demagógico de una inquebrantable armonía entre clases sociales, a exaltación y revitalización de la Monarquía, a ocultación de los movimientos de protesta, a pretendido olvido de la corrupción, el delito de arriba y la política contra la sociedad. Huele a poner parches. ¿Cuánto van a durar sus efectos? ¿Lo que duren las exequias?

Espero que haya historiadores, politólogos y analistas objetivos, librepensadores y no paniaguados, que nos describan hasta qué punto un solo personaje puede ser forjador o modificador decisivo en un acontecimiento histórico. Que hagan ver el papel de tirios y troyanos en procesos de cambio histórico, que revelen con precisión dónde estaba el búnker, donde los transformadores, dónde los oportunistas que se apuntan al carro. ¿Es pedir demasiado a quienes hacen profesión de la Historia?

Preguntas de un trabajador jubilado ante el libro de la siniestra (oscurecida, aviesa y malintencionada) interpretación de la realidad española.




(Fotografía de Leonard Freed, de Magnum Photos)


domingo, 23 de marzo de 2014

Diario de domingo 23


















Qué miedo me da la prensa. O mejor dicho, quienes están detrás de la prensa. Percibo en los periódicos de hoy inquietud acerca de la marcha de ayer en o sobre Madrid. Ignorar su significado, restar importancia o insultarla con exageraciones no son sino síntomas de cierto pánico, acaso aún potencial. Además de hacer dejación de las tareas informativas. Fue una marcha pragmática más que ideológica. Difícil de encasillar por parte de la prensa o, mejor dicho, de quienes están tras la prensa. Tanta demostración pacífica, pero contundente y masiva, preocupa a los voceros. Acaso les hubiera encantado cierta dosis de violencia de calle para justificar la violencia del establecimiento y hacer cundir de este modo el desprestigio de la causa de los manifestantes. No sé. Inquieta que la gente sea pragmática y que en cualquier momento pueda empezar a decir: no solo queremos más, es que lo queremos todo. Porque ¡basta! se dijo hace tiempo y no se escucha a la sociedad. Y la sociedad es un ente vivo, señores. En fin. Son meditaciones tontas y torpes que se me ocurren. No se me haga demasiado caso.



(La foto está sacada de Público)


viernes, 21 de marzo de 2014

Raíces, y 9




Entre ellos me veo.

No más caduco, sino más hecho. Pliegues y repliegues que se retuercen inocentes. Como mis preguntas: ¿Crecerán más las raíces que las ramas? ¿Puede el ramaje rozar el cielo? ¿Descienden las raíces hasta un punto o amplían la geometría allá abajo sin cesar? ¿Puedo seguir escondiéndome tras el tronco? No me veo en el árbol sino siendo el árbol. Mi extensión en la altura va renunciando a pretensiones. Me siento confabulado en la raíz con cuanto ha ido quedando atrás. El pasado preserva todas las dimensiones.

El perfil afilado de mi cuerpo tras su cuerpo.

Cuerpo protector que se te cede. Cuerpo del que comes y en el que bebes. Cuerpo que equilibra tus alegrías y tus estremecimientos. Cuerpo que sientes ajeno y confirmas como propio. Cuerpo que avanza y retrocede. Cuerpo con antifaz y cuerpo descarnado. Cuerpo de temores y cuerpo de osadías. Cuerpo que se ofrece y cuerpo que recoge. Cuerpo con lengua de fuego y cuerpo con llama de saliva. Cuerpo de tierra y cuerpo de aire. Cuerpo generoso y cuerpo flácido. Cuerpo de vagidos y cuerpo de agonías. Cuerpo cara a cara y cuerpo agazapado.

Escóndete en ti mismo.

La voz extiende sus lianas y caigo abrazado en lo que es hondo y no se muestra.



(Dibujo de Inés González)  


miércoles, 19 de marzo de 2014

Raíces, 8
















Cuando el hilo se vuelve raíz.

O descubres que lo ha sido siempre. Llámalo, si quieres, cordón umbilical. Sé más atrevido: puente, senda, mano. Oscura memoria. Tentado estás a pronunciarlo de otro modo: palabra. No sabes dónde comienza a hacerse visible o dónde es todavía arcano. De los territorios de allá abajo procede todo. Incluso la enseñanza que te proporcionaron germinó bajo tus pies. Has vivido con las ilusiones de la superficie, como la mayoría de los demás hombres. La tierra profunda no se siente agraviada por ello, pues entre sus secretos hay más bondad que en el corazón de los de tu especie. Sois vosotros los que vivís agazapados, no el mundo de las entrañas.

Quiero saber de vuestra presencia

para atemperar mis ansias de desconcierto, pronuncio en voz baja. Vivir aquí arriba se hace tedioso. Solo se vive en un combate de imágenes. Nadie se acerca a nadie para sentir al otro. Solo para ver su reflejo. Nadie echa una mano a nadie, como no sea para asegurarse que él se salva también. Nadie escucha a nadie, salvo para oír los propios argumentos rebotados. Nadie busca crecer, pues el alimento que lo posibilitaría no es ingerir un día y otro la misma ración de hastío.

Dejad que me busque entre los pliegues del árbol viejo.




(Dibujo de Inés González)

martes, 18 de marzo de 2014

Raíces, 7
















El suelo me posee desde su fecundidad.

Me sorprendo y me turbo. ¿Qué escucho en la cercanía? Voces que me sujetan, que tiran de mí cada vez más hasta el fondo, que me producen rozaduras con las aristas de la roca virgen, que me hablan con prudencia pero a la vez exigentes, que se dirigen a mí en estos términos: qué hiciste, dónde fuiste, dónde has permanecido, yo la del subsuelo, que te formé de una pizca de mi cieno, que te dejé emerger, que nunca te reclamé hasta que tú te has acercado a tus orígenes, relata lo que has visto ahí fuera, traslada lo que has sufrido, habla de tus sueños, comparte conmigo tu capacidad de sorpresa, dime de tu curiosidad, hazme sentir cuanto amaste, di que en todo cuanto anduviste había sustancia de aquí abajo, y lágrimas de mi misma.

No siento ajenas las voces del viejo ámbito.

No es un umbral prohibido. No es una entrada cerrada. No es un país desconocido. Bajo las raíces percibo que me hablan sus olores, leo en su materia feraz, camino con la firmeza del que se sabe aéreo y sin que le afecte la gravedad, y en cada paso llevo ingenuamente un punto de luz. Allí dentro todo está más claro y debo mirar con ojos diferentes.

Me sé híbrido y voy dejando por el camino un hilo de ida y vuelta, simplemente para no olvidar.



(Dibujo de Inés González)

  


lunes, 17 de marzo de 2014

Raíces, 6
















Apenas soy sino un apéndice minúsculo.

Me creo una formación, pero me diluyo entre los tiempos. Yo no escribiría si aún fuera de aquella era anterior. Ni sentiría con las palabras, ni buscaría con la curiosidad, ni construiría castillos inconsistentes con los pensamientos y las ideas. Sería simplemente arena arrastrada de un territorio a otro. Pero ¿acaso no lo soy ahora también? Barro modelado, esbozo pergeñado, trazo caprichoso del azar. Las apariencias y los disfraces de lo minúsculo deslumbran los ojos de la especie que hoy ocupa con presunción la Tierra. Todos sus pobladores se creen el edificio total. Me veo y no me veo, haciéndome. Si el rumor de allí abajo me inquieta, si la humedad que cala mi piel me debilita, si una cierta convulsión me traslada, ¿no habita bajo la fronda algo de mí? ¿No soy acaso también el subsuelo y sus memorias perdidas?

Cada sensación placentera o dolorosa de mi cuerpo habla.

Su lenguaje, ¿es la manera de vincularme al instante sin tiempo en que fui solamente brizna o nieve? Todo lo que nos parece ordenado se descabala. Cuanto se muestra enderezado se retuerce. La mirada que cree abarcar el universo no pasa de palpar un espacio menor. La consistencia se vuelve fragilidad. La posesión conlleva la pérdida.

Mis preguntas no pueden hacerse allí abajo. No siento necesidad.




(Dibujo de Inés González)

 

sábado, 15 de marzo de 2014

Raíces, 5
















Y allá abajo escuché el roce de la piel de la naturaleza.

Y en aquel tacto que percibían mis oídos se oían pisadas de animales diferentes, caídas imprecisas de desigual sonoridad, choques de masas que de pronto enmudecían, detonaciones que parecían terminar con todo, ecos que reverberaban hasta extraviarse en el infinito. Y en aquella vigilia sobre el otro lado crujían ramajes, rechinaban guijarros, chasqueaban rocas desprendidas, susurraba un aire calmo, clamaban vientos agitados, se alternaba la intensidad rumorosa del agua fluyente, se desencadenaban galernas, se arrastraban seres casi imperceptibles, se precipitaban las violentas lenguas de fuego del cielo, y me llegaba el continuo y silente frotamiento de la arena hasta quedar todo momentáneamente detenido. ¿Era el lenguaje de la formación o el de la descomposición? ¿Se trataba de lo naciente o de lo que perecía? ¿Era una llamada o un repudio? No parecía haber resto humano allá abajo. Todo era anterior, todo sin origen, todo sin causa última.

Tanta voz antigua me llenó de temblor.

Pero obnubilado por la base del árbol que se abría poco a poco y que acariciaba mis pies quedé paralizado. No por espanto, sino por seducción. Y permanecí a la expectativa, buscando un diálogo improbable con los estratos que me pedían un coloquio con la edad del mundo.




(Dibujo de Inés González)


jueves, 13 de marzo de 2014

Raíces, 4
















Me atrae mirar el enigma del mundo.

Como entonces. O desde entonces. Buscando cuanto oculta la oquedad abierta en el tronco de un árbol, cuyo diámetro sorprende, cuya oscuridad asusta. Pero el espacio desconocido es tan amplio que fractura la precipitación de mi mirada. ¿Cómo dirigirme a aquella lágrima que la corteza ha dejado resbalar por su costado? ¿Cómo acercar mi mirada ingenua a un territorio que no puedo abarcar? Hay un registro fósil anterior que es todo un relato sin epílogo. La novela sin fin está allí y me hace insignificante. Acerco la boca a aquella abertura y pronuncio un gruñido, después la imitación de otro animal, más tarde un esfuerzo gutural que quiere decir algo, a continuación un monosílabo que apenas sabe nacer. El silencio. Pero cualquiera de aquellas manifestaciones orales han quedado dentro. ¿Quién las recibirá?  

He permanecido largo rato en guardia.

En vano una respuesta inmediata. Las respuestas de los mundos se hacen allí dentro. Lo único y lo plural no son excluyentes. ¿Será menospreciado lo singular por la implacable e innumerable legión de expresiones que se van elaborando sin que el hombre intervenga? Cada una de ellas es principio y fin en sí mismas. Yo estoy allí, al borde, para percibir el tránsito. Intuyendo que el secreto de aquel ser de otro tiempo me llama, me responde, me envía señales de renovación.

Temo perderme en la dimensión, arrostro el desafío.




(Dibujo de Inés González)


martes, 11 de marzo de 2014

Raíces, 3





Me alivia saber que soy parte de las entrañas.

Apenas asoma un fragmento de mí y el árbol sabe mi nombre. Cuando nadie sabe todavía cómo me llamo. He puesto el oído al borde de los pliegues y he escuchado el tiempo. Y los sonidos son: percusión de piedras que se desgajan, aullidos cruzados, galopar de caballos, carreras de chiquillos, alboroto de juerguistas, desfiles de invasores, detonaciones secas, timbales que se combinan, llantos desgarrados de mujeres, martilleo de cinceles, crepitar de bosques enteros, vocerío de mercaderes nómadas, desplome de aldeas de adobe, cánticos de preces siniestras, talas apresuradas, entrechocar de andamios, confidencias tibias, entregas agitadas, y viento. Mucho zumbido de viento y un eco de oleaje crispado que se acerca y se enmaraña con el aire. He pegado la oreja a la crucería oculta que hay debajo y mi corazón se acelera. Todo aquello que llaman tiempo suena estruendoso y se multiplica en sus pronunciaciones. Debo poner rostro a lo no visto. Imaginar movimientos convulsos. Capturar sus ciclos de lentitud. Seguir con mis dedos de niño ciego el trazado del subsuelo herido de vida. Para comenzar aquí arriba un nuevo esbozo. Para aprender a ver.  

Mi cuerpo tirita cuando se ve dibujado allá en la base. 

Mi cuerpo se estremece desde mucho antes. Antes de los sonidos de los animales y del griterío implacable de los hombres. Al escuchar en lejanía todos los sonidos que formaron el mundo. 



(Dibujo de Inés González)


lunes, 10 de marzo de 2014

Raíces, 2





Es el chapoteo lo que me excluye de lo cotidiano.

Los nervios que emergen de la tierra sostienen bóvedas bajo mis pies. Lo sé por los sonidos huecos que producen mis saltos. Busco hendiduras que me permitan ver el interior. Meto las manos y recibo frescor. Pongo el oído y me responde el susurro de las profundidades. Restriego el lomo de aquellas extremidades rugosas y hago caminar a dos de mis dedos en vertical como si subieran montañas. Luego, todos los demás bajan en tropel de ellas y se raspan. Se rasguñan,  cada uno queda marcado por alguna pequeña mota de sangre. A veces por rayones rojos, rectos, impecablemente delineados. Luego, me curo con saliva y froto las heridas con briznas de hierba. Pienso en la escritura inevitable de los primeros cortes. Lo que se aprende y lo que se olvida una vez pasa el escozor.  

Es el olor del piélago oculto allí debajo lo que me reconforta.



(Dibujo de Inés González)



domingo, 9 de marzo de 2014

Raíces
















Demasiado ruido alrededor. El ruido, inútil manifestación del movimiento, interfiere y no me deja crecer. Quiero permanecer quieto, pero me zarandean. Quiero estar callado, pero siempre me pincha alguien para que salte. Quiero dormir y me cierran la huida. Quiero contemplar y desvían mi mirada. Quiero ignorar el mundo y extienden mapas ante mis ojos tristes. Abro la boca para recibir la lluvia y ésta me evita. Extiendo las extremidades y numerosos objetos impiden mi estiramiento. 

Busco un hueco donde detenerme. 

Una mano dibuja de manera lenta y grácil parte de mi perfil. Una humedad que reconozco me va a incorporando al trazo. Un roce del musgo proporciona placer a las yemas de mis dedos. Un arañazo incrusta el humus entre mis uñas. 

Es melodiosa la cadencia de un chapoteo próximo.



(Dibujo de Inés González)

martes, 4 de marzo de 2014

Aforismos sobre los arquitectos de la destrucción
























En la escuela nos contaban que los arquitectos hacen casas. Contar viene de cuento. Servía al menos para que dibujáramos casas y el alumno más avezado incluso calles. ¿Se trataría de un futuro profesional en ciernes?

En la escuela nunca nos hablaron de los urbanistas, una raza vinculada a arquitectos e ingenieros. No nos hablaron porque, aunque existían, con todas sus deficiencias y límites,  si eran cuerdos y racionales no se les hacía caso. De los urbanistas destrozones qué comentar a estas alturas si ya hemos visto los resultados de su sapiencia.

También nos contaron que aunque las guerras lo destruyen todo  -era tan obvio que no se podía ocultar-  la disposición de los profesionales procuraban de nuevo la reconstrucción. Cuánta bondad. Por supuesto, no nos contaron que el negocio de la construcción es parte añadida  -para el final, eso sí-  de las devastaciones bélicas. 

Tampoco se nos habló de los especuladores, aunque el término era pronunciado en voz baja en los corrillos de los mayores más cualificados. Los especuladores no tenían titulación alguna, pero, paradójicamente, fueron los que manejaron el cotarro y sus criterios (es un decir) fueron en muchas ocasiones decisivos. Aliados, eso sí, con los poderes públicos. Cuántos de estos pondrían el cazo para recibir su parte del botín.

Axioma: Toda construcción nueva exige una destrucción previa. Ésta puede ser, o bien demoliendo núcleos de población u ocupando suelo virgen sin mayores consideraciones. El suelo virgen de la naturaleza ha sido violado monstruosamente por la fiebre inmobiliaria, modalidad delictiva cuya figura jurídica no ha existido. 

También ha cundido la construcción de reforma. Eufemísticamente las han llamado rehabilitaciones, recuperaciones de edificios nobles, etc. A veces no se ha pasado de un fachadismo mortal, pues los interiores de muchos edificios que había que haber protegido sucumbieron sin mayor consideración. Business es business al precio más bajo para obtener el máximo beneficio.

He visto levantar barrios y barriadas enteras nuevas en mi ciudad de calidad dudosa por no decir penosa y pésima, tras destrucción previa  -vía pacífica, de mordaza cívica, cómplice e impune-  del casco antiguo, derribando edificios históricos singulares y mercados y parques y trazando viales de dudosa necesidad. 

Capítulo aparte merecería considerar los negocios de las instalaciones clericales. Está por saberse el beneficio obtenido en oscuros negocios, por parte de aquellos cuyo reino dicen que no es de este mundo. Y a costa de qué vecinos, qué ciudadanos y qué entornos urbanos han mantenido o procurado sus construcciones, en muchos casos faraónicas. ¿Han oído ustedes, dicho sea de paso, hablar de las inmatriculaciones a la carrera de bienes inmobiliarios o rurales que no fueron de la Iglesia pero que quieren amarrar, no obstante no sea su reino de este mundo? 

Ya sé que El Roto eleva aquí a categoría de arquitectos a los destructores de ciudades enteras vía militar. Imagino qué apetentes para los buitres de la guerra y la posguerra se habrán vuelto las ciudades sirias de Alepo, Homs, Haffet, etc. O Bagdad, Basora, etc. en Irak.

Axioma contundente: toda guerra trae miseria para muchos  -pérdida de bienes, de hábitat, de ciudad, de trabajo, de raíces-  pero abre perspectivas de paz halagüeñas para unos pocos: las grandes empresas que construyen ciudades, puentes, diques, etc. Bueno, no soy precisamente el que más sabe de esto. La culpa de estos aforismos la tiene El Roto, el primer intelectual español y además INCORRUPTIBLE.



La lista de aforismos está abierta. El que quiera aportar, que lo haga.



(Por supuesto, la viñeta es de El Roto, hoy en El País)


lunes, 3 de marzo de 2014

¿Cabalgan de nuevo?


























Probablemente no tenga mucho que ver lo de ahora con Alexander Nevsky. Los tiempos no son los mismos, los enemigos no llevan los mismos nombres, la situación internacional y, más en concreto, del mapa europeo, es diferente. Pero ¿seguro que algo en todo ello no se parece? ¿Acaso las viejas apetencias han desaparecido del todo? ¿Acaso no hay hoy día también otros bloques que se tientan osadamente, se pulsan con dureza, se observan con desconfianza, se miran con ferocidad contenida? ¿No han estado presentes o solapadas viejas aspiraciones expansionistas en alguna de las naciones? Lo que nos parece que no va a suceder, sucede. No es que la historia se repita, es que anteriormente las viejas pugnas se cerraron en falso. Es que algunos siempre ven nuevos motivos. Es que la política y los mercados se atraen y se repelen constantemente, se alían y se enfrentan, se nutren y se desplazan y, en ocasiones y circunstancias, acompañados y azuzados por los viejos farsantes que viven de la religión. Nos cuesta entender. No es fácil reducir en nuestros análisis superficiales la historia y realidad presente de extensiones territoriales amplias y complejas, política y económicamente hegemónicas en ciertas zonas del globo, a una mínima expresión. El riesgo permanece, la amenaza late. ¿Será que las sociedades, tan plurales y enconadas en la defensa de intereses, no saben resolver las cuestiones por las buenas? Me temo que siempre hay en esta vida vencedores y vencidos, y que los vencidos de hoy pueden ser vencedores del mañana. Una rueda de Tántalo cruel, cruenta,que solo sabe de rodar hacia el abismo, conduciendo en su tortura incluso a los inocentes. Pero ¿hay inocentes todavía? 

(Nota. Qué belleza estética la de la película de Einsenstein, que presta aquí algunas de sus escenas, y qué belleza la composición de Prokofiev...ambas aportaciones toda una contribución en su tiempo al nacionalismo panruso, versión Stalin)



sábado, 1 de marzo de 2014

Esta chirigota gaditana no es del ¡vivan las caenas!
















No tiene pérdida. Esta chirigota de Cádiz no es de las que cantan precisamente ¡vivan las caenas! Su calidad satírica e interpretativa son extraordinarias. Su mofa iconoclasta puede que algunos la digieran mal. Pero también en el pasado los reyes tuvieron que aguantar a histriones, bufones, juglares y otras hierbas que decían las verdades y cantaban las cuarenta. Como la moralidad no existe en las instancias de los poderes públicos (existe la propia, inventada ad hoc, para justificar desaguisados y tropelías) y no sé hasta qué punto tienen humor pues cabe que pongan a este grupo chirigoto en la lista negra. Miren, ya tenía ganas de reírme yo así, ya, siquiera un rato. Aunque está claro que los que se van a seguir riendo de nosotros por largo tiempo ya sabéis quiénes son.






viernes, 28 de febrero de 2014

Los viejos flamencos nunca mueren


















Uno, que nunca fue flamenco, y entendió poco y no lo disfrutó como debería,  pero que si venía al caso y a cuenta de la mística del quejío podía emocionarse según y con quién y en qué ambiente, uno recuerda aquella foto del bar Hong Kong, de los hermanos De Vega, en la esquina del barrio viejo, donde no obstante circular la sangre flamenca junto al clarete de la barra, nos acogíamos los conspiradores de ilusiones y de cantos de sirena, fuéramos estudiantes u obreros, que entonces la aproximación y los vasos comunicantes de las clases sociales pasaban por las tascas, y luego nos hermanábamos con quien quisiéramos, sin importarnos mucho la extracción, y a veces se dejaban caer por allí monstruos del cante jondo, y basta ver la foto y te da en contar los pétalos de la margarita de la vida, porque que yo sepa, de los de la foto ya no están ni Enrique de Melchor, ni Ramón de Algeciras, ni  Paco de Lucía, y por ahí anda tirando como puede Manolo de Vega y de su hermano Pepe ni idea (el padre de ambos había sido otro cantaor agudo, Celes el Ciego, ciego de verdad por causa de la guerra feroz), y todo esto lo cuento porque sí, por nostalgia, por el bienestar que me produce a medianoche recordar a los compañeros de los que ya no sé,  por las horas y las citas y las expectaciones y los lenguajes en clave y los vinos que nos tomamos allí los resistentes que gustábamos de embaucarnos a nosotros mismos con otro futuro, y como homenaje a esas cara de niños que tenían los flamencos de verdad, y qué se le va a hacer, prometo en la próxima vida entusiasmarme más con el cante, porque siempre he sospechado que su mística me hubiera tocado, aunque si soy sincero debo reconocer que cualquier esencia de cualquier género cantor, sentido con alma y no te digo con desgarro, me conmueve.




jueves, 27 de febrero de 2014

Todos amordazados
























Alguien tenía que tratar de tú a los leones. El joven que ha osado llegar hasta el león intenta ponerle una mordaza simbólica. Al león no parece importarle y se le ve condescendiente incluso. Acaso hasta cómplice. El león se sabe amordazado desde que lo instalaron ahí y de eso hace ya mucho tiempo. Precisamente lo fundieron en metal para que su fiereza fuera solo formal. Desdichadamente, la palabra y la acción que tienen lugar dentro de la Cámara son más agresivas con la ciudadanía representada que la jeta de los leones. El que corta el bacalao se lleva el gato al agua y la democracia va adquiriendo un funesto tono autoritario nada halagüeño. Los símbolos siempre son duales. Sirven por una parte para denunciar e incluso desmontar falacias, como es el caso de lo que estos chicos pretenden. Pero otros símbolos se inventaron también para ser acatados y que todo siga igual, como es la parafernalia de los electos y la triste legislación que se aprueba dentro del Congreso. La mordaza tiene color amarillo, acaso han elegido ese color porque recuerda al amarillo de la bilis de quienes no aguantan tanta desfachatez e impunidad con las que se está gobernando en España. A pesar de los leones que posan siempre para la foto, lo que hay dentro del edificio con aspecto de templo recuerda a un zoo. Entiéndase. De alguna manera todos los inquilinos del mismo están cautivos, aunque se sientan bien tratados y mejor alimentados. Pero más cautivos nos estamos sintiendo los ciudadanos. Así que no puedo sino admirar el gesto pacífico de los jóvenes tratando de tú a los leones. Por un momento he tenido la sensación de que el león agradece el gesto al muchacho y pierde la fea catadura que habitualmente exhibe. Pero la catadura ciudadana va adquiriendo cada vez un semblante más triste, abochornado y enfurecido. Si tanto estamos saliendo de la tan mentada crisis, ¿a qué viene tomar medidas cada vez más drásticas contra la ciudadanía? Dime qué leyes apruebas y te diré qué miedos te corroen.


   

miércoles, 26 de febrero de 2014

Obscura memoria, y 8.




















Cuando dejé el templo de los sueños tu silueta seguía al borde. Alcanzándome.



(Foto de Toni Catany)

domingo, 23 de febrero de 2014

Obscura memoria, 7.




















Dicen que era el rostro de la oscura noche de los tiempos. Me lo contaba mi abuela, que apenas sabía hablar con corrección en mi lengua. Pero sus gesticulaciones y tonos describían mejor aquel rostro. Ella decía que lo había visto. Aunque dicen que cosa del pasado es  -y bajaba la voz-  la noche no se va del todo, nunca se va, no, chapurreaba como podía para que yo la entendiera. Los hombres acostumbrados están al mal -me decía- y las costumbres son como costras, y bajo las costras, sabes, las heridas que no cicatrizan, y que otros hurgan. Yo era ingenuo entonces y pensaba que ella como vieja estaba confundida. Pero, abuela, eso fue antes, hace mucho, cuando había guerras, ahora es otra cosa. Y además comemos y vamos elegantes, le apostillaba yo. Enterrar he visto a tantos con su traje de domingos, me respondía. Entonces yo la picaba: Pero ¿tiene rostro esa oscura noche de la que habláis siempre los viejos, abuela? Y qué no va a tener, decía, el peor de todos los rostros. ¿Cuál es el peor?, insistía yo, fascinado. El peor ha de ser siempre el que no se ve, porque le faltan ojos y no te quita de mirarte, no tiene boca y quiere devorarte, no tiene color y arde que te quema. Yo la escuchaba con cierto sobrecogimiento y casi me arrepentía de haberle sacado el tema. No, abuela, no pienses en ello, eso es lejano, no volverá. Ahora les toca a otros. Mi abuela y su tesón: Si a otros la noche negra cae también nos cae a nosotros. ¿Cuándo has visto tú que la noche se parta según para quién? Y extendía la mano dibujando el cielo, para que yo lo comprobara. Justo en la hora oscura en que las estrellas habían decidido estar ausentes. 



(Fotografía de Toni Catny)


jueves, 20 de febrero de 2014

Obscura memoria, 6.




















Cuando salí del sueño mi cuerpo estaba húmedo. El cuarto olía aún a sudor. Poco a poco los aromas del campo iban desplazado las ensoñaciones. Las ventanas, abiertas de par en par, no sé por qué mano. Se batían los cuarterones. Rumor de las persianas. Se agitaba todavía mi torso, inquieto y perfumado por una esencia ajena. Olía a otro cuerpo. Un escalofrío persistente hizo que me sintiera huérfano. Algo que había poseído aquella noche y ahora no tenía. Sentía la carencia como una sequedad. Contracción de la piel. Los músculos perdían veloces el abigarramiento. Es lo que tiene verse desprovisto tras un sueño enriquecedor y placentero. No obstante, allí había huellas que revelaban una presencia palpable durante las horas anteriores. El recuerdo de la advenediza se disipaba pero las reacciones de mi cuerpo eran clamor. El lecho mostraba oquedades, no exclusivamente mías. No olía solo a almizcle. Los restos dispersos de vello adquirían pigmentaciones diferentes y dibujaban espirales cuya procedencia no era única. Mis dedos extraviados trenzaban los pliegues de las sábanas. Bajo mi cuerpo era la frialdad que avanzaba. El espacio vacío, incandescencia. Escruté los rincones y la superficie toda de la habitación. ¿Estaría ella oculta aún por allí? La invisible podía estar a mi lado y yo no percibirlo. Pausadamente una cierta calidez iba cubriendo mi confusión. El aire se detenía. La luz paralizaba su proyección. Luego aquella voz queda: ¿listo para continuar, aunque no me veas?, me decía. Enmudecimiento. Y una obscura y febril disposición se apoderaba de mí y de mi vacío.  



(Fotografía de Toni Catany)


miércoles, 19 de febrero de 2014

Obscura memoria, 5.
















Con ella a mi lado, ligera y seductora, ¿cómo no perderme en su relato? ¿Cómo no poner imágenes a sus palabras cautivadoras? ¿Cómo no enternecerme con las alegrías de unos y deplorar la insatisfacción de otros? Si ella, siendo quien es, me habla de que los dioses son infelices, ¿no desata acaso dentro de mí una risa peculiar que de por sí se asemeja a un ejercicio de venganza?  Si me traslada la frustración que los mortales se imponen porque no transgreden a tiempo las falsas leyes, ¿cómo no voy a irritarme? Si insiste en señalar la errónea y no siempre oportuna utilización de las fuerzas que los de mi condición vamos desarrollando, ¿no va a tentarme caer en desánimo? Pero ella no permite que me deje llevar por el desquite, ni que me enfurezca ni que me ponga triste. Tú no eres ajeno, me dice afable. Ni estás más limpio ni más enfangado, ni más libre ni más sujeto, ni eres más capaz ni más inhábil, ni dispones de más autorización ni de menos consistencia en tus criterios. Admite la experiencia de los demás como tuya propia. Más allá de tus actos y por encima de tus anhelos debes saber que participas de todas las cuitas que atormentan a los otros humanos. Quisiera objetar sus consejos. Quisiera rebelarme contra la claridad que me traslada. Quisiera crecerme en la pequeñez de cuanto no había sido consciente hasta ahora. El necio orgullo tira aún de mí, como si fuese mi amo. La ignorancia antigua se aferra a mis pies, como si fuera la única tierra posible. Pero el calor próximo de la diosa advenediza me conforta. Su silabeo sosegado pone melodía en mi espíritu. Roza mi lecho el olor a tomillo. 



(Fotografía de Toni Catany)


martes, 18 de febrero de 2014

Obscura memoria, 4.




















Impetuosa y silvestre llega desde las ruinas. Se aproxima a la devastación de mi noche. Arrima su aroma a tomillo a mi lecho y me habla de su pérdida. Dispersa con sus relatos la confusión que zahiere mi vigilia. Me cuenta de la debilidad de los dioses y de la necedad de los héroes. Cómo no debo temer a los primeros ni esperar demasiado de los otros. Dice algo que nunca había escuchado. Que hay un juego acordado entre ambos para que los mortales nunca instauremos un estado diferente en el universo. Y sin embargo éste podría ser posible, dice ella con una pizca de ingenuidad que no es propio de una diosa. Entonces me informa de cómo hay un mortal que no se resigna al cambalache. Que le han referido que roba fuego a las divinidades no para ser como ellas, sino para hacer crecer a los humanos. Que incluso le ha visto cómo lo hacía y huir. Que ha callado para no delatar su acción, porque no parecía un héroe cualquiera. Que un día le siguió hasta un lugar donde vio entregar lo hurtado a los de su tribu. Que ella misma ha comprendido que los mortales pueden así disponer de variados usos y de afortunadas expresiones. Lozana y sigilosa permanece a mi cabecera. Vengo de las ruinas de otra parte para evitar la tuya, me ha dicho. Te hablaré del mundo que no conoces y de cómo evitar que caigas derribado cuando los muros de tu ciudad se vengan abajo. Te hablaré de lo que sois capaces si os ponéis a crear con vuestras manos y vuestra imaginación. Te hablaré de la generosidad que yo no tuve. Te hablaré de la contemplación y de la dulce música y de las palabras que también el fuego construye y dan calor. ¿Me hablará también de sus amores?



(Fotografía de Toni Catany)


domingo, 16 de febrero de 2014

Obscura memoria, 3.




















Pulsa y compulsa. Está lejos y cerca. Lejos del pasado y cerca del instante. Más allá no hay prospección tangible, aunque él dé pasos como si la hubiera. Pero el instante se configura por lo que ha traído hasta aquí. El bagaje que le hace. También se nutre de lo imposible. El recuerdo que, no obstante, desfigura el pasado al tratar de interpretarlo (algo más puro al ser tocado por la simple percepción de su memoria) Y la ilusión por lo venidero (algo más materializado al hacer, ilusionar, planes) cuya vanidad pretende ser espacio, y siempre acontece desafío. El hombre de la noche se agita como si fuera el hombre del día total. Cree vivir en la luz plena, pero se orienta por ese ligero plano luminoso que se cuela por las cavidades diminutas de su ser. Crece en su insignificancia, pero él no admite su pequeñez. Soberbio siempre, hace de su pasión conducta. El oficio le consagra y sus pasos nunca van en la misma dirección, por más que pretenda. Porque la dirección se le ciega. Con la pasión levanta sus mundos. Pero los diversos rostros de sus apetencias se cruzan, alternando sus dominios y, por lo tanto, el precio de las imposiciones. Que derriban sus logros anteriores o refrenan su ritmo. El hombre de la noche es impulso, desvío, rumor. Cuando se detiene parece acabarse el mundo. Cuando va hacia otro lado todo queda en confusión. Cuando se torna vocinglero todos los hombres se alteran. Y sin embargo, hace tanto tiempo que descendió de unos límites para ser esto...Y sin embargo, si pudiera tener claro que solo si baja del pedestal podrá llegar más allá...Acaso simplemente sobrevivir.   



(Fotografía de Toni Catany)



sábado, 15 de febrero de 2014

Obscura memoria, 2.




















Las alertas permanecen despierto o dormido. Y basta una ensoñación agitada o un pensamiento fugaz rebelde o un recuerdo que se cuestiona con cierta obsesión para que pongan al hombre en marcha. Entonces, aquel ser que parecía rígido se vuelve vertical y toma con sus pasos el suelo. Solar donde se extrae la materia. Horno donde se funde su mineral. Crisol donde la consistencia le transformará en válido. No cabe tanto esperar un resultado final perfecto como un proceso consistente que le vaya dotando de significados. Si la materia ha sido de gran pureza, su resistencia será superior. Si el moldeado le ha concedido un grado elevado de coherencia, su solidez le hará duradero. Si el afinamiento último ha sido expresivo, tocará la comprensión. Necesita contrastar el calor de su propia formación con la frialdad a que se verá sometido en su caminar. Ser erguido es un don y en su esfuerzo lo va aprendiendo. Alcanzará los objetos, pero deberá darles carácter. Desarrollará su técnica, pero se irá cuestionando sobre los límites. Los pasos del hombre erguido finalizan en cada fracaso. Su eternidad reside en la ilusión. Más allá, deberá aprender de nuevo, aunque a su vez tenga que dejar de ser. No hay utilidad de sus movimientos si no acierta a definir sus objetivos. La posibilidad de avanzar ilimitadamente puede desembocar en la quiebra. Su aptitud debe reclamar otras dimensiones. Deberá preguntarse constantemente para qué. 




(Fotografía de Toni Catany)


viernes, 14 de febrero de 2014

Obscura memoria




















La noche es insomne y el silencio es ruido. Los pensamientos se alborotan y el cuerpo duele. Un hombre destapa su sombra y ve su carencia. Levanta el íntimo calor y perece en su desnudez. Acude hacia un punto impreciso y no da con él. Su aliento es seco y el espacio irrespirable. Agita las extremidades y no acierta con los movimientos. Gesticula y sacude la nada. Describe con las manos la oscuridad y no palpa objeto alguno. Cree caminar y sus pies no le separan del instante. Confunde el lugar y no distingue la hora. Distiende su cabeza y no percibe rozamiento. Suspira y se encoge. Contiene la respiración y una fuerza interior le exige. Trata de hablar y se confunde. No hay luz  y se dispone a iniciar una carrera. No tiene punto de partida y la meta es invisible. Aparenta agilidad y le grava su pesadez. Arranca un impulso y se siente atado. Confía en la compañía de una sola palabra y le responde una inmóvil traición. Presta atención al exterior y solo le llegan voces de su cuerpo. Emerge y se hunde. Cae e imagina que se eleva.  



(Fotografía de Toni Catany)


jueves, 13 de febrero de 2014

Al pan, pan; al vino, vino; a la palabra, su sentido cabal




















Acertijo.

Canallas, en el Tesoro de la lengua castellana, de Covarrubias: "Junta de gente vil, induzida para alborotar y dañar, a donde entienden que no han de hallar resistencia; pero si ay quien les haga rostro, no tienen ánimo para esperar."  

Canallas, en el Diccionario de autoridades (primer diccionario de la RAE):  "La gente brava y ruin, de viles procederes, y propria para causar daños y alborotos."

Visto el panorama que nos rodea, ¿a quiénes nos recuerdan? No soy partidario de que para mencionar a cierta gente utilicemos términos tales como hijos de puta, hijos de perra, hijos de mala madre, cabrones...porque ni las putas ni los perros ni las madres ni los machos cabríos tienen por qué cargar con lo innoble.

Así que reivindico la lengua castellana y en síntesis digo: Al pan, pan; al vino, vino; a la palabra, su sentido cabal. Utilicemos un término que parecía en desuso, pero que las prácticas viles convierten en canalladas, las agresiones en actos canallescos y los que las cometen en canallas, simplemente. Que ya es mucho.Por cierto, salen a todas horas en los telediarios. Y están causando serios desperfectos en las relaciones de convivencia de las gentes de este país. Además de arruinarnos. 



(Grabado de Jacques Callot)


martes, 11 de febrero de 2014

Sueño del mapa
















Los sueños son viajes, ya de por sí. A veces también sueñas que viajas. A veces despliegas mapas. Aquellas cartas extendidas sobre una mesa tenían ríos y carreteras y ferrocarriles. Y marcas extrañas y espacios indefinidos. Pero su planitud se convertía en relieve y entre la orografía que salpicaba todo y mezclaba desiertos con océanos y cordilleras con megalópolis aparecían manos. Improntas granates, como si estuvieran hechas con sangre seca de animales. Marcas que dibujaban los dedos abiertos buscando ser estrechados. Pero las manos se movían y se desplazaban sobre el planisferio aquel y lo sobrevolaban. Tú dijiste: son pesadas como moscas. Pero las manos eran poderosas, y sobre todo buscaban donde posarse. ¿Hay mayor fuerza que la que empuja a hallar un lugar de reposo? Cuanto más crecía el mapa más aumentaba el número de manos. Tú dijiste: son las de nuestros antepasados. Yo dije: son manos que están vivas pero que no nos alcanzan. De pronto di un manotazo sobre el relieve del mapa y temí achatarlo. Al levantar mi palma vi que estaba roja y que había partículas de tierra en ella y que en el mapa había quedado un agujero en forma de mano. Al verme asustado tú reaccionaste. No te preocupes, dijiste, lo cubro. Fue milagroso. Poner tu palma y devolver al paisaje su origen fue reflejo. Pero yo me sentía culpable de haber matado algo de mundo, y así te lo hice saber. Debiste ver en mi rostro alguna clase de espanto y procuraste mi calma: trae tu mano. La enlazaste y contuviste mi sangre. 



(Imagen de Inés González)


sábado, 8 de febrero de 2014

Diario del registro




















Hoy toca el sano ejercicio de registrar cajones. Este verbo tiene un montón de acepciones. Incluso unas pueden llevar a otras si hay actitud de hacerlo. En principio mi pretensión es la más elemental: comprobar lo que contienen. Naturalmente me refiero a cajones, cajas e incluso alguna maleta que trasladan cosas viejas o de las que he olvidado su existencia. Digo trasladan porque siempre hago fantasía con que los objetos, los más nimios y los más espectaculares, allí dentro, todos mezclados, establecen una suerte de movimientos y de expresiones. Acaso se trate exclusivamente de un diálogo sordo para un humano. Pero imagino que entre ellos hablan y se relatan historias. Al mirar en el interior de esos contenedores voy cayendo otra vez en la cuenta de que me había olvidado de muchos de aquellos objetos. Lógica implacable. Uno no está pendiente de ordinario de cachivaches menores que no usa. De muchos de ellos ni recordaba su existencia. Ni siquiera me acuerdo si los guardaría yo o si lo hicieron otras personas que ya no andan respirando por el mundo. Personas que sobreviven para mí en otro plano que solo se manifiesta en el lenguaje del recuerdo, en parte materializado precisamente por la existencia de esos objetos. Hoy toca mirar y palpar. Tomarlos en las manos y activar el mecanismo de la memoria. Pero no es lo que más me entusiasma esa especie de recuperación nostálgica, no obstante su regustillo ora compensador ora lacerante. Lo que me atrae es percibir significados nuevos. El mero hecho de seguir haciéndome preguntas ante una medalla de guerra, un viejo reloj de tratante o una cartera de piel de Villarramiel es que el tipo que los usó se planta delante y me da siempre alguna pista nueva. Que uno se haga una pregunta que nunca se había hecho antes ya indica que el sistema de indicios funciona. La cadena de la indagación se activa. Tal vez se detenga en el siguiente eslabón y no pueda avanzar en una interpretación real de los hechos. Y qué más da. Registro y me limito a saborear mis propias preguntas. Corro unas cosas y otras, las saco de la caja, las coloco sin orden encima de una mesa y las contemplo. Como un tarot, los objetos depositados al azar sugieren una suerte. Un trozo de mi destino. Destellan en mi cerebro. En el recorrido visual siempre hay algo que destaca mi interés. Pregunta instintiva: por qué ahora esto que tomo entre mis dedos me llama la atención. Luego: qué quiere decirme. Más tarde: dónde quiere llevarme. Hoy toca un ejercicio aparentemente inocuo donde lo que uno busca, supongo que inconscientemente, no es tanto un entretenimiento como un rastro. Sin respuestas que certifiquen que las cosas fueron como puedo deducir. Pero es lo que tiene la alianza entre la memoria, más clara o más oscura, y las ganas de saber imaginando. Que se crea una situación alternativa, unos individuos que son otros, un sentido del objeto diferente. Es el juego. Las cosas en la existencia de aquellos personajes pudieron ir por ahí, me digo. Nada en la vida de lo que fue se reproduce dos veces. Una vez muertos los hombres y apagadas sus voces parece que fuera la nada. Incierto. Hasta que abres un cajón, presionas las hebillas de un maletón de cerraduras oxidadas o separas la tapa pegada de un estuche que mira, estaba allí y no lo habías visto nunca. Y, sin embargo, te esperaba.   


viernes, 7 de febrero de 2014

Millás y el exhibicionismo onanista de una reunión de amigotes













Hoy no tengo ganas de escribir. Entre algunas noticias que dan asco y algo de pánico (el que quiera saberlas que saque la cabeza de avestruz del agujero) y lo bien que escriben ciertos seres cáusticos, me limito a reproducir lo jocoso. Por ejemplo este articulito de Juan José Millás que aparece hoy en la contraportada de El País.


"Observada con perspectiva, la convención del PP en Valladolid apesta a ejercicio de onanismo. Nada raro: las ganas de masturbarse atacan en los momentos más inoportunos. Hay una literatura abundante acerca de soldados que a punto de morir se bajan los pantalones y, abstrayéndose del entorno, se entregan con furor a sí mismos. Sabemos de enfermos terminales que, asaeteados por sondas y catéteres, practican el vicio solitario debajo las sábanas. Hay gente a la que le ataca esta necesidad imperiosa en el metro, en la oficina, en el confesionario… No nos extrañe, pues, que el PP se encerrara a solas con su cuerpo durante los mismos días en los que en Madrid se producían manifestaciones de bomberos, de mujeres, de usuarios de la luz, de preferentistas… El mundo ardía mientras el PP, en la trinchera calentita de Valladolid, se autosatisfacía compulsivamente, ajeno al aumento de los desahucios, a la crecida de los suicidios, a la destrucción progresiva del empleo, al conocimiento de que 20 ricos, en España, igualaban la renta del 20% de la población. Lo que decíamos: en las situaciones hostiles, cada uno se alivia con lo que tiene a mano. Y ahí estuvieron, dale que te pego, desde el viernes hasta el domingo. Aparecían por la tele descorbatados, con las camisas y las blusas más abiertas de lo conveniente y la expresión del que atiende a un delirio interior más que a las demandas del exterior. Ahí los veías, por los pasillos del centro de convenciones, entre agotados y culpables, deleitándose en unas fantasías de recuperación económica que nada tenían que ver con la realidad extramental. No terminamos de comprender la publicidad con la que se entregaban a sí mismos, como si al placer solitario necesitaran añadir el extra de la ostentación. Una conferencia masturbatoria, en suma, con gabardina de exhibicionista."


Caras meadas (breve no onírico)


RAMA VALENCIANA DEL CASO GÜRTEL

La fundación de la visita del Papa gastó 2,65 millones en urinarios

Los patronos encargaron mochilas del peregrino por valor de 3,5 millones



Las calles de Valencia se llenaron con 7.000 urinarios para atender a cerca de dos millones de peregrinos que nunca llegaron. / CARLES FRANCESC



Hay que ver cuánto cuestan las meadas de ciertos creyentes. Pero que las pagan sobre todo los no creyentes, y algún que otro que no mea, para su desgracia.Viene hoy en El País. 



jueves, 6 de febrero de 2014

Sueño (sorprendente) del retorno





















Perplejidad. El sueño a trompicones de la noche me retrotrae a un tiempo de iniciación. De pronto aquello se parece a la primavera avanzada de 1973 en la masía de Arenys de Munt, que, según me dijeron, se empleaba sobre todo para colonias. No se cita el lugar ni el motivo de encontrarme allí ni se menciona a quienes me rodean. Pero yo sé que se trata de aquel mismo encuentro. Aspecto físico: diversas estancias donde se congregan gentes optimistas y contentas que se ayudan unas a otras. Todos se conocen, todos se animan, yo soy el advenedizo pero no me siento extraño. La acogida me convierte en uno más de ellos. En el sueño no hay imágenes corporativas, ni nombres, ni insignias, ni consignas, ni edades. Sí parece haber hermandad. Estoy en una de las estancias amplias de reunión y salgo. Al regresar no hay nadie. Me desplazo a otra sala y allá se encuentra un numeroso grupo que habla y se agita moderadamente, al que me incorporo. Unas personas llegan, otras salen. Me voy por un instante y al volver tampoco hay nadie en aquel espacio. Así se repite varias veces más la jugada. De estancia en estancia tan pronto hallo un colectivo como desaparece. En un momento dado me veo solo en la amplia masía. Cae la noche y el punto de la luna dibuja un cuerpo perdido que se va yendo.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

    

miércoles, 5 de febrero de 2014

Sueño de la inmersión




















En los sueños suelen aparecer desiertos. También ciudades que son un desierto. Ambientes reconocidos que pierden su identidad inicial para adaptar su estructura al soñador. Aquella plaza del sueño, transitada y vocinglera, fue convirtiéndose en un aula extensa y vacía, en una larga sala de hospital desalojada, en una estancia de interrogatorios donde la luz y la sombra jugaban al ajedrez. Difícil trasladar la imagen de esta parte a lo que allí en el sueño me colocaba en medio, solo, a merced de inquisidores sin rostro. Uno de ellos me acusaba, el otro me justificaba. Cada vez que iba a responderlos me interrumpían. Si el que parecía defenderme me tendía una mano, al extenderla yo me la retiraba. Si el detractor me arrinconaba con invectivas incomprensibles y yo trataba de defenderme él alzaba la voz hasta obligarme a enmudecer. Aquel juego que aparentaba ofrecer posiciones opuestas coincidía en imposición. Me arrinconaban, me retraían. Miraba la luz y ésta no me ofrecía salida. Corría hacia la oscuridad y chocaba contra muros invisibles. Mientras yo, inútil y desprovisto de defensas, no dejaba de moverme tratando de sustraerme a aquellos compinches que me acosaban inmisericordes, nuevas voces venían a compasar tanto discurso desordenado. Tal vez la confusión me protegía del pavor. De pronto fue cesando la palabrería altisonante. Primero fue ocasional, luego alternante. Se sucedió un rumor ligero, como si los energúmenos se fueran alejando. El paisaje mudó. Me encontré en el fondo de un valle, caminando por el agua de un arroyo poco profundo. Las laderas se volvían más escarpadas y se elevaban a medida que yo avanzaba. Luego sentí que el agua me iba cubriendo. Me sobrecogí por la frialdad que impregnaba mis genitales, mi abdomen, la boca del estómago. No hice nada por defenderme y pensé: me salvo. Cuando me sumergí del todo vino una niña hacia mí y me ofreció una piedra de colores brillantes. La he cogido del fondo para ti, me dijo. Es igual que la que guardo yo desde mi niñez, le dije. Pero ella había desaparecido. Jugué con la piedra y advertí en ella figuras de caballos azules. Sus ojos eran vivos.    



(Imagen de Bill Viola)