lunes, 21 de noviembre de 2016

Elevador de Santa Justa




Doctor Sousa Gonçalves: los muertos no van ni al cielo ni al infierno. Los muertos no cremados van a los estratos de los períodos de la tierra. De aquellos seres desaparecidos hace miles, millones, de años decimos que son fósiles. Otro tanto se dirá de nuestros muertos actuales. Los paleontólogos del futuro hablarán de nuestro cuerpo, con ayuda de otras ciencias, como fósiles. A nadie se le ocurrirá entonces buscar alma alguna. Ya estará superada la dicotomía falsa de los teólogos. Cuando me muera quiero imaginarme como fósil. Cahaya Lestari, la arqueóloga indonesia, le ha contemplado con ojos entre sorprendidos e irónicos: ni a usted ni a mí nos interesa lo más mínimo, por lo que veo, dónde van los muertos, a los cuales no fragmentamos, ni lo hacemos cuando los individuos están vivos. No pensemos en estratos ni en descubrimientos del futuro. O en todo caso, sí, propongamos otros espacios y otros hallazgos. Ábrame usted las dimensiones de su hábitat, que yo le acogeré en las mías. Ese es el único sentido cabal y gozoso de la vida.



domingo, 20 de noviembre de 2016

Largo do Carmo




Hicimos una escapada del congreso de arqueólogos para mostrar a nuestros colegas indonesios la huella viva del terremoto. Fue una propuesta suya. Aunque la ciudad fue arrasada por el seísmo y los incendios y más tarde reconstruida, ¿no queda nada que recuerde el terrible acontecimiento?, preguntó la responsable de la delegación indonesia, la doctora Cahaya Lestari. A nuestro arqueólogo emérito Joaquim Maria de Sousa Gonçalves se le iluminaron los ojos. Yo me encargo de que vean algo de aquella catástrofe. Hagamos novillos, como en la escuela, y disfrutemos un rato mostrando a nuestros amigos rincones agradables de la ciudad. La doctora Lestari era dulce pero entregada con tozudez a las enseñanzas de su trabajo. Nosotros estamos acostumbrados a descubrir ruinas y a tener que afrontar rehabilitaciones sucesivas, explicó. Los elementos están siempre ahí, golpeando las piedras y las vidas. A veces se corre más riesgo procurando cuidados que mejoren el estado de las ruinas que aceptando su decrepitud. No todo suele ser tan ruinoso como parece. El doctor Sousa captó el mensaje. No tema, lo que le vamos a mostrar está más firme que lo que dejaron los constructores iniciales, dijo con cierta soberbia de occidental añejo que desviaba intenciones confusas. Eso sí, apuntilló, a mi modo de ver, si bien se trata de una seña de identidad a la que se le ha dotado de un uso para que no sean meras ruinas a la intemperie, tan importante como el museo que alberga es el mirador desde donde se contempla la zona de Rossio y las freguesías más altas por las que emerge el Castelo de San Jorge. Ustedes tienes muchos espacios elevados para admirar la ciudad. Además, creo también que la ciudad sabe contemplarse a sí misma, dijo la arqueóloga indonesia. Al doctor Sousa se le veía eufórico y satisfecho por el reconocimiento de un foráneo. Cualquier comentario le daba pie para alardear de su amada ciudad de las colinas, como la solía denominar. En efecto, se explicó. Hay miradores que miran hacia el interior, miradores que contemplan el estuario y la otra costa, cuando vienes de Almada la vista desde el puente es otro mirador, y si tomas el ferry se despliega una visión más horizontal pero no menos hermosa. Yo creo, pontificó el doctor Sousa, que hay miradores para todas las estaciones del año, para toda clase de estados de ánimo, para encuentros con diferentes personas, miradores para llevar a un amante oficializado o a uno clandestino, para entregarte a la soledad melancólica o para planear un guión cinematográfico. Yo mismo, a mi edad, no tengo un mirador favorito, los prefiero todos. Solo me defino por uno u otro en función de la luz del día, de la humedad, de un recuerdo o de la necesidad de respuestas que mi cuerpo me exige sobre la marcha. Cuando llegaron a Largo do Carmo, tras subir la empinada cuesta de Calçada Sacramento, Cahaya Lestari propuso al doctor Joaquin Maria de Sousa Gonçalves: esta plaza pequeña y vegetal me gusta. Y dirigiéndose al resto del grupo: el que quiera visitar la iglesia memorial del terremoto, que vaya. Usted y yo, doctor Sousa, tomemos algo en una de las mesas de ese bar y dejemos las ruinas para otro momento. Luego la doctora Lestari, con un tono que desbarató al hombre, dijo: hábleme más de usted y de sus miradores.  



viernes, 18 de noviembre de 2016

Saudade




Dicen que una vez pasó por la ciudad un caminante que tenía fama de que tañía con mucho arte un instrumento y que los cantos que recitaba causaban un efecto de encantamiento sobre los oyentes. Un grupo de vecinos le pidió que hiciera un poema para ellos como recuerdo de su estancia. El hombre no era de excesivas palabras, no obstante su fama de evocador de lugares y de amores. Pidió al grupo que le acompañara hasta el borde donde el agua invadía la tierra y la tierra empezaba a edificarse sobre sí misma. Por el camino se fueron sumando más paisanos y todos iban con gran algarabía pensando que lo que les esperaba era un recital del cantor viajero. Era la hora del atardecer y el sol se desplazaba ya excelente y soberbio hacia mundos inescrutables. El hombre se aproximó a la superficie cenagosa de la orilla y con un palo escribió una palabra. Saudade. El corro de gente que había acudido permaneció aturdida. El cantor, mientras, había dado media vuelta y se disponía a partir, pues era un hombre de costumbres melancólicas y le gustaba ausentarse de las villas y ciudades al caer el día. ¿Y la poesía?, le preguntó enérgica una mujer deteniendo sus pasos. Eso, ¿y ese canto que te comprometiste a regalarnos?, dijo otro del grupo con cierta severidad. El poeta viajero se giró hacia el barro donde aún permanecía marcada la palabra. Ahí la tenéis. Aprendérosla de memoria antes de que la marea invada la ribera. Muchos dicen que así fue el origen de un vocablo que es hondo, que no tiene fácil explicación y que solo puede comprenderse si se pronuncia con amor.





jueves, 17 de noviembre de 2016

Cais das Colunas




Un grupo de niños se acerca al borde de las aguas de otoño, desconociendo cómo se apodera la luna de ellas y las hace crecer. Nada saben todavía las criaturas terrestres de los enrevesados seres que habitan el piélago. Y, sin embargo, desde su osada decisión los desafían. Tal vez la propia fragilidad y el temor a lo que ignoran les haga cautos. Juegan a hacer zarpar navíos imaginarios que el oleaje caprichoso pone en riesgo. Tienen la mirada fija en esa distancia corta que es el batir y retirarse la espuma que besa una y otra vez sus pies. Acaso ahora son más pragmáticos que luego cuando se vayan haciendo mayores y otras medidas de distancia les engatusen y confundan. No saben calcular la repentina tromba que les va a hacer correr tierra adentro y eso les divierte. Esa fascinación hipnótica durará toda la vida. Con las olas, con el viento que agita los ramajes, con los colores de las estaciones del año, con las palabras de los poetas, con el susurro de cuantas ternuras les alivien. Ay, cuánto se acordarán, según les vayan pesando los años, de aquellos juegos primigenios donde siempre eran ganadores. Tendrán que aprender a distinguir entre el entrechocar de los elementos y los disfraces seductores de los hombres y sus obras. Como el viajero del canto homérico tendrán que desbrozar el camino, en una procura incesante de elegir y de desechar, de avanzar con precaución y de detenerse convenientemente, de confiar en sus fuerzas y de despreciar lo que aparenta cómodo. Unas veces acertarán, muchas errarán, otras tantas les confundirán. Porque la vida, muy a su pesar, no ha sido nunca una mera contemplación. Mientras, los habitantes sumergidos, agazapados ante las expectativas de que los pequeños seres terrestres sean adultos, les dejan regocijarse. También ellos gustan de una inocencia que en alguna ocasión perdieron.





miércoles, 16 de noviembre de 2016

Largo do Picadeiro





"Hay ojos que solo miran al sueño; y, cuando
el sueño se disipa, se quedan ciegos".


Nuno Júdice, de Viaje.


¿Por qué estamos callados un buen rato siempre que salimos de vivir una obra de teatro clásico?, interroga Sebastião a sus dos acompañantes. Has dicho vivir una obra clásica, no ver ni asistir a una obra clásica, eso me ha gustado, le corta jovial Regina. Yo entiendo a Sebastião, dice Maria. Vivir una obra no consiste en un mero asistir a un espectáculo, aunque éste sea el vehículo para atrapar al espectador. Pero la gente suele ir al teatro como espectadora, al menos en principio, asevera Regina. Esa actitud de ver, oír y callar se lleva en otros órdenes de la vida cotidiana, ¿no os parece?, precisa el hombre. Un espectador de la vida establece siempre una distancia con los demás, con los quehaceres, no te digo con esas supuestas responsabilidades cívicas que se invocan en su nombre y a las que el ciudadano espectador suele dar la espalda. Si muchos dan la espalda a la política es porque probablemente también tengan razones, saltan a coro las mujeres. Sebastião no quiere la deriva de una conversación que al enmarañarse difumina ideas que se pueden compartir y que entre todos deben explorarse. Por eso insiste. Chicas, sigue en pie mi pregunta. Siempre que salimos del teatro o también del cine tenemos un rato de silencios, vamos juntos pero andamos abstraídos, es como si cada uno de nosotros estuvieran deglutiendo con mayor o menor lentitud el alimento que acabamos de tomar. Yo siempre dije que a ver, perdón, a vivir una obra o un film hay que ir sola, matiza Maria. Entras y te sientas sola, te enfrentas sola al argumento, entras y sales cuantas veces quieres de cada escena, te demoras en sus cuadros y, en definitiva, que avanzas o retrocedes tantas veces cuanto quieras según te impresione lo que allí se representa. Regina no le va a la zaga: vivir, como dices, un drama o una comedia, nombres desiguales y demasiado rígidos a mi modo de ver, es un convite, con mucho de self service. Resulta difícil abarcar de principio a fin cada detalle, pero puedes tomar una parte u otra en función de tu necesidad de comprenderla mejor o de disfrutarla como te venga en gana. ¿No tenéis la sensación, cuando salimos del teatro, de que hemos estando viviendo un sueño?, pregunta Sebastião. Yo no, exclama Regina, yo tengo siempre la sensación de que el sueño comienza a partir de pisar la calle. Sí, dice la otra amiga, volver a lo ordinario tras una obra se muestra más nebuloso. Una buena película o la obra clásica como la que acabamos de presenciar nos han hecho comprender mucho más acerca de los trabajos y los días que nuestras vivencias cotidianas. Y en menos tiempo, asevera Sebastião. 


martes, 15 de noviembre de 2016

Rua Garrett




"La diferencia que separa el recuerdo de la evocación es que el recuerdo no tiene alma".

Vergílio Ferreira, Pensar.



Un joven poeta se ha sentado junto a un viejo escritor muerto en el velador del histórico café. Quiero que escribas por mí ahora que estoy muerto, dice el hombre desde su efigie de bronce, porque mi carne dejó esta tierra hace mucho tiempo pero mis quejidos sortean a los gusanos y aún quieren aflorar a través de los espacios mundanos. El joven se estremece asombrado. ¿Me ha elegido de medium, maestro? ¿O prefiere que me denomine intérprete? Déjate de nombres, suelen ser imprecisos y la mayor parte de las veces traidores. Tú escucha, escribiente, y transcribe, le indica el hombre de bronce. El joven se afana ante la voz de la estatua. Escribe que no deseo que nadie me recuerde como un individuo que vivió para las letras, sino que las letras me nutrieron a mí, le cuenta la estatua hombre. Ya me basté yo solo para verme desde individuos diferentes que crecían dentro de mí y acababan cercándome. Incluso muerto, los personajes que reproducían personajes han tomado mi relevo. No sé si por la perduración de los siglos, puesto que probablemente no solo el papel esté sentenciado, sino que también la palabra misma arriesgue su fin. Todos esos otros Yo que salieron de mí y se conjuraron contra mí siguen hablando por el hombre que no da cuenta de existencia alguna, y se reproducen hasta donde otros individuos que les escuchan hacen suyas las ocurrencias que redacté. Las palabras nunca se ciñen exclusivamente al origen sino que se transforman, unas veces adaptándose, otras transgrediendo. También se pierden las palabras, o se esconden, o se dispersan fuera del alcance de los cazadores de palabras. Quien crea que las palabras que una vez fueron expresadas se limitan a las páginas de un libro es como si pretendiera domeñar el aire. El poeta joven permanecía anonadado, sin estar seguro de si estaba transcribiendo correctamente las opiniones de un hombre muerto. ¿Sabe, maestro? Alguien de esta ciudad debió pensar sobre usted: evoquémosle con una imagen que resista el frío y el calor, que transmita quietud y a la vez se le vea absorto, que contenga al hombre que hubo dentro y se exhiba como memoria en una eterna actitud sedentaria de calle. En la nada que habito no me interesan las vanidades, dice el escritor muerto, pues todo es mudable, incluso una estatua. De ello dan testimonio los aconteceres de las pasadas civilizaciones. Sumergido en la liturgia de transcriptor el joven poeta no se da cuenta de que transcurren las lunas y los soles. Que el bronce le ha fundido también a él.  Ignora que hay muertos que pueden con los vivos. ¿Se habrá convertido en un heterónimo más del escritor inexistente? 


lunes, 14 de noviembre de 2016

Tejo




"Yo no te llamo para conocerte
Conozco todo a fuerza de no ser

Te pido que vengas y que me des
Un poco de ti mismo en donde habite"


Sophia de Mello Breyner Andresen, de En el tiempo dividido.



Hoy vienes, hoy llegas, pero no traspasas mi umbral. El rostro que yo conocía no era este rostro apagado de hoy. Nada tiene que ver tu adusto gesto con la sonrisa que antes crecía al aproximarte. Traes un cuerpo pesado, no aquel saltarín que a mí me conmovía. Tu mudez me da frío. Estás aquí y, sin embargo, estás ausente. Dime que llegas para quedarte, o no vuelvas. Dime que llegas para ser libre, o resígnate a tus ataduras. Dime que has cruzado ese trozo de mar para ser aquí tierra, o naufraga en tu orilla. Dime que vuelves para que no haya noches blancas ni esperas estériles ni presencia de fantasmas. Dime que todas tus palabras antes dichas fueron cuerpos. Que tus jadeos han sido lágrimas. Que tus caricias te han anclado en mi puerto. Que yo soy la costa donde te refugiaste y aún puedes salvarte. Di que no serás mi carencia. No puedes seguir habitando en una mera travesía. Pero si perseveras en tu indecisión, vuelve a tu gélida oquedad y consulta a la sibila. 



domingo, 13 de noviembre de 2016

Ferry




La espera ha sido en vano. Hoy tampoco llega. La amante ocasional se ha vuelto a presentar a la hora convenida pero su hombre no aparece. Quisiera creer que es accidental, que ha perdido el ferry, que le han entretenido en Barreiro. Tentada está de tomar el catamarán que acaba de dejar a los pasajeros del último servicio, a punto de partir para efectuar idéntica ruta. No es mujer de dejarse desbordar por sorpresas, pero sí de flaquear con dudas. Y las dudas engendran siempre desasosiego e incertidumbre. Si voy allí acaso le vea, sé dónde se detiene cuando sale del trabajo, pero no le gustará. Eso piensa. Además no debo ponerle en evidencia. Ver a su mujer no es algo que me importe, pero no estoy dispuesta a crearle problemas añadidos. Aunque bien pensado, ¿quién los genera? ¿Acaso yo, que me he dejado seducir como una novata? Pero ¿qué digo? Si ha sido cosa mía encandilarle a él sin apenas esfuerzo. No, no iré. Seguro que me llamará más tarde. Alguna complicación, un nuevo pedido en la fábrica, una avería de su moto. Estoy acostumbrada a estos vaivenes. Él nunca obra con mala intención. No puedo pretender que con el ajetreo que se trae sea puntual o cumpla con la cita. Además, sé que no ve sino por mis ojos, si bien este tipo de amor siempre resulta complicado. Debo asumir que una relación rara, pero de peso, como la nuestra es sacrificada. Que ambos quisiéramos más, que yo estoy libre pero él no ha tomado todavía suficiente libertad para que lo nuestro se equilibre. O acaso es mejor así. Un amor tortuoso es un aliciente. Exige que cada día se sienta renovado, y todo lo que lleva consigo, el impulso, el riesgo, la atención secreta, todo eso atrae y atrapa. Si pongo en la balanza lo que recibo y lo que no me llega pesa más lo primero, porque lo que me da él se valora más en calidad que en frecuencia. Una vez leí en un relato de trovadores que cierta aldeana joven que traía locos a todos los hombres de la comarca fue seducida por un poeta que pasaba por las villas del reino. Éste le prometió volver en cuanto se lo permitiera su actividad de aedo, pero no apareció. Ella se justificaba no solo por los amores de los que había gozado con él, no obstante su brevedad, sino por los cantos que el trovador la llegó a enseñar en su estancia pasajera. Nadie lo pudo entender jamás, y la mujer se fue ajando sin otras pretensiones que una espera sin fin. Yo lo comprendo, cuando lees historias de este jaez piensas que son irreales, pero ahora lo entiendo. No queda de bajar nadie de los que llegan de Barreiro, no importa. Seguro que tengo noticias del hombre más tarde. No me voy a enfadar por ello. Él admira que yo tenga una paciencia larga con la situación. Dice más cosas, como que nunca había conocido a nadie que supiera llevar de manera tan prudente las dificultades, que cuanto más cuesta soportar separaciones indeseadas más fidelidad se genera entre ambos, que los dos nos forjamos más intensamente en nuestros sentimientos. Tampoco me engaño, sé que todo esto suena a literatura, y prefiero verlo así, como parte de un argumento que nos embauca a los dos, o que me envuelve alocadamente a mí sola, pero que evita momentos de tensión excesiva o palía rupturas violentas. Mañana no fallará, no me cabe duda. Me cite o no de nuevo mañana volveré a la misma hora.  




sábado, 12 de noviembre de 2016

Alfama




Supongo que usted habrá visto los miradores que tenemos repartidos por las colinas, ¿verdad? El anciano vecino del barrio y yo entramos en su casa. Es un piso pequeño, humilde. El puchero sobre una cocina de gas butano, olor a berza, cuarto mal ventilado. Saca una botella de vino recién rellenada en una bodega cercana, echa en dos vasos pequeños, como los de antes. Tal vez son ya antiguos. Le cuento que, en efecto, he visitado algunos puntos especiales de la ciudad, donde la vista se pierde y el pensamiento se vuelve más abierto, como el paisaje. El hombre me toma el argumento. ¿Sabe? Los humanos tendemos a ver la vida como un belvedere, como si al dominar la vista desde una posición general y elevada comprendiéramos mejor el mundo que nos rodea. Pero es un error, porque apenas abarcamos nada, ni hay totalidad ni siquiera la parte pequeña que vemos la registramos adecuadamente ni la disposición más alta nos permite comprender lo concreto. Y además, dice, no vivimos en ninguna terraza permanentemente. Nuestra vida, señor, me dice, es la inferior, cuando no la del inframundo. No me considero un muerto, le respondo con ironía. No se considera, pero usted, como yo, como muchos otros, lo estamos en cierto modo. No por la edad o la salud en sí, sino por lo poco que contamos en esta vida para todos aquellos que prometen salvarnos. Pero yo no creo ya en salvadores ni en funcionarios que nos vayan a arreglar nada, le replico por aproximarme más a su pesimismo. Él insiste. No se trata de creer, se trata de que estamos condenados, y de que lo más a lo que podemos aspirar es a que no nos hundan más. ¿Vive siempre con esa angustia?, me atrevo a inquirir. Antes no era yo así, dice, antes vivía en la ilusión, en el error, en el engaño. ¿No tiene mujer?, pregunto, no sé por qué, acaso por suavizar la amargura del hombre, aunque enseguida me doy cuenta de que puedo contribuir a ahondarla más. Una vez tuve mujer, allá en África, y también hijos. No he vuelto a ver a ninguno. ¿Los perdió? Sí, al volver perdí todo. Y no es que tuviera mucho, pero allí me defendía y aquí ya me pilló mayor para emprender una vida nueva. Además, a la larga no se puede competir con los jóvenes. Perdí todo. También la fe en el género humano, también las ideas a las que me obligaban, que siempre me vinieron grandes. No culpo a nadie. Creo que la vida tiene mucho de moneda que se echa al aire y a veces ni siquiera cae ante nuestros ojos, se pierde por alguna rendija de la vida. ¿Le gusta este vino fresquito? Siéntese, coma conmigo. Sobre el mantel de hule hay una caja de galletas, la retira, limpia las migas esparcidas por el mantel con un trapo. Además de la verdura freiré unos peces, al menos como habitualmente productos frescos. No sé qué decir, me emociona su generosidad. ¿O se trata de que hoy soy para él necesario? Déjeme que vaya poniendo los platos, se me ocurre. Están en aquella alacena, indica distendido, incluso algo eufórico. No podría aplicar el calificativo feliz para personajes del subsuelo como él, como nosotros.  




jueves, 10 de noviembre de 2016

Feira da Ladra




Trabo conversación con un anciano mientras recorro el mercadillo. Dice que puesto que no tiene nada que hacer aprovecha los días que hay feira para recorrer los puestos. Ese chamarilero con tal alarde y prestancia tuvo una plantación en las colonias, me indica. Vino de allí con la hacienda requisada y sin un escudo. Aquel que vende cachorros tiene muy mal carácter, lo apresó una guerrilla allá lejos y su mente no rige. La que vende muñecas al por mayor es Albertina, tres veces casada y tres separada. Se lleva de calle a quien se le ponga por delante, los tipos con los que come la respetan porque es la que manda. ¿Está casada con todos?, le digo en guasa. Con ninguno, pero es  la que organiza dónde colocarse, la que les soluciona los permisos, como una madre. Aquel del mono azul de mecánico compra radios viejas, las arregla un poco y al que se interesa, si le parece caro lo que pide, le cuenta bajando la voz que aún se pueden escuchar canciones y melodías de hace muchos años. Que solo por eso ya se justifica el precio. Pone tanto empeño y convicción que algunos acaban comprándole por lo socarrón que les parece. Ah, mire, ese es João, solo sabe hacer maquetas. Iba para arquitecto pero se metió en política cuando la política no era una forma de vivir sino un jugarse la vida. Tiene representadas varias iglesias de la ciudad, y eso que no quiere que le mencionen a ningún dios, y hasta hizo una Praça do Comércio con todo detalle que se la compraron unos alemanes. ¿Ve en ese tenderete esos azulejos de colores? Apolónia y su marido los trabajaban antes en un taller que tenían aquí cerca. Aunque les dicen a todos que lo fabrican ellos yo sé que no es verdad, que el mal que tiene él en las manos ya no le deja, pero no voy a revelar de dónde vienen estas piezas. Oiga, parece saberlo todo de los vendedores de este barrio, ¿no?, le digo al viejo. Ya ve, llevo muchos años viviendo aquí a la vuelta y dos veces a la semana batiendo los puestos por Santa Clara da para conocerlos a todos. ¿Hace un Ribatejo en mi casa?, me espeta el hombre por sorpresa.




miércoles, 9 de noviembre de 2016

Sophia




El año es aún de los oscuros y una mujer escribe a hurtadillas entre las tazas de café, haciendo que juega con la cucharilla y los azucarillos. El año es aún de los arriesgados, y la mujer añade el riesgo de su innegable aliento de juventud. El año es aún de los torpes, menos torpe porque ella va interpretando la vida. El año es aún de los indescifrables y nada se sabe del futuro de las letras ni del destino de las personas. El año es aún ciego y seguirán siendo ciegos los años venideros, salvo por los destellos con que el caos obsequia a los humanos, salvo por la poesía que para la poeta emana de las cosas. Ay, cómo deslumbra el desorden del universo con su apariencia opuesta. Y el visitante de la ciudad de las colinas blancas, aun sabiéndolo, cae de bruces ante los versos de ella. Él ya no busca redención, ya no se deja seducir por prescripción alguna, ya no cree en más propiedad que la de la materia pura. Solo espera mantener una cierta fortaleza que afiance su escepticismo resistente y amargo. A veces la encuentra en unos versos como estos que una vez, algún año de aquellos, escribiera Sophia de Mello Breyner Andresen.


"No busques verdad en lo que sabes
Ni destino busques en tus gestos
Todo cuanto sucede es solitario
Al margen del saber y  de las leyes
Dentro de un ritmo ciego innumerable
Donde nunca fue dicho ningún nombre"




martes, 8 de noviembre de 2016

Rossio




Un hombre ha ido temprano a esperar a una mujer a la Estación de ferrocarril. Ella dispone de poco tiempo y él ha hecho una escapada del almacén donde trabaja para encontrarse con ella. No se sienten obligados entre sí, pero les atrae el riesgo. Tienen dudas, pero no son todavía obsesivas. Les acecha algo parecido a un retorno a la adolescencia, si no fuera por las traiciones que acometen. O es precisamente por esto, por dar la espalda a sus propias responsabilidades, por lo que se agitan. Sus inquietudes particulares son livianas hasta la fecha, pero temen que se enrarezcan porque un nuevo paso supera a los que han dado antes, y ellos no quieren atropellar a nadie. Se intrigan mutuamente, pero no pasan de observarse. Se acechan con disimulo, manteniendo la cortesía. Van encaminándose con contenida excitación hacia un bar de la plaza. Allí en medio las fuentes cortejando el rectángulo armónico que forman los edificios, el agua curvada como homenaje al flujo y belleza de la vida. Allí la columna presidida por un emperador de tierras lejanas, como si el país llegara todavía hasta el otro lado del océano. Allí el teatro dando empaque a un espacio de siglos, acaso el más transitado de la ciudad. Donde los acontecimientos de la historia han agrupado al gentío. Unos minutos de café son un mapa de sensaciones reservadas donde lo que menos importa es el sabor del café. Hablan con prudencia y se miran como si los ojos de uno llamaran a la puerta del otro. A veces uno de los dos esboza cierto descaro pero miden las palabras. Ella habla del quehacer que tiene por delante ese día y él exagera la tarea que le ocupa las horas. Él le asegura que le encantaría recorrer juntos rincones de la ciudad que ninguno de los dos conoce. La mujer quisiera abrirse a deseos más íntimos que se circunscribirían al espacio de una habitación, pero se abstiene de expresarlo. El tiempo disponible transcurre implacable. Les gustaría decirse más, mirarse más, alargar las manos hacia las sensaciones que cada cual requiere y calla. Ella estrecha sobre su pecho el libro que ha venido leyendo en el tren y él le pregunta de qué va. Es poesía, aunque no esté escrito como poesía, porque todo depende de lo que uno quiera leer y, sobre todo, como quiera sentir, le dice la mujer. Quédate con él y echa un vistazo, ya me lo devolverás, le anima. Tienes que terminarlo primero, le responde el hombre. Pero ella insiste. Me gusta parar siempre en las últimas páginas de un libro, demorar su final, incluso imaginarlo antes de comprobar qué desenlace ha puesto el autor. Salen del café y se separan al borde de una fuente. Sus últimas palabras se hacen rumor con el agua y les divierte. 



lunes, 7 de noviembre de 2016

Largo de São Carlos




Aquel libro, hecho de tantos hombres, dispersó por la tierra sus páginas. Y como cada página, cada alma de hombre, era fecunda no hubo vereda, ni costa, ni taller, ni antro, ni morada que no diera luz a otro hombre y, por lo tanto, a nuevas páginas y, consecuentemente, a otras vidas. Tal era la existencia infinitamente desdoblada de aquel libro que tenía apariencia de hombre. Donde no cabía encontrar la quietud de los dóciles sino la tensión de los desasosegados que se hacen a sí mismos.




domingo, 6 de noviembre de 2016

Estuario




"...Agua. Agua.
Todas las aguas, todas.
Oh antiquísima agua de las estrellas,
próximas distantes aguas matinales,
oculta agua dada a beber
en una sola mirada".

Eugénio de Andrade, De Todas las aguas.



Dos personas se dan la espalda y miran lo que parecen paisajes dispares. Una línea de agua y una corriente de letras. En ambos se concentran. Por uno y otro se desplazan. Entre ellos se aquietan. En las dos perspectivas leen. Porque siempre hay dos clases de lecturas por lo menos. ¿Cuál de ellas empapa más? ¿La que traslada imágenes horizontales aparentemente definidas? ¿La que se humedece con palabras a las que hay que poner rostro? Ninguna es obvia, ni clara, ni evidente del todo, aunque den la sensación de ser explícitas. ¿Vale más la sugerida comodidad de contemplar la naturaleza que llega a bocajarro? ¿Es más profunda la que exige el esfuerzo de dejarse arrastrar por una historia narrada? La persona que mira la lejanía se hace preguntas ante el piélago que acaricia con sus bocanadas de brisa. El lector se entrega  a un ámbito de mundos y submundos que nunca se agotan. Tal vez éste cierre el libro, respire hondo y se apoye en el barandal de mármol a leer el agua. Puede que la otra persona se gire y tome el libro que acaba de abandonar el lector para seguir otros cursos. Desalojaba yo de mí este pensamiento cuando ambos individuos cambian el rumbo de sus posturas, se apropian de mi imaginario y lo materializan. En su relevo se turban. Por un instante se observan cara a cara. ¿Se contarán después qué han visto en el río de sus lecturas?

   

viernes, 4 de noviembre de 2016

Adamastor




El gigante mira al estuario y qué mira. ¿A los navegantes del pasado o a los osados de estos tiempos que siguen empeñados en afrontar los elementos para ahondar en lo desconocido? El monstruo que se aparecía a los aventureros para disuadirles de avanzar en la ruta probablemente fuera hijo de los sueños frustrados de unos hombres. Pretendía detener a los audaces para evitar que las quimeras se hicieran realidades. El rostro de terror de Adamastor es el de su propio miedo. Teme a aquellos a los que trató de parar y que se han crecido ignorándolo. Desde lo alto de Santa Catarina el monstruo Adamastor se retrae de la llamada del océano porque sabe que el viaje de los hombres ya no conoce límites. Los cabos de las Tormentas de hoy siguen siendo duros y bravíos en multitud de costas de la vida, pero los exploradores se arropan y se suceden unos a otros con resultados imprevisibles. Los pioneros apenas lo son por unas horas y al fracaso de un intento responden con varios intentos nuevos. Adamastor ya no asusta ni frena a nadie, ni le desvía de sus objetivos. Es un gigante literario con nostalgia de Os Lusíadas, que ha pasado al retiro. Ahora solo teme por sí mismo. Desde su atalaya de roca sabe que los hombres lo han superado. Porque cada hombre engendra dentro de sí a un monstruo que proyecta dimensiones cuyos aciertos o desafueros serán juzgados por otros hombres. Adamastor Saturno ya no devora a sus hijos. Éstos se encargan de la tarea.




jueves, 3 de noviembre de 2016

Terreiro do Paço




"Me llaman las aguas,
me llaman los mares,
me llaman, alzando la voz corpórea, las lejanías".


Fernando Pessoa, de Oda marítima.



Desde el pretil en el que está subida la mujer mira fijamente la confluencia de las aguas. El oleaje golpea con furia los escalones, los cubre, salpica a los niños que rivalizan con él. La mujer mira a lo lejos con una nostalgia que no acaba de asimilar. Mira allá donde el río es ya todo mar. Donde la luz aún no se ha apagado. La humedad empapa suavemente el cuaderno de dibujo que tiene extendido sobre su regazo. De pronto se siente inmersa en la analogía que le sugiere la hora del día. Ve como un desafío el flujo creciente del agua y añora el instinto lúdico ya perdido. ¿En qué parte del camino estoy?, se pregunta, sin pretender obtener más respuesta que el engaño mismo. Utiliza la distancia que se prolonga ante sus ojos como símil de su propio recorrido. ¿Estoy todavía a tiempo de que me inunde la pleamar?, se ilusiona. La mujer, anclada en un punto aún seguro de la costa, sabe que no estará así siempre. Que nada es posible retener eternamente. Sus pensamientos la incitan a traicionarse con la metáfora. ¿Y si yo misma decidiera impulsar la corriente como si no existiera ni tiempo, ni freno, ni límites? ¿Y si el poder genuino de mis horas no residiera tanto en la condición física de mi cuerpo como en la imaginación que compense su parálisis y oculte su deterioro? La mujer se inclina sobre el cuaderno y traza dibujos del ocaso, matiza o difumina los personajes, intensifica el tono de los colores para que no se apaguen. La vida no es más que una sucesión de bocetos, al fin y al cabo, se apunta a sí misma.  




martes, 1 de noviembre de 2016

Largo de Camões




El guirigay del tráfico que cruza arriba y abajo las calles que esquivan el corazón de la plaza se suaviza en torno al kiosko de bebidas. Unas mesas y unas sillas sencillas, parada calma para charlas de tentempié o lectura de hacer tiempo. Un lugar como otro cualquiera para una cita a ciegas. Pero también idóneo. Si no sale bien es fácil perderse enseguida por la caída suave de Rua Garret. Desde el largo de Camões el individuo en fuga puede buscar cualquier dirección de la ciudad para consolarse -Rossío, Comércio, Cais de Sodré- o refugiarse en el interior del Chiado, porque el Chiado tiene algo de madre amantísima que envía a sus hijos a la búsqueda del mundo y que está siempre dispuesta a acogerlos si deciden volver. Ni el hombre ni la mujer que se habían citado eran de la ciudad. Ni siquiera del país. Tampoco jóvenes. Ninguno sabía hablar la lengua del otro, pero se entendían en un portugués a tropezones. En su conversación parecían ignorar sus vidas privadas. Intercambiaban impresiones y detalles de la ciudad y de las sensaciones que percibían en sus pasos. Hablaban de lo cómodo y abrigador que era recorrer las colinas extraviadas bajo los edificios, de la monumentalidad de sus calles y plazas, de la afabilidad de los vecinos, de tal museo que se les había revelado como hallazgo. Ellos mismos caían en el tópico, pero habían constatado la base acertada que éste puede tener. Cuando alguien asume como experiencia suya lo que se considera extendido y repetido hasta la saciedad lo vive como descubrimiento personal y valora aquello que se palpa en propia carne. No demostraban urgencia por darse a conocer el uno al otro más allá de lo que se habían contado por correo antes de concretar el encuentro. Se deleitaban comunicándose entre sí aquello que más admiración les había causado de todo cuanto habían visto o se incitaban para conocerlo más a fondo. Ellos mismos se sorprendían de que se resistieran a entrar en el juego personal y de este modo desembarazarse de la tensión que les había llevado hasta allí. ¿Quieres que te hable de mí?, le dijo al fin el hombre a la mujer. No hay prisa en ser más explícitos, dijo ella. Sigamos recorriendo juntos la ciudad. Voy sabiendo de ti mismo más de lo que crees mientras paseamos. En lo alto de su pedestal Camões permanecía ajeno, si no despectivo, a las cuitas de los amantes en ciernes.

 


lunes, 31 de octubre de 2016

Unas huellas 261 años después




Saliendo de Rua dos Bacalhoeiros hacia la de Alfândega te encuentras un espacio a modo de plaza que no es plaza, al menos no de momento. Es un solar amplio, frente a la Casa dos Bicos, con árboles centenarios, cuyo suelo se excava por un lado y se urbaniza por otro. Allí y un poco más adelante, todo son obras y ya se sabe que las obras en curso se hacen sobre otras obras que cumplieron su cometido. De las que no queda su sombra, o eso se pensaba. Pero a veces aparecen en una urbe antigua como ésta, y nos fascinan. Si se las respeta o se las ignora o se las desvía no lo sé con exactitud. No obstante, parece que hoy predomina el primer criterio y uno, que solo está de paso, desconoce el cómo y de qué manera. En esta parte fue el terremoto, dice entusiasmado el obrero que pone la valla. El mar llegó hasta aquí, lo tragó todo y ahora salen los restos de las calles y los muros de los edificios que quedaron destruidos. Habla como profesional al que emociona no solo el trabajo presente sino aquello que renace como huella. Al contar a su modo y manera se vincula con el pasado y sobre todo con los de su oficio del pasado. Por esta parte se ve la calzada por donde iban los carros de hace más de trescientos años. Se desplazaría el rey y la corte que hubiera entonces, pero seguro que también transitaban los arrieros, los porteadores esclavos, los comerciantes que irían a las oficinas del puerto a pagar los impuestos de lo que importaban o exportaban. El obrero pisa el suelo con delicadeza, no tanto porque le hayan dicho que tenga cuidado con los restos arqueológicos como porque comprende el valor natural de lo que hay allí. Si la tierra de por sí siempre es sagrada, me dice, aquella parte de la tierra transformada por el hombre lo es más. Me deja perplejo que lo tenga tan claro. Pienso entonces en una sacralidad añadida, que podríamos decir. Una sacralidad laica que es la que mejor reconoce el significado y el valor de la naturaleza que hemos heredado y de las ciudades que se han construido para facilitar la supervivencia. Ya ve, el agua llegó hasta aquí, repite para que me lo grabe en el recuerdo invisible. Cuando las tripas de la tierra o del mar crujen no se resisten las obras de los hombres, por muy grandes que sean. El hombre ajusta el cercado. Es la hora de acabar la jornada.




domingo, 30 de octubre de 2016

Miradouro de Santa Catarina




Una mujer mira el puente largo sobre el río que ya está a punto de ser mar. La luz se va cubriendo con lentitud de una neblina imperceptible, pero el horizonte se resiste a dejar de ser albo. Es pronto todavía para que se difumine la costa lejana, que se mantiene adornada por un collar de ámbar apenas mutable. La mujer absorbe y expulsa a la vez desde su piel todas las razas que alguna vez llegaron hasta aquí. Si se observa su tez puede nombrar un continente, acaso dos. Si se recorre su figura parece que hubiera nacido apenas nada. Si se dibuja su perfil resulta difícil distinguir qué hay de esclavo o qué de emancipado en sus rasgos estilizados. Se gira, exhibiendo un rostro sin heridas aún. Mantiene generosa mi mirada asombrada. Yo solo espero de un momento a otro un gesto de desdén. Pero su actitud me apacigua. A sus ojos se les ve cansados, señor, pero también en ellos se refleja la luz, llega a decirme. Aproveche lo que queda del día y mire hasta donde ya no haya qué mirar. Siento la bofetada de mi propio rubor. Luego ella se concentra de nuevo en la línea lejana, cada vez más velada. Y yo sueño.






viernes, 28 de octubre de 2016

Praça do Comércio




El hombre de la boina y el bastón no cesa en sus paseos diarios. Dice que aún siente un cosquilleo en la planta de los pies cada vez que sale a la calle. Que se trata de un extraño complejo que le invade desde que en la infancia le contaron de cierta devastación antigua de su ciudad. No le inhabilita en absoluto, ni le conduce a otras manías. Pero ni los años obligados en África, ni la bochornosa sumisión de los tiempos oscuros, ni los cambios traídos por la última oleada de modernidad han podido con su peculiar obsesión. En realidad, dice él, no es angustia, ni me produce inseguridad, sino que más bien es una especie de post sentimiento. ¿Post sentimiento?, le inquiero. Algo así, dice él, como si aquel acontecimiento funesto que causó tanto daño entre los habitantes y bienes de la ciudad permaneciera vivo en una subterránea instancia genética de mi memoria. Le escucho asombrado y trato de argumentar frente a su insólita fijación. Pero eso pasó hace mucho tiempo y han transcurrido demasiadas generaciones desde aquella catástrofe. Los que fueron marcados por aquella desgracia y sobrevivieron hace tiempo que dejaron de existir. Además, ahí lo tiene, hoy todo está nuevo, pujante, funciona como nunca, y usted mismo ha llegado por la bondad de su propia naturaleza a una edad avanzada. ¿Qué más puede pedir? El anciano sonríe con sarcasmo. ¿También usted va a decirme que todo está bien? No olvide aquel poema del filósofo francés:

Filósofos que, errados, gritáis: 'Todo está bien'
¡Acorred, contemplad estas horribles ruinas,
Esos infames restos, esas tristes cenizas,
Esas madres e hijos en confuso montón...!

Ah, pero sería un hombre falso, me dice, si los versos del poeta clarividente los citara solo para evocar circunstancias infames o devastadoras del pasado. Ha habido tantos pasados y tantos desastres. Hay tantos presentes y tantas calamidades...Me sorprende y consigue llevarme a su orilla. ¿Quiere decir que los versos de Voltaire, a quien tanto impresionó la destrucción de esta ciudad, siguen en vigor? ¿Que no son retórica ni plegaria sino una reflexión profunda sobre la pervivencia del infortunio y del mal? Hijo, me responde el hombre, la sensibilidad de la poesía es duradera. No por la poesía misma sino porque las desdichas que los hombres o la naturaleza causan siguen repitiéndose como en las épocas más lejanas. Ya dice en su poema el autor que ambos admiramos:

Todo, elementos, bestias, humanos, está en guerra.
El mal domina al mundo, hay que reconocerlo.
Su principio secreto no nos es conocido.

El anciano me deja la cita a modo de despedida. Luego prosigue su paseo mientras una humedad blanca impregna la plaza.





miércoles, 26 de octubre de 2016

Miradouro de Santa Luzia




Las buganvillas recubren la marquesina del mirador. Algunos visitantes apresurados se regatean por la primera fila, pero desaparecen enseguida. Dos mujeres jóvenes llegan riendo hasta la baranda azulejada. La más alta posa para la fotografía que le va a hacer su compañera. Una parra corona su cabeza mientras se apoya en una columna. Eso las divierte más y la que posa dice: eh, mira, soy Baco. Y eleva su cabeza para que las hojas se ajusten a sus sienes. Se vuelven hacia el horizonte, se abandonan a la expectación y al silencio. Miran los colores -blanco, almagre- del caserío que se precipita abigarrado y tranquilo, sin perder el equilibrio, hacia el estuario. La mujer de menor altura sujeta de la cintura a la otra. Un estremecimiento recóndito y prudente las recorre. Una propone: yo cierro los ojos, tú te fijas en una parte del paisaje, el río, por ejemplo, o las casas, o los barcos, o el lado de la iglesia, y a continuación me lo relatas con todo el detalle posible, para que yo lo vea. Luego yo hago lo mismo y tú tienes que ver, también a ciegas, según te lo voy contando. Hay emoción en los ojos de las mujeres. Tiemblan por el juego, también por el paisaje que van a ver y a imaginar. ¿Sabes que lo bello, si además es real, siempre deja pequeño a lo imaginario?, le pregunta la otra. Pero yo no lo voy a imaginar, tú me vas a guiar a través de lo que existe con tus palabras, le responde. Sus miradas están cargadas de un paisaje abierto. De un paisaje en dos direcciones. Con o sin las hojas de parra eres Baco, sí, dice con insinuante ternura la mujer más leve.



martes, 25 de octubre de 2016

Praça de São Paulo




Una mujer mira a un hombre a hurtadillas. Él la mira también pero ella no quiere obsequiarle más su mirada y le olvida. Él la observa, unas veces con descaro, otras con pudor. En una ocasión coincide la horizontalidad de los ojos de ambos. La línea que se dibuja entre uno y otro parece larga. La mujer se turba y ambos restañan con miradas líquidas sus tristezas. Ella, de pronto, le aparta, porque si por un instante más le retuviera lo recordaría. Y ella no quiere recordar. Recordar es más que un ejercicio de recuperación temporal. Es una condena. Se recuerda por frustración, porque se tuvo y se perdió. Se hace imaginación del recuerdo por lo que se pudo tener y no se tuvo. En cualquier caso, ese intercambio de una mesa a otra del bar resulta una curiosidad, activa un juego. Ninguno de los dos ignora que se trata de un recurso para sentirse vivos. Más pragmática, ella razona: si no retengo no llegaré a añorar. Gira la silla y deja de mirar hacia el hombre, al que regala su nuca distante. Él sorbe lentamente un café expreso, cuyo denso humear dilata el horizonte. Las volutas del café y las que caen del cabello sobre el cuello de la mujer se encuentran en un infinito improbable.





lunes, 24 de octubre de 2016

Sim e não




"traída a la luz
traída a la libertad de la luz
traída al asombro de la luz".

Sophia de Mello Breyner Andresen



Entre el sí y el no se encuentra la ciudad. En su medida y en su desmesura. Ni su proporción basta para explicarla ni su exceso la condena. Se mira, se pasea, te detienes. Subes y bajas por ella con una sola pregunta en los labios de tu afán: ¿dónde permanezco absorto hoy? O acaso una demanda más: ¿dónde me acomodo hoy? Acomodarse es armonizarse. Con el entorno, naturalmente, pero sobre todo contigo mismo. Lo demás sería un accesorio de palabras que jamás podrían sustituir a la imagen. Y sobre todo la propiedad sensorial que, a medida que andas, destaca dentro de ti. El no y el sí de la ciudad que visitas se encuentran bajo tus pies. ¿Seguirán mis pasos alguna linea de la antigua fractura?, te preguntas. El sí y el no de la ciudad que recorres sin urgencia flotan como una caricia alba. ¿Tendré suficiente mirada para tanta dilatación?, te dices. Su claridad abre los cuarterones de tu pensamiento. El sí y el no te elevan y te descienden, y las piedras ajustadas y diversas que pisas son una orfebrería bajo la que subyace un tejido más antiguo a través del cual medió el caos. ¿Alguien podría imaginar, al contemplar hoy la ciudad creciente de colinas y vaguadas, que apenas hace dos siglos y medio largos fue objeto de la calamidad? No tendrás palabras adecuadas para interpretar cuanto te acoge. Sí tendrás sensaciones profundas, algunas inexplicables, para la exultación que padeces. Querrás ser suelo herido. Desearás palparte cual humedad horizontal. Anhelarás saberte luz que se rescata a sí misma. Vayas al rincón que vayas, de lo alto o de lo bajo de la ciudad, también hallarás la desembocadura en la que te afirmes. 



sábado, 22 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 58




"Siente el larvado sinónimo
de lo que es y no es".

Max Maxius, Pseudoprophetica.



Desde el principio que no hubo no vivimos para reconocer nuestra condición, sino para fantasear y hacer ficción y perseguir ideales que hay en esa peligrosa propuesta, y ya se encargaron los magos de la tribu, los antiguos profetas, las sempiternas castas sacerdotales, los doctrinarios laicos y los publicistas actuales, nuevos depositarios de la revelación de la farsa, de que generáramos ídolos, cuyos rostros y envergaduras admiramos hoy, a muchos de ellos como meras representaciones, a otros como objeto de culto y delegación de su creencia, a otros tantos como símbolos que alteran realidades, y todos ellos adobados por el torpe sentido onírico que solemos los humanos desarrollar cuando estamos despiertos, no necesariamente con opios y mezcales diversos, sino con la palabra venenosa, la palabra que erosiona la conciencia de las realizaciones que los hombres deberíamos más bien labrar y fortalecer, pero nos cuesta renunciar a vivir para las obtusas y deleznables ideas de los caudillos y los clérigos de todos los colores, nos resistimos a generar márgenes donde recrear vidas no dirigidas, nos entregamos a derivas que se consolidan a la vez que nos vacían, nos damos a la ruleta de invenciones que no son las propias de lo que cada individuo podría recrear con brillantez, sino meras repeticiones de lo que los avispados de este mundo convierten en negocio y control, y es que la verdadera invención, su sentido exquisito y que abre perspectivas está eclipsado por la uniformidad de conductas, por actos sujetos, por dudas que se reprimen en lugar de fecundarlas para obtener un ciclo de claridad permanente, y en medio de todo ello se acusa la carencia de humor transversal, profundo, ético, pero reparador y también constructivo, y es por ello que viviendo sin distinguir las posibilidades y los límites de aquellas ficciones mediocres que nos tientan a cada instante, nos dejamos conducir a una confusión superior, y hallan de este modo vía libre los intereses más espurios, que siempre son destructivos, siempre son para beneficiar a un grupo pequeño del planeta a costa del esfuerzo de los seres del silencio y llegado el caso, más cotidiano y frecuente de lo que nos pensamos, del dolor y de la devastación.   

No sé si el tono profético de Max me tranquiliza o me asusta. Más.



(Fotografía de Jerry Uelsmann)


lunes, 17 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 57



  
"O Fortuna, 
velut Luna
statu variabilis, 
 semper crescis 
aut decrescis..."


Carl Orff, Carmina Burana.



El azar, esa constante única en cada naturaleza. Es único porque no se transfiere, no se repite a menudo bajo la misma forma u ocasión. El azar y tú van de la mano. El azar de otro puede inferir en ti, unas veces lateral, otras directamente. El azar del otro puede poner en jaque el tuyo, pero el tuyo decide. Sólo tú puedes valorar lo que ha significado en la condición y desarrollo de tu vida. El azar también tiene dos rostros, dos burlas, dos opciones, dos elecciones, dos límites. ¿Se puede soslayar el azar? Lo dudo, ahora bien, ¿cómo se conjura a favor de uno de sus lados de Jano invencible para que el otro lado afecte lo mínimo? Encuentro por un cajón una moneda antigua, toda achatada, donde se lee la inscripción Fortuna. Qué invocado era este concepto en el mundo clásico, principalmente en el romano. Los hombres habían inventado la diosa particular que propiciara suerte, logros, bienestar, riquezas. Pero los hombres sabían que sin la posesión pecuniaria, las otras, ya de por sí reducidas, poco proporcionaban. Así que, no obstante estar figurando inscrita e icónica la Fortuna en templos, tumbas, monumentos y lápidas viarias, los hombres la incorporaron al símbolo por excelencia del valor de cambio. Pusieron sus designios en el dinero y aún no los han retirado. ¿Creyeron alguna vez en Fortuna como diosa o como vehículo de compra y venta? Una vez más, los dioses son justificaciones estériles del verdadero poder que a veces conjura provisional y limitadamente el azar y el riesgo desventurado de nuestra especie. ¿La Fortuna y tú os acompañáis? Busca otro daimón que te haga afortunado pues, como bien dice un amigo, tal como vamos nos lo quitarán todo.




  

sábado, 15 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 56




"Es de noche: solo ahora despiertan todas las canciones de los amantes. 
Y mi alma es la canción de un amante".

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra.


Los amantes deambulan por los sueños. Se acercan, se miran, se rodean, se perdonan. En los sueños el amor es sobre todo tentativa y si cuaja se trata de un desafío cuya distancia no acaba de recorrerse. El amor onírico está cargado de tactos y de movimientos y de palabras que bullen inconexas, que se disuelven antes de que los cuerpos se congreguen. En ese mundo polimórfico que propicia el sueño no hay culpa ni compromiso indefinido ni mucho menos llanto. El amor de los sueños no va a ninguna parte, y en eso se parece al de la orilla consciente, y aunque ambos amores no se distinguen en algún tipo de inclemencia el del sueño hiere menos, o acaso se siente menos el dolor. No existe el amor frustrado, porque se entra y se sale del deseo con la habilidad que proporciona desdoblarse y ser incluso el que no se es. Los amantes se recuperan como tales allí donde no puede imponerse el desgaste de la vida ordinaria. El amor en el sueño goza de la sorpresa de los encuentros más insospechados y las traiciones se obvian simplemente porque se han desvalorizado. También hay algo de amor grupal en el amor que se sueña. Algo primitivo que descorre el velo de las pasiones y se hace cómplice. Algo que se ilumina desde la hoguera en el fondo de una cueva donde no se distingue quién es de quién porque nadie es de nadie. En el sueño el amante se une y se separa de la amante por un impulso más que por el deseo. En el sueño el deseo de los amantes tiene principio y se amplía y adquiere la forma de una luz que deslumbra para que no haya final. Y no hay final. En el sueño nada se ejecuta ni se consagra ni pone en peligro. Los amantes, en el sueño, extienden la palma de su mano, cierran los párpados, escuchan las dubitativas o eufóricas voces del otro, diluyen la desnudez en un ejercicio de fuga que prescinde del tiempo. Pon el oído a lo que hablan los amantes en el sueño. Lo que se dicen es silencio, del que no quieren despertar.




(Fotografía de Nadia Bedzhanova)


jueves, 13 de octubre de 2016

Morir por las ideas




Cómo siguen en vigor los juglares. ¿Quién les puede disputar su clarividencia y su desencanto? 




No voy a hablar de los que mueren por las ideas, o por sus fijaciones, o por sus fes, o por sus obsesiones maníacas. Solo recordar que muchos viven por sus ideas, ah pero no por las ideas puras, ni bondadosas, ni generosas, ni entregadas desinteresadamente. No, no creo que muchos vivan por ideas, sino por el chollo. No creo que haya nada sin interés en esta existencia. Siempre hay moneda de cambio o bien en dinero o bien en especie, y dentro de la especie está conseguir medios de poder, o un ascenso, o un puesto de trabajo, o simplemente el sentirte bien al hacer algo positivo por otro porque a cambio pues eso, te vas a sentir bien. Y hay unos otros que les hemos conocido de toda la vida que solo están para lograr más y más beneficios, usen a Dios o al Estado o a la Sociedad, conceptos unos fantásticos y otros relativos, pero que vienen de miedo para asegurar propiedades, ejercer influencias, ahondar en el control de los hombres. Lo malo es cuando progresan más en su línea de Gargantúas del poder y del dinero porque encima el fiasco de las supuestas izquierdas de este país se lo propicia. A este paso, ya no es solo que se adueñarán de todos, todavía más, sino que viejos tiempos estarán presentes con una imagen aparente pero con funciones de fondo como en el pasado. Sí, los cuadrilleros de la Santa Hermandad y la Santa Inquisición seguirán siendo formados de la mano de los que hablan de la otra vida y solo viven con ansia de ésta. Y seguimos llamando desde la Constitución de papel estado laico a lo que es, también, un fiasco.


http://politica.elpais.com/politica/2016/10/12/actualidad/1476270980_031399.html

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 55




"...lo que hace que una narración sea buena no es la historia en sí misma,
 sino qué sigue a qué en una historia".

Joseph Brodsky, Marca de agua.


¿Te has dado cuenta de que nacemos de lo narrado?, dice Max desde su rincón en penumbra, mientras la lluvia arrecia fuera. Por más que hagamos el esfuerzo de recordar el origen, que no lo conseguimos nunca, en realidad imaginamos. Pero no imaginamos del vacío, sino desde aquello que nos han contado. ¿Y qué nos han contado? Retazos, cuya composición y color dependen de los intérpretes. Si me preguntaran cuál es el primer recuerdo que tengo diría que aquel que no me viene a través de la memoria sino por las sensaciones. Entonces, ¿será que lo que recordamos son las sensaciones? ¿Nos hacen antes que nada los sentidos reflejos? ¿Respondemos al instinto antes que a todo lo que va a venir detrás y que llaman cultura? La vida y sus episodios. Cuando empezamos a tener conciencia del recuerdo el instinto nos ha nutrido, los sentidos se han desarrollado, las emociones han ido ocupando espacios, los sentimientos van tomando carta de naturaleza menos natural. ¡Y todo eso es aprendizaje! No tengo recuerdo de la primera vez que estuve a punto de ahogarme en el riachuelo, pero me lo contaron tantas veces que me lo imagino aún. Incluso lo siento o me parece sentirlo. Todavía cuando aparece en mi mente el tema percibo la piel amoratada y la respiración dificultosa y me parece ver cómo acuden mis tías y me dan palmadas fuertes para que reaccione y siga viviendo. Un episodio relatado que se reconstruye en mi cerebro como si se tratara de la memoria. Algunos dicen que existe la memoria subconsciente, que hay un cierto tipo de memoria del instinto y que su valor se manifiesta en efectos de conducta o de gusto duraderos a lo largo de la vida. ¿Será esa la explicación de mi escasa propensión a meterme en el mar o bañarme en un río donde no veo ni toco el fondo? No te doy la lata con los recuerdos reales o imaginarios, dice Max; bastante paciencia tienes conmigo. Pero ¿no es curioso que iniciarnos en la vida sea ante todo un relato? El escribiente al uso, no sé si profético o no, que dijo una vez aquello de que en principio fue la palabra no andaba descaminado, aunque luego la idea se haya utilizado para objetivos esotéricos. Vivimos como narración. No es porque nos cuentan desde el principio infinidad de historias para entretenernos y recrear nuestro frágil y desocupado magín. Sino porque cuanto nos va aconteciendo en esos años de dominio del instinto se va convirtiendo en narración por sí mismo. Cuanto de niños fuimos haciendo los adultos se lo fueron contando unos a otros, y luego el anecdotario nos ha ido cayendo a nosotros a medida que íbamos entendiendo, según íbamos adquiriendo lo que llaman uso de razón y que a mí me parece un equívoco, porque vivimos rodeados de gente madura e incluso anciana con dudosa razón o con escaso ejercicio del razonamiento, y luego incorporábamos su versión a nuestras señas de identidad. Hasta tal punto que habrá muchas vivencias y actos de nuestra infancia que nos han llegado mezclados de verdad y de mentira. Si hubo ficción y engaño los hicimos nuestros y creímos que nos había sucedido. Así aconteció igualmente con las ideas absolutas que fueron incubando descaradamente en nuestra inconsciencia. ¿Ha habido mayor falta de respeto, mayor grado de criminalidad sobre las conciencias, que inventarse conceptos absolutos inexistentes, con nombres y con mitos y obligar al niño a creérselos? Convéncete. La verdad sabemos que no existe. Pero la mentira, con cualquiera de sus múltiples caretas, nos ha configurado de tal manera que, como dice un amigo, para no amargarnos y sobrevivir con dignidad solo nos queda el recurso del humor. A eso hay que llamarlo afrontar la vida. 


(Fotografía de Thomas Godd)


lunes, 10 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 54





"Nosotros, los salvados,
Siguen colgando los lazos hilados para nuestros cuellos".

Nelly Sachs, de El coro de los salvados.



Solo me considero a salvo en el sueño, no quiero decir estar tranquilo ni seguro ni feliz, porque no conozco ninguno de esos estados, sino que estoy a salvo allí dentro, como poco me encuentro físicamente a cubierto de los aconteceres de aquí fuera, que si en el sueño mi ciudad es víctima de devastadores o los perseguidores de la bondad humana tratan de obligarme de nuevo a tragar doctrina o perece alguien a quien mucho quise o no llego a tomar un tren que se aleja dejándome en el desamparo, un tren que llega y se va antes de que me dé tiempo a subir, cuyo destino no existe, pero que en sí mismo es como una fuga, y tampoco sabiendo de qué me fugo, en definitiva, imágenes fieles de mi propia vida, de lo vivido antes o después durante tantos años, donde las personas que he tratado se mantienen como si sus faces no hubieran cambiado, como si incluso no fueran ahora esqueletos en bastantes casos, siempre me queda el recurso del despertar, aunque sé de individuos que no quisieron despertar, porque querer no siempre es volitivo, no siempre es conciencia, hay individuos que hacen del querer y del poder algo más profundo, que igual les proporciona beneficios durante algunos años como les condena, y han llevado sus ansias a niveles más profundos de la conciencia, y entonces se les escapa la posibilidad de control, y perecen en el sueño, debe ser interesante creer que te vas a la cama para unas horas y que luego las horas son eternidad, porque quieras o no, en general del sueño de la noche se emerge, si bien hay despertares que aún arrastran la mano larga de lo soñado, no recuerdas apenas el episodio soñado, se trata de una especie de hálito que te envuelve, una costra que te sigue aislando durante unos minutos o incluso durante unas horas de otros seres, que si tienes que hacer necesitas que nadie interfiera en ti, y entonces te muestras huidizo o antipático o desinteresado, y repercute en las actividades pendientes, es una corriente que se instala en tu cerebro, como que una determinada clase de emoción te sujeta, si es de miedo te abruma, si es de deseo te agita, si es de angustia siento mi cuerpo trastornado, mi boca ensalivada, mis tripas revueltas, mis extremidades cansinas y agarrotadas, como si hubiera habido un derroche intenso de actividad neuronal que afectase a toda mi carne, y aquí me expreso a lo científico, sin serlo, porque tampoco me importa, si es una vez o una serie de veces dispersas en el tiempo no me importa, pero uno quiere expresarse como si fuera objeto de análisis de la ciencia, no por mi propio caso, sino porque cualquier hombre está sujeto a la intromisión de la ciencia, pero no es el caso, el caso es que uno se despierta algunas mañanas como si se estuviera haciendo, como si no procediera directamente del sueño, sino de un útero, y sintiera el dolor del desalojo, y si bien nos parece que el sueño ha quedado atrás lo que realmente hemos dejado atrás es esa salvación nocturna, y acaso me doy cuenta entonces de que la mano del sueño era mi origen, que sabiendo que salgo de él no quiere que me olvide, y me obliga a avanzar a través de la mañana sin dar pie con bolo.   




(Fotografía de Andrea Tomas Prato)


sábado, 8 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 53





"Qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso".

Julio Cortázar, del poema Después de las fiestas.


Aunque son apenas las siete de la mañana y la mañana es fría me he acercado a casa de Max. No me sorprende que no esté. A veces le da por salir a pasear muy temprano por el campo. Así que me he dado la vuelta, ya volveré en otro momento. No he podido, no obstante, evitar acercarme a su mesa de trabajo y echar una ojeada indiscreta. No, no era mi intención espiar sus huellas, digamos. Pero mi curiosidad era incontenible, y he leído algunos apuntes manuales. 

Pone Críptico, sin más, y luego Y preservabas mis sueños. Y soñabas mis deseos. Y eras rumor en las noches de lluvia. Y aire que decantaba la calima. Y susurro en medio del silencio. (Aquí ha tachado y fuego entre mis rastrojos) Y eras la cerca que impedía la devastación. Y tus pies andaban mis pasos. Y tus manos hablaban: enseñaban a hablar a mis manos. (Aquí hay una frase que también hace referencia a sus manos pero las últimas palabras están encogidas, no las interpreto)  Y al agudo e inquieto despertar de la noche tu presencia salvaba. Y si acechaba tu ausencia, yo te recreaba. Y la realidad del largo día siempre era ficticia porque a la postre lo real resultaba ser el sueño. Donde hacías de mí uno. (Ahora pone algo así como Donde amagaban los otros, pero no estoy seguro, está muy desfigurada la letra) Tal vez un intento fallido. Tal vez una espera larga. Tal vez (Aquí se interrumpe)

Hum. ¿Qué invenciones se traerá Max entre manos, para no haber descansado esta noche?



(Fotografía de Donata Wenders)



jueves, 6 de octubre de 2016

Siguiendo las escrituras (y agudas ironías de calado) del escritor Miguel Sánchez-Ostiz




Entre los diversos blogs que sigo de modo alterno hay uno, el del escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz, que procuro saborear más que leer. Vivir de buena gana no es un blog específicamente literario, de esos que hacen críticas genéricas,  o sí lo es en el sentido en que vincula los acontecimientos que vivimos con su fino y agudo olfato de hombre de edad avanzada que ha visto cómo se repiten a lo largo de la historia los mismos tics de los españoles y, más allá de estos, de los humanos en general. Y lo relata como una miscelánea espontánea, de hombre que tiene criterio, experiencia y necesita soltar lo que lleva dentro antes de que la bilis que regula el cuerpo se convierta en bilis negra. Sin pretender ser un pseudo analista al estilo de tanto tertuliano sabelotodo de nuestros días o de los politólogos que presumen de una ciencia cuasi infusa (así nos va), sus percepciones las expresa siempre con clarividencia, con afán contundente, obviamente no exento de rudeza y alta dosis de amargura en ocasiones, por no decir desesperanza. Que la jerga muy al estilo de Pamplona lo suaviza y lo dota de una ironía sabia, no hay duda, se agradece, aunque el que no sea de su tierra no capte bien algunas expresiones. Leía yo sus últimos artículos y me sentía refrendado en mi inquietud y mis pensamientos sobre el país. ¡Si piensa como yo!, suelo decirme (debería más bien afirmar: si pienso como él) con la diferencia de que él sabe decirlo con precisión divertida y honda intención, y yo, si lo intentara, haría demagogia barata. Vean, pues, señoras y señores, una muestra, su último post.


https://vivirdebuenagana.wordpress.com/2016/10/05/que-hacer-para-variar/



martes, 4 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 52




"La grandeza en el hombre consiste en ser un puente y no una meta:
lo que se puede amar en el hombre es que sea un tránsito y un ocaso".

Friderich Nietzsche, Así habló Zaratustra.



Vivir sin que la nostalgia exprese frustración. Vivir renunciando a ídolos. Vivir en la presencia siempre latente de nosotros mismos. Vivir en la coincidencia con los otros hombres, aun admitiendo la contrapartida de la disidencia. Ser conscientes de la física que ampara la vida. La dinámica del mismo camino, que nos ha proporcionado encuentros y también diferencias. Admitir que por sí misma la dialéctica de nuestro continuo movimiento tendrá un fin. El que quiera fantasear, cual efecto placebo, con la posibilidad de lo imposible, vida después de la vida, por ejemplo, es cosa suya. Yo no animaré jamás a ese pensamiento obsoleto. Pues ya se sabe que quien vive de ello se despista de tomar la flor del día. Si fuéramos aún latinos diría que la auténtica religio, ya sea traducida como recuperación o como vínculo, debe ser con la naturaleza en todas sus dimensiones. Nosotros somos una de las formas que la naturaleza adquiere. Reencontrarnos siempre y vincularnos siempre a una esencia que se expresa cada día, cada instante. Con las voces interiores y los desgarros exteriores. Con las simpatías y con las defecciones. Con el gozo y con la caída. Con las dudas y con las certezas, siempre tan relativas. Aun sabiendo que a los humanos se nos brindan maneras de soslayar el conflicto y el desconsuelo, somos conscientes de que, en múltiples ocasiones y con diferente vigor, los hacemos crecer en lugar de conjurarlos. Hablar de hombres no es homogéneo, y mientras a unos la vida les proporciona una cierta clase de ausencia de riesgo, a otros el riesgo va más allá y se traduce en miserias encadenadas. Una condena: cuando el individuo relega el ejercicio del pensamiento y concede carta blanca a los farsantes la desgracia está servida. Lo peor es el desencuentro con uno mismo, sea como expresión individual o como reflejo colectivo. No hemos llegado hasta aquí para abandonarnos a ser mera materia bruta. Aunque los caminos del afinamiento han aportado mucho a la humanidad, la contingencia siempre nos acompaña. Las manos de la voluntad deben ser puentes, no obstáculos. 




(Fotografía de Vojtech V. Sláma)



domingo, 2 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 51




Baile o fuga. O la danza de la huida. Muchas veces no sabemos por qué y para qué la interpretamos. Al fin y al cabo danzar es emprender una fuga, como lo es contar una historia o interpretar un papel o perseguir pensamientos. Se podría aseverar a su vez lo opuesto, que toda escapada tiene mucho de ritmo ejecutado. Delimitados por los claroscuros somos sombras huidizas. Perfiles imprecisos en los que no nos reconocemos. Y, sin embargo, en ocasiones hay que fugarse. Antes de que nuestra torpe figura se diluya en la oscuridad. Es demasiado pegajoso el suelo que pisamos y excesivamente denso el aire. Las otras manos ya no dan calor. Las costas del hombre le niegan las flores. Suenan tan perversos los cantos de las sirenas. Y además el oleaje carece de espuma. Y el corazón ya no escucha. Ah, si pudieras fugarte. Ah, si una noche de otoño un farero...



(Fotografía de Yuki Onodera)