La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







miércoles, 16 de noviembre de 2016

Largo do Picadeiro





"Hay ojos que solo miran al sueño; y, cuando
el sueño se disipa, se quedan ciegos".


Nuno Júdice, de Viaje.


¿Por qué estamos callados un buen rato siempre que salimos de vivir una obra de teatro clásico?, interroga Sebastião a sus dos acompañantes. Has dicho vivir una obra clásica, no ver ni asistir a una obra clásica, eso me ha gustado, le corta jovial Regina. Yo entiendo a Sebastião, dice Maria. Vivir una obra no consiste en un mero asistir a un espectáculo, aunque éste sea el vehículo para atrapar al espectador. Pero la gente suele ir al teatro como espectadora, al menos en principio, asevera Regina. Esa actitud de ver, oír y callar se lleva en otros órdenes de la vida cotidiana, ¿no os parece?, precisa el hombre. Un espectador de la vida establece siempre una distancia con los demás, con los quehaceres, no te digo con esas supuestas responsabilidades cívicas que se invocan en su nombre y a las que el ciudadano espectador suele dar la espalda. Si muchos dan la espalda a la política es porque probablemente también tengan razones, saltan a coro las mujeres. Sebastião no quiere la deriva de una conversación que al enmarañarse difumina ideas que se pueden compartir y que entre todos deben explorarse. Por eso insiste. Chicas, sigue en pie mi pregunta. Siempre que salimos del teatro o también del cine tenemos un rato de silencios, vamos juntos pero andamos abstraídos, es como si cada uno de nosotros estuvieran deglutiendo con mayor o menor lentitud el alimento que acabamos de tomar. Yo siempre dije que a ver, perdón, a vivir una obra o un film hay que ir sola, matiza Maria. Entras y te sientas sola, te enfrentas sola al argumento, entras y sales cuantas veces quieres de cada escena, te demoras en sus cuadros y, en definitiva, que avanzas o retrocedes tantas veces cuanto quieras según te impresione lo que allí se representa. Regina no le va a la zaga: vivir, como dices, un drama o una comedia, nombres desiguales y demasiado rígidos a mi modo de ver, es un convite, con mucho de self service. Resulta difícil abarcar de principio a fin cada detalle, pero puedes tomar una parte u otra en función de tu necesidad de comprenderla mejor o de disfrutarla como te venga en gana. ¿No tenéis la sensación, cuando salimos del teatro, de que hemos estando viviendo un sueño?, pregunta Sebastião. Yo no, exclama Regina, yo tengo siempre la sensación de que el sueño comienza a partir de pisar la calle. Sí, dice la otra amiga, volver a lo ordinario tras una obra se muestra más nebuloso. Una buena película o la obra clásica como la que acabamos de presenciar nos han hecho comprender mucho más acerca de los trabajos y los días que nuestras vivencias cotidianas. Y en menos tiempo, asevera Sebastião. 


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