lunes, 23 de octubre de 2023

Turbulencias de un turbulento

 



"Errante voy igual que la chalupa
a la que empujan vientos en discordia,
y uno y el otro amor me tienen dividido"

Ovidio, Amores, II.


El peso de la duda  es siempre gravoso. Incluso puede traspasar los límites de resistencia.  El pensamiento se paraliza. El cuerpo se resiente. En el fondo no se trata de una mera aunque complicada elección entre personas o situaciones, si bien en ocasiones se ve uno en la tesitura. 

Hasta qué punto se puede vivir sin elegir. Ni siquiera la atracción hacia personas, actividades o cosas se tienen claras. Conozco personas que pueden mantener en paralelo sentimientos y sensaciones análogos sobre diferentes sujetos que les seducen o a los que simplemente ven con algún interés. O acerca de diferentes ideas o proyectos. O en ese cúmulo de aspiraciones ideales que fantasean en nuestra mente para cambiar el mundo y que nos llevan por sendas peligrosas y nos invitan a entrar en ámbitos desquiciados. 

¿Peligro de dispersión? La elección, no siempre factible ni posible, salvo que se acuda al olvido o a la desconsideración de anteriores experiencias, redunda sobre todo en el conflicto entre dos tiempos en los que suele moverse un individuo. Los tiempos no son factores puramente lineales. No se reducen a un pasado o  a un presente. Mucho menos se explican por la ficción de un futuro que no está jamás garantizado para nadie. Los tiempos son, ante todo, espacios, contenedores de vida donde nos vamos sumergiendo y de los que esperamos aprovechamiento aunque haya a su vez o en su lugar desperdicio. A esos espacios tiempos se les puede aplicar términos como experiencias, vivencias, quehaceres, realizaciones. Normalidad es la palabra más repetida. O irregularidad, si la primera no  estabiliza.  El bagaje de conceptos es amplio y lo que busca cada individuo -el particular concepto de cada cual- lo adapta a lo que considera su interés. O su necesidad.

Hay verbos que justifican cada opción. Los años jóvenes son los años del alarde. Quiero experimentar, digo de pronto. Procuro convivir, se me ocurre. Pretendo lograr un objetivo que me deje satisfecho. Busco una adaptación que suponga avanzar hacia la posesión y la seguridad, fantaseo. Me como la vida, opina el más ramplón de los humanos gallitos. En cada tiempo late la sustancia de los días que es percibida por cada uno a su modo. De manera incluso turbulenta, y solo él sabrá si destructiva. 

El hombre y la sustancia del tiempo. El individuo crece, quiera o no, con unos límites aunque juegue a una duración persistente cuando no sueña con una eternidad imposible. Sabe que tiene sus fronteras -otros hombres, sus capacidades, sus recursos, sus ámbitos cambiantes, su salud, sus satisfacciones, sus insuficiencias- y que jamás podrá traspasarlas. Se acomoda a ellas y ensueña. Inventa, desde el origen de los siglos, representaciones que le consuelen y le den confianza (otros dirían esperanza o resignación) y las otorga carta de fiabilidad superior. 

Heredo lo anterior, lo que he mamado, le da vueltas el hombre en su torbellino. Tras los tiempos del mito, tras los edificios artificiosos de las religiones, tras la convulsión de una laicidad racional. No son lo mismo, pero los hombres se entregan a cualquiera de ellas. Muchos prefieren que otros decidan por ellos. Pero si él, el individuo, quiere sentirse dentro de sí más proyectado duda y elige. Todo le parece poco. Él se cree más. Y por ejemplo inventa el arte, la minoría. Y por inercia genera el amor, no menos arte pero más pretencioso y al alcance de cualquiera. 

El amor no está inventado del todo hasta que cada individuo no roza algo de lo que así se denomina, siquiera por un consenso formal. ¿Cuánto hay de ficción o de imaginación en lo que se llama amor? ¿O acaso el amor solamente consiste en ese ejercicio de ensoñación, de levantar castillos en el aire que comprometen las vidas? 

El hombre en su noche retorcida recuerda pensamientos aparentemente opuestos que había leído o escuchado. O que él creía superados. Amemos lo disperso, dijo un sabio. Amemos lo que se captura, dijo otro pensador. Amemos lo que se nos permite amar, opinó el más agudo de todos. El hombre inquieto se limita a llama amor a aquello que le da una cierta satisfacción a sus emociones, una dosis de seguridad que apoye un equilibrio, un mecanismo que ajuste las fuerzas en choque que le conmueven y eviten su destrucción. ¿Será por ello por lo que media siempre la existencia de otro sujeto que participe con él? Y cuando ese otro sujeto, hombre o mujer, aparece ¿no se activan el deseo y sus lenguajes múltiples para converger?

Pero eso ¿le desfigura o le configura? Tal vez se desenvuelvan ambas proyecciones. Como en cualquier otro tipo de pensamiento, el hombre tiene que desalojar lo que considera apagado y activar aquello que busca que le dé luz. En esta historia de  miradas inasibles, piensa desde su encogimiento de la noche, donde él mismo merma, que se halla apresado entre dos tiempos inexistentes, uno vinculado al recuerdo y su significado y otro a lo que aún no nace pero que persigue con primitiva esperanza. Y se atenaza ante el terror que le produce tener que elegir. Intuye que tiene que posicionarse, que no puede vivir siempre en un continuo proceso de armarse y quedar desarmado. ¿Hay otra posibilidad para su inquieta personalidad? ¿Habrá alguna claridad, no digo ya una certeza, en una elección? 

Torturado por la memoria incisiva de la mujer grávida y agitado por la atracción de la recién conocida el hombre muta lentamente hacia el sueño, que presume desasosegante. Qué presuntuoso soy creyéndome el objeto de deseo de ambas. Si acaso ellas no son de nadie ni quieren serlo. Si tal vez me presto únicamente como enlace al que ellas solo solicitan ocasionalmente. Qué desordenado y difuso me encuentro, piensa divertidamente. Mas se regodea en su desorden, se revuelca en su propia inmundicia, y se extravía, un día y una noche más, en la complacencia de su dispersión.





* Fotografía de Edouard Boubat.

sábado, 21 de octubre de 2023

Unos cuantos membrillos

 


Max me ha traído membrillos. No puedo decirte que me traes un puñado de membrillos, le digo, porque obviamente no cabría más de uno en la mano. ¿Cómo denominar este conjunto? Di solo unos cuantos membrillos, matiza Max. Los coloco en el plato para que posen. Son la estrella del otoño, salta Max con una sonrisa que parece emular la alegría de los membrillos. Me han transmitido su luz, pero no solo me entusiasma su colorido. Es su forma tan imperfecta que no imprecisa. Sus curvaturas, como rincones de la piel de un cuerpo. Pero es también su textura, esa especie de dureza y pelusilla externa que resguarda una carnosidad generosa, y que se hace querer por la mano que los toca. ¿Quieres decir que es uno de los frutos que nos comunican una percepción más sensual?, le insinúo al palpar uno de ellos con lentitud. Max se dispone a sacar una imagen instantánea del bodegón. Prueba a responderte a ti mismo, remata mientras se entrega a eternizar aquella belleza.

   

miércoles, 18 de octubre de 2023

El paraíso de la voz


 

Ella lo da en pensar. Por qué le diría yo aquello tan explícito, cuando debería haber quedado en algo subliminal. Por qué al leerle mis poemas me respondería él con su voz enérgica pero envolvente, y yo no supe reaccionar con mesura.  Había elogiado con su prudencia habitual lo que yo le había recitado. Había desplegado el silencio que de ordinario significaba que aún meditaba, que era tanto como decir que degustaba. Retengo siempre tu tono, me acababa de decir, porque cuando me lees no solo es lo que has escrito aquello que me llega sino el sentimiento que impones en el aire.  Entonces no supe morderme la lengua. Cómo podría yo habitar en el paraíso tan extenso de tu voz, eso le dije. No sé si para sorprenderle y gratificarle o porque me salió espontánea y sinceramente. Él replicó entonces que era yo la que pertenecía al paraíso, no él. Él dijo que bajo sus pies habitaba un Hades que no le permitía vivir en paz. Dijo que si bien nunca encontraba un momento perdurable de calma al menos paliaba su dolor con alguno de mis poemas. Dio la impresión de rendirse y precipitó sobre mí aquella frase exultante como si la hubiera extraído de un mito. Si existe un ave del paraíso esa eres tú, dejó caer. Tu vuelo es irrenunciable y tu plumaje siempre se renueva para deslumbramiento de quienes te admiran. Le vi venir y a la vez huir. Pero tú...y le conminé a buscar entre ambos una explicación que no llegó a cuajar ni en su enunciado ni en su solución imaginaria. Eres vuelo y yo soy caída, me pareció escuchar de su boca cuando cerraba la puerta.



*Fotografía de Edouard Boubat.

lunes, 16 de octubre de 2023

¿Qué hay debajo?

 



¿Qué hay bajo el suelo, abuelo?, 
preguntó temeroso el niño. 

Agua, un océano extenso, 
le respondió el viejo. 

¿Y bajo el mar? 

Una profunda grieta de fuego.

¿Y más allá del fuego? 

Nada. 

¿Ni tú ni yo?, inquirió con angustia
la criatura al hombre de manos de hielo. 

Nada, salvo tú y yo.




domingo, 15 de octubre de 2023

Desde la vieja Sefarad

 




"Son tumbas viejas, de tiempos antiguos/en los que unos hombres duermen el sueño eterno/No hay en su interior ni odio ni envidia/ni tampoco amor o enemistad de vecinos/Al verlas mi mente no es capaz/de distinguir entre esclavos y señores"

Moshe ibn Ezra, filósofo judío de Al Ándalus, siglo XI.

Las placas metálicas de la fotografía reproducen el texto anterior. Se hallan sobre el pavimento del paseo central del Campo Grande de Valladolid. En el subsuelo se encuentra el cementerio o necrópolis de judíos vallisoletanos que habitaron entre los siglos XII y XV. 

Yo escribiría una nueva cita ahora:

"Las nuevas vidas deberían de aprender de aquellas viejas/ tender la mano a otras vidas que son como las suyas/ huir de las disputas y procurar la sensatez/ labrar el futuro superando los odios/ ceder las falsas primogenituras para no distinguir sino a un hombre único/ que no haga de la muerte ni una idea ni una religión ni un territorio ni una bandera ni un negocio"

Pero acaso estaría pidiendo peras al olmo y aún un cierto grado de utopía me hace decir lo que no parece que pueda ser.



jueves, 12 de octubre de 2023

La cinta bermeja

 



"Habítame en la sombra movible de tus labios 
hasta que todo mi cuerpo brille en plenilunio". 

Javier Lostalé, del poema Invisible, en Tormenta transparente.


El rojo de la cinta que permitía abrir el cuaderno también era el color de su delicado perfil. La bermeja intensidad hacía resaltar la boca de ella ratificando sus proporciones armoniosas. Al disponerse a tirar de la cinta lo recordó todo. El lento deslizar de sus dedos sobre los labios contenidos de la mujer del pasado. El trazo que dibujaba sentimientos, la lenta presión que recreaba el deseo, el rostro expectante que se iba disponiendo para una recepción de hecho nupcial. Ejercitaban un ritual pausado que les hacía progresar en su tanteo mutuo. Pasos que sustituían la ansiedad que inevitablemente latía en sus cuerpos para que el acercamiento adquiriese la envergadura que se merecían. 

No quiso ignorar que tal vez fuera aquella misma persona quien ahora, movida por algún prodigioso arrebato, le enviaba desde la distancia el pequeño cartapacio con el talento de un amigo pintor. ¿Lo habrá elegido por el contenido o por el detalle de su envoltorio?, pensó. En cualquier caso  este pequeño cordón puede abrir la puerta a un tesoro, y más conociendo el buen gusto de quien sabía hacer estética no solamente de su porte sino de sus palabras y de sus caricias. 

Se detuvo en un gesto indeciso. Como si al demorar la apertura del libro le esperase una pre lectura, que no había olvidado, de la inesperada personalidad de una mujer que hacía años había traído vértigo a su vida, pero también aliciente. Detuvo el lento correr del ribete como si temiera que al desatarlo las hojas dejaran emerger al oscuro y vengativo ángel que todo lo borra. Temía el efecto de una maldición como si se tratara de un ajuste de cuentas. Pero principalmente le asustaba verse privado de pronto de lo poco, pero selecto, que seguía reteniendo de otro tiempo. Los recuerdos. Y sobre todo el agrio sabor de las relaciones inconclusas. 

Se enredó. No lo abriré hasta que me reponga de la sorpresa, decidió infantil y tenso. No correré con la urgencia desatada con que entonces acudía a su llamada. Mantuvo sus dedos frotando sensitivamente la delicada cinta. La recorría de manera perturbadora, mientras su cabeza volaba al territorio extinto. 

Pequeño objeto que podía cerrar una puerta que la memoria había dejado abierta. O acaso le acechara la caja de Pandora. ¿Hay libros que no se deben abrir por muy atractivos que se nos ofrezcan?, se preguntó mientras un escalofrío, ¿o se trataba de un relámpago?, estuvo a punto de quebrar su cordura.





lunes, 9 de octubre de 2023

El horizonte del pasado

 




Se asomó al balcón. El vientecillo que antaño le hubiera sido grato ahora le escalofriaba. Pensó en la alteración de los cuerpos. Las células mermadas, los tejidos más frágiles, el organismo menos resistente a las temperaturas. Era una manera de imaginar, porque no podía saber qué pasaba ni con las células ni con los tejidos. La obsesiva costumbre de construir una explicación difusa, seguramente incorrecta, que le permitiera tranquilizar sus temores. Pero para ella, y más en su circunstancia presente, cualquier sensación era también idea, sentimiento, necesidad de ser explicada o al menos argumentada. 

Apoyada en la barandilla contempló el tráfago de gentes y de vehículos. Más allá del dique se extendía apacible la raya del océano, a cuya orilla había crecido, jugado, incluso despertado al amor. Le hará bien el paseo, pensó instintivamente. Te hará bien, le habló cariñosamente con la mano en su vientre. Pero esa mano en el atributo de su gravidez, que iba sin demora generando una vida, no era la mano sobre el amante. Era más bien sobre el ser que iba a ser amado por ella. Dos necesidades diferentes que a veces juegan en la balanza de la decisión o simplemente en la del lenguaje. Dos expresiones de amor, cuya aproximación solo reside en la utilización maleable de la palabra. Y tal término, amor, la turbaba y la sentía contradictoria, bien porque no admitía una definición convencional o porque dudase de su contenido. Tú estás aquí, habló a su vientre, y él, que es ajeno a ti, podría haber estado entre los dos. Pero, ¿y si acaso, de haber estado él, no hubiera querido tu presencia? ¿Y si debido a que nunca pudo afianzarse aquella relación sí que tú estás a punto de ser? 

Qué complicados y paradójicos son los movimientos ocultos de la vida, se dijo, mientras inevitablemente le seguían viniendo recuerdos gratificantes del pasado. Todo lo que tenía ante sí ahora le hablaba con la precisión de un poema. El olor penetrante de la humedad salina, el perfil de un oleaje tibio e incesante, o el inextricable horizonte que contemplaba traían a su mente los días inexpertos que había creído felices. Y que, a pesar de la separación, creía todavía, o necesitaba creer, que lo habían sido. La atracción arrolladora entre dos que a los ojos ajenos se mostraban tan distintos. La conexión asombrosa que se daba entre quienes pensaban en plural sobre tantas cuestiones del mundo y de su tiempo. El rodaje de unos afectos que solo podían ser comprendidos a medida que se habían ido reconociendo en ellos. Las embestidas desinhibidas e intensas con que procuraban saciarse. 

Un relámpago de fuego le recorrió de repente el cuerpo. Percibió un golpe de voluptuosidad que desde el abandono de aquel hombre no había vuelto a conocer. ¿Pensará él lo mismo que yo pienso? ¿Será receptivo su instinto a algo semejante de lo que yo siento? ¿Le estará dando vueltas al pasado? ¿Hará la ficción, siquiera por un instante, de lo que habría sido una vida compartida? 

Envuelta en un vestido vaporoso, que permitía que el embarazo no diluyera la esbeltez que siempre le había caracterizado, la mujer enfiló por inercia sus pasos hacia la playa. Como si buscara fusionar dos amores que la realidad los hacía irreconciliables, pero que su deseo insatisfecho los unificaba. Se descalzó. Sus pies tomaron contacto con la arena. Junto a las huellas que iban dejando creyó ver que otras huellas semejantes a las suyas, quizá algo más hundidas, iban acompañándola. No tiene sentido, son ganas de martirizarme, se enfadó consigo misma. A ti ¿qué te parece?, preguntó a su entraña. Pero no obtuvo respuesta. Suspiró y mordió con cierta acritud el aire.  




* Fotografía de Édouard Boubat.

sábado, 7 de octubre de 2023

La ternura de Emma Igual

 


No es solo una fotografía simpática, no obstante el dramatismo que se oculta detrás. No hay en ella una simple joven que acaso por diversión se ha puesto un casco militar y ríe. Su alegría íntima se encuentra en su labor y en su entrega. El casco, una necesidad, a todas luces insuficiente. ¿A quién iría a ofrecer el ramillete de cardo que sujeta como si fuese una premonición de quien anhela aferrarse a la vida? 

Emma Igual, voluntaria de una oenegé dedicada a la evacuación de civiles en la guerra de Ucrania, transmite un estado de ánimo en medio del horror que ya quisieran los paniaguados de poltrona que ven los toros desde la barrera en todas las cancillerías de Europa. Emma Igual fue asesinada hace apenas un mes por el ejército ruso, que alcanzó con un proyectil al vehículo en el que viajaba en misión pacífica. ¿Cuánto se ha hablado de este sacrificio en la prensa española? ¿Uno, dos días...? Ciertas oenegés, que aportan y se la juegan en tantos lugares del mundo, y que tienen un rosario de muertos en acción cooperadora por mano militar, paramilitar, de sicarios o de burócratas, no reciben mayor reconocimiento. Como si lo suyo no fuera épico. Como si lo épico solo fuera el crimen. 

La ternura alegre que me llega desde esta imagen de Emma Igual no tiene precio. Desde aquel día fatídico, los vilanos andan desperdigados por Europa, sin ceder a los pinchos. Acaso buscan aterrizar en las conciencias, esa maravilla del cerebro humano que con frecuencia tiende a quedarse dormida.




miércoles, 4 de octubre de 2023

Insomne

 




Insomnio. El insomnio sería perdonable si no trajera consigo ese desorden de pensamientos que le perturban. Que no siguen una pauta racional, sino que se desbocan suscitando desazón e ira. 

Siente un cosquilleo atroz por todo su cuerpo, a ratos picores. Expande sus brazos sobre una cama tibia, que palía su propio sudor. Vueltas y más vueltas. Se recuesta de un lado y pronto le agota una pesadez incómoda. Prueba del otro lado. Por un momento tiene la sensación de que ha dado con la posición óptima que le va a propiciar el sueño. Dura poco y el desasosiego incrementa un comezón que le desespera. En su impaciencia gira y se coloca bocabajo, aun sabiendo que no va a resistir la extrema presión sobre sus pechos. Aprovecha para encender la luz. Se incorpora de medio cuerpo. Arrebuja la almohada y la utiliza de respaldo. 

Ha tomado un libro en cuya lectura viene avanzando lentamente los últimos días. Este es un buen momento para progresar en el relato, piensa. Ha leído un párrafo y no lo entiende. En realidad no es que no lo entienda. Es que no se ha centrado en él y la acción la confunde. Lo intenta de nuevo. Una vez más, otra. Cuando logra superar el párrafo e incluso el siguiente le salen al paso los personajes, que esgrimen nombres complicados. Le gusta lo que dicen y más lo que hacen, pero sus nombres enrevesados, o eso cree ella, entorpecen el avance. Se lía. Repasa de nuevo. Esto lo dice este personaje y el otro se cruza con este pero entonces surge aquel y le dice...

El texto se le desdibuja. Por un instante le parece que es efecto de una somnolencia que no se hace esperar. No quiere dejar el libro, por si acaso. Pone el dedo índice en la página a donde se llega y con los dedos adjuntos hace una pinza sobre el libro. Apoya el brazo en la sábana. Comprime la mano lectora, porque ahora su mano lee pero ella no lo capta, sobre su vientre. Un ligero abotargamiento arranca de ella una sonrisa de satisfacción. Incluso vislumbra cierto ensueño. Se paraliza lentamente. Sabe que cualquier movimiento leve puede dar al traste con su anhelo. Algo le dice que está a punto de caer rendida. Pero entonces ella lo piensa. Cae en el error de razonar un proceso que no debería considerar y dejar a la biología que siguiera su curso. 

Sus dedos se han agitado en torno y dentro del libro. Le pesan las piernas y se mueve para relajarlas. No hay manera, va a ser una noche en blanco, asiente molesta consigo misma. Ni lectura, ni orden en las ideas, ni capacidad para sugerir planes del día siguiente. Ni buenos ni malos pensamientos. Solo malestar. La crispación la invade, el hormigueo crece y muerde su piel. Si al menos él estuviese aquí, le da en pensar. Se ve frágil. De inmediato considera a la ocurrencia una especie de rendición. No puedo ceder a ningún sometimiento, reacciona rabiosa. La independencia bien merece el insomnio si es preciso. Y se escucha ridícula nada más decirlo. Me valgo por mí misma, se obstina Y luego: pero y si no es él...Si le borro de mi mente, si elimino su imagen, si recurro a un aparecido cualquiera que no se entrometa en mi vida pero que se deje llevar para una circunstancia como esta...

La palabra aparecido ha producido en ella el efecto de una excitación diferente. ¿En quién piensa? ¿En un mendigo, en un transeúnte, en la llamada a un conocido ocasional pero lejano, en alguien de pago? Se escabulle de sus dudas, reconfortándose. Se ha recogido sobre su abdomen, entrecruza sus piernas, se retuerce con las sábanas como si fueran las extremidades de otro cuerpo. Emite un nombre al azar que a ella misma le sorprende. ¿Habrá escapado de la novela? ¿Será su misterioso autor? 

Ahora, concentrada en su huida, le parece estar siguiendo un argumento ya sabido pero a la vez le resulta novedoso. Es la atracción de cambiar el orden de los episodios. Recrea al aparecido. No importa su rostro difuso, ni su constitución imprecisa, ni sus modales desorganizados. Ella lo modela a su gusto. Lo adapta. Lo dota de vida y dibuja los recursos que cabe esperar de aquel cuerpo fantaseado. Se alimenta de sus quimeras incesantes. Lo acoge posesiva, exultante de voluptuosidad. Ella se entremete en el personaje para que responda a sus exigencias. Se siente autora. Busca escribir con su propio tacto. Ha ahogado las palabras. Ha roto puentes con el mundo ordinario. Traductora sabia de sus sensaciones se entrega a través de un lenguaje gestual que solo ella domina. Arremete contra el insomnio sin ninguna clase de escrúpulos.




*Fotografía de Anna Bodnar.

domingo, 1 de octubre de 2023

El hombre asomado a sí mismo

 


No, no es correcto que uno tenga que responsabilizar de sus elecciones a las personas del exterior, reflexiona el hombre desde su atalaya inquieta. Las otras personas no tienen mucho que ver en las dudas de uno. No son culpables de las miradas ni de las atracciones en que se puede incurrir. Todas ellas aparecieron por azar una vez, y con mayor o menor fortuna se consolidaron en el personal mundo de afectos y emociones durante un tiempo. Nos arrimamos a su parapeto de protección, nos sujetamos a sus ofrecimientos, respondimos también a sus demandas. Hay atracción y rechazo alternos con los otros, hay opiniones que no nos gustan. Si no logramos entendernos dentro de nosotros, cómo van los demás a comprendernos. Pero esa dificultad no nos exime de tomar decisiones y, por lo tanto de acertar o de equivocarnos. ¿También estamos hechos un poco de cada roce que otras presencias nos acompañaron en alguna circunstancia y tiempo?

Mientras se abandona a la contemplación abstraída del paisaje el hombre no cesa y se prende en su vértigo de pensamientos. Se pregunta y se responde. Uno tiene que elegir dentro de sí mismo.  Debe cuestionarse qué parte de la propia personalidad debe tomar el relevo de la anterior. O bien, decidir si vuelve a reforzarse el hombre que fue antes. El de siempre. Pero, ¿existe un hombre fijo de siempre? No soy el mismo de la primera etapa, ni de la segunda, ni de la siguiente, ni siquiera el de ayer. A ratos me veo en mínimos; por momentos maximalista. Cuando me azuzan los nervios quisiera parar. Pero detenerme, ¿no es exponerme a dejar de sentir? ¿No es reducir el deseo y rebajar las intenciones? ¿No es desligarme de lo que me otorga confianza y me brinda seguridad? ¿No es eliminar la tendencia a cargar de excesiva vida la que uno es capaz de soportar? 

El meditador se ha quedado atrapado en un bucle. La sequedad de su boca lo denuncia. Se atropella en un vaivén de ideas y contradicciones. Detenerme sin bordear la muerte, se escucha. Y se descubre entusiasta con este giro verbal, falso, que le complace en su ampulosidad. Necesito una parada en la que me sienta menos incapacitado. Se trata simplemente de que no ceda a la afectación, de no eliminar lo que la naturaleza me proporciona para hallar satisfacciones. Desde fuera me observan como un ser contenido, amable, lejos de una actitud displicente. Si aceptan solamente esa visión allá ellos. Pero el castigo se agita adentro. Es la tensión por la que uno quiere evitarse a sí mismo, responsabilizando a los individuos que se cruzan en su vida. Injusto, acaso. Inevitable, también. Y se resiste. Me sublevo. Cuántos pasan a nuestro lado a lo largo de toda la existencia y nos acercamos a ellos siendo testigos, cómplices, colaboradores, servidores ocasionales en un grado u otro. ¿Todos permanecen en la misma actitud? ¿Con todos nos comportamos siempre de análogo modo? Cuántos testigos devienen en desconocidos, cuántos cómplices en traidores, cuántos que nos ayudaron nos abandonan, cuántos abrigos nos relegan a la intemperie. 

El hombre se queda de pronto en blanco, devorado por el rostro oscuro y desasosegante de una triple alianza de pensamiento, palabra e impulso. Recuerda con cierta inseguridad el encuentro de calle con aquella antigua referencia amorosa. Se sorprende a sí mismo con este eufemismo. Por qué. ¿Es que ya no creo en el amor?, se pregunta con cierto desconsuelo. ¿O es que el precio de percibir algo semejante y aproximado al amor pasa necesariamente por el saludable escepticismo? Si cuando ella haya parido voy a ver a su hijo será un acto de cortesía cercana que agradecerá. Pero, ¿cualquiera de los dos, o ambos, sabremos mantenernos en ese límite y distancia? Aquello es ya humo. No valen lamentos ni añoranzas. En la vuelta de mi madurez avanzada, se dice, sabré distinguir. Uno no debe cargarse de más peso de vida que la que puede resistir. ¿No puede?

 


*Fotografía de Willy Ronis.

sábado, 30 de septiembre de 2023

No respetan nada y si pudieran lo borrarían todo

 


No sé si es la mala conciencia que arrastran algunos, o que no creen en absoluto en la Democracia y la libertad de expresión, pero estos son algunos de los efectos con olor a odio que cunden por estas tierras castellanas. De mano de quienes siempre están quejándose demagógicamente de una España suya que dicen que se (les) rompe (porque no logran que sea suya del todo como hace décadas) 

Lo siento por Manolo Sierra, por los reivindicadores de la memoria histórica, o simplemente por cualquier ciudadano con mentalidad sinceramente democrática. Lo siento por las nuevas generaciones que van a estar condenadas a escuchar el discurso de falseamiento de la historia una vez más. En esta ocasión le ha tocado el turno a un mural de Manolo en el pueblo de Castroñuno (no llega a mil habitantes) En esta población había gobernado la izquierda muchos años. Pero tras las últimas elecciones municipales cambiaron las tornas. Lo primero que ha hecho el nuevo alcalde de la derecha es borrar el mural. ¿Por qué les suscita tanta repulsión que se reivindique la memoria de quienes aún permanecen en cunetas y páramos? ¿No superan algunos la verdad sobre 1936/1939 y la dictadura? Se ve que no gustan de que los muertos salgan de cunetas y páramos. Porque los muertos hablan siempre. Y cuando hablan cuentan.

En las viejas tierras de la Castilla profunda la libertad de expresión y las demás libertades corren alto riesgo. Se empieza borrando murales incómodos -o censurando conciertos o autores- y ve a saber cómo desearían acabar. Léase:


https://elpais.com/cultura/2023-09-27/el-nuevo-ayuntamiento-del-pp-borra-un-mural-republicano-de-manuel-sierra-en-un-pueblo-de-valladolid.html

https://www.eldiario.es/castilla-y-leon/sociedad/borran-mural-homenaje-victimas-franquismo-artista-manuel-sierra-castronuno-valladolid_1_10545268.html


miércoles, 27 de septiembre de 2023

Ariadna desde el laberinto grotesco

 



"El país que había perdido su alma estaba sentado con las manos vacías cerca del puerto y, cuando yo llegué, miraba con tristeza las aguas muertas. Pronto seré como ellas. Ya lo ves, no expreso nada, nada auténticamente mío. Pronto seré como estas aguas, un espejo indiferente, exclamó".

De Ariadna en el laberinto grotesco, de Salvador Espriu.


Vivías desde siempre en el laberinto y te preguntabas: ¿hay salida? Era la pregunta inocente, casi refleja. Infantil. Porque aunque te gustaba recorrer sus calles, sumergirte en los pasadizos y asomarte a las amplias galerías -el laberinto no es una geometría oscura y menos lineal- tenías la sensación de estar yendo y volviendo. Cada paso adelante sugería uno dado anteriormente. Al principio cada descubrimiento se te mostraba como una puerta abierta por donde podías escapar. Pero una vez que incorporabas lo nuevo a tu acervo tendías a resguardarte, con tu novedoso tesoro, porque el exterior, aun siendo atractivo y tender a dejarte llevar por él, solo lo observabas con temor y con incertidumbre. El laberinto te ofrecía seguridad y si había monstruos dentro de él los tomabas como propios. Si se presentaban aguerridos libertadores los recibías con la ingenuidad propia de quien confunde deseos con posibilidades, pero o se sometían al hábitat indestructible o se destrozaban entre sí, pues el guerrero solo es carne de otro guerrero y pocas veces hacedor de paz. Si a veces confiabas en la aparición de una Ariadna, que acaso solo anidaba dentro de ti, te deslizabas tras sus encantos, que no dejaban de ser ficción imaginativa tuya. Porque, ¿se reveló alguna vez como real la intuida presencia de una Ariadna? Probablemente más de una, o varias. O muchas. Todas las que cabían en tu afán de búsqueda y alguna que otra que se personificaba y acompañaba tus recorridos arriesgados. Allí fuera hay otro país, decíais en aquel corro de Ariadnas, guerreros, monstruos y tú mismo, cuando os arrimabais a la balconada donde el horizonte adquiría formas verbales y revelaba ansias corporales. Pero el otro país era también parte del laberinto, porque el horizonte no era territorio ajeno, sino reflejo del que habitabais.  


Si te interesan las citas comentadas de Ariadna de Asterión pásate por

https://ellaberintogrotesco.blogspot.com/



*Ilustración de Balbi López Santos.

lunes, 25 de septiembre de 2023

Las del puño, o cuando la mano se ajusta a los signos de los tiempos

 




Cuando yo era niño me dijeron que no se me ocurriera jamás levantar el puño. No supe la razón, pero sumiso como yo era, acaté el mandato, no sé ahora si paternal, magistral, clerical o del funesto partido único. Sería cosa de todos. Tampoco entonces se me habría ocurrido, nadie me enseñaba a intentarlo. Qué pena, pienso ahora, que se reprimiese una actitud que el bebé esgrime por necesidad y sin vergüenza. Me llamaba la atención entonces, por el contrario, eso sí, que algunos levantasen con energía desmesurada la palma de la mano en dirección oblicua. No era frecuente ni cotidiano, solo en determinados ámbitos y circunstancias. Preciso: eso en mis tiempos; en los anteriores debió estar a la orden del día. 

Años después ya fui sabiendo del simbolismo de ambas posiciones de la mano que sobre todo hacían ejercicio de las propiedades de su maravillosa anatomía. En ambos casos el puño hacia o contra el cielo y la mano extendida a medio camino entre el cielo y el infierno -lo oblicuo siempre es tan dual e impreciso, al menos hasta que se define por otra trayectoria- se pretendían Poder, si bien en aquel país de cementerios osar por el puño definía al hundido, al resistente, al que basaba su humilde pretensión de Poder en el agrupamiento, siempre perseguido, de los proletarios. Mala cosa, pues, levantar el puño aunque hubiera infinidad de motivos. 

Poco a poco del mapa político fue desapareciendo la mano larga y atreviéndose, con alto coste, el puño en alto. Aunque esta exhibición solo se decidía grupalmente, a ver quién era el majo que lo hacía por su cuenta por la calle. Impensable. Levantar en puño en una huelga era anhelar un poder en potencia, una entelequia probablemente como tantas otras. Ya se encargó la revolución -¿demediada, traicionada, utópica...?- de la soviética Unión de demostrar que a un Estado sustituye otro Estado cuyo poder siempre queda en manos de élites.

La sorpresa para muchos nativos de aquí fue cuando empezamos a saber de otros que levantan el puño allende el océano. Los negros. ¿Se acuerdan de aquello del black power? Vaya, dijeron algunos por estos lares, esto del puño tiene un carácter más religioso y universal de lo que nos pensamos. Y los negros maltratados de toda la vida y los que se revolvieron contra la guerra de Vietnam, allá en el país de los ricos -es un decir- de los USA, lo levantaban con el orgullo de quien adquiere fuerza y cree que se va a comer, esta vez sí, el mundo para siempre.

Con el tiempo, uno empezó a distinguir entre alzar el puño de rabia, gesto de una lucha, en una situación y contexto de conflicto, y levantarlo convencionalmente en una procesión organizada festivamente y respaldando a siglas. Con todos mis respetos a la expresión de cada cual.

Y entonces llegaron ellas. Las triunfadoras de una competición, pero doblegadas a unas estructuras de empresa deportiva que las tenía por debajo, para no variar. Porque el deporte negocio del fútbol siempre fue de hombres macho hasta en las cúpulas de sus negocios, equipos y federaciones. Y en las gradas, mayormente. Llevaba cuatro días como quien dice esto del fútbol femenino y hay que ver cómo han espabilado estas mujeres en tan poco tiempo, debieron pensar los tuteladores federativos. La historia es presente -algunos dirán que por lo tanto no es historia- pero quiero decir que la narración está en marcha sin estar claro del todo qué desarrollo argumental tendrá y mucho menos si habrá final o permanecerá abierto. De momento ellas, las jugadoras, las futbolistas -miren que futbolista siempre me pareció femenino por mor de la vocal a, solo traicionado por el artículo masculino- además de ganar una competición mundial han plantado sus reales y sin vergüenzas ni complejos han levantado el puño. Ojalá se cumpla el lema de la pancarta. ¿Se habrá acabado del todo, no solo en este ámbito sino en todos? Poco a poco, esperemos.



viernes, 22 de septiembre de 2023

Nunca se va el pasado del todo

 



"Ese vuelo apartado
la mirada ya ajena
disolviéndose"

Del poema Adjetivo demostrativo, de Ariadna de Asterión.


Fue el instante después. ¿Después de qué? Ese instante se llama alejamiento. 

La grávida se vuelve una vez más y observa la espalda del hombre, menos erguida y firme que hace años, cuando lo amó. Aquello, ¿solo fue una iniciación pasajera porque las circunstancias no permitían asentar nada más? ¿Experiencias de juventud? ¿Hacer lo que hacían todos? Pero lo nuestro cuajó y hasta cierto punto duró, se dice en su debate repentino. Una apenas recordaría lo efímero. Maldito encuentro, se irrita. Y encima, ¿por qué he tenido que vincularle al despedirme? ¿A cuenta de qué se me ha ocurrido sugerirle si iría a ver a mi hijo cuando naciera? 

Le asaltan recuerdos que había soterrado y ahora le parece un desatino hurgar en ellos. Para apaciguarlos pone la mano con parsimonia protectora en la expresión de su preñez. Acaricia despacio aquel hábitat de vida. Imagina al individuo que se va haciendo allí dentro y suspira. Solo desea concentrarse en su estado actual. Conjurar con él toda frustración. Desdeñar pensamientos inútiles, del tipo: si yo hubiera seguido con...No puede ser que un encuentro haga reverdecer mi pasado, se tortura con levedad. Salvo que...Se queda pensando. Y ella misma se responde. Salvo que una situación que quedó abierta pero que tuvo significado siga alentando una morbosa curiosidad. Cuando no un oscuro deseo latente. Es lo que algunos llaman cierre en falso. ¿Cuántos cierres en falso no hay a lo largo de la vida en nuestros comportamientos? 

La mujer se detiene ante un escaparate. Se contempla con orgullo. Exultante en su coquetería merecida. Hace resaltar su vientre creciente para que la imagen le devuelva una realidad que desea completa y, si es posible, feliz. Ya no cabe en mi momento actual el hombre. Y menos ese hombre -está a punto de corregirse y decir este hombre- con que la casualidad me ha cruzado. Mi hombre ahora mismo es el que hago. ¿Por qué le atosigan los rescoldos de una hoguera extinta? ¿Por qué la memoria busca resquicios y subterfugios para desbaratar una realidad inapelable? 

Se tortura con las últimas palabras, que creía olvidadas, y que reviven misteriosamente, de aquella separación dolorosa y antigua. Cuando ella, yo, se dice, me levanté áspera y con urgencia diciendo que iba a perder el último suburbano. Y él: ¿No puedes quedarte siquiera por esta noche? Ya sabes que no, le repliqué con soberbia. Pero tu lugar está aquí, porque yo soy tu lugar, trató él de imponerse o de proporcionarme al menos una esperanza. Huí, lo reconozco, tal vez sin calibrar que aquello no había terminado en una discusión más. Que concluía más bien con todas las discusiones.

Continúa observándose ostentosa en el reflejo del escaparate. Se sonríe a sí misma, ahuyentando cualquier atisbo de amargura que no debería ya caber. Decide premiar su ánimo, aprobar su decisión. Tú eres ahora mi hombre, le  habla con una palmadita al feto que está construyendo en sus entrañas.





*Fotografía de René Groebli.

martes, 19 de septiembre de 2023

Paisaje tras la ceremonia

 



"Hace ya algunas horas que está aquí.
Partes de su cuerpo, no las más íntimas
pero partes de su cuerpo, se han esparcido
y repartido por cuatro o veinte esquinas
de esta habitación. Y ahora vivo
dentro de lo que amo".

Del poema Útero, de Gabriel Ferrater en su poemario Las mujeres y los días




Él duerme, yo velo. Él se agota en el esfuerzo, yo me recompongo. A él se le impone el desgaste. Yo me nutro de su cansancio. Ni vencedores ni vencidos. Ni sometedores ni sometidos. Ni fantasmas ni ataduras. Fue el instante y yo lo tomé. Él exudora inconsciente en esa mezcla de sudores y jugos que le explican como hombre y le abandonan a una orfandad que yo debo sujetar. Porque todo hombre es un desvalido que no es consciente de su estado. Yo me conformo con verle apaciguado y sin huida. No, este hombre no es como los demás. No, tampoco se ha tratado de repartirnos los roles. A estas alturas una distingue de sobra qué persigue cada cual. Busco la coincidencia, no utilizo a nadie. Asiento la libertad de mi placer, que hoy ha sido convergente con el suyo. Él sonríe bajo sus párpados caídos. No puede evitar esos labios aún suplicantes, diría que sedientos. Incluso al moverlos ligeramente debe creer que aún prosigue en su entrega. Quiero observarlo, no por curiosidad, que ya he constatado con otros, sino porque no me ha amado como si fuera una conquista. Su lasitud es parte de la ofrenda que ha realizado para mí. No es casual que sus manos aún palpen mi espalda, o que  sus piernas no se hayan desenredado del todo de las mías. Al contemplar su modorra me reconcilio con el hombre. Conjuro las malas experiencias. Repongo el infortunio de haberme sentido sometida, si no obligada, en determinadas ocasiones. Cuando una condescendía, y aún no sé por qué, sin haber querido. Cuando una se levantaba a la ducha, huyendo y buscando una purificación, mientras el hombre que se había desahogado a su costa caía en una reposición puramente animal. Con este hombre, por el contrario, he bailado ritmos nuevos, donde los sentidos y las emociones han ido de la mano. No es un hombre más, solo en apariencia y acaso ante ojos ajenos. No ante mí. Él se sabe a prueba. Yo me sé a prueba, como si fuera la iniciación de dos púberes ante el papel en blanco del amor. Hemos desafiado aprendizajes mediocres y comportamientos convencionales, que es tanto como decir haber mitigado ahora viejas insatisfacciones. Haber llegado hasta aquí desentraña incógnitas perseguidas desde siempre. Vivo el instante, intento que persista. De pronto balbucea algo en sueños y sus labios dibujan el perfil amable de la sonrisa, acaso el del agradecimiento. Yo le tomo la mano por si llega hasta sus sueños. Está calmado y en estos momentos en que los dos nos reponemos la partitura de nuestra música permanece abierta. Hay una ejecución pendiente. Tal vez la buena composición, la creativa y que nos hace volar, nunca se cierra del todo. Solo se amolda y se recrea conforme se orienten los sentimientos y los significados. Yo me busco. Él se deja encontrar.





*Fotografía de René Groebli.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Desplazamientos

 



La mujer durmiente tal vez soñaba lo vivido. O vivía lo imaginado. Acaso ensayaba subconsciente lo que hubiese deseado y no tuvo. O bien quería prolongar lo tenido pero que una vez desapareció. Los sueños son justicieros. Devuelven posesiones y compensan carencias. Reviven goces pero pueden resucitar fantasmas. Estimulan anhelos íntimos y acogen rechazos. El traqueteo del tren incentivaba ritmos que ella traducía desde la fuga somnolienta. ¿A dónde pretendía ir? ¿A una vida rutinaria y sin compensaciones? La duermevela es traidora e inestable. Recurre tan pronto a pensamientos como bucea en las fantasías. Aquellas propuestas del hombre en el baile, ¿hasta dónde alcanzaban? Fundían sensibilidades. Traspasaban desconfianzas. Aproximaban apetencias. ¿Por qué no se había decidido a viajar al firmamento en el preciso momento en que la noche lo propiciaba y él, respetuoso y delicado, le brindaba una contemplación menos metafísica pero más satisfactoria seguramente que la del parterre? En aquel jardín ambos habían observado el universo exterior mientras paralelamente trataban de tantear el más próximo. Sus personalidades, sus emociones, sus apetencias. Pero los instantes o se toman según llegan o se extravían, sin garantías de una nueva oportunidad. El cabeceo de la mujer seguía a un ritmo onírico que no podía controlar, pero que era suyo. Y en aquella convulsión, que le hacía sentir pero no estabilizar, percibía la intensa llegada no solo de aquel hombre enigmático que había bailado con ella, tan desconocido aún, sino el azoramiento producido por antiguos rostros casi olvidados, cuerpos que la habían elevado o personajes que la perjudicaron. En un cruce de vías se sobresaltó. Alarmada por el despertar brusco las escenas soñadas la golpearon a la par que se rompían. Percibió emociones contradictorias. Miedos agudos, temores confusos, estímulos apasionados, urgencias que la cargaban de ansiedad. Peleaba consigo misma. ¿A qué origen pretendía retornar en una huida que la frustraba? Se espabiló y a punto estuvo de levantarse airada y tirar del freno de emergencia. En la primera estación me bajo, chilló. El viajero que tenía enfrente la miró sorprendido. ¿Qué traviesos son los sueños a veces, verdad?, arriesgó con cortesía.



* Fotografía de René Groebli.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Grávida

 



Pasó a mi lado. Acababa de dejar en la estación a mi bailarina del azar. Al principio no la reconocí. Fue ella la que detuvo sus pasos. Oh, eres tú, dije. Me costaba pronunciar su nombre. Yo y no solo yo, dijo descubriendo lenta y teatralmente su chaquetón. Al ver su gravidez no sabía si contestar ¿y esto?, pero sonaría vulgar y despersonalizado, algo así como la exigencia de una explicación que no tenía por qué darme. Opté por algo convencional. ¿Te falta mucho? Luces espléndida. Acaso lo dije a la inversa, y puede que fuera muy estereotipado pero ella no iba a rechazar mi impresión. Ganas me entraron de saber con quién o de quién iba a ser parte aquella obra que a tenor de su redondez se intuía tan hermosa. Reprimí la curiosidad que, en todo caso, hubiera sido malsana. Además de irrespetuosa e impertinente. Un mes, aclaró, si no hay dificultades imprevistas, que espero que no las haya, y suspiró. Yo tartamudeé ligeramente. ¿Lo deseabas? Fue categórica. Lo deseaba, sí, ha sido buscado. Intensamente buscado, tanto que el padre no ha pasado de ser la ráfaga de una noche. No sé qué rostro pondría yo o qué quiso ver en él. Tal vez la pista del asombro. O de la contrariedad. Como un golpe a mi antigua soberbia fue taxativa. En realidad lo hubiera querido ya cuando tú y yo estuvimos juntos hace dos décadas largas, me soltó mirándome a los ojos con una mirada de veinte años atrás, pero que ahora sonaba a desquite. Por un instante permanecí petrificado. Hace dos décadas. La frase resonó en mi archivo despreocupado de la memoria. Y pensé en qué hacía uno entonces. O qué hicimos ambos, nosotros que no vivíamos el mundo si no lo participábamos con una intensidad inusitada. Que queríamos prolongar una juventud despreocupada y soñadora. Sé que irá todo bien, te lo mereces, acorté el encuentro. Volvió a fijar su mirada en la mía. El silencio que se asentó en ese momento entre los dos me pareció espantoso, preñado de tormenta. Creo que a ella le faltaba decir: si tú aún quisieras, aunque el hijo no sea tuyo... Y yo, presuntuoso de mí, a punto estaba de ceder a una emoción que me obstinaba en reprimir. Pero ¿puede y debe uno sucumbir a los mejores tiempos del pasado, cuando ya son inexistentes? No sé si cometí el error de acariciar un instante su mejilla. Como si nada hubiera quebrado entre ella y yo hacía siglos. Ella sonrió agradecida, esbozando un rictus de cierta aflicción. Cuando ya partía cada uno para su destino se volvió. ¿Irás a verlo?, alzó la voz tímidamente.



*Fotografía de Isa Marcelli

lunes, 11 de septiembre de 2023

Fuga en la noche

 



"...como ríos secretos de la noche
que habitan la piel de otros cuerpos"

Del poema Solo entonces el cielo, Victoria Díaz



Usted sabe que aquí no podemos proseguir ni un minuto más, estimado amigo. ¿Quiere decir que un baile que merezca la pena hay que ejecutarlo como ejercicio de libre invención, señora mía? ¿Y en un espacio más desenfadado? Esa es mi impresión, señor desconocido. Continuar en este salón, además de asfixiante sería perder el tiempo. Bien debe saber que dos bailarines no deben verse nunca abocados a desaprovechar la ocasión. Y no me cabe duda de que ninguno de los dos somos convencionales. ¿Quiere decir que mejor dejarnos llevar por una danza menos artificiosa y acompañarla con una música secreta? Salgamos a un espacio más libre, pues. La noche es fresca, pero clara. ¿A quién no le inspira una noche apacible en que se diluyen las obligaciones? Y este firmamento bien vale una contemplación que otros se empeñan en rechazar. El hombre, decidido, no ha esperado respuesta y ha tomado la dirección de salida. ¿No pensaría usted dejarme sola, a merced de esos ebrios de mirada turbia?, le detiene ella.  Yo no pienso, no obligo. Si es atrevida preferirá arriesgar una diversión donde se encuentre a gusto. La partida comienza. Podemos intentarlo, si me garantiza...No garantizo lo que usted no quiera, señora. Además usted se pregunta qué propongo. Pregunta vana porque a su vez usted tiene en su cabeza la misma proposición. ¿Qué le parece si...? Los dos se detienen en el parterre, apoyan sus manos en la baranda. El cielo está salpicado de planetas, dice él. Unos se ven, otros hacen guiños. Todos ocultan. Pero nunca defraudan. ¿No ocurre como con el baile de aquellos que se encuentran por azar? Ante este paisaje, tan fantástico como sobrecogedor, uno no se aburre nunca y a poco que distingas la ubicación de las estrellas más próximas te sientes compensado. Le intuyo decepcionado, amigo mío. ¿Por lo que hemos dejado dentro? ¿Por ese escaparate donde ambos hemos sido objeto de comidilla? ¿Con toda esa turba lasciva que la ha desnudado y que a mí me ha envidiado? En absoluto. Simplemente no me entusiasma. Aunque mi experiencia de esta noche es diferente. Nadie lo diría, se muestra irónica la mujer. ¿Usted cree? Parece entonces que usted pretende comparar...¿El universo que se oculta tras otros universos? ¿Con dos meras partículas de otras partículas como nosotros? Sería tan presuntuoso de mi parte...Mas estamos aquí ambos, recién nos hemos conocido, ¿o habría que decir mejor coincidido?, y usted sigue esperando una propuesta determinante por mi parte que acerque algo del firmamento a nuestros sentidos. ¿Oye el rumor de esa corriente de agua próxima que refresca el pensamiento e incentiva el saludable deseo? ¿No le recuerda que las vidas siempre se mueven al borde de ríos? ¿Quiere decir que...?  Quiero decir que...




* Fotografía de Vee Speers

sábado, 9 de septiembre de 2023

La mujer de la tierra

 


Una vez yo nací de una mujer de la tierra. Escuché el mundo desde su vientre cálido y mi salida fue abrupta. Si lloré en aquel instante fue por aquello que otros humanos llaman instinto y acá en mi tribu denominamos desarraigo. Llorar por abandonar una rara, pero apacible, condición oculta, y destinado a afrontar la luz de un mundo visible diferente y no siempre claro. Y sumamente agitado. Al nacer me aferré tanto a aquella hembra que solo sabía nutrirme de ella. Bebía y comía de su exuberancia frutal. Me calentaba entre los firmes vericuetos de su cuerpo. La protección me llegaba enredándome entre las lianas de sus extremidades. Los cuidados de mi organismo eran reflejo del esmero higiénico del suyo. Su pìel me aportaba sensaciones que se renovaban. Sus caricias desarrollaban lenguajes primigenios que me hablaban con los tactos del placer y del apaciguamiento. Ella sabía estimular mis risas y calmaba mis llantos. Y lentamente se procuraban en mí profundas emociones inclasificables, porque todo era único y procedía del mismo origen. Porque entre ambos no había división. Si algún adulto me la disputaba, yo me interponía. Fui intuyendo que ella precisaba también del hombre de la tierra y, aun odiando a este, aprendí a disimular, que es una de las formas primitivas de la mentira. Mas la mujer siempre volvía a mí. Yo no renunciaba a la dependencia hacia ella, buscando de esa manera que permaneciera una mutua sujeción. Yo que la motivaba. Ella que se mantenía, sin retroceder, para que yo avanzara. Yo que la consideraba pertenencia. Ella que aceptaba someterse a servidumbre conmigo. No sé en qué momento quebró el vínculo, acaso solo parcialmente. Supongo que de mí la tribu exigía una actitud acorde a los roles. Tal vez ella sabía lo que nos esperaba a ambos, pero jamás vi que se sumergiera en la resignación. Siguió apoyándome. Porque antes habíamos generado nuestra propia religión impenetrable. Los dos nos adaptábamos sin invadir espacios propios. No quiero olvidar, no olvido. El hombre de edad nunca prescinde de la mujer de la tierra. En sus carencias la evoca. En sus desgracias la invoca. En su estertor la exige (otra vez el niño llorón) una salvación imposible. Ella a cambio no le niega este postrer consuelo. 



(Dedicado de nuevo a los territorios ignotos de América)


* En la fotografía Kanamashi Yawanawá, por Sebastiao Salgado.

jueves, 7 de septiembre de 2023

La danza del fuego

 



La está mirando fijamente mientras habla, pero ella desvía los ojos hacia el aura que percibe en el contorno de su cuerpo. El hombre lo advierte y le divierte. Se lo hace saber. ¿Por qué no me mira de frente? ¿Le recuerdo a alguien o no se fía de mí? ¿Teme la incandescencia de mi aspecto fatigado? ¿Le decepciona la imagen que mi astenia dibuja? ¿Esperaba que mi vigor interior fuera correspondido por una apariencia acorde? ¿Imaginaba que el ritmo que impongo hiciera crecer un canon apolíneo? ¿Qué teme descubrir en mí? Y sin embargo usted sigue mis pasos, se deja llevar absorta, se abandona a una letra no escrita. Nada hay preestablecido en mi conducta. No repito nunca el pasado. No doy por aprendido del todo lo experimentado. Aunque dé la impresión de que me deslizo sobre el viento en realidad no me muevo tanto. Solo espero. Usted, como yo, atiende a la ejecución de una cadencia, pero los sonidos no permanecen nunca con su misma entonación, ni los movimientos se asientan, ni los tiempos quedan definidos y ajustados. Observe que no soy una mirada, sino  que soy sobre todo la palabra. Quédese inmóvil pero no inactiva, siguiendo el curso de una voz y deleitándose con la contemplación. Entiendo que usted es una mujer avisada ante la llegada de un hombre. Y que se reconoce muy avezada a la hora de sentir la llamada de la pasión. Mas, ¿acaso una nueva llamada se parece a la anterior? Déjese fluir. El paisaje despeja su frondosidad. La partitura no está escrita. Los sonidos son ancestrales. Los movimientos, primitivos. Los rituales, tribales. Los gestos, invocaciones. No tema la danza del fuego. 




*Fotografía de Sally Mann

lunes, 4 de septiembre de 2023

El elegido


 
¿Por qué me ha elegido?, susurró a su oído. ¿Tiene eso alguna importancia?, musitó ella,  obviando el fragor de la orquesta. Le he escogido y ya está. ¿Cree que este baile es nuestro baile?, preguntó muy quedo el hombre. ¿Por qué no? Los bailes son lo que tienen. Su ritmo los convierte en una impecable presencia. Se ven empezar pero no terminan cuando parece que lo hacen. Incluso después de acabarse uno lleva en la mente la música y también su cadencia. Yo no hablaba del baile. Yo tampoco. Y sin embargo ¿qué otra cosa hacemos los humanos sino saltar, danzar, sujetarnos y disolvernos, y volver una y otra vez sobre nuestros pasos? Para mí sus pasos son tan nuevos como los míos, apuntó la acompañante. ¿Sabe por qué? Porque son diferentes. Y para mí también, no me veo el bailarín de siempre ni usted se presta a seguir ordenadamente mis movimientos, y el hombre mientras hablaba hizo un quiebro. La mujer se apretó sin remilgos al cuerpo nuevo. He bailado con muchos, y aunque no todos sabían conducirse conmigo yo dejaba que fluyera su iniciativa. Bailar con otros cuerpos no era ni mejor ni peor que este baile de ahora. Pero este, este...no sé lo que tiene. Intente precisarlo, sugirió él. La mujer acopló con firmeza el brazo a la espalda del hombre. Es, ¿cómo decirlo?, el que se adecua al instante. El hombre se siente instalado con comodidad en aquella aparición que le ha sacado a bailar. Necesitaba aquellas palabras tan libres como sinceras. Precisaba ser acogido. El instante que merece la pena, dice, ¿no es aquel que proporciona a la par serenidad y disfrute como una armonía improvisada? ¿No es el que otorga seguridad a los que han aceptado el juego recóndito? Ella le mira con desafiante ternura. ¿Ha pensado que acaso a una le apetece a veces ir más allá de la calma para procurar un goce que puede resultar implacable? Lo he pensado, responde el hombre, pero usted marca el paso. 




*Fotografía de René Groebli

sábado, 2 de septiembre de 2023

El cuerpo del amor

 


No te rindas a ti mismo. Tampoco te resistas a mí. Aquí no habrá ni vencedores ni vencidos. Ambos tenemos que ofrecer al otro el valor del cuerpo. Valga el intercambio. A ninguno de los dos nos enseñaron tal valor y menos la manera de afrontar lo que dentro iba reclamando. ¿Hemos aprendido de manera contradictoria? Las contradicciones son maestras permanentes. Apenas superamos una cuando otra agazapada nos asalta. Error, defecto, imprudencia, indecisión, riesgo, incertidumbre...Cuántas caras utilizan las contradicciones. Pero solo hay una verdad. Nuestros cuerpos. Tú te muestras, yo me enseño. El punto de partida va a convertirse en el destino. Origen y fin se revelan como complementarios. ¿Quiere decir que convergen o solo se prestan? Somos coincidentes: también un préstamo, una intercesión mutua. ¿Sin sublimar? El encuentro de los cuerpos conlleva una cierta sublimación. Pero no es la posesión definitiva del tiempo, es disposición circunscrita al límite. Es la adaptación a un ámbito generado por el azar. El cuerpo sabe. Reclama, recrea. Es hábitat donde participamos. Sin él no hay ni respiración ni afectos ni ideas ni emociones. Ni un nombre detrás. Ni ese personaje de la obra con una duración llamada vida, aleatoria pero ineludible, que se empeña en su rol. Cuando vienes aquí yo estoy yendo ahí. De explorar el cuerpo se pasa a ocuparlo. De sentir el cuerpo se va a rozar la evanescencia. Tú lo tomas. Yo lo acepto. ¿Cuántas derivas en esta navegación? Yo las nombro a voleo. Adopción, arrebato, aprehensión, disolución. No me resisto. No me rindo.



*Fotografía de Taichi Gondaira

jueves, 31 de agosto de 2023

Aquellos días de Coyoacán

 



"Has vivido lo bastante para ver cómo todos aquellos que querían librarse de la estrangulación del pensamiento, de la estrechez de la uniformidad, eran aplastados y triturados. Has tenido que ver cómo todos tus compañeros se hundían. ¡Y sin embargo conservas tu optimismo!"

Personaje Diego Rivera en la obra de teatro Trotsky en el exilio, de Peter Weiss.



Los tiempos eran muy convulsos, Ilya. Además no es un suceso de ayer precisamente. ¿Cuánto tiempo hace de eso? Da lo mismo. Desde entonces el mundo ha dado infinidad de vueltas y de aquella etapa ya no queda nadie. Tú y yo somos como si no fuéramos nadie, no computamos, que dicen ahora los modernos. Si no fuese por las hemerotecas y los documentales el rastro se habría borrado definitivamente. Aunque tampoco es del todo cierto. Ambos volvemos renqueando a aquella casita de Río Churubusco donde habíamos estado unos días antes del aciago acontecimiento. ¿O fue la víspera? Le dicen museo ahora, nos reciben como turistas y nosotros callamos lo que sabemos. 

Me cuesta recordar, Ilya, ya ves que no estamos para caminatas y poco para los largos recorridos de la memoria. Si no hubiera tenido lugar entonces el infortunado suceso habría devenido más tarde. La mano extensa de los dictadores no encuentra límite. Y las políticas que quieren ser dominadoras suelen tener recorridos sin medida y desbocados. Fue la de aquel nefasto oportunista del Kremlin pero puede ser la del sátrapa de Teherán o la de un nuevo caudillo demagógico de nuestra América o del nuevo zar de la actualidad. La historia también es la de una relación sucesiva de déspotas sanguinarios. Es una constante histórica la persecución de los disidentes, dentro y fuera de las fronteras de un país. Ilya, tenemos demasiados años para lamentarnos y prefiero quedarme con los gratos recuerdos. 

Quién no cometió errores en su momento. Quién no optó por unas ideas utópicas y respondió con unas estrategias baldías. Quién no se dejó llevar por principios que se pretendían morales y acababan siendo venales. Sé, Ilya, que te preguntas lo mismo que yo. ¿Fuimos extremadamente incautos? ¿No supimos ni prever ni valorar los riesgos? ¿En tanta euforia nos bañamos que nos fiamos en exceso de algunos colaboradores? ¿Pensamos que no llegaría aquí la mano implacable de la brutalidad? La presencia mítica, y aún reciente, de lo sucedido en España nos cegaba, en aquel afán por no terminar en la depresión. ¿Cómo íbamos a sospechar que precisamente un español, el que menos derecho y en apariencia razones tenía para cometer el acto ominoso, iba a ser la mano ejecutora? 

Lamento que la fotografía amable que me envías, y no quisiera que esta fuera la última vez de nuestro intercambio epistolar, me conduzca a reflexiones amargas, pues ya estamos de sobra curados de espanto. Esa foto no se merece sino una evocación alegre y conmovedora. Siento también que mis observaciones hayan obviado a aquellas chavas con las que compartimos camaradería, entusiasmos y amores. ¿Debería inquirirte acerca de si sabes cómo les ha ido a ellas? No dejo de preguntarme si el olvido es una puerta que se cierra necesariamente. Si tú aún mantienes vivo un ápice de recuerdos de aquella época, trata de evocar lo que puedas como un acto de reconciliación con la vida. Antes de que nos echen.





martes, 29 de agosto de 2023

Inscripción de un poema

 



Maestro Kitagawa, recíteme el poema que ha dibujado en mi piel. La escritura se extendía vertical a lo largo del cuerpo de la mujer. El maestro limpió el pincel con lentitud y lo depositó sobre el soporte de loza. Envolvió el taco de tinta que no había diluido y se frotó con un paño las manos. Yo no he escrito nada que no trajera tu naturaleza original, sonó su voz paciente. Maestro Kitagawa, pero no nací con escritura alguna. El pintor contempló el texto de un extremo a otro. Verdad es que nadie nace sino con su propio lienzo en blanco. Mas el curso del tiempo se encarga de desarrollar los signos y componer las sílabas que emerjan de su propia piel. ¿Acaso sabe el tiempo cómo hacernos crecer, maestro? Él agitó la cabeza, ondeando la coleta que le adorna. Sabe dotarnos de emociones que apuntalan los sentimientos. Maestro Kitagawa, no se ofenda, pero otras mujeres lucen pinturas flotantes, y dicen que han salido también de su mano. Sonrió el hombre. La caligrafía que te recorre es también imagen y además palabra. ¿Qué queja puedes tener, si te he reflejado más completa? Maestro Kitagawa, no debe dejarme con la intriga del significado del poema. Kitagawa la condujo entonces frente a un espejo. Ve girando, la dijo, y recita tú lo que lees ahí. Si yo hablara profanaría el santuario del dibujo y, lo que sería peor, desvirtuaría el sentido del poema. Porque tú eres su propia autora y espera tu voz.





* Fotografía de Taichi Gondaira.
 

domingo, 27 de agosto de 2023

Tactos

 


No corre aire alguno que haga sonar la seda de tu vestido. Ni roces, ni vibración, ni movimiento. Esperas mis órdenes, te lo han enseñado. Pero yo tampoco me muevo. Mis manos asoman por la cuadratura de las mangas reposando sobre los muslos. Permanezco atento a una señal tuya, aunque digan que a mí no me corresponde reaccionar. Me sabes aquí, como cada día, al tiempo marcado para la ceremonia. Ni tu kimono ni el mío romperán su rigidez ni saltarán por encima de sus geometrías antes de la hora secreta. Cuando las luces del día se han extinguido y la penumbra confunde nuestras miradas. Cuando el silencio se afianza más. Solo entonces el tacto enciende los lentos ejercicios de desatar mutuamente el obi, que liberará espaciadamente a nuestros cuerpos de la vestimenta ritual. Lo que está por venir será celebración. Y a través de ella ambos nos profesaremos un culto mutuo donde confluyamos en la fe de los sentidos. Cuando dejamos de lado lo estéril y baldío. Cuando desechamos lo sobrante para acceder a la posesión más pura. Cuando hacemos agitar el único viento que merezca tal nombre.





 * Fotografía de Taichi Gondaira.

jueves, 24 de agosto de 2023

Cintéotl en mis manos

 


No ponga esa cara, profesor. Es auténtica, yo no podría engañar a un especialista de Yale. 

El anticuario se mostraba cercano conmigo. No pongo en duda su criterio, le respondí, pero necesito, digamos, ciertas comprobaciones. Por supuesto, llévesela, investigue, pero no se tome un tiempo excesivo. Hay compradores menos sabios que usted -y ahí me molestó un poco su adulación- que estarían orgullosos de hacerse con la estatuilla. Me pareció oportuno imponerme. Nunca me ha gustado que me presionen y menos que me extorsionen. Para nuestros fondos arqueológicos tiene un valor, pero no la vemos imprescindible, le interrumpí  en una especie de regateo. Usted y yo, amigo Juárez, nos entendemos desde hace años. No perdamos los papeles, ¿le parece? 

El anticuario reculó, expandió una sonrisa correctora, y al extender las manos buscando una afabilidad conmigo que él mismo había puesto en riesgo, no pudo evitar sonrojarse. Sí, naturalmente, dijo atropellándose, usted y yo, profesor, formamos un gran equipo. Busqué salvar la situación un tanto brusca. Usted, Juárez, se habrá informado con amplitud del mito que rodea el significado de esta escultura, ¿no es cierto? Puso cara de no querer ser examinado. Supongo que responderá a la mitología admitida, replicó. ¿Qué tiene esta que la diferencie de otras? Trató de tirarme de la lengua pero yo reaccioné enigmático. En ello estamos en mi departamento de culturas de Mesoamérica. Creemos que hay una intención oculta en la figura, pero para nosotros es importante certificar la época y el material de la que está compuesta. 

Juárez adoptó una actitud expectante. No, yo no me había precipitado por error o por emoción, lancé la caña simplemente. Ah, ¿no es solo de barro cocido?, saltó provocador o herido por mi provocación. No lo sabemos, dije. Si hay algo en ella que le califica como extraordinaria quiere decir que también la narración de los mitos puede tener otra deriva. O, digámoslo de otro modo, otra intención. Y donde hay intención hay culto, cuando no advocación. Es algo que los hombres han instaurado, temerosos de las fuerzas de la naturaleza o de la potencia de otros hombres, desde tiempos primitivos.

Al anticuario se le precipitó el sudor. Quise frenar su nerviosismo y poner terreno neutral entre ambos. No me diga, insistió Juárez, que no se trata de un dios o una diosa del maíz, como otras imágenes que abundan. No he dicho eso, sería inapropiado por mi parte aseverar lo que aún no conocemos a fondo. Y los elementos formales no van a la contra, lo puede usted ver claramente. Pero imagine que hubiera un material recóndito, mezclado con el barro, y que los autores hubieran pretendido con ello una representación novedosa, incluso herética. Algo así como si hubiera existido una mano clandestina e iniciática detrás, y en ese caso quién sabe si no nos pondríamos en la pista de una secta que pretendía trastocar el sentido tradicional de los dioses admitidos. 

Juárez me miró con incredulidad. Este gringo está tratando de envolverme, debió pensar. Observé en él una sonrisa que le traicionaba. ¿Sabría algo que no sabía yo? Oh, sería asombroso que estuviéramos ante un panteón ampliado, dijo haciendo alarde de conocimiento. Y mire que ya hay infinidad de dioses pululando en las culturas que nos precedieron. Sería algo extraordinario, rebajó la voz mientras se acariciaba su afilada perilla troskista. Continuó ilustrándome a su manera. Hasta ahora, aunque existen varias lecturas relacionadas con esta divinidad, no se ha puesto en cuestión su papel. Honraba a la fértil naturaleza que otorgó el milagro agrario en estas tierras. Todos los relatos van en esa dirección. ¿Qué podría alterar la tradición oral, profesor?

Tuve que dar marcha atrás. Si él sabía algo mi trampa no había funcionado. No tengo respuestas concluyentes, dije procurando dar por finalizada una conversación comprometida. Pero imagine de nuevo, y ahí no podía permitir que Juárez se me impusiera, que hubiera una versión oculta en que la serpiente se hizo aliada de los hombres para poner en sus manos el poder del cultivo, que es tanto como decir el acceso a la alimentación, sin necesidad de que dios o diosa alguna intermediara. Y que un pacto del animal sibilino y del mortal inteligente y hacedor les elevara a su vez a la condición de una deidad de las sombras. ¿Un nuevo ser híbrido?, osó todavía Juárez.

Buena jornada, me despedí, tendrá mis prontas noticias. Y gracias por el préstamo, me mostré cordial mientras envolvía la figurilla en una cajita de poliespan. No sé si tragaría mi arriesgada retórica o a su vez le habría confirmado alguna de sus sospechas. Este anticuario, pensé, tiene en su haber que va más allá de pertenecer a la masonería.




(Dedicado a América)