lunes, 23 de octubre de 2023
Turbulencias de un turbulento
sábado, 21 de octubre de 2023
Unos cuantos membrillos
Max me ha traído membrillos. No puedo decirte que me traes un puñado de membrillos, le digo, porque obviamente no cabría más de uno en la mano. ¿Cómo denominar este conjunto? Di solo unos cuantos membrillos, matiza Max. Los coloco en el plato para que posen. Son la estrella del otoño, salta Max con una sonrisa que parece emular la alegría de los membrillos. Me han transmitido su luz, pero no solo me entusiasma su colorido. Es su forma tan imperfecta que no imprecisa. Sus curvaturas, como rincones de la piel de un cuerpo. Pero es también su textura, esa especie de dureza y pelusilla externa que resguarda una carnosidad generosa, y que se hace querer por la mano que los toca. ¿Quieres decir que es uno de los frutos que nos comunican una percepción más sensual?, le insinúo al palpar uno de ellos con lentitud. Max se dispone a sacar una imagen instantánea del bodegón. Prueba a responderte a ti mismo, remata mientras se entrega a eternizar aquella belleza.
miércoles, 18 de octubre de 2023
El paraíso de la voz
Ella lo da en pensar. Por qué le diría yo aquello tan explícito, cuando debería haber quedado en algo subliminal. Por qué al leerle mis poemas me respondería él con su voz enérgica pero envolvente, y yo no supe reaccionar con mesura. Había elogiado con su prudencia habitual lo que yo le había recitado. Había desplegado el silencio que de ordinario significaba que aún meditaba, que era tanto como decir que degustaba. Retengo siempre tu tono, me acababa de decir, porque cuando me lees no solo es lo que has escrito aquello que me llega sino el sentimiento que impones en el aire. Entonces no supe morderme la lengua. Cómo podría yo habitar en el paraíso tan extenso de tu voz, eso le dije. No sé si para sorprenderle y gratificarle o porque me salió espontánea y sinceramente. Él replicó entonces que era yo la que pertenecía al paraíso, no él. Él dijo que bajo sus pies habitaba un Hades que no le permitía vivir en paz. Dijo que si bien nunca encontraba un momento perdurable de calma al menos paliaba su dolor con alguno de mis poemas. Dio la impresión de rendirse y precipitó sobre mí aquella frase exultante como si la hubiera extraído de un mito. Si existe un ave del paraíso esa eres tú, dejó caer. Tu vuelo es irrenunciable y tu plumaje siempre se renueva para deslumbramiento de quienes te admiran. Le vi venir y a la vez huir. Pero tú...y le conminé a buscar entre ambos una explicación que no llegó a cuajar ni en su enunciado ni en su solución imaginaria. Eres vuelo y yo soy caída, me pareció escuchar de su boca cuando cerraba la puerta.
*Fotografía de Edouard Boubat.
lunes, 16 de octubre de 2023
¿Qué hay debajo?
domingo, 15 de octubre de 2023
Desde la vieja Sefarad
jueves, 12 de octubre de 2023
La cinta bermeja
lunes, 9 de octubre de 2023
El horizonte del pasado
Se asomó al balcón. El vientecillo que antaño le hubiera sido grato ahora le escalofriaba. Pensó en la alteración de los cuerpos. Las células mermadas, los tejidos más frágiles, el organismo menos resistente a las temperaturas. Era una manera de imaginar, porque no podía saber qué pasaba ni con las células ni con los tejidos. La obsesiva costumbre de construir una explicación difusa, seguramente incorrecta, que le permitiera tranquilizar sus temores. Pero para ella, y más en su circunstancia presente, cualquier sensación era también idea, sentimiento, necesidad de ser explicada o al menos argumentada.
Apoyada en la barandilla contempló el tráfago de gentes y de vehículos. Más allá del dique se extendía apacible la raya del océano, a cuya orilla había crecido, jugado, incluso despertado al amor. Le hará bien el paseo, pensó instintivamente. Te hará bien, le habló cariñosamente con la mano en su vientre. Pero esa mano en el atributo de su gravidez, que iba sin demora generando una vida, no era la mano sobre el amante. Era más bien sobre el ser que iba a ser amado por ella. Dos necesidades diferentes que a veces juegan en la balanza de la decisión o simplemente en la del lenguaje. Dos expresiones de amor, cuya aproximación solo reside en la utilización maleable de la palabra. Y tal término, amor, la turbaba y la sentía contradictoria, bien porque no admitía una definición convencional o porque dudase de su contenido. Tú estás aquí, habló a su vientre, y él, que es ajeno a ti, podría haber estado entre los dos. Pero, ¿y si acaso, de haber estado él, no hubiera querido tu presencia? ¿Y si debido a que nunca pudo afianzarse aquella relación sí que tú estás a punto de ser?
Qué complicados y paradójicos son los movimientos ocultos de la vida, se dijo, mientras inevitablemente le seguían viniendo recuerdos gratificantes del pasado. Todo lo que tenía ante sí ahora le hablaba con la precisión de un poema. El olor penetrante de la humedad salina, el perfil de un oleaje tibio e incesante, o el inextricable horizonte que contemplaba traían a su mente los días inexpertos que había creído felices. Y que, a pesar de la separación, creía todavía, o necesitaba creer, que lo habían sido. La atracción arrolladora entre dos que a los ojos ajenos se mostraban tan distintos. La conexión asombrosa que se daba entre quienes pensaban en plural sobre tantas cuestiones del mundo y de su tiempo. El rodaje de unos afectos que solo podían ser comprendidos a medida que se habían ido reconociendo en ellos. Las embestidas desinhibidas e intensas con que procuraban saciarse.
Un relámpago de fuego le recorrió de repente el cuerpo. Percibió un golpe de voluptuosidad que desde el abandono de aquel hombre no había vuelto a conocer. ¿Pensará él lo mismo que yo pienso? ¿Será receptivo su instinto a algo semejante de lo que yo siento? ¿Le estará dando vueltas al pasado? ¿Hará la ficción, siquiera por un instante, de lo que habría sido una vida compartida?
Envuelta en un vestido vaporoso, que permitía que el embarazo no diluyera la esbeltez que siempre le había caracterizado, la mujer enfiló por inercia sus pasos hacia la playa. Como si buscara fusionar dos amores que la realidad los hacía irreconciliables, pero que su deseo insatisfecho los unificaba. Se descalzó. Sus pies tomaron contacto con la arena. Junto a las huellas que iban dejando creyó ver que otras huellas semejantes a las suyas, quizá algo más hundidas, iban acompañándola. No tiene sentido, son ganas de martirizarme, se enfadó consigo misma. A ti ¿qué te parece?, preguntó a su entraña. Pero no obtuvo respuesta. Suspiró y mordió con cierta acritud el aire.
* Fotografía de Édouard Boubat.
sábado, 7 de octubre de 2023
La ternura de Emma Igual
No es solo una fotografía simpática, no obstante el dramatismo que se oculta detrás. No hay en ella una simple joven que acaso por diversión se ha puesto un casco militar y ríe. Su alegría íntima se encuentra en su labor y en su entrega. El casco, una necesidad, a todas luces insuficiente. ¿A quién iría a ofrecer el ramillete de cardo que sujeta como si fuese una premonición de quien anhela aferrarse a la vida?
miércoles, 4 de octubre de 2023
Insomne
Siente un cosquilleo atroz por todo su cuerpo, a ratos picores. Expande sus brazos sobre una cama tibia, que palía su propio sudor. Vueltas y más vueltas. Se recuesta de un lado y pronto le agota una pesadez incómoda. Prueba del otro lado. Por un momento tiene la sensación de que ha dado con la posición óptima que le va a propiciar el sueño. Dura poco y el desasosiego incrementa un comezón que le desespera. En su impaciencia gira y se coloca bocabajo, aun sabiendo que no va a resistir la extrema presión sobre sus pechos. Aprovecha para encender la luz. Se incorpora de medio cuerpo. Arrebuja la almohada y la utiliza de respaldo.
Ha tomado un libro en cuya lectura viene avanzando lentamente los últimos días. Este es un buen momento para progresar en el relato, piensa. Ha leído un párrafo y no lo entiende. En realidad no es que no lo entienda. Es que no se ha centrado en él y la acción la confunde. Lo intenta de nuevo. Una vez más, otra. Cuando logra superar el párrafo e incluso el siguiente le salen al paso los personajes, que esgrimen nombres complicados. Le gusta lo que dicen y más lo que hacen, pero sus nombres enrevesados, o eso cree ella, entorpecen el avance. Se lía. Repasa de nuevo. Esto lo dice este personaje y el otro se cruza con este pero entonces surge aquel y le dice...
El texto se le desdibuja. Por un instante le parece que es efecto de una somnolencia que no se hace esperar. No quiere dejar el libro, por si acaso. Pone el dedo índice en la página a donde se llega y con los dedos adjuntos hace una pinza sobre el libro. Apoya el brazo en la sábana. Comprime la mano lectora, porque ahora su mano lee pero ella no lo capta, sobre su vientre. Un ligero abotargamiento arranca de ella una sonrisa de satisfacción. Incluso vislumbra cierto ensueño. Se paraliza lentamente. Sabe que cualquier movimiento leve puede dar al traste con su anhelo. Algo le dice que está a punto de caer rendida. Pero entonces ella lo piensa. Cae en el error de razonar un proceso que no debería considerar y dejar a la biología que siguiera su curso.
Sus dedos se han agitado en torno y dentro del libro. Le pesan las piernas y se mueve para relajarlas. No hay manera, va a ser una noche en blanco, asiente molesta consigo misma. Ni lectura, ni orden en las ideas, ni capacidad para sugerir planes del día siguiente. Ni buenos ni malos pensamientos. Solo malestar. La crispación la invade, el hormigueo crece y muerde su piel. Si al menos él estuviese aquí, le da en pensar. Se ve frágil. De inmediato considera a la ocurrencia una especie de rendición. No puedo ceder a ningún sometimiento, reacciona rabiosa. La independencia bien merece el insomnio si es preciso. Y se escucha ridícula nada más decirlo. Me valgo por mí misma, se obstina Y luego: pero y si no es él...Si le borro de mi mente, si elimino su imagen, si recurro a un aparecido cualquiera que no se entrometa en mi vida pero que se deje llevar para una circunstancia como esta...
La palabra aparecido ha producido en ella el efecto de una excitación diferente. ¿En quién piensa? ¿En un mendigo, en un transeúnte, en la llamada a un conocido ocasional pero lejano, en alguien de pago? Se escabulle de sus dudas, reconfortándose. Se ha recogido sobre su abdomen, entrecruza sus piernas, se retuerce con las sábanas como si fueran las extremidades de otro cuerpo. Emite un nombre al azar que a ella misma le sorprende. ¿Habrá escapado de la novela? ¿Será su misterioso autor?
Ahora, concentrada en su huida, le parece estar siguiendo un argumento ya sabido pero a la vez le resulta novedoso. Es la atracción de cambiar el orden de los episodios. Recrea al aparecido. No importa su rostro difuso, ni su constitución imprecisa, ni sus modales desorganizados. Ella lo modela a su gusto. Lo adapta. Lo dota de vida y dibuja los recursos que cabe esperar de aquel cuerpo fantaseado. Se alimenta de sus quimeras incesantes. Lo acoge posesiva, exultante de voluptuosidad. Ella se entremete en el personaje para que responda a sus exigencias. Se siente autora. Busca escribir con su propio tacto. Ha ahogado las palabras. Ha roto puentes con el mundo ordinario. Traductora sabia de sus sensaciones se entrega a través de un lenguaje gestual que solo ella domina. Arremete contra el insomnio sin ninguna clase de escrúpulos.
*Fotografía de Anna Bodnar.
domingo, 1 de octubre de 2023
El hombre asomado a sí mismo
No, no es correcto que uno tenga que responsabilizar de sus elecciones a las personas del exterior, reflexiona el hombre desde su atalaya inquieta. Las otras personas no tienen mucho que ver en las dudas de uno. No son culpables de las miradas ni de las atracciones en que se puede incurrir. Todas ellas aparecieron por azar una vez, y con mayor o menor fortuna se consolidaron en el personal mundo de afectos y emociones durante un tiempo. Nos arrimamos a su parapeto de protección, nos sujetamos a sus ofrecimientos, respondimos también a sus demandas. Hay atracción y rechazo alternos con los otros, hay opiniones que no nos gustan. Si no logramos entendernos dentro de nosotros, cómo van los demás a comprendernos. Pero esa dificultad no nos exime de tomar decisiones y, por lo tanto de acertar o de equivocarnos. ¿También estamos hechos un poco de cada roce que otras presencias nos acompañaron en alguna circunstancia y tiempo?
Mientras se abandona a la contemplación abstraída del paisaje el hombre no cesa y se prende en su vértigo de pensamientos. Se pregunta y se responde. Uno tiene que elegir dentro de sí mismo. Debe cuestionarse qué parte de la propia personalidad debe tomar el relevo de la anterior. O bien, decidir si vuelve a reforzarse el hombre que fue antes. El de siempre. Pero, ¿existe un hombre fijo de siempre? No soy el mismo de la primera etapa, ni de la segunda, ni de la siguiente, ni siquiera el de ayer. A ratos me veo en mínimos; por momentos maximalista. Cuando me azuzan los nervios quisiera parar. Pero detenerme, ¿no es exponerme a dejar de sentir? ¿No es reducir el deseo y rebajar las intenciones? ¿No es desligarme de lo que me otorga confianza y me brinda seguridad? ¿No es eliminar la tendencia a cargar de excesiva vida la que uno es capaz de soportar?
El meditador se ha quedado atrapado en un bucle. La sequedad de su boca lo denuncia. Se atropella en un vaivén de ideas y contradicciones. Detenerme sin bordear la muerte, se escucha. Y se descubre entusiasta con este giro verbal, falso, que le complace en su ampulosidad. Necesito una parada en la que me sienta menos incapacitado. Se trata simplemente de que no ceda a la afectación, de no eliminar lo que la naturaleza me proporciona para hallar satisfacciones. Desde fuera me observan como un ser contenido, amable, lejos de una actitud displicente. Si aceptan solamente esa visión allá ellos. Pero el castigo se agita adentro. Es la tensión por la que uno quiere evitarse a sí mismo, responsabilizando a los individuos que se cruzan en su vida. Injusto, acaso. Inevitable, también. Y se resiste. Me sublevo. Cuántos pasan a nuestro lado a lo largo de toda la existencia y nos acercamos a ellos siendo testigos, cómplices, colaboradores, servidores ocasionales en un grado u otro. ¿Todos permanecen en la misma actitud? ¿Con todos nos comportamos siempre de análogo modo? Cuántos testigos devienen en desconocidos, cuántos cómplices en traidores, cuántos que nos ayudaron nos abandonan, cuántos abrigos nos relegan a la intemperie.
El hombre se queda de pronto en blanco, devorado por el rostro oscuro y desasosegante de una triple alianza de pensamiento, palabra e impulso. Recuerda con cierta inseguridad el encuentro de calle con aquella antigua referencia amorosa. Se sorprende a sí mismo con este eufemismo. Por qué. ¿Es que ya no creo en el amor?, se pregunta con cierto desconsuelo. ¿O es que el precio de percibir algo semejante y aproximado al amor pasa necesariamente por el saludable escepticismo? Si cuando ella haya parido voy a ver a su hijo será un acto de cortesía cercana que agradecerá. Pero, ¿cualquiera de los dos, o ambos, sabremos mantenernos en ese límite y distancia? Aquello es ya humo. No valen lamentos ni añoranzas. En la vuelta de mi madurez avanzada, se dice, sabré distinguir. Uno no debe cargarse de más peso de vida que la que puede resistir. ¿No puede?
*Fotografía de Willy Ronis.
sábado, 30 de septiembre de 2023
No respetan nada y si pudieran lo borrarían todo
No sé si es la mala conciencia que arrastran algunos, o que no creen en absoluto en la Democracia y la libertad de expresión, pero estos son algunos de los efectos con olor a odio que cunden por estas tierras castellanas. De mano de quienes siempre están quejándose demagógicamente de una España suya que dicen que se (les) rompe (porque no logran que sea suya del todo como hace décadas)
Lo siento por Manolo Sierra, por los reivindicadores de la memoria histórica, o simplemente por cualquier ciudadano con mentalidad sinceramente democrática. Lo siento por las nuevas generaciones que van a estar condenadas a escuchar el discurso de falseamiento de la historia una vez más. En esta ocasión le ha tocado el turno a un mural de Manolo en el pueblo de Castroñuno (no llega a mil habitantes) En esta población había gobernado la izquierda muchos años. Pero tras las últimas elecciones municipales cambiaron las tornas. Lo primero que ha hecho el nuevo alcalde de la derecha es borrar el mural. ¿Por qué les suscita tanta repulsión que se reivindique la memoria de quienes aún permanecen en cunetas y páramos? ¿No superan algunos la verdad sobre 1936/1939 y la dictadura? Se ve que no gustan de que los muertos salgan de cunetas y páramos. Porque los muertos hablan siempre. Y cuando hablan cuentan.
En las viejas tierras de la Castilla profunda la libertad de expresión y las demás libertades corren alto riesgo. Se empieza borrando murales incómodos -o censurando conciertos o autores- y ve a saber cómo desearían acabar. Léase:
miércoles, 27 de septiembre de 2023
Ariadna desde el laberinto grotesco
"El país que había perdido su alma estaba sentado con las manos vacías cerca del puerto y, cuando yo llegué, miraba con tristeza las aguas muertas. Pronto seré como ellas. Ya lo ves, no expreso nada, nada auténticamente mío. Pronto seré como estas aguas, un espejo indiferente, exclamó".
De Ariadna en el laberinto grotesco, de Salvador Espriu.
Vivías desde siempre en el laberinto y te preguntabas: ¿hay salida? Era la pregunta inocente, casi refleja. Infantil. Porque aunque te gustaba recorrer sus calles, sumergirte en los pasadizos y asomarte a las amplias galerías -el laberinto no es una geometría oscura y menos lineal- tenías la sensación de estar yendo y volviendo. Cada paso adelante sugería uno dado anteriormente. Al principio cada descubrimiento se te mostraba como una puerta abierta por donde podías escapar. Pero una vez que incorporabas lo nuevo a tu acervo tendías a resguardarte, con tu novedoso tesoro, porque el exterior, aun siendo atractivo y tender a dejarte llevar por él, solo lo observabas con temor y con incertidumbre. El laberinto te ofrecía seguridad y si había monstruos dentro de él los tomabas como propios. Si se presentaban aguerridos libertadores los recibías con la ingenuidad propia de quien confunde deseos con posibilidades, pero o se sometían al hábitat indestructible o se destrozaban entre sí, pues el guerrero solo es carne de otro guerrero y pocas veces hacedor de paz. Si a veces confiabas en la aparición de una Ariadna, que acaso solo anidaba dentro de ti, te deslizabas tras sus encantos, que no dejaban de ser ficción imaginativa tuya. Porque, ¿se reveló alguna vez como real la intuida presencia de una Ariadna? Probablemente más de una, o varias. O muchas. Todas las que cabían en tu afán de búsqueda y alguna que otra que se personificaba y acompañaba tus recorridos arriesgados. Allí fuera hay otro país, decíais en aquel corro de Ariadnas, guerreros, monstruos y tú mismo, cuando os arrimabais a la balconada donde el horizonte adquiría formas verbales y revelaba ansias corporales. Pero el otro país era también parte del laberinto, porque el horizonte no era territorio ajeno, sino reflejo del que habitabais.
Si te interesan las citas comentadas de Ariadna de Asterión pásate por
https://ellaberintogrotesco.blogspot.com/
*Ilustración de Balbi López Santos.
lunes, 25 de septiembre de 2023
Las del puño, o cuando la mano se ajusta a los signos de los tiempos
viernes, 22 de septiembre de 2023
Nunca se va el pasado del todo
Fue el instante después. ¿Después de qué? Ese instante se llama alejamiento.
martes, 19 de septiembre de 2023
Paisaje tras la ceremonia
domingo, 17 de septiembre de 2023
Desplazamientos
La mujer durmiente tal vez soñaba lo vivido. O vivía lo imaginado. Acaso ensayaba subconsciente lo que hubiese deseado y no tuvo. O bien quería prolongar lo tenido pero que una vez desapareció. Los sueños son justicieros. Devuelven posesiones y compensan carencias. Reviven goces pero pueden resucitar fantasmas. Estimulan anhelos íntimos y acogen rechazos. El traqueteo del tren incentivaba ritmos que ella traducía desde la fuga somnolienta. ¿A dónde pretendía ir? ¿A una vida rutinaria y sin compensaciones? La duermevela es traidora e inestable. Recurre tan pronto a pensamientos como bucea en las fantasías. Aquellas propuestas del hombre en el baile, ¿hasta dónde alcanzaban? Fundían sensibilidades. Traspasaban desconfianzas. Aproximaban apetencias. ¿Por qué no se había decidido a viajar al firmamento en el preciso momento en que la noche lo propiciaba y él, respetuoso y delicado, le brindaba una contemplación menos metafísica pero más satisfactoria seguramente que la del parterre? En aquel jardín ambos habían observado el universo exterior mientras paralelamente trataban de tantear el más próximo. Sus personalidades, sus emociones, sus apetencias. Pero los instantes o se toman según llegan o se extravían, sin garantías de una nueva oportunidad. El cabeceo de la mujer seguía a un ritmo onírico que no podía controlar, pero que era suyo. Y en aquella convulsión, que le hacía sentir pero no estabilizar, percibía la intensa llegada no solo de aquel hombre enigmático que había bailado con ella, tan desconocido aún, sino el azoramiento producido por antiguos rostros casi olvidados, cuerpos que la habían elevado o personajes que la perjudicaron. En un cruce de vías se sobresaltó. Alarmada por el despertar brusco las escenas soñadas la golpearon a la par que se rompían. Percibió emociones contradictorias. Miedos agudos, temores confusos, estímulos apasionados, urgencias que la cargaban de ansiedad. Peleaba consigo misma. ¿A qué origen pretendía retornar en una huida que la frustraba? Se espabiló y a punto estuvo de levantarse airada y tirar del freno de emergencia. En la primera estación me bajo, chilló. El viajero que tenía enfrente la miró sorprendido. ¿Qué traviesos son los sueños a veces, verdad?, arriesgó con cortesía.
* Fotografía de René Groebli.
miércoles, 13 de septiembre de 2023
Grávida
Pasó a mi lado. Acababa de dejar en la estación a mi bailarina del azar. Al principio no la reconocí. Fue ella la que detuvo sus pasos. Oh, eres tú, dije. Me costaba pronunciar su nombre. Yo y no solo yo, dijo descubriendo lenta y teatralmente su chaquetón. Al ver su gravidez no sabía si contestar ¿y esto?, pero sonaría vulgar y despersonalizado, algo así como la exigencia de una explicación que no tenía por qué darme. Opté por algo convencional. ¿Te falta mucho? Luces espléndida. Acaso lo dije a la inversa, y puede que fuera muy estereotipado pero ella no iba a rechazar mi impresión. Ganas me entraron de saber con quién o de quién iba a ser parte aquella obra que a tenor de su redondez se intuía tan hermosa. Reprimí la curiosidad que, en todo caso, hubiera sido malsana. Además de irrespetuosa e impertinente. Un mes, aclaró, si no hay dificultades imprevistas, que espero que no las haya, y suspiró. Yo tartamudeé ligeramente. ¿Lo deseabas? Fue categórica. Lo deseaba, sí, ha sido buscado. Intensamente buscado, tanto que el padre no ha pasado de ser la ráfaga de una noche. No sé qué rostro pondría yo o qué quiso ver en él. Tal vez la pista del asombro. O de la contrariedad. Como un golpe a mi antigua soberbia fue taxativa. En realidad lo hubiera querido ya cuando tú y yo estuvimos juntos hace dos décadas largas, me soltó mirándome a los ojos con una mirada de veinte años atrás, pero que ahora sonaba a desquite. Por un instante permanecí petrificado. Hace dos décadas. La frase resonó en mi archivo despreocupado de la memoria. Y pensé en qué hacía uno entonces. O qué hicimos ambos, nosotros que no vivíamos el mundo si no lo participábamos con una intensidad inusitada. Que queríamos prolongar una juventud despreocupada y soñadora. Sé que irá todo bien, te lo mereces, acorté el encuentro. Volvió a fijar su mirada en la mía. El silencio que se asentó en ese momento entre los dos me pareció espantoso, preñado de tormenta. Creo que a ella le faltaba decir: si tú aún quisieras, aunque el hijo no sea tuyo... Y yo, presuntuoso de mí, a punto estaba de ceder a una emoción que me obstinaba en reprimir. Pero ¿puede y debe uno sucumbir a los mejores tiempos del pasado, cuando ya son inexistentes? No sé si cometí el error de acariciar un instante su mejilla. Como si nada hubiera quebrado entre ella y yo hacía siglos. Ella sonrió agradecida, esbozando un rictus de cierta aflicción. Cuando ya partía cada uno para su destino se volvió. ¿Irás a verlo?, alzó la voz tímidamente.
*Fotografía de Isa Marcelli
lunes, 11 de septiembre de 2023
Fuga en la noche
sábado, 9 de septiembre de 2023
La mujer de la tierra
Una vez yo nací de una mujer de la tierra. Escuché el mundo desde su vientre cálido y mi salida fue abrupta. Si lloré en aquel instante fue por aquello que otros humanos llaman instinto y acá en mi tribu denominamos desarraigo. Llorar por abandonar una rara, pero apacible, condición oculta, y destinado a afrontar la luz de un mundo visible diferente y no siempre claro. Y sumamente agitado. Al nacer me aferré tanto a aquella hembra que solo sabía nutrirme de ella. Bebía y comía de su exuberancia frutal. Me calentaba entre los firmes vericuetos de su cuerpo. La protección me llegaba enredándome entre las lianas de sus extremidades. Los cuidados de mi organismo eran reflejo del esmero higiénico del suyo. Su pìel me aportaba sensaciones que se renovaban. Sus caricias desarrollaban lenguajes primigenios que me hablaban con los tactos del placer y del apaciguamiento. Ella sabía estimular mis risas y calmaba mis llantos. Y lentamente se procuraban en mí profundas emociones inclasificables, porque todo era único y procedía del mismo origen. Porque entre ambos no había división. Si algún adulto me la disputaba, yo me interponía. Fui intuyendo que ella precisaba también del hombre de la tierra y, aun odiando a este, aprendí a disimular, que es una de las formas primitivas de la mentira. Mas la mujer siempre volvía a mí. Yo no renunciaba a la dependencia hacia ella, buscando de esa manera que permaneciera una mutua sujeción. Yo que la motivaba. Ella que se mantenía, sin retroceder, para que yo avanzara. Yo que la consideraba pertenencia. Ella que aceptaba someterse a servidumbre conmigo. No sé en qué momento quebró el vínculo, acaso solo parcialmente. Supongo que de mí la tribu exigía una actitud acorde a los roles. Tal vez ella sabía lo que nos esperaba a ambos, pero jamás vi que se sumergiera en la resignación. Siguió apoyándome. Porque antes habíamos generado nuestra propia religión impenetrable. Los dos nos adaptábamos sin invadir espacios propios. No quiero olvidar, no olvido. El hombre de edad nunca prescinde de la mujer de la tierra. En sus carencias la evoca. En sus desgracias la invoca. En su estertor la exige (otra vez el niño llorón) una salvación imposible. Ella a cambio no le niega este postrer consuelo.
(Dedicado de nuevo a los territorios ignotos de América)
* En la fotografía Kanamashi Yawanawá, por Sebastiao Salgado.
jueves, 7 de septiembre de 2023
La danza del fuego
lunes, 4 de septiembre de 2023
El elegido
sábado, 2 de septiembre de 2023
El cuerpo del amor
No te rindas a ti mismo. Tampoco te resistas a mí. Aquí no habrá ni vencedores ni vencidos. Ambos tenemos que ofrecer al otro el valor del cuerpo. Valga el intercambio. A ninguno de los dos nos enseñaron tal valor y menos la manera de afrontar lo que dentro iba reclamando. ¿Hemos aprendido de manera contradictoria? Las contradicciones son maestras permanentes. Apenas superamos una cuando otra agazapada nos asalta. Error, defecto, imprudencia, indecisión, riesgo, incertidumbre...Cuántas caras utilizan las contradicciones. Pero solo hay una verdad. Nuestros cuerpos. Tú te muestras, yo me enseño. El punto de partida va a convertirse en el destino. Origen y fin se revelan como complementarios. ¿Quiere decir que convergen o solo se prestan? Somos coincidentes: también un préstamo, una intercesión mutua. ¿Sin sublimar? El encuentro de los cuerpos conlleva una cierta sublimación. Pero no es la posesión definitiva del tiempo, es disposición circunscrita al límite. Es la adaptación a un ámbito generado por el azar. El cuerpo sabe. Reclama, recrea. Es hábitat donde participamos. Sin él no hay ni respiración ni afectos ni ideas ni emociones. Ni un nombre detrás. Ni ese personaje de la obra con una duración llamada vida, aleatoria pero ineludible, que se empeña en su rol. Cuando vienes aquí yo estoy yendo ahí. De explorar el cuerpo se pasa a ocuparlo. De sentir el cuerpo se va a rozar la evanescencia. Tú lo tomas. Yo lo acepto. ¿Cuántas derivas en esta navegación? Yo las nombro a voleo. Adopción, arrebato, aprehensión, disolución. No me resisto. No me rindo.
*Fotografía de Taichi Gondaira
jueves, 31 de agosto de 2023
Aquellos días de Coyoacán
martes, 29 de agosto de 2023
Inscripción de un poema
domingo, 27 de agosto de 2023
Tactos
jueves, 24 de agosto de 2023
Cintéotl en mis manos






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