jueves, 31 de julio de 2008

Engullimiento



Pero la oración no es ya desde hace mucho tiempo su objetivo. Ni siquiera su medio. Ni siquiera su tendencia refleja, aquélla que en su infancia funcionaba como el reloj que respondía a su inseguridad y llegaba en forma de consuelo supersticioso. Hoy a veces es su ira, a veces su enervamiento, a veces su grito, a veces su lágrima que según cae se congela. Se encuentra perplejo por la dimensión de los territorios que sabe que hay dentro de sí mismo y que aún no ha explorado. Se siente admirado y receptivo a las extensiones que desde dentro de él circunvalan su perímetro de fuego. Se siente cansado por la dificultad de comprender a los viajeros que comparten su suelo, por la incapacidad de estos por conocerle a él. Sus raíces le envuelven, pero no acaban de desgastar su efigie risueña. Tal vez la oculten, pero en este encubrimiento su sonrisa no se perderá del todo. ¿Permanecerá sin resignarse, sin ceder, sin rendirse? ¿De qué mineral está labrada su materia aparentemente indisoluble? Tanta liana, tanta cautividad, tanto cerco estrecho, ¿pueden con la talla que lejos de decrecer acaso obligará al medio avasallador a respetarla? Él se descubre así cada amanecer, envuelto en la maraña que los días y los hombres y él mismo tejen en su entorno. Como un Jonás en medio del acontecer se sabe en curso de ser devorado por la selva. Pero puede que el símbolo quiebre. Que tal vez no haya resurrección, que acaso la jungla no le vomite a la playa jamás, que acaso la prueba no le conceda una segunda oportunidad salvífica. Su elemento está destinado a transmutarse en otros elementos. Le acecha la transustanciación definitiva. Se deshará entre la ingratitud, el alejamiento y la defección. La nueva materia de la que forme parte no sabrá ni de memorias ni de olvidos.

domingo, 27 de julio de 2008

Clamor


Es probable que eso sea el tiempo: erosión. Es posible que ése sea el destino: desgaste. Aguantar solitariamente los embates del viento imparable que lo arrasa todo. Del que no se sabe desde dónde sopla, por qué flanco llega. Desaparecer entre la arena que surge de las escamas desprendidas de nuestra propia piel. Permanecer impasibles a ver quién es el último. Confundiéndonos entre la línea del horizonte y el solar yermo. Sin un color diferente que rompa la monotonía cromática. Retorciéndonos sobre una raíz cada vez más débil. Dejadez entre vacíos. Flacidez de los arbustos que apenas resisten. La última diagonal se cubre de una belleza humilde. Es probable, es posible. No hay sombra para los malditos. Acaso ni noche. Los días se deslizan bajo el signo del despojo. ¿Qué fue de la lluvia? ¿Qué del viento que traía frescor? ¿Qué de la luz medida que iluminaba los silencios? ¿Qué de la palabra que rompía el alba con su carga de diamante puro? Peligra la consistencia de los árboles. Su menudencia oculta un arraigo del que nada se sabe en esta hora mortal. Afilados en su desesperada caída, sienten sobre su lomo maltrecho algo mucho peor que la naturaleza acosadora: el abandono. Claman. El roce de sus voces habla. Es posible el despertar. Es probable la redención. Mientras, sueñan que llega la primavera al desierto.



(Fotografía de la mejicana Graciela Iturbide)

sábado, 26 de julio de 2008

martes, 22 de julio de 2008

Erasmo


Os pregunto: ¿puede amar a alguien el que a sí mismo se odia? ¿Puede estar de acuerdo con una persona el que no está de acuerdo consigo mismo? ¿Qué alegría puede proporcionar a otro quien se siente pesado y molesto? Creo que nadie respondería afirmativamente, de no ser más necio que la necedad misma.

Pero, ¿qué pasaría si quisierais prescindir de mi? Que nadie podría soportar a otro. Y, además, cada uno tendría tal asco de sí mismo, que sus cosas le parecerían viles y resultaría intolerable a sí mismo.


Erasmo de Rotterdam. Elogio de la locura.

domingo, 20 de julio de 2008

miércoles, 16 de julio de 2008

El aire


Cada día que pasa el aire le sujeta con más firmeza, tal vez se sorprenda por ello, o apenas lo sospeche, él mismo está perplejo, el aire le cimbrea con el ritmo de sus caricias, le trae rumores, aromas, geografías, no hay roce del aire que no conmueva primero cada zona de su cuerpo, que no recomponga después cada espacio expuesto a la intemperie, él mismo no imaginaba los territorios sin explorar que había dentro de sí mismo, los que se encienden a cada instante de la vida en que existe otra luz para él, los que crecen, fructifican, sangran, vuelan, se incendian o desbordan los límites, el aire no le hace oscilar, más bien le agarra sin que apenas note el asimiento de sus manos invisibles, le sustenta como jamás antes le había sustentado la materia terrestre, el aire le habla cuando parece que no habla, le piensa cuando simula no apreciar su presencia, le siente incluso cuando sentirle cuesta, y él se deja, y él se abre, y permite que el aire le ocupe y se apropie de él, halla lugar allí donde creía que todo estaba ya ceñido por los márgenes de la escasez, o atenazado por el debilitamiento del abandono, no sabe de dónde procede el aire, no sabe por qué le ha situado a él en el vórtice, no sabe desde dónde se renueva, le cuesta imaginar ya el mundo sin ser engullido por el viento, lo considera ya una improbabilidad, qué pretende, qué trae, qué exige, el aire profundo atraviesa todos los pliegues de su piel, acaricia las costras de sus heridas cicatrizadas, lame las más recientes, navega entre sus venas aún fluidas, alimenta su imaginación insaciable, aleja las cercanías o aproxima las distancias, y él se acostumbra cada vez más a un aire cuya textura le amasa y cuya calidez le nutre, y se deja impregnar por los alisios que aún no distingue, por los ponientes que aún no sueña, por los mistrales que aún no valora, y los vientos van quebrando con furor los meandros de su melancolía, van erosionando su tedio inconsistente, van abriendo su caparazón enmohecido, van limpiando las flaquezas de su caos, y él se admira nuevamente de su capacidad para absorber todo el frescor que el aire deposita sobre los alvéolos de sus pasiones, a través de los estratos de su inteligencia, entre los bancales de su curiosidad, sobre las laderas de la meseta desde donde ejercita aún risueño su larga mirada, él se queda atónito ante la receptividad con que acoge la fina corriente, ante la predisposición que le deja paso por los cauces secos de su desierto antiguo e inmemorial, ante el embate arrasador con que busca las grietas volcánicas que llevan al sustrato donde la energía permanecía agazapada, siente que su morada se ventila, siente que el aire hace saltar las cerraduras de su casa, que apenas desde el umbral el viento húmedo empieza a abrir puertas y ventanas, a comunicar estancias, a mostrar la luz que confluye desde todos los puntos cardinales buscando un alma única, y él sabe que no es fácil situar la morada del hombre, ni siquiera para el aire lo es, no es sencillo distinguir la disposición de las habitaciones ni comprender los pasos del habitante ni asumir la artesanía de su búsqueda, pero el aire no pregunta, llega, pasa adentro, se instala lentamente, ocupa, y ya no se sabe bien quién acoge a quién, si el aire al hombre o el hombre a los vientos que le elevan con su espiral, no se sabe, pero un movimiento magnético los retiene, los conforma, los alterna, tal es el poder del destino del viento, tal es la voluntad de la opción del hombre

martes, 15 de julio de 2008

Anti-plegaria



“El primer pensamiento del día, la mejor manera de comenzar bien cada día es, al despertar, pensar si en ese día podemos complacer al menos a una persona. Si esto pudiera admitirse en sustitución de la costumbre religiosa de la oración, los demás saldrían beneficiados con el cambio”


Nietzsche. Humano, demasiado humano, I, 589




lunes, 14 de julio de 2008

Complicidad


Diríase que es demasiado joven para tomar el lugar del príncipe Hamlet. Al mirar la calavera cara a cara, el niño no muestra inquietud. Sólo una somera y concentrada seriedad. Acaso contempla una imagen desde una edad que no supone ni un límite ni un temor. Es la inmensa curiosidad del aprendizaje. Puede pensar ¿es esto lo que hay tras la piel tersa, tras el relleno de tendones y músculos, tras las gesticulaciones, las sonrisas, las miradas? El niño sabe que lleva la calavera incorporada discretamente, en un plano oculto y adornado cuyo efecto no trasciende. Por otra parte, está lejos todavía de valorar la obsesión del adulto inmerso en la pugna por las ambiciones y las soberbias. Lejos de reducir las aspiraciones competitivas y enfrentadas de los hombres a una fría osamenta. Lejos de la aniquilación y el desgaste de la lucha selvática de la especie. Pero esa correspondencia entre la desnudez del infante y el cráneo más puro que juega entre sus manos les hace concesionarios de una complicidad donde la reflexión es el médium. Probablemente, el niño inquiere a la calavera claves que no puede captar si no ha probado y comprobado antes el cáliz de la travesía. La calavera será la misma en ese instante o dentro de setenta años en la vida del niño. No habrá cambiado su fisonomía, su desolación, su símbolo, su devenir orgánico. La interpretación está y no está en ella. Media el recorrido de la vida de un neófito que hará iniciación de todos y cada uno de sus años y de sus experiencias. Hasta el fin. Diálogo oculto de secuaces que se observan distanciadamente. Nadie escucha sus palabras. Nadie se hace eco de sus guiños. Mano a mano, nunca una imagen de espejo fue tan ilustrativa y sincera.



(Pintura del artista simbolista finlandés Magnus Enckell)

sábado, 12 de julio de 2008

El poder del cálamo



cálamo.

4. m. poét. Pluma de ave o de metal para escribir.

(Diccionario de la RAE)



Que no se enorgullezca el sable:
en sus manos el cálamo ha cortado
los alfanjes y espadas de la India;
si por su origen no es más fuerte que ellos,
recuerda que “en el vino hay una fuerza
que no se halla en la uva”

Abu Tammam ibn Rabah de Calatrava

jueves, 10 de julio de 2008

Incubación


Uno empieza con una palabra que le ronda
Tras esa palabra hay otras o acaso ella sola pero que se repite y se repite obcecadamente
Como si quisiera configurarse en una entidad llena de sugerencias
La idea apenas existe o es tan vaga que no se sabe bien si primero es la palabra o la idea
Esa palabra puede empezar a fluir a través de un paseo en una fábrica entre unas sábanas
Lo mejor sería apuntarla y anotar también todo tipo de insinuaciones que arrastre consigo ese término
La mayoría de las veces no se hace esto y la palabra se extravía por el camino
Otras veces llegas a casa y permanece bullendo dentro de ti
Se repite da vueltas quiere que la tomes
Entonces te pones sobre el teclado y surgen hilaciones analogías correspondencias
Palabras que se juntan que se concatenan que se buscan por azar
Inicialmente sin ningún fin en sí mismo
Es como si quisieran encontrar el motivo para la idea
Como si las palabras lo fueran todo en ese principio que actúa en un viaje de ida y vuelta
Por supuesto las palabras tienen significado y entonces empiezas a moverlas en una u otra dirección
Unas veces para arriba otras para abajo otras contra ellas mismas otras al vacío
Algunos vocablos no llegan a nacer y se quedan en tus entrañas
Abortan o simplemente no se ha producido la fecundación pertinente
O simplemente vagan se desplazan como almas incongruentes como cuerpos huérfanos
A las cuatro o cinco líneas te das cuenta de que has formado un sentido
Leve e insuficiente
Pero que te permite avanzar
¿Cómo avanzas?
Simplemente reflexionas diciendo aquí tengo que decir algo más
Diciendo si hay alguien abstracto que empieza a hacer algo concreto es que hay vida detrás Pueden manifestarse elementos naturales
Pueden surgir actitudes gestos sentidos que resultan humanos
Y vienen los vínculos
Si alguien se arrastra es porque no puede levantarse
Es obvio
O porque ya no sabe hacer otra cosa más que arrastrarse
Podrías plantearte por qué ha caído
A veces no te gusta una interrogación directa porque te parece plana
Entonces te sigues arrastrando como la figura que lo hace en el texto
Necesitas sentir las piedras afiladas del camino el calor farragoso y cruel del desprecio o el frío de los abandonos
Necesitas percibir la ignorancia de lo que te rodea
Sentirte dolorido o sediento o agotado
Desde lo físico pasas a las percepciones sensoriales y emocionales
Y a un mundo que consideras de sentimientos aunque desconozcas si los sentimientos configuran un mundo
Y en ese punto concibes que hay alguien inconcreto pero menos etéreo en tus letras
Alguien que podría ser sin ser
Que podría definirse sin que su identificación venga a cuento
Una sombra acaso
Un perfil que va creciendo
En realidad todo es un esbozo
Un ejercicio día a día porque dibujas trazos
Trazas líneas
Alineas contornos en diversas direcciones
Diriges intuiciones sospechas agudezas
Se te ocurre reconocer en la materia de elementos terminológicos y de sintaxis
Rostros humanos
Y entonces sucede lo inevitable que lo humano se rebela contra ti
Pero a la vez te revela el inmenso poder de su manifestación
Donde puedes y debes prospectar mirar alzar sujetar tender afianzar
Para que un boceto se constituya en un dibujo medianamente inteligible
O al menos con cierta coherencia
Ya que ser entendido no es una exigencia de lo coherente necesariamente
Y te quedas flotando en algún punto
Porque te sientes estúpido
Quieres pretendes intentas persigues
Presuntuosamente
Ser un demiurgo de la construcción de las palabras
Pero no pasas de mendigar en tu propio interior


martes, 8 de julio de 2008

Deserción


Se arrastraba fatigosamente, el suelo arañaba sus manos, partículas de guijarros incrustadas sobre una tierra áspera se hendían en su carne, a cada paso de una herida sucedía otro traspiés, otro lamento, en el curso de aquella travesía había hecho dejación de antiguas ilusiones, la renuncia al riesgo demacraba su efigie, la aceptación de la carencia afectiva deprimía su antigua lozanía, el pasado se mostraba como una pieza almidonada que dejaba una estela rígida en su memoria, no sabía si ascendía o se deslizaba cuesta abajo, no advertía los desniveles del terreno, no tenía conciencia del día ni de la noche, su cuerpo se adhería con dificultad pero con un extraño afán de supervivencia al plano que se fundía con ella, reptaba con tesón desesperado, a veces se erguía apuradamente y cuando creía estar erecta se desplomaba sin fuerza, sus contornos se habían diluido en una simbiosis con la materia que ahora le soportaba por inercia, la escasa flora se secaba al calor de su densidad ígnea, sentía el hielo del silencio sobre su espalda, su piel se teñía de ceniza, su volumen se desproveía de miradas, no hallaba punto de referencia donde descansar, en su desplazamiento era ignorada por la lluvia y por el viento, los insectos se ocultaban al percibir su sombra cada vez más inconsistente, las aves carroñeras desistían de su cerco, el sol se fugaba en otra dirección formando un túnel gélido que adquiría la forma sinuosa de su marcha, se arrastraba penosamente ignorada por los elementos más antiguos de la vida, se diría que habitaba el vacío más desconsolado, se diría que el accidente de la apatía moraba en ella, que el dolor de la desidia más acendrada carcomía sus carnes, que la inacción más total se había aposentado en su corazón, se arrastraba impulsada por una leve esperanza, hallar en medio del desierto la palanca que aupara su textura marchita, anhelaba un suspiro lejano, una voz extraviada, una visión que se apiadase de su desplome, cualquier signo que le consolara y justificase su peregrinación abrumada y sin sentido, y en su afán por perderse la tierra se iba abriendo y se desvanecía ante su tránsito, sin saber quién diluía a quién, mientras los sílex puntiagudos que emanaban a la superficie desde las civilizaciones del tiempo rasgaban sus tendones, cuarteaban sus extremidades, untaban en su sangre sus uñas lacerantes.



(Composición fotográfica de DGTLK)

lunes, 7 de julio de 2008

Póstuma de Lilí Brik




1. Habla Viktor Sklovski.

“En la técnica se usa el concepto de peso adherente.
Es el de las locomotoras en las ruedas motrices.
La fuerza de las ruedas motrices es cincuenta veces superior a la de las demás ruedas. Si el peso no se adhiriera, no sería posible que se movieran. El amor es el peso que hace que el hombre se adhiera a la vida.
El amor es una carga útil.
Él se enamoró de ella, por primera vez y a fin de cuentas, para siempre, hasta que no perdiera peso. Ella tenía los ojos castaños, la cabeza grande, era bella, de cabellos rojos, ligera, quería ser bailarina.”





2. Habla Lilí Brik


Mi gigante no era nadie cuando caía entre mis brazos. No me gustaba porque fuera gigante. En realidad, su dimensión me atemorizaba. Tenía que rebajarse, apocarse, sentarse incluso en un rincón del cuarto. Sólo entonces empezaba a considerarle. Para mi era inmenso cuando recitaba sus ocurrencias, aquellos versos que rompían los esquemas del tiempo anterior. Descargas diagonales con las que sacudía las formas viejas y preocupaba a muchos poetas tradicionales e incluso a algunos poetas emergentes. Vladimir era otro cuando me derribaba. Ya empequeñecido en la apariencia, se crecía en el deseo, y era entonces un rapsoda de susurros. Convirtió en poemas su rumor, sus confidencias, sus lamentos apagados, sus angustias dolorosas, sus gemidos de adolescente. Su poesía más íntima, la que sólo escribía sobre mis mejillas, la preservaba para mi. Aunque a él le gustaba manifestar ante los demás la épica, el combate cuerpo a cuerpo con los tiempos nuevos que más tarde resultaron viejos. Su lírica fui yo, y su evanescencia sólo fue tocada por mi. Pero ya se sabe que las vanguardias tienen que demostrarse que van uno o varios pasos por delante. Convertirse en fanal, en acicate, en nueva vertebración, en impulsos que luego nadie sigue, salvo las vanguardias. Porque la rotura y lo nuevo, si es auténtico, duele, cansa, exige. Cuando mi marido Osip supo de mi fascinación amorosa por Vladimir no se sorprendió. En parte porque nuestra sintonía había mermado y hasta desaparecido. En parte, porque respetaba a Maiakovski. Lo aceptó como una prueba más del arte nuevo. Siempre me he preguntado si la atracción entre Vladimir y yo habría sido la misma en otros tiempos que no hubieran sido los del Soviet. Pero los tiempos fueron los que fueron y no nos arrepentimos jamás. Compartíamos arte, revolución y amor. Víctor Sklovski me dijo una vez que Vladimir ligó el destino del mundo con el de su amor, con la lucha por la felicidad única; así me lo dijo. ¿Por qué creíamos tanto en que la revolución tenía que renovar al hombre de cabo a rabo? No sólo por el pasado tiránico que el país había conocido, no sólo por las miserias y las humillaciones, no sólo por la degradación de la moral o porque la moral existente hasta entonces no era ya sino hipocresía y caos. Creíamos en la revolución porque la vinculábamos con nuestra mística especial de artistas prospectantes. Con la necesidad de generar hombres nuevos. Sin el arte no concebíamos los cambios radicales. Vladimir necesitaba los versos como su expresión más necesaria, pero quería los versos para que la revolución tuviera una expresión también genuina, sincera. Decir que quería los poemas para los obreros puede parecer hoy una quimera o sonar demagógicamente. Pero la fuerza de la palabra en Vladimir era como la fuerza de su amor. Ambos iban de la mano, se nutrían mutuamente. Yo no se lo ponía fácil. Pasaba de mis caprichos a mis melancolías, de mis superficialidades a mis indagaciones, de la fiereza a la dulzura, de la inconstancia a la exigencia. Tal vez esos altibajos, esas desproporciones de mi personalidad, eran un estímulo amoroso y creativo para él. Cuando nos encontrábamos me recitaba sus últimas creaciones antes que a nadie, a veces las repetía, me observaba. Si yo permanecía en silencio él dibujaba una mirada de extrañeza, en ocasiones colérica, temiendo que yo no le hubiera interpretado. Entonces volvía a recitarlas, ponía otro tono más angustioso, le brillaban los ojos y le saltaban incluso las lágrimas. ¿Quién iba a esperarlo de aquel gigante tenaz y enérgico? Entonces comprendí que nada tiene que ver la apariencia con una fortaleza interior donde los sentimientos y las emociones revelan al ser puro, puro en cuanto materia tal cual; impuro y contradictorio en cuanto materia en transformación. Y yo entonces le amaba tanto. Si él me mecía entre sus palabras, yo le acunaba entre mis caricias. Y hacíamos un verso nuevo de nuestro amor. Los alejamientos y las proximidades echaban un pulso a nuestra apuesta. Siempre salíamos adelante. Cuánto tiempo ha transcurrido desde lo desposeído, cuánto desde lo traicionado (su muerte) Salvo la dimensión intemporal del recuerdo, en el que he seguido ahondando tantos años después. Ya no soy la misma del cartel que Rodchenko y el mismo Vladimir imaginaran. Yo he sobrevivido para no hacer baldío el testamento moral de Vladimir. Para que sus últimas palabras demostraran una constancia real, más allá de sus trazos sobre el papel. Le he seguido amando más allá de su desgarro. Todos dejamos de ser un poco o un mucho cuando él nos abandonó en la vida. Pero él lo decidió. Ah, y por favor, sin comentarios. Al difunto le molestan enormemente (lo dijo él mismo)



3. Habla Sklovski, de nuevo.

“Murió rodeando su propia muerte de señales luminosas, como el lugar de una catástrofe, después de haber explicado cómo perece la barca del amor, cómo perece un hombre, no por un amor infeliz, sino por haber cesado de amar. “


(Vladimir Maiakovski nació el 7 de Julio de 1893 en Bagdadí, Georgia)







(Para quien le interese, hay dos posts en La antorcha de Kraus, de fechas 8/02/07 y 2/04/07 sobre el tema)

domingo, 6 de julio de 2008

El aire



¿Por qué me está mirando
el aire? La mañana es clara.


(El vuelo de la celebración. Claudio Rodríguez)

viernes, 4 de julio de 2008

A cuatro patas


A veces se busca mejor a cuatro patas. Se está más cerca del suelo. Justo donde las imágenes son menos altivas. Donde la correspondencia con otras especies revela dimensiones improbadas. En un tiempo y un mundo en que las gentes se elevan sobre alturas cada vez más aisladas, reconforta la maniobra. Hay atracción por otra medida de las cosas, hay sugerencias ocultas, hay indagación por otras comprobaciones. El ejercicio admite un nuevo hábitat. Todo el suelo es un territorio compartible. Los reptiles se sentirán felices de que por fin los humanos hayan descendido de los árboles de la ciencia del bien y del mal. Demostración del nuevo aprendizaje. Volver a los orígenes para reconsiderar modestamente las nuevas posibilidades conductuales y éticas. Alimaña o hembra en celo, cada individuo, una vez más, se siente atrapado por su imagen. En el signo de los tiempos campa más que nunca Narciso. Todo el mundo quiere verse reflejado en alguna parte de la luna para sentirse palpable. La falsa mirada no puede suplantar nunca el poder del tacto, por ejemplo. Deberíamos saber a estas alturas que los sentidos no son compartimentos estancos. Que no aportan por sí solos la dimensión integral de los cuerpos y de las perspectivas. Un toque insincero no revela el calor del otro cuerpo. Una mirada superficial no descubre al que se tiene enfrente. Un gusto alterado no comprueba el sabor de un alimento encarnado. Una escucha fugaz no retiene la profundidad del sonido ni de las pronunciaciones que verdaderamente dicen. Un olfato alejado no percibe el rayo de las feramonas, por ejemplo. Acaso el humano, alarmado ante la quiebra de la propia consideración sensorial, propugna el retorno a las cuatro patas. Algo tiene de conciencia, algo de experimento, algo de conjura teatral. La Woodman lo entendió muy bien. Y se puso a prueba.

(Fotografía reptilínea de Francesca Woodman)


jueves, 3 de julio de 2008

Toque


No cabe el paisaje entre tus ojos. Una partícula de cielo te abruma. Una mota de viento te enajena. No te entran los territorios ulteriores. ¿Por qué el miedo a perder parcelas de ti misma que nunca conquistaste? Todo te fue concedido por azar. El tiempo que no cesa. El origen que se perdió alguna vez entre las ingles de tus padres. El olor a madreselva en las noches de estío. Un fluir de agua rompiendo los remansos, un agitar de chopos, los ligeros gemidos en la alcoba vecina. El horizonte quedó atrás. Hoy todo es reflejo. La expresión de un eco de largo recorrido. La sintaxis de una memoria a saltos, apenas interpretada. Y de pronto el desconcierto. Sentirte hecha. Vagamente llena. Múltiple pero inabarcable. ¿Cómo dirías que son las madrugadas donde lo ausente se hace constancia? Mides los recursos que te proporcionan tus manos. Turbulenta cascada de dedos que palpan tu rostro, que sujetan tu garganta, envuelta en el collar de tus cabellos zainos. Antes de saberte real del todo. ¿Te tientas o te ofreces? Tu desnudez llama a la puerta del que espera. Afectación entregada. ¿Qué toque de tu piel va a levantar arpegios que erizarán la sangre del desconocido? La circular sorpresa que te embarga se torna inexpresiva. Palidez sin llanto. Lejana crueldad la de un destino que no entiende de fechas, del que jamás se sabe si reside en el principio o en el devenir de las cosas. Brusca naturaleza donde se iluminan las expectativas o se parten las esperanzas. Demasiada extensa la vista. Fijando tu mirada en un punto donde contemplas el vacío te sientes más segura. Pero hay voces que rugen. Palabras lejanas que han volado hasta tu pecho. Un clamor que descolocará la rigidez impasible y obcecada que exhibes. Pura fachada. Envuelta en un gesto que simula descuido, contemplas y oyes y recibes las ofrendas prometidas por la vida. Excesivo paisaje para tu mirada huída. Receptiva y terca.


(Lilya Corneli pone la foto)


martes, 1 de julio de 2008

Ausencia


Los principios de verano le traen al hombre la memoria de los finales de verano. De qué manera los extremos del arco del tiempo se han fundido en su mente es un misterio. La llegada expectante y pusilánime a la ciudad del Norte se disolvía en veinticuatro horas. Justo el tiempo para hacerse a nuevos olores, a nuevos paisajes, a otros tipos y a diferentes costumbres. Impregnarse de la novedad era fácil, desproveerse de la disciplina anterior más sencillo todavía. Luego, un largo período, lento pero repleto de vivencias e intensidades. Calarse hasta la médula del entorno suponía para él un renacer al que se hacía con comodidad. Luego, el disfrute, en un paréntesis no sólo temporal, sino generacional. Los adultos, en su mundo secreto y conflictivo. Él y los otros niños, navegantes de la fragilidad y el albedrío incontrolado. Entonces, ¿por qué el hombre -el niño de ayer- recuerda más el último día que el primero? Por la culpabilidad que originaba en él la desposesión que le confundía. Por la renuncia forzada, la conciencia del acabamiento, el sentimiento de la pérdida. Todo había sido suyo y de pronto un atardecer dejaba de serlo con el crepúsculo, para preparar la maleta e iniciar el retorno. Nunca fue tan íntimo el acto de la meditación improvisada. Ni los árboles, ni los ríos, ni los prados, ni las lechuzas, ni los insectos de la noche volvían del todo con él. A la orilla del arroyo, su corazón era un desgarro. Después vendrían muchos más a lo largo de su vida. Fue entonces cuando se configuró en él aquella impronta magmática. Decidió que su consistencia quedara allí, aunque su apariencia regresara a la normalidad. Andando el tiempo, un poeta canadiense, Mark Strand se lo representó de la manera más visual que cabe imaginar...

En el campo
soy la ausencia
de campo.
Siempre
es así.
Dondequiera que esté
soy lo que falta.

Muchos años después, en su recóndito rincón, el hombre se mantiene en su lema. Una promesa. Un ofrecimiento. Un pulso. Una decisión. Sin vuelta atrás.


(Niño ante pájaro negro, pintura del pintor expresionista alemán Emil Nolde)





lunes, 30 de junio de 2008

Posos


¿Existen los posos del café? Claro, permanece la huella. Pura orfandad. Como en un whisky o en una cerveza. ¿Merece la pena buscar significados entre los posos del café, como hacen ciertos esotéricos? ¿O entre lo sedimentado tras un trago largo o después de un ingerir rápido? Depende del estado de la cabeza de cada bebedor, supongo. ¿Qué interés pueden ofrecer estas menudencias puramente físicas y testimoniales? Uno tiene sus dudas, o mejor, ninguna. Lo realmente interesante es lo que haya permanecido tras una conversación. O a través de ella. Lo que se haya aposentado entre los labios y los fervores del diálogo. Un escudriñar entre parejas, amigos o paseantes circunstanciales que se encuentran y platican. Las excusas para la indagación son variadas. Lo formal es lo que espanta. Lo que queda sobre la mesa es vacuo. Vasos, tazas y cucharillas apenas son testigos mudos de las palabras que se han intercambiado generosamente. Y he ahí lo importante. ¿Han sido auténticas, sinceras, espontáneas, aproximativas...o equívocas, quebradizas, forzadas, distantes, traidoras...? Una ronda de café da para todo. Las vísceras asimilan a la mayor brevedad los licores, pero la voluntad de los hombres seguirá deglutiendo durante horas o acaso días los argumentos e intenciones del encuentro. Pulso a lo inocuo y a lo representativo. Lo flotante se halla allí y también lo pasajero. Lo intencionado o lo arrancado a cuajo de la resistencia del interlocutor. Al final, restos, siempre restos. Las palabras son también absorciones. A veces, vómitos. Difícil el encaje de las palabras, más difícil que una mala digestión o la caída en falso de la bebida. Manchas sobre el fondo de la cuestión, como los lamparones sobre los recipientes. Y más allá o más acá de las palabras hiladas, los silencios. Hay cafés y copeos de silencios. Que hablen las tazas y los vasos. Los contertulios, callaron.

sábado, 28 de junio de 2008

Pulsión


La noche ha sido tan huérfana que no vacila. Despojada de lo superfluo arremete contra la carencia. Sabe que el espejo es tramposo, pero le hace un guiño. Luego se apodera de él. Luego lo opaca con su cuerpo de giganta en celo. Un pulso donde se transmutan imágenes. El cristal evapora las palabras. El reflejo la reconforta. La arremetida es enérgica, casi cruel. El diálogo secreto bulle en un silencio que el espejo no transcribirá jamás. No se mira, se toca. No se observa, se deja mirar. La fusión es tan íntima que confía en la representación efímera. Se basta en ella. No quiere nada más. Suple el tacto frío del vidrio con su ansiedad. Envite a un reflejo pasajero, pero que le da posesión de sí misma. En su ofrecimiento, se aísla. Reta a la ausencia. La invoca. Su contemplación nace apaciguada. Después se traiciona. Extiende su desasosiego, pero la refracción la insatisface. Pulsarse a sí misma es un desafío, pero no una respuesta. Ella desea mirarse en otro cuerpo. Donde un espejo no devuelva nada. Donde una oscuridad no le deje las manos hueras. Donde la pulsión de la soledad no le ofrezca el vacío. Añora otro cuerpo. El cuerpo deseado no es una mera imagen, ni un canon, ni una exhibición. Es un calor, una manifestación, una acogida, una entrega incondicional, una mudez acariciadora. Algo que la noche y el espejo no le otorgan. Dentro de un momento se girará y se hará un ovillo. Soñará que el otro cuerpo ronda su perímetro y que la envuelve en latidos. Percibir los latidos del otro cuerpo será el comienzo. Arriesga. Echa los dados.



(Newton fotografía la pulsión)

jueves, 26 de junio de 2008

Saborearse



No brindas, alzas la copa de cerveza para invitar a las máscaras, pero las máscaras no se conmueven nunca porque, si no, no serían máscaras; es, por lo tanto, una invitación fallida, y sus rostros agrios, exponentes de las cóleras más variadas, no podrán entender nunca tu ofrecimiento. Pero está bien que levantes el puño acrisolado de la hija del lúpulo. Su amargor se torna en una variedad de fermentos y gustos que se desparraman por tus vísceras generosas. Tú estás más allá de cualquier ira del instante, de cualquier desasosiego, de cualquier duda. Tu barro no te fue dado para constituir en ti un edificio blando, sino estancias acogedoras, una fortaleza ante las adversidades, una sustancia abierta a todas las sustancias que quieran aproximarse a ti, una atalaya desde la que observar lo lejano como si fuera cercanía. No te perturbes con el gesto hierático de las caretas. Desprovistas de una figura viva que desde detrás las dotase de agitación y movimiento, sólo son meras representaciones cuyo patetismo te da lástima. Así que alza la copa para que ingieras la propia aceptación de ti mismo. Bebe hasta el fondo. Saboréate.

martes, 24 de junio de 2008

Mecanismos




I. Y todo tan calmo. Un movimiento preciso -¿o tal vez impreciso?- del cambio de agujas y los dos trenes convergirán por la misma vía. Como si no pasara nada. Imperceptible. Pero habría pasado.

II. Y todo tan parado. Un giro, una mano propia -¿o una ajena?- y el tren marcharía por la vía inadecuada -¿o acaso por la adecuada?-. Palanca en aparente olvido, a la vera de los destinos, capaz de trastocarlo todo en un instante.




III. Como tantos otros oficios que han desaparecido o quedan en su mínima expresión, el de guarda agujas no tiene rostro. No se sabe quién maneja hoy el mecanismo. Tal vez éste ha caído ya en desuso. Tal vez los espectros de la noche juegan a circulaciones ferroviarias sin estaciones de origen ni estaciones término. Los vecinos más exaltados del lugar, por donde hace años que no pasa ningún tren, dicen haber oído algunas noches el chirrido seco de los movimientos de las vías. Se ha comprobado que al amanecer la posición de los raíles era diferente. A pesar de las hierbas salvajes crecidas entre las traviesas. Desafío a la obsolescencia.


lunes, 23 de junio de 2008

Preservación


Te resguardas de tu propia perplejidad. Nunca fuiste tan claro. Nunca tan audaz. Nunca tan contundente. Arriesgas en tu búsqueda. Tampoco es tan evidente que los hombres rebeldes se expongan más que los aquiescentes. El rechazo y el ansia de claridad les aprieta en una tenaza de plata. Pero se hallan más predispuestos a aventurarse. Eso les salva. No es fácil que tu mundo de símbolos sea entendido a primera vista. Hay unos cánones al uso, pero tú te inventas otros. Acaso son las respuestas a tus preguntas. Porque las respuestas no son nunca necesariamente objetivas, y no sirven si no te tocan el alma. Si no te abren caminos. Si no asumen tu naturaleza. Si no te remiten a empezar de nuevo. Hay unas líneas gastadas y tú dibujas unas nuevas. Hay expectativas que mimas, y otros sospechan dudas que en ti no existen. Difíciles los gestos, las palabras, las formas cuando dejan de ser académicas. Aunque tú los amparas porque los consideras más auténticos. Porque son más tuyos. Porque peleas por ellos. Porque nadie va a interpretarte y resolverte si tú no lo haces. No te sorprendes demasiado a estas alturas de que a veces te pierdas en tu propio laberinto. Has vivido tantos siglos dentro de él. Y sin embargo nunca tuviste tan claro que hay una luz, que hay una bocanada de aire circulando por las galerías de tu ser. La rendija se va haciendo cada vez más grande. Piensas en el hilo de Ariadna, lo tienes al alcance de tu mano, y no lo sueltas, has decidido sujetarlo y seguirlo. Él te conducirá a la salida. No te sientas excesivamente perplejo, tú lo tienes claro. No malinterpretes las adversidades de cada instante. Lo adverso no es la línea curva que se te ofrece para descubrir lo imperecedero. El trazo que se desplaza hacia todas las direcciones sobre las que te reclamas con viveza, con energía, con curiosidad, con pasión. Tampoco puedes pretender que cada uno de tus pasos sea comprendido por los habitantes de la ciudad. Los habitantes ya tienen bastante con lo que les pasa a cada uno de ellos, así que, ¿por qué tendrían que preocuparse de ti? Leva el ancla. No hay ciénaga bajo tus pies, ni fondo enmarañado capaz de amarrarte e impedirte salir a flote. No. No te ocultas, sólo paras. Sólo descansas. Sólo te preservas.



(Es Jorge Molder, el fotógrafo portugués, el que está tras sus autofotográficas manos)


domingo, 22 de junio de 2008

Tal tu materia


Pero emerges del sueño y no encuentras
ya el mismo paisaje.
Tal la noche
el recorrido incierto a donde te ha llevado
la orilla de las tinieblas.
Nada es dentro de ti
igual al día sin retorno.
Nada a lo que aspiras hoy
está provisto de la misma textura
ni mide análoga dimensión.
Y la profundidad
será más honda
y la extensión a la que te abres
más inabarcable.
Y tus raíces seguirán creciendo
sólo visibles a tu propio tacto
para engullir a su manera
la porción de tierra que ansías sediento
e incansable.
Tal tu materia.
La reconciliación con el origen
que sigues escrutando.
Tu elevación cada mañana
como nuevo nacimiento
dispuesto a deslumbrarte con la luz
y el aire.
Eso te basta,
aunque exijas el precio de la duda
(en ti dudar sigue siendo un aprendizaje)
mas tu mirada
es larga,
un bumerán de sangre
y de silencios.
Tal tu combate.



(Fotografía la mañana Mona Kuhn)

Viajera



viajera de corazón de pájaro negro
tuya es la soledad a medianoche
tuyos los animales sabios que pueblan tu sueño
en espera de la palabra antigua
tuyo el amor y su sonido a viento roto


(se desliza Alejandra entre las sábanas de la noche cálida, cuando respirar cuesta y el pensamiento se tuerce, cuando el eco de lo nombrado se ha fundido y las distancias se han disuelto, cuando la levedad de las estrellas lejanas son un signo en fuga, quién sabe otear las palabras en medio de la oscuridad pesada y densa, quién percibir un frescor de memorias desatadas en algún lugar de Oriente, quién humedecer su rostro con profundos aromas deseables, quién recibir la caricia de un aliento nuevo, quién mirar cara a cara al infinito, quién esperar, quién resistir, quién nacer mil veces cada día...)


(Connie Imboden desdobla un rostro para un poema de Alejandra Pizarnik)


viernes, 20 de junio de 2008

No entres si no sueñas



A la entrada del Gran Templo de la Noche hay una inscripción: No entres si no sueñas. El peregrino en busca de su tercera vida no comprende. Pregunta al anciano venerable que mantiene limpio el pórtico. Dime, anciano, ¿quién dispuso ese lema que figura en el frontispicio de entrada al Gran Templo? Porque yo puedo proponerme dormir, y conseguirlo, cuando estoy cansado, pero no puedo proponerme por las buenas soñar. El anciano le mira con ojos vidriosos y exhaustos, pero en realidad no le está viendo, porque para el anciano la mirada va más allá del mero rostro de los peregrinos. Nadie sabe quién ordenó que se grabase en letras de jade esa frase. Tampoco es un imperativo, sino sólo una recomendación para quien pretenda penetrar a través de las galerías y atravesar las inmensas estancias del Gran Templo sin tener claro lo que busca. El peregrino insiste: Pero no es lógico que se recomiende lo que no es alcanzable por un mero acto de voluntad. Yo mismo que dudo, ¿qué debo hacer? ¿Retroceder? ¿Permanecer en el umbral ahora que tras un largo viaje he llegado hasta aquí? Pero el anciano no le escucha ya. Ha oído tantas veces estas quejas que no se interesa. Sigue limpiando con su rama de palmera los rincones del atrio de columnas que rodea todo el edificio hasta perderse entre sus sombras. Mas el peregrino no ceja en sus dilemas. ¿No estará mal planteada la frase? ¿No querría haber dicho no sueñes si no entras? Sería un planteamiento de acogida estimulante y también de reprensión benévola a aquellos que llegaran y no tuvieran decidida su entrada en el Gran Templo. Tanto duda el peregrino que busca su tercera vida que, mientras, transcurre el tiempo, unas sombras suceden a otras y el anciano vuelve a aparecer calmo y lento bajo la crucería de mármol del majestuoso soportal. ¿Todavía sigues sin decidirte a entrar en el Gran Templo de la Noche? le inquiere el anciano hacendoso al peregrino de la duda irresuelta. Es que no sé qué debo hacer, le contesta el peregrino, no comprendo la leyenda y temo faltar al respeto de este santo lugar. Y el anciano le responde con contundencia afable: ¿Has probado a dejar de lado el pensamiento? ¿Has tratado de alejar los deseos insatisfechos que traes desde el origen de tu viaje? ¿Has intentado olvidar los aprendizajes y las experiencias? ¿Has marginado tu inquietud, tu ansiedad, tu angustia? Sólo si te propones resolver estas menudencias de la vida podrás soñar y entrar en el Gran Templo de la Noche. Entonces, el peregrino se postró ante el sabio anciano, el cual le ignoró y siguió haciendo su labor de aseo del entorno del Gran Templo para que los mandriles y las alimañas no convirtieran el mismo en un territorio de defecaciones malolientes. Fue en ese momento cuando el peregrino, agotado por el viaje y por sus dudas, cayó rendido en un profundo estado de adormecimiento.



jueves, 19 de junio de 2008

Destellos



En algún punto de nosotros la luz es incierta. Alba y ocaso se funden cada día a espaldas de nuestra conciencia. La claridad a veces es rebelde y las sombras demasiado majestuosas. Tiene razón Hiperión cuando le dice a Belarmino: “¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, ahí se queda, como un hijo pródigo a quien el padre echó de casa, contemplando los miserables céntimos con que la pasión alivió su camino”. Navegantes en el firmamento, en cada nueva jornada nos asomamos a las acechanzas consabidas. Los ilusos sonríen con cara de imbéciles y los pesimistas se desploman en la renuncia. El destino de Sísifo no puede ser aceptado como un destino absolutamente irrevocable, por más que lo parezca, por más que lo esté siendo. Si no lo cruzamos de sueños, de ilusiones y de locuras, ¿tendremos suficiente energía para subir y bajar la montaña con el pedrusco a cuestas? Si no meditamos su incomprensión, no a la manera religiosa, que es abstracta y hueca, sino en la baraja de las posibilidades y de la reflexión, ¿permanecerá en nosotros alguna esperanza? No es el esfuerzo en sí de Sísifos lo que cuenta y nos perturba; lo desasosegante es el esfuerzo baldío. Haber hecho las cosas para nada. Para cubrir el expediente, para dejarse llevar, para no ser rechazado por la masa. Lo verdaderamente adverso sería no haber descubierto un margen de libertad, una brizna de placer, una tentación de amor, un instante de creación.



(El destello entre las nubes lo trae Niké Moritz)

martes, 17 de junio de 2008

Redentoras



¿Qué fue de tus muñecas sufrientes? Las meciste, las vestiste, las desnudaste, las peinaste, las enseñaste a caminar, las diste de comer, las sacaste de paseo, las hablaste. Ellas se dejaban, pasivas, entregadas a tus manejos y a tus habilidades. Proyectaste en ellas tus insuficiencias y volcaste tus odios. Te adentraste en su corporeidad y las cediste parte de la tuya. Atendiste sus caprichos y las castigaste. Salías a su encuentro y luego te alterabas y las encerrabas en la oscuridad del cuarto austral. Las trataste con ternura pero también con desdén. Las acogías protectora y de pronto mostrabas tu despecho enérgico. Te dirigías a ellas exigente e impositiva para luego manifestarte como salvadora. Cuánto haz y envés en tu comportamiento. Cuánta atracción, cuánto rechazo. Cuánto elevarlas para luego hundirlas. ¿Qué hicieron por ti más que tú por ellas? Tal vez permitieron que te manifestaras. ¿Cuántos gritos no habrían salido de tu pecho si no hubiera sido por ellas? ¿Cuántos lloros echaron ellas por ti, que no rompían aguas tus lágrimas? ¿Cuántos silencios de la niña no fueron consolados por los silencios expectantes de las muñecas? ¿Cuántas confusiones desviaste a su lento aprendizaje de muñecas rotas? ¿De cuántas desdichas tuyas no fueron ellas valedoras y pagaron por tus obcecaciones? Recuerda la tarde de tormenta tropical, que parecía no cesar nunca, cuando la calima húmeda te arrastraba al fondo de la estancia, huidiza y apartada de todos. Tu hastío desbordaba tus dimensiones. Te ahogabas. Nadie hablaba, nadie escuchaba, nadie parecía existir allí sino como estatuas apesadumbradas y frágiles, pero llenas de ira. No pudiste más y sacaste tus más bellas muñecas a aquella parte del zaguán que quedaba al descubierto, dejándolas a merced de los relámpagos y de la lluvia copiosa, abrumadora. Pero resistieron. No las reconociste cuando, pasado todo el aparato infernal, saliste vergonzante y temerosa a buscarlas. Pero habían resistido. Habían padecido por ti. De alguna manera, una vez más te habían salvado.






(Obras de Hans Bellmer)

lunes, 16 de junio de 2008

Vuelve el calígrafo


Han llovido muchos ríos de tinta para el calígrafo desde su primer adiestramiento. Muchos borrones, muchas líneas torcidas, muchos márgenes sin respetar, muchas redacciones abandonadas. Como si no hubiera pasado el tiempo, el reencuentro entre el texto y la mano tiene sus intermediarios testigo. La mesa, una luz centrada, el cuaderno, un tintero, el palillero, el plumín, tal vez un papel secante. El escribiente no ha perdido el pulso, ni el estilo, ni la manera de tomar la pluma. Acaso ejercitaciones testimoniales. Se siente vibrar en su imagen recordatoria. Quedan lejanas aquellas prácticas, y ahora las añora, las redivive. Nuevas técnicas han variado los soportes y, por lo tanto, los usos, y él se ha adaptado a unos y adoptado otros. Pero el perpetuo aprendiz desea volver a la caligrafía. A la disciplina de la mente y de la mano, a la estética de la letra y a la erótica de su vínculo antiguo con ella, a la recreación de lo conocido y al descubrimiento de otros alfabetos. ¿O tal vez busca la expresión de otra manera? Muchas veces se pregunta hasta qué punto el medio ha condicionado su búsqueda expresiva. El calígrafo se ha sentido huérfano de su propia caligrafía al atravesar el amplio desierto de otras derivaciones. La máquina, la exigencia del mercado que le contrataba, su búsqueda caótica del orden de las cosas y un concepto absolutista de la modernidad le despistaron hace tiempo. Hoy navega entre dos aguas. Bulle entre la transformación de un escribiente pegaso y la antigua llamada de la sangre de tinta que le reidentifique. ¿Qué piensa el calígrafo mientras traza, eleva, desciende, dibuja los signos? ¿En qué lógos deambula? ¿Qué meditación le absorbe? ¿Qué fijación le hace estar reconcentrado y ausente de lo accesorio? ¿Qué memoria intenta alterar la firmeza de su mano que es la de su voluntad que es la de su indagación? El calígrafo se siente zen en el territorio de la recuperación. Sabe que no está desposeído de su primitiva sabiduría, aunque al recordar sus primeros balbuceos se sonroje y aquellos le parezcan tibios e inseguros. Jamás ha dejado de hablar con las letras, que es otra manera de hablar con las palabras. Más metafísica, tal vez. Las palabras pretenden expresiones ajustadas, pero las letras sueldan las palabras, las dotan de carnosidad, de lenguaje interior antes de que éste exclame. Las palabras, más allá del estereotipo, se edifican en la arquitectura de las letras. La caligrafía, ese gran continente de las palabras, zarandea la vida del escribiente y le extrae de sus olvidos. Su piel sigue regenerando células y pigmentos en cada movimiento, aunque se la vea más rugosa. Lo importante es que no ceda al abandono. Que no se rinda a las novísimas herramientas. Que no deseche su fértil territorio, que, como tierra de labor, puede ser cultivado y recolectado una y otra vez por sus dedos. Aunque ahora le pese algo más su espalda corvada sobre el pupitre.






domingo, 15 de junio de 2008

Crepúsculo fronterizo


La fuerza del crepúsculo reside en el don de la preservación del tiempo. Una retirada, que no una rendición. Hay un pacto prefijado por el orden natural de aquellas cosas que huelen a tierra y a luna y a fertilidad y a relevo. Pero un pacto que se renueva cada día. La belleza del atardecer está en esa confianza que nos ha sido conferida desde antiguo. Los juegos de luces mortecinos, el ocultamiento lento del sol en el horizonte, la llegada del ejército de las sombras nos trasladan a la frontera. Ése es el signo en el que realmente vivimos cada uno de los humanos. Los nacimientos son siempre imprecisos, los ascensos son trémulos, los cenit son limitados cuando no ficticios, la depresión es relativa. En contra de lo que nos obligamos a aparentar y a caracterizarnos con una especie de convencimiento, todos aquellos estadios que nos hacen creer que hemos tocado techo son perecederos. Incluso a la corta. Lo único estable es ese estadio fronterizo perpetuo a través del cual apenas se delimitan y se distancian los ciclos de la vida. ¿Por qué temer el crepúsculo entonces? El crepúsculo es siempre más relativo si se contempla desde el mar o desde un tren. Obviamente, también lo es el amanecer, pero éste reviste un carácter sorpresivo: siempre hay que estar más atento a su destellar, siempre nos coge de improviso. Por el contrario, hay algo de inmersión plena de nuestra vida en esa fase del anochecer que nos vincula con la caída de lo diurno. Cuando observamos la puesta de sol con esa fijación obsesiva, posiblemente hipnótica, desde la cubierta de un buque o a través de la ventanilla de un tren es como si nos desplazáramos en su dirección. No hay contemplación distante, sí atracción potente que nos captura y nos traslada. Pero no tememos. Nos habla de las sombras de la noche como si fueran nuestras propias sombras. El crepúsculo se siente condescendiente con los humanos: nos brinda y trata de garantizarnos el resurgimiento al cabo de unas horas. Pero ¿por qué esa atracción irreprimible que nos hace volar tras su estela? Porque a pesar de nuestra existencia fronteriza hay algo que perdemos cada día y algo que nos hace concebir esperanza sobre el siguiente. Ese choque del tránsito ineludible nos llena de melancolía pasajera, pero no hay cesión, no hay capitulación, y sí un umbilical sentido de renovación que nos entrega confiadamente a la noche. Contemplar el crepúsculo es dejarse llevar por el aturdimiento divino de que ese cielo y esa tierra están también en nuestro cerebro, en nuestra aspiración, en nuestra progresión. Hasta donde lleguemos en el ejercicio fronterizo. Mientras, nuestras miradas se cubrirán de percepciones insuficientes, de atrapamientos imposibles, de reflejos de interior y de congojas reprimidas. Visiones desde un tren.

martes, 10 de junio de 2008

Presencia


Lates por él; asciendes y te hundes en la memoria que ejercitas en su nombre; abres tus párpados y los cierras con su imagen apenas comprobada; te lavas y se lava contigo; te vistes y te ajusta la prenda desde la sombra; ante el espejo hay una duplicidad distante que no acaba de percibirse con nitidez, pero intuyes que es su reflejo; tomas el tranvía y en cada parada lo ves; en el quehacer donde te ganas el jornal se cruzan muchos rostros, y ninguno es el suyo, pero tú lo reconoces; cuando bebes la cerveza con tus camaradas, en el destello de la espuma adviertes su destello; si te miran otros ojos, sólo ves sus ojos; si te hablan otras bocas, sólo escuchas su voz; en las páginas de un libro las palabras forman su palabra; si miras las nubes, le llamas; si llueve, le invocas; si el sol te toma, extiendes tus brazos; si te adentras en el bosque, el rumor te devuelve su eco; cuando caminas por las calles, los adoquines gimen con sus lágrimas; si te hiere la sangre, pides que te rasgue; cuando escribes, las letras componen su vocablo; cuando ansías, te calma; cuando deseas, se muestra; cuando permaneces en silencio, él es el silencio; cuando le escuchas, te conmueves; cuando vibra, te emocionas; cuando recorres la ciudad vieja, las estatuas erigen su recuerdo; cuando te golpea el aire, hueles su aroma; cuando te paras, sabes que te observa; cuando tropiezas, te alza; cuando te vienes abajo, un susurro se hace carne; cuando entra la noche oscura, es el fogonazo; cuando te desnudas, pides que te alcance su mano; cuando duermes, sueña por ti.


(Katia Chausheva y sus caracoles)

sábado, 7 de junio de 2008

Claudio Rodríguez



Se acerca el poeta. Llega la palabra de Claudio Rodríguez, como esa claridad que viene del cielo. Como esa lluvia que sementa los terrenos yermos. Traspasa lo etéreo y cae como fuego de demiurgo sobre la materia mineral. Pero la materia no está para ser despreciada, sino para forjar con ella la comprobación que los seres necesitan para sentirse tales. Nada hay puro en el mundo, y menos que nada la materia. Las imágenes pueden ser adúlteras; las palabras, traidoras; los discursos, bastardos; los silencios, engaño. Lo que aparenta sencillez es retorcido, aunque sea un grano de arena, aunque sea una lágrima, aunque sea un vagido. Es la materia, siempre cambiante. Se acerca la tierra. La palabra se eleva desde las raíces de los árboles, desde los estratos más antiguos de las rocas, desde los surcos sembrados para la supervivencia. Y la tierra genera la palabra, sin la cual el hombre no sabría sentir ni meditar ni soñar ni ser. La materia: gravedad y levedad. Siempre incandescencia.


Espuma


Miro la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa, aquella
por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. Y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
ceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.


(Niké Moritz trajo la espuma a mis pies)

jueves, 5 de junio de 2008

Umbral


Duermes, duermes ahora, o tal vez no, sólo te encuentras en el umbral a punto de franquearlo, tal vez el cansancio te desvela, hay ocasiones en que el mismo agotamiento descoloca, suele suceder, y un nerviosismo intruso trata de interferir en la relación con el sueño, pero lo más seguro es que duermas, que hayas dejado bien sujetas las bridas del jumento cotidiano y estés profundamente dormida, y entonces, si lo estás, soñarás, soñarás algo más que imágenes, porque en los sueños las imágenes aparecen descolocadas, son otras, parecen las mismas porque incorporan rostros y espacios y paisajes que se conocen, pero no bastan, en los sueños se vive lo que en este lado no se toca, en los sueños las situaciones se precipitan y disponen su particular albedrío, y más, soñarás sensaciones, soñarás geografías adaptadas a tu uso, aproximaciones deseadas, abolición de distancias, acortamiento de tiempos, soñarás eso y más, porque los sueños se exponen a sobredimensionar todas las posibilidades, a reducir los límites, a abolir lo imposible, soñarás con desconocidos y te hallarás frente a esfinges, soñarás con ausencias e ignorarás proximidades, soñarás con sabidurías que aún no habían llegado a ti y desecharás lo obvio, no hay un misterio de los sueños, hay tantos misterios como ensoñaciones, como reflejos, como efectos de las garras de la noche, y es que las situaciones soñadas son excusas para profundizar sin control en lo que no se alcanza en este lado, y es que en este lado esa exigencia por asegurarnos de que lo que vivimos realmente es lo verdadero nos desfigura, nos descompone más de lo que creemos, y eso en los sueños no sucede, pensamos que los sueños son el mundo al revés, pero acaso es el mundo que desearíamos, y eso le otorga una veracidad secreta y latente que sólo cada uno sabe lo que vale y significa para él, y por esa razón los sueños resultan tan gratificantes con frecuencia, nos acordemos o no de lo soñado los sueños estimulan, dejan un poso reconfortante, y es ordinario sentirnos defraudados al despertar, defraudados precisamente por despertar, y la conciencia que tenemos cada mañana de tener que volver al redil, a la ejecución de los compromisos y de las obligaciones nos deja en mal estado, y creernos con los pies en el suelo es una percepción huera, y precisamente por ese motivo es por el que hacemos tan largo el momento del despertar, el instante en que en el interior de nuestra mente miramos a ambos lados, en todas las dimensiones, más allá de cualquier perspectiva, confundiendo aún ángulos y vértices y planos, por eso se hace dilatado el desperezarse, porque hay una resistencia a aceptar, mejor dicho, a acatar las horas visibles en las que no somos ya nosotros, porque en ellas abundarán muchas intervenciones y se cruzarán gentes que no desearíamos que se cruzasen, y recibiremos órdenes que saben a blasfemias a nuestro Yo, y tendremos que tragarnos el rechazo que nos sugerirán las variadas representaciones, y por lo tanto prolongamos el despertar, y si aún saboreamos las mieles de un sueño reciente y satisfactorio, donde alguna historia se ha hilado para hechizarnos y mantenernos ilusionados, alargaremos su recuerdo, nos complaceremos en seguir trenzando su memoria, y aun cuando ésta vaya aflojando a medida que nos hayamos alzado, habremos consolidado siquiera un estado de ánimo fraguado en ese alma auténtica que es la del hombre que duerme, tan larga es la mano del sueño, seguro que duermes, o acaso la desazón de una vigilia insospechada ha alterado tu necesidad de descanso absoluto, y puede que estén echando un pulso dentro de ti los dos bandos de la conciencia, que uno no esté respetando el territorio del otro, que las reglas de juego hayan sido perturbadas por el agobio y la insatisfacción y la mediocridad de lo inconsistente, pero antes o después tu mente irá cruzando el limen del silencio y quedará conjurado otro día más, donde debes dormir, dormir, vivir los sueños...


(Fotografía de Katia Chausheva)

miércoles, 4 de junio de 2008

Memoria de la sed


Solitaria transita Alejandra Pizarnik...

Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.


(Caminos del espejo. 1962)
(Fascinante óleo, Perro semihundido en la arena, de Francisco de Goya, Museo del Prado)

lunes, 2 de junio de 2008

La nave de las letras


Nos adentramos en lo más profundo del océano, varios días ya de nuestra partida, allá donde el aire cálido de la lejana patria no es sino recuerdo. La nave viraba por la acometida de los vientos, mientras un cielo cada vez más oscurecido se cernía sobre nuestras cabezas. Los hombres de a bordo comenzaron a sentirse inquietos. El patrón trataba de tranquilizarnos a todos. A los hombres libres, con el señuelo de la tierra generosa que nos esperaba por delante. A los penados, recordándoles que con este viaje salvaron al menos su vida y, si se superaba la prueba, podrían obtener el perdón. Una vez más se manifestaba la lucha entre los elementos, como si fueran instancias separadas y opuestas. Las fuerzas de la naturaleza contra las fuerzas de la condición humana. El oleaje arreciaba, la tormenta se manifestaba contundente y despiadada. No sabíamos qué podía ser peor, si caer fulminados por los rayos o vernos devorados por las aguas implacables que podían enviarnos al fondo del mar en cualquier momento. En medio de aquella acometida enloquecida, ninguno de los hombres parecía ser el mismo que en tierra. Ni los esclavos, a los que el patrón había librado de sus grilletes, se comportaban como tales, ni los hijos de las honorables familias de comerciantes demostrábamos mayor serenidad ni fortaleza de ánimo que aquellos. Cualquier visitante que se hubiera presentado en aquel momento no habría distinguido entre hombres sometidos y hombres emancipados. Diríase que la contumacia de la galerna podía con el arraigado ordenamiento de las costumbres y las diferencias de casta de los embarcados. La encarnación de los hombres que viajábamos fuera de control en aquella nave pertenecía ya a otro mundo y a otro tiempo. Nadie tenía en cuenta ni su procedencia, ni su naturaleza, ni su lengua, ni su temperamento, ni su fe. Unidos por el destino común de un último esfuerzo que nos permitiera mantener el control de la embarcación, parecía que todos formábamos parte de una nueva estirpe humana, improbable y desconocida. ¿Nos había transformado el temporal en una especie sobrenatural que nos proponía un pacto de fortuna? Ni los conocimientos técnicos de los marinos más avezados, ni las oraciones de los creyentes más observantes, ni la posición social de los más nobles, ni la fuerza bruta de los galeotes más osados contaban ya contra le ley de las tinieblas. Pero fue en ese pulso con la noche y la proximidad del fin, cuando todos los hombres de la embarcación comprendimos que lo importante no era ya el origen sino nuestro destino. No tanto dónde habíamos nacido, ni cómo habíamos llegado a ser lo que éramos, ni qué triunfos nos había deparado la existencia, ni qué castigos nos habían hundido en la servidumbre. Nadie veía ya otro destino que la supervivencia y nadie apreciaba otro bien que el apoyo que nos permitiera lograrla. Como una revelación, los hombres nos miramos unos a otros a los ojos, apenas reconociéndonos en nuestros andrajos y en nuestros cuerpos maltrechos. Todos nos ignoramos en nuestra calidad anterior. Volcados en el esfuerzo superior por mantener la nave a flote, no advertimos que se aproximaba el alba. Fue como una premonición. En aquella aún lejana franja granate que llegaba desde el horizonte venía también la disolución de la tempestad. Poco a poco los vientos aflojaron, el oleaje fue amansándose, las nubes se recompusieron ajenas a su carga intrépida y el bajel se estabilizó. Fue un milagro que el deterioro de éste no hubiera acabado con todos nosotros. Jamás podré olvidar el rostro de satisfacción y de olvido que teníamos todos. A partir de entonces nadie mencionó procedencia alguna. Ninguno de los embarcados, ni tripulantes ni presos ni comerciantes ni estudiantes, deseó hablar del origen ni de su búsqueda particular ni de su yugo. Yo, Muhamad Ibn Hachid, el calígrafo, doy fe de esta manifestación en que las fuerzas naturales pactaron con la condición humana para procurar su salvación.

sábado, 31 de mayo de 2008

Cúpula de vida



Minarete de cristal. Alminar de hielo. Prisma de los mil dedos. Macla de las mil caras. Cúpula que has preservado durante años el vino más generoso. El moscatel más excelso se deslizó por la garganta transparente cuando tú lo permitiste. El jerez más arrebatador se derramó en el silencio de la ceremonia más entusiasta. No has escatimado ofrendas. No has cejado en tu presidencia protectora. No has hecho dudar a la mano dadivosa y fraterna que ha inclinado la delicada arquitectura de vidrio, hasta llenar las copas. Has presidido un cuello esbelto, entregándote a un encaje voluptuoso. Has besado su transcurso húmedo. Has coronado un cuerpo frágil, vitral transparente de los artesanos más imaginativos. Las libaciones que se efectuaron en nombre de la eterna salud y de la cordialidad iluminaron los rostros y rebajaron las penas de los invitados. Olías a la entidad que resguardabas. A tu orilla, labios masculinos trasegaron sensuales sabores. En tu borde, bocas de mujer cataron disimuladamente el placer alternativo. Tras los encuentros, en pago dejaste la satisfacción de la maestra de ceremonias. El niño jugaba contigo cuando la vasija estaba vacía. Se dejaba contagiar por su exuberante geometría convexa. Al recogerte en su puño ¿medía el mundo? Al acariciar tu cúpula celestial, ¿qué cielo acariciaba? Al recorrer con sus dedos resbaladizos el talle del recipiente, ¿qué cuerpo vinculaba a su cuerpo? Hoy te reclama un signo que sacie su sed. Un tacto que contenga su nervio. Un aroma que le envuelva y le salve. Bóveda de lluvia: los arquitectos mongoles envidiarían tus curvaturas. Proyección simbólica que acogía la noche y el día en sus arcos convergentes. Hoy duermes el sueño de la distancia. Pero no el olvido. Bendita sea tu santa luz.

jueves, 29 de mayo de 2008

Travesía


Amanece pronto, o tal vez no es de día todavía, pero yo amanezco. En la oscuridad te veo, veo las líneas finísimas de tus ojos ovalados, la marcación paralela de tus cejas negras, veo los ángulos donde se diluyen tus párpados, veo brillar tus pupilas dulces y me distraigo en ellas. Miro tu cabellera traviesa, tu nuca de seda, tu boca eginética, tu cuerpo fronterizo. Te contemplo como a una koré primitiva que los talleres griegos crearan para hacerla llegar carne y lluvia hasta mis días. Atraviesas la oscuridad hasta mi noche, percibo unos dedos alargados que se desenvuelven precisos y lúdicos sobre el contorno de mis labios, que los afinan, que los alzan hábilmente, dedos que peinan mis cabellos largos y alisan mi barba salvaje, que trazan con sus uñas dibujos de arena sobre el vello de mi pecho. Siento una boca que se acerca sin prisa hasta mis labios, una boca que los mece, una boca que les habla, y a la que mis labios escuchan desvanecidos, y mis labios enmudecen, y mis labios apuntan los susurros que esa boca que cabalga lenta sobre mi boca hace trotar. Advierto el enigma de dos bocas buscándose a través de la oscuridad, la calidez de dos sonrisas compensando la soledad, la arquitectura de cuatro labios restaurando la ausencia. Siento entonces tu cuerpo frágil dejándose caer sobre mi torso que tirita, un temblor que me conmueve, el roce de tus frutos exquisitos al alcance de mi tacto, a prueba de mi gusto. Permanezco inmóvil como si yo fuera la tierra, oferente como si formara parte del limo que hubo siempre en ti, calma aparente y a la vez profundamente sísmica. Palpo la sustancia nutriente de tu aposentamiento sobre mi sangre, tu silencio derramándose sobre los años olvidados, tu despliegue envolvente que a su lado hace mísera cualquier palabra. Tocas mi raíz, siento que hurgas en la raíz, que te adentras en ella, que la afirmas, que la invocas en medio de una inmersión purificadora. Y es en ese momento cuando tu sombra se evapora, y tu sombra se diluye en la luz, y tu luz absorbe la mía. Y es en ese instante cuando se escucha el fragor de dos ímpetus que se rasgan, ajenos al alba.

(Fotografía de Katia Chausheva)





miércoles, 28 de mayo de 2008

Las tinieblas del corazón


Existe otro universo, el del corazón del hombre,
del que nada sabemos, y no nos atrevemos a explorarlo.

Una gris y extraña distancia separa
nuestra pálida mente, aún más, del palpitante continente
del corazón humano.

No ha habido pioneros que hayan desembarcado en sus costas
y ningún hombre o mujer conoce
su misterioso centro,
cuando, más oscuros aún que el Congo o el Amazonas,
fluyen del corazón los ríos de la plenitud, el deseo y la ansiedad.


David Herbert Lawrence, Últimos poemas y pensamientos (Edición póstuma, 1932)


martes, 27 de mayo de 2008

Sueñas... (Franz Marc vela)




Sueñas, y lo haces intensamente. Sueñas con caminos de polvo y grava, sueñas con riberas de fronda, sueñas con altozanos, sueñas con ruinas que te hablan, sueñas con los habitantes invisibles de las ciudades inexistentes, sueñas con caras que te sonríen, sueñas con pómulos que te desprecian, sueñas con gestos adustos, sueñas con niños que trepan a una tapia, sueñas con las andanzas iniciáticas de aquellos chicos, sueñas con manzanos, sueñas con la niebla, sueñas con la aparición de la sorpresa tras la niebla, sueñas con las tardes agostadas de la calima, sueñas con la arena húmeda y fría de la playa en invierno, sueñas con carreras donde no hay meta alguna, sueñas con tus carreras de fondo solitarias, sueñas con los montes que subes y dejas atrás y los que aún tienes por delante, sueñas con el hombre que camina deprisa con bastón, sueñas con las fresas salvajes de la orilla de las sendas, sueñas con rostros de mármol, sueñas con estatuas incompletas, sueñas con el amanecer desde el buque que te lleva a Estambul, sueñas con las trilladoras que clausuraban la siega de agosto, sueñas con aceñas abandonadas, sueñas con la niña de los zapatos de charol, sueñas con un pozo cuyo fondo se ve, sueñas con el sonido de traqueteo de tren llegando desde la lejanía, aproximándose, poniéndose a tus pies, trasladándote al paisaje diferente, sueñas con sus pitidos prolongados arrebatando la espera de los viajeros en la estación, sueñas con la muerta que encontraron una mañana de verano entre las vías, sueñas con volcanes, sueñas con Pompeya, sueñas con el perro que no pudo soltarse a tiempo cuando llegó la lava, sueñas con silencios, sueñas con unas manos que te sujetan la mano, sueñas con las ojivas de una gruta, sueñas con las estalactitas de una catedral, sueñas con la oquedad profunda del eremita del desierto, sueñas con el duque de Bomarzo, sueñas con los monstruos del Sacro Bosco, sueñas con la guerra de los mundos, sueñas con la tintorería de la ciudad de provincias, sueñas con la historia de la mujer que recibe al marido que vuelve de la guerra y no es reconocida por él, sueñas con tus refugios bajo la higuera, sueñas con libros de aventuras sin final, sueñas con Dick Turpin, sueñas con el transiberiano que atraviesa la taiga, sueñas con algún olvidado rojo emblema del valor, sueñas con la mano negra, sueñas con incienso, sueñas con la salvación: la impuesta y la otra, la elegida, sueñas por fin con la salvación de la memoria, ya que no de la carne ni del alma, sueñas, sueñas con tipografías que se erigen unas a otras y luego se descabalgan, sueñas con el manantial donde bebías el agua más pura, sueñas que ves unos ojos en el fondo del manantial que no son tus ojos pero que te seducen, sueñas con fotomontajes adolescentes, sueñas con las recitaciones de Rubén Darío, sueñas con besos que alguna vez horadaron tu alma, sueñas con mosaicos de animales salvajes, sueñas con el viento rompiente sobre los acantilados, sueñas con la mesa de mármol del café, sueñas con los cafés de tertulias fenecidas, sueñas con tus aprendizajes de café, sueñas con tus desencuentros del café, sueñas con las horas perdidas entre el misterio y la curiosidad, sueñas con tu muerte o mejor dicho con la forma de tu muerte, sueñas con tu origen impreciso en el recuerdo, sueñas con la perplejidad de cada anochecer que te desnuda, sueñas con la perplejidad encarnada en el espíritu que se abre cada mañana dentro de ti, sueñas con sombras que se pierden en callejones tristes, sueñas con una espuela de plata, sueñas con arroyos, sueñas con las piedras dispuestas irregular y arriesgadamente por la que atraviesas feliz y ágilmente la corriente, sueñas con que arrojas guijarros a los remansos, sueñas con los círculos múltiples que trazan, sueñas con la dispersión de sus ondas a lo largo de tu vida, sueñas con ojos ovalados, sueñas con la lluvia que atraviesa tus ojos, sueñas con retinas que se resisten al olvido, sueñas con la ira de los justos, sueñas con la debilidad de los coléricos pues ya fue dicho que de ellos no será jamás reino alguno, sueñas con manos de barro, sueñas con la calidez del barro, sueñas con el Golem, sueñas con sus arrebatos justicieros, sueñas con el aroma del jazmín, sueñas con la hiedra que crece en cada aurora, sueñas con canciones antiguas que se desparraman sobre la debilidad de la memoria, sueñas con la evasión de ti mismo, sueñas con el furor de tus ingles, sueñas con la saliva que se enreda dentro de tu boca, sueñas con la sangre no deseada, sueñas con la muerte dulce...sueñas y te remueves y suspiras y gimes y la inquietud de tu sueño te arroja sobre un abismo renovador e inquietante...


Al despertar, los caballos azules y rojos seguían allí y los leones aún coreaban tu desvencijado sueño.



(Pintura de Zademack y El sueño, de Franz Marc)