"Qué lejos siempre entonces ya de todo,
incluso de mí mismo;
qué solo y qué perdido yo,
aquí o allí.”
Ángel González, de Otoños y otras luces.
Cuando yo me jugaba la juventud, que también la vida, dice Max, me refugiaba en los acordes melodiosos y sublimes del Concierto de Aranjuez, y no era ningún refugio nostálgico, de joven no sientes nostalgia de ninguna clase, era más bien como una capa protectora poner un casete a volumen elevado, para que eclipsara el rugido de una multicopista a todo trapo, y jugaba un doble papel, ahuyentaba el sonido enronquecido de las vueltas de aquel cilindro de tinta y hacía creer al vecindario que quien se alojaba en el piso era un melómano empedernido, además de un tipo normal, simpático con todos y condescendiente y amable en especial con las personas de edad, al que se le podía disculpar el sonido estruendoso porque eran las melodías de toda la vida, que a eso les sonaba a la mayor parte de los vecinos, sin tener ellos demasiado conocimiento de música, porque hoy era ese concierto del maestro Rodrigo, pero mañana podía ser un repertorio de coplas, esas cuyas letras tan bien recopiló años más tarde Vázquez Montalbán, y hasta en cierta ocasión de urgencias impresoras hubo que recurrir a las saetas sevillanas, que esas sí, ablandaban hasta los corazones más adictos al régimen, porque de este modo quién podía sospechar que un subversivo ocupase aquel piso de viviendas de empleados del Estado, a qué sedicioso, si bien pacífico, se le ocurriría poner a todo trapo saetas o coplas o a un Luis Mariano tan admirado, por ejemplo, y lo comprobé de buena tinta, pues en el edificio vivía un funcionario de gobernación que nunca sucumbió a la curiosidad morbosa, algo que jamás me expliqué, al que recogía puntualmente un coche oficial todas las mañanas, el hombre tan empeñado como estaba en escalar en los puestos de la delegación y no cayó en que lo habría tenido fácil de haberse entrometido algún día en mi ámbito, al que hubieran incluso premiado, pero mi tacto con su esposa fue siempre exquisito y prudente, y ella ponía de su parte, y tal vez lo que comentase aquella fiel, y ciertamente culta, esposa le otorgaba credibilidad, así que hoy, con los acordes iniciales del Concierto de Aranjuez en la audición de cámara a la que he asistido, no he podido por menos que dejarme embargar por una emoción olvidada, y con la memoria he revivido ciertas situaciones arriesgadas, incluso de pronto he sentido el latigazo de aquel miedo, la presura por detener todo, la máquina y el casete, y ventilar para que el espeso olor a tinta no infectara la nariz de quien llamaba inoportunamente a la puerta, y mi reacción de inquilino se demoraba temiendo lo peor, mirándome los zapatos, asegurándome de que los cordones estuvieran bien atados, por si había que salir a la carrera, y era de una lentitud gravosa aquel recorrido del pasillo hasta la puerta de entrada, escocido por el sudor evidentemente frío, la respiración agitada e imaginando lívido y ausente mi propio rostro, forzando el ascenso de la saliva, hasta gritar a distancia un voy, voy, así repetido, para llegar a la puerta y pensar que sea lo que quiera que sea, alea jacta est, que nos habían adelantado anecdóticamente al traducir la Guerra de las Galias, si bien la frasecita venía de después, de cuando lo del Rubicón, y paralizarme al ir a descorrer en última instancia el pestillo, dudando si hacerlo del todo, removidas las tripas por el pánico, fatigado por la angustia, sobrecogido por el estremecimiento, qué ridículo es el miedo, qué espantosa es la idea de estar cometiendo in extremis un error irreparable, qué cruel la convulsión ante la soledad y el abandono que se abrían bajo los pies, viéndote ya trémulo y desasistido en un futuro negro que se hacía presente, y a continuación el prodigio, un impacto emocional de otro signo, un golpe instantáneo de relajación, un suspiro sonoro al comprobar con regocijo contenido que quien llamaba se trataba sencillamente del revisor del contador de la luz o de un vecino que te pedía un favor o sencillamente un error de llamada, y luego cerrabas de nuevo, sin dar pie con bolo, silbando los acordes del Aranjuez, para proseguir la tarea resistente a medio hacer que tenía que ser entregada a una hora prefijada por razones de seguridad, y tú casi sin ganas de continuar, reblandecido por la tensión física recién padecida, pero repuesto y estimulado moralmente, una batalla ganada, de momento, te decías mientras conectabas de nuevo el concierto protector, al que nunca uno le estará suficientemente agradecido por su acción benéfica, por su arropamiento, y entonces sentarte ante la pila de folios impresos, contemplar la modestia de la edición, enardecerte con los mensajes de la misma que te parecía que también, en tu pequeña escala, hacían historia, sin darte cuenta aún de que sobre todo se hacía historia de ti mismo, y por un instante parar la mente, si es que el cerebro sabe de paradas, y dedicar una oración laica al bendito maese Rodrigo, y abandonarte al paseo por los desconocidos jardines de la localidad palaciega, sabiendo que la partitura, de apariencia neutral, había tenido mucho de beneplácito con la nueva situación del país cuando se compuso, pero sabiendo también que a la larga el arte se impone y trasciende a los bárbaros y la belleza acaba dando la espalda a estos, ¿no te parece?, dice Max, y yo: no estoy seguro.
* Lo siento, el vértigo por el recuerdo de aquel tiempo me ha llevado a expresarme con el vértigo de las palabras. Escribo esta ocurrencia pensando en aquellos que alguna vez supieron del paciente valor de la resistencia voluntariosa por mantener en la brújula, a pesar de todos los vientos y todos los oleajes, la orientación del Norte. Es necesario evitar la deriva hacia las rocas, porque rota la embarcación el naufragio puede arrancarnos la vida.
(Fotografía tomada de la Memoria del Archivo de la Universidad Complutense de Madrid)