lunes, 28 de septiembre de 2009

Caída sin fondo























Y en su caída se precipitó hasta lo más hondo de lo creado. Donde no hay luz ni retorno. Y las tinieblas que él habitaría a partir de aquel instante no tocarían fondo jamás. Y al igual que acontecería más tarde con la mujer y el hombre, él también fue víctima de un desafío. Y en su caída imparable desparramó por la tierra el grito atroz de su prometida venganza (...) Comprendió tarde que no es posible el pulso al Único. Que no se puede disputar ni el poder, ni el conocimiento, ni la capacidad hacedora del Único. (...) Mas éste, a su vez, quedó apartado para siempre en su soledad. Y ni los hombres que durante siglos creyeron en él pudieron salvarle de su abandono por más templos que erigieran en su nombre, por más conquistas de países que le ofrecieran, por más palabras que articulasen para justificar su existencia, por más ritos que celebraran en su nombre. Y mientras el Caído decidió que, puesto que nunca más podría aspirar a compartir las alturas, dedicaría su eternidad a arriesgar la vida de cuanto fuera creado por el Único. (...) Y estos son los tiempos en que el viejo mito sigue ofreciendo el rostro de una dualidad insalvable, donde los hombres se pierden sin tener claro dónde reside el Bien ni dónde el Mal, y por más que


(Hasta aquí llega el texto, por destrozo del resto del manuscrito hallado en una de las cuevas de Haram Sat, en el desierto. Los paréntesis (...) indican que faltan partes perdidas del texto.
Sólo el Barroco español era capaz de representar con esa viveza antropomórfica tan exquisita al Caído)

domingo, 27 de septiembre de 2009

Ueshima Onitsura: un haiku de otoño


El cuerpo,
oculto antes en la oscuridad
ha recibido esta luz




(Ueshima Onitsura fue un precoz haijin, a quien algún especialista sobre haikus le califica de haijin de la sencillez. Nada que ver con otros autores conocidos y citados en abundancia, Onitsura ha sido un injusto desconocido y apenas se ha traducido fuera de Japón. Ueshima Onitsura juega no sólo con las percepciones directas sino con conceptos que le sugieren más allá de la observación visual. No se limita a reflejar lo visible y elemental a los ojos de la expresión limpiamente bucólica, que los más ortodoxos exegetas fijan como el verdadero haiku. Onitsura emprende el camino de la metáfora conceptual. Habla de palabras de luz, del canto verde del ruiseñor, de la neblina de la luna, de hilos de voz en el fondo de la lluvia...El haiku reproducido aquí, perteneciente a la serie Otoño, está extraído del libro “Palabras de luz”, editado por Miraguano Ediciones)


(Fotografía de la irlandesa Lucy Nuzum)

sábado, 26 de septiembre de 2009

Cotidiano


Dicen que ha sido un accidente. El hombre yace en el asfalto. La sangre corre por su cuerpo. Algunos transeúntes hacen (o simulan que hacen) la intención de ayudarle. Pero las normas no lo permiten. El tráfico es intenso. En torno al moribundo se congregan curiosos (así lo mencionarán mañana los periódicos) Nadie se mueve. El hombre tiene espasmos. Los teléfonos móviles duermen en los bolsillos de los paseantes (están para momentos como estos, para cuando se necesitan, opina cada quisqui) Alguien habrá llamado a los servicios de emergencia, se da por supuesto. La ciudad es así. Compleja, pero ordenada. Todo está previsto. Sin atropellos la urbe no tendría entidad. Sólo el suceso la eleva en su categoría de metrópoli de la apariencia. Cuantos más accidentes, mayor expresión de vida, se opina. Además, eso pone a prueba la capacidad de reacción de los propios medios cívicos. Mientras, al hombre le corren hilillos de sangre limpia por la mano. Una mano que no mueve. La sangre sale de alguna parte de su cuerpo. Un cuerpo que no mueve. Tal vez de varias zonas de su cuerpo (alguien observa la ropa empapada asquerosamente) Lo peor es la sangre oculta, dice con criterio muy técnico uno de los que contemplan la escena. Es probable que las palabras del círculo de gente lleguen hasta el pobre hombre. Debe ser un ejercicio de consolación aséptico para la multitud. La ciudad funciona de primera. Todos esperan a los servicios de atención urgente. Nadie debe tocar al herido, puede ser peor, comenta alguien del público. La víctima no emite palabra alguna ni quejido ni siquiera un ay. Menos mal que el pobre está tranquilo, se le ocurre a un tipo de la segunda fila. El espectáculo empieza a aburrir a los presentes. Dónde los servicios, dónde la ambulancia, dónde la policía. Es un clamor insolente. Exigente. Pero nadie se mueve por aliviar al hombre que sangra. La normativa no lo permite. Prescripción gubernativa, recuerda algún ciudadano sesudo. El público comienza a desfilar, decepcionado. Seguro que no es nada, barbotean frustrados. El lugar se va despejando. Y ni siquiera llega la televisión, no hay derecho, claman los más inquietos. El hombre sigue ahí, tirado, retorcido. Los coches lo esquivan como pueden. Eh, borracho, grita alguno de los conductores. Un niño le hace burla desde la ventanilla de un automóvil. Esto debe ser una parábola, piensa el agónico atravesado en la calzada. Alguien de los últimos en abandonar la escena oye que emite una carcajada ahogada. Y encima se ríe, le dice a su acompañante. Y es que el tráfico callejero está imposible.


viernes, 25 de septiembre de 2009

La mesa



A veces los objetos se nos acumulan. Pero siempre hay una casa para acogerlos. Una mansión cuyo reflejo son los recuerdos. O acaso la posibilidad de lo que no fue. Se puede dibujar otro espacio, donde nuevos pasos puedan recorrerlo. Pero no recuperar lo transitado. Buscas en los libros una identidad que te está llevando toda la vida. La logres o no, sólo en la búsqueda está el sentido.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Fuga



La luz es rigurosa. Sabe ausentarse. Y su ausencia sólo es una fuga en medio de la soledad del planeta. Nada ha muerto por más que la apariencia y el concepto de los hombres lo mencionen. Todo se va tornando invisible. Lentamente. Hay un eco de melancolía en ese contraste de colores cuyo carácter fuerte los hermana. La huída oculta, pero no niega. La huída resguarda, no desatiende. La huída refuerza, no rinde. Esa resistencia del último eco de la luz hipnotiza. Las almas sangran. Las miradas se sienten heridas por lo que creen una pérdida. Más allá, las fuerzas que no tiemblan por la mutación de la luz se dejan mecer por la ausencia. Ellas no se fugan. Reconquistan espacios y silencios. Se recomponen. Su permanencia cambiante las dota de un valor renovado. No se van. No me he ido. Estoy empezando a viajar a través de la incipiente noche.


(Un eco más de Rothko)

martes, 22 de septiembre de 2009

Merma


Nada está preparado para el lamento. De la misma manera en que se posee se priva. Esa inmanencia acomodaticia del universo no es real. No es sino una representación que la especie pensante genera. La fuerza no reside en la culminación, sino en el cambiante y alterno acontecer de los días. La armonía deriva del ciclo variable que se renueva. Los colores saben encontrar su lugar. Se adaptan a la aproximación o al alejamiento decididos por la potente estrella. Y siempre al ritmo que no cesa. El milagro de las estaciones en nuestro planeta. Hay que contar con la pérdida del espacio cenital. Para comprender el valor de cada latido. No hay estado del color, como no hay edad de la vida, que tenga más o menos importancia. Es la necesidad lo que define cada paso. Cada hallazgo o cada extravío son precisos. Las pérdidas enseñan. Lo que se halla, sorprende. Hoy, por ejemplo, me asombro de nuevo. El asombro me impide mermar.


(Rothko sabe de ello)

lunes, 21 de septiembre de 2009

Intensidad


Llega un momento en que la intensidad ciega. Como si el cenit tocara todos los elementos. Incluido el ser de los hombres. Y estos, en su engreimiento, consideran que sus obras son perfectas. Han aprendido en su larga marcha que hay realizaciones que apenas verdean. Otras que se frustran. Pero aquéllas que llegan a cierta permanencia, a marcar cierta diferencia con otra anterior o con las de otros hombres, aquéllas les parecen eternas. La intensidad hace enmudecer él mundo del ruido. No dura. El ruido, como expresión del caos, sigue insistiendo. Marca las reglas. Modifica las obras. Desgasta las esencias. Se puede tantear y hasta disputar parcelas del caos. Pero incluso ese esfuerzo es otra de sus manifestaciones. Nunca hay un tiempo duradero para la intensidad, como no lo hay efímero para el caos. Es el suceso continuo y también el ámbito desordenado lo que subyace tras lo aparente. Palpo mi intensidad. La gozo hasta quemarme en ella.


(Rothko lo entiende muy bien)

domingo, 20 de septiembre de 2009

Dominio


Llega un momento en que se produce la caída hacia el lado favorable de uno de los contendientes. Parece que se impusiera uno de los dos. Incluso cree que ejerce el dominio. Pero, ¿por cuánto tiempo? Los propios sucesos, efectos aparentemente definitivos, pero espectadores a su vez, dudan. No hay un último pulso. No hay una caída conclusa. No hay un triunfo que cierra nada. La vuelta acecha. El ganador de ahora mismo será el perdedor a continuación. El margen temporal es reducido. Los humanos cantan victorias efímeras, en la ficción de creerlas definitivas. La fuerza de los colores es tan próxima que podrían fundirse. Es un cenit marcado por sus límites. No hay tanta diferencia en el día que se crece y merma silenciosamente. ¿Por qué, sin embargo, se agudizan más en la vida de los hombres? No engañarse. El paso gradual del cielo y de la tierra es también equívoco. Asemeja mansedumbre, pero la violencia es elevada y los colores se desgarran como lo hacen las especies. Todo es concéntrico. Yo me miro en ese reflejo. Sé que me elevo, sé que me caigo. Pero persisto.


(Como Rothko)

sábado, 19 de septiembre de 2009

Combate



El día, para afianzarse, libra también su propio combate. La claridad alterna sus matices. Hay una conquista en marcha entre dos fuerzas, el tiempo y la luz. La fugacidad de ambas las convierte en un envite permanente de la una sobre la otra. Nadie sabe quién desplaza a quién. La que da impresión de imponerse en ese segundo va a ser la dominada un lapso más tarde. La sucesión es un ritmo. Todo lo que acontece bajo su firmamento, sea cual sea su manifestación, sigue sus pautas. Aquí abajo se reproduce el modelo del gran combate del cielo. Ni las aguas ni las piedras ni la flora ni las especies animales se rigen por otros criterios que no se expresen entre tiempo y luz. Igual los espíritus de los hombres. Yo libro mi propio combate.


(Rothko vive)

viernes, 18 de septiembre de 2009

Avanza


Se va situando, sin que se pueda desvelar la manera en que se manifiesta. Es un arco que se despliega y me va cubriendo. Invitación a teñirse con su apariencia neutra. Una mano de seda. Mas sólo se trata de una calma circunstancial. La intensidad vendrá después. Según avance el trasiego de la luz. Las energías se tientan. Mantienen su distancia. Poco a poco los vasos comunicantes del abanico de colores me engullirán. Como un tornasol, mis ojos mirarán con una curiosidad nueva. Advertirán otros tonos. Debo traspasar la línea de ceniza que se va situando por inercia. Vislumbraré, por fin, el paisaje.


(Variación de Rothko nuevamente)

jueves, 17 de septiembre de 2009

Despunte


Mas nada se muestra claro y evidente al momento. Es lo inapreciable lo que nos confunde. Creemos que nada avanza. Que un instante permanece y es así. Pero nada se detiene jamás en los breves espacios con que el tiempo nos obsequia consecutivamente. La luz empuja y a la vez crece. Y en su desplazamiento, el cielo y la tierra se pulsan en un guiño que a nuestros ojos les cuesta apreciar. Miro la aurora y me parece estar viendo el último rayo del ocaso anterior. Como si la noche no hubiera existido mientras tanto. Ansias de luz. Dónde quiero estar.


(Sigue Rothko)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Amanecer



A mi se me antoja un amanecer nuevo. Lo quiero lento y que sea perceptible. Lo cogeré por sus bordes y lo extenderé sobre mi cuerpo. Su piel será la mía. Deseo también que su transcurso sea calmo. Y la visión que me ofrezca, más transparente. Quiero fundirme con ese amanecer. Cabalgar sobre su grupa como si naciera otra vez. Descifrar la conversión de las tinieblas. Alimentarme con los colores de la luz. No importa dónde me lleve. El día es su efecto, no su origen.


(Mark Rothko es el pintor)

domingo, 13 de septiembre de 2009

La proa


Era más que una ciudad
pertrechada entre la luz
y el mar.

Agitada por el viento
y señalada por el abismo
crecía diáfana.

Fue al bordear sus calles
cuando sentí un tacto frágil
acariciando mi piel.

No vi a nadie
a mis espaldas
sólo las sombras hundiéndose en el vacío.

Era más que una proa
y hasta ella ascendí
surcando el oleaje del asombro.


(Acuarela de José Antonio G. Villarrubia)

sábado, 12 de septiembre de 2009

Lo incierto



A ciertas horas de la noche, las carnes se abren. El rostro deja de tener el aspecto oculto del agente secreto, aunque le regatea a la oscuridad una expresión turbia. Pero la noche no sabe distinguir conformaciones musculares ni gestos. La noche no mira a los ojos. Lo cubre todo para disculpar las ausencias. Protege el no-ser de los hombres de las miradas de otros hombres. No les cuida ni les priva de las suyas propias. Ahí la noche exige un precio. Los hombres se quedan solos en algún momento. Es lo más parecido formalmente a la muerte. Estén o no estén las viviendas pobladas de otras gentes, llega una hora en que cada uno deja de estar del todo con los otros. Entonces cada individuo se sabe aislado, se degusta en su separación. Los habitantes dejan de ser. No siempre duermen. No siempre sueñan. No siempre meditan. No siempre se evaden. El silencio les retuerce los pensamientos. A veces sufren. A veces no entienden casi nada de sí mismos, por más que intenten poner orden en su cerebro en conflicto. Hay algo de agonía del hombre en cada noche. De ahí sus rostros, que no se pueden ver, pero que a buen seguro manifestarían actitudes, muecas o ademanes que causarían pavor de poder verse. Los colores de las cuitas y también los de las ficciones de la satisfacción palidecen en la negrura de la noche. Es como los materiales de una cueva. De no iluminarla, se les supondría el albor de las calizas o los almagres del hierro que se filtra o las formas que crecen sobre sí mismas. En su medio carente de luz, nada de ello parece existir. En una ocasión tuve que pasar por fuerza mayor casi dos días dentro de una cueva, sin carburo y sin el menor resquicio de luz natural. Apenas me moví por ella. Sólo reteniendo las últimas imágenes del espacio más próximo antes de que el carburo se extinguiera procuré estirarme un poco. Hasta que perdí las referencias mentales y por lo tanto las físicas. Fue el tacto lo que me salvó de la angustia. No todas las rocas tenían el mismo grado de humedad ni resultaban tan frías. Pero llegó un momento en que tocar la piedra o el suelo o mi cuerpo apenas se diferenciaba. Estaba y no estaba allí. Dormí mucho. Soñé para el resto de mis días. Hablé con la masa hercúlea que por encima de mi cabeza me guarecía. Una catedral sin tallar. Y sin embargo, nada me hacía percibir que estuviera cerca de la muerte. También había allí dentro un cielo protector. No se trataba de la noche humana, donde nos devora lo incierto del día después.


(Manuel Boix es el autor del dibujo)

viernes, 11 de septiembre de 2009

Agente secreto



Podría tratarse de un infiltrado. Alguien que no ha sido convocado. Alguien a quien no se espera. Ronda, escudriña. Una sombra. Su apariencia es de otro tiempo. No es susceptible de sospecha. Es inefablemente sospechoso. Acaso resulta demasiado definido. Un juego de espejos le duplica en falso. O delata su presencia indeseada. Excesiva escenografía para una efigie vaciada. Habla con su propio porte. Haciendo de él otro espectro análogo. Pero nadie se fiaría de una representación tan siniestra, donde no hay rostro, ni mirada, ni músculos, ni aliento. Sólo existe un gesto que le derriba y le rebaja a humano. Su mano oferente, si es que se trata realmente de su palma y no de un mecanismo. Vengo en son de paz, parece decir. Pero esos dos planos diferentes, esas dos alturas, cuestionan una supuesta conversación de iguales. Puede estar impartiendo órdenes. Puede intentar persuadir a su doble. Puede indicar a la otra sombra cómo debe actuar. Actuar. Cuando un tipo se mira al espejo actúa. La primera observación es dual. Aceptarse y no aceptarse. Se muestra imperativo. Alza la cabeza, no ladees el tronco, esboza una sonrisa, aunque sea leve, se dice a sí mismo. Pensamientos veloces ordenados con palabras que pueden incluso emerger si el actor está solo. Vuelta al juego de los espejos. Mundo de reflejos. Mirarse para creerse lo que no se es. Un esforzado ejercicio de convencimiento. Una vez rompí un espejo porque no me era fiel. Es decir, porque no recibía respuestas satisfactorias a mis exigencias imposibles de satisfacer. Fui presa de una exagerada y enervante indisposición. Al contemplar la sangre abundante que chorreaba por mi brazo lo entendí mejor. La sombra de sospecha era yo mismo. Preguntar al espejo es encerrarse en un caparazón falsario. Me acurruqué en un rincón empapado en aquel manantial del rubí más salado que resultó más dulce. Me contaron después que si no es por la empleada de la limpieza (admítaseme el recurso) no hubiera despertado jamás de aquel desvanecimiento. Temo no haber aprendido la lección. Desde entonces sólo me contemplo en las puertas de los cafés, bajo tenues luces. Embozado en el disfraz de funesto agente secreto de mis días.


(Fotografía de Jorge Molder)

jueves, 10 de septiembre de 2009

Venus Anadiómena



Toda Venus terrestre nace como la primera del cielo. Un misterioso parto desde el infinito "ponto".

Friedrich Schiller


Era el ocaso de un día más. Un día no suponía nada en lo intemporal. Aquel acontecer de cielos y agua y costas no había sido medido jamás por los dioses. Su estructura no estaba predestinada, como todo lo que responde al capricho del azar y del pulso entre fuerzas complementarias cuando no adversas. Nadie esperaba que en medio de aquel piélago desconocido y bravío se produjera una revelación. Por qué fue elegida la caída avanzada de la tarde para aquel surgimiento insospechado es un misterio. Acaso porque todo el empuje aparente y toda la pujanza visible cede a la oscuridad, aunque ésta retome más tarde el testigo de un relevo furibundo. Los demiurgos no saben explicar todos los efectos que desencadenan con sus actitudes. Los vientos se detuvieron en un momento imprevisto y el oleaje se tornó calmo. Sin la fuerza del sol, disolviéndose éste ya en el poniente, el océano parecía encogerse. Sus profundidades mermaron y la irregular superficie, de ordinario encrespada y corrosiva, se trocó espumosa y dúctil. Tal vez el tiempo se paralizó o fue una advertencia. Pero ante los ojos vidriosos y ya casi resignados del náufrago, la Anadiómena emergió desde el fondo. Ese abismo inescrutable donde se pierden todos los náufragos. Pero ella se mostró. Extendiendo sus brazos como si dimensionara el universo. Alzando su busto pletórico. Desparramando sus cabellos húmedos. Anadiómena le miró fijamente, siguió exultante su ascenso y alargó una de sus manos hacia el zozobrante humano salpicándole con el bálago de la corteza marina. ¿Fue al rescate de su efímera condición?

martes, 8 de septiembre de 2009

Fragmentos



Escribo a la deriva porque es mi reflejo. No lo hago planificadamente. Para qué. Ya, claro. Una cosa es plantearse hablar de un tipo de temas, mantenerse disciplinadamente en ese afán y esa dirección, insistiendo en ellos como prismas cuyas caras se contemplan una y otra vez. Demasiado exigente para mi naturaleza selvática. Otra cosa es hacerlo a salto de mata, sabiendo -intuyendo- que todos los temas pueden ser objeto de observación. Y que estamos tocados por una aproximación ilusoria a interpretarlos. O si no, cuanto menos, de una gran dosis de percepción. Magnetismo innato entre nuestro cuerpo y las cosas, entre el hombre y los acontecimientos. Puede que en el fondo ambos métodos lleven al mismo lugar: a seguir sin entender apenas nada. Mi caos personal me hace comportarme como ese pequeño material lítico y residual que cubre una playa, y que yo adoro tanto. Con esto me conformo. Oh, no es que me baste. No es que no desee ir más allá. Simplemente que no me preocupa si avanzo a la primera hacia una atracción escéptica por saber algo de las cosas. Saber algo de ellas para saber más de mi. Tal vez lo mío es dar unos pasos y pararme a descansar. ¿Descansar? Sí, no dejarme agobiar por el mundo. Mirar hacia atrás, tantear la marcha, mirar mi modesto bagaje e, inevitablemente, hacer ficción sobre lo incierto. ¿Hay algo más incierto que ese término denominado futuro? No me retracto de escribir en esa forma de deriva que es el trozo de texto, la partícula, el fragmento. Obsesionado por éste decía Barthes. “Escribir por fragmentos: los fragmentos son entonces las piedras sobre el borde del círculo: me explayo en redondo: todo mi pequeño universo está hecho de migajas: en el centro, ¿qué?”. Escribo en las direcciones perdidas, en las imposibles, sobrevolando, horadando como topo las raíces de la tierra, bajo las cuales siempre hay más hondura. Me meto en mi mismo y a veces salgo como si no me reconociera. Esta imperfección por escribir a cachos, sin saber dónde está su redondez que delimite o dónde lo partido, tiene sus satisfacciones. No es que no tenga también sus exigencias. Naturalmente que sí, y muchas. Pero son las que circulan secretamente dentro de mi, las que me ventilan, me retuercen, me entierran o me escupen a su capricho. Sensorialmente.




(Pintura de Boix)

lunes, 7 de septiembre de 2009

Una maleta nada común


Una maleta común no tiene por qué ser una maleta común. No siempre transporta lo habitual. ¿Quién se iría con un bagaje así a otra parte? Pero se dirá que para su dueño, esta maleta lleva lo suyo. Más o menos. Lleva su piel, su alma, la identidad que le permita ganarse la vida. Lleva su ficción y sus sueños. Aunque acaso esté harto de ellos. O quién sabe si se dedica a esto porque no deseaba los sueños (señuelos) pragmáticos que le ofrecían. La maleta es así. Y es que las mudas, los utensilios de aseo, el libro...pueden esperar. O acaso estén depositados en el fondo de la misma maleta. Esa mano es la mano de un artista. Pero es también la mano de un trasgresor. ¿Imaginan las caras de los policías de aeropuertos y fronteras cuando pasó el túnel de los rayos equis? Ese brazo pertenece a alguien que trasgrede espacios no medidos, límites de la imaginación o la supuesta cordura de los hombres que transportan otras valijas. Esas maletas grises de los negocios que salpican al mundo de impureza.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Dictadura


Todo ha devenido en palabrería. La iconografía revolucionaria histórica, al servicio del mercado. El puño ha quedado en la débil sujeción de una bolsa. El maniquí, cuyo rol es su pasividad, sirve igual para un roto que para un descosido. ¿Son los tiempos o la rendición de la clase obrera? Pero, ¿y si algún día ese simbolismo ahora reapropiado y prostituido se toma la revancha y salta de los escaparates a la calle? Lo importante no es recuperar viejas caligrafías e ilustraciones. Ni otorgarles categoría religiosa. Lo necesario es el fondo: lo que queremos tener, lo que necesitamos lograr. Y cómo. ¿Hacia qué horizonte deseamos caminar? Ya se inventarán nuevos lenguajes y nuevos pictogramas. ¿O no hay horizonte? ¿O ya no se piensa? ¿O ya no se aspira? Quiero creer que hay otra vida más allá de la dictadura del mercado.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Heráclito vive


"Ley es también obedecer la asamblea de uno solo."

(Nomos kai boulé peizeszai enos)

Heráclito



¿Dudaba Heráclito de la democracia ateniense? ¿La sentía frágil? Acaso dudaba de la imprecisión y de los límites de la democracia. Dudaba tal vez de si las decisiones tomadas en el cuerpo de una asamblea serían sustancialmente distintas a las proclamadas desde el reinado de un sátrapa. Si bien la duda no implica ni la crítica acerba y demoledora al sistema moderno ni por supuesto en modo alguno la defensa de la tiranía. Dudar y fustigar las deficiencias de la democracia no es negarla. Es empujarla a que lo sea más, a que traspase la afasia del vocablo y lo llene de sentido actualizado. Todo lo que no avanza, retrocede. Todo lo que se paraliza, desaparece. Todo lo que no se consolida, se hace viejo y peligra. Mas también la calidad y firmeza de la democracia depende de quién tenga el poder real y de la correlación de fuerzas entre clases y poderes realtivos. Se dice que en la democracia la sociedad se siente representada. Pero, ¿hablamos de una sociedad consciente o de una sociedad amorfa? Y más allá, o más acá, ¿puede ser la voluntad democrática suficiente representación de la voluntad del individuo? ¿Es la voluntad de uno la que es aprobada en la asamblea? ¿Quieren las voluntades individuales aceptar las expresiones de otras voluntades y ceder a un entendimiento? Pero, ¿y si ese uno solo de Heráclito es la unidad que fundamenta la democracia y no sólo el individuo a secas y por separado? El precio exigido por la democracia es indudablemente la delegación. ¿Delegación de comprensiones o de voluntades? ¿Entreguismo ciego? La palabra griega boulé significa voluntad y también asamblea. Tal vez son términos complementarios. Ceder de cualquier manera la voluntad personal es negar la capacidad y el derecho individual. Intercambiar voluntades y acordar reglas de juego es un camino. Pero, ¿no es la democracia algo subsidiario de las grandes fuerzas que ejecutan los negocios del mundo? ¿Hablaría hoy Heráclito de la misma forma oscura que hablaba en su tiempo? No me cabe duda. Tal vez el lenguaje oscuro es el más próximo a la interpretación. Porque, ¿qué claridad hay en una democracia formal como la nuestra en particular y las occidentales en general? Una correlación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial zancadilleada por el caciquismo y el conservurismo recalcitrante arraigado aún, tratando de mantener el mayor de sus privilegios: el control político y el social. La luz de las democracias es tenue y depende de quienes empuñen el fanal. Heráclito conocería hoy otra luz diferente a la que él vería. Contemplaría, acaso no asombrado del todo, ese territorio global en penumbra donde el mercado domina las vidas en todas sus facetas. En las costumbres, en las actitudes, en las decisiones, en las prácticas cotidianas, en las ideas condicionadas. Si bien el mercado existe desde antiguo, jamás extendió sus tentáculos hasta suplantar ideas, aspiraciones y valores, como hace hoy día. Ante esta situación, la supuesta literalidad de la frase compleja Ley es también obedecer la asamblea de uno solo le vuelve a uno más escéptico, aunque más poderoso de su conciencia. Y eso que uno no cree en el sálvese quien pueda, si no nos salvamos todos. Pero, ¿quiere la sociedad -esta nuestra y todas- salvarse del caos que el mercado implanta por doquier? Heráclito vive, aunque el posibilismo de sus aseveraciones no sea comprendido en un mundo que paga la publicidad y no crea apenas pensamiento.


(Imagen de un cartel de John Heartfield)

Verdín



La mirada prismática se le va llenando de cardenillo. No fiarse de su mirada triste. Ni de los labios deformados por una capa impune de carmín. Ella juega, ella prueba, ella comprueba. Es su condición. Las serpientes suelen habitar las mentes de los humanos. Aunque se nos pretenda asustar con iconografías y literaturas, reconozcámoslo: ellas son la sabiduría. Ni el árbol del conocimiento ni la fruta prohibida ni el mandato del Inexistente ni la expulsión de un territorio que jamás había sido conquistado por la especie humana. Todo aquel mito fue creciendo para que el reptil tomara carta de naturaleza. La cuestión posterior ha sido siempre quién debe controlar el poder de la serpiente. Entre quienes desean mantener las aguas estancas y quienes se bañan en las aguas agitadas y nunca repetidas, del curso de la vida, la serpiente se desliza, dual y perpetua. Retroceso y avance echan un pulso sin fin en la historia humana. Para unos, la serpiente es el mal. Para otros, el saber. ¿Hay mito más manoseado, adulterado y paradójico que el de la serpiente? Pero justo es al revés. Quienes arredran a la humanidad con el miedo no son sino la perversión y la muerte. Quienes no cejan en la búsqueda representan el estímulo y la vida. La astucia de la serpiente es nuestra propia astucia por sobrevivir. Se cuela entre nuestras voluntades para hacernos ver la vida con una visión más desprendida y más generosa. Pásame el culo de la botella rota. Necesito desteñir los colores tibios de los días.


(Fotografía de Anke Merzbach)

martes, 1 de septiembre de 2009

Como una sombra



Un ángel me sigue
como una sombra

Anise Koltz



La otra noche soñé que te disfrazabas de mi sombra. Y que acompañabas mis pasos. Como no eras de verdad mi sombra, a cada movimiento brusco de mi cuerpo, tú, disfrazado de sombra, dudabas y estabas a punto de moverte hacia el lado opuesto. Cuando corregías la dirección, yo, que me había disfrazado de desnudez, ¿o me había desprovisto de los disfraces cotidianos?, dudaba porque tú dudabas, porque tú, sombra, interpretabas un sentido de la marcha contrario a lo que me pedía mi instinto de callejear. Con cada ejercicio de mi cuerpo, tú, trasuntado en sombra, te contorneabas intentando proyectar lo opaco de mis músculos, de mis extremidades, de mi perfil. Aligerado de mis disfraces al uso, pero oneroso por la desnudez a la que no estaba acostumbrado, traté de echar a correr. Entonces, mi sombra, tú, mi apariencia de sombra, menos pesada pero más ágil, porque a tu desnudez habitual se añadía tu incorporeidad de sombra, corría por delante de mi. De modo tal que parecía que yo, desalojado de hábitos y enseñas, perseguía una sombra veloz, que no esperaba, que no alcanzaba. En esa carrera, mi sombra, es decir, tú, simulando una sombra desnuda y grávida, se distanciaba y tomaba la iniciativa. Como no te alcanzara, tú, desde un lugar cubierto por las tinieblas, te paraste a esperar la llegada de mis pies menos veloces. Tú, mi sombra que no lo eras, no podía ser visto de lejos por mi, porque las tinieblas te protegían. El trote desenfrenado al que me sometí, me fatigó. Mis fuerzas me traicionaban. Tan pronto como llegué a aquel territorio umbroso, mi cuerpo se tornó invisible y el tuyo se reveló como el único, el existente. Por un instante pensé que yo no era ya el cuerpo que era, que mi disolución se trataba de un hecho irreparable, y no sólo un gesto, y no sólo una posibilidad, y no sólo un sueño. Pero al contemplarte por última vez a ti, ángel antiguo, enrolado como mi sombra, comprendí que la carrera no era una competición, sino un relevo. Fue en ese momento en el que sentí que de mi no quedaba nada, porque lo de atrás, yo, mi cuerpo, mi vida, mi desnudez, era una niebla que se alejaba. Nada más. Era tarde para comprender inútilmente en que me había convertido. Mientras, tú, liberado de la oscuridad y de la vigilancia, volvías a ser yo, mi imagen idéntica, en busca de otro ángel, en busca de otra sombra. Engendrado en un sueño.


(Fotografía de Anke Merzbach)

domingo, 30 de agosto de 2009

A de Alarido


Alarido. Podría decirse de la más afinada, intensa y aguda expresión del animal. El alarido más genuino tiene lugar cuando se encuentra en esa frontera imprecisa entre el dolor y el placer que da como resultado la nada.

Hay situaciones en que el animal vuelca históricamente su estridencia. En el asalto a la trinchera enemiga, por ejemplo. En ese instante se produce un enfrentamiento entre alaridos opuestos, pero no diferentes. Se considera un ejercicio de envalentonamiento que enerva para la prueba. La lengua materna y particular de los contendientes no juega papel alguno en ese cruel instante, y si dependiera del alarido emitido los adversarios firmarían posiblemente la paz al momento, desobedeciendo órdenes asesinas, enternecidos al hablar y reconocerse por fin en un lenguaje común.

También el alarido surge espontáneamente, y sin pretenderlo, al recibir el animal la descarga de una tortura. La presión física de otros animales que juegan con ventaja sobre el cuerpo de un animal enjaulado y reducido provoca tal gama de dolor y desgarro sobre el cautivo que éste no puede por menos que desahogar sus minúsculas energías clamando confusamente contra el cielo.

El animal en su soledad maltrecha suele provocar un alarido feroz cuando recibe la noticia de la muerte de la cría. Un accidente, un crimen, la desaparición repentina e inesperada de una de sus crías, despedaza la ilusión del padre o de la madre. Presos de la confusión, los animales que recogen en sus brazos la vida muerta del descendiente no saben bien contra quién dirigir su odio. Es un alarido especialmente perturbador, ahogado con frecuencia de mala manera dentro de su pecho.

Hay todavía bastantes culturas de animales donde los alaridos se confunden o son prolongación de los llamados rezos, plegarias y cantos salmónicos. Suelen acontecer en determinadas circunstancias cuando los animales no distinguen los límites entre la vida de convivencia con otros animales diferentes y su fe ciega en lo imposible e inexistente. En ese sentido, he escuchado en diversas ocasiones alaridos de masas que asemejan gritos de guerra sumamente preocupantes y temibles.

Los alaridos también se producen en acontecimientos de menor trascendencia de vida,
pero a los cuales se otorga un valor incalculable en materia psíquica y emocional: un partido de fútbol. Los alaridos pueden pasar de invocación al estímulo del triunfo a la desesperación afligida de la derrota. Suelen meter más ruidos que nueces, pues ya es sabido que todo espectáculo de masas es un montaje teatral, lo cual no impide que alentado por extremistas concluya en ocasiones en violencias donde el alarido ha perdido ya todo mérito.

Evidentemente, el alarido no es un simple grito. Implica un desenfreno de las cuerdas vocales y se prolonga en ocasiones hasta desembocar en su propio eco. Por ejemplo, en el orgasmo. El animal no está acostumbrado a practicar el alarido como conclusión saludable y expresiva del placer obtenido en el juego con su compañía sexual. Las formas de vida, los hábitat reducidos, el alcohol y la limitada imaginación y desenfado en los juegos de pareja suelen reprimir cualquier forma vocalizada en alto. Sólo los amantes desinhibidos que no reniegan de su condición salvaje saben ejercitar las respuestas adecuadas a sus instintos primarios. Si se les pregunta no duden al preferir una forma de alarido. No siempre se puede optar por un alarido gozoso.



(Composición fotográfica de Misha Gordin)

sábado, 29 de agosto de 2009

El hombre niebla


Deberías escuchar el sonido de tus pasos. Pueden ser los únicos compañeros cuando te sumerjas entre las nieblas del país ignoto. Con ellos resuenan también tu decisión y tu firmeza. Y un eco múltiple de dudas que tu taconeo irá dejando atrás sobre la hojarasca. Lo que tengas que ver no lo esperes desde el paisaje. Será tu propia carga la que te ilumine. Los años aprendidos y cuanto aún no has olvidado pueden ser el fanal o tal vez el lastre. En medio de lo invisible no acertarás a ver la encrucijada. Acaso los caminos sean evanescencia. Y bajo tus pies las tierras pantanosas acechen a quien no está habituado a desertar de la rutina. Pero tú no eres de esos que se dejan amedrentar por lo imprevisto. Y siempre te quedará tu propia palpación. Comprobar que sigues atravesando el piélago. Sentir que tus manos te protegen de cuantos elementos te desasosiegan. Sentir que el cuerpo irreducible en el que aún confías te cuida del peor de todos ellos: el miedo. Nada te impide para sobrevivir pasarte al enemigo. Convertirte en hombre niebla. Entrar en otro reino.

viernes, 28 de agosto de 2009

Versus



En algún momento de tu vida empiezas a hacer del tiempo una inobservancia, y el paisaje va reduciéndose paulatinamente a aquello que realmente deseas mirar, y no te interesan ya tanto las dimensiones externas de las cosas como tu capacidad para abarcar los objetos y las situaciones, tu sentido afinado del gusto, tu curiosidad irredenta y la mirada al corazón de los seres humanos que no se habían manifestado aún. Al permanecer fijo frente al mar no estás tan pendiente de ver pasar los navíos, sino que te ausentas, y sólo el sol o el viento o el azuzamiento de la tormenta o el oleaje encrespado te recuerdan que debes seguir resistiendo, y que las mareas, como tu vida, son una constante inercia de flujos cuyas influencias sobre tu cuerpo y sus expresiones no conseguirás nunca desentrañar. Al contemplar con otros ojos y con otra conciencia de los límites el entorno, próximo o lejano, no estás siendo en absoluto un actor pasivo, sino que activas tu ubicación responsable de otra manera. Ya no te crees pretenciosamente dueño de ti, como en años pasados pretendiste, porque el paisaje se te revela con otra perspectiva y otra generosidad. Y en esa amplicación de tu receptividad hacia lo profundo, hasta los sentidos se te han agudizado. Hueles antes de llegar al lugar, escuchas antes de que la conversación se emita a tu lado, tocas cuando aún el objeto de tu tacto no se ha puesto a tu alcance. Tal vez ahí estás ya en un combate seguro contra el tiempo que todos los seres temen que se les escape. A ti no te preocupa. Descubres que caben nuevas prospecciones.




(Fotografía de André Kertész)

miércoles, 26 de agosto de 2009

Carta a Gerda


Inolvidable Gerda. Con frecuencia solías decir que en un click pueden caber muchas vidas, pero también muchas muertes. Ahora que reviso todo estos negativos quedo abatido por el desafío de tus veintisiete años agotados. Para nadie de cuantos nos dedicamos a este oficio testimonial cabe duda alguna de los riesgos. Existe tan poca sospecha sobre lo que nos puede suceder a cada paso que, de ordinario, no pensamos en ello. Nos atrae tanto el objeto que deseamos fotografiar que olvidamos nuestra propia protección. Ese objeto es amplio y diverso, está repleto de costumbres, de actitudes, de seres humanos perdidos en medio de una encrucijada. No sé si todos los hombres son semejantes, pero sí que algunos se mueven por móviles más generosos que otros. Y acaso también más desesperados. No se trata de la desesperación puramente emotiva, que la tienen. Es la desesperación racional de quienes nunca vieron y tocaron tan de cerca el cambio de sus vidas, de su país, de sus estructuras de convivencia. Y que las ven en peligro. Ellos, Gerda, son los que realmente están expuestos, hagan lo que hagan. Simplemente por resistir, por defenderse, por ansiar lo que nunca les había estado permitido. Nosotros, con nuestras cámaras y reportajes, con nuestro acudir frenético a cada lugar que reclama el interés vivo, somos unos privilegiados. Estamos de paso. Acaso no siempre. Tú te has quedado aquí y la sierra de la capital de un país que antes no habías conocido ha decidido tu suerte. No importa si lo que ha provocado tu fin ha sido un accidente, la guerra o lo inevitable que se agazapa en la sombra de cada humano. Mañana puede sucederme a mi. Es el azar, para seguir fotografiando y dejando constancia de la barbarie, lo que nos proyecta o nos ataja en seco. Pensar en ello no nos detiene. Cuando los ciudadanos de un país reaccionan contra lo que consideran injusto y felón, nosotros nos identificamos con sus motivos. A eso ellos lo llaman causa. Para nosotros es incentivo. Naturalmente que nuestro ojo clínico se siente ensalzado cuando alguno de nuestros reportajes es difundido por la prensa del mundo. Pero incluso en ese instante en que nuestra soberbia trata de traicionar el sufrimiento de aquellos que hemos fotografiado hasta la saciedad, nos atraviesa un escalofrío. Es el compromiso. Hay quien lo siente más y quien pretende cumplir con un proyecto y salir lo antes posible de la situación. Gerda querida. Decir que tuviste mala suerte está de más. Para mi, tu muerte es la segunda herida española. Ambos sabíamos a qué veníamos y jamás nos arrepentimos, no obstante las dificultades y las contingencia dramáticas. No eres sino una sangre infortunada más que se ha perdido. Aunque a mi me duela tanto.

Tu Ernö.

domingo, 23 de agosto de 2009

Bakunin y los niños



Siempre me atrajo poderosamente este pensamiento de Bakunin...


“Los niños no son propiedad de nadie: ni de sus padres ni de la sociedad. Sólo pertenecen a su propia libertad futura. Pero en los niños esta libertad no es todavía real; es sólo una libertad en potencia. Porque una libertad real -es decir, la conciencia plena y su realización en cada individuo, basada fundamentalmente en el sentimiento de la propia dignidad y en un auténtico respeto por la libertad y la dignidad de los otros, o sea basada en la justicia - sólo puede desarrollarse en los niños mediante un desarrollo racional de su inteligencia, carácter y voluntad.

De aquí se deduce que la sociedad, cuyo futuro depende por completo de la adecuada
educación e instrucción de los niños y que, por tanto, no sólo tiene el derecho sino también la obligación de velar por ellos, es el único guardián de los niños de ambos sexos. Y como la futura abolición del derecho a la herencia convertirá a la sociedad en el único heredero, ésta tendrá que considerar como una de sus primeras obligaciones el suministro de todos los medios necesarios para el mantenimiento, la formación y la educación de los niños de ambos sexos, con independencia de su origen o de sus padres.

Los derechos de los padres se limitarán a amar a sus hijos y ejercer sobre ellos la única
autoridad compatible con ese amor, en la medida en que esta autoridad no atente en modo alguno contra su
moralidad, su desarrollo mental o su libertad futura. El matrimonio como acto civil y político, al igual que cualquier otra intervención de la sociedad en cuestiones amorosas, está llamado a desaparecer. Los niños serán confiados - por naturaleza, y no por derecho - a sus madres, quedando la prerrogativa de éstas bajo la supervisión racional de la sociedad.”


¿Qué queda a estas alturas de realización o por el contrario de frustración de esta teoría anhelante del anarquista ruso Bakunin? Acaso que en una parte del planeta -en los países laicos, democráticos y occidentales- algo camina todavía en esa dirección, o parcialmente desarrollada. En otras zonas, sometidas al poder de alguna de las religiones esclavizantes del Libro, tanto la mujer como el niños siguen siendo unos ausentes en la admisión de su ciudadanía, por lo tanto en el reconocimiento de su desarrollo personal. No obstante, en el texto de Bakunin hay tanto un anhelo de valorización de la mujer y del niño, que los acontecimientos históricos posteriores a la existencia de Bakunin han ido confirmando, como una cierta dosis de abstracción irresoluta hasta la fecha. En ese final del texto que habla de la supervisión racional de la sociedad la abstracción reina, ya que no es posible esa supervisión sin unos mecanismos de control, lo que habitualmente se conoce como Estado. Algo que parece contradecir las teorías antiestatalistas del teórico anarquista más significativo del siglo XIX. Pero ya es sabido que toda teorización tiene un lado comprobado en la experiencia y en la realidad, y otro lado difuso, inconcreto, incomprobable.

No obstante, me sigue atrayendo la esencia del pensamiento de Bakunin sobre los niños y de su educación: no pueden, no deben, ser propiedad de nadie, sólo de la libertad que tendrán en el futuro. Si se la procuramos.

Violación




¿Quién viola
la intimidad de la noche?

No hay mayor hondura
que su enigma.

Los hombres nacieron ciegos.
Apenas caprichosamente salvados por la luna.

viernes, 21 de agosto de 2009

A sorbos


Si crees que a cada sorbo voy a tragarme una a una mis palabras, ni lo sueñes, y es que podré flaquear, podré articularlas con dificultad, podré incluso dudar de ellas y hasta perder parte de mi fe en sus significados, pero no me apetece cambiar ninguna de mis aseveraciones, no repararé ninguno de mis juicios de valor, por muy arriesgados y quebradizos que hayan sido, no entraré a modificar ninguna de las ideas que, equívocas o acertadas, haya manifestado en este combate entre imágenes y palabras, no alteraré por ello la red abierta de sugerencias, vínculos y asociaciones que las palabras suelen establecer con frecuencia, o por la misma inercia de sus acometidas, o por el estímulo que desarrollan unas sobre otras, como si trataran de desocuparse para hacer nuevos espacios, como si se acumularan en estratos desordenados cuyas frecuencias sólo el tiempo y la evolución de este ente que atiende como mi cuerpo pudieran decidir, y es en este trajín inevitable que me seduce y que me engulle, que me desprecia unas veces y que me vomita otras, cuando percibo que oxigenarme no es solamente respirar, que elegir los vocablos no es solamente jugar con ellos, que lanzar sus múltiples combinaciones no es solo el efecto de un entretenimiento, que hay mucho de sombras que uno trata de traslucir, que hay una densidad que intenta sujetar mi cuerpo y mi imaginación para evitar el vuelo y que yo debo aligerar, no, no voy a hacer de cada sorbo que tu mirada fantasmal me propone una renuncia a todo y cada uno de lo que he venido escribiendo o reproduciendo durante estos tres años últimos, al fin y al cabo lo que bebes de esa copa inevitablemente te llega de los odres de este cosechero del día a día...

jueves, 20 de agosto de 2009

Contemplación



Contemplas los amonites, y cuando sientes que el viento te agita los cabellos, te reconoces. La distancia entre los fósiles y tú es la vida presente. Sabes que lo que viene a partir de ahora es vida presente. El futuro es una entelequia, nada se sabe de él. Una simple manera de hablar. Déjate flamear por las corrientes de los sueños. Haz un estandarte de tu mirada. No te niegues a la pasión incesante. No te reduzcas al ser que no eres. Crece sin impedírtelo jamás a ti mismo. Que la palabra sea tu vínculo con la vida. Y el silencio un escudo ante lo adverso. Y la bondad el deseo de ser siempre nuevo.



(Aguafuerte de Mery Maroto)

miércoles, 19 de agosto de 2009

Federico



Y qué tu muerte
Y qué tu esqueleto de polvo
Y qué tu dedo señalando al infame

Si todos han muerto
menos tus palabras
qué más da

Si el último en apuñalarte
fuera el olvido
qué dirías
a los miserables de la España inmunda

Yo te afirmo:
creces a través de la sangre de todos los poetas
creces en mi
y en cuantos empiezan a aprender el alfabeto




(A Federico García Lorca, 73 años después de su alevoso asesinato que, junto a un maestro y dos banderilleros yacen perdidos entre el limo de la tierra prometida que no lograron jamás)

domingo, 16 de agosto de 2009

Nuevos elementos


A veces las contraventanas ofrecen imágenes casi animistas. Cuando lo traslúcido ha perdido su capacidad intermediaria (los cristales han volado) las representaciones aparecen con todo su vigor. Es entonces cuando se muestran los viejos elementos naturales y, junto a ellos, se pergeñan otros nuevos. Que no lo son, aunque apenas se nombren. Al Sol y al Viento les acompañan el Calor, la Risa y el Cariño. Acaso cada sociedad actualiza los elementos conforme a sus valores y sus necesidades. Probablemente, en este caso no habrá sido la sociedad canónica. Esto suena a obra de disidentes, más bien. Disidentes de los dogmas y exigentes de la satisfacción. No van descaminados quienes sugieren casar nuevas fuerzas de la naturaleza con las de siempre. ¿Son más débiles el calor, la risa y el cariño que el agua, el fuego, el aire o la tierra? Si son paridos por estos últimos, no veo por qué. La debilidad puede residir en que los hombres no se dejen acoger por ellos. Si los hombres se extravían en lo maléfico -la competitividad, la violencia, el negocio, el olvido, etc.- es obvio que no caben nuevos elementos que regeneren la esencia de la materia humana. Oportuno el filósofo callejero, o su tribu, que quiso dejar constancia de nuevos valores sobre los cuarterones de un balcón.



sábado, 15 de agosto de 2009

La belleza




La belleza de los trampantojos ¿puede ser superada por la realidad?

Balcones




Los balcones duermen ignorando al sol. La casa se va quedando vieja. Definitivamente, esta casa no es un palacio.

Chat - Chat




Un rincón de la calle. Todo está lento. La dueña del local de cuadros aún no ha abierto. Un museo al lado y él sin enterarse. Ningún vecino se mueve. La luz llega antes que la actividad. O ésta se rebela y detiene el día en una hora indefinida. El frescor reclama. Acaban de pasar los de la limpieza. Hay que regar las plantas. A él no le agrada el agua, pero a las plantas sí. Ellas la necesitan. La tienda lleva un nombre repetido. Suena a francés. El olor a café sale por la puerta.

En el umbral


El príncipe se asoma a la puerta del palacio. El príncipe se cree que lo es. Tampoco es mendigo. Qué importa lo que sea. Hay una puerta entreabierta. Un espacio interior que se abre a la calle. Prueba. No sabe de lo exterior. Hasta ahora todo son mimos y carantoñas. Le han acariciado manos frágiles. Dentro de la casa huele a gel y a perfumes elaborados. Demasiado extraño, aunque esté acostumbrado. Intuye que no va a poder ser así toda la vida. O acaso sí. Otea el asfalto. El hedor de las cloacas pasa ante su nariz. Teme. Es diferente a la costumbre. Ese olor le repugna por desconocido. Pero con él llega otro tufo que conecta con su especie. La atracción de la sangre le llama. Dilema: salir o no salir. El precio de la domesticidad le vincula. No sabe casi nada, pero a veces ve a otros de su especie deambulando por lo solares. Algo le rasga en el umbral. ¿Saldrá o no saldrá?

Mirar



Se asoma. Entre el aprendizaje y el placer de la observación. Todo es verde en esa edad. Todo está por acontecer. Todo pendiente de ser. Ahora, una mirada. La indecisión de mirar es también la duda de salir. Sólo es un instante. Los años son un instante. Siempre el titubeo. Más allá, la perplejidad tomará carta de naturaleza. Esto ¿es o no es?

jueves, 13 de agosto de 2009

Rescatando a Ferrer Guardia



El 13 de agosto de 1909, cien años nos contemplan, fue ejecutado Francisco Ferrer Guardia, fundador de La Escuela Moderna. Su ejecución, más bien crimen, fue perpetrada por las fuerzas retrógradas y conservadoras del país, principalmente los terratenientes y la Iglesia. Ferrer Guardia, además de un pedagogo que revolucionaba las ideas al uso en su tiempo fue un intelectual laico. A Ferrer Guardia, estas clases patrimonialistas de España (aún los representantes actuales de la Derecha mantienen con cada vez menos disimulo -el subconsciente y sus actitudes les delatan a cada paso- la fe en su sagrado derecho a que el país y la democracia es sólo cosa de ellos) le utilizaron de chivo expiatorio para poner punto y final a los acontecimientos de la Semana Trágica de Barcelona, donde una ola de anticlericalismo bastante explicable generó violencia sobre los bienes de la Iglesia. Le acusaron de "autor y jefe de la rebelión", cuando no tuvo nada que ver con los movimientos organizativos ni callejeros que dieron lugar a la Semana Trágica. La memoria de Ferrer Guardia, salvo en pequeños círculos de ciudadanos que han querido enterarse y en ambientes de la pedagogía moderna, ha permanecido y permanece oculta aún para la mayoría de los españoles.

Paso dos textos de Ferrer Guardia que expresan, de modo sintético pero muy ilustrativo, sus ideas sobre la necesidad de una revolución pedagógica en España ¡ya a principios del siglo XX! Naturalmente, esas ideas eran inaceptables para la Iglesia, que controlaba entonces la enseñanza y pretendía mantener un férreo dominio sobre las conciencias de los hombres.

Texto I.

"He aquí el programa del tercer año escolar 1903 a 1904:

Fomentar la evolución progresiva de la infancia evitando los atavismos regresivos, que son como rémoras que opone el pasado a los avances francos y decididos hacia el porvenir, es en síntesis, el propósito culminante de la Escuela Moderna.

Ni dogmas ni sistemas, moldes que reducen la vitalidad a la estrechez de las exigencias de una sociedad transitoria que aspira a definitiva; soluciones comprobadas por los hechos, teorías aceptadas por la razón, verdades confirmadas por la evidencia, eso es lo que constituye nuestra enseñanza, encaminada a que cada cerebro sea el motor de una voluntad, y a que las verdades brillen por sí en abstracto, arraiguen en todo entendimiento y, aplicadas a la práctica, beneficien a la humanidad sin exclusiones indignas ni exclusivismos repugnantes."

Texto II.

"La moderna pedagogía, despojada de tradiciones y convencionalismos, ha de ponerse a la altura del concepto racional del hombre, de los actuales conocimientos científicos y del consiguiente ideal humano.

Si por cualquier género de influencia se diera otro sentido a la enseñanza y a la educación, y el maestro no cumpliera su deber, sería preciso denunciarle como embaucador, y declarar que la pedagogía no pasa de artificio para domar hombres a beneficio de sus dominadores.
Por desgracia, esto último es lo que principalmente ocurre: la sociedad está organizada y se sostiene, más que como dirigida hacia la satisfacción de una necesidad general y al cumplimiento de un ideal, como entidad que tiene especial empeño en conservar sus formas primitivas, defendiéndose tenazmente contra toda reforma, por racional y apremiante que sea.
Ese afán de inmovilidad da a los antiguos errores el carácter de creencias sagradas, los rodea del mayor prestigio, les da autoridad dogmática, y sucede que después de crear perturbaciones y conflictos, las verdades científicas quedan sin explicación o la tienen escasa y en vez de extenderse iluminando todas las inteligencias y traduciéndose en instituciones y costumbres de utilidad común, se estancan abusivamente en la ésfera del privilegio; de modo que en nuestros días, como en los tiempos de la teocracia egipcia, hay una doctrina esotérica para los superiores y otra exotérica para las clases bajas, las destinadas al trabajo, a la defensa y a la más degradante miseria.

Por eso tenemos la doctrina mística y mítica, cuya dominación y extensión es únicamente comprensible y explicable en los primeros tiempos de la humanidad, gozando aún de todos los respetos, al paso que la doctrina científica, a pesar de su evidencia, queda reducida a la limitada esfera en que viven los intelectuales, y a lo sumo es reconocida en secreto por ciertos hipócritas que, por no sufrir perjuicio en su posición, han de hacer pública ostentación de la contraria."

miércoles, 12 de agosto de 2009

Extensas




Cuánto debe caber entre dos manos
extensas...
En ese espacio flexible
todas las dimensiones son abarcables
con el deseo.
Sólo una es palpable:
la caricia.
Mas otra se abre paso
ilimitadamente:
el aire.


(Fotografía de Jorge Molder)

martes, 11 de agosto de 2009

Pasmo



Se pregunta qué es lo que le deslumbra. ¿Lo nuevo, lo intenso, lo desconocido, lo magno, lo sorprendente, lo excéntrico? A lo nuevo no lo considera sino lo recién llegado; meramente. Siempre se pregunta si lo nuevo es tan nuevo como aparenta. Lo intenso tiene ese tufo inevitable que despide la percepción ansiada de un deseo. Lo desconocido puede tratarse de aquel agujero oscuro que sigue siendo oscuro. Lo magno le resulta con frecuencia diminuto. En cuanto a lo sorprendente le parece que reside en la falta de adecuación de la propia receptividad.Y sobre lo excéntrico, ay, ¿qué decir acerca de lo excéntrico? Su fama dudosa no está sino motivada por la incomprensión misma de los hombres. Es la racionalidad contradictoria y maltrecha de estos la que le saca de quicio. Los hombres se constituyen en patriarcas de una lógica aparentemente ordenada, repleta de contradicciones y falsedades. Y ese patriarcalismo autoritario conlleva el desprecio sobre cuantos lo denuncian. A estos se les tilda de orates, de excéntricos, de subversivos. Lo que deslumbra. Él se contestaría a sí mismo que lo que deslumbra es simplemente el reflejo de las cosas. Las cosas, ya sean objeto o acontecimiento, poseen esa propiedad ineludible de incidir sobre las vidas. Y sin embargo, no tienen vida propia. Son sombras chinescas que juegan a aseverar como realidad indiscutible lo que suelen ser proyeccciones. Son nuestras flaquezas o nuestras afirmaciones, nuestras ignorancias o nuestras pretensiones, nuestras desmesuras o nuestros límites, nuestras insensateces o nuestras corduras, nuestras decisiones o nuestras dudas. Todo ello, en su manojo ambivalente, es lo que ata los destinos perecederos. Algo que, a la postre, obra como bumerán. Atrapado entre la indecisión sobre si abrir o cerrar los ojos, el hombre no quiere convertirse en la representación imaginaria.


(Autofotografía de Jorge Molder)

domingo, 9 de agosto de 2009

La acacia



Se abre el silencio.

Contemplo la acacia.
Se cimbrea.
Es tu imagen.

Soy el aire.

El ramaje no deja de agitarse
y mi mirada no se desvía
a parte alguna.

Soy el viento.

Embate que no derriba ni una hoja
de su fronda.
Tan sólo la mece.

Soy el rumor.

Su cadencia agrada a mis sentidos.
Danza fértil
recubierta de soledades.

Soy el ritmo.

La complaciente savia
donde nos nutrimos día a día
piel a piel.

Soy la voz.

Lo que queda al anochecer
cuando los cuerpos borran
sus perfiles.

Soy la caricia.

La última expresión.
La letra invisible y definitiva
que nos interpreta.

Sólo soy el eco incesante.

sábado, 8 de agosto de 2009

De repente


En lugar de huir de la tormenta, tú te refugias en ella. Eso es lo que más me gusta de ti. Que no la temes. Que, aun sabiéndote en riesgo mientras se manifiesta, a su vez te identificas con ella. Y la desafías. Eres cómplice. En tu presuntuosidad te consideras fuerte. O se trata de una huída hacia delante, práctica habitual en tu existencia. Tal vez es un esquema mental a través del cual buscas lazos con la naturaleza. ¿Cuántas veces has soñado que el relámpago te absorbía? Hasta ahora, todas las tormentas te han respetado. Unas veces te pillaban a pleno campo y el aparato no te rozaba; solamente llegabas calado. Otras veces te refugiabas del aguacero bajo tu árbol favorito, sin imaginar que las leyes de la electricidad podrían haberte fulminado allí fácilmente. No eran las tormentas que sobrevenían en plena tarde cálida las que te sobrecogían. Era la alteración de la vida cotidiana lo que te quebraba. El cielo adelantaba la noche; la casa se quedaba sin luz; el transformador absorbía los rayos de forma atronadora. Y el temor elaborado en la familia, transmitiéndote su inquietud, paralizada parte de ella por el oscurantismo de sus mentes. Aprendiste a sobreponerte al miedo saliendo cara a cara a la lluvia torrencial, subiendo a la terraza cuando más tronaba, corriendo hacia los chopos de la orilla del arroyo. Haciendo de tu mirada un observatorio sobre aquellos grandes ofidios de fuego y de velocidad deslumbradora que surcaban el cielo. Te dejabas deslumbrar. Los tuyos te gritaban que te pusieras a cubierto. En ocasiones nadie daba contigo. Algo latía en tu interior que te hacía dialogar con la furia liberada en el espacio. Fue hace mucho. Te queda algo de aquello. Aún hoy, cuando resuena el firmamento y las luces espontáneas se reflejan dentro de tu habitación, te alzas y abres de par en par la ventana. Te descamisas, exhibes tu pecho. Como si quisieras ser tomado por toda la energía flotante. Un pulso ambicioso. Una temeridad. Acaso te niegas a la pérdida de la última inocencia.

viernes, 7 de agosto de 2009

Conjunción




La vida se dotó de maneras
que parecían imposibles y las hizo suyas,
nuestras.

Tenían rostro, tenían nombre,
exhibían la lentitud de quien se sabe
a salvo de las condiciones del tiempo.

Se erigían como metálicas letras de alfabeto
creciendo sobre sí mismas
a medida de los deseos.

Cursaban geometrías
en cuyas curvas el horizonte
se transformaba en extravío.

Nada era imposible para la vida,
a pesar de que sus lágrimas empapasen
palmo a palmo
los caminos baldíos.

martes, 4 de agosto de 2009

Prometeicas



Cantad, hijas de la Luna, las últimas plegarias a Prometeo.
El hijo de dioses que arriesgó su ser porque aventuró su libertad
Al rescatar del poderoso tronante el elemento que da vida
Y ponerlo en manos de los hombres
A quienes les fue hurtado anteriormente.
Desgañitaros en vuestro dolor
Oh, mujeres que alzáis vuestros pies sobre la perversión y el olvido,
Sobre el dominio y la oscuridad.
Mas no hagáis de él espectáculo alguno
Ni ritual ni justificación ni ceremonia hipócrita.
Que el drama que tratáis de representar sea un conjuro
Y no consista en sepultarlo en el silencio.
Haced una versión nueva sobre su fatal destino
Para que no sea devorado eternamente
Por la impiedad y la venganza de los perpetuos resentidos.
Clamad para que vuestros cantos
Sean más imperecederos que la alevosa acometida
De sus enemigos.
Para que su condena sea redimida como acto de justicia
Y no como una exigencia innoble de contrición.
Extended vuestras manos para que el mismo elemento que él os concedió
Sirva para iluminación y prenda la fragua.
Trenzad el calor de vuestros cuerpos
Y que su acero rusiente libere al esclavo de sus ataduras.


(Pintura de Frantisek Kupka)

domingo, 2 de agosto de 2009

La antorcha


Cada día me convenzo más de que pasear por la ciudad de toda la vida sigue deparando sorpresas. Si vas con la mirada no necesariamente escrutadora, sino simplemente curiosa, con la atención entusiasmada y sobre todo con tu tiempo relajado te percatas de visiones que te habían pasado desapercibidas hasta ahora. A veces, ni sabes por qué. Hay un factor casual aparente, pero una razón en lo más hondo de ti. Y entonces, la pregunta: pero si lo que descubres estaba ahí, incluso desde hace más de cien años, ¿por qué antes no te habías fijado en ello? La respuesta no es el objeto. La respuesta eres tú. Porque no eres el mismo de ayer ni de anteayer ni de cuando creciste ni de cuando te convertiste en el adulto presa de los quehaceres. Basta con que algo dentro de ti se haya modificado en tu interés, incluso de un día a otro, para que un edificio, una calle, una balconada, una puerta o la sonrisa de un rostro cargado de arrugas te diga de pronto algo.

Así fue como Fackel encontró esta tarde su Antorcha en una soberbia puerta de madera de su barrio de toda la vida. Dos animales fantásticos, cuya caracterización ahora mismo se me escapa (tengo que indagar) la mantienen empuñada con sus garras. Muestran sus rostros fieros a uno y otro lado del cáliz de fuego. ¿Serán también uno la Resistencia y el otro la Indignación? Hay en sus miradas un desafío a la vaciedad, una acometida contra el oscurantismo, la firmeza exagerada de mantener la luz en un mundo que, paradójicamente, deambula arriesgadamente entre caprichos tenebrosos.

Es como con el tema de la lectura. ¿Por qué libros leídos en la juventud o en la estrenada madurez, cuyo significado apenas me había afectado, si los releo ahora me deslumbran y veo en ellos un tesoro que se me había escapado de las manos? Los libros son los mismos, nadie ha modificado el texto en todos estos años transcurridos. Pues bien, la clave es que yo ya no soy, ni por asomo, el mismo. Y la vida te vuelve más receptivo, más sensible, más exigente, pero a la vez con un deseo irrefrenable por seguir persiguiendo el gozo, sea cualesquiera la forma que éste revista.

Tal vez sea por esa razón que la propuesta que recientemente me vengo haciendo a mi mismo pasa por releer aquello que hace treinta o cuarenta años me significó pero no acabé de captar. No es que tenga nulo interés en leer textos nuevos. Es que pienso que no lo son tanto, es que creo que antes ya se escribió y dotados además de una forma y un fondo redondos, es que uno ya no tiene tiempo de perder la ocasión del placer, y quiere asegurarse el fruto delicioso del árbol prohibido.

No sé por qué recuerdo ahora unos versos del checo Vladimír Holan, si por el descubrimiento de la antorcha esculpida por un ebanista hábil en una puerta o por mis reflexiones acerca de reordenar lecturas.

Entre la idea y la palabra
hay más de lo que somos capaces de entender.
Hay ideas para las que no hay palabras.

El pensamiento perdido en los ojos del unicornio
reaparece de nuevo en la risa del perro...

sábado, 1 de agosto de 2009

La ventana


Esto es muy extraño. Empiezo a sentir pasión nuevamente por las ventanas, por muy empobrecidas o destartaladas que estén. Sospecho que también por las puertas, por las oquedades y por cualquier agujero abierto en un muro. Viene de lejos mi pasión por cualquier clase de intersticio abierto que rompa los espacios cerrados. Aquellos que tratan de acotar la expansión de los individuos. Una vez, en mi infancia, jugando al balón en la escuela con un grupo de chicos alguien lo lanzó demasiado fuerte y fue a parar al patio de una casa próxima. Ésta tenía un portalón de acceso a carros, cuya dimensión era enorme y el maderamen era sumamente macizo. No obstante, tenía un pequeño defecto. En la parte inferior, había una pequeña rotura y no se acoplaba bien al cierre. Salvo un gato, nadie hubiera podido entrar por allí. Pero la necesidad estimula la imaginación e incentiva el fin. Todos los chicos miraron hacia el más pequeño, que era yo. Entre ellos forzaron con sus cuerpos el boquete. Yo me deslicé rasgándome la camisa, arañándome algo la piel, pero penetré en el patio, rescaté el balón y volví a salir en una acción cooperadora de toda la tribu. No sé si me entusiasmó más rescatar el balón, afirmarme en mi propia hazaña arriesgada o percibir la camaradería. Desde entonces tengo un aprecio especial por todas aquellas aberturas que van desde una roca o una vivienda hasta el cerebro humano pasando por los espacios que la anatomía ha dotado en nuestros cuerpos. Nada hay cerrado absolutamente. Y quienes pretenden clausurar ideas, limitar vidas o repugnar la belleza de los cuerpos no tienen mucho que hacer. Siempre se abrirá una ventana que proyectará más nuestra visión interior.