miércoles, 16 de abril de 2008

Destino



Leyendo a Jorge Luis Borges...

Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es decir, que me sucederían muchas cosas malas y algunas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras, sobre todo las cosas malas, ya que la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin.

¿Tiene sentido distinguir entre realidad e irrealidad en un mundo totalmente alterado? ¿No son sofismas este tipo de divagaciones abstractas que algunos aún esgrimen? Borges lo deja claro. Las palabras son testigos. Exorcismos de nuestras condenas. Manifestaciones de nuestras infelicidades. Transustanciación de nuestras actitudes. ¿No nos pasa a muchos que desde la infancia vivimos el cine o la literatura como la representación de nuestra vida? ¿En qué momento se fundieron las imágenes del fondo de la cueva con nuestros instintos? ¿En qué punto sorteamos las obligaciones convencionales desplegando los Yo que llevamos de recambio? ¿En qué estación del camino decidimos manipular las agujas de las vías? Cualquier cosa menos aceptar la caída irredenta. La desnudez no es vacío ni desposesión, es manifestación del resurgir. Pero sin representación paralela, no renaces.

lunes, 14 de abril de 2008

El otro mundo


En algún lugar, la mirada sobre el mar es de ida y vuelta. Por allí partieron los héroes, los aventureros, los fugados, los exiliados, los esclavos, los perdidos, los pescadores sin vuelta...Hay gente que se acerca a las playas o a los malecones a asomarse a la ida imaginada o a figurarse el retorno que no es. La vista no alcanza a superar el giro de la redondez de la Tierra. Ni logra descifrar un mundo que sólo habla para sí mismo. Las olas encrespadas, el litoral erosionado, el vaivén de la línea infinita que se alza y decae, la humedad que cierra el cielo y la tierra, el cromatismo alterno, el uniforme olor salino...son argumentos que escapan a la comprensión de los condenados de este lado. Los visitantes de la orilla celebran el ceremonial de la mirada queda. Escuchan rumores, se sazonan en sus tristezas, callan, sueñan, se abstraen. ¿Cuántos Ulises forzados llegaron a alguna isla, cuántos embarrancaron, cuántos copularon con las sirenas, cuántos fueron despedazados por los listrígones, cuántos fueron cautivados temporalmente por las Calipsos a lo largo de los siglos? El otro mundo no es la costa lejana, la que se supone que emerge más allá de las aguas. El otro mundo es ése, el oceánico, donde el habitante humano es o viajero o náufrago o cadáver. Donde no cabe nadie si no está en tránsito. Donde nada tiene significado sino en la deriva. La mujer y los hombres establecen un día más un diálogo mudo y, después, de dan la media vuelta.

(Leopoldo Pomés fotografió la escena)

Lo profundo



Lo profundo es el aire.

Jorge Guillén

sábado, 12 de abril de 2008

La orfandad de las doncellas


Malherido, resiste. Y el héroe que se postula canta ya la victoria. Asterión se arrastra con el dardo profundo en sus entrañas. Han sido liberadas las doncellas y la nave se aleja del laberinto. El mito debería acabar aquí. Pero ellas se asoman a cubierta. Lanzan ayes al contemplar los estertores de su antiguo carcelero. Le llaman con angustia, le compadecen, le reclaman, lloran con acritud. Teseo, desde el timón, se desespera al contemplar su obra demediada. Ha vencido al monstruo, pero no cuenta con el apoyo de las vírgenes. Demasiado tiempo han pasado en el reducto de la bestia, piensa, y no han visto nunca otro país. Teseo cree que es la ausencia del laberinto lo que las confunde. La falta de horizontes, el desconocimiento de otros paisajes, la privación de los aprendizajes. Él ha llegado hasta la ciudad de los sacrificios, precisamente para que ellas descubran el mundo de las posibilidades. Eso es lo que las dice. Para ello ha realizado un viaje arriesgado y cumplido una misión difícil. El rescate ha sido doble: ha sacado a las jóvenes de la cautividad y, por otra parte, ha eliminado al agente del sometimiento. Deberían agradecérselo, cree. Pero ellas, lejos de dejarse convencer por el razonamiento del héroe, siguen invocando a la fiera. Minotauro, padre, no sufras, le gritan. Esposo, no nos dejes, braman. Amante, no nos traiciones, se desgañitan. Hacedor, no nos abandones a la privación de lo ignoto, vociferan. Asterión escucha acongojado los lamentos de las doncellas. Es amarga la separación, mucho más dura que la propia muerte, se repite a sí mismo. Pero en la caída final, baboseante de sangre y desesperado por los dolores, el Gran Híbrido encuentra alivio en esas hijas que le recuerdan, en esas esposas que le retienen, en esas amantes que le desean, en esas obras que él ha recreado. Pero los dioses también saben ser clementes y equitativos, y manifestarse a través de la naturaleza de las cosas. El mar ha escuchado las lamentaciones de las doncellas y sale en su ayuda. Conviene con los vientos en que la nave no avance. Expande su manto azulado sobre Minotauro para ocultar su sangría y que muera en paz. El segundo mito debería terminar en este instante. Pero Teseo, sintiéndose herido en su amor propio y cuestionado en su altísimo cometido, se enfurece. Mas nada puede hacer ya. Los elementos no están de su lado. Las mujeres le han dado las espalda definitivamente por su fiereza y su capacidad manifiesta de engaño. La nave está enteramente en manos de ellas. Junto con las aguas y los vientos pueden decidir el futuro del tercer mito.



(Minotauro, según Picasso)


viernes, 11 de abril de 2008

Búsqueda



No. No la hay. La buscas tenazmente. Con perseverancia. Incluso con desesperación. Tu insistencia te lleva en ocasiones a tomarla por lo que no es. Has abierto muebles, registrado bolsillos, mirado en escarpias, volcado cuencos y tanteado estantes. Pero no la encuentras. Y sin embargo, se te ofrece. No te engañes. No suele existir sobre una superficie virgen. Las llaves no se buscan entre lo no habitado. Lo no habitado son espacios abiertos, sin dimensiones, sin límites. Tal vez pendientes de existir. Es cierto que a veces se nos ofrecen como tales lo que son sólo estancias desocupadas. O encaladas nuevamente. Y tras sus blancores aparentes se ocultan viejas capas, olvidados dibujos, diluidas coloraciones, repudiados esgrafiados que carecerían hoy de sentido. Pero, ¿existen los espacios absolutamente ilimitados? Has ascendido a amplias parameras, caminado por la taiga más húmeda, atravesado praderas fértiles y derivado por desiertos suspirando con ansiedad el advenimiento de un oasis. Creiste que el fin del mundo -y su origen- estaba allí mismo y, como tal, te parecía que era concluyente su dispersión hacia todos los puntos cardinales. Nada más lejos de tu imaginación el pensar que aquellas infinidades pudieran ser cerradas en algún extremo no alcanzable por los sentidos. Ni sospechaste nunca que un resorte pudiera clausurar tus sueños. Y luego has sabido que en el cuerpo natural del planeta también lo hay. En algún punto, las estribaciones de una cadena montañosa zanjaban tu error. Y los compartimentos estancos se abrían abruptos y dificultosos para tu caminar. Tal vez fue en ese momento cuando recordaste que los artefactos mecánicos existen. Aunque sean tan sencillos como una llave. Que abren y cierran espacios y, por lo tanto, indagaciones. Y por lo tanto, hallazgos. Sospechas que tu propia identificación se despliega entre paredes donde, como mucho, se descubren vanos cubiertos con puertas que conducen a otras dependencias y éstas a otras. ¿Hay fin en la persecución de la búsqueda?, te preguntas. Y mientras, contemplas su simulación. La objetivación de un símbolo. No la encuentras. Se te fija la idea de que abrir es interpretar. Te obsesionas con que si no interpretas, si no sabes, si no conoces, no revelas el pasado. Y con que, tal vez, no podrás transitar el futuro. ¿O no es tu caso? No la encuentras. Sólo la hallan los que clausuran con facilidad los portones de la insignificancia. Pero tú no eres de esos, no eres de los que cierran, sino que dejas siempre esa corriente que se comunica a través de ti, de un lugar al otro del mundo. Podría decirse entonces que no la necesitas, que no tiene sentido plantearse su registro. Mas como espectro, sigue apareciendo en tus ensoñaciones.

(La llave la puso el fotógrafo Nimoy)

lunes, 7 de abril de 2008

El sueño de Calipso


Al alzarte desde la vorágine del sueño, te viste de pronto bañada por el sol. El oleaje te fue llevando de una costa a otra de tu isla. No advertías las huellas salvajes que el follaje iba ocultando al borde de tus pasos. No captabas tampoco los susurros de los habitantes que moraban agazapados entre las grietas de la tierra. Ni siquiera alcanzabas a ver sus sombras de trapecistas tímidos sorteando sendas escarpadas y veredas de ríos atrapadas por los juncales. Sus movimientos era imperceptibles; sus observaciones, atentas; su admiración, contenida. Al echarte a secar sobre la arena, la sal te fue vistiendo con la túnica sagrada de la esbeltez. Desde tu apacible abandono mirabas distraída las oquedades de las laderas, sin notar que sobre tu piel permanecían fijos los ojos ausentes de los polifemos vencidos. Llegaba hasta ti la sonora cadencia de la lluvia que ascendía desde el mar rasgando el acantilado. Poco a poco, aquel tono delicado fue volviéndose más desgarrador mientras inundaba los pliegues de sus verticales. Amparándose en los vértices que la confluencia del sol con los abismos de la isla trazaban, con el fin de protegerte, la espuma tejía un encaje de plata sobre tu boca. El viento te sacudía compasivamente al principio, celoso después, y hacía de tu crin soberbia un desafío al tremolar de la floresta que te rodeaba. Te despojaba de las memorias más antiguas, tornándolas inexistentes, invitándote a una nueva vida, tentándote con una nueva ensoñación. Los cantos de las aves atemperaban los lamentos de los seres que no perdían de vista tu exhibición de placidez. Tú les ignorabas y ellos dejaron que te manifestaras en tu plenitud. Sentiste sed. No tardaste en hallar hendiduras a los pies de las rocas, donde el agua remansaba y se podía absorber. Entraba calma a través de tu garganta y te procuraba un bienestar que antes no habías probado. Y sin embargo te parecía que ya habías estado acostumbrada a su ligereza. La isla toda estaba a tu alcance. Se desplegaba ante la suavidad de tus pisadas y te reconocía. Con movimientos lentos retabas las leyes de aquel reino ignoto en el que empezabas a sentirte bien. No te dejabas afectar ni por sibilinas visiones, ni por ruidos inciertos, ni por matices cambiantes de un cielo que no contabilizaba en tiempo. Fue al atardecer cuando empezaste a sentirte hojarasca. Lejanos vientos llegaron a través de los espacios menos angostos entre islas y desplazaron la calidez anterior. Tu cuerpo perdió de pronto su materia animal y se nutrió de aquellos aires agitados y fríos que anunciaban la noche. Abrazaste tus dimensiones en un intento de mantenerte incólume y protegida frente al cambio advenedizo. Algo provocó en ti una deriva que te alarmó. Al rozar con tus dedos las partes más turgentes de tu cuerpo percibiste que acariciaban filamentos, que tus cabellos se transformaban en enredaderas, que tus extremidades se fundían con los ramajes de los caminos y que tu pecho emitía un aroma a plantas nocturnas. Toda tú envuelta en fronda, supiste que la noche iba a ser tuya.
(Katia Chausheva, foto)

sábado, 5 de abril de 2008

Sherezade ausente


¿Quién dijo que el principio fue el desierto? El origen fue fértil, y los dos ríos transcurrían trazando un círculo amplio que se fue ovalando. Y en esa geometría de humedad y espacio, las vidas fueron creciendo y engendraron otras vidas. Y las formas se multiplicaron, en función de la necesidad. Los hombre comieron de la tierra. Y los campos germinaron y las cosechas fueron recolectadas. Los seres se protegieron del cielo. Y los cubículos se adaptaron a los usos y a la subsistencia. Los habitantes necesitaron transcurrir. Y surgió el diseño de las urbes. Y las líneas invisibles entre unas ciudades y otras desbordaron oasis, atravesaron praderas y acariciaron riberas fecundas. Los materiales del suelo hablaron, y los hombres los interpretaron con tesón y con ocurrencia. El barro se elevó hasta cubrir los goces y los llantos. Luego se revistió de cristal hasta revestir los palacios. Las canteras parieron para exultar los hombres dioses, pues sin la materia que los representase no podrían existir. Se trajeron basaltos lejanos para urdir en ellos las leyes más exactas de su tiempo, que regularan vidas y justificaran privilegios. Aun el limo más sensible se hizo cuajar para hornear la fragua de las palabras. Y los pictogramas de la cuña invadieron la tierra desde donde fueron engendrados. Y el misterio del alfabeto rasgó el pensamiento de las vecindades y se desperdigó y se transfiguró por apartadas extensiones. Hubo muchas caídas después, nuevos ascensos de dominios, y luego el extravío. El ajuar de las vidas acabó simplemente elevando los terrenos con la acumulación de detritus y de polvo. El tiempo hizo el resto. Desgaste, ocultación, silencio, olvido. Mucho después, no se sabe bien si por el viento, el azar o el renacimiento de otros hombres volvió a ser habitada pujante la tierra efectiva. Su emblema se llamó Bagdad. La ciudad se contemplaba en el Tigris y éste corría sin temor hacia su hermano, en pos de una fusión incestuosa hacia el mar. Eso sucedió hace mucho, mucho tiempo. O tal vez fue una creación de la literatura y Sherezade lo discurrió para preservar su vida. Por cierto, ¿dónde está hoy Sherezade para asegurar el presente?

(Postal de Bagdad de los años 60 del siglo veinte)

jueves, 3 de abril de 2008

La muerte de su muerte


Con cada puñalada, a él se le desprendía un trozo de la carne. Al principio los músculos, ostentosos y fieros, se trenzaban para mostrarse al borde de su explosión. Después, las venas se le remarcaron formando con aquella hinchazón una seña de identidad estéril y patética. Más tarde, el cabello se iba escapando de su cráneo desgarrándose en mechones huérfanos. Los pectorales se descompusieron como un prisma cuyas caras transparentes ya no podrían observarse a ningún trasluz. Sus hombros perdieron la altivez y el efecto de percha. Su tronco fue agujereándose desmedidamente con la velocidad y la virulencia con que él mismo acometía a su víctima. Las manos dudaban en sujetar el largo cuchillo, a medida que se cuarteaban y perdían su envés. No vio ya el ombligo y eso le turbó. El vaho de su respiración extremadamente agitada dejó de elevarse. La saliva espumeante le bloqueó la garganta. Sintió una amputación dolorosa y desmedida en su pelvis, y ahí acabó de extraviar la palabra. No pudo mirar su pérdida infame, porque los ojos le caían hacia el abismo negro a través de las cavernas siniestras desde las que había contemplado antes con odio a su mujer. Un ay postrero le mató cuando mataba.



(Connie Imboden presta la fotografía)

martes, 1 de abril de 2008

El sonido del mar


Viña do sul ou dum verso de Homero.
Como dormir, depois de ter ouvido
O mar o mar o mar na sua boca?


(Venía del sur o de un verso de Homero.
¿Cómo dormir, después de haber oído
el mar el mar el mar en su boca?)

Eugénio de Andrade, El otro nombre de la tierra.


(Fotografía de Katia Chausheva)


domingo, 30 de marzo de 2008

Laberinto (lenguaje)



Laberinto

El lenguaje, creedme, es discordia
en la que un término nos otorga otro distinto.
Deseo y duda viven continuamente
en discrepancia, donde la palabra
hace burla de lo que ama.
¿Qué es lo que hace germinar? ¿Muerte y nacimiento a un tiempo?
Permanezco en su seno y nada he perpetrado.
¿Cómo llegué a ese mágico lugar?
Es la palabra tamiz que criba el mundo.


Der Irrgarten, Karl Kraus.

viernes, 28 de marzo de 2008

Minotauro



Minotauro, Minotauro. Eres todo fortaleza, pero ya es sabido que la bestia cae derribada con frecuencia ante la apacibilidad de la durmiente. Aparentas fiereza durante las horas diurnas y en la vigilia constante que despliegas ante los intrusos. Mas te vuelves tierno cuando la noche acecha. Conoces mejor que nadie el recorrido del laberinto, aunque a veces te sientes perdido dentro de él, porque en la costumbre está la trampa. No hay una configuración fija, inalterable, eterna. Cada día se modifican las calles, se enervan las alturas, se trazan las travesías, nacen espontáneos los callejones sin salida. Tal vez incluso se amplía el perímetro de sus murallas y de sus recovecos. Y cada jornada tienes siempre algo que aprender de su expansión. Es tu hábitat. Pero no por crecer hallas más libertad de movimientos en su áspero seno. Cierto que te llegan aromas de otro mundo. El viento que se cuela en el laberinto huele unos días a mar, otros a trigo, otros a foro donde se exhibe el labris, otros a barrio donde bulle el gentío. Cierto que traspasan los muros de tu bosque cerrado los sonidos del más allá. El aire puede transportarte canciones de juegos infantiles, súplicas de madres, llantos de amantes robados, baladas de pastores que otean los paisajes abiertos que tú añoras tanto desde que te fueron privados, cantos guerreros de ejércitos que podrán imponerse a sus vecinos pero que no han podido todavía contigo. Cierto que iluminan tu cielo el tránsito juguetón de las nubes, el raso azul del cielo, el ardor implacable del sol, el apaciguador tejido de las estrellas. De alguna manera te recompensan de tu destino desdichado. En ocasiones te preguntas cómo será todo ese territorio que está al otro lado de tu condena. Sientes su atracción. Sientes una llamada poderosa que, sin embargo, no puedes seguir. En el fondo, no quieres salir de tu inmensa cella. ¿Sabrías estar fuera de tu cubículo de sangre y semen? Probablemente tratarías de convertir en un dédalo inmenso todos los territorios que conquistases. Porque no tienes otra referencia. Porque has olvidado otra vida posible, aquella que anteriormente te fue negada. No pretendes liberarte de tu misma condición. Pero no puedes traspasar las almenas ni atravesar las puertas que no se han construido. Por ello tratas de adecuar tu espacio con la simulación de una vida que no es. Haces frente a los competidores que juegan a héroes, pero acoges a las doncellas con la delicadeza y el respeto que corresponde a tu nobleza. Nada obtienes de ellas sin que ellas te lo concedan. Si con los infiltrados armados, que pretenden asesinarte a traición, te muestras inclemente y fiero, con las jóvenes entregadas por los reyes cobardes adoptas una actitud comprensiva. Ellos, que vienen a traer tu muerte, no se merecen la piedad. Ellas, que llegan para aplacar tu deseo, deben ser ensalzadas y es tu deber salvaguardar su existencia. Te burlas del martirio estéril de los jóvenes varones que han accedido a tus dominios. Pero admiras la profundidad del sueño al que la mujer, agotada por el miedo o la confusión, se deja vencer. Esa caricia en ciernes obra como un punto de contrición. ¿No es ése el resquicio de salvación que les queda siempre a los Minotauros?



(Grabado de Picasso, pertenece a la Suite Vollard)

martes, 25 de marzo de 2008

La España negra de Azcona



Cronista de la España negra, vía guiones de cine español. No es que pintara las cosas de negro -había dicho- es que la vida es negra y hay que reflejarla tal cual es. En la mejor tradición de un Gutiérrez Solana -que paradójicamente recreaba por partida doble texto e imagen pictórica- Rafael Azcona se sumerge en el surrealismo sin fin. Se ha muerto y ha conseguido que no nos enteráramos. Su creación está entre lo mejor de la filmografía española de la segunda mitad del siglo veinte, y yo se lo agradezco. ¿Ustedes no? Pues si han perdido la memoria recuperen y revean Plácido, El verdugo, Ay, Carmela o La lengua de las mariposas. Esa España negra de Solana es llevada a la pantalla. Y luego comparen, a ver hasta qué punto las cosas han cambiado.

Como homenaje a Azcona, rescato unos párrafos del prólogo que José Gutiérrez Solana escribiera para su libro La España Negra, editado en 1920 por primera vez. Seguro que Rafael Azcona disfrutaría sana y enormemente con el texto. No tiene pérdida y sugiero acceder a él.

“Yo me he muerto, lector, creo que me he muerto; este libro quedará sin prólogo. Aquel maldito dolor de cabeza, aquel resonar de huesos, aquella distensión de los tendones que parecía arrancar la carne, tenía que terminar en ragedia, y así ha sucedido.

¿Era yo el que estaba metido en el ataúd muy estrecho, con unos galones amarillos y unas asas y cerraduras que tenían puestas las llaves pintadas de negro como los baúles del Rastro, y la tapa que iba a encerrarme para siempre, arrimada a la pared, con una larga cruz amarilla y con mis iniciales J.G.S. en tachuelas tiradas a cordel, y una ventana encima de estas letras con un cristal?


Así ha sucedido; soy yo el que me veo entre cuatro velas, que proyectan fantásticas sombras en la habitación y que es lo único que me distrae en esta soledad; tengo los brazos rígidos a lo largo del cuerpo; en las mangas se me han hecho algunas cortaduras, lo mismo que en el pantalón, por las que asoma el blanco de la camisa y el calzoncillo. Un pañuelo negro, que seguramente subió la portera, oprime fuertemente mi mandíbula y deja marcada una raya en el pelo, que tengo al crecido, seguramente lo puso para que no desarticulara mi mandíbula y no me desfigurara.”

domingo, 23 de marzo de 2008

El cuerpo de la letra


Ese instante en que el cuerpo es una letra. En que el texto del libro asido se derrama sobre el diván. Configurando una sintaxis, un argumento añadido, la continuación de una historia. Untando de palabras las manos, el vestido, la tapicería. Las horas cesan y los sueños se encarnan en una recitación postural. Olvido de los quehaceres, traición de los compromisos, desplazamiento de las cuitas más aguerridas. ¿Cómo modelamos nuestra naturaleza cuando leemos? El cuerpo se flexiona para facilitar el viaje de la mente. Renovación de posiciones, variedad infinita de escorzos, generación continua de movimientos. Leemos en plan de cubito supino o con el brazo bajo la cabeza, sujetando el libro con dos manos o con una, con tres dedos o con dos, en fetal o boca abajo, inclinando las vértebras o cruzando las piernas, elevando los talones o golpeteando con las suelas el firme. ¿Dónde leemos? En los lugares de costumbre y en los espacios del azar. En la rigidez de una espera y en el paseo. En los ámbitos a media luz y bajo el foco. En el recogimiento y en la intemperie. En la tensión y en la flojedad. En la euforia y en el derrumbe. En el tránsito y en la paralización. Al borde de un río y apoyados sobre una mesa de mármol vieja. En el barrio nuevo y en la ciudad antigua. En lo alto de un acantilado y a la vera de un erial. Escuchando el rumor agitado de la lluvia que cae y embutidos en el silencio del desierto. Leemos a boca cerrada y leemos musitando. Nos sentimos como Dánae, fecundados por la lluvia de oro impresa enviada por el dios.


(La fotografía es obra de la artista búlgara Katia Chausheva)

sábado, 22 de marzo de 2008

La salvación


La caída del tiempo. ¿Qué imagen se desdobla dentro de ti y trata de salvarte de perecer? ¿Qué alocada carrera te lleva al punto de terminar desfallecido? ¿Quién surge desde las sombras y te sujeta? ¿Qué ente aparta la bruma e intenta insuflarte otro ser, otro paisaje encarnado? ¿Qué espectro paralelo nace de tus costillas, desde tu cabello a tus pies? Dices que no quieres desproveerte de tu bagaje, ni dejar de ser el que conoces. Entonces, ¿qué te impide parar, tomar aliento, mirar la primavera con ojos claros? También los corredores de fondo extravían su carrera, también abandonan, también se retrasan y permiten ser superados por los competidores. Es la soledad de sus sueños las que les precipitan en el desbocamiento. Pero la conciencia de los límites desgarra al hombre y le vence. No le mata. Le hace consistente. El final nunca es definitivo, si te ves tomando el relevo de ti mismo. Plantando cara a las antiguas exigencias que aún se remueven en tus entrañas. ¿Qué vida desalojas y cuál haces germinar entre figuras indefinidas? ¿Temes fracasar ante una nueva carrera? ¿Y quién te dice que debes salir a pista? Siempre has odiado las competencias, las demostraciones, los pulsos que no llevan a parte alguna. Acúnate, déjate tomar por ti mismo, enderézate mirándote a los ojos. Busca la salvación en el sosiego.


(Connie Imboden compone la imagen)

viernes, 21 de marzo de 2008

Está aquí


Así surge la fuerza de la primavera. Sibilina, entre disfraces, lenta. Aparentando romper la noche fría. Una demostración visual. No prepara el camino a nada. Es en sí misma el camino. Es toda ella el destino. Aún sin rostro, aún sin cuerpo, aún sin dimensiones. Y sin embargo exhibiendo su capacidad de despliegue. En tránsito, indica desde donde viene, pero apenas sugiere a donde se dirige. Morirá justo en el siguiente tiempo, el solsticio, que le habrá ganado el pulso. Parte la opacidad del origen tratando de instalarse en la luz, apenas matizando todavía los colores. Está llegando ya aquí, pero se adueña antes de nuestro deseo, de nuestra imaginación, de nuestro fervor. Más una percepción intuida que comprobada. Su actitud extensiva invita a ser tomada. Si extiendes la mano, ella te tomará a ti. No sirve hacerse a un lado. En su avance, traza un círculo de posesión cuyos brazos reman hacia nuevas certezas. Desgarrándose, conforma la verdadera Pasión. Los ciclos paganos se impusieron a los religiosos una vez más. ¿Qué cabía esperar de las ideologías humanas? La naturaleza domesticada no existe de manera absoluta y total. Los hábitats del pensamiento beben todavía en las fuentes de la tierra y el cielo. La historia de los hombres manipulando para sobrevivir es sorprendente. Tal vez ilimitada pero incierta también. El riesgo inmediato de alteración ya no depende de los pregones de falsos profetas. Es un acontecimiento. El colapso para las civilizaciones puede ser o sólo una crisis de tránsito o una readaptación o su ocaso. Pero la naturaleza, ¿seguirá las pautas de los humanos o se reinventará a sí misma, con o sin nosotros? Ella va aproximándose, aportando calidez, aroma, sentidos. Es toda destello, palabra susurrada, tacto que va aposentándose sobre nuestras corporeidades. Invitación a ser recibida. Carpe ver...



(Composición de Siro Antón)


martes, 18 de marzo de 2008

Francesca Woodman



Desciendes en caída libre desde un mundo espectral que te espanta. No más que éste. No más que toda una sintaxis de obligaciones, desquites e intemperancias que no acabas de proclamar. Algo no encaja para que converjas en picado sobre tu propia observación. Algo que el objetivo procura por ti. Tendrías que verte ahora, como yo te veo. Montones de días de ceniza después. Demasiada belleza -¿maldita o casual?- en ese juego de escorzos y luces tras los que te escondes. Bajas desde una vertical de desencanto, y sin embargo haces creer que emerges. ¿Cabe mayor triunfo que dar la vuelta a la apariencia y apuñalar lo real? Algunos dirán que te crecías en tu ego soberbio y desmesurado. Pero ¿quién podría negarte el derecho a que sintieras crecer tu cuerpo y sus reflejos como los territorios que jamás llegarías a recorrer en su totalidad? Convertirte en la prueba de ti misma. Hacer de la utilización de tu propia cámara la mayor compañía de teatro donde representabas y asistías a tu representación misma. No había suficientes atrezzos para tus juegos ilimitados. No existían patios, estancias, descampados, esquinas o agujeros donde no pudieras llevar la función de la exaltación que tanto necesitabas. La soledad no te oprimía, te hacía arreciarte. El disfraz, ¿era ocultación o una pista de tu personalidad? Tu descubrimiento oferente, ¿era el embozo que debía engañarnos a todos sobre ti misma? Hay quien dice que el surrealismo requería un estudio, una pose, un montaje, un artificio. Tú lo tenías fácil. Más auténtico, menos elaborado. Tan efectista. Lo encarnabas con una caracterización juguetona, posicionando una relación de tu cuerpo y de tu mirada con los objetos. Los objetos a tu servicio, como parte de tu piel, de tu figura, de tus posturas. Simplemente ocurría con el espacio. El suelo, la pared, el fondo de la ducha, el dintel de una puerta, las raíces sumergidas de un frondoso árbol, unas cortinas extendidas, una chimenea de salón...o simplemente la habitabilidad deshabitada de tu desnudo infinito. En cada superficie quedó tu estampa. La osadía que nos legaste. La fotografía te agradecerá ese triunfo exultante de la aprofesionalidad que tú simbolizas, en tiempos del máximo toma y daca de la obra como negocio. La victoria de la naturalidad del arte en manos de una soñadora lúdica. Nosotros disfrutamos con tu ofrecimiento.


domingo, 16 de marzo de 2008

Combate con las raíces



Hay tantas raíces tras nuestras memorias. Nos pasamos la vida forcejeando con ellas. Siempre formando parte de ellas. Tratando de traicionarlas o de aligerarlas. O dejándonos poseer por ellas. Cuanto más tratamos de desasirnos, más nos cercan los poderosos brazos de sus vínculos. El curso de lo que acontece nos sumerge y nos rescata alternadamente. Y las raíces, ahí, para hundirnos o para elevarnos. Para salvarnos o para precipitarnos en la ciénaga. Para evitar el descalabro o para aprisionarnos. Para ser referencia o para convertirse en una larga mano que nos retiene caprichosamente. Contradictorio papel el de las raíces. No se sabe muy bien si su acción es regeneradora o destructiva. Se sabe que existen. Cuando han desaparecido las figuras que se encarnaron para encarnarnos, nos creemos liberados de esas lianas subterráneas. Imaginamos que ahora los robustos árboles sólo somos nosotros. Que somos la copa, el ramaje y la base arraigada. Que destacarán sobre la ribera, que tamizarán los rayos del sol, que succionarán el humus de otros seres. Pero la mente de estos árboles no pierde jamás sus referencias. ¿Por qué hay hombres que se acuerdan con más frecuencia y gravedad de su padre cuando éste ya no existe? Las raíces están nutridas de cuentas pendientes, de concesiones y desentendimientos, de acercamientos y rechazos. Por eso crecen desordenadamente, desfiguradamente, prolongadas e inacabables. Tiene que haber mucho de desposesión en el alma de los humanos para que las raíces sobrevivan a los muertos. Un conflicto sin fin. Una carencia latente. Una orfandad que se arrastra. Maldito combate con las raíces.


(Fotografía de Francesca Woodman)

sábado, 15 de marzo de 2008

La estatua oceánica


Al extraerte del océano, te elevas. Te sacudes la sal, te desprendes del ropaje de las algas. La apariencia de rigidez no te libera totalmente de los siglos de inmersión en el olvido. Nadie había hablado de ti. Nadie supo antes de tu existencia. Nadie supo relatar tu origen ni tu misión. Los descubridores de la diosa discuten ahora dónde te ubicarán. ¿Acaso en una sala de museo cuyo lucernario acaricie con sol tus días y mime con la blancura cambiante de la luna tus noches? ¿A la entrada de un gran pórtico que alguna de las instituciones de los hombres te brinde? ¿En lo más elevado de una cima desde donde se divise todo el país? ¿En aquella rada, frente al mar de los antiguos viajeros, a la espera de un Ulises que desvíe su ruta motivado por tu presencia casual? ¿En la encrucijada de una galería comercial, paradigma de estos tiempos de exceso y decadencia? ¿Al borde de las llanuras donde el horizonte pierde su noción de tiempo y de espacialidad? ¿Presidiendo el tímpano del inefable palacio de las Leyes? ¿Sobre la cúpula de plata del Gran Teatro de la Música? ¿Rematando la torre de un santuario de dioses desconocidos? Los caracteres que los dedos registran sobre la pizarra de tu piel hablan en lejanos alfabetos. ¿O se trata de pentagramas a punto de escribir las letras desde las que invocar un himno a lo inconmensurable? Resuena entonces irónico y místico aquel aforismo de Cioran:

¿Poseeré la suficiente música dentro de mí como para no desaparecer jamás? Hay adagios tras los que no puede uno ya pudrirse.


(Mona Khun fotografió)

jueves, 13 de marzo de 2008

Liquidación


(Indagaciones, XVII)

Pero de la euforia de los recuerdos a la comprobación de los hechos sólo hay un paso. Winckelman se estremece al leer el sustantivo de doble connotación. ¿Es la liquidación un ejercicio puramente contable? ¿Fue aquella liquidación algo meramente administrativo? Y, ¿qué se trataba de administrar? ¿La barbarie? Ésta, ¿fue un efecto o ya se iba engendrando como causa en los delirios de grandeza que venían de atrás? Mas la aritmética de los libros de cuentas es un factor que, aunque complejo y correoso, resulta liviano. Se trata de que el cuadre funcione. Que el debe y el haber se equilibren. Que los resultados puedan ofrecerse con claridad y certeza. Algo que en las matemáticas de los acontecimientos sociales, esos que cuando pasa un tiempo se da en llamar históricos, no se reproduce de la misma forma. ¿Por qué es tan incierto trazar líneas claras en la política o en las relaciones sociales? ¿Por lo torcidos que resultan los intereses en juego? ¿Porque la correlación de fuerzas es lo que impera y ésta se halla sometida a un vaivén más complejo que las leyes de la misma física elemental? ¿Porque los ingredientes, compuestos de azar e intereses extraordinariamente ambiciosos y espurios, desbordan previsiones, planes y órdenes? ¿Acaso porque la incidencia de lo inesperado sobrepasa las configuraciones más estrictas? ¿Quién mide la interrelación de causas y efectos que se alimentan mutuamente sin acabar de saber dónde empiezan unos y acaban otros?¿Es la endiosada mitología humana la que persigue a los próceres para acometer hazañas que se vuelven contra ellos mismos, pero que se ceban en los siervos? ¿Son los súbditos los que acogen el engaño como manifestación entusiasta que da sentido, no importa si es equívoco, a sus vidas? Y si estos mismos súbditos asumen los cantos de sirena, ¿pueden quedar exculpados cuando suenen las trompetas de la catástrofe? Las urnas fueron un señuelo, todo se consagró como perfectamente legal. Pero no era la fe en el procedimiento lo que arrastró a los súbditos, pues, como muy bien se vio, una gran masa no concedió ni fe ni esperanza ni resistencia activa a lo que se veía venir. Acaso ésa fue la trampa. Y, sin embargo, los súbditos declarados y entontecidos por una épica de tramoya decidieron respaldar la ascensión de la bestia. Es fácil ver los acontecimientos con la distancia del resultado. Con el paso del tiempo, hay otra visión del paisaje. Las consecuencias flagrantes abrieron una herida desgarradora en todo el país. El ánimo tibio y apocado vuelve a cuantos han sobrevivido más receptivos a una verdad que cuesta, no obstante, aceptar. Winckelman recuerda. Él también se encuentra ante otra liquidación, su pasado. Que no significa olvido, sino superación. Aquella casa es la excusa. Aquel territorio que nunca había pisado anteriormente es la atracción. La guerra aún latente en los recuerdos, el accidente. No tiene ya una edad demasiado dinámica para prospectar excesivas aventuras. Salvo que la sorpresa se le esté brindando más allá de los objetos de la vieja maleta, de la casa que pretende remozar y de la mujer de la estación de la que no sabe bien qué cabe esperar.

martes, 11 de marzo de 2008

Títeres de cada día


Canta Omar Jayyam en sus Robaiyyat...

Nosotros somos títeres, titiritero el cielo,
es la pura verdad, no se trata de un cuento;
durante cierto tiempo actuamos aquí
y uno tras otro luego a la nada volvemos.


Los títeres pueden servir como metáfora de nuestro escaso margen de maniobra personal. Una metáfora que toma cuerpo en nosotros como sujetos caracterizados por un entreguismo a lo aparente y superficial de la vida. Como individuos robotizados a merced del mercado y de los dedos que mueven los hilos o las varillas de cada figura. Como ficciones extraviadas entre una materialidad agobiante. Como vanidades cuyo destino consiste en inflarse y desvanecerse sin dejar rastro. ¿Hasta qué punto aceptamos la representación? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a dramatizar la ceremonia? ¿Que encarnación nos salvará? Más claro, el poeta sufí.


(Acompaña títere indio de mi colección)

domingo, 9 de marzo de 2008

De pies


Vienes de pies. De la manera más difícil que la naturaleza pueda decidir. Y eso puede ser un signo. Te expulsa una vagina cúbica a un mundo poliédrico, ignoto. Un mundo en el que, según caigas, será decisivo para garantizar un futuro o negártelo. Fíjate si es importante dónde se coloque tu cuerpo desde el primer instante. Pero aunque te acoja una tierra segura, tú no lo estarás con plena certeza. Porque un territorio son muchos territorios. Al principio verás un rincón desde tu cuna. Desde ahí hasta el otro rincón donde clamarás con nostalgia lenta y agónica “Rosebud, Rosebud”, hallarás infinidad de habitaciones, multitud de ambientes de colores, innumerables caminos y una enorme dispersión de paisajes abiertos. Pero cada espacio tendrá también su contraespacio. Cielos anubarrados, sombras imprevistas, esquinas de callejones sin salida aparente, rostros de dolor, desencuentros, y sed, mucha sed. Los antiguos oráculos decían que al que nacía de pie le sonreía la vida. Pero la vida no es una sonrisa permanente, como tampoco es una mueca de disgusto o de censura permanente. Tú desciendes dispuesto al aterrizaje de la sorpresa. Es posible que eso esperes de la vida en esta superficie que pertenece a todas las geometrías posibles, menos a la plana. Y si logras reforzarte en el estímulo de la sorpresa, si te propones hacer de cada gesto, de cada actitud diaria, una experimentación y un juego, el oráculo habrá acertado sobre ti. Nada ni nadie te salvará de la erosión de las formas que te acogen. Pero mientras, tu bajada de pies habrá asentado unos pasos que deben dirigirse a todos los lados de ti mismo.


(Foto de Jorge Molder)

sábado, 8 de marzo de 2008

Sandra Carrasco


Sandra Carrasco, veinte años y vasca. Hija de un castellano de Morales de Toro asesinado ayer por el fundamentalismo terrorista y vasco. No te mereces el teatro de algunos hipócritas de la derecha española que han despreciado las ideas de tu padre y que han llegado para aparentar. Cuánto agradecemos tu valor, tu entereza y tu coraje. Aurrerá.

Resistir a la mano ciega.
Plantar cara a la barbarie.
Desmantelar las palabras huecas.
Derribar los ídolos
que no deben adorarse.
Convertir las lágrimas en lluvia
que limpie el estercolero de la historia.
Hacer de la memoria
una poderosa fortaleza
interior.
Erigir la voz y el argumento
como significado
contra toda ignominia.
Conceder el gesto de la piedad
incluso a los impíos.
Potentes veinte años de rabia:
nutre a los tuyos de esperanza.

Reflexión (española)




"Todo parece aconsejarnos -sigue hablando Mairena a sus alumnos-, y muy especialmente a nosotros, los españoles, la vuelta a la sofística. Porque también nosotros hemos sido sofistas, a nuestro modo, como los franceses lo fueron al suyo. Pero a nosotros nos falló la fe protagónica en el hombre como medida universal, y no pusimos, hasta la fecha, nuestro robusto ingenio a su servicio. Era una fe demasiado inteligente, que no se recomendaba por el gesto y el talante. Nos apartamos de ella a medio desdén, como dice Lope:

puesta la mano en la espada

o en el crucifijo, que dicen otros. El ademán garboso nos ha perdido. Yo os aconsejo que habléis siempre con las manos en los bolsillos."



(Antonio Machado, Juan de Mairena)



Machado no erró cuando lo escribió, como los hechos demostraron al poco tiempo. Esto viene a cuento del hecho -¿formal o profundo?- de reflexionar hoy o cualquier día. Ya no sobre tirios y troyanos, sino sobre lo que queremos de una vez para nosotros mismos. Recuperar textos del pasado jamás es un acto nostálgico, si son citas inteligentes. La de Machado tiene vigor, es decir, en el doble sentido, presencia y fuerza. Pensar, meditar, considerar, son ejercicios necesarios, sabios y positivos. Nada permanece de otros tiempos en esta España nuestra, salvo la envidia, el egoísmo arribista, la hipocresía y la mentira como argumentación. Y, desgraciadamente, ya es bastante. Durante cuatro años, cierta fuerza política, apoyada por la Iglesia, ha mantenido esa línea dudosamente democrática. Pero nadie se engaña si no lo desea o si no es que tiene interés en engañarse. Ya no son tiempos de que los designados por Dios y los autoproclamados propietarios de haciendas y vidas marquen a la sociedad, y menos a sus ciudadanos. Es largo el camino para dejar de ser súbditos. Mañana será un paso más, si una mayoría queremos que sea.





miércoles, 5 de marzo de 2008

Caligrafía


(Indagaciones, XVI)

El viejo cuaderno es un cuaderno de caligrafía. No se sabe muy bien si se trata de ejercicios de aprendizaje, de recuperación o de castigo. Podría tratarse de cualquiera de ellos. O jugar los tres papeles. En tiempos aún recientes, el orden y la pulcritud formal no sólo se afirmaban como una exigencia de la idiosincrasia, sino que también se manifestaba como factor totalizador, sumiso, ideológico. Según los hojea, Winckelman comprueba que el estilo se va extraviando. De la perfección aplicada de las primeras páginas se salta a un desmembramiento de las letras, a una lasitud que desemboca en emborronamientos de tinta, en desgana de trazos, en tarea definitivamente abandonada. No parece la caligrafía de un niño, así que piensa que pudiera tratarse del esfuerzo de un adulto respondiendo a la propuesta axiomática del viejo régimen por erradicar analfabetismos. También podría ser una actividad paralela al trabajo en una fábrica, o que constituyera una prueba del empeño por la integración mental y productiva, más que cívica, de un extranjero. Winckelman dispara desde su curiosidad algunas preguntas y en ese momento acaso el azar ha colocado respuestas entre sus manos. Pero entre la inercia espontánea de unos interrogantes y la capacidad de interpretar los signos que las circunstancias y los descubrimientos ofrecen se abre un vacío. Él no sabe interpretar. ¿Liquidación, balance, registros...? Vocablos técnicos en un cuaderno de iniciación que acaso no sea un cuaderno cualquiera. Winckelman puede hacer consideraciones más o menos acertadas, puede intuir y hacer deducciones, pero le falta un elemento decisorio de ratificación de sus cábalas. Suele ocurrir. De ordinario es refleja la propia acción de preguntar y tajante el enfoque de la pregunta. Sin embargo, no resulta sencillo responder. Es cierto que en ocasiones hay implícita en las respuestas una dosis de buena voluntad y hasta de sinceridad. Pero la sinceridad de las palabras no son la veracidad de los hechos. Y cuántas veces la demostración de estos ha tirado por tierra la aparente verosimilitud de los discursos. No hay respuestas simples a preguntas simples. ¿O es que las preguntas aparentemente sencillas lo que hacen es desvirtuar el verdadero interés por encontrar una interpretación? ¿Por qué la dirección en que se planteen las preguntas pueden ahogar lo interior, las motivaciones, el trasfondo de las cosas? ¿Por qué las preguntas abortan tantas veces en su propio enunciación? ¿Nos preguntamos para arrojar luz o para justificar nuestras propias penumbras? Winckelman se pierde entre especulaciones mientras pagina el cuaderno rayado. Un acceso de melancolía le retrotrae al frío de la infancia. Se contempla con ternura en aquella imagen de la vieja escuela rural, untando los plumines en la tinta de Waterman, inclinando el cuaderno para posicionar mejor su mano, trazando las redondeces y las líneas verticales de las letras, alternando la presión del trazo grueso y del débil. ¿Era la caligrafía una simple disposición formal del alfabeto? ¿Consistía en el hilo conductor de una tradición que recuperando la sabiduría de los antiguos copistas había logrado socializarse? ¿Se trataba de la fuerza de la modernidad que exigía un acceso más amplio de la mano de obra a las tareas productivas? Pero Winckelman no se reconoce meramente en el homo faber. Recuerda con nostalgia y emoción sus largos ejercicios de tardes tediosas en la escuela, sus recuperaciones en las noches recogidas bajo la mirada y la comprensiva mano correctora de su madre. Ama la caligrafía por sí misma y por el reconocimiento y la gratitud de los que se considera deudor. La ama porque siempre la vivió como una fuente de placer que luego desembocó en una corriente de imaginación. Winckelman siente como si hubiera tenido ya antes aquel cuaderno entre sus dedos. El tacto habla y responde a veces más que las palabras. Y él escucha.

lunes, 3 de marzo de 2008

Espacios


En resumidas cuentas, los espacios se han multiplicado, fragmentado y diversificado. Los hay de todos los tamaños y especies, para todos los usos y para todas las funciones. Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse.


Leído en Especie de espacios, de Georges Perec.

(Los espacios plásticos son de Malevich)

jueves, 21 de febrero de 2008

Renovación


Amó sus recovecos, amó su palabra abierta, amó sus abismos profundos, amó su etereidad, amó su nuca al huir de ella, amó sus exploraciones arriesgadas, amó su luz, amó sus recorridos tenaces, amó su humor alterno, amó su temperamento de fuego, amó su armonía de lluvia, amó sus caídas recurrentes, amó sus devaneos instintivos, amó sus distancias, amó sus derivas, amó sus ensoñaciones, amó sus desvaríos, amó su perfil alzado tras la entrega, amó sus cóleras pasajeras, amó sus desgarros, amó su olor a tierra fecunda, amó sus abandonos repentinos, amó su disposición a la sorpresa, amó su arrojo, amó su introversión, amó sus dedos alargados, amó sus palmas prospectivas, amó sus flaquezas, amó sus extravíos, amó su crin de adolescente rebelde, amó sus reencuentros, amó su sensatez, amó su pulso con el mundo, amó sus obsesiones, amó su solicitud, amó sus transgresiones osadas, amó su tiento justiciero, amó su sonrisa liviana, amó la generosidad de sus brazos, amó sus posturas de súplica, amó su fugacidad, amó sus prontos de locura, amó la danza de su imaginación, amó su tolerancia, amó sus noches de desasosiego, amó su imagen durmiente, amó su despertar apacible, amó su piel rugosa, amó sus caprichos, amó su capacidad de volar, amó sus vibraciones, amó sus euforias, amó sus hundimientos, amó su alegría improvisada, amó la senda de niebla que atravesaba, amó su rigor exigente, amó su sinceridad no siempre comprensible, amó sus letras, amó su desinhibición, amó las entonaciones de su lectura, amó sus dudas atormentadas, amó su escepticismo calmo, amó su espalda de gigante adormecido, amó sus búsquedas, amó sus invocaciones, amó su fruto deseable, amó la sustancia de su disolución, amó cada paso de él mismo, amó cada desprovisión de sí mismo, amó sus silencios rendidos, amó su encogimiento, amó su cuenta atrás, amó cada rictus de dolor, amó la perplejidad de su mirada, la mujer amó de él todo...todo menos su regreso a la nada.

(Foto de Mona Kuhn)

martes, 19 de febrero de 2008

Penúltimo canto
















En ese momento irrepetible de la noche has pensado que morías como el cisne. Pero el canto patina aún sobre tu propia piel, como la luz que rescata a las sombras la convexidad de tus formas. En la caída intuyes el cuerpo arrojado a la dispersión, pero sientes también su reagrupamiento. Sabes que el calor no te abandona, sino que recorre los infinitos recovecos entre los dedos de tus manos y los de tus pies. Un mapamundi de posiciones que pueden derivar en multitud de trazos. Posas para ti misma. Afinas tus músculos porque en cualquier momento precisarás alzarte. Si no tensas tu arquitectura desde el suelo tal vez el sol nunca tome tu cuerpo como suyo. Entrarás en un sueño extenso que propiciará para ti la fiesta de los sentidos. Porque sólo en los sueños reside la percepción total. Allá dentro estarás más poseída de tus dones. No cabrá distinguir las horas de la danza ni los ritmos del deseo ni los latidos de la necesidad ni el llanto de la música. Acaso no querrás volver. Reposas en tu cuarto menguante, preservándote de antiguos desconciertos. Sólo quieres yacer ahí y que nadie te mire. Y que ese tiempo de silencios cunda. Temes despertar. Temes que el canto quiebre. Ya estás escuchando los versos de Alejandra

No me entregues,
tristísima medianoche,
al impuro mediodía blanco



(Fotografía de Ruth Berhard)

lunes, 18 de febrero de 2008

Hallazgo



(Indagaciones, XV)


Al abrir la maleta, se destapó también un olor antiguo. O varios olores, según fue removiendo los objetos contenidos allá dentro. Una manta de viaje a cuadros negros y blancos, doblada, preservaba extrañamente los inocuos efectos. Un reloj de bolsillo, una cuchara y un tenedor de plata abollados, dos servilleteros de marfil, una tabaquera, una estilográfica, unas cuantas fotografías en tono sepia, varios recortes de prensa de antes de la guerra, algunos cuadernos, dos palilleros, una cajita con varios plumines para escritura caligráfica y un trozo de papel secante, un tintero de Pelikan con la tinta seca, el cargador de un Mauser Gewehr 98 con sólo tres proyectiles, una cadena de oro desprendida formando grecas, un conjunto de pequeños frasquitos conteniendo esencias de perfume, una ajorca plateada con entrelazamientos que recordaban los diseños de antiguas culturas célticas, un estuche con hilo, agujas y algunos botones de nácar, un block mediano de dibujo con apenas la mitad de sus páginas cubiertas de esbozos y apuntes emborronados tomados sobre la marcha. Mientras Winckelman revolvía en un primer vistazo el contenido de la maleta, se preguntaba qué significaría todo aquel repertorio de cosas tan dispar. Encontrarse así, de golpe, con aquella variedad le perturbó. ¿Habría estado allí siempre esa maleta o en el transcurso de la guerra alguien la había escondido? ¿Se trataba de recuerdos o era el alijo modesto de un saqueo cualquiera? Su dueño ¿había sido un hombre o una mujer? La mezcla de olores era difícil de definir. Si tocaba la manta se desprendían unos miasmas resecos. Si jugueteaba con los cubiertos se le adhería a los dedos un regusto metalizado. Si abría los tubos de cristal de las fragancias, éstas desprendían una hediondez en la que todo parecido con su antiguo contenido era mera memoria. El papel amarilleaba y emitía un tufo que hería el olfato de Winckelman. Se propuso sacar todos los útiles, colocarlos sobre una mesa y observarlos con atención. Reflexionó sobre cómo perdían consistencia al ser extendidos. Dentro de la maleta habían adquirido un cuerpo, formaban un todo, y el exterior diluía las identidades mismas de los objetos. Sólo agrupados adquirían una fuerza y un significado que a él no le eran revelados. Decidió volverlos a colocar otra vez dentro de la valija, tal como se los había encontrado. De alguna manera, los había hecho despertar de un recóndito sueño de los justos y no veía qué podían suponer para él desparramarlos por la casa, sino arriesgar aún más su orfandad. Fue en unos de esos ejercicios por reubicar el contenido de la maleta cuando topó con un cuaderno azul. Acarició lentamente con sus dedos el forro del cuaderno y lo olió antes de abrirlo. Al tacto le pareció fresco y reciente, y esta sensación de proximidad le vinculó con el hallazgo de una manera que no pudo explicarse.

jueves, 14 de febrero de 2008

miércoles, 13 de febrero de 2008

Un hombre libre


Es terrible que la difamación, el falso testimonio y la acusación procaz cundan tanto en estos tiempos. A veces la ley se ejecuta y la justicia casi parece que exista, eximiendo al acusado en falso de los delitos que se le achacan por parte de los seres necios. Y no obstante, los mismos personajillos políticos y mediáticos que desataron la persecución de un médico inocente se mantienen en su torpe orgullo, no demostrando otra cosa con ello que su propia debilidad. Quiero honrar la dignidad del Dr. Montes, injuriado, acosado y despedido por las autoridades administrativas de la Comunidad de Madrid, y su labor en pro de facilitar el tratamiento del dolor y del bien morir de sus pacientes. El Dr. Montes ha ganado la batalla legal, aunque la guerra siga abierta. La grandeza de la democracia es seguir tejiéndola cada día, a pesar de que un sector de la sociedad y de la política intente desurdirla. Para llevar calma, a pesar de que haya que estar siempre en vela, no se me ocurre otra cosa que rescatar un texto de Epicteto, en su Enquiridión...

Puedes ser invencible si no entras en un combate en el que ganar no dependa de ti. Ten cuidado entonces, cuando veas a un hombre que recibe honores o posee un gran poder o es altamente estimado por alguna razón, no le supongas dichoso y no te dejes llevar por las apariencias. Pues si la naturaleza del bien dependiera de cada uno, ni la envidia ni los celos tendrían cabida entre nosotros. No aspires a ser general, senador o cónsul, sino sólo un hombre libre; y no hay más que un camino para ello: desdeñar todo aquello que no depende de nosotros.

martes, 12 de febrero de 2008

Venir desde atrás



(Indagaciones, XIV)

Y a pesar de la luz tenue, Winckelman sigue pergeñando apuntes rápidos, entresacando ideas hiladas de cualquier manera, instigándose con azotes del pensamiento que le perturban obsesivamente...


Venir desde atrás, desde un espacio que parecía extinguido, desde una base insegura y cuya definición se ha ido perdiendo lentamente, sin darnos cuenta; sentir que de pronto se hace presencia un entorno fugado, que se nos muestran unos individuos de los que sus rostros difuminados y sus gestos parcos en expresión nos cuestan reconocer; sentirnos asaltados de nuevo por el ángel de la bondad, aquél que en la infancia procuraba los encantamientos y prodigaba las alegrías, incluso las soñadas, y que no supimos jamás dónde se precipitó evanescente y traidor; proceder de un tiempo impreciso del que se duda que haya existido alguna vez, que sólo se ratifica cuando se hace ejercicio de pasatiempo en las escasas tertulias familiares, ya que es limitado el número de los sobrevivientes, y porque a pocos interesa el testimonio y menos el recuerdo; rebelarse por no haber hecho un esfuerzo excesivo por comprender los pasos dados y los errores cometidos; lamentar que la memoria no haya sobrevivido al enfrentamiento y al odio y a la dejación porque, incluso al recordar, cada cual justifica los viejos actos, cada cual defiende las experiencias que les conformaron dogmáticamente, y no se da el brazo a torcer sobre aquella visión reducida y negada que sembró la barbarie en nuestra propia casa; sospechar que nada fue como recordamos, sino como quisimos que fuera, sin pretenderlo, sin darnos cuenta de que avanzaban los días y no los aprovechábamos; muchos se solazaron en entelequias sumamente abstractas e intangibles que pretendían alcanzar tierras prometidas que nunca se mostraron sino en la tenebrosa fantasía, en vana condescendencia con las aspiraciones frustradas; sabernos ahora elegidos por el destino, ahora que estamos aquí exhaustos pero todavía vivos, si bien vendidos a una inercia irredenta y capaz de apagarnos lentamente; tentarnos unos a otros con el turbio silencio y el acre desdén, como remedio impuro pero consistente contra la falta de aceptación que nos atrae a los seres por el lado de la necesidad apremiante y nos repele por la parte de la elección impensable; considerarnos testigos de una existencia de la que otros no han podido ni siquiera medir sus cambios corporales, ni probar las opciones que la vida depara en la materia de los conocimientos, en la sustancia del amor, en la observación de la naturaleza, en la recreación de la estética, en la entrega al desafío de esfuerzos colectivos constructivos; llegar como un corredor de fondo hasta una zona nueva y desconocida que se va creando dentro de ti mismo; darte cuenta en el momento justo en que una excusa te ha arrancado de tu mundo habitual de que necesitabas alejarte de cuantos durante estos últimos años han compartido contigo penurias y desaciertos; presagiar que la fortuna es un ramalazo que te está hablando, que se dirige a ti, que no debes desaprovechar; calcular los años sin cálculo, no los que contabilizas en tus arrugas, sino aquellos que aún se te brindan como expectativa y destellan relámpagos de curiosidad; precisar...


Pero el hombre se rinde al límite de la medianoche fría y solitaria.

lunes, 11 de febrero de 2008

Vive y alégrate



Está acostumbrado al paisaje de la niebla desde niño. Nunca se acobardó cuando atravesaba los parques donde los árboles se diluían o las calles cuyas casas dejaban de existir. Cuando miraba la costa y sólo oía el rumor del mar, se sentía cautivo del misterio. Cuando volvía a casa desde un paraje del campo en que todo se condensaba en ese vapor incierto, temía perderse y deseaba perderse. Y cuando se acercaba al río y jugaba a imaginar los puentes y a adivinar la ribera opuesta, una vaga aprehensión le tomaba, sin comprender si sería posible un retorno ni en qué dirección. Había una extraña alianza táctil entre la niebla y él. Todo partía de no sentirse desasistido. De percibir la niebla como refugio, no como amenaza. De desear que las exigencias se paralizaran. Si dudaba, no era la ocultación del mundo lo que le hacía dudar, sino la incertidumbre de si todo el peso que le agobiaba iba a seguir igual después. Si temía, no era la atmósfera vidriosa lo que le hacía temer, sino la posibilidad angustiosa de que tras la niebla todas las acechanzas siguieran allí. Conjuraba todo aquello que se le reclamaba severamente adentrándose entre aquella humedad insondable. La niebla, una espiral protectora. La niebla, una forma de ficción. La niebla, una prueba de la que resurgía. Sensación de morada efímera, la niebla se ratificaba como necesidad más que como accidente. Acaso lo entiende ahora mejor, cuando lee lo que se emite desde la palabra del poeta jerezano José Mateos...


Dicen que en la oquedad de algunos pozos,
entre sus grietas, donde crece el musgo,
hace su nido a veces algún pájaro
y entona desde allí su canto incierto.

Dudas y cantas: ésa es tu creencia.
Salvar un poco de ese instante único
que llega a ti como un deslumbramiento,
como una sacudida que deshace
y diluye fronteras, cotos, límites...
Porque también el tiempo, cuando quiere
y se detiene en medio de dos cifras,
es un peso que eleva, es como un bálsamo
que alivia el daño de vivir sin rumbo,
de estar perdido en donde nada es nada
y todo cambia de sustancia y forma.

Vive y alégrate. Muerde la fruta
que es ser y respirar hoy todavía
aunque, al comerla, su sabor amargue.
Entra sin miedo hasta un lugar más hondo:
no hay caminos que salgan de este bosque.

Vuela a tu lado el cuervo y sientes frío.
Tus manos palpan una puerta, un muro.
Se oye a lo lejos un rumor de agua.
Te cercan voces, pasos de otra vida.
Y tu casa está aquí: en esta niebla.


(Niké Moritz fotografió entre la niebla)






jueves, 7 de febrero de 2008

Severidad



(Indagaciones, XIII)


Pero la mirada de los hombres de estos tiempos es dura. Pesa en ella el desconcierto. Se congela la esperanza. Se filtra entre sus párpados la desconfianza callada. Hay que reclamarse del silencio o arriesgar una definición que no se tuvo ayer. Los hombres miran ansiosa y fijamente todo lo que pueda ser tocado, asido, trasladado. El objeto hallado casualmente, la cosa robada, el espacio desposeído, el cuerpo prestado hacen renacer el instinto de supervivencia. No quieren saber de nada más. Es así de frágil y de áspero. No emiten destellos de compasión ni de piedad. Los extraviaron hace tiempo. La mirada de estos seres arrojados a la penuria y al desencanto tampoco imploran nada. Un extraño mecanismo de orgullo reprime sus emociones más naturales. Podría decirse que la expresión no se encuentra a sí misma, que les ha abandonado. Aletargadas por la sacudida del fracaso colectivo, escépticas de la palabra, carentes de una brizna de amor, las vidas se reconstruyen por causa de la inercia y de la necesidad. Los hombres miran con ausencia y observan rígidamente y se incomunican desde su evasión. Grava demasiado el sufrimiento de oscuras identidades perdidas. No desean seguir flagelándose, ya lo hacen otros contra ellos y temen que ese castigo dure un tiempo largo e indefinido. Cuando se desplazan por las calles ruinosas de la ciudad sólo se escucha el ruido de un acarreo de roces. Arrastre de sus pies, de sus encorvamientos, de sus toses, de sus piojos. Hoy en la cola del pan me ha mirado uno de estos hombres mecánicos y he creído que me observaba con ojos extrovertidos. Tenía un brillo en su pigmentación verdosa que atraía. Emanaba de ellos una luz que relajaba sus facciones y las hacía menos severas. Al desplazarme hacia un lado su mirada no cambió de posición. En ese momento me dio la impresión de que podía estar ciego...

Winckelman pone la mano sobre la página de su diario y echa la cabeza hacia atrás. La luz eléctrica es escasa y teme por su vista miope.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Mirador



(Indagaciones, XII)

Ha desechado varios objetos inútiles. Muebles desvencijados, útiles cubiertos de óxido, ropa apolillada, principalmente. Los aperos no; aun herrumbrosos, pueden servir de momento para recomponer la huerta. Aunque el pueblo no sufrió bombardeos ni muchos excesos a mano de las tropas ocupantes, acaso porque fue un lugar de paso, y porque se trataba de una entidad menor que no interesó a nadie, tampoco hay mucho que recuperar en la casa. Probablemente, la incuria ya provenía desde antes de la guerra y había prosperado entre sus paredes. Queda algo de vajilla, una cubertería diezmada, algunas cazuelas, unos pocos libros, un baúl con instrumentos de navegación con sus mecanismos bloqueados, algunas artesas y rodillos para amasar pan, un extraño aparato cilíndrico con una manivela para fabricar helado, un violín maltrecho, una vieja Leica cuyo obturador no funciona. Algunos objetos difícilmente podrán tener uso, pero los mira con ojos de etnólogo y no le parece oportuno despacharlos. Un sexto sentido velado le dice además, cuando los toca, que no debe deshacerse de ellos. Pero estos restos de vidas anteriores le parecen bagatelas. Lo que valora principalmente es que el edificio permanece en pie. Da por hecho la consistencia de los cimientos, ya que no observa especiales quebrantamientos en la estructura, sino sólo las típicas rajas producidas por los movimientos tectónicos silentes e inadvertidos que todo edificio muestra a lo largo del tiempo. La madera de los suelos está carcomida, pero puede subsanarse fácilmente. Faltan algunas puertas, y las jambas y los dinteles que han sobrevivido se muestran astillados. Tendrá que buscar por el vecindario o en el mercado negro aquellas piezas que hayan sobrado de otras destrucciones y que merezcan la pena recuperar. No es difícil, ni cree que sean muy caros, aunque el pulso de la oferta y la demanda en tiempos de escasez lo desajusta todo. Las paredes, desconchadas y maltratadas por la humedad, precisan una mano de cal y otra de pintura absolutamente renovadoras. Ha pensado en ello. Quiere que en aquellas habitaciones donde reposa el sol de manera más prolongada los colores sean intensos y en las estancias en que la luz se pasea con brevedad sean más suaves. Los colores deben triunfar acordes con la intensidad de la luz, piensa. Necesitará reponer los escalones hundidos y colocar una barandilla nueva; o tal vez no, pues no toda se halla en mal estado y la mano de los ebanistas hace milagros. Tampoco tiene prisa por acometer la obra de una vez, en todos sus detalles. Irá rehabilitando lo que pueda. Ya ha hablado con unos albañiles de la aldea escasos de trabajo y están de acuerdo en ponerse pronto manos a la obra. Habrá dificultades para encontrar los materiales necesarios, le han dicho, y habrá que pagar lo suyo, le insisten, pero todo se puede lograr. Quiere dejar limpio el desván. En realidad, pretende modificarlo, ganar el espacio, sobre todo dignificando su uso. No entiende que la parte de la casa desde donde mejor se advierte el paisaje haya sido postergada para almacén de trastos. Es posible que incluso instale allí el viejo telescopio que compró en Wetzlar y que ha tenido fuera de juego estos últimos años. Concibe ese altillo de la casa como el lucernario del faro que ha visto últimamente junto al Báltico. Necesita con urgencia ese mirador, como quien necesita un fanal que ilumine sus propios compartimentos del alma.

(Fotografía de Niké Moritz)



lunes, 4 de febrero de 2008

Afianzamiento


(Indagaciones, XI)

Hay días con una claridad fría y días con una oscuridad acogedora. Fue una oleada de clima templado que quebró por breve tiempo la dureza habitual del invierno lo que invitó a Winckelman a inspeccionar las zonas del valle más alejadas. Al volver a la aldea atravesó los juncales de las áreas pantanosas. La vegetación de ribera le protegía del viento, y éste, aunque incesante, se desplegaba entre las nubes y los caminos en una suerte de caricia que preconizaba una primavera ansiosa por hacer acto de presencia. Vana figuración. Envuelto en su gabán negro, el hombre no descuidó la guardia. Sabía de la caída traidora de las tardes y cómo el aire racheado sajaba con contundencia los cuerpos desprovistos de cuidado. La jornada le había permitido una visión más completa de la región donde estaba dispuesto a asentarse. A la ida su exploración había consistido en un dejarse impregnar por imágenes que procuraran una adecuación de su pensamiento y de sus sentidos a los límites de la geografía. Oteaba las alturas, medía la horizontalidad curva de los prados, acariciaba la escarcha sobre las plantas, escalaba y bajaba los desniveles que abreviaban el recorrido, calculaba en abstracto la división territorial de las lindes. Una especie de renacimiento le daba agilidad y le prendía de entusiasmo. Bullía en una euforia disimulada por adquirir un conocimiento del paisaje y de las vidas que se manifestaban dispersas, pero reencontradas. Percibía nerviosismo por llenarse de olores nuevos, por capturar gestos que entrañasen, por agitarse en pálpitos que estimularan. Pero a su vez sentía pesadumbre por la situación en que habían quedado tras la guerra los pueblos y las carreteras y las factorías y los servicios de las comunidades. Tal vez, a pesar del estado lamentable de aquellos pecios de tierra, pudiera hacerse una idea de la historia vivida. Acaso pudiera imaginar la monumentalidad erigida por los habitantes a lo largo de los siglos pasados. Mas también se desazonaba al contemplar lo desandado en la historia del país. Le indignaba la fiereza de unos efectos que no acaba de comprender que los pobladores se hubieran merecido con tan excesivo rigor. Fue al retornar a la pensión, ya en la hora en que el cielo renuncia a su presencia, cuando transcendió todo lo visualizado durante el día y meditó con amargura sobre lo paradójico de la vida de las sociedades. Se zahería a sí mismo al pensar en lo costoso y prolongado que había resultado materializar las ciudades a través de centurias. Ese emboscamiento secular y necesario donde las vidas venían desde tiempo atrás refugiándose, defendiéndose y hasta prosperando mientras pretendían una eternidad que los hechos les había cuestionado. Nadie había previsto que una trayectoria dinámica que parecía consolidada pudiera ser traicionada por la ignominiosa torpeza de los hombres. ¿Tan soberbios se habían manifestado como para ser víctimas de la fractura de la propia escala tendida hacia las estrellas? Tantos esfuerzos, tanto coste, tantas ilusiones en la construcción de las ciudades del pasado para llegar a esto, al desastre, al error de cálculo, al derrumbe total. Cuanto más reflexionaba Winckelman sobre lo evidente más consciente era de que su manera de superar el golpe era una doble jugada. El desarraigo de su lugar habitual se compensaba con el encuentro de lo desconocido, como alquimia para su necesidad personal de rehabilitación. Todo se iba ordenando en su entorno, reforzando la llama interior. El paisaje de los valles se iba apoderando de él lenta y caladamente. Las fronteras del Norte se derrumbaban para propiciar su atracción por la costa. La recuperación trabajosa de las comunicaciones propiciaban los viajes inciertos pero deseados que antes jamás había efectuado. La aparición misteriosa de una mujer, de la que nada sabía, pero a cuyas presencias espontáneas y breves se rendía, ahondaba en la esencia de sus sueños. Y la casa heredada, la que precisaba recuperar definitivamente para consolidar de una vez sus razones y despejar insospechados presagios, le esperaba como signo de un asentamiento en el peor momento de los tiempos más difíciles. Al atravesar el riachuelo que lindaba con la casa de piedra, oyó el chapoteo de las ranas. Un viento diagonal erizó su piel. Winckelman se sujetó con firmeza las solapas del abrigo y suspiró a las estrellas con ojos expectantes.

domingo, 3 de febrero de 2008

Vindicación de lo curvo



Es un axioma geométrico, que algunos pretenden además moral, que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Pero ¿todos los puntos se sitúan para ser medidos? ¿Sólo lo recto permite llegar a llegar con satisfacción a uno de los puntos? Y ¿sólo se vive entre dos puntos? Este axioma toma como referencia una dimensión de la realidad. Pero la realidad ¿sólo se manifiesta en una dirección? ¿No es la vida un descubrimiento de dimensiones, tantas veces recónditas y misteriosas? Y además, ¿se trata de llegar antes? ¿Para beneficiarse uno mismo o para dar beneficios a otros? El lenguaje católico dispone la vida entre el punto alfa y el punto omega. Bien, pero asumiendo, y además sin dramas, que la vida se desarrolla tópicamente entre un comienzo y un final, ¿no es el transcurso de la misma un recorrido de sinuosidades, oblicuidades, transversalismos y tangencias varias? ¿Qué es lo recto, qué lo torcido? ¿Fue recto el origen? ¿Será recto el final? Qué obsesión tienen algunos por catalogar y traducir en metáforas tras las que ocultan ladinamente un querer regir la vida de los hombres. El pensamiento, ¿es recto? ¿Lo es el bullir de las ideas, el movimiento de las neuronas, la descarga de electricidad de la mente? La creación y el arte, ¿son rectos? ¿Y la investigación, la aventura del descubrimiento, la comprobación de las vidas que anidan dentro de otras vidas? ¿Dónde la rectitud de las bacterias, de los anticuerpos, de las defensas? ¿Lo es la aspiración, la experiencia, el deseo, la búsqueda de la satisfacción? ¿Lo son las risas, los suspiros, las muecas, las miradas, las caricias? ¿Son rectos los valles, las olas, las nubes, su contemplación? ¿Lo es el reposo, la calma, el diálogo, el viento?

Descubro un poema que viene al pelo y que me han dicho que fue escrito por un tal Jesús Lizano, y que ansío transmitirlo en el blog. Y se titula...


Las personas curvas


Mi madre decía: a mí me gustan
Las personas rectas.




A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo
y la tierra es curva
y el movimiento es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos;
la ebriedad: es curva;
las palabras curvas;
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.
Y la paciencia es curva.
El pan es curvo
y la metralla recta.
No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas;
no me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta, lo escondido
detrás de las cosas rectas;
ni los maestros rectos
ni la maestras rectas:
a mi me gustan los maestros curvos,
las maestras curvas;
y los dioses curvos:
¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!
El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas;
vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mi me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas.



(Fotografía de Nimoy y cuadro de Petrov-Vodkin)