Leyendo a Jorge Luis Borges...
Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es decir, que me sucederían muchas cosas malas y algunas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras, sobre todo las cosas malas, ya que la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin.
¿Tiene sentido distinguir entre realidad e irrealidad en un mundo totalmente alterado? ¿No son sofismas este tipo de divagaciones abstractas que algunos aún esgrimen? Borges lo deja claro. Las palabras son testigos. Exorcismos de nuestras condenas. Manifestaciones de nuestras infelicidades. Transustanciación de nuestras actitudes. ¿No nos pasa a muchos que desde la infancia vivimos el cine o la literatura como la representación de nuestra vida? ¿En qué momento se fundieron las imágenes del fondo de la cueva con nuestros instintos? ¿En qué punto sorteamos las obligaciones convencionales desplegando los Yo que llevamos de recambio? ¿En qué estación del camino decidimos manipular las agujas de las vías? Cualquier cosa menos aceptar la caída irredenta. La desnudez no es vacío ni desposesión, es manifestación del resurgir. Pero sin representación paralela, no renaces.







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