.

.


La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 6 de febrero de 2008

Mirador



(Indagaciones, XII)

Ha desechado varios objetos inútiles. Muebles desvencijados, útiles cubiertos de óxido, ropa apolillada, principalmente. Los aperos no; aun herrumbrosos, pueden servir de momento para recomponer la huerta. Aunque el pueblo no sufrió bombardeos ni muchos excesos a mano de las tropas ocupantes, acaso porque fue un lugar de paso, y porque se trataba de una entidad menor que no interesó a nadie, tampoco hay mucho que recuperar en la casa. Probablemente, la incuria ya provenía desde antes de la guerra y había prosperado entre sus paredes. Queda algo de vajilla, una cubertería diezmada, algunas cazuelas, unos pocos libros, un baúl con instrumentos de navegación con sus mecanismos bloqueados, algunas artesas y rodillos para amasar pan, un extraño aparato cilíndrico con una manivela para fabricar helado, un violín maltrecho, una vieja Leica cuyo obturador no funciona. Algunos objetos difícilmente podrán tener uso, pero los mira con ojos de etnólogo y no le parece oportuno despacharlos. Un sexto sentido velado le dice además, cuando los toca, que no debe deshacerse de ellos. Pero estos restos de vidas anteriores le parecen bagatelas. Lo que valora principalmente es que el edificio permanece en pie. Da por hecho la consistencia de los cimientos, ya que no observa especiales quebrantamientos en la estructura, sino sólo las típicas rajas producidas por los movimientos tectónicos silentes e inadvertidos que todo edificio muestra a lo largo del tiempo. La madera de los suelos está carcomida, pero puede subsanarse fácilmente. Faltan algunas puertas, y las jambas y los dinteles que han sobrevivido se muestran astillados. Tendrá que buscar por el vecindario o en el mercado negro aquellas piezas que hayan sobrado de otras destrucciones y que merezcan la pena recuperar. No es difícil, ni cree que sean muy caros, aunque el pulso de la oferta y la demanda en tiempos de escasez lo desajusta todo. Las paredes, desconchadas y maltratadas por la humedad, precisan una mano de cal y otra de pintura absolutamente renovadoras. Ha pensado en ello. Quiere que en aquellas habitaciones donde reposa el sol de manera más prolongada los colores sean intensos y en las estancias en que la luz se pasea con brevedad sean más suaves. Los colores deben triunfar acordes con la intensidad de la luz, piensa. Necesitará reponer los escalones hundidos y colocar una barandilla nueva; o tal vez no, pues no toda se halla en mal estado y la mano de los ebanistas hace milagros. Tampoco tiene prisa por acometer la obra de una vez, en todos sus detalles. Irá rehabilitando lo que pueda. Ya ha hablado con unos albañiles de la aldea escasos de trabajo y están de acuerdo en ponerse pronto manos a la obra. Habrá dificultades para encontrar los materiales necesarios, le han dicho, y habrá que pagar lo suyo, le insisten, pero todo se puede lograr. Quiere dejar limpio el desván. En realidad, pretende modificarlo, ganar el espacio, sobre todo dignificando su uso. No entiende que la parte de la casa desde donde mejor se advierte el paisaje haya sido postergada para almacén de trastos. Es posible que incluso instale allí el viejo telescopio que compró en Wetzlar y que ha tenido fuera de juego estos últimos años. Concibe ese altillo de la casa como el lucernario del faro que ha visto últimamente junto al Báltico. Necesita con urgencia ese mirador, como quien necesita un fanal que ilumine sus propios compartimentos del alma.

(Fotografía de Niké Moritz)



3 comentarios:

  1. Esa última frase....Winckleman y yo compartimos ciertas necesidades.
    Me gusta la idea de restaurar. Y es que hay ciertos objetos que dicen cosas en silencio!

    ResponderEliminar
  2. En efecto, Lagave. Algunos objetos hablan mucho en nuestro interior. Hablan más incluso treinta o cuarenta años después de haberlos tenido en uso. Dicen sobre todo cuando ya estaban arrinconados. Es mirarlos, tocarlos, acarriciarlos lenta y parsimoniosamente y sentir el escalofrío de situaciones y personas (y uno mismo) que no están ya. Winckelman va comprendiendo poco a poco. Seguro que llegará a hablar más de cómo le significan los objetos, las cosas, los cuerpos. Buen sábado de gloria (por la gloria de no trabajar, digo)

    ResponderEliminar
  3. Que valle tan inmenso, qué mundo apartado y único el de la foto, F. Tienes un gusto especial, Fackel. Saludos.

    ResponderEliminar