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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 18 de febrero de 2008

Hallazgo



(Indagaciones, XV)


Al abrir la maleta, se destapó también un olor antiguo. O varios olores, según fue removiendo los objetos contenidos allá dentro. Una manta de viaje a cuadros negros y blancos, doblada, preservaba extrañamente los inocuos efectos. Un reloj de bolsillo, una cuchara y un tenedor de plata abollados, dos servilleteros de marfil, una tabaquera, una estilográfica, unas cuantas fotografías en tono sepia, varios recortes de prensa de antes de la guerra, algunos cuadernos, dos palilleros, una cajita con varios plumines para escritura caligráfica y un trozo de papel secante, un tintero de Pelikan con la tinta seca, el cargador de un Mauser Gewehr 98 con sólo tres proyectiles, una cadena de oro desprendida formando grecas, un conjunto de pequeños frasquitos conteniendo esencias de perfume, una ajorca plateada con entrelazamientos que recordaban los diseños de antiguas culturas célticas, un estuche con hilo, agujas y algunos botones de nácar, un block mediano de dibujo con apenas la mitad de sus páginas cubiertas de esbozos y apuntes emborronados tomados sobre la marcha. Mientras Winckelman revolvía en un primer vistazo el contenido de la maleta, se preguntaba qué significaría todo aquel repertorio de cosas tan dispar. Encontrarse así, de golpe, con aquella variedad le perturbó. ¿Habría estado allí siempre esa maleta o en el transcurso de la guerra alguien la había escondido? ¿Se trataba de recuerdos o era el alijo modesto de un saqueo cualquiera? Su dueño ¿había sido un hombre o una mujer? La mezcla de olores era difícil de definir. Si tocaba la manta se desprendían unos miasmas resecos. Si jugueteaba con los cubiertos se le adhería a los dedos un regusto metalizado. Si abría los tubos de cristal de las fragancias, éstas desprendían una hediondez en la que todo parecido con su antiguo contenido era mera memoria. El papel amarilleaba y emitía un tufo que hería el olfato de Winckelman. Se propuso sacar todos los útiles, colocarlos sobre una mesa y observarlos con atención. Reflexionó sobre cómo perdían consistencia al ser extendidos. Dentro de la maleta habían adquirido un cuerpo, formaban un todo, y el exterior diluía las identidades mismas de los objetos. Sólo agrupados adquirían una fuerza y un significado que a él no le eran revelados. Decidió volverlos a colocar otra vez dentro de la valija, tal como se los había encontrado. De alguna manera, los había hecho despertar de un recóndito sueño de los justos y no veía qué podían suponer para él desparramarlos por la casa, sino arriesgar aún más su orfandad. Fue en unos de esos ejercicios por reubicar el contenido de la maleta cuando topó con un cuaderno azul. Acarició lentamente con sus dedos el forro del cuaderno y lo olió antes de abrirlo. Al tacto le pareció fresco y reciente, y esta sensación de proximidad le vinculó con el hallazgo de una manera que no pudo explicarse.

4 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho Fackel, veía los objetos y jugaba a adivinarlos

    "sino arriesgar aún más su orfandad"

    Buenas noches

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  2. Hola, F. A veces me he preguntado por qué hablan tanto los objetos. Revitalizan nuestra memoria y es que como si nos hicieran vivir dos veces. Ya sé que no, que el pasado es pasado, que hay dos fases distintas. Que al principio rechazas los objetos, como las stiuaciones, como las personas, para dar saltos adelante. Pero luego, luego vuelves a recuperar el sentido, el sentimiento, los significados y entonces los objetos traen tanto, donde no llegan ya las personas, porque han desaparecido o porque nos hemos alejados de ellas. Pero lo que perseguimos somos a nosotros mismos, y las distancias son un termómetro de nuestro calor personal. Veo que sigues con esa saga, no está mal. Es un, digamos, procedimiento. Un saludo con afecto.

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  3. Los objetos se impregnan de nuestra esencia o de quien fuera que los usó, los acarició, los soñó, los deseó. Transmiten una parte de nosotros o de aquellos otros. No son inanimados. Están quietos, simplemente, esperando que los retomemos , para darnos, para hablarnos, para hacer que sintamos.
    Algunos hacen que recordemos una vida que creíamos ya perdida. Miremos en esas cajas polvorientas que guardan los altillos de los armarios de las casas familiares. Saldrán, seguramente, en atropellada procesión, llamándonos a gritos para que les devolvamos la vida, como pequeños dioses olvidadizos....

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  4. Creo que interpretáis mejor que Fackel el sentido de los objetos. Las proyeccciones, las transmisiones, los sentimientos que a través de ellos nos relacionan con nuestro Yo del pasado. Cómo nos siguen condicionando, es algo que tiene que responder cada uno. Gracias a los tres por vuestra sensibilidad.

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