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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 5 de marzo de 2008

Caligrafía


(Indagaciones, XVI)

El viejo cuaderno es un cuaderno de caligrafía. No se sabe muy bien si se trata de ejercicios de aprendizaje, de recuperación o de castigo. Podría tratarse de cualquiera de ellos. O jugar los tres papeles. En tiempos aún recientes, el orden y la pulcritud formal no sólo se afirmaban como una exigencia de la idiosincrasia, sino que también se manifestaba como factor totalizador, sumiso, ideológico. Según los hojea, Winckelman comprueba que el estilo se va extraviando. De la perfección aplicada de las primeras páginas se salta a un desmembramiento de las letras, a una lasitud que desemboca en emborronamientos de tinta, en desgana de trazos, en tarea definitivamente abandonada. No parece la caligrafía de un niño, así que piensa que pudiera tratarse del esfuerzo de un adulto respondiendo a la propuesta axiomática del viejo régimen por erradicar analfabetismos. También podría ser una actividad paralela al trabajo en una fábrica, o que constituyera una prueba del empeño por la integración mental y productiva, más que cívica, de un extranjero. Winckelman dispara desde su curiosidad algunas preguntas y en ese momento acaso el azar ha colocado respuestas entre sus manos. Pero entre la inercia espontánea de unos interrogantes y la capacidad de interpretar los signos que las circunstancias y los descubrimientos ofrecen se abre un vacío. Él no sabe interpretar. ¿Liquidación, balance, registros...? Vocablos técnicos en un cuaderno de iniciación que acaso no sea un cuaderno cualquiera. Winckelman puede hacer consideraciones más o menos acertadas, puede intuir y hacer deducciones, pero le falta un elemento decisorio de ratificación de sus cábalas. Suele ocurrir. De ordinario es refleja la propia acción de preguntar y tajante el enfoque de la pregunta. Sin embargo, no resulta sencillo responder. Es cierto que en ocasiones hay implícita en las respuestas una dosis de buena voluntad y hasta de sinceridad. Pero la sinceridad de las palabras no son la veracidad de los hechos. Y cuántas veces la demostración de estos ha tirado por tierra la aparente verosimilitud de los discursos. No hay respuestas simples a preguntas simples. ¿O es que las preguntas aparentemente sencillas lo que hacen es desvirtuar el verdadero interés por encontrar una interpretación? ¿Por qué la dirección en que se planteen las preguntas pueden ahogar lo interior, las motivaciones, el trasfondo de las cosas? ¿Por qué las preguntas abortan tantas veces en su propio enunciación? ¿Nos preguntamos para arrojar luz o para justificar nuestras propias penumbras? Winckelman se pierde entre especulaciones mientras pagina el cuaderno rayado. Un acceso de melancolía le retrotrae al frío de la infancia. Se contempla con ternura en aquella imagen de la vieja escuela rural, untando los plumines en la tinta de Waterman, inclinando el cuaderno para posicionar mejor su mano, trazando las redondeces y las líneas verticales de las letras, alternando la presión del trazo grueso y del débil. ¿Era la caligrafía una simple disposición formal del alfabeto? ¿Consistía en el hilo conductor de una tradición que recuperando la sabiduría de los antiguos copistas había logrado socializarse? ¿Se trataba de la fuerza de la modernidad que exigía un acceso más amplio de la mano de obra a las tareas productivas? Pero Winckelman no se reconoce meramente en el homo faber. Recuerda con nostalgia y emoción sus largos ejercicios de tardes tediosas en la escuela, sus recuperaciones en las noches recogidas bajo la mirada y la comprensiva mano correctora de su madre. Ama la caligrafía por sí misma y por el reconocimiento y la gratitud de los que se considera deudor. La ama porque siempre la vivió como una fuente de placer que luego desembocó en una corriente de imaginación. Winckelman siente como si hubiera tenido ya antes aquel cuaderno entre sus dedos. El tacto habla y responde a veces más que las palabras. Y él escucha.

7 comentarios:

  1. Detrás de esa ‘liquidación’ podría haber una quiebra, quizá una reforma, un ajuste de cuentas, simplemente algo que se salda o se liquida. Quizá el que lo escribía con un empeño desmesurado de intento de calma daba por terminada una relación y por eso le temblaba el pulso? Quizá tantas cosas. Demasiadas preguntas, aunque he aprendido que no todo tiene respuestas.
    Buenas noches

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  2. Esa palabra tiene significados terribles en el contexto del país donde se desarrolla la acción. Simplemente se trata de echar la vista a trás o abrir los libros de historia. Qué curioso.

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  3. Hola, Fakel. Esa vinculación de la infancia con la caligrafía la hemos vivido muchos. Caligrafía y lectura iban por caminos paralelos. El problema era que se vivía todo como obligación de ordeno y mando, con medios limitados y cuando no cutres. De aquel episodio del pasado algunos salieron con amores profundos a los ejercicios de escritura y de lectura, y otros con odio cuasi visceral. Sé de mucha gente de carrera cuya letra fue horrorosa siempre, y cuyos conocimientos excesivamente mediocres. Un abrazo.

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  4. Bien, Olvido, por dar ideas. A ver por dónde se decanta Winckelman.

    Sí, Juanjo, exacto. Significados terribles en ese país, como lo tuvo en el nuestro.

    ¿Agotado, V.? ¿En qué sentido?

    Lo comparto, Sebastián. A mi la caligrafía me ayudó mucho, sobre todo a la larga. De aquel tiempo me queda el regusto por inventar y dibujar letras, por ejemplo.

    Salud a todos.

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  5. Imagínate que pasas por el teatro y hay un cartel que pone: Las Bodas de Fígaro y en letras grandes en diagonal la palabra:Ausverkauf! ( entradas agotadas).

    Imagínate que estas en un restaurante leyendo la carta de vinos, bajas el índice por los distintos nombres... y llegas a Viña Esmeralda o a Mauro (es mucho imaginar ya sé...) y sobre este otra vez la palabra Ausverkauf!. Sabrás que ese vino está agotado y no lo tienen en el momento.

    Agotado, en ese sentido.

    V.

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  6. Pero, ¿en un cuaderno de caligrafía, ¿cómo encajaría? Ahhhhhhhhh

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