Me atraen los libros extraños. Aquellos que me deparan algo inesperado. Hoy cae en mis manos un libro de calificación difícil. ¿Cómo encajar su contenido? Hay letras, ¿pero cómo se articulan? Hay palabras, ¿pero cómo se leen? Hay sonidos. Eso, sobre todo hay sonidos. ¿Y qué dicen los sonidos? Dicen...
Tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca lobo tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca musaraña tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea leopardo posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas abeja posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas lince sea posible
Entonces a las pocas líneas te das cuenta de que no lees. De que lo que se produce en ti y desde ti es un murmullo. De que caes en una introversión y recitas el texto cual salmodia. Te sale un tono de voz grave. Y a continuación mantienes el nivel bajo, que se mantiene en el mismo plano hasta que rompes su ritmo con cada nombre enunciado. El estribillo es la conducción. Y de pronto, los nombres de los animales son el énfasis. Ese sujeto al que se trata de trasladar la energía circulante en la repetición concentrada, se asoma en una encarnación que no sólo es recuerdo. Es también conciencia. Y ahí, a los hombres, con nuestras formas de producción y de vida excluyentes, nos toca.El nombre de Chantal Maillard podría perderse, como el de los autores de todos los pasados, y sin embargo la plegaria tendría vida propia. Una rueda que, con la mención alterna a las especies de animales que van camino de su desaparición trata de constituirse en un conjuro, como indica la autora. Bajo el nombre de La tierra prometida, Chantal Maillard ha construido algo diferente dentro de su obra. Algo difícil de ubicar en el mundo de las letras. Yo veo verdadera poesía visual en este libro. Tal vez recogiendo un elemento clásico de la cultura hindú como son los mantras, reconvertidos en una especie de memorial de reivindicación desesperada ante la hecatombre de las especies. La cuestión de fondo es: al invocar los nombres de animales y al repetir el hilo del conjuro, por parte de millones de gargantas, ¿conseguiríamos parar el exterminio?
Porque son especies y son los individuos que pertenecen a ellas los que se extinguen. Especie es un término un tanto abstracto, genérico, conceptual. Algo que al citarse nos desprovee de cuerpos, de rostros, de vidas. Pero las especies los nutren individuos. Como bien dice Chantal Maillard, los nombres de las especies no son los nombres de los animales. Estamos hablando de especies, y las especies son conceptos, no individuos concretos. ¿Cuántos animales son los que mueren cuando una especie desaparece? ¿Cuántos espíritus vendrían a poblar el poema si, como es costumbre en nuestros memoriales humanos, nombrásemos a todos y cada uno de los animales que agonizan?

Los personales dibujos en blanco y negro de Joan Cruspinera y el rompedor diseño de paginación de Josep Bagà, que no justifica ninguno de los márgenes, hacen de este libro publicado por la editorial Milrazones una hermosura bibliográfica. Y el texto es un texto abierto. Que cada cual añada el nombre de una especie abocada al fin. ¿Y acaso por qué no la del depredador más inteligente? Al fin y al cabo, los individuos de esta especie también mueren.
Los personales dibujos en blanco y negro de Joan Cruspinera y el rompedor diseño de paginación de Josep Bagà, que no justifica ninguno de los márgenes, hacen de este libro publicado por la editorial Milrazones una hermosura bibliográfica. Y el texto es un texto abierto. Que cada cual añada el nombre de una especie abocada al fin. ¿Y acaso por qué no la del depredador más inteligente? Al fin y al cabo, los individuos de esta especie también mueren.



















