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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








viernes, 29 de enero de 2010

Desvelo


Duele el desasosiego. Ese darte cuenta de que la noche avanza lentamente y que se te va yendo. Que tu piel se encoge, protegiéndose del frío, diezmada por el desvelo. Que una inquietud aguda corroe las aristas de cada músculo, hendiéndolo como cuchilla que no te permiten permanecer cómodo entre las sábanas. El silencio duele. No te gustan los ruidos; de ordinario te espantan los gritos o los golpes que la vecindad desata por la inercia de su propia razón de ser, sintiéndote agraviado en tu intimidad. Pero hoy necesitas percibir un sonido, por ligero, desafinado o repetitivo que sea. A estas horas está todo el mundo parado. Podrías estar muerto y no distinguirías entre el silencio y la muerte. Por eso respiras con fuerza. Por eso necesitas escuchar tu inhalación, precisas expulsar con energía algo de tu propia miasma. Ha pasado el camión de la basura y lo agradeces. Hoy deseas que divida con su mecanismo ensordecedor el silencio que te sobrecoge. Y te parece breve lo que otras noches consideras eterno. Duele el insomnio. No es sólo una palabra cuyas consonantes te exigen pronunciarlas con rigor. Es un castigo. Un desajuste que trocea todas las partes de tu cuerpo. Te coloques como te coloques sobre el lecho, tu cerebro no encuentra el punto de apoyo donde serenarse. Se lo transmite a cada tentáculo, a cada víscera, a cada glándula. Duele el ariete arremetiendo contra cada puerta de tu cuerpo. Si giras hacia un lado te escuecen los arañazos de la turbación. Tienes los ojos muy abiertos y eso duele. El picor lo imaginas en su enrojecimiento. Si ahora mismo te levantaras y te contemplaras en el espejo te escupirías. La presión interior de los párpados, la sensación arenosa recorriendo la pantalla de tu globo, sin que una sola lágrima venga en socorro, te desazona más. Tienes las manos fuera de la cama y medio cuerpo se somete a la intemperie. Te has desnudado todo, como un exorcismo. Pero es como si un cuerpo que llevaras en ti recubriera otro cuerpo que llevaras en ti. Te imaginas con cuerpos concéntricos, semejantes en la forma, pero como capas que te blindan sucesivamente, sin saber muy bien de qué. De algo abstracto e inconexo que llamas Ser. Puede. Duele esa frialdad que no perdona tu conciencia enloquecida. Metes entonces los brazos y te palpas. Todo tu territorio de carne y huesos acoge el frío de tus manos. Agradeces el contraste. La piel gime, la piel exclama. Duele la soledad de tu abdomen huérfano. Extiendes los brazos en cruz, te cruzas con ellos el torso, lo abarcas. Quieres ir más allá de los límites, porque no hay hueco donde halles una pizca de calma. Extiendes tu esfuerzo a la espalda, te balanceas sobre ella, como si todo dependiera de una sujeción invisible. Te meces a un lado y otro del camastro. Duele la ausencia. Intentas reventar cualquier confín de la materia donde te nutres. Tocas tus muslos con las manos, ejercitas un estiramiento que desperece el olvido. Trazas con el filo de la palma de la mano la línea de tus ingles. El roce resbala sobre tu sexo extraño. Duele el contacto que no te hace reaccionar. Duele la percepción ajena de tu propia calidez. Arañas con rabia la cara interior de tus muslos. Es la enésima vez que cambias de postura sin hallar la que te conviene. La que responda a la necesidad profunda que ha quebrado en ti esta noche. La rigidez de tu espalda te manca. Tus tripas se agitan desconsideradamente. Has encendido y apagado la luz tantas veces que tus ojos están perdidos. Se abren con la oscuridad y se cierran con la iluminación del cuarto. Duele la mirada miope que no reconoce los objetos desparramos por el suelo. Duele el estiramiento consecutivo que no apacigua la tirantez de tus pensamientos. Las manos permanecen varadas en el ángulo entre tu tripa y la ingle. Duele esa piel madura que no se arruga sino imperceptiblemente. Tus dedos, aferrados al caos que no controlas. Duele el paso de la saliva por tu paladar. Y dejas que resbale entre el conato de bostezos que acaso acorten el olvido del sueño.

7 comentarios:

  1. ..pues si, así es.
    Te deseo que esta noche sea tranquila y placentera, aunque con la potente Luna.....
    bueno lo intentaré.

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  2. Un vasico de leche caliente y miel. Anda hasta la cocina, pierde el tiempo en olvidar que estás insomne. Mmmm, qué rica está!!!
    Vé al espejo y escúpele si quieres, jejeje...
    No vayas a la cama a dormir, noooo.
    Vé a descansar, solamente.
    Pruébalo! Sí?
    Feliz noche de planetas, satélites, cinabrio, plata y si no encuentras el sueño...fabrica ensoñaciones.
    Salud, Fackel.

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  3. Cuando menos que sea productiva, tus seguidores te lo agradeceremos.
    Feliz noche de insomnio.
    (tsch, tsch, tsch que los ronquidos se oyen hasta aquí)

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  4. Estar desvelado es siempre algo imprevisto, Tula. Nada grato, pero también la vigilia enseña, o al menos muestra caminos...Si se repite con frecuencia, es que algo grave hay detrás, rayando la enfermedad.

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  5. Lo tuyo, Saga, se podría titular "Tratado del saber dormir para uso de viejas generaciones". A ver, habrá que tomar nota...Lo que más me gusta es lo último. No se me dan mal fabricar ensoñaciones, pero no siempre los mecanismos de éstas funcionan adecuadamente.

    Salud y relajación.

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  6. Presnete de indicativo de un verbo improbable.

    Yo insominio, tú insomnias, él insomnia, nostros insomniamos, vosotroas insomniáis, ellos nos duermen a todos.

    (yo no ronco, Ara, soy espíritu uro, jaj)

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  7. leche y colacao también vendría bien pera el descanso.
    Mala noche para tener que trabajar al día siguiente

    Saludos

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