viernes, 12 de febrero de 2010

La tierra prometida de Chantal Maillard


Me atraen los libros extraños. Aquellos que me deparan algo inesperado. Hoy cae en mis manos un libro de calificación difícil. ¿Cómo encajar su contenido? Hay letras, ¿pero cómo se articulan? Hay palabras, ¿pero cómo se leen? Hay sonidos. Eso, sobre todo hay sonidos. ¿Y qué dicen los sonidos? Dicen...

Tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca lobo tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca musaraña tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea leopardo posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas abeja posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas sea posible nunca tal vez aún apenas lince sea posible

Entonces a las pocas líneas te das cuenta de que no lees. De que lo que se produce en ti y desde ti es un murmullo. De que caes en una introversión y recitas el texto cual salmodia. Te sale un tono de voz grave. Y a continuación mantienes el nivel bajo, que se mantiene en el mismo plano hasta que rompes su ritmo con cada nombre enunciado. El estribillo es la conducción. Y de pronto, los nombres de los animales son el énfasis. Ese sujeto al que se trata de trasladar la energía circulante en la repetición concentrada, se asoma en una encarnación que no sólo es recuerdo. Es también conciencia. Y ahí, a los hombres, con nuestras formas de producción y de vida excluyentes, nos toca.

El nombre de Chantal Maillard podría perderse, como el de los autores de todos los pasados, y sin embargo la plegaria tendría vida propia. Una rueda que, con la mención alterna a las especies de animales que van camino de su desaparición trata de constituirse en un conjuro, como indica la autora. Bajo el nombre de La tierra prometida, Chantal Maillard ha construido algo diferente dentro de su obra. Algo difícil de ubicar en el mundo de las letras. Yo veo verdadera poesía visual en este libro. Tal vez recogiendo un elemento clásico de la cultura hindú como son los mantras, reconvertidos en una especie de memorial de reivindicación desesperada ante la hecatombre de las especies. La cuestión de fondo es: al invocar los nombres de animales y al repetir el hilo del conjuro, por parte de millones de gargantas, ¿conseguiríamos parar el exterminio?

Porque son especies y son los individuos que pertenecen a ellas los que se extinguen. Especie es un término un tanto abstracto, genérico, conceptual. Algo que al citarse nos desprovee de cuerpos, de rostros, de vidas. Pero las especies los nutren individuos. Como bien dice Chantal Maillard, los nombres de las especies no son los nombres de los animales. Estamos hablando de especies, y las especies son conceptos, no individuos concretos. ¿Cuántos animales son los que mueren cuando una especie desaparece? ¿Cuántos espíritus vendrían a poblar el poema si, como es costumbre en nuestros memoriales humanos, nombrásemos a todos y cada uno de los animales que agonizan?


Los personales dibujos en blanco y negro de Joan Cruspinera y el rompedor diseño de paginación de Josep Bagà, que no justifica ninguno de los márgenes, hacen de este libro publicado por la editorial Milrazones una hermosura bibliográfica. Y el texto es un texto abierto. Que cada cual añada el nombre de una especie abocada al fin. ¿Y acaso por qué no la del depredador más inteligente? Al fin y al cabo, los individuos de esta especie también mueren.

jueves, 11 de febrero de 2010

Garzón no es Gregorio Samsa

¿Cabalga de nuevo la España Negra? Las partículas desprendidas del negro pasado de nuestra historia no han dejado de salpicar en todos estos escasos años de democracia política que llevamos. Desde sectores de la impoderable y pertinaz iglesia católica, de entidades minoritarias de nuevo cuño que pretenden hablar en nombre de víctimas del terrorismo también negro y de determinados medios autodenominados de comunicación se ha tratado siempre de enfangar la vida política ordinaria y encizañar la relación de convivencia de la sociedad. Hay clanes, sectas, agrupaciones más o menos encubiertas, agazapadas en sus sombras de pensamiento, porque la luz es demasiado magnánima y hermosa para los que se esconden en ellas. Lo triste es ver cuando un partido mayoritario que se supone que debe ser adalid de una oposición se presta a converger con ese tipo de entidades, como lo ha hecho en diversas ocasiones.

¿O es que hay más gente de la que pensamos que no ha creído nunca en la democracia? ¿Qué prefiere la delegación de su personalidad de ciudadano sin exigencia alguna? ¿Qué le da igual ser un número o un súbdito? ¿Acaso hay más gente de la que parecía sin ganas de adquirir cultura cívica y sentido político? ¿Que no está por respetar las reglas del juego y modificarlas a bien? Preguntas de esta laya le surgen a uno cuando ve cómo uno de los jueces más comprometidos en perseguir judicialmente las infracciones a los derechos humanos está a punto de ser procesado por el Tribunal Supremo de una manera técnica incluso contra natura. Detrás, unas negras agrupaciones ultraderechistas que a su vez pueden estar siendo utilizadas por más interesados, se querellan contra él a propósito de sus intenciones de arremeter vía jurídica contra los crímenes del franquismo.

Y es que Baltasar Garzón es molesto para muchos. Y muchos desean cargárselo desde hace tiempo. Uno pensaba que estaría en el punto de mira de un atentado por parte de narcos, terroristas, ultras, mafiosos...Pero que el palo viniera desde dentro parece increíble. Y probablemente hay más. Hay más dentro del gremio de la judicatura, lo cual resulta ya abominable. Se habla de celos, envidias, relaciones de convivencia enfrentadas, criterios que chocan, gremialismos estrechos, maneras no compartidas sobre proceder en el enfoque de los temas jurídicos...Tal vez ésa es, desgraciadamente la esencia de la España Negra. La caracterización humana, las negras pasiones desatadas, los pecados capitales llevados a ultranza.
El prestigio jurídico internacional de Garzón, independientemente de que sean o no ciertos sus estilos personales que en su ámbito se critican (eso del juez estrella con que siempre se le calificó ¿no da la impresión de responder a envidias?) está fuera de toda duda. No se le ataca de frente, sino desde la oscuridad donde los hijos de la misma siempre se mueven ladinamente. Y la sibilina persecución viene de lejos. Pero Garzón no es el Gregorio Samsa que de la noche a la mañana va a aparecer como un insecto metamorfoseado. Ni creo que la sociedad española quiera entrar en una metamorfosis regresiva. Jueces como Garzón, y aunque no tan empeñados cuantitativamente como él, hay más en España. Pero nunca serán suficientes.

En defensa de la tropelía que se quiere cometer con él adjunto el Manifiesto por la Justicia de Garzón que circula apoyándole.


El juez Baltasar Garzón ha ejercido una justicia de forma continuada y valiente durante veinte años en la Audiencia Nacional, comprometida con la defensa de los derechos humanos en España y en el mundo contra dictadores, terroristas, corruptos y enemigos de la democracia.
El juez Baltasar Garzón ha sido uno de los principales promotores del desarrollo en España del principio de Justicia Universal.

El juez Baltasar Garzón es víctima de una campaña promovida por sectores de extrema derecha, Falange Española y Manos Limpias, con una sorprendente connivencia de algunos sectores progresistas.

El proceso contra el juez Baltasar Garzón es en realidad un juicio sumario contra los defensores de la Democracia, la Justicia y los Derechos Humanos y a favor de la impunidad de crímenes muy graves de carácter internacional.

El juez Baltasar Garzón está siendo juzgado por una sala del Tribunal Supremo en la que la mayoría de sus miembros juraron lealtad al Movimiento Nacional del franquismo.

Una sentencia adversa al juez Baltasar Garzón, tras agotar las instancias judiciales españolas, acabaría probablemente con una superior sentencia condenatoria del Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra el Estado español.

El juez Baltasar Garzón representa el modelo de justicia basado en la defensa de los Derechos Humanos conforme con su Derecho Internacional que millones de ciudadanos y víctimas reclaman en todo el mundo.

Ya en 2008 el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas recomendó al Estado español la derogación de la preconstitucional Ley de Amnistía de 1977.

Este caso vuelve a demostrar la necesidad de la Justicia Internacional. Incluso España, el país que intentó procesar al dictador Pinochet, es incapaz de juzgar su propia dictadura. Y quien lo intenta, es juzgado por ello.

(Fotografías de Misha Gordin)

miércoles, 10 de febrero de 2010

El origen del mundo


No, el origen del mundo no está en la pintura de Gustave Courbet. Por mucho que tiente. El origen del mundo está en la materia que se oculta tras el musgo. E incluso más allá, en la materia más íntima que el exterior de la materia no nos muestra. De la pintura de Courbet, mal que les pese a los amantes de la pintura realista, se podría decir que el coño representado no es un coño. Ya sé que últimamente me gusta más que nunca la deconstrucción de Magritte (ceci n’est pas une pipe) aplicada a casi todo. Me sirve para relativizar, desacralizar y hacer caer del burro a las grandes exaltaciones en el arte. Y por extensión, en la fotografía. Y por generalización a los hechos de los hombres, sobre todo cuando para expresarlos los recargan de palabras vanas, de imágenes que ocultan la realidad y de artificios que los desvirtúan. En ese sentido, prefiero la claridad nebulosa del artista Christo que, al ocultar los monumentos o los paisajes lo deja clarísimo. No es lo que no se ve, parece decir. Mas me temo que se trata de otros de los trucos del arte y sus secuelas. Entonces, se dirá, también es aplicable al pubis angelical que expreso aquí. No digo que no, si no fuera porque el triángulo pélvico me lo he encontrado en un banco de parque histórico. Caprichos de la naturaleza oferente. Nada nuevo. Los humanos han representado los símbolos genitales desde el principio de los tiempos en paredes de cuevas, aprovechando oquedades y salientes. O bien generando esculturas de falos. Los exégetas del arte paleolítico los han concedido propiedades simbólicas. Exaltación de la fertilidad, de la capacidad reproductiva. ¿Por qué no de la fuerza alentadora del sexo en sí mismo? Culturas de la India han reproducido hasta el infinito el lingam y el yoni, que podrían no serlo según Magritte, pero que como si lo fueran. Y es que el poder de abstracción humano para convertir en símbolo sus percepciones no han tenido límites. No, el fotógrafo no suele ir descubriendo pubis entre las piedras. Pero ¿alguien puede negar la generosidad de la materia para prestarnos su apoyo en nuestra capacidad de tocar la sustancia diversa de la que estamos hechos? Me refiero, claro está, a la imaginación.

martes, 9 de febrero de 2010

Cartier-Bresson: le mènage a trois



Mènage a trois. Pero podría tratarse también de un cuadro de Escher. ¿Dónde comienza y dónde acaba el retrato? ¿Quién sube, quién baja, quién va más allá del plano escalonado? El parecido es una trampa. Hay tres rostros diferentes. Tres personalidades, tres miradas, tres pretensiones. Incluso podría haber más. El fotógrafo que dibuja se mira en el espejo. El espejo reproduce otro hombre. El espejo le da la pista al hombre que está de espaldas pergeñando el dibujo. Y ambos se miran, sin que el dibujo dé muestras de darse por aludido. El dibujo pretende ser el resultado del guiño del hombre que hay de espaldas y del hombre que mira desde el espejo al hombre que se encuentra ignorándonos a nosotros, los espectadores. El espejo dibuja a través de las manos del artista en un papel que al moverse dota de muecas al retrato. Por lo tanto, el dibujo, a su vez, traiciona al espejo y trata de seducir al hombre del espejo, pero también al hombre de espaldas, al que observa más escéptico y más viejo. Y el hombre que parece el real, sólo porque nos creemos que es el verdadero, porque su objeto cuerpo nos da la impresión que es más vívido que el objeto espejo o que el objeto autorretrato, contempla alternativamente al dibujo al espejo al dibujo al espejo, sin decidirse. Y el hombre se mira de nuevo en el espejo, donde éste le devuelve otros gestos, por lo tanto otra cara. ¿Qué imagen es más auténtica de las tres? Las tres están incorporadas en un triángulo equilátero. Ninguna es el hombre. O todas son el hombre. Y el espejo gira en el sentido de los lados del triángulo, y el dibujo se intercambia con el hombre de espaldas, y el hombre al que no llegamos a ver jamás la cara, sino solamente imaginarla por medio de un espejo o de un autorretrato, devuelve al espejo un nuevo rostro. Porque nada ha permanecido y en cada momento de tránsito, ni el espejo, ni el retrato ni el hombre de cuyo rostro no sabemos sino confiando en otros objetos que se distancian de él, nada es ya lo mismo.


(Fotografía de Martine Franck, sobre Cartier-Bresson)


lunes, 8 de febrero de 2010

Metamuro


El poder de las imágenes. Su significado. El objeto es y habla. Su sentido. No hay necesidad de palabras ante lo que es y no es. Ciertos objetos, acaso todos, tienen un simbolismo. Algunos, ciertamente, lo tienen en mayor medida. Una cuchara, por ejemplo, ¿tiene menos entidad simbólica que el escudo constitucional? Yo no negaría nunca ni el valor moral ni la necesidad de uso ni el carisma de una cuchara. Y estamos en lo de siempre. Los objetos reflejan al hombre. Y el hombre emblematiza los objetos que tanto le dicen. Que los eleve más o menos está en función del sistema de reproducción de imágenes que necesita airear para mantener un status, una situación, un territorio, una ideología o una fe. El hombre abstrae entonces los objetos para su mundo de ilusiones, al cual sacraliza. Pero lo sagrado es el objeto. Su sustancia, su conformación, sus propiedades. Y sin embargo, las palabras se erigen paralelamente a los objetos. ¿Para ratificarlos? ¿O para sustituirlos? ¿O incluso para alterarlos? El objeto es algo obvio en sí mismo. Si es una cuchara es una cuchara. Si es un muro es un muro. Pero llegan las palabras y pueden alterarlos. Dotarlos de otra personalidad. Aunque no sea la real. También lo hace la pintura. No es baladí el famoso cuadro de Magritte de la pipa que no es una pipa. Las palabras pueden matizar el objeto. Pero al hacerlo, ¿no lo desvirtúan de alguna manera? La mirada del objeto habla. Todos los que habéis intervenido con vuestros comentarios sobre esos dos tipos de muros y sobre un tipo frente a algo parecido a un muro, habéis dado todos los significados posibles. Todos tenéis razón. Todos complementáis una visión. Todos interpretáis el objeto en su uso y en su significado. Es el misterio de las palabras. Hace del objeto algo metafísico. Algo que va más allá de su materia. Y no obstante, cuánto nos importa la materia. Y entonces, qué combates interiores tenemos entre la materia y las palabras con que enfatizamos argumentos que tratan de desarrollarla. Pero la materia sólo crece en sí misma. No crece por las palabras. Somos nosotros, entonces, quienes sí que necesitamos las palabras para crecer. Nosotros, que somos materia, queremos elevarnos más allá. Y hemos inventado un ingenioso elemento, mitad falaz mitad sumamente representativo, al que denominamos metáfora. Convertimos los objetos en metáfora. Con ello pretendemos extender el poder del objeto. Éste deja de ser tal por un instante en su inmediatez de uso para transcenderse en una proyección de imagen sobre nuestra ética, nuestra conducta, nuestra aspiración, nuestro sistema de ideas. Y un muro es un paso cerrado, o una crisis, o un límite al otro, o nuestro conocimiento limitado, o un sistema opresivo, o la opacidad del mundo audiovisual...El objeto, la palabra, la metáfora...el inconsciente secreto de cada uno. ¿Por qué puse estos muros sin comentario? Os merecéis un intento de respuesta. Por una parte, de pronto un día me levanté y sentí que un muro se alzaba ante mi. Un muro que me privaba, no tanto de visión como de expresión. Ni era la primera vez ni será probablemente la última. No sentía la angustia de algo insuperable, pero de momento me sentía bloqueado y por lo tanto paralizado. Desde un territorio que me significaba mucho dentro de mi se me cuestionaban las palabras. Y temí. De pronto, no me atreví a usarlas. Y el muro estaba ahí. Pongamos la fotografía de un muro, me dije, ¿para que un post más con palabras? A partir de ahora, imágenes. Pero, por otra parte, la explicación del muro podría ser más simple. En la extraordinaria película de Luis Buñuel titulada El ángel exterminador, hay una escena en la que un oso deambula sin razón aparente entre los hastiados y agotados miembros de la burguesía mejicana que no pueden salir de la habitación por causa de un maleficio surrealista. Los críticos y periodistas buscaban una explicación subliminal, marxista y freudiana de los labios de Buñuel. ¿Por qué sacó aquel oso? ¿Significaba esto o lo otro?, le preguntaron. A lo que el genial Luis les respondió: es que me apetecía que apareciera un oso. Me apetecía a mi también el muro, sí. Pero es que lo llevaba dentro. Y acaso Buñuel llevaba su oso, y en su tenacidad o contumacia baturra se lo calló.

martes, 2 de febrero de 2010

Materia



Llevas sobre tu espalda
mi piel como un estigma.

Mi piel
desprendida de la sustancia
del deseo.

Mi esencia
vertida sobre la materia
que tú fundas.

Materia
que moltura la rueda lenta
y firme de los días.

lunes, 1 de febrero de 2010

Apaciguamiento


No hay sombra
que pueda tornar opaca
tu presencia.

No hay luz
que pueda desvirtuar
el brillo de tu mirada.

No hay desnudez
que pueda desplazar
la elegancia de tu perfil.

Apacigua la espera.

Da de beber al viajero
que no cambia su rumbo.

viernes, 29 de enero de 2010

Desvelo


Duele el desasosiego. Ese darte cuenta de que la noche avanza lentamente y que se te va yendo. Que tu piel se encoge, protegiéndose del frío, diezmada por el desvelo. Que una inquietud aguda corroe las aristas de cada músculo, hendiéndolo como cuchilla que no te permiten permanecer cómodo entre las sábanas. El silencio duele. No te gustan los ruidos; de ordinario te espantan los gritos o los golpes que la vecindad desata por la inercia de su propia razón de ser, sintiéndote agraviado en tu intimidad. Pero hoy necesitas percibir un sonido, por ligero, desafinado o repetitivo que sea. A estas horas está todo el mundo parado. Podrías estar muerto y no distinguirías entre el silencio y la muerte. Por eso respiras con fuerza. Por eso necesitas escuchar tu inhalación, precisas expulsar con energía algo de tu propia miasma. Ha pasado el camión de la basura y lo agradeces. Hoy deseas que divida con su mecanismo ensordecedor el silencio que te sobrecoge. Y te parece breve lo que otras noches consideras eterno. Duele el insomnio. No es sólo una palabra cuyas consonantes te exigen pronunciarlas con rigor. Es un castigo. Un desajuste que trocea todas las partes de tu cuerpo. Te coloques como te coloques sobre el lecho, tu cerebro no encuentra el punto de apoyo donde serenarse. Se lo transmite a cada tentáculo, a cada víscera, a cada glándula. Duele el ariete arremetiendo contra cada puerta de tu cuerpo. Si giras hacia un lado te escuecen los arañazos de la turbación. Tienes los ojos muy abiertos y eso duele. El picor lo imaginas en su enrojecimiento. Si ahora mismo te levantaras y te contemplaras en el espejo te escupirías. La presión interior de los párpados, la sensación arenosa recorriendo la pantalla de tu globo, sin que una sola lágrima venga en socorro, te desazona más. Tienes las manos fuera de la cama y medio cuerpo se somete a la intemperie. Te has desnudado todo, como un exorcismo. Pero es como si un cuerpo que llevaras en ti recubriera otro cuerpo que llevaras en ti. Te imaginas con cuerpos concéntricos, semejantes en la forma, pero como capas que te blindan sucesivamente, sin saber muy bien de qué. De algo abstracto e inconexo que llamas Ser. Puede. Duele esa frialdad que no perdona tu conciencia enloquecida. Metes entonces los brazos y te palpas. Todo tu territorio de carne y huesos acoge el frío de tus manos. Agradeces el contraste. La piel gime, la piel exclama. Duele la soledad de tu abdomen huérfano. Extiendes los brazos en cruz, te cruzas con ellos el torso, lo abarcas. Quieres ir más allá de los límites, porque no hay hueco donde halles una pizca de calma. Extiendes tu esfuerzo a la espalda, te balanceas sobre ella, como si todo dependiera de una sujeción invisible. Te meces a un lado y otro del camastro. Duele la ausencia. Intentas reventar cualquier confín de la materia donde te nutres. Tocas tus muslos con las manos, ejercitas un estiramiento que desperece el olvido. Trazas con el filo de la palma de la mano la línea de tus ingles. El roce resbala sobre tu sexo extraño. Duele el contacto que no te hace reaccionar. Duele la percepción ajena de tu propia calidez. Arañas con rabia la cara interior de tus muslos. Es la enésima vez que cambias de postura sin hallar la que te conviene. La que responda a la necesidad profunda que ha quebrado en ti esta noche. La rigidez de tu espalda te manca. Tus tripas se agitan desconsideradamente. Has encendido y apagado la luz tantas veces que tus ojos están perdidos. Se abren con la oscuridad y se cierran con la iluminación del cuarto. Duele la mirada miope que no reconoce los objetos desparramos por el suelo. Duele el estiramiento consecutivo que no apacigua la tirantez de tus pensamientos. Las manos permanecen varadas en el ángulo entre tu tripa y la ingle. Duele esa piel madura que no se arruga sino imperceptiblemente. Tus dedos, aferrados al caos que no controlas. Duele el paso de la saliva por tu paladar. Y dejas que resbale entre el conato de bostezos que acaso acorten el olvido del sueño.

jueves, 28 de enero de 2010

Pero ella se aproxima

...pero ella, ajena a la trayectoria de aquel planeta que se aproxima como nunca, también se mostrará, desplegará la plenitud que ha ido fraguando en sus ciclos, y celoso del planeta, proyectará sus brillos para que nuestra percepción de Marte se enturbie, porque ella quiere ser sólo ella, entera, completa, en su cénit, en el punto de máxima proximidad con la Tierra, y esta Luna a cuyos ciclos nos tiene acostumbrados de tal modo que ha pretendido condicionar nuestras vidas, aumentará la intensidad de su resplandor, potenciará su tamaño, y hará del frío enero una ilusión donde quedemos atrapados...

Se asoma

...se acerca impregnado de su intensidad de cinabrio y sangre, y mañana se asomará a tan solo noventa y nueve millones de kilómetros de nosotros, y se mostrará más rojo que nunca, y nos ofrecerá su cercanía en uno de esos momentos excepcionales, pero no únicos, en que la naturaleza se despliega ante la naturaleza, y este planeta casi cinematográfico que ejecuta dos pasos adelante y uno atrás, o algo parecido, y que se burla del azar con el capricho de sus movimientos retrógrados, este Marte entrañable estará ahí, lo más al borde posible de la Tierra...

miércoles, 27 de enero de 2010

Y Moisés bajó de la montaña


Y bajó de la montaña Moisés y escenificó la última buena nueva. Dejad de adorar al becerro de silicio que ha quedado viejo. Yo os proporcionaré otro que os hará más libres, dijo Moisés a las turbas que esperaban inquietas su regañina. Porque el Señor quiere que la Ley se cumpla y su mensaje llegue a todas las cuentas corrientes. Y puesto que la competencia es mucha, he aquí que me ha sido revelada la última herramienta del poder del Señor para redimir a la humanidad del tedio, proporcionar su felicidad y garantizar el control social tan deseado por el Señor. Mas habréis de cumplir lo que viene inscrito en esta nueva Tabla, donde se os promete el fácil acceso a todos sus mandatos, y donde la aceptación de sus prescripciones os garantiza vuestra salvación, previo pronto pago, naturalmente. Esto les dijo Moisés a las masas que anhelaban el último producto. Y Las masas emitieron expresiones de asombro y se postraron ante la nueva Tabla exhibida por el enviado del Señor. Y desde la base de la montaña partieron mensajeros en todas las direcciones del planeta, de occidente a oriente, y de norte a sur, y desde la inmensidad de su Poder hasta la pequeñez del alma del más humilde de los esclavos, para depositar la semilla que debe germinar en los mercados. Y la expectación fue mucha, y el Señor, desde sus alturas, confió de nuevo en las catervas humanas. Hasta la próxima ocasión en que todos se sientan traicionados, y sea necesario un nuevo profeta, una nueva Ley y un nuevo sistema de ventas.

(Cuadro de Rembrandt sobre Moisés mostrando los Mandamientos. Probablemente se trata de una premonición del pintor holandés sobre el patriarca Steven Jobs presentando su I Pad ante la mirada boquiabierta de los elegidos)

martes, 26 de enero de 2010

El cuchillo en la tripa


Hay veces que uno lee cosas interesantes. Las relaciones humanas siguen siendo complejas, y la frontera entre las actividades cada vez menos definida. El problema es cuando se interiorizan de tal modo los problemas y las identidades en el individuo que acaba partiendo a éste. A propósito de los suicidios en la plantilla de France Telecom en los últimos tiempos, el filósofo Sidi Mohamed Barkat hace unas declaraciones en el periódico El País que no tienen pérdida. Extraigo unos párrafos y quien desee leer la entrevista entera puede hacerlo en:

http://www.elpais.com/articulo/cultura/lucha/clases/ha/trasladado/interior/trabajador/elpepucul/20100126elpepicul_4/Tes


"...

P. ¿Dónde respiraban?

R. Los trabajadores respiraban fuera del trabajo. Con el dinero se podía acceder al mundo, se podía entrar en una comunidad -la comunidad nacional-, un mundo -la civilización- y un espacio -el territorio del país-. Eran objetos de amor y conformaban la identidad.

P. Ahora ya no respiran...
R. La nueva organización del trabajo ha cambiado este relato y los suicidios son el grito desesperado de los trabajadores que sucumben. El Gobierno buscó una razón para los suicidios y los atribuyó a problemas personales. Para mí son un grito de revuelta ante una situación que nos desborda y de la que no podemos escapar; el suicidio abre una brecha para poder tomar el aire, es una cuchillada, como lo fue realmente en el caso de un trabajador de France Télécom que en medio de una reunión se clavó un cuchillo en el abdomen. El que se suicida nos convoca para ver lo que los demás no vemos. Nuestra civilización no es consciente de que está produciendo muertos vivientes, zombis.

P. ¿Se trata de una cuestión de productividad? ¿Cuál es el factor determinante de este cambio?

R. La evaluación individualizada de la productividad crea una división en el interior de la persona. El trabajador ha sido transformado en una especie de empleador de sí mismo. En algunos sectores, ciertamente, se le ha concedido un grado considerable de autonomía, e incluso se puede decir que es más libre. Pero lo que sucede es que una parte de sí mismo -el sujeto- va a emplear a la otra parte -el cuerpo- y le va a pedir una serie de cosas. Si los objetivos que se impone son muy elevados, el sujeto puede pedirle al cuerpo tal vez lo imposible y es así como el cuerpo va a trabajar, no sólo en la empresa, sino fuera de la empresa; por ejemplo, pidiendo al marido o a la esposa que le ayude; formándose a su propio coste. El trabajo ha desbordado completamente su esfera para invadir la esfera de lo privado. Incluso a los trabajadores se les regala material como ordenadores, teléfonos, etcétera.

P. ¿Para ayudarles a trabajar?

R. En realidad para ayudarles a transportar su trabajo fuera del espacio de su trabajo. Ahí es donde empieza el conflicto entre el sujeto que ordena y el cuerpo que obedece. El cuerpo pensante, que es flexible y ligero, no puede serlo más que manteniendo una cierta economía vital; si se le empuja demasiado lejos, es como una máquina a la que se le pide más de la cuenta y se rompe. En lugar de producir ligereza e invención produce pesadez.
..."


El viejo tema de la lucha de clases sigue en vigor. Y de una manera mucho más agresiva que nunca se está trasladando a lo profundo del trabajador. Uno, que nunca había hecho una religión de la teoría de Marx, sigue comprobando que tal lucha sigue siendo un hecho real en la vida cotidiana. Quien no lo quiera reconocer, allá con su ceguera.


(Composición fotográfica de Michal Hustaty / otra composición de DGTLK y fotografía de Barket de Tejederas en El País)

lunes, 25 de enero de 2010

Soul


Nunca llegará a caer
la última hoja.
No antes de que desaparezca
la última palabra.




jueves, 21 de enero de 2010

Crecimiento


Coges la extraña caracola, su pátina brillante te transmite humedad, la palpas con lentitud, deslizas tus dedos por su superficie lisa, no sientes perfil alguno en ella, no te raspas con ninguna arista, te complaces en la redondez de la esfera que nunca termina ni se reduce a sí misma, tu palma recibe el contraste del frío que proviene del tiempo, abres y cierras la mano alternativamente, retienes el medallón de otra era con fuerza, como si quisieras impregnar al ammonites del calor que perdió, como si preguntaras a su temperatura los secretos que oculta, como si desearas que llegara a tus sentidos su energía desconocida, invadiéndote con la sorpresa de los territorios sobrepasados desde su larga procedencia, llega ahora a ti, llega con el clamor que sólo te hace vibrar a ti, lo miras curioso y ávido, te lo acercas a los labios, lo haces girar con suavidad, te los frotas a través de un recorrido calmo, su rugosidad no te parece vieja, su costra no te pesa, su color de sangre se parece a la que tus ojos inyectan ante lo que nace cada día en ti, lees en sus estrías mensajes antiguos, lo abres con cuidado y cautela, no quieres que se pierdan las letras de la edad, lo despliegas con fervor respetuoso, su interior te habla del asombro, su cuerpo profundo te trae imágenes de otras vidas, no tienes suficiente mirada para la ciudad que oculta en su interior, no tienes bastante capacidad para contar sus circunvoluciones que llevan la espiral de la vida perenne, no tiene límites que impidan que continúe creciendo día a día entre tu piel...

miércoles, 20 de enero de 2010

Descripción


Entre la luz y la sombra
hay un espacio invisible.
Ni se ve ni se palpa.
En él permaneces
transfigurada.
Sin saber si eres hija del viento
y de tus huellas
o sutil evanescencia.


(Fotografía de Angele Etoundi Essambla)

sábado, 16 de enero de 2010

jueves, 14 de enero de 2010

Haití: que se jodan los pobres


se admiten comentarios, discrepancias, turbaciones, quejas, recomendaciones, indignaciones, cuestionamientos, propuestas revolucionarias, alternativas o simplemente molestias de estómago

absténganse hipocresías, golpes de pecho, colectas de lo sobrante, bienaventuranzas, oraciones y declaraciones vanas de sospechosa e inútil buena voluntad

el bloguero es muy sensible al tema

(Grabado de Käthe Kollwitz, de principios del siglo veinte en Alemania)

miércoles, 13 de enero de 2010

Au revoir, Eric

Hubo un tiempo de juventud en que veíamos las películas más sorprendentes. No sólo veíamos a François Truffaut o a Eric Rohmer en los cineclubs, verdadero bastión para ese saber algo más de cine que en las salas de distribución de la todopoderosa industria de Hollywood. Había algo más en aquellos cineclubs. Y es que aprendíamos también a hablar. Y lo hacíamos en unos planos diferentes y más abiertos a los de los militantes políticos, mucho más reducidos estos en su visión y temática. Así, gracias a la mano de algún aficionado que iba unos pasos por delante del común, accedimos a películas húngaras o checas o incluso rarezas alemanas que jamás volvimos a ver. Y así llegó Rohmer a mi vida. Con sus silencios, sus aparentes banalidades, su carencia de argumento al uso clásico. Pero también con su deslumbramiento. Y junto a él la figura cautelosa y engañosamente distante de Jean Louis Trigtinant, que era una constante en las películas de Rohmer, y la aureola de Françoise Fabian. Rohmer va vinculado a mis años de descubrimientos más que ningún otro. Y aunque no he visto ni por el forro toda su obra, sí que recuerdo con entusiasmo sus Seis cuentos morales, películas donde la cotidianidad de la vida se imponía, emergiendo desde lo trivial y volviendo transcendentes los insignificantes acontecimientos. Siempre tenía la sensación de que en las películas de Rohmer no se contaba casi nada y, no obstante, me atrapaban. ¿Por su estética, por las formas pequeñobuguesas de la vida francesa, por el encanto de sus actores? Tal vez debiera ver de nuevo ciertas obras. Ya empecé a hacerlo no hace mucho con Truffaut. Acaso debiera embarcarme en Rohmer un día de estos, porque me pregunto ¿de qué manera lo veré un montón de años después, sobre todo aquellos films de mediados de los sesenta? Hace tiempo ya sospechaba que tenía cuentas pendientes con él. Tal vez su muerte sea la excusa para indagar en sus mensajes. Tal vez hasta me lleve la sorpresa de que no me interesa su obra ni siquiera estéticamente. Y sé que entonces algunos matices de mi pasado, en alguna escala que se oculta, se derrumbarán. Ocasión para situar claves y desmitificar ficciones.

lunes, 11 de enero de 2010

Glenn Gould versus Glenn Gould


Se diría que el secreto puede estar en la taza de té. O en la importancia de sentarse como un pianista. Dónde empieza la máquina máquina y dónde la máquina humana. Cuál fue primera. O se fueron haciendo en un compás. A veces en un toma y daca. Dónde la música. De dónde es expulsada. La máquina es una máquina ciega. Sólo sabe emitir arpegios cuando unos dedos la zarandean. Pero a los dedos quién los agita. El hombre es agitación. El hombre contra el hombre. Y de pronto la máquina calla. Y el pianista deja de serlo para ser otro. Y la música sigue emitiéndose desde una garganta y a través de unos labios, aunque suene a matemática. Y el hombre sacude de nuevo a la máquina. No hay parada para el cuerpo que se abre y destroza la máquina hasta ser él mismo. Las aves del acantilado próximo siguen tarareando cuando él no está. Las partituras son invisibles. Bach se ha encarnado en un monstruo.

Nota. He perdido los signos de interrogación por el camino. Léase el texto confiando en los acentos. Vírgulas cargadas de sorpresa. En lo referente a Glenn Gould y sus capacidad interpretativa, sobran los signos. Todo es afirmación. Cierren la puerta, concéntrense y siéntanlo.



domingo, 10 de enero de 2010

Werlisa, mon amour


Es lo que tiene remover cajones o bajar maletas de los anaqueles de un armario. Que empiezan a caerte encima los recuerdos. Fatal. Te quedas inmóvil y ya no haces nada más. Abducido por una telaraña que te traslada a través del tiempo. Ni recoges ni ordenas ni limpias. La función que te habías propuesto pasa a segundo plano. Y de pronto este objeto o aquel otro se atraviesan en tu plan y te descolocan. Y el largo carrete de la memoria, ése que normalmente no rebobinas, se despliega ante ti. Y ahí tienes de pronto la Werlisa entre tus manos y te cuesta adivinar cómo funciona. Temes que ella se dé cuenta de tu torpeza y reniegue de tus dedos poco hábiles. La sacas hasta con dificultad de su estuche, tan desmañado te muestras. La observas y, aunque su morfología exterior se mantiene semejante a la técnica actual, la observas con sorpresa. Te saca la lengua y te hace creer que es más de lo que es. ¿Qué te pensabas, maldito, que estaba hecha de papel de fumar?, parece decirte. La ves como una máquina extraña y compleja. Y ya no sabes por dónde se mete la película, ni cómo tenías que ajustar la velocidad ni el diafragma, ni por dónde debes mirar, ni siquiera estás seguro de si el disparador es ese dispositivo que tenías que bajar con el pulgar. Y a duras penas caes en que esa otra palanca horizontal servía para pasar cada toma. Pusiste a prueba tu ojo y tus dedos como un artesano. Más manualidad no cabía en aquella juventud estrenada. ¿Recuerdas todavía dónde tiraste las primeras fotografías? Elegiste piedras, cómo no. Un terraplén de cascotes que sepultaba en pleno centro de tu ciudad las ruinas de una colegiata románica. Una rampa que te permitió registrar aquella decoración de ajedrezados que toda torre o puerta románica que se precie debe exhibir. Unos ventanales huesudos de ojiva que ratificaba que tras un estilo había llegado otro ocho siglos atrás. Para ser las primeras de tu vida, el blanco y negro las cuidó con esmero. No recuerdas, en cambio, cómo convenciste a tu padre para que te la comprara. Era un capricho. Y para ti sigue resultando un misterio cómo aquel hombre tan severo para ajustar los gastos domésticos cedió. Lo que ni él ni tú podíais intuir entonces era que sólo se trataba del principio. Avant, c’est le comence, continuez le combat...photographique! Sí, gracias a la fotografía encontraste muchas playas bajo el asfalto. Aún las sigues hallando.


sábado, 9 de enero de 2010

Audacia



Míralo bien.
Deléitate en su pequeño óvalo
y en su rojez.
Acaricia el fruto
que has tomado de la vida
y acostúmbralo a tus labios.
Antes de que la nieve
lo cubra.

viernes, 8 de enero de 2010

Diablo rojo, por Paolo Conte


Diavolo rosso
dimentica la estrada
vieni qui con noi
a bere un’aranciata
contro luce tutto il tempo
se ne va...


(Cuadro del ruso Kuzmá Petrov-Vodkin)





jueves, 7 de enero de 2010

El atacante


Aquella fuerza que el resistente debe aguantar no la ve pero la siente, y la fuerza que se pone en marcha al otro lado tampoco sabe quién va a pararla, pero quien empuja se desangra en el esfuerzo, sin saber quién y cómo están oponiendo paralización a su acción agresiva, mas la fuerza es materia única, todos son cuerpos, un cuerpo es una piedra, una piedra es un cuerpo, un cuerpo es un metal pesado, círculo de formas y de sustancias que se alean tratando de obtener un cuerpo superior, pero siempre permaneciendo elemento, intentando obtener una fuerza mayor que la de antes, pero siempre aferrándose a su fundamento, y una materia se puede tocar en estado primigenio, o bien puede combinarse con otras espontáneamente, o bien una materia es forjada por manos, o bien es alterada por inteligencias, o bien es utilizada intencionadamente por voluntades, ay esa poderosa mano de la materia, la mano decisiva como base de la inteligencia, sin la cual la mente de los hombres no hubiera operado cambios, y en esa identificación tenaz con la materia el atacante pierde la noción de especie, y el atacante se transforma en lanza y proyecta su violencia hacia la otra parte, el atacante es la exclamación de la materia, y se dirige hacia lo opuesto, y en algún lugar invisible del recorrido se encontrará con la exclamación de la sustancia del hombre que resiste, y no es que la fuerza desarrollada por el atacante sea superior o inferior a la que ejercita el resistente para parar la energía en desplazamiento, pero habrá algún punto, algún factor imprevisto, alguna pérdida de energía, alguna lasitud de uno de ellos que propiciará la derrota del otro, y esa fuerza que resulta que no es diferente, porque distinta es sólo la posición en que se fija al terreno, la defensa o el apoyo sobre el territorio, esa fuerza que se manifiesta desde cuerpos idénticos, pero ubicados en espacios alternos, no tiene un rostro definido, y el resistente de hoy puede ser el atacante de mañana, y a la inversa, el que aprieta en este instante amanecerá otro día presionado, y esto acontece en la dimensión de ti, percibes con frecuencia que dos enemigos combaten dentro de tu ser, y uno mismo se siente en pugna con su materia más íntima, donde se golpea y a la vez detiene sus propios golpes, donde trata de forzar sin que la otra parte de sí mismo le conceda la rendición,


(Escultura de Pedro Monje)

martes, 5 de enero de 2010

El resistente caído

Hay días de derrotas. Y el cuerpo pesa. Obsérvese éste. Mírese bien su arqueada tensión flotante. Tratando de sujetar un volumen que se le viene encima. Haciendo lo imposible por contener una presión cuya señal no da toda su medida soterraña. Intentando evitar el desbordamiento de los días. En el esfuerzo, el cuerpo quiere dar de sí todo. Se concentra para detener el ejercicio que la masa desploma sobre sus espaldas. Se expande para abarcar unas energías que supone aliadas. Se trasunta en materia que enfrenta la materia. En su arrojo tienta los límites de la voluntad. En su conversión en bruto pierde la conciencia. En su audaz metamorfosis se transforma en piedra. Pero la piedra crece y él no da más en los márgenes de su fuerza. Pero la piedra piedra y la piedra hombre tienen conglomerados diferentes. Y ambas se reparten las impurezas de sus tallas por igual. Pero la piedra aguanta y el hombre se deforma. Pero la piedra comprime y el hombre quiebra. Pero la piedra es fría y la sangre no puede contenerse dentro de ti. La distensión traerá de seguido una contracción. Y el puente que une las dos manifestaciones del ejercicio puede revelarse débil en cualquier momento. Y su taimada solidez herirse con el filo del tensado aliento. Y ahí, en un punto mal calculado de la arquitectura de tu brío, puedes romperte. Y en esa tenaz resistencia la piedra y tú pereceréis. Déjate caer y recupera la armonía. Siempre podrás decir que fue un sueño tu vida enfrentada a otras vidas.


(Escultura de Pedro Monje)

lunes, 4 de enero de 2010

Albert Camus, cincuenta años después


Gozaba de mi propia naturaleza, y todos sabemos que en eso estriba la felicidad, aunque para aplacarnos mutuamente finjamos a veces condenar estos placeres tildándolos de egoísmo.

Del libro La caída, de Albert Camus.


¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento.

Del libro El hombre rebelde, de Albert Camus.


Hoy cuatro de enero han trascurrido cincuenta años desde la muerte del escritor Albert Camus. Imprescindible, el autor de las extraordinarias La peste o El extranjero tiene además una obra ensayística amplia. Y una novela especial titulada La caída, que siempre me pareció de la misma talla que las dos mencionadas. Y un tratado especial titulado El hombre rebelde que sabe a poco. Lo recuerdo aquí, apresuradamente, sólo con un mensaje directo: hay que seguir leyendo a Camus, quien lo haya hecho. Y no esperar más quien aún no lo haya leído. Sucede como con Antonio Machado. Se leen nuevos Camus como se leen nuevos Machados en distintas edades de la vida. Y siempre resultan nuevos, y siempre son un descubrimiento. Ésa es la buena literatura. Ése es el buen pensamiento. El poso de la rebeldía interior y de la resistencia activa que no cede a la mediocridad de los tiempos. Esencial para comprender no sólo el siglo XX europeo sino también la debilidad y la fortaleza de la dual alma humana.


domingo, 3 de enero de 2010

El guerrero caído



¿Quién ha derribado al guerrero? ¿Cabe mayor patetismo que la imagen de un guerrero caído? Porque se supone que el guerrero es el símbolo tradicional por excelencia de la fuerza bruta. No tanto de la personal como de la institucional. Veía ayer en televisión la película de Michael Moore Fahrenheit 9/11, donde la realidad se convierte en ficción para seguir siendo realidad, y acaba dándote asco el mundo del poder. Ya se sabe del tema. Todo el montaje que tuvo lugar por parte de la administración Bush Jr. y sus aliados, de cuyo nombre no quiero acordarme, con el apoyo de los congresistas de los dos grandes partidos y el respaldo de la sociedad norteamericana, para justificar la invasión alevosa de Irak, y cuyas raíces se pierden en un episodio tan poco claro todavía como fue el 11-S.

Y entonces vemos en la película, entre otras perspectivas tales como los oscuros intereses entre los saudíes y personajes de gobierno de Estados Unidos o la manipulación de la opinión pública por parte de los medios de comunicación, todo ese potencial de guerra americano en acción. Potencial efectivo que no es sino el culmen de toda una serie de factores: el desarrollo de su investigación militar, su industria bélica, sus empresas logísticas, su ejército. Un monstruo de millones de dólares, obvia y sarcásticamente empeñado en mantener la paz en el mundo. La paz de los USA y sus poderes multinacionales quiero decir.

Y crees que no hay fisuras en ese producto llamado war. Y que los invasores van a vencer, y vencieron, como en las películas. Y todo aparecía a los ojos del honesto y patriota pueblo americano, como gustan de repetirse, atado y bien atado. Pero...resulta que el enemigo también mataba en Irak. En menor escala, a menos gente de los que ellos contabilizaban en sus filas, incluida la población civil, y sin excesivos resultados, pero mataban. Y entonces ves que esos chicos sanos y alegres de Wyoming o de Michigan, que se ponen auriculares con música heavy mientras conducen sus carros de guerra, y que uno supone que se meterán algo más, de pronto saltan por los aires, y sus carnes también se convierten en sangre, y su cuerpo también resulta mutilado, y gritan de dolor. y ya no son los soldados henchidos de valor patriótico. Lo peor y más flagrante del caso es que estos guerreros pertenecen a las clases humildes de los suburbios, gentes que se apuntan por el sueldo y por lograr un oficio. Cortesía del sistema.

¿Quién derriba a los guerreros? ¿Otros guerreros? ¿El destino? ¿O acaso quien los arma los desarma? La imagen de los guerreros caídos, y no digamos ya la de los vencidos, siempre me ha impresionado. El guerrero caído simboliza los límites. En este caso el íntimo y más angustioso, el personal, el que no tiene vuelta de hoja. Claro que también tras los guerreros caídos se advierten los límites de un sistema. Pero el sistema se recompone y le importa un carajo sus hijos. Porque se trata de contabilizar todo en términos de economía-beneficio y de poder geoestratégico. ¿Y las vidas, incluso la de sus guerreros? ¿Ah, eso, sus vidas?...Pues, daños colaterales. Gajes del oficio que diríamos por estos pagos. ¿Veremos alguna vez al banquero o al presidente de petrolera derribado y caído? Habría que desblindarles primero.


(La escultura es de Alonso Berruguete, hacia 1530)

viernes, 1 de enero de 2010

Conjura con las sibilas



No me he reunido con las sibilas para saber del futuro.
Ni para que me informen de mi destino.
Ni para consultar seguridades.
Ni para prevenir desastres.
Ni para hallar la manera de enriquecerme.
Ni para proteger mi honra.
Ni para que me indiquen quién será mi enemigo.
Ni para que me consuelen de mis cuitas.
Ni para que me auguren dichas.
Sé tan poco del pasado que me avergüenza inquietarme por tiempos venideros.
Apenas sé de las obras de otros hombres que nos precedieron.
Apenas llego a comprender el sentido de una marcha que viene de lejos.
Apenas logro descifrar la dirección de la vida.
Pero no me inquieta lo inexistente
Ni recurro a sacralizar el misterio.
Me estimula lo acontecido hasta ahora para que yo esté aquí.
Me hablan los ciclos de la vida y su sangre y su savia y sus erosiones.
Aún es el tiempo de desentrañar lo que se hizo antes de que llegáramos
Para entender algo de nosotros.
Aún es el tiempo de mirar nuestras manos y palpar el horizonte con ellas.
Aún es el tiempo de amar lo que nos rodea.
Aún podemos navegar salvando los escollos.
Aún es el tiempo de la posibilidad.
Eso quiero pensar, eso anhelo, aunque la incertidumbre me acompañe.
Mas no debo ceder a los espectros.
Así hablé a las sibilas.
Y las sibilas han asentido con sus rostros ambiguos.
Y las sibilas han permanecido enmudecidas porque no tenían nada que decirme.
Y por vez primera he visto que la mirada de sus ojos era humana
y se acercaba a mi mirada.
Recuerda que ya fue escrito:
Buscarás la noche como lugar de acogida
Y asirás la luz del amanecer
Porque sólo con tu mirada sincera es posible medir la longitud de los tiempos.

Esta noche las sibilas y yo nos hemos conjurado contra los dioses.
A la luz de la antorcha.