domingo, 20 de diciembre de 2009
sábado, 19 de diciembre de 2009
Saurio
Como la palabra, se revuelve.
Busca la luz que la alimente
pero que no la ciegue.
Huye de los ruidos imprevistos y de los ecos
que no reconoce.
Le espantan las voces infelices. Escapa
de los pasos atropellados.
Se refugia para sobrevivir a los tiempos
de fría incomprensión.
Hiberna para rehacerse de nuevo,
como las palabras.
jueves, 17 de diciembre de 2009
El coleccionista de piedras

Colecciono piedras. Allá por donde voy, veo una que me llama la atención, la tomo y la miro. Luego, la hablo en secreto. Luego, la pongo un nombre. Luego, la limpio, la froto, o simplemente la acaricio porque su textura me lo pide. Luego, la beso. Luego, la vuelvo a dejar en el mismo sitio. O, si no me parece el lugar apropiado, la deposito en otro más noble o más oportuno o más protegido. Creo que las piedras tienen que estar donde están. En el pedregal, en el lecho del río, en los caminos, en las canteras, en una obra de mampostería, en el interior de un zapato incluso. Colecciono las piedras, pero no me las llevo a ninguna parte. Ya no. No me apropio de ellas. Renuncié a ello. Y sin embargo van conmigo. Como las he bendecido con mi aprecio y las he dotado de un nombre que sólo me significa a mi, sé qué piedras tengo asociadas a mi recuerdo, que es tanto como decir a mi admiración por ellas. No, no se trata de un tema práctico desde el punto de vista de un hombre hartamente domesticado como yo. Podría acumularlas y tenerlas en casa, donde seguro que estarían bien atendidas. Una vez, cuando no comprendía aún el espíritu de las piedras, lo intenté. Llegué a tener una buena cantidad. Dormía entre piedras, me aseaba entre piedras, cocinaba y comía entre piedras, caminaba entre ellas, ellas sostenían los libros y los libros las mimaban. Algunas llegaron incluso a aparearse con libros, y el resultado fue confuso. No porque los frutos de su apareamiento resultaran híbridos. Sino porque más tarde nadie quería procurar su manutención y cuidado. Los libros los ignoraban y las piedras no los reconocían. Tuve que llevar estos híbridos a un museo, hecho que siempre lamenté. Pero así era yo entonces. Tenía una visión excesivamente humana, es decir, utilitarista y acaparadora. A partir de aquello, empecé a sentir de otra manera a las piedras. Fue una época dura para mi. Y según deduje después, también para aquella inmensa colección cautiva. Tenía la impresión de que se encontraban inquietas. Durante el día no paraban de moverse. Lo hacían de manera discreta y disimulada y, aunque ellas se agrupaban en complicidad, yo lo detectaba. Por la noche, las oía gemir. Era un roce, una confluencia áspera de sus aristas, a veces hasta alguna caída que otra. Yo me mostraba desasosegado. Pero me dio en pensar en el malestar de las piedras. Mi insensibilidad inicial quebró. Traté de revisar la situación. Disponerlas de mejor manera, cambiarlas de ubicación con frecuencia, alternarlas entre sí. Incluso busqué el modo de que se incorporaran más a la vida de los objetos. Que formaran parte de un sofá, por ejemplo, de un armario, de un vasar, de una armadura de cuatro siglos, de la alfombra. Tuve siempre la certeza de que el resto de objetos las acogían con benevolencia y amabilidad. Aunque yo estaba centrado en mis actividades creativas, observaba. Miraba de reojo, aguzaba el oído, permanecía en silencio, conteniendo la respiración, como si no estuviera presente. Mi conclusión fue que había empatías y simpatías, y nada me hacía sospechar de discrepancia o choque entre el resto de los objetos y las piedras. Pero las noches ponían en su sitio el alma de las piedras y sospeché que, de alguna manera sibilina pero latente, podría estar fomentándose una cierta suerte de rebelión. No temí por mi en ningún momento. Si hasta entonces siempre había considerado el riesgo de acumular también libros y de que estos se conjuraran contra mi extrema manía por reducirlos, no iba a tener miedo de que otro tanto ocurriera con mis piedras esclavizadas. Fue su sensibilidad la que fecundó la mía. Siempre se piensa que las piedras no tienen sentimientos, ni lenguaje, ni intuición. La gente está equivocada. Yo estaba en el error también. Aquellas noches fueron tornándose agónicas. Algo se manifestaba por las paredes, entre los estantes, en el interior de los muebles, encima de los suelos. Fue la caída de una piedra puntiaguda al lado de mi, sobre la cama, el factor que obró mi conversión. El mensaje me llegaba. Podrían haberme herido, pero no quisieron hacerlo. No era siquiera una advertencia, aunque me lo tomé en principio así. Era una solicitud no carente de ternura. Un ruego, la proposición de un pacto. Yo escuchaba sus voces, aunque la elaboración de sus propuestas acontecieran en mi cerebro. Las piedras estaban cansadas de no estar en su medio. Su medio es cambiante. Ellas no se veían presas de un coleccionista que sí, muy atento y entregado a ellas, pero que no las concedía la libertad del azar. Su destino no era la inmovilidad ni la exhibición para un viejo caprichoso. Hice de mi casa una mudanza total. Y decidí convertirme en el Espartaco de esa estirpe antigua que sigue evolucionando. Reconozco que me quedé con algunas piedras negras. Unas pocas. Me parecían excepcionales. Como llegadas de otros mundos. Y tal vez lo sean. Tienen rostro, actitud, sentido. Me cuesta despojarme de ellas. Siempre he temido que vinieran a liberarlas. Aunque fuera desde un tiempo lejano o desde otro planeta.
(Fotografía de Misha Gordin)
(Fotografía de Misha Gordin)
miércoles, 16 de diciembre de 2009
martes, 15 de diciembre de 2009
Espectrales
lunes, 14 de diciembre de 2009
Decimos
el aviso de la sed, la carrera hacia una fuente natural, el sencillo plato de roca simulado en un costado del teso, donde reposaba un agua cuya transparencia jamás el niño vio después, el reflejo de su cara en ella, no, la refracción de su sorpresa, él, tan admirado al observar una leve corriente que permanecía y apenas rebosaba imperceptible, una suerte de dibujo de un cristal en la concavidad erosionada, superficie sólo alterada ligeramente por quien llegaba sabiendo qué quería alcanzar, donde la actitud del sediento no era ansiosa, aunque acuciara la apetencia, sino que aquel espacio minúsculo de piedra llamaba a postrarse fervorosamente, y el flujo, recién crecido desde recónditas rendijas de la tierra, era un misterio para los ojos aprehensivos, ahítos de perplejidad por el admirable venero solitario, cuya presencia pasaba desapercibida para los transeúntes ocasionales, secreto fontanar a mantener oculto a otras bocas, extraño pacto entre la tierra y el hombre que despunta, donde beber era un rito, no forzando el zambullido de los labios, no calando el rostro, no mojando los dedos, al que ya desde la proximidad había que acercarse con piedad, donde beber tenía la inconsistencia de una adoración mistérica, la percepción de un extraño temblor ante lo puro, el agua quieta filtrada lentamente por las grietas del talud ribereño, secreta como el destino de la vida del hombre, serena como la fuerza desconocida que sujeta al borde del riesgo, fresca como la percepción receptiva y curiosa, curso lento pero transcurso al fin, un agua que el niño, presuntuosamente, creía dispuesta para él, a la que sorbía como sólo un niño sorbe, con una fruición prudente, como sólo un hombre primitivo sorbe, hendiendo los labios devotamente, vinculando el gesto a algún origen que nadie podría intuir, invocando confusamente aún la procedencia, no para sacralizarla, sino para no perderla, para disponer de su significado, para llegar lejos, mientras la sed acucie la fuente estará presente en algún hueco preservado por el hombre, y sólo el hombre conoce dónde localizar su brote y recurrir a él, apelación contra el desasosiego de la insaciabilidad, y sabe que esa fuente debe permanecer allí, en alguna parte dentro de él, siendo algo tan primigenio e imprescindible que se lleva dentro siempre, algo irrenunciable como los pezones de la madre, como la hondura de una sima, como la calidez de otros labios, como la prospección de una mirada, como el aguacero y los rayos que jamás le derribaron, y él vive con una sensación natural, animista incluso, y se repite a sí mismo que el que bebe de esas fuentes vivirá para siempre, y es de esos anhelos de los que no puede desproveerse
domingo, 13 de diciembre de 2009
sábado, 12 de diciembre de 2009
Cuenta atrás, cuenta adelante
viernes, 11 de diciembre de 2009
Decimos

las imágenes de piedra, esas estatuas que se dispersan por cualquier jardín de nuestros sueños, esas representaciones cuya rigidez es una pose, una manera de hacer frente a las miradas que no pueden entender, ojos que no se acercan para no ser escrutados a su vez, huecos despoblados de luz, y desde ellas, desde los imperturbables volúmenes que asaltan el paseo por las sendas alejadas, se ve al otro en la distancia, es más, se utiliza la distancia para no permitir ser reconocido, pero la distancia siempre es una fronda en torno a la cual se da vueltas, y cuando crees que te has alejado estás en un punto próximo, o acaso comenzando nuevamente, o es que no te habías alejado y todo reside en las sensaciones que un cierto movimiento del aire, que una neblina que se aposenta sobre el verdín de la figura abandonada, que unas hojas secas que se acumulan junto a ella te hacen llegar a tus sentidos, y es que acaso ha dejado de permanecer en su ubicación, y que se ha movido imperceptiblemente, y que al dar nosotros la vuelta ella gira y se crece y sigue silenciosamente nuestros pasos, y nos hace creer que es una característica firme de las estatuas su irredenta parálisis, y nos transmiten que son inconmovibles como todo lo que no se acierta a ver con precisión y se esconde entre lo secundario, porque saben, ellas, las estatuas, que los hombres requieren de puntos de fijación, saben que los hombres confían más en lo aparente, lo prestan más atención, y aunque saben, ellos, los hombres, que siempre hay huellas más arraigadas, prefieren el despliegue del artificio, el pulso competitivo que practique un juego de engaño con el otro, y todo esto las estatuas lo saben, el ambiente de los sueños por el que ellas se deslizan es propicio a arrojar otra luz, pero los hombres piensan más bien que en esa atmósfera en que caen lo que prima es lo confuso, no saben comprender o no distinguen los planos que se desplazan allí dentro, entre esa descomposición de la vida ordinaria que tiene lugar cuando se rinden al límite de sus fuerzas, y ellas mientras continúan erigiéndose, proyectando sus brazos en direcciones que hay que interpretar, y no admiten coloquios, las estatuas no hablan como los hombres, pero lo dicen todo, y justo hay que estar atento para que su voz de roca profunda, desgastada por el tedio, erosionada por la imprudencia que acostumbran a observar en los hombres, pueda ser captada y aunque sea de un hilo tenue podamos averiguar su significado, su aviso
jueves, 10 de diciembre de 2009
Los trinos del palacio
Parece mentira de qué manera el canto de un canario puede relajarte. De qué modo puede hacerte volar -ella, pobre ave cautiva- sobre un espacio en el que te evades, o eso crees, y que te abduce, siquiera por unos minutos. Cómo te sientes, en apariencia, como si formaras parte de un espacio libre. Y su efecto subyugante. No era sólo el alegre pájaro. Por cierto, ¿por qué llamamos alegría a su expresión cantora natural? ¿Es que acaso existe el ave en función de nosotros, los humanos, simplemente porque hagamos de sus propiedades una sumisión? Presuntuosos y orgullosamente harapientos, los humanos seguimos creyendo que las especies deben girar en torno nuestro. Nos puede la fe ciega en el objeto y las transacciones de mercado son una religión. Siempre depredamos a la naturaleza en todas sus vertientes. Muchas veces de manera innecesaria y gratuita. Pero si no fuera por esa actitud de atadura sobre otras especies, ¿podrían los moradores de esa casa y yo, paseante circunstancial, gozar de los trinos cómplices del silencio? Difíciles preguntas, paradojas de la vida. Mientras, me sentía abstraído en el lugar a lo largo del breve recorrido. No era sólo la prédica del canario. Había también de por medio un patio de casi cinco siglos. Al decir esto se quiere decir el patio de un edificio que ha pervivido, con sus más y sus menos, durante cinco siglos. ¿Y qué casas pueden estar en pie durante tanto tiempo? Pongamos una iglesia, por ejemplo, un monasterio, un convento, un castillo, un palacio. Y eso que muchos de ellos han caído, entre incurias de la historia, que es decir del acontecer desatado por los hombres en la historia. En este caso se trata de un palacio. Un palacio que cambió de uso hace tiempo. Pero cuya empuñadura sigue ornándose con el poder y la influencia. De la nobleza hidalga y rentista en un tiempo anterior. Del Episcopado en el tiempo actual. Y sin embargo, al pasar al patio renacentista, acogedor y calmo, compruebo que lo que trastoca todo -la arquitectura, los símbolos de poder, la actividad del funcionariado clerical, la jerarquía al uso- es ¡un miembro de otra especie! Bendita el ave que encarna la sencillez, a pesar de su enjaulamiento. Porque de ella será la libertad que los humanos aún no poseemos.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Decimos

pero es en la inquietud penetrante de los sueños cuando suceden las cosas, cuando un hombre mira a otro hombre, y se contempla en él, y se observa en sus gestos, comparándose en sus ademanes, y se burla en sus aspavientos, no de los aspavientos del otro sino que los aspavientos del hombre que tiene en frente le sirven para hacer chanza de sí mismo, y esa bufa puede llegar a ser inmisericorde, porque en los sueños nada es a gusto del que se sumerge en ellos, es como sale, con la espontaneidad del caos, y se manifiesta como un desplome de la personalidad, y en ese arrastre busca por inercia las oquedades más apartadas que el sueño le proporcione, las que van excavándose para apartarse radicalmente de los espacios trasegados por el hombre despierto, las que se comunican con lo hondo de la tierra a través de fauces disimuladas, de aberturas que de pronto surgen bajo los propios pies, sin saber qué caídas esperan, sin tener noticia previa de a qué mundo oscuro o neutro puede conducir, y esos agujeros son como habitáculos donde se pierde toda la esperanza de un rescate, porque el hombre ahí es más él mismo, no es el hombre ajeno, el hombre externo, es el otro hombre que lleva bajo su piel, uno de los otros hombres que desdoblan sus carnes y agitan sus deseos y muerden sus pensamientos limitados, el hombre que sólo se explica, aun desordenadamente, aun acumuladamente, por los mismos sueños, y en esos túneles la memoria se trastoca formando nuevas vidas, quedando de ella el reclamo a los personajes que se lleva desde el mundo consciente, por llamarlo de un modo convencional, pero cuyas apariciones son alteradas, son ofrecidas para revelaciones nuevas, y es en ese deslizarse por corredores donde hay pérdidas, la visión anterior, los sonidos que le acostumbraron, los olores que hizo suyos o generó para delimitar sus territorios, donde el hombre va percibiendo que las propiedades de los sentidos le han dejado un apéndice para que no se sienta muerto, el suficiente asidero para que la caída y la reconditez donde se pliega, donde se repliega, le haga revivir, y se trenza de forma umbilical con lo silente, empeñado en ser un eremita del sueño, y es como si aquel trozo perdido y podrido que tiraron porque ya no era parte suya, ni era parte de quien le concedió la vida, dejando la herida cicatrizada en su abdomen, significara una recomposición, y que ya no fuera el signo de la partición y del abandono a su suerte, aunque aún le persiga la nostalgia por la amniosis donde fue horneándose, sin ser todavía, y el hombre siente entonces que el deseo precede en los hombres siempre al ser, el deseo se anticipa a la posesión, y la posesión siempre es incompleta, y es que el hombre sabe que haber sido parido es siempre una desprovisión, un riesgo, un esfuerzo que le irá minando, donde sus logros lo son para la adaptación y la supervivencia, pero no le basta, porque sabe que nació sobre la rotura de un vínculo, y la vida que tanto le seduce, que tanto le estimula, se revuelve contra él en infinidad de ocasiones, le revuelve, por eso el hombre se ha precipitado al lecho de la tierra desconocida, donde el calor se aproxima al propio, y aun sabiendo que la libertad ha quedado fuera, como ilusión y vanidad que siempre fue, y aun admitiendo que pierde su conquista favorita, el poder de la conciencia, se entrega allá abajo a su adverso, y es el cansancio o el no saber cómo actuar lo que le conduce a rendirse, y en esa aventura le contrapone a otro hombre, le deja al albur de otros hombres, los que lleva grabados dentro de sí desde que se rompió el primer vínculo, y todo esto necesita vivirlo en las cavidades estrechas de una materia, acaso la etérea, empapado de arcilla o envuelto en el viento, no sabiendo si se esconde, si huye, si se enfrenta a
(Fotografía de Dieter Appelt)
lunes, 7 de diciembre de 2009
Vaciamiento
domingo, 6 de diciembre de 2009
Sobre la lujuria

En estos tiempos en que la Iglesia española se sigue mostrando tan obsesiva y maniática con el asunto de sus condenas y excomuniones no está de más recordar que es una inveterada costumbre que les viene de antiguo.
Cae en mis manos una edición del Modus confitendi, un manual para la confesión católica, editado en 1473 en Segovia. Su autor fue un obispo y miembro de la curia romana llamado Andrés Escobar, el Hispano. El libro es de lo pionero en la edición impresa, obra de un alemán de Heidelberg llamado Juan Párix, al que se trajo desde Roma para ejecutar éste y otros trabajos preceptivos.
Que lo primero que se editara con caracteres de imprenta fuera sobre materia religiosa no es de extrañar. La preponderancia, el poder y el dinero de la Iglesia marcaba el signo de aquellos tiempos en Europa. Lo admirable: que al menos hubiera en ese momento un obispo con suficiente fe no sólo en Dios y en sus posesiones, sino en las nuevas técnicas. Va a ser verdad que los caminos del Señor son inescrutables (y los de los hombres no tan desacertados)
El texto de Andrés Escobar pretende ser una guía para los confesores de su tiempo, sumidos en unos niveles a veces de ínfima calidad educativa y cultural. Con un manual de uso semejante podían comprender y dirigir al pecador que se acercara a confesarse, en unos tiempos en que sólo era obligatoria la confesión una vez al año. ¿Su contenido? Que si la observación sobre los pecados capitales, sobre las obras de misericordia, sobre los mandamientos, sobre las virtudes teologales. Nada nuevo, en ningún sentido. Ya se había hecho obras semejantes un par de siglos antes y el contenido sigue hoy en vigor, con la consiguiente adaptación al escenario del momento, claro está.
Todo esto viene a cuenta de las ideas que ya les bullía desde lejanas épocas, sobre todo en lo concerniente a la manía persecutoria sobre el comportamiento sexual de los humanos. Reproduzco el breve pero intenso capítulo titulado De la lujuria, donde se expone la forma de consideración que el confesor debe inducir sobre el arrepentido:
De la lujuria
Igualmente he cometido un pecado de fornicación y de lujuria porque experimenté en mi interior el placer y el pensamiento de gula y lujuria por la polución del cuerpo, tuve trato carnal deshonestamente con mujeres y las amé, profiriendo palabras lujuriosas, tocándolas, abrazándolas, besándolas y, algunas veces, cometiendo actos deshonestos; y si no de hecho, sí de pensamiento, deseé hacer y practicar adulterio, incesto, rapto y otros pecados contra natura.
¿Lo curioso? Que parece que va dirigido a varones exclusivamente, de lo cual se puede deducir como poco la baja consideración que tenía para la Iglesia la mujer (¿no recuerda al mundo islámico?) ¿Seguía en vigor la vieja idea de que la mujer era el objeto de pecado? Entonces, todas las mujeres deben poblar los infiernos, si seguimos la doctrina de la secta católica. ¿Permanecía relegada e irreconocida como individuo maduro? Entonces eran obvios los límites de la caridad y el sentido de justicia cristianos.
Nada nuevo bajo el sol de las ideologías viles. Hoy divierte leer textos así. Cuando se leen dos veces da la impresión de que además se regodeaban enormemente en la descripción del pecado. ¿Es lo que pretendían los vigilantes de la fe y sus ejecutores los clérigos?
(Ilustración de Alberto Martini)
Cae en mis manos una edición del Modus confitendi, un manual para la confesión católica, editado en 1473 en Segovia. Su autor fue un obispo y miembro de la curia romana llamado Andrés Escobar, el Hispano. El libro es de lo pionero en la edición impresa, obra de un alemán de Heidelberg llamado Juan Párix, al que se trajo desde Roma para ejecutar éste y otros trabajos preceptivos.
Que lo primero que se editara con caracteres de imprenta fuera sobre materia religiosa no es de extrañar. La preponderancia, el poder y el dinero de la Iglesia marcaba el signo de aquellos tiempos en Europa. Lo admirable: que al menos hubiera en ese momento un obispo con suficiente fe no sólo en Dios y en sus posesiones, sino en las nuevas técnicas. Va a ser verdad que los caminos del Señor son inescrutables (y los de los hombres no tan desacertados)
El texto de Andrés Escobar pretende ser una guía para los confesores de su tiempo, sumidos en unos niveles a veces de ínfima calidad educativa y cultural. Con un manual de uso semejante podían comprender y dirigir al pecador que se acercara a confesarse, en unos tiempos en que sólo era obligatoria la confesión una vez al año. ¿Su contenido? Que si la observación sobre los pecados capitales, sobre las obras de misericordia, sobre los mandamientos, sobre las virtudes teologales. Nada nuevo, en ningún sentido. Ya se había hecho obras semejantes un par de siglos antes y el contenido sigue hoy en vigor, con la consiguiente adaptación al escenario del momento, claro está.
Todo esto viene a cuenta de las ideas que ya les bullía desde lejanas épocas, sobre todo en lo concerniente a la manía persecutoria sobre el comportamiento sexual de los humanos. Reproduzco el breve pero intenso capítulo titulado De la lujuria, donde se expone la forma de consideración que el confesor debe inducir sobre el arrepentido:
De la lujuria
Igualmente he cometido un pecado de fornicación y de lujuria porque experimenté en mi interior el placer y el pensamiento de gula y lujuria por la polución del cuerpo, tuve trato carnal deshonestamente con mujeres y las amé, profiriendo palabras lujuriosas, tocándolas, abrazándolas, besándolas y, algunas veces, cometiendo actos deshonestos; y si no de hecho, sí de pensamiento, deseé hacer y practicar adulterio, incesto, rapto y otros pecados contra natura.
¿Lo curioso? Que parece que va dirigido a varones exclusivamente, de lo cual se puede deducir como poco la baja consideración que tenía para la Iglesia la mujer (¿no recuerda al mundo islámico?) ¿Seguía en vigor la vieja idea de que la mujer era el objeto de pecado? Entonces, todas las mujeres deben poblar los infiernos, si seguimos la doctrina de la secta católica. ¿Permanecía relegada e irreconocida como individuo maduro? Entonces eran obvios los límites de la caridad y el sentido de justicia cristianos.
Nada nuevo bajo el sol de las ideologías viles. Hoy divierte leer textos así. Cuando se leen dos veces da la impresión de que además se regodeaban enormemente en la descripción del pecado. ¿Es lo que pretendían los vigilantes de la fe y sus ejecutores los clérigos?
(Ilustración de Alberto Martini)
sábado, 5 de diciembre de 2009
Decimos

eso decimos, y es por eso por lo que hay quien teme la nada, o quien no la comprende, quien no se deja tomar, quien no arriesga para percibir sus dimensiones, las que no se palpan, las que no se abarcan, y si quien la interpreta como una atmósfera exterior pretende saber de ella no lo logra, porque no está fuera de nosotros, no es que la nada carezca de espacio más allá de nuestra limitada corporeidad, la nada existirá como existió aun antes de nuestra aparición, es que no se explica en función de nosotros, pero nosotros sí podríamos hacerlo con referencia a ella, simplemente porque su enorme fuerza, su discreto transcurrir, su permanencia, sea cual haya sido la forma que creciera entre los múltiples mundos que ha visto nacer, es misterio pero también sentido, y el misterio no la desacredita, más bien la eleva, pero donde ella se manifiesta no habitamos, tal vez habitamos en su sombra, en una especie de eco que se expande sideralmente, no deberíamos temerla, porque aunque sepas que es algo que no puedes hacer tuyo no se puede prescindir de su presencia, es la alternativa al vacío, o acaso la mística complementariedad a ese cansancio que a veces agobia, a esa falta de mirada, como si el paisaje sólo fuera un muro o una blanquecina cortina que acaba cegando, donde si el sol sigue existiendo no te llega del mismo modo que te alcanzaba cuando te dejabas llevar, pero cuyo efecto adquiere ahora una refracción peligrosa, donde la retina puede descomponerse y deshacer las figuras, y es en ese momento cuando te das cuenta que tal vez es que las figuras han dejado de interesarte, que las situaciones dejaron de ser una movilidad hace tiempo para constituirse en este instante en la inadvertencia, y es un error pensar que sólo son conceptos, de que si te libras de las palabras que las nombran te liberas de sus fantasmas, porque la materia de los vocablos son seres que se imponen a las ideas y a los sueños y a los deseos y a los temores, probablemente es la materia que las conforma, sin esa materia su expresión no tendría lugar, y los miedos y los anhelos y las ensoñaciones y el pensamiento serían vaguedades, acaso monstruos o robots o conductas mecánicas, y es porque esa materia se incorpora a nuestras vidas día a día, porque nos acompañará hasta el fin, y hasta en el estertor tendremos la sustancia que pronuncie nuestro instante, e incluso maltrechos y diluidos en esa consunción última paliará cualquier atisbo de desesperación, aunque haga tiempo que dejamos de creer en la afirmación definida de nuestros actos, cuando las sillas iban quedándose vacías a nuestro lado, cuando las sillas que ocupábamos exhibían huecos cuyas representaciones podían vestir o adquirir poses o combinar gestos o emitir olores o difundir miradas, sin destino, porque la oquedad de los individuos aparenta pero
jueves, 3 de diciembre de 2009
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Mascarón
lunes, 30 de noviembre de 2009
Caracola
domingo, 29 de noviembre de 2009
Decimos

decimos silencio, y es el silencio, con su dudosa imagen, la que no posee, la que acecha pero se desaloja antes de advertirla, la que ha disuelto el eco en vaho, porque el silencio no tiene cara ni configuración ni anatomía, es como el vacío, donde se pierde la forma, el ser, la esperanza, y buscar rostro al vacío, como al silencio, es inutilidad, una torpeza, una pérdida de tiempo, un no llevar a ninguna parte, y sí que pueden volar en parábolas concéntricas las imágenes, sí que pueden tratar de atravesar ese espacio desértico entre lo que hubo y lo que creímos percibir, pero eso es memoria, una instancia desigual, sospechosa, un archivo que sólo late y ruge cuando se abren en canal sus entrañas, una sangría que hace enmudecer en cuanto nos impregna, eso es como renunciar, como vivir la imposibilidad del tiempo ya vivido, por eso recuerdos y nostalgia se aderezan y se nutren mutuamente, como una envolvente complicidad que asfixia, pero el tiempo del silencio, como el instante del vacío, no recuerda, no existen propiedades que nos hablen de su maleabilidad, de su consistencia, de su perdurabilidad, y ambos, vacío y silencio, se entrampan con la ausencia, se ratifican en las ausencias, se echan pulsos del que no saldrá triunfador alguno, porque su juego no lo es, porque nada hay palpable en esos territorios que se fugan de la ansiedad, de lo que no se entiende, de lo que no se alcanza, y la nada humedece con una extraña fertilidad el silencio, y la nada recubre de una densa oscuridad el vacío, y pueden sucederse extrañas presencias, pueden rondar espectrales presencias, sólo signos, sólo sombras, sólo azares cuya velocidad no es detectada, cuya tentación apenas nos roza, y la nada nos aleja de lo palpable, y no sabemos estar, y permanecemos como ausencias, aquellas corporeidades inmóviles que alguna vez se fijaban junto a una balaustrada o por los jardines o por los salones del castillo, permanecemos como figurantes de una escena que se copia de otra escena, la nada reproduce nuestra inmovilidad, mientras añoramos el silencio, mientras nos hundimos más y más en los vacíos
martes, 24 de noviembre de 2009
domingo, 22 de noviembre de 2009
Aminatou Haidar, saharaui

Aminatou Haidar resiste. Y exige. ¿Que pone en un brete a los políticos actuales que heredan el problema? Que les ponga. Los dirigentes del momento tienen que asumir las situaciones que afectan a nuestra historia y que traen aún cola. Nadie les culpa de lo que ellos se encontraron, pero tienen que posicionarse y buscar salidas dignas, y ojalá justas. No libro a la desleal oposición de sus responsabilidades y también deberían definirse y aclarar. Pero mucho me temo que esta oposición, inconsistente y revanchista, usa cualquier tema para el todo vale en orden al desgaste del gobierno actual. Al final, ni unos ni otros son generosos con Sahara. Ni unos ni otros son capaces de restituir la maltratada historia de Sahara a sus habitantes naturales. ¿Somos todos los españoles así? Ni quiero pensarlo ni aceptarlo.
España se mostró como una madrastra despiadada respecto a un Sahara al que mientras le vino bien explotó sus riquezas. Cuando no era ya posible, porque la geopolítica había cambiado, se abandonó a los saharahuis a su suerte, que es tanto como decir a merced del Reino de Marruecos. España, colonialista con Franco, no supo resolver ni con justicia ni con habilidad política la salida de sus colonias. El resultado, que Sahara fue engullido por los alauitas marroquíes sin ninguna dificultad. La rojigualda España les traicionó de mala manera.
España se mostró como una madrastra despiadada respecto a un Sahara al que mientras le vino bien explotó sus riquezas. Cuando no era ya posible, porque la geopolítica había cambiado, se abandonó a los saharahuis a su suerte, que es tanto como decir a merced del Reino de Marruecos. España, colonialista con Franco, no supo resolver ni con justicia ni con habilidad política la salida de sus colonias. El resultado, que Sahara fue engullido por los alauitas marroquíes sin ninguna dificultad. La rojigualda España les traicionó de mala manera.
Aminatou resiste pacíficamente. Perseguida por la monarquía marroquí, sigue con sus resistencia nada pasiva, por cierto, y en la que compromete su propia vida, como es el caso de la huelga de hambre que protagoniza en Lanzarote. Nada más que añadir por mi parte. En los infinitos digitales que pueblan el ciberespacio hay información de sobra. Yo, desde aquí, me limito a reivindicar la figura de esta mujer de la que los españoles, para variar, apenas sabíamos. Una mujer necesaria, a tener en cuenta y a respaldar. Un apoyo más desde un blog modesto que sólo cuenta como gota en el océano.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Confusiones
Al pasar cada página, los dedos bailotean sobre el papel. Y lo soban, lo suficiente para ir dejando el espíritu de sus huellas. Es justo ese párrafo en que el sentido queda partido y el paso de la hoja descoloca al lector. Al iniciar la lectura que debería ser seguida el lector se confunde. La memoria del texto sufre un lapsus. Tiene que volver a atrás y el ejercicio no le funciona. Lo intenta nuevamente, pero aunque el movimiento de los dedos es rápido en realidad debe transcurrir bastante tiempo porque no consigue engancharse nuevamente a la comprensión de lo leído. El borde de la última página empieza a arrugarse, y con el dedo el lector lo alisa para dejarlo aparente. Remitirse a la última página leída implica comenzar de nuevo el párrafo, a media página, porque se siente inseguro. Cuando llega a las últimas líneas hace todo lo posible por concentrarse, pero al girar la hoja toma dos de una vez y pierde el ritmo. Sus dedos frotan el papel con cierto nerviosismo. Malhumorado, separa las dos hojas siguientes para abrir la que da continuidad a lo que ha leído. Cree haber retomado correctamente la continuación del texto, pero los verbos no le cuadran y los sustantivos le hacen pensar en que algo quedó dicho en la otra cara de la hoja que él no puede hilar ahora. No tiene prisa pero no le parece normal. La duda ya no se establece entre unas líneas y otras, sino entre su manera de leer y lo que la tipografía reproduce. No va a sacrificar a estas alturas su paciencia simplemente porque algo se le escapa. La historia es francamente interesante y cualquier incidencia merece la pena ser salvada. Pero al volver a la mitad de la página se da cuenta que ya no capta el comienzo del párrafo. Es condescendiente, y no tiene inconveniente en ir más atrás, sólo porque en algún lugar de toda aquella literatura debe retomarse la senda que conduce al secreto de la trama. Pero cuando se sitúa de nuevo ante varios párrafos tampoco está seguro. Lo lee y le suena, pero lo interpreta de otro modo, y eso le angustia porque piensa que acaso ha estado siguiendo una historia que o no ha entendido bien o ha cambiado. Hasta ahora él creía que los relatos estaban escritos de una manera definitiva y que la impresión estaba sometida a esa intención, y que no variaba, y que la servidumbre de los ojos que leían quedaba liberada por la satisfacción obtenida de lo que se contaba con pasión. Sabe que al retomar la lectura algo eclosionará como nuevo. Un matiz, una acepción, la construcción de una frase cuya sintaxis le parecerá más luminosa. ¿Y si no fuera tan malo perder el hilo argumental? Una extraña reconversión le susurra sarcásticamente que tal vez debería comenzar de nuevo a leer el libro. Y él se lo piensa.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Vindicación

Cada día que transcurre lo hace entre dos luces.
Lo que te cuentan y lo que te crees.
Tienes derecho a la memoria y a no acabar desmemoriado.
Tienes derecho a ti mismo aunque intenten que seas otro.
Tienes derecho a no dejarte abducir por las tradiciones que acaso siempre fueron traiciones. Tienes derecho a que el ruido de lo catódico y a punto digital no te ensordezca.
Tienes derecho a que nadie llegue al fondo de ti.
Tienes derecho a permitir que quien tú desees llegue a saber lo más íntimo de ti.
Tienes derecho a que lo que vas sabiendo en esta vida lo digieras tú en libertad.
Tienes derecho a negar a los bárbaros.
Tienes derecho a no cumplir lo que te ordenan.
Tienes derecho a callar para que otros no malinterpreten.
Tienes derecho a ignorar la ignorancia.
Tienes derecho a transmitir emociones y dejarte regir por ellas.
Tienes derecho a que lo que te ofrecen como nuevo puedas rechazar por falsario.
Tienes derecho a comprobar tú que es lo nuevo.
Tienes derecho a preservar la amistad, sin confundirla con la convención.
Tienes derecho a descubrir la palabra que te explica.
Tienes derecho a pronunciar la palabra acogedora.
Tienes derecho a que las palabras sean plurales, porque de lo contrario serían mudas.
Tienes derecho a que las palabras sean abiertas, porque si no serían escupitajos.
Tienes derecho a creer en la naturaleza, incluida la naturaleza de las cosas.
Tienes derecho a transgredir la mentira.
Tienes derecho al amor, sea cual sea su representación.
Tienes derecho a la duda, que renueva los ciclos cotidianos.
Tienes derecho a la imaginación, base de la supervivencia.
Tienes derecho al fin, como lo tuviste al origen.

Entonces, echas mano de León Felipe, el poeta zamorano, olvidado por tantos, obligado a exiliarse de España por los bárbaros de casa, pero cuyas palabras que tú descubriste allá atrás te siguen pareciendo exactas y clarividentes:
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Reconquista

Hay ocasiones en que los ángeles caídos quieren elevarse de nuevo. La señal del Creador se lo prohíbe. Su orgullo les impide un gesto de contrición, que no les sería admitido. Y lo saben. Entonces se confunden con las ciénagas. Y escarban hasta horadar los cimientos de las viejas ciudades enterradas. Allí se transfiguran. Las capas de cantos rodados, de arcillas y de gredas los moldean. Paulatinamente, porque sepultados tras tantos años de oscuridad no tienen urgencias. Al menos saben muy bien que la eternidad también les pertenece. Una debilidad del Creador que les llena de gozo. Y mezclados con los ajuares de los enterrados en las necrópolis y arraigados entre los estratos de las casas de las culturas olvidadas se configuran en estatuas. Ellos tienen claro que su emersión es posible solamente por la intervención de la mano humana. La misma mano que mantiene el mito de Dios les hace revivir. Es una labor lenta. Pueden pasar siglos. El tiempo no cuenta para los ángeles caídos. Sólo su sed de venganza. O de reconocimiento. Cuanto más tarden los hombres de ahora en prospectar las ruinas más se moldearán ellos en esculturas hermosas, semejantes a las humanas. Venus, apolos, neptunos, matronas, próceres, caudillos, cristos, budas, las formas bajo las que se reencarnen no tienen importancia. Ellos necesitan sentirse piedra tallada o metal fundido para verse con rostro. Para palparse una anatomía. No ignoran que una vez sacados a la superficie tendrán sus altares. Nadie les molestará. Muchos les rendirán pleitesía. Cuanto más bellos sean, más serán reclamados. Cuanto más entidad tengan sus figuras, más expectación se generará en torno a ellos. Nada tienen que perder. Vienen del origen donde el Vencedor quedó huérfano. Pero ellos no le envidian ya. Sólo desean al hombre.
(Composición del ilustrador inglés David Mckean)
martes, 17 de noviembre de 2009
Secuestrados

Algunos opinan que desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Incluso durmiendo. Cada vez se instala más la comprobación de que somos vigilados, registrados, seguidos, interferidos, observados. Se puede elegir el tiempo verbal. Se puede optar por un verbo u otro, al fin y al cabo todos ellos son complementarios.
Las calles, los comercios, las estaciones, las autopistas, las salas de reunión públicas, los datos sanitarios, los fiscales, las cuentas corrientes, las compras, las preferencias de consumidores, ideológicas, la navegación por internet...todo se va incorporando al ojo que George Orwell denominó Gran Hermano, de cuyo término se apropió el estúpido programa televisivo, restando gravedad al concepto, frivolizando y desvirtuándolo para su propio provecho, haciendo cómplice a la propia ciudadanía espectadora que en tan poca estima tiene su libertad.
El control social tradicional no basta ya al Estado. Éste y cada vez más empresas de negocio particular, compinchadas con aquél, en nombre de todos los peligros supuestos, de todas las acechanzas aunque sean minoritarias, de todos las prestaciones, de agilizar servicios, de facilitar recursos, etc. va acumulando información de todos y cada uno de los ciudadanos. Estamos al descubierto.

Sobre este tema ha aparecido en la Editorial Pre-Textos un interesante ensayo titulado Defensa de lo privado, cuyo autor es el alemán Wolfgan Sofsky, antiguo profesor de Sociología que lleva años trabajando por libre. El libro no tiene pérdida; en realidad es un áspero canto a la libertad, no con invocaciones místicas, sino analizando precisamente los riesgos de ésta. Acompaño un par de párrafos:
"Todo ciudadano tiene algo que ocultar. Dónde se encuentra y con quién conversa, qué pasiones lo arrastran y qué enfermedades lo postran, con quién se divierte y de qué aficiones disfruta; nada de eso está destinado a ojos y oídos ajenos. Ninguna autoridad ni empresa está autorizada para abarcar y menos aún para dirigir los hechos de la vida privada. El grado en que los individuos disfrutan de libertad en la sociedad se mide por el modo como pueden encauzar su vida a su manera, sin injerencias indeseadas de terceros. La privacidad es el fundamento de la libertad, y esta libertad protege frente a todo poder.
"Todo ciudadano tiene algo que ocultar. Dónde se encuentra y con quién conversa, qué pasiones lo arrastran y qué enfermedades lo postran, con quién se divierte y de qué aficiones disfruta; nada de eso está destinado a ojos y oídos ajenos. Ninguna autoridad ni empresa está autorizada para abarcar y menos aún para dirigir los hechos de la vida privada. El grado en que los individuos disfrutan de libertad en la sociedad se mide por el modo como pueden encauzar su vida a su manera, sin injerencias indeseadas de terceros. La privacidad es el fundamento de la libertad, y esta libertad protege frente a todo poder.
La destrucción de lo privado se haya desde hace años en pleno apogeo. Cada vez es menor la indignación acerca de la usurpación de datos, vigilancia secreta de personas y teléfonos, búsqueda policíaca extensiva o controles de seguridad generalizados. Apenas si significa ya algo más que un breve sobresalto desde el sueño profundo de la comodidad colectiva. A la inmensa mayoría de los súbditos les resulta desde hace ya largo tiempo un hecho obvio ser controlados, espiados, tutelados y una y otra vez tranquilizados. Prefieren fiarse de manera incondicional de las promesas de las autoridades. So pretexto de cuidarse del sistema de la enseñanza pública, la formación profesional y la justicia social, las estancias superiores escudriñan a fondo a sus súbditos, controlan los casos fuera de lo normal y someten su existencia a prescripciones y prohibiciones. El ciudadano asume con gesto despreocupado las advertencias sobre “abstractos” peligros terroristas con que los aparatos de seguridad suelen justificar el espionaje cotidiano. La marcha hacia el Estado preventivo parece imparable. Contribuye a ello la torpeza y la pusilanimidad de los ciudadanos. La protección del parque humano, cerrado con alambradas, figura evidentemente entre los mayores anhelos de la ciudadanía."
(Las fotografías son de Misha Gordin)
sábado, 14 de noviembre de 2009
Revelaciones
He aprendido a hablar con las sombras.
No sólo con las mías, sino con las sombras que no llegaron a crecer
He aprendido a hablar con las sombras que me encontré por los caminos viajeros
Y con las que se habían quedado fijadas en un muro sangriento
Y con las que me observaban descuidadas desde el otro lado de la calle
Y con las que se entrecruzaban en un paritorio
Y con las que convertían todo en sombra
Y con aquellas que me acompañaban al anochecer
No sólo con las mías, sino con las sombras que no llegaron a crecer
He aprendido a hablar con las sombras que me encontré por los caminos viajeros
Y con las que se habían quedado fijadas en un muro sangriento
Y con las que me observaban descuidadas desde el otro lado de la calle
Y con las que se entrecruzaban en un paritorio
Y con las que convertían todo en sombra
Y con aquellas que me acompañaban al anochecer
Y con las que se agitaban entre el beso y la desnudez
Y con las que se movían dentro de mi conciencia rendida durante el sueño
Y he hablado
Con las sombras de los guerreros aún adolescentes desaparecidos al invadir naciones
Con las sombras magulladas de los albañiles caídos para que los templos resplandecieran
Con las sombras coléricas de las mujeres que fueron violentadas en edad núbil
Con las sombras ahogadas de los mineros que no llegaron a disfrutar del sol
Con las sombras desconfiadas de los que huyeron a través de los desiertos para sobrevivir a los bárbaros
Con las sombras tibias de los bárbaros que teníamos en casa
Con las sombras tambaleantes de los borrachos cuya ebriedad no se la dio ni el vino ni el placer sino la insatisfacción
Con las sombras curtidas de los labradores de Ur
Con las sombras disueltas de los gaseados en las trincheras
Con las sombras perplejas de los inocentes, aquellos que alguna vez debió haber y hoy no existen
Con las sombras mefistofélicas de los clérigos de todas las sectas patrimoniales
Con las sombras resistentes de los náufragos que perecieron sin alcanzar jamás Ítaca
Con las sombras coléricas de las nubes antes de la tormenta
Con las sombras de los pobladores engullidos cuando se abrió la tierra bajo sus miserias
Con las sombras altivas de las gárgolas de las catedrales
Y con las que se movían dentro de mi conciencia rendida durante el sueño
Y he hablado
Con las sombras de los guerreros aún adolescentes desaparecidos al invadir naciones
Con las sombras magulladas de los albañiles caídos para que los templos resplandecieran
Con las sombras coléricas de las mujeres que fueron violentadas en edad núbil
Con las sombras ahogadas de los mineros que no llegaron a disfrutar del sol
Con las sombras desconfiadas de los que huyeron a través de los desiertos para sobrevivir a los bárbaros
Con las sombras tibias de los bárbaros que teníamos en casa
Con las sombras tambaleantes de los borrachos cuya ebriedad no se la dio ni el vino ni el placer sino la insatisfacción
Con las sombras curtidas de los labradores de Ur
Con las sombras disueltas de los gaseados en las trincheras
Con las sombras perplejas de los inocentes, aquellos que alguna vez debió haber y hoy no existen
Con las sombras mefistofélicas de los clérigos de todas las sectas patrimoniales
Con las sombras resistentes de los náufragos que perecieron sin alcanzar jamás Ítaca
Con las sombras coléricas de las nubes antes de la tormenta
Con las sombras de los pobladores engullidos cuando se abrió la tierra bajo sus miserias
Con las sombras altivas de las gárgolas de las catedrales
Con las sombras agrietadas de los compañeros de Ulises
Con las sombras apocadas y huidizas de los asesinos
Con las sombras soberbias de las ciudades del desierto
Con las sombras huérfanas de los deshonrados por su tribu
Con las sombras repudiadas de los apestados
Con las sombras confusas de las doncellas poseídas en los callejones del reino de Asterión
Con las sombras de los varones reclutados forzosamente por las levas de los señores feudales
Con las sombras de los animales cazados alevosamente para recreo de los ociosos
Con las sombras sarcásticas de los toreros corneados
Con las sombras soberbias de las ciudades del desierto
Con las sombras huérfanas de los deshonrados por su tribu
Con las sombras repudiadas de los apestados
Con las sombras confusas de las doncellas poseídas en los callejones del reino de Asterión
Con las sombras de los varones reclutados forzosamente por las levas de los señores feudales
Con las sombras de los animales cazados alevosamente para recreo de los ociosos
Con las sombras sarcásticas de los toreros corneados
Con las sombras lascivas de los pedófilos
Con las sombras marchitas de todas las mujeres obligadas a parir a través de la historia
Con la sombra escéptica de Marx
Con las sombras ausentes de los suicidas
Con las sombras marchitas de todas las mujeres obligadas a parir a través de la historia
Con la sombra escéptica de Marx
Con las sombras ausentes de los suicidas
Con las sombras débiles de los energúmenos
Con las sombras luminosas de los amantes
Con las sombras trémulas de las alas de los pájaros
Con las sombras de aquellos a quienes les fue negada la luz y la mirada
Con las sombras indignadas de los ajusticiados en nombre de cualquier dios
Con las sombras y guiños de los relojes de sol
Con las sombras recurrentes de la luna sobre las noches sedientas
Con las sombras inútiles de los profetas cuyas denuncias nunca fueron escuchadas
Con las sombras iracundas de los edificios derribados por los bombardeos
Con las sombras quebradizas de los poetas tuberculosos
Con las sombras sin fin de los espejos
Con las sombras de aquellos a quienes les fue negada la luz y la mirada
Con las sombras indignadas de los ajusticiados en nombre de cualquier dios
Con las sombras y guiños de los relojes de sol
Con las sombras recurrentes de la luna sobre las noches sedientas
Con las sombras inútiles de los profetas cuyas denuncias nunca fueron escuchadas
Con las sombras iracundas de los edificios derribados por los bombardeos
Con las sombras quebradizas de los poetas tuberculosos
Con las sombras sin fin de los espejos
Con las sombras podridas de los condenados a galeras
Con las sombras de las tapias de los conventos
Con las sombras de las tapias de los conventos
Con las sombras envidiosas de los moradores de los conventos
Con las sombras perpetuas de las celdas de las prisiones
Con las sombras que protegieron de invasores a la ciudad de Machu Picchu
Con las sombras veloces y ávidas de los mercaderes de todos los templos
Con las sombras perpetuas de las celdas de las prisiones
Con las sombras que protegieron de invasores a la ciudad de Machu Picchu
Con las sombras veloces y ávidas de los mercaderes de todos los templos
Con las sombras ajadas de las prostitutas humildes
Con las sombras hieráticas y sin embargo mutables de las caravanas
viernes, 13 de noviembre de 2009
Raíles
jueves, 12 de noviembre de 2009
(Paréntesis: Mater et magistra)
Quien apoye, vote o promueva esta ley (la del aborto) está en pecado mortal público y no puede ser admitido a la sagrada comunión. Antonio Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española. Leído en la edición de EL PAÍS de hoy.
¿Qué tipo de lenguaje es éste? ¿Dónde vive y en nombre de quién habla quien pronuncia estas palabras lejanas, extraterrestres, amenazantes e increíbles a estas alturas de la historia? A uno, a muchos, durante varias generaciones, los clérigos nos hicieron crecer en el miedo a la vida. Nos hicieron temer la vida. Ellos, que tanto hablan del respeto a la misma, nos mortificaron ofreciéndonos un panorama de sufrimiento, de resignación y de salvación sólo posible fuera de la vida presente. Nos inocularon el complejo de culpabilidad más hiriente que imaginarse pueda. Pero eso fue hace mucho, tanto que ya ni nos acordamos si no fuera por los exabruptos que gustan de practicar con frecuencia, y más cuando hay un gobierno en el Estado que aunque demasiado suave con ellos, no le consideran de su agrado. Simplemente, por la financiación que aún se les procura a cargo del erario público y por el Concordato deberían mostrarse más agradecidos. Pero no; son montaraces.
A su doctrina ideológicopolítica se le puede aplicar el modo hegeliano.
Tesis. La perspectiva del sufrimiento no hacía falta que la señalaran. El curso de la existencia se les muestra a los humanos, en mayor o menor medida, con diversos rostros, algunos más duros, otros más livianos, y algunos hasta acumulados. No era necesario que la señalaran tanto. Pero tenían que hacerlo para posteriormente justificar el siguiente paso.
Antítesis. Puesto que no hay manera, según ellos, de librarse de los sufrimientos, penalidades, frustraciones, miserias y desgracias múltiples, cotidianas u ocasionales, -intentar hacerlas frente con medios, recursos y valor generados hic et hoc por el ser humano que pretende ejercer su libertad es ya caer en el pecado- sólo es posible la resignación, el aguante y la consolación, orientados y dirigidos, eso sí, por la categórica, preceptiva e infalible consideración de los pastores morales (entiéndase ideología por moral, o la ética en el sentido de moral ideológica) De hecho a mi sólo se me ocurre que esta guía es simplemente artera.
Síntesis. La alternativa a la vida difícil y negativa no está en manos de los hombres, según ellos, por lo que la salida final sólo se encuentra en la no salida. En inventarse y creer a pies juntillas en una cosa extraña denominada salvación pero que se daría fuera ya de la existencia. Todo muy trenzado y dogmático. Y el cuento neohegeliano, versión católica, se acabó, como en el cartoon.
Después de escribir esto caigo en que se trata por mi parte de un simple desahogo. Que no debería ocuparme lo más mínimo por atender las palabras -aunque sus hechos sí me preocupan, por sus intentos constantes de obstaculizar el desarrollo de las leyes de un Estado laico- de una secta y unos clanes que viven al margen de la sociedad y de su evolución. Que no debería prestar atención a quienes jamás querrán sentirse ciudadanos -y menos libres- de una sociedad y de sus formas de regularla, porque ellos viven en su especial e interesado Reino ¿de bondad, de justicia, de amor...como preconizan cual falsarios? Que la gente quiere sentirse civil y librepensadora, y desea ser cada vez menos tutelada por cualquier entidad que trate de seguir sometiéndola bajo fines espurios (hay también formas laicas modernas y consumistas de intentarlo, pero es otro tema)
Recuerdo que en mi infancia las palabras pecador, pagano, hereje, apóstata o simplemente transgresor resultaban lacerantes. Eran arrojadas incendiariamente por los clérigos. Pero mientras ellos se regodeaban en el concepto pecador y lo salvaguardaban, porque implicaba entrar de lleno en el proceso hegeliano ya descrito, ser hereje, pagano, transgresor o apóstata significaba estar ya fuera de su control. Por cierto, sobre estos ejercieron violencias mil desde los primeros tiempos del cristianismo. Y no te cuento cuando mandaban con mucho poder en los estados y reinos europeos. Los individuos que incurrían en ese mundo de tinieblas exteriores tenían verdadero valor y amor a la vida, al pensamiento y al concepto de libertad. Aquí mi homenaje y mi reconocimiento a los disidentes.
Pues bien. Uno ya transgredió sus leyes y doctrinas hace mucho tiempo, simplemente al empezar a dudar. Uno ya devino hereje por causa de pensar por sí mismo. Ya sólo le queda a uno cumplir un objetivo sin el cual podría vivir con la misma comodidad, y es apostatar oficiosamente. De ellos, que les gusta oficiar tanto las cosas de su concepto de la vida con sus ceremonias, ritos y liturgias me queda, miren ustedes, una pizca. Y es ejercitar un ritual. Presentarme un día de estos en el Arzobispado oportuno para decirles que oficialmente me den de baja de la lista. Porque en mi fuero interno ya lo hice con plena y total felicidad en su momento. Pero quiero que ellos no manejen sus cifras con un nombre más. A través de mi familia ellos secuestraron mi nombre y mi honra, adjudicándome una adscripción que yo no podía elegir, por razones obvias. Hoy quiero negársela, que no trafiquen ni ideológica ni comercialmente en y con mi nombre.
Recuerdo que en mi infancia las palabras pecador, pagano, hereje, apóstata o simplemente transgresor resultaban lacerantes. Eran arrojadas incendiariamente por los clérigos. Pero mientras ellos se regodeaban en el concepto pecador y lo salvaguardaban, porque implicaba entrar de lleno en el proceso hegeliano ya descrito, ser hereje, pagano, transgresor o apóstata significaba estar ya fuera de su control. Por cierto, sobre estos ejercieron violencias mil desde los primeros tiempos del cristianismo. Y no te cuento cuando mandaban con mucho poder en los estados y reinos europeos. Los individuos que incurrían en ese mundo de tinieblas exteriores tenían verdadero valor y amor a la vida, al pensamiento y al concepto de libertad. Aquí mi homenaje y mi reconocimiento a los disidentes.
Pues bien. Uno ya transgredió sus leyes y doctrinas hace mucho tiempo, simplemente al empezar a dudar. Uno ya devino hereje por causa de pensar por sí mismo. Ya sólo le queda a uno cumplir un objetivo sin el cual podría vivir con la misma comodidad, y es apostatar oficiosamente. De ellos, que les gusta oficiar tanto las cosas de su concepto de la vida con sus ceremonias, ritos y liturgias me queda, miren ustedes, una pizca. Y es ejercitar un ritual. Presentarme un día de estos en el Arzobispado oportuno para decirles que oficialmente me den de baja de la lista. Porque en mi fuero interno ya lo hice con plena y total felicidad en su momento. Pero quiero que ellos no manejen sus cifras con un nombre más. A través de mi familia ellos secuestraron mi nombre y mi honra, adjudicándome una adscripción que yo no podía elegir, por razones obvias. Hoy quiero negársela, que no trafiquen ni ideológica ni comercialmente en y con mi nombre.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Privación
Y es desde la superficie desigual de ese muro desde donde le llega el frío. La pintura desconchada, la cal que se desprende dejando al descubierto capas de grosores y asperezas diferentes, las finas ranuras que transmiten rugosidad a sus dedos. No hay nada más preocupante que sentir que los tactos se pierden, que son incapaces de matizar no sólo los objetos sino la materia misma de los objetos. Esa sensación de creciente insensibilidad le vuelve más débil. Livianamente van tocándole pequeñas espitas que poco a poco se transforman en bocanadas gélidas. Sutiles dardos que le rasgan la garganta, que le rozan la piel de los brazos, que se le incrustan bajo las tetillas, que le arañan las ingles. Como una premonición de la fragilidad que le aprisiona, se encoge en un gesto defensivo. Luego tirita. Quiere estirar sus piernas, pero tropieza contra la pared. Quiere apoyarse en el suelo sobre un codo, pero se ve inestable y no aguanta su propio peso. Mareado, no sabe dónde poner a reposar la cabeza. El piso está más frío todavía, y no tiene fuerzas para sujetarse ni sabría dónde hacerlo. No es la oscuridad lo que teme, está acostumbrado a ella. Ese frío es el que le desarma, sobre el que no sabe averiguar su procedencia ni puede traslapar ni le está permitido poner cara. Siempre los rostros. Toda la vida le han acostumbrado a poner imágenes a lo que dicen que existe, ya sea esto apenas intuido o falso o forzoso o no sentido. Nunca ha podido elegir adecuadamente, o acaso no ha dado con el procedimiento. Y ahora, en esta renuncia a advertir representaciones en su largo rosario de temores recibe el castigo. No puede instalar su cuerpo siquiera con una mínima comodidad entre aquellas paredes. No puede levantarse. No puede dejarse caer. Es como si hubiera extraviado cualquier referencia, o como si todas sus referencias hubieran quedado atrapadas en un pasado del que no desea ser esclavo. Anhela con angustia abandonarse de nuevo a los sueños, donde las imágenes son menos agresivas. Pero cómo dormir si no hay posición que le brinde el ejercicio del sueño. Cómo participar de la huída. ¿O acaso no está ya en ella? Tanto frío va cristalizando cada articulación, cada músculo, cada porosidad. Maldito el don de lo etéreo, clama quebradizo, mientras la última sombra de su cuerpo se congela en la atmósfera del cuarto.
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