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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








jueves, 17 de diciembre de 2009

El coleccionista de piedras



Colecciono piedras. Allá por donde voy, veo una que me llama la atención, la tomo y la miro. Luego, la hablo en secreto. Luego, la pongo un nombre. Luego, la limpio, la froto, o simplemente la acaricio porque su textura me lo pide. Luego, la beso. Luego, la vuelvo a dejar en el mismo sitio. O, si no me parece el lugar apropiado, la deposito en otro más noble o más oportuno o más protegido. Creo que las piedras tienen que estar donde están. En el pedregal, en el lecho del río, en los caminos, en las canteras, en una obra de mampostería, en el interior de un zapato incluso. Colecciono las piedras, pero no me las llevo a ninguna parte. Ya no. No me apropio de ellas. Renuncié a ello. Y sin embargo van conmigo. Como las he bendecido con mi aprecio y las he dotado de un nombre que sólo me significa a mi, sé qué piedras tengo asociadas a mi recuerdo, que es tanto como decir a mi admiración por ellas. No, no se trata de un tema práctico desde el punto de vista de un hombre hartamente domesticado como yo. Podría acumularlas y tenerlas en casa, donde seguro que estarían bien atendidas. Una vez, cuando no comprendía aún el espíritu de las piedras, lo intenté. Llegué a tener una buena cantidad. Dormía entre piedras, me aseaba entre piedras, cocinaba y comía entre piedras, caminaba entre ellas, ellas sostenían los libros y los libros las mimaban. Algunas llegaron incluso a aparearse con libros, y el resultado fue confuso. No porque los frutos de su apareamiento resultaran híbridos. Sino porque más tarde nadie quería procurar su manutención y cuidado. Los libros los ignoraban y las piedras no los reconocían. Tuve que llevar estos híbridos a un museo, hecho que siempre lamenté. Pero así era yo entonces. Tenía una visión excesivamente humana, es decir, utilitarista y acaparadora. A partir de aquello, empecé a sentir de otra manera a las piedras. Fue una época dura para mi. Y según deduje después, también para aquella inmensa colección cautiva. Tenía la impresión de que se encontraban inquietas. Durante el día no paraban de moverse. Lo hacían de manera discreta y disimulada y, aunque ellas se agrupaban en complicidad, yo lo detectaba. Por la noche, las oía gemir. Era un roce, una confluencia áspera de sus aristas, a veces hasta alguna caída que otra. Yo me mostraba desasosegado. Pero me dio en pensar en el malestar de las piedras. Mi insensibilidad inicial quebró. Traté de revisar la situación. Disponerlas de mejor manera, cambiarlas de ubicación con frecuencia, alternarlas entre sí. Incluso busqué el modo de que se incorporaran más a la vida de los objetos. Que formaran parte de un sofá, por ejemplo, de un armario, de un vasar, de una armadura de cuatro siglos, de la alfombra. Tuve siempre la certeza de que el resto de objetos las acogían con benevolencia y amabilidad. Aunque yo estaba centrado en mis actividades creativas, observaba. Miraba de reojo, aguzaba el oído, permanecía en silencio, conteniendo la respiración, como si no estuviera presente. Mi conclusión fue que había empatías y simpatías, y nada me hacía sospechar de discrepancia o choque entre el resto de los objetos y las piedras. Pero las noches ponían en su sitio el alma de las piedras y sospeché que, de alguna manera sibilina pero latente, podría estar fomentándose una cierta suerte de rebelión. No temí por mi en ningún momento. Si hasta entonces siempre había considerado el riesgo de acumular también libros y de que estos se conjuraran contra mi extrema manía por reducirlos, no iba a tener miedo de que otro tanto ocurriera con mis piedras esclavizadas. Fue su sensibilidad la que fecundó la mía. Siempre se piensa que las piedras no tienen sentimientos, ni lenguaje, ni intuición. La gente está equivocada. Yo estaba en el error también. Aquellas noches fueron tornándose agónicas. Algo se manifestaba por las paredes, entre los estantes, en el interior de los muebles, encima de los suelos. Fue la caída de una piedra puntiaguda al lado de mi, sobre la cama, el factor que obró mi conversión. El mensaje me llegaba. Podrían haberme herido, pero no quisieron hacerlo. No era siquiera una advertencia, aunque me lo tomé en principio así. Era una solicitud no carente de ternura. Un ruego, la proposición de un pacto. Yo escuchaba sus voces, aunque la elaboración de sus propuestas acontecieran en mi cerebro. Las piedras estaban cansadas de no estar en su medio. Su medio es cambiante. Ellas no se veían presas de un coleccionista que sí, muy atento y entregado a ellas, pero que no las concedía la libertad del azar. Su destino no era la inmovilidad ni la exhibición para un viejo caprichoso. Hice de mi casa una mudanza total. Y decidí convertirme en el Espartaco de esa estirpe antigua que sigue evolucionando. Reconozco que me quedé con algunas piedras negras. Unas pocas. Me parecían excepcionales. Como llegadas de otros mundos. Y tal vez lo sean. Tienen rostro, actitud, sentido. Me cuesta despojarme de ellas. Siempre he temido que vinieran a liberarlas. Aunque fuera desde un tiempo lejano o desde otro planeta.


(Fotografía de Misha Gordin)

17 comentarios:

  1. Durante una mudanza, cuando me ayudaban unos amigos, escuché a dos de ellos, mientras transportaban una caja de medianas dimensiones:
    "...pero, que llevará esta mujer aquí?... tienen que ser piedras!"
    Y no estaban equivocados, eran parte de mi colección.
    Mi padre, a su vez, decía: "Hija mía, puedes hacerte otra casa, dentro de tu casa, con este pedregal que tienes".
    He de reconocer que las piedras, deben estar allí donde el azar las colocó; disfrutando del paso del tiempo, en libertad.
    Así que, como tu, dejé de coleccionarlas.
    Aunque sigo con mi pasión por ellas, y siento una sensacion inenarrable al cogerlas, tocarlas, olerlas, sentirlas...
    A fecha de hoy, me considero una
    "excoleccionista de piedras"...algo así como un exfumador, al que la tentación le ronda cada día.
    Salud amigo y gracias por las imágenes de esas piedras que conservas.

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  2. Muy buena su entrada, me encantó.
    He de reconocer, muy a mi pesar, que yo también colecciono piedras raras, pero juro que disfrutan de una cómoda semilibertad vigilada en jardín rural.

    Saludos libertarios a Espartaco y Sagardiana

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  3. Sagardiana. Bienvenida a este blog. Has hecho un sincero relato paralelo. Por lo que veo el tema de las piedras nos obsesiona a muchos. La tentación, como tú dices, está ahí. Y no sólo con las piedras. Hace tiempo que no siento necesidad de poseer piedras. Si guardo alguna es por algún significado, alguna nostalgia, algún encuentro, alguna mano que hubo detrás.

    Cuando quiero poseer piedras me voy donde habitan. A una sierra granítica, al interior de una cantera de yeso, a darme trompicones con las estalactitas, a pisotear el filo de alguna ciudad encantada...Y ya me sobrecargo.

    Curiosamente, las últimas piedras que cogí hace tiempo ya, de caliza porosa, lo hice en un páramo donde permanece una huella de recuerdos siniestros. Un lugar donde gente varia de la zona fue fusilada hace setenta y tres años. Pero créeme, cogí un par de piedras por ellas mismas. Como si no supieran del tiempo, de la barbarie o del olvido.

    Salud y entereza.

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  4. Precisión: al decir que cuando quiero poseer piedras...me refiero a que simplemente con verlas in situ, donde se encuentran me basta. Las miro, las toco, veo su grandiosidad, las oigo y a veces, si el tiempo es propicio, me dejo mecer.

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  5. Piedras raras, piedras simples. Como con los humanos, la belleza no es aparente, sino significante.
    Ver imágenes de humanos o de obras humanas es una vieja obsesión. Una vista que hay desde Segovia de la Sierra la llaman los segovianos la mujer muerta, porque las diferentes alturas de sus montañas llevan a la gente a configurar en su magín un cuerpo de mujer corpore in sepulto. Siempre me llamó la atención.

    Salud. Espartaco vive. Se le volverá a reclamar.

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  6. Por la zona de Arenas de San Pedro (Ávila) las piedras de granitos son enormes.
    Pasé unos días por allí un mes de julio. Durante el día, las piedras absorbían el calor de los rayos del sol. Por las noches, tirada en las piedras calentita, la sombra de los Galayos y la música suave de un guitarrista malagueño que estaba por allí.Tuve la sensación de que la piedra había entrado en mí o yo en ella.
    En esas noches sentí, que la felicidad existía.

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  7. Ávila misma es granítica total. Como se trata de una ciudad vinculada a mi infancia y juventud hablo de ella con un afectuoso conocimiento de causa. Claro, desde Arenas tanto Gredos como el Pico del Moro Almanzor están a un paso. Es el no vamás. Ávila es casi inexpugnable, salvo para las tropelías del urbanismo especulativo de los tiempos recientes. Donde picas tocas roca.

    ¿No estarías en una finca vegetariana de Arenas? Simple curiosity.

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  8. ( Risas)
    Sí, era o es un lugar llamado La Lobera.
    Iba a descansar nada más, no comí verduras ni un día.
    Me gusta de vez en cuando la soledad.
    No Tao, ni yoga ni nada parecido.
    Iba conmigo misma.
    Posteriormente he estado en otros por la zona. Esas noches de la lobera fueron especiales por lo de las piedras

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  9. http://www.laloberadegredos.com/Vacaciones.htm

    Ese es el enlace.
    Realmente es un lugar lleno de mágia.
    Las habitaciones son casitas desperdigadas y lo suficientemente alejadas unas de otras para la intimidad.
    La casita donde estaba llevaba de nombre el Olivo.

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  10. Este texto me ha hecho recordar momentos muy bonitos de mi vida y con tu permiso lo enlazo en una entrada en que lo cuento. Un abrazo y felices fiestas.

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  11. Pues lo siento.
    Aunque no sea para competir con ninguno de los dos, voy a sacar del blog guardado mi relato de una piedra.
    Es muy cortito y no tan bueno como el vuestro, es que me gusta

    Felices días

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  12. Francisco, leeré tu texto. Ningún problema en que compartas lo que quieras de mis exabruptos, jaj.

    Un fuerte y cálido abrazo.

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  13. Aquí, saca lo que quieras y ofrécenoslo. Tendré mucho placer en leerlo.

    Salud siempre.

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  14. QUE SORPRESA YO SIENTO PASION POR LAS PIEDRAS . TIENEN HISTORIA Y EN MI MUCHO SIGNIFICADO,LAS QUE RECOPILO SABEN MUCHO DE MI . UN DIA SENTI QUE LAS HABIA ATRAPADO POR MUCHO TIEMPO Y QUE YA NO DECIAN NADA PARA Y COMO PAJAROS LES DI LA LIBERTAD.... LAS LLEVE A UNA COSTA Y CON GRITOS DE LIBERTAD LAS REGRESE PARA QUE PUEDAN SEGUIR RECORRIENDO EL MUNDO ,ACUMULANDO HISTORIAS.
    PERO TAL CUAL ....HOY TRAJE A CASA NUEVAMENTE PIEDRAS BLANCAS PARA QUE VIVAN CONMIGO. Y ME DEN FUERZA ,ME ESCUCHEN , ME ACOMPAÑEN A SOÑAR,OTRA VEZ.NO QUIERO QUE PIERDAN SU BRILLO ,,,,LAS DEBO MSNTENER HUMEDAS, ME PROVOCA MARCARLAS UNA POR UNS LES ASIGNO TAREAS EN CASA, TU EN LA ENTRADA , TU EN MI CESTA FAVORITA TU EN MI MESITA, JUNTO CON MIS LIBROS FAVORITOS.
    NADA ENLOQUECI
    ESE

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  15. Bienvenido, Anónimo, aunque sea motivado por las piedras.

    Yo también me sorprendo de cuánta gente tiene las piedras como referencia, cuano no como fundamento. ¿Será por aquello de que cuando éramos niños ya las recogíamos? ¿Será porque estaban por todas partes? ¿Será por sus formas y caprichos? ¿Será por su textura amable y cálida? ¿Qué hay en el ser humano que le reclama tanto por las piedras? Enigmas, tal vez, de momento.

    ¿Sabes, Anónimo? Me da curiosidad saber qué tipo de piedras y con arreglo a qué criterio las asignas tareas o las colocas en los lugares? ¿Las palpas, las sientes?

    Vuelve por el blog cuando te apetezca. Es un campo abierto, incluso tiene piedras.

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  16. Soy una persona que comparte esa pasión de coleccionar piedras de todas partes del mundo. Empecé con piedras de mi cercanía, empece a darme cuenta de su variedad e historia propia como cada uno de nosotros. Inicie como parte de la ruta en mi vida, es decir, de los lados que me traían las piedras me determinaban a lograr ese sueño el de viajar, así que marcaba los lugares de donde estas provenían. Ante todo ello me di cuenta que en las direcciones del camino que elijamos no importa lo que encontremos en la ruta, lo importante es el valor de la determinación y de lo que estamos destinados a hacer y de creer como con las piedras, nos las encontramos por alguna razón y debemos ser ese puente para llegar a los otros.

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    1. Creo que tenemos una pasión análoga, Anónimo. Yo no apuntaba su origen pero lo retenía en la memoria, aún conservo algunas y cuando las saco funciona un mecanismo de recuerdos interesante.

      Comparto eso que dices: "lo importante es el valor de la determinación y de lo que estamos destinados a hacer y de creer como con las piedras, nos las encontramos por alguna razón y debemos ser ese puente para llegar a los otros."

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