martes, 29 de junio de 2021

Los beodos y el sabio

 



Bebed, bailad, saciaros, fornicad como si fuera el último día que Júpiter nos tuviera destinado. Beodo como buen hijo del lagar en que se crio, Licinio Gneo iba por la calle de la Fortuna dando tumbos y proclamando salvación, fiel a los principios de los que se declaraba maestro en la filosofía del caos. Sus compañeros, tan adictos al ritual de Baco como él, coreaban el imperativo de cada verbo. ¿Dónde vais en esas condiciones?, les salió al paso con su bonhomía habitual Calpurcio Bensus, que había entregado su existencia a la interpretación de los astros y a la influencia de estos sobre la naturaleza, incluida la humana. Nosotros vemos más estrellas que tú, le replicó sarcástico Licinio Gneo trazando círculos con el índice hacia abajo. A las estrellas no se llega nunca, Calpurcio. Y de mirarlas no sé hasta qué punto se vive ni se siente uno vivo. Vente con nosotros a entrar en planetas más cercanos, pues no sabemos cada noche con certeza si despertaremos a un nuevo amanecer para seguir contemplando el firmamento. Licinio Gneo no se suele inmutar y menos ante borrachos, pero cuando le tocan el objeto de su dedicación fundamental se siente obligado a defender la causa. Los astros saben desde el principio de los tiempos más de nosotros que nosotros mismos, sermonea al grupo. Llevan una eternidad contemplando nuestros caprichos y nuestras adversidades. No son nuestros jueces ni nuestros verdugos. Ni siquiera juegan a portarse como nuestra conciencia. A mí me aportan calma, reflexión e interés por conocer lo que puede haber tras ellos. Eso tú sabrás, pero mientras te dejas absorber el seso por los astros te pierdes la belleza y la pasión que proporcionan los sentidos, le corrige Licinio Gneo, que puede ser un beodo pero al que no le falta retórica seductora. Calpurcio sonríe y se defiende. Nuestros sentidos o, al menos, nuestra noción de sentido, debe ser diferente entre vosotros y yo. Jamás me ha causado ansiedad el cielo y, sin embargo, me ha proporcionado una visión reposada y acertada sobre la tierra. Vosotros podéis traicionar a vuestras esposas o defraudar al tesoro público o simplemente engañar a vuestras mentes desdeñando la capacidad de conocimiento, de la que también disponéis, en aras de una definición del placer que no os procura sino desgaste. ¿O creéis que es placentero dejarse dominar por los sentidos en lugar de utilizarlos para causas cuerdas? Licinio, que advierte el tono enfadado del sabio, no es proclive a peleas afortunadamente y tampoco considera a Calpurcio un enemigo. Un punto de sensatez le dice que es mejor batirse en retirada con alguna consideración superficial, pero no menos acertada,  que rebaje la tensión y le haga salir airoso ante la tribu ebria que escucha impersonal la polémica. Si mañana, dice, vuelve un movimiento del suelo como el de hace unos años, que destruyó la ciudad y arrebató la vida de tantos vecinos, y nos devora a todos, ¿valdría de algo considerar lo que mereció la pena en la vida? ¿Haber apurado hasta el fondo los goces exigidos por la carne o haberse abstraído en el disfrute que tú dices, Calpurnio, que produce esa observación de tus mundos inalcanzables? Calpurnio recupera la serenidad y sentencia. Entonces, amigo Licinio, es elemental que no podremos decir ni valorar nada, pues si algo resulta obvio es que la muerte nos enmudece a todos. 



   

(Estatuilla de acróbata de terracota conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Tarento)

miércoles, 23 de junio de 2021

Carta del anciano duumviro Apolonio Flaco a su amigo Claudio Festo a propósito de los poetas

 



Días inciertos los que nos tocan vivir, Claudio. Este estío seco y parco en novedades amenaza con arrastrarnos a todos a la abulia total. ¿O serán pensamientos funestos propios de mi edad? 

Mi sobrino Valerio ha partido de viaje para honrar al poeta en su tumba. No volverá hasta dentro de unos días. Van a hacer entre varios orates de las letras como él una suerte de justas poéticas. La excusa es homenajear al poeta Publio, pero lo que pretenden es exhibir sus propias habilidades y festejar las virtudes y la benevolencia que proporciona la vida. Recurriendo además, supongo, a los placeres que el lugar y el instante les conceda. Esa confidencia me hizo antes de partir. Se mostraba agitado y no ha levantado cabeza del pupitre durante el último mes. Ha preparado un hatillo frágil en ropa pero abundante en escritos. 

Todo su empeño es aprenderse las obras de los grandes y recitarlas allí donde le llamen. Hacer sitio en la memoria para las grandes escrituras es un modo de aprender para guiarte en esto del vivir, remata cuando le hago alguna observación. Me tiene mareado con sus citas. Tú, romano, piensa en gobernar bajo tu poder a otros pueblos. Estas serán tus artes. Y a la paz ponerle normas, perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios. Al final yo mismo declamo por inercia versos de la gran gesta que nos transmitió el poeta Publio. Pues ¿a dónde no es capaz de llegar un cantor de las proezas de aquellos hombres legendarios que inauguraron la patria? ¿Cómo negar el valor de sus rimas? ¿Quién puede permanecer ajeno al relato de una epopeya fundacional? ¿O acaso se puede restar importancia a su tratado poético sobre el cultivo de la tierra y el cuidado del ganado, tan fundamentales para una sociedad que se precie de estar a la altura de las conquistas de sus próceres? Y así podríamos decir de otras obras del mismo vate a las cuales me es imposible llegar, porque mi vista cada vez se reduce más y el cansancio merma mis tiempos de lectura.

De ahí que me entusiasme el afán de mi joven sobrino. Aunque a veces le reprendo. Valerio, le digo, todo no consiste en empaparte de las palabras ajenas, por muy edificantes y precisas que te parezcan. ¿O crees que el poeta de tu obsesión, al que adoras como si lo hubieras tenido de maestro, habría escrito lo que escribió de no haber viajado, enriqueciendo su mente con aventuras y experiencias? Un hombre puede pasar a la historia por un solo libro. Pero ese libro no habría tenido acogida en el mundo si no hablara de la historia de los hombres. Un autor vale en cuanto hace de intermediario entre mundos desconocidos y el que habitamos. Un texto nos cautivará si quien lo escribe es cautivador. ¿O creías que la seducción es un arte que remite solo al enamoramiento? No hay arte si no hay fortaleza íntima en un hombre, porque en ella se ejercitan las capacidades y se fraguan las obras que merecen la pena. 

A veces le avasallo en exceso con esta clase de razonamientos paternales. Valerio entonces calla y con frecuencia disimula, como si los consejos ajenos, y él joven al fin y al cabo, fuesen un arma arrojadiza que hay que esquivar. Me parece, pues, formidable que Valerio se haya reunido con sus compinches de otras urbes, huyendo del clima tórrido que tenemos en la finca y, en general, en toda Pompeya. Mientras tanto trataré de no consumirme aquí de aburrimiento. A su vuelta desperezaré y recuperaré mi curiosidad, pues un anciano puede hallarse agotado pero siempre queda dentro un rescoldo de curiosidad. La curiosidad es el acicate del conocimiento. Y el saber gratifica con el goce más exquisito. Valerio es un gran estímulo para mí y anhelo su retorno. Pero si decidiera emprender periplos hacia nuevos mundos no me disgustaré. Pues sabré entonces que mis recomendaciones no habrán caído en saco roto. Fraterno Claudio, otro día te escribiré más. El día pesa y un misterioso silencio se va apoderando del entorno.



lunes, 21 de junio de 2021

Un verano más, un verano menos

 



Siempre que llega oficialmente el verano me acuerdo de aquellos veranos. Cuando el nerviosismo del niño o del joven caracterizaba una estación que se iniciaba con expectación, alegría y relajación de los quehaceres del resto del año. Luego había de todo, por supuesto, pero solo por la disponibilidad de tiempo libre merecía la pena. Si la infancia ya ha marcado y fraguado siempre de por sí a un hombre los veranos de entonces producían una impronta mayor y más intensa. Por la acumulación de experiencias, por el cambio de paisajes, por la recuperación o inauguración de amigos. Si la libertad existiera llevaría para mí el nombre de infancia estival. Suena a paradójico, porque es precisamente en la niñez cuando estabas más controlado y protegido. Pero aquella infancia y temprana juventud implicaba unos márgenes más abiertos por donde uno podía pasarse horas del día ajeno a la familia, es decir, al control. Cierto que no era fácil porque toda la sociedad estaba en aquel tiempo tan atada y controlada, y cualquiera podía pretender sujetarte. Y sin embargo aprendimos a practicar un doble juego, a transgredir, a romper normas clandestinamente, a hacer la real gana. Unos tirados a su indolencia, otros, como en mi caso, tendentes a probar aventuras, tantas veces arriesgadas. Mi verdadera obsesión era, lo sigue siendo, no aburrirme jamás. Mayormente lo lograba. Así que presto a movilizar mis neuronas y mi esqueleto, por lo tanto, las vacaciones de verano eran sobre todo un no parar. Un transcurrir sin planes, atento a que cualquier amigo te reclamase a cualquier hora. Trilla, río, fiestas, juegos, escarceos con el otro género, devoración de tebeos, narraciones orales al pie de la escalera vecinal, observación de pautas de los mayores, esa referencia latente y enigmática...Todo era una sucesión de actividades a cual más apasionantes.

Hoy el solsticio está aquí, seguiremos aproximándonos al sol para ir poco a poco otra vez alejándonos. Nada se para en el Universo. ¿Y mientras? Sucesión de veranos, relevo imparable de estaciones, caducidad de los propios años que vamos cumpliendo. Todo tiene hoy otra perspectiva, o bien su dosis de resignación, pero creo que aquellas tensiones y pulsiones que nos agitaban y nos daban vida no se han vuelto a repetir. Si acaso en algunos períodos juveniles más avanzados en que sin madurar del todo pretendíamos comernos el mundo. Como mucho construimos uno de ficción. Y valió. Llega hoy un verano más que también será un verano menos. Dualidad de la existencia. Mirémoslo con cierta añoranza y a la vez con humilde compasión. Por lo que nos va tocando. 




sábado, 19 de junio de 2021

Leer a pequeñas dosis. Hoy llegando a Wallace Stevens

 


Lo más divertido de leer puede que sea el método utilizado, que además es un ejercicio tan personal e intransferible como dicen que es el DNI. Es decir, el modo en que lo hacemos, la intensidad o levedad como lo hacemos. Leer a pequeñas dosis proporciona a uno la facultad de sentirse sembrador. Una minúscula semilla genera un fruto robusto. Un poema, no un poemario, leído poco a poco, releído y degustado, dejando luego el libro de lado, me cae mejor. Leer es tan biológico como comer. ¿Por qué cometer imprudencias con nuestro cuerpo -leer alimenta el cuerpo- llenándonos de imágenes que no asimilamos? Me pasa más los días de cansancio íntimo. No quiero entrar en si este tiene los apellidos de enfado, hastío, desinterés o indolencia. Cuando estás cansado o duermes o recurres a imágenes que masajeen tu cerebro. Un aforismo o un poema sustancioso masajean al hombre fatigado. Y a la vez activan su imaginación. ¿No es sorprendente lo dual que es cada acto humano? Ayer por la noche todo empezó por el particular método caótico de lecturas que uno se trae. Buscando explicaciones en un texto riquísimo sobre El mito de la diosa, de la Baring y la Cashford, prestigiosas indagadoras, di con una cita de Wallace Stevens: Hay un poema en el corazón de las cosas. Como el aforismo es en sí todo un poema sé que no debo proyectar raciocinio alguno. Pero no voy a evitar leer el capítulo del libro de las mitólogas donde va al frente la cita del escritor de Pensilvania para tratar de aproximarme a por qué han elegido de bandera ese Hay un poema en las cosas. Asociación posterior de ideas: del libro sobre el mito de la diosa salté al de los poemas y aforismos de Stevens. Y en este una simple frase me impactó, como lo sigue haciendo Heráclito en sus oscuros ¿o interrumpidos? fragmentos. Y no me resisto a pergeñar una leve reflexión -vivimos en la mente, escribe Wallace Stevens-  que voy a poner en El laberinto grotesco:


"Recurrente lectura la que hago de Wallace Stevens. Recurso oxigenante. Uno de sus Adagia da vueltas a mi alrededor hoy: "Vivimos en la mente", leo. Me parece estar escuchando a Heráclito. Un fragmento puede ser un discurso entero. Solo hace falta que el lector desarrolle la intención del autor -o la carencia de la misma- para que amplíe el relato. No hace falta utilizar palabras. Ya vamos sabiendo que estas habitan en la mente, procreen o no. Del mismo modo que en ese ámbito se hace dueño y señor el dolor o el placer o la capacidad reflexiva o el afán comunicativo o la sencilla relajación que nos procura calma y serenidad. Hagamos lo que hagamos durante el día y durante miles de días, la existencia es un devenir en la mente. Acontecemos en ella, transcurrimos en ella, concluimos en ella. He vivido en la mente, no hubo más, acaso me diga cuando postrado en una cama o ante el golpe feroz de un accidente sobre el asfalto mi tiempo acabe".


miércoles, 16 de junio de 2021

Pensando en mi abuela desde el Shinkansen

 



Me lo contó mi madre, a la que antes se lo había contado la suya. Mi abuela no había sido ninguna viciosa, ni aprovechada, ni intrusa. Al menos ella lo tenía claro. Si la tildaban de algo que iba contra las normas sociales mi abuela no se inmutaba. Aquel episodio de amor en los márgenes que mantenía con su amo, mi abuelo, había sido rompedor. Un amo al que había convertido en esclavo, nada menos. Extraña circunstancia. Increíble capacidad para humanizar a un hombre -¿no suena esto a paradójico?- cuya humanidad, hasta conocer a mi abuela, la sirvienta, había sido la dureza en los tratos comerciales, la sumisión a los funcionarios del Emperador, el apoyo a los ejércitos en sus aventuras, la apariencia en mantener la familia como símbolo de un poder que recubría y justificaba los otros poderes. Los que luego quebraron, qué ironía. Servir al amo era para mi abuela su trabajo. Mi madre me contaba que mi abuela había domesticado al salvaje. No estoy tan seguro. Si no lo logró del todo al menos lo llevó a un territorio muy específico en el que él era el sirviente. 

Pensar en ello, por intermediarios, ahora me divierte. Y es uno de mis pensamientos escogidos mientras me desplazo de punta a punta en la Tokaido Shinkansen. Una manera de compaginar la velocidad de los días que me tocan vivir con el tiempo pretérito. El que yo reconstruyo imaginativamente. Aunque sé que mi existencia, concatenada a otra anterior, se la debo al día en que mi abuela expulsó de sus favores al amo para siempre.


Quien desee saber de qué va la historia, recurra a Chitón.

https://ehchiton.blogspot.com/2021/06/el-amo-esclavo-de-la-sirvienta.html



(Fotografía de Yuma Yamashita, tomada de Cultura inquieta)

lunes, 14 de junio de 2021

Fabulosa Eivør Pálsdóttir




No tengo ganas de escribir hoy. Me abandono al arrebato que me causa la acústica, la vocalización y el ritmo de la cantautora feroesa Eivør Pálsdóttir. ¿A qué tiempo, a qué paisaje, a qué humanos, a qué vida, en fin, me traslada?






viernes, 11 de junio de 2021

Arístides el fabulador

 


Era considerado por muchos como un charlatán. Había quien le acusaba de ser un visionario. Tampoco faltaba alguien que le señalase como un adscrito a las nuevas creencias, lo cual no sonaba muy elegante entre las clases más tradicionales de Pompeya. Pero aquel vecino dicharachero al que acudían a escuchar niños y adultos solo se trataba de un fabulador. No es que abundara este tipo de personajes, pero merecían cierto reconocimiento. Nadie cuestionaba que un hombre capaz de jugar con las palabras y poner voz y rostro humano a los animales o a los fenómenos de la naturaleza tenía su arte, haciendo participar de sus invenciones a todos. 

Pero ¿de qué se nutría Cayo Arístides sino de sus sueños? Eran sus sueños los que trazaban las líneas de sus relatos variables. Soñaba de noche y fantaseaba durante el día. ¿No son acaso las fantasías una modalidad onírica que altera la realidad tanto o más que los sueños? Pero a Arístides le gustaba modificar las circunstancias y convertir en posible lo probable y en incertidumbre lo que en apariencia era obvio. 

Las confidencias a sus íntimos no ofrecían dudas sobre lo que pretendía. Si hablo de las cosas tales como son no aporto nada, todo el mundo las ve. En cambio, si desordeno las imágenes que las gentes tienen de lo existente y rehago caprichosamente los hechos invito a otro modo de ver y disfrutar la vida, ¿no creéis? La vida tiene que ser estimulada por una alternativa siquiera fantasiosa. Tú eres lo que eres, pero podrías ser otro. ¿Por qué no probar a verte de perro, de viñedo o de curso de río, por no decir como amo o esclavo? Sus amigos ponían entonces el dedo en la llaga. Precisamente es lo que no te perdonan algunos. Que en tus relatos hagas esclavo al amo y liberes al siervo, le decían. Esos intransigentes creen que estás proponiendo de manera encubierta revueltas contra el orden instituido. 

Y es que lo que hoy contaba Arístides de una manera a los pocos días lo decía desvirtuado o simplemente lo ofrecía con un matiz no utilizado antes. Os asombráis, decía en público, de que los animales domésticos tengan opinión en mis narraciones. ¿No habéis hablado alguna vez con ellos? Os produce temor que dé patente de humano a las bestias salvajes. ¿No es una manera de aproximarlas a vuestra comprensión? Y si a los enemigos de más allá de nuestras fronteras, que tanto os atemorizan cuando llegan informaciones de que han traspasado estas y pueden poner en riesgo urbes importantes del Imperio, los convierto en ciudadanos coloquiales que en nada se diferencian de nosotros, ¿os escandalizáis pensando que estoy abriendo la puerta de nuestra patria? Además, ¿de qué patria hablaríamos? ¿De una cerrada o de la que deben participar todos los hombres? No concibáis a los que son diferentes a nosotros, y tienen otras lenguas y costumbres, como alimañas que van contra nuestros bienes y tradiciones, pues acaso debemos aprender de ellos. Algunos me acusan al hablar así de que incito a confraternizar con las tribus bárbaras. Mas solo pretendo que pongáis algo de vuestra parte para que no mutéis vuestra alma y sobre todo vuestra inteligencia en hostiles contra sí mismas. 

Arístides se recreaba en sus fabulaciones, alternando personajes, dotando de virtudes a los que eran objeto de vicios, y de condenas a aquellos que disfrutaban siempre de riquezas y dichas. ¿Cómo podía retener tantos cuentos aquel hombre? Los tiene escritos y los aprende de memoria, no hay otro truco, comentaban los escépticos. Pero, ¿escribió alguna vez el fabulador? Dicen que Arístides había tenido orígenes cultos y sin embargo prefería que su mente no dependiera de la escritura. Lo escrito queda registrado como tal y sin embargo el mundo es cambiante. Mejor no escribo, llegó a decir en un festín a quienes se hallaban tan beodos como él. Lo mío es contar con mi boca, que es tanto como hacerlo con mi espíritu, y a mi espíritu le guía la sana intención de hacer felices a los otros. Relatar lo que se ve y lo que no se ve, lo aparente y lo encubierto, lo deseado y lo impuesto. La calle es mi pergamino en blanco. Si escribiese con el cálamo y no gustara a los príncipes o a los fanáticos de las nuevas sectas destruirían con facilidad mi obra. Opto por la palabra abierta y sonora, y si a alguien no le convencen mis historias tendrá que acabar conmigo. Algo que no me importa, pues los cuentos que he contado me sobrevivirán. 

A ese paso, Cayo Arístides, le indicaban los espontáneos, acabarás reescribiendo la historia. Y contando lo que no fue en lugar de lo que tuvo lugar. Pero el fabulador sabía salir airoso. ¿La historia? ¿No es acaso lo que nos cuentan continuamente los vencedores y las clases pudientes? No reescribo nada, solo ofrezco participar en el juego de la imaginación. Soñar despiertos por un rato. Acercarme al universo y tutearme con él. Jamás se podrá ni se sabrá interpretar la historia. Apenas pergeño para vosotros apuntes sobre ella. ¿No crees nada en la verdad de la historia?, le preguntaban con ironía. Él se lo pensaba y de pronto saltaba desarmando al interlocutor: solo creo en lo vivido.




(Pintura mural de la Villa de los Misterios, Pompeya)

martes, 8 de junio de 2021

Los últimos ideales


 

De los ideales de viejos tiempos algo me queda. El último paquete de tabaco que fumó mi padre y que decidió abandonar, ya octogenario, no sé si por prescripción médica, por voluntad propia tras haber visto las orejas al lobo o porque ya no le sacaba gustillo a la elaboración. Sospecho que por esto último. Pues si algo acompaña a la ancianidad es el cansancio y el hastío. Y ya no cabe probar cosas nuevas de ninguna clase. Las mermadas fuerzas físicas solo invitan a resistir anodinamente.

Ignoro cuánto habría de tabaco y cuánto de viruta en las elaboraciones nacionales de aquella época. El paquete azul -denominado también caldo- era supuestamente de más calidad que otro con el mismo nombre pero con el papel amarillo en los cigarros. Se les llamaba cigarros porque, aunque se podían fumar tal cual, tenían su grosor y se abrían y se liaban de nuevo. De uno podían salir dos y conocí a un vecino droguero que sacaba tres y agotaba hasta que sus dedos no podían sujetarlos. No sé si para que cundiera más el fumeque o por tacañería.

Mi padre no fumaba ni continua ni compulsivamente. Tal vez por eso nunca padeció mal alguno de los que sentencia el tabaco. Extraía del chaleco su librito de Abadie, formaba un cigarrillo menos grueso que el original, pegaba con la lengua el borde del nuevo papel con una perfección asombrosa que yo jamás aprendí y lo encendía con el chisquero. Curiosamente él abandonó sus Ideales y yo persistí ingenuamente en otro tipo de ideales cuya toxicidad solo alcancé a percibir a medias. La palabra ideal, tan confusa como traidora, es una especie de despliegue en abanico que va generando una evolución que acaba siendo involutiva. Parte de un mínimo concepto de idea, se refugia en el pensamiento por lo tanto, mezclándose con otras ideas fijas, a veces meras ocurrencias, se metamorfosea en arquetipo o modelo y, he ahí el peligro, se sublima con la categoría de un corpus a imitar, a reproducir y en el que persistir obcecadamente con el supuesto objetivo de salvar el mundo, al menos el cercano, o bien preservarlo fanáticamente, aunque los hechos vayan por otro camino.

La gente se refugiaba en mi tiempo de infancia y juventud en sus ideales. No se decía este tiene ideas, yo tengo mis ideas. No estaba bien visto pensar, menos argumentar, y era un osado quien lo intentase. No estaba permitido expresar los propios criterios. Los ideales, para quien los tuviese, eran como dogma. Se aferraban a ellos, incluso desde varias generaciones anteriores. Cuando nos fuimos dando cuenta que lo importante era tener ideas para pensar y no ideales en los que creer empezamos a cambiar, si bien nunca lo hacías del todo. Si he guardado los Ideales tabaqueros es por tener un vínculo material con mi padre. Encontrar de vez en cuando el paquete en un cajón e imaginarme al progenitor en su trance de fumar es todo uno.

Ahora que lo pienso, ¿no tenía también trampa, como todo, aquella denominación de los cigarrillos? Recuerdo que había un café nombrado El ideal nacional y algún periódico encabezado como El ideal. Incluso la utilización pija de lo ideal para definir un objeto, un lugar o una situación fue cundiendo en la década rompedora de los 60. Si me hubiera hecho entonces mod en lugar de mantener aún ciertos ideales mi suerte probablemente hubiera sido otra. Pero algunos empezamos a creer en otro concepto no menos ladino, el de Utopía. Tener lo inalcanzable nada menos. Nada era utópico, no se engañe nadie. Las utopías -nuevo y más moderno formato de ideales- las tratamos de imaginar a base de otro ejercicio y término que se acuñaba: idealismo. Ya ves. De la misma matriz.




viernes, 4 de junio de 2021

Un apunte sensitivo sobre aquel cuento de Tokio

 




Tras dedicar dos buenas horas a ver Tôkyô monogatari -título traducido al español como Cuentos de Tokio-, el filme de Yasujiro Ozu realizado en 1953, he sentido un acceso de calma. Me ha parecido increíble que a estas alturas de mi vida una película de tantas décadas atrás me haya dicho tanto. Cada vez creo más en el modo en que se desarrolla un filme. En el sentido del tiempo que un director sabe desarrollar a partir de lo que existe en la vida misma: el silencio. No entiendo de cine. Sí de las sensaciones y de los estados emocionales que se desencadenan dentro de mí. Y las vías que un argumento determinado -adobado a la perfección con una interpretación ajustada y expresiva, sin concesiones a lo sobrante- se abren en la mente. Como si uno quisiera participar de la obra que acaba de ver. Y que no puede por menos que relacionar con la propia historia personal. Se me grabaron dos frases. "Con el tiempo los padres y los hijos se alejan", dice la dulce Noriko. Mientras que uno de los personajes varones apostilla en otro momento: "Nadie puede ayudar a sus padres más allá de la tumba".


Luego descubrí un enlace en el que flota cierta referencia aquel tiempo, a aquel lugar, a aquella mujer..., pero simple y caprichosa ficción.



Adjunto enlace del filme.


martes, 1 de junio de 2021

Un recuerdo fugaz del que se va y el que se queda

 


La tarde se había instalado en el crepúsculo. La marea creciente empujaba al silencio a los escasos paseantes. Todo quedó detenido, pendiente de una expectación que no era propiedad de los hombres sino de la luz que se resistía a extinguirse. Cogí la mano del niño y le hablé. No pienses en nada. Que la humedad te haga estremecer. Que la luminosidad que se filtra taciturna te proporcione una visión diferente. Que el oleaje parsimonioso te traiga voces lejanas. Esta es la hora fronteriza. Mañana no será otro día más. Nunca hay un día cualquiera. En cualquier momento llegará un alba donde solo te verás a ti mismo, pero diferente al que eras ayer. Te esperan días rayanos y te parecerá que en algunos de ellos eres un náufrago, sometido a vaivenes y sin saber dónde sujetarte. Pero será una percepción equívoca. Yo no estaré pero tu aprendizaje te dará el apoyo que yo no podré aportar. Yo también viví un crepúsculo agitado una vez y pasó la tormenta. La aurora trajo calor, claridad, quietud. Cuántas veces puede un hombre renacer es lo que más me entusiasma. Y el niño me habló a su vez. No te vayas. Pero debes saber que si te vas recordaré siempre este momento que permanece en el apretón de tu mano.




(Fotografía del Cais das colunas, Lisboa)

viernes, 28 de mayo de 2021

La mujer obscura

 


La llamaban la mujer oscura. No porque fuera de tez negra sino porque se empeñaba en vivir en las tinieblas. 

Los cabellos enmarañados desvirtuaban sus facciones. De día ocultaba su cuerpo con un vestido largo y bruno. De noche se entregaba desnuda a los astros y bailaba al son del canto acompasado de los mochuelos. 

Procuraba pasar desapercibida. No se la conocía oficio ni familia y nadie sabía con precisión dónde se refugiaba de las inclemencias. Los que casualmente se habían cruzado con ella por alguna senda decían que era taciturna y huidiza. Nadie se atrevía a permanecer frente a la mujer oscura, aunque alardeasen de intentarlo. Pero la imaginación de los más chismosos veía lo que nadie podía corroborar. Si hace un gesto repentino de cabeza sus cabellos dejan al descubierto unos ojos perturbadores, decían unos. Cuando sopla el viento muestra una boca que se ofrece, aseguraban los voluptuosos. Algunos presumían de haberla visto caminar con movimientos tan pausados como elegantes, aquellos que solo se dan en la armonía de la floresta cuando es agitada por el viento. De ahí que hubo quien inventó la leyenda de que se trataba de un espíritu fecundado por la naturaleza y destinada a hacer crecer a esta. 

Movidos por curiosidad o por instinto obsceno, algunos hombres se apostaban de noche a la orilla del río o en lo alto de algún escarpe o junto a las divisorias de los viñedos, sospechando que ella andaba por todas partes. Sin embargo no lograban controlar sus pasos. Tal vez alguno de nosotros pueda saber algo de lo que se trae esta mujer, confidenciaban los más indiscretos a sus amigos íntimos. Pero a la mujer oscura nadie la podía ver con certeza. Ni siquiera con luna llena. En los plenilunios había un pacto del astro con la mujer por el que ella permanecía oculta a todas las miradas, especialmente a las malévolas. La luna quería que solo ella pudiera observar cómo es el mundo de las tinieblas y cómo se abandonan los hombres a sus groseros comportamientos nocturnos. La luna le protegía de acechanzas y riesgos. Prefiero ser una mujer tenebrosa, se decía a sí misma, pues no veo franqueza y bondad en el regir cotidiano de las gentes, que siempre andan a la disputa y al desencuentro, con envidias y recelos, dándose a las difamaciones y dejándose la vida en competitividades sin fin. No es precisamente la claridad aquello que ilumina las almas humanas. 

La mujer sombría se adentraba algunas noches, resguardada por las sombras, en las calles pompeyanas. Escuchaba el clamor de las quejas y los llantos, se sorprendía con el estruendo de risas y goces, ponía atención a las tensas conversaciones familiares acerca de los negocios arriesgados y también al dolor de los trabajadores mal valorados. Distinguía entre los pudientes que no conseguían ser felices y los esclavos que vivían ilusionados por obtener alguna vez la libertad. Se admiraba del ejercicio pasional de los jóvenes y se aturdía con la tozudez de los ancianos que no querían desprenderse de sus obsesión por los amores pasajeros. 

A veces tomaba la decisión irreprimible de caminar hacia el misterioso monte alto. Aquel monte anterior a todo lo habitado, aparecido allí cuando ni siquiera los héroes de otras tierras se habían detenido para fundar las urbes. Avanzaba sin prisa ni agitación, como si estuviese segura de que le esperaba un interlocutor natural que no traicionaba ni desamparaba. Atraída por aquella altura majestuosa llegaba hasta sus laderas, ascendía como si se dirigiera a otro mundo. Era presa de la excitación y la curiosidad, que no la habían abandonado desde niña. Sé que hay vida dentro de la montaña, se decía. O bien habitan allí otros hombres o es el lugar donde se refugian dioses desconocidos. Pero me llegan voces y a medida que me acerco a la inhóspita morada mis pies arden como si alguna fuerza extraña quisiera contagiarme de su energía y convertirme en una mujer luminosa. Tras un tiempo en una confusa comunión con la tierra, la mujer oscura volvía sobre sus pasos para continuar alimentando las creencias mistéricas que corrían acerca de ella por la comarca. 

Una de aquellas noches en que brillaba la luna en toda su intensidad la mujer, oculta a los ojos de los hombres, tendió su desnudez bajo los morales crecidos en la falda del monte. Lo oscuro llama a lo oscuro, pensó en medio de aquellas gotas jugosas que humedecían su piel. La calima hacía fatigosa la respiración y el suelo extendía su garra dispuesto no solo a no soltar aquel cuerpo exuberante y dadivoso sino a disfrutar con él. Aquí, entre el cielo y la tierra de la noche haced de mí vuestra esposa, invocó como si se hallara ante un ara cuyo sacrificio secreto fuera reclamado por fuerzas ocultas. Entonces creyó escuchar una voz: ¿crees que estás destinada a ser la mujer oscura para toda la existencia? Ella, que no estaba allí para esperar propuestas razonadas, no respondió. Y la voz no volvió a hablar. Las palabras de la mujer oscura son las vibraciones que este suelo me hace sentir, argumentó para sí misma. Pero, ¿y si estas convulsiones que llegan a mi cuerpo son señal de que mi tiempo de ensombrecimiento se está agotando? ¿Y si lo que me propone la naturaleza es que sea la mujer opuesta a la que hasta ahora he sido?

Se abandonó a los desconocidos movimientos que se habían instalado en ella. Hincó las uñas entre la roca. Contempló las líneas curvas que la luna trazaba sobre su piel. Se admiró de las elevaciones y caídas de su cuerpo, que se adaptaban generosas a una tierra erosionada y áspera a la que transmitía fertilidad. Como si su vida perteneciera a los propios orígenes de aquel universo. Vio a lo lejos los templos de la ciudad enmarcados por la rojez esférica y sangrante del astro que parecía devorar la urbe entera. La belleza de la vida no se detiene, se le ocurrió. Pero donde hay vida también hay fin. Dejó de lado los pensamientos y se entregó a devolver a su vez las caricias telúricas recibidas 
 




(Fotografía de Jean-François Jonvelle)

martes, 25 de mayo de 2021

Para morirse de risa o Saben aquel que diu...? (Presencia de Juan Muñoz en Oporto)

 



La escultura de Juan Muñoz en el Parque Joao Chagas de Oporto se presta a que el espectador sea contagiado por los reidores. Estos, que no tienen nada de estático, no obstante estar constituidos de duro metal, transmiten calidez locuela. El bueno de Eugenio habría dicho automáticamente: Saben aquel que diu...? Pero la risa no responde siempre a un chiste. O acaso es que la vida es un chiste e incita a tomarla a chufla en muchas circunstancias y oportunidades. La risa es una actitud contradictoria. Responde a estímulos instintivos, independientemente de cómo piense, crea o actúe cada individuo. ¿Son iguales esos cuatro? Solo en un aspecto se sienten igualados o, mejor dicho, vinculados: en que algún hecho o dicho hilarante para su mentalidad les hace desternillarse. Uno puede ser budista, otro musulmán, otro cristiano, otro ateo. Probablemente haya muchas cosas que por separado les causase risa pero que en grupo no osarían mofarse, por respeto o miedo al otro. Mas seguro que cuando coinciden en reír al unísono y espontáneamente es porque hay algo -de sus vidas, de otros, de una situación que a todos ellos les afecta graciosamente, de las  paradojas e ironías del groso vivir-  que supera sus creencias y culturas para sentirse unidos por la risotada. Transcendidos por la risa. La risa de verdad no es superficial nunca (la risa falsa o hipócrita es otro tema) El individuo, cuando ríe, está cuestionando de alguna manera algún aspecto de la vida. Reír en conjunto es acaso una forma de diálogo que supera a las palabras. Hay como una especie de consenso en la risa colectiva que posteriormente al tratar asuntos denominados serios se rompe o no se invoca. La risa es el indicativo de las contradicciones humanas. O, mejor dicho, de la percepción sincera de alguna de esas contradicciones. Al comulgar con la risa un grupo de personas dispares en pensamientos y actos está llevando sus argumentarios respectivos sobre la existencia a un plano meta coloquial, digamos. Reconocerse en instintos es racional. Incluso a veces hay que reír a lo loco. Estallar en carcajadas estruendosas pero que nadie puede tachar de insinceras. 

Los cuatro de Juan Muñoz en Oporto -cuánto nos divirtió a mis acompañantes y a mí su hallazgo-  hacen algo más que reír desaforadamente (obsérvese el que cae por las gradas...¿o es tirado? ¿o esa broma pesada es el objeto de la risa desmesurada?) Rompen el paisaje escultórico riguroso e historicista que suelen cundir por las ciudades, al menos desde el siglo XIX. Gracias al escultor. Un conjunto en bronce que se deja a la libre interpretación e inteligencia humorística de cada paseante. Un conjunto como este habría sido un logro en una plaza principal de cada ciudad. Demasiadas esculturas con gravedad cuando no tragedia, épica o prestancia pululan por urbes y pueblos para no decir nada de provecho ni a los ciudadanos ni a los visitantes.


(Juan Muñoz. Madrid, 1953 - Ibiza, 2001. Vi el otro día un programa de Imprescindibles sobre su obra. Adjunto enlace)





sábado, 22 de mayo de 2021

Cuando un abrazo es más auténtico y expresivo que las palabras

 




Tal vez esto nos falta en estos tiempos: acoger y ser acogidos.

Tal vez esto nos delata: que nos disociamos como especie humana, como si cualquiera de nosotros, o de nuestros hijos, no pudiera verse en algún momento en el lado opuesto al que estamos.

Tal vez esto nos vuelve miserables: no comprender al otro, ignorar su vida precaria, convertir al desdichado en enemigo.

Respecto a la manipulación de las imágenes y las barbaridades que se dicen por las llamadas redes sociales solo afirmar que es cosa de canallas. Maldito aquel que se preste a la perversidad. Sea individuo o partido político. Es el más canalla e ignorante que quepa en esta Tierra. Pero hace daño.


https://www.rtve.es/alacarta/videos/modo-digital/luna-voluntaria-cruz-roja-solo-di-abrazo/5909891/



viernes, 21 de mayo de 2021

Y ahora Francisco Brines

 



¿Quién dijo que llevamos una racha fatídica de desaparición de poetas? Y aunque así fuera, ¿no han quedado sus cuerpos y sus rostros entre las palabras que escribieron? ¿No sobreviven sus energías y sus emociones, sus quejas y sus disfrutes, sus extrañezas y sus descubrimientos? ¿No son sus poemas los verdaderos entes que respiraron por ellos, fecundaron por ellos, se alzaron y cayeron con ellos? 

Francisco Brines, en La piedad del tiempo:

"La vida es el naufragio de una obstinada imagen
que ya nunca sabremos si existió, 
pues solo pertenece a un lugar extinguido".


miércoles, 19 de mayo de 2021

Varado en un sueño que me llevaba lejos

 



Me había quedado traspuesto, el café  ya frío y sus posos indescifrables a un lado, el poeta varado y su lenguaje excéntrico más allá, y del sueño repentino tejí sueños, y estos me llevaban lejos, a geografías dispersas donde tan pronto se alzaban edificaciones hanseáticas que bordeaban canales como rompían el paisaje de arrozales sencillos palafitos o mis pies hollaban caminos de sirga a la par de navegaciones fluviales que conducían a la corte de un imperio, y mi asombro era no saber cómo había llegado a cada territorio, y mi perplejidad no quedaba desvelada cuando entraba en contacto con gentes de cada lugar, individuos dispares que no obstante me resultaban cercanos, y yo entablaba conversación con ellos, me hablaban de sus oficios, me relataban sus viajes, se quejaban de sus insatisfacciones, me mostraban recónditos templos que aún latían en lo más íntimo de las selvas, fantaseaban acerca de sus conquistas afectivas, y casualmente uno de aquellos personajes, agotado por las tareas de la jornada me invitaba a beber con él un estupendo sake en una taberna de su aldea, y allí me estuvo hablando de aquella familia pudiente de la comarca, a cuyas hijas él jamás tendría oportunidad de acceder, pues solo deseaban exhibirse ante otros hacendados tan peculiares y anodinos como ellas, pero eso a él no le importaba, me decía, porque la mejor mujer de la casa era la sirvienta, esa sí que es de mi condición, me decía con euforia, pero mucho me temo que ella no quiera nada conmigo, pues ve que solo sé trabajar como un asno de sol a sol en el molino y no puedo ofrecer ningún futuro, y ella, así seguía afirmando, se siente bien acogida en aquella casa y sé que allá envejecerá, sin que haya condescendido con ningún otro vecino de su clase, sin que tenga mayores pretensiones, y cuando el sueño iba a revelarme algo más sobre aquella sirvienta mi codo se escurrió violentamente de la mesa, y por un momento no supe si salía de un sueño o de un cuento del Genji monogatari.


Quien desee saber algo más de aquella sirvienta de una casa japonesa, puede pasar por Chitón.


 


martes, 18 de mayo de 2021

La obscenidad que cerca, maltrata y mata a los palestinos

 



Agamenón: Cuánta obscenidad en esto de Gaza.

El porquero: Y cuánta repugnancia por la complicidad y el silencio.

Agamenón: Al fin coincidimos en algo.

El porquero: Pero estemos o no de acuerdo entre usted y yo todo seguirá siendo obsceno y repugnante.



(Sin el permiso pertinente de Juan de Mairena)



Fotografía de Ashraf Abu Amrah para Reuters, tomada de dw.com

sábado, 15 de mayo de 2021

El adolescente que hablaba con los lares protectores

 




Estoy acostumbrado a verlos desde niño en un lugar escogido de la casa. Todos tan parecidos, todos tan diferentes. Bailarines, en un movimiento constante que agita sus túnicas, como si la fiesta fuera permanente en el hogar. Transmitiendo la alegría de la vida o, mejor dicho, de lo que deberíamos esperar de ella. Porque, ¿acaso no es seguir viviendo la mejor fiesta, la que hay que celebrar cada día?  

La abundancia brotando del cuerno elevado al cielo y el plato dispuesto para ser servido son una invitación a que estemos protegidos. El cuerno no es solo la espiral de la fortuna de donde brotan los bienes materiales. Es también el bucle de los anhelos y las aspiraciones, y yo diría que el de los esfuerzos para prosperar. Que haya más o menos bienestar dependerá de la clase de familia. Pero ¿es únicamente la riqueza la que nos hace mejores? 

Me da pena que algunos ignoren a los lares. Es verdad que de verlos tan de continuo pasan desapercibidos, pero estoy seguro de que si los quitasen la familia entera se turbaría. Todos creen que su mera presencia ya obra a nuestro favor. Para mí son casi como un juguete. Con esa actitud divertida me causan la impresión de que estos dioses también crecen a la par que yo lo hago. Incluso me pregunto si no serán más protectores de mí que de otros. Entonces, al hacerme la pregunta, los contemplo buscando su complicidad y tengo la sensación de que me sonríen. Es un buen gesto por su parte. Un animado estímulo el que recibo. Fantasía o no, acabo siendo yo el que sonrío y me recreo, no obstante mi ignoto porvenir. 

Tengo fama de risueño, también de soñador. A quienes así me califican así suelo decirles que es el don que me han otorgado los lares. Los familiares más incrédulos o aquellos a los que no caigo bien buscan la versión opuesta para zaherirme. Ya verás cuando crezcas del todo cómo se te van quitando las sonrisas. Entonces yo les contesto: ¿es que vosotros ya no las tenéis? No, tercia a veces el abuelo Valerio para evitar roces. Lo que a muchos nos queda es solo la apariencia. Pero yo no le entiendo muy bien. No sé exactamente qué es aparentar. A mí me salen las ocurrencias de dentro por instinto. Ni la medida educación que recibo ni las envidias de los chicos me corrigen. Tampoco me parece que mi manera de estar jovial sea debido a algún complejo de inferioridad, como le ocurre a más de uno. Ya digo, soy así y nunca pienso que me esté equivocando. Debo portarme como la naturaleza me lo impone. Equivocarse es la mejor enseñanza, repite mi abuelo como si evocara en el pensamiento los yerros propios. Ya enderezarás tus errores a su debido tiempo, si es necesario. 

Hay días en que mientras los miembros de la casa pasan de largo ante los lares yo me paro a hablar con ellos. Lo hago a escondidas. Los miro de frente, paso el dedo por el contorno de sus cuerpos. Sé que agradecen mis caricias. Lo sé porque a veces inician una danza armoniosa para mí.  El que está en un rincón del atrio es el más receptivo. Llevo hasta su penumbra mis cuitas. No espero que se porte conmigo como un oráculo, pues nunca quiero saber lo que me va a deparar la jornada. Y tampoco le pido que me evite problemas. Haz que me conserve contento todo el día, es mi plegaria breve. Una vez uno de mis hermanos me escuchó porque se lo decía en voz alta, y se burló. A ti no te hace falta nadie que te proteja de vivir en las nubes, se rio con mala fe y fue a contárselo a los demás. Pero solo yo puedo entender que con su movimiento dicharachero la estatuilla del lar me esté diciendo: tú sigue así, vive el momento como si fueras hijo de las estrellas. Puedes contar con nosotros.

Hoy no sé qué sucede. Voces alarmadas me llegan desde la calle. Una invocación corre de boca en boca entre los moradores de las casas vecinas. Que los lares nos protejan, es lo más repetido. Durante un rato hemos sentido el azote de un movimiento perturbador del suelo. Algunas cornisas y tejas se han desprendido. La gente hace gestos de no entender lo que pasa. Algunos se refugian bajo techo, como cuando hay una tormenta. Mejor esperar, dicen. He buscado la estatuilla del lar con la que intercambio pareceres. Vosotros los lares ¿sabéis qué ocurre?, le he preguntado. Pero por primera vez el pequeño dios permanece mudo.






(Estatua de lar de una domus romana)

viernes, 14 de mayo de 2021

martes, 11 de mayo de 2021

Una carta inconclusa de la pompeyana Sabina a su apreciado Marco Tulio Obelio

 



Mi querido niño. Desde que he leído tu carta soy presa de estupefacción. ¿Porque después de tanto tiempo te hayas acordado de mí? ¿Por tu decisión de venir a verme? Que un guerrero avezado, al que supongo también fiero, recabe el reencuentro con una amiga de infancia me honra. Mas ¿eres consciente del tiempo transcurrido? ¿Me imaginas como entonces o dibujas a Sabina con el realismo de la edad, ajada y desproporcionada? ¿Acaso has sabido algo de mi vida durante estos años? Sin embargo, junto a la perplejidad por tu aparición de nuevo me invade una mezcla de curiosidad y ternura. ¿Puedo pronunciar para ti estos términos o a los militares curtidos no se os permite un lenguaje que acaso consideráis pusilánime? Mira que yo no he cambiado y sigo mostrándome zalamera y obsequiosa con aquellos que alguna vez me han aportado algo más que bienes, posición o servicios. Cuanto tú eras púber y te acercabas a mí buscabas mi tutela. Pero la protección te la podían brindar otras. ¿Qué veías en la mujer que se iba haciendo dentro de mí para que no obstante mis bromas e incluso desaires, que provocaban risas entre las chicas de mi misma edad, no me rechazaras? 

Aún me acuerdo de cuando delante de todas afirmabas con tesón: de mayor serás mi esposa. ¿Eran solo cosas que se decían gratuitamente como parte del juego de la edad? ¿Se trataba de la sinceridad que lleva consigo la inocencia? Me daba cuenta de que cuando te sentaba sobre mis muslos vibrabas de un modo especial. El calor te invadía. Te sujetabas a mis hombros, dejándote caer en una mezcla de sopor y apaciguamiento sobre mi torso creciente. Eran manifestaciones de tus emociones. El niño siente. Es el impulso natural. Con los afectos y con los sentidos. Estabas a caballo entre la madre que ya no te procuraba mimos y la niña algo mayor que no quería ser madre, pero podía simularlo. Aquel juego no era torticero. Yo te recibía con agrado aunque hiciera guiños al resto de niñas. Ya sabes. Nosotras siempre íbamos por delante en materia de sentimientos y modos de expresarlos si no de ocultarlos. Tantas veces hemos jugado a dos cartas, haciendo parecer a los demás que sentíamos lo opuesto de lo que mostrábamos.

Probablemente hoy no quisieras sentarte como antaño sobre mí. Mis carnes débiles y esta artrosis traicionera no podrían permitirse convertirte de nuevo en el niño que fuiste. Tampoco creo que ahora se te ocurra representar las atracciones de la edad de la inocencia. ¿Imaginas por un momento que a nuestra edad juegos menos ingenuos suplieran a aquellos? No sería lo mismo. Pero, ¿iban a ser peores? ¿No tendrían un sentido acorde con la edad? ¿No es el destino de los humanos seguir intentando juegos que compensen los sinsabores? Nuestro cuerpo nunca permanece igual, pero quienes tratamos de regirlo o nos dejamos llevar por sus veleidades, ese cuerpo ¿no está acaso exigiendo que se responda a sus reclamos cambiantes? Ya ves que estoy siendo franca contigo. No propongo nada, solo trato de ver si es posible dotar de otros recursos a aquella atracción oscura que nos conectó en nuestra adolescencia. ¿Soy osada simplemente porque no me resigno al avance de la edad provecta? Si retornas a Pompeya no será solo para recordar o visitar a los amigos que vivan todavía. Tendrás que observar si tienes afectos pendientes que quedaron por el camino y si aquella persona que tanto te estrechó cariñosamente es capaz todavía de proporcionarte consuelo. ¿Conoces otra manera de conjurar al destino?

Ansío saber qué satisfacciones te ha proporcionado el azar. No dudes en relatarme las desventuras que has vivido. A estas alturas una no quiere escuchar una parte demediada de la existencia de un amigo y mucho menos soportar falsedades. Conmigo no tendrás necesidad ni de fingir ni de sublimar. Si has obrado perversamente quiero saberlo. Si la bondad te ha guiado me enterneceré una vez más. Si has naufragado en los errores veré en ti al hombre honesto. Si la confusión te ha vuelto frágil no debes esperar de mí signo alguno de desprecio. Y si te has convertido en un perdedor por defender los principios de justicia que no son fácilmente aceptados yo te haré triunfar con mi acogimiento. Tal vez imagino vanas ilusiones. Intuyo que tu presencia me sacará, siquiera temporalmente, del sopor de la vida rutinaria, cuando no mediocre, que aquí llevamos. Asumir la edad no significa renunciar. Y menos cuando una ausencia se va a convertir en presencia. Cuántas veces damos por hecho que el pasado no vuelve. Pero ¿y si los dioses quieren que el pasado se reencarne con los mismos o diferentes personajes? Porque nosotros pareceremos ser los mismos que una vez convivimos. Mantenemos nuestros nombres, nos reclamamos de las mismas familias pretéritas, tenemos como referencia la urbe en que crecimos. Pero todo ello solo es una parte de nosotros. La otra parte es la que estando o no prevista nos cambió. ¿O crees que yo misma, por seguir viviendo en Pompeya, pienso, hablo y actúo como en el tiempo de la fruta verde? 

Mi apreciado niño. Me siento rendida de cansancio. Continuaré mañana la carta. El día se va apagando en medio de una calidez densa. Ha sido una jornada extraña, como si el mundo se estuviera parando. Como si no fuese a haber un mañana. Ya ves qué ocurrencias tengo. ¿Será por la desazón que me causa tu noticia de que vas a venir?





* Este capítulo conecta con otro de hace unos días:


domingo, 9 de mayo de 2021

Los libertos

 


Por fin llegó nuestra hora, clama Keitos alzando el vaso de vino hacia sus compañeros. Por fin, pero nunca será la misma hora que nuestros amos, pues ellos llevan toda la vida en su disfrute, precisa Apicius con un entusiasmo moderado. Pero al menos dispondremos de lo que disponen ellos, la libertad. Arkadios, a quien el vino de la región le produce tanto euforia como decaimiento, según el tono de las conversaciones, pone la puntilla. Contento estoy como vosotros. Más vale tarde, ¿no? Pero la libertad sin bienes ¿qué clase de libertad es? Tú al menos tienes recursos, Keitos. Tienes una instrucción muy elevada, fuiste preceptor de los hijos de tu amo y gozas de una fama intachable como profesor de artes y letras. No te será difícil vivir con holgada dignidad de las clases que te reclamen. Y tú, Apicius, conoces como pocos las técnicas de cultivo de las vides. El campo no tiene secretos para ti, y además te han arrendado una de las mejores parcelas donde puedes combinar cultivos diferentes. Pero yo, que solo he sabido mantener los cuidados generales de una finca y procurar que los caprichos de mis dueños fueran satisfechos, ¿de qué voy a vivir? La libertad es un goce extraño, a mí me va a costar paladearlo. No te hagas de menos, Arkadios, le interrumpen. ¿O vas a olvidar que has desarrollado por tu cuenta un oficio que, si bien has ejercitado solamente para los Verri, muchos estarían dispuestos a solicitar y a pagar bien como hombre libre que eres? Arkadios se siente tocado por una luz de esperanza. Cierto que las pinturas que he pintado en la villa de mis amos me han compensado las exigencias onerosas de otras tareas ordinarias. Quién sabe si en el tiempo que me quede de vida podré perfeccionar la técnica y reproducir nuevas imágenes. Estaría dispuesto a pintar lo que me pidiesen. Que quieren misterios divinos, los tendrán. Que desean perpetuar retratos familiares, se los puedo hacer mejorándolos. Que prefieren imágenes de placeres, no me iba a quedar corto en ofrecérselas en sus paredes. Arkadios, a la vez que habla sueña. De pronto baja a la tierra. Pero también cuestan lo suyo los materiales y los ayudantes, y no sé cómo podría asumir los gastos. Si es por eso, saltan casi al unísono sus compañeros, te echaremos una mano. Digamos que una parte de los beneficios que obtengamos de nuestros modestos ingresos los destinaremos a ayudarte a costear gastos. Hemos estados unidos en el infortunio y vamos a seguir apoyándonos en la nueva y deseable fortuna. Y además, sabes de sobra que siempre nos han maravillado las escenas que pintaste en las paredes de la casa de los Verri. Tienes mucho que hacer aún. Keitos vuelve a alzar el vaso, animando a los otros. Por el dios de este vino que nos hermana. Arkadios, al que han embriagado las palabras de sus compañeros más que el propio vino, se siente en vena.  ¿Sabéis que hay un dios particular para cada clase de vino? Por supuesto, no para los más peleones, solo para los de calidad. Mis amos lo decían siempre y me sugerían que en las escenas de costumbres familiares con que les decoraba los muros tenían que aparecer esos dioses. De manera recóndita y muy sutil, para que solo los visitantes inteligentes lo captaran y los más religiosos no se escandalizasen. Diosecillos que empujaban las manos que elevaban las copas. Deidades que sostenían la cabeza de los comensales que daban tumbos por efecto de los vapores. Incluso traviesos sátiros que intentaban seducir a las pastoras con el mejor caldo de cosecha. Los tres se echan a reír. Tienes mucho futuro, Arkadios. Los tres tenemos futuro, como el monte que en la lejanía nos observa desde que llegamos a esta tierra. Avanzados en años podemos decir que no nos consideramos viejos. Hemos aprendido de la vida, aunque no siempre hayamos podido disponer de ella como hubiéramos querido. Y la libertad, caros compañeros, puede ser un tiempo eterno si sabemos alimentarnos con sus frutos. 




jueves, 6 de mayo de 2021

Diálogo apócrifo de Don Quijote y Sancho Panza al pasar por Madrid

 


- ¿Pues no decía vuesa merced que de la pandemia íbamos a salir mejores?

- Lo dije, pero ahora tengo luengas dudas. A la vista está, mi fiel Sancho, que salimos más torpes y sin propósito de la enmienda. Y que volvemos a caer en las mismas desventuras que durante siglos nos han perjudicado. 

- ¿Y no fue vuesa hidalguía la que defendió que los hombres debían ayudarse en el infortunio, plantar cara a los canallas y procurar la caridad y la justicia con los desdichados?

- Mi buen Sancho, también farfullé que los molinos eran gigantes, las aldeanas nada menos que princesas, las ventas no otra cosa sino castillos, y que la cadena de galeotes penados lo era de inocentes, o que los pellejos de vino tornábanse en otros gigantes, por no olvidar que la virgen que llevaban los disciplinantes en procesión era una dama tomada cautiva por malandrines y que la gobernación de una ínsula estaba al alcance de cualquier patán.

- Mas yo le advertí a tiempo de sus acaso bienintencionados errores, mi señor Alonso Quijano, debido a los cuales así nos fue en la desdicha, por ver lo que no era y confundir culos con témporas.

- No sé si hubo yerro por mi parte con bondadosa intención, pero si era yo el equivocado, ¿por qué me seguiste a pesar de todo, Sancho? Si cuanto sale de boca de cualquier orate, predica un avispado, proclama un negociante o un profeta os ofrece un edén os lo creéis, ¿cabe culpar de ello exclusivamente a cada uno de esos bellacos? ¿Por qué no usa la humanidad la razón a tiempo en lugar de sacrificarla a la mera palabrería? ¿Por qué no guiarse por el sentido común que proporciona la madurez de la vida? ¿Por qué se sentencia el futuro a los encantamientos vanos que antes que tarde se diluirán como el humo? ¿Es que las gentes han olvidado que nadie proporciona techo a cambio de nada, ni concede por gracia mantas para cubrirse, ni garantiza el plato diario de gabrieles, ni da un ápice de libertad si no le vendes al menos una porción de tu alma?



(Escultura de Don Quijote y Sancho Panza en Alcalá de Henares)


martes, 4 de mayo de 2021

El señalado


¿Cuántos dedos, voces y acciones le acusaron? En otro mundo su tenaz resistencia a integrarse en el que vivía no habría sido objeto de rechazo. Eso pensaba, con una actitud tan marginal como onírica. Él era como era y aunque le dijeran que la sociedad estaba también para su propia supervivencia no había manera de que lo aceptase. Cada plegaria de infancia se convirtió en blasfemia. Cada exigencia en abandono. Cada responsabilidad forzada en desentendimiento. Las palabras dulces recibidas se deshacían con la primera reclamación hacia él. Los gestos amables de otros se enturbiaban en cuanto le pedían algo a cambio. El sostén acumulado por la bondad de aquellos más cercanos se fracturaba ante un futuro de desabrigo. ¿Qué posibilidades tenía de sobrevivir en la confortabilidad que le brindaban si no asumía sus compromisos? ¿Por qué se excluía del territorio humano al que pertenecía? Anhelaba en su fuero interno la vida en el desierto o en los manglares o en las junglas donde la espesura le convertirían del todo en el salvaje que llevaba reprimido. ¿Acaso podía ser aceptado en esos espacios en que la presencia de su especie era imperceptible? No lo temía, tal era su aversión al cerco por el que se sentía aprisionado. En su discurso íntimo no se resistía a probar la aventura. Tal vez en otro paisaje mis sueños de independencia se materialicen, se sugestionaba. A medida que más dedos, emergentes o subterráneos, le acusaban él lo percibía como una expulsión. ¿No se le estaba facilitando la huida definitiva? Pero para escapar hay que tener valor. Temía cuanto de incierto brindaba el futuro. Pero le espantaba aún más la idea de que aquellos dedos que se multiplicaban y le empujaban hacia un suelo sin salida acabaran allí mismo con él. Antes de dar el salto. Hasta que un día oyó hablar de que otra persona, en una geografía alejada de la suya, padecía análogas presiones a las que, sin poner tierra de por medio, lograba sobrevivir. ¿Y si busco esa otra personalidad tan próxima a la mía y que no es la imagen del espejo a la que estoy acostumbrado? Todo sea intentarlo, pensó mientras se le iluminaba el rostro.




Hay otro personaje, una mujer que no se siente integrada, de la que se cuenta algo en Chitón.

https://ehchiton.blogspot.com/2021/05/la-mujer-que-se-quedo-en-blanco.html


(Retrato de Lusha Nelson a Peter Lorre durante el rodaje de la película Crimen y castigo en 1935)

sábado, 1 de mayo de 2021

El día que Billy Bragg ondeó su guitarra

 


Puedes estar o no de acuerdo con los principios que defendió Billy Bragg, dice Max, pero no puedes negar la energía que derrochan algunas de sus canciones. Algunas remueven mis pensamientos vivos de juventud. Max, los pensamientos de juventud son pensamientos muertos, le replico agrio. ¿Vive acaso aquello que envejece en el baúl de nuestra memoria? Los cementerios, por ejemplo, son objeto de memoria, pero todo ahí es estático. Solo el símbolo adquiere un papel vivificador, pero ¿a quién resucita el símbolo? Vaya, insiste un Max que desconozco hoy. Estás más tajante tú que yo. ¿No se suponía que tú eras el sensible y amable y yo quien viene siempre a traer problemas? Pues sí, estaba allí cuando Bragg enardeció al público con algunas canciones históricas, entre otras más de su cosecha. Entonces vivíamos más que nada de enardecernos. Una de las manifestaciones de la ilusión, del cultivo de mundos ideales, que llevaba su carga honesta y sincera. ¿No nos guiaban valores en los que hoy pocos se reconocen? No me arrepiento de ello, y sé que aunque estés desabrido conmigo tú tampoco te arrepientes. Hoy todo lo del pasado resuena como relato épico, Max. La resistencia y el esfuerzo por mejorar la existencia no prende como en otro tiempo entre la gente. Se supone que yo soy el eterno escéptico, dice Max burlón. Y no he venido a discutir con amarguras. Por eso te he traído el disco del recital de Billy Bragg. Siempre te ha gustado el ritmo irlandés, con esos ecos celtas que tanto os enajena a los individuos irredentos. Y aunque la letra te haga sonreír con ironía y desánimo sé que la entenderás. Porque a ti también te gusta volar a los tiempos en que todo parecía tener un justo sentido. Max no me deja opción y abro una botella de un Valbuena del 72 que guardaba por guardar.  ¿Sabes, Max? Este vino tiene cuatro o cinco variedades de uva en sus entrañas. Las mezclas enriquecen.




martes, 27 de abril de 2021

Contando pétalos

 


¿Qué haces tú con un clavel en la mano?, me preguntas. Cuento pétalos. ¿Los arrancas, por lo tanto? No, solo los separo levemente con el índice. Pero es muy difícil, todo lo fractal se registra con mucha dificultad, te vas a eternizar. No se me da mal y tengo todas las horas de la noche. ¿Con qué objeto haces eso? Me da calma. Pensé que te interesaba saber de cuántos pétalos se compone un clavel. No me interesa saber eso, sería como descifrar secretos y quién soy yo para invadir la espiral profunda de un clavel. Y cuando acabes, ¿qué harás con la flor? No lo he pensado. Tal vez la deje entre los dedos. Pero se ajará. También mis dedos. ¿No te asusta lo mustio? Si me asustase no me aguantaría. ¿Has visto alguna vez un clavel lacio? Otras veces, sí. ¿No lo tiraste? Los dejé por alguna parte, nunca se puede tirar una flor. Que pierda sus colores ¿no te apena? Me horroriza. Entonces no soportarás que los pétalos secos se vayan troceando. A veces pagino un libro y procuro que pétalos desmenuzados caigan entre las hojas. ¿Se te ocurre guardar una materia muerta? No, solo pretendo que se mezclen con una materia viva. ¿Con el papel y la tinta? No. Con las palabras.



domingo, 25 de abril de 2021

¿Qué hacías tú aquel día?

 



"É o teu rostro ainda que eu procuro
A través do terror e da distância
Pâra a reconstruçao de um mundo puro". 

"Es tu rostro aún el que yo busco
A través del terror y la distancia
Para reconstruir un mundo puro".


Sophia de Mello Breyner Andresen, del poemario Mar novo.


Helena no se atrevía a bajar hasta Rossio. Todo estaba quedo. Y nada pare más incertidumbre que el silencio. Como una partida de ajedrez los contrincantes estaban pendientes de los movimientos del otro. La partida ya estaba decidida, pero ¿quién de nosotros podía saberlo? No sé si es bueno que deambulemos como oscuras sombras por la calle, dijo Helena. Traté de tranquilizarla. Hay más gente a la expectativa, ¿no ves? Sí, pero ¿qué podemos hacer?, me replicó sesuda. Estamos como siempre, desposeídos de defensas, y arriesgar nuestros cuerpos ¿crees que es la mejor solución? No sé si las ansias reprimidas durante tantos años son el mejor recurso, Manoel. No lo son pero ayudan, dije para compensar sus cuitas, y debemos confiar en la eficacia de la revuelta. Me han dicho que hay guarniciones que no obedecen más que a los sublevados y eso pinta bien. Encomendémonos a ellas. Yo sé que Helena permaneció allí por mí más que por los acontecimientos. No sé si por una identificación con mis anhelos o por una actitud protectora. Lo percibí así, y me gustaba. Era como si me hiciera crecer, como si estar casi en la primera línea, a caballo entre partícipes y espectadores, sentenciara las ilusiones de nuestro futuro y las tradujera en algo diferente, como nunca habíamos conocido. Por Largo do Carmo vienen Joaquim y Mariana, seguro que ellos saben algo más. No podemos pasar, dijeron, la calle está cortada. Pero por quién, interrumpió azarosa Helena. A los cuatro se nos congeló el habla. Murmuraban los instintos en las vísceras de cada cual. Balbucían las sensaciones a través de las miradas. Nuestro movimientos se paralizaron. Fue en ese instante cuando agarré con avidez y sorpresa la mano de Helena y ella lo agradeció, apretándomela a su vez. Imaginaba que no eras tan duro, me susurró, y ¿sabes qué? Te prefiero frágil. La fortaleza debe estar en otra parte y tal vez tenemos que aprender. No supe qué decir y llegaron más compañeros. Todavía, tras haber transcurrido tantas décadas, algunos me preguntan: ¿dónde estabas tú aquel día? ¿Qué hacías? Y yo me sumerjo en un silencio melancólico.



(Homenaje a los 47 años del 25 de abril de 1974. Fotografía tomada del blog  http://www.aja.pt/ )

sábado, 24 de abril de 2021

Tres eran tres, y siguen siendo

 



A veces los escritores recónditos (que no lo son) emergen. Se interesan por palabras ajenas que en tantas ocasiones harán suyas, divertidas pero sesudas, graves pero cuyo tono rebajan, comentan, pues, ponen el dedo en la llaga y, al final, a veces, se toman las cosas a chufla.  ¿Qué otra cosa puede hacerse en esta vida sino relativizar y observar el mundo con sana distancia? ¿Qué hay más meritorio que cultivar y mantener a los amigos de verdad? ¿Qué más purificador que buscar réditos de los talentos del pensamiento y la escritura? Miquel Cartisano, Francesc Cornadó y José Florencio Martínez (ríe quien sabe) pillados en un día de emersión desde sus propios líquidos literarios. Larga vida. Sanguínea y letrada. Por cierto, esta fotografía es de un Sant Jordi de hace siete años. Hoy estarán más jóvenes todavía, que yo lo sé.



jueves, 22 de abril de 2021

Con él crecí (vísperas del Día del Libro)


 

Así es. Lo guardo como oro en paño. Lo leíamos en clase. El ejercicio de la voz era tan importante como la lectura en solitario. A través de la entonación teníamos que dar sentido al texto. En el tono estaba la medida de la comprensión de lo leído. Otras veces había que escribir un dictado según iba el maestro leyendo pausadamente. El vocabulario, aunque la adaptación había reducido términos difíciles o simplemente desconocidos, no era un obstáculo. Al final de cada capítulo había aclaración de vocabulario y fraseología, más sugerencia de prácticas gramaticales, lo cual hacía una edición bastante aceptable. El cuerpo de las aventuras y desventuras de los personajes se mantenía vivo. A mi favor la abundancia de ilustraciones de un tal Manuel Huete, que interpretaban la obra con un dinamismo y expresividad inmejorables, al estilo de los mejores tebeos de aquella época. Basta con observar la portada adjunta. Y eso ayudaba mucho. Si a otros compañeros los sucesos del caballero de la Triste Figura y su escudero les producía risa a mí siempre me apenaban. ¿Por qué me afectaban las desdichas ajenas? Cosa de la cultura emocional de uno probablemente. Lejos estábamos en aquel tiempo de comprender las dimensiones propuestas por el autor y nos quedábamos simplemente con una lectura lineal. A pesar de ello siempre he sentido su poso. Un poso que remuevo cuando leo y releo a saltos -El Quijote es una novela con novelas o, si se prefiere más sencillamente, con relatos- y que me hace comprender claves de la vida ahora que mi experiencia vital anda avanzada y, en cierto modo, me siento más quijotesco, que no quiere decir ni más loco ni más irracional ni más fantasioso. Bueno, miento, a la fantasía no se puede renunciar nunca -tal vez solo en ese in extremis que es el estertor, como hizo Don Quijote- porque es una tabla de salvación. Una imaginación controlada acaso, pues ya se sabe que la alocada constituye un problema neurológico que se nos escapa. ¿Y si a la muerte hay que combatirla con armas de figuración sin que la conciencia del fin sea un impedimento? Tal vez no queda otra.