lunes, 28 de junio de 2010

Acompañamientos

No sé qué tienen los pequeños objetos para que se sientan atraídos por los libros. Entran en la estancia formal de éstos y los libros se corren hasta el fondo, se estrechan unos contra otros, hacen un hueco. Es como si los estuvieran esperando. Unas estanterías sin cositas parecería una biblioteca ordinaria de un centro público. Y también anodina. Pero las bibliotecas caseras tienen que parecer otra cosa. Tienen que tener algo más de alma. Probablemente haya secretas aproximaciones entre los libros y las menudencias que se van instalando en su entorno. Compañías parejas que han podido llegar en distintos tiempos, pero acaso por las mismas manos. O no por las mismas manos, pero sí con arreglo a motivaciones análogas. O no por causas semejantes sino por arte del azar venturoso, sin más. A veces me pregunto qué tienen en común objetos dispares como los que cito a continuación: un cenicero de Castro de cuando fumábamos; un tintero de cerámica con el palillero de barro también; una palomita de Sargadelos que conviene no abrir con frecuencia porque contiene hierbas peligrosas; un diminuto tintero florentino; un viejo topo; un zapato de loza finísima de la madre muerta que ésta conservó con misterioso afecto toda su vida; y suma y sigue si continuáramos el zapeo. A primera vista se pensará que lo que liga a todos estos objetos es simplemente el destinatario, ese maniático de los libros que además decide agitar su magín con memorias que se tocan, y que se activan cuanto más se palpan, más allá de las letras. Ese vulgar poseedor que hace de mercachifle de sus propias ilusiones. Ese haragán de atardeceres recoletos dañinos para su miopía. Sin embargo, el propietario piensa que él es sólo un mediador aparente, concurrente. Una excusa para provocar una coincidencia de geografías, de intenciones, de sentimientos y de significados. Cierto: él cataliza la disparidad, la preserva, guarda sus arcanos. Si las cosas que hay colocadas por los anaqueles hablasen ellas mismas escribirían nuevos libros. ¿Será ése el vínculo soterrado y el deseo en potencia que hace que se busquen mutuamente? Variedad de palabras, algunas explícitas; otras, contenidas en formas múltiples que muchas manos laboraron.




jueves, 24 de junio de 2010

Noche de fuego


Me dicen que hoy es una noche tradicional. Que en algunos lugares hay hogueras, pólvora, quema de trastos viejos y música. Que hay también símbolos ocultos tras esos gestos abiertos a los que la gente se deja conducir. Y en los que se envuelve con entusiasmo. Donde yo estoy no llega ruido alguno. El calor del día se ha evaporado y el relente toma los espacios interiores incluso. Las estancias vacías se ofrecen mucho más frescas que en las horas de labor. Una puerta golpea por efecto de alguna corriente, pero no me apetece levantarme para cerrarla. Diría mejor que no puedo moverme. Cierta memoria deambula por un breve instante entre mis sesos y me llegan imágenes de una infancia lejana que hablan de hogueras. Mi niñez era insegura pero muy intensa. Absorbía con curiosidad y pasión cuanto se la otorgaba por azar. Aunque sin la publicidad ni la sucesión de hábitos que existen hoy día, bastante recurrentes y menores, ya tenían lugar entonces determinados acontecimientos. La celebración congregaba y agitaba modestamente a las gentes. Se la esperaba con impaciencia y jalonaba los ciclos de los días con mayor solidez. Ha sido un devaneo fugaz. Las imágenes se extravían de nuevo. Donde me encuentro ahora la noche se extiende como otra noche cualquiera. Es un placer, también simbólico, divisar las estrellas, pero yo permanezco aturdido y calmo ante el hogar tradicional, lógicamente hueco. El hogar y yo estamos mudos. Sin embargo, hay una representación del fuego que intenta abrirse paso, tratando de ocupar el vacío de mi pensamiento. Pero no imagino el fuego. Tengo unas rosas delante y las miro. Veo en ellas más que una conformación floreal. No puedo apartar los ojos. La luz es menuda y favorece la mirada. El espacio que nos rodea a las rosas y a mi se borra. Emerge una luz incendiaria, cegadora. Los pétalos se despliegan, giran y brotan incesantes. Es una espiral que crece sobre sí misma. Pero yo no veo pétalos ni veo rosas ni me llega aroma. Oigo, sí, una crepitación. Veo una oscilación de colores. Los matices de una combustión silenciosa. Siento una proximidad. No puedo desviar la atención. Una bocanada de calor lame mi rostro. Adquiere forma física. Una rosa ya no es una rosa. Es una mano que toma posesión de mi nuca y me sujeta firme. Sólo contemplo llamas. Las llamas se extienden y me rodean. Rozan mi pecho, lo sacuden, lo comprimen. El fuego es ya una hoguera. Acaso la que me está designada. Donde debo purificarme o perecer. El aire pega un portazo.

martes, 22 de junio de 2010

Combate desigual


Mientras las divisiones acorazadas avanzaban, los indígenas se removían azorados y cautos esgrimiendo sus armas de puntas de sílex. No sabían bien si ir hacia adelante o retroceder. Se avecinaba un combate desigual. Los pobladores no sabían cómo iba a manifestarse el invasor. Éste apenas se movía o, si lo hacía, se desplegaba sigiloso y efectivo. Los nativos no veían grandes movimientos del enemigo en ciernes. Pero cada vez los tenían más próximos. Todo era irregular. El empaque del adversario. La naturaleza de su impedimenta. El carácter de su armamento. Esto confundía a los aborígenes y les agotaba en su propia tensión. Cada vez que se movían tratando de rodear las máquinas éstas cambiaban de táctica y les rodeaban a ellos. Resistieron un tiempo en esa actitud defensiva y heroica. Padecieron grandes penurias y el extremo desquiciamiento fue mermando su resistencia. Algunos no llegaron a ver la rendición. Se libraron al menos de la nueva época de sumisión que iba a transformar la vida de la aldea.



(Representación del grafitero británico Banksy)

sábado, 19 de junio de 2010

Rescate

Durante años había estado creyendo que aquel escritor era sólo escribiente. Como si un escritor fuera o consistiera en ser solamente un técnico de la sintaxis. Un día leyó una de sus novelas. Tal vez le pillara en blanco, o en negro, ambos colores cual representaciones de la crisis personal perenne en que vivía. Se le reveló entonces tras aquellas letras un mundo que ya sospechaba. El escritor no le descubría el mundo. Sólo se lo confirmaba. Le mostraba que lo que había pasado por la cabeza de él también se había criado, incluso antes, en la cabeza del escritor. Averiguó en aquel instante, guiado por las conclusiones a las que llegaba sobre la lectura de la obra del escritor, que el mundo de la metáfora es una prospección sin límite sobre los vericuetos de la vida. Después, siguiendo los pasos del hombre que escribía, supo también más. Supo de sus criterios sobre lo inmediato. Donde además de la metáfora, hay que hablar en plata. Y escuchó la voz del escritor, que también era la voz de los momentos de la historia. Y oyó, entre otras, aquellas aseveraciones que le parecían flotantes, inciertas, incluso exageradas. Pero el tiempo corre como el viento. Hoy, a la vista de los últimos acontecimientos donde el que no quiere ver es que quiere ser ciego, teme que las opiniones del escritor rocen ya la certeza. No lo desearía, pero las denuncias del descriptor de metáforas suenan definitivamente a profecías. Mira al escritor con entrañable respeto y gozosa admiración por su clarividencia. Porque acaso escribir no sólo es ocultarse tras las letras. Y porque leer no es simplemente pasar el rato, sino ratificarse como parte del barro del que estamos hechos.


jueves, 17 de junio de 2010

Asociación de ideas


Días de fútbol y rosas. Como en todo, lo mejor es la preparación y las vísperas. Eh, oiga, no es cosa de pensar ahora en el negocio bárbaro que mueve millones con el beneplácito del Fondo Monetario Internacional ni en sus antípodas, los desequilibrios del reparto de la riqueza mundial o los recortes salariales. Hoy es el tiempo de las rosas y del fútbol.

Así que cuando sale a la calle y todo se halla a punto de partido que involucra el orgullo nacional, procura hacer los recorridos rápidos. Como es de alma en él, los aspavientos de los energúmenos de los símbolos le retraen. Se topa con algún grupito -la unión hace el desfogue, más que la fuerza- y un yogurín le pasa por las narices una de esas bufandas deportivas con los colores de la bandera de la monarquía borbónica. Texto de la bufanda: “Esto es España y al que no le guste que se vaya. Caray, ¿me lo dirán a mi?, piensa. Como si hubiera adivinado su pensamiento, el forofo firme y convicto (con su conveniente dosis de cerveza en las vías digestivas) la esgrime cual piuma al vento ante sus narices, casi se la restriega. Él trata de procesar el mensaje. Esto es España y al que no le guste que se vaya, Esto es España y al que no le guste que se vaya, Esto es…

Asociación de ideas: en su pubertad hacía pinitos como otros respecto a su disgusto con el país que le vio nacer, que no el que le dio la vida. Pero tenía mala conciencia. Sometido aún al vaivén de la personalidad sobre la cual el catolicismo caía como ave de presa, se sentía culpable de su desacuerdo incipiente con la patria (en realidad con lo que sucedía en el país y con la calaña que mandaba con mano criminal en él) Lo consideraba incluso pecado. Así que un día que se sentía sumamente pecador (imagínense, se le acumulaban onerosamente los pecados: a la desafección con los padres se le amontonaban masturbaciones, misas que incumplía, pensamientos sumamente impuros, pequeños hurtos en el bolso de la madre y algún deseo temprano de la mujer de algún prójimo) entró en una iglesia. Se dirigió a uno de esos artefactos llamados confesionarios y se dispuso a acusarse despiadadamente en busca de la salvación, si no eterna, al menos la que le permitiera llegar en gracia de Dios hasta el siguiente cúmulo de pecados que justificaran un nuevo pase por el sacramento. Tras soltar la retahíla habitual de pecadillos, vergonzante y confeso le dice al confesor: Padre, me acuso de haber hablado mal de España, de sus gobernantes, de lo que pasa…Y el solícito franciscano, amable y tierno hasta ese momento, que sólamente esperaba las culpas de un treceañero vulgar y débil elevó el tono de la voz, abrió la rejilla y a voz en grito clamó: ¿Que no te gusta España? Pues vete a Rusia (y la R de Rusia resonó por el templo casi como un agravio), a ver allí…

Tras un momento de confusión, el chico mantuvo las formas, se dejó absolver y se alzó confuso. Algo le decía interiormente que de rodillas nunca más. Fue una revelación, la doble caída paulina del caballo. La última confesión. El vencimiento de la última resistencia contra el régimen político. Desde entonces empezó a conocer la libertad. También el precio que hay que pagar por ella. Pero fue nuevo.

Conclusión. Los que sobran son siempre los energúmenos.




(La fotografía, de Jorge Molder)

martes, 15 de junio de 2010

Aforismo del empleado probo


Se sabía turbio por naturaleza. Hasta el punto de que beber con cierta intensidad le proporcionaba claridad y sentido. Era entonces cuando se manifestaban sus sentimientos más reservados. Cuando se relajaba su gesto hierático. Cuando se modificaba su comportamiento extremadamente severo. Cuando mudaba su hurañía antipática. Hasta miraba con una ternura vergonzante pero sincera. En ese estado era capaz de amar a la mujer de pago con la convicción de un amante sagrado. Incluso hay quien dice que le vieron hacer sonreír a un niño. Necesitaba aquel tratamiento dionisíaco, pero que él percibía como homeopático, para salir de su cerrazón. Su personalidad estaba siempre demasiado ebria de la enajenante insensatez que se había dejado inocular. Incapaz de romper el esquema del modelo de empleado aparente y perfecto. Prefería, y así lo había decidido, un hígado condenado a un alma maldita.



(Fotografía de Jorge Molder)

lunes, 14 de junio de 2010

La mirada ciega (o simplemente ceguera egoísta)


Ayer vi un capítulo del programa Redes, que conduce Punset, donde se planteaba lo que los neurocientíficos llaman la mirada ciega. Es el término para explicar cómo la mirada humana se desvía ante un acontecimiento determinado, por ejemplo, en la sesión de trucos que los magos hacen delante de nuestra narices. Era divertido reflexionar sobre cómo la habilidad de los magos y nuestro propio cerebro condicionado nos llevan a mirar donde no se debe para mientras convertir sus apariciones y desapariciones en una sorpresa que parece real.

Y es que ¿acaso no está sucediendo también esto en los terrenos de las relaciones sociales y de la política? La sentencia judicial reciente del caso Bhopal, en India, donde una fuga de gas letal producida en la fábrica de pesticidas de la empresa estadounidense Union Carbide acabó hace casi veintiséis años con miles de vidas en esta ciudad, produciendo una secuela en cadena de malformaciones para generaciones posteriores, se ha saldado con una condena simbólica a los representantes de la empresa. Decir que apenas dos años de cárcel y nueve mil euros de multa es lo que les ha caído a unos cabeza de turco ejecutivos, sería una mera anécdota si no fuera porque además es un insulto y seguramente una sentencia injusta.

Pero se trata de que el suceso tuvo lugar en ese otro mundo que normalmente no vemos ni queremos ver, y del que huímos en nuestras imágenes como alma que lleva el diablo. Observemos, por el contrario, lo acontecido estos días en Estados Unidos, la fuga de petróleo provocada en una plataforma petrolífera de BP en el Golfo de Méjico. Simplemente la cobertura informativa ya nos dice que estamos en el primer mundo, el cual, dicho sea de paso, tampoco se libra de los males naturales o de mano humana. Pero donde se reacciona de otra manera. Desde las medidas urgente, si bien no muy acertadas en principio, hasta la limpieza de las costas, siempre insuficientes, pasando por la condena enérgica e inequívoca de Obama, con esa frase tan yanqui de que se les va a patear el culo a los responsables de la catástrofe, es decir que van a tener que pagar el cien por cien de los desperfectos ocasionados, todo hace ver que la comparación entre los dos casos ofrece una desproporción.

Me pregunto si en un mundo en que la información ha alcanzado niveles extraordinarios (no se informa el que no quiere hacerlo) no existe sino una mirada ciega social semejante a la del cerebro individual. Puede que, en parte, las reacciones de nuestro cerebro individual ante los acontecimientos sociales y políticos sea también semejante a la que desarrollamos ante los magos del espectáculo. Pero sospecho que esa mirada ciega tiene otros resortes no tan instintivos y biológicos, corporalmente hablando. Podría aplicarse la idea -los mecanismos habría que detallarlos, para saber qué hay de reacción refleja del cerebro o de insolidaridad egoísta manifiesta- a ese mirar para otro lado ante la evolución de la economía en los últimos años. No hacía falta ser muy “economista” para olernos, como muchos lo hacíamos, que la vaca se estaba inflando sospechosa y desproporcionadamente. Cómo hemos mirado donde no había que mirar cuando la banca se hinchaba, cuando los recurso del Estado se ponían a disposición del libre mercado, cuando se producía corrupción a raudales en una tupida red de comunidades autónomas que involucran al partido de la derecha.

Mucho me temo que la ceguera llegará hasta el momento electoral. Y que habrá millones de supuestos ciudadanos dispuestos a perdonar la corrupción de los corruptos. ¿Será por efecto de otro mecanismo de cerebro individual? ¿Por una oscura identificación con los modelos de corrupción que tienta a cualquiera de los españolitos, esos mismos que luego gritarán pidiendo que vengan otros -ellos, los mismos- a arreglar el país? Mirar para otro lado, no mirar, no querer ver, ceguera, invidencia, inconsciencia visual, o simplemente decir que es de noche cuando es de día, son diferentes vocablos que nuestra rica lengua proporciona como otros muchos para hablar de aspectos sobre las labores y los días de los humanos. Muy bonito si no fuera porque por debajo a cierta gente lo que les conduce son aviesas intenciones, desde el enriquecimiento fácil, mantener un estatus privilegiado, el miedo o la falta de ejercicio del pensamiento libre. Porque la facultad del pensamiento ordinario también está sujeta a los juegos de trileros que se imponen en el planeta.

sábado, 12 de junio de 2010

Aforismo del reencuentro


Es muy agradable volver a reconocer tu cuerpo, dijo él. También lo es reconocer de nuevo el tuyo, le contestó ella. Ambos se habían desnudado y permanecían frente a frente, mirándose en calma. La luz tibia de aquella habitación de hotel barato esparcía sombras que difuminaban la distancia del tiempo y acortaban la del espacio entre los dos. Habían transcurrido tantos años desde su último encuentro que ahora, aunque se sentían reclamados por el deseo, no querían apremiarse ni arder con urgencias en él. No eran ya aquellos jóvenes inexpertos y ansiosos. Ahora buscaban de otra manera el vínculo. No les bastaba cabalgar alocadamente con los sentidos como antes, aunque su nerviosismo les delatara, sino que necesitaban llenarse con una mística superior. No has cambiado demasiado, le espetó ella, así de pronto. Yo también te veo como siempre, reaccionó él de inmediato. No advirtieron en lo dicho frases de cortesía sino confidencias sentidas. Siempre había habido sinceridad, no obstante el alejamiento. Sus recuerdos del pasado fluían vívidos y generosos en el húmedo destello de sus ojos. Y ello les daba la medida de sus sentimientos. Él avanzó sus dedos sobre el cuerpo de la mujer y la mujer proyectó los suyos camino del hombre. Mírame fijamente como el primer día, le rogó ella. Tus ojos brillan expectantes como entonces, apostilló él. Se pasaron gran parte del tiempo de la cita consumiéndose entre miradas. Al fin, el hombre no pudo resistir más y oró sobre la pelvis angulada de su amante. Ella se echó hacia atrás y le meció lentamente sobre su vientre. Incluso en aquella posición siguieron mirándose. Se contemplaban en el silencio de sus actitudes, más que en la brasa de sus cuerpos. Como si jamás hubieran permanecido separados.



(Composición de Eikoh Hosoe para la portada de un libro)

viernes, 11 de junio de 2010

Aforismo de los sueños traicionados


Siempre tiene a punto sobre la mesilla una libreta para apuntar los sueños. Pero las páginas están en blanco. Cada día, al levantarse, pasa una nueva página, aunque nada aparezca escrito en la anterior. Al acabar el cuadernillo, pone en la tapa de atrás un período de fechas y lo guarda en un cajón. A veces echa mano de alguna libreta atrasada y la hojea. Incluso se demora en el pulso de sus dedos sobre las hojas blancas. Cualquiera pensaría que no sueña. O que no recuerda. O que ha perdido la cordura. Sin embargo, sus sueños son muy fecundos. Incluso muchas mañanas recuerda con extraordinaria viveza lo acontecido tras la frontera. Entonces toma el lápiz, mira la luz del flexo y vacila. El argumento discurre a través de su cerebro despierto, nuevamente, como si se tratara de un sueño gemelo. Le parece demasiado intenso lo vivido dos veces como para desvirtuar su sentido al transcribirlo. Suele quedar impresionado y cualquier intento por editarlo lo considera una traición . Una vez le dijo en confidencia a una mujer ocasional que no podía soportar que los sueños no se reencarnaran en la vida ordinaria. No puede despechar el ritual por el cual deja el lápiz y la libreta a un lado, con la página huérfana. Hace esto porque necesita escenificar para sí mismo su propio vacío.

jueves, 10 de junio de 2010

Aforismo del ocurrente


No puede dejar pasar sus ocurrencias. Si un verbo y un sustantivo se cruzan cuando va andando por la calle se para y busca el lápiz. Si cuando está con un amigo en un bar un adjetivo se adhiere al sustantivo o le sustituye ligeramente, se aparta con la excusa de ir al lavabo. Si al dejar correr el agua de la ducha sobre su cuerpo cansado ve venir dos verbos tensos que dividen por la mitad una oración apenas pergeñada escribe sobre el vaho de la mampara. Si en medio de la velocidad del tren de cercanías siente agolparse una ilación de verbos y de pronombres que se contradicen abandona el asiento en dirección contraria al destino y garabatea en combate con el movimiento tractor. Si cuando está comiendo oye una cascada de preposiciones que tratan de deshacer los tiempos conjugados abandona precipitadamente la mesa y traza en una servilleta una retahíla de conjunciones que intenten frenar el desvarío. Es un maniático de las ocurrencias. No es un domador de conceptos, pero activa los recursos de la sintaxis sin saber nunca si lo suyo es recoger la cosecha o prender fuego al campo para devastarlo.



(Fotografía de Jorge Molder)

martes, 8 de junio de 2010

Aforismo de la ignorancia


Cada vez sabe menos. El paisaje -el paisaje que no es mero espacio, que es sobre todo tiempo, y principalmente ocupación- se le manifiesta cada vez más inabarcable. Crece tanto que esa zona de extensión nueva que se abre le empequeñece. Cuanto más mira para el pasado, y cuando creía ir comprendiendo algo, más enigmas se le dispensan. Cuanta más atención presta al entorno, más se diluye su mirada abstracta y el acontecimiento en tránsito le produce más desconcierto. Cabalga entre tiempos diferentes y no se conforma con echarles un vistazo. Sabe menos, y se siente un náufrago del conocimiento. Pero su acendrado optimismo le sostiene.


(Fotografía de Jorge Molder)

sábado, 5 de junio de 2010

Aforismo de lo hurtado


Escribe en las vigilias interferidas al sueño. Se despierta de improviso -nunca se sabe por qué uno se desprende del fondo de una ensoñación arrebatadora- y hurta la última imagen. La postrera imagen de un sueño interrumpido es fronteriza y nunca queda claro si pertenece a una orilla o a otra. Entonces escribe para reconstruir la historia soñada o simplemente para conjurar la pesadilla. Sospecha que escribir es eso: disputar a los sueños una parte transgresora de la realidad. Con frecuencia se guarda lo escrito suspicaz y recelosamente. No quiere que nadie entre a saco en lo poco que le pertenece.


(Fotografía de Jorge Molder)

viernes, 4 de junio de 2010

Aforismo del abandono


Escribía sin concentración ni plan ni orden ni horas. No lo sometía a la opinión de nadie. Escribía sin intención de ser entendido, sin ganas de que nadie supiera lo que llevaba dentro, sin pedagogía. Escribía para él. O acaso, y esto suponía el escarnio pero a la vez la clave de su escritura confusa, escribía contra él.


(Fotografía de Jorge Molder)

miércoles, 2 de junio de 2010

(Autocrítica)


Qué ignorante soy. No sé cómo se llama. No sé, y esto es peor, cómo, para qué y de qué manera se manifiesta. No sé dónde nace, cómo se reproduce, ni cómo muere (suena a lección colegial) Soy tan analfabeto que habré pasado por su lado muchas veces, muchos años, muchas primaveras. Jamás me había parado ante su presencia. Soy tan insensible que no he escuchado su voz (porque la tiene) ni he admirado su textura (es evidente) ni me he dejado arrebatar por su gracia (que la invade) Soy tan injusto que la he desconocido (los humanos somos injustos con las expresiones propias incluso) Y de pronto, una revelación. Cuando piensas que el tiempo declina y no te va a interesar lo que nunca te llamó la atención. La desconocida, la que permanecía próxima pero no detectabas, la que celebraba con su albor tu paso cansino. Ahora sigues ignorante, pero un poco menos. No hace falta que sepas demasiado sobre sus características. Ella ha entendido que la miras con ojos nuevos. Te has parado y la has gozado. Sin racionalidad, sin explicaciones, sin demora. Sabe que vas a volver. Eclosión efímera, te esperará de par en par.


(Dedicada a Presencia de Espíritu, que las entiende tan bien)

martes, 1 de junio de 2010

Una carne o un dibujo


El ser llegó a uno de esos momentos en que todo era posible. Un despertar o un acostarse. Una danza o una paralización. Un repliegue o una huída. Una resistencia o un desgarro. Un atrapamiento o un abandono. Una carrera o una caída. Una acogida o un enfrentamiento. Una proyección o un límite. Una gravedad o una ligereza. Una decisión o una duda. Un crecimiento o un retroceso. Una improvisación o un plan. Un recibimiento o una despedida. Un grito o un ahogo. Una contracción o un despliegue. Un tiempo o un espacio. Un perfil o una mancha. Una carne o un dibujo. El ser se sabe posible pero se queda en probable. Si se abre busca la grey. Si se cierra cae en sí mismo. Pero al buscar a la tribu y arroparse en ella deja de estar en sí. Pero al estar dentro de su profundidad no se aísla de los personajes que habitan el exterior. El ser ni es una cueva ni es un ágora. Ni es el altar del lar ni el templo suntuoso. Ni es el barro ni es el titanio. Ni es la nada ni es el ente. Es el movimiento. Un junco, un chopo, una espiga. A veces quiere convertirse en el viento. Lo imita, juega con él, sopla hasta agotarse. A veces pretende convertirse en el fuego. Frota, prende, expande. A veces desea revelarse en agua. Llora, llora abundantemente. A veces trata de ser raíz. Se hunde sobre sí, palpa cuanto hay debajo de él. Y casi siempre el ser se queda sólo en la palabra. Que es decir en el pensamiento recóndito. Y él entonces cree, necesita creer, que en la palabra se abarcan todos los elementos. Que se sujeta toda la vida. El ser llegó a uno de esos instantes en que no es ni fugacidad ni permanencia. Pero en ello está.

lunes, 31 de mayo de 2010

¿Metamofosis de David en Goliat o Jano judío?



¿Por qué quiere el Estado de Israel seguir los pasos de los nazis? ¿Es el complejo de Estocolmo que arrastra desde el origen el sionismo, motivado por una identificación subconsciente con el perseguidor, lo que les hace cada vez más belicosos, incluso estúpidamente belicosos? Sé que no les gusta oír frases de este tono y que enseguida sus políticos y teóricos vuelven la oración por pasiva. A veces tengo la sensación de que, aunque saben muy bien lo que hacen, en su obsesión por ser más duros que nadie y denotar una autoridad violenta con la que buscan ser respetados (¿triste, no?) pierden los papeles. Y este ataque sangriento en aguas internacionales al barco Mavi Marmara donde viajaban hacia Gaza con ayuda humanitaria los pacifistas pro-palestinos no demuestra más que impunidad. ¿Es su demostración de violencia permanente a diestro y siniestro en lo que confía el gobierno israelí? ¿No les importa resultar cada vez más antipáticos al mundo? ¿Han perdido ya la noción de la generosidad, del derecho y del sentimiento democrático? Esas dos varas de medir, la que aplican a los propios y la que imponen a los palestinos les está conduciendo a un pozo de incalculables consecuencias para todos.

Israel probablemente sea el estado más impune que existe en el planeta, y mira que muchos estados hacen barbaridades. Pero a Israel se le permite todo. La geopolítica mundial y en concreto el modelo de política exterior en el que Estados Unidos se encuentra atrapado lo facilita. ¿Hasta cuándo va a abusar Israel de la paciencia de los pacíficos, incluidos los que sufren dentro de su propia población por esa política nefasta y racista?

Ahora bien, los occidentales no debemos rasgarnos más las vestiduras por el ataque al buque pacifista que ante lo que acontece todos los días sobre los palestinos de los territorios ocupados. El ataque al barco de la paz, con ser alevoso, durísimo y criminal, no es ni más ni menos grave que el cerco, aplastamiento y violencia con que Israel somete a los palestinos. Pero el resto de los Estados del mundo -y en el buque atacado viajaban nada menos que 750 personas de 60 países- deben exigir responsabilidades inmediatas sobre la locura israelí.

El ataque ¿nervioso o calculado? de Israel es un reflejo más de su política, la que ejecutan en los territorios de Gaza todos los días. La misma que les lleva a mantener un muro de hormigón o a colonizar territorios palestinos. La que les lleva a bombardear una instalación nuclear en Siria como hicieron hace tres años. Lo que les lleva a la guerra sucia de sus espías hasta un hotel de Dubai para asesinar a líderes palestinos. Lo que les hace tener en el disparadero a Irán. David se metamorfoseó en Goliat hace tiempo. Tal vez se trataba del Jano judío, donde belleza y fealdad, cultura e intolerancia, generosidad y desprecio, sentido de la justicia y opresión se alternan en una tensión impía. Resultado: que acaban siendo eclipsados, devorados más bien, por el ser bruto que ambos llevan dentro.

viernes, 28 de mayo de 2010

La marca


El cansancio debería haberme precipitado en el sueño. No fue así. Paradójicamente el mismo agotamiento me impedía dormir. Los músculos, agarrotados y espesos, se encontraban disociados de mi cerebro, aún excitado por los quehaceres del día. Mientras aquellos se pellizcaban entre sí, causándome un malestar casi doloroso, mi mente se agitaba convulsa, pasto de las vivencias y de las ideas confusas y entrecruzadas que surgían a cobijo del silencio nocturno. Cuando parecía que la calma y la relajación de las horas iban ganando la partida y el sopor me conducía lentamente al descanso ocurrió aquello. Sentí que una mano, ni grande ni pequeña, me presionaba el abdomen. Sutilmente, apenas introducido en el sueño anhelado, creí que se trataba de una imagen que ya formaba parte de él. Pero yo seguía percibiendo el calibre de una mano frágil que se depositaba con levedad. Mi carácter sumamente vigilante y nervioso hace que detecte la brizna más ligera de aire, o de calor o de proximidad. En ese momento sentí aquella mano como una apretura agradable, pero intrusa. No se movía. Ocupaba un espacio único, ni se extendía ni se hundía. A lo sumo, los dedos se alzaban y bajaban despacio, alternadamente. Como si tamborilearan juguetones sobre mi carne, casi imperceptibles. Extendí mi mano en torno a mi cuerpo, pero allí no existía otro cuerpo. Ni dentro ni fuera de la cama. Agucé el oído. Tal vez éste me permitiera entender lo que el tacto no comprobaba. Pero el silencio era tan absoluto que ni siquiera escuchaba roce alguno de aquellos dedos fantasmagóricos. Un temor extraño me impedía bajar una de mis manos hasta aquélla que había invadido un territorio de mí. Súbitamente aquella mano misteriosa e inexplicable comenzaba a crecer. Al menos me parecía que ocupaba mayor espacio de mi vientre. Pero se mantenía liviana. Las sábanas me pesaban y la almohada marcaba mis vértebras nacientes, produciéndome cierta tumefacción. La aparté con torpeza, dejando la nuca en un vacío a merced de la brisa de la noche. Empecé a sudar. Cada vez más. Por todas partes. Las piernas empapadas, las ingles húmedas, el pecho resbaladizo, el cabello empapado. Menos en aquella zona de mi abdomen donde la mano persistía. Allí sentía una frialdad excesiva. Me pareció una mano de hielo. Aterciopelada, pero polar. Intenté apartar la sábana pero no conseguía asirla. Cuando tuve a tino uno de sus bordes el antebrazo no ejecutaba su mecanismo, como si se produjera de improviso una pérdida de fuerza. Mis manos se encontraban fuera de la sábana. Al menguar la habilidad de mis dedos, traté de dar con una de ellas un salto sobre la mano ajena que me oprimía el vientre. Pero ninguno de los brazos tomaba impulso. Probé a cambiar de posición, mas cada vez que lo intentaba me parecía que la cama se volvía más estrecha y que me encontraba al borde. Probé a evadirme. Un ejercicio de absentismo mental que desviara la atención de aquella presión inmóvil. Fue como si la mano ocupadora lo interpretara, porque cambió de táctica. Comenzó a presionar más, sentía que pellizcaba la piel y que se iba hundiendo en la carne. Ejercía una fuerza desagradable. Sus uñas, que había percibido de perfil delicado, horadaban como layas buscando remover mis entrañas. La sensación inquietante de que unos dedos largos abrían túneles camino de mis vísceras me aterró. Sentí que me ahogaba, que mis extremidades se proyectaban fuera del tronco, y que una angustia letal abría mi tórax al vacío. Una convulsión me hizo dar un salto. Me escuché a mi mismo decir con desgarro ¡basta! Al otro lado del tabique una voz me espetó: ¿estás bien, vecino? Cuando me levanté me miré con alarma al espejo. Me desagradaba mi rostro, pero al menos me hallaba sereno. La humedad proveía mi piel. Me disponía a ducharme, cuando eché una última mirada a mi cuerpo reflejado. Sobre mi vientre, la impronta de una mano y sus cinco dedos abiertos marcaba silueta, desplazando el vello. Era una mano encendida, enrojecida. La carne hervía ahora en esa parte. No supe qué pensar.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Cohn-Bendit denuncia la hipocresía europea


No puedo resistirme a reproducir el vídeo donde se ve a Daniel Cohn-Bendit increpando al Parlamento europeo. Gracias por la sugerencia. Había oído hablar de esta intervención reciente, pero no la había visto.


domingo, 23 de mayo de 2010

El búho de Minerva


Nunc vero in Europa, id est, in patria, in domo propria, in sede nostra, percussi caesique sumus.

Disculpas por la pedantería de incluir una cita en latín, pero me parecía de un ritmo magistral. La escribió Eneas Silvio Piccolomini a mediados del siglo XV, y querría significar algo así como:

Verdaderamente ahora en Europa, es decir, en la patria, en la propia casa, en nuestro lugar, somos golpeados y abatidos.

Eneas Silvio P. hacía referencia en su tiempo a un asunto histórico que determinó para siempre el futuro y probablemente la conciencia en ciernes del continente, la caída de Constantinopla. Pero yo me quería quedar con la frase. Una imagen que ha podido utilizarse como paradigma de otros momentos históricos críticos. Y que se puede hacer transcender a estos momentos, aunque habría que pronunciarla en griego.

El asunto de la cuasi bancarrota de Grecia se quiere acallar con la inyección de dinero del resto de países de la UE, por una parte. Dinero prestado que les va a salir por un ojo de la cara, ya que les van a comer los intereses. Y por otra, exigiendo que el gobierno actual aplique durísimas medidas económicas que no son otra cosa que una vuelta de tuerca probablemente sin fin sobre la población. En ese ajuste de los tornillos ya se sabe quién pierde más. ¿Así de simple? ¿Sabían los griegos lo que venía ocurriendo desde hacía años, con sucesivos gobiernos de derechas y socialdemócratas? ¿Sabía la UE y el Banco Central de la debilidad, dicen, de la economía helena? ¿Conocía perfectamente el FMI la evolución de las cosas en la última nación suroriental de Europa? Cuesta creer en un desconocimiento de ese statu quo por parte de las entidades y autoridades europeas y mundiales. Entonces, ¿por qué se ha dejado que la situación se precipitara hasta casi el exterminio? El compositor Míkis Theodorákis mantiene una polémica opinión al respecto.

“Oigo hablar de una deuda de 360 000 millones de dólares, pero veo al mismo tiempo que muchos países presentan esas mismas deudas, e incluso mayores. Por lo tanto, no puede ser esa la causa esencial de la desgracia- Lo que también me intriga es la desmesurada importancia de los ataques internacionales de los que nuestro país está siendo objeto, y cuya coordinación es casi perfecta, a pesar de tratarse de un país cuya economía es insignificante, lo cual acaba por parecer sospechoso.”

La sugerente argumentación que mantiene Theodorákis se puede leer en el siguiente enlace: http://www.voltairenet.org/article165326.html

Tal vez Theodorákis se pase en su arriesgado criterio. O tal vez no. Las organizaciones económicas y políticas mundiales no son transparentes. En la opacidad de los despachos aparentemente más lejanos de Atenas pueden estar decidiéndose cuestiones de geopolítica que pasan ahora por una especie de presión descomunal sobre Grecia. Quién sabe; se verá con el tiempo. De cualquier manera, las pintadas testimoniales que estos días he visto en algunas paredes de mi ciudad alcanzan un eco mínimo. Si acaso, que hagan pensar por unos instantes al transeúnte. Por cierto, ésta de la foto duró dos días. Hay que ver la celeridad con la que actúa el ayuntamiento cuando interesa. Y es que pienso que las palabras solidaridad y trabajadores siguen asustando lo suyo. Sobre todo cuando ambos vocablos se funden en una sintaxis que es todo un discurso.



sábado, 22 de mayo de 2010

Detén



Detén la espada. Nada podrás contra el hechizo de la lluvia. Te creíste ungido por la autoridad suprema. Durante muchos siglos se nos hizo doblegarnos ante ese destino impuesto. No se nos dio otra opción. Cada vez que alguna de nosotras intuía la farsa era señalada. La que lo denunciaba desaparecía para siempre. A las demás nos hacían creer que estaba perturbada. Y que en su locura se había precipitado desde el monte Eskolio hasta el abismo. En las noches de tinieblas rodeábamos la hoguera en que estas cosas se relataban en voz baja. Aquel fuego era nuestro confidente. Todas metimos las manos dentro de las llamas de la memoria y nos curtimos. Algunas no pudieron soportarlo. Otras se desvanecieron en las renuncias voluntarias. Otras se traicionaron porque perseverar en la indocilidad era demasiado duro. No siempre el pacto de la resistencia se cumplía. Y aquella condición parecía que no tuviera fin. Fue mucha la oscuridad. Muchas historias contenidas. Muchas narraciones aplastadas. Demasiados tiempos de silencio. Como si no existiéramos. Como si esa condición doble y aparente sustituyera a la primigenia. A la que contenía nuestra esencia. Incluso ahora, en que creemos sentirnos seguras, un lejano sentido nos dice que no debemos bajar la guardia. Tenemos, por lo tanto, que hablarte con claridad. Desármate de la ignominia. No permitas que te embargue la cólera de la impotencia. Ya nada te exige lo que se les obligó a tus antecesores. En el fuego nos conjuramos. En la lluvia renacemos. Parece más débil que la potencia ígnea. No te fíes. El fuego se elimina en lo que tarda en consumir la materia. La lluvia no tiene fin. Está en nosotras. Mana de nuestras entrañas. Limpia lejanas adversidades. Los piélagos están formados por todas las mujeres que se desplomaron desde los acantilados. Las salvó en el extremo su metamorfosis en lluvia. Esto te decimos. Detente. Paraliza el ademán antes de que se convierta en sangre. Ésta se diluirá en el agua de la que estamos engendradas. Cambia antes de que te destruyas a ti mismo.



(Imagen de Bill Viola)


miércoles, 19 de mayo de 2010

Cuidado con las imágenes


Esta foto no fue simplemente una primicia. Fue una aberración. No tiene nada de instantánea. Lo único que hay de improvisado y cruelmente reflejo es la muerte. Una muerte servida a la cámara, a las sociedades occidentales. Cuidado con las imágenes. Pueden matar. Y eso es peor que trucar una fotografía. Lo perverso no es manipularla en sí. Sino si esa manipulación hace daño a la vida física, al honor personal o a la convivencia. Las imágenes, sobre todo aquellas que se reclaman en los medios más célebres y más cotizados, es decir, los más influyentes, no son neutrales jamás. No lo son en origen. Y muchas de ellas, incluso, nunca nacen, nunca se dan a conocer. Se ofrecen las que interesa enseñar. Paradójicamente, esta fotografía reflejando un crimen doblemente atroz, se convirtió en un icono de la opinión pública norteamericana opuesta a la guerra del Vietnam. Estas observaciones nos conducen a pensar lo envuelta que se encuentra la realidad cotidiana en la mentira, la manipulación y la barbarie. De ahí que la credibilidad de los medios haya mermado, la confianza en las constituciones de los estados pierda fuelle y el ciudadano se sienta desorientado en medio de la marabunta de poderes ocultos, que no dan la cara nunca y que intervienen sobre el fondo y la forma de los recursos de los que vive la humanidad. Como acontece en estos momentos de la denominada intencionalmente crisis.


En el libro de François Maspero Gerda Taro, la sombra de una fotógrafa leo este comentario:

"Susan Sontag, en Ante el dolor de los demás, explora los detalles y las consecuencias de la banalización de la imagen. Los efectos de choque se anulan, la mirada del espectador, constantemente bombardeada, se satura. Y si todo se anula, entonces es que todo vale. Salvo que, para imponer un producto al mercado, hay que hacer que parezca que tiene más valor que los restantes. Ya no se trata de convencer al espectador, que ha pasado de sujeto pensante a consumidor, ni de la justicia de una causa, ni de incitar a detestar o querer a alguien, ni de tomar partido. Se trata de triunfar en una competencia feroz, la de la carrera hacia lo más espectacular. La ley de la jungla. Todo vale. Esto es lo que conduce a la fotografía de Eddie Adams realizada en 1968 en Saigón: un jefe de policía pone su pistola en la sien de un detenido sospechoso y lo abate en plena calle; la muerte en directo, un primer plano del rostro del condenado. Una ejecución que no habría tenido lugar, según afirma Susan Sontag, de no haber habido periodistas para captarla. Derivación definitiva: el fotorreportero ya no es un testigo del drama. Ya no es sólo el que observa. Ni siquiera es sólo un cómplice. Es el autor del mismo."



(Fotografía de Eddie Adams)

lunes, 17 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (VIII)


Van sabiendo que nada es posible sin aquél que utiliza una herramienta infrecuente. Aquél que cuando algunos se desesperan logra que se detengan al borde de la locura. Aquél que se interpone entre el caballero y el débil y evita un desmán. Aquél que cuando algunos quieren retornar sin esperanzas hace que se fijen en su el triunfo de haber llegado tan lejos. Aquél que impresiona al hombre de la voz soberbia y de la espada. Aquél que alienta las razones, sin imponerlas. Aquél que invita a confiar en la insospechada fuerza del individuo, no en la mera corriente de euforia del grupo. Aquél que desaparece tras cada uno, para ser uno más. Aquél cuya palabra es una entonación, y no orden alguna. Aquél para quien los himnos no deben reducir la mirada en derredor. Aquél para quien los territorios en los que se adentran no son hostiles, si ellos no quieren que lo sean. Aquél que no suplanta el aún leve edificio de la racionalidad, y se aleja de las imágenes de la superstición. Aquél que habla de pisar el suelo como su suelo, y de palpar la arcilla como su arcilla, y de fecundar el limo como su limo. Van sabiendo que todo es posible si todos son aquél dentro de sí mismos.

domingo, 16 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (VII)


No importa que los hombres de barro hablen lenguas diferentes ni mantengan costumbres extrañas entre sí o que les separen los conocimientos que cada necesidad ha aguzado. Esta situación en absoluto les aleja, sino que más bien les complementa. Más allá de sus diferencias, comparten otras propiedades. El talante de aproximación, la curiosidad por saber acerca de lo que sabe el otro, la comprobación de que todos han sufrido experiencias análogas de sufrimientos y penurias. Y principalmente, la aspiración a superar los infortunios. Unos huían de la sequía, otros de las guerras tribales, otros de la hambruna, otros del agotamiento de los recursos de la tierra, otros de la eliminación de especies que puso fin a su condición de perpetuos cazadores. Esa aleatoria suerte les relaciona. Ese intento por llegar a nuevas perspectivas les otorga superación. Su heterogeneidad, sin sospecharlo todavía, les va a hacer más potentes. Están en una encrucijada. La fe inicial e inquebrantable en los caballeros va a ser cuestionada. No les basta la ostentación de la fuerza, que por sí no les conduce a una tierra nueva. La agrupación de los hombres de barro ha recorrido demasiado trecho como para paralizarse. Tienen conciencia de ello. Se tientan en la conspiración. Algunos manifiestan una lucidez inusual. Son valerosos, no porque esgriman los filos de las armas, sino porque proponen a los demás lo que los caudillos son incapaces de mostrar. Son individuos serenos que no persiguen ni la fuerza ni los bienes para sí mismos.

viernes, 14 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (VI)


La luz no ha sido suficiente para ilusionar la convergencia de aquella masa desorientada. Ni para dotarla de solidez. Se desplazan en medio de los rigores de las estaciones. Las adversidades se manifiestan no sólo a través de la dureza del clima, sino también de las acechanzas de otras poblaciones nómadas que, como ellos, tratan de asentarse. Los animales que habitan los espacios donde ellos penetran se sienten a su vez turbados por la presencia de la nueva especie que avasalla y se defienden. A su vez, los invasores se enfrentan a las fieras, en las cuales buscan recursos para su alimentación y su abrigo. No todos los hombres de barro confían en la elección que comenzó con euforia. Algunos propugnan el retorno a los lugares de partida. Pero la suerte está echada. Realizar un regreso sin la fuerza colectiva, diezmados o en pequeños grupos, es temerario. Esa duda produce malestar y los hombres de mando son mirados torvamente. Hay otros individuos que sugieren reducir a los díscolos. Ello tiene el peligro de un choque abierto que les merme en número. Las escaramuzas son ocultas. Hay días en que desaparecen miembros de la tribu, sin que nadie pueda aseverar que han decidido marcharse voluntariamente. Cunde la desazón. Una ira larvada puede observarse en los ojos de muchos de los seres de ambos sectores. No se llega a ninguna parte. Pesa el ejercicio permanente que parece agotarles. Se extiende el cansancio por el esfuerzo no recompensado.

jueves, 13 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (V)


Nadie manifiesta disconformidad con las órdenes del mando. Todos han callado y el mando ha quedado sacralizado para siempre. Ha bastado una simple concesión de la masa y un solo jinete se arroga la ascendencia sobre la tribu. Si ese jinete cae, otro le sustituirá. Incluso si desaparecieran todos los que montan al animal, alguno más hábil de entre los guerreros de a pie echaría mano de unas riendas vacías y se alzaría sobre la grupa. Cada vez que un accidente o un enfrentamiento descabezan a los líderes se produce un relevo. El destino se manifiesta como una unción para dirigir a los súbditos. La fe en lo que no se palpa es quebradiza. Todos dudan. Y entonces no siempre la tropa puede ser contenida. No siempre aplacada. No siempre sometida. La marcha es dura y el esfuerzo no garantiza una recompensa. Los caballeros se tensan. Encogen el ceño. Se disponen a afrontar a un enemigo dual. Temen lo que desconocen de fuera y se espantan ante lo que aún ignoran en sus propias filas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (IV)


Pero en esta marcha en la que se urgen no todos deciden. Ni el más ingenuo, ni el más arriesgado, ni el más sabio. Se impone el más fuerte. El que esgrime una cabalgadura y se eleva sobre los demás. El que agita una espada, por rudimentaria que sea. El que eleva el tono de la voz, sobrecogiendo a las otras voces hundidas cada una en sus pechos. El más fuerte puede acertar o puede equivocarse. Si obra bien en sus cálculos, será vitoreado. Si yerra puede jugarse el reconocimiento. En este caso deberá ceder o enfrentarse al grupo. Avanzar donde quiera que esté el horizonte siempre es arriesgarse. La comunidad se arriesga. Cada individuo se expone. Su suerte está vinculada. Una suerte pendiente de un instante. Nadie escapa de nadie. Nadie desea ser aislado. Nadie quiere pensar en el horror del abandono.

lunes, 10 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (III)


Las sabanas ya no están sólo para ser recorridas hacia ninguna parte. Se quedan pequeñas para los afanes de búsqueda de los hombres de barro. No en vano en el grupo han confluido seres de procedencias extrañas y de condiciones diversas. No se entienden del todo entre sí, mas se necesitan. Unos aportan elementos de defensa. Otros conocimientos de técnica escasamente usados. Otros saben algo de sistemas de transporte rudimentarios. Alguno ha viajado lejanamente y se orienta mejor para conducir a los demás hacia territorios donde asentarse. Hay quien desde su posición cabalgante ejercita una actitud que se impone al resto. Tienen que ir más allá de la sabana o convertir una parte de ésta en una permanencia. Buscan incesantemente. Decididos firmemente. No tienen nada que perder.

domingo, 9 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (II)


Su salida del silencio les concita. Se dividen entre los que conciben sus esperanzas en el círculo de fuego y los que confían en la fuerza de los hombres superiores de la tribu. Éstos creen también en el fulgor del disco, pero sospechan que no basta para conducirles al destino. Es su fuerza o la delegación de los demás hombres o tal vez su engreimiento lo que les dota de una conciencia más definida. En sus elementos de seguridad y defensa palpan algo más concreto que lo que ve la comunidad andante. Eso les permite avanzar. Tantear territorios. No basta. Nadie se da cuenta con claridad pero todos necesitan de alguien diferente. De un anónimo para quien no es suficiente ni el sol ni los caudillos. Aquél que mira a otra parte cuando todos lo hacen en la misma dirección. Aquél que indaga con otra perspectiva sobre la marcha del grupo. Alguien a quien la iluminación le llega más desde dentro de sí mismo que desde el exterior.

sábado, 8 de mayo de 2010

Primitivas convergencias (I)


Emergen desde la oscuridad de los valles a la llamada del sol. Bajan expectantes de las laderas encrestadas. Surgen entre los agujeros de las rocas del desierto. Pero además responden a la urgencia de la necesidad. O acaso es en orden inverso. Ocupan las nuevas llanuras inhabitadas. Son varias docenas. Son los desposeídos. Apenas una minoría de entre esta exigua tropa dispone de un caballo. Con el caballo hay un bien y la fuerza del mando. No son todos iguales. La mayoría sólo confían en sus brazos y en sus pies. Unos pocos, además, en sus ideas ocurrentes. La entrega incondicional les da seguridad, pero también les doblega. Caminan todos admirados por la luz. Sin saber qué les espera. Sin distinguir si la luz es un espacio o una llamarada vacua.

martes, 4 de mayo de 2010

Un cuento africano de serpientes


Cuando el hombre salió aquella mañana a la calle se encontró con que la serpiente que vivía a la vuelta de su choza no acertaba hacia dónde dirigir sus pasos.

¿Por dónde es el camino?, preguntó ella.

Se supone que eso tendría que habértelo preguntado yo, que eres la poseedora del conocimiento, le respondió el hombre.

Pues no siempre. Hoy mismo me he desovillado confusa y por eso te pregunto a ti, que tanto me buscas, insistió el saurio.

Pues mira, tampoco estoy muy seguro, pero si quieres, vamos juntos a encontrarlo, añadió el vecino por ver si la idea de caminar con un humano no le agradaba a la serpiente y así se la quitaba de encima.

La serpiente, sorprendida de que alguien se mostrara afable con ella, dejó de reptar dubitativa, se irguió todo tiesa y con mirada ladina y seductora como de costumbre, no exenta de cierta pizca de dulzura, le dijo:

De acuerdo. Puesto que tú me llevas incorporada a ti desde hace tiempo y yo me enrosco en tu interior todas las noches cuando duermes, pongámonos en marcha.

Nadie lo observó, pero la mirada del hombre se clavó en la zona más profunda y alejada de los ojos de la serpiente. Y, desde entonces, caminan juntos.

martes, 27 de abril de 2010

Impacto

¿Significa algo que un gorrión haya chocado contra mi pecho? No cesa su picotazo. Él se ha quedado con mi tacto.


(Composición de Anke-Merzbach)

lunes, 26 de abril de 2010

Combustión

La noche puede ser un agobio y dejas de mirar o miras sin ver y puedes tener la retina cerrada aunque los párpados permanezcan en guardia y rígidos y esa luz tenue que cuelga del techo apenas te permite vislumbrar el vaso de agua cuando en tus despertares agitados sobrepasas la pesadilla y respiras agitadamente y por un instante por ese somero momento en que empuñas el vaso y paladeas un trago te confirmas en que estás a salvo del sueño que te había poseído y sabes que es peor cuando se te devuelve el control de la conciencia porque delante de ella desfilan temores más difíciles de dominar y pasas revista a los pensamientos que te turban y no te basta el agua de la jarra y vacías otro vaso como si al hacerlo como si al dejar fluir el líquido templado garganta abajo quisieras que arrastrase las sensaciones que ciegan tus ganas de vivir de otra manera y es en ese desliz a través del cual te manifiestas apegado a la roca dura y que no ha sido pulida todavía cuando sudas intensamente cuando exhalas el aire por la boca y a la vez lo vuelves a tomar apresuradamente como si en esa expulsión se te fuera el sentido y no puedes parar en la cama y el hormigueo constante trocea tu piel y los músculos se te pinzan y no sabes dormir y no puedes hacerlo porque no estás en ninguna parte porque no aceptabas el sueño tenebroso y tampoco resistes la acumulación de cuitas que se agolpan en tus parietales y los libros que hay sobre la mesilla no te dicen nada de pronto no te llaman ni buscas en ellos una calma y te sientes huérfano de otras letras como huérfano de otras voces como carente de otras manos y en tu extravío te clavas las uñas afiladas de tus dedos en el pecho como si quisieras abrir un agujero a la luz y mendigar una bocanada al alivio

domingo, 25 de abril de 2010

La insignia de la mejor juventud



¿Qué hacías tú, alter ego de un inimagible Fackel, el 25 de abril de 1974? De pronto, pasmarte. Saliste corriendo de madrugada a encontrarte con algunos compañeros. Llegaban noticias sorprendentes sobre Portugal. Había militares demócratas que se habían sublevado contra la dictadura postsalazarista -algo casi increíble, pero las guerras coloniales obligan a muchos desenlaces imprevisibles- y estabais anonadados. En vuestros rostros, a lo largo del encuentro breve en aquella pequeña churrería de barrio había una indescriptible y nada oculta alegría. Y un complejo enorme. Hasta los portugueses se nos adelantaban en el camino de la Libertad. Tenías que entrar a trabajar pronto, y apenas estrenabas empresa y puesto. Las esperanzas las habías incubado hacía tiempo, sin demasiados resultados. Muchas novedades en aquellos años de juventud. La mejor juventud.

Algún periódico de tarde adelantó fotografías. La población lisboeta recibía por las calles a los soldados con claveles. ¿Claveles en los cañones? En tu país lo mejor que podías hacer ante un cañón era correr en zigzag para no estar en su punto de mira. Nunca imaginaste ni claveles ni rosas ni lirios sobre los fusiles de tus paisanos. Aquí nunca fue posible eso. Ni el gusto del símbolo nos pudimos dar. Esto era el ungido cierra España, y la libertad, por más que se deseara, no llegaba nunca. Esto seguía siendo el cementerio español.

¿Por qué este año me acuerdo más del 25 de abril portugués? Tal vez por casualidad, porque caigo de pronto en la fecha. Tal vez me acuerdo del 25 de Abril porque era joven y tenía ilusión. O acaso también porque veo ciertas ofensivas políticas y jurídicas que no llevan a ninguna parte buena. Porque veo a la derecha patrimonialista bastante salvaje, tratando de descalificar a los que dimos siempre la cara por la democracia.

Cuando se está hablando de una próxima crisis económica en Portugal siguiendo los pasos de Grecia, uno se sobrecoge de la debilidad que forman nuestras naciones. Tal vez hemos olvidado dónde está nuestra fuerza. No en los mercados, al menos no de esta manera; no en los parlamentos, donde por un puñado de votos pueden erigirse los propietarios tradicionales; no en mirar para otro lado. Mirar para otra parte y no querer ver es debilidad. Pero la libertad, que no se nos otorga graciosamente, o se toma y se afianza, o sólo se quedará en la neoliberal libertad de comprar. La fuerza de los países no es tal si no se fundamenta en quienes los componen.

Así que revuelvo una vieja maleta -¿la misma con la que fuimos unos meses después a Lisboa a enterarnos de si era posible aquella aventura de los consejos obreros?- y encuentro una insignia. Sujeto el imperdible a la solapa de la chaqueta. Hoy saldré con ella puesta a tomar café.



jueves, 22 de abril de 2010

Un día más o menos (de la Tierra)


Aun escéptico de aquellas celebraciones de un Día, que no sean acompañadas por todos los días, no me resisto a ignorar este vídeo de Greenpeace. Contenido ético y crítico se alían con la expresión estética para obligarnos a un minuto de reflexión.

Disfrutadlo.


(Fotografía de Isabel Gómez)



lunes, 19 de abril de 2010

Cruce


Aquella tarde él esperaba delante de la puerta principal de unos grandes almacenes (se dice así, ¿no?) Una hora de transcurso de viandantes agitados, bien para tomar alguno de los autobuses que paran allí, o para entrar en el comercio, o ya para llegar a sus casas. Entonces, a corta pero discreta distancia, pasó aquel hombre, prácticamente olvidado. Treinta y tantos años más viejo. De hombros anchos, torso encogido, mirada tan turbia como cuando él lo conoció, cabeza de movimientos bruscos, andares abandonados, como si expulsara cada pierna en sentido opuesto. Prácticamente no había cambiado; por descontado que arrugas y lasitud consiguientes aparte. El hombre que espera ante unos almacenes ha olvidado los rostros de infinidad de individuos. Muchos pasan a su lado y ya no los ubica. Por un instante dudó. Tiene últimamente la impresión de que cierta gente de cierto tiempo se ha muerto toda. Creía que este personaje también. Es por eso que cuando ve a alguno ya lejano en su memoria no está seguro y tiene que racionalizar el recuerdo. De este tipo lo tuvo claro inmediatamente, tras la primera vacilación. Pero no sólo porque lo reconociera en cada facción o gesto de otro tiempo, sino porque el otro también lo miró a él. Fue una mirada directa. Fue una mirada de enganche, se reconocían. Fue una mirada de tanteo. Fue una mirada de complicidad manifiestamente precavida en ambos. Fue un mirarse como quien echa un pulso, a ver quién cede primero. Parece mentira que después de tantos años, y cuando la relación causa a efecto entre dos personas no existe, ambos se observaran con una mirada difícil de interpretar a primera vista. Probablemente el otro estuviera también sorprendido de cruzarse con el que esperaba delante de la puerta principal de unos célebres grandes almacenes. Probablemente el otro pensara que el hombre que esperaba también estaba muerto. Probablemente pensara que tiene una memoria que suele decirse de elefante, no sé por qué, y quién sabe. Quién sabe si también el otro recordó el nombre del que esperaba delante del comercio. Éste recordó de inmediato los dos apellidos de aquél, del hombre que pasaba encogido, trazando con la cabeza los puntos cardinales, separando los pasos lateralmente. Recordó muchas cosas más. Cosas que ya no le da en pensar habitualmente. No en vano su máxima es: acordarse de lo que fue beneficioso, olvidar lo lamentable. Pero en esa partícula de circunstancia en que dos hombres se cruzan puede haber algo más que caer en la cuenta de que se conocen. Puede que por una micra de tejido temporal ambos se hayan visto retrotraídos a una espiral de acontecimientos lejanos. Que se hayan ubicado fugazmente en la posición desigual e incómoda (obviamente trataba de ocultar que también violenta, pero no lo logro) que les hizo conocerse hace tantos años. El hombre que esperaba ante la puerta del macroalmacén no ha sentido nada por el otro. Ni una pizca de desprecio. Lo ha visto viejo y ni siquiera ha pensado qué viejo estás. El recuerdo de aquel otro cruce antiguo en sus vidas le aparece ahora en un sepia descolorido, arrugado, roído. La imagen de la detención y los interrogatorios al que le sometió el otro desde su posición prepotente en la brigada político-social la tenía prácticamente desvirtuada. Como un pésimo sueño, casi relegado al olvido. Por cierto, el pulso de la mirada entre los dos hombres que se han cruzado a la puerta de unos grandes etc., la ha ganado el hombre que esperaba ante la puerta de unos grandes etc. Estéril premio de consolación.


(La fotografía es de William Klein)

sábado, 17 de abril de 2010

Reescribiendo a Marx


Tras las noticias de la noche, caigo rendido. Sueño con una reescritura de Marx, con algo que se llama Manifiesto cuyo texto me suena, algo que empieza diciendo...Un fantasma recorre Europa: el fantasma del volcán Eyjafjallajökull. Contra este fantasma se han conjurado, en una santa jauría, todas las potencias de la vieja Europa: el papa y la UE, Estrasburgo y Bruselas, las Cancillerías de todas las naciones y el Banco Central Europeo, Merkel, Sarkozy, Brown y Jean-Claude Trichet, los bancos europeos, las transnacionales y las compañías europeas de aviación. Etc. Entonces veo venir hacia nuestras cabezas, en una vorágine horizontal, la nube de cenizas, vapor, materias varias, que se traslada desde los mares del Norte hasta los confines del Mare Nostrum. Sueño que el volcán se abre más y más y que el efecto simpatía de los volcanes próximos desencadenan un efecto dominó. Sueño que los glaciares de Islandia se descongelan, que los iceberg se derriten, que el nivel de las aguas marinas crece, que las costas continentales son inundadas por la potencia del piélago. Sueño que las capas tectónicas se convulsionan y sus efectos se añaden a la furia de fuego del magma. Es un sueño, me digo, y sigo durmiendo plácidamente. Sueño que los vuelos se suspenden sine die, que el tráfico de pasajeros y mercancías se colapsa, que los países no reciben suministros para sus habitantes ni materias primas para sus fábricas. Es un sueño, me digo, y sigo durmiendo a pierna suelta. Sueño que los bancos se cierran, que los mercados no abastecen, que las empresas envían a casa a sus empleados, que el suministro de energías se paraliza por la falta de pagos. Sueño, en fin, que la vida social se desconcierta, que la población no sabe qué hacer ni cómo reaccionar. Que la escasez se instala y los bajos instintos se desatan sin ley ni dios que los limite y reacomode. Que los gobiernos se encuentran sumidos en la confusión, que los agoreros utilizan los medios de comunicación para soliviantar a las gentes, que los falsos profetas predican una buena nueva imposible, que los resentidos de todos los viejos regímenes se unen nuevamente para procurar un asalto cobarde a la sociedad con el arma de la sinrazón. Me sacude una agitación extrema y un punto de lucidez proclama en mi cerebro: es un sueño, Fackel. Estoy y no estoy en el sueño. Recuerdo el Manifiesto marxista a propósito de la revolución que debería haber venido de los obreros desde 1848. Comprendo entonces que acaso se está rescribiendo el fondo y la forma. La intención y el mensaje. El objetivo y el método. Que no se llamará ya Manifiesto Comunista sino Manifiesto Vulcanista. Que los agentes de la rebelión no serán ya las clases proletarias, obreras, empleadas, productivas, eventales, a tiempo parcial o esclavos de economía sumergida, es decir, toda esa trouppe indefinida que no quiere ser llamada de ninguna de estas malditas maneras. Sueño, o pienso, o imagino que la Naturaleza toma de nuevo las riendas y a estas alturas de la Historia nos deja en pelota viva y rusiente y proclama el fin del Sistema. Al precio de llevarnos a todos por delante. Veo la Revolución Conclusa, no la inconclusa que lamentaba el profeta desterrado y asesinado del siglo pasado. Es un sueño, me digo una vez más, mientras respiro con dificultad una humareda fina que se torna más densa y que se filtra por debajo de la puerta de mi cuarto; y ya no sé si me despierto.


(Acompaña pintura de Magritte)

viernes, 16 de abril de 2010

Alguien que les canta las cuarenta


Por fin, alguien, desde dentro, se atreve a cantarles las cuarenta. Me he acordado (imaginado más bien) inmediatamente de la fijación de las noventa y cinco tesis desafiantes por parte de un clérigo llamado Martín Luder en la iglesia del Palacio de Wittenberg en 1517. Fueran clavadas en las puertas de la iglesia o enviadas a otros teólogos, la repercusión prendió un fuego de dimensiones incalculables. No quiero decir con esto que el caso de ahora tenga que ver con aquél. La historia no se repite dos veces, pero hay elementos que permanecen sine die. Y actitudes que parecen eternas y que, o se revientan o siguen causando estragos entre la sociedad sobre la que influyen.

Tengo una distancia de pensamiento abismal con el gran cuestionador del momento, Hans Küng, como con cualquier otro representante religioso, pero admiro su decisión, su valor y su hastío para denunciar la miseria moral de la Iglesia, el poder del Vaticano y su Curia, la connivencia con los poderes de los ricos y la inconsecuencia de la autoridad católica respecto a los tiempos y las exigencias históricas que vivimos. Así que he leído con atención, gozo y hasta entusiasmo las denuncias y propuestas que lleva a cabo Küng y con las que, a través de una carta dirigida a los obispos, les invita a rebelarse contra la férrea y autoritaria Corte de Roma.

No soy optimista y tengo serias dudas de que el texto enviado por Küng a los obispos tenga un eco suficientemente profundo como para suscitar movimientos decisivos dentro de la Iglesia. Hay demasiada política en la Corte de los que hablan en nombre de Dios como para afrontar cambios radicales. No se juegan así como así su estatus, su poder y su influencia terrenal. Para eso no hizo Pedro a su Iglesia, dirán hipócritamente muchos de sus burócratas. No obstante, haya o no cambios a corto plazo, lo que es evidente es que la crisis campa a sus anchas en el seno de la mater et magistra y que actitudes tradicionales como la corrupción, la pedofilia y el vivir a espaldas de los problemas sociales y mundiales del momento está haciendo mella en la empresa multinacional más veterana. Y que probablemente hay una herida abierta en su interior cuya magnitud puede ser más amplia de lo que se ve y aparenta.

No debería preocuparme excesivamente por el asunto, puesto que no soy de los que forman parte del rebaño de esa fe. Pero me interesa en cuanto que considero que esa institución ha tenido un poder desmesurado sobre la sociedad y mantiene aún una influencia importante. No soy optimista, puesto que la historia de la Iglesia es comparable al camaleón. Se ha adaptado a todo tipo de cambios y manifestaciones en su afán por mantener privilegios, intervención y atadura sobre las sociedades humanas. Pero dejo un pequeño resquicio a que iniciativas como las de Hans Küng supongan un acicate para los honestos católicos que desean que las cosas sean de otra manera y a su vez se modifiquen actitudes que chocan con la libre representación de las sociedades laicas. No van a apearse del burro por las buenas, ni van a reconocer el valor esencial y democrático de la sociedad civil. El gran engaño de la Iglesia reside precisamente en creerse por encima de los hombres y sus creaciones cívicas. Tal vez la última alternativa que le quede a la Iglesia sea o la pamema, es decir, hacer un montaje donde parece que algo cambia para seguir todo igual, o el cisma. A mi no me preocupa su corpus ideológico. Me preocupa su capacidad dañina para ejercer poder y violencia, como lo ha hecho tantas veces a través de los tiempos, sobre los individuos y sus conciencias.

La carta de Küng:

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Carta/abierta/obispos/catolicos/todo/mundo/elpepisoc/20100415elpepisoc_3/Tes

jueves, 15 de abril de 2010

Aforismo del sediento


Bebía para aplacar su sed y cualquier agua no le bastaba. Bebía para contener sus deseos y no los mitigaba. Bebía para degustar el placer y se embriagaba de llanto. Bebía para llenarse de luz y se sumergía en un túnel. Bebía para satisfacer sus anhelos y éstos le atenazaban más. Bebía para calmar su ira y no se templaba. Bebía para salvarse y se retorcía en el vacío. Bebía para conocer su alma y se alejaba de ella. Bebía en los ojos que le miraban en el espejo y se anegaba de silencios. Nunca supo si el problema era la sed en sí o el recurso para hacerla frente.


(La fotografía es de Anders Petersen)

miércoles, 14 de abril de 2010

Aprender a conjugar


Yo tengo que crecer
tú tienes que crecer
él tiene que crecer
nosotros tenemos que crecer
vosotros tenéis que crecer
ellos tienen que crecer.


Mientras cada persona del tiempo verbal no aprenda a conjugar seguiremos siendo pequeños.



(Fotografía tomada de unos asistentes a una manifestación antinuclear)

domingo, 11 de abril de 2010

Turbulent, de Shirin Neshat


Shirin Neshat realizó Turbulent en 1998. La condición de la mujer en la cultura islámica y en concreto en Irán es objeto y sujeto de su obra. Escucho sobrecogido y espectante.



jueves, 8 de abril de 2010

El pozo y las palabras

¿Qué hacer cuando las palabras caen en el fondo de un pozo? Porque, ¿quién no ha sentido el temor a que sus propias palabras desaparezcan en la oscuridad profunda de un pozo? Cuando te asomas a él sobre el brocal y no aciertas a distinguir el fondo, ¿qué temes que te sea desposeído de improviso, que te apartas tan rápidamente? Has emitido una voz, pero retienes con angustia la siguiente. No quieres perderla.

Sientes que lo que has dicho o escrito se precipita envuelto en un quejido cada vez más alejado. Pero como todos los quejidos que se tornan remotos cuesta precisar su tono primero y su sentido después. Incluso llegas a dudar de si se trata de gemidos, de lamentos desesperados o de risas de orate. Se han extraviado en los veneros subterráneos. Tal es la fuerza de la tierra, que exige rescatar de los hombres la esencia que se pierde en la propia maraña de sus palabras.

¿Se pueden rescatar las palabras que han desaparecido en las profundidades de la inacción y que llevan camino de ser tragadas por el silencio? Se puede. Quédate al borde y no hagas del silencio abandono. Sentirás acaso la peligrosa atracción de precipitarte detrás, sin que tengas opción a que tus palabras te reconozcan. Calla y toma el pozo desde tu interior. Desciende a él, sin prisa. Puede que a partir de ese momento empieces a comprender cómo volverán a ti las palabras. Es probable que incluso ya no sean las mismas. Pero no te azores. Entonces entenderás el valor que tiene el pozo para el hombre.