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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








viernes, 28 de mayo de 2010

La marca


El cansancio debería haberme precipitado en el sueño. No fue así. Paradójicamente el mismo agotamiento me impedía dormir. Los músculos, agarrotados y espesos, se encontraban disociados de mi cerebro, aún excitado por los quehaceres del día. Mientras aquellos se pellizcaban entre sí, causándome un malestar casi doloroso, mi mente se agitaba convulsa, pasto de las vivencias y de las ideas confusas y entrecruzadas que surgían a cobijo del silencio nocturno. Cuando parecía que la calma y la relajación de las horas iban ganando la partida y el sopor me conducía lentamente al descanso ocurrió aquello. Sentí que una mano, ni grande ni pequeña, me presionaba el abdomen. Sutilmente, apenas introducido en el sueño anhelado, creí que se trataba de una imagen que ya formaba parte de él. Pero yo seguía percibiendo el calibre de una mano frágil que se depositaba con levedad. Mi carácter sumamente vigilante y nervioso hace que detecte la brizna más ligera de aire, o de calor o de proximidad. En ese momento sentí aquella mano como una apretura agradable, pero intrusa. No se movía. Ocupaba un espacio único, ni se extendía ni se hundía. A lo sumo, los dedos se alzaban y bajaban despacio, alternadamente. Como si tamborilearan juguetones sobre mi carne, casi imperceptibles. Extendí mi mano en torno a mi cuerpo, pero allí no existía otro cuerpo. Ni dentro ni fuera de la cama. Agucé el oído. Tal vez éste me permitiera entender lo que el tacto no comprobaba. Pero el silencio era tan absoluto que ni siquiera escuchaba roce alguno de aquellos dedos fantasmagóricos. Un temor extraño me impedía bajar una de mis manos hasta aquélla que había invadido un territorio de mí. Súbitamente aquella mano misteriosa e inexplicable comenzaba a crecer. Al menos me parecía que ocupaba mayor espacio de mi vientre. Pero se mantenía liviana. Las sábanas me pesaban y la almohada marcaba mis vértebras nacientes, produciéndome cierta tumefacción. La aparté con torpeza, dejando la nuca en un vacío a merced de la brisa de la noche. Empecé a sudar. Cada vez más. Por todas partes. Las piernas empapadas, las ingles húmedas, el pecho resbaladizo, el cabello empapado. Menos en aquella zona de mi abdomen donde la mano persistía. Allí sentía una frialdad excesiva. Me pareció una mano de hielo. Aterciopelada, pero polar. Intenté apartar la sábana pero no conseguía asirla. Cuando tuve a tino uno de sus bordes el antebrazo no ejecutaba su mecanismo, como si se produjera de improviso una pérdida de fuerza. Mis manos se encontraban fuera de la sábana. Al menguar la habilidad de mis dedos, traté de dar con una de ellas un salto sobre la mano ajena que me oprimía el vientre. Pero ninguno de los brazos tomaba impulso. Probé a cambiar de posición, mas cada vez que lo intentaba me parecía que la cama se volvía más estrecha y que me encontraba al borde. Probé a evadirme. Un ejercicio de absentismo mental que desviara la atención de aquella presión inmóvil. Fue como si la mano ocupadora lo interpretara, porque cambió de táctica. Comenzó a presionar más, sentía que pellizcaba la piel y que se iba hundiendo en la carne. Ejercía una fuerza desagradable. Sus uñas, que había percibido de perfil delicado, horadaban como layas buscando remover mis entrañas. La sensación inquietante de que unos dedos largos abrían túneles camino de mis vísceras me aterró. Sentí que me ahogaba, que mis extremidades se proyectaban fuera del tronco, y que una angustia letal abría mi tórax al vacío. Una convulsión me hizo dar un salto. Me escuché a mi mismo decir con desgarro ¡basta! Al otro lado del tabique una voz me espetó: ¿estás bien, vecino? Cuando me levanté me miré con alarma al espejo. Me desagradaba mi rostro, pero al menos me hallaba sereno. La humedad proveía mi piel. Me disponía a ducharme, cuando eché una última mirada a mi cuerpo reflejado. Sobre mi vientre, la impronta de una mano y sus cinco dedos abiertos marcaba silueta, desplazando el vello. Era una mano encendida, enrojecida. La carne hervía ahora en esa parte. No supe qué pensar.

7 comentarios:

  1. Podría tratarse de un ataque de ansiedad en pleno sueño, debido al estrés o al propio cansancio. ¿La marca de la mano?, posiblemente te la hayas causado tú mismo durante el delirio nocturno. Bien, ahora hablemos del gato, de mi gato, lo puse ahí porque me pareció gracioso, hoy no se habla de otra cosa que de la crisis económica y de lo sinverguenzas que son quienes nos gobiernan. Yo quise sumarme a la causa común pero dándole un toque de humor. Te voy a confiar mi opinión y guárdala sólo para ti. ¿Qué crees que haría si me regalaran 8.000.000 de euros
    por firmar un decreto que posibilitara que una empresa, y no otra, se haga cargo de una obra?.
    Me gustaría que todos los que despotrican contra los pretorianos, los gürtel, etc. se hicieran la misma pregunta.
    El ser humano es puro deseo y lo anhela todo, incluso aquello que sólo existe en su imaginación. Poder y dinero, ¿acaso no son estos los factores por los que sigue existiendo la esclavitud en pleno siglo XXI?. El ser humano, sin excepción, es el animal más corrupto, egoísta y antisocial que ha creado "Dios" (soy agnóstica).

    Besossssssssss.

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  2. Sr. Fackel.
    ¿ No sería mejor que no durmiera?
    ¡¡Qué miedo!!!
    Si tuviese una pesadilla de ese tipo, le aseguro que me pasaría las noches tomando chupitos de ron.
    No dormiría y me lo pasaría muy bien.

    aniki: Aunque sea un secreto entre los dos, lo he leido sin querer y me gustaría que - aunque no sea interesante - que supieras mi opinión.

    Nunca llamaría sinverguenza publícamente a ningún dirigente elegido por la mayoría, sea del signo que fuera. Sería una falta de respeto a millones de personas y ese desde luego no esmi estilo.

    Sobre los millones:
    Ni 8.000. Ni 80.000
    Mi integridad no ha tenido, ni tiene, ni tendrá precio nunca.
    Jamás me vendería, te lo puedo asegurar.
    Me lo enseño un profesor, el primer día de clase cuando dijo:
    "Señoras y señores, soy su profesor. Vengo a enseñarles de de economía y a ser posible de integridad. Hoy son jóvenes y no tienen precio. Mi mayor deseo sería que al transcurrir los años, sigan sin tener un valor determimado.Ello, como profesor, sería mi gran logro"

    Hace un par de años, le vi, tiene ahora 81 años y me pregunto si en alguna ocasión había tenido un precio incorrecto.
    Me sentí tremendamente feliz cuando le dije que no.

    Eso no que le dije, no tiene precio.
    Y no soy especial. Hay muchísima gente así. No es dificil.

    Un besito a los dos

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  3. *Hay alguna errata. Disculpen.

    Mi ordenador es viejo y las letras del teclado no funcionan muy bien.

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  4. Lee bien, Aquí. En ningún momento he respondido a mi propia pregunta, por tanto, no deberías afirmar que "sí" me vendería. Lo que intento dar a entender es que lo único que les preocupa a todos estos que andan insultando y despotricando contra el actual Gobierno, es la posibilidad de que no quede nada por robar cuando sean ellos los que asuman el poder. Porque la corrupción, el cohecho, la prevaricación, las comisiones encubiertas y el tráfico de influencias no son una novedad en este país. La corrupción ha existido y existirá siempre. Y no me estoy resignando, simplemente estoy aceptando una realidad, digamos que es una manera de minimizar el malestar que me produce descubrir que un día regalé mi voto a ciertos individuos sin escrúpulos.
    De todo lo que has escrito, lo que más me ha complacido ha sido la referencia hacia tu profesor: "vengo a enseñarles de economía y a ser posible de integridad". Esta frase debería ocupar el primer asiento de cada una de las aulas universitarias de este país.

    Besos.

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  5. Ni yo lo he dicho.
    he supuesto que tampoco lo harías. Si lo hicieras, tu queja no tendría sentido. Al contrario,aplaudirías.

    Fíjate si es importante. Que si hubieran encontrado a dos justos. Ni Sodoma ni Gomorra, habrían sido destruidas.

    Un abrazo

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  6. Vaya pesimismos farragosos observo en los comentarios que dejáis, Aniki y Aquí. Pero si no hay nada nuevo bajo el sol...

    Se ve que se os ha contagiado el cansancio y el desasosiego que muestra el personaje del relato.

    Buena noche.

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  7. Aniki. ¿Qué opinión te merece la intervención de Cohn-Bendit en el post anterior? A mi modo de ver es como poco interesante.

    Buen día.

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