lunes, 18 de octubre de 2010

Sonámbula


Te has quedado traspuesta, sin retorno. Tu conciencia, huérfana. Tu cuerpo, ausente. Los dedos exploran sin fuerza la almohada de cuadros. ¿O señalan el camino de vuelta al paraíso? La sonrisa deambula entre tus facciones. Las cejas se dispersan, la mirada se concentra en el vacío. El carmín, titilando en la curva de tus labios, se pronuncia como un arco de deseo al disparar la última flecha. La cabeza se expande y remonta la horizontalidad de tu cuerpo. Los músculos se relajan tras la tensión del combate. Como la mirada, como el cabello descuidadamente aplastado. No hay ya trazos rígidos en tu rostro. La luz sale de ti. Eres toda luz. Y los rasgos de tu cara se van difuminando. Un pulso que se insinúa acaba fusionándolas y se disuelven a través de territorios sobre los que no preveías su transparencia. ¿Cuándo fue la última vez que te perdiste de esta manera? A tus oídos llega la recitación de unos mantras incesantes, emitidos tenuemente. Te han acompañado desde la madrugada, horas demoradas, horas agitadas, pero hasta este momento no los habías percibido. Dejas caer el otro brazo sobre el tatami, lo acaricias, se deja arañar por tus uñas, salpicadas aún por una raya de sangre. El tatami ahoga también unos pasos que se han separado de tu cuerpo. Tatami cómplice, tatami que amortigua susurros, tatami que absorbe confidencias. Respiras un olor áspero, flotante. A lo largo de tu cuerpo se desliza abundante el sudor, cálido aún. Hay brillos que saltan desde esa piel blanquecina, acusadamente pálida en la oscuridad quebrada por la luna, y se esparcen por la estancia. Brillos que siguen tras una sombra que se aleja. Una sombra que no mira para atrás y que atraviesa el perfil del alba. Pasos silenciosos, educados en una antigua prudencia observante. Pisadas ligeras, acostumbradas a los actos livianos. Una oleada de aire nuevo ocupa el hueco recién abandonado. Te eclipsas en la última convulsión. Permaneces absorta en el cielo raso de la habitación, pero no lo ves. No acaba de llegar el amanecer. Sólo se acercan a ti los cantos de los monjes que madrugan para observar sus disciplinas. Los muros del recinto vecino se hacen visibles en la noche aguda. Sientes una especie de consagración en tu fuga a través de aquel acompañamiento de estribillos perpetuos. Como un punto intermedio entre lo pagano y lo sacro, te concedes ofrenda y te impones sacerdotisa. La puerta corredera se ha quedado algo abierta. El himno de los grillos pierde fuerza. Te distiendes estremecida, una vez más. Olvidas el día pero eres aún cautiva de la noche.

jueves, 14 de octubre de 2010

Desposesiones


Dice Gaudama: Mis actos son mis únicas verdaderas pertenencias. No puedo escapar a las consecuencias de mis actos. Mis actos son el suelo en que me arraigo.


Pero también mis actos son mis desposesiones. Puesto que mis pasos mudan, puesto que mi cuerpo no permanece el mismo, puesto que las ideas que he creído mías se desprenden de mi conciencia, también me desproveo de aquello que es su efecto y que no puede permanecer. Ni siquiera la memoria, que parece dotarse de un cierto modo de inmanencia limitada, sigue fijada, inmóvil. La memoria deambula, se instala y se desaloja vertiginosa. Acaso no conserve tanta claridad como sospechamos, sino que más bien se desvirtúa y adquiere carta de ficción en el repertorio de nuestra mente a medida que envejecemos. La muerte libera al individuo de las consecuencias de cualquier tipo de actos, aunque estos graviten sobre otros seres. La cuestión no es si debo considerar mis actos como el suelo que me sujeta o como las huellas que prueban mi tránsito. Ese mero acontecimiento físico es grande pero se queda pequeño. La vida es expansión pero también límite. Sé que es el peso y la densidad de mis actos los que aseveran mi existencia y acaso los que la garantizan. Pero por más que insista en asegurarme y prolongarme a través de lo ejecutado, al final no sé si de mis actos habrán dependido la salvación o la condena de haber vivido. Del deterioro no se libra nadie. Y pretender adulterarlo con falsas ilusiones o exagerarlo antes de tiempo con el temor a lo ineluctable no suplen la suerte echada. Haber estado aquí ha concitado suficiente curiosidad y desigual entusiasmo como para aligerar los ataques de la angustia. No entiendo ni acepto ningún sistema de ficción o de enajenación que se me proponga para domeñar mis instintivos y, en ocasiones, salvajes deseos de vivir. Los actos que deponemos siempre son relativos y, leves o graves, en cualquier caso son irreductibles e irreparables. Sólo lo nuevo, si llega en edades avanzadas de la existencia, compensa cualquier complejo de insatisfacción y desacierto de nuestras conductas. Lo nuevo atrae porque toma el relevo de lo que ya no permanece. Lo nuevo tienta porque permite probar suerte y reintentar recorridos y acciones sin preparación previa. Lo nuevo es instinto y también resistencia. Acaso sea sombra de una nube, pero es también bagaje de nuestras pertenencias.



(Fotografía de Peters Andersen)

martes, 12 de octubre de 2010

Revolutus


Sientes la vida como tensión. Te debates entre lo magmático y los agentes externos que te acechan. Desde que abandonaste el pecho de tu madre, todo resultó siempre más agrio. Entonces llegó lo inesperado. El ensueño, la imaginación, lo recóndito. Extrañas zonas donde veías con luz propia, aunque el paisaje te fuera reservado solo para ti. Aunque no sirviera inmediatamente a lo que otros esperaban de ti. En definitiva, una reconversión a tus límites de lo posible. Conducir lo que se movía en tu entorno a un mundo donde te afectara menos. No fue fácil. Antes tuviste que decir sí muchas veces. Aunque no supieras por qué, simplemente porque te obligaban a decir sí. Porque era el precio de sentirte integrado, admitido, protegido. Pero sabes muy bien que nunca dijiste sí definitivamente. Cuanto más decías sí, cuanto más repetías lo que otros deseaban escuchar, menos te lo creías. Siempre había un cuarto pequeño que fuiste levantando en el solar de tu vida, y que creció. El corpus de pensamientos, creencias, pautas y reglas varias que se tejieron en torno tuyo te fueron siempre ajenos en el fondo. Entonces te parecían tuyos, porque de no haberlos aceptado hubieras sufrido más castigo. O porque no tenías otras referencias. Tenías que asegurarte que eras alguien en medio del ruido de los otros. Pero el yo no perdona. Tenías que despedazarlos. Y salir de ti. Salir de la ciudad cercada que prepararon otros para ti. Un aprisco, sin duda. Balaste muchas veces, rugiste las menos. Tenías que saltar. Ser otra especie dentro de ti. Largo camino. Y nada era premeditado ni analítico. Fue formidable. Descubrir en ti el valor de la intuición, la fuerza de las sensaciones, el riesgo de saltar sin saber dónde ibas a caer. Canalizar sendas resistentes, donde a veces corrías, a veces tanteabas, a veces tropezabas. Renacías sobre ti. Tus mundos concéntricos te proyectaban a la superficie, y entonces respirabas. Nada era liberador del todo, pero también creías en aquella manera de liberarte. Todo se hace sobre sí mismo. Todo se anda y se desanda. Caes y te elevas. Cuando crees sentirte en armonía, algo se tambalea. Cuando te parece que te desplomas, surge una encarnación de tu fuerza íntima y se expresa con pensamiento y voluntad. Van ligados, no se saben el uno sin el otro. Das un valor muy físico al pensamiento. No lo sacralizas. Desde que aprendiste a dudar como método no te es sagrado, mas sí vital. Es tu herramienta y tu objeto realizado. Son tus pies para subir la cuesta. Algo habrá detrás que merezca ser alcanzado. Y ahora lees un párrafo como el que sigue y sientes alivio. No eres el único. Josep Ramoneda dice en su interesantísimo y reciente libro Contra la indiferencia

El individuo capaz de pensar y decidir por sí mismo es el sujeto adulto que no acepta las ideas recibidas como verdades inexorables y que sabe perfectamente que compartir un prejuicio sólo puede ser una opción provisional y con conciencia de ello. Frente a la sociedad de los creyentes, de los que aceptan acríticamente los relatos que se les ofrece, la sociedad de los espíritus libres que discuten y construyen proyectos y que saben que la forma más persistente del mal es el abuso de poder.



(Fotografía de Bill Brandt)

domingo, 10 de octubre de 2010

Pregunta sin respuesta


¿Por qué no me abren de par en par? ¿Por qué no me reciben? ¿Por qué este modo velado de insinuarse conmigo? ¿Por qué esta reticencia en no dejar que les cubra? ¿Por qué dejarme frágil aquí arriba, si vengo de la inmensidad que les hará extensos? ¿Por qué esa insistencia en desconocerme? ¿Por qué ese error de abortar a esta preñada que les ofrece la vida? ¿No quieren que pare mis mejores hijos y se los entregue? ¿Por qué no me miran a la cara? ¿Por qué les doy miedo? ¿Les preocupa que les deslumbre? ¿No es más ceguera ese pozo en el que se mueven de una parte a otra sin saber llegar a ninguna? ¿Por qué dejar la estancia en las tinieblas de la confusión? ¿Por qué ese gusto malsano de andar tanteando sin comprobar lo que palpan? ¿No quieren saber lo que tocan, ver lo que aman y descubrir lo que importa? ¿Por qué insisten en ignorar lo que hay fuera y no han visto jamás? ¿Por qué prefieren el abismo? ¿Por qué se dan la espalda? ¿Por qué me dan la espalda? ¿Por qué dudan tanto si yo me entrego sin reservas? ¿Creen que están mejor acogidos ahí abajo? ¿Por quién? ¿Creen que sin mí pueden llegar a reconocerse unos a otros? ¿Lo han logrado alguna vez? ¿Creen que es suficiente con que me dejen asomar tibiamente a su oscuridad? ¿No les parece insuficiente? ¿Qué les espanta, qué les obnubila, qué les sujeta a su propia negación? ¿Qué voces son esas que claman por espantar mi humilde visita? ¿Creen que porque crezca el griterío me harán desaparecer? ¿Por qué temen los hombres la luz? La pregunta es antigua. La respuesta es urgente.



(Dedicado a quien ha tenido el día denso. Fotografía de http://joachimmalikverlag.blogspot.com/)

viernes, 8 de octubre de 2010

Insensatos


¿Será una gran burla todo lo que tiene lugar en nuestro entorno? ¿O seremos nosotros quienes deberíamos sacar la lengua al infausto mercado que pretende copar el cien por cien de nuestras vidas? Estamos llegando a un punto del sistema occidental, a ese american way of life extenso y aplicado a todos los países de su órbita, en que hagas lo que hagas, te sientes inseguro, incrédulo e insatisfecho. ¿Demasiados in? Qué va. Podríamos situar más. Infelices, incautos, insanos, insensatos, infames, incivilizados, incapaces, inauditos, inconsiderados, indecentes, incultos, indecisos, indeseables, indiferentes, indolentes, individualistas, injustos. Iba a decir imbéciles también, si no fuera porque aún doy crédito a la ortografía. Eso sí, todo tiene lugar bajo una apariencia de funcionamiento, consenso y orden disciplinado en los comportamientos. Y qué. Lo generalizado puede ser normal, pero también aberrante y obsceno. Nuestro mundo se está llenando de obscenidad. La obscenidad de aceptar un círculo vicioso que se consume a sí mismo. La renuncia al pensamiento, a la inteligencia medida, a las decisiones necesarias, al esfuerzo colectivo, al apoyo mutuo.

Todo se está reduciendo a un turbio vives si compras, eres si consumes, te reconocen si compites, tienes si te cargas de lo innecesario, sientes si admites lo indicado, piensas si otros piensan por ti. Jamás se llegó tan lejos. ¿No estaremos precipitándonos al vacío en esa cesión de nuestra primogenitura íntima? Unos se aferran de nuevo a religiones, otros a esoterismos (de la misma familia), quien más o quien menos a revelaciones virtuales, muchos al tubo catódico por donde transcurre un mundo que parece que es pero no es, algunos a sus ensoñaciones particulares. Atomizados todos y cada uno en esferas donde lo real y lo ficticio apenas se diferencian, atados al miedo a no arriesgar otras posibilidades, atrofiados por la presión de la imaginación y de la voluntad, ¿qué cabe esperar? Individuos clónicos, luego no individuos. Reproducciones de lo que creíamos ser pero no somos. Cada vez más, los hombres vivimos en los márgenes de la vida. Nos creemos el centro de ella, pero nos automarginamos. Cosificados por tanta actitud mercantil, vivimos para hipotecas, créditos, plazos fijos, acciones bursátiles, cesta de la compra. Y todo está siendo vertiginoso. Quisiera uno creer que no es inevitable.



(Fotografía de Isabel Gómez)

martes, 5 de octubre de 2010

La piña



De pronto, aquella piña. Abandonada a su suerte.

(No puede evitarlo. Una piña caída le enternece. Por cuán poco se afecta)

Una piña caída tiene a sus ojos mucho de orfandad. Pero en este caso de extinción. Extraviada del resto de las piñas. Ajada. Deplorablemente abierta. Inodora. Descolorida. Desprendida de su propia textura. Hay algo agónico en ella. De un tiempo que no se recupera. La traición de la temporalidad. También de choque con los elementos del entorno que la han cercado, derribado, avasallado. Una vez fue útero y por lo tanto hábitat de un fruto delicioso. Pero aquello quedó atrás. Ahora es una piña exclusivamente destinada a su consunción en la hoguera. Al final, nacer es terminar en fuego ajeno. Tal vez ni eso, y sólo se trata de una piña decrépita arrastrada por el viento entre los ásperos arenales de pinares. Consumirse por el camino. Perdida la esencia de permanecer firme en su constitución blindada, la piña se ha abandonado a su suerte. Ha hecho dejación de su propia fortaleza. Acontece un pingajo, un esqueleto. La materia es implacable. No entiende de milagros literarios. Sí de metamorfosis. Se transciende en una mano. La piña es una mano. Una mano que clama, que sujeta el viento, que enjuga las lágrimas de todos los hombres caídos. La piña, la mano, va encontrando entre dunas, pedregales y pantanos las huellas de todas las piñas, de todas la manos, que antes fueron cuerpos. La piña, la mano, un rostro, miles de gritos que nadie escucha. La nada no suena. El silencio gime pero nadie recoge sus suspiros.

domingo, 3 de octubre de 2010

Magma


En el sueño depositaba su mano
sobre el abdomen de fuego de la mujer.

Al despertar
la mano le ardía.

La deseó desde su vacío.




(Imagen fotográfica de Emil Schildt)

martes, 28 de septiembre de 2010

Apiñados


La humildad de las piñas. Despojadas ya de su fruto. En otro tiempo sobrevaloradas como fuente de energía de cocinas modestas, que eran la mayoría. La belleza de su forma sigue latente, aunque se aje y se consuma. Me gusta contemplarlas cuando salgo al campo. Tomarlas entre mis manos, pringarme con la resina, frotar su textura áspera, pulsar sus gajos cohesionados en una suerte de fractalidad perfecta que me maravilla. La infancia está cargada de esta imagen que hoy apenas se recuerda y menos se reconoce. Los piñeros, aquellos hombres rudos vestidos de pana gruesa, vociferaban su venta por las calles de la ciudad con sus carros tirados por mulas. Carros trenzados por una inmensa malla que contenía las piñas. Los vecinos con más recursos las metían en sacos y las mujeres más humildes las recogían en sus faldas amplias. Tiempo de piñas. Ellas prendían el fuego inicial. El carbón o el cisco lo consolidaba. Mucho ha cambiado desde aquellos tiempos de sacrificio y ajuste cotidiano. Menos la forma de la piña. Ella sigue en su propia estructura contundente y firme. Apiñada. ¿Lo están todavía hoy los hombres? ¿Nos sentimos un solo cuerpo? ¿Nos congregamos con la misma compactibilidad que ellas? ¿Sentimos ser conductores de la energía que prenda el ambiente y lo transforme? ¿Reconocemos nuestros frutos como ellas aceptan entregar los suyos? Oh, piñas generosas. Permitidme esta invocación, pues los hombres necesitan reencontrarse en vuestra imagen. Saber de qué son capaces o qué clase de inutilidad les vuelve inhábiles para los nuevos desafíos.

(Mañana a estas horas, tras una jornada de resistencia por la que he optado, sabré algo más acerca de si somos como las piñas o nos hemos perdido)

sábado, 25 de septiembre de 2010

Sábado



Porque ya no soy un niño, la infancia pertenece al pasado; es una disposición perdida, un ser transcurrido, un suceso ajeno. Al intentar reconstruirlo mediante la inspección de los datos anidados en la conciencia, como ya dije, observo que según se remueven y despiertan las dormidas sensaciones, mi ser experimenta otras nuevas, de forma que, sin pretenderlo, mezclo el ayer con el presente y hago vivir al niño en el hombre. Con esto alcanzo un estado vigilante y doloroso. El que investiga su interioridad, sufre.

Miguel Espinosa. Asclepios.


Y, sin embargo, no hay un proceso previamente establecido. No hay una proposición de indagar hacia atrás en frío. Son determinadas actitudes, comportamientos y vivencias de ahora mismo las que te conectan retroactivamente. Las que te señalan calladamente: esto debe venir de aquello. O esto te explica aquello. O mira qué significaba tal predisposición o tal manera de encajar un acontecimiento. Cada paso de adulto que das te lleva a claves ocultas. A veces a calles que quedaron cortadas, a pozos que te parecieron cegados para siempre y de los que mana un hilillo que ahora vuelve a resurgir. Que nunca ha dejado de fluir, lo quisieras percibir o no. La infancia no aparcó al ser que llevabas, le dejó pasar de otra manera. Lo dejó transcurrir, y en muchas de sus maneras marcado por lo presuntamente superado. La infancia nunca está cerrada sino como estado temporal, como transcurso efímero. Pero de ninguna manera como historia, ni como sedimento o estratigrafía que sigue soltando pequeños cabos. Y son aquellos cabos los que ahora coges y tratas de reconstruir o de enderezar. Para que puedas ver con una cierta claridad por qué entonces fue como fue cualquier visión, cualquier percepción, cualquier hecho, cualquier reacción. Para que puedas valorar ahora cómo te pueden servir como señalización viva para los años venideros. No hay nunca un corte definitivo entre infancia y madurez. Los vocablos sirven para situar tiempos del hombre, pero no deben reducir el hombre. A veces te sorprendes tomando unos cabos del niño con una mano y otros cabos del hombre mayor con la otra. Y mides su valor, y compruebas que se parecen demasiado, y te parecen idénticos, y los comparas porque los cabos no se miden en el hombre con una dimensión de medida de sistema métrico. Se miden por su valor, por su sentido, por su significado, por sus sensaciones. Y tratas de empalmar uno con otro, y sientes miedo porque vas viendo que encajan. Y a la vez te maravillas porque sabes que si se compenetran están diciéndote que eres tú mismo. No temes entonces pérdidas, olvidos o frustraciones. Aquel sigue viviendo en ti y esa constatación, esa determinación, te alienta. El retorno al origen eres tú mismo. Tu territorio, tu tiempo, tu afirmación y tu negación. Tu conciencia haciéndose, antes y ahora. Con menos o más elementos, pero igualmente determinantes en cada instante ya fuera en tiempos lejanos de infancia o en los presentes de adultez. Esa unicidad transtemporal y transfísica te hace vivir y mantener una cierta seguridad ante los avatares que te llegan o los que se te reservan. Y una especie de fe íntima, que salta por encima de todos los muladares y todos los lodazales que han tratado de envolverte y mancharte a lo largo de los años, anida en tu profundidad.



(Martin Stranka es el autor de la fotografía)

jueves, 23 de septiembre de 2010

Portero de noche


Un día soñó que se levantaba en sueños. Que se apartaba de la cama a trompicones, rozando el galán donde estaba depositado el uniforme de recepcionista de hotel. Los pantalones de línea marcada rigurosamente, la camisa alisada, la chaqueta impecable colocada sobre la percha, la corbata de rayas diagonales azules y blancas rematando, como una medalla al mérito de la resistencia, el monumento al vacío. Sueña haber pisado el cinturón que, en un desliz inusual, yacía a los pies del mueble. No recuerda haber soñado si dio la luz, abrió puertas, bajó escaleras o pidió un taxi. Soñó que de pronto deambulaba por las calles en la frontera incolora de unas horas en que nadie parecía estar vivo. Ni los parranderos, ni los empleados del servicio de basuras, ni los moribundos. No era su barrio, ni circulaba tranvía alguno, y sus pasos no le conducían hacia el hotel donde trabajaba. Soñó que las farolas quedaban atrás, que paseaba relajadamente junto al cauce de un río, que se introducía por una senda de cañaverales y que el cielo no se definía. Tenía frío. Al intentar abrocharse los botones de la chaqueta comprobó que no tenía botones y que no tenía chaqueta. Se sorprendió de su descuido. La lluvia fina había dejado el suelo como una pista de cristal y sintió escalofríos, pero siguió creyendo que era un sueño. Se miró los pies descalzos y percibió que se le ponía la carne de gallina. Advirtió su espalda combada por tantos años de ademanes serviciales, órdenes precisas y horarios a contrapelo. Soñó que se quedaba dormido y que los clientes madrugadores del hotel le despertaban palmeándole con amabilidad. El portero de noche soñó un día que se levantaba para no ponerse ya más el uniforme.



(Fotografía de Shomei Tomatsu)


martes, 21 de septiembre de 2010

Surreal


El poder de una mano, nunca sabremos con claridad el poder que posee una mano, unos dedos que se liberan de la voluntad neuronal o unos dedos que responden con la forma refleja que tienen aprendida o unos dedos que juegan como niños escapados de la clase, aquí la persona son los dedos y solo muy secundariamente un planeta que hay detrás y que se sugiere misterioso, una boca cerrada, no, unos labios, qué habrá detrás no lo sabe nadie, un territorio improbable, inexplorado acaso, indescifrable, un oasis donde alzar el hábitat y permanecer en él, una palma alargada unos dedos afilados una piel que tersa los nudillos, los perfiles metacarpianos escorando la independencia de cada dedo, este ser diagonal asciende totalizador desde cinco extremidades núbiles, esta formación que crece tiene vida propia, admitamos sugerencias para explicar la actitud, tales como a, una sorpresa resultado de una confidencia inesperada, be, un anonadación repentina consecuencia de una admiración, ce, el destello de una revelación inédita, che, una oscuridad pronta, de, un aturdimiento ante una visión inesperada, e, un asombro por la aparición de un desaparecido, efe, la turbación al comprobar que acaba de transcurrir el tiempo de que se disponía, ge, el desconcierto ante un pensamiento que muestra sus claves clarividentes, hache, gesto de pasmo ante la cámara que la acaba de pillar, i, la antesala de una ley de silencio, jota, se asume con cautela la noticia de una fatalidad, ka, la luz del flash deslumbró la boca y los dedos la protegieron, ele, los dedos acaban de dibujar unos labios, elle, las alas de carmín agradecen la caricia de las yemas insurgentes, eme, las yemas se paralizan ante la curvatura de los labios, ene, se va a producir la expresión de un impulso afectivo con la complicidad de los largos apéndices, eñe, una mano llega sigilosa desde atrás invadiendo la tactilidad pasiva de unos labios ajenos, o, las cúpulas de los dedos se enseñorean de los territorios de la fragilidad, pe, los dedos enseñan a volar a los labios, cu, los labios echan a suerte los dedos para ver qué punto cardinal le toca señalar a cada uno, erre, efecto de disimulo de una insolencia, ese, acción que se evade del hastío, te, los labios empiezan a caminar hacia un destino inexorable, u, los dedos buscan la humedad de una boca, uve, los dedos recogen el vapor de un aliento apenas intuido, uve doble, los dedos se empapan de aliento, equis, hay una incógnita en la textura de los dedos, y griega, o son tus labios o son mis dedos, zeta, esto ni es una boca ni son unos dedos.


(Sobre una fotografía de Man Ray)

domingo, 19 de septiembre de 2010

Mineros olvidados (los nuestros)



De ellos no se habla. Cincuenta mineros palentinos están encerrados desde hace varios días para reivindicar el pago de sus nóminas de julio, agosto y lo que llevan de septiembre, que se les adeuda. También lo están para que se dé prioridad al consumo de carbón nacional, una medida que el gobierno parchea y regatea. De que no les paguen, ¿qué decir? Es simple. Cuando un empresario no paga a sus empleados es que roba. Y esto es o debiera ser delito grave. Y además resulta de lo más repugnante moralmente hablando. Pero ¿qué puedes pedir? Por mucho que la cínica gramática social utilice para designar a los que venden su fuerza de trabajo los términos neutros de trabajadores, productores, obreros, empleados, técnicos, profesionales o colaboradores, todas estas palabras resonantes no son sino eufemismos frente a un vocablo que uniformiza y rebaja a todos: el de mercancía.

Las mercancías humanas, en circunstancias de inestabilidad del mercado, están tan en riesgo como las instalaciones obsoletas o los stocks a los que no se da salida o una flaca cartera de pedidos. A la mercancía humana no gusta reconocerse como tal. Prefiere la apariencia, la falsedad del estatus, la competencia. Y así le va. Ya se sabe, hay mercancías con un precio y mercancías con otro. Es decir que hay muchas mercancías humanas con mucha diversidad de coste. La clave reside en hasta cuándo les va a gustar sentirse mercancía y padecer los riesgos de una mercancía. El mercado se vuelve cada vez más cruel y las mercancías humanas son las primeras en sentirlo. Nada más ilustrativo que las declaraciones del vídeo adjunto. Al que le parezcan burdas y simples las opiniones de un minero que le conceda el margen de la comprensión. Que donde le parezca oir tosquedad vea rabia. Que donde escuche tono alto oberve indignación. Que quien solo contemple fraseología de macho piense en la rudeza del oficio y en el hastío. Que se ponga en su lugar. Que ejercite el pensamiento y piense en las causas de los problemas. Algo muy profundo sigue sin cambiar en nuestras sociedades engreídas y del sálvese quien pueda.

No olvidemos a nuestros mineros. Ellos no son mediáticos. Pero persiguen lo que les pertenece.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Alerta



El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Antonio Gramsci

jueves, 16 de septiembre de 2010

Grafiti




Lluéveme. Lo acabas de leer en un muro encalado. Aunque eres un riguroso de la gramática no te hiere. Te sientes poseído y a la vez despojado. Las palabras llegan así. Como piedras o como destellos. No por ser incorrecta la construcción del tiempo te parece menos refulgente. Caes. Te sientes reclamado hasta lo más abisal de ti. Vuelves a leer el texto y te encaras con él. Juegas incluso a rehacer la expresión, conjugando el verbo de otra manera. No lo logras. Se impone como aceptable ese Lluéveme. Hay además demasiado magnetismo y no puedes rehuirlo. Te atrae. Nadie hace una pintada para hablar del comportamiento de la atmósfera. Tal vez, detrás, Escher está presente. Recuerdas aquellos dibujos que desvirtúan lo real logrando que no se advierta. Espacios imposibles, donde la apariencia echa un pulso con el ojo, sin resultar por ello menos verídica. Donde el aliciente se encuentra en atravesar la perspectiva combinando planos diferentes y obteniendo resultados heterodoxos, sin que se note. Pero esto que lees no es la trampa de Escher revelada en palabra escrita. Estás en el mismo plano que la imagen de la pared. Y el giro rebelde y descarado te llega. A otro podría rechinar o confundir. No a ti. El lenguaje se dirige directamente a tu entraña. Te elige. Y el verbo se hace voz creciente. Y la voz se convierte en llama. En su prendimiento los verbos reflejos se desatan. Descúbreme o interprétame o aproxímame o sálvame. Una amalgama de conceptos que se trenzan como verbos desmedidos fluyen dentro de ti. Lluéveme no es una súplica ni una solicitud. Es una exigencia. Vas hacia el muro y a medida que te acercas la pintada se diluye. Has penetrado en un territorio invisible. Apenas andas unos pasos y comprendes. Te miras pecho adentro. El tiempo verbal se ha aposentado en ti. La persona del verbo se hace conjugar. El imperativo dibuja frases libidinosas en los tabiques de tus venas.

martes, 14 de septiembre de 2010

Preguntas extrañas


Me mantuve inquieto buena parte de la noche, haciéndome preguntas extrañas. Dónde van a parar los animales muertos, por ejemplo. No sus cuerpos, esas extremidades desperdigadas, una cabeza hecha añicos, las vísceras salpicando el barbecho. Eso ya lo veo con frecuencia. No pienso en sus volúmenes, que en un tris dejan de ser una cabalgadura o en los hábiles azuzadores de un rebaño o en el tacto suave que gustaba de acariciar unas manos femeninas, sino que me pregunto si hay otro destino para ellos. No sé por qué le doy vueltas a esto, tal vez por haberles tratado durante toda mi vida, y más en los últimos tiempos. Podría preguntarme simplemente a dónde va a parar su alma. Pero después de ver lo que he visto, que el alma en nuestra especie se pierde ordinariamente antes de perder el cuerpo, no tiene mucho sentido la pregunta. Porque ellos, los animales, nuestras bestias, al decir de muchos hombres ingratos, no hacen dejación de su espíritu. A diferencia de los hombres ellos no cesan de dotarse de vigor y de entrega. He contemplado a muchos de estos animales en pleno estertor, incluso después de haber sido machacados. En sus miradas me parecía seguir viendo el sentido de la vida latente, bastante confuso pero absolutamente leal. Y sin embargo, quién les iba a decir que la domesticidad en la que se habían acogido iba a ser también su perdición. He visto muchos más cadáveres de animales que de hombres. En los libros y en las clases de historia no se habla de ellos, porque la historia de los animales se oculta. Cuando se les menciona es como si se hablara de herramientas o de recursos o de compañías, pero nunca se cuenta con aprecio su vida. No hay una historia de los animales. Las guerras suelen traer para ellos la desgracia multiplicada. Pero de su infortunio, pagado con la propia vida, castigado con el abandono, no se escribe ni se hace película alguna. En una guerra se menciona primero al ejército, después a los generales, más tarde se habla de la estrategia y como mucho se nombran los distintos cuerpos, la marina, la artillería, la aviación. Todo ese aparato oneroso con el que se pretende dar respuesta o tomar iniciativa al enemigo de allá por parte del enemigo de este lado. Ni siquiera el hombre adquiere reconocimiento como tal. El hombre se transforma en el guerrero. En una guerra, incluso mucho antes, en las clases de formación de los militares y en las proclamas inductoras de las autoridades sobre la población para ir predisponiéndola hacia la matanza, las palabras están vaciadas. Es necesario que mueran las palabras para que se levanten sus sombras. Y cuando éstas se erigen en rectoras de la vida de una sociedad cabe esperar lo peor. La guerra es la muerte de la palabra. Se designan términos suficientemente abstractos para que la gente se identifique con la parte épica de su personalidad salvaje y que, por otro lado, no se sienta herida en su fragilidad aún primitiva. Aquel que no haya ido a una guerra no sabe que se trata de otro mundo. No solamente de otra existencia física, sino sobre todo de una dimensión atemporal. En ella se juega de antemano con la sangre y se calculan los daños como quien prevé la impedimenta. Los errores de cálculo son frecuentes. En la guerra en la que yo participé se valoraba a los animales que había a nuestra disposición como una parte de los pertrechos. Te podías quedar sin los jumentos o sin los perros de la misma manera que se te había acabado la munición. Se asolaban las aldeas matando de paso a sus habitantes y a sus animales, o bien algunos de estos eran requisados para la alimentación de los invasores. Si alguien tenía un punto de lástima lo alojaba en lo más oculto de su pecho. Había más animales que hombres yaciendo destrozados por las cunetas o entre las ruinas. Los caballos caían abatidos antes que los jinetes. No había mucho que hacer ante la capacidad desleal del nuevo armamento del ejército opuesto. Si los hombres perecían en el anonimato, las bestias no humanas lo hacían también en el olvido más hiriente de su consideración, y en esa manera de perder la existencia las especies, irónicamente, se hermanaban. Una fraternidad de impotencia y de negación. Las noches no son ya apacibles para mi. El recuerdo de lo experimentado es un arma arrojadiza contra mi retiro. Un ajuste de cuentas difícil de saldar.
(Fotografia de Shomei Tomatsu)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Resistencia pasiva

Es como si lo supieran más que nunca. A los toros los crían para que sean bravos y ellos quieren ser consecuentes. Naturalmente, hacer un toro bravo es una mixtificación. Es transformarlo en figura de la llamada fiesta nacional. Es ser objeto sin dejar de ser sujeto. Es amoldarse a unas formas para que se porte según los cánones, esto es, al negocio multifacial que se genera, a la demanda de la masa espectadora y al ritual que consagra cual si de religión se tratara y al que llaman arte. Los toros no tienen un ápice de tontos. Sospechan enseguida su destino y saben portarse con arreglo a su biología. Los toros ya no distinguen entre toreros, público o quien pasa por la calle. Saben que el animal humano que concurre a cualquiera de las variantes de fiesta (corrida, encierros o sueltas varias) está involucrado en verle bailar al son de las apetencias humanas. Así que no resulta raro que su bravía (o simplemente cabreo) se haya desatado este año con cualquier feligrés de andanada. Por llegar lejos han llegado a saltar las barreras, a encornar público y a escaparse del trazado del encierro al campo. Los toros están hasta las narices de ser el eje del espectáculo. Y se rebelan. No sé si les consuela lo aprobado en el Parlamento de Barcelona, pero no se fían. Los catalanes siempre son diferentes, dicen ellos.

Y no habría hablado del tema si no fuera porque me he topado con un ejemplar maravilloso de Ferdinando el toro, del norteamericano Munro Leaf . La edición que tengo, de Ediciones Lóguez, de Salamanca, lleva unos dibujos semi naïf de Werner Klenke que me apasionan. Recomiendo el libro y el mensaje. No todos los toros son como Ferdinando, un exponente de la resistencia pasiva (otros le llaman el toro pacifista) De momento, como la violencia de los hombres desata violencia, los toros siguen los derroteros de su sangre y responden como lo hacen los hombres. A pura sangre derramada.

Claro que uno piensa en aquel toro que hace un mes se escapó de la ceremonia en Valtierra, Navarra, campo a través y tardaron los forales en hallarlo varios días. ¿Sería una réplica de Ferdinando? ¿Qué ejemplo cundirá entre los toros bravos? ¿El de los que han optado por la vía armada? ¿El de los que son domesticados para saltar al ruedo? ¿O
el modelo risueño y rompedor que prefiere oler las flores y tumbarse bajo los olivos?





jueves, 9 de septiembre de 2010

Lectura



Te imagino. Estás echada sobre la cama. Desnuda. En plena extensión. Hay penumbra. Hay también un humo que asciende desde tus labios. No es el cigarrillo. Es el aroma de tu boca que no cesa. Un vapor se desplaza desde todo el perímetro de tu piel hasta el último rincón de la habitación. Yo estoy allí, empapándome de él. Mi piel está húmeda. Tienes los ojos abiertos y rasgados. Miras entre luces. Me contemplas con suavidad. Se te iluminan los ojos. Se mojan de calma. Te sientes desprovista de ti. No expulsada al vacío. Hay un desalojo de todas tus cargas en esa actitud que te concede serenidad. Me he sentado en el sillón que hay junto a la ventana. Donde lees habitualmente. Para estar más cerca. Apenas te mueves. Permanece la marca de mi cuerpo sobre la sábana. No has modificado ni una de las arrugas. Pero las tocas siguiendo un ritmo longitudinal. Pellizcas con los dedos cada nervio de la sábana que conserva la huella de mi cuerpo. Palpas incluso el llano invisible donde permanece mi olor. A veces estás tentada a hacer un haz con los surcos que mi espalda sudorosa han dejado como rastro. Y levantarlos y prenderlos otra vez con fuego. No se te ocurre alisar ni un palmo del espacio que conserva mi aura. Mi aura. Nunca imaginé llamándome a mí mismo espíritu. Huí hace tanto tiempo de las interpretaciones extrañas que me sorprenden. Y hasta me asustan los términos. Siempre me he considerado materia bruta. No soy alguien refinado. Mis ademanes no son afectados. Me agito en cada vuelo de ideas y me manifiesto con excesivo nervio. A veces incluso brusco. Lo sabes bien. Pero la brusquedad es contra mí. No. Es el punto de no retorno cuando toco la nube de una tormenta. Me paro en el límite entre mi expresión y la entrega observante y temerosa con que te decantas. O no me detengo y todo cae alrededor de nosotros. Mi espalda se va enfriando, pero no mi deseo. Me pides que coja un libro y que lea para ti. Alzo ligeramente la persiana y dejo que una luz insuficiente atraviese las páginas. Si la luz rayase las líneas estarían borradas las letras. Sospecho que tú no vas a seguir mi lectura. No te interesa el texto del libro, sino el contexto de mi voz grave, pero divertida. Tal vez lo que recite sea de memoria. Empiezo a leer por el final. Pero levanto la vista. Sigo leyendo sin seguir el libro. Para qué. Tiemblo. Te miro.



(La ilustración es de Martin Stranka)

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los mineros como espectáculo


El precio de la información hoy día es dual. Más allá del relato somero de un accidente o de una tragedia se puede encontrar una mina de ingresos para las agencias y, consiguientemente, para todas las empresas vinculadas al negocio de la comunicación. Es cuando se convierte en espectáculo. Cuando se busca que sea ante todo espectáculo y no reflexión con elementos de juicio. Y se produzca recreación en las imágenes o en los testimonios. Tal impresión tengo cuando se hace de las operaciones de rescate de los mineros chilenos un seguimiento de docudrama. Cuando todo el interés está en capitalizar el asunto por parte de las autoridades, que antes habían hecho dejación respecto a forzar a las empresas explotadoras a tomar medidas sobre las condiciones de trabajo de los mineros. Cuando todo el egoísmo de las religiones reside en convertir el azar en milagro y recomendar oración y recitación bíblica a los sepultados. Cuando la masa espectadora de televisión, cómodamente distante, convierte en película la evolución de la tragedia. Malo si de los acontecimientos hacemos sólo representación y farsa. Malo si en vez de acercarnos a conocer la manera de vivir y de trabajar de las gentes del mundo, a encontrar explicaciones, nos limitamos a ver pasar escenas más o menos severas ante nuestros ojos. Acabaremos por no distinguir la realidad tangible de la ficción virtualizada hoy en extremo. Y ni siquiera sabremos tener en nuestras propias vidas una conducta coherente. Lo aparentemente lejano siempre está más próximo de lo que pensamos. Rescatemos la capacidad individual y maravillosa del ejercicio del pensamiento frente a la inercia que se nos brinda.

Hoy por fin he encontrado un artículo diferente. Moderado y sereno, pero claro y firme. Lo escribe el escritor chileno Ariel Dorfman en El País de hoy. Paso la cita.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/verdadero/milagro/mineros/elpepuopi/20100908elpepiopi_5/Tes

lunes, 6 de septiembre de 2010

El alma ardiente


La noche olía a viñas. La tierra estaba silenciosa. Una luz emergía entre los majuelos, destellando quebradiza. Se aproximaba. Tomaba la apariencia de una antorcha. La antorcha salía a mi encuentro, iluminándome sólo a mí. Y ardía en todas las direcciones sin encontrar más límite que su propia fuerza expansiva. No era la zarza ardiente. No me ordenaba sacrificio de ninguna clase ni acatar ley alguna ni someterme a servidumbre. No había voz ajena en ella. El vigor de su llama impedía que en ningún momento permaneciera inmóvil. El más leve soplo de aire desviaba la trayectoria de la llama. Y ésta se proclamaba firme en su vuelo sin atender a límites. Ascendía o venía a mi búsqueda o se alejaba o se retorcía o caía buscando el pedregal. Si yo me apartaba, ella se apartaba. Si yo me acercaba a su calor, ella venía a encontrarse conmigo. Si yo distraía la mirada, ella se desplazaba lateralmente. Supe entonces que aquella antorcha era la mía. Que yo, además, era el fuego. Y la mirada en el agua, el reflejo en el espejo, la sombra en el muro, la memoria acechante, la sangre acumulada en mis ojos, la saliva recurrente, el semen silencioso. El humo en que se convertían mis palabras.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Persecución


Visité la feria de las palabras, pero me aparté de sus vaivenes zalameros sin nostalgia alguna. Me refugié en el templo de las palabras, pero el dogma impedía que crecieran. Pasé de refilón junto al mercado de las palabras, pero no me interesaba ser tasado. Me enseñaron el arsenal de hondas y espadas de las palabras, mas me hirió su exposición agresiva. Me tentaron desde un palacio de las palabras, pero en cuanto se enteraron de mi acracia latente disimularon. Estuve un tiempo en la factoría de las palabras, pero me despidieron por baja productividad. Me bañé en el oleaje de las palabras, pero siempre estaba a merced de los vientos. Me invitaron a la cátedra de las palabras, pero el temor a no entender nada me expulsó del recinto. Quedé atrapado en el patio de vecindad de las palabras, pero me destemplaba el halago fácil. Ahora ando atravesando el bosque de las palabras, pero los árboles me distraen. Acaso deba perseguir el desierto de las palabras, y ocultarme bajo su superficie sobria. Buscando en el subsuelo raíces desconocidas que me nutran.


(Fotografía de Ítaca)

domingo, 29 de agosto de 2010

Una crisis (la de la bondad)


¿Dónde la bondad? Un fantasma que apenas sabemos ya de su curso. Una imagen casi olvidada. Un concepto que se ignora cada vez más. Un término que pocos reconocen. La bondad, esa gran ausente, en público y en privado.

El ejemplo. Voy a cruzar un paso cebra. Al otro lado una joven ciega con su bastoncillo espera una señal antes de decidirse a cruzar. Un taxi que viene sin ánimo de detenerse. No puedo evitar saltar al paso y detener en seco al taxi. Para in extremis (podía haberme atropellado) y su conductor, joven y aguerrido, pone una cara de fastidio que aterra. Alcanzo la otra acera, cojo del brazo a la chica y cruzamos. El taxista continúa con cara de molestarse. Al llegar al otro lado y separarme de la chica el profesional arranca y le oigo decir alguna expresión que me suena a improperio. Suerte que no llegué a escuchar bien lo que mascullaba sin pudor. Me hubiera incendiado.

Ésta es una anécdota simple. Sigo meditando sobre la carencia de bondad en las relaciones habituales. En la representación de compromiso de los humanos hay mucha apariencia y demasiada falsa bondad. Hay zalamería, compadreo, untuosidad, vano halago. Se trata de demostrar al otro un talante ficticio, una máscara, un remedo de la personalidad. Pero si la bondad sigue siendo una virtud no veo qué necesidad tiene de ser exhibida como un capotazo.

La bondad se practica poco. Su inoperancia se justifica con la excusa del estrés de vida, de las presiones a que estamos sometidos, de la competitividad como regla del juego. Todos nos sentimos agredidos por algo y por alguien, y no sabemos sino reaccionar con acritud, ya no con desinterés o despego, sino a la contra. Cultivamos la insensibilidad y la falta de delicadeza. ¿Qué fruto recogeremos, por lo tanto?

Hemos olvidado que la bondad es la virtud de dar algo a cambio de nada. De entregarnos sin que esperemos contrapartida. De facilitar la aproximación en lugar de la distancia. No es como el amor, que siempre exige a cambio. La bondad no conlleva la exigencia de una reciprocidad. Acaso por esa razón resulta una actitud ética menos reconocida. La bondad no es un alarde, es una expresión sincera y consecuente. Es un mensaje directo que llega del sujeto que la emite al sujeto a la que va destinada. No es exclusivista ni singular ni limitada. Quien la practica no hace distingos. Sin embargo, es su falta de ejercicio lo que provoca que se desvanezca en nuestras conductas. Lo que priva de una amalgama solidaria y positiva en las relaciones con los demás.

Se adivina con facilidad quién ejercita la bondad y quién sólo se muestra afable para satisfacción de su ego. El primero no teme errar en criterios o en abstención de opiniones. No le impulsa tanto la verdad como la intención. No busca tanto el reconocimiento como la necesidad de comunicar y establecer vínculos tolerantes con los otros. Partiendo de que el altruismo en sentido absoluto no existe ni se trata de ejercitar heroicidad alguna, la bondad es una clave discreta, humilde, pero con un efecto multiplicador al manifestarse. Quien practica la bondad desarma a las fieras, oxigena los ámbitos y devuelve la fe de unos hombres en otros.

En la novela Tworki (El manicomio) de Marek Bienczyk, Jurek el protagonista le dice a una compañera:

¿No te has planteado nunca qué poco sitio hay para la bondad en este mundo? Qué fenómeno tan raro es para la gente la persona. Una persona que tenga alma. Y el alma es cabeza y corazón. Sobre todo, Sonia, corazón. El corazón.


(Imagen de Max Ernst, Una semana de bondad o los siete pecados capitales)

viernes, 27 de agosto de 2010

El bucle (IV)


Los libros ocultan frecuentemente lo que no dicen las palabras que tienen grabadas. Esconden sentidos entre líneas. Hay incluso linealidades quebradas. También preservan papeles olvidados entre sus páginas. Si se analizaran esos pequeños billetes que yacen en los libros, ¿no habría que reescribir la historia al menos en parte? Naturalmente, no pienso en la historia con mayúsculas, ese abstracto e insuficiente intento por interpretar lo impreciso, sino en las pequeñas historias. Las historias caseras, familiares o individuales, cruzadas o vividas en solitario. Un día abres un libro de tamaño enorme, así solían ser los antiguos diccionarios de la lengua, y sin querer sobresale un papel con una caligrafía casi olvidada. Si reconoces la letra y te fijas en que la firmeza se mantiene, aun debilitados algunos trazos, algo se remueve dentro de ti. Y los personajes entran en acción y la parte desconocida de los personajes se tantea. Obviamente, no tienes evidencia de nada. Y en el papelito solamente hay palabras transcritas del viejo diccionario. Te inquieta que un texto se entresaque de entre los demás textos, incluso que se subraye. Pero te inquietas y te conmueves por lo que intuyes. Hay más revelación en lo sumergido que en lo evidente. Fugazmente repasas la agotadora enfermedad de ella y la limitada soportabilidad de él. Pensabas que la modernidad estaba en las manos de tu generación, y que ciertos conceptos eran la moda reservada para los de tu tiempo. Y de pronto descubres que no había nada que no se supiera. Y que el recurso a un vocablo y a una definición podía reconfortar o indicar un camino. Es así como recuerdas un aforismo de Canetti, de su Libro de los muertos: “La maldición de tener que morir debe ser transformada en una bendición: la de poder morir cuando vivir resulta insoportable”.

jueves, 26 de agosto de 2010

El bucle (III)



No, no estoy seguro de que me oyeran. El frío se ha apoderado de mi cuerpo. No estoy seguro de que si me escucharon entendieran nada de lo que quería decir. Probablemente imaginaron que hablaba y callaron porque nadie les iba a creer. Cuando se vive en un sueño la acción de un instante antes queda desvalorizada por el momento siguiente. Tampoco veo a esos hombres por ninguna parte. Y este cuarto de ahora no es el mismo. Aquí la temperatura es más baja. Los techos son elevados y de ellos cuelgan unas bombillas que están apagadas. Hay una ventana con rejas en la parte alta y la luz diagonal ilumina mis pies. Sigo desnudo y me gusta sentirme así, sin ropa que estorbe. Se expande un fuerte olor a ácido. De vez en cuando un ventilador de aspas grandes se pone en funcionamiento y reduce la fetidez del ambiente. Estoy sobre una mesa de piedra. Me veo sobre esta extraña camilla como si me hubieran colocado sobre un ara de los sacrificios. Estoy tranquilo y no me pregunto por qué estoy aquí y de esta manera Aún siento que mis labios supuran algo de sangre y su sabor salado me complace. No hay nadie más en esta sala. Oigo el goteo de un grifo en un rincón. Antes me ponía nervioso escuchar el ritmo pausado y continuo de un goteo, pero ahora no. Cuento incluso cada sonido. Es asombrosa la cadencia invariable que se produce entre gota y gota. Cuando estaba en el fondo del pozo la caída de las gotas me hundían más. En el túnel era diferente, porque no paraba y no tenía tiempo de advertir la monotonía de lo insignificante. Pero no te puedes fiar. En los sueños lo menor se vuelve importante, lo grandioso se empequeñece, lo descalificado adquiere carta de naturaleza noble y lo que parece tener un valor excelso se arrincona. En los sueños los personajes que más conoces suelen pasar inadvertidos y cualquier transeúnte puede erigirse en protagonista de una escena. Los quehaceres habituales suelen ignorarse y sin embargo te ves formando parte de una aventura extraordinaria y en situaciones desconocidas. Por eso no me impaciento en este instante desprovisto de tiempo. Podría decirse que no pienso demasiado, esto es, que no ejercito la facultad de racionalizar. Que recurro sólo a lo sabido y experimentado. La memoria sí que interviene. Pero inconexa y anárquica, lo que significa que no la controlo y que ella actúa por libre. La memoria es onírica la mayor parte de las veces. Creemos recordar lo vivido pero si tenemos que relatar ese recuerdo nos inventamos de buena fe una parte importante. Hacemos de traductores de nuestras propias vivencias, y al activar la memoria recreamos las imágenes que nos parecen que fueron. ¿Dónde, pues, la frontera entre las dos orillas? Me pregunto en qué orilla me encuentro ahora mismo. Oigo unas voces exteriores que se aproximan, pero no me inquietan. Ahora caigo que nunca había soñado que estaba dentro de una sala como ésta. Donde, de momento, no voy ni vengo de ninguna parte.



(Fotografía de Martin Stranka)

miércoles, 25 de agosto de 2010

El bucle (II)


Al echarle en falta, llamaron a la puerta de su habitación. Como no contestaba, la abrieron. Pronunciaron su nombre varias veces. Cada uno de los que entraron dijo su nombre, con mayor o menor énfasis, con firmeza o con suavidad. Al no tener respuesta, los intrusos atravesaron la oscuridad, sortearon el miasma que se expandía por el cuarto y levantaron la persiana. Volvieron a llamarle por su nombre. No conseguían que el yacente reaccionara y lo zarandearon. Temieron lo peor, mientras se miraban unos a otros sin saber muy bien qué hacer, entre la intriga y el susto. S. K., el inquilino del sótano, que tenía una intensa experiencia por lo que había visto en el frente de guerra, arriesgó la opinión de que no estaba muerto. Eso tranquilizó al resto, pero no resolvió la situación. Abrieron la ventana de par en par para que el aire disolviera los humores y en la esperanza de que sirviera para despertar al yacente. M., que había trabajado en un hospital, se acercó a la cabecera de la cama, puso la mano en la frente del hombre y tocó con sus dedos las sienes y el cuello. Está caliente, dijo a los demás. Y, aunque no tenía certeza, aseveró: no hay duda de que respira. Al moverle la cabeza advirtió unas manchas de sangre en la almohada. Se mezclaban con sudor, con el mismo chorreo que se deslizaba por la nuca del hombre. E., el más joven y asustadizo de los tres, propuso dar la vuelta al cuerpo. Al despojarle de la sábana vieron que se hallaba desnudo totalmente. Tenía contraídas las manos, y daba la impresión de que las uñas se clavaban en su propia carne. Los pies estaban tensos y en su planta aparecían unos arañazos entrecruzados y sangrantes. El hombre era extremadamente velludo y el sudor producía una especie de brillo a lo largo de su torso, que les recordaba a los tres las superficies escamosas de los peces que pescaban en el río cuando se les conserva en la alacena durante varios días. Nadie estaba seguro de que el hombre viviera. Ni siquiera de si se trataba de una catalepsia. Cuando M. decidió que lo mejor era llamar a un médico o a la autoridad de la provincia, y le fue a cubrir con la sábana de nuevo, escucharon una voz tenue. Oyeron decir al ser que se ocultaba tras aquella masa inerte: dejad que salte, no tengo nada que perder.



(Fotografía de Martin Stranka)

martes, 24 de agosto de 2010

El bucle


A veces sueño con túneles. No es que haya desalojado para siempre de mi imaginación onírica a los pozos. Pero ignoro por qué motivo mi mente ausente modifica a capricho lo vertical por lo horizontal. Últimamente sueño con un túnel construido por Moholy-Nagy. Un pasadizo que no es un mero cilindro, sino una superficie más sinuosa. Algo así como una espiral en la que progreso y retrocedo constantemente. Sueño que persigo la luz, como en el túnel o como en el pozo, y que la veo en algún lugar, no sé si al final o en el origen. La misión imprescindible de quien penetra en un túnel es alcanzar la luz, es decir, conseguir la salida. Como la del preso es fugarse, dicen. Y la de quien está en el fondo del pozo es no sólo percibir ese punto de luz sino alcanzar la altura y, por consiguiente, también lograr la salida. Tanto utilizar símbolos, símiles y metáforas, uno vive más entre imágenes recreadas que entre realidades llanas. El túnel con el que sueño ahora, que ya digo que es una espiral que a veces parece un no-do, ese tirabuzón donde no sé si voy o vengo, tiene una particularidad. Es metálico, y mis pasos resuenan y a veces me despiertan, y mi roce rechina y a veces me da grima y me despierta, y es resbaladizo, y cuando caigo mi boca se golpea en la hojalata y me parece acre y entonces, y sigo en sueños, me muerdo los labios, fuerte, me muerdo y a veces mojo de sangre la almohada. Y el dolor, que de momento me parece grave, pero que no lo es tanto, me despierta. Es un sueño que se viene repitiendo últimamente, de manera desigual y turbia. Una noche soñé excepcionalmente que progresaba, que no me molestaban mis pisadas, ni el rechinar de mi tránsito, ni lo escurridizo de la superficie cóncava, que avanzaba como si se tratara de una gruta amable y segura. Creo que incluso estuve a punto de trocar el bucle de Moholy-Nagy por un abrigo paleolítico, pero no pude, no pude influir en el sueño con la tentación de fantasías anteriores. Pero el sueño en la espiral era grato. Lo era porque no se mostraban nuevas dificultades y el ámbito empezaba a ser asumido por mi yo. Probablemente por esa razón conseguí llegar más lejos y tocar la luz y recibir la palmada del aire en mi rostro. Al sentir próxima la desembocadura, corrí. Y sin embargo, dudé. Me había hecho de tal manera al túnel y había regido de tal manera mis actos su poderoso vórtice que por un instante tuve la sensación de que no quería llegar hasta la salida. En esa fricción entre opuestos, allí el sol, allí el viento. La visión del abismo precipitó en mi una sensación de vértigo y me desperté. No, no me sentía liberado ni plácido. Sabía muy bien que, por no saltar, volvería a soñar nuevamente, una y otra vez, de modo obsesivo y recurrente con el recorrido de aquella espiral que me tenía cazado con su bumerán.

sábado, 21 de agosto de 2010

Dos Españas

Son dos Españas que están en las antípodas. Dos Españas que se repelen mutuamente. La de arriba es la de las letras. La de abajo, la de las armas. A la de abajo, la de arriba le causa odio. A la de arriba, la de abajo le produce pavor. La superior representa el intento constante por edificar con la lengua el pensamiento y hacerlo evolucionar. La inferior sólo sabe de destrucción del pensamiento que avanza sin cesar. Ambas se miran de reojo, pero no miran ambas de la misma manera. La primera mira de frente. Nada tiene que ocultar, más bien todo que captar y edificar. La segunda mira de reojo. Se basa en la sospecha, en la envidia y en la desconfianza. La de arriba es perdedora a la corta. La de abajo es triunfadora a la corta. Aunque los tiempos hayan sido largos. La de arriba es la de la esperanza, la de abajo la de la frustración. No son dos Españas iguales. Sólo una tiene que ceder si quiere buscar una convergencia con la otra. La violenta, la reduccionista, la dogmática, la que se cree que el país es patrimonio suyo. Cuando Machado dijo aquello de que una de las dos España iba a helar nuestro corazón no lo decía porque pensara que era un sorteo y que podía ser cualquiera de las dos. No. Sabía perfectamente qué España iba a helar el país durante la noche de los tiempos.

(Nota. La lápida sencilla del Tránsito dos gramáticos está en una calle de Santiago de Compostela. La lápida ceremonial del Dictador se encuentra en una calle de Ávila. No, no nos equivoquemos. No son las dos Españas ni Santiago ni Ávila. Aunque sí la mentalidad de ciertas fuerzas vivas que permiten que exista una u otra representación. Ambas lápidas tienen hasta una diferencia estética -y para mi la estética define también una moral, y ahora más que nunca- y no hay comparación entre las letras esbeltas del Tránsito y la cutrez del medallón obsoleto)


viernes, 20 de agosto de 2010

Febril la mirada



Es sorprendente mirar la vida por el objetivo irreal. Te permite aproximarte más a lo que rozas, aunque parezca lo contrario. Y te sorprendes de tu propia perplejidad. Escuchas en la memoria a tu propia madre, y te parece que fue ayer, cantar con voz plateada el tango: Sentir...que es un soplo la vida,que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra...Y te lo aplicas. Te descubres con más arrugas, más despistado, con mirada perdida, bastante escéptico y, sin embargo, nada apaciguado, sumamente curioso, enormemente receptivo, aún muy intrigado y...a mitad del camino de tu vida, sin saber cuánto más va a ser tu vida. Sí, desde que descubriste que Alighieri comenzó su canto con una evocación a la perplejidad has hecho tuyo el lema. Solo que no le pones medida, ni tiempo, ni rostro. Siempre quieres estar a mitad del camino de la vida. Ni al principio ni al fin. A la mitad justa. Cuando aún es posible salvarse, o crees que es posible distinguir un destino reconfortante en la encrucijada.

jueves, 19 de agosto de 2010

74 años después del crimen


Todo se ha roto en el mundo.
No queda más que el silencio.

(Dejadme en este campo
llorando)

Federico García Lorca, Poema del cante jondo.





Elegía rabiosa a Federico


Te mataron tus letras.
Te mataron.

Te mataron tus canciones.
Te mataron.

Te mataron tus sonrisas.
Te mataron.

Te mataron las esencias de tu tierra.
Te mataron.

Te mataron las luces que buscabas.
Te mataron.

Te mataron tus pasos inquietos.
Te mataron.

Te mataron los míseros de espíritu.
Te mataron.

Te mataron los confesos de la ignorancia.
Te mataron.

Te mató la cólera secular de los iracundos.
Te mataron.

Te mató la araña despiadada de los crucifijos.
Te mataron.

Te mataron los matarifes irredentos.
Te mataron.

Te mataron las almas negras.
Te mataron.

Yo, un nadie de la tierra,
en el nombre de la improbable Paz
te resucito.

martes, 17 de agosto de 2010

¿La mantequilla se acabó?



Odio la palabra crisis. Es un vocablo adulterado por los imbéciles, falseado por los empresarios, prostituido por los políticos deshonestos, tergiversado por los medios de comunicación, ignorado por los religiosos y desconocido por las últimas especies de los filósofos. ¿Qué demonios quieren decir con lo de crisis? ¿Que nos vamos al carajo todos? ¿Qué nos tenemos que rebajar más ante las apetencias del mercado? ¿Que los que trabajan se lo tienen que poner barato a los que viven a costa de los que trabajan? ¿Que los grandes negocios no obtienen todo lo que quisieran? ¿Que la gente se asfixia por no medir sus posibilidades y límites? ¿Que los ciudadanos padecen las consecuencias de una manera de vida por encima de sus posibilidades? ¿Qué somos víctimas de las insidias de las grandes finanzas a escala planetaria? ¿Que hasta el individuo más modesto tiene la obligación de entrar en la cadena desaforada del consumo, a costa de malgastar sus recursos? Nadie se pondría de acuerdo sobre el término. Crisis de superabundancia. Crisis de carencia. El modelo de producir más y más mercancías para que a cambio cada individuo se convierta a su vez en más y más mercancía no sé si estará tocando techo. Pero avisos está recibiendo. El sistema, como en el casino, rien ne va plus. Ya no se distingue la mercancía objeto de la mercancía sujeto. Y si ése es el eje ético que estamos obteniendo, que el diablo cojuelo nos coja confesados. Las sociedades se siguen estratificando en función de cómo hayan caído los individuos en ellas. Y su suerte. Sólo cabe esperar el retorno de nuevas formas de esclavismo, de clientelismo de bajo precio y de oferta laboral tirada por lo suelos. Y perder nuestra libertad íntima. Mientras, llenamos nuestras casas de objetos inútiles, nos sobrecargamos de bienes perecederos, hablamos con el nuevo objeto que entra cada día en nuestra casa para sentirnos alguien y salvar la otra crisis, la verdadera (la personal) Buen futuro. Crisis. ¿Se habrá acabado la mantequilla?

Aporto un texto del monje japonés Kenko Yosihda, de su obra Tsurezuregusa (Ocurrencias de un ocioso)

El sabio, al morir, no deja ni bienes ni riquezas. Si dejara objetos inútiles, que no son provechosos, al descubrírselos sería bochornoso. Si los objetos fueran provechosos, los herederos, viendo el apego que tenía a las cosas, se llenarán de tristeza. Y si los tesoros fueran muy numerosos, todavía resultaría más lamentable, porque habría herederos que dirían: “Esto me lo llevo yo”, y se armaría una trifulca. Si quieres que alguna cosa tuya pertenezca a alguien, entrégasela mientras tengas vida.

Habrá cosas que son indispensables para la vida diaria, pero, fuera de ellas, es mejor no poseer nada.




(Fotomontaje de John Heartfield, La mantequilla se acabó)

miércoles, 11 de agosto de 2010

Maduración

No es el punto, lo sé.
Se está haciendo.
Las hojas son adargas que protegen los racimos.
Las palabras, azadas roturando mi suerte.


Sin embargo ya noto humedecer su jugo
mi garganta.
Este deseo de acidez joven
que al probarla te hace suyo de inmediato.

Todo está calmo.
El orden de los granos, la esbeltez del sarmiento,
la corriente con que el aire mece los zarcillos
hasta un límite imprevisto.


Falta poco, lo sé.
Cuerpo y luz hablan.
Luz y forma hablan.
Hay un pacto secreto con los colores de agosto.

Espero.

martes, 10 de agosto de 2010

Los viejos vettones nunca mueren


Los vettones, señores de los ganados, debieron estar allí. Antes llegaron de la sierra próxima, donde su sentido del oppidum predominaba en su concepto de ciudad. Y tal vez no concebían todavía lo urbano como algo más relajado y seguro. No sé si en su trasiego del bajar de Ulaca, buscar el Valle Amblés y volver a subir hasta aquí su idea de ciudad había cambiado mucho. Seguían estando, no obstante, a uno de los niveles más altos donde jamás se haya instalado una urbe importante en la península. Pero ellos jamás conocieron una placa donde lo dijera ni probablemente ningún geógrafo del imperio romano se lo hiciera saber. Seguían yendo de fortaleza en fortaleza ellos, los señores del ganado. Antes de que los invasores les integraran.

Creo que fue Le Corbusier quien dijo aquello de oh, la cittá alta, asolutamente sublime, refiriéndose a Bérgamo. ¿Conocía la nueva ciudad de los vettones, posteriormente romanizada? Probablemente. ¿Le inspiraría un piropo análogo? Tal vez se lo reprimió. Un arquitecto es un hombre que mira, ante todo. Y luego admira, según. Pero la nueva ciudad de los vettones fue ruda siempre. Quien contemple tantos muros de piedra en forma de murallas, ábsides de catedral e iglesias y paredes de convento puede no ver sino contrarreformas tridentinas y estancias detenidas en el tiempo. Pero en la historia de esta ciudad antigua y honda no vale simplemente el totum revolotum. Cada tiempo tiene su huella en la ciudad. Y las huellas se pierden unas sobre otras.

En mi paso rápido, ungido de reencuentros, he palpado la fortaleza que hay bajo sus pies. He sentido ese suelo granítico, inquietantemente rocoso, que remite a los tiempos anteriores a las civilizaciones. He reafirmado mi visión de esa ciudad que es sublime porque se eleva sobre sí misma. Donde la normalidad de las calles es que sean cuestas y el llano es algo azaroso y excepcional. El recuerdo de todos los edificios históricos no me interesaba. Los disfruté a mi aire en mi juventud y hoy busco otro lenguaje. La memoria de los personajes con los que hoy se fabrica turismo como anteriormente se conjugaba nacionalismo tosco y mucho antes tautología religiosa doctrinaria no me lleva al huerto. Tal vez salve un eco perdido de palabras que nunca las concebí como palabras exclusivas (aquellas que hablan de Moradas, aquel Cántico con sonidos salomónicos) La ciudad sublime se ve pero no se ve. Es invisible en su constitución física pero adquiere forma sensorial. Puedes andar por la calle y percibir una suerte de advenimiento de cuando la ciudad casi no era ciudad. La ciudad sublime está en una remisión al principio. Volveré cuando sea invierno y se muestre más sublime todavía.



lunes, 9 de agosto de 2010

The War Game


Recuerdo que a mediados o finales de la década de los sesenta, en que había un interés elevadísimo entre los estudiantes por el cine de otros países, vimos una película especial. The War Game, del cineasta británico Peter Watkins. Fue una sesión matutina -entonces ese tipo de sesiones en plan cineclub abundaban, y así conocimos cine húngaro, checo, polaco o a los grandes del cine ruso- y la sala de proyección se llenó.

The War Game es una especie de película docudrama, donde ficción y preguntas a la población sobre el riesgo de un ataque nuclear se alternaban. El director crea una atmósfera tajante en torno a imaginar un ataque nuclear sobre una población británica. Y sin embargo, ¿qué recuerdo sobre todo de de aquella película? Una sensación impactante: que al encenderse las luces la gente no se podía levantar de los asientos. Estaba hecha polvo. Con el agravante de que el tema del riesgo de guerra nuclear -aún con el recuerdo no muy lejano de las matanzas yanquis en Hiroshima y Nagasaki- se añadía a la propia cruz que padecíamos entonces los españoles de una dictadura cruel y nacional católica a la que no veíamos fin.

Ahora, encuentro esta película por partes en internet y la coloco. No, no se trata de ningún homenaje a los muertos y al desastre de las ciudades japonesas. Se trata de una llamada a nuestra inteligencia. A que es más necesario que nunca activar una causa que haga frente al riesgo de un conflicto nuclear de dimensiones impredecibles. Recordemos que hay ya unos cuantos países (USA, Rusia, Francia, Inglaterra, China, Israel, Pakistán e India, y acaso Corea. Y que Irán anda como loco tras el objetivo) con potencial atómico y con unos arsenales capaces de mandar el planeta a otro lugar en el infinito.

No importa tanto que se sepa o no inglés. Visualizar el film ya es interesante. Puede parecer algo pasado, pero creo que tiene más valor expresivo cinematográfico que todas las patochadas que se hacen con aires de modernidad en estos tiempos. Lo siento, y si la barbarie no os sienta bien poned en marcha el reactivo.















domingo, 8 de agosto de 2010

Las sombras

Fragmento de una carta de Yoshiro A. a su hermano Taro, escrita el ocho de agosto de 1945 y nunca recibida por éste en la base del Pacífico Sur donde se suponía que estaba destinado:

“…me faltan palabras y me sobran vacíos. Como ya sabrás por una carta anterior de papá, mi enfermedad alérgica me hizo abandonar la fábrica de conservas donde trabajaba. En principio me limité a no salir de casa, pero ni con la quietud se me pasaban mis ahogos. Papá y mamá decidieron que fuera unos días al campo, a una aldea más al norte donde vivimos un tiempo de nuestra bonita infancia. Tú tal vez no te acuerdes de ella. Lo cierto es que mi mejoría de las últimas semanas me hizo pensar en un regreso pronto a nuestro barrio. Yo lo deseaba, no sólo por normalizar mi salud sino por cuidar de nuestros padres. Así se lo hice saber a Masaru (el padre), pero en parte debido a su preocupación por mi dolencia y en parte por la situación del país me aconsejó que aguantara un poco más aquí.

Acabo de enterarme por algunos viajeros y por la radio de lo que ha sucedido en nuestra ciudad. Todo resulta tan extraño como insólito. Tal vez esas voces exageran, pero algunos dicen que no ha quedado nadie con vida. No sé cómo interpretarlo y sólo pensar en ello me hace temblar. Nadie sabe con claridad qué ha sucedido exactamente. Algunos pobladores de los alrededores han comentado que no se ven edificios en pie, que una nube densa cubre las calles y que hay bastantes heridos. Esto último me hace tener confianza en que la catástrofe, sea cual fuere su causa, no haya sido tan arrasadora como otros agoreros avisan. De la emisora que se coge aquí no se puede uno fiar mucho porque la censura de guerra sólo da a conocer lo que interesa a los militares. Yo creo que de la misma manera que algunos que han venido del entorno de nuestra ciudad desconocen la dimensión del suceso también la radio oculta la verdad siguiendo consignas.

La gente de aquí no habla mucho. Hay algunos que siguen defendiendo el nombre del Emperador a capa y espada, pero creo que más por una cuestión de confianza ciega e ignorante y por su personalidad insegura que por otra cosa. Tú debes saber mejor que nadie cómo se las ha gastado el enemigo en sus operaciones. Mira que ni siquiera sé si sigues en la misma base a donde voy a enviar esta carta o si habrás sido hecho prisionero. Es decir, que cabía esperar que esta guerra acabara algún día y que el fracaso de nuestros gobernantes, que nos han estado desgastando durante años, tendría que tener lugar. De alguna manera, todos nos íbamos haciendo a la idea de la humillación a que nos iban a someter los vencedores. Algunos de nuestros ancianos más sabios nos prevenían sobre la implacabilidad de los americanos y de cómo estábamos solos frente al mundo. Pero seguíamos esperanzados en que no se nos tratara con una suerte de piedad y de que la rendición debería salvar la vida y los bienes de nuestras familias. Si lo que ha pasado en la ciudad se confirma como una tragedia terrible, prefiero no pensar en lo que nos espera.

Estoy en vilo por lo que haya podido suceder a Masaru y Juro, y a las tías Nori y Aina, así como a las pequeñas gemelas hijas de ésta. No me preocupa tanto sentirme sola en esta aldea como la culpabilidad que me embarga y la desazón que siento que se ceba en mi…”

viernes, 6 de agosto de 2010

La ciudad amable


Los jinetes pasaron. Pasaron los jinetes. No era como otras veces. Esta vez nadie salió a contarlo. El viejo Osha no estaba allí. Sus hijas y los maridos de sus hijas no estaban allí. Nadie salió a la calle cuando todo quedó oscuro. El estruendo dio paso a una placidez extraña. Hiro, que se libró del servicio y por lo tanto de la guerra, no abandonó su casa. El huerto que cultivaba aparecía seco. Qué hemos hecho. Qué hemos hecho. Nos habían dicho que estábamos libres de los riesgos que padecían otros por nosotros. Que éramos retaguardia, que no suponíamos interés para el enemigo. Nos habían dicho tantas cosas estos últimos años. Nos lo creímos todo. Buenos súbditos, supongo. No pienso más allá. Mis pensamientos se diluyen al compás de mi carne. Pasaron los samurais que no eran los nuestros. Tampoco eran los samurais de los señores que nos habían lacerado en los siglos anteriores. No sé si fue ceniza o aire cálido o una clase de fuego que no habíamos visto jamás. No respirábamos. Me convertí en sombra y a mi lado fueron formándose más sombras. Manchas, siluetas, borrones. Un silencio que no vino del fondo de la tierra. Un cielo que nos castigó. No podía ser. No podía ser. Resultaba increíble que nos sucediera a nosotros. Esto era una ciudad amable. Esto era un lugar confiado.

jueves, 5 de agosto de 2010

Tenacidad



No sé de qué materia es la espuma
que acaricia tu ausencia.

Ella, zigzagueante o concéntrica,
atraviesa lo más inhóspito de mi mismo
hasta moldearme.

Insistente y feraz.