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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 29 de agosto de 2010

Una crisis (la de la bondad)


¿Dónde la bondad? Un fantasma que apenas sabemos ya de su curso. Una imagen casi olvidada. Un concepto que se ignora cada vez más. Un término que pocos reconocen. La bondad, esa gran ausente, en público y en privado.

El ejemplo. Voy a cruzar un paso cebra. Al otro lado una joven ciega con su bastoncillo espera una señal antes de decidirse a cruzar. Un taxi que viene sin ánimo de detenerse. No puedo evitar saltar al paso y detener en seco al taxi. Para in extremis (podía haberme atropellado) y su conductor, joven y aguerrido, pone una cara de fastidio que aterra. Alcanzo la otra acera, cojo del brazo a la chica y cruzamos. El taxista continúa con cara de molestarse. Al llegar al otro lado y separarme de la chica el profesional arranca y le oigo decir alguna expresión que me suena a improperio. Suerte que no llegué a escuchar bien lo que mascullaba sin pudor. Me hubiera incendiado.

Ésta es una anécdota simple. Sigo meditando sobre la carencia de bondad en las relaciones habituales. En la representación de compromiso de los humanos hay mucha apariencia y demasiada falsa bondad. Hay zalamería, compadreo, untuosidad, vano halago. Se trata de demostrar al otro un talante ficticio, una máscara, un remedo de la personalidad. Pero si la bondad sigue siendo una virtud no veo qué necesidad tiene de ser exhibida como un capotazo.

La bondad se practica poco. Su inoperancia se justifica con la excusa del estrés de vida, de las presiones a que estamos sometidos, de la competitividad como regla del juego. Todos nos sentimos agredidos por algo y por alguien, y no sabemos sino reaccionar con acritud, ya no con desinterés o despego, sino a la contra. Cultivamos la insensibilidad y la falta de delicadeza. ¿Qué fruto recogeremos, por lo tanto?

Hemos olvidado que la bondad es la virtud de dar algo a cambio de nada. De entregarnos sin que esperemos contrapartida. De facilitar la aproximación en lugar de la distancia. No es como el amor, que siempre exige a cambio. La bondad no conlleva la exigencia de una reciprocidad. Acaso por esa razón resulta una actitud ética menos reconocida. La bondad no es un alarde, es una expresión sincera y consecuente. Es un mensaje directo que llega del sujeto que la emite al sujeto a la que va destinada. No es exclusivista ni singular ni limitada. Quien la practica no hace distingos. Sin embargo, es su falta de ejercicio lo que provoca que se desvanezca en nuestras conductas. Lo que priva de una amalgama solidaria y positiva en las relaciones con los demás.

Se adivina con facilidad quién ejercita la bondad y quién sólo se muestra afable para satisfacción de su ego. El primero no teme errar en criterios o en abstención de opiniones. No le impulsa tanto la verdad como la intención. No busca tanto el reconocimiento como la necesidad de comunicar y establecer vínculos tolerantes con los otros. Partiendo de que el altruismo en sentido absoluto no existe ni se trata de ejercitar heroicidad alguna, la bondad es una clave discreta, humilde, pero con un efecto multiplicador al manifestarse. Quien practica la bondad desarma a las fieras, oxigena los ámbitos y devuelve la fe de unos hombres en otros.

En la novela Tworki (El manicomio) de Marek Bienczyk, Jurek el protagonista le dice a una compañera:

¿No te has planteado nunca qué poco sitio hay para la bondad en este mundo? Qué fenómeno tan raro es para la gente la persona. Una persona que tenga alma. Y el alma es cabeza y corazón. Sobre todo, Sonia, corazón. El corazón.


(Imagen de Max Ernst, Una semana de bondad o los siete pecados capitales)

13 comentarios:

  1. Qué casualidad, yo subrayé ese párrafo del libro Manicomio.

    Efectivamente la bondad junto con la gratitud y la amabilidad escasean y es una pena porque no cuesta nada.

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  2. Totalmente de acuerdo, además en radical libre te lo digo. Siempre he mantenido exactamente lo mismo. Quizá yo no lo llamo bondad sino generosidad, por aquello de evitar los maniqueísmos, pero en el fondo mi discurso y mi opinión son exactamente esos.

    Generosidad, respeto son partes de un mismo todo. Su reverso (el egoísmo, la hipocresía, la desconsideración) también son partes de un todo negativo, adverso, que hace el mundo peor.

    Soy tan pesimista. Porque el ser humano tiende a eso negativo, a todo eso. Lo llevamos dentro. Tenemos prisa, no miramos, no pensamos, no sentimos... Cuando me pongo así me siento como un cura en el sermón y no es el caso, pero me alegra pensar que entiendes mi punto de vista. El futuro está en la entrega y el respeto (y respeto no es solamente respetar las opciones sino ayudar a veces). O eso, o no hay futuro. Porque la raíz de los males (ecología ,derechos humanos) es solamente una.

    ¿Ves? Es tan poco frecuente este discurso que uno se siente como si hiciera un sermón. Luchemos para que este discurso sea considerado sencillamente lógico. Un abrazo.

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  3. ¿Por qué ya nadie se mira a los ojos? ¿Por qué bajan la mirada?

    Un abrazo

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  4. Madison, pues sí debe costar, sí. Ciertas actitudes, nada superficiales a mi modo de ver, van disolviéndose entre los paradigmas del mercado y los de la lucha en la jungla. Si se ausentan del todo, ¿qué bases de diálogo, tolerancia y apoyo mutuo cabe esperar?

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  5. Bueno, no sé, Ramón, si bondad y generosidad son lo mismo. Tal vez matices de un cosmos de conducta y manera de estar que escasean, eso sí.

    Lo de la generosidad en crisis no viene de ahora. Recuerdo que cuando yo era joven y repartía octavillas de contenido ilusionadamente político por la calle (con todo el nerviosismo y precaución que hoy cuesta imaginar) había personas que te espetaban: ¿y qué nos das? o ¿no das billetes de cien?

    Seamos justos (aunque cueste) El ser humano es capaz de todo, de lo blanco y de lo negro. A poco que se hayan vivido ciertas experiencias difíciles o bien leído testimonios donde se relata la posición extrema a la que puede llegar la vida humana, uno descubre que hay maldad pero también bondad; que hay egoísmo, pero también generosidad; que hay condena, pero también salvación; que hay odio, pero también compasión...y etc.

    No, no son discursos ni sermones. No temas expresarte así. Además, tampoco se lleva. Y los sermones falsos, los de los clérigos, que sabían más que nadie pero utilizaban la información para sus fines muchas veces abyectos, quedaron descalificados con el propio ejemplo de la casta.

    Abrazo.

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  6. Buena observación, Ataúlfa. Nos miramos poco y mal. A muchos les resulta difícil o imposible mantener la mirada fija de otros ojos. No es posible escucharnos bien si no nos miramos. O si no gesticulamos con las manos. Es decir, si no hay una entrega de nuestros sentidos difícil expresar nuestros pensamientos, ¿no?

    Atinada estás.

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  7. Por cierto, Ata, ¿por qué crees tú que muchos bajan la mirada?

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  8. A mí me parece que muchos bajan la mirada para no enfrentar su reflejo en el Otro, para no tener que cambiar nada, para no reflexionar acerca de lo que está enquistado, para no cuestionar/-se. De ese modo, tan sólo se miran a sí mismos y ahí quedan atrapados.

    Un guiño ;)

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  9. Si hay gente bondadosa y también generosa.
    Personalmente conozco a muchas.

    Saludos

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  10. Ataúlfa, sí, a mi me parece tal cual...

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  11. Aquí, no lo dudo y no vamos a cuantificarla. Hay individualidades cuya bondad es parte de sí. Y alguno la llevan latente pero las circunstancias les torturan y les encabrona, como se dice habitualmente, y no la manifiestan tanto. Pero como actitud general ha perdido predicamento social.

    Un abrazo.

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  12. Stranger than kindness, cantaba Nick Cave...

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  13. En efecto, Stalker. Tal vez no haya nada más extraño en estos tiempos que la bondad.

    Por cierto, el libro "La muerte de Bunny Munro" de Nick Cave me gustó bastante en su día.

    Salud y Bondad.

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